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El Despertar de los Dragones Morgan Rice Reyes y Hechiceros #1 Si pensaste que ya no había razón para vivir después de terminar de leer la serie El Anillo del Hechicero, te equivocaste. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice nos presenta lo que promete ser otra brillante serie, sumergiéndonos en una fantasía de troles y dragones, de valor, honor, intrepidez, magia y fe en tu destino. Morgan ha logrado producir otro fuerte conjunto de personajes que nos hacen animarlos en cada página. …Recomendado para la biblioteca permanente de todos los lectores que aman la fantasía bien escrita. –Books and Movie Reviews, Roberto Mattos¡El Bestseller #1! Del autor #1 de bestsellers Morgan Rice viene una emocionante nueva serie de fantasía épica: EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (REYES Y HECHICEROS – Libro 1) . Kyra, de 15 años, sueña con convertirse en un afamado guerrero al igual que su padre, aunque es la única chica en una fortaleza de hombres. Mientras batalla para entender sus habilidades especiales, su misterioso poder interior, se da cuenta que es diferente a los demás. Pero le han escondido un secreto acerca de su nacimiento y la profecía que la envuelve, dejándola sin saber quién es realmente. Cuando Kyra cumple la edad y el señor local viene para llevársela, su padre quiere casarla para salvarla. Pero Kyra se rehúsa y emprende un viaje por su cuenta hacia un peligroso bosque donde encuentra a un dragón herido; desatando una serie de eventos que cambiarán al reino para siempre. Mientras tanto Alec, de 15 años de edad, se sacrifica por su hermano tomando su lugar en el reclutamiento y es llevado hacia Las Flamas, un muro de llamas de cien pies de altura que mantiene a raya al ejército de Troles al este. Del otro lado del reino Merk, un mercenario que trata de olvidar su oscuro pasado, se aventura por el bosque para convertirse en un Observador en las Torres y ayudar a proteger la Espada de Fuego, la fuente mágica del poder del reino. Pero los Troles quieren la Espada también; así que se preparan para una invasión masiva que podría destruir el reino para siempre. Con una fuerte atmósfera y personajes complejos, EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES es una emocionante saga de caballeros y guerreros, de reyes y señores, de honor y valor, de magia, destino, monstruos y dragones. Es una historia de amor y corazones rotos, de decepción, de ambición y traición. Es una excelente fantasía que nos invita a un mundo que vivirá en nosotros para siempre, uno que encantará a todas las edades y géneros. Libro #2 en REYES Y HECHICEROS será publicado pronto. EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES funciona desde el principio… Una fantasía superior…Inicia, como debe, con los problemas de una protagonista y se mueve de manera natural hacia un más amplio circulo de caballeros, dragones, magia y monstruos, y destino. …Todo lo que hace a una buena fantasía está aquí, desde soldados y batallas hasta confrontaciones con uno mismo… Un campeón recomendado para los que disfrutan de libros de fantasía épica llenos de poderosos y creíbles protagonistas jóvenes adultos. Midwest Book Review, D. Donovan, eBook Reviewer Morgan Rice El Despertar de los Dragones (Reyes y Hechiceros—Libro 1) Morgan Rice Morgan Rice tiene el #1 en éxito en ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HERCHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de once libros (y contando); de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspenso postapocalíptica compuesta de dos libros (y contando); y de la nueva serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas, y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas. ¡TURNED (Libro #1 en El Diario del Vampiro), ARENA ONE (Libro #1 de la Trilogía de Supervivencia) y A QUEST OF HEROES (Libro #1 en el Anillo del Hechicero) están todos disponibles como descarga gratuita! A Morgan le encanta escucharte, así que por favor visita www.morganricebooks.com (http://www.morganricebooks.com/) para unirte a la lista de email, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar el app gratuito, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook y Twitter, ¡y seguirlo de cerca! Aclamos Dirigidos a Morgan Rice “Una fantasía con espíritu que une elementos de misterio e intriga en su historia. Una Aventura de Héroes se trata del desarrollo de la valentía y sobre tener un propósito en la vida que llega al crecimiento, madurez, y excelencia….Para los que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, dispositivos y acciones proporcionan un vigoroso conjunto de encuentros que se enfocan bien en la evolución de Thor de un niño soñador a un joven adulto enfrentándose a probabilidades imposibles de sobrevivir….Sólo el inicio de lo que promete ser una serie épica.”     --Midwest Book Review (D. Donovan, Comentarista de eBooks) “EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para un éxito instantáneo: tramas, contratramas, misterio, valientes caballeros, y relaciones crecientes llenas de corazones rotos, decepción y traiciones. Te mantendrá entretenido por horas, y satisfará a todas las edades. Recomendado para la biblioteca permanente de todos los lectores de fantasía.”     --Books and Movie Reviews, Roberto Mattos “La entretenida fantasía épica de Rice [EL ANILLO DEL HECHICERO] incluye características clásicas del género—una atmósfera densa, altamente inspirada en la Escocia antigua y su historia, y un buen sentido de intriga cortesana.”     —Kirkus Reviews “Me encantó como Morgan Rice hizo crecer al personaje de Thor y al mundo en el que vivía. El paisaje y las criaturas que lo habitan están muy bien descritos…Disfruté [la trama]. Fue breve y dulce….Hubo la cantidad justa de personajes secundarios, así que no hubo confusiones. Hubo momentos de aventura y angustiosos, pero la acción descrita no fue demasiado grotesca. El libro sería perfecto para un lector adolescente… Tiene los inicios de lo que puede llegar a ser algo extraordinario…”     --San Francisco Book Review “En este primer libro lleno de acción en la serie de fantasía épica el Anillo del Hechicero (que ya cuenta con 14 libros), Rice les presenta a los lectores a un joven de 14 años llamado Thorgrin "Thor" McLeod, cuyo sueño es unirse a la Legión de Plata, los caballeros de élite que sirven al Rey…. La escritura de Rice es sólida y la premisa intrigante.”     --Publishers Weekly “[UNA AVENTURA DE HÉROES] es una lectura breve y sencilla. Los finales de cada capítulo te dejarán deseando seguir leyendo y no será fácil que te detengas. Hay algunos errores de escritura en el libro y algunos nombres están mal, pero esto no distrae de la historia en general. El final del libro me hizo desear tener el siguiente libro inmediatamente y eso fue lo que hice. ¡Todos los nueve de la serie El Anillo del Hechicero pueden ser comprados en la tienda Kindle y Una Aventura de Héroes es actualmente gratuito para que empieces! Si lo que quieres es algo breve y divertido para leer en tus vacaciones, este libro tiene lo que buscas.”     --FantasyOnline.net Libros de Morgan Rice REYES Y HECHICEROS EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1) EL ANILLO DEL HECHICERO (Libro #1) UNA MARCHA DE REYES (Libro #2) UN DESTINO DE DRAGONES (Libro #3) UN GRITO DE HONOR (Libro #4) UN VOTO DE GLORIA (Libro #5) UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6) UN RITO DE ESPADAS (Libro #7) UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8) UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9) UN MAR DE ESCUDOS (Libro #10) UN REINO DE ACERO (Libro #11) UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12) UN MANDATO DE REINAS (Libro #13) UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14) UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15) UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16) EL DON DE LA BATALLA (Libro #17) LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA ARENA UNO: SLAVERSUNNERS (Libro #1) ARENA DOS (Libro #2) EL DIARIO DEL VAMPIRO CONVERTIDO (Libro #1) AMADO (Libro #2) TRAICIONADO (Libro #3) DESTINADO (Libro #4) DESEADO (Libro #5) PROMETIDO (Libro #6) JURADO (Libro #7) ENCONTRADO (Libro #8) RESUCITADO (Libro #9) ANSIADO (Libro #10) CONDENADO (Libro #11) ¡Descargar libros de Morgan ahora en Play! Derechos de autor © 2014 por Morgan Rice Todos los derechos reservados. Excepto como permitido bajo el Acta de 1976 de E.U. de Derechos de Autor, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en ninguna forma o medio, o guardada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este ebook otorga licencia sólo para uso personal. Este ebook no puede ser revendido o pasado a otras personas. Si deseas compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro pero no lo compraste, o si no fue comprado sólo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo duro de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos, e incidentes son o producto de la imaginación del autor o usados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es completa coincidencia. Jacket image Copyright Photosani, usado bajo licencia de Shutterstock.com. “Los hombres en ocasiones son amos de sus destinos: El error, querido Brutus, no está en nuestras estrellas, Sino en nosotros, que somos subordinados.”     --William Shakespeare     Julius Caesar CAPÍTULO UNO Kyra estaba de pie en la loma cubierta de hierba, con el suelo congelado debajo de sus botas y nieve cayendo sobre ella, y trataba de ignorar el frío mientras levantaba su arco y apuntaba a su objetivo. Cerró un poco sus ojos, alejándose del resto del mundo—un soplido de viento, el sonido de un cuervo a lo lejos—y se forzó a sí misma a ver sólo al delgado abedul, lejano, pálido, separándose en el paisaje de los pinos púrpura. A cuarenta yardas, este era el tipo de disparo que sus hermanos no podrían lograr, que ni siquiera los hombres de su padre lograrían; y eso le dio más determinación, siendo la más joven del grupo, y la única mujer entre ellos. Kyra nunca había encajado. Claro, una parte de ella quería hacerlo, quería hacer lo que se esperaba de ella y pasar tiempo con las otras mujeres, en su lugar atendiendo tareas domésticas; pero en el fondo, eso no era lo que ella era. Ella era hija de su padre, tenía espíritu de guerrero igual que él y ella no podía ser contenida por las paredes de la fortaleza ni sucumbiría a una vida al lado de una chimenea. Tenía mejor puntería que estos hombres—y en verdad hasta podía superar a los mejores arqueros de su padre—y haría todo lo posible por demostrarles a ellos, y en especial a su padre, que merecía ser tomada en serio. Sabía que su padre la amaba, pero él se reusaba a verla por lo que era. Kyra realizaba sus mejores entrenamientos lejos de la fortaleza, a las afueras en las llanuras de Volis, sola—lo que le caía bien, ya que siendo la única mujer en una fortaleza de guerreros, tuvo que aprender a estar sola. Se había acostumbrado a venir aquí cada día, a su lugar favorito, a la cima de la meseta que miraba a las imponentes paredes de piedra de la fortaleza, donde podía encontrar árboles delgados que fueran difíciles de impactar. El golpe de sus flechas se había convertido en un sonido común que hacía eco en el pueblo; ningún árbol se había salvado de sus flechas, con las cicatrices en los árboles mostrando que ya estaban acostumbrados. Kyra sabía que la mayoría de los arqueros de su padre trataban de apuntar a los ratones que abundaban en las llanuras; cuando ella empezaba, también lo había intentado, y descubrió que podía matarlos muy fácilmente. Pero esto le molestaba. No tenía miedo, pero también era sensible, y matar a un ser viviente sin ningún propósito le desagradaba. Había hecho un voto de que no volvería a apuntar a un ser viviente de nuevo a menos que fuera peligroso o la estuviera atacando, como los Murcielobos que salían de noche y volaban cerca de la fortaleza de su padre. No tenía problema eliminándolos, especialmente después de que su hermano menor, Aidan, sufrió una mordedura de Murcielobo que lo dejó enfermo por media luna. Además, eran las criaturas más rápidas en los alrededores, y sabía que si le podía dar a uno, especialmente de noche, entonces podría darle a lo que fuera. Una vez pasó toda una noche de luna llena disparando desde la torre de su padre y salió corriendo al amanecer, emocionada al ver cantidades de Murcielobos en el suelo con sus flechas aún en ellos y con la gente del pueblo congregándose alrededor impresionados. Kyra se obligó a enfocar. Se imaginó a sí misma disparando, levantando el arco, acercándolo a su barbilla y soltando sin dudar. Sabía que el disparo verdadero ocurría incluso antes de disparar. Había observado a muchos arqueros a su edad, en sus catorce años, jalar la cuerda y dudar, y en ese momento sabía que sus disparos fallarían. Respiró profundo, levantó el arco y en un movimiento decisivo estiró y soltó. Ni siquiera tuvo que mirar para saber que había impactado el árbol. Un momento después oyó el golpe—pero ella ya se había volteado, buscando su siguiente objetivo, uno que estuviera más lejos. Kyra oyó un quejido a sus pies y volteó hacia Leo, su lobo, que caminaba junto a ella como