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Las Páginas Perdidas Maria Acosta Ugo Nasi TEKTIME S.R.L.S. UNIPERSONALE A Viola Borroni, una joven fiscal de la Fiscalía de Roma, le han encargado la investigación sobre la extraña muerte de un hombre que ha sido encontrado con la punta de una flecha medieval en el corazón. Mientras tanto el padre de Viola desaparece. ¿Los dos hechos están conectados? A principios del siglo XX el prior del convento de Mondragone –el padre Giuseppe Strickland –vende a un comerciante polaco un manuscrito del siglo XI que contiene inscripciones desconocidas y enigmáticas representaciones de figuras femeninas, de plantas y de constelaciones. Antes de entregarlo quita, sin que el comprador lo sepa, las primeras catorce páginas y las esconde en su oficina. ¿Cuál es el contenido de aquellos folios y por qué ocultarlos? Esas páginas perdidas se convierten en la obsesión de Adolfo Hitler que, durante la Segunda Guerra Mundial, organiza una comisión de investigación y de estudio para encontrarlas. Una historia llena de suspense, un ir y venir a través del tiempo, donde se entrecruz Titulo original de la obra: Le pagine perdute Ugo Nasi Primera edición 2016 SERIE ORO Serie Thriller Kairós Edizioni Segunda Edición Publicado por Tektime www.traduzionelibri.it (https://www.traduzionelibri.it) UGO NASI LAS PÁGINAS PERDIDAS Traducción y notas: María Acosta Díaz Thriller Dedicado a mi padre. Si miras por mucho tiempo el abismo, el abismo también te mirará a ti. Nietzsche Índice general Introducción (#u7f6dbbee-1ff3-5951-a310-ce29ad35942f) I (#u2b89b313-9335-5534-9e61-bf8234ff7b18) II (#u9f588047-abd5-5aae-abda-230fd3ecbaae) III (#u18eb5415-753b-5404-8ebe-0e23c9a555d7) IV (#u00bc0d98-4dfc-5e5d-8ef6-786e11cab7d1) V (#u34aa8cd1-9166-5197-8975-67cc5d914c91) VI (#uf09e1539-b133-569a-b740-0523a6ff5037) VII (#ufc84d3c6-6c6d-54fe-b433-4b68b28bc143) VIII (#litres_trial_promo) IX (#litres_trial_promo) X (#litres_trial_promo) XI (#litres_trial_promo) XII (#litres_trial_promo) XIII (#litres_trial_promo) XIV (#litres_trial_promo) XV (#litres_trial_promo) XVI (#litres_trial_promo) XVII (#litres_trial_promo) XVIII (#litres_trial_promo) XIX (#litres_trial_promo) XX (#litres_trial_promo) XXI (#litres_trial_promo) XXII (#litres_trial_promo) XXIII (#litres_trial_promo) XXIV (#litres_trial_promo) XXV (#litres_trial_promo) XXVI (#litres_trial_promo) XXVII (#litres_trial_promo) XXVIII (#litres_trial_promo) Notas del autor (#litres_trial_promo) Agradecimientos (#litres_trial_promo) Notes (#litres_trial_promo) Introducción de Guido D’Agostino ¡Una maravilla! Las páginas perdidas conducen al lector a través de una zarabanda, un ir de aquí para allá, en el tiempo y en el espacio. Donde se entretejen el presente y el Medioevo, el pasado más cercano con el más lejano; la dulce campiña de la Toscana con Francia, Italia y Alemania. Sobre todo, se entremezclan, con ritmo frenético, situaciones y géneros literarios, actos de valentía, de resistencia extenuante con gestos de crueldad; y todo esto en medio de un torbellino que se desarrolla en torno al eterno deseo de la inmortalidad, o por lo menos de una vida que puede durar un milenio, cuyas “instrucciones de uso” están incluidas en el Manuscrito Voynich (de donde han sido sacados los folios que dan la clave para acceder a la fantástica, pero también peligrosa y demoníaca posibilidad de prolongar en el tiempo la existencia humana). No debió resultar fácil para el autor seguir el hilo de su “galopante fantasía”, conjugar en un todo misterio, esoterismo, demonios y santos, vida de aquí y del Más Allá, afectos humanos, muy humanos, con ambiciones desleales, que traicionan la confianza, contactos con lo demoníaco y la experiencia del conocimiento de los más sofisticados artilugios de la tecnología informática. En definitiva, hacer convivir a Viola con Calandra, nazis y partisanos, anticuarios apasionados hasta el extremo y abogados y/o jueces empeñados en su difícil trabajo, iglesias y conventos con sus patios del Renacimiento. Una especie de juego, se podría decir, pero que se desarrolla continuamente al borde del abismo, ayudado por una escritura que, definir como incisiva y convincente es quedarse corto; seguramente, no representa con plenitud la habilidad del autor, audaz y valiente al inventar, haciendo plausible aquello que parece absurdo, imposible. ¿Qué puedo decir? Intentaré sugerir a los lectores que se dejen llevar, si es posible que lean el libro de principio a fin sin interrupciones, porque quizás de esta manera podrán conseguir entrar en la dimensión espacio temporal hasta el límite, de quedar sin aliento. A quien, al contrario, se sienta tan confuso como para desear un retorno seguro para sí mismo, le aconsejaría que leyese con atención las páginas del apéndice, en las que, de manera loable, el escritor explica muchas cosas, indica donde ha introducido la fantasía y donde, al contrario, se ha atenido a la Historia, a los documentos, a la impugnable existencia de un misterio, contenido en un manuscrito real, sobre el cual se han estrujado las meninges generaciones de estudiosos, intelectuales, historiadores, arqueólogos, curiosos y simples apasionados del tema. En verdad debería haberlo dicho desde el principio: me dedico a la Historia y soy verdaderamente un excelente lector, pero no puedo definirme como un crítico, o mejor dicho, un experto en narrativa. De todas maneras, no creo que me haya equivocado o esté lejos de la verdad al juzgar esta obra como extraordinariamente apasionante y original. Por otra parte, son muchos los motivos por los que se relaciona con la memoria y con la Historia, abundantemente presentes en el libro, como por otra parte demuestran el mismo personaje central, De Fugger (no hace falta decirlo, antepasado de los célebres banqueros alemanes, promotores no desinteresados del emperador Carlos V) o también las muchas referencias a Federico II de Suabia, también emperador, pero en el siglo XIII y, como buen alemán, enamoradísimo de Italia. Aquí hay, en definitiva, para todos los gustos, a condición de que el lector se deje atrapar y disfrute hasta el final, con todas sus particularidades, la extraordinaria aventura. De un buen libro se dice que es valioso por su ingenio o por lo atractivo de su trama, por la ambientación o el diseño de los personajes, por la calidad de su escritura y su capacidad de evocación al crear discrepancias o dictámenes favorables en quien lee. Las páginas perdidas son un reto bien estructurado y una apuesta, a fin de cuentas, ganada; y es por esto que me abstendré de desmenuzar la trama, justo por esto me abstengo de decir “como va a acabar la historia” Corresponde al lector hacer el recorrido de acercamiento y de empatía, si es verdad, como creo que es, que la obra, una vez escrita, no pertenece ya a su autor, sino a quien leyéndola, o admirándola, la hace suya, asumiéndola con el corazón y la mente. I Roma, lunes 20 de octubre de 2015 La ambulancia de la Cruz Roja italiana se dirigía con la sirena sonando por el Lungotevere Della Vittoria , con el pavimento brillante debido a la lluvia de otoño que caía copiosamente, al puesto de Emergencias del Hospital Policlínico Gemelli de Roma. A bordo del vehículo, además de la enfermera voluntaria, estaba el joven Edoardo Valenti, M.I.R . de cardiología, que había puesto en marcha el respirador artificial y aplicado la mascarilla de oxígeno al hombre que estaba tumbado en la camilla. “Tranquilo” dijo Valenti mientras intentaba mantener, a duras penas, un tono de seguridad. “Unos minutos más y habremos llegado a Urgencias” El hombre, de edad indefinida, seguramente rondaba los 70, abrió los ojos, movió un par de veces los párpados, casi con la intención de asegurar al médico que todo saldría bien. “¡No nos movemos, mierda! Es la hora punta, necesitaríamos un helicóptero” imprecó el conductor mientras el limpiaparabrisas hacía todo lo posible por mantener libre de la lluvia intensa el parabrisas delantero del vehículo. “Entonces coge por Balduina, allí, a la derecha” respondió Valenti. “No aguanto estos imbéciles de pendolari tendrían que haberse parado, y me da igual que vayamos en sentido contrario”. Esquivando los coches que, al venir en contra sentido, se habían apartado a los lados mientras invadían parte del arcén, la ambulancia se metió con decisión por el paso libre y, después de haber recorrido todo Valle Aurelia, entró finalmente por Pinetta Sacchetti y después de 500 metros llegó a la entrada elevada del Gemelli. “Míreme, mantenga los ojos abiertos. ¿Cómo se encuentra?” preguntó Valenti dirigiéndose al hombre. Este abrió la mano, como si quisiera confirmar que todo iba bien, aunque a causa de la mascarilla no podía responderle. Después de un pequeño salto sobre la rampa metálica de entrada de Urgencias, la ambulancia finalmente se paró delante de las puertas de cristal azules que se abrían y se cerraban por medio de una célula de infrarrojos instalada sobre el dintel. La situación era surrealista. La luz azul intermitente de la ambulancia contribuía a convertir el color de las puertas, y todo el conjunto, en un azul tétrico, como si estuviera delante de la entrada de un salón de baile de mala fama de la periferia. Mientras tanto, la lluvia se había intensificado y, ahora ya de noche, las gruesas e insistentes gotas caían de manera ralentizada, y eran iluminadas por las farolas bañadas por el agua, evocando una nevada como hacía tiempo no se recordaba en Roma. La camilla fue extraída enseguida de la ambulancia. Les estaba esperando Sandro Mohr, un médico especializado en cardiología, que había sido avisado por el equipo de la ambulancia. “Hola, Edoardo” dijo Mohr, saludando rápidamente a Valenti. Enseguida, volviéndose hacia el hombre de la camilla. “Señor, ¿puede oírme?” El hombre asintió con la cabeza. “Dígame si le duele aquí”. Mohr tocó con cuidado la parte izquierda del pecho del hombre que intentó sonreír y giró la palma de la mano derecha como si quisiese dar a entender que sí, que le dolía un poco… pero no mucho. Mohr le puso sobre el tórax los electrodos del desfibrilador y del capnógrafo , cogidos en la sala de reanimación. La frecuencia cardiaca indicaba una sospechosa arritmia, también que la saturación periférica del oxígeno estaba en niveles peligrosos. El monitor del electrocardiógrafo revelaba la actividad eléctrica del corazón mientras se imprimía sobre papel milimetrado una frecuencia cardiaca anormal. “No hay tiempo que perder” dijo Mohr volviéndose hacia Valenti y la enfermera de Urgencias. “Enfermera, advierta al director que debemos intervenir enseguida. Temo que la válvula aórtica se encuentre comprometida. Debemos preparar inmediatamente el quirófano para una intervención a corazón abierto”. La enfermera asintió y, sin decir nada, se dirigió rápidamente hacia la sala de ingreso del quirófano. Después, Mohr, dándose cuenta de que el paciente lo miraba, aparentemente consciente, se volvió hacia él y, disimulando el pleno control de la situación, le dijo: “Ahora le quitaré durante un momento la mascarilla de oxígeno. Si se ve con fuerzas me gustaría saber su nombre y los de sus parientes o amigos” Dándose cuenta que una petición de este tipo podía interpretarse de manera errónea, el médico se apresuró a tranquilizarlo mientras le explicaba: “Esté tranquilo, es sólo para no preocuparles” Y mientras hablaba, quitó delicadamente la goma azul que mantenía la mascarilla sobre la cara del hombre. Ahora la cara del paciente se hizo más definida, de la misma manera que, de una fotografía opaca hubieran emergido finalmente las particularidades y el contorno de la cosa fotografiada. El hombre poseía unos ojos verdes muy brillantes, grandes y límpidos para su edad, sin la acuosidad que por lo general se ve en la mirada de las personas ancianas. Sonriendo al cardiólogo, con una voz un poco ronca, respondió: “Me llamo Johannes De Fugger, y desde hace mucho tiempo no tengo ni parientes ni amigos”. No tuvo tiempo de acabar la frase que fue interrumpida por una tos violenta, convulsiones y espasmos incontrolables. Después, de golpe, cerró los ojos, quedando aparentemente sin sentido. El corredor de ingreso al quirófano era demasiado angosto, con mucha dificultad habrían podido transitar por él dos camillas a la vez. Afortunadamente durante el trayecto hacia el interior no se encontraron ninguna en sentido opuesto. El paciente, que había ya entrado en coma, fue tendido sobre la mesa de operaciones donde estaban ya el director del hospital Osvaldo Massera, el anestesista y Mohr, además de la ayudante de sala que procuró liberar rápidamente al paciente de la bata verde con la cual lo habían preparado para la operación. A simple vista, la parte desnuda no tenía ningún aparato cardiaco que se hubiera instalado debido a eventuales malformaciones o a patologías precedentes. Massera, después que la responsable de la sala hubiera desinfectado con tintura de yodo el pecho del hombre, pidió el bisturí. Era necesario actuar lo antes posible, intentando operar a corazón abierto la posible oclusión de la válvula aórtica, oclusión que