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Un Rastro de Esperanza Blake Pierce Un Misterio Keri Locke #5 Una historia dinámica que atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (en torno a Una vez ido) Del autor de misterio, #1 en ventas, Blake Pierce viene una nueva obra maestra de suspenso psicológico. UN RASTRO DE ESPERANZA es el libro final en la serie Keri Locke, llevando la serie a una dramática conclusión. En un RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5 en la serie de misterio Keri Locke), Keri Locke, Detective de Personas Desaparecidas en la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, está más cerca de lo que nunca ha estado de encontrar a su hija. Finalmente, ha conseguido una pista de reciente data – y esta vez, hará todo lo que sea necesario para recuperarla viva. Al mismo tiempo, un caso urgente es asignado a Keri: una chica de dieciocho años ha desaparecido después de ser hostigada a modo de iniciación por su fraternidad. En su carrera para hallarla, Keri se introduce a fondo en el mundo de los intachables campus universitarios, y termina dándose cuenta de que no todo es lo que parece. Un oscuro thriller psicológico con un suspenso que acelerará tus latidos, UN RASTRO DE ESPERANZA es el libro #5 en una nueva serie que atrapa al lector – con un nuevo y adorable personaje – que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche. ¡Una obra maestra de suspenso y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página. Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Ido) UN RASTRO DE ESPERANZA (UN MISTERIO KERI LOCKE — LIBROBOOK 5) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2018 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright Coka, usada bajo licencia de Shutterstock.com. Traducción: Milagros Rosas Tirado LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Book #1) EL TIPO PERFECTO (Book #2) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE Al LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO CAPÍTULO UNO (#ua3838e07-0a46-543e-8a4d-e40d18b9df9d) CAPÍTULO DOS (#u3796bdef-965b-5db1-90db-2646e5a532b0) CAPÍTULO TRES (#u1a8e14ab-e1e0-5bae-976e-fd6b95583968) CAPÍTULO CUATRO (#ud338f80d-9f53-4073-aed5-01c31a57b271) CAPÍTULO CINCO (#ua1572f43-f3d4-4f46-91b2-2e965abe39d2) CAPÍTULO SEIS (#ub8515a8b-5f08-543f-8294-8c44c5e05f61) CAPÍTULO SIETE (#ue510cd7a-4a5f-5445-96bd-b797c1e6f9d4) CAPÍTULO OCHO (#u841be7d5-2f89-59c2-9b90-e80004fa31bd) CAPÍTULO NUEVE (#u70fb6c98-90b5-41d4-9cfb-2e34b3c82c6e) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Cuando la Detective Keri Locke abrió sus ojos, de inmediato comprendió que algo estaba mal. En primer lugar, no sentía que hubiera estado dormida por mucho tiempo. Su corazón latía desbocado y sentía todo su cuerpo empapado. Era como si hubiese perdido el conocimiento en lugar de haber dormido mucho. En segundo lugar, no estaba en la cama. En vez de ello, estaba echada de espaldas sobre el sofá, en la sala de su apartamento, y el Detective Ray Sands, su compañero y, últimamente, su pareja, estaba inclinado sobre ella con una expresión preocupada en su rostro. Intentó hablar para preguntarle qué era lo que estaba pasando, pero su boca estaba seca y de ella apenas salió un ronco sonido. No podía recordar cómo había llegado hasta allí o qué había sucedido antes de que perdiera la consciencia. Pero debía de haber sido algo grave como para que ella reaccionara de esa forma. Vio en los ojos de Ray que no hallaba qué decir. Así no era él. Él no era de los que se andaban con rodeos. Un policía afroamericano del Departamento de Policía de Los Ángeles que medía uno noventa y tres, y había perdido su ojo izquierdo en una pelea, en su época de boxeador profesional, era directo en casi todo lo que hacía. Keri intentó incorporarse con la ayuda de sus brazos pero Ray la detuvo, poniendo con delicadeza una mano sobre su hombro y meneando la cabeza. —Date un minuto —dijo— Te ves todavía un poco temblorosa. —¿Cuánto tiempo estuve desmayada? —graznó Keri. —Menos de un minuto —contestó él. —¿Por qué perdí el conocimiento? —preguntó. Los ojos de Ray se agrandaron. Abrió la boca para responder pero se detuvo, claramente confundido. —¿Qué pasa? —¿No lo recuerdas? —preguntó incrédulo. Keri meneó su cabeza. Creyó escuchar un zumbido en sus oídos, pero entonces se dio cuenta de que era otra voz. Miró hacia la mesa de la sala y vio el teléfono descansando sobre ella. Había una llamada abierta y alguien estaba hablando. —¿Quién está en el teléfono? —preguntó. —Pues, tú lo soltaste cuando caíste y yo lo puse allí para poder reanimarte. —¿Quién es? —preguntó Keri de nuevo, notando que él había evadido la pregunta. —Es Susan —dijo reticente—, Susan Granger. Susan Granger era una prostituta de quince años a quien Keri había rescatado de las manos de su proxeneta el año anterior y había conseguido colocar en una casa hogar. Desde entonces, las dos se habían vuelto cercanas, con Keri actuando como una especie de mentora de la herida pero animosa jovencita. —¿Por qué Susan está lla...? Y entonces su memoria la golpeó como una ola impactando sobre todo su cuerpo. Susan había llamado para decirle a Keri que su propia hija, Evie, secuestrada hacía seis años, iba a ser la participante principal de una grotesca ceremonia. Susan se había enterado de que mañana por la noche, en una casa ubicada en algún lugar de las Colinas de Hollywood, Evie iba a ser subastada al mayor postor, quien tendría el derecho de hacer el sexo con ella como mejor le pareciera antes de matarla en una especie de ritual de sacrificio. Es por eso que perdí el conocimiento. —Pásame el teléfono —le ordenó a Ray. —No estoy seguro todavía de que estés lista para eso —dijo, sintiendo que ella no podía recordarlo todo. —Dame el maldito teléfono, Ray. Él se lo pasó sin añadir palabra. —Susan, ¿estás todavía allí? —dijo. —¿Qué sucedió? —quiso saber Susan, con una voz que bordeaba el pánico— Estaba allí y al siguiente instante nada. Podía escuchar que algo estaba pasando pero usted no respondía. —Me desmayé —admitió Keri—. Me llevó un momento recuperarme. —Oh —dijo Susan en voz baja—, siento haberle hecho eso. —No es tu culpa, Susan. Es solo que me tomó por sorpresa. Era mucho que asimilar de golpe, especialmente cuando no me siento al cien por ciento. —¿Cómo está? —preguntó Susan, con una preocupación casi palpable en su voz. Se estaba refiriendo a las heridas de Keri, producidas hacia solo dos días en una pelea a muerte con un secuestrador de niñas. Acababa de ser dada de alta del hospital el día anterior. Los doctores habían determinado que los moretones en su cara, donde el secuestrador la había golpeado dos veces, además de un pecho muy castigado y una rodilla inflamada, no eran suficientes para dejarla otro día. El secuestrador, un trastornado fanático llamado Jason Petrossian, había llevado la peor parte. Todavía estaba hospitalizado bajo custodia armada. La niña de doce años que había secuestrado, Jessica Rainey, se recuperaba en casa con su familia. —Estaré bien —dijo Keri en un tono tranquilizador—. Son solo chichones y magulladuras. Me alegra que hayas llamado, Susan. No importa cuán malas sean las noticias, es mejor saber que permanecer ignorante. Ahora puedo intentar hacer algo al respecto. —¿Qué puedo hacer, Detective Locke? —dijo Susan, alzando la voz a medida que las palabras le salían atropelladas—. Como dije, sé que Evie es el Premio de Sangre en la Vista. Pero no sé dónde será. —Calma, Susan —dijo Keri con firmeza mientras se incorporaba hasta quedar sentada. La cabeza le daba vueltas y no protestó cuando Ray se sentó a su lado en el sofá y posó una mano en su espalda para darle apoyo—. Averiguaremos cómo encontrarla. Pero primero necesito que me digas todo lo que sepas acerca de este asunto de la Vista. No importa que te repitas. Quiero cada detalle que puedas recordar. —¿Está segura? —preguntó Susan con vacilación. —No te preocupes. Ahora estoy bien. Solo necesitaba un minuto para asimilar todo. Pero soy una detective de Personas Desaparecidas. Esto es lo que hago. El que esté buscando a mi propia hija no hace diferente el trabajo. Así que dímelo todo. Pulsó el altavoz del teléfono para que Ray pudiera escuchar también. —Okey —dijo Susan—. Como dije antes, hay un club de clientes ricos que hacen fiestas sexuales improvisadas en Hollywood Hills. Las llaman las Fiestas de la Casa de la Colina. La casa está llena de chicas, casi todas prostitutas menores de edad como era yo. Las organizan cada pocos meses y en la mayoría de las ocasiones, solo avisan con unas pocas horas de antelación, por lo general vía mensajes de texto. ¿Me está comprendiendo? —Absolutamente —dijo Keri—. Recuerdo que me hablaste de esto. Así que repíteme lo del evento Vista. —La Vista es como la fiesta más grande de todas. Solo se da una vez al año y nadie sabe cuándo. A ellos les gusta anunciarla con algo más de antelación porque nadie quiere perdérsela. Probablemente por eso es que mi amiga ya escuchó acerca de ella aunque no será hasta mañana por la noche. —¿Y la Vista es diferente de otras Fiestas de la Casa de la Colina, correcto? —apuntó Keri, sabiendo que Susan estaba reacia a repasar los detalles, y dándole con ello permiso para hacerlo. —Sí. En todas las demás fiestas, el cliente paga por la chica que le gusta y hace lo que quiera con ella. Los tipos pueden estar con cualquiera que deseen y una chica puede ser usada toda la noche por cualquiera. Pero la Vista es diferente. Esa noche los organizadores seleccionan a una chica —que por lo general tiene algo de especial— y la convierten en el Premio de Sangre. Dejó de hablar y Keri pudo sentir que no quería continuar, no quería herir a la mujer que la había rescatado y ayudado a tener un futuro. —Está bien, Susan —insistió Keri—. Continúa, necesito saberlo todo. Escuchó que la chica suspiraba profundamente al otro lado de la línea antes de continuar. —Pues el evento comienza alrededor de las nueve de la noche. Al principio es como cualquier fiesta de la Casa de la Colina. Pero entonces traen a la chica que ha sido seleccionada como el Premio de Sangre. Como dije, por lo general hay algo diferente en ella. Quizás es una virgen. Quizás fue secuestrada ese día y ha aparecido en los noticieros. Una vez fue una estrella infantil que se hizo adicta a las drogas y terminó en las calles. —Y este año es Evie —apuntó Keri. —Sí, hay una chica llamada Lupita, de mis días en las calles de Venice, con la que mantengo contacto. Ella todavía trabaja en las calles y escuchó a unos sujetos comentar cómo estaban usando este año a la hija de la policía. Usaban el sobrenombre de ‘mini-cerda’ para describirla. —Muy creativo —musitó Keri amargamente—. ¿Y tú dijiste que ellos la escogieron porque yo me estaba acercando demasiado? —Correcto —confirmó Susan—, los potentados estaban cansados de moverla de un lado a otro. Dijeron que se había convertido en una carga con usted constantemente yendo tras ella. Ya solo quieren acabar con ella y echar su cuerpo por allí, para que usted sepa que está muerta y deje de buscar. Lo siento tanto, Detective. —Continúa —dijo Keri. Su cuerpo estaba dormido y su voz sonaba como si viniera de muy lejos, fuera de ella. —Es básicamente una subasta. Los que más gastan pujarán por ella. A veces llegan a ser cientos de miles. Estos sujetos son competitivos. Además está el hecho de que castigándola, es como si la alcanzaran a usted y la hirieran. Estoy segura de que eso subirá el costo. Y creo que todos estarán muy excitados sobre cómo va a terminar. —Repíteme esa parte —preguntó Keri, cerrando sus ojos a modo de preparación. Sentía la vacilación de Susan, pero no la presionó, dejando que se llenara de valor para decir lo que tenía que ser dicho. Ray se arrimó un poco más hacia ella en el sofá y movió el brazo que tenía descansando en la espalda de ella para rodear su hombro. —Quienquiera que gane la subasta es llevado a una habitación separada mientras preparan el Premio de Sangre. Ella es bañada y vestida glamorosamente. Y le aplican maquillaje, al estilo de las estrellas de cine. Entonces es llevada a una habitación donde el sujeto hará lo que sea de su gusto. La única regla es que no debe arruinar su rostro. Keri notó que la voz de Susan se había endurecido, como si apagando esa parte de sí misma que tenía emociones pudiera llegar al final. Keri no la culpó. La chica prosiguió. —Quiero decir, que él puede hacerle cosas a ella, usted sabe. Es solo que no puede golpearla o abofetearla por encima del cuello. Ella tiene que verse bien para el gran evento que viene después. No importa si su máscara se ha corrido porque ha estado llorando. Eso añade drama. Pero nada de moretones. —¿Qué sucede después? —El sujeto tiene que haber terminado un poco antes de la medianoche, porque es cuando acontece el sacrificio final. Le ponen un nuevo vestido y la atan bien para que no pueda moverse demasiado. Ella puede forcejear un poco. A ellos eso les gusta. Pero que no sea demasiado. A pesar de sus ojos cerrados, Keri sintió a su lado que Ray se ponía tenso. Parecía estar aguantando la respiración. Se dio cuenta que ella estaba haciendo lo mismo y se obligó a exhalar cuando escuchó que Susan hacía una pausa para tragar saliva. —El sujeto se pone una túnica negra