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Rebelde, Pobre, Rey Morgan Rice De Coronas y Gloria #4 Morgan Rice ha concebido lo que promete ser otra brillante serie, que nos sumerge en una fantasía de valor, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un fuerte conjunto de personajes que hará que los aclamemos a cada página…Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores a los que les gusta la fantasía bien escrita. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre el Despertar de los dragones) REBELDE, POBRE, REY es el libro#4 de la serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA de la autora #1 en ventas Morgan Rice, que empieza con ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro#1) Ceres, de 17 años, una bella chica pobre de la ciudad del Imperio de Delos, despierta y descubre que ha sido encarcelada. Su ejército destruido, su gente capturada, la rebelión sofocada, de algún modo debe recomponer las piezas tras ser traicionada. ¿Puede volverse a levantar su pueblo?Thanos parte hacia la Isla de los Prisioneros, pensando que Ceres está viva, y se encuentra atrapado en su propia trampa. Durante su peligroso viaje le atormenta la idea de que Estefanía esté sola, con su hijo, y se siente roto por el camino que está tomando su vida. Pero si lucha por regresar a Delos, en busca de sus dos amores, se encuentra con una traición tan grande, que puede que su vida no vuelva a ser la misma. Estefanía, una mujer despreciada, no se queda sin hacer nada. Dirige toda la fuerza de su furia hacia los que más ama -y su perfidia, la más peligrosa de todas, puede que sea lo que haga caer al reino para siempre. REBELDE, POBRE, REY cuenta la historia épica del amor trágico, de la venganza, de la traición, de la ambición y destino. Llena de personajes inolvidables y acción vibrante, nos transporta a un mundo que nunca olvidaremos, y hace que nos enamoremos de nuevo de la fantasía. Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más. The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) ¡Pronto se publicará el libro#5 de DE CORONAS Y GLORIA! REBELDE, POBRE, REY (DE CORONAS Y GLORIA-LIBRO 4) MORGAN RICE Morgan Rice Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; y de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas. A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca! Algunas opiniones sobre Morgan Rice “Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan de nuevo ha conseguido producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita”. --Books and Movie Reviews Roberto Mattos “Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más”. --The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) “Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos”. --Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer) ”EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico”. -Books and Movie Reviews, Roberto Mattos “En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante”. --Publishers Weekly Libros de Morgan Rice EL CAMINO DE ACERO SOLO LOS DIGNOS (Libro #1) DE CORONAS Y GLORIA ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1) CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro#2) ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro#3) REBELDE, POBRE, REY (Libro#4) SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro#5) REYES Y HECHICEROS EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1) EL DESPERTAR DEL VALIENTE(Libro #2) EL PESO DEL HONOR (Libro #3) UNA FORJA DE VALOR (Libro #4) UN REINO DE SOMBRAS (Libro#5) LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro#6) EL ANILLO DEL HECHICERO LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1) UNA MARCHA DE REYES (Libro #2) UN DESTINO DE DRAGONES(Libro #3) UN GRITO DE HONOR (Libro #4) UN VOTO DE GLORIA (Libro #5) UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6) UN RITO DE ESPADAS (Libro #7) UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8) UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9) UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10) UN REINO DE ACERO (Libro #11) UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12) UN MANDATO DE REINAS (Libro #13) UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14) UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15) UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16) EL DON DE LA BATALLA (Libro #17) LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1) ARENA DOS (Libro #2) ARENA TRES (Libro #3) VAMPIRA, CAÍDA ANTES DEL AMANECER (Libro #1) EL DIARIO DEL VAMPIRO TRANSFORMACIÓN (Libro #1) AMORES (Libro #2) TRAICIONADA(Libro #3) DESTINADA (Libro #4) DESEADA (Libro #5) COMPROMETIDA (Libro #6) JURADA (Libro #7) ENCONTRADA (Libro #8) RESUCITADA (Libro #9) ANSIADA (Libro #10) CONDENADA (Libro #11) OBSESIONADA (Libro #12) ¡Escucha la serie EL ANILLO DEL HECHICERO en su versión audiolibro! ¿Quieres libros gratis? Suscríbete a la lista de correo de Morgan Rice y recibe 4 libros gratis, 3 mapas gratis, 1 app gratis, 1 juego gratis, 1 novela gráfica gratis ¡y regalos exclusivos! Para suscribirte, visita: www.morganricebooks.com (http://www.morganricebooks.com) Derechos Reservados © 2016 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia. Imagen de la cubierta Derechos reservados Ivan Bliznetsov, utilizada bajo licencia de istock.com. ÍNDICE CAPÍTULO UNO (#uac3ff340-b37a-5f7e-aa7d-58b50113f644) CAPÍTULO DOS (#u201d0c1e-ecee-511d-9bf3-86d24bc292af) CAPÍTULO TRES (#uc7beb88a-f463-5ff5-9f8f-3173651c4d48) CAPÍTULO CUATRO (#u18495349-37cf-5e8d-9a9c-ea8fac5861d0) CAPÍTULO CINCO (#u192b6a40-b867-5375-be71-4053d783441f) CAPÍTULO SEIS (#udf8f909a-ec3d-5d3b-9ad8-d9a8f59e21d4) CAPÍTULO SIETE (#u1ab9490e-b9da-508e-a0b3-f6b2c59346f7) CAPÍTULO OCHO (#u93d0efce-d52a-5df3-ae08-dd194a410753) CAPÍTULO NUEVE (#u2bb151fe-cdc2-5cf4-9e72-f5959eef6450) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Thanos sentía un dolor en el estómago mientras su barco se balanceaba a través del mar y la corriente lo alejaba cada vez más de su hogar. Hacía días que no divisaban tierra. Estaba en la proa de la barca, observando el agua, aguardando el momento en el que finalmente divisaran algo. Solo se contenía de ordenar al capitán que diera media vuelta al barco al pensar en lo que podría haber más adelante, en quién podría haber más adelante. Ceres. Estaba allí, en algún lugar, y él la encontraría. “¿Está seguro de eso?” preguntó el capitán, acercándose a su lado. “No conozco a nadie que quiera ir de viaje a la Isla de los Prisioneros”. ¿Qué podía decir Thanos al respecto? ¿Que no lo sabía? ¿Que se sentía un poco como la barca, empujada hacia delante por los remos aunque el viento intentaba empujarla hacia atrás? Pero la necesidad de encontrar a Ceres superaba todo lo demás. Dirigía a Thanos, llenándolo de emoción ante la posibilidad de encontrarla. Había estado seguro de que había desaparecido, de que nunca la volvería a ver. Cuando escuchó que podría estar viva, el alivio lo abrumó, le hizo sentir que podía desplomarse. Pero no podía negar que los pensamientos sobre Estefanía también estaban allí y lo hacían mirar hacia atrás e incluso, por un instante fugaz, pensar en volver. Al fin y al cabo, era su esposa y él la había abandonado. Estaba embarazada de su hijo y él se había marchado. La había dejado allí en el muelle. ¿Qué clase de hombre hacía eso? “Intentó matarme”, recordó Thanos. “¿Cómo?” preguntó el capitán, y Thanos se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta. “Nada”, dijo Thanos. Suspiró. “La verdad es que no lo sé. Estoy buscando a alguien, y la Isla de los Prisioneros es el único lugar al que podría haber ido”. Sabía que el barco de Ceres se había hundido de camino a la isla. Si había sobrevivido, entonces tenía sentido que hubiera ido hasta allí, ¿verdad? Aquello también explicaba por qué Thanos no la había visto desde entonces. Si hubiera podido volver hacia él, Thanos pensaba que lo habría hecho. “Parece un peligro excesivamente grande que correr para no saberlo”, dijo el capitán. “Ella lo merece”, le aseguró Thanos. “Debe ser algo especial para ser mejor que Lady Estefanía”, dijo el contrabandista con una mirada maliciosa, que hizo que Thanos deseara darle un puñetazo. “Está hablando de mi esposa”, dijo Thanos, e incluso él reconoció el evidente problema que había con ello. No podía defenderla cuando él había sido el que la había dejado atrás, y cuando ella había sido la que había ordenado su muerte. Probablemente merecía todo lo que cualquiera dijera sobre ella. Ahora, deseaba convencerse de ello. Si sus pensamientos sobre Ceres no continuaran siendo interrumpidos por pensamientos sobre Estefanía, cómo había estado con él en los festines del castillo, cómo había sido en los momentos de tranquilidad, el aspecto que tenía la mañana después de la noche de bodas… “¿Está seguro de que puede llevarme a la Isla de los Prisioneros de manera segura?” preguntó Thanos. Nunca había estado allí, pero se suponía que la isla entera era como una fortaleza bien protegida, inexorable para aquellos a los que llevaban allí. “Oh, es muy fácil”, afirmó el capitán. “Pasamos por allí a veces. Los guardias venden algunos de los prisioneros que han explotado como esclavos. Los atan con cuerdas a palos en la orilla para que los veamos al acercarnos”. Thanos había decidido hacía tiempo que odiaba a aquel hombre. Pero lo escondía, pues el contrabandista era en aquel momento la única oportunidad que tenía de llegar a la isla y encontrar a Ceres. “Encontrarme con los guardias no es exactamente lo que quiero”, puntualizó. El otro hombre encogió los hombros. “Es muy sencillo. Nos acercamos, lo dejamos allí con una barca pequeña y sigue como si fuera una visita normal. Entonces nosotros lo esperaremos cerca de la costa. No mucho tiempo, recuerde. Si esperamos demasiado, podrían pensar que estamos haciendo algo sospechoso”. Thanos no tenía ninguna duda de que el contrabandista lo abandonaría si presentara alguna amenaza para su barco. Solo lo había llevado hasta allí la perspectiva de ganar dinero. Un hombre como aquel no comprendería el amor. Para él, probablemente era algo que alquilabas en los muelles por horas. Pero había llevado a Thanos