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Un Rastro de Asesinato Blake Pierce Un Misterio Keri Locke #2 Una historia dinámica que atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Libro Review, Diane Donovan (en torno a Una vez ido) Del autor de misterio, #1 en ventas, Blake Pierce viene una nueva obra maestra de suspenso psicológico. En UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2 en la serie de misterio Keri Locke), Keri Locke, Detective de Personas Desaparecidas en la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, sigue acosada por el rapto de su propia hija. Alentada por la nueva pista encontrada, la primera en años, la sigue con todo lo que tiene, determinada a encontrar a su hija y traerla de regreso con vida. Pero Keri, al mismo tiempo, recibe una llamada telefónica de un esposo desesperado, un afamado cirujano plástico de Beverly Hills, quien denuncia la desaparición de su esposa desde hace dos días. Siendo una opulenta dama de sociedad, sin enemigos, y con pocas razones para abandonar su vida, él teme lo peor con respecto a su esposa. Keri toma el caso, siéndole asignada una nueva pareja a quien ella detesta, mientras Ray todavía se recupera en el hospital. Su investigación la lleva a lo profundo del mundo de élite de Beverly Hills, con sus ricos holgazanes, los encuentros con amas de casa solitarias, y aquellas vidas vacías, de compras compulsivas. Keri, en este mundo incomprensible para ella, se siente cada vez más confundida por las señales contradictorias: ¿Esta mujer, con un secreto pasado de acoso y seducción, se largó, o fue secuestrada?O, ¿es que algo más siniestro sucede?Un oscuro thriller psicológico con un suspenso que acelerará tus latidos, UN RASTRO DE ASESINATO es el libro #2 en una nueva serie que atrapa al lector – y un nuevo y adorable personaje – que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche. ¡Una obra maestra de suspenso y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página. Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Ido) El libro #3 en la serie Keri Locke pronto estará disponible. UN RASTRO DE ASESINATO (UN MISTERIO KERI LOCKE — LIBRO 2) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es autor de la exitosa serie de misterio RILEY PAGE, que incluye hasta ahora seis libros. Blake Pierce es asimismo el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, compuesta hasta la fecha por tres libros; de la serie de misterio AVERY BLACK, tres libros publicados hasta la fecha; y de la nueva serie de misterio KERI LOCKE. Ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y suspenso, Blake quisiera saber de ti, así que visita cuando quieras www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y estar en contacto. Copyright © 2017 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. La imagen de portada Copyright PhotographyByMK, usada bajo licencia de Shutterstock.com. BOOKS BY BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO RILEY PAIGE UNA VEZ IDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ SEDUCIDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ ASIGNADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ FRÍO (Libro #8) SERIE DE MISTERIO MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE TOME (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK MOTIVO PARA MATAR (Libro #1) MOTIVO PARA CORRER (Libro #2) MOTIVO PARA ESCONDER (Libro #3) MOTIVO PARA TEMER (Libro #4) SERIE DE MISTERIO KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) CONTENIDO CAPÍTULO UNO (#u6e43ac83-9196-506d-8737-6521a4a55f05) CAPÍTULO DOS (#u19b16f7d-b8b9-5e66-b56c-8488a907da11) CAPÍTULO TRES (#u9ab10246-6b88-519f-8989-68dff54e94d2) CAPÍTULO CUATRO (#u321e515b-2072-526c-b809-b210ca1d27ba) CAPÍTULO CINCO (#u5750fc1e-7e59-5d33-a7c6-9d0e2b2e3a86) CÁPITULO SEIS (#u6c19637c-536c-5f10-8c41-78013fd954b9) CAPÍTULO SIETE (#u58c50c16-d4e7-5d87-9633-1945bb5fce2e) CAPÍTULO OCHO (#uf7d08535-dfb1-5026-9316-d80cd7ea739e) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO El largo corredor estaba en penumbras. Incluso con la linterna encendida, a Keri se le hacía difícil ver más allá de los tres metros. Ignoró la punzada de miedo en su estómago y continuó. Con la linterna en una mano y con la otra sosteniendo su pistola, avanzó poco a poco. Acabó llegando a la puerta del sótano. Todo en ella le decía que había encontrado el sitio. Aquí era donde habían tenido a la pequeña Evie. Keri empujó la puerta y puso un pie en el primer y desvencijado escalón de madera. La oscuridad aquí era más sobrecogedora que en el corredor. A medida que bajaba lentamente por las escaleras, pensó de repente en lo difícil que era hallar una casa con sótano en el sur de California. Esta era la primera que había encontrado. Entonces escuchó algo. Sonaba como un niño llorando—una pequeña niña, quizás de ocho. Keri la llamó y una voz le respondió. —¡Mami! —No te preocupes, Evie. ¡Mami está aquí!—gritó Keri en respuesta, al tiempo que se daba prisa en bajar los escalones. Mientras lo hacía, algo la recomía por dentro, avisándole que algo que no encajaba. No fue sino hasta que su tobillo se enganchó en un escalón y perdió el equilibrio, para a continuación caer al vacío, cuando supo qué era lo que había estado molestándola. Evie había estado desaparecida durante cinco años. ¿Cómo podía seguir sonando igual? Pero era demasiado tarde para hacer algo al respecto mientras atravesaba el aire en dirección al suelo. Se preparó entonces para absorber el impacto. Mas no lo hubo. Para su horror, se dio cuenta que había caído a un pozo sin fondo, donde el aire se hacía cada vez más gélido, mientras ululaba sin cesar alrededor de ella. De nuevo le había fallado a su hija. Keri despertó de golpe, y se enderezó con rapidez dentro del auto. Tomó solo instante entender qué era lo que estaba sucediendo. No estaba en un pozo sin fondo. Tampoco se hallaba en un sótano asqueroso. Estaba en su traqueteado Toyota Prius, en el estacionamiento de la estación de policía, y se había quedado dormida mientras comía su almuerzo. El frío que había sentido venía de la ventanilla abierta. El sonido ululante pertenecía a la sirena de una patrulla que salía del estacionamiento en respuesta a una llamada. Estaba empapada de sudor y su corazón latía con rapidez. Pero nada de eso era real. Era otra horrible y desesperanzadora pesadilla. Su hija, Evelyn, seguía desaparecida. Keri sacudió las telarañas de su mente, tomó un sorbo de la botella de agua, y se dirigió de vuelta a la estación, recordándose a sí misma que ya no era solo una mamá: también era una detective de Personas Desaparecidas para el Departamento de Policía de Los Ángeles. Sus múltiples lesiones la obligaban a andar con cuidado. Hacía apenas dos semanas de su brutal encuentro con un violento secuestrador de niñas. Pachanga, al menos, había recibido lo que merecía cuando Keri rescató a la hija del senador. Pensar en ello hacía más tolerables los agudos dolores que sentía por todo su cuerpo. Los doctores le habían quitado el protector acolchado de la cara hacía apenas unos pocos días, luego de haber determinado que la cuenca fracturada de su ojo se había recuperado lo suficiente. Todavía llevaba su brazo en cabestrillo pues Pachanga le había roto la clavícula. Le habían dicho que podía quitárselo pasada otra semana, pero le resultaba tan fastidioso que estaba considerando deshacerse de él antes de tiempo. No había nada que hacer en cuanto a sus costillas rotas, más allá de colocarse un relleno protector. Eso le fastidiaba también, porque la hacía ver como si tuviera cinco kilos por encima de los sesenta de su acostumbrado peso de combate. Keri no era una mujer vanidosa. Pero a los treinta y cinco, le agradaba que todavía se volteasen a mirarla. Con las almohadillas que abultaban bajo su blusa a la altura de la cintura y algo más arriba de sus pantalones de trabajo, dudaba que provocase ese efecto. Gracias al tiempo de reposo que se le había concedido para su recuperación, sus ojos café no estaban tan inyectados de cansancio como era lo usual, y su cabello rubio cenizo, agarrado hacia atrás en una simple cola de caballo, había sido lavado con champú. Pero el hueso fracturado de la cuenca orbital había dejado en ese lado de la cara un enorme cardenal, ya amarillento, que solo ahora comenzaba a desvanecerse, y el cabestrillo no la hacía más atrayente. Probablemente no era el momento para salir en una primera cita. El pensar en citas le hizo acordarse de Ray. Su pareja durante el último año y amigo desde hacía seis, que todavía estaba recuperándose en el hospital tras recibir un tiro en el estómago a manos de Pachanga. Por fortuna, estaba reaccionando lo suficientemente bien como para recién haber sido trasladado del hospital cercano al lugar del tiroteo hasta el Centro Médico Cedars-Sinaí en Beverly Hills. Estaba a solo veinticinco minutos en auto desde la estación, así que Keri podía visitarlo con frecuencia. Con todo, en ningún momento de esas visitas ninguno de los dos se había referido a la creciente tensión romántica que ella sabía ambos estaban sintiendo. Keri aspiró con fuerza antes de emprender la familiar pero estresante caminata por el interior de la estación. Se sentía como el día de su regreso. Todavía sentía los ojos fijos en ella. Cada vez que pasaba delante de sus colegas, sentía sus miradas furtivas, como dardos, y se preguntaba qué estarían pensando. ¿Todavía pensaban que ella era una impredecible rompedora de normas? ¿Aunque fuese a regañadientes se había ganado su respeto por haber eliminado a un secuestrador y asesino de niñas? ¿Por cuánto tiempo ser la única mujer detective en el escuadrón la haría sentirse como una forastera permanente? Mientras pasaba junto a ellos en medio del trajín de la estación y se deslizaba en su escritorio, Keri trató de controlar el cúmulo de resentimiento que se agitaba en su pecho para concentrarse solo en su trabajo. Al menos el lugar estaba tan repleto y caótico como siempre, y desde ese punto de vista, tan tranquilizador, nada había cambiado. La estación estaba abarrotada con civiles poniendo denuncias, perpetradores que eran fichados, detectives al teléfono siguiendo alguna pista. Keri había sido limitada, desde su regreso, a cumplir turnos de escritorio. Y su escritorio estaba lleno. Desde que había regresado, vivía ahogada en un mar de papeles. Había docenas de reportes de arrestos por revisar, órdenes de registro por solicitar, declaraciones de testigos por evaluar, y reportes de evidencia por examinar. Sospechaba que, debido a que aún no le estaba permitido llevar casos afuera, todos sus colegas estaban dejándole las tareas fastidiosas. Afortunadamente, se suponía que retornaría a las actividades de campo mañana. Y lo que nadie sabía es que, en realidad, a ella no le importaba quedarse en la oficina por una razón: los archivos de Pachanga. Cuando los policías registraron su casa tras el incidente, encontraron una computadora portátil. Keri y el Detective Kevin Edgerton, gurú tecnológico del precinto, habían descubierto la clave de acceso de Pachanga, y logrado abrir sus archivos. La esperanza de ella era que los archivos la condujeran al descubrimiento de muchas niñas extraviadas, incluyendo talvez su propia hija. Desafortunadamente, había resultado difícil entrar a lo que al principio había parecido una mina de información sobre múltiples secuestros. Edgerton había explicado que los archivos encriptados solo podían ser abiertos con la clave de descifrado, cosa que no poseían. Keri había pasado la última semana aprendiendo todo lo que podía sobre Pachanga con la esperanza de hallar la clave. Pero hasta ahora, no tenía nada. Mientras permanecía sentada revisando archivos, los pensamientos de Keri regresaron a algo que la había estado rondando desde que había retomado el trabajo. Cuando Pachanga secuestró a la hija del Senador Stafford Penn, Ashley, lo había hecho a pedido del hermano del senador, Payton. Los dos hombres habían estado comunicándose a través de la red oscura durante meses. Keri no podía dejar de preguntarse cómo el hermano de un senador se las había arreglado para contactar a un secuestrador profesional. No era que pertenecieran al mismo círculo. Pero tenían una cosa en común. Ambos eran representados por un abogado llamado Jackson Cave. La oficina de Cave estaba ubicada en las alturas de un rascacielos del centro, pero muchos de sus clientes se movían más a ras de tierra. Además de su trabajo corporativo, Cave tenía una larga historia representando a violadores, secuestradores, y pedófilos. Si Keri lo veía con indulgencia, sospechaba que simplemente lo hacía porque podía cobrarles honorarios exorbitantes a tan desagradables clientes. Pero una parte de ella pensaba que en realidad eso le excitaba. En cualquier caso, lo despreciaba. Si Jackson Cave había puesto en contacto a Payton Penn con Alan Pachanga, era razonable suponer que él también sabía cómo ingresar a esos archivos encriptados. Keri estaba segura que en algún lugar de ese sofisticado despacho de rascacielos se hallaba la clave que ella necesitaba para descifrar el código y descubrir detalles de todas esas niñas extraviadas, incluyendo quizás la suya. Había resuelto que, de una u otra forma, de manera legal o ilegal, entraría en ese despacho. Mientras pensaba en cómo podría lograrlo, Keri prestó atención a una oficial uniformada de veintitantos años que caminaba lentamente hacia ella. La llamó con la mano. —¿Me dices de nuevo tu nombre?