y una capucha para ocultar su identidad —continuó—. Eso es porque el asunto es televisado en el salón principal donde están todos los demás. Yo creo que está grabado también. Obviamente ninguno de estos tipos quiere que haya evidencia de un vídeo donde aparezcan ellos asesinando a una adolescente. —Cuando ambos están preparados, el sujeto entra y se para detrás de ella. Pronuncia una frase preparada, no sé cuál. Entonces le entregan un cuchillo y, a golpe de medianoche, le corta el cuello. Ella muere, frente a la cámara. Todos recitan algo. Luego apagan el televisor y la fiesta continúa. Es más o menos lo que pasa. Keri finalmente abrió sus ojos. Sintió que una lágrima se deslizaba por su mejilla, pero se rehusó a enjugarla. Le gustaba la manera cómo casi quemaba su piel, como una llama húmeda. En tanto ella pudiera mantener esa llama de furia justiciera en su corazón, estaba segura que podría mantener a Evie con vida también. CAPÍTULO DOS Por un rato largo, nadie habló. Keri no creyó que pudiera. En lugar de ello, dejó que la rabia creciente la llenara, haciendo que hirviera su sangre y sus dedos hormiguearan. Finalmente Ray aclaró su garganta. —Susan, soy el compañero de la Detective Locke, Ray Sands. ¿Puedo hacerte una pregunta? —Por supuesto, Detective. —¿Cómo sabes todo esto? Quiero decir, ¿estuviste en alguna de estas fiestas? —Como le dije a la Detective Locke, una vez fui llevada a una Fiesta de la Casa de la Colina cuando tenía alrededor de once. Nunca me llevaron de nuevo pero conozco chicas que han estado. Una de mis amigas fue llevada dos veces. Y puede imaginar cómo se corre la voz. Cualquier chica que haya estado en las calles en Los Ángeles sabe todos los detalles acerca de la Vista. Se ha convertido casi en una leyenda urbana. Los proxenetas la usan para tener a sus chicas bajo control. ‘Sé insolente y podrías ser el Premio de Sangre de este año’. Solo que esta leyenda es en realidad cierta. Algo en el tono de voz de Susan —una mezcla de miedo y de tristeza— arrancó a Keri de su mutismo. Esta muchacha había progresado tanto en los meses recientes. Pero Keri temía que pidiéndole que regresara, así fuera en los recuerdos, al oscuro lugar que había habitado por años era injusto y cruel. Susan había compartido todo lo que había podido, al costo de su propio bienestar emocional. Era tiempo de dejar que intentara ser una niña de nuevo. Los adultos tenían ahora que hacerse cargo. —Susan —dijo—, muchas gracias por decirme todo esto. Sé que no fue fácil para ti. Con la información que nos has dado, creo que tenemos bastante para encontrar a Evie. No quiero que te preocupes más por esto, ¿okey? —Podría averiguar algo más —insistió la chica. —No. Has hecho suficiente. Es tiempo de que regreses a tu nueva vida. Prometo contactarte. Pero por ahora necesito que te concentres en tus deberes escolares. Puedes leer un nuevo libro de Nancy Drew sobre el que podamos hablar la semana que viene. A partir de ahora nos encargamos nosotros, pequeña. Se dijeron adiós y Keri colgó. Miró a Ray. —¿Crees que tenemos bastante para encontrar a Evie? —preguntó escéptico. —No, pero no le podía decir eso. Además, quizás no sea bastante. Pero es un comienzo. * Keri y Ray estaban sentados en la Cafetería de Ronnie, perdidos ambos en sus pensamientos. El ajetreo matutino en el anodino tugurio de Marina del Rey había finalizado y la mayoría de los comensales en el lugar disfrutaban de un calmado desayuno. Ray había insistido en que salieran del apartamento y Keri estuvo de acuerdo. Se había vestido de manera más casual de lo ordinario, con una blusa manga larga y jeans desteñidos, además de una chaqueta ligera para protegerse de la fría y despejada mañana de enero. Tenía puesta una gorra de béisbol, con la visera bajada sobre la mitad superior de su rostro. Dejó suelto su cabello rubio ceniza, que normalmente llevaba recogido hacia atrás en una cola de caballo, a fin de ocultar su cara debido a los moretones que pondrían a los demás a mirarla. Se encogió en su rincón mientras sorbía café, ocultando aún más su breve figura. Keri, casi llegando a los treinta y seis años, medía un nada imponente uno sesenta y siete. Había optado recientemente por ponerse ropa más ajustada, al tiempo que había dejado de beber y recuperado su excelente forma. Pero no hoy. Esta mañana, esperaba pasar desapercibida. Era agradable simplemente levantarse para salir al cabo de dos días de cama por orden médica. Pero Keri también esperaba que un cambio de escenario le diera una fresca perspectiva sobre cómo encontrar a Evie. Y había funcionado hasta cierto punto. Para cuando les trajeron la comida habían acordado no involucrar de manera formal en la búsqueda a su equipo, la Unidad de Personas Desaparecidas del Departamento de Policía de Los Ángeles, División Pacífico Los Ángeles Oeste. La unidad había estado ayudando a Keri, de manera intermitente y a lo largo de los años, a buscar a su hija, pero había sido en vano. No había razón para presumir que el resultado sería diferente sin ninguna evidencia para continuar. Pero había otra razón para mantener el bajo perfil. Esta era verdaderamente la última oportunidad de Keri de encontrar a su hija. Sabía el momento exacto en el que Evie estaría en cierta parte de Los Ángeles —Hollywood Hills a la medianoche de mañana— aunque todavía no tuviera la ubicación precisa. Pero si el equipo empezaba a husmear y se corría el dato de que ellos estaban al tanto del evento Vista, la gente que tenía a Evie podría cancelar el evento o simplemente matarla antes para evitar complicaciones. Keri necesitaba mantener las cosas calladas. Implícito pero compartido por los compañeros que ahora formaban pareja estaba otro asunto. No podían asegurar que no estaban siendo vigilados por la persona que más necesitaban mantener a oscuras: Jackson Cave. El año pasado Keri había atrapado a un secuestrador en serie de niñas llamado Alan Jack Pachanga, matándolo al tiempo que rescataba a una adolescente. Y aunque Pachanga ya no era un problema, su abogado sí que lo era. Jackson Cave, el defensor de este hombre, era un exitoso abogado corporativo con un fabuloso despacho ubicado en una torre del centro. Pero también había hecho carrera representando a los despojos de la sociedad. Parecía tener una particular afinidad con los depredadores de niños. Él afirmaba que mucho de eso eran casos pro bono y que incluso los peores merecían una representación de calidad. Pero Keri había descubierto información que parecía relacionarlo con una vasta red de secuestradores de niños, un red con la que, ella así lo sospechaba, se lucraba y además ayudaba a dirigir. Uno de los secuestradores de la red era un hombre que respondía al alias de El Coleccionista. El otoño pasado, cuando Keri supo que el Coleccionista era el raptor de Evie, ella lo atrajo a una reunión. Pero el Coleccionista, cuyo verdadero nombre era Brian Wickwire, descubrió su treta y la atacó. Ella acabó matándolo en la pelea, pero no antes de que él le jurara que nunca encontraría a Evie. Desafortunadamente, ella no tenía evidencia que pudiera probar la conexión de Jackson Cave con el hombre que se había llevado a su hija, o con la gran red que parecía dirigir. Al menos una que ella hubiese conseguido legalmente. En su desesperación, ella una vez había irrumpido en su despacho y hallado un archivo codificado que había resultado útil. Pero el hecho de que lo había robado lo hacía inadmisible en la corte. Aparte de eso, las conexiones entre Cave y la red estaban tan bien disimuladas y eran tan poco convincentes que probar su participación era poco menos que imposible. No había alcanzado esa posición de poder en el mundo legal de Los Ángeles siendo descuidado y negligente. Ella incluso trató de convencer a su ex-marido, Stephen, un rico agente de talentos de Hollywood, que la ayudara a pagar un investigador privado que siguiera a Cave. Un buen investigador estaba fuera de su alcance para los medios con que ella sola contaba. Pero Stephen se rehusó, diciendo simplemente que creía que Evie estaba muerta y Keri fantaseaba. Por supuesto, Jackson Cave no tenía tales limitaciones financieras. Ya en una ocasión Keri se había dado cuenta que había comenzado a vigilarla. Tanto ella como Ray habían encontrado micrófonos en sus casas y en sus autos. Cada uno de ellos hacía ahora con regularidad barridos electrónicos de todo —desde sus ropas hasta sus teléfonos, pasando por sus zapatos— antes de discutir algo de peso. También sospechaban que incluso su oficina en el Departamento de Policía de Los Ángeles estaba siendo monitoreada y actuaban en consecuencia. Es por eso que se sentaron en una ruidosa cafetería, vistiendo ropas que habían barrido buscando dispositivos de escucha, asegurándose que nadie en las mesas cercanas pareciera estar a la escucha, mientras formulaban su plan. Si había una persona que no querían que supiera que ellos estaban enterados de la Vista, ese era Jackson Cave. En sus múltiples confrontaciones verbales con él, a Keri le había quedado claro que algo había cambiado en Cave. Puede que originalmente él la viera simplemente como una amenaza para su negocio, como otro obstáculo que salvar. Pero ya no era así. Después de todo, ella había matado a sus dos más grandes asalariados, había robado archivos de su despacho, descifrado códigos, y puesto su negocio, y quizás su libertad, en riesgo. Por supuesto, ella estaba haciendo todo ello para encontrar a su hija. Pero sentía que Cave había terminado viéndola como algo más que una oponente, una policía desesperada por encontrar a su niña. Parecía considerarla casi como su némesis, como una especie de enemiga mortal. Él ya no solo la quería derrotar. Él quería destruirla. Keri estaba segura que por eso era que Evie iba a ser el Premio de Sangre en la Vista. Dudaba que Cave supiera dónde tenían a Evie o quién la tenía. Pero seguramente conocía a la gente que sabía esas cosas. Y él casi era seguro que les había ordenado, al menos de manera indirecta, que Evie fuese el sacrificio de la fiesta de mañana a fin de quebrar a Keri de manera irreparable. No tenía objeto seguirlo o interrogarlo formalmente. Él era demasiado astuto y cuidadoso para cometer cualquier error, especialmente desde que sabía que ella andaba tras él. Pero él estaba detrás de todo ello, de eso Keri estaba segura. Solo tenía que hallar otra vía para resolver esto. Con una renovada decisión levantó la vista y se encontró con que Ray la miraba atentamente. —¿Por cuánto tiempo has estado observándome? —preguntó. —Por un par de minutos, al menos. No quería interrumpir. Te veías como si estuvieras haciendo una seria reflexión. ¿Has tenido alguna revelación? —En realidad, no —admitió ella—. Ambos sabemos quién está detrás de esto, pero no creo que eso nos ayude mucho. Necesito comenzar descansada y espero seguir nuevas pistas. —Querrás decir ‘seguiremos’, ¿correcto? —dijo Ray. —¿No tienes que ir a trabajar hoy? Has estado ausente mientras cuidabas de mí. —Tienes que estar bromeando, Campanita —dijo con una sonrisa, en alusión a la enorme disparidad en tamaño—. ¿Piensas que simplemente voy a ir a la oficina con todo lo que está pasando? Usaré todos los días de vacaciones, las bajas por enfermedad y los permisos personales que tenga si llegara a ser necesario. Keri sintió con deleite que todo su pecho se calentaba pero intentó ocultarlo. —Aprecio eso, Godzilla —dijo— Pero conmigo todavía suspendida debido a una investigación de Asuntos Internos, podríamos necesitar sacar provecho de esos recursos policiales a los que tú tienes acceso. Keri estaba técnicamente suspendida mientras Asuntos Internos investigaba las circunstancias que rodeaban la muerte de Brian "El Coleccionista” Wickwire. Su supervisor, el Teniente Cole Hillman, había indicado que muy probablemente concluiría muy pronto a su favor. Pero hasta entonces, Keri no tenía placa, ni arma oficial, ni autoridad formal, ni acceso a los recursos policiales. —¿Hay algo en particular que hayas pensado debería buscar? —preguntó Ray. —De hecho, sí. Susan mencionó que una de las chicas que fueron Premio de Sangre era una antigua estrella infantil que se hizo adicta y terminó en las calles. Si ella fue violada y asesinada de manera especial con un corte en el cuello, debe haber un registro de ello, ¿correcto? No recuerdo que haya salido en las noticias pero puede que lo me lo haya perdido. Si puedes rastrearlo, quizás el trabajo criminalístico incluyó ADN del semen del hombre que la asaltó. —Es posible que nadie ni siquiera haya pensado en verificar el ADN —añadió Ray—. Si encontraron a esta chica muerta, puede que no hayan sentido la necesidad de hacer nada más. Si podemos averiguar quién era ella, quizás podríamos solicitar de urgencia pruebas adicionales, y así identificar con quién estaba ella. —Exactamente —convino Keri—. Solo recuerda ser discreto. Involucra el menor número posible de gente. No sabemos cuántos oídos tiene nuestro amigo el abogado en el edificio. —Comprendido. Entonces, ¿qué planeas hacer mientras reviso registros antiguos de adolescentes asesinadas? —Voy a entrevistar a una posible testigo. —¿Quién? —preguntó Ray. —La prostituta amiga de Susan, Lupita—la que le dijo lo que escuchó de esos sujetos que hablaban de la Vista. Quizás ella recuerde algo