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Vencedor, Derrotado, Hijo Morgan Rice De Coronas y Gloria #8 Morgan Rice ha concebido lo que promete ser otra brillante serie, que nos sumerge en una fantasía de valor, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un fuerte conjunto de personajes que hará que los aclamemos a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores a los que les gusta la fantasía bien escrita. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre el Despertar de los dragones) VENCEDOR, DERROTADO, HIJO es el libro #8 -y el último libro- de la serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA, que empieza con ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1) Mientras Ceres lucha en una tierra mística para recuperar sus poderes perdidos – y para salvar su propia vida- Thanos, Akila, Lord West y los demás se atrincheran en la isla de Haylon para su última tentativa contra el poder de la flota de Felldust. Jeva intenta reunir a su Pueblo del Hueso para que vengan en ayuda de Thanos y se unan a la batalla por Haylon. Le sigue una batalla épica, ola tras ola, y todos ellos dependen de un tiempo limitado si Ceres no regresa. Estefanía parte hacia Felldust para cortejar a la Segunda Piedra y llevarlo hacia Delos, para recuperar el reino que una vez fue suyo. Pero en este nuevo mundo de crueldad, puede que no todo vaya como ella había planeado. Irrien, con su reciente victoria en el Norte, reúne toda la fuerza de la flota de Felldust para dirigir un ataque final y demoledor sobre Haylon. También trae un arma sorpresa -un monstruo de inconmensurable poder- para asegurarse de que Ceres es aniquilada para siempre. Mientras tanto, el hechicero Daskalos envía a su arma definitiva -el hijo de Thanos y Estefanía- en una misión para matar a su padre. En el final de la serie se da la más épica de las batallas, con el destino del mundo pendiendo de un hilo. ¿Vivirá Ceres? ¿Y Thanos? ¿Qué sucederá con su hijo? ¿Volverá a haber libertad? ¿Y encontrarán Thanos y Ceres finalmente el verdadero amor?VENCEDOR, DERROTADO, HIJO narra la historia épica del amor trágico, la venganza, la traición, la ambición y el destino. Llena de personajes inolvidables y acción vibrante, nos transporta a un mundo que nunca olvidaremos y hace que nos volvamos a enamorar de la fantasía. Un libro de fantasía lleno de acción que seguro que satisfará a los admiradores de las anteriores novelas de Morgan Rice, junto con los admiradores de obras como El ciclo del legado de Christopher Paolini… Los admiradores de la Ficción para jóvenes adultos devorarán este último trabajo de Rice y pedirán más. The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (DE CORONAS Y GLORIA –LIBRO 8) Morgan rice Morgan Rice Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; y de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas. A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca! Algunas opiniones sobre Morgan Rice «Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita». --Books and Movie Reviews Roberto Mattos «Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más». --The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones) «Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos». --Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer) «EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico». -Books and Movie Reviews, Roberto Mattos «En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante». --Publishers Weekly Libros de Morgan Rice EL CAMINO DE ACERO SOLO LOS DIGNOS (Libro #1) UN TRONO PARA LAS HERMANAS UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1) UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2) DE CORONAS Y GLORIA ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1) CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2) ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3) REBELDE, POBRE, REY (Libro #4) SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5) HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6) GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7) VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8) REYES Y HECHICEROS EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1) EL DESPERTAR DEL VALIENTE (Libro #2) EL PESO DEL HONOR (Libro #3) UNA FORJA DE VALOR (Libro #4) UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5) LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6) EL ANILLO DEL HECHICERO LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1) UNA MARCHA DE REYES (Libro #2) UN DESTINO DE DRAGONES (Libro #3) UN GRITO DE HONOR (Libro #4) UN VOTO DE GLORIA (Libro #5) UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6) UN RITO DE ESPADAS (Libro #7) UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8) UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9) UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10) UN REINO DE ACERO (Libro #11) UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12) UN MANDATO DE REINAS (Libro #13) UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14) UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15) UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16) EL DON DE LA BATALLA (Libro #17) LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1) ARENA DOS (Libro #2) ARENA TRES (Libro #3) VAMPIRA, CAÍDA ANTES DEL AMANECER (Libro #1) EL DIARIO DEL VAMPIRO TRANSFORMACIÓN (Libro #1) AMORES (Libro #2) TRAICIONADA(Libro #3) DESTINADA (Libro #4) DESEADA (Libro #5) COMPROMETIDA (Libro #6) JURADA (Libro #7) ENCONTRADA (Libro #8) RESUCITADA (Libro #9) ANSIADA (Libro #10) CONDENADA (Libro #11) OBSESIONADA (Libro #12) ¿Quieres libros gratuitos? 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Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia. Imagen de la cubierta Derechos reservados Captblack76, utilizada bajo licencia de shutterstock.com. ÍNDICE CAPÍTULO UNO (#ud3e36f34-2993-5512-be18-b39e7d8a4dcc) CAPÍTULO DOS (#u57db8442-73b3-5027-ba8c-cce4bd1f2a04) CAPÍTULO TRES (#u4ef76e4f-e0e4-55e9-8f1c-fbe12455c7af) CAPÍTULO CUATRO (#u847b776e-10a2-56e0-a187-9061cca5abdb) CAPÍTULO CINCO (#u8b642a00-c841-55e9-aeaf-9690587c2dcb) CAPÍTULO SEIS (#u1aefa3b1-de27-57e3-bc11-2b56b38a98da) CAPÍTULO SIETE (#u407291bf-cdee-5191-867e-66cb7450ad96) CAPÍTULO OCHO (#u794471af-b0b9-51db-a172-fbc6ac3933fb) CAPÍTULO NUEVE (#u94ed7016-76ac-5404-af67-8898b18d805a) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) EPÍLOGO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Thanos se agachó cuando una flecha pasó a toda velocidad por delante de él y escuchó su ruido metálico contra las paredes de piedra de una de las casas de Haylon. Regresó a toda prisa por las calles, llegó a un cruce y se giró, espada en mano. Media docena de los antiguos hombres de Lord West salieron de un lado, los antiguos soldados del Imperio salieron del otro, mientras los soldados nativos de la isla salían en grandes cantidades de las casas de alrededor. Atraparon entre ellos a los soldados de Felldust que perseguían y Thanos atacó. Thanos clavó su espada contra el escudo de un hombre, se dio la vuelta para bloquear un golpe que iba dirigido a un hombre que estaba a su lado y tiró hacia atrás de una patada a un tercer soldado mientras Sir Justin se metía en el hueco que quedaba y mataba a otro hombre. —Estás cogiendo por costumbre salvarme —dijo Thanos en un fugaz respiro de la lucha. —Continúa luchando y estaremos en paz —respondió Justin. Eso lo podía hacer Thanos, al menos. Atrapó un hacha sobre su espada y la mantuvo en alto para que uno de los soldados del Imperio pudiera clavar una puñalada en el espacio que quedaba y, a continuación, cogió el hacha con su mano mala. Ahora se acercaban más enemigos, apareciendo en grandes cantidades mientras los invasores se daban cuenta de que allí había un nudo de defensores. Aquello significaba que tocaba dispersarse de nuevo. —¡Retroceded! —exclamó, y los hombres que había a su alrededor corrieron hacia una de las casas, cortando camino por otra calle. Thanos corría y vio que a su lado iba corriendo el General Haven. El anciano tenía la cara roja por el esfuerzo. —¿No debería buscar un lugar menos… activo en el que luchar, General? —preguntó Thanos. Haven le lanzó una mirada amenazadora. —¡No me digas lo que debo hacer, jovencito! ¡Tú no eres mi príncipe! A pesar de sus quejas, el viejo general parecía estar contento de luchar junto a Thanos y Justin mientras luchaban por subir una serie de escalones de piedra hasta uno de los tejados de la ciudad. Era imposible saber qué soldados habían salido de qué sitios; Thanos solo veía que los hombres que defendían la isla lo hacían con valentía y tesón. Sin embargo, desde allí veía el tamaño de la flota que estaba atacando la isla. No era la enorme flota de invasión que había venido a Delos, pero aun así era cuantiosa. Cubría el espacio que rodeaba el puerto como una oscura mancha sobre el agua, llenando con barcos que todavía ahora estaban descargando más y más soldados sobre el suelo de Haylon. La única esperanza era atacar y marchar corriendo, soltando montones de atacantes para después convertirlos en una multitud antes de que se adentraran en la ciudad. Los guerreros nativos de Haylon parecían estar más que acostumbrados a ese tipo de táctica, pero a Thanos le sorprendió bastante lo bien que las utilizaban los antiguos soldados del Imperio. Probablemente, el tiempo que habían pasado siendo perseguidos por las colinas de la isla tenía algo que ver. —Por aquí —dijo Haven, y Thanos siguió al general partiendo del hecho de que, seguramente, era el que mejor conocía la isla de todos los que estaban allí. Thanos deseaba que Iakos y Akila estuvieran allí, pero el líder sustituto estaba muerto y Akila estaba demasiado malherido para esas técnicas escapatorias. Thanos vio una serie de calles que reconocía y hizo una señal al general. —Aquí —gritó—. Los callejones. Ante su sorpresa, le siguieron. Pasaron corriendo por una serie de callejones estrechos y volvieron a girar. Parecía que algunos de los hombres de Sir Justin querían atacar de nuevo al enemigo, pero Thanos levantó el brazo para detenerlos. —Esperémosles —dijo Thanos—. Podemos defender mejor desde este extremo y… bueno, observar. Puede que aún no lo conocieran, pero aun así se quedaron quietos. Los soldados de Felldust atacaron y entonces fue cuando