—preguntó Keri, sin estar segura de que se lo hubiesen dicho antes. —Soy la Oficial Jamie Castillo —contestó la joven oficial de cabellos oscuros—. Acabo de salir de la academia. Me reasignaron aquí en la semana en que estuvo en el hospital. Originalmente estaba en la División Los Ángeles Oeste. —¿Eso quiere decir que no debo sentirme mal por no saber quién eres? —Así es, Detective Locke—dijo Castillo con firmeza. Keri estaba impresionada. La chica tenía confianza en sí misma y había una agudeza en sus ojos oscuros que apuntaba a una inteligencia despierta. Se veía además como alguien que podía cuidar de sí misma. Con uno setenta por lo menos de estatura, y una constitución atlética y fibrosa, no sería prudente buscarle pelea. —Bien. ¿Qué puedo hacer por ti?—preguntó Keri, intentando no sonar intimidante. No había muchas mujeres policías en la División Pacífico y Keri no quería ahuyentar a ninguna. —He estado cubriendo durante las últimas semanas las llamadas que ofrecen información. Como supondrá, un montón de ellas están relacionadas con su encuentro con Alan Pachanga y con la declaración que hizo acerca de tratar de encontrar a su hija.” Keri asintió, recordando. Después que hubo rescatado a Ashley, el departamento organizó una gran rueda de prensa para celebrar el feliz resultado. Todavía confinada a una silla de ruedas, Keri había elogiado a Ashley y a su familia antes de aprovechar la rueda de prensa para mencionar a Evie. Había mostrado una foto de ella y había rogado a las personas que brindaran cualquier información que pudiera ayudar en la búsqueda. Su supervisor inmediato, el Teniente Cole Hillman, se había enfadado a tal punto con ella por usar la victoria del departamento como una herramienta en su cruzada personal, que Keri pensó que él la habría despedido de inmediato de haber podido. Pero como era una heroína en silla de ruedas, después de haber rescatado a una adolescente, no podía hacerlo. Estando todavía hospitalizada, los pajaritos le dijeron a Keri que él se había molestado cuando el departamento comenzó a verse inundado con cientos de llamadas diarias. —Siento que estés atada a esa asignación—dijo Keri—. Apuesto a que solo querías aprovechar al máximo la oportunidad y no pensaste en quién tendría que vérselas con los efectos colaterales. Supongo que todas las llamadas terminaron en nada. Jamie Castillo vaciló, como si se preguntara si estaba tomando la decisión correcta. Keri podía ver los engranajes dando vueltas en la mente de la joven. La observó ponderar cuál sería la movida correcta y no pudo evitar simpatizar con ella. Era como si mirara una versión más joven de sí misma. —Buenol—dijo Castillo finalmente—, la mayoría podían ser desestimadas sin más porque eran de gente inestables o simplemente bromistas. Pero esta mañana hubo una llamada que era algo distinta. Era tan concreta que me hizo tomarla más en serio. Casi al punto, la boca de Keri se secó y su corazón comenzó a correr. Tranquilízate. Probablemente no sea nada. No te exaltes. —¿Puedo escucharla?—preguntó con una calma que no hubiera creído posible. —Ya se la he reenviado —dijo Castillo. Keri miró el teléfono y vio la luz titilante indicando que tenía un correo de voz. Intentando no parecer desesperada, levantó con lentitud la bocina y escuchó. La voz del mensaje era áspera, casi metálica y difícil de comprender, haciéndolo aún más complicado un golpeteo al fondo. —Te vi en TV hablando de tu hija—decía—. Quiero ayudar. Hay un almacén abandonado en Palms, cruzando la Estación de Generación Piedmont. Revísalo. Eso era todo lo que había—solo una cavernosa voz masculina dando una vaga pista. Entonces, ¿por qué en las yemas de sus dedos había un hormigueo de adrenalina? ¿Por qué tenía problemas para tragar? ¿Por qué de súbito sus pensamientos eran destellos de imágenes de cómo se vería Evie en la actualidad? Quizás era porque la llamada no se oía para nada en los detalles como la típica llamada falsa. No intentaba atraer la atención, lo que claramente había llamado la atención de Castillo. Y ese mismo elemento —su serena franqueza—era el aspecto que estaba haciendo correr gotas de sudor por la espalda de Keri. Castillo permanecía a la expectativa. —¿Cree que es legítima?—preguntó. —Difícil decirlo—respondió Keri calmadamente, a pesar de su corazón acelerado, mientras ubicaba la estación de generación en Google Maps—. Revisaremos más tarde dónde se originó la llamada y haremos que los técnicos traten de limpiar el mensaje para ver qué más se puede averiguar de la voz y el sonido de fondo. Pero dudo que sean capaces de hallar gran cosa. Quienquiera que haya hecho esta llamada fue cuidadoso. —Eso pensé yo también—convino Castillo—. No dio su nombre, y es obvio que intentó enmascarar la vozcon un sonido de distracción al fondo. Solo se sentía…distinto de los demás. Keri escuchaba a medias mientras observaba el mapa de su pantalla. La estación de generación estaba localizada en National Boulevard, justo al sur de la Autopista 10. Al chequear la imagen de satélite, verificó que había un almacén cruzando la calle. Si estaba abandonado, eso no lo sabía. Pero voy a averiguarlo. Miró a Castillo y sintió una corriente de gratitud hacia ella —y también algo que no había sentido en mucho tiempo por un compañero oficial: admiración. La veía con buenos ojos, y se alegraba de que estuviera allí. —Buen trabajo, Castillo—le dijo por fin a la joven oficial, que también estaba observando la pantalla—. Es tan bueno esto que creo que voy chequearlo. —¿Necesita compañía?—preguntó Castillo esperanzada, mientras Keri se incorporaba y recogía sus cosas para dirigirse al almacén. Pero antes de que pudiera responder, Hillman sacó su cabeza del despacho y con un grito que cruzó toda la estancia la llamó. —Locke, te necesito en mi oficina ahora —le lanzó una mirada fulminante—. Tenemos un nuevo caso. CAPÍTULO DOS Keri se quedó paralizada donde estaba. La consumía un flujo de emociones encontradas. Técnicamente, esas eran buenas noticias. Parecía que la pondrían en el campo un día antes, una señal de que Hillman, a pesar de sus problemas con ella, la sentía lista para volver a asumir sus responsabilidades normales. Pero una parte de ella quería ignorarlo e ir directo en ese instante al almacén. —Es para hoy, por favor—exclamó Hillman, sacándola en un tris de su momentánea indecisión. —Voy, señor —dijo. Volteando entonces a Castillo con una media sonrisa, añadió—. Continuará. Al poner un pie en la oficina de Hillman, notó que su típico ceño fruncido estaba más arrugado que nunca. Cada uno de sus cincuenta años era visible en su rostro. Su cabello entrecano estaba revuelto como siempre. Keri nunca podía asegurar si era que él no se daba cuenta o era que no le importaba. Tenía puesta una chaqueta, pero la corbata estaba floja y su camisa mal entallada no podía ocultar su pequeña panza. Sentado en el viejo y maltrecho sofá en la pared opuesta, se hallaba el Detective Frank Brody. Brody tenía cincuenta años y estaba a seis meses de su retiro. Todo en su apariencia lo reflejaba, desde sus apenas competentes intentos para mostrar urbanidad,pasando por su camisa arrugada y manchada de ketchup, con los botones a punto de saltar gracias a su formidable barriga, a sus mocasines descosidos, que parecían a punto de deshacerse. Brody nunca le había dado la impresión a Keri de que fuera el más dedicado y trabajador de los detectives, y últimamente parecía más interesado en su precioso Cadillac que en casos por resolver. Normalmente trabajaba en Robos y Homicidios pero había sido reasignado a la Unidad de Personas Desaparecidas, corta de personal debido a las lesiones de Keri y Ray. El traslado le había sumido de manera permanente en un humor de perros, reforzado por el abierto desdén hacia la posibilidad de tener que trabajar con una mujer. En verdad era un hombre que pertenecía a otra generación. En realidad, ella una vez le había escuchado decir, “Prefiero trabajar con panelas de droga y mojones de mierda, que con chicas y viejas”. El sentimiento, aunque podía ser expresado en una forma ligeramente distinta, era mutuo. Hillman ordenó a Keri que se sentara en una silla plegable de metal delante de su escritorio, activó entonces el altavoz del teléfono y habló. —Dr. Burlingame, me encuentro aquí junto con dos detectives. Voy a enviarlos para que se reúnan con usted. Los detectives Frank Brody y Keri Locke están en línea. Detectives, estoy hablando con el Dr. Jeremy Burlingame. Él está preocupado por su esposa, con quien no ha tenido contacto por más de veinticuatro horas. Doctor, ¿puede por favor repetir lo que me dijo? Keri sacó su bolígrafo y libreta para tomar notas. Entró de inmediato en sospechas. En todo caso de esposa desaparecida, el primer sospechoso era siempre el marido, y quería escuchar el timbre de su voz la primera vez que hablara. —Por supuesto—dijo el doctor—. Conduje hasta San Diego ayer por la mañana para ayudar en una cirugía. La última vez que hablé con Kendra fue antes de irme. Anoche llegué a casa muy tarde y terminé durmiendo en el cuarto de huéspedes para no despertarla. Esta mañana seguí durmiendo porque no tenía pacientes que atender. Keri no sabía si Hillman estaba grabando la conversación así que garrapateaba furiosamente, tratando de no perderse de nada mientras el Dr. Burlingame continuaba. —Cuando fui al dormitorio, ella se había ido. La cama estaba hecha. Supuse que había salido de casa poco antes de yo levantarme, así que le envié un mensaje de texto. No tuve respuesta—lo que tampoco era inusual. Vivimos en Beverly Hills y mi esposa asiste a muchos actos y eventos de caridad, por lo que suele silenciar su teléfono cuando está en ellos. A veces olvida subirle el volumen de nuevo. Keri apuntó todo, evaluando la veracidad de cada comentario. Hasta ahora nada de lo que había escuchado había hecho sonar las alarmas, pero eso no quería decir nada. Cualquiera parecía de una pieza estando al teléfono. Ella quería ver su comportamiento cuando fuese confrontado en persona por detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles. —Me fui a trabajar y ya de camino la llamé de nuevo—seguía sin responder—continuó—. Sería la hora de almorzar cuando ya comencé a sentirme algo preocupado. Ninguno de sus amigos sabía nada de ella. Llamé a nuestra mucama, Lupe, quien dijo que no había visto a Kendra ni ayer ni hoy. Ahí fue cuando empecé a preocuparme de verdad. Así que llamé al nueve-uno-uno. Frank Brody se inclinó hacia adelante y Keri creyó que iba a intervenir. Deseó que no lo hiciera pero no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Generalmente, ella prefería dejar que el entrevistado se extendiera todo lo que quisiera. A veces se sentían cómodos y cometían errores. Pero, aparentemente Brody no compartía su filosofía. —Dr. Burlingame, ¿por qué su llamada no fue redirigida al Departamento de Policía de Beverly Hills?