más con un poco de ayuda. —Okey, Keri, pero recuerda tomártelo con calma. Esa área de Venice es difícil y tú no estás del todo fuerte. Además, al menos por ahora, ni siquiera eres policía. —Gracias por la preocupación, Ray. Pero creo que a estas alturas ya lo sabes. Tomármelo con calma no es mi estilo. CAPÍTULO TRES Cuando Keri paró delante de la dirección de Venice que Susan le había texteado, se obligó a olvidar el persistente dolor en su pecho y su rodilla. Estaba entrando a un territorio potencialmente peligroso. Y ya que no estaba oficialmente en el trabajo ahora mismo, tenía que estar mucho más alerta. Nadie aquí le daría el beneficio de la duda. Era solo media mañana cuando cruzó la Avenida Pacific en este sórdido rincón de Venice, con la sola compañía de surfistas tatuados —indiferentes al frío y dirigiéndose al océano, que estaba apenas a una cuadra de distancia—, e indigentes acurrucados en los portales de negocios que todavía no habían abierto. Llegó al venido a menos complejo de apartamentos, traspasó la puerta del frente, y subió por las escaleras los tres pisos hasta la habitación donde Lupita supuestamente la estaba esperando. Los negocios no comenzaban hasta después del almuerzo, así que este era un buen momento para pasar. Keri llegó hasta la puerta y estaba a punto de tocar cuando escuchó un ruido en el interior. Probó y encontró la puerta sin la llave echada, así que la abrió con sigilo, y se asomó . En la cama de una habitación sin adornos estaba una chica de cabello castaño que lucía como de quince. Encima de ella estaba un hombre en la treintena, magro y desnudo. Las mantas cubrían los detalles, pero la penetración era agresiva. Cada pocos segundos abofeteaba a la chica. Keri refrenó las ganas de avanzar y arrancar al sujeto de donde estaba. Incluso sin placa, ese era su impulso natural. Pero no tenía idea de si este era un cliente y la actividad que estaba teniendo lugar era el procedimiento normal. La triste experiencia le había enseñado que a veces venir al rescate era contraproducente a la larga. Si este era un cliente y Keri interrumpía, el sujeto podría molestarse e ir a quejarse con el proxeneta de Lupita, que a su vez la tomaría con ella. A menos que una chica estuviera dispuesta a dejar esa vida para siempre, como lo había hecho Susan Granger, intervenir, aunque era apegarse a la ley, a la larga podía empeorar las cosas para ella. Keri, ya dentro de la habitación, avanzó un poco más y miró a Lupita a los ojos. La chica de aspecto delicado con oscuros cabellos ensortijados le dirigió una mirada familiar, una mezcla de súplica, temor, y cautela. Keri supo de inmediato lo que significaba. Necesitaba ayuda pero no demasiada. Claramente este era un cliente, uno nuevo quizás, uno inesperado y de último minuto, porque se encontraba allí cuando Lupita había acordado reunirse con Keri. Pero se le había ordenado darle servicio de todas formas. Era probable que lo de las bofetadas fuese algo inesperado. Pero ella no estaba en posición de hacer alguna objeción si el proxeneta había concedido permiso. Keri sabía cómo manejarlo. Avanzó con rapidez y sigilo, sacando una porra de goma del bolsillo interior de su chaqueta. Los ojos de Lupita se agrandaron y Keri pudo asegurar que el cliente se había dado cuenta. Ya comenzaba a girar su cabeza para mirar hacia atrás cuando la porra hizo contacto con su cráneo. Cayó hacia adelante, desplomándose sobre la chica, inconsciente. Keri se llevó un dedo a los labios, indicando a Lupita que permaneciera callada. Dio un rodeo hasta colocarse a un costado de la cama para asegurarse de que el cliente había perdido por completo el conocimiento. Así era. —¿Lupita? —preguntó. La chica asintió. —Soy la Detective Locke —dijo, obviando decir por ahora, que técnicamente no era una detective—. No te preocupes. Si somos rápidas, esto no tiene que representar un problema. Cuando tu proxeneta pregunte, esto es lo que sucedió: un tipo bajito con capucha entró, noqueó a tu cliente, y robó su billetera. Tú nunca viste su cara. Él te amenazó con matarte si hacías ruido. Cuando yo deje esta habitación, cuentas hasta veinte, y entonces comienzas a gritar pidiendo ayuda. No hay forma de que te culpen. ¿Entendido? Lupita asintió de nuevo. —Okey —dijo Keri mientras rebuscaba en los jeans del hombre y sacaba su billetera—. No creo que esté inconsciente por más de uno o dos minutos así que vayamos al grano. Susan dijo que escuchaste a unos sujetos hablar de la Vista de mañana por la noche. ¿Conoces a quienes estaban hablando? ¿Era uno de ellos tu proxeneta? —No —musitó Lupita—. No reconocí las voces. Y cuando miré hacia el pasillo se habían ido. —Está bien. Susan me dijo que ellos hablaron de mi hija. Lo que quiero es que te concentres en la ubicación. Sé que siempre realizan esto de la Vista en Hollywood Hills. ¿Pero fueron algo más específicos? ¿Mencionaron una calle? ¿Alguna referencia? —No mencionaron una calle. Pero uno de ellos se estaba quejando de que iba a ser más problemático que el año pasado porque estaría amurallada. De hecho, él dijo ‘la propiedad tiene portón’. Así que asumo que era mucho más que una casa. —Eso es de gran ayuda, Lupita. ¿Alguna otra cosa? —Uno de ellos dijo que estaba en el confín porque no estarían lo suficientemente cerca como para ver el letrero de Hollywood. Me imagino que el año pasado, la casa estaba muy cerca de él. Pero en esta ocasión estará demasiado lejos, en un área distinta. ¿Ayuda eso? —De hecho, sí. Eso significa que está probablemente más cerca de West Hollywood. Lo reduce bastante. Realmente es de ayuda. ¿Algo más? El hombre que tenía encima gruñó suavemente y comenzó a menearse. —No se me ocurre nada más —musitó Lupita, con una voz que apenas se oía. —Está bien. Esto es más de lo que tenía antes. Has sido de gran ayuda. Y si alguna vez decides salirte de esta vida, puedes contactarme a través de Susan. Lupita, a pesar de su situación, sonrió. Keri se quitó la gorra, sacó una capucha negra de su bolsillo, y se lo puso. Tenía unas pequeñas rajas para sus ojos y su boca. —Ahora recuerda —dijo de manera intencionada con una voz grave a fin de disimular la propia—, espera veinte segundos o te mataré. El hombre que estaba encima de Lupita estaba despertando del todo, así que Keri se giró y se apresuró a salir de la habitación. Corrió por el pasillo y ya iba a mitad de camino escaleras abajo cuando escuchó los gritos pidiendo socorro. Los ignoró y salió por la puerta del frente, donde se quitó la capucha, la metió en su bolsillo, y se puso la gorra. Registró la billetera del sujeto, y, luego de tomar el efectivo —un total de veintitrés dólares— la lanzó hacia un rincón de la puerta. Con la mayor naturalidad posible, cruzó la calle para llegar a su auto. Al subirse, pudo escuchar gritos de hombres enfurecidos, quienes se dirigían a la habitación de Lupita. Una vez hubo abandonado la zona, llamó a Ray para ver si había tenido suerte con su pista. Contestó al primer repique y ella pudo asegurar por el tono de su voz que no le había ido bien. —¿Qué es lo que pasa? —preguntó. —Es un punto muerto, Keri. He retrocedido hasta diez años atrás y no hallo ningún registro de una antigua estrella infantil que haya sido encontrada con un corte en la garganta. Encontré un registro de una antigua actriz infantil llamada Carly Rose, que cayó en una mala racha y desapareció siendo adolescente. Tendría ahora veinte años. Muy bien podría ser ella. O pudo haber muerto de sobredosis en un túnel del metro y nunca fue encontrada. Es difícil saberlo. Encontré también registros de otras chicas de entre once y catorce que responden a una descripción similar: corte de garganta. Los cuerpos fueron simplemente dejados en vertederos o en la esquina de una calle. Pero por lo general son chicas que estuvieron por un tiempo en las calles. Y ellas realmente están dispersas a lo largo del tiempo. —Eso en realidad me parece lógico —dijo Keri—. Esta gente probablemente no tiene escrúpulos en cuanto a tirar en el basurero los cuerpos de chicas que trabajaron en las calles o no tenían familia. Pero ellos no querrían atraer la atención dejando abandonados los cuerpos de chicas de buena familia que hubiesen sido raptadas recientemente, o el de una chica que fuese bien conocida. Estas sí que echarían a andar verdaderas investigaciones. Apuesto a que esas chicas fueron quemadas, enterradas o echadas al océano. Son a las que nadie haría seguimiento las que simplemente tiran en cualquier lado. Keri optó por ignorar el hecho de que había dicho todo eso de manera tan pragmática. Si se fijara en ello, le molestaría ver cómo se había acostumbrado a este tipo de atrocidades. —Eso encaja —convino Ray, sonando igualmente natural—. Podría también explicar la laguna en los años. Si en un año usaron una callejera, luego usaron unas chicas de las afueras —que habían secuestrado—, para después volver a usar a otra prostituta adolescente; así sería difícil establecer un patrón. Quiero decir, si siempre una prostituta adolescente apareciera una vez al año con el cuello cortado, eso podría generar también interés. —Buen punto —dijo Keri—. Así que entonces no hay nada que seguir. —No. Lo siento. ¿Tuviste más suerte? —Un poco —dijo—. Basándome en lo que Lupita me dijo, parece que la ubicación pudiera estar en West Hollywood, en una propiedad amurallada. —Eso es prometedor —comentó Ray. —Eso creo. Hay un millar de esas allá arriba, en las colinas. —Podemos hacer que Edgerton cruce las informaciones para ver si los nombres de los propietarios coinciden con alguien que conozcamos. Habiendo compañías fantasmas, es probablemente una posibilidad remota. Pero uno nunca sabe qué puede conseguir este chico. Era cierto. El Detective Kevin Edgerton era un genio cuando se trataba de tecnología. Si alguien podía establecer una conexión significativa, ese era él. —Okey, haz que se ponga en ello —dijo Keri—. pero haz que lo haga fuera del radar. Y no le des demasiados detalles. Mientras menos personas sepan qué está pasando, menos probabilidad habrá de que alguien sin darse cuenta deje filtrar algo que alerte a la gente equivocada. —Comprendido. ¿Qué vas a hacer? Keri pensó por un momento y se dio cuenta que no tenía nuevas pistas que seguir. Eso significaba que tenía que hacer lo que siempre hacía cuando se topaba con una pared de ladrillos, comenzar de cero. Y se dio cuenta de que había una persona con la que definitivamente necesitaba un nuevo inicio. —De hecho —dijo—, ¿puedes pedirle a Castillo que me llame? Pero tiene que hacerlo afuera, con su celular. —Okey. ¿Qué estás pensando? —preguntó Ray. —Estoy pensando que es tiempo de que vuelva a relacionarme con una vieja amiga. CAPÍTULO CUATRO Sentada en su auto, Keri aguardaba ansiosamente, echándole un vistazo a su reloj, en las afueras de las oficinas de Weekly L.A., el periódico alternativo donde le había pedido a la Oficial Jamie Castillo que se vieran. Era también donde su amiga, Margaret "Mags” Merrywether, trabajaba como columnista. El tiempo comenzaba a acortarse. Eran ya las 12:30 del viernes, unas treinta y seis horas antes del momento en que su hija sería violada y asesinada para el placer de un grupo de hombres ricos y depravados. Keri vio a Jamie bajar por la calle y alejó los negros pensamientos de su mente. Necesitaba estar concentrada para evitar la muerte de su hija, en lugar de obsesionarse con lo horripilante de lo que pudiera ocurrir. Tal como se lo pidió, Jamie vestía un abrigo civil sobre su uniforme para no llamar la atención. Keri le hizo señas desde su asiento. Jamie sonrió y se dirigió hacia el auto, con sus oscuros cabellos agitados por el fuerte viento a pesar de llevarlos recogidos hacia atrás en una cola de caballo. Era unos centímetros más alta que Keri y más atlética también. Era una entusiasta del Parkour y Keri había visto de lo que era capaz bajo unas duras condiciones. La Oficial Jamila Cassandra Castillo no era todavía detective. Pero Keri estaba segura de que una vez lo lograra, sería de los mejores. Además de sus condiciones físicas, era ruda, inteligente, implacable, y leal. Ya había arriesgado su propia seguridad e incluso su empleo por Keri. Si ella no fuera ya compañera de Ray, Keri sabía cuál hubiera sido su siguiente elección. Jamie se subió al auto con cuidado, gimiendo sin querer, y Keri recordó por qué. Yendo tras el sospechoso que le había producido a Keri sus actuales lesiones, Jamie quedó en la proximidad de una bomba que explotó en el apartamento del sujeto. La misma había matado a un agente del FBI, había producido graves quemaduras a otro, y dejó a Ray con un pedazo de vidrio enterrado en su pierna derecha, algo que él no había mencionado desde entonces. Jamie había quedado con una conmoción cerebral y varios traumatismos de consideración. —¿Acababas hoy de salir del hospital? —preguntó incrédula Keri. —Sí —dijo con orgullo en su voz—. Me dejaron ir esta mañana. Fui a casa, cambié mi uniforme, y llegué al trabajo diez minutos tarde. El Teniente Hillman lo dejó pasar, sin embargo. —¿Cómo están tus oídos? —preguntó Keri, refiriéndose a la pérdida de audición que Jamie había sufrido inmediatamente después de haber explotado la bomba. —Ahora mismo puedo escucharte bien. Tengo algunas campanillas intermitentes. El doctor dice que deberían