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Caballero, Heredero, Príncipe Morgan Rice De Coronas y Gloria #3 Morgan Rice ha concebido lo que promete ser otra brillante serie, que nos sumerge en una fantasía de valor, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un fuerte conjunto de personajes que hará que los aclamemos a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores a los que les gusta la fantasía bien escrita. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre el Despertar de los dragones) CABALLERO, HEREDERO, PRÍNCIPE es el libro #3 en la serie de fantasía épica de la autora #1 en ventas DE CORONAS Y GLORIA, que empieza con ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro#1) . Ceres, la hermosa chica pobre de 17 años de la ciudad del Imperio de Delos, se encuentra sola en el mar, a la deriva hacia la mítica Isla Más Allá de la Neblina – y hacia la madre que jamás conoció. Ya está preparada para completar su entrenamiento, para comprender completamente su poder y para convertirse en la guerrera que se supone que debe ser. Pero ¿estará allí su madre para recibirla? ¿Le enseñará todo lo que necesita saber? ¿Y le desvelará todo sobre el secreto de la identidad de Ceres?En Delos, pensando que Ceres está muerta, Thanos acaba casándose con Estefanía y se ve más inmerso en una corte de la que no puede escapar y en una familia a la que odia. También se encuentra en medio de una Revolución en erupción, que culmina con un temerario ataque al Stade. Al ser la única persona que puede detenerlo – o ayudar en él-, tendrá que elegir si pone en peligro su vida. Con el reino desmoronándose, los enemigos moviéndose por todos lados, y los intentos de asesinato abundando en la corte, Thanos no sabe en quién confiar. Está atrapado en un juego de pobres y reyes, de traidores y reinas, y quizás sea Ceres la que esté destinada a cambiarlo todo. Pero tras una serie de trágicas confusiones, el romance que parecía predestinado parece ser que se les escapa de las manos a ambos. CABALLERO, HEREDERO, PRÍNCIPE cuenta una historia épica de amor trágico, venganza, traición, ambición y destino. Llena de personajes inolvidables y una acción que hará palpitar a tu corazón, nos transporta a un mundo que nunca olvidaremos y hace que nos enamoremos de nuevo de la fantasía. Un libro de fantasía lleno de acción que seguro que satisfará a los admiradores de las anteriores novelas de Morgan Rice, junto con los admiradores de obras como El ciclo del legado de Christopher Paolini… Los admiradores de la Ficción para jóvenes adultos devorarán este último trabajo de Rice y pedirán más. The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) ¡Pronto se publicará el libro#4 en DE CORONAS Y GLORIA! CABALLERO, HEREDERO, PRÍNCIPE (DE CORONAS Y GLORIA-LIBRO 3) morgan rice Morgan Rice Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; y de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas. A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte a través de Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca! Algunas opiniones sobre Morgan Rice “Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan de nuevo ha conseguido producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita”. --Books and Movie Reviews Roberto Mattos “Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más”. --The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) “Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos”. --Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer) ”EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico”. -Books and Movie Reviews, Roberto Mattos “En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante”. --Publishers Weekly Libros de Morgan Rice EL CAMINO DE ACERO SOLO LOS DIGNOS (Libro #1) DE CORONAS Y GLORIA ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1) CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro#2) CABALLERO, HEREDERO, PRÍNCIPE (Libro#3) REBELDE, POBRE, REY (Libro#4) REYES Y HECHICEROS EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1) EL DESPERTAR DEL VALIENTE (Libro #2) EL PESO DEL HONOR (Libro #3) UNA FORJA DE VALOR (Libro #4) UN REINO DE SOMBRAS (Libro#5) LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro#6) EL ANILLO DEL HECHICERO LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1) UNA MARCHA DE REYES (Libro #2) UN DESTINO DE DRAGONES (Libro #3) UN GRITO DE HONOR (Libro #4) UN VOTO DE GLORIA (Libro #5) UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6) UN RITO DE ESPADAS (Libro #7) UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8) UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9) UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10) UN REINO DE ACERO (Libro #11) UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12) UN MANDATO DE REINAS (Libro #13) UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14) UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15) UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16) EL DON DE LA BATALLA (Libro #17) LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1) ARENA DOS (Libro #2) ARENA TRES (Libro #3) VAMPIRA, CAÍDA ANTES DEL AMANECER (Libro #1) EL DIARIO DEL VAMPIRO TRANSFORMACIÓN (Libro #1) AMORES (Libro #2) TRAICIONADA(Libro #3) DESTINADA (Libro #4) DESEADA (Libro #5) COMPROMETIDA (Libro #6) JURADA (Libro #7) ENCONTRADA (Libro #8) RESUCITADA (Libro #9) ANSIADA (Libro #10) CONDENADA (Libro #11) OBSESIONADA (Libro #12) ¡Escucha la serie EL ANILLO DEL HECHICERO en su versión audiolibro! ¿Quieres libros gratis? 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Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia. Imagen de la cubierta Derechos reservados Captblack76, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. ÍNDICE CAPÍTULO UNO (#ub7959d57-d6dd-5d69-b28c-0d69a6fdf166) CAPÍTULO DOS (#ue856ceb4-11f4-5aa6-87d4-cfc4ae9c7708) CAPÍTULO TRES (#u6ac387be-896b-523a-b50d-b2617af906e0) CAPÍTULO CUATRO (#u1b9a2ccc-880a-5a16-b7c3-5e8b24f9f1ec) CAPÍTULO CINCO (#ubf785d15-1b25-50ae-9412-22391f65fead) CAPÍTULO SEIS (#ub42da260-dbfd-5618-ac05-4fa1be6cb0ae) CAPÍTULO SIETE (#u1fcc8f27-095b-5335-b594-b9ee4f1506e4) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Incluso aunque todos los nobles de Delos no lo estuvieran mirando fijamente, Thanos hubiera sentido los nervios de un novio en el día de su boda. Estaba frente al altar que se había habilitado en la sala de banquetes más grande del castillo y, de algún modo, había conseguido mantenerse totalmente tranquilo, pero solo porque su entrenamiento como soldado le permitía no mostrar ningún miedo. Al estar delante de todos ellos, sentía que se le hacía un nudo en el estómago por la presión. Thanos miraba alrededor mientras esperaba a su novia. La sala de banquetes nadaba en seda blanca y brillaba por los diamantes, apenas quedaba una superficie que no reluciera. Incluso los sirvientes que atendían a los nobles llevaban ropa que hubiera dejado en evidencia a la mayoría de mercaderes. Y en cuanto a los propios nobles, hoy parecían sacados de la fábula de un poeta, vestidos con seda y terciopelo, rezumando oro y plata. Para Thanos, aquello era demasiado; pero exactamente no le habían dejado dar su opinión al respecto. La realeza de Delos tenía la boda que el rey y la reina decidían que debían tener y cualquier cosa por debajo de la perfección hubiera decepcionado a su novia. Echó un vistazo y los vio: el Rey Claudio y la Reina Athena, sentados juntos en los tronos de madera de palo fierro esculpido y cubiertos por un baño de oro. Estaban sentados orgullosamente, evidentemente encantados por el hecho de que él había aceptado su decisión acerca de la novia. El sumo sacerdote, cubierto con una sotana que reflejaba los rayos del sol, estaba a su lado. Parecía un hombre bondadoso y Thanos, que se sentía más solo que nunca, deseaba apartarlo a un lado y preguntarle: ¿Qué se hace cuando estás seguro de que no perteneces a un lugar? Pero no podía. No era solo porque Thanos estuviera nervioso por la boda. También era por otras muchas cosas. Era el hecho de que en Haylon, los rebeldes que allí había confiaban en que los ayudara a liberar el Imperio. Aquel pensamiento traía con él un destello de resolución, porque él los ayudaría, costara lo que costara. Pero ahora estaba allí en aquella sala, rodeado por el enemigo. También estaba el hecho de que Lucio estaba allí, en una esquina, vestido de morado y plata real, sonriendo con superioridad mientras observaba a las chicas del servicio. Thanos tenía que luchar para contenerse las ganas de ir hacia allí y estrangularlo con sus propias manos. Y entonces estaba el pensamiento que no le dejaba tranquilo: Ceres. Esto hacía que el dolor se le clavara de un modo que, incluso ahora, parecía que le iba a estallar en el pecho. Apenas podía creer que no estuviera allí, que estuviera muerta, perdida en un barco prisión mientras él estaba en Haylon. Solo pensar en ello amenazaba con arrastrarlo hacia la oscuridad que lo había consumido cuando escuchó la noticia. Estefanía lo había sacado de aquello. Ella había sido el único punto de luz en todo aquello, la única persona en Delos que le había proporcionado algo de felicidad cuando él quería acabar con todo, cuando no concebía una vida sin Ceres. No era que no quisiera a Estefanía; lo hacía. Había aprendido a quererla. Más bien era que no podía olvidar a Ceres. Era como si los dos amores todavía coexistieran en su corazón. No podía entenderlo en absoluto. ¿Por qué Ceres apareció en su vida tan solo para marcharse de ella? ¿Por qué Estefanía apareció en su vida en el momento que lo hizo? ¿Ceres había venido, de algún modo, para prepararlo para aceptar a Estefanía? ¿O no tenían nada que ver la una con la otra? Empezó la música. Thanos se giró y su corazón se quedó atrapado al ver a Estefanía llegar al compás de música de lira. Su corazón se aceleró mientras ella avanzaba, todos los nobles se levantaron cuando ella pasó, acompañada por doncellas que lanzaban pétalos de rosa y tocaban campanas para ahuyentar cualquier residuo de mala suerte. Su vestido era de un blanco puro y elegante que hacía pensar que toda la habitación se había diseñado a su alrededor. Llevaba una rejilla adornada con diamantes por encima de su cabello dorado y con flores trabajadas