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Una Canción para Los Huérfanos Morgan Rice Un Trono para Las Hermanas #3 La imaginación de Morgan Rice no tiene límites. En una serie que promete ser tan entretenida como las anteriores, UN TRONO PARA LAS HERMANAS nos presenta la historia de dos hermanas (Sofía y Catalina), huérfanas, que luchan por sobrevivir en el cruel y desafiante mundo de un orfanato. Un éxito inmediato. ¡Casi no puedo esperar a hacerme con el segundo y tercer libros! Books and Movie Reviews (Roberto Mattos) De la #1 en ventas Morgan Rice viene una nueva e inolvidable serie de fantasía. En UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Un trono para las hermanas – Libro tres), Sofía, de 17 años, viaja en busca de sus padres. Su búsqueda la lleva a tierras desconocidas y extrañas – y a un sorprendente secreto que nunca pudo imaginar. Catalina, de 15 años, es llamada por la bruja, pues ha llegado el momento de devolver el favor. Pero Catalina está cambiando, convirtiéndose en mujer, volviéndose todavía más poderosa -¿y qué será de Catalina si hace un trato con la oscuridad?Sebastián, un romántico, sigue su corazón, se deshace de todo para renunciar a su familia y encontrar a Sofía. Pero Lady d’Angelica todavía está empeñada en matarla – y puede que tenga otros planes. UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Un trono para las hermanas – Libro tres) es el segundo libro de una nueva y sorprendente serie de fantasía llena de amor, desamor, tragedia, acción, aventura, magia, espadas, brujería, dragones, destino y un emocionante suspense. Un libro que no podrás dejar, lleno de personajes que te enamorarán y un mundo que nunca olvidarás. ¡El libro#4 de la serie ya está disponible! poderoso principio para una serie mostrará una combinación de enérgicos protagonistas y desafiantes circunstancias para implicar plenamente no solo a los jóvenes adultos, sino también a admiradores de la fantasía para adultos que buscan historias épicas avivadas por poderosas amistades y rivales. Midwest Book Review (Diane Donovan) UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (UN TRONO PARA LAS HERMANAS – LIBRO 3) MORGAN RICE Morgan Rice Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; y de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas. A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca! Algunas opiniones sobre Morgan Rice «Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita». --Books and Movie Reviews Roberto Mattos «Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más». --The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) «Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos». --Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer) «EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico». -Books and Movie Reviews, Roberto Mattos «En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante». --Publishers Weekly Libros de Morgan Rice EL CAMINO DE ACERO SOLO LOS DIGNOS (Libro #1) UN TRONO PARA LAS HERMANAS UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1) UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2) UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3) UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4) UNA JOYA PARA LA REALEZA (Libro #5) DE CORONAS Y GLORIA ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1) CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2) ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3) REBELDE, POBRE, REY (Libro #4) SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5) HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6) GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7) VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8) REYES Y HECHICEROS EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1) EL DESPERTAR DEL VALIENTE(Libro #2) EL PESO DEL HONOR (Libro #3) UNA FORJA DE VALOR (Libro #4) UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5) LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6) EL ANILLO DEL HECHICERO LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1) UNA MARCHA DE REYES (Libro #2) UN DESTINO DE DRAGONES(Libro #3) UN GRITO DE HONOR (Libro #4) UN VOTO DE GLORIA (Libro #5) UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6) UN RITO DE ESPADAS (Libro #7) UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8) UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9) UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10) UN REINO DE ACERO (Libro #11) UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12) UN MANDATO DE REINAS (Libro #13) UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14) UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15) UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16) EL DON DE LA BATALLA (Libro #17) LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1) ARENA DOS (Libro #2) ARENA TRES (Libro #3) VAMPIRA, CAÍDA ANTES DEL AMANECER (Libro #1) EL DIARIO DEL VAMPIRO TRANSFORMACIÓN (Libro #1) AMORES (Libro #2) TRAICIONADA(Libro #3) DESTINADA (Libro #4) DESEADA (Libro #5) COMPROMETIDA (Libro #6) JURADA (Libro #7) ENCONTRADA (Libro #8) RESUCITADA (Libro #9) ANSIADA (Libro #10) CONDENADA (Libro #11) OBSESIONADA (Libro #12) ¿Sabías que he escrito múltiples series? ¡Si no has leído todas mis series, haz clic en la imagen de abajo para descargar el principio de una serie! (http://www.morganricebooks.com/read-now/) ¿Quieres libros gratuitos? Suscríbete a la lista de correo de Morgan Rice y recibe 4 libros gratis, 3 mapas gratis, 1 app gratis, 1 juego gratis, 1 novela gráfica gratis ¡y regalos exclusivos! Para suscribirte, visita: www.morganricebooks.com (http://www.morganricebooks.com) Derechos Reservados © 2017 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia. ÍNDICE CAPÍTULO UNO (#u2e64d229-01f6-5504-90c3-40345c60880b) CAPÍTULO DOS (#u09caaa08-2a80-5155-9609-402ffae4f0fc) CAPÍTULO TRES (#u9a6543ba-4ef5-55a3-997a-b0ab2bee70d4) CAPÍTULO CUATRO (#u704ad683-116d-5dc0-81df-791d52823ab3) CAPÍTULO CINCO (#u6a91503b-eb49-5efe-a606-d0cb23e00a18) CAPÍTULO SEIS (#u13166094-5ae0-546b-be94-a0cfd091019f) CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Catalina estaba frente a Siobhan, sintiéndose tan nerviosa como lo hacía antes de cualquier lucha. Debería haberse sentido segura; estaba en el terreno de la forja de Tomás y se suponía que esta mujer era su maestra. Y aun así se sentía como si el mundo estuviera a punto de desaparecer bajo sus pies. —¿Me oíste? —preguntó Siobhan—. Es el momento de que devuelvas el favor que me debes, aprendiz. El favor que Catalina había negociado en la fuente a cambio del entrenamiento de Siobhan. El favor que siempre había estado temiendo desde entonces, pues sabía que cualquier cosa que Siobhan pidiera sería terrible. La mujer del bosque era extraña y caprichosa, poderosa y peligrosa en la misma medida. Cualquier trabajo que ella asignara sería difícil y, probablemente, desagradable. Catalina había aceptado, aunque no tenía otra opción. —¿Qué favor? —preguntó por fin Catalina. Miró a su alrededor en busca de Tomás o Will, pero no lo hizo porque pensara que el herrero o su hijo pudieran salvarla de esto. Más bien quería asegurarse de que ninguno de ello se veía atrapado en lo que fuera que Siobhan estaba haciendo. La forja no estaba allí, y tampoco Will. En su lugar, ahora ella y Siobhan estaban al lado de la fuente de la casa de Siobhan, las aguas corrían puras para variar, en vez de que la piedra estuviera seca y llena de hojas. Catalina sabía que debía tratarse de una ilusión, pero Cuando Siobhan se metió en ella, pareció suficientemente sólida. Incluso humedeció el dobladillo de su vestido. —¿Por qué estás tan asustada, Catalina? —preguntó—. Solo te estoy pidiendo un favor. ¿Tienes miedo de que te mande a Morgassa a buscar el huevo de un ave roc en las llanuras de sal, o a luchar contra algunas criaturas en potencia de los convocantes? Hubiera pensado que este tipo de cosas te gustaría. —Que es por lo que no lo harías —supuso Catalina. Siobhan hizo una extraña sonrisa al escuchar eso. —Piensas que soy cruel, ¿verdad? ¿Que actúo sin razón? El viento puede ser cruel si estás ante él sin abrigo y no podrías comprender más sus razones que… bueno, cualquier cosa que diga que no puedes hacer te la tomarás como un reto, así que dejémoslo. —Tú no eres el viento —puntualizo Catalina—. El viento no puede pensar, no puede sentir, no puede distinguir lo que está bien de lo que está mal. —Ah, ¿así que es eso? —dijo Siobhan. Ahora se sentó en el borde de su fuente. Catalina todavía tenía la impresión de que si ella intentaba hacer lo mismo, caería al suelo en la hierba que rodeaba la forja de Tomás—. ¿De verdad piensas que soy malvada? Catalina no quería decir que sí a eso, pero no se le ocurría una manera de no hacerlo sin mentir. Siobhan no podría llegar a los rincones de la mente de Catalina mucho más de lo que los poderes de Catalina podían tocar a Siobhan, pero sospechaba que la mujer ahora sabría si mentía. En su lugar, se quedó en silencio. —Las monjas de la Diosa Enmascarada hubieran dicho que masacrarlas era malvado —puntualizó Siobhan—. Los hombres del Nuevo Ejército a los que asesinaste te hubieran llamado malvada, o algo peor. Estoy segura de que ahora mismo hay mil hombres en las calles de Ashton que te llamarían malvada, solo por poder leer la mente de los demás. —Entonces ¿estás intentando decirme que tú eres buena? —replicó Catalina. Siobahn encogió los hombros al escuchar eso. —Lo que estoy intentando decirte es el favor que debes hacer. Lo que es necesario. Porque eso es la vida, Catalina. Una sucesión de cosas necesarias. ¿Conoces la maldición del poder? Esto sonó mucho a una de las lecciones de Siobhan. Lo mejor que Catalina podía decir de ella era que en esta no la estaban apuñalando. —No —dijo Catalina—. No conozco la maldición del poder. —Es sencilla —dijo Siobhan—. Si tienes poder, todo lo que hagas afectará al mundo. Si tienes poder y puedes ver lo que se avecina, entonces escoger no actuar es una opción. Eres responsable del mundo solo por estar en él y yo hace mucho tiempo que estoy en él. —¿Cuánto tiempo? –preguntó Catalina. Siobhan negó con la cabeza. —Esa es el tipo