los isleños que estaban a la espera se colaron por los muros que había a ambos y los cubrieron de escombros. —Iakos puso trampas en media ciudad —explicó Thanos. Ahora le costaba respirar y deseaba poder parar aunque fuera un momento, pero en una batalla como esta, no había tiempo—. Venga, tenemos que continuar. Retrocedieron más, esta vez andando con cuidado entre cuerdas de trampa y trampas para animales. —Esta es una manera sucia de luchar —dijo Sir Justin. Thanos le puso una mano sobre el hombro. Podía imaginar por lo que aquel hombre estaba pasando. Los antiguos hombres de Lord West probablemente estaban acostumbrados a llevar a cabo ataques y duelos cuidadosamente planeados, no a luchar en callejones y escapar. —Estamos haciendo lo que debemos para ganar —dijo. Thanos todavía recordaba cuando él había luchado con tanta cautela que no había matado a sus contrincantes, y había luchado con honor. Ahora aquellos tiempos parecían muy lejanos—. Estamos manteniendo a salvo a nuestras familias y amigos. Estamos salvando a la gente de Haylon y al Imperio. Vio que los guerreros asentían y ahora estaban de nuevo lejos entre las casas, corriendo delante de las fuerzas que avanzaban. Esa era la parte preocupante de todo aquello. Estaban perdiendo terreno con cada enfrentamiento, incapaces de parar y luchar ante tantos contrincantes. Incluso cuando Thanos giró de nuevo, apartando de un golpe una lanza para poder clavar su espada en la persona que la empuñaba, salió corriendo de nuevo, dirigiéndose de nuevo a la siguiente posición entre las casas y luego hasta la siguiente. No parecía tanto luchar para ganar como simplemente frenar la derrota tanto tiempo como fuera posible. Thanos se encontraba tras una barricada en medio de la ciudad cuando llegó un mensajero corriendo, saliendo repentinamente de un portal de por allí cerca. Thanos casi lo ensarta por instinto, pero consiguió retroceder a tiempo. —Akila dice que ya es hora de que las últimas personas se retiren de la ciudad. Una de las playas de la punta de la isla ha caído, y los necesitamos a todos para reforzar los desfiladeros. Thanos asintió, intentando ocultar su decepción ante aquellas palabras. Thanos sabía que esto era inevitable desde que las fuerzas de Felldust habían abierto a la fuerza los portones del puerto, pero se había atrevido a esperar que fuera porque lo habían confiado todo a aquel ataque. Si también podían tomar playas cruzando la isla, las cosas estaban peor de lo que pensaba. —¡Retroceded hasta las colinas! —exclamó, y los hombres que lo rodeaban parecieron sorprenderse por un instante, antes de partir a través de la ciudad hacia los desfiladeros. Los hombres del General Haven fueron tan rápidos como los hombres de Haylon, pues evidentemente habían llegado a conocer las montañas durante el tiempo que lucharon allí. Los antiguos hombres de Lord West siguieron, evidentemente guiados por Thanos. Él tan solo esperaba que no estarlos llevando hasta su muerte. Llegaron hasta los muros de piedra y los desfiladeros del borde de la ciudad. Había unos hombres con mazos esperando junto a unas grandes plataformas de madera. Thanos imaginaba que cuando los encarrilaran hacia dentro, los muros de piedra se derrumbarían y formarían un muro natural. Thanos imaginaba también que, a no ser que lo hubieran calculado muy bien, los hombres se arriesgaban a quedar enterrados cuando se derrumbaran las piedras. Estaban entregando sus vidas para frenar el avance. Thanos no podía permitir que lo hicieran solos. Agarró uno de los martillos, ignorando la cara de conmoción del hombre mientras observaba cómo las tropas que iban con él se colaban por el hueco. Llegaron más guerreros de Haylon, y más todavía, pero ahora Thanos veía que los hombres de Felldust seguían de cerca. Entonces empezó a pensar en Ceres. Esperaba que su búsqueda le fuera mejor de lo que a ellos les iba en la isla. Tenía muchos deseos con ella y, si moría aquí, nunca sucederían, pero no podía quedarse quieto y dejar que estos hombres lo hicieran solos. —Debemos hacerlo —dijo uno de los hombres que estaban allí. Thanos negó con la cabeza. —Todavía no. Aún tienen que llegar más hombres. —Pero si los hombres de Felldust nos localizan … —He dicho que todavía no —repitió Thanos. Los guerreros continuaron llegando, y Thanos dejaba pasar a tantos de los suyos como podía. Cuando el primero de los guerreros de Felldust fue hacia él, Thanos paró el golpe con el mango de su mazo y, a continuación, atacó de nuevo, sintiendo que las costillas cedían por el golpe. otro se adelantó y allí estaba Haven para derribarlo. —Este no es un lugar para ti, mi príncipe —dijo. —Pensaba que había dicho que yo no era su príncipe —remarcó Thanos. Oyó que el hombre suspiraba. —No lo eres, pero tienes razón. Vine a esta isla para ser un asesino. Es el momento de ser algo más. Hizo una señal con la cabeza y Thanos notó unas manos fuertes que le agarraban los brazos. Dos soldados del Imperio lo echaban hacia atrás mientras Haven se hacía con el martillo que sostenía Thanos. —Haven, no lo haga —dijo Thanos. Pero era demasiado tarde. El viejo general ya estaba balanceando el martillo, junto a los pocos hombres elegidos de Haylon. Lo balanceaba con toda la fuerza de un hombre mucho más joven, los golpes impactaban contra la plataforma, mientras las rocas crujían por encima suyo. Cuando estas cedieron, fue como un trueno, parecía que el mundo entero desaparecía bajo la lluvia de piedras que caía. El General Haven desapareció bajo esa avalancha, dejando tan solo un sólido muro de losas. Thanos miró al montón asombrado. Aun así, sabía que esto solo les daba un poco más de tiempo. Haylon estaba perdida. Solo esperaba que las cosas fueran más fáciles para Ceres. CAPÍTULO DOS Ceres alzó la vista desde el hoyo, hacia el círculo de hechiceros medio muertos que lo rodeaban e intentaba ocultar su miedo. Consiguió reunir resistencia mientras observaba cómo se reunían, agarrando con fuerza las empuñaduras de sus espadas iguales, manteniéndose a la espera. No iba a permitir que la vieran asustada allá abajo. —Podrías habernos liberado —dijo el líder como vieja. —Liberaros para que destruyerais cosas —respondió Ceres—. Nunca. —En ese caso tomaremos tu sangre y seremos lo que fuimos por lo menos por un rato. Ceres se quedó quieta, esperándolos. ¿Cuál de ellos atacaría primero? ¿Se limitarían a disparar su magia hacia el hoyo y destruirla? No, no podían, ¿verdad? No ahora que necesitaban su sangre. Entonces tuvo una idea. Un modo en el que realmente podría salir de este hoyo. Pero sería peligroso. Muy peligroso. —¿Pensáis que tengo miedo de vosotros? —preguntó Ceres—. Yo ya he luchado en hoyos. Venga, venid todos. Esto no funcionaría a no ser que todos fueran hacia ella. Aun así, fue aterrador cuando descendían en silencio hasta llegar a la dura piedra del hoyo y echaban a correr a toda prisa para atacarla. Ceres atacaba y se movía. Había tan poco espacio en el hoyo que existía el peligro de que se arremolinaran a su alrededor. Cortó una mano que la agarró y se agachó para esquivar el golpe de unas garras que se dirigían a su garganta. Notó el arañazo de una mano en el costado y lanzó una patada, derribando a uno de los hechiceros. No eran tan fuertes como habían sido. Ceres imaginaba que habían usado más poder del que deseaban al lanzarle la magia. Continuaba atacando, continuaba esquivando dentro del hoyo mientras esperaba el momento en el que algunos de ellos se alinearan como ella quería. Ceres lo vio y no dudó. Puede que no tuviera la fuerza y la velocidad superiores que le proporcionaba su sangre, pero todavía era lo suficientemente rápida y fuerte para esto. Derribó a uno que estaba delante de ella, haciéndolo caer de rodillas, lanzó sus espadas fuera del hoyo y usó la espada del hechicero como trampolín mientras este aún se estaba recuperando. Brincó sobre los hombros del siguiente enemigo y, a continuación, saltó con todas sus fuerzas hasta el borde del hoyo. Si esto salía mal, se había deshecho de las únicas armas que tenía para protegerse. Impactó contra la piedra del muro del hoyo y se agarró al borde con las manos mientras luchaba por subir. Ceres sintió que algo se le agarraba a la pierna y lanzó una patada por instinto, sintiendo el crujido del hueso cuando dio de lleno en el cráneo de un hechicero. Ese impulso fue lo único que necesitó para continuar escalando y, rápidamente, Ceres subió por el borde del hoyo en el que había caído. Agarró sus espadas y se levantó mientras los hechiceros chillaban furiosos. —¡Te perseguiremos! —prometieron. Entonces uno rugió furioso y lanzó magia en su dirección. Ceres se apartó, pero esto fue como una señal para que los demás también atacaran. Las llamas y los rayos la seguían mientras marchaba corriendo del lugar en el que estaba el hoyo y, a su alrededor, Ceres oyó que los muros retumbaban. Al principio cayeron piedras pequeñas y después más grandes. Ceres continuaba corriendo desesperadamente, mientras caían piedras a su alrededor, rebotando al impactar contra el suelo y rodando en el caso de las más grandes. Se abalanzó hacia delante y, al levantarse, vio que el túnel que había detrás suyo ahora estaba bloqueado. ¿Detendría esto a los antiguos hechiceros? Posiblemente no para siempre. Si no morían, al final conseguirían abrirse camino a través de él, pero eso no era lo mismo que poder perseguir a Ceres ahora. Al menos, por ahora estaba a salvo. Continuó por los túneles, sin saber en qué dirección ir, pero confiando en el instinto bajo el tenue resplandor de la luz de la cueva. Ceres vio que, más adelante, esta daba a una caverna con estalactitas colgando del techo. Allí también se oía el sonido del agua y Ceres se sorprendió al ver un ancho arroyo que pasaba por el medio. Además, había un poste de amarre a la que estaba atada una barca de fondo plano. Ceres imaginó que la barca debía llevar allí atada más años de los que ella podía pensar, pero, de alguna manera, todavía parecía fuerte. Río abajo, Ceres vio una luz que no se encontraba en el resto de las cuevas y algo le decía que era hacia donde debía dirigirse. Subió a la barca, la soltó y se dejó llevar por la corriente. El agua golpeaba el lado de la pequeña embarcación y Ceres sentía que la expectación crecía en su interior mientras esta avanzaba. En otra ocasión, podría haberse preocupado por una corriente