hasta allí. Aquello era lo que importaba. “Piense que aunque encuentre a aquella mujer en la Isla de los Prisioneros”, dijo el capitán, “puede que no sea como usted la recuerda”. “Ceres siempre será Ceres”, insistió Thanos. Escuchó cómo el otro hombre resoplaba. “Es muy fácil decirlo, pero usted no sabe las cosas que hacen allí. Algunos de los que nos venden como esclavos, apenas son capaces de hacer algo por ellos mismos a no ser que se lo digamos”. “Y estoy seguro de que eso le encanta” respondió bruscamente Thanos. “No le gusto mucho, ¿verdad?” preguntó el capitán. Thanos ignoró la pregunta, mirando fijamente al mar. Ambos conocían la respuesta y, en aquel momento, tenía cosas mejores en las que pensar. Tenía que encontrar un modo de encontrar a Ceres, costara lo que… “¿Aquello es tierra?” preguntó, señalando con el dedo. Al principio, no era más que un punto en el horizonte, pero incluso así, parecía desalentador, rodeado de nubes y con olas agitadas. Al acercarse más, Thanos tenía la sensación de que un terror amenazante crecía en su interior. La isla se levantaba como una serie de picos de granito gris como los dientes de una gran bestia. En el punto más alto de la isla estaba situado un bastión, por encima de él, ardía constantemente un faro, como si quisiera advertir a todos los que pudieran venir allí. Thanos veía árboles a un lado de la isla, pero en su mayoría parecía estar vacía. Al acercarse todavía más, vio unas ventanas que parecían estar talladas directamente en la piedra de la isla, como si hubieran ahuecado toda la isla para hacer la prisión más grande. También vio playas de pizarra, con unos huesos blancos desteñidos sobresaliendo de ellas. Thanos escuchó chillidos, y se quedó pálido al ver que no podía distinguir si eran aves marinas o personas. Thanos deslizó su pequeña barca por la pizarra de la playa, e hizo un gesto de repulsión al ver esposas dispuestas allí bajo la línea de la marea. Su imaginación inmediatamente le dijo para qué eran: torturar y ejecutar a los prisioneros usando las olas que llegaban. Unos cuantos huesos abandonados en la orilla hablaban por sí solos. El capitán del barco de contrabando se giró hacia él y sonrió. “Bienvenido a la Isla de los Prisioneros”. CAPÍTULO DOS Para Estefanía, el mundo parecía inhóspito sin Thanos allí. Parecía frío, a pesar del calor del sol. Vacío, a pesar del bullicio de gente que había alrededor del castillo. Miraba fijamente a la ciudad, y tranquilamente podría haberle prendido fuego, pues no significaba nada. Lo único que podía hacer era sentarse al lado de las ventanas de sus aposentos, sintiéndose como si alguien le hubiera arrancado el corazón. Quizás alguien lo haría. A fin de cuentas, lo había arriesgado todo por Thanos. ¿Cuál era el castigo exacto por ayudar a un traidor? Estefanía conocía la respuesta a aquello, porque era la misma que a todo lo demás en el Imperio: lo que el rey decidiera. No dudaba mucho de que querría su muerte por ello. Una de sus doncellas le ofreció un reconfortante bálsamo de hierbas. Estefanía lo ignoró, incluso cuando la chica lo dejó sobre una pequeña mesa de piedra que había a su lado. “Mi señora”, dijo la chica. “Algunas de las demás… se preguntan.. ¿no deberíamos prepararnos para abandonar la ciudad?” “Abandonar la ciudad”, dijo Estefanía. Escuchó lo plana y estúpida que sonó su propia voz. “Es que… ¿no estamos en peligro? Con todo lo que ha sucedido… y todo lo que nos hizo hacer… para ayudar a Thanos”. “¡Thanos!” El nombre la sacó de golpe de su estupor por un instante, para seguirle la ira a continuación. Estefanía cogió el brebaje de hierbas. “¡No te atrevas a mencionar su nombre, estúpida! Fuera de aquí. ¡Fuera de aquí!” Estefanía lanzó la taza con su infusión humeante. Su doncella la esquivó, lo que ya fue irritante de por sí, pero el ruido de la taza al hacerse añicos lo superó con creces. El líquido marrón se derramó por la pared. Estefanía lo ignoró. “¡Que nadie me moleste!” exclamó a la chica. “O haré que te arranquen la piel por ello”. Estefanía necesitaba estar a solas con sus pensamientos, aunque fueran unos pensamientos tan oscuros que una parte de ella deseara tirarse desde el balcón de sus aposentos solo para acabar con todo aquello. Thanos se había ido. Con todo lo que ella había hecho, por todo lo que ella había trabajado y Thanos se había ido. Antes de él, ella nunca había creído en el amor; estaba convencida de que era una flaqueza que solo te abría las puertas al dolor, pero con él parecía valer la pena arriesgarse. Ahora, resultaba que ella estaba en lo cierto. El amor solo facilitaba las cosas al mundo para que te hiciera daño. Estefanía escuchó el ruido de la puerta al abrirse y se giró de nuevo, buscando algo más para lanzar. “¡Dije que no me molestaran!” gritó antes de ver quién era. “Esto no es ser muy agradecida”, dijo Lucio al entrar, “después de que mandé que te escoltaran hasta aquí con cuidado para asegurarme de que estarías a salvo”. Lucio iba vestido como un príncipe de cuento, con terciopelo blanco trabajado con motivos de oro y piedras preciosas. Llevaba su puñal en el cinturón, pero se había quitado la armadura dorada y la espada. Incluso su pelo parecía recién lavado, sin ninguna impureza de la ciudad. Para Estefanía, tenía más el aspecto de un hombre preparado para cantar canciones bajo la ventana que para organizar la defensa de la ciudad. “Escoltarme”, dijo Estefanía con una sonrisa tensa. “Es una buena palabra para eso”. “Me aseguré de que viajaras a salvo por las calles de nuestra ciudad rotas por la guerra”, dijo Lucio, “mis hombres se ocuparon de que no cayeras presa de los rebeldes, o de que no te secuestrara el asesino de tu marido. ¿Sabías que escapó?” Estefanía frunció el ceño. ¿A qué estaba jugando Lucio? “Por supuesto que lo sé”, contestó bruscamente Estefanía. Se puso de pie, pues no le gustaba que Lucio estuviera por encima de ella. “Yo estaba allí”. Vio que Lucio levantaba una ceja fingiendo sorpresa. “¿Por qué, Estefanía, estás confesando que jugaste algún papel en la fuga de tu marido? Porque ninguna de las pruebas apunta en esa dirección”. Estefanía lo miró guardando la compostura. “¿Qué hiciste?” “Yo no hice nada”, dijo Lucio, que evidentemente estaba disfrutando mucho de todo aquello. “De hecho, he estado buscando arduamente la verdad del asunto. Muy arduamente”. Lo que, para Lucio, significaba torturando a la gente. Estefanía no se oponía a la crueldad, pero desde luego no le producía el placer que le producía a él. Suspiró. “Déjate de jueguecitos. ¿Qué has hecho?” Lucio encogió los hombros. “He procurado que las cosas fueran como yo quería”, dijo. “Cuando hable con mi padre, le diré que Thanos mató a unos cuantos guardias al fugarse, mientras otro confesó ayudarle por afinidad con los rebeldes. Desgraciadamente, no vivió para contar su historia de nuevo. Tenía el corazón débil”. Era evidente que Lucio se había asegurado de que nadie que hubiera visto a Estefanía allí sobreviviera. Incluso Estefanía sentía repulsión por la crueldad de todo aquello, aunque por otra parte ya estaba calculando en qué contexto la dejaba para todo lo demás a ella. “Desgraciadamente, parece ser que una de tus doncellas se vio atrapada en la conspiración”, dijo Lucio. “Al parecer, Thanos la sedujo”. La ira estalló como un fogonazo dentro de Estefanía. “¡Son mis doncellas!” No solo era por pensar que hirieran a las mujeres que la habían servido con tanta lealtad, aunque aquello ya era suficientemente malo. Era el pensar que Lucio osara hacer daño a alguien que era obviamente suya. No era solo pensar que hicieran daño a una de las que la habían servido, ¡era el insulto que aquello representaba!” “Y de eso se trataba”, dijo Lucio. “Demasiada gente la había visto haciendo encargos para ti. Y cuando le ofrecí a la chica su vida a cambio de todo lo que supiera, se mostró muy servicial”. Estefanía apartó la mirada. “¿Por qué haces todo esto, Lucio? Podrías haberme dejado marchar con Thanos”. “Thanos no te merecía”, dijo Lucio. “En absoluto merecía ser feliz”. “¿Y por qué encubres mi papel en ello?” preguntó Estefanía. “Podrías haberte mantenido alejado y ver cómo me ejecutaban”. “Lo pensé”, confesó Lucio. “O al menos, pensé en preguntar al rey por ti cuando se lo contamos. Pero había muchas posibilidades de que te ejecutaran sin pensarlo dos veces, y no podíamos permitir eso”. Solo Lucio podía hablar de algo así tan abiertamente, o pensar que Estefanía era algo que podía pedir a su padre como si fuera una baratija preciosa. Solo pensar en ello le producía grima. “Pero entonces me pasó por la cabeza”, dijo Lucio, “que estoy disfrutando demasiado del juego entre nosotros para hacer algo así. De todas formas, no es así como te quiero. Quiero que seas mi igual, mi compañera. Verdaderamente mía”. Estefanía se dirigió hacia el balcón, sobre todo en busca de aire fresco. Desde tan cerca, el olor de Lucio era de una cara agua de rosas y perfumes claramente pensados para ocultar la sangre que había debajo de los sobreesfuerzos del resto del día. “¿Qué estás diciendo?” preguntó Estefanía, aunque ya se hacía bien la idea de qué podría querer Lucio de ella. Ella misma se había preocupado de descubrir todo lo que podía de los demás de la corte, incluidos los gustos de Lucio. Aunque quizás no había hecho un trabajo tan bueno. No se había dado cuenta de que Lucio había estado sonsacando a su red de confidentes y espías. Tampoco había averiguado las cosas que estaba haciendo Thanos, hasta que fue demasiado tarde. Pero no podía compararlos. Lucio no tenía ninguna moral ni nada que lo detuviera en absoluto, siempre estaba buscando nuevas maneras de hacer daño a los demás. Thanos era fuerte y tenía principios, era cariñoso y protector. Pero él había sido el que la había dejado. La había abandonado, sabiendo lo que pasaría después. Lucio alargó el brazo para coger su mano, agarrándola de una forma más suave de lo que se podría esperar normalmente de él. Aún así, Estefanía tuvo que luchar para reprimir el ansia de encogerse cuando levantó su mano para acercarla a los labios de él, para besarle la parte interior de la muñeca, justo donde el pulso latía. “Lucio”, dijo Estefanía, apartando la mano. “Soy una mujer