siempre, pegándose a sus piernas. Todo un lobo adulto que casi le llegaba a la cintura, Leo era tan protector de Kyra como Kyra de él, los dos una imagen inseparable en la fortaleza de su padre. Kyra no podía ir a ninguna parte sin que Leo estuviera detrás de ella. Y siempre se mantenía a su lado a menos que una ardilla o conejo se cruzara por su camino, en cuyo caso el podía desaparecer por horas. “No me olvidé de ti, chico,” dijo Kyra mientras buscaba en su bolsillo y le daba a Leo un hueso que había quedado del almuerzo. Leo lo tomó moviéndose felizmente a su lado. Mientras Kyra caminaba con su aliento volviéndose niebla delante de ella, acomodó el arco en sus hombros y sopló en sus manos, frías y desnudas. Cruzó la amplia y plana meseta y miró alrededor. Desde este punto podía observar todo el paisaje, las colinas de Volis, generalmente verdes pero ahora cubiertas de nieve, la provincia de la fortaleza de su padre, ubicado en la esquina noreste del reino de Escalon. Desde este punto Kyra tenía una vista completa de todo lo que sucedía en la fortaleza de su padre, incluyendo las travesías de la gente del pueblo y los guerreros, razón por la que le gustaba estar ahí. Le gustaba estudiar los antiguos contornos de roca de la fortaleza de su padre, las formas de sus almenas y torres que se extendían de forma impresionante por las colinas, pareciendo ser infinitas. Volis era la estructura más alta en el panorama, con algunos de sus edificios levantándose cuatro pisos y enmarcado por capas impresionantes de almenas. Se completaba con una torre circular en su lado más alejado, una capilla para la gente, pero para ella, un lugar el cual escalar para estar sola y ver el panorama. El complejo de piedra estaba rodeado por una fosa, atravesada por un amplio camino principal y un puente de piedra arqueado; esto, a su vez, estaba rodeado por capas de impresionantes terraplenes, lomas, zanjas, muros—un lugar que se ajustaba a uno de los guerreros más importantes del Rey: su padre. A pesar de que Volis, la última fortaleza antes de Las Llamas, estaba a varios días de cabalgata de Andros, la capital de Escalon, aún era hogar de muchos de los antiguos guerreros afamados del Rey. También se había convertido en un faro, un lugar que era el hogar de cientos de aldeanos y granjeros que vivían dentro o cerca de la protección de las murallas. Kyra miró a las docenas de pequeñas cabañas de barro situadas en las colinas en las afueras de la fortaleza, humo saliendo de las chimeneas, granjeros apurados preparándose para el invierno, y para el festival de esa noche. El hecho de que los aldeanos se sintieran suficientemente seguros viviendo en las afueras de la muralla principal, era para Kyra un símbolo de gran respeto a la fuerza de su padre, y algo que no se podía mirar en ninguna otra parte de Escalon. Después de todo, sólo se necesitaba el sonido de un cuerno para que los hombres de su padre aparecieran en un instante. Kyra bajó la vista hacia el puente levadizo, siempre lleno de multitudes de personas— agricultores, zapateros, carniceros, herreros, además de, por supuesto, guerreros—todos moviéndose desde la fortaleza al campo y de vuelta. Dentro de las paredes de la fortaleza no sólo había un lugar para vivir y entrenar, sino también un sinfín de patios de piedra que se habían convertido en un lugar de reunión para los comerciantes. Cada día acomodaban sus puestos, las personas vendían sus productos, hacían trueques, mostraban su captura o caza del día, o alguna pieza exótica de tela o especia o dulce conseguida al otro lado del mar. Los patios de la fortaleza siempre estaban llenos de olores exóticos, ya sea de algún extraño té, o un guiso de cocina; ella podía pasarse horas ahí. Y justo detrás de las paredes, a la distancia, su corazón se apuró a observar el terreno circular de entrenamiento de los hombres de su padre, La Puerta del Peleador, y la pared de piedra baja que lo rodeaba. Observó con emoción como los hombres se acomodaban en líneas con sus caballos tratando de cortar sus objetivos—escudos colgando de los árboles. Se moría por entrenar con ellos. Kyra escuchó una voz de repente, tan familiar como la suya, procedente de la casa del guarda mientras se volteaba inmediatamente en alerta. Había una conmoción en la multitud, y observó como a través del bullicio, separándose de la multitud y saliendo al camino principal, emergía su hermano menor, Aidan, guiado por sus dos hermanos mayores, Brandon y Braxton. Kyra se puso en guardia. Supo por el sonido de alarma en la voz de su hermano menor que sus hermanos mayores no tenían buenas intenciones. Los ojos de Kyra se entrecerraron mientras observaba a sus hermanos mayores, sintiendo un conocido enojo subiendo dentro de ella haciendo que inconscientemente apretara más su arco. Entonces apareció Aidan, marchando entre ellos siendo un pie más chico, con ellos tomando sus brazos y arrastrándolo a la fuerza fuera de la fortaleza y hacia el campo. Aidan, un pequeño y sensible niño, apenas diez, se veía aún más vulnerable entre sus dos hermanos, brutos sobrecrecidos de diecisiete y dieciocho. Tenían características y apariencia similar, con quijadas fuertes y orgullosas barbillas, ojos marrones oscuros y cabello castaño ondulado—aunque Brandon y Braxton llevaban cabello corto, mientras Aidan lo tenía rebelde cayendo bajo sus ojos. Ellos se parecían mucho pero ninguno se parecía a ella, con su cabello semirubio y ojos gris claro. Vestida con sus medias tejidas, túnica de lana y capa, Kyra era alta y delgada, muy pálida según la opinión de otros, con una frente amplia y nariz pequeña, bendecida con notables características que habían hecho a más de un hombre voltear dos veces. Especialmente ahora que estaba por cumplir quince, notó que su apariencia incrementaba. Esto la ponía incómoda. No le gustaba llamar la atención, y ella no sentía ser bonita. No le interesaba la apariencia, sólo el entrenar, el valor y el honor. Preferiría haberse parecido más a su padre como sus hermanos, el hombre al que admiraba y amaba más que a nada en el mundo, en vez de tener sus rasgos delicados. Siempre se miraba al espejo buscando algo de él en sus ojos, aunque sin importar qué tanto se esforzara, no podía encontrarlo. “¡Dije que me suelten!” gritaba Aidan con una voz que llegaba hasta ahí. Al escuchar la voz de preocupación de su hermano menor, un niño al que Kyra amaba más que a cualquier otro en el mundo, se levantó en un solo movimiento como un León cuidando a su cría. Leo igualmente se tensó con su pelo levantándose en su costado. Ya que su madre se había ido hace tiempo, Kyra se sentía obligada de cuidar a Aidan, de suplir a la madre que nunca tuvo. Brandon y Braxton lo arrastraban por el camino alejándolo de la fortaleza por el descuidado camino que iba hacia el bosque, y vio como ellos trataban de que sostuviera una lanza, una muy grande para él. Aidan se había convertido en un objetivo fácil de sus burlas; Brandon y Braxton eran abusivos. Eran fuertes y hasta algo valientes, pero tenían más bravuconería que habilidades reales y siempre parecían meterse en problemas de los que no podían escapar. Era enloquecedor. Kyra se dio cuenta de lo que pasaba: Brandon y Braxton arrastraban a Aidan con ellos a una de sus cacerías. Pudo ver los sacos de vino en sus manos y supo que habían estado bebiendo; eso la enfureció. No era suficiente el que fueran a matar a un animal indefenso, sino que también arrastraban a su hermano menor junto con ellos a pesar de sus protestas. El instinto de Kyra se encendió y saltó a la acción corriendo cuesta abajo para enfrentarlos, con Leo corriendo a su lado. “Ya eres lo suficientemente grande,” le dijo Brandon a Aidan. “Es hora de que te vuelvas hombre,” dijo Braxton. Bajando por las familiares colinas, no le tomó mucho a Kyra el alcanzarlos. Salió hacia el camino y los detuvo bloqueando su paso, respirando con dificultad, con Leo a su lado y dejando a sus hermanos boquiabiertos. Inmediatamente pudo ver el alivio en el rostro de Aidan. “¿Estás perdida?” se burló Braxton. “Estás en nuestro camino,” dijo Brandon. “Vuelve a tus flechas y palos.” Los dos se rieron burlonamente, pero ella frunció el ceño, sin inmutarse, mientras Leo gruñía a su lado. “Aleja a esa bestia de nosotros,” dijo Braxton tratando de sonar valiente pero con el miedo asomándose en su voz mientras apretaba más su lanza. “¿Y a dónde creen que llevan a Aidan?” preguntó con seriedad, observándolos sin parpadear. Hicieron una pausa y fruncieron sus rostros. “Lo llevamos a donde nosotros queramos,” dijo Brandon. “Va a una cacería para aprender a ser un hombre,” dijo Braxton, enfatizando la última palabra como dirigiéndola a ella. Pero ella no cedería. “Es muy joven,” replicó firmemente. Brandon frunció el ceño. “¿Quién lo dice?” preguntó. “Lo digo yo.” “¿Y tú eres su madre?” preguntó Braxton. Kyra se enrojeció llena de rabia, deseando que su madre estuviera aquí más que nunca. “Tanto como tú eres su padre,” respondió. Todos se mantuvieron ahí en silencio, y Kyra miró a Aidan, que le regresaba la mirada con ojos asustados. “Aidan,” dijo ella, “¿es esto algo que quieres hacer?” Aidan miró al piso, avergonzado. Él se mantuvo ahí, en silencio, evitando su mirada, y Kyra supo que tenía miedo de hablar, de provocar la desaprobación de sus hermanos mayores. “Pues ahí lo tienes,” dijo Brandon. “No tiene objeción.” Kyra no se movió, llena de frustración, deseando que Aidan hablara pero sin poder obligarlo. “No es muy sabio de su parte llevarlo a cazar,” dijo ella. “Viene una tormenta. Pronto oscurecerá. El bosque está lleno de peligros. Si quieren enseñarlo a cazar, llévenlo cuando sea mayor, otro día.” Esto los molestó. “¿Y tú qué sabes de cazar?” preguntó Braxton. “¿Qué has cazado además de tus árboles esos?” “¿Alguno de ellos te ha mordido recientemente?” añadió Brandon. Ambos rieron y Kyra enmudeció pensando en qué hacer. Sin que Aidan hablara, no había mucho que pudiera hacer. “Te preocupas mucho, hermana,” dijo Brandon al fin. “Nada le pasará a Aidan bajo nuestro cuidado. Queremos endurecerlo un poco, no matarlo. ¿De verdad crees que tú eres la única que se preocupa por él?” “Además, nuestro Padre está observando,” dijo Braxton. “¿Quieres decepcionarlo?” Kyra inmediatamente miró por encima de sus hombros y arriba en la torre pudo divisar a su padre de pie en la ventana arqueada, observando. Sintió una gran decepción al ver que él observaba sin hacer nada. Trataron de moverla, pero Kyra se mantuvo ahí, bloqueando el camino decididamente. Pareció como que estaban por empujarla, pero Leo se puso entre ellos gruñendo y lo pensaron dos veces. “Aidan, no es muy tarde,” le dijo. “No tienes que hacerlo. ¿Quieres regresar a la fortaleza conmigo?” Lo miró y pudo ver lágrimas en sus ojos, pero también pudo ver su tormento. Pasó un gran silencio, sin nada que lo rompiera además del aullido del viento y la cayente nieve. Finalmente, se retorció. “Quiero cazar,” murmuró a medias. Sus hermanos la pasaron de imprevisto, golpeando con sus hombros, arrastrando a Aidan, y mientras se apuraban por el camino, Kyra se volteó y miró mientras sintió un malestar en el estómago. Se dio vuelta hacia la fortaleza y miró hacia la torre, pero su padre ya se había ido. Kyra observó mientras sus tres hermanos se perdían de vista entre la creciente tormenta hacia el Bosque de las Espinas, y sintió un hueco en el estómago. Pensó en tomar a Aidan y traerlo de vuelta, pero no quería avergonzarlo. Sabía que tenía que dejarlo ir, pero no podía. Algo dentro de ella no se lo permitía. Sintió peligro, especialmente a inicios de la Luna de Invierno. No confiaba en sus hermanos mayores; sabía que no dañarían a Aidan, pero eran descuidados y muy rudos. Y lo peor de todo, confiaban demasiado en sus habilidades. Era una mala combinación. Kyra no pudo soportarlo más. Si su padre no iba a actuar, entonces ella lo haría. Ahora era lo suficientemente mayor, no tenía que responderle a nadie más que a ella misma. Kyra empezó a correr bajando por el camino solitario con Leo a su lado, dirigiéndose justo hacia el Bosque de las Espinas. CAPÍTULO DOS Kyra entró al tenebroso Bosque de las Espinas al oeste de la fortaleza, un bosque tan espeso que apenas se podía ver a través de este. Caminando lentamente junto a Leo, con la nieve y hielo crujiendo bajo sus pies, miró hacia arriba. Se sintió pequeñísima al ver los árboles de espinas que parecían no tener final. Eran antiguos árboles negros con ramas retorcidas que parecían espinas y gruesas hojas negras. Sintió que el lugar estaba maldito; nada bueno había salido nunca de este. Los hombres de su padre siempre regresaban heridos de las cacerías y más de una vez un troll, atravesando por Las Llamas, se había refugiado aquí utilizándolo como plataforma para atacar aldeanos. Kyra sintió un escalofrío al entrar. Aquí estaba más oscuro, más frío, el aire era más húmedo, el olor de los árboles de espinas se sentía pesado como el de una tierra decadente, y los enormes árboles borraban lo que quedaba de la luz del día. Kyra, en guardia, se sentía furiosa hacia sus hermanos. Era peligroso aventurarse aquí sin la compañía de varios guerreros—especialmente al atardecer. Cada ruido la sobresaltaba. Se escuchó el lamento lejano de un animal y ella volteó tratando de hallarlo. Pero