así, pensando que podría llevar hasta un dique, o peor aún, hasta una cascada. Sin embargo, ahora la corriente parecía ser algo intencionado, pensada para llevarla hasta su destino. La barca pasó a través de un túnel tan estrecho que Ceres podría haber tocado las paredes de ambos lados. Más adelante había una luz brillante, después de la penumbra de las cuevas. El túnel daba paso a un lugar que no era roca, ni piedra. En su lugar, en un sitio en el que debería haber habido otra cueva, Ceres se encontraba flotando por un trozo de paisaje idílico. Ceres reconoció la obra de los Antiguos al instante. Solo ellos podrían haber hecho algo así. Puede que los hechiceros hubieran encontrado el poder para una ilusión, pero esto parecía real; incluso olía a hierba fresca y a gotas de rocío. La barca chocó ligeramente contra la orilla y Ceres vio un amplio prado enfrente, lleno de unas flores silvestres cuyo aroma era dulce y delicado. Algunas de ellas parecían moverse con ella a su paso, y Ceres sintió el roce de las espinas contra su pierna, que sangró junto a un agudo pinchado de dolor. Sin embargo, tras esto desaparecieron. Al parecer, fueran las defensas que fueran, no estaban pensadas para no dejarla pasar a ella. A Ceres le llevó un momento darse cuenta de que había dos cosas extrañas en el lugar por el que pasaba. Bueno, más extrañas de lo que lo era un trozo de paisaje en medio de un complejo de cuevas, para empezar. Una cosa extraña era el modo en el que las visiones del pasado parecían haberse detenido. En las cuevas de arriba, parecían aparecer y desaparecer a cada parpadeo, mostrando el ataque final de los Antiguos al hogar de los hechiceros. Aquí, el mundo no parecía estar atrapado a medio camino entre dos puntos. Aquí, era tan tranquilo como inalterable, sin los constantes cambios que se experimentaban en el resto de aquel lugar. La segunda cosa extraña era la bóveda de luz que se alzaba en el centro, de un dorado brillante en contraste con el verdor del resto. Era del tamaño de una casa grande, o de la tienda de algún señor nómada, pero aun así parecía estar compuesta de energía casi por entero. Al mirarla, al principio pensó que la bóveda podría ser un escudo o un muro, pero de algún modo Ceres sabía que era más que eso. Era un lugar con vida, un hogar. También pensó que era el lugar donde podría encontrar lo que fuera que estaba buscando. Casi por primera vez desde que había pisado el hogar de los hechiceros, Ceres se atrevió a sentir un destello de esperanza. Tal vez este era el lugar donde recuperaría sus poderes. Tal vez, después de todo, podría ayudar a salvar Haylon. CAPÍTULO TRES Mientras navegaba en dirección a la Costa del Hueso de Felldust, Jeva sufrió la sensación más extraña de su vida: le preocupaba que iba a morir. Era una sensación nueva para ella. No era algo que su pueblo estuviera acostumbrado a experimentar. Y, desde luego, no era algo que ella hubiera deseado jamás. Probablemente equivalía a algún tipo de herejía el ir flotando, contemplando la posibilidad de reunirse con los muertos que estaban esperando y, en realidad, preocuparse por ello. Los de su especie acogían la muerte, incluso la recibían como una oportunidad para ser finalmente uno con el gran oleaje de sus antepasados. No les daba miedo el peligro. Pero eso era exactamente lo que Jeva sentía ahora, al ver la débil línea de la orilla de Felldust aparecía en el horizonte. Le daba miedo pensar que podía ser aniquilada por lo que tenía que decir. Le daba miedo que la mandaran a reunirse con sus antepasados, antes de poder ayudar en Haylon. Se preguntaba qué había cambiado. La respuesta a ello era muy fácil: Thanos. Se puso a pensar en él mientras navegaba hacia tierra, observando a las aves marinas que se reunían en bandadas flotantes a la espera de la siguiente ocasión de conseguir comida. Antes de conocerlo a él, ella era… bien, quizás no era igual que todos los de su pueblo, ya que la mayoría de ellos no sentían la necesidad de deambular hasta Puerto Sotavento y más allá. Aun así, había sentido lo mismo que ellas y, por supuesto, había sido igual que ellos. Desde luego, no sentía miedo. No era miedo por ella exactamente, aunque sabía perfectamente bien que su propia vida estaba en juego. Estaba más preocupada por lo que les sucedería a aquellos que quedaban en Haylon, y a Thanos, si ella no regresaba. Eso era otra especie de herejía. Los vivos no importaban excepto por lo útiles que eran para satisfacer los deseos de los muertos. Si una isla entera de gente moría a manos de un invasor, aquello era un glorioso honor para ellos, no algo que debiera tratarse como un desastre inminente. Lo único que importaba en la vida era satisfacer los deseos de los muertos y lograr un fin para sí mismo que fuera adecuadamente glorioso. Los oradores de los muertos lo habían dejado claro. Jeva incluso había oído los susurros de los muertos por sí misma, cuando el humo se alzaba de las piras videntes. Continuó navegando, ignorándolo, sintiendo cómo las olas empujaban el timón mientras ella mantenía su pequeña barca directa a su hogar. Ahora eran otras voces las que oía, discutiendo por la misericordia, por salvar Haylon, por ayudar a Thanos. Lo había visto arriesgar su vida por ayudar a los demás sin que Jeva viera una buena razón para ello. Cuando ella había estado atada como un mascarón a un barco de Felldust, esperando a ser azotada, él había venido a rescatarla. Cuando habían luchado uno al lado del otro, el escudo de él había sido su escudo de un modo que nunca e había visto con su pueblo. En Thanos había visto algo que admirar. Quizás más que admirar. Había visto a alguien que estaba en el mundo para hacer allí lo mejor que pudiera, no solo para encontrar el modo más perfecto de abandonarlo. Las nuevas voces que estaba oyendo le decían que este era el modo en el que debía vivir y que ir a ayudar a Haylon era parte de ello. El problema es que Jeva sabía que estas solo procedían de su interior. No debería haberlas escuchado tan encarecidamente. Seguramente su pueblo no lo haría. —Lo que queda de ellos —dijo Jeva, mientras el viento se llevaba sus palabras. La aldea de su tribu había desaparecido. Ahora iba a dirigirse hacia otro lugar de reunión y les iba a pedir a otra parte de su pueblo sus vidas. Jeva alzó la vista para ver cómo el viento hinchaba la pequeña vela de su barca y la espuma jugaba por encima del mar; lo que fuera para evitar pensar en lo que debería llevar a cabo para hacer que aquello funcionara. Aun así, las palabras salieron, tan inevitables como el final de la vida. Tendría que asegurar que hablaba por los muertos. Las palabras de los muertos habían sido necesarias para llevarlos hasta Delos, aunque Jeva y Thanos no habían afirmado que hablaban por ellos acerca de eso. Pero Jeva no podía simplemente dejárselo a los oradores. Existía una gran posibilidad de que dijeran que no, y entonces ¿qué sucedería? La muerte de su amigo. No podía permitirlo. Aunque esto significara hacer lo impensable. Jeva guió su barca para acercarla más a la orilla, abriéndose paso entre rocas y los restos que habían caído sobre ellas. Esta no era la playa que estaba más cerca de su viejo hogar, sino un lugar un poco más alejado junto a la costa, en otro de los grandes lugares de reunión. Sin embargo, aun así habían conseguido limpiar los escombros. Jeva sonrió ante aquello, sintiendo algo de orgullo por ello. Unas barcas que iban a su encuentro aparecieron en el agua. En su mayoría, eran ligeras, canoas con refuerzo, pensadas para interceptar lo que evidentemente no era una de las embarcaciones del Pueblo del Hueso. Evidentemente, si Jeva no hubiera sido una de ellos, entonces hubiera tenido que luchar por su vida. En cambio, se reunieron a su alrededor, riéndose y bromeando de un modo que nunca hacían cuando había desconocidos. —Hermosa barca, hermana. ¿A cuántos hombres mataste por ella? —¿Matar? —dijo otro—. Seguramente fueron hasta los muertos por el miedo que les dio verla! —Irían hasta los muertos al ver lo horrible que eres —replicó Jeva y los hombres rieron con ella. Así era cómo se hacían las cosas aquí. Era importante cómo se hacían las cosas. A los extraños su pueblo les podía parecer extraño, pero tenían sus propias normas, sus propios patrones de comportamiento. Ahora, Jeva iba a ir hasta ellos y, si afirmaba que hablaba por los muertos, entonces estaría rompiendo una de las más básicas de aquellas normas. Puede que le cortaran su comunión con los muertos por romperla, que la asesinaran sin que sus cenizas se mezclaran para consumirse con las piras. Llevó su barca hasta la orilla, saltó de ella y tiró de ella hasta la playa. Allí había más de los suyos esperando. Una niña fue corriendo hasta ella con una urna funeraria y le ofreció una pizca de las cenizas de la aldea. Jeva la tomó y la probó. Simbólicamente, ahora era una más de la aldea, una parte de su comunión con sus antepasados. —Bienvenida, sacerdotisa —dijo uno de los hombres que había en la playa. Era un hombre mayor con la piel fina como el papel, pero todavía tenía deferencia hacia Jeva por las marcas que demostraban que había sufrido los ritos—. ¿Qué trae a una oradora de los muertos hasta nuestras orillas? Jeva se quedó quieta, pensando en la respuesta. Entonces hubiera sido muy fácil afirmar que ella hablaba por aquellos que se habían ido. Ella había visto su parte de visiones; cuando era una niña, había quien pensaba que sería una gran oradora para los muertos. Uno de los oradores más ancianos había así lo había anunciado, diciendo que ella diría unas palabras que sacudirían a todo su pueblo. Si afirmaba que los muertes la habían llamado para que viniera hasta aquí y pedían que su pueblo luchara por Haylon, puede que lo creyeran sin discusión. Puede que obedecieran su autoridad prestada igual que obedecían todo lo demás. Si lo hacía, realmente podía salvar Haylon. Podría existir la posibilidad de que su pueblo bastara para romper el ataque por parte de la flota de Felldust. Al menos, podría hacer que los defensores ganaran tiempo. Si mentía. Pero Jeva no podía hacerlo. No era solo la mentira que había en el centro de todo esto, aunque le horrorizaba el hecho de estar sopesándolo. Ni tan solo era el hecho de que iba en contra de todo lo que su pueblo sentía acerca del mundo. No, era el hecho de que Thanos no hubiera querido que lo hiciera