casada”. “Rara vez pienso que eso sea un impedimento”, remarcó Lucio. “Y, para ser honesto, Estefanía, dudo que para ti lo fuera”. Entonces la furia de Estefanía estalló de nuevo. “No sabes nada sobre mí”. “Lo sé todo sobre ti”, dijo Lucio. “Y cuanto más veo, más sé que tú y yo somos perfectos el uno para el otro”. Estefanía se marchó, pero Lucio la siguió. Evidentemente. A él jamás lo rechazaban. “Piénsalo, Estefanía”, dijo Lucio. “Pensaba que tenías la cabeza hueca, pero después descubrí la tela de araña que habías tejido en Delos. ¿Sabes qué sentí entonces?” “¿Rabia por haber estado haciendo el tonto?” sugirió Estefanía. “Cuidado”, dijo Lucio. “No te gustaría que me enfadara contigo. No, sentí admiración. Antes pensaba que serías buena en la cama para una o dos noches. Después pensé que eras alguien que verdaderamente comprendía cómo funcionaba el mundo”. Oh, Estefanía lo comprendía, mejor que nadie a quien alguien como Lucio pudiera conocer. Él tenía su posición, que lo protegía de cualquier cosa con que se pudiera encontrar en el mundo. Estefanía solo tenía su inteligencia. “Y decidiste que seríamos la pareja perfecta”, dijo Estefanía. “Entonces dime, ¿qué pensabas hacer acerca de mi matrimonio con Thanos?” “Estas cosas se pueden dejar a un lado”, dijo Lucio, como si fuera tan sencillo como chasquear los dedos. “Después de lo que ha hecho, imaginaba que te alegrarías de liberarte de aquella ligadura”. Sería una ventaja que los sacerdotes se encargaran de ello, porque sino Estefanía corría el peligro de que los crímenes de Thanos mancharan su imagen. Siempre sería la mujer que estaba casada con el traidor, a pesar de que Lucio se había asegurado de que nadie la relacionara con los crímenes. “O, si no deseas eso”, dijo Lucio, “estoy seguro de que no costará mucho asegurar su deceso. Al fin y al cabo, tú casi lo conseguiste. Sin importar donde haya ido, se podría pensar en otro sicario. Podrías estar de luto durante un… tiempo razonable. Estoy seguro de que el negro te quedaría bien. Estás hermosa con todo lo demás”. Había algo en la mirada de Lucio que hacía que Estefanía se sintiera incómoda, como si intentara imaginar qué aspecto tendría sin llevar nada encima. Lo miró directamente a los ojos, intentando mantener un tono formal. “¿Y después qué?” exigió ella. “Y después te casas con un príncipe más apropiado”, dijo Lucio. “Piensa en todo lo que podríamos hacer juntos, con las cosas que tú sabes y las cosas que yo puedo hacer. Podríamos gobernar el Imperio juntos, y la rebelión jamás podría ni tocarnos. Debes admitirlo, seríamos una pareja encantadora”. Entonces Estefanía se rio. No pudo evitarlo. “No, Lucio. No lo seríamos, porque yo no siento nada por ti más allá del desprecio. Eres un matón, y peor, eres la razón por la que lo he perdido todo. ¿Por qué iba a considerar casarme contigo?” Observó que la expresión de Lucio se endurecía. “Yo podría conseguir que lo hicieras”, remarcó Lucio. “Podría hacerte hacer lo que quisiera. ¿No crees que todavía podría dar a conocer tu parte en la fuga de Thanos? Quizás me quedé con aquella doncella tuya, como seguro”. “¿Forzándome a casarme?” dijo Estefanía. ¿Qué clase de hombre haría eso? Lucio extendió las manos. “No eres tan diferente a mí, Estefanía. Conoces las reglas del juego. Tú no querrías a un estúpido que viniera a ti con flores y joyas. Además, aprenderías a quererme. Quisieras o no”. Volvió a alargar el brazo hacia ella, y Estefanía puso su mano sobre el pecho de él. “Tócame, y no saldrás de esta habitación con vida”. “¿Quieres que desvele tu parte ayudando a escapar a Thanos?” preguntó. “Olvidas tu propia parte”, dijo Estefanía. “A fin de cuentas, tú lo sabías todo. ¿Cómo reaccionaría el rey si se lo dijera?” En aquel momento esperaba rabia por parte de Lucio, quizás incluso violencia. En cambio, vio que sonreía. “Sabía que eras perfecta para mí”, dijo. Incluso en tu situación, encuentras el modo de contraatacar, y a la perfección. Juntos, no habrá nada que no podamos hacer. Sin embargo, sé que te llevará un tiempo darte cuenta de ello. Has pasado mucho”. Sonaba exactamente como lo haría un pretendiente preocupado, lo que hacía que Estefanía se fiara menos de él. “Piensa por un rato en todo lo que he dicho”, dijo Lucio. “Piensa en todo lo que podría ofrecerte un matrimonio conmigo. Sin duda, comparado con ser la mujer que estuvo casada con un traidor. Puede que todavía no me quieras, pero la gente como nosotros no toma decisiones basadas en este tipo de tonterías. Las tomamos porque somos superiores y reconocemos a los que son como nosotros solo con verlos”. Estefanía no era en absoluto como Lucio, pero sabía que era mejor no decirlo. Solo quería que se marchase. “Mientras tanto”, dijo Lucio al ver que no contestaba, “tengo un regalo para ti. Aquella doncella tuya pensó que lo necesitarías. Me contó todo tipo de cosas sobre ti mientras suplicaba por su vida”. Sacó un botellín de la pequeña bolsa que llevaba en el cinturón y lo dejó encima de la mesa que había al lado de la ventana. “Me habló de la razón por la que tuviste que irte corriendo del festival de la luna de sangre”, dijo Lucio. “De tu embarazo. Evidentemente nunca podría criar al hijo de Thanos. Bébete esto y no habrá ningún problema. En ningún sentido”. Estefanía deseaba arrojarle el botellín. Lo cogió para hacerlo, pero él ya había salido por la puerta. Se disponía a lanzárselo de todos modos, pero se detuvo, se sentó junto a la ventana y miró fijamente a través de ella. Estaba despejado, el sol brillaba a través de ella de un modo que hacía que pareciera más inocente de lo que era. Si bebía aquello, sería libre para casarse con Lucio, lo que era un pensamiento horrible. Pero que la situaría en una de las posiciones más poderosas dentro del Imperio. Si bebía aquello, el último resto de Thanos desaparecería. Estefanía estaba allí sentada, sin saber qué hacer y, lentamente, las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Quizás acabaría bebiéndoselo, después de todo. CAPÍTULO TRES Ceres luchaba desesperadamente por recuperar la conciencia, abriéndose camino entre los velos de oscuridad que la acorralaban, como una mujer que se está ahogando y agita brazos y piernas para salir del agua. Incluso ahora, podía escuchar los gritos de los que estaban muriendo. La emboscada. La batalla. Debía obligarse a despertar, o todo estaría perdido… Abrió los ojos de golpe y se levantó, dispuesta a continuar con la lucha. Al menos, lo intentaría. Algo le sujetaba las muñecas y los tobillos, reteniéndola. Finalmente el sueño desapareció y Ceres vio donde estaba. La rodeaban paredes de piedra, que trazaban una curva que apenas dejaba un espacio lo suficientemente grande para que Ceres se tumbara. No había cama, solo un suelo duro de piedra. Una pequeña ventana con barrotes dejaba entrar la luz. Ceres sentía el restrictivo peso del acero alrededor de sus muñecas y tobillos, y vio el pesado soporte donde las cadenas la conectaban a la pared, la gruesa puerta amarrada con bandas de hierro que la proclamaban prisionera. La cadena desaparecía a través de una ranura que había en la puerta, lo que sugería que podían tirar de ella desde fuera, directa hacia el soporte, hasta dejarla pegada a la pared. Ceres se llenó de ira al verse atrapada de aquella manera. Tiró del soporte, simplemente para intentar arrancarlo con la fuerza que sus poderes le concedían. No pasó nada. Era como si tuviera niebla dentro de su cabeza e intentara ver a través de ella hacia el paisaje que había más allá. La luz del recuerdo parecía abrirse camino a través de la niebla por aquí y por allí, pero era algo fragmentado. Recordaba las puertas de la ciudad abriéndose, los “rebeldes” haciéndoles señales con la mano para que entraran. Yendo al ataque, entregándolo todo en la que pensaban que sería la batalla clave para la ciudad. Ceres se desplomó hacia atrás. Se hizo daño y algunas de las heridas eran más profundas que las físicas. “Alguien nos traicionó”, dijo Ceres en voz baja. Habían estado a punto de alcanzar la victoria, y alguien lo había revelado todo. Por dinero, o miedo, o por la necesidad de poder, alguien había revelado todo por lo que habían estado trabajando y los había dirigido hacia una trampa. Entonces Ceres lo recordó. Recordó ver al sobrino de Lord West con una flecha sobresaliendo de su garganta, la mirada de impotencia e incredulidad que había asomado en su rostro antes de caer de la silla. Recordaba las flechas bloqueando el sol, las barricadas, el fuego. Los hombres de Lord West habían intentado disparar a los arqueros que los atacaban. Ceres había visto sus habilidades como arqueros a caballo durante su viaje a Delos, eran capaces de cazar con arcos pequeños y disparar a todo galope si era necesario. Al disparar sus primeras flechas como respuesta, Ceres incluso se había atrevido a tener esperanza, porque parecía que aquellos hombres serían capaces de superar cualquier cosa. Pero no lo hicieron. Con los arqueros de Lucio escondidos por los tejados, se habían encontrado en clara desventaja. En algún momento del caos, ollas de fuego se habían unido a las flechas, y Ceres había sentido el horror de ver que los hombres empezaban a arder. Solo Lucio podía haber usado el fuego como arma en su propia ciudad, sin importarle si las llamas se extendían a las casas de los alrededores. Ceres había visto a los caballos encabritarse, lanzando a los hombres que los montaban presos por el pánico. Ceres debería haberlos podido salvar. Había ido en busca del poder que había en su interior y solo encontró vacío, un oscuro hueco donde debería haber habido la fuerza y el poder dispuestos para destruir a sus enemigos. Incluso lo había buscado cuando su caballo corcoveó y la hizo caer… Ceres forzó a su mente a volver al presente, porque había algunos lugares de su memoria donde no quería detenerse. Aunque el presente no era mucho mejor, porque fuera Ceres escuchaba los gritos de un hombre que era obvio que estaba muriendo. Ceres se dirigió hacia la ventana, luchando hasta los límites que sus cadenas le permitían. Incluso aquello era un esfuerzo. Sentía como si algo la hubiera rastreado por dentro, eliminando toda fuerza que hubiera tenido. Parecía que apenas podía