de pregunta cuya respuesta tiene un precio y tú todavía no has pagado el precio de tu entrenamiento, aprendiz. —Tu favor —dijo Catalina. Todavía lo estaba temiendo y nada de lo que Siobhan había dicho lo hacía más fácil. —Es una cosa bastante sencilla —dijo Siobhan—. Hay alguien que debe morir. Hizo que sonara tan anodino como si le estuviera ordenando a Catalina que barriera el suelo o que trajera agua para el baño. Hizo un barrido con la mano y el agua de la fuente brilló y mostró a una joven que caminaba por un jardín. Llevaba telas valiosas, pero ninguna insignia de la casa de un noble. Entonces ¿era la esposa o la hija de un comerciante? ¿Alguien que había hecho dinero de otra forma? Tenía un aspecto bastante agradable, tenía una sonrisa por una broma que no se escuchó que parecía alegrar al mundo. —¿Quién es? —preguntó Catalina. —Se llama Gertrude Illiard —dijo Siobhan—. Vive en Ashton, en el recinto familiar de su padre, el comerciante Savis Illiard. Catalina esperaba algo más, pero no hubo nada. Siobhan no dio ninguna explicación, ninguna pista de por qué esta joven debía morir. —¿Ha cometido algún crimen? —preguntó Catalina—. ¿Ha hecho alguna cosa terrible? Siobhan levantó una ceja. —¿Necesitas saber algo así para poder matar? No creo que sea así. Catalina sentía como su furia crecía al escuchar eso. ¿Cómo se atreve Siobhan a pedirle que hiciera una cosa así? ¿Y cómo se atreve a exigirle a Catalina que se manchara las manos de sangre sin la más mínima razón o explicación? —No soy una simple asesina a la que mandas donde quieres —dijo Catalina. —¿De verdad? —Siobhan se puso de pie y se fue de la orilla de la fuente con un movimiento extrañamente infantil, como si bajara de un columpio, o saltara del borde de un carro como un golfillo que ha robado un viaje a través de la ciudad—. Has matado muchas veces antes. —Eso es diferente —Catalina insistió. —Cada momento de la vida es algo de belleza única —coincidió Siobhan—. Pero, por otro lado, cada momento es algo aburrido, igual que todos los demás también. Has matado a muchas personas, Catalina. ¿Por qué esta es diferente? —Aquellos lo merecían —dijo Catalina. —Ah, lo merecían —dijo Siobhan y Catalina pudo escuchar la burla en su voz a pesar de que los escudos que la mujer siempre tenía a punto significaban que Catalina nunca podía ver ninguno de los pensamientos que había detrás—. ¿Las monjas lo merecían por todo lo que te hicieron? ¿Y el esclavista por lo que le hizo a tu hermana? —Sí —dijo Catalina. Estaba segura de ello, por lo menos. —¿Y el chico que mataste en el camino por atreverse a ir tras de ti? —continuó Siobhan. Catalina empezaba a preguntarse cuánto sabía exactamente la mujer—. ¿Y los soldados de la playa por… eso cómo lo justificas, Catalina? ¿Fue porque estaban invadiendo tu hogar? ¿O fue simplemente que tus órdenes te llevaron allí y, una vez empieza la lucha, no hay tiempo para preguntar por qué? Catalina dio un paso atrás para apartarse de Siobhan, sobre todo porque si Catalina la golpeaba, sospechaba que habría demasiadas consecuencias. —Incluso ahora —dijo Siobhan—, sospecho que podría ponerte a una docena de hombres y mujeres delante de ti a los que clavarías una espada por propia voluntad. Podría buscarte un rival tras otro y tú los liquidarías. ¿Pero esta es diferente? —Ella es inocente —dijo Catalina. —Por lo que tú sabes —respondió Siobhan—. O tal vez es que simplemente no te he contado todas las innumerables muertes de las que es responsable. Toda la desgracia. —Catalina parpadeó y ya estaba al otro lado de la fuente—. O, tal vez, simplemente no te he contado todo el bien que ha hecho, todas las vidas que ha salvado. —No vas a decirme de qué se trata, ¿verdad? —preguntó Catalina. —Te he dado una misión —dijo Siobhan—. Espero que la cumplas. Tus preguntas y tus escrúpulos no tienen cabida. Se trata de la lealtad que una aprendiz le debe a su maestra. Es decir, quería saber si Catalina mataría solo porque ella se lo había ordenado. —Tú misma podrías matar a esa mujer, ¿verdad? —supuso Catalina—. He visto lo que puedes hacer, apareciendo así, de la nada. Tienes los poderes para matar a una persona. —¿Y quién dice que no voy a hacerlo? —preguntó Siobhan—. Quizás la forma más fácil para mí es enviar a mi aprendiz. —O tal vez solo quieres ver lo que hago —supuso Catalina—. Esto es una especie de prueba. —Todo es una prueba, querida —dijo Siobhan—. A estas alturas, ¿no has deducido esta parte? Vas a hacerlo. ¿Qué sucedería cuando lo hiciera? ¿Realmente Siobhan permitiría que matara a una extraña? Tal vez ese era el juego al que estaba jugando. Tal vez tuviera la intención de que Catalina fuera hasta el borde del asesinato y, entonces, pararía la prueba. Catalina esperaba que eso fuera cierto pero, aun así, no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer de esa manera. No era un término lo suficientemente fuerte para lo que Catalina sentía ahora mismo. Lo odiaba. Odiaba los constantes juegos de Siobhan, su deseo constante de convertirla en una herramienta que usar. Correr a través del bosque perseguida por fantasmas había sido muy malo. Esto era peor. —¿Y qué pasa si digo que no? —dijo Catalina. El gesto de Siobhan se ensombreció. —¿Crees que puedes hacerlo? —preguntó—. Tú eres mi aprendiz, comprometida conmigo. Puedo hacer lo que desee contigo. Entonces unas plantas brotaron rápidamente alrededor de Catalina, sus afiladas espinas las convirtieron en armas. No la tocaron, pero la amenaza era evidente. Parecía que Siobhan no había terminado todavía. Señaló con un gesto de nuevo hacia el agua de la fuente y la escena que mostraba cambió. —Podría cogerte y entregarte a uno de los jardines del placer de Issettia del Sur —dijo Siobhan—. Allí hay un rey que podría estar dispuesto a cooperar a cambio del regalo. Catalina vio brevemente a unas chicas vestidas de seda correteando delante de un hombre que les doblaba la edad. —Podría cogerte y ponerte en las filas de esclavos de las Colonias Cercanas —continuó Siobhan e hizo un gesto para que la escena mostrara largas filas de trabajadores trabajando con picos y palas en una mina abierta—. Tal vez te diré dónde encontrar las mejores piedras para los comerciantes que hacen lo que yo deseo. La escena cambió de nuevo y mostró lo que, evidentemente, era una sala de torturas. Hombres y mujeres gritaban mientras unos tipos enmascarados manejaban hierros calientes. —O tal vez te entregue a los sacerdotes de la Diosa Enmascarada, para que ganes la contrición por tus crímenes. —No lo harías —dijo Catalina. Siobhan alargó el brazo, y la cogió tan fuerte que Catalina apenas tuvo tiempo para pensar antes de que la mujer la forzara a meter la cabeza bajo el agua de la fuente. Ella gritó, pero solo le sirvió para no tener tiempo de respirar mientras la hundía. El frío del agua la rodeaba y, a pesar de que Catalina luchaba, parecía que su fuerza la había abandonado en esos momentos. —Tú no sabes lo que yo haría y lo que no –dijo Siobhan, su voz parecía venir de muy lejos—. Piensas que yo pienso en el mundo como lo haces tú. Piensas que frenaré antes de tiempo, o seré amable, o ignoraré tus insultos. Podría mandarte a hacer cualquiera de las cosas que yo quisiera y todavía serías mía. Mía para hacer contigo lo que quisiera. Entonces Catalina vio unas cosas en el agua. Vio unas siluetas que gritaban destruidas por el sufrimiento. Vio un lugar lleno de dolor y sufrimiento, terror e impotencia. Reconoció a algunos de ellos porque los había matado o, por lo menos, a sus fantasmas. Había visto sus imágenes mientras la perseguían por el bosque. Eran guerreros que habían estado comprometidos con Siobhan. —Ellos me traicionaron –dijo Siobhan— y pagaron por su traición. Mantendrás tu palabra conmigo o te convertiré en algo más útil. Haz lo que yo quiero, o te unirás a ellos y me servirás como lo hacen ellos. Entonces soltó a Catalina y Catalina se levantó, hablando a borbotones mientras luchaba por coger aire. Ahora la fuente había desaparecido y, una vez más, estaban en el patio de la forja. Ahora Siobhan estaba un poco apartada de ella, de pie como si no hubiera pasado nada. —Yo quiero ser tu amiga, Catalina —dijo—. No me querrías como enemiga. Pero haré lo que deba. —¿Lo que debas? —replicó Catalina—. ¿Crees que tienes que amenazarme o hacerme matar a gente? Siobhan extendió las manos. —Como te dije, es la maldición de los poderosos. Tienes el potencial para ser muy útil para lo que se avecina, y yo sacaré el máximo provecho de eso. —No lo haré —dijo Catalina—. No mataré a una chica sin razón. Entonces Catalina atacó, no físicamente, sino con sus poderes. Reunió su fuerza y la lanzó como una piedra contra los muros que rodeaban la mente de Siobhan. Rebotó y el poder parpadeó. —No tienes el poder para luchar contra mí —dijo Siobhan—, y no te molestes en tomar esa opción. Déjame que te lo ponga más fácil. Hizo un gesto y la fuente apreció de nuevo y las aguas se movieron. Esta vez, cuando la imagen se fijó, no tuvo que preguntar a quién estaba mirando. —¿Sofía? —preguntó Catalina—. Déjala en paz, Siobhan, te lo advierto… Siobhan la agarró de nuevo y la obligó a mirar a esa imagen con la horrible fuerza que parecía poseer. —Alguien va a morir —dijo Siobhan—. Puedes escoger quién, simplemente escogiendo si matas a Gertrude Illiard. Puedes matarla a ella, o tu hermana puede morir. Tú eliges. Catalina la miró fijamente. Sabía que en realidad no era una elección. No cuando se trataba de su hermana. —De acuerdo —dijo—. Lo haré. Haré lo que tú quieras. Dio la vuelta y se dirigió hacia Ashton. No fue a despedirse de Will, Tomás o Winifred, en parte porque no quería arriesgarse a que Siobhan se acercara tanto a ellos y, en parte, porque estaba segura de que, de algún modo, verían lo que debía hacer a continuación y se avergonzarían de ella por eso. Catalina estaba avergonzada. Odiaba pensar en lo que estaba a punto de hacer y en el hecho de que tenía tan poca elección. Solo debía esperar que todo esto fuera una prueba y que Siobhan la detuviera a tiempo. —Tengo que hacerlo —se decía a sí misma mientras caminaba—. Tengo que hacerlo. «Sí» —le susurraba la voz de Siobhan—, «debes hacerlo». CAPÍTULO DOS Sofía regresó al campamento que había