de este modo. Él no hubiera querido que engañara a la gente para llevarlos hasta la muerte, o que los obligara a encararse al poder de Felldust sin conocer la verdad de por qué estaban yendo. —¿Sacerdotisa? —preguntó el anciano—. ¿Está aquí para hablar por los muertos? ¿Qué haría él en ese momento? Jeva ya tenía la respuesta para eso, forjada a partir de la última vez que él había estado en las tierras de su pueblo. Forjada a partir de todo lo que había hecho desde entonces. —No —dijo—. No estoy aquí para hablar por los muertos. Soy Jeva y hoy deseo hablar por los vivos. CAPÍTULO CUATRO Irrien caminaba por los campos de los muertos, echando un vistazo a la matanza que habían causado sus ejércitos sin nada de la satisfacción que normalmente esto le proporcionaba. A su alrededor, los hombres del Norte yacían muertos o moribundos, destrozados por sus ejércitos, aniquilados por sus cazadores. En cambio, se sentía como si le hubieran robado su verdadera victoria. Un hombre que llevaba la armadura brillante de sus enemigos gemía en el barro, intentando aferrarse a la vida a pesar de las heridas que le habían infligido. Irrien cogió una lanza de otro cadáver que había por allí cerca y lo atravesó con ella. Incluso matar a débil como aquel no contribuyó a levantar su ánimo. Lo cierto era que había sido demasiado fácil. Había habido muy pocos enemigos como para hacer que valiera la pena librar esta lucha. Habían arrasado por el Norte, desbrozando a cuchilladas las aldeas y los castillos pequeños, arrasando incluso la antigua fortaleza de Lord West. En cada lugar, había encontrado moradas vacías y castillos más vacíos, estancias que la gente había abandonado a tiempo para escapar de la horda que se les estaba echando encima. No solo era frustrante porque significaba que no podía tener las victorias significativas que él había planeado. Era frustrante porque significaba que sus enemigos todavía estaban allí. Irrien también sabía dónde el cobarde que se había quedado rezagado en el castillo de Lord West se lo había dicho: estaban en Haylon, reforzando la isla a la que él había mandado solo parte de sus fuerzas para conquistar. Eso hacía que se impacientara más a cada momento que pasaba allí. Pero aquí todavía había cosas que hacer. Miró a su alrededor y vio que sus hombres trabajaban junto a cuadrillas de esclavos recién atrapados para derribar uno de los castillos que parecían brotar rápidamente aquí como las setas después de la lluvia. Irrien no dejaría cosas así sin ocupar, pues eso representaría un lugar para reunirse sus enemigos. Aún más, sus hombres parecían muy satisfechos con la victoria fácil. Irrien veía que a los que no se había encargado de organizar las cuadrillas holgazaneaban bajo el sol, apostando con monedas de los botines o atormentando a prisioneros que habían tomado para su entretenimiento. Por supuesto, los parásitos habituales estaban allí. Alguien había montado un campamento de esclavistas al borde del ejército como si fuera su sombra, con sus carretas y sus jaulas llenándose rápidamente. Había un espacio vacío en el centro donde los esclavistas regateaban con los mejores y los más guapos, aunque lo cierto era que tomaban lo que los soldados estaban preparados para venderles. Los hombres que había allí eran buitres, no guerreros por legítimo derecho. Después estaban los sacerdotes de la muerte. Habían montado su altar en medio del campo de batalla, tal y como hacían a menudo. Ahora, los soldados les traían los enemigos heridos que encontraban y los arrastraban hasta la losa de piedra para que les cortaran el cuello o les arrancaran el corazón. Su sangre corría e Irrien imaginaba que a los dioses de los sacerdotes aquello posiblemente les satisfacía. Desde luego, eso es lo que parecía que pensaban los sacerdotes, exhortando a los fieles a entregarse por completo a la muerte, ya que era el único modo de ganarse su favor. Un hombre realmente parecía tomárselos en serio. Era evidente que había sufrido heridas en la batalla, algunas tan graves que necesitó la ayuda de sus compañeros para llegar hasta la losa. Irrien observaba cómo trepaba hasta encima, dejando su pecho al descubierto para que los sacerdotes pudieran apuñalarlo con un cuchillo de obsidiana oscura. Irrien escupió ante la debilidad de un hombre que no se sobreponía a sus heridas. Al fin y al cabo, Irrien no estaba dejando que sus viejas heridas le frenaran, ¿verdad? Su hombro le dolía con cada movimiento, pero no iba a ofrecerse como sacrificio para que otros se libraran de la muerte. Según su experiencia, lo único que te libraba de la muerte era ser el más fuerte de dos guerreros. La fuerza significaba que conseguías vivir. La fuerza significaba que podías tomar lo que quisieras, ya fueran las tierras de un hombre, la vida o las mujeres. En pocas palabras, Irrien se preguntaba qué pensarían de él los dioses de la muerte de los sacerdotes. Solo los veneraba por el efecto que tenían para reunir a sus hombres. Ni tan solo estaba seguro de que existieran cosas así, salvo como un modo de tener poder para los sacerdotes que no podían controlar a los hombres con su propia fuerza. Imaginaba que estas cosas jugaban en su contra con cualquier dios que existiera, pero ¿Irrien no había mandado a la tumba más hombres, mujeres y niños que nadie? ¿No les había entregado sus sacrificios, promocionado su sacerdocio y convertido este mundo en algo que aprobarían? Puede que Irrien no lo hubiera hecho por ellos, pero lo había hecho, no obstante. Se levantó y, por un instante, escuchó hablar al sacerdote. —¡Hermanos! ¡Hermanas! La de hoy es una gran victoria. Hoy hemos mandado a muchos por la puerta negra hacia el mundo del más allá. Hoy hemos saciado a los dioses, de tal modo que mañana no nos escogerán a nosotros. La victoria de hoy… —No fue una victoria —dijo Irrien, y su voz se oyó sin esfuerzo por encima de la del sacerdote—. Para que haya una victoria, debe existir una lucha que valga la pena librar. ¿Tomar hogares vacíos es una victoria? ¿Asesinar a estúpidos que se han quedado atrás cuando los demás han tenido la sensatez de escapar? —Irrien los miró—. Hoy hemos matado, y esto está bien, pero hay que hacer mucho más. Hoy, terminaremos las cosas aquí. Derribaremos sus castillos y entregaremos sus familias a los esclavistas. Pero mañana iremos a un lugar donde sí que hay una victoria por ganar. Al lugar donde todos sus guerreros han ido antes que nosotros. ¡Iremos a Haylon! Oyó que sus hombres aclamaban ante aquello, su deseo de batalla ardía de nuevo por la batalla. Se dirigió al sacerdote. —¿Usted qué dice? ¿Es la voluntad de los dioses? El sacerdote no lo dudó. Cogió su cuchillo y abrió al hombre muerto que había sobre el altar, sacándole las entrañas para interpretarlas. —Lo es, Lord Irrien. La suya seguirá a la de usted en esto. ¡Irrien! ¡Ir-ri-en! —¡Ir-ri-en! —coreaban los soldados. Entonces el hombre supo cuál era su lugar. Irrien sonrió y se dirigió a la multitud. No le sorprendió que una silueta vestida con una túnica apareciera a su lado y le siguiera el paso. Irrien sacó el puñal, sin saber si lo necesitaría. —Has estado callado desde que hablamos por última vez, N’cho —dijo Irrien—. No me gusta que me hagan esperar. El asesino inclinó la cabeza. —He estado investigando acerca de lo que me pidió, Primera Piedra, preguntando a mis amigos sacerdotes, leyendo pergaminos prohibidos, torturando a los que no hablaban. Irrien estaba seguro de que el líder de las Doce Muertes había disfrutado enormemente. De todos ellos, N’cho era el único que había sobrevivido tras atacarlo a él. Irrien empezaba a preguntase si aquella había sido la elección correcta. —Has oído lo que les he dicho a los hombres —dijo Irrien—. Vamos a ir a Haylon. Eso significa levantarse contra la hija de los Antiguos. ¿Tienes una solución para mí, o debería arrastrarte para que fueras el siguiente sacrificio? Vio que el hombre negaba con la cabeza. —Ay de mí, los dioses no están tan ansiosos por conocerme, Primera Piedra. Irrien estrechó los ojos. —¿Lo que significa? N’cho dio un paso atrás. —Creo que he encontrado lo que necesitaba. Irrien hizo un gesto al hombre para que fuera con él, guiándolo hasta su tienda. Con una mirada suya, los guardias y los esclavos que había allí se fueron corriendo, dejándolos a los dos solos. —¿Qué has encontrado? —preguntó Irrien. —En la guerra contra los Antiguos se utilizaron unas… criaturas —dijo N’cho. —Estas cosas hace tiempo que están muertas —puntualizó Irrien. N’cho negó con la cabeza. —Todavía podrían reunirse y creo que he encontrado un lugar donde convocar a una. Sin embargo, serás necesarias muchas muertes. A Irrien eso le hizo reír. Este era un pequeño precio a pagar por la vida de Ceres. —La muerte —dijo— siempre es lo más fácil de planear. CAPÍTULO CINCO Estefanía observaba cómo dormía el Capitán Kang con una mirada de asco que se calaba en lo profundo de su alma. La gruesa silueta del capitán se movía cuando roncaba y Estefanía se movía hacia atrás cuando él se acercaba a ella estando dormido. Ya lo había hecho lo suficiente mientras estaba despierto. Estefanía nunca había tenido problemas para conseguir amantes que se rindieran a su voluntad. A fin de cuentas, es lo que pensaba hacer con la Segunda Piedra. Pero Kang estaba muy lejos de ser un hombre amable y parecía deleitarse en encontrar nuevas maneras de humillar a Estefanía de paso. La había tratado como la esclava que, por poco tiempo, fue con Irrien y Estefanía se había jurado a sí misma que jamás volvería a serlo. Entonces escuchó rumores entre la multitud: que, después de todo, tal vez no llegaría a salvo. Que tal vez el capitán tomaría todo lo que ella había dado y la vendería igualmente a la esclavitud al final de esto. Que, como poco, compartiría el botín entregándosela. Estefanía no lo permitiría. Prefería morir a eso, pero era mucho más fácil matar en su lugar. Salió de la cama sin hacer ruido y miró por una de las pequeñas ventanas del camarote del capitán. Puerto Sotavento estaba a poca distancia, el polvo caía sobre ella desde las colinas de allá arriba incluso en la penumbra del amanecer. Era una ciudad horrible, decadente y con el espacio reducido, e incluso desde aquí Estefanía podía ver que sería un lugar de violencia. Kang había dicho que no se atrevía a ir allí por la noche. Estefanía había pensado que tan solo era una excusa