estar de pie, mucho menos librarse de las cadenas que la sujetaban. Consiguió llegar hasta allí, agarrándose a las barras como si pudiera arrancarlas. En realidad, casi era lo único que la sujetaba entonces. Cuando miró hacia el patio que había más allá de su nueva celda, le hizo falta aquel apoyo. Ceres vio allí a los hombres de Lord West, en fila ante una hilera de soldados. Algunos todavía llevaban lo que quedaba de su armadura aunque, en algunos casos, algunas piezas se habían roto o habían sido arrancadas y ninguno tenía sus armas. Tenían las manos atadas y muchos estaban de rodillas. Aquella visión era triste. Hablaba de su derrota más claramente de lo que cualquier otra cosa podría hacerlo. Ceres reconoció a otros de los que estaban allí, rebeldes, y ver aquellos rostros le trajo una reacción aún más visceral. Los hombres de Lord West habían venido con ella voluntariamente. Habían arriesgado sus vidas por ella, y Ceres se sentía responsable por ello, pero ella conocía a los hombres y mujeres que había allá abajo. Vio a Anka. Anka estaba atada en el centro de todo aquello, tenía los brazos atados detrás de ella con una correa a un palo, lo suficientemente altos para que no pudiera sentarse o arrodillarse para descansar. Una cuerda a la altura de la garganta amenazaba con empezar a ahogarla cada vez que se atreviera a descansar. Ceres vio sangre en su cara, que se había quedado allí con indiferencia, como si a ella no le importara en absoluto. Aquella visión fue suficiente para hacer que Ceres se sintiera mal. Ellos eran amigos, en algunos casos gente a la que Ceres hacía años que conocía. Algunos de ellos estaban heridos. Una ráfaga de ira recorrió a Ceres ante aquello, porque nadie estaba intentando ayudarlos. En cambio, estaban de rodillas o de pie, tal y como hacían los soldados. Entonces estaba la visión de las cosas que estaban allí a la espera. Ceres no sabía para qué eran muchas de ellas, pero a partir de las demás lo podía imaginar. Había palos para ensartar y bloques para decapitar, horcas y braseros con hierros calientes. Y más. Tanto que Ceres apenas podía ni empezar a entender la mente que podía decidir hacer todo aquello. Entonces vio que Lucio estaba entre ellos, y lo supo. Aquello era culpa suya y, de alguna manera, culpa de ella. Si hubiera sido más rápida para cazarlo cuando él lanzó su reto. Si hubiera encontrado alguna forma de matarlo antes de aquello. Lucio estaba encima del soldado que estaba gritando, haciendo girar una espada que tenía clavada hasta provocarle un nuevo sonido de agonía. Ceres vio una pequeña multitud de torturadores y verdugos con capuchas negras a su alrededor, que observaban como si estuvieran tomando nota, o posiblemente solo apreciando a alguien con un retorcido don para su profesión. Ceres deseaba poder ir hasta allí y matarlos a todos. Lucio alzó la vista y Ceres notó el instante en que sus ojos se encontraron con los de ella. Era algo parecido al tipo de cosas sobre las que cantaban los poetas, cuando las miradas de los amantes se cruzaban en una habitación, solo que en ambos lados solo había odio. En aquel instante, Ceres hubiera matado a Lucio como hubiera podido, y veía lo que Lucio le tenía guardado. Vio que su sonrisa se extendía lentamente por su rostro, y le dio un último giro a la espada, con la mirada todavía puesta en Ceres, antes de ponerse derecho y secarse distraídamente sus manos ensangrentadas en un trozo de tela. Estaba de pie como un actor que está a punto de soltar un discurso a un público que espera. Para Ceres, simplemente parecía un asesino. “Todo hombre y mujer que hay aquí es un traidor”, manifestó Lucio. “Pero creo que todos sabemos que no es culpa vuestra. Habéis sido engañados. Corrompidos por otros. Corrompidos por una en particular”. Ceres vio que lanzaba otra mirada en su dirección. “Por eso voy a ofrecer clemencia a los mediocres que estéis aquí. Arrastraos hasta mí. Suplicad que os esclavice y se os permitirá vivir. El Imperio siempre necesita más burros de carga”. Nadie se movió. Ceres no sabía si sentirse orgullosa o gritarles para que aceptaran la oferta. Al fin y al cabo, tenían que saber lo que les venía encima. “¿No?” dijo Lucio, con un toque de sorpresa en su tono. Ceres pensó que, quizás, él verdaderamente esperaba que todos se entregaran por propia voluntad a la esclavitud para salvar sus vidas. Quizás él no comprendía de qué iba la rebelión, o que había algunas cosas peores que la muerte. “¿Nadie?” Ceres vio que la pretensión de sosegado control desaparecía entonces de él como una máscara, dejando al descubierto lo que había debajo. “¡Esto es lo que sucede cuando los estúpidos como vosotros empiezan a escuchar a la escoria que os quiere engañar!” dijo Lucio. “¡Olvidáis cuál es vuestro lugar! ¡Olvidáis que hay consecuencias para todo lo que vosotros, los campesinos, hacéis! Bien, os voy a recordar que hay consecuencias. Vais a morir, hasta el último de vosotros, y lo haréis en modos sobre los que la gente hablará cada vez que piensen en traicionar a sus superiores. Y, para asegurarme de ello, voy a traer aquí a vuestras familias para que miren. ¡Voy a quemar sus míseras chozas para hacerlos salir y voy a hacer que presten atención mientras vosotros gritáis!” También lo haría; Ceres no tenía ninguna duda de ello. Vio que señalaba a uno de los soldados, y a continuación a uno de los aparatos que estaban a la espera. “Empezad con este. Empezad con cualquiera de ellos. Solo aseguraos de que todos sufren antes de morir”. Señaló con el dedo hacia la celda de Ceres. “Y aseguraos de que ella es la última. Haced que vea morir hasta al último de ellos. Quiero que esto la vuelva loca. Quiero que comprenda simplemente lo inútil que es realmente, sin importar toda la sangre de los Antiguos de la que presume ante sus hombres”. Entonces Ceres se echó hacia atrás y se apartó de las barras, pero debía haber hombres esperando al otro lado de la puerta, porque las cadenas de sus muñecas y tobillos se tensaron, arrastrándola hasta la pared y tumbándola de tal modo que no podía moverse ni unos milímetros en ninguna dirección. En absoluto podía apartar la mirada de la ventana, a través de la que vio a uno de los verdugos comprobando si un hacha estaba afilada. “No”, dijo, intentando llenarse de una seguridad que en aquel momento no sentía. “No, no dejaré que esto suceda. Encontraré la manera de pararlo”. Entonces no se limitó a buscar su poder en su interior. Se sumergió en el lugar donde normalmente hubiera encontrado la energía que la estaba esperando. Ceres se obligó a perseguir el estado mental que había aprendido del Pueblo del Bosque. Fue en busca del poder que había ganado con la misma seguridad que si estuviera persiguiendo a un animal escondido. Pero continuaba tan esquivo como si lo fuera. Ceres probó todo lo que se le ocurría. Intentó calmarse. Intentó recordar las sensaciones que había tenido antes de usar su poder. Intentó forzarlo para que fluyera a través de ella con el esfuerzo de la voluntad. A la desesperada, Ceres incluso intentó rogárselo, convencerlo como si realmente fuera un ser separado, más que un simple fragmento de ella. Nada de aquello funcionó, y Ceres se lanzó contra las cadenas que la sujetaban. Sintió que se clavaban en sus muñecas y tobillos mientras se lanzaba hacia delante, pero no pudo ganar más espacio que la distancia de un brazo. Ceres debería haber sido capaz de romper el acero con facilidad. Debería haber sido capaz de liberarse y salvar a todos los que estaban allí. Debería, pero en aquel instante no podía, y lo peor es que ni tan solo sabía por qué. ¿Por qué los poderes que tanto había usado ya la abandonaban tan de repente? ¿Por qué había llegado a esto? ¿Por qué no podía hacerle hacer lo que ella quería? Ceres notó que unas lágrimas tocaban el filo de sus ojos mientras ella luchaba desesperadamente por poder hacer algo. Por poder ayudar. Fuera empezaron las ejecuciones y Ceres no pudo hacer nada por detenerlas. Lo que era peor, sabía que cuando Lucio acabara con los que había allí fuera, a continuación le tocaría a ella. CAPÍTULO CUATRO Sartes despertó, dispuesto a luchar. Intentó ponerse de pie, renegó al no poder y una figura de aspecto duro que estaba delante de él lo empujó con su bota. “¿Crees que tienes espacio para moverte aquí?” dijo bruscamente. El hombre llevaba la cabeza afeitada y tenía tatuajes, le faltaba un dedo por alguna que otra pelea. Hubo un tiempo en el que Sartes seguramente se hubiera estremecido por el miedo al ver a un hombre así. Pero esto era antes del ejército y la rebelión que le había seguido. Era antes de ver el aspecto real que tenía el mal. Allí había otros hombres, embutidos en un espacio con las paredes de madera, con la única luz que entraba de unas pocas grietas. Fue suficiente para que Sartes pudiera ver y lo que vio distaba mucho de ser esperanzador. El hombre que había delante de él era el que tenía un aspecto menos duro de los que había allí, y solo la cantidad de ellos bastó para que, por un instante, Sartes sintiera miedo, y no solo por lo que pudieran hacerle a él. ¿Qué se podía esperar si estaba atrapado en un espacio con hombres como aquellos? Tuvo la sensación de que estaban en movimiento, y Sartes se arriesgó a dar la espalda a la multitud de matones para poder mirar a través de una de las grietas de las paredes de madera. Fuera, vio que pasaban por un paisaje polvoriento y rocoso. No reconocía la zona, pero ¿a qué distancia podían estar de Delos? “Una carreta”, dijo. “Estamos en una carreta”. “Escuchad al chico”, dijo el hombre de la cabeza afeitada. Representó una escandalosa aproximación de la voz de Sartes, alejada de ser en absoluto reconocida. “Estamos en una carreta. El chico es un verdadero genio. Bueno, genio, ¿y si cierras la boca? Sería una pena que continuáramos nuestro viaje hacia las canteras de alquitrán sin ti”. “¿Las canteras de alquitrán? dijo Sartes y vio que una ráfaga de ira cruzaba el rostro del otro hombre. “Creo que te dije que te callaras”, dijo bruscamente el matón. “Quizás si hago que te tragues unos cuantos dientes de una patada, lo recordarás”. Otro hombre se desperezó. El espacio limitado apenas parecía suficiente para albergarlo. “Al único