desaparecer en una o dos semanas. No hay daño permanente. —No puedo creer que estés trabajando hoy —musitó Keri, moviendo su cabeza—. Y no puedo creer que te esté pidiendo que vayas más allá en tu primer día de vuelta. —No hay problema —la tranquilizó Jamie—. Necesitaba salir un rato. Todos me tratan como una muñeca de porcelana. Pero tengo que regresar enseguida si no quiero que me cuelguen. Traje lo que pediste, sin embargo. Sacó un archivo de su bolso y se lo entregó a Keri. —Gracias. —No hay problema. Y antes de que preguntes, empleé un nombre de usuario ‘general’ cuando busqué en la base de datos, así que no me podrán rastrear. Supongo que hay una razón por la cual no querías que usara mi propia identificación. Y presumo además que hay una razón por la que no me revelaste el por qué pediste este material. —Supones bien —dijo Keri, aspirando a que Jamie lo dejara así. —Y supongo que no me vas a decir qué está pasando ni me vas dejar que te ayude de alguna manera. —Es por tu bien, Jamie. Mientras menos sepas, mejor. Y mientras menos sepa alguien que me ayudaste, será mejor para lo que estoy haciendo. —Okey. Confío en ti. Pero si en algún punto del camino necesitas ayuda, tienes mi número. —Lo tengo —dijo Keri, dándole a Castillo un apretón de manos. Aguardó a que la oficial regresara a su auto y saliera de la calle antes de apearse. Apretando fuertemente contra su cuerpo el archivo que Castillo le había dado, Keri subió de prisa los escalones del edificio del Weekly L.A., donde Mags, y ojalá algunas respuestas, estarían esperándola. * Dos horas más tarde, tocaron a la puerta de la sala de conferencias donde Keri se había instalado para revisar unos documentos. El mesón en el centro de la habitación estaba cubierto con papeles. —¿Quién es? —preguntó. La puerta se abrió un poco. Era Mags. —Solo chequeaba —dijo—. Quería ver si necesitabas ayuda, querida. —De hecho, necesito un receso. Entra. Mags pasó adentro, cerró la puerta y pasó el pestillo, luego se aseguró de que las persianas estuvieran bien bajadas de manera que nadie pudiera mirar hacia adentro, y se acercó. Una vez más, Keri se maravilló de haberse hecho amiga de lo que esencialmente era una versión de carne y hueso de Jessica Rabbit. Margaret Merrywether medía más de uno ochenta y dos, eso sin los tacones que acostumbraba llevar. Escultural, con la piel blanco leche, sus amplias curvas, el llameante cabello rojo que hacía juego con sus labios rojo rubí, y los brillantes ojos verdes, parecía como si hubiera salido de las páginas de una revista de alta costura para mujeres Amazon. Y todo eso antes de que abriera la boca y dejara salir un acento que recordaba a Scarlett O’Hara, ligeramente afeado por una lengua cortante, que era más Rosalind Russell en His Girl Friday. Solo que ese moderado tono mordaz apuntaba al alter ego de Margaret (Mags para sus amigos). Resultaba que ella también respondía al seudónimo de "Mary Brady" —la columnista, de un periódico alternativo, que destapaba escándalos y había derribado a políticos locales, expuesto los malos manejos de algunas empresas, y denunciado a policías corruptos. Mags era también una feliz divorciada, madre de dos hijos, con una fortuna aún mayor luego de dividir la comunidad con su ex-marido, de profesión banquero. Keri la había conocido mientras trabajaba en un caso y luego de la sospecha inicial de que toda su personalidad era una forma elaborada de arte escénico, una amistad había surgido. Keri, que no tenía muchos amigos fuera del trabajo, estaba feliz de ser la chica anodina al menos por una vez. Mags tomó asiento junto a Keri y miró el collage de documentos policiales y recortes de periódico esparcidos por el mesón. —Bueno, querida, me pediste que reuniera copias de cada uno de los artículos que el periódico ha publicado sobre Jackson Cave. Y veo que le pediste a alguien en el departamento que hiciera lo mismo con todo lo que tienen sobre él. Luego te encerraste aquí por dos horas. ¿Estás lista para decirme qué está pasando? —Lo estoy —dijo Keri—. Solo dame un momento. Se levantó, sacó un detector de dispositivos de escucha de su bolso, y procedió a barrer toda la sala de conferencias. Mags enarcó las cejas pero no pareció sorprendida. —Sabes, querida —comenzó a decir—, difícilmente puedo decirte que te pasas de cautelosa. Porque yo procuro que hagan esto profesionalmente dos veces a la semana. —Sí, claro —dijo Keri—. Gracias por la chanza. Esto me lo dio un amigo experto en tecno en quien confío. —¿Alguien del departamento? —preguntó Mags. —No, en realidad es un guardia de seguridad de un centro comercial. Es una larga historia, pero digamos que el hombre conoce oficio y me debía un favor, así que cuando le pedí que me recomendara un buen detector de dispositivos, me dio este como regalo. —Eso suena como una larga historia que me gustaría escuchar cuando tengas algo más de tiempo —dijo Mags. Keri asintió distraída mientras continuaba barriendo la habitación. Mags sonrió y esperó pacientemente. Cuando Keri terminó sin hallar nada, regresó a su asiento. —Okey, esto es lo que está pasando —dijo, y largó su historia con Cave, buena parte de la cual era familiar para Mags. De hecho, su amiga la había ayudado recientemente para sacar información de un asesino a sueldo conectado con Cave. Era un hombre conocido solamente como el Viudo Negro, una figura misteriosa que conducía un Lincoln Continental negro sin placas. Meses atrás, Keri había visto en la grabación de una cámara de seguridad cómo había matado de la manera más natural al hombre que había estado reteniendo Evie, para luego meter a esta en la cajuela, y desaparecer en medio de la noche, todo, sospechaba Keri, por órdenes de Cave. De alguna manera, Mags se las había arreglado para contactar de manera anónima al Viudo Negro. Resultó que él estaba más que dispuesto a suministrar una pista sobre el paradero de Evie por un precio exorbitante. Parecía que no era leal a nadie, lo que resultó bueno para Keri en esa ocasión, porque su información eventualmente la condujo a enterarse de la existencia del evento Vista. Pero aunque algunos de los detalles, como lo de la conexión con el Viudo Negro, eran periódico de ayer para ella, Mags no dijo nada. No la interrumpió ni una vez, aunque sacó una libreta y tomó alguna que otra nota. Escuchó con atención, desde el inicio hasta la llamada de esa mañana de Susan Granger sobre que Evie era el Premio de Sangre en la Vista. Cuando estuvo segura de que Keri había terminado, hizo una pregunta. —Entiendo tu situación, Keri. Y estoy horrorizada. Pero sigo sin entender. ¿Por qué estás examinando cientos de papeles sobre el Sr. Cave? —Porque ya no sé qué hacer, Mags. No tengo más pistas. No tengo más indicios. La única cosa de la que estoy segura es que Jackson Cave está de alguna forma involucrado en el caso de mi hija. —¿Estás segura? —preguntó Mags. —Sí —dijo Keri—. No creo que lo estuviera inicialmente. Probablemente no tenía idea de que una de las víctimas de sus secuestradores era mi hija. Después de todo, yo ni siquiera era detective en esa época. Era profesora universitaria. Su desaparición es la razón por la que me convertí en policía. Ni siquiera sé en qué momento realmente atraje su interés. Pero en algún momento debe haber llegado a la conclusión de que la niña que la detective estaba buscando fue secuestrada por alguien a quien se lo había encargado. —¿Y tú crees que él buscó la ubicación de ella? —preguntó Mags— ¿Tú crees que él sabe dónde está ella ahora? —Esas son dos preguntas muy diferentes. Estoy segura de que en algún momento él investigó su ubicación. Habría sido de interés para él conocer la situación de ella. Pero habría sido mucho antes de que yo comenzara a husmear. Una vez que sospechó que yo lo estaba investigando, no tengo duda de que se habrá asegurado de que no se le pudiera conectar con ella. Sabe que si yo creyera que él me puede llevar hasta Evie, le seguiría día y noche. Probablemente le preocupe que yo lo secuestre y lo torture para conseguir la ubicación. —¿Lo harías? —preguntó Mags, más en tono de curiosidad que de acusación. —Lo haría. Un millón de veces lo haría. —Yo también —susurró Mags. —Así que no creo que Jackson Cave sepa dónde está mi hija ni quien la tiene. Pero creo que conoce a individuos que a su vez conocen a individuos que saben dónde está ella. Creo que él podría averiguar su actual ubicación si se sintiera inclinado a hacerlo. Y creo que podría hacer que la llevaran a una ubicación específica si quisiera. Eso es lo que creo que está pasando. Creo que Evie es el Premio de Sangre porque él quiere que así sea. Y de alguna manera, sus deseos han sido canalizados hacia la gente que puede realizarlos. —¿Entonces quieres seguir esa pista? —No —dijo Keri—. El laberinto que hay entre él y ella es demasiado complicado como para que yo lo averigüe, ni siquiera disponiendo de tiempo ilimitado, lo que obviamente no tengo. Ese es un pozo sin fondo por el que no bajaré. Pero he comenzado a darme cuenta, que todo este tiempo he estado mirando a Jackson Cave como un oponente, la mente maestra que me separa de mi hija, la fuerza malévola que está para destruir a mi familia. —¿No lo es? —preguntó Mags, sonando sorprendida y casi ofendida. —Lo es. Pero así no es como él se ve a sí mismo. Y eso no es lo que él siempre fue. Me di cuenta que tengo que olvidar mis ideas preconcebidas, para saber quién es este sujeto y qué es lo hace ser como es. —¿Por qué te interesa lo que lo hace ser como es? —Porque no puedo derrotarlo si no comprendo cómo piensa, y cuáles son sus motivos. Y si no comprendo qué es, muy en el fondo, lo importante para él, nunca tendré una ventaja sobre él. Y eso es lo que realmente necesito, Mags: ventaja. Este sujeto no me va a dar ninguna información por las buenas. Pero si puedo determinar qué es lo que le importa, quizás pueda usar eso para recuperar a mi hija. —¿Cómo? —No tengo idea… todavía. CAPÍTULO CINCO Cuando Ray entró a la sala de conferencias tres horas después, Keri todavía no tenía esa ventaja. Pero creía tener una idea más precisa de quién era Jackson Cave. —Encantada de verte, Detective Sands —dijo Mags, en cuanto entró cargado con sándwiches tipo submarino y unos cafés que ya estaban helados. —Igual digo, Roja —mientras repartía los sándwiches sobre la mesa. —Bueno, ¡válgame Dios! —replicó ella, malhumorada. Keri no estaba segura de cuándo Ray había comenzado a llamar a Margaret Merrywether "Roja” pero se deleitaba con ello. Y a pesar de su reacción de ahora, Keri estaba bien segura de que a Mags no le importaba. —Traje los registros financieros y de propiedad del sujeto —dijo Ray—. Pero no creo que vayan a ser la respuesta. Los revisé con Edgerton y él no pudo encontrar nada deshonesto. Pero para un hombre con tanto dinero y poder, ya eso por sí solo tiene algo de deshonesto. —Estoy de acuerdo —dijo Keri—. Pero deshonesto no es suficiente para actuar. —Él quería traer a Patterson, pero le dije que por ahora lo aplazara. El Detective Garrett Patterson respondía al sobrenombre de "Trabajo Laborioso", y por una buena razón. En la unidad era el segundo mejor hombre en la tecnología, por detrás de Edgerton, y aunque carecía de la intuición de Edgerton para descubrir conexiones ocultas en informaciones complejas, poseía otro talento. Adoraba examinar registros de manera minuciosa, a fin de hallar pequeños pero cruciales detalles que otros pasaban por alto. —Era la selección correcta —dijo Keri al cabo de un momento—. Él podría descubrir algo en los registros de propiedad. Pero me preocupa que no pudiera evitar contárselo a Hillman o que accidentalmente por echar una red muy amplia se activen las luces de alarma. No quiero involucrarlo a menos que no tengamos opción —Puede que lleguemos a eso —dijo Ray—. A menos que hayas descifrado el código de Cave en las últimas horas. —No diría eso —admitió Keri—. Pero he descubierto unos datos sorprendentes. —¿Cómo qué? —Bueno, para empezar —intervino Mags—, Jackson Cave no fue siempre un completo desgraciado. —Eso es una sorpresa —dijo Ray, desenvolviendo un sándwich y dándole un buen mordisco—. ¿Cómo así? —Trabajó en la oficina del Fiscal de distrito —replicó Mags. —¿Era fiscal? —preguntó Ray, casi atragantándose con la comida— ¿El defensor de violadores y acosadores de niños? —Fue hace mucho tiempo —dijo Keri—. Se unió a la fiscalía en cuanto salió de la Universidad del Sur de California; trabajó allí dos años. —¿No pudo con el trabajo? —preguntó Ray. —De hecho, su porcentaje de convicciones era muy impresionante. Aparentemente no le gustaba llegar a arreglos así que llevó la mayoría de los casos a la corte. Consiguió diecinueve convicciones y dos jurados que no pudieron ponerse de acuerdo. Ninguna absolución. —Eso está bien —reconoció Ray—. ¿Entonces por qué cambió de equipo? —Para saber eso hubo que cavar un poco —dijo Keri—. De hecho fue Mags quien lo averiguó. ¿Quieres explicarlo? —Será un placer —dijo ella, levantando la vista del mar de papeles que tenía delante—. Supongo que toda una vida haciendo investigaciones tediosas es recompensada de cuando en cuando. Jackson Cave tenía un medio hermano llamado Coy Trembley. Tenían padres distintos, pero se criaron juntos. Coy era tres años mayor que Jackson. —¿Era Coy también un abogado? —preguntó