para utilizarla una vez más, pero quizás era algo más. A fin de cuentas, los mercados de esclavos no estarían abiertos de noche. Tomó una decisión y se vistió rápidamente, se envolvió con su capa y buscó en sus pliegues. Sacó una botella y algo de hilo, moviéndose con la cautela que sabe exactamente lo que está agarrando. Si cometía un error ahora, estaba muerta, ya fuera por el veneno o cuando despertara Kang. Estefanía se colocó encima de la cama y colocó el hilo en la boca de Kang lo mejor que pudo. Se movió y giró dormido y Estefanía fue con él, con cuidado para no tocarlo. Si despertaba ahora, ella estaba cerca. Dejó caer las gotas de veneno por el hilo, manteniendo la concentración mientras Kang murmuraba algo dormido. Una gota se escurrió hacia sus labios y, a continuación, una segunda. Estefanía se preparaba para el momento en que se quedaría sin aliento y moriría, reclamado por el veneno. En cambio, abrió de golpe los ojos y miró fijamente sin entender nada por un instante a Estefanía y después furioso. —¡Puta! ¡Esclava! Morirás por esto. En un instante, estaba sobre Estefanía, apretándola contra la cama. Le pegó una vez y, a continuación, ella notó la presión demoledora de sus manos agarrándole el cuello. Estefanía respiraba con dificultad mientras sentía que se cortaba su respiración y daba palos de ciego mientras intentaba sacárselo de encima. Por su parte, Kang hacia presión hacia abajo con su gran volumen, inmovilizando a Estefanía debajo de él. Ella peleaba y él solo reía, mientras continuaba estrangulándola. Todavía estaba riendo cuando Estefanía sacó un cuchillo de dentro de su capa y lo apuñaló. Se quedó sin aliento a la primera puñalada, pero Estefanía no notaba que la presión sobre su cuello fuera a menos. Empezó a aparecer oscuridad en los límites de su visión, pero ella continuaba apuñalando, dando golpes de ciego de forma mecánica por instinto, haciéndolo a ciegas porque ahora no veía nada más allá de una vaga neblina. Estefanía notó que le soltaba el cuello y sintió que el peso de Kang se desplomaba sobre ella. Le llevó un buen rato conseguir salir de debajo de él, respirando con dificultad e intentando recuperar la consciencia. Lo único que consiguió fue caer de la cama, para levantarse después, bajando la vista con asco hacia los restos del cuerpo de Kang. Debía ser práctica. Había hecho lo que tenía planeado, por muy difícil que había resultado ser. Ahora debía ir a por el resto. Rápidamente, volvió a colocar las sábanas para que a primera vista pareciera que estaba durmiendo. Buscó rápidamente por el camarote hasta encontrar el cofre donde Kang guardaba el oro. Estefanía se coló inadvertidamente en cubierta, con la capucha puesta mientras se dirigía hacia la pequeña barca de desembarque que había en popa. Estefanía se metió dentro y empezó a manejar las poleas para bajarla. Chirriaban como un portón oxidado y, desde algún lugar por encima de ella, oyó los gritos de los marineros que querían saber qué era aquel ruido. Estefanía no dudó. Sacó un cuchillo y se puso a serrar la cuerda que sujetaba la barca. Esta cedió y se desplomó lo que quedaba de la corta distancia hasta las olas. Agarró los remos y empezó a remar en dirección hacia el puerto, mientras tras ella los marineros sabían que no existía modo de seguirla. Estefanía remó hasta topar con los muelles y trepó, sin tan solo molestarse en amarrar la barca. No iba a regresar en aquella dirección. La capital de Felldust era todo lo que prometía ser desde el agua. El polvo caía sobre ella en olas, mientras a su alrededor las siluetas se movían a través de él con intención ominosa. Una se acercó a ella y Estefanía mostró rápidamente un cuchillo hasta hacerlo retroceder. Se adentró más en la ciudad. Estefanía sabía que Lucio había venido hasta aquí y se preguntaba cómo se habría sentido al hacerlo. Probablemente indefenso, pues Lucio no sabía relacionarse con la gente. Pensaba desde el punto de vista de atacar a la gente y exigir, de las amenazas y la intimidación. Había sido un estúpido. Estefanía no era una estúpida. Miró a su alrededor hasta encontrar a la gente que tendría información de verdad: los mendigos y las prostitutas. Fue hasta ellos con el oro robado e hizo la misma pregunta una y otra vez. —Habladme de Ulren. Lo preguntó en callejones y en casas de juego donde las apuestas parecían ser de sangre tanto como de dinero. Lo preguntó en tiendas donde vendían capas de pañoleta contra el polvo y en lugares donde los ladrones se reunían por la noche. Escogió una taberna y se instaló allí, haciendo correr la voz por la ciudad de que había oro para aquellos que hablaran con ella. Vinieron y le contaron fragmentos de historia y rumores, chismes y secretos en una mezcla que Estefanía estaba más que acostumbrada a clasificar. No se sorprendió cuando dos hombres y una mujer fueron hasta ella, todos con las capas que se usaban en la ciudad para no dejar pasar el polvo, todos llevando el emblema de la antigua Segunda Piedra. Tenían la mirada dura de la gente que está acostumbrada a la violencia, pero eso se podía aplicar a casi cualquiera en Felldust. —Has estado haciendo muchas preguntas —dijo la mujer, inclinándose sobre la mesa. Estaba tan cerca que Estefanía podría haberle clavado un cuchillo con facilidad. Tan cerca que podrían haber sido confidentes compartiendo chismes en un baile cortesano. Estefanía sonrió. —Así es. —¿Pensabas que esas preguntas no llamarían la atención? ¿Qué la Primera Piedra no tiene fisgones en la sombra? Entonces Estefanía se echó a reír. ¿Habían pensado ellos que no había tenido en cuenta la posibilidad de que hubiera espías? Había hecho más que eso; había confiado en ello. Había hurgado en la ciudad en busca de respuestas, pero lo cierto era que había estado buscando atención tanto como cualquier otra cosa. Cualquier estúpido podía acercarse a una puerta y que se le negara la entrada. Una mujer lista lo hacía de tal manera que los que estaban dentro la hacían pasar. Al fin y al cabo, pensaba Estefanía con más diversión, una mujer nunca debería ser la que hace toda la caza en un romance. —¿Qué es tan divertido? —preguntó la mujer—. ¿Estás loca o solo eres estúpida? ¿Quién eres, por cierto? Estefanía se quitó la capucha para que la mujer viera sus rasgos. —Soy Estefanía —dijo—. La antigua prometida del heredero del Imperio, la antigua gobernante del Imperio. He sobrevivido a la caída de Delos y a los mejores esfuerzos de Irrien por matarme. Piensas que tu señor querrá hablar conmigo, ¿no es cierto? Se quedó quieta mientras los otros se miraban entre ellos, evidentemente intentando decidir qué hacer ante esto. Finalmente, la mujer tomó una decisión. —Nos la llevamos. Se colocaron a ambos lados de Estefanía, pero ella hizo un gesto como si caminara con ellos, para que pareciera una escolta noble que y no que la llevaban prisionera. Incluso alargó el brazo y lo posó ligeramente sobre el brazo de la mujer, del modo en que podría haberlo hecho paseando por un jardín en compañía. Caminaron por la ciudad y, como este era uno de los escasos huecos dentro del polvo procedente de los acantilados, Estefanía no se molestó en ponerse la capucha de la capa. Dejó que la gente la viera, a sabiendas de que empezarían los rumores sobre quién era y hacia dónde iba. Evidentemente, a pesar de la apariencia que ella le daba, este distaba mucho de ser un paseo placentero. A su lado continuaba habiendo asesinos, que no dudarían en matarla si Estefanía les daba algún motivo. Mientras se dirigía hacia un gran complejo en el centro de la ciudad, Estefanía notaba cómo se le hacía un nudo en el estómago por el miedo, reprimido solo por la determinación de hacer todas las cosas para las que había venido a Felldust. Se vengaría de Irrien. El hechicero le devolvería a su hijo. La llevaron a través del complejo, pasando por delante de esclavos que trabajaban y guerreros que entrenaban, por delante de estatuas que representaban a Ulren de joven, alzadas por encima de los cuerpos de los enemigos asesinados. Estefanía no tenía ninguna duda de que era un hombre peligroso. Para ser el segundo solo por detrás de Irrien significaba que había peleado por llegar a lo más alto de uno de los lugares más peligrosos que existían. Perder aquí era morir, o peor que morir, pero Estefanía no tenía pensado morir. Ella había aprendido las lecciones de la invasión e incluso de su fracaso para controlar a Irrien. Esta vez tenía algo que ofrecer. Ulren deseaba las mismas cosas que ella: el poder y la muerte de la antigua Primera Piedra. Estefanía había oído hablar de gente que basaba los matrimonios en cosas peores. CAPÍTULO SEIS Ceres bajó de la pequeña barca a la orilla, bajo el asombro del hecho que un lugar así pudiera existir en algún lugar bajo tierra. Sabía que los poderes de los Antiguos tenían algo que ver, pero no entendía por qué lo harían. ¿Por qué construir un jardín en medio de una pesadilla? Evidentemente, por lo poco que había visto de los Antiguos, el hecho de que fuera una pesadilla podría ser razón suficiente para el jardín. También estaba la cúpula, que parecía estar compuesta de una pura luz dorada. Ceres se acercó más a ella. Si aquí se encontraba una respuesta, estaba segura de que se encontraría en algún lugar dentro de aquella cúpula. Había una leve neblina hasta la luz y a Ceres le pareció ver un par de siluetas. Solo esperaba que no fueran más hechiceros medio muertos. Ceres no estaba segura de tener la fuerza para luchar contra ninguno más de ellos. Ceres atravesó la luz haciendo fuerza y no podía evitar prepararse para algún tipo de sacudida pensada para tirarla al suelo. En cambio, solo hubo un momento de presión y, a continuación, ya la había atravesado, había entrado en la cúpula y miraba a su alrededor. Parecía el interior de una estancia opulenta, con alfombras y divanes, estatuas y adornos que parecían colgar del interior de la cúpula. También había otras cosas: objetos de cristal y libros que mostraban el arte de un hechicero. En el centro había dos siluetas. El hombre tenía la misma apariencia de elegancia y paz que había visto en su madre y vestía la pálida túnica que había visto en los recuerdos de los Antiguos. La mujer vestía la túnica más oscura de los hechiceros, pero a diferencia de aquellos que estaban más arriba, todavía parecía joven, no desecados por el tiempo. Al mirarlos, Ceres