el bosque era denso y no pudo encontrarlo. Sin embargo, Leo gruñó a su lado y se fue en busca de este de repente. “¡Leo!” gritó. Pero ya se había ido. Suspiró molesta; siempre desobedecía cuando se encontraban un animal. Aunque ella sabía que regresaría—eventualmente. Kyra continuó sola mientras el bosque se volvía más oscuro, luchando para seguir el rastro de sus hermanos—cuando escuchó una risa distante. Volvió toda su atención hacia ese ruido y pasó deprisa los gruesos árboles hasta que pudo divisar a sus hermanos a la distancia. Kyra se quedó atrás, manteniendo la distancia, sin querer ser descubierta. Sabía que si Aidan la veía, se avergonzaría y le diría que se fuera. Se decidió a observar desde las sombras, sólo cuidando que no se metieran en problemas. Era mejor para Aidan que no se sintiera avergonzado, que sintiera que era un hombre. Una rama se rompió debajo de sus pies y Kyra se agachó, temiendo que el ruido la delatara—pero sus borrachos hermanos mayores lo ignoraron, pues a casi treinta yardas de distancia y caminando deprisa, el ruido se vio apagado por sus risas. Pudo ver por el lenguaje corporal de Aidan que estaba tenso, casi a punto de echarse a llorar. Apretaba su lanza con fuerza, como tratando de probar que era un hombre, pero era obvio que la lanza era muy grande y tenía problemas para soportar su peso. “¡Deprisa!” gritó Braxton volteándose hacia Aidan, que se quedó unos pies atrás. “¿De qué tienes miedo?” le dijo Brandon. “No tengo miedo—” insistió Aidan. “¡Silencio!” dijo Brandon de repente y se detuvo mientras ponía su palma en el pecho de Aidan, por primera vez con una expresión seria. Braxton también se detuvo mostrándose tenso. Kyra se escondió detrás de un árbol mientras observaba. Se quedaron al borde de un claro, mirando hacia enfrente como si hubieran visto algo. Ella se acercó despacio y en alerta tratando de ver mejor, y mientras pasaba entre dos grandes árboles se detuvo, pasmada, al darse cuenta de lo que estaban viendo. Ahí, de pie en el claro, buscando bellotas, estaba un jabalí. Pero no era un jabalí ordinario; era un monstruoso Jabalí de Cuernos Negros, el más grande jabalí que ella había visto, con largos y enrollados colmillos blancos y tres largos y afilados cuernos negros, uno saliendo de su nariz y dos de su cabeza. Era una extraña criatura de casi el tamaño de un oso, famosa por su crueldad e impresionante velocidad. Era un animal muy temido, y uno con el que los cazadores no querían encontrarse. Significaba problemas. Kyra, con los bellos de punta, deseó que Leo estuviera ahí—pero al mismo tiempo estaba agradecida de que no estuviera, pues seguramente se lanzaría contra él sin saber si ganaría la confrontación. Kyra se acercó tomando lentamente el arco de sus hombros e instintivamente doblándose para tomar una flecha. Trató de calcular qué tan lejos estaba el jabalí de los chicos y qué tan lejos estaba ella—y sabía que esto no era bueno. Había muchos árboles en el camino para conseguir un impacto directo y, con un animal de este tamaño, no había oportunidad de fallar. Dudaba que una flecha pudiera derribarlo. Kyra notó el terror en la cara de sus hermanos, después vio a Brandon y Braxton cubriendo su temor con una cara de valentía—una que ella sintió se debía a la bebida. Ambos levantaron sus lanzas y caminaron hacia adelante. Braxton miró a Aidan petrificado y se volteó, lo tomó de sus hombros y lo hizo caminar también. “Esta es una oportunidad para que te vuelvas hombre,” dijo Braxton. “Mata a este jabalí y cantarán canciones sobre ti por generaciones.” “Trae su cabeza y serás famoso de por vida,” dijo Brandon. “Tengo…miedo,” dijo Aidan. Brandon y Braxton se rieron burlonamente. “¿Miedo?” dijo Brandon. “¿Y qué diría nuestro padre si te escuchara decir eso?” El jabalí, alertado, levantó su cabeza mostrando sus brillantes ojos amarillos, y los miró mientras de su rostro escapaba un gruñido con rabia. Abrió su boca mostrando sus colmillos y babeando, mientras al mismo tiempo emitía gruñidos que parecían venir desde lo más dentro de él. Kyra, incluso estando lejos, sintió un punzón de miedo—y sólo podía imaginarse el miedo que estaba sintiendo Aidan. Kyra se precipitó tratando de seguir al viento, determinada a llegar antes de que fuera muy tarde. Cuando estaba a sólo unos pies de sus hermanos gritó: “¡Déjenlo en paz!” Su áspera voz cortó el silencio, y sus hermanos emitieron un chillido claramente impresionados. “Ya se divirtieron,” añadió. “Fue suficiente.” Mientras que Aidan se miró aliviado, Brandon y Braxton la miraron con enojo. “¿Y tú qué sabes?” respondió Brandon. “Deja de interferir con los verdaderos hombres.” Los gruñidos del jabalí crecieron mientras se acercaba a ellos, y Kyra, tanto temerosa como furiosa, se adelantó. “Si son tan tontos como para enfrentar a esta bestia, entonces háganlo,” dijo ella. “Pero dejarán que Aidan se venga conmigo.” Brandon frunció el ceño. “Aidan estará bien aquí,” replicó Brandon. “Está a punto de aprender a pelear. ¿No es así, Aidan?” Aidan se quedó mudo, paralizado por el miedo. Kyra estaba a punto de dar otro paso y tomar el brazo de Aidan cuando se oyó un ajetreo en el claro. Miró al jabalí acercándose, un paso a la vez, amenazante. “No atacará si no lo provocan,” dijo Kyra a sus hermanos. “Déjenlo ir.” Pero sus hermanos la ignoraron, ambos volteándose y levantando sus lanzas. Caminaron hacia adelante, hacia el claro, como si quisieran probar lo valientes que eran. “Yo apuntaré a su cabeza,” dijo Brandon. “Y yo a su garganta,” acordó Braxton. El jabalí gruñó más fuerte, abriendo su boca más y dejando caer su saliva mientras daba otro paso. “¡Retrocedan!” gritó Kyra desesperada. Pero Brandon y Braxton se acercaron más, levantaron sus lanzas y las arrojaron repentinamente. Kyra miró en suspenso mientras las lanzas volaban en el aire, preparándose para lo peor. Para su consternación, miró como la lanza de Brandon rozó su oreja, lo suficiente para hacerlo sangrar—y provocarlo—mientras que la lanza de Braxton pasó por un lado, pasando muy lejos de la cabeza. Por primera vez, Brandon y Braxton se miraron asustados. Se quedaron ahí, con la boca abierta y una mirada tonta en sus rostros, con el brillo de la bebida rápidamente convirtiéndose en miedo. El jabalí, enfurecido, bajó su cabeza y gruñó con un sonido horrible mientras se abalanzaba. Kyra miró con horror como se lanzaba contra sus hermanos. Era lo más rápido que había visto para su tamaño, saltando en la hierba como si fuera un ciervo. Mientras se acercaba, Brandon y Braxton corrieron por sus vidas, saltando en direcciones opuestas. Esto dejó a Aidan sólo, petrificado, sin poder moverse por el miedo. Abrió su boca y dejó caer su lanza en el piso. Kyra sabía que no haría mucha diferencia; Aidan no habría podido defenderse aunque hubiera tratado. Ni un hombre adulto hubiera podido. Y el jabalí, casi dándose cuenta de esto, apuntó hacia Aidan y se lanzó sobre él. Kyra, con su corazón retumbando, se lanzó hacia la acción sabiendo que sólo tendría una oportunidad. Sin pensarlo se lanzó hacia adelante esquivando los árboles, con su arco ya en las manos sabiendo que sólo podría disparar una vez y que tendría que ser un disparo perfecto. Iba a ser un disparo difícil, pues además de que el jabalí estaba moviéndose, ella estaba en estado de pánico—pero aun así tendría que ser un disparo perfecto si querían sobrevivir. “AIDAN, ¡AGÁCHATE!” gritó. Primero no se movió. Aidan bloqueaba el camino previniendo un disparo limpio, y mientras Kyra levantaba su arco y corría hacia adelante se dio cuenta de que si Aidan no se movía, su único disparo se perdería. Lanzándose por el bosque, con sus pies resbalándose en la nieve y tierra húmeda, por un momento sintió que todo estaba perdido. “¡AIDAN!” gritó de nuevo, desesperada. Por un milagro esta vez la escucho, arrojándose a la tierra en el último segundo y dejando el campo libre para el disparo de Kyra. Mientras el jabalí se lanzaba hacia Aidan, el tiempo repentinamente se hizo lento para Kyra. Sintió como entraba en una zona extraña, cómo algo se elevaba dentro de ella que no había experimentado antes y que no pudo entender por completo. El mundo se achicó y pudo enfocar. Podía escuchar el sonido de su propio corazón latiendo, su respirar, las hojas crujiendo, un cuervo que volaba por encima. Se sintió más en sincronía con el universo de lo que nunca se había sentido, como si hubiera entrado en un reino en el que ella y el universo eran uno. Kyra sintió en sus manos un hormigueo con una energía cálida y pulsante que no podía entender, como si algo extraño estuviera invadiendo su cuerpo. Fue como si, por un instante, se hubiera convertido en alguien mucho más grande que ella, alguien mucho más poderoso. Kyra entró en un estado de inconsciencia, y se dejó llevar por el puro instinto y por esta nueva energía que fluía dentro de ella. Plantó sus pies en el suelo, levantó el arco, colocó una flecha y la dejó volar. Supo en el momento en que la soltó que este era un disparo especial. No tuvo que mirar el camino de la flecha para saber que iba exactamente a donde ella quería: el ojo derecho de la bestia. Disparó con tal fuerza que penetró casi un pie antes de detenerse. La bestia gruñó de repente mientras sus patas se desplomaban debajo de esta y cayó de cara en la nieve. Se deslizó a través de lo que quedaba del claro, retorciéndose aún con vida hasta que llegó a Aidan. Finalmente se detuvo delante de él, tan cerca que prácticamente se estaban tocando. Se retorció en el piso y Kyra, ya con otra flecha en su arco, caminó hacia adelante, se paró al lado del jabalí y puso otra flecha directo en la cabeza. Finalmente dejó de moverse. Kyra se quedó en el claro en silencio, su corazón latiendo, el hormigueo en las manos deteniéndose lentamente, la energía desvaneciéndose, y se preguntaba qué había pasado. ¿Realmente fue ella quien disparó? Inmediatamente se acordó de Aidan, y mientras se apuró y lo tomó él la miró como si mirara a su madre, con sus ojos llenos de miedo pero intacto. Ella sintió un momento de alivio al darse cuenta que estaba bien. Kyra se volteó y miró a sus dos hermanos mayores aún yaciendo en el claro, mirándola con asombro y admiración. Pero había algo más en sus miradas, algo que la molestó: sospecha. Como si ella fuera diferente a ellos. Un forastero. Era una mirada que Kyra ya había visto en unas escasas ocasiones, pero las veces suficientes como para reconocerla. Se dio vuelta y miró abajo a la enorme bestia monstruosa yaciendo en el suelo y se preguntó como ella, de apenas quince años, pudo hacerlo. Sabía que esto iba más allá de la habilidad. Se requería más que un tiro de suerte. Siempre había habido algo sobre ella que era diferente a los demás. Se quedó allí, entumecida, queriendo moverse pero sin poder lograrlo. Ella sabía que lo que la había sacudido hoy no era la bestia, sino la forma en que la miraron sus hermanos. Y no podía dejar de preguntarse, por la millonésima vez, la pregunta a la que había temido enfrentarse toda su vida: ¿Quién era ella? CAPÍTULO TRES Kyra caminó detrás de sus hermanos mientras seguían su camino de vuelta a la fortaleza, viéndolos resistiendo el peso del jabalí, con Aidan a su lado y Leo en sus tobillos una vez que regresó de su propia cacería. Brandon y Braxton batallaron mientras cargaban a la bestia muerta entre los dos, atada a las dos lanzas y colocada en sus hombros. Su aspecto sombrío había cambiado drásticamente desde que habían salido del bosque hacia el cielo abierto, especialmente ahora con la fortaleza de su padre a la vista. Con cada paso, Brandon y Braxton recobraron la confianza casi hasta su usual arrogancia y al punto de la risa, admirándose a sí mismo jactándose de su presa. “Fue mi lanza la que lo rozó,” Brandon le dijo a Braxton. “Pero,” replicó Braxton, “fue mi lanza la que lo hizo moverse hacia la flecha de Kyra.” Kyra escuchaba sus mentiras enrojeciendo su rostro; sus brutos hermanos ya estaban convenciéndose de su propia historia, y ahora parecía que de verdad la creían. Ella ya anticipaba su jactancia en la sala de su padre, contándoles a todos de su presa. Era enloquecedor. Sin embargo, sentía que no debía corregirlos. Creía firmemente en la ruedas de la justicia y sabía que, eventualmente, la verdad siempre sale a la luz. “Mienten,” dijo Aidan mientras caminaba a su lado aún aturdido por el evento. “Saben que Kyra mató al jabalí.” Brandon miró sobre su hombro de manera arrogante, como si Aidan fuera un insecto. “¿Y tú qué sabes?” preguntó a Aidan. “Estabas muy ocupado mojándote los pantalones.” Ambos rieron, como confirmando más su historia con cada paso. “¿Y tú no corriste asustado?” preguntó Kyra defendiendo a Aidan, sin poder soportarlo un segundo más. Con eso, ambos se callaron. Kyra pudiera haberlos corregido, pero no necesitaba alzar la voz. Caminó felizmente sintiéndose bien consigo misma, sabiendo dentro de sí que había salvado la vida de su hermano; esa era toda la satisfacción que necesitaba. Kyra sintió una mano pequeña en su hombro y volteó para con Aidan que la consolaba con su sonrisa, claramente agradecido de estar vivo y en una pieza. Kyra se preguntó si sus hermanos mayores también apreciaban lo que había hecho por ellos; después de todo, si no hubiera aparecido cuando lo hizo ellos