Ray. —Difícilmente —dijo Mags—. Coy tuvo problemas con la ley en su adolescencia y su primera juventud, casi todo cosas de poca monta. Pero a los treinta y uno, fue arrestado por asalto sexual. Básicamente fue acusado de violar a una niña de nueve años que vivía en su misma calle. —¿Y Cave lo defendió? —Oficialmente no. Pero pidió un permiso de nueve meses en la oficina del fiscal justo después del arresto. Él no era el abogado de Trembley y su nombre no está en ninguno de los documentos legales archivados en la corte sobre el caso. —Me parece a que continuación viene un ‘pero’ —dijo Ray. —Estás en lo correcto, querido —declaró Mags—. Pero por razones tributarias, el trabajo que declaró durante ese tiempo fue ‘consultor legal’. Y he comparado el lenguaje en los expedientes del caso Trembley. La lógica y algunas frases son muy similares a casos recientes de Cave. Creo que es lícito suponer que estaba asistiendo secretamente a su hermano. —¿Cómo le fue? —preguntó Ray. —Bastante bien. El caso de Coy Trembley acabó porque los jurados no pudieron llegar a un acuerdo. Los fiscales debatían sobre si volver a juzgarlo cuando el padre de la pequeña se apareció en el apartamento de Trembley y le disparó cinco veces, incluyendo una vez en la cara. No lo logró. —Dios —musitó Ray. —Sí —convino Keri—. Fue en esa época que Cave introdujo su dimisión en la fiscalía. Estuvo fuera de escena durante tres meses luego de eso. Entonces, repentinamente, reapareció con un bufete que servía principalmente a clientes corporativos. Pero también hacía la defensa de pequeños casos de cuello blanco, y de manera creciente, con el pasar de los años, trabajos pro-bono para individuos como su medio hermano. —Esperen —dijo Ray incrédulo—. ¿Se supone que crea que este sujeto se convirtió en un abogado defensor para honrar la memoria de su hermano muerto o algo así, para defender los derechos de los moralmente pervertidos? Keri meneó su cabeza. —No lo sé, Ray —dijo—. Cave casi nunca habló de su hermano en todos esos años. Pero cuando lo hizo, siempre sostuvo que Coy fue falsamente acusado. Era categórico al respecto. Creo que es posible que comenzara su práctica con buenas intenciones. —Okey. Digamos que le doy el beneficio de la duda por lo que a eso respecta. ¿Qué diablos le pasó entonces? Mags intervino en ese punto. —Bueno, está bastante claro que la culpa de la mayoría de sus clientes pro-bono era altamente dudosa. Algunos de ellos parece que habían sido simplemente reconocidos en ruedas de identificación o arrestados en la calle. A veces lograba sacarlos, pero por lo general no era así. Entretanto, pronunciaba discursos en conferencias sobre las libertades civiles, buenos discursos de hecho, muy apasionados. Se habló incluso de que algún día se presentaría como candidato para un cargo. —Hasta ahora suena como una historia de éxito americano —dijo Ray. —Lo era —convino Keri—, hasta hace diez años. Fue entonces cuando aceptó el caso de un hombre que no llenaba el perfil. Era un secuestrador en serie de niños que aparentemente lo hacía de manera profesional. Y le pagó muy bien a Cave para que lo representara. —¿Por qué de repente tomó ese caso? —preguntó Ray. —No está cien por ciento claro —dijo Keri—. Su trabajo corporativo no había despegado todavía. Así que pudo haber sido una decisión económica. Quizás no veía a este sujeto tan objetable como lo verían otros. Los cargos en su contra eran por secuestro por contrato, no asalto ni acoso. El hombre básicamente secuestraba chicos y los vendía al mejor postor. Él era, usando una descripción generosa, un ‘profesional’. Cualquiera que haya sido la razón, Cave se encargó de este hombre, logró que lo absolvieran, y entonces la represa se abrió. Comenzó a aceptar a toda clase de clientes similares, muchos de los cuales eran menos… profesionales. —En esa misma época —añadió Mags—, el trabajo corporativo empezó a entrar. Se mudó de un local que daba a la calle en Echo Park a la oficina en una torre del centro donde está ahora. Y nunca ha mirado hacia atrás. —No lo sé —dijo Ray escéptico—. Es difícil leer entre las líneas del luchador por las libertades civiles, al menos para nosotros, al tiburón legal sin remordimientos que representa a pedófilos, y que posiblemente coordina una red de esclavas sexuales infantiles. Creo que nos falta una pieza. —Bueno, tú eres un detective, Raymond —dijo Mags con mordacidad—. La palabra lo dice, detecta. Ray abrió su boca, listo para replicar, antes de darse cuenta que era objeto de una tomadura de pelo. Los tres rieron, felices de poder aliviar la tensión que sin darse cuenta había ido creciendo. Keri intervino de nuevo. —Tiene que estar relacionado con ese secuestrador en serie que él representó. Ahí fue cuando todo cambió. Deberíamos mirar eso con más detenimiento. —¿Qué tienes sobre ese? —preguntó Ray. —El caso es uno de esos que se quedan en un punto muerto —dijo Mags, frustrada—. Cave representó al hombre, lo sacó, y el hombre desapareció del radar. No hemos podido encontrar nada sobre él a partir de entonces. —¿Cuál era el nombre de ese individuo? —preguntó Ray. —John Johnson —contestó Mags. —Suena familiar —musitó Ray. —¿De verdad? —dijo Keri, sorprendida—. Porque no hay casi nada sobre él. Luce como una identidad falsa. No hay un registro de él luego de ser absuelto. Es como si hubiera dejado la sala del tribunal para desaparecer completamente. —Aun así, el nombre me suena —dijo Ray—. Creo que fue antes de que te unieras a la fuerza. ¿Intentaste conseguir la foto de su prontuario? —Comencé a buscar —dijo Keri—. Hay setenta y cuatro John Johnson en la base de datos con fotografías tomadas en el mes en el que los arrestaron. No tuve oportunidad de revisarlos todos. —¿Te importa si le echo un vistazo? —Adelante —dijo Keri, abriendo una ventana y deslizando la portátil hacia él. Podía asegurar que él tenía una idea pero no quiso decirlo en voz alta en caso de que estuviese equivocado. Mientras recorría las imágenes, habló casi distraído. —Ambas dijeron que era como si hubiera salido del radar, como si hubiera desaparecido, ¿correcto? —Ajá —dijo Keri, observándolo atentamente, sintiendo que su respiración se agitaba. —Casi como… ¿un fantasma? —preguntó. —Ajá —repitió. Dejó de recorrer la galería y contempló una imagen en la pantalla antes de mirar hacia Keri. —Creo que es porque es un fantasma; o para ser más preciso, ‘El Fantasma’. Ray giró la pantalla para que Keri pudiera ver la foto. Al contemplar la imagen del hombre que puso a Jackson Cave en el mal camino, un escalofrío recorrió su espalda. Ella lo conocía. CAPÍTULO SEIS Keri trató de controlar sus emociones mientras un chorro de adrenalina se repartía por su organismo, haciendo que todo su cuerpo se pusiera en tensión. Reconocía al hombre que la contemplaba. Pero ella no lo conocía como John Johnson. Cuando se habían conocido, él respondía al nombre de Thomas Anderson, pero todos se referían a él como El Fantasma. Habían hablado en solo dos ocasiones, cada una en la Correccional Twin Towers en el centro de Los Ángeles, donde se hallaba encarcelado por crímenes que no se diferenciaban mucho de aquellos por los cuales John Johnson había sido absuelto. —¿Quién es, Keri? —preguntó Mags, entre preocupada y contrariada por el largo silencio. Keri cayó en cuenta de que se había quedado muda, contemplando la foto durante varios segundos. —Lo siento —replicó, forzándose a volver al momento presente—. Su nombre es Thomas Anderson. Lo tienen en una cárcel del condado por secuestro y venta de niños, a cuenta de personas que viven fuera del estado y no reúnen los requisitos para poder adoptar. No puedo creer que no se me ocurriera que Johnson y Anderson podían ser la misma persona. —Cave trata con un montón de secuestradores, Keri —dijo Ray—. No había razón para que hicieras esa conexión. —¿Cómo es que lo conoces? —preguntó Mags. —Me topé con él el año pasado cuando estaba revisando el archivo de casos de secuestradores. Hubo un momento en que pensé que él podría haberse llevado a Evie. Fui a Twin Towers a entrevistarlo y rápidamente quedó claro que él no era el hombre. Me dio incluso unas pocas pistas que me ayudaron eventualmente a atrapar al Coleccionista. Y ahora que lo pienso, él fue la primera persona que mencionó a Jackson Cave; dijo que Cave era su abogado. —¿Nunca habías escuchado acerca de Cave antes de eso? —preguntó Mags. —Sí que había escuchado. Él es muy conocido para los policías de Personas Desaparecidas. Pero nunca me había reunido con alguno de sus clientes, ni tenía razón alguna para pensar en él como algo más que otro imbécil, hasta que Anderson llamó mi atención sobre su persona. Hasta que me conocí a Thomas Anderson, Jackson Cave nunca estuvo en mi radar. —¿Y no crees que eso es una coincidencia? —preguntó Mags. —Con Anderson, no estoy segura de que nada sea una coincidencia. ¿No es extraño que salga impune como ‘John Johnson’, pero luego sea arrestado por lo mismo de los secuestros usando su verdadera identidad, Thomas Anderson? ¿Por qué no usó de nuevo su identidad falsa? Quiero decir, el hombre fue bibliotecario durante más de treinta años. Básicamente arruinó su vida al usar su nombre real. —Quizás pensó que Cave podía sacarle en una segunda ocasión —sugirió Ray. —Pero ahí está el asunto —dijo Keri—. Aunque Cave fue técnicamente el abogado defensor en su último juicio, ese donde lo hallaron culpable, Anderson se defendió a sí mismo. Y al parecer, lo hizo de manera extraordinaria. Se dijo que fue tan convincente que si el caso no hubiese estado blindado, habría salido. —Si este tipo es un genio —objetó Mags—, ¿cómo es que, en primer lugar, el caso en su contra era tan sólido? —Le hice la misma pregunta —replicó Keri—. Y convino conmigo en que era extraño que alguien tan astuto y meticuloso como él fuese atrapado de esa manera. No me lo dijo de manera directa, pero básicamente insinuó que buscaba quedar convicto. —Pero, ¡por qué en el nombre de Dios! —preguntó Mags. —Esa es una excelente pregunta, Margaret —dijo Keri, cerrando la portátil—. Y es la que pretendo hacerle al Sr. Anderson ahora mismo. * Keri estacionó su auto en la enorme estructura que se hallaba cruzando la calle frente a Twin Towers y se dirigió al ascensor. A veces, si tenía que hacer una visita en el día, la enorme instalación anexa al centro de detención del condado estaba tan abarrotada que tenía que subir hasta el décimo piso —a cielo abierto— de la estructura para encontrar un espacio donde aparcar. Pero eran casi las 8 p.m. y halló un puesto en el segundo piso. Mientras cruzaba la calle, repasó su plan. Técnicamente, debido a su suspensión y a la investigación de Asuntos Internos, no tenía autorización para reunirse con un prisionero en una sala de interrogatorios. Pero eso no era todavía de conocimiento general. Aspiraba a que su familiaridad con el personal de la prisión le permitiera abrirse paso bajo engaño. Ray se había ofrecido a venir con ella para allanarle el camino. Pero a ella le preocupaba que ello atrajera preguntas que podrían meterlo en problemas. Incluso si ello no ocurriera, podría estar obligado a formar parte de la entrevista a Anderson. Keri sabía que el hombre no se abriría bajo esas circunstancias. Como resultó, ello no tuvo que preocuparse. —¿Cómo le va, Detective Locke? —le preguntó el Oficial de Seguridad Beamon mientras ella se acercaba al detector de metales de la recepción— Me sorprende verla tan recuperada luego de la refriega con ese sicópata a principios de esta semana. —Oh, sí —convino Keri, decidiendo que sacaría provecho de esa pelea—, yo también, Freddie. Me veo como si hubiera estado en una pelea de campeonato, ¿no crees? De hecho estoy todavía de permiso hasta que esté en forma. Pero estaba enloqueciendo un poco en el apartamento, así que se me ocurrió venir a chequear un caso viejo. No es algo formal, así que ni siquiera traje la pistola y la placa. ¿Importará si entrevisto a alguien incluso fuera de horario? —Por supuesto que no, Detective. Solo espero que se tome las cosas con calma. Pero sé que no lo hará. Firme. Tome su carnet de visitante y vaya al nivel de interrogatorios. Ya conoce el procedimiento. Keri conocía el procedimiento y quince minutos después estaba sentada en una sala de interrogatorio, esperando la llegada del recluso #2427609, o Thomas "El Fantasma” Anderson. El guardia le había advertido que se estaban preparando para apagar las luces y tomaría un tiempo adicional buscarlo. Ella intentó permanecer serena mientras esperaba, pero estaba perdiendo la batalla. Anderson siempre parecía meterse bajo su piel, como si secretamente le estuviese quitando el cuero cabelludo para descubrir su cerebro y leer sus pensamientos. En ocasiones, se sentía como si fuese una gatita mientras él sostenía uno de esos finos rayos láser, haciéndola corretear a su capricho en cualquier dirección. Y sin embargo, fue su información la que la puso en el camino que la había acercado como nunca lo había hecho ninguna otra cosa hasta encontrar a Evie. ¿Eso fue planeado o fue por azar? Él nunca le había dado indicación alguna de que sus reuniones fueran otra cosa que casualidad. Pero si tenía el control del juego, ¿por qué lo hacía? La puerta se abrió y él pasó adentro, luciendo en buena medida como ella lo