en ella con una compleja elegancia. El velo que le cubría la cara brillaba por el hilo de plata y los zafiros diminutos que reflejaban la sombra de los ojos que había debajo. Los miedos de Thanos se desvanecieron. Él observaba cómo se acercaba, parecía que se deslizaba por su camino hasta el altar. Se paró delante suyo y él levantó el velo de su cara. Sintió que la respiración se le cortaba. Siempre estaba hermosa, pero hoy se veía tan perfecta que Thanos apenas podía creer que fuera real. Se quedó mirándola fijamente durante tanto rato que él apenas escuchó que el sacerdote empezaba la ceremonia. “Los dioses nos han dado muchas festividades y ceremonias en las que reflexionar sobre su gloria”, entonó el sumo sacerdote. “De estas, el matrimonio es la más sagrada, pues sin él no habría prolongación de la humanidad. Este matrimonio es especialmente glorioso, entre dos de los grandes nobles de este reino. Pero también es entre un hombre joven y una mujer joven que se aman profundamente y cuya felicidad debería encontrar un lugar en todos nuestros corazones”. Hizo una pausa para dejar que las palabras calaran. “Príncipe Thanos, ¿entregará su brazo para que se una al de esta mujer para siempre? ¿Para amarla y honrarla hasta que los dioses los separen y para ver a sus familias convertidas en una?” Antes lo había dudado, pero ahora no. Extendió el brazo hacia el sumo sacerdote, con la mano hacia arriba. “Sí, lo entrego”. “Y Lady Estefanía”, continuó el sumo sacerdote, “¿entregará su brazo para unirlo al de este hombre para siempre? ¿Para quererlo y honrarlo hasta que los dioses los separen y para ver a sus familias convertidas en una?” La sonrisa de Estefanía era lo más hermoso que Thanos había visto jamás. Ella colocó su mano en la de él. “Lo entrego”. El sumo sacerdote envolvió sus brazos con un pedazo de tela de blanco puro, el envoltorio era a la vez tradicional y elegante. “Unidos en el matrimonio sois una sola carne, una sola alma, una familia”, dijo el sumo sacerdote. “Sed siempre felices juntos. Podéis besaros”. A Thanos no hacía falta que se lo dijeran. Era incómodo, unidos de aquella manera, pero aquel era siempre uno de los entretenimientos menores de un día de boda y encontraron el modo de hacerlo. Thanos sintió los labios de Estefanía contra los suyos, fundiéndose con ella, y por lo menos por un instante pudo dejar a un lado todas las preocupaciones del mundo y estar solo allí con ella. Incluso los pensamientos sobre Ceres se desvanecieron en el fondo, consumido por el contacto con Estefanía. Por supuesto, Lucio tenía que ser el que rompiera la magia del momento. “Bien, me alegro de que ya esté”, dijo por encima del silencio de la multitud. “¿Ahora puede empezar la fiesta? ¡Necesito beber algo!” *** Si la ceremonia de la boda había sido opulenta, el festín que le siguió fue espectacular. Tanto que Thanos se preguntaba lo que habría costado. Parecía que la mitad de los beneficios de los últimos saqueos habían ido a parar allí, sin escatimar en gastos. Sabía que pagaban el rey y la reina, como un modo de mostrar lo felices que estaban por la boda, pero ¿a cuántas personas de la ciudad podía alimentar algo así? Echó un vistazo a su alrededor y vio saltimbanquis y bailarines, músicos y malabaristas entreteniendo a grupos de nobles. Los nobles bailaban juntos girando en círculos, mientras la comida se distribuía en lo que a Thanos le parecían pequeñas montañas de pastas y golosinas, ostras y deliciosos postres. Por supuesto, había vino, suficiente para que, mientras continuaban las festividades, las cosas enloquecieran. El baile se aceleró, la gente cambiaba de pareja más rápido de lo que Thanos podía seguir. El rey y la reina ya se habían retirado, junto a otros de los nobles más mayores y habían marchado de la sala. Fue como una señal para que los invitados dejaran a un lado las inhibiciones que les quedaban. Ahora mismo hacían girar a Estefanía en el tradicional baile de despedida, donde la novia bailaba rápidamente entre todos los jóvenes solteros de la sala, antes de dirigirse a los brazos de Thanos al finalizar. Tradicionalmente, era una forma en que la novia mostraba lo feliz que estaba con su elección comparado con todo lo que rechazaba. De manera más informal, les daba a los jóvenes la oportunidad de lucirse ante las otras jóvenes de la nobleza que estaban mirando. Para sorpresa de Thanos, Lucio no se unió al baile. Él esperaba de alguna manera que el príncipe hiciera algo estúpido como intentar robar un beso. Aunque, comparado con la parte en la que intentó matar a Thanos, aquello hubiera sido relativamente inofensivo. En cambio, el príncipe fanfarroneaba por allí mientras el baile estaba todavía en marcha, abriéndose camino entre la multitud a empujones con casual arrogancia mientras sostenía una copa de cristal del mejor vino. Thanos lo miró e intentó encontrar una similitud entre ellos. Ambos eran hijos del rey, pero Thanos nunca podía imaginar parecerse a Lucio. “Hermosa boda”, le dijo Lucio. “Todas las cosas que más me gustan: buena comida, mejor vino, un montón de sirvientas para después”. “Ves con cuidado, Lucio”, dijo Thanos. “Tengo una idea mejor”, replicó Lucio. “¿Por qué no observamos a tu hermosa novia los dos, dando vueltas entre tantos hombres? Por supuesto, tratándose de Estefanía, podríamos hacer una pequeña apuesta sobre cuáles se han acostado con ella”. Thanos apretó los puños. “¿Estás aquí solo para causar problemas? Porque si es así, puedes marcharte”. Lucio sonrió todavía más. “¿Y cómo se vería esto, tú intentando echar al heredero al trono de tu boda? No acabaría bien”. “No para ti”. “Recuerda tu lugar, Thanos”, dijo Lucio bruscamente. “Oh, conozco mi lugar”, dijo Thanos con una voz que anunciaba peligro. “Los dos lo conocemos, ¿verdad?” Aquello hizo que Lucio reaccionara con un ligero parpadeo. Incluso aunque Thanos no lo hubiera sabido, aquello lo hubiera confirmado: Lucio conocía las circunstancias del nacimiento de Thanos. Sabía que eran medio hermanos. “Te maldigo a ti y a tu matrimonio”, dijo Lucio. “Estás celoso”, replicó Thanos. “Sé que querías a Estefanía para ti y ahora soy yo el que se casa con ella. Yo soy el que no escapó del Stade. Yo soy el que realmente luchó en Haylon. Ambos sabemos qué más soy. Así que, ¿qué te queda, Lucio? Eres tan solo un matón del que la gente de Delos debe protegerse”. Thanos escuchó el chasquido cuando Lucio tensó su mano alrededor de la copa de cristal, apretando hasta que la destrozó. “Te gusta proteger a las clases más bajas, ¿verdad?” dijo Lucio. “Bien, piensa en esto: mientras tú planeabas una boda, yo destrozaba aldeas. Continuaré haciéndolo. De hecho, mientras tú todavía estés en tu lecho de boda mañana por la mañana, yo saldré a darles una lección a otro grupo de campesinos. Y no hay nada que puedas hacer al respecto, quienquiera que te creas que eres”. Thanos deseaba pegar a Lucio entonces. Deseaba golpearlo y seguir golpeándolo hasta que no quedara más que una mancha de sangre sobre el suelo de mármol. Lo único que lo detuvo fue notar la mano de Estefanía, que se acercó al acabar el baile, sobre su brazo. “Oh, Lucio, se te ha derramado el vino”, dijo con una sonrisa que Thanos deseaba poder igualar. “No hay problema. Deja que uno de mis asistentes te traiga más”. “Ya me lo cogeré yo mismo”, respondió Lucio con evidente mala gana. “Me trajeron este y mira lo que le pasó”. Se marchó ofendido y tan solo el tirón de la mano de Estefanía sobre su brazo frenó a Thanos de seguirle. “Déjalo”, dijo Estefanía. “Te dije que habían mejores maneras y las hay. Confía en mí”. “No puede escapar con todo lo que ha hecho”, insistió Thanos. “No lo hará. Sino, míralo de este modo”, dijo ella. “¿Con quién prefieres pasar la noche? ¿Con Lucio o conmigo?” Esto hizo que se le dibujara una sonrisa en los labios a Thanos. “Contigo. Indudablemente contigo”. Estefanía lo besó. “Buena respuesta”. Thanos notó que la mano de ella se escurría en la suya, empujándolo en dirección a las puertas. Los otros nobles que había allí los dejaban pasar, soltando de vez en cuando alguna risita por lo que iba a suceder a continuación. Thanos seguía a Estefanía mientras esta se dirigía a los aposentos de Thanos, abría la puerta de par en par e iba en dirección al dormitorio. Allí se giró hacia él, le rodeó el cuello con sus brazos y lo besó profundamente. “¿No te arrepientes de nada?” preguntó Estefanía mientras se apartaba un poco de él. “¿Estás feliz por haberte casado conmigo?” “Estoy muy feliz”, le aseguró Thanos. “¿Y tú?” “Es todo cuanto siempre quise”, dijo Estefanía. “¿Y sabes lo que quiero ahora?” “¿Qué?” Thanos vio que levantaba los brazos y su vestido le caía por partes. *** Thanos despertó con los primeros rayos de sol que se colaron por las ventanas. A su lado, sentía la cálida presión de la presencia de Estefanía, que tenía uno de los brazos sobre él mientras dormía acurrucada a su lado. Thanos sonrío por el amor que rebosaba en su interior. Ahora estaba más feliz de lo que había estado en mucho tiempo. Si no hubiera sido por el tintineo del arnés y el relinchar de los caballos, podría haberse acurrucado de nuevo junto a Estefanía y se hubiera vuelto a dormir, o la hubiera despertado con un beso. Pero no era el caso, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Llegó justo a tiempo para ver a Lucio abandonando el castillo, yendo a la cabeza de un grupo de soldados, con las banderas volando al viento como si fuera un caballero andante en una cruzada más que un asesino preparándose para atacar una aldea indefensa. Thanos lo miró y después echó un vistazo a Estefanía, que todavía dormía. Empezó a vestirse en silencio. No podía quedarse quieto. No podía, ni siquiera por Estefanía. Ella le había hablado de mejores maneras de encargarse de Lucio, pero ¿qué suponían? ¿Buena educación y ofrecerle vino? No, tenían que parar a Lucio, ahora mismo, y solo había un modo de hacerlo. En silencio, con cuidado para no despertar a Estefanía, Thanos salió rápido de la habitación. Una vez fuera, corrió hacia los establos y gritó a un sirviente para que le trajera la armadura. Era la hora de hacer justicia. CAPÍTULO DOS Berin sentía la emoción, la energía nerviosa se palpaba en el ambiente en el instante que puso un pie en los túneles. Serpenteaba bajo tierra siguiendo