también habrían muerto. Kyra miró al jabalí rebotar con cada paso e hizo una mueca; deseaba que sus hermanos lo hubieran dejado en el claro en donde pertenecía. Era un animal maldito, de fuera de Volis, y no pertenecía ahí. Era un mal presagio, especialmente viniendo del Bosque de las Espinas y justo en la víspera de la Luna de Invierno. Recordó un viejo adagio que decía: no te regocijes después de ser salvado de la muerte. Sentía que sus hermanos estaban tentando al destino, trayendo oscuridad a sus hogares. No pudo dejar de sentir que esto anunciaba cosas malas por venir. Pasaron una colina y mientras lo hicieron, la fortaleza se asomó frente a ellos junto con una amplia vista del paisaje. A pesar de las rachas de viento y la creciente nevada, Kyra sintió un gran alivio al estar en casa. Se miraba el humo saliendo de las chimeneas que abundaban en el pueblo y la fortaleza de su padre emitía un suave y acogedor resplandor producto de las lámparas que se preparaban para la llegada del crepúsculo. El camino se ensanchaba y mejoraba mientras se acercaban al puente, y empezaron a caminar más rápido y con tranquilidad en el último trecho. El camino estaba lleno de gente ansiosa por el festival a pesar del clima y la llegada de la noche. Kyra no se sorprendió. El festival de la Luna de Invierno era uno de los días festivos más importantes del año, y todos estaban ocupados preparando el festín. Una gran cantidad de personas pasaban por el puente levadizo, apurados obteniendo las mercancías de los vendedores para poder unirse a la fiesta de la fortaleza; mientras que un igual número de personas se apuraban por salir de la puerta, apurados para llegar a sus hogares y celebrar con sus familias. Los bueyes jalaban los carros y cargaban mercancía en ambas direcciones, mientras los albañiles trabajaban en un nuevo muro que serviría como anillo a la fortaleza con el sonido de sus martillos constante en el aire puntuando el estruendo del ganado y los perros. Kyra se preguntó cómo es que trabajaban en este clima y cómo conseguían que no se les entumecieran las manos. Mientras entraban en el puente uniéndose a las masas, Kyra miró hacia arriba y su estómago se apretó cuando miró, de pie junto a la puerta, a varios Hombres del Señor, soldados para el Señor Gobernador local nombrados por Pandesia y portando su distintiva armadura de cota de malla escarlata. Sintió un momento de indignación al verlos, compartiendo el mismo resentimiento que las demás personas. La presencia de los Hombres del Señor era en ocasiones opresiva—pero en la Luna de Invierno lo era aún más cuando seguramente la razón por la que estaban ahí era para demandar cualquier retribución que pudieran de la gente. En su mente, eran carroñeros, matones y carroñeros sirviendo a los despreciables aristócratas que se habían quedado en el poder desde la invasión Pandesiana. La culpa era de la debilidad del antiguo Rey, que los había entregado a todos—pero eso ahora de poco servía. Ahora, para su desgracia, tenían que ceder ante esto hombres. Esto puso a Kyra furiosa. Esto convertía a su padre y a sus grandes guerreros—y a toda su gente—en nada más que siervos elevados; ella deseaba desesperadamente que hubiera una revolución, que pelearan por su libertad, que pelearan la guerra que el antiguo Rey no había incitado por miedo. Pero también sabía que, si se levantaban ahora, se enfrentarían a la furia del ejército Pandesiano. Tal vez hubieran podido detenerlos si nunca les hubieran dado el paso; pero ahora estaban atrincherados y las opciones eran limitadas. Llegaron al puente mientras se unían a la multitud y, al pasar, las personas se detenían y miraban apuntando hacia el jabalí. Kyra tuvo algo de satisfacción al ver que sus hermanos sudaban bajo el peso de este, jadeando y resoplando. Mientras pasaban, las cabezas volteaban y las personas abrían paso, plebeyos y guerreros por igual impresionados por la gran bestia. También miró algunas miradas supersticiosas, personas preguntándose al igual que ella si este era un mal presagio. Sin embargo, todos los ojos miraban a sus hermanos con orgullo. “¡Una gran captura para el festival!” dijo un granjero guiando su buey mientras se unía en el camino a ellos. Brandon y Braxton se engrandecieron orgullosamente. “¡Alimentará a la mitad de la corte de su padre!” dijo un carnicero. “¿Cómo lo hicieron?” preguntó un guarnicionero. Los hermanos intercambiaron miradas, y Brandon finalmente le sonrió al hombre. “Con un buen disparo y falta de miedo,” respondió audazmente. “Si no te aventuras en el bosque,” añadió Braxton, “no sabrás lo que puedes encontrar.” Algunos hombres vitorearon y palmearon sus espaldas. Kyra, a pesar de todo, detuvo su lengua. No necesitaba la aprobación de estas personas; sabía lo que había hecho. “¡Ellos no mataron al jabalí!” gritó Aidan con indignación. “Tú te callas,” dijo Brandon a media voz. “Algo más sobre eso y les diré que mojaste tus pantalones cuando nos atacó.” “¡Pero no lo hice!” protestó Aidan. “¿Y te van a creer?” añadió Braxton. Brandon y Braxton rieron, y Aidan miró a Kyra como si quisiera saber qué hacer. Ella dijo que no con su cabeza. “No te preocupes,” dijo ella. “La verdad siempre prevalece.” Las masas crecieron mientras cruzaban el puente, y pronto ya estaban hombro con hombro mientras pasaban sobre la fosa. Kyra podía sentir la excitación en el aire mientras caía el crepúsculo, mientras se encendían las antorchas en el puente y la nieve arreciaba. Volteó hacia arriba como siempre y se apuró a observar la gran puerta arqueada de piedra de la fortaleza protegida por una docena de los hombres de su padre. En la cima estaban los picos de una reja de hierro ya elevada, con sus filosas puntas y gruesas barras lo suficientemente fuertes para repeler a cualquier enemigo y listas para cerrarse con el mero sonido de un cuerno. La puerta se elevaba treinta pies de altura, y en su parte superior había una amplia plataforma que se extendía por toda la fortaleza y anchas almenas de piedra tripuladas con miradores manteniendo siempre un ojo vigilante. Volis era una gran fortaleza, lo que le daba a Kyra un gran orgullo. Pero lo que le daba más orgullo eran los hombres que ahí residían, los hombres de su padre, muchos de los mejores guerreros de Escalon que se reagrupaban lentamente en Volis después de ser dispersados desde la rendición del Rey, atraídos como un imán hacia su padre. Ella más de una vez había instado a su padre para que se declarara el nuevo Rey, al igual que el resto de su gente—pero él se limitaba a sacudir su cabeza y decir que eso no era para él. Al acercarse a la puerta, una docena de los hombres de su padre salieron cabalgando y las masas les abrieron camino mientras se dirigían al campo de entrenamiento, un amplio terraplén circular en los campos fuera de la fortaleza rodado por una baja pared de piedra. Kyra se volteó y los miró con un corazón palpitante. El campo de entrenamiento era su lugar favorito. Ella solía ir y observarlos entrenar por horas, estudiando cada movimiento que hacían, la manera en que cabalgaban, la forma en que sostenían sus espadas, arrojaban lanzas, giraban las mazas de cadena. Estos hombres salían a entrenar a pesar de la caída de la noche y la nieve, incluso al inicio de una festividad, porque querían entrenar para ser mejores, porque preferían estar en el campo de batalla que en un festín—igual que ella. Ella sentía que ellos eran su verdadera familia. Otro grupo de los hombres de su padre salió a pie, y mientras Kyra se acercaba a la puerta con sus hermanos, ellos abrieron camino junto con las masas permitiendo que Brandon y Braxton pasaran con el jabalí. Silbaban en admiración y los grandes hombres musculosos se acercaron, casi un pie más altos que sus hermanos que no eran bajos, la mayoría portando grisáceas barbas, todos entre los treinta y cuarenta con muchas batallas encima y quienes había servido al antiguo Rey sufriendo la indignación de su rendimiento. Hombres que nunca se hubieran rendido. Eran hombres que lo habían visto todo y muy pocas cosas los impresionaban—y el jabalí fue algo que llamó su atención. “¿Lo mataron ustedes solos?” le preguntó uno a Brandon, acercándose y examinándolo. La multitud se agrandó y Brandon y Braxton finalmente se detuvieron tomando la admiración y elogio de estos grandes hombres, tratando de no mostrar su agitada respiración. “¡Lo hicimos!” Braxton dijo orgullosamente. “De Cuerno Negro,” exclamó otro guerrero acercándose tocando la espalda del animal. “No había visto uno desde que era niño. Una vez ayudé a matar uno, pero estaba con un grupo de hombres, y dos de ellos perdieron dedos.” “Pues, no perdimos nada,” Braxton dijo con valentía. “Sólo una punta de lanza.” Kyra se enrojeció mientras los hombres reían claramente admirando la presa, mientras que otro guerrero, el líder, Anvin, se acercó y examino la presa detalladamente. Los hombres le abrieron camino mostrándole una gran cantidad de respeto. El comandante de su padre, Anvin, era el hombre favorito de Kyra que sólo respondía a su padre y guiaba a estos grandes guerreros. Anvin había sido como un segundo padre para ella, y lo había conocido tanto como podía recordar. Ella sabía que él la apreciaba mucho y se preocupaba por ella; pero más importante, él siempre tenía tiempo para ella, mostrándole las técnicas de entrenamiento y armas cuando otros no lo hacían. Hasta la había dejado entrenar con los hombres en más de una ocasión, y había disfrutado cada una. Era el más fuerte de todos, pero también el de corazón más amable para los que apreciaba. Pero a los que no, Kyra sentía lástima por ellos. Anvin tenía poca tolerancia para las mentiras; era el tipo de hombre que siempre tenía que conseguir la verdad absoluta de todo, sin importar lo que fuera. Tenía un ojo meticuloso, y mientras se acercaba a examinar al jabalí, Kyra lo miró observar las dos heridas de flecha. Tenía un ojo para los detalles, y si alguien se iba a dar cuenta de la verdad, sería él. Anvin examinó las dos heridas, notando las dos puntas de flecha todavía dentro con los fragmentos de madera en donde sus hermanos habían roto sus flechas. Las había roto muy cerca de la punta para que nadie notara lo que lo había matado. Pero Anvin no era nadie. Kyra miró a Anvin estudiar las heridas, sus ojos entrecerrándose, y sabía que había conseguido la verdad en un instante. Se agachó quitándose un guante y saco la punta de flecha del ojo. La levantó aún con sangre y se volteó hacia sus hermanos con una mirada escéptica. “Conque una punta de lanza, ¿verdad?” les preguntó. Un silencio tenso cayó sobre el grupo mientras Brandon y Braxton se miraban nerviosos por primera vez. Se movían en su lugar. Anvin miró a Kyra. “¿O una punta de flecha?” añadió, y Kyra pudo ver como todo se acomodaba en su cabeza dándose cuenta de lo que había pasado. Anvin caminó hacia Kyra, sacó una flecha de su carcaj y la acercó a la punta de flecha. Todos pudieron ver que eran iguales. Le dio a Kyra una mirada llena de orgullo, y Kyra sintió todos los ojos volteándose hacia ella. “Tu disparo, ¿no es cierto?” le preguntó. Fue más una afirmación que una pregunta. Ella asintió con la cabeza. “Lo fue,” respondió agradecida por el reconocimiento de Anvin y sintiéndose vindicada. “Y el disparo lo derribó,” concluyó él. Fue una observación, no una pregunta, con una voz definitiva mientras estudiaba al jabalí. “No veo otras heridas más que esta dos,” añadió pasando su mano sobre este y deteniéndose en la oreja. La examinó y entonces miró a Brandon y Braxton con desdén. “A menos que llamen herida a este rasguño de lanza.” Levantó la oreja del jabalí y Brandon y Braxton se enrojecieron mientras el grupo de guerreros reía. Otro de los famosos guerreros de su padre se acercó, Vidar, amigo cercano de Anvin, un hombre bajo y delgado en sus treintas con rostro demacrado y una cicatriz en la nariz. Con su pequeña complexión no parecía ser mucho, pero Kyra lo sabía bien: Vidar era tan fuerte como la roca, famoso por su combate cuerpo a cuerpo. Era uno de los hombres más duros que Kyra había conocido, famoso por derribar a dos hombres el doble de su tamaño. Muchos hombres, debido a su pequeño tamaño, habían cometido el error de provocarlo—sólo para aprender una dura lección. Él también había tomado la tutela de Kyra, siempre protegiéndola. “Parece que erraron,” concluyó Vidar, “y la chica los salvó. ¿Quién les enseñó a ustedes dos a disparar?” Brandon y Braxton se miraban más nerviosos claramente atrapados y ninguno dijo nada. “Es algo muy grave el mentir sobre una presa,” dijo Anvin volteándose hacia sus hermanos. “Hablen ahora. Su padre querría que dijeran la verdad.” Brandon y Braxton se quedaron inmóviles claramente incómodos, mirándose uno a otro como debatiendo qué decir. Por primera vez desde que podía recordar, Kyra los miró sin palabras. Justo cuando estaban a punto de abrir la boca, una voz ajena pasó entre la multitud. “No importa quién lo mató,” dijo la voz. “Ahora es nuestro.” Kyra volteó junto con los otros sobresaltada por la extraña voz—y su estómago se revolvió en cuanto vio a un grupo de los Hombres del Señor, reconocidos por su armadura escarlata, acercándose entre la multitud mientras los aldeanos se apartaban. Se acercaron al jabalí observándolo con codicia, y Kyra