recordaba. Anderson, a mitad de la cincuentena, era más bien bajo, alrededor de uno setenta y dos, con una constitución sólida y robusta, que sugería una asistencia regular al gimnasio de la prisión. Las esposas colocadas en sus musculosos antebrazos se veían ajustadas. Con todo, parecía más delgado de lo que ella recordaba, como si se hubiera saltado algunas comidas. Su espeso cabello estaba partido de manera impecable, pero para sorpresa de ella, ya no era el negro azabache que recordaba. Ahora estaba bastante entrecano. En los bordes de su uniforme de prisión, se podían ver fragmentos de los múltiples tatuajes que cubrían el lado derecho de su cuerpo hasta el cuello. Su lado izquierdo estaba todavía impecable. Mientras era conducido a la silla de metal al otro lado de la mesa frente a ella, sus ojos grises no se despegaron de ella. Sabía que la estaba estudiando, examinando, midiendo, tratando de aprender lo más que pudiera sobre su situación antes decir una palabra. Luego que se hubo sentado, el guardia se paró al lado de la puerta. —Estamos bien, Oficial… Kiley —dijo Keri, echándole un rápido vistazo a su portanombre. —Es el procedimiento, señora —dijo el guardia con brusquedad. Ella le echó un vistazo. Era nuevo… y joven. Dudaba que se dejara sobornar, pero aun así no podía permitirse que nadie, limpio o corrupto, escuchara esta conversación. Anderson le sonrió ligeramente, sabiendo lo que venía. Probablemente esto sería entretenido para él. Ella se levantó y miró al guardia hasta que este sintió los ojos de ella sobre él y la miró a su vez. —Primero que nada, no es señora. Es Detective Locke. Segundo, me importa un carajo su procedimiento, nuevo. Quiero hablar con este recluso en privado. Si no puede plegarse a eso, entonces necesito hablar con usted en privado y no va a ser una charla agradable. —Pero —Kiley comenzó balbucear mientras se recargaba en uno u otro pie. —Pero nada, Oficial. Tiene dos opciones. Puede dejarme hablar con este recluso en privado. ¡O podemos tener esa charla! Usted decide. —Quizás debo consultar con mi supervi... —Eso no está en la lista de opciones, Oficial. ¿Sabe qué? Yo decido por usted. Salgamos afuera para que yo pueda darle una pequeña charla. Cualquiera pensaría que arrestar a un pedófilo y fanático religioso me daría un permiso para el resto de la semana, pero supongo que tengo también que instruir a un oficial de correcciones. Puso su mano sobre el picaporte de la puerta y se disponía a accionarlo cuando el Oficial Kiley perdió lo que le quedaba de aplomo. Ella estaba impresionada con lo mucho que había durado. —No se preocupe, Detective —dijo precipitadamente—. Aguardaré afuera. Pero, por favor, tenga cuidado. Este prisionero tiene una historia de incidentes violentos. —Por supuesto que lo tendré —dijo Keri, ahora con voz melosa—. Gracias por ser tan comprensivo. Trataré de ser breve. Él salió y cerró la puerta, y Keri regresó a su asiento, llena con una confianza y energía que hacía solo treinta segundos no estaban presentes. —Eso fue divertido —dijo Anderson suavemente. —Estoy segura de ello —replicó Keri—. Puede apostar que espero a cambio información valiosa por haberle brindado un entretenimiento de calidad. —Detective Locke —dijo Anderson en un tono de falsa indignación—, usted ofende mi delicada sensibilidad. ¿Han pasado meses desde que nos vimos y aun así su primer impulso al verme es pedir información? ¿Nada de hola? ¿Nada de cómo está? —Hola —dijo Keri—. Le preguntaría cómo está, pero es obvio que no está muy bien. Ha perdido peso. Su cabello ha encanecido. Tiene bolsas en sus ojos. ¿Está enfermo? ¿O es algo que pesa en su consciencia? —Ambas cosas de hecho —admitió—. Verá, los muchachos aquí han sido un poco rudos conmigo últimamente. Ya no estoy entre los populares. Así que de vez en cuando ‘toman prestada’ mi cena. Recibí un masaje no solicitado en las costillas. Además, he recibido un toque de cáncer. —No lo sabía —dijo Keri en voz baja, genuinamente sorprendida. Todas las señales físicas de un desgaste cobraban sentido ahora. —¿Cómo iba a saberlo? —preguntó— No lo anuncié. Podría habérselo dicho en noviembre, en mi audiencia de libertad bajo palabra, pero usted no estuvo allí. No me la concedieron de todas formas. No es su culpa, sin embargo. Su carta fue adorable, muchas gracias. Keri había escrito una carta a favor de Anderson luego de que él la hubo ayudado. No abogó por su liberación, pero había sido generosa en su descripción de cómo había ayudado a la fuerza. —¿No le sorprendió que no se la dieran, supongo? —No —dijo—, pero es difícil no tener esperanza. Era muy última oportunidad real de salir de aquí antes de que la enfermedad me lleve. Tenía sueños viéndome caminar por una playa en Zihuatanejo. Pero, ya no será. Pero dejemos la charla, Detective. Vamos al meollo por el que en verdad está aquí. Y recuerde, las paredes tienen oídos. —Okey —comenzó, entonces se inclinó y murmuró—, ¿sabe acerca de lo de mañana por la noche? Anderson asintió. Keri sintió resurgir la esperanza en su pecho. —¿Sabe dónde se llevará a cabo? Él meneó la cabeza. —No puedo ayudarla con el dónde —murmuró igualmente—. Pero podría estar en capacidad de ayudarla con el por qué. —¿En qué me beneficiará? —preguntó ella con amargura. —Saber el por qué podría ayudarla a averiguar el dónde. —Déjeme preguntarle por otro por qué —dijo, consciente de que la rabia la estaba atrapando y nada podía hacer. —Muy bien. —¿Por qué, después de todo, me está ayudando? —preguntó— ¿Ha estado guiándome todo el tiempo, desde la primera vez que vine a verlo? —Esto es lo que puedo decirle, Detective. Usted sabe lo que yo hacía para ganarme la vida, cómo coordinaba el robo de niños a sus familias para dárselos a otras, con frecuencia a cambio de sumas altísimas. Fui capaz de dirigirlo a distancia usando un nombre falso y viviendo una vida feliz y sin complicaciones. —¿Como John Johnson? —No, mi feliz vida como Thomas Anderson, bibliotecario. Mi otro yo era John Johnson, facilitador de secuestros. Cuando fui atrapado, fui con alguien que ambos conocemos para asegurarme de que John Johnson fuese exonerado y que Thomas Anderson nunca fuese conectado con él. Esto fue hace casi una década. Nuestro amigo no quería hacerlo. Dijo que solo representaba a los que eran maltratados por el sistema y que yo era, y es gracioso pensar en ello ahora, un cáncer en ese sistema. —Muy gracioso —convino Keri, sin reírse. —Pero como sabe, puedo ser convincente. Le convencí de que me llevaba los niños de familias acaudaladas que no se los merecían, y se los daba a familias amorosas sin los mismos recursos. Luego le ofrecí una enorme cantidad de dinero para que lograra que me absolvieran. Yo creo que él sabía que yo estaba mintiendo. Después de todo, ¿de dónde sacaban esas familias de pocos recursos el dinero para pagarme? ¿Y eran estos padres que perdían a sus hijos así de terribles? Nuestro amigo es muy inteligente. Tuvo que haber sabido. Pero le di algo de dónde agarrarse, algo que decirse a sí mismo cuando tomara mi efectivo de seis cifras. —¿Seis cifras? —repitió Keri, incrédula. —Como dije, es un negocio muy lucrativo. Y ese pago fue el primero. En el transcurso del juicio, le pagué como medio millón de dólares. Y con eso, se puso en camino. Luego que fui absuelto y retomé mi trabajo usando mi propio nombre, él comenzó incluso a ayudarme a facilitar los secuestros para familias 'más merecedoras'. En tanto pudiera encontrar una forma de justificar las transacciones, estaba cómodo con ellas, incluso era entusiasta. —¿Así que le dio el primer mordisco de la fruta prohibida? —Lo hice. Y descubrió que le gustaba el sabor. De hecho, le encontró el gusto a muchas cosas grandiosas en las que nunca había pensado que podrían gustarle. —¿Qué está diciendo exactamente? —preguntó Keri. —Solo digamos que en algún punto del camino, ya no tuvo necesidad de justificar las transacciones. ¿Conoce el evento de mañana por la noche? —¿Sí? —Fue su creación —dijo Anderson—. y no es algo que él comparta. Se dio cuenta de que había un mercado para esa clase de cosas y para todos los festejos similares, más pequeños, a lo largo del año. Él llenó ese nicho. Controla en esencia la versión elegante de ese… mercado en el área Los Ángeles. Y pensar que antes de mí, él trabajaba en un despacho de una sola habitación junto a una venta de donas, representando a inmigrantes ilegales que eran imputados al azar por crímenes sexuales, por policías que tenían que cumplir cuotas. —¿Así que desarrolló una consciencia? —preguntó Keri apretando los dientes. Se sentía disgustada, pero quería respuestas y le preocupaba que exteriorizar demasiado ese disgusto podría hacer que Anderson se cerrara. Él pareció percibir cómo se sentía ella pero prosiguió de todas formas. —No en ese momento. Eso no fue lo que me hizo cambiar. Sucedió mucho después. Vi una historia en el noticiero local, hace como año y medio, acerca de una detective y su compañero que rescataron a una pequeña niña que había sido secuestrada por el novio de su niñera, un auténtico asqueroso. —Carlo Junta —dijo Keri automáticamente. —Correcto. En todo caso, en la historia, mencionaban que esta detective era la misma mujer que había ingresado a la academia de policía unos pocos años atrás. Y mostraron un vídeo de una entrevista que dio luego de su graduación en la academia. Dijo que se había unido a la fuerza porque su hija había sido secuestrada. Dijo que aunque no pudiera salvar a su propia hija, siendo policía, podría quizás ayudar a la hija de alguna otra familia. ¿Le suena familiar? —Sí —dijo Keri suavemente. —Así que —continuó Anderson— como trabajaba en la biblioteca y tenía acceso a todo tipo de vídeos de noticias pasadas, regresé y encontré la historia de la hija de esta mujer que fue secuestrada y la de su conferencia de prensa donde suplicó por el regreso a salvo de su hija. Keri recordó la conferencia de prensa, casi toda borrosa en su recuerdo. Recordaba hablándole a una docena de micrófonos colocados delante de su cara, rogándole al hombre que había raptado a su hija en medio de un parque, que la había arrojado en una van como una muñeca de trapo, que la regresara. Recordaba el grito de "Por favor, mami, ayúdame” y las bamboleantes colitas de pelo rubio alejándose, al tiempo que Evie, con solo ocho años en ese momento, desaparecía del parque. Recordaba los pedacitos de grava que todavía estaban incrustados en sus pies durante la conferencia de prensa, incrustados cuando ella corrió descalza por el estacionamiento, persiguiendo la van hasta que la dejó atrás con el rastro de polvo. Lo recordaba todo. Anderson había dejado de hablar. Ella le miró y vio cómo asomaban las lágrimas a sus ojos, al igual que asomaban a los de ella. Él prosiguió. —Luego de eso, vi otra historia, unos meses después, donde esta detective rescató a otro niño, esta vez un chico raptado cuando iba de camino a su práctica de béisbol. —Jimmy Tensall. —Y un mes después, ella encontró una bebé que había sido sustraída de un cochecito en el supermercado. La mujer que la había robado tenía un certificado de nacimiento falso y planeaba huir con la bebé hacia el Perú. Usted la atrapó en la puerta cuando se disponía a abordar el avión. —Lo recuerdo. —Ahí fue cuando decidí que ya no podía hacerlo más. Con cada transacción me acordaba de usted en la conferencia de prensa rogando por el regreso de su hija. Ya no pude tener ese recuerdo tan cerca. Me ablandé, supongo. Y justo entonces, nuestro amigo cometió un error. —¿Cuál? —preguntó Keri, con una sensación de hormigueo que solo aparecía cuando sentía que algo grande estaba a punto de ser revelado. Thomas Anderson la miró. Ella podía asegurar que debatía consigo mismo una importante decisión. Entonces su ceño se distendió y sus ojos se aclararon. Parecía haberse decidido. —¿Confía en mí? —preguntó en voz baja. —¿Qué clase de pregunta es esa? No me venga con esa m... Pero antes de que finalizara la frase, él ya había apartado de un golpe la mesa que los separaba, rodeaba con sus esposas el cuello de ella, y la hacía caer al suelo, deslizándose hasta un rincón de la sala de interrogatorio. Cuando el Oficial Kiley irrumpió en la habitación, Anderson se escudó con el cuerpo de ella, manteniéndola delante de él. Ella sintió una aguda punzada en su cuello, miró hacia abajo y vio lo que era. Parecía el mango de un cepillo de dientes que había sido afilado. Y estaba siendo presionado sobre su yugular. CAPÍTULO SIETE Keri estaba totalmente estupefacta. Un momento antes, Anderson había estado llorando al pensar en su hija desaparecida. Ahora tenía colocada una afilada pieza de plástico sobre su garganta. Su primer impulso fue hacer un movimiento para zafarse. Pero sabía que no funcionaría. No había manera de que ella pudiera hacer algo antes de que él le enterrara la punta de plástico en la vena. Además, había algo que no estaba bien. Anderson nunca había dado señales de albergar malas intenciones con respecto a ella. De hecho parecía que simpatizaba con ella. Parecía querer ayudarla. Y si realmente tenía cáncer, esto era un ejercicio inútil. Él mismo dijo que pronto estaría muerto. ¿Es esta la forma de evitar la agonía, su versión de suicidio haciéndose matar por la policía? —¡Arrójalo, Anderson! —gritó el Oficial Kiley, con