había provocado el infarto. Mohr procedió con cautela y pericia al abrir la caja torácica de manera que dejase al descubierto el corazón para la intervención. Terminada la operación preliminar Massera se ayudó con unas tijeras Potts Smith para proceder a la introducción del stent de apoyo para la válvula mitral. Se quedó de piedra, y junto con él todo el equipo médico cuando, bajo la luz de los reflectores de la mesa de operaciones, en el tórax del paciente, aproximadamente a doce milímetros del corazón, apareció un objeto que no podía estar ahí, en aquel lugar y en aquel tiempo. II Tribunal de Roma, martes 21 de octubre de 2015- Sala de lo Penal 121 “Por lo tanto no existe el más mínimo indicio y mucho menos pruebas circunstanciales que demuestren la participación de mi defendido en los hechos por los cuales ha sido imputado. Por otra parte, señor Presidente del Tribunal, por lo que respecta a las interceptaciones ambientales que, como he ya subrayado, las considero ilegítimas, ya que no aparece en ningún momento el nombre del doctor Reggiani. La defensa pide, en consecuencia, que este Ilustrísimo Tribunal reconozca la inocencia absoluta de mi asistido con respecto a las acusaciones que han lanzado contra él y, por consiguiente, la liberación ya que no ha cometido delito alguno”. En la sala 121 del Tribunal de Roma, llena de abogados, asistentes, ayudantes y, obviamente, de una nutrida legión de periodistas, incluso extranjeros, se hizo por un momento un silencio sepulcral. “Obviamente, como petición secundaria, se pide la absolución del doctor Reggiani porque el hecho del que se le acusa no constituye delito”. Prosiguió el abogado Stanich con su arenga defensiva. “¿Réplica?” preguntó el juez de la Sección Tercera de lo Penal del Tribunal, dirigiéndose al Ministerio Público. “Sí, señor Presidente” responde la joven representante de la acusación pública, alzándose de su silla y ajustándose sobre los hombros la toga guarnecida con alamares de plata. “Una pequeña réplica. Recuerdo a la defensa del señor Sauro Reggiani que, al contrario de lo que ha sostenido, el imputado ha sido mencionado varias veces por el administrador delegado de la Sociedad Farmaglast, así como por las interceptaciones telefónicas hechas por la Guardia di Finanza de Nápoles” “Que es inútil subrayar” continuó el Ministerio Público . “en qué medida pensamos que sea un referente de la Nueva Camorra Organizada aquí en Roma. Y es, otrosí, inútil puntualizar que el señor Reggiani ha sido señalado por ambos entes como el administrador principal para la distracción de 12 millones de euros, para ser exactos, de los fondos de la Unión Europea destinados a las empresas farmacéuticas de Nápoles para el tratamiento de los residuos sanitarios, en cambio, a consecuencia de la deliberación de la Región Campania, han sido movidos íntegramente a las cuentas de Farmaglast que, a continuación, como se ha demostrado, ha distribuido, en su mayor parte, los fármacos caducados” La representante del M.P. apoyó firmemente las manos sobre la escribanía detrás de la cual se encontraba, casi para poder comunicar mejor al juez sus conclusiones. “Por los motivos expuestos la Acusación Pública pide que este Tribunal reconozca la plena responsabilidad del señor Sauro Reggiani por todos los delitos por los que ha sido imputado, con el agravante específico del daño producido de notable entidad que juzgo predominante a los atenuantes genéricos y, por esto, sea condenado el susodicho a la pena mínima de 12 años y a la prohibición perpetua para cualquier cargo público. Es todo, gracias”. El juez miró con aire interrogativo – desde detrás de las gafas de lectura que estaban apoyadas precariamente sobre la punta de su nariz –al abogado Stanich que defendía a Reggiani. El defensor movió la cabeza confirmando de manera inequívoca que no procedía otra réplica. “Bien, entonces, nos veremos el 2 de diciembre para la lectura de la sentencia. La audiencia ha finalizado. Gracias” concluyó el juez. Se oyó un murmullo proveniente del grupo de periodistas que, terminada la sesión, intentaban ganar rápidamente la salida para alcanzar al abogado Stanich. Estaban en juego las esperadas entrevistas a la defensa de uno de los hombres más conocidos y temidos del mundo de las finanzas en Italia. Un hombre que podía contar no sólo con la amistad, por lo general interesada, de una gran parte de los parlamentarios y senadores sino también, se murmuraba, de un subsecretario del Ministerio de Sanidad. El proceso era sólo una parte de un juicio penal más grande, ligado a una corrupción ampliamente difundida y rechazada desde el mismo Ministerio Público, no sólo contra Sauro Reggiani sino también contra otros 12 ejecutivos de la multinacional Farmaglast y 15 asesores provinciales y regionales de Campania. Las investigaciones, comenzadas dos años antes en Nápoles, y denominadas operación San Genaro , parafraseando una vieja película cómica, habían ya asistido a la condena en primer grado de 15 años de reclusión del administrador delegado de la Farmaglast, John Beer, ahora prófugo de la justicia en Dubai, de Salvador Incardona (ya en la cárcel) y de otros dos ejecutivos de la Farmaglast, condenados respectivamente a 6 años y medio y a nueve años. Todo esto se debía a la gran capacidad investigadora de la joven fiscal Viola Borroni que, en representación del Ministerio Público, había coordinado con brillantez las investigaciones con el núcleo napolitano de la Guardia di Finanza y con la Policía di Stato y había conseguido mandar a juicio a todos los imputados. Fue ella quien sostuvo la acusación en todas las conclusiones finales y en las fases del proceso hasta el momento en que, sobre el banco de los acusados, se había sentado nada más y nada menos que Sauro Reggiani, un peso pesado de las Finanzas. Viola Borroni, 28 años, un metro setenta, físico esbelto, pelo oscuro casi negro, ojos de un extraño color esmeralda, poseía una apariencia muy agradable. El propietario del bar Cappuccio y Brioches, situado en la calle donde la mujer residía, la llamaba “la actriz”, lo que suscitaba en ella un poco de embarazo. Sin embargo poseía un carácter muy determinado. De esto sabían algo los imputados de la “Operación San Genaro” que se habían visto enviados a juicio por el GUP, Giudice per l’Udienza Preliminare , gracias a una labor de investigación desarrollada con diligencia y celo por la incansable fiscal Borroni. Si la aplicación del derecho procesal penal, de parte de la joven fiscal, era inatacable por el ejército de abogados, cuyas arengas defensivas y excepciones de procedimiento de diverso género se habían hecho pedazos en las conclusiones finales con el Ministerio Público, había que decir que Viola tenía una concepción personal de la Justicia que no siempre coincidía con los artículos y comentarios del Código Penal. No era un misterio que –todavía estudiante de bachillerato –Viola hubiese participado en las manifestaciones contra el G8 en Génova, aunque en los grupos de estudiantes que no habían actuado violentamente contra la propiedad o la Policía. Todavía, siendo universitaria de la facultad de Derecho Santa Ana de Pisa, a pesar de ser una estudiante excelente, había sido apresada en más de una ocasión por la participación en manifestaciones estudiantiles, siempre en primera línea. Viola estaba orgullosa de sus ideas sobre la justicia social de la que jamás había renegado, aunque ahora, en cierto sentido, se encontraba en la otra parte de la barricada. Seguida por las cámaras de televisión la muchacha avanzó rápidamente por el pasillo y, renunciando a usar el ascensor, se fue hacia las escaleras para llegar hasta su oficina en el primer piso. Sergio Ansani, el Procuratore Capo , estaba esperándola jubiloso, junto a la secretaria de la sección. “Felicitaciones, un óptimo alegato. Estoy convencido que nuestras peticiones de condena serán aprobadas por el juez de la Tercera” Viola esbozó una fugaz sonrisa, sabía que era demasiado pronto para cantar victoria. Era necesario el sello final de una sentencia de condena. “Ahora no podrás negarme esos cinco días de asueto que te pedí en septiembre” “Te has merecido un poco de reposo, pero sabes bien que en este momento la Procura está falta de personal, los dos auditores judiciales que me había prometido el Ministerio deben todavía cumplir un período de prueba de diez días en la Procura de Milán” replicó Ansani. Viola, decidida a jugar duro, propuso con sequedad: “Concédeme entonces cuatro días” “Tres” respondió el superior. “Dado que te encuentro muy bien dispuesto, me gustaría también un aumento de sueldo” Ansani la miró de refilón, mientras elevaba la ceja izquierda. “Pásalo bien, Viola. Vete, antes de que me lo piense” III Villa Mondragone, 12 de septiembre de 1912, por la tarde El padre Giuseppe Strickland, prior del Colegio jesuita de Villa Mondragone de Frascati, junto con el padre Agostino, responsable de la biblioteca del convento, rehizo por enésima vez el inventario de los treinta libros. Fue el Legado Pontificio, el cardenal Willem Van Rossum en persona, que pertenecía también a la congregación de los jesuitas, el que autorizó el traslado de la colección de volúmenes del Colegio Romano y de la Biblioteca General de los jesuitas, en Villa Mondragone, para salvarlos de las expropiaciones del nuevo Reino de Italia. Ahora, sin embargo, el prior tenía la ingrata obligación de preparar treinta de estos preciosísimos tomos y darlos, al día siguiente, al señor Wilfrid Voynich, un tratante de libros raros, de origen polaco naturalizado inglés, que había llegado desde Nueva York y que los compraría por una considerable suma de dinero. ¡Sólo Dios sabe con cuanto sufrimiento, justo él, el decano representante del Colegio, había escogido los libros para el anticuario! Era plenamente consciente de que los tomos, que había pertenecido durante siglos a la Iglesia de Roma, viajarían por derroteros desconocidos, dispersándose por los lugares más remotos del mundo, para satisfacción de millonarios que los encerrarían en sus cajas de seguridad o para aumentar la vanidad de museos e institutos universitarios extranjeros. En el mejor de los casos permitiríanconsultarlos de manera privada, en sus casas, para suscitar así la envidia de los coleccionistas rivales. ¿Era justo que estos libros y manuscritos, representaciones de la cultura cristiana, de la historia, del arte miniado, piezas raras,sino únicas, de la tradición cultural y religiosa de la Iglesia, fuesen sustraídas al patrimonio de la Humanidad para convertirse en propiedad exclusiva de unas pocas personas afortunadas? Sin embargo, todo esto era necesario para el sostenimiento de aquella Iglesia que estaba a punto de separarse para siempre de aquellos libros que eran una parte integrante de ella misma. Como una madre que se veía obligada a ver como algunos de sus hijos partían para siempre hacia tierras desconocidas. Por otra parte la “Legge delle Guarentigie” , aprobada por el parlamento Italiano el 13 de mayo de 1871 con la toma de Roma, hablaba claro. Después de la Breccia di Porta Pia , los Papas que se habían sucedido en el solio pontificio, hasta Pío X, se habían retirado al Vaticano, y el rey de Italia había anexionado Roma y todos los territorios que habían pertenecido a los Estados Pontificios. También sobre las basílicas, conventos y abadías se cernía el mismo peligro, lo mismo que sobre los bienes inmuebles y muebles de la Iglesia que, no tardando, serían requeridos o confiscados por el Reino de Italia. Obviamente estas leyes habían traído consigo la abolición de los diezmos y de todo aquello que era necesario para el sostenimiento del clero y de los bienes que formaban parte todavía de la Santa Sede. Ocurrió de esta manera incluso en Villa Mondragone, cuyo singular nombre se debía al hecho de que en ella había residido el Papa Gregorio XIII, cuyo emblema heráldico era un dragón. Un edificio que sólo en el año 1865 se había convertido en un convento jesuita para los hijos de las clases sociales más altas. Los orígenes de Villa Mondragone se remontan muchísimos años atrás, en concreto al siglo XVI, cuando el cardenal Marco Sittico Altemps había ordenado su construcción. Pero, la villa podía decirse famosa por un célebre hecho histórico. En el año 1574 allí se había establecido el cardenal Ugo Boncompagni que, convertido en el Papa Gregorio XIII, había residido de forma regularen la villa. Y fue justo allí, en el año 1582, que fue promulgada la bula papal Inter Gravissimas con la cual se reformaba el viejo calendario, instituyendo, en su lugar el calendario Gregoriano, que tomaba el nombre del Papa Gregorio. Después –observaba con nostalgia el padre Giuseppe Strickland– la Villa había vivido momentos gloriosos, acogiendo en su interior otros papas, como Paolo V, Clemente VIII y Urbano III. Ahora, desafortunadamente, la estructura necesitaba con urgencia una restauración después de los graves daños provocados por el terremoto de 1910. Hacía falta dinero, muchísimo dinero. El traficante de libros raros, el tal Wilfrid Voynich, había hecho examinar anticipadamente por un