hecho con las demás, sin saber qué hacer, qué pensar, incluso qué sentir. Debía concentrarse en cada paso en la oscuridad, pero lo cierto era que no podía concentrarse, no después de todo lo que había descubierto. Tropezó con unas raíces y se sujetó a unos árboles para apoyarse mientras intentaba encontrarle el sentido a la noticia. Notaba que unas hojas se le enredaban en su largo pelo rojo y la corteza dejaba tiras de musgo en su vestido. La presencia de Sienne la detuvo. El gato del bosque le empujaba las piernas, guiándola de vuelta al lugar donde estaba la carreta, el círculo de luz de la hoguera parecía el único lugar seguro en un mundo que, de repente, no tenía fundamentos. Cora y Emelina estaban allí, la antigua sirvienta contratada de palacio y la niña abandonada con un talento para tocar las mentes miraban a Sofía como si se hubiera convertido en un fantasma. Ahora mismo, Sofía no estaba segura de no haberlo hecho. Se sentía frágil; irreal, como si el mínimo golpe de aire pudiera hacerla estallar en un montón de direcciones diferentes, para no volverla a juntarse nunca más. Sofía sabía que el camino de vuelta a través de los árboles la habría dejado con un aspecto salvaje. Se sentó contra una de las ruedas del carro, mirando fijamente perpleja hacia delante mientras Sienne se acurrucaba contra ella, casi como lo hubiera hecho un gato doméstico en lugar del gran depredador que era. —¿Qué sucede? —preguntó Emelina. «¿Sucedió algo?» —añadió mentalmente. Cora fue también hacia ella y estiró el brazo para tocar el hombro de Sofía. —¿Pasa algo? —Yo… —Sofía rió, aunque reír fuera todo menos la respuesta adecuada a lo que ella sentía—. Creo que estoy embarazada. A medio camino de decirlo, la risa se convirtió en lágrimas y, una vez empezó, Sofía no podía parar. Simplemente le salían y ni tan solo podía decir si eran lágrimas de felicidad o de desesperación, la ansiedad al pensar en todo lo que le podría venir o en algo completamente diferente. Las otras fueron a abrazarla, rodeando a Sofía con sus brazos mientras el mundo se nublaba a través de aquel laberinto. —Todo irá bien —dijo Cora—. Haremos que funcione. Ahora mismo, Sofía no podía ver cómo algo de eso podía funcionar. —¿Es Sebastián el padre? —preguntó Emelina. Sofía asintió. ¿Cómo podía pensar que había habido alguien más? Entonces se dio cuenta… Emelina estaba pensando en Ruperto, preguntando si el intento de violación había ido más lejos de lo que pensaban. —Sebastián… —consiguió decir Sofía—. Él es el único con el que me he acostado. Es su hijo. El hijo de los dos. O lo sería, con el tiempo. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Cora. Sofía no tenía una respuesta para esa pregunta. Era la pregunta que amenazaba con abrumarla de nuevo y que parecía traer lágrimas con tan solo intentar pensar en ella. No podía imaginar lo que vendría a continuación. No podía ni empezar a imaginarse cómo irían las cosas. Aun así, hizo todo lo que pudo por pensar en ello. En un mundo ideal, ella y Sebastián ahora estarían casados, y ella hubiera descubierto que estaba embarazada rodeada de gente que la ayudaría, en un lugar cálido y seguro donde Sofía podría criar bien a un hijo. En su lugar, estaba a la intemperie con frío y humedad, enterándose de la noticia, solo con Cora y Emelina para contárselo, sin tan solo su hermana para ayudarla. «¿Catalina?» —mandó hacia la oscuridad—. «¿Puedes oírme?» No hubo respuesta. Tal vez era la distancia la que lo hacía, o tal vez Catalina estaba demasiado ocupada para responder. Tal vez podía ser una de entre una docena de otras cosas, pues lo cierto era que Sofía no sabía lo suficiente acerca del talento que tenían ella y su hermana para saber seguro qué podía delimitarlo. Lo único que sabía era que la oscuridad se tragó sus palabras con la misma certeza que si, sencillamente, las hubiera gritado. —Quizás Sebastián vendrá a por ti —dijo Cora. Emelina la miró con incredulidad. —¿Realmente piensas que esto va a pasar? ¿Qué un príncipe irá detrás de una chica a la que ha dejado embarazada? ¿Qué incluso le importará? —Sebastián no es como la mayoría de los que hay en palacio —dijo Sofía—. Él es amable. Él es un buen hombre. Él… —Él te hizo marchar —puntualizó Emelina. Sofía no podía discutir con eso. A Sebastián realmente no le quedó opción cuando descubrió las formas en las que ella le había mentido, pero sí que podría haber intentado encontrar una manera de evitar los inconvenientes que su familia hubiera planteado, o podía haber venido tras ella. Estaba bien pensar que podría estar intentando seguirla, pero ¿qué posibilidades había realmente? ¿Cómo de realista era esperar que podría atravesar el país tras alguien que lo había engañado en todo, incluso en quién era? ¿Pensaba que esta era una canción en la que el gallardo príncipe atravesaba colinas y valles haciendo un esfuerzo para encontrar a su amada? Así no funcionaban las cosas. La historia estaba llena de bastardos reales, así pues ¿qué importancia tenía uno más? —Tienes razón –dijo—. No puedo contar con que me esté siguiendo. Su familia no lo permitiría, incluso aunque él quisiera hacerlo. Pero tengo que tener esperanzas, porque sin Sebastián… creo que no puedo hacerlo sin él. —Hay personas que educan a sus hijos solas —dijo Emelina. Las había, pero ¿Sofía podía ser una de ellas? Sabía que nunca, jamás podría entregar a un hijo a un orfanato después de todo lo que ella había pasado en la Casa de los Abandonados. Sin embargo, ¿cómo podía esperar criar a un hijo cuando ni tan solo podía encontrar un lugar para estar ella a salvo? Quizás más adelante también habría respuestas para esta parte. Ahora la casa grande no se veía en la oscuridad, pero Sofía sabía que estaba allí, tirando de ella con la promesa de sus secretos. Era el lugar donde habían vivido sus padres y el lugar en cuyos pasillos todavía rondaban sus sueños de las llamas que recordaba a medias. Iba a ir allí a descubrir la verdad sobre quién era ella y qué lugar tenía en el mundo. Quizás esas respuestas le darían suficiente estabilidad para poder criar a su hijo. Quizás le proporcionarían un lugar en el que las cosas irían bien. Quizás incluso podría llamar a Catalina y decirle a su hermana que había encontrado un lugar para todos ellos. —Tú… tienes opciones —dijo Cora, la duda en su voz daba a entender cuáles podrían ser esas opciones incluso antes de que Sofía mirara a sus pensamientos. —¿Quieres que me deshaga de mi hijo? —dijo Sofía. Solo pensarlo… no estaba segura de que pudiera. ¿Cómo iba a poder? —Quiero que hagas lo que tú creas que es mejor —dijo Cora. Sacó una bolsa de su cinturón , que estaba al lado de las que contenían maquillaje. —Esto es polvo de rakkas. Cualquier sirvienta pronto lo descubre, pues no puede decirle que no a su amo, y la esposa del amo no quiere hijos que no sean suyos. Había una capa de dolor y amargura en ello que una parte de Sofía quería comprender. Por instinto, se metió en los pensamientos de Cora y encontró dolor, humillación, un noble que había ido a parar a la habitación equivocada durante una fiesta. —«Hay cosas en las que incluso nosotras no debemos inmiscuirnos» —le mandó Emelina. Su expresión no dejaba ver nada de lo que ella sentía, pero Sofía podía sentir su disconformidad—. «Si Cora nos lo quiere contar, nos lo contará». Sofía sabía que tenía razón, pero aun así, se sentía mal por no poder haber estado allí por su amiga tal y como Cora había estado por ella con el Príncipe Ruperto. —«Tienes razón» —le devolvió—. «Lo siento». —«Simplemente no dejes que Cora sepa que estuviste fisgando. Con algo así, sabes lo personal que puede ser». Sofía lo sabía, pues cuando se trataba del intento de Ruperto de obligarla a ser su amante, era algo de lo que no quería hablar, o pensar, o tener que volver a tratar con ello de ninguna manera. Pero el embarazo era algo diferente. Se trataba de ella y de Sebastián y eso era algo grande, complicado y potencialmente maravilloso. Solo que también era un desastre en potencia, para ella y para todos los que estaban a su alrededor. —Ponlo en agua —dijo Cora, refiriéndose al polvo— y después te lo bebes. Por la mañana ya no estarás embarazada. Hacía que pareciera muy sencillo mientras se lo pasaba a Sofía. Aun así, Sofía dudaba si coger el polvo. Estiró el brazo y solo tocarlo le pareció una traición a algo entre ella y Sebastián. De todas formas, lo cogió y sopesó la bolsa en su mano, mirándola fijamente como si eso le diera, de algún modo, las respuestas que necesitaba. —No tienes que hacerlo —dijo Emelina—. Tal vez tengas razón. Tal vez vendrá ese príncipe tuyo. O tal vez encontrarás otro camino. —Tal vez —dijo Sofía. Ahora mismo no sabía qué pensar. La idea de que tendría un hijo con Sebastián podría ser algo maravilloso bajo otras circunstancias, podría llenarla de la alegre perspectiva de subir una familia, echar raíces, estar segura. Sin embargo, aquí parecía un reto que, como mínimo, era tan grande como cualquiera de las cosas a las que se habían enfrentado de camino al norte. No estaba segura de que este fuera un reto al que pudiera enfrentarse. ¿Dónde podría criar a su hijo? No tenía un lugar en el que vivir. Ni tan solo tenía una tienda de campaña propia en ese momento, solo el refugio parcial del carro que la protegía de la fina llovizna que caía en la oscuridad y que humedecía el pelo de Sofía. Habían robado el carro, así que tenían que sentirse un poco culpables cada vez que comían o bebían por el modo en que lo habían conseguido. ¿Podía Sofía pasar toda su vida robando? ¿Podía hacerlo mientras criaba a su hijo? Tal vez llegaría hasta la gran casa en el corazón de Monthys, que estaba justo más adelante. ¿Y entonces, qué? Estaría en ruinas, inadecuada para que la habiten los humanos, y en absoluto sería un lugar en el que criar a un hijo. O eso, o ya habría gente allí y Sofía necesitaría todas sus fuerzas para demostrarles quién era. Y después de esto, ¿qué? ¿Creía que la gente aceptaría a una chica con la máscara de la diosa tatuada en la pantorrilla que demostraba que era una de los Abandonados? ¿Creía que la gente la acogería, le daría un lugar en el que criar a su hijo, o la ayudaría de alguna forma? No era lo que la gente hacía con los