su arma apuntando en dirección a ellos. —Baja tu pistola, Kiley —dijo Anderson con una sorprendente calma—. Vas a dispararle por accidente a la rehén y tu carrera habrá terminado antes de empezar. Sigue el procedimiento. Alerta a tu superior. Trae hasta acá a un negociador. No debería tomar mucho tiempo. El departamento siempre tiene uno de guardia. Alguien probablemente estará en esta habitación en diez minutos. Kiley se quedó allí parado, sin saber qué hacer. Sus ojos miraban alternativamente a Anderson y Keri. Sus manos estaban temblando. —Él tiene razón, Oficial —dijo Keri, tratando de ponerse a la par del tono tranquilizador de Anderson—. Solo siga el procedimiento estándar y esto se resolverá. El prisionero no va a ir a ningún lado. Salga y asegúrese de que la puerta quede cerrada. Haga sus llamadas. Yo estoy bien. El Sr. Anderson no va a lastimarme. A todas luces quiere negociar. Así que necesita traer a alguien que tenga autorización para hacerlo, ¿okey? Kiley asintió, pero sus pies permanecieron anclados en el mismo lugar. —Oficial Kiley —dijo Keri, esta vez de manera más firme— salga y llame a su supervisor. ¡Ahora mismo! Eso pareció hacer reaccionar a Kiley. Retrocedió hasta salir de la habitación, cerró la puerta y le echó llave, para luego tomar el teléfono de la pared, sin quitarles la vista de encima. —No tenemos mucho tiempo —susurró Anderson en el oído de Keri al tiempo que dejaba parcialmente de presionar con el plástico su piel—. Siento esto pero es la única manera de que pudiéramos hablar con toda confianza. —¿Realmente? —susurró a su vez Keri, entre furiosa y aliviada. —Cave tiene gente en todas partes, aquí adentro y allá afuera. Después de esto, estoy acabado eso es seguro. No pasaré de esta noche. Puede que no pase de esta hora. Pero estoy más preocupado por usted. Si él cree que usted sabe todo lo que sé, podría hacer que la eliminaran, sin importar las consecuencias. —¿Y qué es lo que sabe? —preguntó Keri. —Le dije que Cave cometió un error. Vino a verme y dijo que estaba preocupado a causa de usted. Había hecho unas comprobaciones y descubrió que uno de sus hombres había secuestrado a su hija. Como usted lo averiguó, fue Brian Wickwire, el Coleccionista. Cave no lo ordenó ni sabía acerca de eso. Wickwire operaba con frecuencia por su cuenta y Cave con frecuencia ayudaba a facilitar el traslado de las niñas después del hecho. Eso fue lo que hizo con Evie y nunca se paró a pensar en ello. —¿Así que él no la había señalado? —preguntó Keri. Ella lo había sospechado pero quería estar segura. —No. Ella era una niña rubia muy linda por la que Wickwire creyó que podía conseguir un buen precio. Pero luego que usted comenzó a rescatar chicas y a generar encabezados, Cave revisó sus registros y vio que estaba conectado con su secuestro a través de Wickwire. Le preocupaba que eventualmente usted llegara hasta él y me pidió que le ayudara a meter a Evie en algún lugar donde quedara bien oculta, manteniéndolo a él fuera de eso. Él no quería saber. —¿Estaba cubriendo su rastro incluso antes de que yo sospechara que él estaba involucrado? —preguntó Keri, maravillada ante la previsión de Cave. —Es un hombre brillante —convino Anderson—, pero en lo que no cayó en cuenta es que le estaba pidiendo ayuda precisamente a la persona equivocada. No podía haberlo sabido. Después de todo, yo soy el que lo corrompió en primer lugar. ¿Por qué iba a sospechar de mí? Pero yo me había decidido a ayudarla. Por supuesto, lo hice de tal manera que, así lo pensaba, me mantendría protegido. Justo entonces Kiley abrió la puerta con un crujido. —El negociador viene en camino —dijo, con voz trémula—. Estará aquí en cinco minutos. Solo mantén la calma. No hagas ninguna locura, Anderson. —¡No hagas que yo haga alguna locura! —le gritó en respuesta Anderson, presionando de nuevo con el cepillo de dientes sobre el cuello de Keri, y pinchándola sin querer. Kiley cerró rápidamente la puerta. —Ay —dijo ella—, creo que me ha sacado sangre. —Lo siento —dijo, sonando sorprendentemente manso—. Es difícil maniobrar despatarrado así en el piso. —Solo deje de presionar un poco, ¿okey? —Lo intentaré. Falta mucho que decir, ¿sabe? En todo caso, hablé con Wickwire y le dije que llevara a Evie a una ubicación en algún lugar de Los Ángeles donde sería bien cuidada, en caso de que la necesitáramos más adelante. Quise asegurarme de que ella no dejara la ciudad. Y no quería que pasara… por más cosas como aquellas por las que había tenido que pasar. Keri no respondió, pero ambos sabían que no había nada que él pudiera hacer con respecto a los años anteriores y los horrores que su hija debió de haber sufrido en ese tiempo. Anderson continuó rápidamente, a todas luces no quería detenerse en ese pensamiento más de lo que ella lo había hecho. —No supe lo que hizo con ella, pero resultó que la puso con el viejo que usted descubrió finalmente. —Si se había decidido a ayudarme, ¿por qué simplemente no averiguó su paradero y la fue a buscar usted mismo? —Por dos razones —dijo Anderson—. Primero, Wickwire no iba a darme la ubicación a mí. Era una información preciada y él la tenía muy bien guardada. Segundo, y no estoy orgulloso de esto, sabía que quedaría arrestado si venía hasta usted con su hija. —Pero usted se hizo arrestar unos pocos meses después por secuestros de niños —protestó Keri. —Hice eso después, cuando me di cuenta que tenía que tomar una acción drástica. Sabía que usted eventualmente investigaría a los secuestradores y traficantes de niños y llegaría hasta mí. Y sabía que podría ponerla en el camino correcto sin que Cave sospechara de mí. En cuanto a procurar que me arrestaran, eso es cierto. Pero recuerde que yo mismo me defendí en la corte. Y si verifica atentamente el registro de la corte, descubrirá que tanto el fiscal como el juez cometieron varios errores, errores en los que yo los hice incurrir, que casi con seguridad llevarían a que mi condena fuese anulada. Solo estaba aguardando el momento correcto para apelar mi caso. Por supuesto que es algo lejano ahora. Keri levantó la vista y vio una conmoción a través de la ventanilla de la habitación. Podía ver a varios oficiales que pasaban, al menos uno de ellos llevaba un arma larga. Era un francotirador. —No quiero sonar fría, pero necesitamos finiquitar esto —dijo—. No sería de sorprender que alguien allá afuera fuese un gatillo alegre o que Cave haya ordenado a uno de los suyos que le liquide a usted como precaución. —Tiene mucha razón, Detective —convino Anderson—. Aquí estoy yo parloteando en torno a mi conversión moral cuando todo lo que usted quiere saber es cómo recuperar a su hija. ¿Estoy en lo correcto? —Lo está. Así que dígame. ¿Cómo la recupero? —La verdad es que no lo sé. No sé dónde está. No creo que Cave sepa dónde está. Podría saber la ubicación del evento Vista de mañana por la noche, pero no es probable que asista. Así que es inútil hacer que lo sigan. —¿Así que me está diciendo que no hay esperanza de recuperarla? —exigió saber Keri, incrédula. ¿He pasado por todo esto para esa respuesta? —Probablemente no, Detective —admitió él—. Pero quizás pueda hacer que él se la regrese. —¿Qué quiere decir? —Jackson Cave la consideraba una molestia, un obstáculo para su negocio. Pero eso cambió el año pasado. Se ha obsesionado con usted. Él no solo cree que usted va a destruir su negocio. Él piensa que usted quiere destruirlo personalmente. Y como él ha retorcido la realidad para hacer de sí mismo el hombre bueno, piensa que usted es el malo. —¿Él piensa que yo soy el malo? —repitió Keri, incrédula. —Sí. Recuerde, él manipula su código moral como le parece mejor para poder seguir funcionando. Si creyera que está haciendo cosas malvadas, no podría vivir consigo mismo. Pero ha encontrado maneras de justificar incluso los actos más execrables. Una vez me dijo que las chicas que están en estas redes de esclavitud sexual estarían pasando hambre en las calles si no fuera por él. —Se ha vuelto loco —dijo Keri. —Él está haciendo lo que puede para mirarse en el espejo todas las mañanas, Detective. Y en estos días, parte de eso significa creer que usted lleva a cabo una cacería de brujas. Él la ve como el enemigo. Él la ve como su némesis. Y eso lo hace muy peligroso. Porque no estoy seguro de qué tan lejos irá para detenerla. —Entonces, ¿cómo puedo hacer que un hombre como ese me devuelva a Evie? —Si fuese con él y lo convenciera de que usted no va tras él, que todo lo que quiere es a su hija, quizás él transigiría. Si pudiera convencerlo de que una vez que tenga a su hija a salvo en sus brazos usted se olvidará de él para siempre, que incluso pudiera abandonar la fuerza, él podría quedar convencido de bajar la guardia. Ahora mismo él cree que usted quiere su destrucción. Pero si se le lleva a creer que usted no lo quiere a él, que usted solo la quiere a ella, quizás haya una oportunidad. —¿Cree que eso funcionaría? —preguntó Keri, incapaz de ocultar el escepticismo que había en su voz— ¿Solo decir devuélvame a mi hija y le dejaré para siempre en paz y que él accede? —No sé si funcionará. Pero sé que no le quedan opciones. Y nada pierde con intentarlo. Keri empezó a considerar la idea en su mente cuanto alguien tocó a la puerta. —El negociador está aquí —gritó Kiley—. Viene por el pasillo ahora mismo. —¡Espera un minuto! —gritó Anderson—. Dile que se quede allí. Yo le diré cuándo puede entrar. —Se lo diré —dijo Kiley, aunque su voz indicaba que estaba desesperado por ser relevado tan pronto fuese posible. —Una última cosa —susurró Anderson en su oído, incluso más quedo que antes, si ello fuese posible—. Tiene un topo en su unidad. —¿Qué? ¿En la División Los Ángeles Oeste? —preguntó Keri, asombrada. —En su Unidad de Personas Desaparecidas. No sé quién es. Pero alguien le está pasando información al otro bando. Así que cuide su espalda. Más que de costumbre, quiero decir. A nueva voz se escuchó al otro lado de la puerta. —Sr. Anderson, soy Cal Brubaker. El negociador. ¿Puedo entrar? —Un segundo, Cal —exclamó Anderson. Entonces se inclinó más para acercarse a Keri—. Tengo la sensación de que esta es la última vez que hablemos, Keri. Quiero que sepa que creo que usted es una persona en verdad impresionante. Espero que encuentre a Evie. Realmente lo espero. Entra, Cal. Cuando la puerta se abrió, él apuntó de nuevo el cepillo hacia su cuello pero sin tocar la piel en realidad. Un hombre barrigón, de camino a los cincuenta, con una mata de pelo grisáceo y delgadas gafas con una montura de aros de metal, que Keri sospechaba era solo cosa de imagen, entró con calma en la habitación. Llevaba blue jeans y una camisa arrugada, a cuadros, tablero de damas y todo. Bordeaba lo risible, como la versión "acostumbrada” de un inofensivo negociador de rehenes. Anderson la miró y ella pudo ver que pensaba lo mismo. Parecía estar luchando con la ganas de poner los ojos en blanco. —Hola, Sr. Anderson. ¿Puede decirme qué es lo que le está molestando esta noche? —dijo en tono inofensivo y ensayado. —La verdad, Cal —replicó Anderson con suavidad— mientras te esperábamos, la Detective Locke me dijo cosas de mucho sentido. Me di cuenta que me estaba dejando abrumar un poco por mi situación y reaccioné... pobremente. Creo que estoy listo para rendirme y aceptar las consecuencias de mis decisiones. —Okey —dijo Cal, sorprendido—. Bueno, esta es la negociación menos sufrida de mi vida. Ya que está haciendo las cosas tan fáciles para mí, tengo que preguntar: ¿está seguro de que no quiere nada? —Quizás unas pocas cosas sin importancia —dijo Anderson—. Pero no creo que ninguna sea un problema para ti. Me gustaría que me aseguren que la Detective Locke será llevada directo a la enfermería. Accidentalmente la pinché con la punta del cepillo de dientes y no sé qué tan limpio esté. Ella debería ser atendida de inmediato. Y apreciaría que el Oficial Kiley, el caballero que me trajo hasta acá, sea el que me espose y me lleve adondequiera que sea enviado. Tengo la sensación de que algunos de esos otros sujetos podrían ser más bruscos de lo necesario. Y quizás, una vez deje caer el objeto puntiagudo, podría pedirle al francotirador que baje el arma. Me está poniendo un poco nervioso. ¿Las peticiones son razonables? —Todo es razonable, Sr. Anderson —convino Cal—. Haré lo más que pueda para satisfacerlas. ¿Por qué no comienza a poner en marcha las cosas dejando caer el cepillo de dientes y dejando ir a la detective? Anderson se inclinó de tal manera que solo Keri pudiera escucharlo. —Buena suerte —susurró de forma casi inaudible, antes de dejar caer el cepillo de dientes y levantar sus brazos en alto para que ella pudiera deslizarse por debajo de sus esposas. Ella se arrastró para alejarse de él y lentamente se puso de pie con la ayuda de la mesa volcada. Cal alargó su mano para ofrecerle ayuda pero ella no la tomó. Una vez quedó de pie y recuperó el equilibrio se volvió para encararse con Thomas "El Fantasma” Anderson por lo que estaba segura sería la última vez. —Gracias por no matarme —musitó, tratando de sonar sarcástica. —Seguro —dijo, sonriendo dulcemente. Mientras caminaba hacia la puerta de la sala de interrogatorios, esta se abrió por completo y cinco hombres con todo el equipamiento SWAT irrumpieron y pasaron pitando por su lado. Ella no miró