se dio cuenta de que también tenían la apariencia translúcida que había visto en otras partes del lugar, en los recuerdos que allí había. —No son reales —dijo. El hombre rió al escuchar eso. —¿Has oído, Lin? No somos reales. La mujer alargó el brazo para tocar el de él. —Es comprensible que cometan este error. Después de todo este tiempo, imagino que parecemos meras sombras de lo que fuimos. Aquello cogió a Ceres un poco por sorpresa. Sin pensarlo, alargó el brazo hacia el hombre. Vio cómo le atravesó el pecho con la mano. Se dio cuenta de lo que acababa de hacer. —Lo siento —dijo. —No lo hagas —dijo el hombre—. Imagino que es un poco desconcertante. —¿Qué sois? —preguntó ella—. Vi a los hechiceros de allá arriba y no sois como ellos, y tampoco sois como los recuerdos, porque aquellos son solo imágenes. —Somos… algo más —dijo la mujer—. Yo soy Lin y este es Alteo. —Yo me llamo Ceres. Ceres se fijó en lo cerca que estaban el uno del otro, en el modo en que Lin posaba la mano sobre el hombro de Alteo. Parecían una pareja muy enamorada. ¿Acabarían ella y Thanos así alguna vez? Aunque presuntamente no tan transparentes. —La batalla se propagó —dijo Alteo—, y no pudimos detenerla. Lo que los hechiceros planearon era malvado. Algunos de los tuyos no eran mejores —dijo Lin con una leve sonrisa, como si ya hubieran tenido muchas veces esta conversación—. Sucedió muy rápido. Los Antiguos encarcelaron a los hechiceros como estaban, su magia mezcló el pasado y el futuro y Alteo y yo… —Os convertisteis en algo más —terminó Ceres. Recuerdos conscientes. Fantasmas del pasado que, por lo menos, se podían tocar el uno al otro. —Tengo la sensación de que no peleaste contra todo lo que hay allá arriba solo para encontrarnos a nosotros —dijo Alteo. Ceres tragó saliva. No esperaba esto. Esperaba un objeto, quizás algo como el punto de conexión que contuviera todos los hechizos de allá arriba. Aun así, el Antiguo que tenía delante estaba en lo cierto: había ido allí por un motivo. —Tengo la sangre de los Antiguos —dijo. Vio que Alteo asentía con la cabeza. —Ya lo veo. -Pero algo la restringe —dijo Lin—. La limita. —Alguien me envenenó —dijo Ceres—. Me quitó mis poderes. Mi madre pudo recuperarlos por poco tiempo, pero no duró. —El veneno de Daskalos —dijo Lin, con algo de aversión. —Algo malvado —dijo Alteo. —Pero algo que puede enmendarse —añadió Lin. Miró a Ceres—. Si es digna de ello. Lo siento, pero es mucho poder para alguien. Hemos visto lo que puede hacer. —Y dado lo que somos, costaría mucho enmendarlo —dijo Alteo. Lin alargó la mano para tocarle el brazo. —Tal vez sea el momento de ver cosas nuevas. Llevamos aquí cintos de años. Incluso con las cosas que nosotros podemos crear, tal vez sea el momento de ver qué hay a continuación. Ceres se detuvo al oír eso, al entender sus consecuencias. —Esperad, ¿sanarme a mí os mataría? —Negó con la cabeza, pero después la interrumpieron los pensamientos acerca de Thanos y todos los demás que estaban en Haylon. Si no lo hacía, ellos también morirían—. No sé qué decir —confesó—. No quiero que nadie muera por mí, pero mucha gente morirá si no lo hago. Vio que los dos espíritus se miraban el uno al otro. —Es una buena manera de empezar —dijo Alteo—. Significa que existe un motivo para ello. Cuéntanos el resto. Cuéntanos todo lo que le llevó a esto. Ceres lo hizo lo mejor que pudo. Se lo explicó todo acerca de la rebelión y de la guerra. Acerca de la invasión que le siguió y de su incapacidad de detenerla. Acerca del ataque sobre Haylon que, todavía ahora, estaba poniendo en peligro a todos los que amaba. —Comprendo —dijo Lin, alargando la mano para tocar a Ceres. Ante su sorpresa, Ceres notó una sensación de presión—. De hecho, me recuerda un poco a nuestra guerra. —El pasado prosigue con sus propios ecos —dijo Alteo—. Pero algunos ecos no pueden repetirse. Debemos saber si lo entiende. Ceres vio que Lin asentía con la cabeza. —Es cierto —dijo el espíritu—. Tengo una pregunta para ti, Ceres. Veamos si lo comprendes. ¿Por qué esto está aquí todavía? ¿Por qué los hechiceros están atrapados de este modo? ¿Por qué no los destruyeron los Antiguos? La pregunta parecía ser un examen y Ceres tenía la sensación de que si no daba una buena respuesta para ella, no recibiría la ayuda de estos dos. Dado lo que habían dicho que les costaría, Ceres estaba sorprendida de que ni tan solo lo consideraran. —Pero ¿podrían haberlos destruido los Antiguos? —preguntó Ceres. Alteo esperó un momento y después asintió. —No fue eso. Piensa en el mundo. Ceres pensó. Pensó en los efectos de la guerra. En los malditos desperdicios de Felldust y en las ruinas de la isla que había allá arriba. En los pocos Antiguos que quedaban en el mundo. En las invasiones y en la gente que había muerto luchando contra el Imperio. —Creo que no los destruisteis por lo que representaría hacerlo —dijo Ceres—. ¿De qué sirve ganar si no queda nada después de hacerlo? —. Aunque imaginaba que había algo más—. Yo formé parte de una rebelión. Luchamos contra algo que era grande y malvado y que empeoraba la vida de la gente, pero ahora ¿cuánta gente ha muerto? Nada se resuelve asesinando a todo el mundo. Entonces vio que Lin y Alteo se miraban el uno al otro. Asintieron con la cabeza. —Al principio, permitimos la rebelión de los hechiceros —dijo Alteo—. Pensábamos que no serviría para nada. Después creció y luchamos, pero mientras nos enfrentábamos a ella, hicimos tanto daño como ellos. Teníamos el poder para destrozar paisajes enteros y los usamos. De qué manera lo usamos. —Has visto las cosas que se le han hecho a esta isla —dijo Lin—. Cuando te sane, si es que te sano, tú tendrás este tipo de poder. ¿Qué harás con él, Ceres? Hubo un tiempo en el que la respuesta hubiera sido sencilla. Hubiera hundido el Imperio. Hubiera destruido a los nobles. Ahora solo deseaba que las personas pudieran vivir la vida a salvo y felices; no era pedir mucho. —Solo deseo salvar a la gente que amo —dijo—. No quiero destruir a nadie. Tan solo… creo que debería hacerlo. Odio aquello, solo deseo la paz. Incluso a Ceres eso le sorprendía un poco. Ella no quería más violencia. Simplemente, debía hacerlo para evitar que asesinaran a personas inocentes. Aquello le valió que asintieran otra vez. —Buena respuesta –dijo Lin—. Ven aquí. La antigua hechicera se movía entre los botellines de cristal y las herramientas de alquimia que parecían existir de forma ilusoria. Se movía por allí, moviendo y cambiando cosas. Alteo iba con ella y los dos parecían trabajar con esa armonía que solo puede alcanzarse tras muchos años. Vertían soluciones en recipientes nuevos, añadían ingredientes, consultaban libros. Ceres se quedó quieta observándolos y tuvo que reconocer que no entendía ni la mitad de lo que estaban haciendo. Cuando se pusieron delante de ella con un botellín de cristal, casi no parecía suficiente. —Bebe esto —dijo Lin. Se lo pasó a Ceres y, a pesar de que parecía algo frágil, cuando Ceres lo cogió vio que era cristal sólido. Lo alzó y vio el destello del líquido dorado que coincidía con la tonalidad de la cúpula que la rodeaba. Ceres lo bebió y tenía el mismo sabor que la luz de las estrellas. Pareció invadirla y notaba su avance con la relajación de sus músculos y el alivio de dolores que no sabía ni que existían. También notaba que algo crecía en su interior, extendiéndose como un sistema de raíces que recorría su cuerpo mientras los canales por los que su poder había corrido se regeneraban. Cuando terminó, Ceres se sentía mejor de lo que lo había hecho desde antes de la invasión. Parecía que una profunda sensación de paz se propagaba en su interior. —¿Ya está? —preguntó Ceres. Alteo y Lin se cogieron de las manos. —No del todo —dijo Alteo. La cúpula que rodeaba a Ceres pareció derrumbarse hacia dentro, lo que había dentro desapareció para convertirse en luz pura. Esa luz se concentró en el lugar donde estaban la Antigua y los Hechiceros, hasta que Ceres ya no pudo divisarlos allí dentro. —Será interesante ver lo que pasa a continuación —dijo Lin—. Adiós, Ceres. La luz estalló hacia ella, llenando a Ceres, inundando los canales de su cuerpo como el agua en acueductos recién construidos. La llenaba y continuaba llenándola a raudales, de modo que parecía que dentro de Ceres había más poder del que jamás había habido antes. Por primera vez, comprendió la verdadera fortaleza de los poderes de los Antiguos. Se quedó allí quieta, vibrando con el poder, y supo que había llegado el momento. Era el momento para la guerra. CAPÍTULO SIETE Jeva sentía que la tensión crecía a cada paso que daba hacia la sala de reuniones. La gente que había en el punto de encuentro la miraban fijamente del modo que hubiera esperado que la gente de fuera de sus tierras miraran a los de su especie: como si fuera una cosa rara, diferente, incluso peligrosa. No era una sensación que a Jeva le gustara. ¿Era solo porque aquí no veían a muchas con las marcas de las sacerdotisas o había algo más? Hasta que no aparecieron los primeros insultos y acusaciones de la multitud allí reunida, Jeva no empezó a comprenderlo. —¡Traidora! —¡Llevaste a tu tribu a la masacre! Un joven salió de la multitud con la fanfarronería que solo los jóvenes pueden permitirse. Caminaba con largos pasos, como si fuera el dueño del camino que llevaba a la casa de los muertos. Cuando Jeva hizo un movimiento para acercarse a él, este fue a bloquearla. Jeva debería haberle golpeado solo por eso, pero estaba allí para cosas más importantes. —Aparta —dijo—. No estoy aquí para la violencia. —¿Has olvidado por completo la manera de actuar de nuestro pueblo? —preguntó este—. Arrastraste a nuestra tribu a morir a Delos. ¿Cuántos regresaron? Jeva notaba su rabia. El tipo de rabia que incluso su gente sentía cuando perdían a alguien cercano a ellos. Contarle que había ido hasta los antepasados y que debería estar contento no serviría de nada. En cualquier caso, Jeva no estaba segura de creérselo ahora mismo. Había visto las muertes sin sentido de la guerra. —Pero tú regresaste —dijo el joven—. Destruiste una de nuestras tribus y tú regresaste, ¡cobarde! Otro día, Jeva lo hubiera matado por eso, pero lo cierto era que el lloriqueo de un idiota no tenía importancia, no comparado con todo lo que estaba sucediendo. Hizo un movimiento para acercarse de nuevo a él. Jeva se detuvo cuando este sacó un cuchillo. —Tú