que eran como ella. ¿Podía traer un hijo a un mundo como este? ¿Era correcto traer algo tan indefenso como un niño a un mundo en el que había tanta crueldad? Sofía tampoco sabía nada sobre ser madre, ni tenía nada útil que enseñar a su descendencia. Todo lo que había aprendido de niña había sido la crueldad que viene de la desobediencia, o la violencia que solo algo tan malvado como un huérfano podía esperar. —Todavía no tenemos que tomar ninguna decisión —dijo Emelina—. Esto puede esperar hasta mañana. Cora negó con la cabeza. —Cuanto más esperes, más difícil será. Es mejor que… —Parad —dijo Sofía, cortando antes de tiempo la posible discusión—. No hablemos más. Ya sé que las dos estáis intentando ayudar, pero esto no es algo que podáis decidir por mí. Ni tan solo es algo que yo esté segura de poder decidir, pero voy a tener que hacerlo y debo hacerlo sola. Estas eran el tipo de cosas que deseaba poder hablar con su hermana, pero todavía no había respuesta cuando la llamaba en la noche en sus pensamientos. En cualquier caso, lo cierto era que Catalina era probablemente mejor con los problemas que tenían que ver con enemigos contra los que luchar, o perseguidores de los que escapar. Sofía se fue al otro lado del carro y se llevó el polvo de Cora con ella. No les dijo lo que iba a hacer a continuación pues, ahora mismo, no estaba segura ni de saberlo ella. Sienne se levantó para seguirla, pero Sofía apartó al gato del bosque con un destello de pensamiento. Nunca se había sentido tan sola como en aquel momento. CAPÍTULO TRES La última vez que Angelica había ido a los aposentos de la Viuda había sido porque la habían convocado. Entonces estaba bastante preocupada. Ahora, entrando por su propia cuenta, estaba aterrorizada, y Angelica odiaba eso. Odiaba la sensación de impotencia que la seguía, a pesar de que era una de las más grandes nobles del reino. Podía hacer lo que se le antojaba con los sirvientes, los supuestos amigos, con la mitad de los nobles del reino, pero la Viuda aún podía hacer que la mataran. Lo peor era que Angelica le había dado ese poder. Lo había hecho en el instante en el que había intentado envenenar a Sebastián. Este no era un reino en el que la reina podía simplemente chasquear los dedos y ordenar una muerte, pero con ella… no había un jurado de compañeros nobles que llamarían lo que ella había hecho otra cosa que no fuera traición, si la Viuda elegía llevarlo a este punto. Así que se obligó a detenerse cuando llegó a las puertas de los aposentos de la Viuda para tranquilizarse. Los guardias que había allí no decían nada, simplemente esperaban a que Angelica expusiera sus argumentos para entrar. Si hubiera tenido más tiempo, hubiera mandado a un sirviente a solicitar esta audiencia. Si hubiera tenido más confianza en el poder que tenía aquí, hubiera regañado a los hombres por no mostrarle la deferencia adecuada. —Necesito ver a su majestad —dijo Angelica. —No se nos informó de que nuestra reina esperara ver a alguien —dijo uno de los guardias. No hubo ninguna disculpa por ella, nada de la cortesía que Angelica merecía. En silencio, Angelica decidió hacer que el hombre pagara por ello con el tiempo. Tal vez podría encontrar la forma de volverlo a mandar a la guerra. —No sabía que sería necesario hasta hace muy poco —dijo Angelica—. Pregúntale si me recibirá, por favor. Se trata de su hijo. El guardia asintió al oír eso y fue disparado hacia dentro. Mencionar a Sebastián fue suficiente para motivarlo aunque la posición de Angelica no pudiera. Tal vez sencillamente sabía lo que la Viuda ya le había dejado claro a Angelica: que cuando se trataba de sus hijos, había pocas cosas que no haría. Eso es lo que daba esperanzas a Angelica de que esto podría funcionar, pero también era lo que lo hacía peligroso. La Viuda podría acabar evitando que Sebastián se fuera, pero con la misma facilidad podría hacer que mataran a Angelica por fracasar en seducirlo tal y como le había dicho. Haz que sea feliz, le había dicho la vieja bruja, no permitas que piense en otra mujer. Lo que quiso decir había resultado bastante evidente. El guardia volvió a aparecer con bastante rapidez y abrió la puerta para que Angelica pudiera pasar. No inclinó la cabeza como debería haber hecho, ni la anunció con su título completo. —Milady d’Angelica —exclamó en cambio. Aunque pensándolo bien, ¿qué títulos tenía Angelica que pudieran hacer frente a los de una reina? ¿Qué poder tenía ella que no palideciera hasta la insignificancia al lado del de aquella mujer que estaba en la sala de estar de sus aposentos, con la cara hecha una máscara cuidadosamente serena. Angelica hizo una reverencia, pues no se atrevía a hacer otra cosa. La Viuda hizo un gesto impaciente para que se levantara. —Una visita repentina —dijo sin sonreír— y noticias sobre mi hijo. Creo que podemos prescindir de eso. Y si Angelica no hubiera hecho la reverencia, sin duda la madre de Sebastián la hubiera regañado por ello. —Me dijo que le trajera cualquier noticia sobre Sebastián, Su Majestad —dijo Angelica. La Viuda asintió y se dirigió hacia su silla de aspecto cómodo. No le ofreció asiento a Angelica. —Sé lo que dije. También sé lo que dije que te sucedería si no lo hacías. Angelica también recordaba las amenazas. La Máscara de Plomo, el castigo tradicional para los traidores. Solo pensar en eso la hacía temblar. —¿Y bien? —preguntó la Viuda—. ¿Has conseguido hacer a mi hijo el futuro marido más feliz alrededor de la tierra? —Dice que se marchará —dijo Angelica—. Se enfadó por haber sido manipulado y declaró que iba a ir tras la zorra a la que amaba. —¿Y tú no hiciste nada para detenerlo? —exigió la Viuda. Angelica apenas podía creerlo. —¿Qué quería que hiciera? ¿Derribarlo en la puerta? ¿Encerrarlo en sus aposentos? —¿Tengo que deletreártelo? —dijo la Viuda—. Puede que Sebastián no sea Ruperto, pero aun así es un hombre. —¿Piensa que no lo intenté? —replicó Angelica. Esa parte le escocía más que todo lo demás. Nadie la había rechazado antes. Cualquiera que ella deseaba, ya fuera por auténtico deseo o simplemente para demostrar que podía, había venido corriendo. Sebastián había sido el único que la había rechazado—. está enamorado. La Viuda estaba allí sentada y pareció calmarse un poco. —¿O sea que me estás diciendo que no puedes ser la esposa que necesito para mi hijo? ¿Qué no puedes hacerlo feliz? ¿Qué eres inútil para mí? Demasiado tarde, Angelica vio el peligro que había en eso. —Yo no dije eso —dijo—. Solo vine porque… —Porque querías que yo te solucionara tus problemas y porque tenías miedo de lo que te pasaría si no lo hacías —dijo la Viuda. Se levantó y le clavó el dedo en el pecho a Angelica. —Bueno, estoy preparada para darte un pequeño consejo. Si está siguiendo a la chica, el sitio más probable al que ella irá es Monthys, en el norte. Ya lo tienes, ¿te basta o tengo que dibujarte un mapa? —¿Cómo lo sabe? —preguntó Angelica. —Porque yo sé de qué va todo esto –respondió bruscamente la Viuda—. Vamos a dejarlo claro, Milady. Yo ya he hecho algo para controlar a mi hijo. Te he mandado a ti para que lo distrajeras. Ahora, si es necesario, descartaré esa opción, pero entonces no habría matrimonio y yo me… decepcionaría mucho contigo. No hacía falta que diera los detalles de la amenaza. En el mejor de los casos, a Angelica la mandarían lejos de la corte. En el peor de los casos… —Lo arreglaré —prometió—. Me aseguraré de que Sebastián me quiera a mí, y solo a mí. —Hazlo —dijo la Viuda—. Te cueste lo que te cueste, hazlo. *** Angelica no tenía tiempo para los detalles habituales del viaje de un noble. Este no era el momento para deambular en un carruaje, acorralada por una manada de parásitos y rodeada de suficientes sirvientes como para ir lo tan lentos como para que ella caminara. En su lugar, hizo que sus sirvientes desempolvaran ropa de montar y, con sus propias manos, hizo una pequeña bolsa con las cosas que podría necesitar. Incluso se recogió el pelo con un estilo mucho más sencillo que sus habituales complejas trenzas, a sabiendas de que no habría tiempo para esas cosas durante el camino. Además, había cosas que sería mejor que nadie te reconocieran haciéndolas. Partió hacia Ashton envuelta en una túnica para asegurarse de que nadie veía quién era. También se llevó una media máscara y, en la ciudad, esa era una señal bastante común de fervor religioso que nadie cuestionaba. Primero llegó a las puertas del palacio, se detuvo al lado de los guardias e hizo girar una moneda entre sus dedos. —El Príncipe Sebastián —dijo—. ¿Hacia dónde se fue? Sabía que no podía ocultar su identidad a los guardias, pero probablemente ellos tampoco harían preguntas. Sencillamente supondrían que iba tras el hombre al que amaba y con el que tenía intención de casarse. Incluso era la verdad, a su manera. —Por allí, Milady —dijo uno de los hombres, señalando con el dedo—. Por donde se fueron las mujeres cuando escaparon de palacio hace unos días. Angelica debería haber imaginado todo esto. Él señaló y Angelica se fue. Siguió a Sebastián por la ciudad como un sabueso de caza, con la esperanza de poderlo alcanzar antes de que fuera demasiado lejos. Casi se sentía como un espíritu atado a la ciudad. En su casa, era poderosa. Aquí conocía a la gente y sabía con quién hablar. Cuanto más lejos se fuera, más tendría que fiarse de su ingenio. Hizo las mismas preguntas que Sebastián debería haber hecho cuando se fue y recibió las mismas respuestas. Unas cuantas personas del pueblo, tan sucias que en otras circunstancias ni las hubiera visto, le contaron la huida de Sofía y la sirvienta por la ciudad. Lo recordaban porque había sido lo más emocionante que había pasado en sus monótonas vidas durante semanas. Tal vez Sebastián y ella se convertirían en otro chisme para ellos. Angelica esperaba que no. Por una pescadera chismosa que le hizo una genuflexión al pasar, Angelica oyó hablar de una persecución por las calles de la ciudad. Por un golfillo tan mugriento que no podía ver si era chico o chica, supo que se habían escondido dentro de los barriles de una carreta. —Y después la mujer de la carreta les dijo que fueran con ella —le dijo la sucia criatura—. Se fueron todas juntas. Angelica le lanzó una pequeña