miró que querían esta presa como trofeo—no porque la necesitaran, sino para humillar a su gente, para quitarles este punto de orgullo. A su lado, Leo gruñó, y ella le puso una mano en el cuello calmándolo y deteniéndolo. “En el nombre de nuestro Señor Gobernador,” dijo el Hombre del Señor, un soldado corpulento con una frente baja, las cejas gruesas, una gran barriga, y una cara amontonada en la estupidez, “reclamamos este jabalí. Él les agradece de antemano su regalo en este festival.” Les hizo un gesto a sus hombres y estos se acercaron como si fueran a tomarlo. Mientras lo hacían, Anvin se acercó repentinamente con Vidar a su lado y les impidió el paso. Un gran silencio cayó sobre la multitud—nunca nadie se había enfrentado a los Hombres del Señor; era una regla no escrita. Nadie quería provocar la furia de Pandesia. “Hasta donde yo sé, nadie te ha ofrecido un regalo,” dijo con una voz de acero, “o a tu Señor Gobernador.” La multitud creció con cientos de aldeanos acercándose a ver el tenso momento, sintiendo que venía un enfrentamiento. Al mismo tiempo, otros se alejaron creando espacio alrededor de los dos hombres mientras la tensión en el aire se volvía más intensa. Kyra sentía latir su corazón. De manera inconsciente apretó más su arco sabiendo que esto estaba creciendo. A pesar de lo mucho que deseaba pelear y conseguir libertad, también sabía que su gente no se podía permitir provocar la furia del Señor Gobernador; incluso si por un milagro los derrotaban, el Imperio Pandesiano estaba detrás de ellos. Podían llamar a divisiones de hombres tan vastas como el mar. Pero, al mismo tiempo, Kyra estaba orgullosa de Anvin por enfrentarlos. Finalmente alguien lo había hecho. El soldado frunció el ceño mientras examinaba a Anvin. “¿Te atreves a desafiar a tu Señor Gobernador?” preguntó. Anvin no se movió. “Ese jabalí es nuestro, nadie te lo está dando,” dijo Anvin. “Era suyo,” lo corrigió el soldado, “y ahora nos pertenece.” Volteó hacia sus hombres. “Tomen el jabalí,” les ordenó. Los Hombres del Señor se acercaron, y mientras lo hacían, una docena de los hombres de su padre se acercaron, apoyando a Anvin y Vidar y obstruyendo el camino de los Hombres del Señor con sus armas en mano. La tensión creció aún más, Kyra apretó su arco hasta que sus nudillos se pusieron blancos y mientras estaba ahí se sintió muy mal, como si todo lo que estaba pasando fuera su culpa ya que ella había matado al jabalí. Sintió que algo muy malo estaba a punto de pasar, y maldijo a sus hermanos por traer este mal presagio a la aldea, especialmente durante la Luna de Invierno. Siempre pasan cosas raras en las festividades, periodos místicos en los que se decía los muertos podían pasar de un mundo hacia el otro. ¿Por qué tuvieron que provocar sus hermanos a los espíritus de esta manera? Mientras los hombres se encaraban y con los hombres de su padre preparados para sacar sus espadas, todos a punto de derramar sangre, una voz de autoridad repentinamente cortó por el aire retumbando en el silencio. “¡La presa es de la chica!” dijo la voz. Fue una voz fuerte, llena de confianza, una voz que ordenaba atención, una voz que Kyra admiraba y respetaba más que cualquier otra en el mundo: la de su padre. Era el Comandante Duncan. Todos los ojos volteaban mientras su padre se acercaba, y la multitud abría paso dándole una gran cantidad de respeto. Ahí se detuvo, un hombre que parecía una montaña, el doble de alto que los otros, con hombros el doble de anchos, una barba castaña salvaje y pelo marrón bastante largo, veteado de gris, portando pieles en sus hombros y dos espadas largas en su cinturón y una lanza en su espalda. Su armadura, el negro de Volis, tenía un dragón tallado en la coraza, el símbolo de su casa. Sus armas tenían signos de muchas batallas y proyectaba experiencia. Era un hombre que debía ser temido, admirado, un hombre que todos sabían era recto y justo. Un hombre amado y, sobre todo, respetado. “Es la presa de Kyra,” repitió, al mismo tiempo dando una mirada de desaprobación a sus hermanos y después volteando hacia Kyra ignorando a los Hombres del Señor. “Ella es la que decidirá su suerte.” Kyra se sorprendió por las palabras de su padre. Nunca se habría esperado esto, que pusiera tanta responsabilidad sobre sus hombros, que le dejara una decisión tan importante. Pues ambos sabían esta no sólo era una decisión sobre el jabalí, sino sobre el futuro de su gente. Soldados tensos se alinearon a cada lado, todos con sus manos en las espadas, y mientras ella observaba los rostros que la miraban esperando una respuesta, sabía que su siguiente decisión, sus siguientes palabras, serían las más importantes que jamás había dicho. CAPÍTULO CUATRO Merk pasaba despacio por la vereda del bosque, abriéndose camino pasando por Bosque Blanco mientras reflexionaba en su vida. Sus cuarenta años habían sido muy duros; nunca antes se había dado tiempo para pasear por el bosque, para admirar su belleza. Miró hacia abajo hacia las hojas blancas que se quebraban bajo sus pies, rematadas por el sonido de su bastón que golpeaba el suave suelo del bosque; volteó hacia arriba, admirando la belleza de los árboles de Aesop con sus brillantes hojas blancas y deslumbrantes ramas rojas resplandeciendo en el sol matutino. Cayeron algunas hojas sobre él dando la apariencia de nieve y, por primera vez en su vida, sintió verdadera paz. Siendo de altura y complexión promedio, cabello negro oscuro, un rostro nunca afeitado, mandíbula amplia, pómulos alargados y grandes ojos negros rodeados de círculos negros, Merk siempre se miraba como si no hubiera dormido en días. Y así se sentía. Excepto hoy. Hoy por fin se sentía descansado. Aquí, en Ur, en la punta noroeste de Escalon, no caía nieve. Las brisas templadas del océano a un día de distancia hacia el oeste garantizaban un clima cálido y permitían que florecieran hojas de todos colores. También le permitían a Merk peregrinar llevando sólo un manto, sin temer a vientos helados como lo hacían en muchas partes de Escalon. Todavía estaba acostumbrándose a la idea de llevar un manto en lugar de armadura, de portar un bastón en lugar de una espada, de romper hojas con su bastón en vez de atravesar enemigos con una daga. Todo era nuevo para él. Estaba tratando de ver lo que se sentía convertirse en esta nueva persona que tanto añoraba. Se sentía tranquilo, pero raro. Era como si pretendiera ser alguien que no era. Pues Merk no era ningún viajante o monje, y tampoco un hombre pacífico. Dentro de él, aún era un guerrero. Y no cualquier guerrero; era un hombre que peleaba bajo sus propias reglas y que nunca había perdido una pelea. Era un hombre que no temía llevar sus peleas de la línea de batalla a los callejones traseros de las tabernas que tanto frecuentaba. Era lo que muchas personas llamarían un mercenario. Un asesino. Una espada a sueldo. Tenía muchos calificativos, algunos menos halagadores, pero a Merk no le importaban las etiquetas o lo que pensaran otras personas. Todo lo que le importaba es que era uno de los mejores. Merk, como siguiendo esta tendencia, había tenido muchos nombres, cambiándolos a su capricho. No le gustaba el nombre que le había dado su padre—de hecho, tampoco le agradaba su padre—y él no iba a ir por la vida con el nombre que otra persona escogió para él. Merk era uno de los nombres más frecuentes, y por ahora le gustaba. No le importaba cómo otras personas lo llamaban. Sólo le importaban dos cosas en la vida: encontrar el lugar exacto para la punta de su daga, y que sus empleadores le pagaran con oro recién acuñado—y en grandes cantidades. Merk descubrió a temprana edad que tenía un don natural, que era superior a los demás en lo que hacía. Sus hermanos, al igual que su padre y todos sus afamados ancestros, eran orgullosos y nobles caballeros que portaban las mejores armaduras, llevaban el mejor acero, cabalgaban en sus caballos, agitaban sus banderas con su pelo florido y ganaban competencias mientras las mujeres arrojaban flores a sus pies. No podían enorgullecerse más de sí mismos. Pero a Merk le desagradaba ser el centro de atención. Todos esos caballeros parecían ser torpes para matar, altamente ineficientes, y Merk no los respetaba. Tampoco necesitaba el reconocimiento, las insignias, las banderas o los escudos de armas que los caballeros tanto ansían. Eso era para las personas a las que les faltaba lo más importante: la habilidad para quitarle la vida a un hombre de forma rápida, silenciosa y eficiente. Para él, no había nada más de qué hablar. Cuando era más joven y sus amigos muy pequeños para defenderse por sí solos siempre venían a él, pues ya era conocido como alguien excepcional con la espada y siempre recibía sus pagos por defenderlos. Sus abusivos nunca volvían a molestarlos ya que Merk se aseguraba de que así fuera. La voz se corrió rápido acerca de su destreza, y mientras Merk aceptaba más y más pagos, sus habilidades para matar progresaban. Merk pudo haber sido un caballero, un famoso guerrero como sus hermanos. Pero en lugar de eso decidió trabajar en las sombras. El ganar era lo que le interesaba, la eficiencia letal, y rápidamente se había dado cuenta de que los caballeros, debido a sus bellas armas y toscas armaduras, no podían matar ni la mitad de rápido o efectivo que él, un hombre solo con camisa de cuero y daga afilada. Mientras caminaba golpeando las hojas con su bastón, recordó una noche en la taberna con sus hermanos cuando desenvainaron espadas con caballeros rivales. Sus hermanos estaban rodeados y superados en número, y mientras los lujosos caballeros se detenían en ceremonia, Merk no dudó. Se lanzó a través del callejón con su daga y cortó todas sus gargantas antes de que los hombres pudieran sacar sus espadas. Sus hermanos debieron haberle agradecido por salvarlos—pero en vez de eso se distanciaron de él. Le temían y le asignaban mala reputación. Ese fue el agradecimiento que recibió, y la traición lo dolió a Merk más de lo que pudo confesar. Esto profundizó su distanciamiento con ellos, con toda nobleza y con toda caballería. Todo era hipocresía y egoísmo a sus ojos; podían pasearse con su brillante armadura y mirarlo como algo insignificante, pero si no hubiera sido por él y su daga todos aún yacerían muertos en ese callejón. Merk camino y camino, suspirando, tratando de olvidar el pasado. Mientras reflexionaba, se dio cuenta de que en realidad no entendía la fuente de su talento. Tal vez era porque era rápido y ágil; tal vez era que tenía manos y muñecas veloces; tal vez es porque tenía un talento especial para encontrar los puntos vitales de los hombres; tal vez porque nunca dudaba en dar ese paso extra, en dar esa estocada final en la que otros hombres se detenían; tal vez era que nunca tenía que atacar dos veces; o tal vez era porque sabía improvisar, matar con cualquier arma a su alcance—una púa, un martillo, un viejo leño. Él era más listo que los demás, más adaptable y rápido en los pies—una combinación mortal. Mientras crecía, todos esos orgullosos caballeros se habían distanciado de él y hasta se habían burlado de él a sus espaldas (pues nadie se atrevía a hacerlo en su cara). Pero ahora que habían pasado los años, ahora que se veían débiles y su fama se había extendido, él era el que era solicitado por reyes mientras los otros estaban olvidados. Porque lo que sus hermanos nunca habían entendido es que la caballerosidad no hacía a los reyes reyes. Era la violencia desagradable y brutal, el miedo, la eliminación de tus enemigos uno a uno, la horrible matanza que nadie más quería hacer lo que los hacía reyes. Y era a él a quien todos acudían cuando querían que el verdadero trabajo de rey se realizara. Con cada golpe de su bastón, Merk recordaba a una de sus víctimas. Había matado a los peores enemigos del Rey—sin usar veneno—, para eso trajeron a los pequeños asesinos, los boticarios, las seductoras. A los peores por lo regular querían que los mataran mandando un mensaje, y para esto lo necesitaban a él. Algo horrible, algo público: una daga en el ojo; un cuerpo destrozado en la plaza, colgando de una ventana para que todos lo vieran al siguiente día, para que todos pensaran quién se había atrevido a oponerse al Rey. Cuando el viejo Rey Tarnis entregó el reino abriéndole las puertas a Pandesia, Merk se sintió decepcionado, sin propósito por primera vez en su vida. Sin un Rey a quien servir se sentía a la deriva. Algo que había estado creciendo dentro de él había salido a la superficie, y por una razón que no pudo entender comenzó a pensar sobre la vida. Toda su vida había estado obsesionado con la muerte, con matar, con quitar vidas. Se había vuelto muy fácil. Pero ahora, algo dentro de él estaba cambiando; era como si apenas pudiera sentir el suelo estable bajo sus pies. Siempre había sabido de primera mano lo frágil que era la vida, lo fácil que era quitarla, pero ahora se preguntaba cómo preservarla. La vida era muy frágil, ¿no era el preservarla un desafío más grande que quitarla? Y a pesar de sí mismo, empezó a preguntarse: ¿qué era eso que le estaba quitando a otros? Merk no sabía qué había empezado toda esta reflexión, pero esto lo puso muy incómodo. Algo había surgido dentro de él, un gran mareo, y ahora le desagradaba el matar—ahora su desagrado por hacerlo era tan grande como solía