a Anka, con Sartes a su lado, pasando por delante de guardias que inclinaban la cabeza en señal de respeto y rebeldes que iban a toda prisa en todas direcciones. Atravesó la Puerta del Vigilante y sintió el giro que había dado la Rebelión. Ahora parecía que tenían una oportunidad. “Por aquí”, dijo Anka, saludando con la mano a un vigilante. “Los otros nos esperan”. Caminaron por pasillos de piedra desnuda que parecía que estaban allí desde siempre. Las Ruinas de Delos, en la profundidad bajo tierra. Berin pasó la mano por la suave piedra, admirándola como solo un herrero lo haría y se maravillaba ante el tiempo que debía hacer que estaban allí y ante quién las había construido. Quizás incluso databan de los tiempos en que los Antiguos habían andado por allí, mucho antes de lo que nadie podía recordar. Y esto le hizo pensar, con una punzada, en la hija que había perdido. Ceres. El sonido de martillos sobre metal y el repentino calor de los fuegos de forja al pasar por una grieta arrancaron a Berin ese pensamiento. Vio a una docena de hombres trabajando duro para fabricar corazas y espadas cortas. Aquello le recordó a su vieja herrería y le trajo recuerdos de los días en que su familia no estaba destrozada. Sartes parecía estar mirando fijamente también. “¿Estás bien?” preguntó Berin. Él asintió. “Yo también la echo de menos”, respondió Berin, poniéndole una mano sobre el hombro, pues sabía que estaba pensando en Ceres, que siempre merodeaba por la forja. “Todos lo hacemos”, Anka se metió en la conversación. Por un momento los tres se quedaron allí quietos y Berin supo que todos comprendían lo mucho que Ceres significaba para ellos. Escuchó cómo Anka suspiraba. “Lo único que podemos hacer es luchar”, añadió, “y seguir forjando armas. Te necesitamos, Berin”. Intentó concentrarse. “¿Están haciendo todo lo que les indiqué?” preguntó. “¿Calientan el metal lo suficiente antes de templarlo? Sino, no se endurecerá. Anka sonrió. “Compruébalo tú mismo antes de la reunión”. Berin asintió. Al menos de una manera modesta podía ser útil. *** Sartes caminaba al lado de su padre, mientras continuaba pasada la forja y se adentraba más en los túneles. Había más gente en ellos de lo que había pensado. Hombres y mujeres reunían provisiones, practicaban con armas, caminaban de un lado a otro por los pasillos. Sartes reconoció a algunos de ellos como antiguos reclutas, liberados de las garras del ejército. Finalmente encontraron un espacio cavernoso, con pedestales de piedra puestos allí que alguna vez debían haber soportado estatuas. A la luz de las velas parpadeantes Sartes vio a los líderes de la rebelión, que los estaban esperando. Hannah, que se había opuesto al ataque, ahora parecía tan feliz como si lo hubiera propuesto ella. Oreth, uno de los principales ayudantes de Anka ahora, tenía su delgado cuerpo apoyado contra la pared y sonreía para sí mismo. Sartes divisó la gran corpulencia del antiguo empleado del embarcadero, Edrin, al lado de la luz de la vela, mientras las joyas de Yeralt brillaban con ella, el hijo del mercader parecía estar fuera de lugar entre el resto mientras estos reían y bromeaban entre ellos. Se quedaron en silencio cuando ellos tres se acercaron y ahora Sartes veía la diferencia. Antes, habían escuchado a Anka casi a regañadientes. Ahora, tras la emboscada, se notaba el rspeto mientras ella avanzaba. Sartes pensó que incluso ahora tenía más aspecto de líder, caminaba más erguida, parecía más segura. “¡Anka, Anka, Anka!” empezó Oreth y pronto los demás empezaron a corear, como los rebeldes habían hecho tras la batalla. Sartes se unió, al escuchar el nombre de la líder rebelde resonando en el lugar. Solo se detuvo cuando Anka hizo un gesto pidiendo silencio. “Lo hicimos bien”, dijo Anka con una sonrisa. Era una de las primeras que Sartes le había visto desde la batalla. Había estado demasiado ocupada intentando arreglarlo todo para sacar a sus bajas del cementerio. Tenía un talento para ocuparse de los detalles de las cosas que se habían desarrollado durante la rebelión. “¿Bien?” preguntó Edrin. “Los destruimos”. Sartes escuchó el golpe seco del puño del hombre contra su mano para recalcar lo que había dicho. “Los destrozamos”, coincidió Yeralt, “gracias a tu liderazgo”. Anka negó con la cabeza. “Los derrotamos juntos. Los derrotamos porque todos hicimos nuestra parte. Y porque Sartes nos trajo los planos”. Su padre empujó a Sartes hacia delante. Él no esperaba aquello. “Anka tiene razón”, dijo Oreth. “Debemos agradecérselo a Sartes. Él nos trajo los planos y él fue el que convenció a los reclutas para que no lucharan. La rebelión tiene más miembros gracias a él”. “Reclutas medio entrenados, sin embargo”, dijo Hannah. “No soldados de verdad”. Sartes echó un vistazo hacia donde estaba ella. Había sido rápida al oponerse a que él participara en absoluto. A él no le gustaba, pero la rebelión no trataba de eso. Todos ellos eran parte de algo más grande que ellos mismos. “Los derrotamos”, dijo Anka. “Ganamos una batalla, pero esto no es lo mismo que destrozar al Imperio. Todavía nos queda mucho por delante”. “Y ellos todavía tienen muchos soldados”, dijo Yeralt. “Una guerra larga contra ellos nos podría salir cara a todos nosotros”. “¿Ahora haces cuentas?” replicó Oreth. “Esto no es la inversión para un negocio, donde quieres ver las hojas de balance antes de involucrarte. Sartes escuchó el descontento que había allí. La primera vez que vino a los rebeldes, esperaba que fueran algo grande y unido, que no pensara en nada más que en derrotar al Imperio. Había descubierto que en muchos aspectos eran solo personas, todas con sus propias esperanzas y sueños, voluntades y deseos. Esto solo hacía más sorprendente que Anka hubiera encontrado maneras de mantenerlos juntos después de que muriera Rexo. “Esta es la mayor inversión que existe”, dijo Yeralt. “Contribuimos con todo lo que tenemos. Arriesgamos nuestras vidas con la esperanza de que las cosas mejoren. Yo corro el mismo peligro que vosotros si fracasamos”. “No fracasaremos”, dijo Edrin. “Los derrotamos una vez. Los derrotaremos de nuevo. Sabemos dónde van a atacar y cuando. Podemos estar esperándolos cada vez”. “Podemos hacer más que esto”, dijo Hannah. “Hemos demostrado a la gente que podemos derrotarlos, así que ¿por qué no salimos y les reclamamos las cosas?” “¿Qué tenías en mente?” preguntó Anka. Sartes vio que los estaba sopesando. “Reconquistamos las aldeas una a una”, dijo Hannah. “Nos deshacemos de los soldados del Imperio que hay en ellas antes de que Lucio se acerque. Le mostramos a la gente de allí lo que es posible y él se llevará una desagradable sorpresa cuando se alcen contra él”. “¿Y cuando Lucio y sus hombres los maten por sublevarse?” exigió Oreth. “¿Entonces qué?” “Entonces esto simplemente demuestra lo malvado que es”, insistió Hannah. “O la gente ve que no podemos protegerlos”. Sartes miró a su alrededor, sorprendido de que se tomaran la idea en serio. “Podemos dejar a las personas en las aldeas para que no caigan”, sugirió Yeralt. “Ahora tenemos reclutas con nosotros”. “No resistirán contra el ejército durante mucho tiempo si este llega”, replicó Oreth. “Morirían junto a los aldeanos”. Sartes sabía que tenía razón. Los reclutas no habían tenido el entrenamiento que sí tenían los soldados más fuertes del ejército. Peor aún, habían sufrido tanto a manos del ejército que la mayoría de ellos estarían probablemente aterrorizados. Vio que Anka hacía un gesto para que se callaran. Esta vez, tardó un poco más en llegar. “Oreth tiene razón”, dijo. Evidentemente tenías que darle la razón a él”, replicó Hannah. “Le doy la razón porque la tiene”, dijo Anka. “No podemos entrar en las aldeas, declararlas libres y esperar lo mejor. Incluso con los reclutas, no tenemos suficientes combatientes. Si nos juntamos todos en un lugar, le damos al Imperio la oportunidad de machacarnos. Si vamos aldea tras aldea, nos irán atrapando poco a poco”. “Si podemos convencer a suficientes aldeas para que se subleven y yo convenzo a mi padre para que contrate mercenarios…” sugirió Yeralt. Sartes se dio cuenta de que no acabó el pensamiento. El hijo del mercenario en realidad no tenía una respuesta. “¿Entonces qué?” preguntó Anka. “¿Tendremos la cantidad?” Si fuera así de fácil, hubiéramos derribado al Imperio hace tiempo”. “Gracias a Berin ahora tenemos mejores armas”, puntualizó Edrin. “Conocemos sus planes gracias a Sartes. ¡Jugamos con ventaja! Díselo, Berin. Háblale de las espadas que has fabricado”. Sartes echó un vistazo hacia donde estaba su padre, que se encogió de hombros. “Es cierto que he fabricado buenas espadas y que los demás han hecho muchas aceptables. Es cierto que muchos de vosotros ahora tendréis armadura y no os matarán. Pero os digo una cosa: no se trata de la espada. Se trata de la mano que la empuña. Un ejército es como una espada. Puedes hacerla tan grande como quieras, pero sin una base de buen acero, se romperá la primera vez que la pongas a prueba”. Quizás si los demás hubieran pasado más tiempo fabricando armas, hubieran comprendido que su padre decía aquellas palabras muy en serio. Aunque Sartes vio que no estaban convencidos. “¿Qué otra cosa podemos hacer?” preguntó Edrin. “No vamos a perder nuestra ventaja quedándonos de brazos cruzados a esperar. Yo digo que empecemos a hacer una lista de las aldeas a liberar. A no ser que tengas una idea mejor, Anka”. “Yo la tengo”, dijo Sartes. Su voz salió más baja de lo que pretendía. Dio un paso adelante, mientras el corazón le latía con fuerza, sorprendido por haber hablado. Era muy consciente de que era mucho más joven que cualquiera de los que estaban allí. Había jugado su parte en la batalla, incluso había matado a un hombre, pero todavía había una parte de él que sentía que no debería estar hablando allí”. “Así que está decidido”, empezó a decir Hannah. “Vamos a…” “Dije que yo tenía una idea mejor”, dijo Sartes y, esta vez, su voz lo acompañó. Los demás le echaron un vistazo. “Dejad hablar a mi hijo”, dijo su padre. “Vosotros mismos habéis dicho que ayudó a daros una victoria. Quizás puede evitar que muráis ahora”. “¿Cuál es tu idea, Sartes?” preguntó Anka. Todos lo estaban mirando. Sartes se obligó a alzar la voz, pensando en cómo hubiera hablado Ceres, pero también en la seguridad que