moneda. —Si me estás mintiendo, haré que te lancen de uno de los puentes. Ahora que sabía lo de la carreta, era fácil seguir el rastro de su avance. Se habían dirigido hacia la salida más al norte de la ciudad y eso parecía dejar claro hacia dónde se dirigían: Monthys. Angelica aceleró, esperando que la información de la Viuda fuera cierta aunque se preguntara lo que la anciana le estaba escondiendo. No le gustaba ser un peón en un juego ajeno. Un día, la vieja bruja pagaría por ello. Por hoy, tenía que adelantarse a Sebastián. Angelica no tenía pensamientos de intentar hacerle cambiar de intención, todavía no. Todavía estaría ardiendo por la necesidad de encontrar a esa… esa… A Angelica no se le ocurrían palabras suficientemente duras para una de las Sirvientas vendidas que fingió ser quien no era, que sedujo al príncipe que tenía que ser para Angelica y que no había sido más que un impedimento desde que llegó. No podía permitir que Sebastián la encontrara, pero él no abandonaría la búsqueda sencillamente porque ella se lo pidiera. Aquello quería decir que tenía que actuar, y actuar rápido, si iba a hacer que esto acabara bien. —¡Fuera del camino! —gritaba, antes de espolear a su caballo para que avanzara con la velocidad que aseguraba una caída aplastante a cualquiera que fuera tan estúpido como para meterse en su camino. Salió de la ciudad, imaginando la ruta que debía haber seguido el carro. Tomó un atajo por los campos, saltando tan de cerca los setos que podía sentir cómo las ramas rozaban sus botas. Cualquier cosa que le permitiera adelantar a Sebastián antes de que estuviera demasiado lejos. Finalmente, vio un cruce más adelante y a un hombre apoyado sobre el letrero que había allí con una jarra de sidra en una mano y el aspecto de alguien que no tiene intención de moverse. —Tú —dijo Angelica—. ¿Estás aquí cada día? ¿Viste pasar un carro con tres chicas en dirección al norte hace unos días? El hombre dudó, mientras contemplaba su bebida. —Yo… —No importa —dijo Angelica—. Levantó un monedero, el tintineo de los Reales dentro era inconfundible—. Ahora sí. Un joven llamado Sebastián te preguntará y, si quieres estas monedas, dirás que las viste. Tres mujeres jóvenes, una pelirroja y una vestida como una sirvienta de palacio. —¿Tres mujeres jóvenes? —dijo el hombre. —Una pelirroja —repitió Angelica con lo que esperaba que fuera un nivel de paciencia adecuado—. Te preguntaron por el camino a Barriston. Evidentemente, era la dirección equivocada. Aun más, era un viaje que mantendría ocupado a Sebastián durante un rato y que enfriaría su estúpido deseo por Sofía cuando no consiguiera encontrarla. Le daría la oportunidad de recordar su deber. —¿Todo eso hicieron? —preguntó el hombre. —Lo hicieron si quieres el dinero —respondió bruscamente Angelica—. La mitad ahora y la otra mitad cuando lo hagas. Repítemelo, para saber que no estás demasiado borracho para decirlo cuando llegue el momento. Consiguió decirlo y esto fue suficiente. Tenía que serlo. Angelica le dio su moneda y se fue, preguntándose cuánto tardaría en darse cuenta de que ella no iba a volver con la otra mitad. Con suerte, no se daría cuenta hasta después de que Sebastián pasara por allí. Por su parte, ella tenía que estar ya lejos a estas alturas. No podía permitirse que Sebastián la viera, o descubriría lo que había hecho. Además, necesitaba toda la ventaja que pudiera conseguir. Había un largo camino hacia el norte hasta Monthys, y Angelica tenía que terminar todo lo que debía hacer mucho antes de que Sebastián se diera cuenta de su error y fuera tras ella. —Habrá tiempo suficiente —Angelica se calmaba a sí misma mientras se dirigía hacia el norte—. Lo terminaré y estaré de vuelta en Ashton antes de que Sebastián se de cuenta de que algo no va bien. Terminarlo. Una manera muy sutil de expresarlo, como si todavía estuviera en la corte, fingiendo conmoción mientras exponía las indiscreciones de alguna noble menor para que entraran en el hervidero de rumores. ¿Por qué no decir lo que quería decir? Que, en cuanto encontrara a Sofía, solo había una cosa que iba a asegurar que ella nunca más se metería en su vida y en la de Sebastián; solo una cosa dejaría claro que Sebastián era suyo y demostraría a la Viuda que Angelica estaba dispuesta a hacer lo que se le pidiera para asegurar su posición. Solo había una cosa que haría que Angelica se sintiera segura. Sofía iba a tener que morir. CAPÍTULO CUATRO Mientras cabalgaba, Sebastián no tenía ninguna duda de que habría problemas con lo que estaba haciendo ahora. ¿Marcharse de este modo, contra las órdenes de su madre, evitando el matrimonio que ella le había preparado? Para un noble de otra familia, esto hubiera sido suficiente para asegurarle el desheredamiento. Para el hijo de la Viuda, era equivalente a traición. —No se llegará a eso —decía Sebastián mientras su caballo avanzaba como un rayo—. Y aunque fuera así, Sofía lo vale. Sabía lo que estaba abandonando al hacer esto. Cuando la encontrara, cuando se casara con ella, no podrían sencillamente volver a Ashton victoriosos, asentarse en el palacio y esperar que todo el mundo estuviera contento. Si es que conseguían volver, sería bajo una nube de deshonra. —No me importa —le dijo Sebastián a su caballo. Para empezar, preocuparse por la deshonra y el honor había sido lo que lo había metido en este lío. Había dejado a un lado a Sofía por lo que él suponía que la gente pensaría de ella. Ni tan solo había hecho que alzaran sus voces en desaprobación; sencillamente había actuado, sabiendo lo que dirían. Había sido algo débil y cobarde y ahora iba a enmendarlo, si podía. Sofía valía una docena de los nobles con los que había crecido. O cien. No importaba que la delatara la marca de la Diosa Enmascarada que tenía tatuada en su pantorrilla, ella era la única mujer con la que Sebastián podía soñar casarse. Desde luego, no con Milady d’Angelica. Ella era todo lo que la corte representaba: vanidosa, superficial, manipuladora, centrada en su propia riqueza y éxito en lugar de en el de cualquier otro. No importaba que fuera hermosa, o de la familia adecuada, que fuera inteligente o el sello de una alianza dentro del país. No era la mujer que Sebastián quería. —Fui duro con ella incluso cuando me fui —dijo Sebastián. Se preguntaba qué pensaría cualquiera que lo viera de que hablara así con su caballo. Pero lo cierto era que ahora no le importaba lo que la gente pensara y, en muchos sentidos, el caballo escuchaba mejor que la mayoría de gente de la que se rodeaba en palacio. Sabía cómo funcionaban allí las cosas. Angelica no había intentado engañarle; simplemente había intentado presentar algo que ella sabía que sería desagradable para él de la mejor manera posible. Mirado a través de los ojos de un mundo en el que los dos no podían escoger con quién se casarían, incluso podía verse como amabilidad. Lo que sucedía era que Sebastián ya no quería pensar así. —No quiero estar atrapado en un lugar donde mi único deber es continuar respirando por si Ruperto muere —le dijo a su caballo—. No quiero estar en un lugar donde mi valor es el del linaje, o como algo a vender para fomentar los vínculos adecuados. Visto así, el caballo probablemente comprendía su dilema tan bien como podía hacerlo cualquier noble. ¿No se vendían los mejores caballos por su potencial para la cría? ¿Aquellos nobles a los que les gustaba competir a lo largo de las rutas del país, o salir a cazar no tomaban nota de cada linaje, de cada potrillo? ¿No mataría cada uno de ellos a sus propios sementales ganadores antes de permitir que entrara una sola gota de la sangre equivocada en las estirpes? —La encontraré y encontraré un sacerdote que nos case —dijo Sebastián—. Incluso si Madre quiere acusarnos de traición por ello, todavía tendrá que convencer a la Asamblea de los Nobles. No matarían a un príncipe simplemente por antojo. Probablemente, algunos de ellos serían compasivos, con el tiempo. Si esto fallara, él y Sofía siempre podrían fugarse a las tierras de la montaña del norte, o escaparse por el Puñal-Agua juntos sin ser vistos, o incluso sencillamente retirarse a las tierras de las que se suponía que Sebastián era duque. Encontrarían el modo de que esto funcionara. —Primero tengo que encontrarla —dijo Sebastián, mientras su caballo lo sacaba de la ciudad, hacia campo abierto. Se sentía seguro de que la alcanzaría, a pesar de lo lejos que debía estar ya. Había encontrado gente que había visto lo que sucedió cuando escapó de palacio, había pedido informes a los guardias y había escuchado las historias de la gente de la ciudad. La mayoría de ellos habían sido cautelosos al hablar con él, pero él había conseguido juntar las piezas suficientes como para, por lo menos, tener una idea general de la dirección en la que iba Sofía. Por lo que había oído, iba en un carro, lo que significaba que iría más rápido que si fuera a pie, pero ni de lejos tan rápido como Sebastián podía moverse a caballo. Encontraría el modo de alcanzarla, aunque esto significara cabalgar sin descanso hasta hacerlo. Tal vez eso era parte de su penitencia por echarla, para empezar. Sebastián avanzó hasta que vio el cruce y, finalmente, frenó a su caballo hasta hacerlo andar mientras intentaba decidir en qué dirección ir. Había un hombre dormido apoyado en el letrero del cruce, con un sombrero de paja que le tapaba los ojos. Una jarra de sidra que tenía al lado dejaba entrever la razón por la que estaba roncando como un burro. Por el momento, Sebastián lo dejó dormir y miró al letrero. El este llevaría a la costa, pero Sebastián dudaba que Sofía tuviera los medios para coger un barco, o algún lugar al que ir si lo hacía. El sur llevaría de vuelta a Ashton, así que quedaba descartado. Eso dejaba el camino que llevaba hasta el norte y el que llevaba al oeste. Sin más información, Sebastián no tenía ni idea de qué ruta tomar. Imaginaba que podía intentar buscar rastros de carro en una de las zonas de tierra del camino, pero eso suponía saber qué estaba buscando, o reconocer el carro de Sofía de entre cientos de otros que podrían haber pasado durante todos estos días. Solo quedaba pedir ayuda y tener esperanzas. Con suavidad, usando la punta de su bota, Sebastián dio