—preguntó. Su tono áspero no albergaba ningún sentimiento de simpatía. A Keri le sonó como si él se preguntase cómo es que se había involucrado en este caso. —Creo que es porque les estoy llamando desde mi oficina, que está Marina del Rey. ¿Importa eso realmente?—preguntó. Sonaba perdido. “No, por supuesto que no —le aseguró Hillman—. Estamos felices de ayudar. Y nuestra unidad de personas desaparecidas probablemente habría sido llamada de todas formas por el Departamento de Policía de Beverly Hills. ¿Por qué no regresa a su casa? Mis detectives se reunirán con usted como a la una y treinta. Tengo la dirección de su residencia. —Okey—dijo Burlingame—. Voy saliendo. Después de colgar, Hillman miró a los dos detectives. —¿Pensamientos iniciales?—preguntó. —Ella probablemente se escapó al Cabo con algunas de sus amigas y olvidó decirle—dijo Brody sin vacilar—. Es eso o que él la asesinó. Después de todo, casi siempre es el esposo. Hillman miró a Keri. Ella pensó por un segundo antes de hablar. Al aplicar las reglas acostumbradas a este sujeto había algo que no encajaba, pero no podía apuntarlo con su dedo. —Me siento tentada a estar de acuerdo—dijo finalmente—. Pero quiero mirar a este sujeto en la cara antes de llegar a alguna conclusión. —Bueno, estás por tener esa oportunidad—dijo Hillman—. Frank, puedes marcharte. Necesito hablar por un minuto con Locke. Al salir, Brody lanzó hacia ella una mirada maliciosa, como si ella hubiera quedado detenida y él de alguna manera se hubiese escapado. Hillman cerró la puerta tras él. Keri se preparó, ciertamente fuera lo que fuera lo que venía no podía ser bueno. —Podrás marcharte en un momento—dijo él, con un tono más suave que él que ella había esperado—. Pero quería recordarte unas pocas cosas antes de que te vayas. Primero, creo que sabes que no me hizo muy feliz tu intervención en la conferencia de prensa. Pusiste tus necesidades personales por encima del departamento. Entiendes eso, ¿correcto? Keri asintió. —Dicho eso—continuó—, me gustaría que tuviéramos un nuevo comienzo. Sé que estabas en mala forma en ese momento y viste esto como una oportunidad para proyectar una luz sobre la desaparición de tu hija. Puedo respetar eso. —Gracias, señor—dijo Keri, ligeramente aliviada pero sospechando que un mazazo estaba por caer. —Aun así —añadió—, solo porque la prensa te ama no quiere decir que no voy a patear tu trasero si sacas tu acostumbrada mierda de lobo solitario. ¿Estamos claros?” —Sí señor. —Bien. Por último, por favor, tómalo con calma. Hace menos de una semana que saliste del hospital. No hagas nada que te lleve de vuelta hasta allá, ¿okey? Retírate. Keri dejó la oficina, medianamente sorprendida. Había estado esperando una reprimenda, pero no se había preparado para la ligera muestra de preocupación por su bienestar. Buscó a Brody en los alrededores antes de darse cuenta que ya él debía haberse ido. Aparentemente no quería ni siquiera compartir el auto con una mujer detective. Normalmente ella estaría molesta pero hoy era una bendición disfrazada. Mientras se dirigía a su vehículo, sofocó una sonrisa. ¡Vuelvo a las tareas de campo! No fue sino hasta que le fue asignado un nuevo caso que se dio cuenta lo mucho que lo extrañaba. La familiar excitación y anticipación comenzaban a envolverla, e incluso el dolor en sus costillas parecía desvanecerse ligeramente. La verdad era que, a menos que estuviera resolviendo casos, Keri sentía como si una parte de ella le faltara. Ella no podía sino sonreír con respecto a otra cosa —que ya estaba planeando violar dos de las órdenes de Hillman. Estaba a punto de ir como lobo solitario y, al mismo tiempo, no se lo tomaría con calma. Porque iba a hacer una parada técnica camino de la casa del doctor. Iba a chequear ese almacén abandonado. CAPÍTULO TRES Con la sirena en el techo de su destartalado Prius, Keri maniobró a través del tráfico, con las manos firmes en el volante, y la adrenalina a millón. El almacén en Palms estaba en el camino a Beverly Hills, más o menos. Así era como Keri justificaba darle prioridad a la búsqueda de su hija, quien la semana pasada había cumplido cinco años desaparecida, en lugar de localizar a una mujer que se había ido hacía menos de un día. Pero tenía que llegar rápido. Brody llevaba la delantera en la ruta hasta la casa de Burlingame, así que ella podía llegar después que él. Pero si se aparecía mucho más tarde, era seguro que Brody la acusaría con Hillman. Él se valdría de cualquier excusa para evitar el trabajar junto con ella. Y decirle al jefe que ella había retrasado una investigación al llegar tarde a la entrevista de un testigo era lo que él necesitaba. Eso le dejaba solo unos minutos para revisar el almacén. Aparcó en la calle y se dirigió al portón principal. El almacén estaba entre un lugar de autoalmacenaje y un local para rentar U-Haul. El zumbido de la estación de generación que estaba al frente era excesivamente ruidoso. Keri se preguntó si se arriesgaba a desarrollar algún tipo de cáncer solo por pararse allí. El almacén estaba rodeado por una cerca barata diseñada para impedir el ingreso de vagos y de adictos, pero no fue difícil para Keri deslizarse por una abertura que había entre las puertas pobremente aseguradas. Mientras se aproximaba a la puerta principal del complejo, notó el letrero del lugar tirado en el suelo, cubierto de polvo. En él se leía Preservación de Objeto Invaluable. No había nada invaluable dentro del almacén vacío, cavernoso. De hecho, no había nada adentro excepto unas pocas sillas plegables de metal patas arriba y algunos montones de yeso desmoronado. Todo el lugar había sido vaciado. Keri caminó por todo el complejo, buscando cualquier pista que pudiera estar relacionada con Evie, pero no pudo encontrar ninguna. Se arrodilló, esperando que una perspectiva diferente pudiera ofrecerle algo nuevo. Nada apareció ante ella, aunque había algo ligeramente extraño en el otro extremo del almacén. Una silla plegable de metal estaba al derecho con pedazos de yeso en el asiento, apilados de manera delicada hasta una altura de treinta centímetros. Parecía improbable que se hubieran agrupado de esa manera sin ayuda. Keri caminó hacia allá y la observó más de cerca. Sentía como si estuviera buscando conexiones donde no las había. Aun así, hizo la silla a un lado, haciendo caso omiso de los yesos que temblaron brevemente antes de caer al piso. La sorprendió el sonido que hicieron al golpear el concreto. En lugar del golpe sordo que había esperado, escuchó un profundo eco. Sintiendo que su corazón comenzaba a latir con mayor rapidez, Keri apartó con el pie los escombros y pateó el punto donde habían caído—otro sonido de eco profundo. Pasó su mano por el piso y descubrió que el punto que había estado debajo de la silla plegable de metal no era en realidad de concreto sino de madera pintada de gris para confundirla con el resto del piso. Intentando controlar su respiración, deslizó sus dedos por la pieza de madera hasta sentir una pequeña protuberancia. La oprimió, escuchó el sonido de un pestillo abriéndose, y sintió que un lado de la pieza de madera saltaba. La agarró por debajo y haló el pedazo cuadrado de madera, como del tamaño de la cubierta de un pozo, de su ranura estriada. Debajo había un espacio de unos veinticinco centímetros de profundidad. No había nada adentro. Ni papeles, ni equipo. Era demasiado pequeño para contener a una persona. A lo más, pudo haber alojado una pequeña caja fuerte. Keri palpó los rincones buscando otro botón oculto pero no halló nada más. No estaba segura de qué pudo haberse hallado allí pero ahora ya no estaba. Se sentó en el concreto junto al agujero, sin saber qué hacer a continuación. Miró su reloj. Era la 1:15. Se suponía que tenía que estar en Beverly Hills en quince minutos. Incluso si se iba ahora, casi llegaría a tiempo. Frustrada y molesta, rápidamente colocó la cubierta de madera como estaba, corrió la silla hasta donde había estado, y dejó el edificio, echándole una vez más un vistazo al letrero en el suelo. Preservación de Objeto Invaluable. ¿Es el nombre del negocio algún tipo de pista o solo estoy siendo burlada por algún cruel imbécil? ¿Está alguien diciéndome que tengo que preservar a Evie, mi más preciado objeto? El último pensamiento hizo que a Keri la atravesara una ola de ansiedad. Sintió que las rodillas no la sostenían y cayó con torpeza al suelo, tratando de impedir un daño adicional a su brazo izquierdo, inútil por estar recogido en el cabestrillo que cruzaba su pecho. Usó su brazo derecho para frenar el desplome. Así doblada, con una nube de polvo que se levantaba a su alrededor, Keri cerró sus ojos con fuerza y trató de alejar los siniestros pensamientos que se cernían sobre ella. Una breve visión de su pequeña Evie se abrió paso en su cerebro. En su visión, ella todavía tenía ocho, sus colitas rubias se agitaban sobre su cabeza, su rostro estaba pálido de terror. Ella era arrojada en una van blanca por un hombre rubio con un tatuaje en el lado derecho de su cuello. Keri escuchó el ruido sordo que provocó el choque de su diminuto cuerpo con la pared de la van. Vio al hombre rubio apuñalar a un adolescente que trató de detenerlo. Vio a la van arrancar y salir hacia la carretera, dejándola a ella muy atrás mientras iba en su persecución con los pies descalzos, ensangrentados. Todo seguía siendo muy vívido. Keri refrenó sus lágrimas mientras hacía a un lado los recuerdos, obligándose a regresar al presente. Después de unos instantes recuperó el control. Aspiró varias veces, profunda y lentamente. Su visión se aclaró y se sintió lo suficientemente fuerte como para incorporarse. Este era el primer recuerdo recurrente que tenía en semanas, desde el encuentro con Pachanga. Parte de ella había albergado la esperanza de que se habían ido para siempre, pero no había tenido esa suerte. Sintió un dolor en su clavícula a causa del golpe, cuando extendió el brazo al caer. Frustrada, se quitó el cabestrillo. Era más un impedimento que una ayuda a estas alturas. Además, no quería verse débil de manera alguna cuando se reuniera con el Dr. Burlingame. La entrevista con Burlingame—¡Debo irme! Se las arregló para ir tambaleando de regreso a su auto y al tráfico, esta vez sin sirena. Necesitaba silencio para la llamada que estaba por hacer. CAPÍTULO CUATRO Keri sintió un vacío nervioso en su estómago al pulsar el número de la habitación del hospital donde estaba Ray y aguardar mientras repicaba. Oficialmente, no había razón para que se sintiera nerviosa. Después de todo, Ray Sands era su amigo y su pareja en la Unidad de Personas Desaparecidas de la División Pacífico del Departamento de Policía de Los Ángeles. Mientras el teléfono continuaba sonando, su mente se remontó al tiempo en el que aún no eran pareja, cuando ella era profesora de criminología en la Universidad Loyola Marymount y se desempeñaba como consultora del departamento, ayudándole en algún que otro caso. Hicieron buenas migas de inmediato y él le devolvía los favores profesionales hablando en ocasiones a sus estudiantes. Luego que Evelyn fue raptada, Keri cayó en el agujero negro de la desesperación. Su matrimonio naufragó, y ella se puso a beber en exceso y a acostarse con varios estudiantes de la universidad. Al final la echaron. No mucho después, estando casi quebrada, embriagada, y viviendo en una ruinosa y vieja casa bote en la marina, él apareció de nuevo. La convenció de ingresar a la academia de la policía, como él mismo lo había hecho cuando su vida se había hecho pedazos. Ray le había arrojado un salvavidas, una vía