que oigo hablar aquí es a ti. ¿Por qué no cerráis los dos el pico?” La rapidez con que lo hizo el hombre de la cabeza afeitada le dijo mucho a Sartes de lo peligroso que era aquel otro hombre. Sartes dudaba de que pudiera encontrar algún amigo en un momento así, pero del ejército sabía que los hombres así no tenían ningún amigo: tenían parásitos y tenían víctimas. Era difícil mantenerse en silencio ahora que sabía hacia donde se dirigían. Las canteras de alquitrán eran uno de los peores castigos que tenía el Imperio; tan peligroso y desagradable que aquellos a los que enviaban allí tenían suerte si sobrevivían un año. Eran lugares calurosos, mortales, donde se podían ver los huesos de dragones muertos sobresaliendo del suelo, y los guardias ni siquiera se lo pensaban cuando arrojaban a un prisionero enfermo o a punto de desmayarse en el alquitrán. Sartes intentaba recordar cómo había llegado allí. Había estado explorando para la rebelión, intentando encontrar una puerta que permitiera entrar a Ceres a la ciudad con los hombres de Lord West. La había encontrado. Sartes recordaba el júbilo que sintió entonces, porque era perfecta. Había vuelto corriendo para intentar contárselo a los demás. Estaba muy cerca cuando aquel tipo oculto con una capa lo agarró; tan cerca que casi podía sentir que tocaba la entrada del escondite de la rebelión si estiraba el brazo. Se había sentido como si estuviera por fin a salvo, y se lo habían arrebatado. “Lady Estefanía le manda saludos”. Las palabras resonaban en la memoria de Sartes. Habían sido las últimas palabras que escuchó antes de que lo golpearan hasta dejarlo inconsciente. A la vez le estaban diciendo quién hacía aquello y qué había fracasado. Le habían dejado tenerlo muy cerca para después quitárselo. Había dejado a Ceres y a los demás sin la información que Sartes había conseguido encontrar. Estaba preocupado por su hermana, por su padre, por Anka, y por la rebelión, sin saber qué sucedería sin la puerta que él había logrado encontrar para ellos. ¿Conseguirían entrar en la ciudad sin su ayuda? Lo habían conseguido, se corrigió Sartes, porque entonces, de un modo u otro, ya estaría hecho. Habrían encontrado otra puerta, o un camino alternativo para entrar en la ciudad, ¿verdad? Seguro que sí, porque ¿cuál era la alternativa? Sartes no quería pensar en ello, pero era imposible evitarlo. La alternativa era que podrían haber fracasado. En el mejor de los casos, puede ser que pensaran que no podrían entrar sin tomar una puerta, y quedaran atrapados allí mientras el ejército avanzaba. En el peor de los casos… en el peor de los casos, puede que ya estuvieran muertos. Sartes negó con la cabeza. No iba a creer aquello. No podía. Ceres encontraría el modo de superar todo aquello, y ganar. Anka era más ingeniosa que cualquier persona que jamás hubiera conocido. Su padre era fuerte y firme, mientras que los otros rebeldes tenían la determinación que les daba el saber que su causa era honrada. Encontrarían la manera de vencer. Sartes debía pensar que lo que le estaba sucediendo a él también era temporal. Los rebeldes ganarían, lo que significaba que capturarían a Estefanía y ella les contaría lo que había hecho. Irían a por él, como su padre y Anka hicieron cuando se había quedado atrapado en el campamento del ejército. Pero a qué lugar tendrían que venir. Sartes echó un vistazo mientras la carreta avanzaba dando tumbos a través del paisaje, y vio que la llanura daba paso a canteras y a un entorno rocoso, a charcos burbujeantes de oscuridad y calor. Incluso desde donde él estaba, sentía el olor penetrante y amargo del alquitrán. Había gente allí, trabajando en filas. Sartes vio que estaban encadenados por parejas mientras excavaban el alquitrán con cubos y lo recogían para que otros pudieran usarlo. Vio que los guardias estaban encima de ellos con látigos y, mientras Sartes miraba, un hombre se desplomó a causa de la paliza que estaba recibiendo. Los guardias le quitaron la cadena y de una patada lo arrojaron al hoyo de alquitrán más cercano. El alquitrán tardó un buen rato en tragarse sus gritos. Entonces Sartes quiso apartar la vista, pero no pudo. No podía desviar la mirada de todo aquel horror. De las jaulas que había al aire libre y que evidentemente eran las casas de los prisioneros. De los guardias que los trataban como si fueran poco más que animales. Observó hasta que la carreta se detuvo de forma abrupta, y los soldados la abrieron con armas en una mano y cadenas en la otra. “Prisioneros fuera”, gritó uno. “¡Fuera, o prenderé fuego a la carreta con vosotros dentro, escoria!” Arrastrando los pies, Sartes salió a la luz con los demás, y ahora pudo internalizar aquel horror por completo. Los gases de aquel lugar eran casi abrumadores. Las canteras de alquitrán que los rodeaban burbujeaban con unas combinaciones extrañas e impredecibles. Mientras Sartes estaba mirando, un trozo de tierra que estaba cerca de una de las canteras cedió y cayó dentro del alquitrán. “Estas son las canteras de alquitrán”, anunció el soldado que había hablado. “No os molestéis en acostumbraros a ellas. Habréis muerto mucho antes de que esto suceda”. Lo peor, intuía Sartes mientras le colocaban un grillete en el tobillo, era que era posible que tuviera razón. CAPÍTULO CINCO Thanos deslizó su pequeña barca por la pizarra de la playa, apartando la vista de los grilletes que estaban allí colocados bajo la línea de la marea. Se dirigió hacia la playa, sintiéndose expuesto a cada paso que daba sobre la roca gris del lugar. Sería demasiado fácil que lo vieran allí, e indudablemente Thanos no quería ser visto en un lugar como aquel. Subió con dificultad por un camino y se detuvo, sintiendo rabia e indignación a la vez al ver lo que había a lo largo de cada lado del camino. Allí había artefactos, horcas y pinchos, ruedas y patíbulos, evidentemente todos destinados a dar una muerte desagradable a aquellos que estaban allí dentro. Thanos había oído hablar de la Isla de los Prisioneros, pero aún así, lo perverso de aquel lugar hacía que deseara eliminarlo. Continuó subiendo por el camino, pensando en lo que supondría para cualquier persona que la llevaran allí, acorralado por paredes rocosas y sabiendo que lo único que le aguardaba era la muerte. ¿Realmente Ceres había terminado en aquel lugar? Solo pensar en ello, hacía que a Thanos se le encogiera el estómago. Más adelante, Thanos escuchaba aullidos, gritos y lloros que tanto podían proceder de un animal como de un humano. Había algo en aquel ruido que lo paralizaba, su cuerpo le decía que estuviera preparado para la violencia. Se apartó a toda prisa del camino y sacó la cabeza por encima del nivel de las piedras que le obstruían la visión. Lo que vio más allá le hizo fijar la mirada. Un hombre estaba corriendo, sus pies descalzos dejaban manchas de sangre sobre el suelo de piedra. La ropa que llevaba estaba rasgada y rota, una manga le colgaba del hombro, un gran jirón en la espalda mostraba la herida que había debajo. Tenía el pelo despeinado y la barba todavía más. Solo el hecho de que su ropa era de seda daba a entender que no había vivido en estado salvaje toda su vida. El hombre que lo perseguía, de todos modos, parecía todavía más salvaje y había algo en él que hacía sentir a Thanos como la presa de un gran animal con solo mirarlo. Llevaba una mezcla de pieles que parecía que hubiera robado de una docena de sitios diferentes, y tenía el rostro manchado de barro con un dibujo que hacía sospechar a Thanos que estuviera pensado para permitirle camuflarse en el bosque. Llevaba un garrote y un puñal corto, y los alaridos que emitía mientras perseguía al otro hombre hacían que a Thanos se le erizara el vello. Por instinto, Thanos fue hacia delante. No podía quedarse quieto y ver cómo asesinaban a alguien, incluso aquí, donde todos habían sido enviados por cometer algún crimen. Fue a toda prisa por la cuesta, y bajó a toda velocidad hacia un lugar donde los dos pasarían corriendo. El primero de los hombres lo esquivó. El segundo se detuvo mostrando sus dientes afilados al sonreír. “Parece que hay alguien más a quien cazar”, dijo, y se lanzó sobre Thanos. Thanos reaccionó con la velocidad que le permitía un largo entrenamiento, moviéndose para evitar el primer golpe de cuchillo. El garrote le alcanzó el hombro, pero ignoró el dolor. Giró el puño de forma brusca y rápida, sintiendo el impacto al tocar la mandíbula del otro hombre. El hombre salvaje cayó, inconsciente, antes de tocar el suelo. Thanos echó un vistazo alrededor, y vio que el primer hombre lo estaba mirando fijamente. “No te preocupes”, dijo Thanos, “no te haré daño. Me llamo Thanos”. “Herek”, dijo el otro hombre. Para Thanos, su voz sonaba oxidada, como si no hubiera hablado con nadie durante mucho tiempo. “Yo…” Se escuchó otra voz procedente de atrás, de la zona arbolada de la isla. Esta parecía ser el conjunto de muchas voces unidas en algo que incluso Thanos pensó que era aterrador. “Rápido, por aquí”. El otro hombre agarró a Thanos por el brazo y tiró de él hasta llevarlo a una serie de rocas más grandes. Thanos lo siguió, se agachó en un sitio en el que no podía ser visto desde el camino principal, pero desde donde todavía podían detectar las señales de peligro. Thanos sentía el miedo del otro hombre mientras estaban agachados, e intentaba estar lo más tranquilo posible. Thanos deseaba haber cogido el cuchillo del hombre que había derribado, pero ahora ya era demasiado tarde para ello. En cambio, solo podía quedarse allí mientras esperaban que otros cazadores bajaran al lugar donde ellos habían estado. Vio que se acercaban en grupo, y no había dos iguales. Todos llevaban armas que evidentemente habían hecho con lo que tenían a mano, mientras que los que aún llevaban algo más que simples trozos de ropa vestían una extraña mezcla de cosas que era obvio que habían sido robadas. Allí había hombres y mujeres, que parecían hambrientos y peligrosos, medio muertos de hambre y violentos. Thanos vio que una de las mujeres daba un golpe con el pie al hombre que estaba inconsciente. Sintió escalofríos por el miedo, porque si el hombre despertaba, podría contarles a los demás lo que había sucedido y aquello haría que se pusieran