un empujoncito al pie del hombre que dormía. Retrocedió cuando el hombre farfulló y despertó, pues no sabía cómo alguien tan borracho podría reaccionar al verlo allí. —Pero ¿esto qué eees? —consiguió decir el hombre. También consiguió ponerse de pie, lo que parecía bastante sorprendente, dadas las circunstancias—. ¿Tú quién eres? ¿Qué quieres? Todavía parecía que tenía que sujetarse al poste para mantener el equilibrio. Sebastián empezaba a preguntarse si esto era muy buena idea. —¿Estás aquí normalmente? —preguntó. A la vez, necesitaba que la respuesta fuera que sí y esperaba que fuera que no, pues qué diría eso de la vida de aquel hombre. —¿Por qué lo quieres saber? —dijo bruscamente el borracho. Sebastián empezaba a ver que aquí no iba a encontrar lo que quería. Incluso aunque el hombre pasara la mayor parte de su tiempo en el cruce, Sebastián dudaba que a menudo estuviera lo suficientemente sobrio para darse cuenta de muchas cosas. —No importa —dijo—. Estaba buscando a alguien que podría haber pasado por aquí, pero dudo que tú puedas ayudarme. Siento haberte molestado. Dio la vuelta y fue hacia su caballo. —Espera —dijo el hombre—. Tú… eres Sebastián, ¿verdad? Sebastián se detuvo al escuchar su nombre y se dirigió al hombre con el ceño fruncido. —¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó. El hombre se tambaleó un poco. —¿Qué nombre? —Mi nombre —dijo Sebastián—. Me acabas de llamar Sebastián. —Espera, ¿tú eres Sebastián? Sebastián hacía todo lo que podía para ser paciente. Era evidente que este hombre lo estaba esperando y a Sebastián se le ocurrían unas cuantas razones por las que esto podía ser. —Sí, lo soy —dijo—. Lo que quiero saber es por qué me estabas esperando. —Yo… —El hombre paró por un instante y arrugó el ceño—. Se suponía que tenía que darte un mensaje. —¿Un mensaje? —dijo Sebastián. Parecía demasiado bueno para ser cierto, pero aun así, se atrevió a tener esperanzas—. ¿De quién? —Estaba esa mujer —dijo el borracho, y eso bastó para avivar las ascuas de la esperanza hasta un fuego completo. —¿Qué mujer? —dijo Sebastián. Pero ahora el hombre no lo estaba mirando. Más bien al contrario, parecía que se estaba volviendo a dormir. Sebastián lo cogió, medio sujetándolo, medio sacudiéndolo para que despertara. —¿Qué mujer? —repitió. —Había algo… una mujer pelirroja, en un carro. —¡Es ella! —dijo Sebastián, su emoción sacó lo mejor de él en ese momento—. ¿Esto fue hace unos días? El borracho se tomó su tiempo para pensarlo. —No lo sé. Podría ser. ¿Qué día es hoy? Sebastián lo ignoró. Bastaba con haber encontrado la pista que Sofía le había dejado. —La mujer… es Sofía. ¿Hacia dónde fue? ¿Cuál era su mensaje? Dio otra sacudida al borracho cuando este empezaba a dormirse de nuevo, y Sebastián debía admitir que, por lo menos en parte, era por frustración. Tenía que saber el mensaje que Sofía le había dejado a este hombre para él. ¿Por qué? ¿No había nadie más a quien Sofía podía haber dejado su mensaje? Mirando al hombre que apenas se tenía en pie, Sebastián vio la respuesta a eso: ella estaba segura de que se lo encontraría, pues imaginaba que no iría a ningún sitio. Era la mejor manera de dejar un mensaje para Sebastián si la seguía. Lo que significaba que quería que la siguiera. Quería que pudiera encontrarla. Solo pensar en ello era suficiente para animar a Sebastián, pues significaba que Sofía podría estar dispuesta a perdonar todo lo que él le había hecho. No le proporcionaría el modo de seguirla si no viera una manera de estar juntos de nuevo, ¿verdad? —¿Cuál era su mensaje? —repitió Sebastián. —Me dio dinero —dijo el hombre—. Dijo que dijera que… mierda, sé que lo recordaba… —Piensa —dijo Sebastián—. Es importante. —¡Dijo que te dijera que había ido a Barriston! —dijo el borracho con tono de triunfo—. Dijo que dijera que lo había visto con mis propios ojos. —¿Barriston? —preguntó Sebastián, observando el letrero del cruce—. ¿Estás seguro? La ciudad no parecía un lugar al que Sofía tuviera una razón para ir, pero tal vez se trataba de eso, dado que había estado huyendo. Era una ciudad provincial, sin el tamaño o la población de Ashton, pero tenía algo de riqueza gracias a la industria del guante. Tal vez fuera un lugar tan bueno como otro para que Sofía fuera. El hombre asintió y eso fue suficiente para Sebastián. Si Sofía le había dejado un mensaje, entonces no importaba a quien hubiera elegido para entregárselo. Lo que importaba era que había recibido su mensaje y sabía por dónde seguirla. Como agradecimiento, Sebastián le lanzó una moneda de la bolsa de su cinturón al hombre del cruce y, a continuación, fue corriendo a montarse en su caballo. Hizo girar a la criatura hacia el oeste, dándole un golpe con el talón para que avanzara mientras partía en dirección a Barriston. Le llevaría tiempo llegar allí, pero él avanzaría tanto como pudiera por el camino. Allí la alcanzaría, o tal vez incluso la adelantaría por el camino. En cualquier caso, la encontraría y estarían juntos. —Ya vengo, Sofía —prometió mientras, a su alrededor, el paisaje de las Vueltas pasaba a toda velocidad. Ahora que sabía que ella quería que la encontrara, haría todo lo que tuviera que hacer para alcanzarla. CAPÍTULO CINCO La Reina Viuda María de la Casa Flamberg estaba en el el centroe sus jardines, se llevó una rosa blanca a la nariz y absorbió su delicado olor. Con los años se le daba bien ocultar su impaciencia y, cuando se trataba de su hijo mayor, la impaciencia era una emoción que le venía demasiado de inmediato. —¿Qué es esta rosa? —preguntó a uno de los jardineros. —Una variedad creada por una de los jardineras contratadas como sirvientas —dijo el hombre—. Ella la llama la Estrella Brillante. —Felicítala por ello e infórmala de que, de ahora en adelante, se conocerá como la Estrella de la Viuda —dijo la reina. Era tanto un cumplido como un recordatorio para la jardinera de que aquellos que poseían la deuda de la sirvienta podían hacer lo que desearan con sus creaciones. Era el tipo de movimiento de doble cara con los que la Viuda disfrutaba por su eficacia. Esto ambién se le daba bien. Tras las guerras civiles, hubiera sido muy fácil quedarse sin poder. En cambio, ella encontró los puntos de equilibrio entre la Asamblea de los Nobles y la iglesia de la Diosa Enmascarada, las masas del populacho y los comerciantes. Lo había hecho con inteligencia, crueldad y paciencia. Pero incluso la paciencia tenía sus límites. —Antes de que hagas esto —dijo la Viuda—, serás tan amable de arrancar a mi hijo del prostíbulo en el que esté acomodado y recordarle que su reina le está esperando. La Viuda se quedó al lado del reloj de sol, observando cómo cambiaba la sombra mientras esperaba al holgazán que estaba como heredero al trono. Para cuando oyó los pasos de Ruperto acercándose, ya se había movido un dedo. —Debo estar senil a mi avanzada edad —dijo la Viuda—, pues es evidente que no recuerdo cosas. Por ejemplo, cuando te cité hace media hora. —Hola a ti también, madre —dijo Ruperto, sin parecer arrepentido en lo más mínimo. Hubiera sido mejor si hubiera alguna señal de que había estado usando su tiempo sabiamente. En su lugar, el estado desaliñado de su ropa decía que ella había acertado con la suposición de antes sobre dónde estaría. Eso, o había estado cazando. Había muy pocas actividades de las que su hijo mayor parecía preocuparse realmente. —Veo que tus rasguños están empezando a desaparecer —dijo la Viuda—. ¿O finalmente has mejorado en taparlas con polvos? Vio que su hijo enrojecía por la rabia, pero no le importó. Si pensara que podía arremeter contra ella, lo hubiera hecho hace años, pero a Ruperto se le daba bien saber a quién podía dirigir su mal genio y a quién no. —Me cogió por sorpresa —dijo Ruperto. —Por una sirvienta —respondió la Viuda con calma—. Por lo que he oído, mientras estabas en pleno intento por forzar a la antigua prometida de tu hermana. Ruperto se quedó con la boca abierta durante unos segundos. ¿A estas alturas no había aprendido que su madre se enteraba de lo que pasaba en su reino y en su casa? ¿Pensaba que alguien continuaba gobernando una isla tan dividida como esta sin espías? La Viuda suspiró. Realmente le quedaba mucho por aprender y no daba señales de estar dispuesto a aprender esas lecciones. —Para entonces Sebastián ya la había dejado a un lado —insistió él—. Ella era un blanco y, al fin y al cabo, no era más que una puta contratada. —Todos esos poetas que escriben sobre ti como un príncipe de oro realmente no te conocen, ¿verdad? —dijo la Viuda, aunque lo cierto era que ella había pagado a más de uno para asegurarse de que los poemas salían bien. Un príncipe debía tener la reputación que deseaba, no la que se había ganado. Con la reputación adecuada, Ruperto incluso podría tener la aclamación de la Asamblea de los Nobles cuando llegara el momento en el que él gobernara. —¿No se te ocurrió que Sebastián podría enfadarse si se enteraba de lo que intentaste hacer? Ruperto frunció el ceño al oír eso y la Viuda vio que su hijo no lo entendía. —¿Por qué iba a hacerlo? No se iba a casar con ella y, en cualquier caso, yo soy el mayor, un día seré su rey. No se atrevería a hacer nada. —Si piensas eso —dijo la Viuda—, no conoces a tu hermano. Ruperto rió al escuchar eso. —¿Y tú sí que lo conoces, madre? ¿Intentando casarlo? No me extraña que escapara. La Viuda reprimió su ira. —Sí, Sebastián escapó. Admitiré que subestimé la fuerza de sus sentimientos, pero eso puede solucionarse. —Ocupándose de la chica —dijo Ruperto. La Viuda asintió. —¿Imagino que es un trabajo que quieres que haga para ti? —Por supuesto. Ruperto ni tan solo lo dudó. La Viuda nunca había pensado que lo hiciera. A su manera, eso estaba bien, pues un gobernante no debería encogerse por hacer lo que era necesario, pero aun así dudaba que Ruperto estuviera pensando en esos términos. Él simplemente quería venganza por los moratones que, todavía ahora, dañaban sus, de lo contrario, perfectos rasgos. —Vamos a ser claros —dijo la Viuda—. Es necesario que esta chica muera, tanto para enmendar el insulto hacia ti, y por las… dificultades que podría representar. —Con un matrimonio entre Sebastián y una chica inapropiada —dijo Ruperto—. ¡Qué vergüenza! La