había mostrado Anka antes. “No podemos ir a las aldeas”, dijo Sartes. “Es lo que quieren que hagamos. Y no podemos simplemente fiarnos de los planos que traje porque, incluso aunque no se hayan dado cuenta de que conocemos sus movimientos, pronto lo harán. Nos están intentando llevar a campo abierto”. “Todo esto ya lo sabemos”, dijo Yeralt. “Pensé que habías dicho que tenías un plan”. Sartes no se echó para atrás. “¿Y si existiera el modo de atacar al Imperio donde no lo esperara y encima ganar combatientes fuertes?” ¿Y si pudiéramos hacer que la gente se sublevara con una victoria simbólica que sería más grande que proteger una aldea?” “¿Qué tenías en mente?” preguntó Anka. “Liberar a los combatientes del Stade”, dijo Sartes. Le siguió un largo silencio de sorpresa mientras los demás lo miraban fijamente. Vio la duda en sus rostros y Sartes supo que debía continuar. “Pensadlo”, dijo. “Casi todos los combatientes son esclavos. Los nobles los lanzan a morir como juguetes. La mayoría de ellos estarían agradecidos de tener la oportunidad de escapar y saben luchar mejor que cualquier soldado”. “Es una locura”, dijo Hannah. “Atacar el corazón de la ciudad así. Habría guardias por todas partes”. “Me gusta”, dijo Anka. “Los otros la miraron y Sartes sintió una ráfaga de gratitud por su apoyo. “No lo esperarían”, añadió. Se hizo de nuevo el silencio en la sala. “No necesitaríamos mercenarios”, irrumpió finalmente Yeralt, frotándose la barbilla. “La gente se alzaría”, añadió Edrin. “Tendríamos que hacerlo cuando las Matanzas estuvieran en marcha”, puntualizó Oreth. “De este modo, todos los combatientes estarían en un lugar y habría gente allí para ver lo que sucede”. “No habrá más Matanzas antes del festival de la Luna de Sangre”, dijo su padre. “Faltan seis semanas. En seis semanas, podemos hacer un montón de armas”. Esta vez, Hannah se quedó en silencio, quizás al ver que la marea giraba. “Así pues, ¿estamos de acuerdo?” preguntó Anka. “¿Liberaremos a los combatientes durante el festival de la Luna de Sangre?” Sartes vio que los demás asentían uno a uno. Incluso Hannah lo hizo, al final. Sintió la mano de su padre sobre su hombro. Vio la aprobación en sus ojos y esto lo significaba todo para él. Solo rezaba para que su plan no los matara a todos. CAPÍTULO TRES Ceres soñaba y, en sus sueños, veía ejércitos enfrentándose. Se veía a ella misma luchando al frente, vestida con una armadura que brillaba al sol. Se veía dirigiendo a una gran nación, librando una guerra que decidiría el mismo destino de la humanidad. Pero en medio de todo aquello, se veía a sí misma entrecerrando los ojos, buscando a su madre. Alargó el brazo en busca de una espada y, al bajar la vista, vio que no estaba allí. Ceres se despertó sobresaltada. Era de noche y el mar que tenía ante ella, iluminado por la luz de la luna, era interminable. Mientras se mecía en su pequeña barca, no veía ni rastro de tierra. Solo las estrellas la convencían de que todavía llevaba su pequeña embarcación por el camino correcto. Constelaciones conocidas brillaban por allá arriba. Estaba la Cola del Dragón, baja en el cielo por debajo de la luna. Estaba el Ojo Antiguo, formada alrededor de una de las estrellas más brillantes en el tramo de oscuridad. El barco que la gente del bosque habían medio construido, medio cultivado, parecía no desviarse nunca de la ruta que Ceres había elegido, incluso cuando tenía que descansar o comer. Por el lado de estribor de la barca, Ceres vio luces en el agua. Medusas luminosas pasaban flotando como nubes submarinas. Ceres vio la figura más rápida de un pez parecido a un dardo colándose a través del banco, mordiendo a las medusas a cada paso y yendo a toda prisa antes de que los tentáculos de las demás pudieran tocarlo. Ceres los observó hasta que desaparecieron en las profundidades. Comió una pieza de la dulce y suculenta fruta con la que los habitantes de la isla habían abastecido su barca. Cuando partió, parecía que habría suficiente para unas semanas. Ahora, no parecía tanto. Pensaba en el líder de la gente del bosque, tan hermoso a su extraño y asimétrico modo, con su maldición que le dejaba trozos donde su piel era de un verde musgo o endurecida como la corteza. ¿Estaría allí en la isla, tocando su extraña música y pensando en ella?” La neblina empezaba a levantarse del agua alrededor de Ceres, se hacía más espesa y reflejaba fragmentos de la luz de la luna incluso mientras le tapaba la vista del cielo nocturno que había allí arriba. Se arremolinaba y cambiaba alrededor de la barca, tentáculos de niebla se alargaban como dedos. Los pensamientos sobre Eoin parecían llevarla inexorablemente a pensar en Thanos. Thanos, a quien habían matado en las orillas de Haylon antes de que Ceres pudiera decirle que no pensaba ninguna de las cosas duras que le había dicho cuando se fue. Allá sola en la barca, Ceres no podía escapar de lo mucho que lo echaba de menos. El amor que había sentido por él parecía un hilo que tiraba de ella hacia Delos, aunque Thanos ya no estuviera allí. Pensar en Thanos le dolía. El recuerdo parecía una herida abierta que nunca iba a cerrarse. Ella necesitaba hacer muchas cosas, pero ninguna de ellas se lo devolvería. Le hubiera dicho muchas cosas si estuviera allí, pero no estaba. Solo había el vacío de la neblina. La neblina continuaba yendo en espiral alrededor de la barca y ahora Ceres veía fragmentos de roca sobresaliendo del agua. Algunas eran afiladas, de basalto negro, pero otras eran de los colores del arcoíris, parecían piedras preciosas gigantes colocadas en el agitado azul del océano. Algunas tenían marcas en ellas en forma de remolino y espiral y Ceres no estaba segura de si eran naturales o si alguna mano lejana las había tallado. ¿Estaba su madre en algún lugar más allá de ellas? El pensamiento provocó una emoción en Ceres, que subía en su interior como la neblina que se arremolinaba alrededor de la barca. Iba a ver a su madre. A su madre de verdad, no a la que siempre la había odiado y la había vendido a los esclavistas a la primera oportunidad. Ceres no sabía cómo sería aquella mujer, pero la sola oportunidad de descubrirlo, la llenaba de emoción mientras guiaba su pequeña barca a través de las rocas. Las fuertes corrientes empujaban su barca, amenazando con arrebatarle el timón de la mano. Si no hubiera tenido la fuerza que procedía de su poder interior, Ceres dudaba que hubiera podido sujetarlo. Tiró del timón hacia un lado y su pequeña barca respondió con una gracia casi viva, esquivando una roca que estaba lo suficientemente cerca para tocarla. Navegaba entre las rocas y, a cada una que pasaba, pensaba en lo mucho que se estaba acercando a su madre. ¿Qué tipo de mujer sería? En sus visiones era confusa, pero Ceres imaginaba y tenía esperanzas. Quizás sería amable y dulce, y cariñosa: todas las cosas que nunca tuvo de su supuesta madre en Delos. ¿Qué pensaría de ella su madre? Aquel pensamiento atrapó a Ceres mientras guiaba su barca hacia delante a través de la neblina. No sabía qué habría más adelante. Quizás su madre la miraría y vería a alguien que no había podido triunfar en el Stade, que no había sido más que una esclava en el Imperio, que había perdido a la persona que más amaba. ¿Y si su madre la rechazaba? ¿Y si era dura, o cruel, o despiadada? Quizás, solo quizás, estaría orgullosa. Ceres salió de la neblina tan de repente que podría haberse tratado de una cortina que se levantaba, y ahora el mar estaba plano, sin ninguna de las rocas en forma de diente que habían salido de él antes. Al instante, vio que había algo diferente. La luz de la luna parecía, de algún modo, más brillante y, a su alrededor, una nebulosa giraba manchada del color de la noche. Incluso las estrellas parecían cambiadas, de modo que ahora Ceres no podía distinguir las constelaciones conocidas que había antes. Un cometa pasó por el horizonte como un rayo, de un rojo intenso mezclado con amarillos y otros colores que no tenían equivalente en el mundo que tenía debajo. Aún más extraño, Ceres sintió el poder en su pulso, como si estuviera respondiendo a aquel lugar. Parecía que se estiraba en su interior, desplegándose y permitiéndole experimentar aquel lugar en un centenar de maneras en las que nunca antes había pensado. Ceres vio una forma que salía del agua, un cuello largo y serpenteante que se levantaba antes de sumergirse de nuevo bajo las olas formando un rocío de espuma. La criatura se levantó de nuevo por poco tiempo y Ceres tuvo la sensación de que algo enorme pasaba nadando por el agua antes de desaparecer. Lo que parecían pájaros revoloteaban a la luz de la luna y, al acercarse, Ceres vio que eran mariposas nocturnas plateadas, más grandes que su cabeza. De repente, los ojos le pesaban por el sueño, Ceres amarró el timón, se tumbó y dejó que el sueño se apoderara de ella. * Ceres se despertó con los chillidos de los pájaros. Parpadeó por la luz del sol mientras se incorporaba y vio que, después de todo, no eran pájaros. Dos criaturas con cuerpo de gatos grandes daban vueltas por encima suyo con unas alas parecidas a las de un águila, los picos abiertos como los de un ave rapaz al chillar. Pero no daban señales de acercarse, sencillamente volaron en círculo alrededor de la barca antes de alejarse volando en la distancia. Ceres las observó y por observarlas vio la diminuta mota en forma de isla a la que se dirigían en el horizonte. Tan rápido como pudo, Ceres levantó de nuevo la pequeña vela, intentando coger el viento que corría para que la empujara hacia la isla. La mota se hizo más grande y lo que parecían ser más rocas salían del océano a medida que Ceres se iba acercando, pero no eran las mismas que había encontrado allí en la neblina. Estas tenían los lados cuadrados, las habían construido, estaban hechas con un mármol arcoíris. Algunas de ellas parecían los chapiteles de grandes edificios, que se hubieran hundido hace tiempo bajo las olas. Sobresalía medio arco, tan enorme que Ceres no podía imaginar que podría haber pasado por debajo de él. Bajó la vista por el lateral del barco y el agua era tan clara que pudo divisar el fondo del mar allá abajo. No estaba lejos del fondo y Ceres veía los restos de edificios muy antiguos allá abajo. Estaba lo suficientemente cerca para que Ceres pudiera nadar hasta