a buscar. Pero no despertó, pues la mujer se arrodilló y le cortó el cuello. Thanos se puso tenso ante aquello. Herek, que estaba a su lado, le puso una mano sobre el brazo. “Los Abandonados no tienen tiempo para flaquezas de ningún tipo”, susurró. “Asedian a todo el que pueden, porque los que hay en la fortaleza no les dan nada”. “¿Son prisioneros?” preguntó Thanos. “Aquí todos somos prisioneros”, respondió Herek. “Incluso los guardias son simples prisioneros que llegaron arriba del todo, y que disfrutan de la crueldad lo suficiente para hacer el trabajo del Imperio. Pero tú no eres un prisionero, ¿verdad? No tienes el aspecto de alguien que ha pasado por la fortaleza”. “No lo soy”, confesó Thanos. “Este lugar… ¿esto lo hacen unos prisioneros a otros prisioneros?” Lo peor era que podía imaginarlo. Era el tipo de cosa que el rey, su padre, podía pensar. Poner prisioneros en una especie de infierno y darles la oportunidad de evitar más dolor solo si eran ellos los que lo provocaban. “Los Abandonados son los peores”, dijo Herek. “Si los prisioneros no se rinden, se enojan muchísimo o se ponen muy tozudos, si no trabajan o contraatacan demasiado, los arrojan aquí sin nada. Los carceleros los persiguen. La mayoría suplican que los devuelvan”. Thanos no quería pensar en aquello, pero debía hacerlo, porque Ceres podía estar allí. Seguía con la mirada al grupo de prisioneros salvajes mientras continuaba susurrando a Herek. “Estoy buscando a alguien”, dijo Thanos. “Podrían haberla traído aquí. Se llama Ceres. Luchó en el Stade”. “La princesa combatiente”, respondió Herek con un susurro. “La vi luchar en el Stade. Pero no, si la hubieran traído aquí, lo hubiera sabido. Les gusta hacer desfilar a los recién llegados delante nuestro, para que vean lo que les espera. Me acordaría de ella”. El corazón de Thanos se hundió como una piedra lanzada en un estanque. él había estado muy seguro de que Ceres estaría aquí. Había puesto todo su empeño en llegar aquí, solo porque era la única pista que tenía de su paradero. Si no estaba allí… ¿dónde podía haber ido? La esperanza que tenía había empezado a irse gota a gota, con tanta certeza como que había sangre en los pies de Herek, donde las piedras se los habían cortado. La sangre que los Abandonados estaban mirando con atención en ese preciso instante, siguiendo su rastro… “¡Corre!” exclamó Thanos, la prisa venció a su sufrimiento mientras arrastraba a Herek con él. Fue con dificultad por el suelo de piedras roto, en dirección a la fortaleza simplemente porque imaginaba que los que los perseguían no querrían ir en esa dirección. Sin embargo, los siguieron y Thanos tuvo que arrastrar a Herek para que continuara corriendo. Una lanza pasó rápidamente cerca de su cabeza y Thanos se encogió, pero no se detuvo. Echó una mirada hacia atrás y vio que las delgadas siluetas de los prisioneros se estaban acercando, que iban a por ellos como si fueran una manada de lobos. Thanos sabía que debía dar la vuelta y luchar, pero no tenía armas. Como mucho, podía coger alguna piedra. Unas figuras con pieles oscuras y cotas de malla salieron de detrás de unas rocas que había más adelante, sosteniendo unos arcos. Thanos reaccionó instintivamente y tiró a Herek, junto con él, al suelo. Las flechas pasaron volando por encima de sus cabezas, y Thanos vio que un grupo de prisioneros salvajes caían como maíz cortado. Uno dio la vuelta para escapar, y una flecha le alcanzó en la espalda. Thanos se puso de pie y tres hombres se acercaron a ellos caminando. El que iba delante tenía el pelo canoso y era flaco, se colocó el arco en la espalda al acercarse y sacó un cuchillo largo. “¿Eres el príncipe Thanos?” preguntó mientras se acercaba. En aquel instante, Thanos supo que lo habían traicionado. El capitán contrabandista había revelado su presencia, ya fuera a cambio de oro o simplemente para evitar problemas. Hizo un esfuerzo por mantenerse erguido. “Sí, soy Thanos”, dijo. “¿Y tú quién eres?” “Yo soy Elsio, el carcelero de este lugar. Antes me llamaban Elsio el Carnicero. Elsio el Asesino. Ahora aquellos a los que mato merecen ese destino”. Thanos había oído hablar de aquel nombre. Era un hombre que aquellos niños con los que había crecido usaban para asustarse entre ellos, el de un noble que había matado y matado hasta el punto que incluso el Imperio pensaba que era demasiado cruel para estar libre. Inventaban historias sobre las cosas que había hecho a aquellos que atrapaba. Por lo menos, Thanos esperaba que fueran inventadas. “¿Vas a intentar matarme ahora?” Thanos intentó sonar desafiante, aunque no tenía armas. “Oh no, mi príncipe, tengo planes mucho mejores para usted. Sin embargo, su compañero…” Thanos vio que Herek intentaba ponerse de pie, pero no fue lo suficientemente rápido. El líder se acercó y lo apuñaló con una rápida eficiencia, la espada salía y entraba una y otra vez del hombre. Sujetó a Herek, como para evitar que muriera antes de que él hubiera acabado. Finalmente, dejó caer el cadáver del prisionero. Cuando miró a Thanos, su cara era un rictus que apenas tenía nada de humano. “¿Qué se siente, Príncipe Thanos, al convertirse en prisionero?”, preguntó. CAPÍTULO SEIS A Lucio le encantaba el olor de las casas ardiendo. Había algo reconfortante en ello, algo que hacía crecer en él la emoción ante todo lo que estaba por llegar. “Esperémoslos”, dijo, desde encima de su gran caballo de guerra. A su alrededor, sus hombres estaban esparcidos rodeando las casas que estaban quemando. En realidad, apenas eran casas, solo chozas de campesinos tan pobres que no valía la pena ni saquearlas. Quizás después buscarían entre las cenizas. Pero, de momento, tocaba divertirse. Lucio vio un destello de movimiento cuando las primeras personas salían gritando de sus casas. Señaló con su mano cubierta con un guantelete, la luz del sol caía sobre el oro de su armadura. “¡Allí!” Dio un golpe con el talón a su caballo para que corriera, levantó una lanza y la arrojó hacia una de las figuras que escapaban. A su lado, sus hombres atrapaban a hombres y mujeres, les daban hachazos y los mataban, solo los dejaban vivir de vez en cuando, cuando parecía evidente que valdrían más en los mercados de esclavos. Lucio había descubierto que quemar una aldea era un arte. Era importante no limitarse a entrar como una tromba a ciegas y prenderle fuego a todo. Eso era lo que hacían los aficionados. Entrar a toda prisa sin preparación, y la gente simplemente escapaba. Si quemaban las cosas en el orden equivocado, cabía la posibilidad de que se olvidaran los objetos de valor. Si dejaban demasiadas rutas de escape, las filas de esclavos serían más cortas de lo que deberían ser. La clave estaba en la preparación. Había hecho que sus hombres se colocaran formando un cordón fuera de la aldea justo antes de que él entrara luciendo su, oh, visible armadura. Algunos campesinos habían escapado tan solo verlo, y a Lucio aquello le había encantado. Estaba bien que le temieran. A él le tocaba que lo hicieran. Ahora estaban en la siguiente fase, en la que quemaban algunas de las casas menos valiosas. Evidentemente, desde arriba, arrojando antorchas al techo de paja. La gente no podía correr si quemabas sus escondites a ras del suelo y, si no corrían, no había diversión. Más tarde, habría más saqueo tradicional, seguido de tortura para aquellos que eran sospechosos de simpatizar con los rebeldes, o que simplemente podrían estar escondiendo objetos de valor. Y después, por supuesto, las ejecuciones. Lucio sonreía al pensarlo. Normalmente, solo daba ejemplos. Sin embargo, hoy iba a ser más… exhaustivo. Pensaba en Estefanía mientras atravesaba a caballo la aldea, desenfundando su espada para dar hachazos a diestro y siniestro. Normalmente, no hubiera reaccionado bien ante alguien que lo rechazara del modo en que ella lo hizo. Si alguna de las mujeres jóvenes de la aldea lo intentaba, Lucio probablemente haría que les arrancaran la piel vivas, más que simplemente llevarlas a las canteras de esclavos. Pero Estefanía era diferente. No solo porque era hermosa y elegante. Cuando pensaba que no era más que eso, tan solo pensaba en la idea de meterla en cintura como si se tratara de una espectacular mascota. Ahora que había resultado ser más que eso, Lucio vio que sus sentimientos estaban cambiando, se estaban convirtiendo en algo más. No era tan solo el ornamento perfecto para un futuro rey; era alguien que comprendía cómo funcionaba el mundo, y que estaba preparada para conspirar con tal de conseguir lo que quería. Esto era por lo que, en gran medida, Lucio la había dejado marchar; disfrutaba mucho del juego que había entre ellos. La había puesto contra las cuerdas y ella había deseado hundirlo junto con ella. Se preguntaba cuál sería su próxima jugada. Despertó de sus pensamientos al ver que dos de sus hombres estaban reteniendo a una familia a punta de espada: un hombre gordo, una mujer mayor y tres niños. “¿Por qué respiran todavía?” preguntó Lucio. “Su alteza”, suplicó el hombre, “por favor. Mi familia siempre hemos sido los súbditos más leales a su padre. No tenemos nada que ver con la rebelión”. “¿Así que está diciendo que me equivoco?” preguntó Lucio. “Somos leales, su alteza. Por favor”. Lucio inclinó la cabeza a un lado. “Muy bien, en vista de vuestra lealtad, seré generoso. Dejaré que viva uno de vuestros hijos. Incluso dejaré que escojáis cuál. De hecho, os lo ordeno”. “P-pero… no podemos escoger entre nuestros hijos”, dijo el hombre. Lucio se dirigió a sus hombres. “¿Lo veis?” Aunque se lo ordene, no obedecen. Matadlos a todos y no me hagáis perder más el tiempo de este modo. Todos los que están en este aldea deben ser asesinados o puestos en filas de esclavos. No hagáis que tenga que repetirlo. Se dirigió cabalgando hacia donde vio más edificios en llamas mientras se empezaban a oír gritos tras él. Realmente, aquella estaba resultando una hermosa mañana. CAPÍTULO SIETE “¡Trabajad más rápido, pandilla de vagos!” gritó el guardia, y Sartes hizo un gesto de dolor por el escozor del látigo en su espalda. Si hubiera podido, hubiera dado la vuelta y se hubiera enfrentado al guardia, pero sin un arma, era suicida. En lugar de un arma, tenía un cubo. Estaba encadenado a