representante suyo en Italia, el señor Giorgio Parisi, treinta de estos libros y, a continuación, propuesto una oferta de diez mil quinientas liras a la fundación de la Villa. Con aquel dinero –pensaba el padre Giuseppe –Villa Mondragone retornaría a su antiguo esplendor, y el comedor destinado a los hijos internos de las clases más ricas, podría garantizar, al mismo tiempo, una pequeña ayuda para el convento de los padres capuchinos de Orvieto que ofrecía socorro a los pobres y a los desheredados de la zona, donde ejercía de prior el hermano Dolcino Serpiti, un querido compañero de seminario desde hacía ya mucho tiempo, que había hecho los votos junto con él, tantos años atrás. La Fortuna había querido que el señor Parisi, antes de ser un empleado del marchante polaco, fuese un devoto de la congregación de los jesuitas y –algo que no resultaba perjudicial – un fiel cristiano que se había confesado a menudo con el Padre Giuseppe en la capilla de Villa Mondragone. Este pequeño hecho afortunado, en verdad una señal de la Divina Providencia, pensó el Padre Giuseppe, lo ayudaría con su plan. De los treinta libros objeto de la compra venta, veintinueve serían entregados íntegramente. Pero el trigésimo, aquel manuscrito medieval con un texto incomprensible, enigmático, y sin nombre, no. Esa noche, él mismo lo desencuadernaría y lo volvería a recoser con muchísimo cuidado. Por otra parte, no habría ningún problema dada su experiencia como jefe encuadernador en la Biblioteca Pontificia del Vaticano. Del manuscrito extraería las únicas catorce páginas escritas en latín vulgar. Aquellas, y sólo aquellas, las más preciosas y peligrosas, no podían caer en manos de nadie. Y mucho menos en las del primer millonario que hubiese adquirido el libro en una de aquellas subastas tan teatrales que estaban de moda en las principales capitales europeas y también en ultramar. Aquellas páginas podían representar la palabra de Dios, pero también un instrumento del Diablo. Todo dependía en que manos fuesen a caer. Mejor no arriesgarse y eliminar de raíz unpeligro latente. Desde el principio el padre Giuseppe había advertido a Giorgio Parisi que el manuscrito se vendería –a primera vista sin cortar – formado por 102 folios, que conformaban un total de 204 páginas escritas e ilustradas, aunque en origen el número de folios del manuscrito eran 116. Pero aquellas catorce páginas que explicaban como interpretar y leer correctamente las otras 204, no podían, de ninguna manera, atravesar los muros de Villa Mondragone. Giorgio Parisi no había puesto ninguna objeción ya que el manuscrito sería encuadernado con un nuevo formato de 102 folios. Además, era el Padre Giuseppe, su confesor, quien se lo pedía, es más se lo imponía. Y si un jesuita, como el venerable prior del convento, le pedía cerrar los ojos ante este hecho ¿quién era él para rechazar la petición proveniente de un representante de la Iglesia tan influyente? Así que al señor Voynich le habían dicho que el manuscrito estaba compuesto por 204 páginas y no por 232. El marchante había tratado la compra del manuscrito sobre estas indicaciones. Por lo tanto, Parisi no había cometido pecado alguno. Y aunque lo hubiese cometido, se lo había requerido el prior del convento. Por lo tanto tenía buenas razones –no era necesario preguntarse el porqué –que le imponían atender la petición del padre Giuseppe. Además de la extrema y eterna discreción, él había jurado solemnemente, delante del jesuita, que no diría jamás una palabra sobre los folios extraídos. Parisi juró por su vida que se llevaría el secreto a la tumba. Esa noche, el prior, tranquilizado por el juramento de su parroquiano, se armó de bisturí, aguja e intestino de cerdo del siglo XII, proveniente del Codex Arboris miniado que sus hermanos jesuitas habían restaurado hacía poco. Se cerró con llave en su celda para rezar y pedir perdón a Dios por aquello que iba a hacer. Cuando se sentó en el escritorio, le vino un último y fugaz cargo de conciencia. ¿Cómo podía creer que tenía el derecho de modificar el diseño divino a voluntad, decidiendo el destino y el futuro del Mundo? Si aquellas páginas cayesen en manos malvadas, la Humanidad conocería peligros inimaginables. El reverendo no quería asumir una responsabilidad de esta magnitud. Se calmó al pensar que en el transcurso de los siglos que estaban por venir algún otro, probablemente más valiente, o tal vez más inspirado por la Divina Providencia, decidiría si estaba bien o mal divulgar el significado del manuscrito, que por el momento quedaría custodiado allí, en aquel convento. Él no quería asumir esta responsabilidad. Como humilde siervo de Dios tenía la misión de proteger a la Humanidad, en la medida de sus posibilidades, contra los peligros del Maligno. Alentado por estos pensamientos comenzó a trabajar con mucho cuidado en el volumen, escrito sobre pergamino de cabrito. Cortó con completa seguridad los hilos que unían los 116 folios y extrajo del volumen las 14 páginas que guardó temporalmente en el cajón del escritorio, que enseguida cerró con llave. A su debido tiempo –pensó el decano– escogería un escondite más seguro. Procuró encuadernar de nuevo el manuscrito, poniendo cuidado en mantener el orden original de las páginas, que se componía de una sección de 66 folios, dedicada a la botánica, de una segunda sección, desde el folio 67 al 73, dedicada a la astrología, de una tercera sección, del folio 75 al 86, dedicada a las figuras femeninas, de una cuarta sección, del folio 87 al 102, dedicada a la farmacología, y de una última sección, la quinta, la más enigmática, donde se encontraba solo una parte del texto del manuscrito, totalmente incomprensible y misterioso, al margen del cual habían sido situadas algunas estrellitas. El libro, tal como se presentaba en este momento, sería para siempre un enigma irresoluble. A la mañana siguiente, muy temprano, se presentó en el convento Wilfrid Voynich, acompañado por su abogado italiano Giorgio Parisi. El padre Anselmo, el vicario del reverendo padre Giuseppe, los hizo esperar en la estancia de audiencias de la biblioteca, compuesta por doce salas, de las cuales al menos seis tenían una superficie aproximada de 100 metros cuadrados con un ancho total de 991 metros cuadrados. “Una biblioteca inmensa” explicó el párroco a los dos visitantes. “Las paredes de las habitaciones” añadió “alcanzan una altura de 6 metros, todas están amuebladas con estanterías del siglo XVI y contienen más de 25.000 tomos entre antiguos y recientes”. Después de una espera de aproximadamente veinte minutos, que Voynich y Parisi pasaron examinando aquel inmenso museo de la sabiduría, fueron recibidos por el padre Giuseppe en su oficina. “Amados hijos, me debéis excusar por la espera, pero exigen de mi, que soy un pobre y viejo pecador, incumbencias de tipo administrativo y fiscal en las cuales no soy un experto. Y sin embargo, esta fatigosa comisión, por el bien de Villa Mondragone, me ha sido encargada en calidad de humilde representante de este convento” explicó el prior mientras se levantaba de la silla de detrás del escritorio y se dirigía hacia los dos compradores. Voynich –esbelto, elegante, con el rostro delgado, bigotes y pelo entrecano, aproximadamente de unos cincuenta años –saludó con una reverencia, después, demostrando conocer medianamente la lengua italiana, dijo: “Eminencia, no podemos sino estarle agradecidos por su hospitalidad y el hecho de haber decidido, imaginamos el precio psicológico, separarse de unos volúmenes tan valiosos y bellos. Puedo asegurarle que los libros no acabarán en malas manos. He ordenado a mis abogados, residentes en la ciudad en donde tendrán lugar las subastas, de insertar en los contratos de compra una cláusula especial que permita, en cualquier momento, a los representantes pontificios acreditados en aquellos lugares, que puedan acceder a los volúmenes para así verificar su estado cuando estén en manos de los nuevos propietarios, hasta la extrema ratio, bajo pena de una penalización económica en su contra, que sería depositada en el Ministerio de Cultura de los países donde se encuentran los libros, en el caso de que fuese descuidada la conservación de los mismos”. Se estaba en los albores del derecho privado internacional que ya permitía esta arriesgada aplicación de las leyes. El padre Giuseppe dejó escapar un profundo suspiro y abrazó a Voynich, declarando que esta noticia no podía sino alegrarlo. El Prior invitó a los dos hombres a seguirlo hasta la biblioteca central, la sala principal, destinada a la custodia de los tomos. El primer libro puesto bajo los cuidados de Voynich fue el Codex Ebneranius, un manuscrito del siglo XII escrito en lengua griega y que contenía la Epistula ad Carpianum y las tablas de Eusebio. El volumen suscitó enseguida el interés del anticuario polaco que, mirando a través de sus gafas de oro, se paró un buen rato mientras admiraba las 426 páginas fabricadas en pergamino que lo componían, pero también su encuadernación en plata incrustada con marfil. Al huésped le mostraron después una copia del Commentario letterale, istorico e morale sopra la Regola di San Cutberto, un tomo del año 1530 que había pertenecido a Ana Bolena donde, en la primera página, había algunas notas escritas a mano por la reina inglesa. A continuación se pasó al Sant’Agostino Esténse, uno de los manuscritos más bellos y raros de la miniatura Esténse, dedicado a Ercole I d’Este, segundo duque de Ferrara, en el año 1482. El tomo estaba en perfectas condiciones de conservación, compuesto de 384 páginas en pergamino y encuadernado con cuero auténtico repujado. La admiración y el entusiasmo de Voynich y de Parisi aumentaron cuando acariciaron con la punta de los dedos los tres volúmenes encuadernados en piel, con folios de pergamino del Graal Rochefoucauld, el primer manuscrito medieval en lengua francesa, donde se contaba extensamente la leyenda del rey Arturo, de los Caballeros de la Tabla Redonda, de Lancelot y del Santo Grial. La obra, realizada ente el 1315 y el 1323 por Guy, VII barón de Rochefoucald, contenía 107 ilustraciones que representaban torneos de destreza, torneos entre escuadras de caballeros, batallas, aventuras caballerescas y pruebas de coraje y valor. Veintinueve de los treinta libros fueron valorados, admirados e inspeccionados por el comprador polaco. Se llegó al examen del trigésimo libro, aquel que no poseía un título, un nombre. La atención de Voynich se hizo más intensa, finalmente se encontraba ante el manuscrito que le había obligado a iniciar aquel largo viaje desde Nueva York. El libro era de modestas dimensiones, no más de 15 centímetros de ancho, aproximadamente 22 de largo y unos 4 de grueso. Fue el mismo polaco el que, provisto de una lupa, tuvo el honor de abrir las primeras páginas, utilizando guantes de gamuza para no manchar con sus huellas el tejido animal de las hojas. La sorpresa y la admiración, mezcladas con la curiosidad que aquella misteriosa obra suscitaba, fueron inmensas. El mismo Parisi, que había tenido la oportunidad en el pasado de darle una ojeada al manuscrito, no pudo frenar un gesto de estupor. El texto del manuscrito semejaba, después de un primer examen, indescifrable. La lengua que se había utilizado parecía desconocida e incomprensible. Realmente representaba un enigma de lo más inextricable, dado que nada de lo que se encontraba en sus páginas parecía pertenecer a una categoría científica conocida. Extraños símbolos de naturaleza mística o alquímica se unían a representaciones de mujeres, algunas indudablemente embarazadas, inmersas en extrañas bañeras. En particular, había siete figuras femeninas con una sonrisa diabólica que nadaban, o se lavaban, en una especie de piscina de forma octogonal. Pero la fantasía del autor desconocido no conocía límites. Entre las páginas había también ilustraciones de animales jamás vistos por el hombre, símbolos astrológicos, vegetales, flores y hojas desconocidas, redondas o aguzadas, preferentemente de color verde, marrón y amarillo. En la primera sección, de las cinco que componían el libro, había plantas –a veces de aspecto carnoso– de las cuales descendían filamentos que culminaban con una cabeza humana. En la segunda estaban representadas las estrellas y los símbolos astrológicos. En particular los signos zodiacales de Piscis, Escorpión, Aries y Sagitario. También estaba una constelación que, en la época en que presumiblemente se había realizado el Códice ilustrado, fijada en torno al siglo XV, era imposible que fuese aún conocida: la del Cisne. Un misterio dentro del misterio. La ilustración de extrañas hélices que, partiendo del centro, crecían hacía el exterior mientras difundían rayos de luz, incluso esto no tenía una explicación lógica. Otras estrellas y planetas, en apariencia conocidos, como la Luna y el Sol, se representaban con rostros humanos. La tercera sección era quizás la más misteriosa, incluso se podría decir la más inquietante; en ella había figuras femeninas, algunas de ellas unidas a través de un longuísimo cordón umbilical que en los dibujos parecía un miembro del cuerpo humano