Viuda arrancó una de las flores que había por allí cerca. —La vergüenza es como esta rosa. Parece bastante inofensiva. Atrae la vista. Pero aun así, tiene espinas hirientes. Nuestro poder es una ilusión, que se mantiene viva porque la gente cree en nosotros. Si nos avergüenzan, el poder podría tambalearse—. Cerró la mano, ignorando el dolor cuando la aplastó—. Debemos ocuparnos de estas cosas, cueste lo que cueste. Era mejor dejar que Ruperto pensara que se trataba de mantener el prestigio de su familia. Esto era mejor que reconocer el verdadero peligro que representaba la chica. Cuando la Viuda se dio cuenta de quién era ella realmente… bueno, el mundo se había convertido en algo afilado como el cristal, claro y lleno de puntas afiladas. No podía permitir que el peligro continuara. —La mataré —dijo Ruperto. —Discretamente —añadió la Viuda—. Sin aspavientos. No quiero que crees más problemas de los que resuelvas. —Me ocuparé de ello —insistió Ruperto. La Viuda no estaba segura de que lo hiciera, pero tenía otras piezas en juego por lo que hacía a la chica. El truco era usar solo a los que tenían sus propias razones para actuar. Daría órdenes y ella simplemente dirigiría su atención al hecho de que la chica era alguien a quién valía la pena vigilar. Había necesitado toda su fuerza de voluntad para no reaccionar la primera vez que había visto a Sofía, en la cena. No delatar lo que sentía al verle la cara, o ante la noticia de que Sebastián tenía pensado casarse con ella. Que su hijo pequeño hubiera marchado en su busca complicaba más las cosas. Habitualmente, Sebastián era el estable, el inteligente, el responsable. En muchos aspectos, el sería mejor rey que su hermano, pero así no funcionaban las cosas. No, su papel era el de vivir su vida discretamente, haciendo lo que se le ordenaba, no escapar y hacer lo que quería. —También tengo otra cosa para que tú la hagas —dijo la Viuda. Se fue, dando una lenta vuelta por el jardín, obligando a Ruperto a ir tras ella tal y como un perro seguía a su dueño. Pero, en este caso, Ruperto era un perro de caza y ella estaba a punto de proporcionarle el rastro. —¿No me has dado ya suficiente trabajo, Madre? —exigió. Sebastián no hubiera discutido. No hubiera discutido por nada, excepto por el asunto que importaba. —Das menos problemas cuando estás ocupado —dijo la Viuda—. En cualquier caso, este es la clase de trabajo en el que tu presencia realmente podría ser útil. Tu hermano ha actuado por emoción, escapando de esta manera. Creo que para traerlo de vuelta será necesario el toque de un hermano. Ruperto rió al escuchar eso. —A juzgar por el modo en que se fue, será necesario un regimiento para traerlo de vuelta. —Entonces, llévate uno —dijo bruscamente la Viuda—. Tienes una comisión, úsala. Llévate a los hombres que necesites. Encuentra a tu hermano y tráelo de vuelta. —En condiciones impolutas, sin duda —dijo Ruperto. La Viuda estrechó los ojos al escuchar eso. —Es tu hermano, Ruperto. No le harás más daño del necesario para traerlo a casa sin incidentes. Ruperto bajó la mirada. —Por supuesto, Madre. Mientras estoy en ello, ¿le gustaría que hiciera una tercera cosa? Algo en el modo en que lo dijo hizo que la Viuda se detuviera y se dirigiera a su hijo. —¿Qué tenías en mente? —preguntó. Ruperto sonrió e hizo un gesto con la mano. Del otro extremo del jardín, un tipo vestido con la túnica de un sacerdote empezó a acercarse. Cuando estuvo a pocos pasos, hizo una gran reverencia. —Madre —dijo Ruperto—, ¿puedo presentarle a Kirko, segundo secretario de la suma sacerdotisa de la Diosa Enmascarada? —¿Te mandó Justina? —preguntó la Viuda, usando intencionadamente el nombre de la suma sacerdotisa para recordarle al hombre en compañía de quién estaba ahora. —No, su majestad —dijo el sacerdote—, pero hay un asunto de suma importancia. La Viuda suspiró al escuchar eso. Por su experiencia, los asuntos de suma importancia para los sacerdotes consistían habitualmente en donaciones para sus templos, la necesidad de castigar a los pecadores que por lo visto no estaban suficientemente afligidos por la ley, o peticiones para interferir en los asuntos de sus hermanos al otro lado del Puñal-Agua. Justina había aprendido a quedarse esos asuntos para ella, pero sus subordinados a veces iban de un lado para otro y la molestaban como si fueran avispas negras. —Vale la pena escucharlo, Madre —dijo Ruperto—. Ha pasado un tiempo en la corte, intentando conseguir una audiencia. ¿Me preguntabas dónde estaba antes? Estaba aquí buscando a Kirko, pues imaginé que querrías oír lo que tenía que decir. Aquello bastó para hacer que la Viuda reexaminara al sacerdote. Todo lo que fuera suficiente para hacer que Ruperto apartara su mente de las mujeres de la corte era digno de su atención, por lo menos durante un ratito. —Muy bien —dijo—. ¿Qué tienes que decir, segundo secretario? —Su Majestad –dijo el hombre—, ha habido un cruel asalto a nuestra Casa de los Abandonados y a los derechos del sacerdocio. —¿Piensas que no me he enterado de eso? —replicó la Viuda. Miró hacia Ruperto—. ¿Esas son tus noticias? —Su majestad —insistió el sacerdote—, la chica que mató a las monjas no sufrió ninguna justicia. En su lugar, encontró asilo en una de las Compañías Libres. Con los hombres de Lord Cranston. El nombre de la compañía despertó el interés de la Viuda, un poco. —La compañía de Lord Cranston ha sido de lo más útil en el pasado reciente —dijo la Viuda—. Ayudaron a echar a una fuerza invasora de nuestras orillas. —¿Y eso…? —Silencio —dijo bruscamente la Viuda, cortando al hombre a media refutación—. Si a Justina realmente le importara eso, sacaría el tema. Ruperto, ¿por qué me has traído esto? Su hijo hizo una sonrisa de tiburón. —Porque he estado haciendo preguntas, Madre. He sido muy meticuloso. Lo que significaba que había torturado a alguien. ¿Realmente esa era la única manera en la que su hijo sabía hacer las cosas? —Creo que la chica a la que Kirko busca es la hermana de Sofía —dijo Ruperto—. Algunos de los supervivientes de la Casa de los Abandonados hablaban de dos hermanas, una de las cuales intentaba salvar a la otra. Dos hermanas. La Viuda tragó saliva. Sí, eso cuadraba, ¿verdad? Su información se había concentrado en Sofía, pero si la otra también estaba viva, entonces podría ser igual de peligrosa. Tal vez más, a juzgar por lo que había logrado hasta ahora. —Gracias, Kirko —consiguió decir—. Me encargaré de esta situación. Por favor, déjame que lo hable con mi hijo. Consiguió convertirlo en un despido y el hombre se fue de su vista a toda prisa. Intentaba pensar detenidamente en ello. Era evidente lo que hacía falta que pasara a continuación. La cuestión era, simplemente, cómo. Pensó por un momento… sí, eso podría funcionar. —O sea —dijo Ruperto—, ¿quieres que también mate a esa hermana suya? ¿Entiendo que no queremos que algo así busque venganza? Evidentemente, él pensaría que se trataba de eso. Él no conocía el verdadero peligro que representaban, o los problemas que podrían resultar si alguien descubría la verdad. —¿Qué propones que hagamos? —dijo la Viuda—. ¿Entrar y enfrentarnos al regimiento de Peter Cranston? Es posible que pierda un hijo si lo haces, Ruperto. —¿Piensas que no podría derrotarlos? —replicó. La Viuda lo ignoró. —Creo que hay una manera más fácil. El Nuevo Ejército se está reuniendo, así que mandaremos al regimiento de Lord Cranston contra ellos. Si escojo la batalla sabiamente, nuestros enemigos resultarán heridos, mientras que la chica morirá, y no parecerá más que otra tumba sin fama en una guerra. Entonces Ruperto la miró con una especie de admiración. —¿Por qué, Madre, nunca supe que podrías ser tan despiadada? No, no lo sabía, porque no había visto las cosas que había hecho para mantener los restos de poder que tenía. Él había luchado contra los rebeldes, pero no había visto las guerras civiles, o las cosas que habían sido necesarias tras ellas. Ruperto probablemente pensaba que él era un hombre sin límites, pero la Viuda había descubierto a las malas que haría todo lo que fuera necesario para asegurar el trono para su familia. Aun así, no valía la pena pensar en ello. Esto pronto habría terminado. Sebastián estaría de nuevo a salvo con su familia, Ruperto se habría vengado de su humillación y las chicas que hacía tiempo que deberían haber muerto irían a la tumba sin dejar rastro. CAPÍTULO SEIS —Es una prueba —susurraba Catalina para sí misma mientras acechaba a su víctima—. Es una prueba. Continuaba diciéndolo para sí misma, quizás con la esperanza de que la repetición lo convirtiera en cierto, quizás porque era la única manera de continuar siguiendo a Gertrude Illiard, manteniéndose en las sombras mientras ella estaba sentada en el balcón de su casa para desayunar, colándose en silencio entre la multitud de la ciudad mientras la hija del comerciante caminaba con sus amigas por los mercados de buena mañana. Savis Illiard tenía perros y guardias para proteger tanto su propiedad como a su hija, pero los guardias hacía demasiado tiempo que estaban en sus puestos y confiaban en los perros, mientras que los perros eran fáciles de calmar con un destello de poder. Catalina observaba a la mujer que se suponía que tenía que matar y la verdad era que, hasta el momento, podría haberlo hecho un montón de veces. Podría haber corrido entre la multitud y clavarle un cuchillo entre las costillas. Podría haber disparado una ballesta o incluso haber lanzado una piedra con fuerza letal. Incluso podría haber aprovechado el ambiente de la ciudad, asustando a un caballo en el momento erróneo o cortando la cuerda que sujetaba un barril cuando su objetivo pasaba por debajo. Catalina no había hecho ninguna de esas cosas. En su lugar, observaba a Gertrude Illiard. Hubiera sido más fácil si ella hubiera sido una persona evidentemente malvada. Si hubiera golpeado a los sirvientes de su padre con resentimiento, o si tratara a la gente de la ciudad como escoria, Catalina podría haberla visto tan solo a un paso de las monjas que la habían atormentado, o de la gente que la habían menospreciado en la calle. En cambio, ella era amable, en los pequeños detalles en los que la gente podía serlo cuando no pensaban mucho en ello. Dio