ellos simplemente aguantando la respiración. Pero no lo hizo, tanto por las cosas que ya había visto en el agua como por lo que había más adelante. Allí estaba. La isla donde conseguiría todas las respuestas que necesitaba. Donde sabría más sobre sus poder. Donde, finalmente, conocería a su madre. CAPÍTULO CUATRO Lucio blandía la espada por encima de su cabeza, regocijándose por el modo en que destellaba con la luz del amanecer, en el instante antes en que mató al anciano que osó ponerse en su camino. A su alrededor, caían más plebeyos a manos de sus hombres: los que osaban resistirse y los que eran lo suficientemente estúpidos para estar en el lugar erróneo en el momento equivocado. Él sonreía mientras los gritos resonaban a su alrededor. Le gustaba cuando los campesinos intentaban luchar, porque esto solo daba a sus hombres una excusa para demostrarles lo débiles que eran en realidad comparados con sus superiores. ¿A cuántos había matado en saqueos como este? No se había molestado en llevar la cuenta. ¿Por qué tendría que prestar la mínima atención a los de su especie? Lucio miró a su alrededor mientras los campesinos empezaban a correr e hizo un gesto a unos cuantos de sus hombres. Echaron a correr tras ellos. Correr era casi mejor que luchar, porque existía la posibilidad de cazarlos como la presa que eran. “¿Su caballo, su alteza?” preguntó uno de sus hombres, que llevaba al semental de Lucio. Lucio negó con la cabeza. “Mi arco, creo”. El hombre asintió y le pasó a Lucio un elegante arco recurvo de ceniza blanca, mezclado con cuerno y endurecido con plata. Colocó una flecha, tiró la cuerda hacia atrás y la soltó. Lejos en la distancia, uno de los campesinos que corrían cayó al suelo. Ya no quedaba con quien luchar, pero aquello no significaba que hubieran acabado allí. Ni de lejos. Había descubierto que esconder campesinos podía ser tan divertido como correr o luchar con los que estaban en su camino. Existían muchas maneras de torturar a los que parecía que tenían oro y muchas maneras de ejecutar a los que podrían tener afinidad con los rebeldes. La rueda ardiente, la horca, el nudo corredizo… ¿qué tocaría hoy? Lucio hizo un gesto a dos de sus hombres para que empezaran a abrir puertas de una patada. De vez en cuando, le gustaba quemar a los que se escondían, pero las casas tenían más valor que los campesinos. Una mujer salió corriendo y Lucio la cogió, arrojándola con indiferencia hacia uno de los esclavistas que les había dado por seguirlos como hacen las gaviotas con los barcos de pesca. Entró sigilosamente en le templo de la aldea. El sacerdote ya estaba en el suelo, sujetándose la nariz rota, mientras los hombres de Lucio reunían adornos de oro y plata en un saco. Una mujer con la sotana de una sacerdotisa se encaró a él. Lucio se fijó en un destello de cabello rubio que escapaba por debajo de su hábito, un incuestionable parecido en rasgos que hizo que se detuviera. “No puede hacer esto”, insistió la mujer. “¡Somos un templo!” Lucio la agarró y apartó la capucha de su sotana para mirarla. No era el doble de Estefanía –ninguna mujer de baja cuna podría serlo- pero estaba lo suficientemente cerca para serle de valor por un rato. Al menos hasta que se aburriera. “Me envía tu rey”, dijo Lucio. “¡No intentes decirme lo que no puedo hacer!” Demasiadas personas lo habían intentado durante su vida. Habían intentado ponerle límites, cuando él era la única persona en el Imperio que no debería tener límites. Sus padres lo intentaron, pero él sería rey un día. Sería el rey, a pesar de lo que había encontrado en la biblioteca cuando el viejo Cosmas pensó que era demasiado estúpido para entenderlo. Thanos aprendería cuál era su lugar. Lucio agarró fuerte con su mano el pelo de la sacerdotisa. Estefanía también aprendería cuál era su lugar. ¿Cómo se atrevía a casarse con Thanos así, como si fuera el príncipe deseado? No, Lucio encontraría la manera de compensarlo. Separaría a Thanos y a Estefanía con la misma facilidad que partía las cabezas de aquellos que iban a él. Pediría a Estefanía en matrimonio, tanto porque era de Thanos como porque sería el adorno perfecto para alguien de su rango. La disfrutaría y, hasta entonces, la sacerdotisa que había atrapado sería una sustituta apta. La tiró hacia uno de sus hombres para que la vigilara y salió a ver qué otras diversiones encontraba en la aldea. Una vez fuera, vio a dos de sus hombres atando a uno de los aldeanos que había echado a correr a un árbol, con los brazos en cruz. “¿Por qué habéis dejado a este con vida?” preguntó Lucio. Uno de ellos sonrió. “Ahora Tor me estaba contando algo que hacen los norteños. Lo llaman el Águila de la Sangre”. A Lucio le gustó cómo sonaba. Estaba a punto de preguntar de qué se trataba cuando escuchó el grito de uno de los centinelas, que estaban allí para vigilar si venían los rebeldes. Lucio miró a su alrededor, pero en lugar de una muchedumbre de escoria común, vio una sola figura cabalgando en una silla de montar probablemente del tamaño de la suya. Lucio reconoció la armadura al instante. “Thanos”, dijo. Chasqueó sus dedos. “Bien, parece que el día de hoy va a resultar más interesante de lo que pensaba. Tráeme mi arco otra vez”. *** Thanos espoleó a su caballo para que fuera hacia delante cuando vio a Lucio y lo que su hermanastro estaba haciendo. Cualquier duda que le quedase por haber dejado atrás a Estefanía se quemó en el calor de su ira al ver a los campesinos muertos, a los esclavistas, al hombre atado a un árbol. Vio que Lucio daba un paso y levantaba un arco. Por un instante, Thanos no podía creer que lo hiciera, pero ¿por qué no? Lucio había intentado matarlo antes. Vio que la flecha salía volando y levantó el escudo justo a tiempo. La punta golpeó la parte exterior metálica de su escudo antes de rebotar. Le siguió una segunda y, esta vez, lo perforó, deteniéndose a solo unos centímetros de la cara de Thanos. Thanos obligó a su caballo a marchar cuando una tercera flecha pasó zumbando por su lado. Vio que Lucio y sus hombres iban cayendo mientras él escoraba a través del lugar donde ellos estaban. Se dio la vuelta y desenfundó su espada, justo cuando Lucio consiguió ponerse de pie. Thanos colocó la espada contra el corazón de Lucio. “Detén esto ahora, Lucio. No permitiré que mates a nadie más de nuestro pueblo”. “¿Nuestro pueblo?” replicó Lucio. “Ellos son mi pueblo, Thanos. Mío para hacer lo que quiera con él. Deja que te lo demuestre”. Thanos vio que desenfundaba su espada e iba hacia el hombre que estaba atado al árbol. Thanos se dio cuenta de lo que iba a hacer su hermanastro y puso a su caballo en movimiento una vez más. “Detenedlo”, ordenó Lucio. Sus hombres obedecieron de un salto. Uno fue hacia Thanos, apuntando con una lanza hacia su cara. Thanos la paró con su escudo, cortando la punta del arma con sus espada y, a continuación, dando una patada al hombre que se cayó despatarrado. Dio una puñalada cuando otro corrió hacia él, clavándola en el hombro de la cota de malla del hombre y sacando la espada de nuevo. Se forzó a ir hacia delante, a través de la presión de sus contrincantes. Lucio todavía se dirigía hacia la víctima que había elegido. Thanos blandió su espada hacia uno de los matones de Lucio y fue a toda prisa hacia delante mientras Lucio echaba su espada hacia atrás. A duras penas Thanos consiguió interponer su escudo cuando el golpe sonó a metal contra metal. Lucio agarró su escudo. “Eres predecible, Thanos”, dijo. “La compasión siempre fue tu debilidad”. Empujó tan fuerte que tiró a Thanos de la silla. Rodó a tiempo para evitar un golpe de espada y se quitó las correas del escudo del brazo. Cogió su espada con las dos manos mientras los hombres de Lucio se acercaban de nuevo. Vio que su caballo se alejaba corriendo, pero aquello significaba que ahora no tenía la ventaja de la altura. “Matadlo”, dijo Lucio. “Daremos la culpa a los rebeldes”. “Eres bueno intentándolo, ¿eh?” replicó Thanos. “Qué lástima que no se te de nada bien acabar la faena”. Entonces uno de los hombres de Lucio fue a toda velocidad hacia él blandiendo una maza con clavos. Thanos se puso dentro del arco del golpe, cortó en diagonal y después dio vueltas con su espada estirada para mantener a los otros a raya. Entonces se metieron rápidamente, como si supieran que ninguno de ellos podía esperar derrotar a Thanos uno a uno. Thanos lo vio y se puso de espaldas a la pared de la casa más cercana para que sus contrincantes no pudieran rodearlo. Ahora había tres hombres cerca de él, uno con un hacha, uno con una espada corta y uno con una espada curvada en forma de hoz. Thanos mantenía su espada cerca mientras los vigilaba, no quería dar a ninguno de los mercenarios una oportunidad de enredarse con su espada el tiempo suficiente para que los otros se colaran. El que estaba a la derecha de Thanos intentó una estocada con su espada corta. Thanos la paró en parte, sintiendo cómo rebotaba en su armadura. El instinto le hizo dar la vuelta y tirarse al suelo, justo a tiempo para que el hacha del de la izquierda le pasara por encima. Thanos dio un golpe de espada a la altura del tobillo para hacer caer al matón, después dio la vuelta a su espada y dio un golpe hacia atrás, escuchando un grito cuando se encontró con el primer hombre. El de la espada curvada atacó con más cautela. “¡Atácalo! ¡Mátalo!” ordenó Lucio, claramente impaciente. “¡Oh, yo mismo lo haré!” Thanos se defendió cuando el príncipe se unió a la lucha. Dudaba sobre lo que Lucio hubiera hecho si no hubiera habido otro hombre allí para ayudarlo y quizás había más que estaban de camino. En realidad, lo único que debía hacer Lucio era retrasar las cosas y Thanos se encontraría altamente sobrepasado en número. Por eso Thanos no esperó. En cambio, atacó. Lanzó golpe tras golpe, alternando entre Lucio y el matón que Lucio había traído con él, siguiendo un ritmo. Entonces, de repente, se detuvo. El que empuñaba la hoz se quedó atacando al aire. Thanos lanzó un golpe al vacío y la cabeza del hombre salió volando. En un instante estaba sobre Lucio, espada contra espada. Lucio le intentó dar una patada, pero Thanos esquivó el golpe apartándose hacia un lado y alargando el brazo por encima de la guarda de la espada de Lucio hasta poner la mano sobre el mango. Thanos tiró hacia arriba y