agradarle con anterioridad. Deseaba poder descubrir qué era lo que estaba desencadenando todo esto—tal vez el haber matado a una persona en particular—pero no podía. Simplemente había aparecido sin causa. Y eso era lo que más le perturbaba. A diferencia de otros mercenarios, Merk sólo tomaba causas en las que creía. Fue hasta después en su vida, cuando se volvió muy bueno en lo que hacía, cuando los pagos se volvieron muy grandes, con personas muy importantes solicitándolo, que empezó a saltarse algunas líneas aceptando pagos por matar a personas que no tenían tanta culpa; o tal vez ninguna. Y esto era lo que lo estaba molestando. Merk desarrolló una pasión igual de fuerte por deshacer todo lo que había hecho, por probarles a los demás que podía cambiar. Quería borrar su pasado, borrar todo lo que había hecho, hacer penitencia. Había hecho un voto solemne consigo mismo de nunca volver a matar; de nunca levantar un dedo contra otra persona; de pasar el resto de sus días buscando el perdón de Dios; de dedicarse a ayudar a otros; de convertirse en mejor persona. Y era esto lo que lo había llevado hasta esta vereda del bosque por la que pasaba con cada golpe de us bastón. Merk vio la vereda del bosque elevarse y luego sumergirse, brillando con la hojas blancas, y volteó de nuevo al horizonte hacia la Torre de Ur. Aún no había señal de ella. Sabía que eventualmente esta vereda lo llevaría ahí, con esta peregrinación que había estado llamándolo desde hace meses. Desde que era un niño había estado cautivado con cuentos hacerca de los Observadores, una orden secreta de monjes/caballeros mitad hombre y mitad algo más cuyo trabajo era residir en las dos torres—la Torre de Ur en el noroeste y la Torre de Kos en el sudeste—y cuidar de la reliquia más valiosa del Reino: la Espada de Fuego. La leyenda decía que era la Espada de Fuego lo que le daba vida a Las Flamas. Nadie sabía con certeza en cual de las torres estaba, ya que era un secreto muy cuidado que sólo conocían los más antiguos Observadores. Si algún día era movida o robada, Las Flamas se perderían para siempre—y Escalon quedaría vulnerable a un ataque. Se decía que velar por las torres era un gran llamado, un trabajo sagrado y honorable—si eras aceptado por los Observadores. Merk siempre soñaba con los Observadores cuando era niño, yendo a la cama de noche preguntándose cómo sería el unirse a sus filas. Quería perderse a sí mismo en la soledad, en el servicio, en reflexión, y sabía que no había mejor manera que convertirse en Observador. Merk se sentía listo. Había cambiado su cota de malla por cuero, su espada por un bastón y, por primera vez en su vida, había pasado toda una luna sin matar o cazar un alma. Empezaba a sentirse bien. Mientras Merk pasaba una pequeña colina, levantó la vista esperanzado al igual que lo había hecho por días esperando que por fin se revelara la Torre de Ur en el horizonte. Pero aún no encontraba nada—nada más que bosque hasta donde se podía observar. Pero aun así sabía que se estaba acercando—después de tantos días de caminar, la torre no podía estar muy lejos. Merk continuó bajando por la vereda con el bosque volviéndose cada vez más denso hasta que, en el fondo, se topó con un gran árbol caído que bloqueaba el camino. Se detuvo y lo observó admirando su tamaño, debatiendo cómo poder pasarlo. “Yo diría que ya has ido lo suficientemente lejos,” dijo una voz siniestra. Merk de inmediato reconoció las intenciones oscuras de la voz, algo en lo que ya era experto, y ni siquiera necesitó voltear para saber lo que se avecinaba. Escuchó hojas crujiendo todo alrededor, y del bosque salieron rostros que encajaban con la voz: degolladores, cada uno más desesperado que el anterior. Eran los rostros de hombres que mataban sin razón. Los rostros de ladrones comunes y asesinos que cazaban a los débiles con violencia sin sentido. A los ojos de Merk, eran lo más bajo que existía. Merk vio que estaba rodeado y sabía que había caminado en una trampa. Observó a su alrededor rápidamente sin que se dieran cuenta, con su viejos instintos activándose, y contó a ocho de ellos. Todos llevaban dagas y estaban vestidos en garras, con rostros, manos y uñas sucias, sin afeitar, todos con una mirada desesperada que decía que no habían comido en muchos días. Y que estaban aburridos. Merk se tensó mientras el jefe de los bandidos se acercaba, pero no porque le temiera; Merk podía matarlo—matarlos a todos—en un parpadeo si lo deseaba. Lo que lo puso tenso fue la posibilidad de verse obligado a la violencia. Estaba determinado a mantener su voto sin importar el costo. “¿Y qué tenemos aquí?” preguntó uno de ellos, acercándose y rodeando a Merk. “Parece un monje,” dijo otro con voz burlona. “Pero sus botas son diferentes.” “Tal vez es un monje que se cree soldado,” se rio otro. Todos se echaron a reír y uno de ellos, un zoquete de hombre en sus cuarentas al que le faltaba un diente, se acercó con su mal aliento y tocó a Merk en el hombro. El viejo Merk habría matado a cualquier hombre que se hubiera acercado la mitad de eso. Pero el nuevo Merk estaba determinado a ser un mejor hombre, a levantarse por encima de la violencia incluso si esta parecía buscarlo. Cerró los ojos y respiró profundo, obligándose a mantener la calma. No sucumbas a la violencia, se decía una y otra vez. “¿Qué está haciendo este monje?” preguntó uno de ellos. “¿Ora?” Todos volvieron a reír. “¡Tu dios no te va a salvar ahora chico!” exclamó otro. Merk abrió los ojos y le regresó la mirada al cretino. “No deseo hacerte daño,” dijo con calma. Las risas se volvieron más fuertes que antes, y Merk se dio cuenta que mantenerse calmado y no reaccionar con violencia era lo más difícil que jamás había hecho. “¡Tenemos suerte entonces!” respondió otro. Todos volvieron a reír y después guardaron silencio mientras el líder se acercaba cara a cara a Merk. “Pero tal vez,” dijo con voz seria, tan cerca que Merk podía oler su mal aliento, “nosotros queremos dañarte a ti.” Un hombre se acercó detrás de Merk, lo tomó por el cuello con su brazo y empezó a apretar. Merk jadeó cuando sintió que lo ahogaban con un apretón lo suficientemente fuerte para causarle dolor pero no para cortar todo el aire. Su reflejo inmediato fue voltearse y matar al hombre. Sería muy sencillo; conocía el punto de presión perfecto en el antebrazo para hacer que lo soltara. Pero se obligó a no hacerlo. Déjalos pasar, se dijo a sí mismo. El camino a la humillación debe empezar en algún lado. Merk se encaró al líder. “Tomen lo que quieran,” dijo Merk jadeando. “Tómenlo y sigan su camino.” “¿Y qué hay si lo tomamos y nos quedamos aquí?” respondió el líder. “Nadie te está preguntando lo que podemos o no podemos tomar chico,” dijo otro. Uno de ellos se adelantó y saqueó la cintura de Merk, pasando sus manos ambiciosas por las pocas cosas que le quedaban en el mundo. Merk se obligó a mantener la calma mientras las manos pasaban por todo lo que tenía. Por último sacaron su gastada daga de plata, su arma favorita, y aun así Merk, a pesar de lo doloroso que era, no reaccionó. Deja que pase, se dijo. “¿Qué es esto?” preguntó uno. “¿Una daga?” Observó a Merk. “¿Qué hace un elegante monje como tú cargando una daga?” preguntó otro. “¿Qué estás haciendo chico, tallando árboles?” dijo otro. Todos se rieron y Mark apretó los dientes, preguntándose qué tanto más podría resistir. El hombre que tomó la daga se detuvo, observó a la muñeca de Merk y le subió la manga. Merk se preparó, dándose cuenta de que lo habían encontrado. “¿Qué es esto?” preguntó el ladrón tomando y levantando su muñeca, examinándola. “Se parece a un zorro,” dijo uno. “¿Por qué tiene un monje un tatuaje de zorro?” preguntó otro. Uno más se acercó, un hombre alto y delgado con cabello rojo y tomó su muñeca examinándola de cerca. La soltó y miró a Merk con ojos precavidos. “No es un zorro, idiota,” les dijo a sus hombres. “Es un lobo. Es la marca de un hombre del Rey—un mercenario.” Merk sintió su rostro enrojecerse al darse cuenta de que miraban su tatuaje. No quería ser descubierto. Los ladrones se quedaron todos en silencio, observándolo, y por primera vez, Merk sintió duda en sus rostros. “Es de la orden de los asesinos,” dijo uno volteando la vista hacia él. “¿Cómo obtuviste esa marca, chico?” “Probablemente se la puso él mismo,” respondió otro. “Hace que el camino sea seguro.” El líder le hizo una señal a su hombre quien dejó de tomar a Merk del cuello, y Merk respiró profundo sintiéndose aliviado. Pero entonces el líder se acercó y puso un cuchillo en el cuello de Merk y Merk se preguntó si moriría hoy en ese mismo lugar. Se preguntaba si este era un castigo por toda la matanza que había hecho. Se preguntó si estaba listo para morir. “Respóndele,” gruñó el líder. “¿Te lo pusiste tú mismo, chico? Dicen que tienes que matar a cien hombres para obtener esa marca.” Merk respiró, y en el silencio que ahora se presentó debatía qué decir. Finalmente suspiró. “A mil,” dijo. El líder parpadeó confundido. “¿Qué?” preguntó. “A mil hombres,” explicó Merk. “Es lo que necesitas para este tatuaje. Y me lo dio el mismísimo Rey Tarnis.” Todos lo miraban asombrados y un gran silencio cayó sobre el bosque, tan silencioso que Merk podía escuchar a los insectos rondar. Se preguntó qué pasaría ahora. Uno de ellos empezó a reírse histéricamente—y todos los demás lo siguieron. Se rieron sin parar mientras Merk estaba parado ahí, claramente pensando que era lo más gracioso que habían oído. “Esa es buena, chico,” dijo uno. “Eres tan bueno mintiendo como siendo monje.” El líder acercó la daga más a su cuello, lo suficiente para empezar a sacar sangre. “Dije que me respondas,” repitió el líder. “La verdad. ¿Quieres morir ahora, chico?” Merk se quedó parado sintiendo el dolor y pensó en la pregunta—en realidad pensó en ella. ¿En verdad quería morir? Era una buena pregunta, mucho más profunda que lo que suponía el ladrón. Mientras pensaba en ello, realmente pensando en ello, se dio cuenta que una parte de él sí quería morir. Estaba cansado de la vida, cansado hasta los huesos. Pero mientras profundizaba en ello, Merk llegó a la conclusión de que no estaba listo para morir. Todavía no. No hoy. No cuando estaba a punto de empezar de nuevo. No cuando apenas empezaba a disfrutar la vida. Quería una oportunidad de cambiar. Quería la oportunidad de servir en la Torre, de convertirse en un Observador. “La verdad es que no,” respondió Merk. Finalmente miró a su captor a los ojos, con una determinación creciendo dentro de él. “Y debido a eso,” continuó, “Te voy a dar una oportunidad de soltarme antes de que los mate a todos.” Todos lo miraban en silencio hasta que el líder frunció el ceño y rompió en acción. Merk sintió la hoja empezando a cortar su garganta y algo dentro de él tomó el control. Era su parte profesional, la que había entrenado toda su vida, la parte de él que ya no podía soportar. Significaba romper su voto; pero esto ya no le importaba. El viejo Merk apareció tan pronto que era como si en realidad nunca se hubiera ido—y tan sólo en un parpadeó volvió al modo de asesino. Merk se concentró y vio todos los movimientos de sus enemigos, cada contracción, cada punto de presión, cada vulnerabilidad. El deseo de matarlos lo envolvió como un viejo amigo, y Merk le permitió que tomara el control. En un movimiento como de rayo, Merk tomó la muñeca del líder, hundió su dedo en un punto de presión, la doblo hasta que llegó a romperse, tomó la daga mientras caía y, en un sólo movimiento, cortó la garganta del hombre de oreja a oreja. El líder ahora lo miró con una mirada de asombro antes de desplomarse al suelo, muerto. Merk se volteó y miró a los otros, todos en silencio y con las bocas abiertas impactados. Ahora era el turno de Merk para reír mientras los observaba, disfrutando de lo que estaba a punto de ocurrir. “A veces, chicos,” dijo, “simplemente eligen molestar al hombre incorrecto.” CAPÍTULO CINCO Kyra estaba en el centro del abarrotado puente sintiendo todos los ojos sobre ella, todos esperando su decisión sobre la suerte del jabalí. Sus mejillas se sonrojaron; no le gustaba ser el centro de atención. Pero amaba a su padre por reconocerla y sintió un gran sentido de orgullo, especialmente por poner esa decisión en sus manos. Pero al mismo tiempo, también sintió una gran responsabilidad. Sabía que cualquier decisión que tomara decidiría el futuro de su gente. A pesar de su desagrado por los Pandesianos, no quería la responsabilidad de lanzar a su gente hacia una guerra que no podrían ganar. Pero tampoco quería retraerse envalentonando a los Hombres del Señor, deshonrar a su pueblo, hacerlos parecer débiles, especialmente después de que Anvin y los otros ya los habían encarado. Ella se dio cuenta de la sabiduría de su padre: al poner la decisión en sus manos hizo parecer como que la decisión era de ellos y no de los Hombres del Señor, y tan sólo este acto le daba honra a su gente. También se dio cuenta de que había puesto la decisión en sus manos por una razón: debió darse cuenta de que esta situación requería una tercera voz para que todos mantuvieran su reputación—y la eligió a ella porque era conveniente y porque sabía que no se apresuraría, que sería moderada. Mientras más lo pensaba, más se daba cuenta de por qué la había elegido a ella: No