otro prisionero, debía recoger el alquitrán y verterlo en grandes barriles para llevárselo de las canteras, donde se pudiese usar para sellar barcos y tejados, forrar los adoquines más lisos y para impermeabilizar las paredes. Era un trabajo duro, y tener que hacerlo encadenado a otra persona lo hacía más complicado. El chico al que estaba encadenado no era más grande que Sartes y se veía mucho más delgado. Sartes todavía no sabía su nombre, porque los guardias castigaban a todo el que hablaba demasiado. Sartes pensó que probablemente pensarían que estaban tramando una revuelta. Viendo a algunos de los hombres que había a su alrededor, quizás tenían razón. Las canteras de alquitrán eran un lugar al que se mandaba a las peores personas de Delos y eso se notaba. Peleaban por la comida, o simplemente para ver quién era el más duro, aunque ninguno de ellos duraba mucho tiempo. Siempre que los guardias vigilaban, los hombres agachaban sus cabezas. A los que no lo hacían rápidamente, los azotaban o los arrojaban al alquitrán. El chico que estaba hora encadenado a Sartes no parecía tener nada en común con muchos de los otros que estaban allí. Era delgado como un palo y larguirucho, parecía que podía romperse por el esfuerzo de arrastrar alquitrán. Tenía la piel sucia por ello y cubierta de quemaduras donde el alquitrán la había tocado. Una nube de gas salió descontrolada del hoyo. Sartes consiguió aguantar la respiración, pero su compañero no tuvo tanta suerte. Empezó a escupir y toser, y Sartes notó el tirón en la cadena mientras se tambaleaba antes de ver que empezaba a caer. Sartes no tuvo ni que pensarlo. Tiró su cubo y se lanzó hacia delante con la esperanza de ser lo suficientemente rápido. Sintió que sus dedos se cerraban alrededor del brazo del chico, tan delgado que los dedos de Sartes lo rodeaban por completo como si fueran un segundo grillete. El chico cayó hacia el alquitrán y Sartes lo apartó de él de un tirón. Sartes sintió la temperatura que había allí y estuvo a punto de retroceder al sentir que le ardía la piel. Pero en cambio, siguió sujetando al otro chico, sin soltarlo hasta que consiguió dejarlo en suelo firme. El chico tosía y balbuceaba, pero parecía estar intentando formar palabras. “Ya está”, le aseguró Sartes. “Estás bien. No intentes hablar”. “Gracias”, dijo. “Ayúdame… a… levantarme. Los guardias…” “¿Qué pasa por ahí?” vociferó un guardia, enfatizándolo con un golpe de látigo que hizo gritar a Sartes. “¿Por qué estáis haciendo el vago?” “Fue por los gases”, dijo Sartes. “Por un instante lo debilitaron”. Esto le valió otro azote. Entonces Sartes deseaba tener un arma. Algo con lo que pudiera contraatacar, pero tan solo tenía su cubo, y había demasiados guardias para aquello. Desde luego, Ceres probablemente hubiera encontrado un modo de luchar contra todos con él, y pensar en ello le hizo sonreír. “Cuando quiera que hables, te lo diré”, dijo el soldado. Dio una patada al chico que Sartes había salvado. “Tú, arriba. Si no puedes trabajar, no sirves para nada. Si no sirves para nada, puedes meterte en el alquitrán como todos los demás”. “Puede estar de pie”, dijo Sartes y rápidamente ayudó al otro chico para que lo hiciera. “Mire, está bien. Solo fueron los gases”. Esta vez no le importó que el soldado le golpeara, porque al menos quería decir que no estaba azotando al otro chico. “Entonces volved al trabajo, los dos. Ya habéis perdido suficiente tiempo”. Volvieron a recoger alquitrán y Sartes hizo lo posible por recoger todo el que podía, porque evidentemente el otro chico no estaba lo suficientemente todavía para hacer mucho. “Me llamo Sartes”, dijo con un susurro, sin dejar de mirar a los guardias. “Bryant”, le contestó con un susurro el otro chico, aunque parecía nervioso al hacerlo. Sartes lo oyó toser otra vez. “Gracias, me salvaste la vida. Si alguna vez te lo puedo devolver, lo haré”. Se quedó callado cuando los guardias volvieron a pasar por allí. “Los gases son malos”, dijo Sartes, sobre todo para hacer que continuara hablando. “Se comen tus pulmones”, respondió Bryant. “Incluso algunos de los guardias mueren”. Lo dijo como si fuera algo normal, pero Sartes no veía nada normal en ello. Sartes miró al otro chico. “No pareces un criminal”. Vio una mirada de dolor en el rostro del chico. “Mi familia… el Príncipe Lucio vino a nuestra granja y la quemó. Mató a mis padres. Se llevó a mi hermana. A mí me trajo aquí sin ninguna razón”. A Sartes le sonaba mucho aquella historia. Lucio era malvado. Usaba cualquier excusa para provocar desgracia. Destrozaba familias solo porque podía hacerlo. “Entonces ¿por qué no buscas justicia?” sugirió Sartes. Siguió sacando alquitrán del hoyo, para asegurarse de que ningún guardia se acercaba. El otro chico lo miró como si estuviera loco. “¿Cómo voy a hacer eso? Solo soy una persona”. “La rebelión son muchos más que una persona”, puntualizó Sartes. “Como si les importara lo que me pase a mí”, replicó Bryant. “Ni siquiera saben que estamos aquí”. “Entonces tendremos que ir hasta ellos”, respondió Sartes con un susurro. Sartes vio que el pánico se apoderaba del rostro del otro chico. “No podemos. Solo por hablar de fuga, los guardias nos colgarán por encima del alquitrán y nos irán metiendo en él poco a poco. Lo he visto. Nos matarán”. “¿Y qué pasará si nos quedamos aquí?” preguntó Sartes. “Si hubieras estado encadenado a otro hoy, ¿qué hubiera pasado?” Bryant negó con la cabeza. “Pero están los hoyos de alquitrán y los guardias, y estoy seguro de que hay trampas. Los otros prisioneros tampoco ayudarían”. “Pero estás pensando en ello, ¿verdad?” dijo Sartes. “Sí, habrá riesgos, pero un riesgo es mejor que la certeza de que vas a morir”. “¿Y cómo se supone que lo haríamos?” preguntó Bryant. Durante la noche nos meten en jaulas, y durante todo el día nos encadenan juntos”. Por lo menos, Sartes tenía una respuesta para aquello. “Entonces escapemos juntos. Busquemos el momento adecuado. Confía en mí, sé cómo salir de situaciones malas”. No dijo que aquello sería peor que cualquier cosa con la que hubiera tenido que lidiar antes, ni tampoco le contó que apenas tenían posibilidades. No tenía por qué asustar a Bryant más de lo que ya estaba, pero debían marcharse. Si se quedaban más tiempo, ninguno de ellos sobreviviría. CAPÍTULO OCHO Thanos se sentía tan tenso como un animal a punto de saltar mientras caminaba en medio del trío de prisioneros, de nuevo en dirección a la fortaleza que dominaba la isla. Buscaba una ruta de escape a cada paso que daba, pero a campo abierto, y con los arcos que llevaban sus captores, no había ninguna. “Vamos a ser sensatos”, dijo Elsio tras él. “No te diré que tu destino será mejor si vienes con nosotros, pero durarás más tiempo. No puedes escapar hacia ningún sitio en la isla excepto hacia los Abandonados, y yo te atraparé mucho antes de eso”. “En ese caso, debería hacerlo, y hacerlo rápido”, dijo Thanos, intentando ocultar su sorpresa porque el otro hombre le había leído con tanta facilidad las intenciones. “Una flecha por la espalda no será para tanto”. “Ni peor que un golpe de espada”, dijo Elsio. “Oh sí, hemos oído hablar de ello, incluso aquí. Los guardias nos dan noticias cuando nos traen gente nueva para que los castiguemos. Pero créeme, si te cazo, no será nada rápido. Ahora, sigue caminando, prisionero”. Así lo hizo Thanos, pero sabía que no podía llegar hasta la parte de la isla donde estaba la fortaleza. Si lo hacía, nunca volvería a ver la luz del sol. El mejor momento para escapar siempre era pronto, cuando todavía tenías fuerza. Por eso, Thanos continuó mirando a su alrededor, para intentar evaluar el terreno, y su momento. “No funcionará”, dijo Elsio. “Conozco a los hombres. Sé lo que harán. Es sorprendente lo que aprendes mientras los estás hiriendo. Creo que entonces ves sus verdaderas almas”. “¿Sabes lo que pienso?” preguntó Thanos. “Cuéntame. Estoy seguro de que el insulto me alegrará el día. Y a ti te causará dolor”. “Creo que eres un cobarde”, dijo Thanos. “He oído hablar de tus crímenes. Unos pocos asesinatos de personas que no podían defenderse. Eres patético”. Thanos escuchó una risa detrás de él. “Oh, ¿eso es lo mejor que puedes hacer?” dijo Elsio. “Estoy ofendido. ¿Qué intentabas hacer, conseguir que me acercara para poder atacar? ¿De verdad crees que soy tan estúpido? Vosotros dos, sujetadlo. Príncipe Thanos, si te mueves, te atravesaré algún lugar doloroso con una flecha”. Thanos sintió los brazos de los dos guardias alrededor de los suyos, sujetándolo con fuerza para que no se moviera. Eran hombres fuertes, que evidentemente estaban acostumbrados a tratar con prisioneros rebeldes. Thanos sintió cómo se ponía de cara a Elsio de un giro, que sujetaba su arco completamente a su altura, preparado para disparar. Tal y como Thanos esperaba. Entonces Thanos intentó escapar de los guardias que lo sujetaban y escuchó que Elsio se reía. “No dirás que no te lo advertí”. Escuchó la vibración de la cuerda del arco, pero Thanos no intentó liberarse del modo en que podrían haber esperado. En cambio, dio un giro, arrastrando a uno de los guardias hasta la trayectoria de la flecha, sintiendo que la conmoción se apoderaba del otro hombre cuando una punta de flecha aparecía al otro lado de su pecho. Thanos notó que el guardia lo soltaba para agarrar la flecha, y no lo dudó. Se lanzó contra el otro guardia, le arrebató el cuchillo que llevaba en el cinturón y se lo clavó a Elsio. Con los dos enredados entre ellos, agarró el arco del guardia moribundo para arrebatarle todas las flechas que pudo mientras escapaba. Thanos fue haciendo zigzag por encima de las piedras rotas, yendo a toda velocidad hacia el refugio más cercano. Probablemente, le salvó la vida el no volver corriendo en dirección a su barco todavía e ir, en cambio, hasta los árboles. “¡En esa dirección solo están los Abandonados!” exclamó Elsio tras él. Thanos se agachó cuando una flecha pasó como un soplido por su cabeza. Se acercó lo suficiente para despeinarlo. El asesino que lo perseguía dio un buen tiro. Thanos atacó, sin apenas mirar. Si paraba durante mucho tiempo para apuntar bien, no tenía ninguna duda de que pronto lo mataría una de las flechas que pasaban como un destello