con vida propia. Como si aquellas mujeres fuesen en realidad una única criatura, dotada de “terminales” con semblante humano. Muchas de ellas, totalmente desnudas, estaban en un evidente estado de gravidez. Otras vestían túnicas hasta los tobillos, de color turquesa. Pero su mirada transmitía una particular angustia. Voynich, invadido por una extraña turbación, tuvo la sensación de haber ya visto aquellas figuras, en lo más profundo de su mente cuando, años atrás, en las Antillas Holandesas, enfermo de malaria, había sido víctima de una pavorosa alucinación. El padre Strickland, que estaba a su lado, intuyó de alguna manera aquellos sombríos pensamientos. Aquellas mujeres poseían algo siniestro, maligno. Parecían la expresión de una pesadilla de la cual se quiere despertar lo antes posible. Y luego la bañera octogonal, donde algunos de estos seres enigmáticos estaban inmersos en un líquido denso y de un azul desvaído y sucio. “Reverendo” comenzó a decir Voynich. “¿Me equivoco o el símbolo del octógono, en la época medieval, tenía un significado alegórico?” “Así es, hijo mío. El octógono nos trae a la mente el número ocho, antiguamente concebido como el símbolo de la Resurrección. Los Padres de la Iglesia insistían sobre el hecho de que Cristo hubiese resucitado el octavo día de la semana” “Ya que el sábado era el séptimo día de la semana judía, el día siguiente era el octavo. Y el octavo día sería entonces el día de la Resurrección”. Esta era la explicación oficial que el padre Strickland se había sentido en el deber de suministrar al polaco. A decir verdad aquella forma geométrica de la bañera, representada en el manuscrito, no tenía nada de mística. Al contrario. Si él hubiese querido explicar su parecer con sinceridad, le habría respondido que una representación de ese tipo, en este contexto enigmático, hacía referencia más bien a símbolos paganos, o incluso diabólicos. Había otros dibujos, de color azul, verde o amarillo, que tenían en su interior otras bañeras, unidas entre sí por un extraño sistema de tuberías. Incluso estas tenían la forma de un miembro humano o de una probóscide. Una página mucho más grande que las otras, plegada en seis partes, dividía la tercera sección de la cuarta. En ella había dibujos de nueve objetos circulares, similares a medallas o monedas, que contenían plantas, estrellas y los enigmáticos tubos que aparecían también en la tercera parte. En la cuarta, por el contrario, aquella dedicada a la alquimia, se habían dibujado alambiques y matraces, junto a otros instrumentos de naturaleza desconocida pero, presumiblemente, aptos para un uso científico. En esta parte del manuscrito se encontraban también esbozos de pequeñas plantas y flores cuya procedencia permanecía en la oscuridad. La quinta y última parte estaba compuesta tan solo por texto escrito, con caracteres absolutamente desconocidos. Lo más inquietante era el hecho de que la escritura se hubiera hecho de corrido, sin el menor titubeo o tentativa. Perfectamente alineada, sin ningún desequilibrio a la vista, desde la parte superior a la inferior de la página. Como si quien la hubiese escrito hubiese tenido las ideas muy claras, tanto como para cuidar meticulosamente la caligrafía, el orden de las frases y de los caracteres, e incluso su diseño. La única concesión estética en esta parte del manuscrito estaba en la representación de pequeñas estrellas amarillas o azules ubicadas a la izquierda de las líneas del texto. Voynich, mientras lo inspeccionaba, descubrió algo muy extraño. Un minúsculo triángulo de pergamino, diferente a la primera página del manuscrito, estaba todavía unido a él a través del hilo de costura del libro. Como si se tratase de un fragmento de una página inexistente en el volumen. “Padre, venid a ver” El prior se acercó a él. “Mirad. ¿No os parece que este pequeño triángulo sea el fragmento de un folio preexistente?” Un silencio embarazoso cayó en la habitación. Parisi estaba inmóvil con la mirada fija en el prior. “Creo que tenéis razón, hijo mío” admitió Strickland. “Como podéis notar, ese pequeño fragmento es de un color distinto al de las otras páginas. Mirad con atención”. En efecto, bajo la lupa se podía ver con claridad que aquel fragmento era de un pergamino distinto del utilizado para los 102 folios del manuscrito. Voynich reexaminó aquella circunstancia, después miró de manera interrogativa al fraile. “Tiene una explicación muy sencilla, señor Voynich, efectivamente hace algunos años el manuscrito tenía otra primera página. Si me permite un juego de palabras, diría: la primera página de la primera página escrita”. “De poca importancia, imagino”. “De cualquier forma, la presencia sobre el folio de algunos parásitos muy peligrosos para el estado del volumen, aconsejó a la excelente alma de nuestro venerable padre Matteo –que el Señor lo tenga en su gloria –de ordenar desencuadernar el libro para no provocar un probable contagio al resto de las páginas”. Voynich no dijo nada, se limitó a lanzar una mirada penetrante e indagatoria hacia Parisi que parecía que se había convertido en una estatua de cera. Después, sin siquiera avisar, se levantó de repente de la silla donde estaba sentado y fue hacia el religioso. “Bien, reverendo Padre, podemos ya firmar el contrato de venta de los treinta volúmenes”. Dos copias del contrato preliminar de venta habían sido ya redactadas por el abogado italiano. Después de la firma, el anticuario polaco dio al prior de Villa Mondragone, en presencia de Parisi y del padre Agostino, una señal como adelanto de cinco mil doscientas cincuenta liras, con una garantía bancaria extendida por el Monte dei Paschi de Siena, que garantizaba una suma igual cuando fuese firmado el contrato definitivo. En este momento, el polaco se convertía, a todos los efectos, en propietario de los treinta volúmenes que habían pertenecido a la Iglesia, de los cuales uno, el más raro y hermoso, permanecía desconocido y sin nombre. Pero esto, al anticuario polaco le daba lo mismo; estaba convencido de haber hecho un negocio muy lucrativo sin que se hubiese dado cuenta el colegio de los jesuitas de Villa Mondragone, en especial aquel ignorante e incapaz padre Giuseppe. Este último, aunque con el corazón hecho pedazos por haberse separado de unos volúmenes de gran valor, no sólo histórico, y con un sentimiento de culpa por aquello que había hecho, pidiendo permiso al Padre Eterno, escondía dentro de él una sutil satisfacción por no haber entregado a Wilfrid Voynich, sin que él lo supiese, las catorce páginas secretas. En Derecho, para que una transacción legal pueda decirse que es buena, debe suceder que el efecto que se derive de ella deje descontentas a ambas partes. Nunca una transacción comercial fue más igualitaria que aquella realizada entre el anticuario y el Prior jesuita. Cada uno creyó haber sido más astuto y perspicaz que el otro. IV Monteverdi Marittimo, miércoles 22 de octubre de 2015 Viola había metido en una bolsa de deportes unos pantalones vaqueros, dos camisetas y su maletín de maquillaje. Después de llenar el depósito de su 500 Sport había salido a primera hora de la tarde en aquel su primer día de vacaciones, con tranquilidad, hacia Monteverdi Marittimo, un antiguo y pequeño pueblo medieval de la marisma toscana, en donde tenía una casa de su propiedad. Durante el viaje había sintonizado el canal de una conocida cadena radiofónica nacional, de FM, con el objetivo de distraerse un poco mientras escuchaba canciones del último hit-parade. De este modo había conseguido liberarse de las preocupaciones concernientes a las investigaciones de la “Operación San Genaro” que la habían absorbido y dejado completamente exhausta. Liberada de estos pensamientos había comenzado a evocar antiguos hechos relacionados con ella y su familia; no eran, a decir verdad, recuerdos muy edificantes, sobre todo los más recientes. Viola había sido una de las licenciadas más jóvenes en Derecho de la Universidad de Santa Anna de Pisa, una de las más severas y prestigiosas universidades italianas. Se había licenciado con 23 años con una tesina sobre Derecho Penal del Trabajo, obteniendo la máxima puntuación. Después había conseguido el doctorado en Criminología y Antropología Criminal, quemando todas las etapas que una joven letrada con muchas esperanzas, aunque con un futuro incierto, debe afrontar en la dura lucha por hacerse sitio en el mundo del Derecho. Había desenvuelto con provecho la práctica forense en el estudio legal de su padre, y había superado con brillantez las pruebas de acceso para poder ejercer. Después, debido a su irreductible anticonformismo, había decidido no continuar con la carrera forense, algo que por el contrario deseaba su padre, y se había inscrito a las oposiciones de Magistratura . Incluso en esto había obtenido en todos los exámenes orales y escritos la máxima puntuación y el nombramiento como auditor judiciario; el primer paso para convertirse en fiscal. Terminadas las prácticas judiciales en la sección laboral del Tribunal de Perugia, de manera muy meritoria, había recibido el encargo de actuar temporalmente como Fiscal Sustituto de la República en el Tribunal de Roma. ¡Habían sido unos meses gloriosos, llenos de expectativas y proyectos (fundados) para su futuro! Después, llegó la ruina. La participación del padre, Cosimo Borroni, y de sus dos socios Lorenzo Putignani y Jean Baptiste Oleaux, titulares de uno de los más famosos estudios legalesde Roma, en un intrincado negocio de recepción y ocultación de obras de arte provenientes del Museo de Tarquinia. Sucedió que, ironías del destino, fuese justo Viola la encargada, en calidad de Fiscal, del desarrollo de la primera fase de la investigación, cuando todavía la identidad de las personas implicadas en el delito era desconocida. Y justo ella, a consecuencia de un soplo, se había enterado de la participación de su padre, en cuyo automóvil se había descubierto una parte de los objetos robados. Se había quedado de piedra. No había podido hacer otra cosa que pedir ser recusada del encargo y ser sustituida por evidente incompatibilidad. El enjuiciamiento de Cosimo Borroni, vistas las pruebas irrefutables de su culpabilidad, había sido conseguido fácilmente por un colega de la joven fiscal, al cual el Fiscal General había confiado el caso. La implicación de los otros dos investigados, Lorenzo Putignani y Jean Baptiste Oleaux, había resultado mínima y su participación en los hechos no pudo ser verificada de manera objetiva. Tanto fue así que se había pedido archivar las investigaciones de los dos socios del estudio legal ya que no habían cometido delito alguno. Sólo Dios podía saber el drama interior que había vivido Viola durante estos malditos días. Cuando había pedido al Fiscal General, Sergio Ansani, que la sustituyese, por un evidente conflicto de intereses, tuvo que entregar también a Giorgio Bassi, capitán de la Guardia di Finanza , en calidad de Policía Judicial todo el expediente que contenía las pruebas en contra de su padre. El golpe psicológico la había dejado deshecha, como si le hubiese estallado una granada entre las manos, y las relaciones entre padre e hija se habían casi interrumpido después del arresto. Cosimo Borroni había sido condenado a tres años y siete meses de reclusión, pero no habiendo sido nunca condenado con anterioridad, había podido disfrutar después del proceso, de la suspensión cautelarde la condena. El choque había sido demoledor. El hombre se había recobrado, si bien parcialmente, sólo después de una larga terapia a base de antidepresivos. Hay quien dice que estos medicamentos conducen a una dependencia que es muy difícil abandonar. La verdad es que Cosimo, quizás a causa de los medicamentos, quizás por el tremendo sufrimiento debido al escándalo, había decidido cambiar radicalmente de vida. Un día, inesperadamente, decidió tomar los hábitos y retirarse a Umbría, al convento de los frailes menores franciscanos de Montesanto, en el ayuntamiento de Todi. En aquel lugar de paz y de meditación, la vida monástica, la renuncia a las cosas materiales y mundanas, que constituían parte de su anterior existencia, el profundizar en el estudio de los textos religiosos, habían conducido al hombre a un renacimiento espiritual y moral con el nuevo nombre de hermano Tommaso. Viola, mientras conducía, absorta en estas meditaciones, había recordado con dolor la rápida disolución de su familia. Con el padre todavía se hablaba de vez en cuando sólo para hablar de Giada, la hermana de Viola, dos años más joven que ella, que después de un período de desorientación había encontrado un compañero quince años mayor que ella, y se había mudado a Urbino, donde había abierto un salón de belleza en una pequeña casa rural que pertenecía a la madre, Beatrice Della Scala. No se veía con Giada desde hacía casi un año. Los únicos contactos que mantenían las dos hermanas eran telefónicos o por medio de esporádicos mensajes de texto con el móvil. Pero el dolor más acuciante y la nostalgia de una familia ahora ya disgregada estaba ligada a la madre que, después de la retirada al convento del marido, se