dinero a un niño que pedía al pasar. Preguntó por los hijos de un tendero a los que apenas conocía. Parecía una persona amable y dulce y Catalina no podía creer que incluso Siobhan quisiera que alguien así muriera. —Es una prueba —se dijo de nuevo Catalina a sí misma—. Tiene que serlo. Intentaba decirse a sí misma que la amabilidad tenía que ser una fachada que escondía un lado más profundo y oscuro. Tal vez esta mujer mostraba una cara amable al mundo para esconder asesinatos o chantajes, crueldad o engaño. Pero mientras otro podría decirse eso a sí mismo, Catalina podía ver los pensamientos de Gertrude Illiard y ninguno de ellos apuntaba a que un depredador acechara bajo la superficie. Era una chica bastante normal para el lugar que ocupaba en el mundo, a la que el negocio de su padre había hecho rica, tal vez un poco despreocupada por ello, pero auténticamente inocente en todos los aspectos que Catalina podía ver. Era difícil no sentirse indignada por lo que Siobhan le había ordenado hacer, y por lo en que Catalina se había convertido bajo su tutelaje. ¿Cómo podía quererla muerta Siobhan? ¿Cómo podía pedir a Catalina que hiciera esto? ¿Realmente solo se lo estaba pidiendo para ver si Catalina tenía en su interior matar por orden? Catalina odiaba pensar eso. Ella no podía, no haría algo así. Pero no tenía elección y odiaba incluso más eso. Pero tenía que estar segura, así que fue sigilosamente a la casa del comerciante antes que su presa, se coló por el muro en un momento en el que notó que los guardias no miraban y fue a toda velocidad hacia las sombras del muro. Esperó otros pocos instantes, para asegurarse que todo estaba en calma y, a continuación, trepó hasta el balcón de la habitación de Gertrude Illiard. Había un pestillo en el balcón, pero fue fácil levantarlo usando un cuchillo fino y metiendo la yema del dedo dentro. La habitación estaba vacía y Catalina no vio a nadie por allí, así que se puso a inspeccionarla rápidamente. No sabía lo que esperaba encontrar. Un botellín con veneno guardado para un rival, tal vez. Un diario en el que se detallaban todas las torturas que tenía pensado infligir a alguien. Había un diario, pero con tan solo una mirada, Catalina vio que simplemente detallaba los sueños y esperanzas de futuro de la joven, sus encuentros con amigas, su breve destello de sentimientos por un joven actor que había conocido en el mercado. Lo cierto era que Catalina no pudo encontrar una sola razón por la que Gertrude Illiard mereciera morir y, a pesar de que había matado antes, Catalina pensaba que asesinar a alguien sin ninguna razón era abominable. Se ponía enferma solo de pensar en hacerlo. Notó el parpadeo de una mente que se acercaba y se escondió rápidamente debajo de la cama, intentando pensar, intentando decidir qué haría. No es que la joven le recordara a sí misma, pues Catalina no podía imaginar que la hija del comerciante conociera realmente el sufrimiento, o que deseara coger una espada. Ni tan solo era como Sofía, pues la hermana de Catalina tenía una lado engañoso cuando lo necesitaba y el tipo de duro sentido práctico que venía de tener que vivir con nada. Esta chica nunca habría pasado semanas fingiendo ser algo que no era y nunca hubiera seducido a un príncipe. Mientras una sirvienta daba vueltas por la habitación, arreglándola en preparación para la vuelta de su señora, Catalina se llevó la mano al medallón que tenía en el cuello, pensando en la imagen de la mujer que había dentro. Tal vez era eso. Tal vez Gertrude Illiard encajaba con la imagen de inocencia de buena cuna que Catalina tenía cuando se trataba de sus padres. Pero ¿qué significaba eso? ¿Significaba que no podía matarla? Tocó el anillo que había al lado del medallón, que era para Sofía. Sabía lo que diría su hermana, pero esa era una decisión en la que Sofía nunca estaría en posición de tener que tomar. Entonces Gertrude entró en la habitación y Catalina supo que tendría que tomar una decisión pronto. Siobhan estaba esperando y Catalina dudaba que la paciencia de su maestra durara para siempre. —Gracias, Milly —dijo Gertrude—. ¿Está mi padre en casa? —No se espera que vuelva hasta dentro de dos horas, señora. —En ese caso, creo que dormiré un poco. Me desperté muy pronto hoy. —Por supuesto, señora. Vigilaré que no la molesten. La sirvienta se fue, cerrando tras ella la puerta de la habitación con un chasquido. Catalina vio que se sacaba unas botas bordadas y las dejaba al lado de donde ella estaba escondida, notó que la cama se movía encima suyo cuando Gertrude Illiard se sentó encima. Las maderas chirriaron cuando se tumbó y Catalina todavía esperó. Tenía que hacerlo. Había visto lo que le sucedería si no lo hacía. Siobhan lo había dejado claro: ahora Catalina era suya, para hacer lo que quisiera. Catalina estaba tan firmemente atada a ella como lo hubiera estado si hubieran vendido su deuda a otro. Más firmemente, pues ahora no solo era la ley de la tierra la que daba poder a Siobhan sobre Catalina, sino la magia de su fuente. Si fallaba a Siobhan en esto, en el mejor de los casos, vería cómo la mandaban a algún infierno viviente y la obligarían a aguantar cosas que harían que la Casa de los Abandonados pareciera un palacio. En el peor de los casos… Catalina había visto los fantasmas de aquellos que habían traicionado a Siobhan. Había visto lo que sufrían. Catalina no les seguiría, costara lo que costara. Solo debía continuar recordándose a sí misma que esto era una prueba. Observó los pensamientos de Gertrude mientras esta se quedaba dormida, notando sus ritmos cambiantes mientras estaba en duermevela. Ahora había silencio en toda la habitación, pues los sirvientes no se acercaban para dejar descansar a su señora. Era el momento perfecto. Catalina sabía que tenía que actuar ahora o nunca. Salió sigilosamente de debajo de la cama sin hacer ruido, se puso de nuevo de pie y miró a Gertrude Illiard. Dormida, parecía incluso más inocente, con la boca ligeramente abierta mientras reposaba su cabeza sobre un par de almohadas de plumas de ganso. «Es una prueba» —se decía a sí misma—, «solo es una prueba. Siobhan parará esto antes de que la mate». Era lo único que tenía sentido. La mujer de la fuente no tenía ninguna razón para querer a esta chica muerta y Catalina no creía que incluso ella fuera tan caprichosa. ¿Pero cómo pasaba la prueba? La única manera de verlo era realmente intentando matar a esta chica. Catalina se quedó pensando en sus opciones. No tenía ningún veneno y no sabría la mejor manera de administrarlo si lo tuviera, así que eso estaba descartado. Allí no había modo de maquinar un accidente, del modo en que lo hubiera hecho en la calle. Podía sacar un puñal y cortarle el cuello a Gertrude, pero ¿dejaría eso alguna oportunidad a Siobhan para intervenir? ¿Y si la apuñalaba o se lo clavaba tan rápido que no había modo de salvar al blanco de esta prueba? Había una respuesta obvia y Catalina pensó en ella, mientras levantaba una de las almohadas de seda. Tenía el dibujo de un río de una tierra lejana tejido en ella, los hilos que sobresalían eran ásperos bajo sus dedos. La sujetó entre sus manos y se movió hasta colocarse sobre Gertrude Illiard, con la almohada preparada. Catalina notó el cambio en los pensamientos de la joven cuando esta escuchó algo y vio que abría los ojos de golpe. —¿Qué… qué es esto? —preguntó. —Lo siento —dijo Catalina, e hizo presión hacia abajo con la almohada. Gertrude peleaba, pero no era lo suficientemente fuerte para sacar a Catalina. Con la fuerza que la fuente había liberado, Catalina podía mantener la almohada inmóvil con facilidad. Podía notar a la joven luchando para encontrar un lugar por el que respirar, o gritar, o pelear, pero Catalina mantenía su peso encima de la almohada, sin dejar la más mínima abertura para que se colara el aire. Quería asegurar a Gertrude que todo iría bien; decirle que, en un minuto, Siobhan pararía esto. Quería decirle que por muy malo que pareciera ahora, todo iría bien. Pero no podía. Si lo decía, había demasiado peligro de que Siobhan supiera que no estaba tratando esto como algo real y la obligara a llevarlo a cabo. Había demasiado peligro de que Siobhan lanzara su alma a las profundidades infernales de la fuente. Tenía que ser fuerte. Tenía que continuar. Catalina mantenía la almohada inmovilizada mientras Gertrude la apaleaba y la arañaba. La mantenía inmóvil incluso cuando sus esfuerzos empezaron a debilitarse. Cuando se quedó quieta, Catalina miró a su alrededor, medio esperando que Siobhan apareciera de la nada para felicitarla, reviviera a Gertrude y declarara que esto había terminado. En su lugar, solo había silencio. Catalina retiró la almohada del rostro de la joven y, sorprendentemente, todavía parecía en paz, a pesar de la violencia de los segundos antes de aquel momento. No había nada de vida en aquella expresión, nada de la vivacidad que había habido mientras Catalina la había estado siguiendo por la ciudad. Notaba que no había pensamientos que percibir, pero aun así, colocó los dedos en el pulso del cuello de Gertrude Illiard. No había nada. La joven se había ido y Catalina… —La maté —dijo Catalina. Colocó de nuevo la almohada bajo la hija del comerciante, bajo su víctima y se apartó de la cama con un tropezón, como si la hubieran empujado. Sus pies se toparon con las botas que Gertrude se había quitado y Catalina cayó, poniéndose otra vez de pie como pudo a toda prisa—. La maté. No pensaba que esto sucedería, realmente no. En ese momento, se odiaba a sí misma. Había matado antes, pero nunca así. Nunca a alguien tan indefenso, tan inocente. —Señora, ¿está todo bien? —gritó la voz de la sirvienta desde el otro lado de la puerta. Catalina deseaba quedarse allí, dejar que el suelo se la tragara, dejar que la gente la encontrara y la matara por lo que había hecho. Merecía eso y mucho más. Empezaba a darse cuenta de todo el horror de lo que acababa de hacer. Se había puesto encima de una mujer inocente y la había asfixiado hasta la muerte, para nada de una forma rápida, limpia o suave. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43697263&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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