no quieres hacer esto, chico —dijo ella. —¿No me digas lo que yo quiero! —gritó él y se lanzó sobre ella. Jeva reaccionó por instinto, esquivando del golpe con un balanceo, mientras atacaba con sus cadenas de cuchillas. Le agarró el cuello con una, que giraba mientras ella se movía con la velocidad que le proporcionaba una larga práctica. La sangre la salpicó mientras el joven se agarraba la herida y caía sobre sus rodillas. —Maldito seas—dijo Jeva en voz baja—. ¿Por qué me has hecho hacer esto, idiota? Evidentemente, no hubo respuesta. Nunca había respuesta. Jeva susurró las palabras de una oración para los muertos y, a continuación, paró y lo levantó. Otros aldeanos la siguieron mientras continuaba su camino y Jeva ahora sentía la tensión donde antes había habido bromas. La seguían de cerca, como una guardia de honor o como la escolta de un prisionero hacia su ejecución. Cuando llegaron a la Casa de los Muertos, los ancianos del lugar ya la estaban esperando. Jeva caminaba descalza y se arrodilló ante la pira que ardía sin cesar y dejó caer encima el cuerpo de su atacante. Se quedó quieta hasta que empezó a arder y miró alrededor, a la gente a la que había venido a convencer. —Viniste aquí con las manos manchadas de sangre —dijo un Orador de la Muerte, mientras daba un paso al frente y su túnica giraba—. Los muertos nos dijeron que vendría alguien, pero no que sucedería de esta manera. Jeva lo miró, preguntándose si sería cierto. Hubo un tiempo en el que nos e lo hubiera preguntado. —Él me atacó —dijo Jeva—No era tan rápido como él pensaba. Los que estaban allí asintieron. Estas cosas podían suceder en los lugares más hostiles del mundo. Jeva no dejó que la culpa que sentía se reflejara en absoluto en su rostro. —Has venido para pedirnos algo —dijo el Orador. Jeva asintió. —Así es. —Entonces pide. Jeva se quedó quieta, ordenando sus pensamientos. —Pido ayuda para la isla de Haylon. Una gran flota la ataca, a las órdenes de la Primera Piedra. Creo que nuestro pueblo puede cambiarlo. Entonces las voces clamaron, hablando a la vez. Había preguntas y exigencias, acusaciones y opiniones, todas parecían confundirse. —Quiere que vayamos a morir por ella. —¡Ya hemos oído esto antes! —¿Por qué vamos a luchar por gente a la que no conocemos? Jeva se quedó quieta, dejando que todo aquello le calara. Si salía mal, lo más probable era que no saliera de esta habitación. Teniendo en cuanta quién era, debería tener una sensación de paz ante ello, pero también pensaba en Thanos, que la había salvado poniéndose él en peligro, y en todas las personas que estaban atrapadas en Haylon. Necesitaban que le saliera bien. —¡Deberíamos entregarla a los muertos por todo lo que ha hecho! —exclamó uno. El Orador de los Muertos se puso al lado de Jeva y alzó las manos para pedir silencio. —Sabemos lo que pide nuestra hermana —dijo el Orador—. Ahora no es el momento de hablar. Nosotros solo somos los vivos. Ahora es el momento de escuchar a los muertos. Se llevó la mano al cinturón y sacó una faltriquera con los polvos sagrados mezclados con las cenizas de los antepasados. La lanzó a la pira y las llamas crecieron. —Respira, hermana —dijo el Orador—. Respira y ve. Jeva inhaló el humo y llegó hasta sus pulmones. Las llamas bailaban en el hoyo que había debajo de ella y, por primera vez en años, Jeva vio a los muertos. Empezó con el hombre al que había matado. Se alzó de su cadáver en llamas y atravesó las llamas hacia ella. —Me mataste —dijo, según parecía, impactado—. ¡Me mataste! La golpeó y, a pesar de que los muertos no deberían poder tocar a los vivos, Jeva lo notó con la misma certeza que si le hubiera azotado mientras estaba vivo. La golpeó y después retrocedió, mirándola expectante. Entonces el resto de los muertos fueron hasta Jeva y no fueron más amables que el joven al que había asesinado. Todos estaban allí: las personas que había matado con sus propias manos, los que había llevado hasta la muerte en Haylon. Se acercaban hasta ella de uno en uno y, uno a uno, golpeaban a Jeva, con unos golpes que la hacían tambalearse, la tiraban al suelo, reduciéndola a algo que se sujetaba al suelo. Pareció una eternidad hasta que se alejaron de ella y Jeva pudo alzar la vista de nuevo. Estaba mirando a Haylon, la isla estaba rodeada de barcos, la batalla se propagaba rápidamente. Vio que los barcos del Pueblo del Hueso se estrellaban contra esos atacantes, les hacían un agujero y sus guerreros se esparcían por la orilla. Los vio luchar, matar y morir. Jeva los vio morir en unas cantidades que solo había visto antes una vez, en Delos. —Si los llevas a Haylon, morirán —dijo una voz, que parecía estar compuesta por las voces de miles de antepasados a la vez—. Morirán igual que morimos nosotros. —Pero ¿ganarán? —preguntó Jeva. Hubo una breve pausa antes de que la voz respondiera a aquello. —Es posible que la isla pudiera salvarse. Así que no sería un gesto vacío. No sería lo mismo que en Delos. —Será el fin de nuestro pueblo _dijo la voz—. Algunos sobrevivirán, pero n o nuestras tribus. Ni nuestra manera de ser. Muchos más se nos unirán, esperándote en la muerte. Aquello le provocó a Jeva un fogonazo de miedo. Había sentido la rabia de los que habían muerto, había notado sus golpes. ¿Valía la pena? ¿Podía hacer esto a todo su pueblo? —Y tú morirías —continuó la voz—. Anúncialo a nuestro pueblo y morirás por ello. Lentamente, empezó a volver en sí misma y se encontró sobre el suelo al lado de la pira. Jeva se llevó la mano a la cara y se le manchó de sangre, aunque no sabía si era por el esfuerzo de la visión o por la violencia de los muertos. Se levantó con esfuerzo y miró hacia la multitud allí reunida. —Cuéntanos lo que viste, hermana —dijo el Orador de los Muertos. Jeva se quedó quieta, mirándolo, evaluando cuánto había visto, si es que había visto algo. ¿Podía mentir en este momento? ¿Podía decir a la multitud allí reunida que todos los muertos estaban a favor del plan? Jeva sabía que no podía mentir de esa forma, incluso ni por Thanos. —Vi la muerte —dijo—. Vuestra muerte, mi muerte. La muerte de todo nuestro pueblo si lo hacemos. Un murmullo corrió por la sala. Su pueblo no temía a la muerte, pero la destrucción de todo su modo de vivir era una cosa totalmente diferente. —Me habéis pedido que hable por los muertos —dijo Jeva— y ellos han dicho que en Haylon, la victoria se ganará con las vidas de nuestra gente. —Tomó aire y pensó en lo que Thanos hubiera hecho—. Yo no quiero hablar por los muertos. Quiero hablar por los vivos. Los murmullos cambiaron de tono, haciéndose más confusos. En algunos lugares también se volvieron más enojados. —Sé lo que pensáis —dijo Jeva—. Pensáis que lo que digo es sacrilegio. Pero existe una isla entera de gente que necesita nuestra ayuda. Vi a los muertos y me maldijeron por sus muertes. ¿Sabéis qué me dice eso? ¡Que la vida sí que importa! Que importa la vida de todos aquellos que morirán si no ayudamos. Si no ayudamos, permitimos que el mal siga en pie. Permitimos que aquellos que vivirían en paz sean asesinados. Yo lucharé contra eso, no porque los muertos lo exijan, ¡sino porque lo hacen los vivos! Entonces hubo un griterío en la sala. El Orador de los Muertos los miró a todos y, a continuación, a Jeva. La empujó hacia la puerta. —Deberías irte —dijo—. Vete antes de que te maten por blasfemia. Pero Jeva no lo hizo. Los muertos ya le habían dicho que moriría por hacerlo. Si ese era el precio por obtener ayuda, lo pagaría. Se quedó allí quieta como un punto de silencio en medio de las discusiones de la sala. Cuando un hombre fue corriendo hacia ella, lo tiró hacia atrás de una patada y continuó de pie. Era lo único que podía hacer ahora mismo. Esperaba el momento en el que uno de ellos finalmente la mataría. Jeva se quedó muy confundida cuando no lo hicieron. En su lugar, el ruido de la sala disminuyó y la gente estaba frente a ella, mirándola. Uno a uno, se pusieron de rodillas y el Orador de los Muertos dio un paso adelante. —Parece ser que iremos contigo a Haylon, hermana. Jeva parpadeó. —No lo… comprendo. Entonces debería estar muerta. Los muertos le habían dicho que este era el sacrificio que querían. —¿Has olvidado por completo nuestro modo de hacer? —dijo el sacerdote—. Nos has ofrecido una muerte que vale la pena tener. ¿Quiénes somos nosotros para discutir? Entonces Jeva se arrodilló junto a los demás. No sabía qué decir. Esperaba la muerte y, en cambio, tenía la vida. Ahora, tenía que hacer que valiera la pena. —Allá vamos, Thanos —prometió. CAPÍTULO OCHO Irrien ignoraba el dolor de sus heridas mientras cabalgaba hacia el sur por los senderos que su ejército ya había convertido en barro a su paso. Se forzaba a mantenerse erguido en la silla, sin dejar que se viera en absoluto el sufrimiento que sentía. No iba más lento ni se paraba, a pesar de los muchos cortes, los vendajes y las punzadas. Las cosas que le esperaban al final de este viaje eran demasiado importantes como para retrasarse. Sus hombres viajaban con él, haciendo el viaje de retorno a Delos incluso más rápido de lo que lo habían hecho en su ataque al Norte. Algunos de ellos avanzaban más lentamente, guiando filas de esclavos o carros con bienes saqueados, pero la mayoría cabalgaban con su señor, preparados para las batallas que todavía estaban por llegar. —Más te vale estar en lo cierto en esto —dijo Irrien bruscamente a N’cho. El sicario cabalgaba a su lado con la aparente calma infinita que siempre transmitía, como si el ataque de una horda de los mejores guerreros de Irrien detrás de él no fuera nada. —Cuando lleguemos a Delos lo verá, Primera Piedra. No tardaron mucho en llegar a Delos, aunque para cuando lo hicieron, el caballo de Irrien ya respiraba con dificultad y tenía los costados cubiertos de sudor. Siguió a N’cho cuando este se apartó del camino y fue hacia un lugar lleno de ruinas y lápidas. Cuando finalmente se detuvieron, Irrien miró a su alrededor, poco impresionado. —¿Es esto? preguntó. —Esto es —le confirmó N’cho—. Un lugar donde el mundo es lo suficientemente débil como para convocar a… otras cosas. Cosas que podían matar a un Antiguo. Irrien bajó del caballo. Debería haberlo hecho con elegancia y facilidad, pero a causa del dolor de sus heridas, le costó lo suyo llegar al suelo. Eso le recordaba lo que le habían hecho el sicario y sus compañeros y de lo que le costaría a N’cho si