había vuelto a casar con Jean Baptiste Oelaux, ex socio, además de un rico terrateniente francés. Los dos, después de la boda, se habían retirado al latifundio vitivinícola de Reims. Viola lo había soportado todo pero no la decisión de su madre de abandonar al marido en un momento de necesidad y volver a casarse con aquel hombre. No podía perdonarla. Eran estas sensaciones físicas las que –todavía después de dos años– le bloqueaban la boca del estómago, dejándola en un estado de larvada impotencia que la empujaba hacia un estado de melancolía. ¿Tendría que haberse empeñado más en ayudar al padre? ¿Haberle advertido de las investigaciones de las que era objeto? Sin embargo, justo había sido su padre el que desde que era una niña le había enseñado las normas de la honestidad y de la rectitud moral. Recordando estos hechos todavía ahora no encontraba una razón a esta manera de proceder. Absorta en tales pensamientos, la joven no se dio cuenta que había llegado a la meta, después de tres horas de viaje. Monteverdi Marittimo era un pueblo medieval de Toscana, incrustado entre las provincias de Siena, Pisa y Livorno, que ahora, al atardecer de una límpida jornada de otoño, se coloreaba con aquellos amarillos cálidos y naranjas que en el pasado habían dominado las paletas cromáticas de célebres pintores. En el centro del pueblo estaba su casa. Era de piedra como todas aquellas del centró histórico La casa se encontraba en el denominado “Callejón oscuro ” a causa de la construcción con forma curva que, introduciéndose en la calle Ricasoli, limitaba la iluminación natural del lugar. Un típico callejón medieval, estrecho y en cuesta. Aquel era su refugio secreto, donde se podía retirar a la paz del campo y de los montes, para darse un respiro, alejada del estrés cotidiano. Después de haber abierto las ventanas del piso y haber tomado una ducha caliente y revitalizante, Viola se acordó que eran ya las ocho de la tarde. Decidió concederse –como hacía todas las veces que regresaba a Monteverdi –una cena en el “Gallo Rosso”, el único mesón que había en el pueblo. Giovanna, la propietaria del negocio, conocía a Viola y cuando la vio entrar le propuso enseguida un suculento menú de carne de jabalí con setas, que la muchacha rechazó para decidirse por un plato de queso y jamón. Un remedio delicioso después de un mes de dieta macrobiótica. En el mesón entraron distintas personas, un poco después dos jóvenes extranjeros. Ella, sobre los veinticinco años, de belleza sencilla, con ropa deportiva. Él, de tipo atlético, algún año mayor, de hermoso aspecto y con una característica muy particular en sus ojos. Tenía el iris de distinto color, uno verde y el otro azul. Los dos rubios y de piel clara. Viola se paró un momento a observarlos intentando adivinar la nacionalidad a la que pertenecían. No fue capaz de descubrirla y volvió a sus meditaciones. Y allí estaba, cenando sola, delante de una buena botella de vino en medio de mesas llenas de parejas de enamorados. No desperdició el tiempo en recordar pensamientos dolorosos sobre la vida que tenía en la actualidad, sobre como había sucedido todo de manera distinta a como había decidido más o menos cinco años antes, mientras estudiaba para convertirse en abogado. En la universidad se había prometido que sí, se convertiría en una afamada abogada romana, pero cultivaría también su vida social, tendría una familia, hijos. En cambio la repentina desviación profesional de su vida, desde abogado a letrada del Ministerio Público, y sobre todo el haber tenido que interrumpir de manera brusca su vida sentimental con Guido, un joven abogado civilista de su misma edad y compañero de bufete, con el cual había tenido una larga relación, la alcanzaban ahora en medio de un camino hecho de tristes recuerdos y de nostalgia, en un mesón y cenando sola. Nada más triste, se sorprendió pensando, mientras leía con desgana la etiqueta de la botella de vino blanco EST!, EST!, EST!!! que estaba sobre su mesa. Realmente en la botella había dos etiquetas. En la primera se podía leer el nombre del vino, la proveniencia y la denominación de origen. En la otra, en la parte de atrás de la botella, se relataba en cambio la historia de aquel nombre tan inusual. La tradición decía que un noble caballero de origen alemán, quizás un duque, otros decían que un prelado con funciones de obispo, viajó hasta Italia en los primeros años del siglo XI junto al séquito de Enrico V, el futuro emperador del Sacro Romano Imperio, para acompañarlo a Roma a visitar al Papa Pasquale II. Su nombre era Johannes De Fugger, o Defuk, o Deuc. Gran amante del vino, había enviado a un mensajero, su siervo Martino, en avanzadilla para encontrar en los pueblos de Italia cantinas y tabernas que vendiesen vinos de calidad. Cuando este siervo encontraba una, ponía sobre la puerta del local un sello de reconocimiento para el uso exclusivo de su señor, es decir la palabra latina EST (que significa: hay), para indicar que allí, en aquella posada o taberna había encontrado un vino de calidad. Muchos EST habían sido escritos, a veces incluso dos EST pero, al llegar al pueblo de Montefiascone, la leyenda decía que el siervo de confianza dejó escrito el famoso dicho: EST! EST! EST!!!, por haber quedado fascinado por la bondad del vino montefiasconese. Leyendo la historia que había en la etiqueta en letras minúsculas Viola dejó de lado sus melancólicas reflexiones y pensó en cambio en los tiempos antiguos, llenos de romanticismo y de aventuras. A la mañana siguiente se despertó muy temprano debido a los repiques de la campana de la iglesia que había en la Plaza del Convento. Ya en pié decidió hacer una excursión para visitar los restos arqueológicos de la antigua abadía que se decía había sido fundada por San Wilfredo. Cogió la mochila y unos pequeños prismáticos, puso en marcha el coche y se dirigió hacia la pequeña loma desde donde, a través de un estrecho callejón se llegaba hasta las ruinas. El ambiente era radiante; un cielo límpido, de un azul intenso, hacía que el paisaje semejase uno de aquellos representados en los cuadros renacentistas de Simone Martini y Flippino Lippi. Viola descendió del coche y se puso en marcha. Pero no estaba sola. A poca distancia, completamente cubierto por un grupo de pinos, estaba aparcado un Jeep Renegade último modelo, de color negro con los cristales tintados y matrícula alemana. La muchacha, ignorante de lo que sucedía a su alrededor, era ahora el blanco de un teleobjetivo zoom de 1000 milímetros de la cámara fotográfica del hombre que estaba al volante del Renegade. A mitad de la cuesta el teléfono móvil de Viola, el cual, por razones obvias en Monteverdi Marittimo no tenía suficiente cobertura, comenzó a sonar avisándola de una serie de llamadas perdidas y dos mensajes de texto. Las llamadas eran de la Procura de Roma que había intentando contactar con ella un montón de veces, y de un número totalmente desconocido, con un prefijo que no era de la zona sino de un distrito del centro de Italia. Quedó muy sorprendida cuando leyó los mensajes, el primero de los cuales era de su padre, que le escribía: “Hola, soy papá. He descubierto algo increíble, te llamaré en cuanto pueda”. Era extraño que el padre la llamase, y todavía más raro que le mandase un sms, dado que en el último período de su vida no debió usar con mucha frecuencia los teléfonos móviles. En el segundo sms la secretaria de la Procura de Roma le pedía que se pusiese en contacto con la oficina a la mayor brevedad posible. No perdió un minuto. Escuchó al instante lo que le tenía que decir la secretaria del Procurador jefe, y de esta manera supo que le habían asignado un caso sobre un desconocido muerto algunos días antes en el Policlínico Gemelli, en circunstancias no muy claras. Debía volver a Roma enseguida para recoger el expediente que le daría el médico legal y comenzar con las investigaciones. A Viola no le entusiamó realmente la noticia, pacientemente intentó comprender quién era la otra persona que la buscaba. Había recibido una llamada de un número que no conocía. Se sintió obligada a devolver la llamada. Después de escuchar por tres veces el sonido del teléfono le respondió la voz tranquila de un hombre, seguramente ya mayor. “He recibido ayer una llamada desde este número, no me he dado cuenta hasta ahora” “¿Es Viola Borroni? ¿La hija de Cosimo, nuestro hermano Tommaso?” “Sí, ¿con quién hablo?” “Querida hija, soy el hermano Ludovico, el prior del convento de Montesanto. Necesitaría saber si tu padre ha ido a buscarte. Si está contigo ahora”. “No sé nada de eso, Padre. No está conmigo”. “Hace dos días Tommaso desapareció del convento y pensamos que habría ido a Roma”. Viola, preocupada, le preguntó si Cosimo había dejado alguna nota a sus hermanos, si en su habitación estaban todavía sus cosas, si en los últimos tiempos había manifestado el deseo de alejarse temporalmente del convento. “Las circunstancias son realmente extrañas” aclaró el fraile. “Cosimo no habría hecho nada sin avisarme. Y no ha dejado ninguna nota”. Viola dijo al hombre que, en cuanto concluyese con un asunto que tenía que resolver en Roma, se desplazaría a Montesanto para hablar con él en persona. La muchacha dio la vuelta y descendió hacia el auto aparcado al inicio de la pendiente. Mientras tanto, desde la ventanilla del acompañante del jeep negro, una mano femenina retiraba del habitáculo una pequeña antena parabólica con micrófono direccional para la intercepción a distancia. El coche dio marcha atrás silenciosamente y abandonó el puesto, así que, cuando Viola llegó al llano quedaba sólo su 500 sport y una extensión de terreno verde sin nada más. V Roma, jueves 22 de octubre de 2015, después de comer Viola Borroni atravesó la puerta de cristal satinado del bufete B.O.P. & Partners en Piazza di Spagna número 2. El nombre del prestigioso bufete de Derecho Internacional no era otra cosa que el acrónimo de las iniciales de los tres abogados que compartían la sociedad: Borroni, Oleaux, Putignani, además de los susodichos “Partners”, es decir desventurados abogados y abogadas pagados para desarrollar todo tipo de actividades sin horario y sin descanso. Los sábados y domingos eran días laborables como los otros y sólo en casos excepcionales, Navidades y Año Nuevo, el bufete cerraba. Esta circunstancia –recordaba Viola– fue uno de los motivos de confrontación con su padre, dado que estaba convencida que también quien trabajaba en una profesión liberal, dado que eran trabajadores, tenían que disfrutar del derecho al descanso y a los días festivos. Ella había decidido no aceptar aquellas condiciones laborales y se marchó en cuanto ganó las oposiciones a Magistratura . “Hola Laura, ¿dónde está él?” Él era el abogado Lorenzo Putignani, uno de los tres socios. El otro, el padre de Viola, desde hacía tres años en el convento, había abandonado ya la actividad profesional. Las ganancias derivadas de la actividad del estudio legal, y que habrían sido el estipendio, en forma de cuota fija, de Cosimo Borroni, formalmente todavía socio, fueron transferidas, mediante una acta notarial, a una fundación que tenía como fin el mantenimiento del convento. El tercer socio, Jean Baptiste Oleaux, residía en París. Sólo una o dos veces al mes, por las causas más importantes, se dejaba ver en el bufete romano, prefiriendo participar en las reuniones con el socio Lorenzo Putignani y los otros abogados que no eran socios, a través de video conferencias Roma-Reims. De todas formas, de los tres, Oleaux no era en verdad el más preparado profesionalmente pero sí el más dotado naturalmente para las relaciones públicas. Era el quien se ocupaba de mantener las relaciones con los clientes más importantes y, en lo posible, era quien se ocupaba de encontrar nuevos clientes. Era, por lo tanto, el responsable comercial, por así llamarlo, del bufete B.O.P. & Partners. Profesionalmente el padre, Cosimo, había sido el abogado más astuto y preparado en Derecho Internacional, y aquel a quien, antes de que todo se arruinase, uno podía recurrir cada vez que se necesitaba un consejo atinado sobre cualquier duda legal. Ahora que Cosimo había abandonado la profesión, este trabajo se lo habían adjudicado a Lorenzo Putignani, que lo desarrollaba con dificultad. Laura Lazzaroni se levantó de su puesto y se dirigió hacia la oficina de Putignani seguida por Viola. Llamó a la puerta y quedó aguardando una respuesta que no se hizo esperar. “Abogado, es la letrada Borroni”. Putignani se levantó del escritorio, de madera de teca negra y, dando la vuelta, llegó hasta la muchacha. “Finalmente te veo, querida Viola. ¡Después de seis meses, al fin te veo! Dame un abrazo.” Ya de vuelta en su puesto, añadió: “Cuéntame todo, pequeña,. ¿Qué necesitas?” Viola se sentó enfrente de él y comenzó a explicar: “En verdad, no sé por dónde empezar. Me ha llamado el prior del convento de Montesanto para decirme que papá está desaparecido desde hace dos días y para saber si sabía algo al respecto” “¿Dónde piensas que se ha ido?” “No sé nada, sin embargo he recibido un mensaje donde me decía que había hecho un descubrimiento y que se dejaría ver en cualquier momento” “Entiendo” “Eres el único del que papá se fía, y quería saber si te había llamado, si sabes dónde se encuentra en este momento”. “También he recibido un mensaje de Cosimo que decía más o menos lo mismo, y este hecho me ha alarmado enseguida. Has hecho bien en venir, tan sólo te has anticipado un poco porque pensaba llamarte desde el despacho, no me gustaría que tu padre se hubiese metido en otro lío”. Los dos se quedaron mirándose en silencio durante algunos segundos, después el hombre continuó: “Haremos lo siguiente, Viola, pasado mañana es sábado, cojo dos días de asueto y nos marchamos al convento a hablar con el fraile. ¿Qué piensas?”