arrancó la espada de las manos de Lucio y, a continuación, dio un golpe hacia un lado. Su espada rebotó contra la pechera de Lucio. Lucio sacó un puñal y Thanos cambió el agarre de su espada, blandió por lo bajo con la punta de la empuñadura para que la guarda se enganchara en la rodilla de Lucio. Empujó y Lucio cayó. Thanos le tiró el puñal de la mano con una patada con una fuerza aplastante. “Dime otra vez que la compasión es mi debilidad”, dijo Thanos, levantando la punta de su espada hacia el cuello de Lucio. “No lo harías”, dijo Lucio. “Solo intentas asustarme”. “¿Asustarte?” dijo Thanos. “Si pensara que asustarte funcionaría, te hubiera asustado hasta dejarte medio muerto hace años. No, voy a ir hasta el final”. “¿Hasta el final?” dijo Lucio. “Esto no tiene final, Thanos. “No hasta que yo haya ganado”. “Tendrías que esperar mucho tiempo para eso”, le aseguró Thanos. Levantó la espada. Debía hacerlo. Tenía que detener a Lucio. “¡Thanos!” Thanos echó un vistazo al escuchar la voz de Estefanía. Ante su sorpresa, vio que se acercaba, cabalgando sola a todo galope. Llevaba un vestido de montar que distaba mucho de sus habituales vestidos elegantes y, por el desaliñado estado en el que estaba, parecía que se lo había puesto corriendo. “¡Thanos, no!” gritó mientras se acercaba. Thanos agarró su espada con más fuerza. “Después de todo lo que ha hecho, ¿no crees que se lo merece?” “No se trata de lo que merece”, dijo Estefanía, desmontando mientras se acercaba. “Se trata de lo que tú mereces. Si lo matas, te matarán por ello. Así es como funciona y no te perderé de ese modo”. “Escúchala, Thanos”, dijo Lucio desde el suelo. “Cállate”, dijo Estefanía bruscamente. “¿O quieres provocarlo para que te mate?” “Debo detenerle”, dijo Thanos. “No de este modo”, insistió Estefanía. Thanos sintió la mano de ella sobre su brazo, apartándole la espada. “No de un modo en el que te puedan matar. Juraste ser mío por el resto de nuestras vidas. ¿De verdad era para tan poco tiempo?” “Estefanía…” empezó Thanos, pero ella no le dejó terminar. “¿Y qué sucede conmigo?” preguntó. “¿En qué peligro me encontraré si mi marido mata al heredero al trono? No, Thanos. Déjalo. Hazlo por mí”. Si se lo hubiera pedido otro, Puede que Thanos hubiera seguido adelante. Había demasiado en juego. Pero no podía poner en peligro a Estefanía. Clavó la espada en la tierra, a poco más de un centímetro de la cabeza de Lucio. Lucio ya estaba rodando por el suelo y salió corriendo en busca de un caballo. “¡Te arrepentirás!” gritó Lucio. “¡Prometo que te arrepentirás!” CAPÍTULO CINCO Thanos vio que los guardias lo esperaban en el largo camino hacia las puertas de la ciudad, cuando él y Estefanía regresaron a casa. Levantó el mentón y continuó cabalgando. Lo esperaba. Y no escaparía de ello. Evidentemente, Estefanía también los vio. Thanos vio que se ponía tensa en la silla, pasando de relajada a estirada y formal en un instante. Era como si se hubiera caído una máscara delante de su cara y Thanos, de manera automática, estiró el brazo y deslizó una mano sobre las de ella mientras esta sujetaba las riendas. Los guardias cruzaron sus alabardas para bloquearles el paso mientras se acercaban y Thanos detuvo su caballo. Lo colocó entre Estefanía y los guardias, por si Lucio había sobornado a los hombres para que lo atacaran. Vio que un oficial salía del nudo de guardias y saludaba. “Príncipe Thanos, bienvenido de nuevo a Delos. Mis hombres y yo hemos recibido instrucciones de acompañarlo a ver al rey”. “¿Y si mi marido no quiere ir con vosotros?” preguntó Estefanía en un tono que hubiera ordenado a todo el Imperio. “Perdóneme, mi señora”, dijo el oficial, “pero el rey nos ha dado órdenes claras”. Thanos levantó una mano antes de que Estefanía se pusiera a discutir. “Comprendo”, dijo él. “Iré con ustedes”. Los guardias iban al frente y, para su crédito, consiguieron que pareciera la escolta que decían ser. Los llevaron a través de Delos y Thanos se dio cuenta de que la ruta que escogieron atravesaba las partes más hermosas de la ciudad, ciñéndose a las avenidas flanqueadas por árboles que albergaban las casas nobles, evitando las peores partes incluso cuando formaban una ruta más directa. Quizás intentaban mantenerse en las áreas más seguras. Pero quizás pensaban que los nobles como Thanos y Estefanía no querrían ver la miseria de otras partes. Pronto, las murallas del castillo estaban por encima de ellos. Los guardias les guiaron a través de sus puertas y los mozos de cuadras se llevaron sus caballos. El camino a través del castillo parecía más confinado, con más guardias rodeándolos en los estrechos espacios de los pasillos del castillo. Estefanía cogió la mano de Thanos y la apretó suavemente para tranquilizarlo. Cuando llegaron a los departamentos reales, unos miembros de la escolta real les bloquearon el camino a la puerta. “El rey desea hablar con el Príncipe Thanos a solas”, dijo uno. “Yo soy su esposa”, dijo Estefanía en un tono tan frío que Thanos sospechaba que la mayoría de personas se hubieran apartado al instante. Pero no pareció afectar en absoluto a la escolta real. “Aún así”. “Todo irá bien”, dijo Thanos. Cuando entró, el rey lo estaba esperando. El Rey Claudio se puso de pie, apoyado sobre una espada cuya empuñadura tenía la forma de los tentáculos de un kraken retorcido. Casi le llegaba a la altura del pecho y Thanos no tenía ninguna duda de que la hoja estaría afiladísima. Thanos escuchó el chasquido de la puerta al cerrarse tras él. “Lucio me contó lo que hiciste”, dijo el rey. “Estoy seguro de que vino corriendo directo hacia ti”, respondió Thanos. “¿También te contó lo que estaba haciendo entonces?” “Estaba haciendo lo que se le ordenó”, dijo de golpe el rey, “con el fin de ocuparse de la rebelión. Pero tú saliste a atacarlo. Mataste a sus hombres. Dice que lo derrotaste con engaños y que lo hubieras matado a él también si Estefanía no hubiera intervenido”. “¿Cómo detiene a la rebelión la matanza de aldeanos?” replicó Thanos. “Te interesan más los campesinos que tus propias acciones”, dijo el Rey Claudio. Levantó la espada que tenía como si la estuviera empuñando. “Es traición atacar al hijo del rey”. “Yo soy el hijo del rey”, le recordó Thanos. “No ejecutaste a Lucio cuando intentó que me mataran”. “Tu cuna es la única razón por la que todavía estás vivo”, respondió el Rey Claudio. “Tú eres mi hijo, pero también lo es Lucio. No te aferres en amenazarlo”. Entonces la ira creció en el interior de Thanos. “No me aferro a nada que pueda ver. Ni siquiera al reconocimiento de quien soy”. Había unas estatuas en un rincón de la sala, que representaban a famosos antepasados de la línea real. Estaban apartadas de la vista, casi escondidas, como si el rey no quisiera acordarse de ellas. Aún así, Thanos las señaló. “Lucio puede mirarlas y reclamar la autoridad remontándose a los días en que el Imperio se levantó por primera vez”, dijo. “Él puede reclamar los derechos de todos aquellos que ganaron el trono cuando los Antiguos abandonaron Delos. ¿Qué tengo yo? ¿Vagos rumores sobre mi nacimiento? ¿Imágenes que recuerdo a medias de unos padres que no estoy ni seguro de que fueran reales?” El Rey Claudio fue caminando a pasos largos hacia el lugar en sus aposentos donde estaba su gran silla. Se sentó en ella, sosteniendo la espada sobre sus rodillas. “Tienes un lugar de honor en la corte”, dijo. “¿Un lugar de honor en la corte?” respondió Thanos. “Tengo un lugar como príncipe de repuesto que nadie quiere. Puede que Lucio intentara matarme en Haylon, pero tú fuiste el que me mandó allí”. “Debemos aplastar a la rebelión, esté donde esté”, replicó el rey. Thanos vio que deslizaba su pulgar por la hoja de la espada que sostenía. “Debías aprenderlo”. “Oh, lo he aprendido”, dijo Thanos, moviéndose hasta quedarse delante de su padre. “He aprendido que prefieres librarte de mí que reconocerme. Yo soy tu hijo mayor. Según las leyes del reino, debería ser tu heredero. El hijo mayor ha sido el heredero desde los primeros días de Delos”. “El hijo mayor que sobreviva”, dijo el rey en voz baja. “¿Crees que vivirías si se supiera?” “No finjas que me estabas protegiendo”, respondió Thanos. “Te estabas protegiendo a ti mismo”. “Mejor que pasar el tiempo luchando en representación de gente que ni lo merece”, dijo el rey. “¿Sabes qué parece cuando tú andas por ahí protegiendo a campesinos que deberían conocer cual es su lugar?” “¡Parece que alguien se preocupa de ellos!” gritó Thanos. Entonces no pudo evitar alzar la voz, porque parecía que era la única manera de comunicarse con su padre. Quizás si se lo pudiera hacer entender, entonces el Imperio cambiaría por fin a mejor. “Parece que sus gobernantes no son enemigos que han salido a matarlos, sino personas a quien se debe respetar. ¡Parece que sus vidas significan algo para nosotros, ¡no solo aquello que debemos apartar mientras tenemos fiestas brillantes!” El rey se quedó en silencio durante un rato después de aquello. Thanos veía la furia en sus ojos. Aquello estaba bien. Iba a la par con la ira que sentía Thanos casi a la perfección. “Arrodíllate”, dijo al fin el Rey Claudio. Thanos dudó, solo por un instante, pero parece ser que fue suficiente. “¡Arrodíllate!” vociferó el rey. “¿O deseas que te obligue a hacerlo?” ¡Todavía soy el rey aquí!” Thanos se arrodilló sobre la dura piedra del suelo ante la silla del rey. Vio que el rey levantaba la espada que sostenía con dificultad, como si hiciera mucho tiempo que no lo hacía. Los pensamientos de Thanos fueron hacia la espada que tenía a su lado. No tenía duda de que, en el caso que hubiera una batalla entre él y el rey, el sería el ganador. Él era más joven, más fuerte y había entrenado con lo mejor que podía ofrecer el Stade. Pero aquello significaría matar a su padre. Más que eso, realmente sería traición. “He aprendido muchas cosas en mi vida”, dijo el rey y la espada todavía estaba allí preparada. “Cuando tenía tu edad, era como tú. Era joven, era fuerte. Luchaba, y luchaba bien. Maté hombres en la batalla y en duelos en el Stade. Intentaba luchar por todo lo que creía que era correcto”. “¿Qué te sucedió?” preguntó Thanos. El rey arrugó el labio e hizo una mueca. “Aprendí algo mejor. Aprendí que si les das la oportunidad, la gente no se une para elevarte. Al contrario, intentan