para incitar una guerra—podía haber elegido a Anvin para hacer eso—sino para librarlos de una. Llegó a una decisión. “La bestia esta maldita,” dijo despectivamente. “Casi mata a mis hermanos. Viene desde el Bosque de las Espinas y fue muerta en la víspera de Luna de Invierno, día en el que está prohibido cazar. Fue un error el hacer que cruzara nuestras puertas—debió haberse dejado pudrir en las afueras donde pertenece.” Se volvió burlonamente a los Hombres del Señor. “Llévenla a su Señor Gobernador,” dijo sonriendo. “Háganos un favor.” Los Hombres del Señor pasaron su vista de ella hacia la bestia, y sus expresiones cambiaron; ahora parecía como si hubieran mordido algo podrido, como si ya no la quisieran. Kyra vio que Anvin y los otros la miraban con aprobación, agradecidos—y su padre más que todos. Lo había conseguido—había logrado que su gente mantuviera su reputación librándolos de una guerra—y había lanzado una burla hacia Pandesia al mismo tiempo. Sus hermanos soltaron al jabalí en el piso e hizo un sonido de golpe al caer en la nieve. Se hicieron hacia atrás humillados, con dolor en sus hombros. Todos los ojos ahora voltearon hacia los Hombres del Señor que se quedaron de pie sin saber qué hacer. Claramente las palabras de Kyra habían calado profundo; ahora miraban a la bestia como si fuera algo desagradable que había sido arrastrado desde las entrañas de la tierra. Era claro que ya no la querían. Y ahora que era de ellos, parecía que habían perdido todo el interés. Su comandante, después de un largo y tenso silencio, les hizo una señal a sus hombres para que tomaran la bestia, después se volteó resoplando y se fue visiblemente molesto, como sabiendo que había sido burlado. La multitud se dispersó, la tensión se fue y hubo un sentimiento de alivio. Muchos de los hombres de su padre se acercaron con aprobación poniendo sus manos en sus hombros. “Bien hecho,” dijo Anvin mirándola con aprobación. “Serás un buen gobernante algún día.” Los aldeanos volvieron a sus asuntos, volvió el bullicio y el ajetreo, la tensión se disipó y Kyra se volteó buscando los ojos de su padre. Los encontró mirándola y a tan sólo unos cuantos pies. Delante de sus hombres, siempre era reservado en todo lo relacionado con ella, y esta no fue la excepción—tenía una expresión de indiferencia, pero le dio una pequeña señal con la cabeza que ella sabía era de aprobación. Kyra volteó y vio a Anvin y Vidar tomando sus lanzas y su corazón se sobresaltó. “¿Puedo ir con ustedes?” le preguntó a Anvin sabiendo que iban al campo de entrenamiento junto con todos los hombres de su padre. Anvin miró nervioso hacia su padre sabiendo que no estaría de acuerdo. “La nieve arrecia,” dijo finalmente Anvin, dudando. “La noche ya cae también.” “Eso no los detiene a ustedes,” replicó Kyra. Él le devolvió una sonrisa. “No, es cierto,” admitió. Anvin volteó con su padre de nuevo, y ella miró y lo vio negarse con la cabeza antes de darse la vuelta y volver adentro. Anvin suspiró. “Están preparando un gran festín,” dijo. “Es mejor que entres.” Kyra lo podía oler, el aire estaba pesado con finas carnes rostizadas, y vio que sus hermanos volvía adentro junto con docenas de aldeanos todos apurándose para preparar el festival. Pero Kyra se volteó y miró con nostalgia hacia los campos, hacia el campo de entrenamiento. “La comida puede esperar,” dijo. “El entrenamiento no. Déjame ir.” Vidar sonrió y dijo que no con la cabeza. “¿Segura que eres una chica y no un guerrero?” preguntó Vidar. “¿No puedo ser ambos?” respondió. Anvin soltó un gran suspiro y finalmente negó con la cabeza. “Tu padre me arrancaría el pellejo,” dijo. Pero finalmente asintió. “No aceptarás un no por respuesta,” concluyó, “y tienes más corazón que la mitad de mis hombres. Supongo que podemos usar a uno más.” * Kyra corrió a través del paisaje nevado siguiendo a Anvin, Vidar y varios de los hombres de su padre con Leo a su lado como siempre. La nieve se volvía gruesa pero no le importaba. Se sintió libre y con gran excitación como siempre se sentía al pasar la Puerta del Peleador, un arco bajo cortado en la cerca de piedra en el campo de entrenamiento. Respiró profundo al ver que el cielo se abría y corrió hacia ese lugar que amaba tanto con sus colinas verdes ahora cubiertas de nieve rodeado por una pared de piedra, con tal vez un cuarto de milla de anchura y profundidad. Sintió como si todo fuera como debería ser al ver a los hombres entrenar; cabalgando en sus caballos, levantando lanzas, apuntando a objetivos distantes y volviéndose mejores. Para ella, esto era de lo que se trataba la vida. Este campo de entrenamiento estaba reservado para los hombres de su padre; a las mujeres no se les permitía estar aquí ni a los chicos que aún no cumplían los dieciocho años de edad—y a quienes no se les había invitado. Cada día Brandon y Braxton esperaban impacientes ser invitados—pero Kyra sospechaba que nunca pasaría. La Puerta del Peleador era para guerreros honorables y con experiencia, no para fanfarrones como sus hermanos. Kyra corrió por los campos sintiéndose más feliz y más viva aquí que en cualquier otra parte. La energía era intensa y estaba lleno de docenas de los hombres más finos de su padre, todos portando armaduras un poco diferentes, guerreros de todas las regiones de Escalon, todos los cuales con el paso del tiempo habían sido atraídos a la fortaleza de su padre. Había hombres del sur, desde Thebus y Leptis; desde las Tierras Medias, principalmente de la capital, Andros, pero también de las montañas de Kos; había occidentales desde Ur; hombres del río desde Thusis y sus vecinos de Esephus. Había hombres que vivían cerca del Lago de Ire, y hombres de lugares tan lejanos como las cascadas de Everfall. Todos tenían colores, armaduras y armas diferentes, todos hombres de Escalon pero cada uno representando su propia fortaleza. Era un deslumbrante conjunto de poder. Su padre, el antiguo campeón del Rey, un hombre que estimulaba respeto, era el único hombre en estos tiempos, en este fracturado reino, en el que los hombres podían confiar. De hecho, cuanto el antiguo Rey había rendido el reino sin luchar, era a su padre a quien el pueblo le pedía que tomara el trono y siguiera la lucha. Con el tiempo, lo mejor de los antiguos guerreros del Rey lo habían buscado, y ahora, con la fuerza volviéndose más grande cada día, Volis estaba consiguiendo una fuerza que casi se igualaba a la de la capital. Kyra se dio cuenta que quizá fue esto por lo que los Hombres del Rey sintieron la necesidad de humillarlos. En cualquier otro lugar de Escalon, el Señor Gobernador de Pandesia no permitía que los caballeros se reunieran con tanta libertad por temor a una sublevación. Pero aquí, en Volis, era diferente. Aquí, no tenían elección: tenían que permitirlo porque necesitaban a los mejores hombres disponibles para cuidar de Las Flamas. Kyra se volteó y miró más allá de las paredes, más allá de las blancas colinas y, en el horizonte a la distancia, incluso a través de la nevada apenas alcanzaba a ver el tenue resplandor de Las Flamas. El muro de fuego que protegía la frontera oriental de Escalon, Las Flamas, un muro de fuego de cincuenta pies de profundidad y varios cientos de altura, ardía tan brillante como siempre, iluminando la noche, con su contorno visible en el horizonte y volviéndose más pronunciado con el caer de la noche. Alargándose casi cincuenta millas de ancho, Las Flamas era lo único que se interponía entre Escalon y la nación de troles salvajes al este. Aun así, suficientes troles rompían a través cada año para sembrar el caos, y si no fuera por Los Guardianes, los valientes hombres de su padre que cuidaban de Las Flamas, Escalon sería una nación esclava de los troles. Los troles, que temían al agua, sólo podían atacar a Escalon por tierra, y Las Flamas era lo único que los mantenía a raya. Los Guardianes hacían guardia por turnos, patrullaban en rotación, y Pandesia los necesitaba. Otros también estaban estacionados en Las Flamas—reclutas, esclavos y criminales—pero los hombres de su padre, Los Guardianes, eran los únicos verdaderos soldados entre el montón y los únicos que sabían mantener Las Flamas. En compensación, Pandesia le permitía a Volis y a sus hombres algo de libertad, como campos de entrenamiento y armas reales; un poco de libertad para que se sintieran como guerreros libres, incluso si era una ilusión. No eran hombres libres, y ellos lo sabían. Existían en un balance extraño entre libertad y esclavitud que a nadie le agradaba. Pero al menos aquí, en la Puerta del Peleador, estos hombres eran libres como alguna vez lo habían sido, guerreros que podían competir y entrenar mejorando sus habilidades. Representaban lo mejor de Escalon, mejores guerreros que los que Pandesia podía ofrecer, todos ellos veteranos de Las Flamas—y todos sirviendo aquí a sólo un día de distancia. Kyra no deseaba nada más que unirse a sus filas, probarse a sí misma, estacionarse en Las Flamas, pelear con troles reales mientras pasaban y ayudar a proteger su reino de la invasión. Pero sabía que esto nunca sería permitido. Era muy joven para ser elegida y además una chica. No había otras mujeres en las filas, e incluso si las hubiera, su padre no lo permitiría. Sus hombres también habían empezado a cuidarla como una niña desde que empezó a visitarlos hace años, les divertía su presencia como si fuera un espectador. Pero después que los hombres se iban siempre se quedaba atrás, sola, entrenando día y noche en los campos vacíos con sus armas y blancos. Se sorprendían aún más al llegar el siguiente día y encontrar marcas de flechas en sus blancos—y más sorprendidos aun de ver que estaban en el centro. Pero con el tiempo se acostumbraron a ello. Kyra empezó a ganarse su respeto, especialmente en las raras ocasiones en las que le habían permitido unirse. Ahora, dos años después, todos sabían que podía darle a blancos que la mayoría de ellos no—y la tolerancia que tenían hacia ella se convirtió en algo más: respeto. Claro, no había participado en batallas como estos otros hombres, ni había matado a un hombre o sido guardia en Las Flamas, ni había peleado con un trol. No podía blandir una espada o hacha o alabarda, o luchar como estos hombres podían. Ni siquiera se acercaba a su fuerza física, lo que la decepcionaba mucho. Aun así Kyra había aprendido que tenía talento natural con dos armas, las cuales la hacían a pesar de su tamaño y sexo un formidable oponente: su arco y su bastón. El primero lo había tomado de manera natural, mientras que se había topado con el segundo de manera accidental hace algunas lunas cuando no pudo levantar una espada ancha. En aquel entonces los hombres se rieron de su incapacidad de levantar una espada y, como insulto, uno de ellos le dio un bastón burlonamente. “¡Trata mejor de levantar este palo!” le gritó y los otros rieron. Kyra nunca olvidó su vergüenza en ese momento. Al principio, los hombres de su padre vieron su bastón como una broma; después de todo, lo utilizaban como arma de entrenamiento, estos hombres valientes que cargaban espadas y hachas y alabardas, que podían cortar un árbol con un simple golpe. Miraban a su palo de madera como un juego, y esto le había dado menos respeto del que ya tenía. Pero había transformado una broma en una inesperada arma de venganza, un arma a la que temer, un arma contra la que muchos de los hombres de su padre no se podían defender. Kyra se había sorprendido con su peso ligero, y se sorprendió aún más al descubrir su talento natural con este—tan rápido que podía conectar golpes mientras los soldados aún estaban levantando sus espadas. Más de uno de los hombres con los que había entrenado se había quedado negro y morado por este; un golpe a la vez, había encontrado respeto de nuevo. Kyra, por muchas noches de entrenamiento sola y enseñándose a sí misma, había conseguido movimientos que impresionaban a los hombres, movimientos que ninguno de ellos podían entender. El interés por su bastón había crecido, y ella les enseñaba. En la mente de Kyra, su arco y bastón se complementaban el uno al otro siendo igual de necesarios: su arco para combate a larga distancia y el bastón para pelear de cerca. Kyra también descubrió que tenía un don que le faltaba a los hombres: era ágil. Era como un pez pequeño en un mar de tiburones lentos, y aunque estos hombres de edad tenían gran poder, Kyra podía bailar alrededor de ellos, podía saltar en el aire, incluso podía saltar por encima de ellos y caer en la tierra con rotación perfecta; o de pie. Y cuando su agilidad se combinaba con su técnica de bastón, se formaba una combinación letal. “¿Qué hace ella aquí?” dijo una voz ronca. Kyra, de pie en un costado del campo de entrenamiento al lado de Anvin y Vidar, escuchó caballos acercándose y se volteó para ver a Maltren cabalgando y flanqueado por algunos de sus amigos soldados, aún respirando con dificultad mientras sostenía su espada. Él la miró hacia abajo con desdén y ella sintió como se apretaba su estómago. De todos los hombres de su padre, Maltren era el único que no la quería. Por alguna razón la odiaba desde la primera vez que la vio. Maltren se sentó en su caballo y hervía; con su nariz chata y feo rostro, era un hombre al que le encantaba odiar, y había encontrado un nuevo blanco en Kyra. Siempre