. “Parece una buena idea”. “Por desgracia deberás poner una denuncia de desaparición” observó el abogado. “Desgraciadamente no es posible, porque ahora papá es, a todos los efectos, un ciudadano del Estado del Vaticano, y su desaparición se ha descubierto, por lo que sé, en el convento, que es un territorio sometido a esa jurisdicción”. “Formalmente, la competencia de la investigación es prerrogativa del Promotor de Justicia del Vaticano , siempre que el padre Ludovico ponga la denuncia” dijo Putignani. “Justo. También por esto querría hablar con él. No tengo muchos días disponibles. Tengo que continuar con la investigación de la muerte del hombre en el Policlínico Gemelli. Mañana tengo que estar en la Procura para la asignación formal del caso”. “Me he enterado por los periódicos, un caso muy extraño”. “Exacto” susurro pensativa. “El sábado por la mañana, hacia las siete, iré a buscarte a casa con el coche. En tres horas estaremos en Todi, en el convento de Montesanto. Tranquila” “Estaré preparada, te lo agradezco muchísimo.” VI París, jueves 22 de octubre de 2015 –Boulevard des Arabesques nº 4 Sobre la grandísima pantalla de LCD del televisor ultra plano Toshiba de 80 pulgadas, de última generación, colocado sobre la pared del gran salón, se estaba jugando la final del 2015 del Open U.S.A. de tenis. La enésima prueba de fuerza entre el australiano Jan Friliver y el chino Shu Pen. Ambos en solitario habían ganado ya 12 Grand Slam más una docena de finales. Parecían Los duelistas, un viejo film de Ridley Scott centrado sobre la relación entre dos enemigos acérrimos que siempre encontraban el momento oportuno para retarse en duelo, sin resolver nunca, con la muerte de uno de ellos, su eterna disputa. El más viejo de los tenistas, si se puede hablar de vejez a esa edad, era Friliver, que acababa de cumplir 29 años. Shu Pen, sin embargo, a pesar de poseer en su palmarés tres Roland Garros y dos Open de Australia, más tres finales en Wimblendon, perdidas ante Jan, tenía sólo 24 años. La crónica del encuentro en el canal Sky Sport era comentada, como siempre, por aquellas viejas glorias de John McEnroe y Jimmy Connors, empeñados en pincharse por turnos con viejas anécdotas deportivas y encuentros cara a cara, ocurridos entre ellos más o menos treinta años antes. Cuando las raquetas eran de madera y el cordaje de tripa natural. Cuando las pelotas, fabricadas con un tipo de caucho mucho más suave que el actual, viajaban a una velocidad un treinta por ciento más lenta que las actuales. Cuando al acabar el encuentro los jugadores enemigos se encontraban en la discoteca, para disfrutar con la hermosa vida nocturna, comportándose de forma alocada con las muchachas que encontraban en los locales o con las fans del momento, y bebiendo champaña. Otra época. De frente a la pantalla del Toshiba, tendido sobre un gigantesco sofá de piel blanca, un único espectador degustaba, en la penumbra, Bandol Reserve del 1965, siguiendo, casi sin ganas, las etapas centrales del encuentro que prometía ser la final más taquicárdica de los últimos quince años. El hombre, de aproximadamente unos sesenta años, atractivo, podía decirse que estaba satisfecho de su posición social. No había tenido que empeñarse mucho para tener éxito. Perteneciente a una familia acomodada había visto volatilizarse todo el patrimonio familiar en el espacio de una semana. En diciembre del año 1961, su padre, un experto viticultor y descendiente de unaestirpe de nobles rurales, había invertido todo su dinero en una hacienda vinícola de Lyon, productora de Bordeaux que después, en el 65, fue literalmente arruinada debido al escándalo del alcohol metílico. El padre, efectivamente, había mezclado el vino de la última producción vinícola –quizás puesta la mira en un fácil beneficio– con una dosis exagerada de aquel compuesto químico, para aumentar la graduación de alcohol, que había resultado muy baja debido a una vendimia pobre en azucares de la uva del lugar. A decir verdad, la ley francesa admitía la utilización de metanol, pero no más allá del límite de 0,25 ml por cada 100 ml de alcohol total en los vinos rojos. Aquel límite había sido superado con creces. A continuación, el envenenamiento de tres consumidores. Otros dos casi habían perdido la vista. La familia perdió todo: terrenos, hacienda vinícola, títulos, pero sobre todo la reputación. Su padre se había suicidado ahorcándose poco antes de que la Gendarmería Nacional de Lyon se presentase en la Hacienda de Saint Claude, con un mandato de captura emitido contra él, que lo incriminaba en un triple homicidio involuntario. Había sido justo él, el hijo mayor de un total de dos hermanos y una hermana, quien encontró el cadáver del padre. Fueron días muy duros. La madre y los tres hijos no habían ahorrado esfuerzos para oponerse al desahucio de la propiedad. No fue posible. La madre murió, debido a una angustia profundaprovocada por todo lo que había sucedido, al año siguiente. La hermana, Caterine, se había casado con un médico de provincias, interrumpiendo drásticamente las relaciones con la familia o con lo que quedaba de ella. Incluso de Edmond, el hermano, no tenía noticias desde al menos cinco años, aunque él sospechaba que había entrado en una vorágine de apuestas y de préstamos a intereses de locura, donde, cuando traspasas la puerta que te permite el ingreso al infierno, sabes que para ti ya no hay vuelta atrás. Tuvo que ponerse manos a la obra, e incluso ensuciárselas hasta los codos. Se había licenciado con mucho esfuerzo, pero de manera provechosa, en la Facultad de Derecho y, a continuación, una serie de hechos afortunados lo habían conducido hasta la filial romana de uno de los grandes estudios legales de París. Desde ese momento la capacidad de trabajo (y la suerte) habían hecho posible que, junto a dos amigos de la universidad, fundase un estudio legal en sociedad, especializado en Derecho Internacional. Ahora podía, por méritos propios, considerarse entre los abogados más famosos, admirado y temido –y debido a esto, envidiado– de la ciudad. En su familia jamás había habido un abogado, por lo menos que él recordase. Su padre había sido un apreciado profesor de Historia Medieval y, su abuelo un estimado diputado de la Asamblea Nacional cuando el gobierno había sido presidido por Patrice de Mac-Mahon. Del padre había heredado la pasión por el arte de la viticultura y por la historia medieval, de la cual era un estudioso apasionado. Ya había llovido muchodesde el año 1965. Y aquel número que, por tantos años había sido un Moloch maldito, ahora se había convertido en el símbolo de su revancha. El Bandol Reserve, que ahora degustaba complacido mientras estaba tendido sobre el sofá en su ático parisino, con una envidiable vista sobre el río Sena, formaba parte de una partida de ciento cincuenta y una mil botellas, justo de este año 1965. Prácticamente la totalidad de la preciada añada de Bandol Reserve estaba en sus manos, cómodamente dispuesta sobre estantes botelleros de roble numerados, dispuestos ordenadamente en cubas en el convento medieval de Saint Remy, comprado por él y reconvertido en resort y hacienda vinícola. Aquel vino afrutado, con una sensación al paladar de mora y jazmín, envasado en botellas de color verde esmeralda, tenía un valor aproximado de veintidós millones y medio de euros, al precio de mercado de ciento cincuenta euros por botella. A lo que se debían añadir los viñedos del convento. Más o menos otros treinta y ocho millones de euros. Por no hablar de los latifundios experimentales de Florianópolis en Brasil y de Algaveros en Chile, donde, desde hacía dos años, en sus límites, era cultivada una vid de Merlot de gran calidad que, según había proyectado, podría convertirse en el Chateaux Lafite de América del Sur. Era el dulce sabor de su triunfo. De todas maneras, habría cambiado encantado el inmenso patrimonio que estaba acumulando por aquello que era el objeto de su obsesiva búsqueda desde hacía tanto tiempo y que ahora, nadie en el mundo, podría impedir. Mientras estaba inmerso en estos pensamientos y consideraciones el teléfono móvil comenzó a vibrar al tiempo que emitía un débil sonido rítmico. “Dentro de poco la encontraremos” dijo sin preámbulos una voz al otro lado del teléfono”. “¿Cómo puedes estar seguro?” “¿Te he dado alguna vez razones para dudar de mis capacidades?” “Dime lo que has descubierto”. “¿Has leído los periódicos italianos sobre el caso del hombre muerto en el Gemelli?” “Sí, incluso aquí se habla sobre ello. Entonces, es verdad, ahora todo encaja”. “Adivina a quién le han encargado la investigación”. “Conozco también esto. Debemos movernos rápido”. “Sabes que para mí este negocio es prioritario. Debemos vernos en persona y hablar, no me fío del teléfono” “De acuerdo, pero tú pégate como una lapa a la fiscal y no despiertes sospechas”. Sin despedirse siquiera interrumpieron la llamada telefónica. Mientras tanto, a más o menos seis mil kilómetros, Jan Friliver había obtenido el último punto del partido del año con un golpe hacia la línea lateral del campo, de escalofrío, que había roto la desesperada caída a red del tenista chino en la tentativa de anular el punto de partido. Lo había conseguido. El australiano, finalizado el ritual de lanzamiento de las muñequeras sudadas hacia el graderío, alzaría por tercera vez consecutiva el pesado trofeo de plata, delante de chiquillos implorantes que le pedían un autógrafo, armados de bolígrafos y libretas, y una multitud de fotógrafos que comenzaban a amontonarse en los bordes del campo de tenis. Pero estas imágenes, en este momento, pasaban delante de los ojos del hombre que estaba sentado en el sofá como carentes de significado, que, mientras repasaba mentalmente la conversación telefónica, se servía otra copa de Bandol Reserve. Había conseguido todo de la vida, el poder, el dinero, el éxito. Sólo le faltaba una cosa: el Tiempo. Estaba dispuesto a todo para obtenerlo, en poco tiempo lo podría dominar y se convertiría en su señor y dueño absoluto. Aquellas fotografías, difuminadas desde hacía decenios, que mostraban dos misteriosas páginas antiguas, escritas en latín y en lengua vulgar, que él custodiaba en la caja fuerte, dentro de nada serían sustituidas por las correspondientes originales. Sonreía mientras le iluminaba la luz de la pantalla LCD, de manera maliciosa y diabólica. Dios creó el mundo, el Diablo el tiempo. Decía Boris Ostanin. VII Civita Castellana, 5 de junio de 1944 La Tercera Compañía Panzergrenadier de la Wermacht estaba acampada en doce tiendas de campaña, más una para uso de comedor y dos como letrinas, fuera de la zona habitada. No había sido posible establecerse en el pueblo antiguo debido a su posición impracticable. Civita Castellana era un asentamiento cuyo origen se remontaba poco antes del año mil. Como todos los pueblos fortificados de aquel período estaba situado sobre la cima de una escarpada colina, cuyo único acceso era un estrecho y longuísimo puente de al menos cuatrocientos metros, probablemente de la época romana. Si los militares de la compañía se hubiesen alojado en las casas del pueblo requisadas a la población, o en el viejo cuartel de los Carabineros, tendrían que haber dejado desguarnecidos los cinco carros armados Panzer StuG III F-G, dos de los cañones de artillería ligera de 3,7 cm PaK 35, dos carros y los caballos con las municiones, en la otra parte del puente. Con los tiempos que corrían no podían arriesgarse a un ataque imprevisto de las brigadas partisanas o de las divisiones americanas que, se decía, avanzaban rápidamente subiendo desde el Lazio después de haber circundado y neutralizado el puesto avanzado alemán de Montecasino. El teniente de la Wehrmacht, Friedich Von Geberth, había recibido un despacho de la Quinta Compañía aerotransportada del Reich, que se encontraba en la Toscana y que le comunicaba que, en el transcurso de la tarde, llegaría hasta su batallón el capitán del ejército francés Florian Oleaux. Von Geberth se había preguntado porqué un militar francés que apoyaba la República de Vichy había sido mandado en una misión a la Toscana. El ejército de la nueva República del mariscal Petain no tenía necesidad de desperdiciar sus oficiales en otros frentes, debido a que en el territorio francés los militares del régimen de Vichy tenían ya sus propios quebraderos de cabeza con las brigadas de partisanos que provocaban atentados terroristas