mientras corría. O peor, podía resultar tan herido que Elsio podría alcanzarlo y arrastrarlo hasta el lado fortificado de la isla. Thanos se metió detrás de una roca, al escuchar que una flecha se escapaba. Disparó de nuevo, echó a correr para detenerse después, el instinto le hizo esperar a que una flecha pasara a toda velocidad. Ahora corría a toda velocidad hacia los árboles. Intentaba que su carrera fuera impredecible, pero sobre todo, se concentraba en la velocidad. Cuanto más rápido pudiera llegar para cubrirse bajo los árboles, mejor. Disparó otra flecha sin mirar, se apartó a un lado por instinto y evitó otra flecha y, a continuación, se lanzó detrás del árbol que estaba más cerca justo cuando una vara perforó su tronco. Thanos se detuvo por un momento a escuchar. Por encima del latido de su corazón, podía oír a Elsio dando órdenes. “Id a buscar más carceleros”, ordenó. “Yo continuaré buscando al príncipe”. Thanos empezó a arrastrarse entre los árboles. Sabía que tenía que ganar terreno ahora, antes de que vinieran más guardias armados. Unos cuantos de ellos podrían rodearlo fácilmente. Entonces no podría escapar, por muy bien que luchara. Pero todavía debía ser cauteloso. Escuchaba que Elsio estaba en algún lugar tras él, entre el crujido de ramas y alguna que otra ramita que se rompía. El hombre todavía tenía su arco y ya había demostrado que estaba deseando usarla. “Sé que puedes oírme”, dijo Elsio detrás de él. Su tono era familiar, como si hablar así con el hombre al que estaba intentando matar fuera lo más normal del mundo. “Tú eres un príncipe y habrás cazado, por supuesto”. Thanos no respondió. “Oh, ya sé”, dijo Elsio. “No quieres revelar tu posición. Quieres quedarte perfectamente escondido y esperar a perderme de vista. Todos aquellos a quienes perseguí lo intentaban. Tampoco les funcionó”. Una flecha salió de entre los árboles, Thanos se agachó y no le tocó por poco. Él disparó también y echó a correr entre los árboles. “Aún mejor”, respondió Elsio. “Asegúrate de que los Abandonados no te cogen. A mí me temen. Tú… tú solo eres una presa”. Thanos lo ignoró y siguió corriendo, dando vueltas y giros aleatorios hasta estar seguro de que había suficiente distancia entre él y su perseguidor. Se detuvo. Ya no escuchaba a Elsio. Sin embargo, oía el ruido de alguien que lanzaba insultos, medio enfadado y medio lloroso. Avanzó con cuidado, desconfiado. No se fiaba de nada allí. Llegó al límite de un pequeño claro. Para su sorpresa, en él había una mujer colgada del revés por el tobillo, atrapada en un lazo. Su pelo oscuro estaba recogido en una trenza que colgaba por debajo de ella, rozando el suelo. Vestía unos rudos calzones cortos y la túnica de un marinero, atada con un cinto. Y, desde luego, blasfemaba como un marinero mientras intentaba desenredarse de la cuerda que la sujetaba, sin éxito aparente. Todo su instinto le decía a Thanos que aquello era parte de alguna trampa mayor. O era una estratagema intencionada para hacerle perder velocidad o, como poco, los insultos de la mujer atraerían rápidamente a los Abandonados. Pero él no podía dejarla de aquel modo. Thanos entró en el claro, con el cuchillo que llevaba alzado. “¿Quién eres tú?” preguntó la mujer. “¡No te acerques, escoria espantacabras de los Abandonados! Si tuviera mi espada…” “Será mejor que te calles antes de que atraigas a todos los prisioneros hasta aquí”, dijo Thanos mientras le cortaba su lazo. “Me llamo Thanos”. “Felene”, respondió la mujer. “¿Qué estás haciendo aquí, Thanos?” “Escapando de unos hombres que quieren matarme, intentando volver a mi barco”, dijo Thanos. Una idea le asaltó y empezó a recolocar el lazo. “¿Tienes un barco?” dijo Felene. Thanos se dio cuenta de que mantenía las distancias. “¿Una manera de fugarse de esta roca del demonio? Entonces creo que vendré contigo”. Thanos negó con la cabeza. “No creo que quieras quedarte cerca de mí. La gente que me está persiguiendo pronto estará aquí”. “No será peor de lo que me he encontrado aquí hasta el momento”. Thanos negó con la cabeza de nuevo. “Lo siento, pero no te conozco. No estás en esta isla por nada. Por lo que yo sé, me apuñalarás por la espalda tan pronto como tengas la oportunidad”. Parecía que la mujer quería discutir, pero un ruido le hizo alzar la vista como un cervatillo sorprendido y se adentró en los árboles a toda velocidad. Thanos siguió su ejemplo y se escondió detrás de unos árboles. Vio aparecer a Elsio en el claro, con el arco desenfundado. Thanos echó mano del que había cogido y se dio cuenta de que no le quedaban flechas. Al no tener ninguna opción mejor, salió del árbol detrás del que estaba escondido. “Pensaba que serías mejor presa”, dijo Elsio. “Acércate más y verás lo peligroso que puedo ser”, respondió Thanos. “Oh, esto no funciona así”, respondió Elsio, pero dio un paso adelante de todos modos. Thanos escuchó el chasquido del nudo al atraparlo, y vio que Elsio caía hacia atrás. Las flechas cayeron de su aljaba. Thanos las cogió y marchó en dirección a los árboles. Ya podía escuchar el ruido de los otros al acercarse: los Abandonados o los carceleros, eso daba igual. Thanos iba a toda velocidad entre los árboles, ahora que no lo seguían y podía dirigirse hacia su barca. Le pareció entrever siluetas entre el follaje y, tras él, Thanos escuchó un grito que solo podía venir de Elsio. Uno de los Abandonados apareció de los árboles que había cerca de Thanos y se lanzó hacia delante. Thanos debería haber imaginado que no podía esperar esquivarlos a todos. El hombre blandía un hacha que parecía estar hecha del hueso de la pierna de un enemigo muerto. Thanos consiguió meterse dentro de su oscilación y lo apuñaló, lo empujó y continuó corriendo. Ahora escuchaba a más, a través de los árboles se oían gritos de caza. Apareció en campo abierto y vio a un grupo de carceleros de Elsio que se acercaban por la otra dirección. El corazón de Thanos daba golpes cuando, tras él, al menos una docena de figuras con armaduras hechas pedazos aparecieron de entre los árboles. Thanos golpeó a la derecha, esquivó a una figura que iba a por él, y continuó corriendo mientras los dos grupos chocaban entre ellos. Algunos continuaban persiguiéndole, pero Thanos vio que más estaban luchando entre ellos. Vio a los Abandonados colisionar con los carceleros y quebrarse contra ellos. Ellos tenían la bravura, pero los que venían del lado fortificado de la isla tenían armaduras de verdad y armas mejores. Thanos dudaba que tuvieran alguna posibilidad de ganar, y no estaba seguro de querer que lo hicieran. Rodeó las rocas de la isla como un rayo, intentando encontrar el camino de vuelta a su barca. Si pudiese llegar hasta allí… bien, sería difícil, pues los contrabandistas lo habían traicionado, pero encontraría la manera de salir de la isla. La parte difícil era intentar encontrar su camino. Si hubiera corrido de vuelta directo por la ruta que había tomado al principio, retrocediendo sobre sus pasos, hubiera sido fácil encontrarla, pero no hubiera habido modo de burlar a los hombres que lo perseguían. Thanos tampoco se atrevía a parar completamente, aunque los ruidos de caza tras él habían dado paso a ruidos de batalla. Le pareció reconocer el principio del camino que llevaba a la playa y fue a toda prisa por él, con los ojos bien abiertos ante posibles emboscadas. Allí no parecía haber nadie. Solo un poco más adelante y estaría de vuelta en su barca, podría… Giró la esquina que llevaba a la playa y se detuvo. Uno de los Abandonados, enorme y musculoso, estaba allí. Estaba de pie sobre la barca de Thanos o, al menos, sobre lo que quedaba de ella. Mientras Thanos miraba, el prisionero le dio un golpe con una espada que parecía un palillo en sus manos, destrozando algunas de las tablas que quedaban. A Thanos se le encogió el corazón. Ahora no había salida. CAPÍTULO NUEVE Cuando Lucio volvió al castillo, todavía continuaban las ejecuciones. Así debía ser. No quería que sus hombres acabaran muy rápido con eso. Quería estar allí para disfrutarlo. Pero deseaba aún más que Ceres estuviera allí para verlo cuanto más tiempo mejor. Lucio se aseguró de alzar la vista hacia su ventana, donde sabía que estaría quieta y encadenada, obligada a contemplar la escena todo el tiempo posible. Había cierta satisfacción en ello. Mucha más de la que había en mirar al patio donde iban a tener lugar las ejecuciones. Allí, los hombres y las mujeres estaban arrodillados en claras filas, mientras los verdugos se movían entre ellos con hachas. Mientras estaba mirando, vio que uno empujaba a un hombre contra el suelo, levantaba el hacha en alto por encima de su cabeza y la blandía dibujando un arco limpio que acabó con la cabeza rodando por el suelo. “¿Esto qué es?” preguntó Lucio, levantando la voz por la rabia. Como mucho había estado fuera una o dos horas. Pero parecía que una fila entera de los hombres de Lord West ya había sido asesinada, prácticamente todos ellos decapitados. “Solo estamos haciendo lo que usted nos dijo, su alteza”, dijo el verdugo. “Ejecutar a estos hombres”. “¡Y no lo podéis hacer peor!” dijo Lucio bruscamente. O más bien, lo estaban haciendo bastante mal. “¿Decapitándolos? ¡Quiero que sufran! Quiero que seáis ingeniosos. ¿No os dije que usarais todos los métodos de ejecución que se os ocurrieran?” “Muchos de los hombres de Lord West han remarcado que son nobles”, explicó el verdugo. “Y que como tales, tienen el derecho de escoger la muerte por espada o hacha en lugar de…” Entonces Lucio le golpeó, hundiendo su mano cubierta de armadura en el estómago del hombre. El verdugo era un hombre grande, pero Lucio parecía ser el doble que él tras el golpe tan fuerte que le dio. Lucio le arrebató el hacha de las manos con un movimiento rápido y, a continuación, la clavó en la espalda del verdugo. Cuando cayó, entre gritos, Lucio la arrancó de un tirón. “¡No tienen derechos más allá de los que yo diga que tienen! E incluso con un hacha, deberíais ser capaces de darles una muerte horrorosa. ¡Así, dejad que os lo muestre!” Volvió a golpearlo, una y otra vez, dando hachazos al verdugo hasta asegurarse de que los demás entendían a qué se enfrentaban si no obedecían. 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