para reconectarse con el mundo y encontrarle un significado a su vida. Ella lo tomó. Después de graduarse y servir como oficial uniformada, fue promovida a detective. Pidió entonces ser asignada a la División Pacífico, que cubría buena parte de Los Ángeles Oeste. Allí era donde ella vivía y era la zona que conocía mejor. Era también la división de Ray. Él la solicitó como pareja y habían estado trabajando juntos por un año cuando el caso Pachanga les puso a ambos en el hospital. Pero no era el estatus de la recuperación de Ray lo que hacía sentir nerviosa a Keri. Era el estatus de su relación. Algo más que una amistad se había desarrollado en el último año, en la medida en que habían estado trabajando tan juntos. Ambos lo sentían pero ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta. Keri sentía punzadas de celos cuando llamaba al apartamento de Ray y una mujer contestaba. Él era un notorio e impenitente mujeriego, así que no debía ser una sorpresa para ella, pero el sentimiento de envidia seguía allí, a pesar de sus mejores esfuerzos. Y ella sabía que él sentía de la misma manera. Había visto cómo sus ojos relampagueaban cuando estaban en un caso y un testigo hacía algún avance con ella. Casi podía sentir la tensión de él junto a ella. Incluso habiendo estado él tan cerca de morir después de recibir un tiro, ninguno de ellos había estado dispuesto a tocar el tema. Una parte de Keri consideraba inapropiado centrarse en esas trivialidades mientras él se recuperaba de lesiones que amenazaban su vida. Pero otra parte de ella estaba simplemente aterrada ante lo que sucedería si esas cosas salían a relucir. Así que ambos le hacían caso omiso. Y como ninguno estaba acostumbrado a ocultarle cosas al otro, el asunto se estaba volviendo incómodo. Al escuchar cómo repicaba el teléfono en la habitación de Ray, ella se debatía entre la esperanza de que él contestara, y la esperanza de que no lo hiciera. Necesitaba hablar con él sobre la llamada anónima y lo que había descubierto en el almacén. Pero no sabía cómo iniciar la conversación. Al final resultó irrelevante. Después de repicar diez veces, colgó. No había buzón de voz en el teléfono del hospital, lo que significaba que Ray probablemente no estaba en cama. Decidió no probar con el celular de él. Probablemente estaba en el baño o en una sesión de fisioterapia. Sabía que estaba ansioso por volver a la actividad y había conseguido el visto bueno para comenzar hacía dos días. Ray era un antiguo profesional del boxeo y Keri estaba segura de que aprovecharía cada momento disponible en trabajar para regresar en forma al combate, o al menos al trabajo Incapaz de compartir sus pensamientos con su pareja, Keri se obligó a sacar de su cabeza el viaje al almacén y centrarse en el caso presente: la desaparecida Kendra Burlingame. Con un ojo en el camino y otro en el GPS de su teléfono, Keri rápidamente serpenteó por el camino a través de las retorcidas calles de Beverly Hills, hasta ascender a la apartada comunidad que se elevaba sobre la ciudad. Mientras más alto subía, más sinuosa se volvía la carretera y más retirados de la calle se veían los hogares. A lo largo del camino, repasó lo que hasta el momento sabía del caso. No era mucho. Jeremy Burlingame, a pesar de su profesión y del lugar donde vivía, prefería mantener un perfil bajo. Requirió algunas indagaciones entre los colegas de la estación enterarse que el hombre de cuarenta y un años era un reconocido cirujano plástico, conocido tanto por hacer trabajos cosméticos, como por ofrecer cirugías gratuitas a niños con deformidades faciales. Kendra Burlingame, de treinta y ocho, alguna vez había sido una publicista de Hollywood. Pero después de casarse con Jeremy, había puesto toda su energía en una organización sin fines de lucro llamada Solo Sonrisas, que recaudaba dinero para cirugías infantiles y coordinaba todo el cuidado pre y post operatorio. Habían estado casados por siete años. Ninguno tenía registros de arrestos. No había un historial de discordias conyugales, ni de abuso de drogas o alcohol. En el papel al menos, eran la pareja perfecta. Keri entró en sospechas de inmediato. Después de equivocarse en varios cruces, se detuvo finalmente junto a la casa al final de Tower Road a las 1:41, once minutos tarde. Llamarla casa era inexacto. Era más bien un complejo en medio de una propiedad que cubría varios acres. Desde su privilegiada vista, podía admirarse toda la ciudad de Los Ángeles extendida a sus pies. Keri se tomó un momento para hacer algo raro en ella—aplicarse maquillaje extra. Quitarse el cabestrillo había mejorado su apariencia, pero el amarillento cardenal cerca de su ojo todavía se notaba. Así que esparció algo de corrector hasta que se hizo casi invisible. Satisfecha, pulsó el timbre junto al portón de seguridad. Mientras aguardaba que le respondieran, divisó el Cadillac marrón y blanco del Detective Frank Brody estacionado en la rotonda. Una voz femenina se dejó oír en el intercomunicador. —¿Detective Locke? —Sí. —Soy Lupe Veracruz, la mucama de los Burlingames. Por favor, entre y estacione junto a su pareja. Voy hasta usted para llevarla adentro con él y el Dr. Burlingame. El portón se abrió y Keri ingresó, estacionando junto al inmaculado y bien mantenido auto de Frank. El Caddy era su bebé. Lucía oscuro con su anticuada combinación de colores, su pobre relación entre kilometraje y gasolina, su tamaño de ballena. Él lo llamaba un clásico. Para Keri, ese coche, al igual que su dueño, era un dinosaurio. Al abrir la portezuela del vehículo, una mujer hispana de cuarenta y tantos, diminuta y de agradable presencia, vino a su encuentro. Keri salió del auto con rapidez, porque no quería que la mujer la viera luchar mientras maniobraba con su hombro derecho lesionado. A partir de este momento, Keri se consideraba en territorio enemigo y en una potencial escena del crimen. No quería ser percibida como débil por Burlingame o cualquiera de su círculo. —Por aquí, Detective —dijo Lupe, yendo directo al grano mientras con sus tacones se daba la vuelta, para después guiar a Keri a lo largo del sendero empedrado, rodeado por unos inmaculadamente cuidados macizos de flores. Keri procuró no retrasarse mientras daba pasos cuidadosos. Con las lesiones en su ojo, hombro, costillas, todavía se sentía insegura en terrenos irregulares. Pasaron junto a una enorme piscina con dos trampolines y un carril. Junto a ella había un gran hoyo, con un cerro de tierra junto a él. Una excavadora Bob permanecía inactiva en las cercanías. Lupe advirtió su curiosidad. —Los Burlingames quieren poner un jacuzzi. Pero el pedido de azulejos marroquíes que ordenaron está suspendido, así que todo el proyecto está retrasado. —Tengo el mismo problema—dijo Keri. Lupe no se rió. Al cabo de varios minutos, llegaron a una entrada lateral de la casa principal, que se abría a una espaciosa y aireada cocina. Keri podía escuchar voces masculinas muy cerca de allí. Lupe la hizo cruzar por una esquina hasta lo que lucía como el salón de desayuno. El Detective Brody estaba de pie, dándole la cara, hablando con un hombre que le daba la espalda a ella. El hombre pareció sentir su llegada y se volteó antes de que Lupe tuviera oportunidad de anunciarla. Keri, en una onda investigativa, se enfocó en los ojos de él en tanto la miraba. Eran pardos y cálidos, algo enrojecidos hacia los bordes. O había sufrido una fuerte alergia o había estado llorando recientemente. Puso una sonrisa forzada en su rostro, aparentemente atrapado entre sus obligaciones como anfitrión y la ansiedad de la situación. Era un hombre de aspecto simpático, no demasiado atractivo pero con un rostro amigable, abierto, que le daba un aire juvenil y entusiasta. A pesar de su chaqueta deportiva, Keri podía asegurar que estaba en forma. No era demasiado musculoso pero tenía la constitución magra, nervuda, de un atleta de resistencia, un maratonista quizás, o un triatleta. Era de estatura promedio, uno ochenta tal vez, y alrededor de setenta y cinco kilos. Su cabello castaño, muy corto, mostraba las primeras, apenas perceptibles, señales de gris. —Detective Locke, gracias por venir—dijo, avanzando y extendiendo su mano—. He estado hablando con su colega. —Keri—dijo Frank Brody, inclinando la cabeza con brusquedad—. Todavía no hemos entrado en detalles. Quería esperar a que llegaras. Era una sutil indirecta con respecto a su retraso, bajo la máscara de lo que parecía cortesía profesional. Keri, simulando no haberlo notado, se mantuvo enfocada en el doctor. —Encantada de conocerlo, Dr. Burlingame. Siento que sea bajo tan difíciles circunstancias. Si no le importa, ¿por qué no comenzamos de una vez? En un caso de personas desaparecidas, cada minuto es crucial. Con el rabillo del ojo, Keri vio a Brody con el ceño fruncido, claramente molesto de que ella hubiera tomado la iniciativa. A ella en realidad le importaba un carajo. —Por supuesto—dijo Burlingame—. Por dónde debemos comenzar? —Usted nos dio por teléfono un resumen cronológico a grandes líneas. Pero me gustaría que lo revisara para nosotros con mayor detalle, si puede. ¿Por qué no comenzar con la última vez que vio a su esposa? —Okey, fue ayer en la mañana y estábamos en el dormitorio... Keri intervino. —Siento interrumpirlo, pero ¿puede llevarnos allá? Me gustaría estar en el cuarto mientras describe los eventos que allí ocurrieron. —Sí, por supuesto. ¿Lupe debe venir también? —Hablaremos con ella por separado—dijo Keri. Jeremy Burlingame asintió y encabezó la subida por la escalera hasta el dormitorio. Keri continuaba observándolo cuidadosamente. Su interrupción de hacía un momento se debió solo en parte a la razón que dio. Ella también quería calibrar cómo un doctor poderoso y de tanto prestigio reaccionaba cuando recibía órdenes de una mujer. Al menos, hasta ahora, eso no pareció perturbarlo. Lucía dispuesto a hacer o decir lo que ella le pidiera si eso ayudaba. Mientras caminaba, ella lo acribilló con preguntas adicionales. —En circunstancias normales, ¿dónde estaría su esposa en este momento? —Aquí en la casa, me imagino, preparándose para la recaudación de fondos de esta noche. —¿Qué recaudación de fondos es esa?—preguntó Keri, simulando ignorancia. —Tenemos una fundación que financia cirugía reconstructiva, principalmente para niños con irregularidades faciales, pero en ocasiones también para adultos que se recuperan de quemaduras o accidentes. Kendra dirige la fundación y celebra dos galas importantes al año. Una estaba fijada para esta noche en Hotel Península. —¿Está su auto aquí en la casa?—preguntó Brody mientras empezaban a subir por un largo tramo de la escalera. —Honestamente no lo sé. No puedo creer que no se me ocurriera revisar. Déjeme preguntarle a Lupe. Tomó su celular y empleó lo que parecía una función walkie-talkie. —Lupe, ¿sabes si el auto de Kendra está en el garaje? —la respuesta fue casi inmediata. —No, Dr. Burlingame. Revisé cuando usted llamó más temprano. No está allí. Además, cuando colgaba unas ropas, noté que uno de sus bolsos de viajes pequeños no estaba en su closet. Burlingame se veía perplejo. —Esto es raro—dijo. —¿Qué es?