se había opuesto a su presencia aquí, probablemente porque era una chica. “Deberías estar en la fortaleza de tu padre, chica,” dijo, “preparando el festín junto con las otras chicas jóvenes e ignorantes.” Leo, junto a Kyra, le gruñó a Maltren, y Kyra lo calmó acariciando su cabeza. “¿Y por qué se le permite a este lobo estar en nuestros campos?” añadió Maltren. Anvin y Vidar le dieron a Maltren una mirada fría y dura poniéndose del lado de Kyra y Kyra mantuvo su lugar sonriendo sabiendo que tenía su protección y que él no podía obligarla a irse. “Tal vez deberías regresar al campo de entrenamiento,” dijo ella con voz burlona, “y dejar de preocuparte tanto de lo que haga una niña joven e ignorante.” Maltren se enrojeció incapaz de responder. Se dio la vuelta listo para irse pero no sin antes dar un último insulto. “Hoy es día de lanzas,” dijo. “Mejor no te entrometas en el camino de hombres verdaderos lanzando armas verdaderas.” Se volteó y cabalgó con los otros y mientras lo miraba irse, su felicidad de estar aquí se vio afectada por su presencia. Anvin le dio una mirada consoladora y le puso una mano en el hombro. “La primera lección de un guerrero,” dijo, “es aprender a vivir con los que te odian. Te guste o no, vas a terminar peleando lado a lado con ellos, dependiendo en ellos por tu vida. Muchas veces tus peores enemigos no vendrán de afuera sino desde adentro.” “Y aquellos que no pueden pelear, hablan demasiado,” dijo una voz. Kyra miró a Arthfael acercándose, sonriendo, apresurándose a ponerse de su lado como siempre. Igual que Anvin y Vidar, Arthfael, un alto y feroz guerrero de cabeza calva y una larga y rígida barba negra, tenía una debilidad por ella. Era uno de los mejores con la espada y pocos lo igualaban y siempre buscaba defenderla. Su presencia le dio tranquilidad. “Sólo es habladuría,” añadió Arthfael. “Si Maltren fuera un mejor guerrero, se preocuparía más de él mismo que de otros.” Anvin, Vidar y Arthfael se subieron a sus caballos y se unieron a los otros, y Kyra se quedó viéndolos y pensando. ¿Por qué había odio en algunas personas? Se preguntaba. No sabía si algún día lo entendería. Mientras cabalgaban en los campos en anchos circuitos, Kyra se sorprendía al estudiar a los grandes caballos de guerra, deseosa del día en que pudiera tener uno. Vio a los hombres darle la vuelta a los campos junto al muro de piedra, sus caballos derrapando en la nieve. Los hombres tomaron espadas entregadas por los escuderos, y mientras completaban la vuelta las lanzaban a blancos distantes: escudos colgando de ramas. Al impactar se escuchaba un distintivo sonido metálico. Ella se dio cuenta de que era más difícil de lo que parecía el lanzar mientras se montaba y más de uno falló, especialmente al apuntar a los blancos más pequeños. De aquellos que impactaban, muy pocos lo hacían en el centro—excepto por Anvin, Vidar, Arthfael y otros más. Se dio cuenta que Maltren falló varias veces, maldiciendo en voz baja y lanzándole miradas como si ella tuviera la culpa. Kyra, tratando de mantenerse caliente, sacó su bastón y empezó a darle vueltas en sus manos, sobre su cabeza, dándole muchas vueltas, doblándolo y girándolo como si estuviera vivo. Lanzaba estocadas a enemigos imaginarios, bloqueaba golpes imaginarios, cambiaba de mano, lo pasaba sobre su cuello, por su cintura, casi como si fuera un tercer brazo, su madera bien gastada por años de moldearlo. Mientras los hombres circulaban en los campos, Kyra corrió hacia su pequeño campo, una pequeña sección del campo de entrenamiento descuidada por los hombres pero que a ella le gustaba. Pequeñas piezas de armadura colgaban de cuerdas en un conjunto de árboles dispersadas a diferentes alturas, y Kyra corría y pretendía que cada blanco era un oponente golpeando cada uno con su bastón. El aire se llenó con su sonido metálico mientras corría por el bosque, golpeando, esquivando y agachándose mientras le regresaban los golpes. En su mente ella atacaba y defendía de manera gloriosa, conquistando a un ejército de enemigos imaginarios. “¿Ya mataste a alguien?” dijo una voz burlona. Kyra se volteó y vio a Maltren en su caballo, riéndose burlonamente de ella antes de irse. Ella se enfureció deseando que alguien lo pusiera en su lugar. Kyra tomó un descanso al ver a los hombres terminar con las lanzas y desmontar formando un círculo en el centro del claro. Sus escuderos se acercaron con rapidez y les pasaron espadas de entrenamiento de madera hechas de grueso roble, pesando casi como el acero. Kyra se quedó en la periferia emocionada al observar a los hombres enfrentarse uno al otro, deseando más que nada el unírseles. Antes de empezar, Anvin se paró en medio y los miró a todos. “En este día festivo, entrenamos por un botín especial,” anunció. “¡El vencedor obtendrá la porción selecta del festín!” A esto le siguió un grito de emoción mientras los hombres se abalanzaban entre sí con el golpeteo de sus espadas de madera llenando el aire, empujándose mutuamente de ida y vuelta. El entrenamiento era marcado por el sonido de un cuerno que sonaba cada vez que un peleador era impactado y enviándolo hacia la banca. El cuerno sonaba con frecuencia y pronto las líneas se volvieron delgadas, con la mayoría de los hombres a los lados observando. Kyra se mantuvo al margen con ellos deseando participar, aunque no se le permitía. Aunque hoy era su cumpleaños, ya tenía quince años y se sentía lista. Sintió que era tiempo de abogar por su causa. “¡Déjame participar!” le pedía a Anvin que estaba de pie cerca observando. Anvin se negó con la cabeza sin quitar los ojos de la acción. “¡Hoy cumplo los quince años!” insistió. ¡Permíteme pelear!” Él le dio una mirada escéptica. “Este es un campo de entrenamiento para hombres,” replicó Maltren de pie en el costado después de perder un punto. “No para niñas pequeñas. Puedes sentarte y observar junto con los escuderos y traernos agua si así te lo pedimos.” Kyra se enrojeció. “¿Te da tanto miedo ser derrotado por una niña?” respondió ella sintiendo una oleada de ira en su interior. Después de todo, era la hija de su padre, y nadie podía hablarle de esa manera. Algunos de los hombres se rieron, y esta vez Maltren se enrojeció. “Es un buen punto,” dijo Vidar. “Tal vez deberíamos dejarla entrenar. ¿Qué podemos perder?” “¿Entrenar con qué?” replicó Maltren. “¡Mi bastón!” gritó Kyra. “Contra sus espadas de madera.” Maltren rio. “Eso hay que verlo,” dijo. Todos los ojos se posaron en Anvin mientras pensaba qué hacer. “Si te lastimas, tu padre me mataría,” dijo. “No me haré daño,” respondió. Estuvo pensando por bastante tiempo hasta que finalmente suspiró. “Creo que no hay problema entonces,” dijo. “Por lo menos esto te tendrá en silencio. Mientras estos hombres no tengan objeción,” añadió volteando hacia los soldados. “¡Hagámoslo!” dijeron al unísono una docena de los hombres de su padre con entusiasmo animándola. Kyra los adoró por ello, más de lo que pudo decir. Se dio cuenta de la admiración que sentían por ella, el mismo cariño que expresaban por su padre. Ella no tenía muchos amigos, y estos hombres eran el mundo para ella. Maltren se mofó. “Dejen que la niña haga el ridículo entonces,” dijo. “Puede que aprenda una lección de una vez por todas.” El cuerno sonó, y mientras otro hombre salía del círculo Kyra se apresuró a entrar. Kyra sintió como todos los ojos la observaban sin esperarse esto. Se encontró de frente al oponente, un hombre alto y robusto de unos treinta años, un poderoso guerrero al que había conocido desde los días de su padre en la corte. Al haberlo observado, sabía que era un buen peleador—pero también que era confiado, que se abalanzaba en el inicio de las peleas y era descuidado. Se volteó hacia Anvin frunciendo el ceño. “¿Qué insulto es este?” preguntó. “No voy a pelear con una niña.” “Te insultas a ti mismo temiendo el pelear conmigo,” respondió Kyra indignada. “Tengo dos brazos y dos piernas igual que tú. ¡Si no vas a pelear conmigo, entonces acepta la derrota!” Él parpadeó sorprendido y frunció el ceño de nuevo. “Muy bien,” dijo. “No vayas corriendo con tu padre después de que pierdas.” Se abalanzo a toda velocidad como ella sabía que lo haría, levantó la espada de madera en lo alto y la bajó con fuerza apuntando al hombro. Era un movimiento que ella había anticipado, uno que le había visto realizar muchas veces, uno que él mismo anunció con el movimiento de sus brazos. Su espada de madera era potente, pero también era pesada y torpe comparada con su bastón. Kyra lo observó de cerca esperando hasta el último momento, entonces se hizo a un lado dejando que el golpe cayera con fuerza a su lado. En el mismo movimiento, giró el bastón y lo impactó en el lado de uno de sus hombros. Gimió mientras se tambaleaba hacia un lado. Se quedó allí, aturdido, molesto por tener que aceptar la derrota. “¿Alguien más?” preguntó Kyra con una gran sonrisa y volteando a ver al círculo de hombres. La mayoría de ellos sonreían claramente orgullosos de ella, orgullosos de verla crecer y llegar a este punto. Excepto claro por Maltren quien fruncía el ceño. Parecía como que estaba a punto de desafiarla cuando de repente apareció otro soldado, encarándose con expresión seria. Este hombre era más pequeño y más ancho, con una descuidada barba roja y ojos feroces. Se dio cuenta por la manera en que sostenía su espada de que este era más cuidadoso que su anterior oponente. Ella lo tomó como un cumplido: finalmente empezaban a tomarla en serio. Atacó y Kyra no entendió por qué, pero por una razón fue muy fácil para ella el saber qué hacer. Era como si su instinto se encendiera y tomara su lugar. Se sintió mucho más ligera y ágil que estos hombres con sus pesadas armaduras y gruesas espadas de madera. Todos estaban peleando con poder y esperaban que sus enemigos los desafiaran y los bloquearan. Sin embargo, Kyra no tenía problema en esquivarlos y se rehusaba a pelear en sus términos. Ellos peleaban con potencia, pero ella con velocidad. El bastón de Kyra se movía en su mano como si fuera una extensión de ella; lo giraba tan rápido que sus oponentes no tenían tiempo de reaccionar, estaban a mitad de su movimiento cuando ella ya estaba detrás de ellos. Su nuevo oponente tiró una estocada al pecho—pero ella simplemente se movió a un lado y giró su bastón hacia arriba golpeando su muñeca y haciendo que soltara la espada. Entonces atacó con el otro extremo y lo impactó en la cabeza. El cuerno sonó dándole el punto a ella y él la miró sorprendido tomándose la cabeza con su espada en el suelo. Kyra, examinando su acto, dándose cuenta de que seguía en pie, estaba un poco sorprendida. Kyra se había convertido en la persona a derrotar, y ahora los hombres, sin volver a dudar, formaban una fila para probar sus habilidades contra ella. La tormenta de nieve rugía mientras las antorchas alumbraban el crepúsculo y Kyra entrenaba con un hombre tras otro. Ya no sonreían: sus expresiones ahora eran serias, de asombro, y después de molestia al ver que nadie podía tocarla—y todos terminaban derrotados por ella. Contra uno de los hombres saltó sobre él mientras él golpeaba y cayó detrás de él golpeándolo en el hombro; con otro dio vueltas en el piso, cambió de mano el bastón y dio el golpe decisivo, sin que nadie lo esperara, con su mano izquierda. Sus movimientos siempre eran diferentes, parte gimnasta y parte espadachín, así que no podían anticiparla. Los hombres salían del círculo avergonzados, todos sorprendidos por su derrota. Pronto sólo quedaban algunos hombres. Kyra se paró en medio del círculo respirando agitada buscando a su siguiente oponente. Anvin, Vidar y Arthfael la miraban desde el lado, sonriendo con admiración en sus rostros. Si su padre no estaba allí para verla y estar orgulloso, al menos estos hombres lo hacían. Kyra derrotó a otro oponente con un golpe detrás de la rodilla y haciendo que sonara el cuerno y, finalmente, sin nadie más presente, Maltren caminó dentro del círculo. “Juego de niños,” dijo caminando hacia ella. “Puedes girar tu vara de madera. En batalla, no te servirá de nada. Contra una espada de verdad, tu bastón se partiría en dos.” “¿Eso pasaría?” preguntó ella con valentía y sin miedo, sintiendo la sangre de su padre fluyendo dentro de ella y sabiendo que tenía que enfrentarse a él de una vez por todas, especialmente con todos los hombres viéndola. “¿Entonces por qué no lo intentamos?” dijo. Maltren la miró sorprendido, claramente no esperando esa respuesta. Entonces entrecerró los ojos. “¿Por qué?” respondió él. “¿Para que puedas correr hacia tu padre?” “No necesito la protección de mi padre, ni la de nadie,” respondió. “Esto es entre tú y yo, sin importar lo que pase.” Maltren volteó a ver a Anvin claramente incómodo, como si se hubiera metido en un pozo del que no podía salir. Anvin lo miró también claramente preocupado. “Aquí entrenamos con espadas de madera,” dijo él. “No permitiré que nadie se lastime durante mi guardia—mucho menos la hija de nuestro comandante.” Pero Maltren se puso serio de repente. “La chica quiere armas reales,” dijo con voz firme, “entonces démoselas. Tal vez aprenda una lección de vida.” Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43697215&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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