y sabotajes un día sí y otro también. Por lo demás los Servicios de contraespionaje daban por cierto el desembarco de los americanos en cualquier parte de la costa francesa, aunque todavía la Unidad Estratégica del Tercer Reich no había conseguido conocer el lugar exacto. De todas maneras, el futuro del conflicto bélico era incierto, por lo menos en Italia, donde desde hacía tiempo, los cazabombarderos B52 de la aviación estadounidense sobrevolaban la zona, mientras el ejército conquistaba metro a metro el territorio de la península. Hacía poco que habían llegado a Roma. En cuanto al capitán francés que había llegado a la Compañía, Von Geberth no sabía gran cosa, salvo que de civil fue un eminente estudioso de la historia medieval, de fama internacional, que había enseñado en muchas importantes universidades, entre las que se encontraban la de Berlín, Madrid y la Sorbona. El hecho de que el francés hubiese llegado a Civita Castellana acompañado por un oficial de las SS, el mayor Meter Sturlitz, infundía la sospecha de que detrás de toda aquella historia estuviese la garra de Göering, Hess y de sus obsesivas investigaciones sobre la mística, lo oculto y lo arcano. No era un misterio que el Führer y los jerarcas dirigentes del Partido Nazi cultivasen el culto de una religión que exaltaba la fuerza y el poder del pueblo alemán. El objetivo principal era la consagración de la “raza pura” que fundaría a continuación el Tercer Reich milenario. En la base del mito de la raza pura estaba la leyenda sobre un pueblo superior: los arios, llamados también hiperbóreos. Para el nazismo los descendientes de esta estirpe habrían llegado desde el cielo, sus sacerdotes habrían tenido su sede en el Tibet desde el inicio de los tiempos. Basándose en estas convicciones Rudolf Hess había promovido desde la Ahnenerbe distintas expediciones empeñadas en demostrar que el pueblo alemán provenía de aquellos descendientes, y había tomado medidas de carácter antropométrico y antropológico. También es sabía que el Führer y su círculo mágico, formado por los jerarcas nazis y por los más estrechos colaboradores de Hitler, se habían adherido a la sociedad Thule, de la que formaban parte Rudolf Hess y Alfred Rosenberg, pero también muchos hombres de la alta burguesía alemana de la época como Lanz von Leibenfels y Glauer von Sebottendorff Todo había comenzado –recordaba el teniente Von Geberth– en 1910 cuando el barón Glauer von Sebottendorff fundó la “Sociedad”, llamada también “Orden Germánico del Santo Grial”, una secta esotérica fundada sobre una multiplicidad de filosofías y retazos de pensamientos de lo oculto. Helena Petrovna Blavatsky, célebre médium y ocultista, fundadora de la Sociedad Teosófica Internacional, había mantenido que estaba en contacto telepático con los Antiguos Maestros Desconocidos, que correspondían a los antiguos descendientes de la raza hiperbórea, que habrían vivido entre el Tibet y Nepal, y que después de una catástrofe se habrían refugiado debajo de la tierra, en una ciudad llamada Agarthi, cuya capital era Shambala. Esta legendaria ciudad era nombrada en una antigua leyenda tibetana El teniente de la Wehrmacht, contrariamente al fanatismo del momento y al pensamiento común que imperaba en Berlín, no era un apasionado de este género de cosas. Por el contrario, consideraba estas teorías el fruto de una propaganda política que poco tenía que ver con la realidad. Él, educado en una familia de rígida educación militar, la cual había contado entre sus miembros con dos generales, el padre y un tío abuelo, que habían pertenecido al ejército del Imperio Alemán (cuando al frente del Imperio estaba la dinastía de los Hohenzollern), no estaba habituado a dejarse engañar por discursos de espiritismo y de ciencia esotérica. Pensaba más bien, al contrario, que la expansión y el éxito del Reich se conquistarían con la estrategia militar, la coordinación de las fuerzas militares en el campo de batalla, el coraje, la fatiga, el sudor, la sangre, pero no ciertamente con sesiones de espiritismo. ¡Maldito el día en que había comunicado al cuartel general de la Wehrmacht de la Alta Italia haber encontrado aquellas cuatro descoloridas y amarillentas fotografías en blanco y negro que mostraban, a ojo de buen cubero, ser muy antiguas, escritas en latín! Lengua que no conocía, pues se había diplomado en Cálculo Mercantil y Contabilidad en el Handelsinstitut de Baden Baden. La información había sido enviada a los Servicios de las SS que estaban asentados en el paso del Brennero, que a su vez la habían transmitido enseguida, mediante un cablegrama encriptado, a la cancillería de Rudolf Hess. El jerarca, por motivos para él desconocidos, había dado súbitamente la orden a los oficiales de la Tercera Compañía de custodiar con la máxima discreción y defender celosamente aquellos documentos, incluso a costa de sus vidas. Hasta nueva orden y hasta que llegase una Comisión de Estudio e Investigación que había sido mandada desde Berlín y enviada al puesto. A las quince y treinta del mismo día llegaron cinco motos con sidecar BMW R75 guiadas por militares de las SS. Las seguía un todo terreno Stoewer de la Wehrmacht en cuyo interior se encontraban, además del oficial que conducía, tres oficiales, uno de los cuales vestía el uniforme francés del Régimen de Vichy. El teniente Von Geberth, avisado de la llegada por su ayudante de campo, se precipitó inmediatamente en la plazoleta donde estaban aparcados los carros de combate, justo mientras el Stoewer, frenando bruscamente sobre la gravilla, levantaba una nube de polvo amarillenta que cayó sobre los militares. Descendieron del coche el oficial de servicio del mayor Peter Sturlitz y el capitán francés Florian Oleaux, mientras que el alto oficial de las SS esperó un minuto largo antes de salir, a su vez, del todo terreno, después de asegurarse que el polvo se había asentado sobre el suelo. Von Geberth, en posición de firmes, recordó con nostalgia cuando, en el 41, todavía oficial de complemento del Primer Regimiento del África Corps destacado en El Bashir, había conocido personalmente al legendario Rommel, “El Zorro del Desierto”, que se vanagloriaba ante sus oficiales de comer más polvo que galletas y carne en lata. Nada que ver con los donjuanes de Berlín. Estos pensamientos fueron abruptamente interrumpidos por Sturlitz que, salido del habitáculo del Stoewer, se cuadró con desprecio ante Von Geberth y su ayudante. No era ni el momento ni el lugar para informar al teniente de posibles transgresiones de sus subordinados, pero después le echaría en cara duramente su barba de tres días y que el cuello del uniforme tuviera el primer botón desabrochado, que revelaba un descuido en el vestir del que un oficial del Tercer Reich no podía, de ninguna manera, sentirse orgulloso. Podría pasarlo por alto si fuesen soldados, pero un teniente de la Wehrmacht, estuviese donde estuviese y sin importar la situación en que se encontrase, tenía el deber militar y civil de mantener una imagen gélida y altanera. Von Geberth representaba el Orden del Tercer Reich, esto es lo que le tendría que recordar. Después del saludo nazi, Sturlitz y Oleaux fueron conducidos a la tienda de campaña de los oficiales por el ayudante de Von Geberth, que mientras tanto se había ido a su alojamiento para recuperar de la caja fuerte de la Compañía las fotografías que habían despertado el interés de parte de los jerarcas de Berlín. En la tienda, amueblada de la mejor manera con una mesa plegable y seis sillas, además de un trípode donde estaba dispuesto un mapa militar topográfico del territorio, el teniente alemán ofreció a sus huéspedes unos cigarrillos austriacos. Después preguntó al Mayor de las SS y al capitán francés si les apetecería un poco de vino. “Tengo algunas botellas de un blanco excelente, provenientes de Orvieto, a pocos kilómetros de aquí; fueron requisadas durante una inspección en la zona”. Los dos aceptaron la oferta, sobre todo Oleaux que parecía ser un entendido en vinos. “He aquí las fotos que encontramos” dijo Von Geberth entregando los documentos al Mayor Sturlitz. No pareció estar muy interesado en las fotografías, a las que apenas dedicó una rápida e inexpresiva mirada, dándoselas a continuación al capitán Oleaux. Después de un largo minuto en que el francés estudió con atención los documentos, se volvió al teniente de la Wehrmacht para preguntarle, en un alemán bastante comprensible: “Dígame cómo, dónde, cuándo y quién ha podido conseguiros estas fotografías”. Von Geberth, en vez de responder, volvió la mirada hacía su ayudante –Gerald Schoene– como solicitando su intervención directa para responder de manera pormenorizada a las preguntas del militar francés. Schoene, interpretando la silenciosa petición de su teniente, se dirigió al oficial francés: “Si me lo permite, señor capitán, fui yo quién encontró las fotos y puedo, por lo tanto, responder a vuestras preguntas”. “Entonces, hablad” solicitó de malas maneras Sturlitz. El ayudante dijo que diez días antes, para ser precisos el 11 de octubre, estaba de inspección en la localidad de Civita Castellana, ya que había recibido el soplo de que existía un escondite de maleantes partisanos dentro de la población. La operación no había tenido mucho éxito, desde el momento en que en los edificios del antiguo pueblo no había sido encontrado nada que pudiera hacer pensar que los partisanos hubiesen pasado por allí o incluso que hubiese cualquier signo de hostilidad de la población, o de parte de ella, en las relaciones con los militares de la Tercera Compañía. En cambio, justo durante la inspección, el sargento Helmut Marconi, que había entrado en un viejo granero de un caserío del lugar, había encontrado un automóvil italiano, exactamente un Bianchi S9 Sport del año 1929, en donde, en la guantera, aparte del permiso de circulación y un carné del Partido Fascista a nombre de un tal Guido Sereni, habían sido encontradas, en el interior de una pequeña caja de aluminio para tabaco, las cuatro fotografías. El sargento, ignorante de la lengua que aparecía en los documentos retratados en la foto, le había entregado la documentación a él que, a su vez, después de haber escrito un informe sobre el descubrimiento, había avisado enseguida a Von Geberth entregándole a continuación las fotografías. “Muy bien, ¿se sabe algo de los propietarios de estas fotos” intervino Oleaux. Schoene respondió que habían inspeccionado enseguida el caserío y que habían sido interrogados el susodicho Guido Sereni y su mujer Antonia Polleschi. El italiano, que en la parte derecha de la frente tenía una gran cicatriz, no había podido aportar elementos útiles a la investigación, ya que era totalmente incapaz de entender nada ni podía hacerlo. Se limitaba a farfullar frases sin sentido. La mujer, durante el registro, había mostrado al pelotón de soldados alemanes un certificado de Real Ejército Italiano donde reconocía una grave invalidez militar al marido que lo había liberado del servicio militar, después de que este, que había pertenecido al Trigésimo de Infantería de asalto Caio Duillo, destinado en Albania, había sido herido en la cara, al inicio del año 42, a causa de la explosión de una granada inglesa. La deflagración le había extirpado parte del cerebro. Antonia Polleschi había confirmado que las fotos habían sido tomadas efectivamente por Guido Sereni, cuando todavía eran novios, pero no recordaba bien si había sido en el año 1932 o 1933. Ella juraba sobre su cabeza que nunca había sabido dónde había encontrado el marido aquellas páginas, que eran el objeto de las cuatro fotografías. Por tanto no podía ayudar a los militares de la Wehrmacht en la recuperación de los originales. Ni siquiera la señora Polleschi podía contar si, además de las dos páginas fotografiadas, hubiese otras más de las que no sabía nada. Oleaux, después de haber meditado durante un rato sobre esta información, se volvió hacia el Mayor de las SS diciendo: “Está bien, entonces las acciones que debemos desenvolver son dos: yo me ocuparé enseguida del examen de las fotografías y de lo que está escrito en las páginas fotografiadas, usted en cambio verifique que los dos italianos no escondan hechos significativos con respecto a nuestra investigación”. Una mueca de resentimiento se dibujó sobre el rostro del Mayor Sturlitz que –en su interior– consideraba inadmisible que un francés, además con un grado inferior al suyo, pudiese darle ordenes, a la ligera, a él –Mayor de las SS del Tercer Reich– y a sus oficiales subalternos. De todas formas, Rudolf Hess había sido muy claro, Florian Oleaux tenía carta blanca y plenos poderes. El francés podía y debía tener libre acceso a todo el proceso de la investigación, a fin de obtener los resultados que el Führer pretendía de él y de los oficiales que componían la Comisión Investigadora. En todo caso, una vez obtenidos estos resultados por el oficial francés, el Mayor podría recobrar totalmente su libertad de acción y entonces Oleaux no representaría ya para Alemania un recurso fundamental. Y para la Alemania nazi –meditaba Sturlitz– un individuo insignificante