—preguntó Keri. —No veo qué razón pudo haber tenido ella para tomar un bolso de viaje. Tiene un duffel que usa cuando va al gimnasio, y usa un portatrajes si planea cambiarse a un vestido de noche en el mismo lugar de la gala. Solo usa los bolsos de viajes como equipaje de mano cuando estamos viajando. Después de subir el tramo de la escalera y cruzar un largo corredor, llegaron al dormitorio principal. Brody, jadeando por el largo trayecto, puso sus manos en las caderas, sacó el pecho, y respiró con fuerza. Keri examinó la habitación. Era enorme, más grande que toda su casa bote. La cama de cuatro postes tamaño king estaba hecha. Un grácil baldaquín la cubría, haciéndola lucir como una nube cuadrada. El amplio balcón, con su puerta totalmente abierta, se orientaba hacia el oeste, ofreciendo una vista del Océano Pacífico. Un gigantesco televisor de plasma, de por lo menos setenta y cinco pulgadas, colgaba de una pared. Las otras paredes estaban decoradas con gusto con cuadros y fotos de una feliz pareja. Keri avanzó para contemplar una. Parecían estar de vacaciones, en algún lugar cálido con un océano al fondo. Jeremy vestía una camisa rosada, suelta, desabotonada y sin arrugas, junto con shorts ajustados de cuadros. Tenía colocadas unas gafas de sol y su sonrisa era ligeramente tonta y forzada, como la de un hombre que le incomoda ser retratado. Kendra Burlingame llevaba un vestido veraniego color turquesa con sandalias trenzadas de tacón grueso que envolvían sus tobillos. Su piel bronceada hacía contraste con su vestido. Su cabello negro estaba recogido en una floja cola de caballo, y sus gafas de sol descansaban sobre su cabeza. Mostraba una amplia sonrisa, como si se hubiera estado riendo y a duras penas se las hubiera arreglado para contenerla. Era tan alta como su marido, con piernas largas, y ojos azul verdoso que combinaban con el agua que estaba detrás de ella. Estaba inclinada hacia él, y éste, con su brazo rodeaba de manera casual la cintura de ella. Era asombrosamente hermosa. —¿Así que la última vez que vio a su esposa fue cuándo?—preguntó ella. Estaba de espaldas a Burlingame pero podía ver el reflejo en el vidrio del portarretrato. —Aquí—dijo él, con una cara de preocupación que no escondía nada que ella pudiera ver—. Fue ayer por la mañana. Tenía que irme temprano a San Diego para supervisar un procedimiento complicado. Estaba todavía en cama cuando me despedí de ella con un beso. Eran probablemente alrededor de las seis cuarenta y cinco. —¿Estaba despierta cuando usted se fue?—preguntó Brody. —Sí. Tenía la TV encendida. Estaba mirando las noticias locales para saber cómo estaría el clima en la gala de la noche. —¿Y esa fue la última vez que la vio, ayer por la mañana?—preguntó Keri de nuevo. —Sí, Detective—dijo, sonando por primera vez ligeramente molesto—. He contestado esa pregunta varias veces. ¿Puedo hacer una pregunta? —Por supuesto. —Sé que tenemos que revisar todo aquí de manera metódica. Pero entretanto, ¿puede por favor hacer que su gente chequee el GPS en el teléfono de Kendra y en el auto? Puede que eso ayude a localizarla. Keri había estado esperando que él hiciera esa pregunta. Por supuesto que en el momento en que se encargaron del caso, Hillman había ordenado a los técnicos allá en la estación que iniciaran ese proceso. Pero ella había estado callando ese detalle hasta este mismo momento. Quería calibrar la reacción de él a su respuesta. —Es una buena idea, Dr. Burlingame —dijo—, es por eso que ya lo hemos hecho. —¿Y qué encontraron?—Burlingame preguntó esperanzado. —Nada. —¿Nada? ¿Cómo así que nada? —Pareciera que tanto en el teléfono como en el auto, el GPS ha sido apagado. Keri, totalmente alerta, observó detenidamente la reacción de Burlingame. Él la contempló asombrado. —¿Apagado? ¿Cómo puede ser eso posible? —Es solo posible si fue hecho de manera intencional, por alguien que no quería que ni el auto ni el teléfono fuera encontrado. —¿Eso significa que fue un secuestrador que no quería que la encontraran? —Es posible —contestó Brody—. O podría ser que ella no quiere ser hallada. La expresión de Burlingame cambió del asombro a la incredulidad. —¿Está sugiriendo que mi esposa se fue por su cuenta e intentaba ocultar adónde iba? —No sería la primera vez —dijo Brody. —No. Eso no tiene sentido. Kendra no es el tipo de persona que hace eso. Además, ella no tiene razones para hacerlo. Nuestro matrimonio está bien. Nos amamos el uno al otro. Ella ama su trabajo en la fundación. Ama a esos chicos. Ella simplemente no se levantaría y abandonaría todo eso. Yo sabría si algo andaba mal. Lo sabría. Para los oídos de Keri, él sonaba casi como si suplicara, como un hombre que trata de convencerse a sí mismo. Se veía completamente perdido. —¿Está seguro de eso, Doctor?—preguntó ella— A veces ocultamos secretos, incluso a los que amamos. ¿Hay alguien más en el que ella confiara, aparte de usted? Burlingame no pareció escucharla. Se sentó en el borde de la cama, meneando su cabeza lentamente, como si eso pudiera sacar las dudas de su mente. —¿Dr. Burlingame? preguntó Keri de nuevo con delicadeza. —Hmm, sí —dijo, levantándose—. Su mejor amiga es Becky Sampson. Se conocen desde la escuela. Fueron juntas a una reunión de la secundaria hace un par de semanas y Kendra pareció un tanto agitada a su regreso, pero no puedo decir por qué. Ella vive por Robertson. Quizás Kendra le mencionó algo a ella. —Correcto, la contactaremos —le aseguró Keri—. Mientras tanto, vamos a hacer que venga hasta acá un equipo de escena del crimen para que haga un reporte detallado de su casa. Seguiremos la última localización conocida del auto y el teléfono de su esposa antes de que el GPS fuera desactivado. ¿Me está escuchando, Dr. Burlingame? El hombre parecía haber entrado en estupor paralizante, mirando con fijeza al frente. Al sonido de su nombre, parpadeó y pareció regresar. —Sí, equipo de escena del crimen, revisión de GPS. Comprendo. —Necesitamos también verificar todo acerca de su paradero el día de ayer, incluyendo e tiempo pasado en San Diego —dijo Keri—. Necesitaremos contactar a todos con los que trató por allá. —Tenemos que hacer esto con la debida diligencia —añadió Brody, en un torpe intento por ser diplomático. —Comprendo. Estoy seguro de que el marido es por lo general el principal sospechoso cuando una mujer desaparece. Tiene sentido. Haré una lista de todos con los que interactué y les dare sus números. ¿Lo necesitan ahora? —Mientras más pronto mejor —dijo Keri—. No quiero parecer dura, pero tiene razón, Doctor—el esposo es típicamente el principal sospechoso. Y mientras más pronto podamos eliminarlo como tal, con más rapidez podremos pasar a otras teorías. Vamos a hacer que algunos oficiales vengan y aseguren toda el área. Entretanto, apreciaría si usted y Lupe pudieran acompañarnos al patio donde el Detective Brody y yo estacionamos. Esperaremos allí hasta que pueda llegar apoyo y la Unidad de Escena del Crimen pueda comenzar a procesar la escena. Burlingame asintió y se arrastró fuera de la habitación. Entonces, de repente, irguió la cabeza e hizo una pregunta. —¿Qué tanto tiene ella, Detective Locke, asumiendo que se la llevaron? Sé que el tiempo cuenta en estas cosas. ¿Cuánto tiempo realmente piensa que ella tiene? Keri lo miró de frente. No había segundas intenciones en su expresión. Parecía que en verdad trataba de agarrarse a algo racional y fáctico. Era una buena pregunta, una que necesitaba responderse a sí misma. Hizo un rápido cálculo mental. Los números que obtuvo no eran buenos. Pero no podía ser así de franca con el esposo de una víctima potencial. Así que lo suavizó un poco sin mentirle. —Mire, Doctor. No voy a mentirle. Cada segundo cuenta. Pero todavía tenemos una par de días antes de que el rastro de evidencias comience a enfriarse. Y vamos a volcar recursos importantes para encontrar a su esposa. Todavía hay esperanza. Pero internamente, el cálculo era menos alentador. Usualmente, setenta y dos horas era el límite máximo. Así que asumiendo que ella hubiese sido llevada en algún momento, ayer por la mañana, tenían poco menos de cuarenta y ocho horas para encontrarla. Y eso siendo optimistas. CAPÍTULO CINCO Keri avanzó por el corredor del Centro Médico Cedars-Sinaí, tan rápido como podía permitírselo su cuerpo adolorido. La casa de Becky Sampson estaba a solo cuadras del hospital, así que Keri no se sentía demasiado culpable por hacer una rápida parada técnica para ver cómo estaba Ray. Pero al aproximarse a la habitación, podía sentir cómo ese nuevo y familiar nerviosismo comenzaba a batir sus entrañas. ¿Cómo iban a ser de nuevo normales las cosas entre ellos, existiendo este silencioso secreto que compartían pero no podían reconocer? Al llegar a su habitación, Keri se decidió por lo que esperaba sería una solución temporal. Fingiría. La puerta estaba abierta y pudo ver que Ray estaba dormido. No había más nadie en la habitación. El último contrato laboral firmado con la ciudad estipulaba que los oficiales hospitalizados ocuparan habitaciones privadas siempre que estuviesen disponibles, así que disponía él de una, bellamente dulce. La habitación tenía una vista de Hollywood Hills y un gran TV de plasma, que estaba encendido pero sin volumen. Una vieja película con Sylvester Stallone compitiendo en un campeonato de pulso llenaba la pantalla. No era de sorprender que se hubiera quedado dormido. Keri avanzó y estudió a su dormida pareja. Acostado en la cama, con una suelta vestimenta floral de hospital sobre su cuerpo, Ray Sands se veía mucho más frágil de lo acostumbrado. Normalmente, su constitución afro-americana de uno noventa y tres, y ciento cuatro kilos, era intimidante, al igual que su cabeza completamente calva. Tenía más que ganado su sobrenombre de Big. Con los ojos cerrados, no se notaba su ojo derecho de vidrio, el que había perdido en un combate de boxeo hacía años. Nadie hubiera adivinado que el hombre de cuarenta años que ahora estaba acostado en una cama de hospital con un taza intacta de gelatina roja junto a él, había sido alguna vez Ray —The Sandman— Sands, un medallista olímpico de bronce y un contendor profesional de peso pesado, considerado alguna vez favorito para ganar el título. Por supuesto, eso fue antes de que un zurdo infravalorado, con un gancho izquierdo brutal, le hubiera destruido el ojo y acabado de un solo golpe su carrera, a la edad de veintiocho. Después de vueltas y revueltas, Ray se topó con la carrera policial y ascendió en el departamento hasta convertirse en uno de los más preciados investigadores de Personas Desaparecidas. Con el retiro inminente de Brody, estaba a la espera de ocupar su puesto en Robos y Homicidios. Keri echó un vistazo a las distantes colinas, preguntándose cuál sería la situación de ambos en seis meses, cuando ya no fueran pareja ni estuvieran en la misma unidad. Desechó el pensamiento, reacia a imaginar la vida sin esa constante influencia en su vida desde que se habían llevado a Evie. De pronto sintió que era observada. Bajó la vista y vio que Ray estaba despierto, contemplándola en silencio . —¿Cómo te va, Smurfette?—preguntó juguetonamente. Adoraban hacer burla el uno del otro debido a su ostensible diferencias de estatura. —Okey, ¿cómo te sientes hoy, Shrek? —Un poco cansado, para ser honesto. Tuve una larga sesión de ejercicios hace un rato. Caminé todo el corredor de ida y vuelta. Cuidado, LeBron James, te estoy pisando los talones. —¿Te dieron un cronograma donde diga cuándo te dejan salir?—preguntó ella. —Dijeron que quizás para el final de la semana, si las cosas continúan progresando. Vendrán entonces dos semanas guardando cama en casa. Si todo va bien, me permitirán que haga turno de escritorio de manera limitada. Suponiendo que no me haya pegado un tiro de puro aburrimiento antes de que llegue ese momento. Keri guardó silencio por un instante, sopesando qué decir a continuación. Parte de ella quería decirle a Ray que se lo tomara con calma, que no se presionara demasiado para regresar al trabajo. Por supuesto, decirle eso sería hipócrita, porque era exactamente lo que ella había hecho. Y sabía que él se lo echaría en cara. Pero él había recibido un tiro mientras ayudaba a salvarle la vida a ella. Eso la hacía sentir responsable. Sentía que debía protegerlo. Y sentía otras cosas sobre las que no estaba totalmente dispuesta a pensar por el momento. Finalmente decidió que darle algo en que distraerse podría resultar mejor que sermonearlo. —A lo largo de esas etapas, podrías ser de ayuda en un caso que acaba de tocarme. ¿Dispuesto a mezclar un poco de análisis con tu gelatina?—preguntó ella. —Primero que nada, felicidades por regresar al servicio de campo. Segundo, ¿qué tal si saltamos la gelatina y vamos directo al caso? —Okey. Este es lo fundamental. Kendra Burlingame, es una mujer de alta sociedad de Beverly Hills y esposa de un exitoso cirujano plástico, de la que no se sabe nada desde ayer en la mañana... —¿Qué día era ayer?