derribarte. He intentado mostrar compasión, pero lo cierto es que eso no es más que insensatez. Si un hombre se alza contra ti, entonces destrúyelo, porque si no lo haces, te destruirá él”. “O conviértelo en tu amigo”, dijo Thanos, “Y te ayudará a mejorar las cosas”. “¿Amigo?” el rey Claudio levantó la espada otro centímetro. “Los hombres poderosos no tienen amigos. Tienen aliados, sirvientes y parásitos, pero no pienses ni por un instante que no se volverán contra ti. Un hombre sensato los mantiene en su lugar o vigila si se alzan contra él”. “La gente merece algo mejor que esto” insistió Thanos. “¿Crees que la gente obtiene lo que merece?” gritó el Rey Claudio. “¡Obtiene lo que coge! Estás hablando como si pensaras que el pueblo son nuestros iguales. No lo son. Nos educan desde que nacemos para gobernarlos. Somos más educados, más fuertes, mejores en todos los aspectos. Quieres poner a criadores de cerdos en castillos a tu lado, mientras yo quiero enseñarles que su lugar está en su pocilga. Lucio lo entiende”. “Lucio solo entiende la crueldad”, dijo Thanos. “¡Y crueldad es lo que se necesita para gobernar!” Thanos vio que el rey blandía la espada entonces. Quizás se podría haber agachado. Quizás incluso podría haber hecho un movimiento hacia su propia espada. En cambio, se quedó arrodillado observando como la espada se deslizaba hacia su cuello, siguiendo el arco del acero a la luz del sol. Se detuvo a poca distancia de cortarle el cuello, pero no a mucha. Thanos sintió el escozor cuando la hoja tocó su carne, pero no reaccionó, a pesar de lo mucho que lo deseaba. “No te encogiste”, dijo el Rey Claudio. “Apenas parpadeaste. Lucio lo hubiera hecho. Probablemente hubiera suplicado por su vida. Esta es su debilidad. Pero Lucio tiene la fuerza para hacer lo que se debe para mantener nuestra ley en su sitio. Por eso es mi heredero. Hasta que no puedas arrancar esta debilidad de tu corazón, no te reconoceré. No te llamaré hijo mío. Y si atacas a mi hijo reconocido de nuevo, pagarás con tu cabeza. ¿Comprendes?” Thanos se puso de pie. Ya estaba harto de estar arrodillado ante aquel hombre. “Comprendo, Padre. Te comprendo perfectamente”. Se dio la vuelta y se dirigió hacia las puertas, sin esperar el permiso para hacerlo. ¿Qué podía hacer su padre? Parecería débil si lo llamara para que volviera. Thanos salió y Estefanía lo estaba esperando. Parecía que había guardado su imagen de compostura delante de los escoltas que había allí, pero en el momento en que salió Thanos, fue a toda prisa hacia él. “¿Estás bien?” preguntó Estefanía, alzando la mano hasta su mejilla. La bajó y Thanos vio que tenía sangre en ella. “¡Thanos, estás sangrando!” “Solo es un rasguño”, la tranquilizó. “Probablemente estoy peor por la lucha de antes”. “¿Qué ha pasado allí dentro?” exigió ella. Thanos forzó una sonrisa, que le salió más tensa de lo que pretendía. “Su majestad decidió recordarme que, sea o no príncipe, no valgo tanto para él como Lucio”. Estefanía le puso las manos sobre los hombros. “Te lo dije, Thanos. Aquello no estuvo bien. No puedes ponerte en un peligro como este. Tienes que prometerme que confiarás en mí y que nunca volverás a hacer algo tan estúpido. Prométemelo”. Él asintió. “Por ti, mi amor, lo prometo”. También lo pensaba. Ir a luchar en público de aquel modo con Lucio no era la estrategia adecuada, porque no conseguía lo suficiente. Lucio no era el problema. El problema era el Imperio entero. Por poco tiempo pensó que podría convencer al rey de cambiar las cosas, pero la verdad es que su padre no quería que las cosas cambiaran. No, lo único que podía hacer ahora era encontrar maneras en las que ayudar a la rebelión. No solo a los rebeldes de Haylon, sino a todos. Solo, Thanos no podía conseguir mucho, pero juntos quizás podrían derribar al Imperio. CAPÍTULO SEIS Mirara a donde mirara en la Isla Más Allá de la Neblina, Ceres veía cosas que la hacían detenerse y contemplar su extraña belleza. Halcones con plumas del color del arcoíris giraban mientras perseguían cosas que había por allí abajo, pero a la vez los perseguía una serpiente alada que finalmente se posó sobre un chapitel de mármol blanco. Caminaba sobre la hierba esmeralda de la isla y parecía que sabía exactamente dónde tenía que ir. Lo había visto en su visión, allí en lo alto de la colina en la distancia, donde las torres color arcoíris sobresalían como las espinas de una gran bestia. Crecían flores por las bajas cuestas que había en el camino y Ceres se agachó para tocarlas. Pero cuando sus dedos las acariciaron, sus pétalos eran de una piedra fina como el papel. ¿Las había tallado alguien tan finas o eran, de algún modo, roca viva? Solo el hecho de que pudiera imaginar aquella posibilidad le decía lo extraño que era aquel lugar. Ceres continuó caminando, dirigiéndose al lugar donde ella sabía, donde esperaba, que su madre estaría esperando. Llegó hasta las laderas bajas de la colina y empezó a subir. A su alrededor, la isla estaba llena de vida. Las abejas zumbaban por la hierba baja. Una criatura parecida a un ciervo, pero con púas de cristal donde tendrían que estar sus astas, miró a Ceres durante un buen rato antes de irse saltando. Pero allí no veía personas, a pesar de las construcciones que salpicaban el paisaje a su alrededor. Las más cercanas a Ceres tenían un aspecto prístino y vacío, como el de una habitación de la que ha salido alguien hace solo unos instantes. Ceres continuó subiendo hasta la cima de la colina, hacia el lugar donde las torres formaban un círculo alrededor de una amplia zona de hierba, que le permitía observar el resto de la isla a través de ellas. Pero no miró en aquella dirección. En cambio, Ceres miró al centro del círculo, donde había una única figura con una túnica de un blanco puro. Al contrario que en su visión, la figura no era borrosa ni estaba desenfocada. Estaba allí, tan clara y real como lo era Ceres. Ceres fue hacia delante, casi a una distancia en la que la podía tocar. Solo podía ser una persona. “¿Madre?” “Ceres”. La figura vestida con una túnica se lanzó hacia delante en el mismo instante en que lo hizo Ceres y se encontraron en un fortísimo abrazo que pareció expresar todas las cosas que Ceres no sabía cómo decir: lo mucho que había estado esperando aquel momento, cuánto amor había allí, lo increíble que era encontrarse con aquella mujer que solo había visto en una visión. “Sabía que vendrías”, dijo la mujer, su madre, cuando se separaron, “pero incluso sabiéndolo, verte realmente es algo diferente”. Entonces se retiró la capucha de su túnica y parecía casi imposible que aquella mujer pudiera ser su madre. Su hermana, quizás, pues tenían el mismo pelo, los mismos rasgos. Para Ceres era casi como mirarse al espejo. Pero parecía demasiado joven para ser la madre de Ceres. “No lo comprendo”, dijo Ceres. “¿Tú eres mi madre?” “Lo soy”. Alargó los brazos para abrazar de nuevo a Ceres. “Sé que puede parecer extraño, pero es cierto. Los de mi clase viven mucho tiempo. Me llamo Licina”. Un nombre. Finalmente Ceres tenía un nombre para su madre. De algún modo, aquello significaba más que todo lo demás junto. Solo aquello ya era suficiente para que su viaje valiera la pena. Quería quedarse allí mirando fijamente a su madre para siempre. Aún así, tenía preguntas. Tantas que se derramaban como en una avalancha. “¿Qué es este lugar?” preguntó. “¿Por qué estás aquí sola? Espera, ¿qué quieres decir con los de tu clase?” Licina sonrió y se sentó sobre la hierba. Ceres hizo lo mismo y, al sentarse, notó que no era solo hierba. Vio fragmentos de piedra bajo ella, colocados en forma de mosaico, pero que el prado que había a su alrededor ya hacía tiempo que había cubierto. “No existe una manera fácil de contestar a todas tus preguntas”, dijo Licina. “Especialmente cuando yo misma tengo tantas preguntas, sobre ti, sobre tu vida. Sobre todo, Ceres. Pero lo intentaré. ¿Lo haremos de la forma antigua? ¿Una pregunta por otra?” Ceres no sabía qué decir a aquello, pero parecía que su madre no había acabado todavía. “¿Todavía cuentan historias de los Antiguos, por allí en el mundo?” “Sí”, dijo Ceres. Siempre había prestado más atención a las historias de combatientes y sus hazañas en el Stade, pero sabía algo de lo que decían sobre los Antiguos: los que estaban antes que la humanidad, que a veces parecían iguales y a veces parecían mucho más. Que habían construido tanto para después perderlo. “Espera, estás diciendo que tú eres…” “Uno de los antiguos, sí”, respondió Licina. “Este era uno de nuestros lugares, antes… bueno, hay algunas cosas de las que es mejor no hablar. Además, me debes una respuesta. Así que cuéntame cómo ha sido tu vida. No pude estar allí, pero pasé mucho tiempo imaginando cómo te iría todo”. Ceres lo hizo lo mejor que pudo, aunque no sabía por dónde empezar. Le habló a Licina de cómo se había criado en la forja de su padre, de sus hermanos. Le habló de la rebelión y del Stade. Incluso consiguió hablarle de Rexo y Thanos, aunque aquellas palabras salieron entrecortadas y rotas. “Oh, cariño”, dijo su madre, colocando una mano sobre la de ella. “Me encantaría haberte ahorrado algo de este dolor. Me gustaría haber estado allí para ti”. “¿Por qué no pudiste?” preguntó Ceres. “¿Has estado aquí todo este tiempo?” “Sí”, dijo Licina. “Este era uno de los lugares de mi pueblo, en los viejos tiempos. Los demás se fueron. Incluso yo lo hice, durante un tiempo, pero durante estos últimos tiempos ha sido una especie de santuario. Y un lugar en el que esperar, por supuesto”. “¿Esperar?” preguntó Ceres. “¿Te refieres a mí?” Vio que su madre asentía con la cabeza. “La gente habla de ver el destino como si fuera un regalo”, dijo Licina, “pero También hay algo que te encarcela en ello. Piensa lo que debe pasar y pierdes las posibilidades que comporta no saberlo, sin importar lo mucho que lo desees…” Su madre negó con la cabeza y Ceres vio que lo hacía con tristeza. “Ahora no es momento para lamentarse. Tengo aquí a mi hija y no tenemos mucho tiempo para que sepas a lo que viniste”. Sonrió y cogió a Ceres de la mano. “Vamos a caminar”. * Ceres tenía la sensación de que ella y su madre habían andado durante días por aquella isla mágica. Era impresionante, aquella vista, estar allí con su madre. Todo aquello parecía un sueño. Mientras