era un individuo que podía ser eliminado. Mientras tanto habían dado las ocho de la tarde. A los oficiales alemanes y al francés les sirvieron la cena en la tienda de campaña, consistente en vino y queso requisados el día anterior a los campesinos del lugar. Después de lo cual el grupo se despidió y marchó, quedando en que se reunirían al día siguiente. A Oleaux lo destinaron a una habitación en el cuartel de los Carabineros de Civita Castellana, ubicado fuera del casco urbano. Los carabineros habían abandonado desde hacía tiempo el lugar para echarse al monte. Sturlitz en el fondo sospechaba que ellos se habían adherido a las bandas de subversivos y de canallas que se hacían llamar partisanos. Como hay Dios, los habría sacado uno a uno, y también ellos, lo mismo que los delincuentes comunes que se habían enrolado en aquellos grupos, serían pasados por las armas. Oleaux fue acompañado por Gerald Schoene hasta su habitación, después de haber recorrido un largo pasillo iluminado por la débil luz de una sola bombilla. Los muros del pasillo eran de un triste color verde, y estaban completamente desconchados e impregnados de moho. Sobre las paredes estaba todavía colgado un tablón con las órdenes de servicio con la fecha del 8 de septiembre de 1943. Había además unos viejos cuadros del Duce y del Rey Vittorio Emanuele III, también estos colgados de manera desequilibrada sobre las paredes, parecía que miraban descorazonados –afligidos por los presagios de la tragedia que se cernía sobre Italia– a los dos huéspedes que estaban de paso. Después de llegar a su habitación, Oleaux se despidió del ayudante que se apresuró a tranquilizarlo diciéndole que en el cuartel se encontraban también otros seis militares de la Wehrmacht y además un pelotón de fascistas fieles a Mussolini. Oleaux encontró un catre de campaña apoyado en el muro libre de la estancia, donde estaban colgadas las fotos del Duce y del Rey. En la otra parte de la cámara, encima de un viejo escritorio, una sobre otra, dos sillas de madera. Completaba el mobiliario un viejo mueble que debía haber servido como depósito de las gruesas carpetas de documentos de la oficina, y una jofaina, parcialmente oxidada, colocada sobre un trípode, la cual estaba flanqueada por un grifo de aluminio esmaltado, al lado del escritorio. La única fuente de iluminación, debido a que la pequeña lámpara que pendía en el centro de la estancia estaba privada de bombillas, era un flexo colocado sobre un estante al lado del grifo. Oleaux cerró la puerta tras sí, después se quitó la chaqueta del uniforme y el cinturón con el revólver MAS Mle 35 con el cual dotaba el ejército francés a sus militares. Abrió la bolsa de piel marrón donde se encontraban las fotos, las sacó y las puso de manera ordenada sobre el escritorio, cogiendo a su vez de la bolsa una lupa de 40 x 25 mm. A primera vista las imágenes parecían amarillentas y muy corrompidas por el tiempo, habiendo perdido aquella pátina de brillantez que era propia de una fotografía nueva o al menos reciente. Oleaux consideró que el estado de degradación en que se encontraban podía ser debido a la década transcurrida, encerradas y expuestas a las inclemencias del calor, el frío y la humedad, en la guantera del Bianchi S9 Sport. En la parte de atrás de las fotografías estaba escrito el nombre del laboratorio fotográfico que había revelado los negativos, es decir la casa italiana Alfa Tensi, y la fecha, muy difuminada, que a pesar de la lupa podía ser interpretada como 8/01/XIV año de la era Fascista o 8/07/XVI año de la era fascista. Fáciles de leer el día y el año; menos inteligible a los ojos del oficial francés era la lectura del mes, que podía ser 01 (enero) o 07 (julio). Examinando en completa soledad las 4 fotografías, el hombre no pudo reprimir un nuevo escalofrío de emoción, bien disimulado cuando las había visto por primera vez en presencia de Von Geberth y de Sturlitz. Lo que había notado, y que deseaba verificar mejor en este momento, provisto de una lupa, fueron aquellas estrellitas estilizadas, dibujadas en todo el contorno de las misteriosas páginas fotografiadas, y que él se preparaba a descifrar. Pero lo que le produjo un escalofrío de ansiedad fue el dibujo, presente en el ángulo superior de una de las dos páginas, de una minúscula figura femenina inmersa en una bañera con un líquido verde. Oleaux había ya visto figuras femeninas similares. E incluso las pequeñas estrellas eran inconfundibles. Para un ojo experto como el suyo, las imágenes de aquellas fotografías pertenecían, sin lugar a dudas, al manuscrito sin nombre. Aquel tomo medieval comprado por Wilfrid Voynich en 1912 que el anticuario polaco, naturalizado inglés, había vendido a una biblioteca de los Estados Unidos de América. El volumen, comúnmente llamado Manuscrito Voynich por el nombre del marchante de libros que lo había comprado en Italia a los frailes jesuitas, había sido leído, releído y pasado por el tamiz de millares de historiadores, glotólogos, estudiosos y expertos en esoterismo y en ocultismo. Pero el libro y la lengua en que estaba escrito permanecían indescifrables. Se podía considerar el enigma más apasionante y emocionante con el cual él, profesor de historia, se había topado hasta este momento. En contraposición a esto, los misterios, todavía sin resolver, de la escritura etrusca o de la “Piedra Rosseta ” eran comparables con rompecabezas para niños. Y ahora, pensaba con emoción Oleaux, quizás sería posible descifrar la lengua desconocida, penetrar en los secretos del manuscrito que más que ningún otro había suscitado el interés morboso de los historiadores de todo el planeta en los últimos treinta años. Sobre el Manuscrito Voynich se habían formulado miles de interpretaciones y conjeturas diversas: que el texto había sido escrito en un lenguaje críptico por los herejes cataros, que fuese una mezcolanza de diversas lenguas medievales de Centro Europa, que hubiese sido escrito por un tal Jacobus de Tepenece, médico y alquimista de la corte de Rudolph II de Ausburgo, el emperador que había vivido en el siglo XVII y había sido un apasionado del coleccionismo y las ciencias ocultas, o incluso por Ruggero Bacone, o en fin que fuese un códice medieval que contenía una serie de ritos cuya finalidad era alcanzar la inmortalidad. Justo esta última hipótesis, fuese cierta o no, pensaba Oleaux, había suscitado el interés espasmódico del Führer, hasta la obsesión. Bajo expresas órdenes de Hitler, los jerarcas nazis habían reutilizado incluso una máquina para cifrar textos, cuyo nombre era Enigma, pero en una versión más compleja de la original, ideada por el ingeniero Arthur Scherbius en 1918. Enigma cifraba y descifraba los mensajes de manera mecánica y mediante impulsos eléctricos. Cada máquina tenía cinco rotores numerados, distintos entre ellos, y sólo tres de estos eran utilizados en cada una de las sesiones, en un orden y posición diferentes. Cuando se pulsaba una letra, el primer rotor que había a la derecha giraba un diente. Cuando el primer rotor había cumplido un giro entero (26 pulsaciones, tantas como letras del alfabeto internacional) se ponía en funcionamiento el segundo rotor, que provocaba a su vez otra pulsación. Después de las 26 pulsaciones del segundo rotor, tambiénel tercero se movía una letra. Todas estas operaciones hacían que un mensaje pudiese ser descifrado por Enigma con 150 millones de millones de posibles combinaciones diversas. Y sin embargo, aquel extraño mecanismo, si bien de extrema utilidad para fines bélicos, no había servido para nada a los servicios secretos alemanes para resolver un texto completamente desconocido como aquel que contenía el Manuscrito Voynich. “¡Maldito sea el que ha fotografiado estas páginas!” murmuró aregañadientesel francés. Las fotografías debieron ser hechas con un aparato fotográfico sin fuelle. Quizás una Zenith o una Hasselblad, desgraciadamente sin flash. Las páginas fotografiadas no estaban iluminadas de manera homogénea, sólo en la parte superior e inferior. Como si el fotógrafo se hubiese servido de una antorcha eléctrica y hubiese iluminado por sectores cada folio. El resultado mostraba –en la parte central de las dos imágenes– el texto en penumbra, ilegible. Quizás con instrumentos más sofisticados, y ayudado por expertos del sector, habría podido entender qué había escrito en las partes oscurecidas. El capitán extrajo de la bolsa un cuaderno y un lápiz y comenzó a transcribir el texto en su lengua original para después poder traducirlo en líneas sucesivas. La primera página tenía en la parte alta la fecha y a continuación la escritura en latín con tinta negra muy desvaída. Anno Domini 1104 Quod tu venis ad viator terram gaudebunt tempore legis verba sunt praesentia praesentibus et quae futura dies. Que traducido significaba: “Viajero que llegas a esta tierra, lee mis palabras y regocíjate porque tus días son todavía presentes y los días presentes son todavía futuros” Oleaux siguió transcribiendo el texto original: Verba quae ego non modo ad me vocari. Incertum est mihi mors timore decidit in memoriam immortalitati. Y la traducción: “Las palabras que para mí no tenían sentido ahora son claras en mi pensamiento. La muerte que me aterrorizaba es ahora sólo un vago recuerdo que se atenúa con mi inmortalidad”. ¿Entonces era verdad? ¿El manuscrito hablaba de la inmortalidad? El francés continuó, cada vez más concentrado en la traducción del texto en latín. “Mi nombre es Johannes De Fugger, cardenal por la voluntad del Señor de la Santa Romana Iglesia y conde de la ciudad de Aquisgran, durante la coronación inminente de nuestro emperador Enrique V, representante en la tierra del Sacro Romano Imperio”. Por lo tanto era un obispo, un noble imperial, el autor de aquellas páginas, ¿o incluso del manuscrito entero? Sobre este De Fugger no había oído hablar nunca, pero, parecía que el compilador del volumen hubiese sido un alto exponente de la aristocracia o el clero. Oleaux recordó con una sonrisa las teorías de algunos de sus colegas historiadores y del mismo Wilfrid Voynich, que atribuían la paternidad del manuscrito a John Dee, el célebre mago, astrólogo y filósofo hermético de la época isabelina que había vivido entre el año 1527 y el 1606. Si hubiesen leído estas líneas muchas diatribas académicas se habrían podido ahorrar. El francés volvió a la traducción del texto de la primera página. Sólo a la parte final, dado que la central era ilegible. “Quiero que las memorias escritas en mis pergaminos y encerradas en este libro, puedan un día ser claras, como un día sin nubes, al viajero, al peregrino, al señor, al caballero o al hombre de iglesia, que sabrá leerlas porque ellas son el camino que conduce a la inmortalidad”. Oleaux se paró, con el pensamiento todavía sobre esta última palabra, que parecía era recurrente en el resto de la primera página. Después cogió las otras dos fotografías que reproducían la segunda página, y las tradujo. “El códice que dejo a la posteridad servirá para desvelar aquello que he visto y escuchado y que juro delante de Dios y de todos los santos que ha sucedido en mi presencia. Que los hechos que aquí recojo sean la prueba de la existencia de las aguas de la salvación y de las plantas de la vida, que estas páginas sean el camino para que el hombre afortunado las utilice al exclusivo servicio de Dios y de los hombres”. La parte inferior relataba: “Que el Maligno quede sordo y ciego, y para él desconocida la lengua en que se ha escrito este libro, de la misma manera todas las cosas del mundo y las plantas y los astros y los hombres que existirán y que yo ya conozco y conoceré. A los caballeros de la santa Cruzada que combatirán para liberar Jerusalén, ruego a Dios que los defienda como yo los defenderé. A los emperadores que sucederán a nuestro emperador Enrique V, quiera el Señor preservar la salud a fin que yo los conozca a todos. A los papas que sucederán a nuestro bendito santo Pasquale II, quiera el Señor concederme servir a todos como su humilde y devoto siervo.” Del tenor del texto parecía que el autor de aquellas dos páginas y, presumiblemente, de todo el manuscrito, estuviese seguro de sobrevivir a sus contemporáneos, ya que imploraba a Dios que concediese a los futuros caballeros, emperadores y papas conservar la salud, a fin de que él pudiese conocerlos a todos. Justo como si el tal De Fugger fuese inmortal. Otro dato interesante era que el Obispo hiciese referencia a algunos hechos que, según el texto, podrían conducir a la vida eterna. ¿Era una frase alegórica, ligada a la esperanza en el más allá o el autor del manuscrito se refería justamente a la inmortalidad física? ¿Y el agua de la salvación, de la que De Fugger hablaba en las páginas, era una referencia al bautismo cristiano? ¿O era el producto de aquellos alambiques y de otros extraños instrumentos alquímicos que él recordaba que habían sido dibujados en el manuscrito? ¿Y por qué De Fugger hablaba de plantas de la vida? Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=40210271&lfrom=390579938) на ЛитРес. 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