—interrumpió Ray—Los supresores de dolor me desorientan un poco, cuando se trata, ya sabes, de días de la semana. —Ayer era lunes, Sherlock —dijo Keri con un poco de mordacidad—. Su esposo dice que la vio por última vez a las seis cuarenta y cinco a.m. antes de irse a San Diego a supervisar una cirugía. Ahora mismo son las dos y cuarenta del martes en la tarde, así que tiene alrededor de veintidós horas desaparecida. —Suponiendo que el esposo esté diciendo la verdad. Conoces la primera regla cuando se trata de esposas desaparecidas: el marido lo hizo. A Keri le molestaba que todos, incluyendo su aparentemente iluminada pareja, parecieran recordárselo constantemente. Al responder, no pudo evitar que hubiera sarcasmo en el tono de su voz. —¿En verdad, Ray, es esa la primera regla? Déjame anotarlo porque es la primera vez que lo escucho. ¿Alguna otra perla de sabiduría que quieras ofrecer, oh, sabio maestro? ¿Quizás que el sol está caliente? O, ¿que esa col sabe a papel de aluminio? —Solo digo... —Créeme, Ray, lo sé. Y el hombre es en la actualidad el sospechoso número uno. Pero también ella pudo simplemente haber huido. Pienso, como profesional de la ley, que podría valer la pena seguir otras pistas, ¿no lo crees? —Lo creo. De esa forma, tendrás una pierna sobre la cual puedas sostenerte de pie cuando lo arrestes. —Es agradable verte haciendo un uso tan entusiasta de tus habilidades investigativas en lugar de simplemente saltar a conclusiones infundadas —dijo Keri en plan de burla, intentando no sonreír. —Así es como me muevo. Entonces, ¿qué sigue en la agenda? —Voy a ver a la mejor amiga de Kendra cuando salga de aquí. Su residencia está a la vuelta de la esquina. El esposo dijo que Kendra estaba actuando de manera extraña luego que regresaron de una reunión de secundaria. —¿Alguien está chequeando lo del viaje del doctor a San Diego? —Brody está yendo para allá ahora. —¿Te pusieron de pareja a Frank Brody?—dijo Ray, intentando no reírse—No es de extrañar que prefieras gastar tu tiempo con un inválido. ¿Cómo va eso? —¿Por qué crees que no objeté cuando se ofreció a ir a San Diego? Los chicos de allá podían fácilmente hacer ese seguimiento, pero él insistió y me imaginé que eso le mantendría a él y a esa atrocidad marrón de auto fuera de mi camino por un rato. Además, prefiero gastar tiempo en compañía de un agotado, debilucho, encamado y triste saco como tú que un día cualquiera con Brody. Todo el cotorreo había relajado a Keri hasta hacerla sentir tan confortable que se dio cuenta, demasiado tarde, que su último comentario la había enviado de vuelta a una situación incómoda. Ray guardó silencio por un momento, abrió entonces su boca para decir algo pero Keri se adelantó. —Como sea, debo irme. Se suponía que estaría reunida con la amiga de Kendra ahora mismo. Más tarde vengo a ver cómo estás. Tómalo con calma, ¿okey? Salió sin esperar respuesta. Mientras se apresuraba por el pasillo para tomar el ascensor, se repetía una palabra, una y otra vez. Idiota. Idiota. Idiota. CÁPITULO SEIS Sintiéndose todavía ruborizada por lo embarazoso de la situación, Keri hizo el corto trayecto hasta la casa de Becky Sampson. Vislumbró su rostro ruborizado en el espejo retrovisor y apartó la mirada con rapidez, tratando de pensar en cualquier cosa que no fuera cómo habían quedado las cosas con Ray. Le pasó por la cabeza que al haberse ido con tanta precipitación, había olvidado contarle acerca de la llamada anónima que tenía que ver con Evie, y de su visita al almacén abandonado. En este caso, Keri. Mantén tu mente en este caso. Consideró entonces llamar al Detective Kevin Edgerton, el experto en tecnología que rastreaba la última localización conocida del GPS de Kendra, para ver si había tenido suerte. A una parte de ella le molestaba hacer que Edgerton trabajara en ello, pues lo apartaba de la tarea de descifrar el código de la portátil de Alan Pachanga. De nuevo la frustración la recorría por dentro, mientras recordaba cómo en principio habían creído haber ingresado a toda una red de secuestradores, para solo golpear muro tras muro. Keri estaba segura de que el código que necesitaba se hallaba en alguna parte de los archivos del abogado de Pachanga, Jackson Cave. Sin importar cómo fuese el caso, decidió hacer ese mismo día una visita a Cave. Mientras se hacía esa promesa, llegó a la morada de Becky Sampson. Momento de hacer a un lado a Cave, por ahora. Kendra Burlingame necesita mi ayuda. Mantente concentrada. Salió del auto y admiró la urbanización, mientras caminaba hasta la puerta principal del complejo de apartamentos. Becky Sampson vivía en un edificio de tres pisos estilo Tudor. La calle entera, North Stanley Drive, estaba bordeada por complejos similares con falsos ornamentos. Esa parte de Beverly Hills, justo al sur de Cedars-Sinaí y Burton Way, y la oeste de Robertson Boulevard, se hallaba técnicamente dentro de los límites de la ciudad. Pero estaba rodeada de distritos comerciales, y el limitar con la ciudad de Los Ángeleshacía que la renta fuese significativamente inferior a la de otras secciones de la urbe. Aún así, la dirección de correos decía Beverly Hills y eso tenía sus beneficios. Keri oprimió el timbre del apartamento de Becky y la entrada se abrió para ella. Una vez dentro, se hizo obvio que el código postal era la principal ventaja del lugar. No lo era ciertamente el edificio. Al caminar por el pasillo hasta el ascensor, Keri notó lo descascarado de la pintura color rosa pálido de las paredes y la alfombra gruesa, llena de manchas. Todo hedía a moho. El ascensor olía aún peor, como que había sufrido múltiples incidentes vomitorios a lo largo de los años y ya no era posible ocultar el hedor. El aparato se sacudió hacia arriba hasta llegar al tercer piso, y las puertas se abrieron con un traqueteo. Keri salió, decidida a bajar por las escaleras, aunque su hombro y sus costillas la odiaran por ello. Tocó la puerta con el número 323, desabrochó la funda de su arma, apoyó su mano abierta en esta, y aguardó. El sonido de unos platos colocados sin gran ceremonia en un fregadero fue fácil de identificar, así como también, el golpe sordo de cosas que, regadas por el suelo, eran arrojadas al closet. Ahora se está viendo en un espejo cercano a la puerta principal. Hay una sombra en la mirilla mientras me chequea y la puerta debe abrirse en tres, dos… Keri oyó el giro de una llave y la puerta se abrió para presentar a una mujer delgada y agobiada. Sería de la misma edad de Kendra si habían ido juntas a una reunión, pero ella se veía mucho más vieja, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Su cabello era de un castaño ratonil, teñido a todas luces, y sus ojos pardos estaban tan enrojecidos como estaban usualmente los de Keri. La palabra que de inmediato vino a su mente fue, nerviosa. —¿Becky Sampson? —preguntó por protocolo, aunque la foto de la licencia de conducir que le habían enviado cuando iba de camino claramente coincidía. Su diestra continuó descansando sobre la cacha de la pistola. —Sí. ¿Detective Locke? Pase. Keri puso un pie dentro, manteniendo algo de distancia entre ella y Becky. Incluso las delgadísimas aspirantes de Beverly Hills podían hacer daño si bajabas la guardia. Trató de no fruncir la nariz ante el olor a rancio que dominaba el lugar. —¿Se le ofrece algo?—preguntó Becky. —Me encantaría una vaso de agua —contestó Keri, menos por querer uno que por poder examinar el apartamento de manera exhaustiva mientras su anfitriona estaba en la cocina. Con las ventanas cerradas y las persianas echadas, el apartamento lucía sofocante. Todo parecía tener una capa de polvo, desde las mesillas al sofá, pasando por las estanterías de libros. Keri caminó hasta la sala de recibo y se dio cuenta que estaba equivocada. Una parte de la mesa de café estaba brillante, como si fuera usada de manera constante. En el piso, en frente de ese punto, Keri descubrió varias motas de lo que se veía como polvo blanco. Se arrodilló, ignorando el aullante dolor de sus costillas, y echó un vistazo bajo la mesa. Podía ver un billete de un dólar enrollado a medias, cubierto con un residuo blanquecino. Escuchó el cierre del grifo de agua y se incorporó antes de que Becky entrara de nuevo en la habitación con dos vasos de agua. Claramente sorprendida al ver a su invitada tan lejos de la puerta principal, Becky le lanzó una mirada de sospecha antes de echar un vistazo involuntario al claro sobre la mesa. —¿Le importa si me siento?—preguntó Keri de manera casual—Tengo una costilla rota y me duele si permanezco de pie mucho tiempo. —Seguro —dijo Becky, aparentemente aliviada—. ¿Cómo sucedió? —Un secuestrador de niñas me dio una paliza. Los ojos Becky se abrieron impactados. —Oh, no se preocupe —Keri la tranquilizó—. Lo maté a tiros después de eso. Confiando ahora en que Becky había bajado la guardia, fue directo al punto. —Le dije por teléfono que necesitaba hablar con usted sobre Kendra Burlingame. Ella está desaparecida. ¿Alguna idea de dónde podría estar? Aunque parecía imposible, los ojos de Becky se agrandaron aún más. —¿Qué? —No se ha sabido de ella desde ayer en la mañana. ¿Cuándo fue la última vez que habló con ella? Becky intentó responder, pero comenzó a toser y a respirar con dificultad. Al cabo de unos instantes, se recuperó lo suficiente como para hablar. —Fuimos de compras el sábado por la tarde. Ella estaba buscando un vestido nuevo para la gala benéfica de esta noche. ¿Está realmente segura de que ella está desaparecida? —Estamos seguros. ¿Cómo se comportó el sábado? ¿Parecía ansiosa acerca de algo? —Realmente no—contestó Becky,mientras resoplaba y buscaba un pañuelo desechable—. Quiero decir, estaba lidiando con unas pequeñas dificultades relacionadas con la recaudación de fondos, las llamadas a los proveedores de catering y todo lo demás. Pero no eran cosas con las que ella no hubiera lidiado un millón de veces. No parecía demasiado agobiada. —¿Cómo era para usted, Becky, escucharla hacer esas llamadas sobre una gala fabulosa mientras se compraba un costoso vestido? —¿Qué quiere decir? —Quiero decir, tú eres su mejor amiga, ¿correcto? Becky asintió. —Por casi veinticinco años —dijo. —Y vive en una mansión allá arriba, en las colinas, y tú estás en este apartamento de un solo dormitorio. ¿Nunca te sientes celosa? Observó detenidamente a Becky mientras respondía. La otra mujer tomó un sorbo de agua, pero tosió como si se le hubiera ido hacia los pulmones. Al cabo de unos segundos, respondió. —A veces me siento celosa. Lo admito. Pero no es culpa de Kendra que las cosas no hayan ido tan bien para mí. A decir verdad, es difícil enfadarse alguna vez con ella. Es la persona más agradable que conozco. Me las he tenido que ver con algunas… dificultades y ella siempre ha estado allí cuando las cosas se han puesto difíciles. Keri sospechaba cuáles podían ser esas —dificultades—pero no dijo nada. Becky continuó. —Además, ella es muy generosa sin hacerme sentir menos por ello. Esa es una línea muy delgada. De hecho me compró vestido que voy a usar en la gala de esta noche, suponiendo que se vaya a celebrar. ¿Sabe si será así? —No lo sé—replicó Keri con brusquedad—. Cuéntame de su relación con Jeremy. ¿Cómo era su matrimonio? —Era bueno. Son grandes socios, un equipo realmente efectivo. —Eso no suena muy romántico. ¿Es un matrimonio o una corporación? —No creo que alguna vez hayan sido una pareja superapasionada. Jeremy es de un tipo muy conservador y realista. Y Kendra pasó en sus veintes por su etapa sexy, de chicos salvajes. Yo creo que ella era feliz al tener a un chico dulce, estable, con el que pudiera contar. Yo sé que le ama. Pero no es Romeo y Julietani nada de eso, si eso es a lo que se refiere. —Okey, entonces, ¿alguna vez anheló esa pasión? ¿Pudo haber ido en su busca, digamos en el viaje de reunión de la secundaria? —preguntó Keri. —¿Por qué