caminaban, hablaban sobre todo del poder. Su madre intentaba explicárselo y Ceres intentaba comprender. Sucedió la cosa más extraña: mientras su madre hablaba, Ceres notaba como si sus palabras le estuvieran infundiendo realmente el poder. Incluso ahora, mientras caminaba, Ceres sentía que crecía en su interior, agitándose como el humo mientras su madre le tocaba el hombro. Tenía que aprender a controlarlo, había venido hasta aquí para aprender a controlarlo, pero comparado con conocer a su madre, aquello no parecía importante. “Nuestra sangre te ha dado el poder”, dijo Licina. “Los habitantes de la isla intentaron ayudarte a liberarlo, ¿verdad?” Ceres pensó en Eoin y en todos los extraños ejercicios que le había hecho hacer. “Sí”. “Para no pertenecer a nuestro linaje, comprenden bien el mundo”, dijo su madre. “Pero hay cosas que incluso ni ellos pueden mostrarte. “¿Ya has convertido alguna cosa en piedra? Es uno de mis dones, así que imagino que será uno de los tuyos”. “¿Convertir cosas en piedra?” preguntó Ceres. No lo entendía. “Por ahora, he movido cosas. He sido más rápida y más fuerte. Y…” No quería terminar. No quería que su madre pensara mal de ella. “¿Y tu poder ha matado cosas que han intentado hacerte daño?” dijo Licina. Ceres asintió. “No te avergüences de ello, hija. Te he visto muy poco, pero sé a lo que estás destinada. Eres una buena persona. Tal y como esperaba. Y en cuanto a convertir cosas en piedra…” Se detuvieron en un prado con flores moradas y amarillas y Ceres vio que su madre cogía una pequeña flor del prado, con unos pétalos delicados y sedosos. A través del contacto con su madre, ella notaba como el poder se movía en su interior, le parecía conocido, pero mucho más dirigido, trabajado, con forma. La piedra se extendió por la flor como la escarcha en una ventana, pero no solo por la superficie. Un instante después de empezar, terminó, y su madre sostenía una de las flores de piedra que Ceres había visto más abajo en la isla. “¿Lo notas?” preguntó Licina. Ceres asintió. Pero ¿cómo lo hiciste?” “Siéntelo de nuevo”. Cogió otra flor y, esta vez, fue increíblemente lenta mientras la convertía en algo con pétalos de mármol y un tallo de granito. Ceres intentó seguir el rastro del poder en su interior y parecía que podía mover el suyo propio como respuesta, intentando copiarlo. “Bien”, dijo Licina. “Tu sangre lo sabe. Ahora inténtalo”. Le pasó una flor a Ceres. Ceres la cogió, concentrándose mientras intentaba captar el poder que había en su interior y sacarlo en la forma que había notado que lo hacía su madre. La flor explotó. “Bueno”, dijo Licina riéndose, “esto no estaba previsto”. Era tan diferente a como hubiera reaccionado la madre con la que creció. Ella hubiera pegado a Ceres por el mínimo fallo. Licina se limitó a pasarle otra flor. “Relájate”, dijo. “Ya conoces la sensación. Quédate con ella. Imagínala. Hazla realidad”. Ceres lo intentó, pensando en lo que había sentido cuando su madre había transformado su flor. Tomó la sensación y la llenó de poder de la forma en que su padre habría llenado con hierro un molde en la forja. “Abre los ojos, Ceres”, dijo Licina. Ceres no se había ni dado cuenta de que los había cerrado hasta que su madre dijo aquellas palabras. Se obligó a mirar, aunque en aquel momento le daba miedo hacerlo. Cuando miró, lo hizo fijamente, porque apenas podía creerlo. Sostenía una única flor petrificada, perfectamente formada, transformada con su poder en algo parecido al basalto. “¿Lo hice yo?” preguntó Ceres. Incluso con todo lo demás que sabía hacer, aquello todavía le parecía casi imposible. “Lo hiciste”, dijo su madre y Ceres escuchó que lo decía con orgullo. “Ahora solo falta que consigas hacerlo sin cerrar los ojos”. Aquello le llevó más tiempo y muchas más flores. Pero Ceres disfrutó con la práctica. Mucho más que eso, cada vez que su madre sonreía ante sus esfuerzos, Ceres sentía que una explosión de amor se extendía a través de ella. A pesar de que los minutos se convertían en horas, ella seguía adelante. “Sí”, dijo su madre por fin, “así está perfecto”. Era más que aquello; era fácil. Era fácil alcanzarlo y sacar el poder de su interior. Era fácil canalizarlo. Era fácil dejar atrás una flor de piedra perfectamente conservada. Solo cuando el ajetreo por hacerlo se desvaneció, Ceres se dio cuenta de lo cansada que estaba. “Está bien”, dijo su madre, tomándole la mano. “Tu poder lleva energía y poder. Incluso los más fuertes de entre nosotros podrían hacer tanto de una vez”. Sonrió. “Pero tu poder sabe lo que es por ahora. Surgirá cuando alguien te amenace, o cuando tú lo convoques. Y también hará más”. Ceres notó un parpadeo de poder proveniente de su madre y sintió todo el potencial de su poder. Vio los edificios y jardines de piedra con una nueva perspectiva, como si las cosas se hubieran construido con aquel poder, creadas en unas formas que ningún humano podía comprender. De algún modo, se sentía llena. Completa. Parecía que parte de la felicidad se desdibujaba en el rostro de su madre. Ceres la oyó suspirar. “¿Qué sucede?” preguntó Ceres. “Solo que me gustaría poder pasar más tiempo juntas”, dijo Licina. “Desearía llevarte por las torres que hay aquí y contarte la historia de mi pueblo. Desearía oírlo todo sobre aquel Thanos al que tanto amabas y mostrarte los jardines donde el sol nunca ha tocado los árboles”. “Entonces, hazlo”, dijo Ceres. Ella sentía que podía quedarse allí para siempre. “Muéstramelo todo. Háblame del pasado. Háblame de mi padre y de lo que sucedió cuando nací”. Pero su madre dijo que no con la cabeza. “Aquello es algo para lo que todavía no estás preparada. Y en cuanto al tiempo, antes te conté que tu destino puede ser una prisión, cariño, y tú tienes un destino mayor que la mayoría”. “He visto destellos del mismo”, admitió Ceres, pensando en los sueños que le venían una y otra vez en el barco. “Entonces sabrás por qué no podemos quedarnos aquí y ser una familia, sin importar lo mucho que las dos lo deseemos”, dijo su madre. “Aunque quizás en el futuro tengamos tiempo para ello. Para esto y para más”. “Pero primero tengo que volver, ¿verdad?” dijo Ceres. Su madre asintió. “Sí”, dijo. “Debes regresar, Ceres. Regresa y libera a Delos del Imperio, como siempre pretendiste hacer”. CAPÍTULO SIETE A Estefanía le costaba creer que llevaba seis semanas casada con Thanos. Pero con la fiesta de la Luna de Sangre aquí era el tiempo que había pasado. Seis semanas de felicidad, cada una de ellas tan maravillosa como podría haber esperado. “Tienes un aspecto increíble”, dijo, observando a Thanos en los aposentos que ahora compartían en el castillo. Era una imagen en seda de un rojo profundo, adornado con oro rojo y rubís. Algunos días, apenas podía creer que fuera suyo. “El rojo te favorece”. “Parece que esté cubierto de sangre”, respondió Thanos. “Que en realidad es de lo que se trata, dado que estamos en la Luna de Sangre”, puntualizó Estefanía. Se inclinó para besarlo. Le gustaba poderlo hacer cuando quería. Si hubiera más tiempo, podría haberse tomado el momento para hacer mucho más. “Pero lo que lleve no tiene importancia”, dijo Thanos. Nadie en la sala me mirará cuando tú estés a mi lado”. Quizás otro hombre le hubiera dicho el cumplido de una forma más elegante, pero había algo en la forma sincera que Thanos lo dijo que para Estefanía significaba más que todos los poemas del mundo calculados a la perfección. Además, se había esforzado mucho por escoger el vestido más hermoso de Delos. Sombras de rojo brillantes que la envolvían como una llama. Incluso había sobornado al modista para asegurarse de que el original, destinado a una mujer noble menor de un rango más bajo, fuera retrasado irremediablemente. Estefanía le ofreció el brazo y Thanos lo tomó, acompañándola hacia el gran salón de banquetes donde habían celebrado su boda. ¿Ya habían pasado seis semanas desde que se casaron? Seis semanas de más felicidad de la que Estefanía podía haber creído, viviendo juntos en departamentos dispuestos aparte para ellos dentro del castillo por la reina. Incluso existían rumores de que el rey estaba planeando regalar una nueva finca a Thanos, un poco lejos de la ciudad. Durante seis semanas, habían sido la pareja más observada de la ciudad, alabados allí donde iban. A Estefanía le encantaba aquello. “Acuérdate de no darle un puñetazo a Lucio cuando lo veas esta noche”, dijo Estefanía. “Por ahora, he conseguido evitarlo”, respondió Thanos. “No te preocupes”. Pero Estefanía se preocupaba. No quería arriesgarse a perder a Thanos ahora que era su marido. No quería ver cómo lo ejecutaban por atacar al heredero al trono y no solo por la posición en que la dejaría a ella. Puede que se hubiera propuesto conseguirlo como marido por el prestigio que le traería, pero ahora… ahora se sorprendía de ver que lo quería. “¡El Príncipe Thanos y su esposa, Lady Estefanía!” anunció el heraldo de la puerta y Estefanía sonrió, mientras apoyaba la cabeza sobre el hombro de Thanos. Siempre le gustaba escuchar aquello. Echó un vistazo a la sala. Para su boda, la habían decorado de blanco, pero ahora era de un rojo y negro brillantes. El vino de las copas era un rojo sangre fuerte, las mesas tenían carne que se había dejado justo en el punto y cada noble del lugar llevaba los colores de la luna cambiante. Estefanía caminaba del brazo de Thanos, analizando las relaciones que había por allí, siguiendo el rastro de las últimas intrigas mientras disfrutaba de ser vista. ¿Estaba aquella Lady Cristina escondiéndose entre las sombras para hablar con un príncipe mercante de las Islas Lejanas? ¿La hija de Isolda llevaba menos joyas de lo habitual? Por supuesto, vio que Lucio estaba bebiendo demasiado, comiendo demasiado y observando a las mujeres. Por poco tiempo, a Estefanía le pareció que sus ojos se movían hacia los de ella, con una mirada que le hubiera asegurado una pelea si Thanos lo hubiera visto. Realmente, era una pena que su intento de envenenarlo en el banquete de boda hubiera salido tan mal. Si Thanos no lo hubiera enfurecido tanto como para que destrozara la copa de vino, Lucio se hubiera ido a dormir aquella noche y no hubiera despertado. Habría acabado. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». 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