no cumplía con su promesa. —Esto solo parece un cementerio —dijo Irrien con brusquedad. —Ha sido un lugar de muerte desde los tiempos de los Antiguos —respondió N’cho—. Aquí ha habido tanta muerte que ha dado paso al umbral del principio. Tan solo se necesitan las palabras adecuadas y los símbolos adecuados. Y, por supuesto, los sacrificios adecuados. Irrien debería haber imaginado esta parte viniendo de un hombre que vestía como uno de los sacerdotes de la muerte. Aun así, si era el que podía proporcionarle los medios para matar a la hija de los Antiguos, valdría la pena. —Traerán esclavos —prometió—. Pero si fracasas con esto, irás con ellos a la muerte. Lo que más miedo daba de todo era que el sicario no reaccionó ante eso. Mantuvo la compostura mientras caminaba hasta un lugar que parecía haber sido una fosa común, a la vez que sacaba polvos y pociones de la túnica y empezaba a hacer señales en el suelo. Irrien esperaba y observaba sentado a la sombra de una de las tumbas, intentando esconder lo mucho que le dolía el cuerpo tras el largo viaje. Entonces le hubiera gustado ir hasta Delos, darse un baño y vendarse las heridas, tal vez descansar un poco. Pero sus hombres harían preguntas acerca de por qué no estaba aquí, observando todo lo que sucedía. No daría ninguna imagen de fortaleza. Así que mando a unos hombres en busca de sacrificios y una lista de otras cosas que N’cho dijo que necesitaba. Pasó más de una hora hasta que llegó algo de la ciudad e, incluso entonces, era una recolección más extraña que cualquier cosa que hubiera pedido. Una docena de sacerdotes de la muerte llegaron junto a los esclavos y los ungüentos, las velas y los braseros. Irrien vio que N’cho sonreía ante su presencia, con una seguridad que a Irrien le decía que no era un truco. —Quieren ver cómo se hace —dijo—. Quieren ver si ciertamente es posible. Creen, pero no se lo creen. —Yo me lo creeré cuando vea los resultados-dijo Irrien. —En ese caso, los tendrá, mi señor —respondió el asesino. Volvió al lugar que había marcado él mismo con los símbolos, colocó unas velas y las encendió. Hizo una señal para que le acercaran a los esclavos y, uno a uno, los ató para que no pudieran moverse y los sujetó a unas estacas alrededor del borde del círculo que había dibujado, ungiéndolos con aceites que hacían que se retorcieran y suplicaran. No eran nada comparado con sus gritos cuando el asesino les prendió fuego. Irrien oyó que algunos de sus hombres suspiraban ante aquella crueldad tan gratuita o se quejaban del desperdicio. Irrien simplemente se quedó quieto. Si esto no funcionaba, habría tiempo de sobras para matar a N’cho más tarde. Pero funcionó, y de una forma que Irrien no podía haber imaginado. Vio que N’cho retrocedía, alejándose del círculo y cantando. Mientras cantaba, el suelo de dentro del círculo parecía desmoronarse y cedía de un modo parecido a cómo se podía abrir un socavón en los desiertos de tierra a los que Irrien estaba acostumbrado. Los sacrificios en llamas y gritando cayeron dentro y N’cho continuó cantando. Irrien oyó el chirrido y el chasquido de las tumbas al empezar a abrirse. Una tumba cerca de donde estaba Irrien se hizo añicos con el ruido de la tierra al romperse e Irrien vio que unos huesos salían de ella como en un remolino, eran succionados hacia el agujero del suelo y desaparecían sin dejar rastro. Le siguieron más, cayendo a raudales en el sitio, golpeando hacia allí con la velocidad de unas jabalinas. Irrien vio a un hombre ensartado en un hueso del muslo, que era llevado hacia el hoyo. Al caer, chilló y después se hizo el silencio. Durante unos segundos, todo quedó en silencio. N’cho hizo una señal a los sacerdotes de la muerte para que se acercaran. Fueron hacia allí, junto a él, evidentemente deseosos por ver lo que fuera que estaba haciendo. Irrien pensó que eran unos estúpidos por ello, poniendo su deseo de poder por delante de todo lo demás, incluso de su supervivencia. Irrien imaginó lo que estaba por venir, incluso antes de que una gran mano con garras saliera de la cueva que se había abierto y agarrara a uno de ellos. Las zarpas atravesaron al sacerdote y lo arrastraron hasta el agujero mientras él suplicaba misericordia. N’cho estaba allí mientras la criatura desgarraba al hombre moribundo y rodeaba la extremidad de la criatura con una ligera cadena de plata con la misma facilidad que si hubiera estado trabando a un caballo. Pasó la cadena a un grupo de soldados, que se agarraron a ella con cautela, como si esperaran ser las siguientes víctimas. —Tirad —ordenó—. Tirad con todas vuestras fuerzas. Los hombres miraron hacia Irrien e Irrien asintió con la cabeza. Si esto costaba unas cuantas vidas, valdría la pena. Observaba cómo los hombres tiraban, con el mismo esfuerzo con el que levantarían una vela pesada. No arrastraron a la bestia desde su cueva, sino que parecían poder convencerla para que se moviera. La criatura salió trepando del agujero sobre sus patas con garras. Tenía una piel delgada como el papel y curtida, sobre unos huesos que tenían la longitud de un hombre. Algunos de esos huesos sobresalían a través de la piel en forma de pinchos y púas largos como cabezas de lanza. Tenía la altura del lateral de un barco alto, parecía poderosa e imposible de detener. Su cabeza era como la de un cocodrilo, tenía escamas y un solo ojo en el centro de su cráneo que miraba con una siniestra mirada asesina. N’cho tenía más cadenas e iba de un sitio a otro entregándoselas a más hombres, de modo que pronto una compañía entera de guerreros estaba sujetando a la bestia con todas sus fuerzas. Incluso encadenada de esta manera, la criatura era aterradoramente peligrosa. Parecía rezumar una sensación de muerte, la hierba que había a su alrededor se volvía marrón simplemente ante su presencia. Irrien se quedó quieto. No desenfundó la espada, pero solo porque no tenía sentido. ¿Cómo iba a matar a algo que no estaba vivo de ninguna manera que él entendiera? Más concretamente, ¿por qué querría matarla, cuando era exactamente lo que necesitaba para encargarse de los defensores de Haylon y con la chica que, supuestamente, era más peligrosa que todos ellos? —Lo prometido —dijo N’cho, con el gesto propio de un esclavista que muestra con orgullo un premio particularmente caro—. Una criatura más peligrosa que cualquier otra. —¿Tan peligrosa como para matar a un Antiguo? —preguntó Irrien. Vio que el asesino asentía como un forjador de espadas orgulloso de su creación. —Esta es una criatura de pura muerte, Primera Piedra —dijo—. Puede matar a todo lo que esté vivo. Confío en que le satisfaga. Irrien observaba a los hombres esforzándose por retenerla, intentando evaluar la auténtica fuerza de aquella cosa. No podía imaginar tener que luchar contra ella. No podía imaginar que alguien sobreviviera a su ataque. Por poco tiempo, aquel único ojo se encontró con el suyo y la única impresión que tuvo Irrien fue de odio: un odio profundo y perdurable por todo lo que viviera. —¿Y si después no pueden hacerla regresar? –dijo Irrien—. No tengo ningún deseo de que venga a por mí. N’cho asintió. —No es una cosa pensada para este mundo, Primera Piedra —dijo—. El poder que la integra se agotará con el tiempo. —Llevadla a las barcas —ordenó Irrien. N’cho asintió e hizo gestos a los hombres, dando órdenes acerca de hacia dónde tirar y con cuánta fuerza. Irrien vio el momento en que uno de los hombres tropezaba y la bestia lo atacaba, partiéndolo por la mitad. A Irrien no le asustaban muchas cosas, pero esta cosa sí. Sin embargo, esto era bueno. Significaba que era poderosa. Tan poderosa como para asesinar a sus enemigos. Tan poderosa como para acabar con esto de una vez por todas. CAPÍTULO NUEVE Estefanía estaba impaciente en la sala de recepción del vasto hogar de Ulren, con el gesto tan falto de expresión como cualquiera de las estatuas que allí había, a pesar del miedo que sentía entonces. Porque había miedo, a pesar de lo que había planeado este momento y a pesar de todo lo que había hecho para llegar allí. A partir de su intento por seducir a Irrien, ya sabía lo mal que podía salir esto. Un paso en falso y podría acabar muerta, o peor, vendida como el premio de algún hombre rico. Con un poco de suerte, la antigua Segunda Piedra sería más fácil de atraer que la primera. La presencia continuada de los matones que la habían traído hasta allí no ayudaba a calmar los nervios de Estefanía. No le hablaban ni la trataban con la deferencia que exigía su posición. En su lugar, los dos hombres estaban al lado de la puerta como carceleros y la mujer se había ido a avisar a Ulren de que Estefanía estaba allí. Estefanía pasaba el tiempo pensando en la mejor manera de presentarse. Escogió un lugar donde había un diván en el centro y se reclinó con elegancia sobre él, incluso de forma seductora. Quería dejarle claro a Ulren desde los primeros instantes para qué estaba allí. Cuando la Segunda Piedra entró en la sala de recepción, con la matona a su lado, Estefanía hizo todo lo que pudo por no levantarse e irse. Mantener la sonrisa en su rostro era incluso más difícil, pero Estefanía tenía práctica de sobras cuando se trataba de esconder lo que realmente sentía. Puede que las estatuas de Ulren hubieran mostrado a un joven atractivo y fuerte en la flor de la vida, pero ahora la Segunda Piedra distaba mucho de ello. Era viejo. Peor que eso, la edad no le había tratado bien con sus arrugas y manchas de la edad, la escasez de pelo y las cicatrices que había acumulado. Este era el tipo de hombre sobre el que las jóvenes nobles bromeaban porque las más pobres de entre ellas tenían que casarse con él por dinero, no el que Estefanía debería haber considerado como marido en potencia. —Primera Piedra Ulren —dijo Estefanía, sonriendo mientras se levantaba—. Qué bien poderle conocer por fin. Mentía porque estaba en juego algo mucho más importante que ele dinero. Este hombre podía devolverle su reino. Podía devolverle lo que le habían quitado y más. —Mi sirvienta me dice que eres Estefanía, la noble que fue reina del Imperio por poco tiempo —dijo Ulren—. Sembraste rumores para llamar mi atención. Ahora ya la tienes. Espero que no llegues a arrepentirte de ello. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43696895&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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