pregunta eso? —Jeremy dijo que ella lucía un poco agitada a su regreso de tu reunión. —Oh, eso—dijo Becky, resoplando otra vez antes del inicio de otro ataque de tos. Mientras trataba de controlarse, Keri vio a una cucaracha escurrirse por el piso e intentó ignorarla. Cuando Becky se hubo recuperado, continuó. —Créame, ella no estaba tonteando en el viaje. De hecho, fue lo contrario. Un ex-novio de ella, un chico llamado Coy Brenner, se la pasó haciendo avances con ella. Ella fue educadapero muy firme. —¿Cómo firme? —Hasta el punto de sentirse incómoda. Él era uno de los chicos salvajes que le mencioné. En cualquier caso, él no se conformaba con un no. Al final de la reunión, dijo algo de buscarla allá en la ciudad. Yo creo que realmente la encontró. —¿Vive él aquí? —Vivió en Phoenix por largo tiempo. Donde se hizo la reunión. Todos crecimos allá. Pero él mencionó algo de que se había mudado a San Pedro recientemente, dijo que estaba trabajando allá en el puerto. —¿Hace cuánto fue la reunión? —Dos semanas—dijo Becky—¿Realmente piensa que él tuvo algo que ver con esto? —No lo sé. Pero lo investigaremos. ¿Dónde puedo encontrarte si necesito contactarte de nuevo? —Trabajo en una agencia de casting en Robertson, frente a The Ivy. Está a diez minutos caminando desde aquí. Pero siempre cargo mi celular. Por favor, no vacile en llamar. Cualquier cosa que pueda hacer para ayudar, solo pídalo. Ella es como una hermana para mí. Keri miró severamente a Becky Sampson, tratando de decidir si debía mencionar el elefante que tenía en la habitación. La tos y el resoplido constante, su negligencia para mantener un hogar decente, el residuo blanco y el billete enrollado en el suelo, todo sugería que la mujer estaba hundida en la adicción a la cocaína. —Gracias por tu tiempo —dijo finalmente, habiendo decidido dejarlo por ahora. La situación de Becky podría resultar útil más adelante. Pero todavía no había necesidad de usarla, porque no daba ninguna ventaja táctica. Keri abandonó el apartamento y bajó las escaleras, a pesar de las chirriantes punzadas en su hombro y costillas. Se sintió ligeramente culpable por guardar el problema de Becky con la cocaína como una carta potencial a usar en el camino. Pero la culpa se desvaneció con rapidez al dejar el edificio y aspirar el aire fresco. Ella era una detective de la policía, no una consejera de drogas. Cualquier cosa que pudiera ayudarla a resolver el caso era juego limpio. Mientras se incorporaba al tráfico y enfilaba a la autopista, llamó a la oficina. Necesitaba todo lo que tenían sobre el agresivamente interesado ex-novio de Kendra, Coy Brenner. Estaba por hacerle una visita no anunciada. CAPÍTULO SIETE Keri procuró mantenerse serena aunque sentía que su tensión arterial estaba subiendo. La hora punta estaba entrando en su apogeo, mientras avanzaba hacia el sur por la 110 rumbo al Puerto de Los Ángeles en San Pedro. Eran las cuatro de la tarde pasadas, e incluso circulando por el canal para vehículos de alta ocupación y con la sirena encendida, era poco lo que avanzaba. Finalmente salió de la autopista y, conduciendo por complicadas vueltas y revueltas, llegó al edificio administrativo en la Calle Palos Verdes. Se suponía que allí se encontraría con el enlace policial del puerto, quien le asignaría dos oficiales como respaldo cuando entrevistara a Brenner. La participación de la policía portuaria era necesaria puesto estaba en la jurisdicción de ellos. Normalmente a Keri le irritaba este tipo de requerimientos burocráticos, pero por una vez no le pareció mal tener respaldo. Por lo general, se sentía confiada cuando iba a por un posible sospechoso, entrenada como estaba en Krav Maga y habiendo incluso recibido algunas lecciones de boxeo por parte de Ray. Pero con su hombro chueco y sus costillas magulladas, no estaba tan segura como siempre. Y Brenner no sonaba como un pelele. De acuerdo al Detective Manny Suárez quien, allá en el precinto, hizo para Keri un chequeo de los antecedentes mientras estaba en camino, Coy Brenner era toda una pieza. Había sido arrestado media docena de veces en los pasados años, dos por conducir ebrio, una por robo, dos por asalto, y la más grave por fraude, que le había valido su estadía más larga tras las rejas, seis meses. Eso había sido hacía cuatro años y desde entonces se le había prohibido salir del estado por cinco, así que, técnicamente, había violado su libertad bajo palabra. Ahora era estibador en el muelle 400. Aunque había dado a entender a Becky y a Kendra que acababa de mudarse a San Pedro hacía unas pocas semanas, los registros mostraban que había estado viviendo en un apartamento de Long Beach por más de tres meses. El enlace de la policía portuaria, el Sargento Mike Covey, y sus dos oficiales, la estaban aguardando cuando llegó. Covey era un cuarentón, alto y con algo de calvicie, refractario a las necedades. Ella le informó por teléfono y él, obviamente, había hecho lo propio con sus hombres. —El turno de Brenner concluye a las cuatro y treinta—le dijo Covey después de hacer las presentaciones—. Como ya son las cuatro y cuarto, llamé al gerente del muelle y le pedí que no dejara salir temprano al personal. Es sabido que así lo hace. —Aprecio eso. Me parece que debemos ir ahora mismo. Quiero echar un vistazo al sujeto antes de entrevistarlo. —Comprendido. Si quiere, podemos hacer que su auto vaya de primero para levantar menos sospechas. Los oficiales Kuntsler y Rodríguez pueden seguirla aparte en la patrulla. Recorremos los muelles constantemente, así que tenerlos en el área no le parecerá extraño a su sospechoso. Pero si ve salir un rostro poco familiar de uno de nuestros vehículos, ello podría hacerle levantar las cejas. —Eso suena bien—coincidió Keri, agradecida de no estárselas viendo con una disputa territorial. Sabía que ello se debía posiblemente a que la policía portuaria detestaba la publicidad negativa. Ellos estarían felices de deshacerse de esta cosa en silencio, incluso si ello significaba ceder autoridad a otra agencia. Keri siguió las instrucciones del Sargento Covey para llegar al muelle 400: cruzar el Puente Vincent Thomas y el área del estacionamiento para visitantes. Le tomó a Keri más tiempo del que había supuesto y llegó a las 4:28. Covey hablaba por radio, diciéndole al gerente que podía dejar salir al personal. —Brenner debe pasar en cualquier instante por delante de nosotros en dirección al estacionamiento de los empleados —dijo. Mientras hablaba, la patrulla, pasó junto a ellos e inició un lento y largo viraje a lo largo del camino que circundaba el muelle. Lucía completamente normal. Keri observó a los estibadores salir del almacén del muelle. Un tipo se dio cuenta de que había dejado su casco de seguridad y regresó trotando a buscarlo. Otros dos corrieron a través de la amplia explanada, compitiendo entre sí por llegar de primero a sus respectivos autos.El resto caminaba en grupo, aparentemente sin prisa. —Ahí está su hombre—dijo Covey, señalando con la cabeza en dirección al sujeto que caminaba en solitario. Coy Brenner guardaba un ligero parecido con el hombre de la foto del prontuario, desde su arresto en Arizona hacía cuatro años. Aquel hombre tenía un aspecto flaco y demacrado, con el pelo castaño largo, desgreñado, además de una barba incipiente. El sujeto que ahora se movía con pesadez por el estacionamiento había subido casi diez kilos en los años intermedios. Su cabello era corto, y de incipiente su barba había pasado a ser muy poblada. Vestía blue jeans y camisa estilo leñador; caminaba además cabizbajo con una mueca pintada en su rostro. No le dio la impresión de que Coy Brenner fuera un hombre feliz con lo que le había tocado en la vida. —¿Puede quedarse aquí, Sargento Covey? Quiero ver cómo reacciona cuando sea confrontado a solas por una mujer policía. —Seguro. Por los momentos me iré al almacén. Diré a los muchachos que se mantengan al margen también. Háganos una señal cuando quiera que nos sumemos. —Lo haré. Keri salió de su auto, se puso un blazer para ocultar su arma, y siguió a Brenner desde lejos, pues todavía no quería delatar su presencia. Él parecía ignorarla, perdido en sus propios pensamientos. Para cuando llegó a su vieja camioneta pickup, ella ya estaba casi junto a él. Sintió vibrar su teléfono y se puso tensa. Pero él obviamente no lo escuchó. —¿Qué tal, Coy? —preguntó ella con coquetería. Él se dio la vuelta, claramente tomado por sorpresa. Keri se quitó las gafas de sol, le brindó una amplia sonrisa, y puso su mano en la cadera de manera juguetona. —¿Hola? —preguntó más bien él. —No me digas que no me recuerdas. Solo han sido como quince años. Tú eres Coy Brenner, de Phoenix, ¿correcto? —Sí. ¿Fuimos juntos al colegio o algo así? —No. Nuestro tiempo juntos fue educativo, en cierto modo, pero no en una escuela, si sabes a lo que me refiero. Empiezo a sentirme un poco ofendida. Me estoy dando demasiado bombo. Puede que haya perdido mi toque. Pero el rostro de Coy se suavizó y Keri pudo afirmar que había dado en el blanco. —Lo siento… largo día y muchos años—dijo él—. Me encantaría volver a relacionarme. ¿Me puedes decir tu nombre de nuevo? —parecía genuinamente perplejo. —Keri. Keri Locke. —Estoy realmente sorprendido de no poder ubicarte, Keri. Pareces el tipo de chica que yo recordaría. ¿Qué estás haciendo aquí, en todo caso? —No puedo soportar el calor de Arizona. Trabajo para la ciudad ahora. Estudio de antecedentes familiares… es algo aburrido. ¿Qué hay de ti? —Estás viendo lo que hago. —Un chico del desierto que termina trabajando junto al agua. ¿Qué hizo que eso sucediera? ¿Buscando aparecer en las películas? ¿Querías aprender a surfear? ¿Siguiendo a una chica? Manteniendo el tono ligero observó detenidamente la reacción de él a la última pregunta. Su expresión de desconcierto desapareció de súbito, reemplazada por una de cautela. —Realmente tengo dificultades para ubicarte, Keri. ¿Me puedes recordar de nuevo dónde pasábamos el rato? —Había en su voz un tono cortante, inexistente hasta ese momento. Keri percibió que su ardid se deshacía y decidió puyarlo de manera más agresiva. —Puede que no me recuerdes porque no luzco como Kendra. ¿Es eso, Coy? ¿Solo tienes ojos para ella? Esos ojos pasaron rápidamente de cautelosos a coléricos y él avanzó un paso. Keri observó que sus puños se cerraban sin querer. Ella no retrocedió. —¿Quién diablos eres? —preguntó—¿De qué se trata esto? —Solo estoy conversando, Coy. ¿Por qué te pones rudo tan de repente? —No te conozco—dijo, ahora abiertamente hostil—. ¿Quién te envió, su marido? ¿Eres alguna especie de investigadora? —¿Qué hay si lo fuera? ¿Habría algo que investigar? ¿Hay algo que quieras sacarte del pecho, Coy? Él avanzó otro paso hacia ella. Sus rostros estaban ahora separados por unos pocos centímetros. En lugar de encogerse, Keri enderezó sus hombros y levantó su barbilla de manera desafiante. —Creo que ha cometido un terrible error viniendo hasta aquí, señora—gruñó Coy—. Le daba la espalda a la patrulla, que lentamente había rodado detrás de él y permanecía ahora a unos seis metros de distancia. Por el rabillo del ojo, Keri vio al Sargento Covey caminar cautelosamente desde el almacén, teniendo al mismo tiempo cuidado de permanecer a espaldas de Coy. Sintió ella una súbita urgencia de hacerles señas pero se contuvo. Es ahora o nunca. —¿Qué le hiciste a Kendra, Coy? —preguntó, ahora sin rastro de gracia en su voz.Le contempló con dureza, acariciando de nuevo con la mano la cacha de su pistola, lista para lo que fuera. Ante la pregunta, los ojos de él pasaron del enfado a la sorpresa. Podía asegurar que él no tenía idea de qué le estaban hablando. Retrocedió un paso. —¿Qué? Sintió de inmediato que él no era el sujeto, pero siguió presionando por si acaso. —Kendra Burlingame ha desaparecido y escuché que tú eres su acosador personal. Así que si le has hecho algo, ahora mismo podría ser el momento de confesar. Si cooperas, puedo ayudarte. Si no, esto podría resultar muy malo para ti. Coy la contemplaba pero no parecía comprender del todo lo que ella había dicho. No se había dado cuenta de que el Sargento Covey se había estado acercando y estaba a unos pocos pasos detrás de él. La mano del veterano oficial descansaba sobre la cadera, junto a la pistola. No parecía un gatillo alegre, solo era precavido. —¿Kendra está desaparecida? —preguntó Coy, sonando como un chico que acaba de enterarse que su perro ha sido puesto a dormir. —¿Cuándo fue la última vez que la viste, Coy? —En la reunión… le dije que la buscaría acá en Los Ángeles. Pero podría asegurar que ella no quería ni un poco de mí. Se veía avergonzada a causa de mí. No quería ver de nuevo esa mirada en su rostro, así que renuncié. —¿No querías castigar a la mujer que te hizo sentir así? —Ella no me hizo sentir de esa manera. Siento vergüenza por esta cosa en la que me he convertido sin que ella haya tenido algo que ver. Pude ver qué tan bajo había caído desde su punto de vista… ¿sabe?, eso realmente me abrió los ojos. Hace tiempo que me he estado engañando a mí mismo acerca de ser un tipo genial, rudo. Con Kendra delante de mí, me vi como el perdedor que realmente soy. La miró con desesperación, con la esperanza de hallar alguna clase de conexión. Pero Keri no estaba inclinada a explorar los demonios internos de este sujeto. Tenía suficiente vergüenza a cuestas como para querer tratar con la de otra persona. —¿Puedes dar cuenta de tu paradero en el día de ayer, Coy? —preguntó ella, cambiando el tema. Él, dándose cuenta de que no iba a conseguir simpatía alguna de parte de ella, asintió. —Estuve aquí todo el día. Estoy seguro de que mi jefe puede verificarlo. —Podemos chequear eso—dijo el Sargento Covey. Coy se sobresaltó ligeramente ante la inesperada voz a sus espaldas. Se volteó, sorprendido al ver a Covey a centímetros de él, y la patrulla, con Kuntsler y Rodríguez no mucho más lejos. —Así que, ¿entonces eres policía? —dijo Coy, con aspecto oprimido. —Lo soy… Departamento de Policía de Los Ángeles Personas Desaparecidas. —Espero que la encuentren. Kendra es una gran chica. El mundo es un lugar mejor gracias a ella y merece ser feliz. Siempre estuve enamorado de ella. Pero sabía que ella estaba fuera de mi alcance, así que nunca me ilusioné demasiado. Si hay alguna otra cosa que pueda hacer para ayudar, pídalo. —Detective Locke —intervino el Sargento Covey—, a menos que tenga preguntas adicionales, estaré feliz de chequear su coartada. Sé que tiene otras líneas de investigación que querrá explorar. Además, necesitamos hacer algo de papeleo para procesar al Sr. Brenner por despido. Mintió en su solicitud acerca de su libertad bajo palabra y eso es causa de terminación de contrato. Keri vio que el rostro de Brenner se hundió aún más. Era verdaderamente patético. Y ahora, encima de eso, estaba desempleado. Trató de sacudirse la sensación de que era en parte responsable de ello. —Aprecio eso, Sargento.Necesito regresar y esto luce como una calle ciega. Gracias por su ayuda. Mientras Covey y los oficiales se llevaban a Coy Brenner de vuelta al almacén para ser interrogado, Keri se subió a su auto y revisó el texto que había recibido antes. Era de Brody. Decía: LA GALA SIGUE EN PIE. GRAN OPORTUNIDAD PARA ENTREVISTAS. TE VEO ALLI. VÍSTETE SEXY. Brody continuaba asombrándola con su falta de perspicacia y profesionalismo. Aparte de ser un sexista impenitente, no parecía entender que una recaudación de fondos cuya anfitriona estaba desaparecida, no era el sitio ideal para que los amigos y colegas de ella desnudaran sus almas. Además, no tengo siquiera algo que ponerme. Por supuesto, no era esa la única razón. Si estaba siendo honesta consigo misma, Keri tenía que admitir que parte de su terror era debido a que este era exactamente el tipo de evento al que iba todo el tiempo cuando era una respetada profesora, esposa de un exitoso agente de talentos, y la madre de una adorable pequeña. Ir a esta cosa sería un brillante, luminoso, y doloroso recordatorio de su vida antes de perder a Evie. A veces odiaba su trabajo. CAPÍTULO OCHO El estómago de Keri, sentada en la sala de espera del bufete de Jackson Cave, era un agitado hoyo de ansiedades. Él ya la había hecho esperar por lo menos veinte minutos, tiempo suficiente para que pensara y repensara si esta era una buena decisión. Iba en el camino de vuelta desde San Pedro, calculando cuánto le llevaría llegar a la casa bote para ponerse un traje de noche, e ir entonces a Beverly Hills para la recaudación de fondos de Solo Sonrisas. Pero mientras se dirigía al norte, vio los rascacielos del centro de Los Ángeles en la distancia y una poderosa urgencia se adueñó de ella. Se encontró a sí misma conduciendo hasta la oficina de Cave, sin ningún tipo de plan de retirada. En el trayecto hasta allá, llamó a Brody para que pudieran informarse mutuamente. Luego de empaparle sobre el callejón sin salida de Coy Brenner, él le contó sobre San Diego. —La coartada de Jeremy Burlingame ha sido verificada. Estuvo en cirugía todo el día de ayer. Aparentemente estaba supervisando a algunos doctores por allá, enseñándoles un nuevo procedimiento de reconstrucción facial. —Correcto, escucha, el tráfico está realmente complicado por aquí—dijo Keri. En parte era verdad, pero era también una excusa para detenerse donde Cave—. Así que si llegas a la gala antes que yo, revisa por favor el lugar. No comiences a interrogar a la gente. —¿Me estás diciendo cómo hacer mi trabajo, Locke? —No, Brody. Pero estoy sugiriendo que entrar como un toro en una tienda de porcelana podría ser contraproducente. Algunas de estas mujeres de sociedad podrían abrirse más a otra chica en traje de noche que a un tipo cuya relación más larga ha sido con su auto. —Vete al diablo, Locke. Hablaré con quien yo quiera—dijo Brody indignado. Pero ella pudo percibir en su voz las dudas sobre lo buena que podía ser esa idea. —Haz como quieras—replicó Keri—. Te veo allá. Ahora, media hora más tarde, todavía no había entrado a ver a Cave. Eran casi las 5:30.Decidió aprovechar el momento de calma para mirar a su alrededor.Caminó hasta el escritorio de la recepción. —¿Sabe por cuánto tiempo más estará ocupado el Sr. Cave? —preguntó a la secretaria, que movió su cabeza a modo de disculpa—¿Puede decirme entonces dónde está el baño, por favor? —Al final del pasillo, a la izquierda. Keri se dirigió hacia allá, con los ojos alertas a cualquier detalle que pudiera darle ventaja. Directamente enfrente del baño de mujeres había una puerta marcada Salida. La empujó y vio que se abría al mismo corredor por el que ella había pasado para llegar a la entrada principal de la firma. Mirando a su alrededor y viendo que no había nadie en el corredor, sacó un pañuelo desechable de su bolso y lo metió en el hueco del pestillo de tal manera que no se cerrara automáticamente. Luego fue un instante al baño en aras de la apariencia. Cuando regresó al recibidor, una atractiva mujer en impecable traje de negocios la aguardaba para conducirla al despacho de Jackson Cave. Mientras seguía a la mujer, luchaba por impedir que el corazón se le saliera del pecho. Estaba a punto de encontrarse con el hombre que podía tener la llave para obtener información crucial sobre el paradero de Evie y ella no tenía una estrategia. La única vez antes de esa que se había reunido con Jackson Cave había sido en una estación policial de un pequeño pueblo de montaña. Él había venido para intentar sacar bajo fianza a su cliente, Payton Penn, el hermano del Senador de California, Stafford Penn. Al final, ella descubrió que Penn había contratado a Alan Pachanga para que secuestrara a su sobrina, Ashley. Las cosas se habían desenvuelto a su favor allá, en ese pueblo de montaña, pero ahora estaba en territorio enemigo y podía sentirlo. Jackson Cave era ampliamente conocido en gran parte de la ciudad por su reputación como representante de varios e importantes clientes corporativos. Pero para la policía, su trabajo gratuito defendiendo a violadores, pedófilos y raptores de niños era su declaración de infamia. Keri sospechó inmediatamente de tal hombre. Una cosa era defender a un sospechoso de homicidio en un caso que entrañase pena de muerte, o a algún sujeto desesperado que hubiese robado un banco para sostener a su familia. Pero representar exclusivamente y de manera entusiasta a los peores perpetradores de violencia sexual que la ciudad podía exhibir, sin costo alguno, le chocaba por ser una extraña elección. De cualquier forma, Keri aspiraba a sacar ventaja del trabajo hecho por él. Sabía que en algún lugar y en posesión de Cave, debía estar la clave para descifrar el código de la computadora de Alan Pachanga. Si ella pudiera encontrarla, eso la conduciría a información sobre toda la red de secuestradores por encargo. Podría incluir algo sobre el hombre que se había llevado a Evie, un hombre que, ella así lo creía, respondía al nombre de —El Coleccionista. Todo en el lugar estaba diseñado para intimidar. La firma ocupaba todo el piso diecisiete de los setenta y tres de la US Bank Tower. Había ventanas panorámicas por todas partes, que se asomaban a la vastedad de Los Ángeles. Carísimas obras de arte cubrían las paredes. Todo el mobiliario era de cuero y caoba. Llegaron finalmente a una oficina sin letreros al final del corredor; la mujer la hizo entrar. Estaba vacía. Keri fue llevada hasta una lujosa silla frente al escritorio de Cave, inmaculado. Ahora sola, miró a su alrededor, tratando de deducir algo relativo al hombre a partir de su entorno. No había fotos personales en su escritorio ni en su estantería. Sobre la pared había algunas fotos de Cave con personas influyentes y líderes de opinión como el alcalde, varios concejales de la ciudad, y unas pocas celebridades. Sus diplomas de la Universidad (USC) y la escuela de leyes (Harvard) se exhibían también. Pero nada que arrojara luz sobre el hombre o sus pasiones. Antes de que Keri pudiera seguir estudiando la habitación, Jackson Cave entró. Ella se puso de pie rápidamente. Él estaba justo como lo recordaba desde la última reunión. Su cabello negro como el carbón estaba peinado hacia atrás con brillantina, al igual que Gordon Gekko en Wall Street. Sus dientes, de un blanco enceguecedor, llenaban una boca que se torcía para mostrar una sonrisa falsa, plástica. Su piel bronceada relucía bajo el traje azul marino de Michael Kors. Y sus penetrantes ojos azules chispeaban con una fiereza que recordaba a un águila cazando a su presa. Y entonces, en un instante, supo ella cuál debía ser su curso de acción. Jackson Cave, con sus fotos personales junto a personajes de poder, y su apariencia cuidada e inmaculada, era un hombre que se preocupaba por cómo era percibido. Se ganaba la vida convenciendo a la gente: políticos, jurados, medios. Y Keri sabía que quería seducirla a ella también. Era su naturaleza. Tengo que debilitar ese objetivo.Tengo que ir hasta él rápido y directo, derribar sus expectativas, sacarlo de su centro. La única manera de perforar su armadura y hacer que cometa un error es golpearlo lo suficiente. Quizás entonces dirá algo sin querer que pudiera conducirme a descifrar la clave. Si podía descomponerlo, o al menos molestarlo, puede que cometiese una equivocación y sin querer revelase algo importante. Considerando que ya despreciaba al hombre, no era demasiado difícil. Solo tenía que emplearse a fondo y buscar grietas en su perfecta fachada. Ella no estaba segura de cuáles podrían ser esas grietas, pero si se mantenía alerta, estaba segura de que encontraría algo. —Detective Keri Locke —dijo mientras pasaba junto a ella camino de su lado del escritorio—, qué sorpresa tan inesperada. Hace solo unas semanas que estuvimos charlando en medio del aire fresco de la montaña. Y ahora se ha dignado visitarme en la jungla de concreto. ¿A qué debo el honor? Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693871&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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