hacia atrás para ver lo que hacían mientras se abalanzaba fuera de la habitación y salía al pasillo. Al parecer Cal Brubaker había cumplido al menos parte de su palabra. El francotirador, recostado de la pared opuesta, con el arma a su lado, estaba en posición de descanso. Pero el Oficial Kiley no estaba a la vista por ningún lado. Mientras caminaba por el pasillo, escoltada por una oficial que dijo que la estaba llevando a la enfermería, Keri estuvo segura de haber escuchado el sonido de unos proyectiles al chocar con huesos humanos. Y aunque no escuchó ningún grito en consecuencia, oyó un gruñido, seguido por un gemido profundo e incesante. CAPÍTULO OCHO Keri se apresuró a regresar a su auto, esperando abandonar la estructura del estacionamiento antes de que alguien notara que se había ido. Su corazón latía al ritmo de sus zapatos, que resonaban con fuerza y rapidez en el concreto. Su ida a la enfermería había sido un regalo de Anderson. Él sabía que después de una situación de rehenes, de seguro ella tendría que encarar horas de interrogatorio, horas que ella no tenía para malgastar. Al pedir que a ella se le permitiera ir a la enfermería, le estaba asegurando una ventana de tiempo en la que habría poca supervisión y así, posiblemente sería capaz de irse sin ser acorralada por un hatajo de detectives de la División Centro. Eso es exactamente lo que ella había hecho. Luego que una enfermera hubo limpiado un pequeño pinchazo en su cuello y puesto una gasa, Keri había simulado un breve ataque de pánico atribuido a una crisis post-rehén y había solicitado usar el baño. Ya que ella no era una reclusa, fue fácil escabullirse después de eso. Caminó hacia el ascensor junto con el personal de mantenimiento que salía a las 9 p.m. El Oficial de Seguridad Beamon debe de haber estado disfrutando de un receso porque había otro hombre ocupando la recepción y este no la miró más de una vez. Una vez fuera del edificio, comenzó a cruzar la calle en dirección al estacionamiento, esperando todavía que algún detective saliera corriendo detrás de ella exigiendo saber por qué había estado interrogando a un prisionero estando suspendida. Pero no escuchó nada. De hecho, estaba en la sola compañía de sus latidos y sus pisadas, luego que los empleados de mantenimiento se dirigieron, bajando la calle, a la parada de autobús y la estación del metro. Aparentemente ninguno vino conduciendo al trabajo. Solo fue cuando llegó al segundo piso de la escalera que escuchó el sonido de unos zapatos más abajo. Eran sonoros y pesados y parecían venir de la nada. Los habría notado si hubieran estado caminando desde antes. No podían haber cruzado la calle. Casi era como si alguien hubiera estado esperando su llegada para comenzar a moverse. Se dirigió a su auto, como a medio camino de la hilera de la izquierda. Las pisadas la siguieron y ahora se hizo obvio que no era un par de zapatos sino dos, y que ambos claramente pertenecían a unos hombres. Sus pasos eran lentos y pesados y podía escuchar a uno de ellos resollar ligeramente. Era posible que estos hombres fuesen detectives, pero lo dudaba. Lo más probable es que ya se hubiesen identificado si quisieran hacerle alguna pregunta. Y si fueran policías con malas intenciones, no estarían aproximándose a ella en el estacionamiento de Twin Towers. Había cámaras por todas partes. Si estuvieran en la nómina de Cave y se propusieran hacerle daño, habrían aguardado hasta que ella hubiese salido del edificio público. Keri deslizó su mano automáticamente hasta la funda de su pistola antes de recordar que había dejado su arma personal en la cajuela. Había querido evadir preguntas sobre seguridad, y por ello había decidido que llevar su arma personal a la cárcel de la ciudad no la ayudaría a alcanzar ese objetivo. Por la misma razón, su pistola de tobillo se encontraba en el mismo lugar. Estaba desarmada. Sintiendo que su pulso se aceleraba, Keri se ordenó a si misma guardar la calma, y no acelerar el paso para dejarle saber a estos sujetos que ya estaba al tanto de ellos. Ellos tenían que saber. Pero mantener el disimulo podría darle tiempo. Igual pasaba con voltear a mirar sobre su hombro; se rehusó a hacerlo. Eso era ponerlos a correr tras ella. En su lugar, miraba con naturalidad las ventanillas de algunos de los utilitarios más brillantes, con la esperanza de tener una idea de con quiénes se las veía. Al cabo de unos cuantos autos, fue capaz de detallarlos. Dos sujetos, ambos de traje: una grande, el otro enorme con una panza que sobresalía por encima de su cinturón. Era difícil calcular la edad, pero el más grande se veía más viejo también. Él era el que resollaba. Ninguno llevaba armas, pero el gordo tenía lo que parecía un Taser, y el más joven apretaba en su mano una especie de porra. Aparentemente alguien la quería viva. Tratando de parecer desenfadada, sacó las llaves de su cartera, deslizando hacia afuera los extremos agudos por entre los nudillos mientras pulsaba el botón para abrir su auto, ahora a solo siete metros de distancia. Los dos hombres todavía estaban a tres metros de ella, pero no había forma de que llegara al auto, abriera la puerta, se subiera, cerrara la puerta, y la asegurara antes de que la atraparan, incluso para su tamaño. Se maldijo en silencio por no haber estacionado en reversa. El bip que hizo su auto pareció sorprender al gordo y lo hizo tambalearse un poco. Luego de eso, Keri supo que pretender que no los notaba a estas alturas parecería más sospechoso que voltear, así que se detuvo abruptamente y se giró rápidamente, tomándolos por sorpresa. —¿Cómo les va, amigos? —preguntó dulcemente, como si toparse con dos tipos descomunales justo detrás de ella fuera lo más natural del mundo. Ambos dieron un par de pasos antes de extrañamente detenerse a metro y medio de ella. El más joven pareció estar confundido. El más viejo comenzó a abrir la boca para hablar. Los sentidos de Keri hormigueaban. Por alguna razón, notó que el hombre había dejado una porción de pelo en el lado izquierdo de su cuello la última vez que se había afeitado. Casi sin pensarlo, pulsó el botón de alarma de su auto. Ambos hombres miraron sin querer en esa dirección. Ahí fue cuando ella se movió. Se abalanzó con rapidez, abanicando su puño derecho, el que tenía las llaves sobresalientes, hacia el lado izquierdo de la cara de él. Todo comenzó a moverse en cámara lenta. Él la vio demasiado tarde y para cuando comenzó a levantar su brazo izquierdo para tratar de bloquear el puñetazo, ella ya había hecho contacto. Keri supo que había sido un golpe directo porque al menos una de las llaves se hundió bastante antes de encontrar resistencia. El grito salió casi de inmediato mientras la sangre salía a borbotones de su ojo. Ella no se paró a admirar su obra. En lugar de ello, usó el impulso hacia adelante para abalanzarse, pegando su hombro derecho con la rodilla izquierda de él, aunque ya estaba desplomándose en el suelo. Escuchó un desagradable pop y supo que los ligamentos de la rodilla se habían desgarrado violentamente al caer al suelo. Sacó ese sonido de su cerebro mientras intentaba rodar con suavidad hacia atrás para poderse poner de pie. Desafortunadamente, lanzarse contra una persona así de corpulenta había estremecido su cuerpo de pies a cabeza, volviendo a agravar el dolor de las lesiones que había sufrido solo unos días antes. Su pecho se sentía como si lo hubiesen impactado con una sartén. Estaba casi segura de que al abalanzarse se había golpeado su rodilla lesionada con el concreto del suelo del estacionamiento, y la colisión además había dejado su hombro derecho palpitando de dolor. Más problemático que todo lo demás era que aplastar al hombre había ralentizado lo suficiente sus movimientos como para que el más joven, que estaba en mejor forma, recuperara el sentido. Cuando Keri terminó de rodar y trató de recuperar el equilibrio, ya él estaba moviéndose hacia ella, llameando en sus ojos una mezcla de furia y temor, mientras comenzaba a abanicar hacia abajo la porra que cargaba en su mano derecha. Se dio cuenta que no iba a ser capaz de evitarla por completo y giró su cuerpo de tal manera que el golpe aterrizara en el lado izquierdo en lugar de su cabeza. Sintió el brutal mazazo en las costillas en el lado izquierdo de su torso justo por debajo del hombro, seguido por un agudo dolor que se irradió desde el punto de impacto. El cuerpo se quedó sin aire al caer de rodillas delante de él. Sus ojos se llenaron de lágrimas, inmediatamente después de recibir el golpe, pero aun así logró captar algo terrible justo delante de ella. Los pies del hombre más joven habían comenzado a ponerse de puntillas, y sus talones ya se despegaban del suelo. A Keri le tomó menos de una fracción de segundo entender lo que eso significaba. Él se estaba alzando, levantando la porra por encima de su cabeza, para aplicar un golpe de lleno sobre ella y así noquearla. Ella vio el pie izquierdo comenzar a moverse hacia adelante, y comprendió que estaba iniciando el movimiento hacia abajo. Ignorando todo —su incapacidad para respirar, el dolor que rebotaba entre su pecho, su hombro, sus costillas y su rodilla, su visión borrosa— se abalanzó hacia él. Sabía que las rodillas no le proporcionaban mucho impulso, pero esperaba que este fuera suficiente para impedir un golpe directo en su coronilla. Al hacerlo, lanzó su mano derecha, la que todavía sostenía las llaves, en dirección a la entrepierna del sujeto, esperando hacer cualquier clase de contacto. Todo sucedió al mismo tiempo. Ella sintió que la porra golpeó la parte superior de su espalda al tiempo que escuchó el gruñido. El golpe que le clavaron le dolió, pero solo por un segundo, al darse cuenta de que el hombre había aflojado la porra casi inmediatamente después de hacer contacto. Escuchó que golpeaba el concreto y rodaba a lo lejos, mientras ella caía al suelo. Al levantar la vista, vio que el hombre se doblaba, con ambas manos atenazando la zona de su ingle. Maldecía a voz en cuello sin hacer pausa. Al menos por el momento, parecía ajeno a ella. Keri miró al gordo, que estaba a unos metros de distancia, todavía rodando por el suelo, gritando en su agonía, con ambas manos cubriéndose el ojo izquierdo, aparentemente inconsciente de lo que pasaba con su rodilla, que había quedado doblada de una manera extraña. Keri aspiró una buena bocanada de aire por un momento que pareció eterno, y se forzó a sí misma a entrar en acción. Levántate y muévete. Esta es tu oportunidad. Puede que sea la única. Ignorando el dolor que sentía por todas partes, se levantó del duro suelo y entre cojeando y corriendo se dirigió hasta su auto. El más joven apartó la vista de su entrepierna e hizo el intento de extender el brazo para agarrarla. Pero ella se apartó bien de él y se abalanzó hacia su auto: subió, cerró, encendió y arrancó sin siquiera mirar por el retrovisor. Parte de ella esperaba que el joven estuviera allá atrás y ella escuchara un golpe sordo al impactar sobre él. Pisó el acelerador, pasó volando la esquina del segundo piso, y bajó al primero. Al acercarse a la caseta de salida, le sorprendió ver al hombre más joven bajar por las escaleras y arrastrarse en dirección al auto de ella. Pudo ver el horror en la cara del empleado de la caseta, que estaba mirando alternativamente al hombre encorvado que se arrastraba en dirección a él, y los neumáticos chirriantes que iban a toda velocidad hacia el mismo punto. Casi se sintió mal por él. Pero ello no impidió que pasara acelerando por la salida, golpeando el portón de madera, y haciendo volar pedazos del mismo en medio de la noche. * Pasó la noche en casa de Ray. Por un lado, no parecía aconsejable que regresara a la suya. No sabía quién había venido tras ella. Pero si estaban dispuestos a atacarla en un estacionamiento repleto de cámaras y cercano a la cárcel, su apartamento no lucía como una gran fortaleza. Además, para cómo se sentía, Keri no estaba en condiciones de enfrentar esa noche a otros atacantes. Ray había preparado un baño para ella. Lo había llamado estando en camino para que supiera lo esencial, y él, misericordioso, no la acribilló a preguntas mientras trataba de recuperarse. Mientras ella descansaba en el agua, dejando que su tibieza aliviara los huesos adoloridos, él se sentó en una silla junto a la bañera, intentando con paciencia que de cuando en cuando sorbiera unas cucharadas de sopa. Más tarde, luego de secarse y ponerse un pijama de él, se sintió mejor como para hacer un análisis. Se sentaron en el sofá de la sala de recibo, iluminada tan solo con media docena de velas. Ninguno de ellos comentó el hecho de que las armas de ambos descansaban sobre la mesita cercana. —Luce tan descarado —dijo Ray, refiriéndose a la gravedad del ataque en el estacionamiento— y como desesperado. —Estoy de acuerdo —dijo Keri—. Asumiendo que fuesen esbirros de Cave, ello me hace pensar que realmente le preocupaba que Anderson lo haya contado todo en esa sala de interrogatorios. Pero lo que no entiendo es, si estaba dispuesto a ir tan lejos, ¿por qué simplemente no hizo que esos dos sujetos me dispararan por la espalda y terminaran con esto? ¿Para qué lo del Taser y la porra? —Quizás quería averiguar qué sabías, y ver quién más lo sabe, antes de deshacerse de ti. O quizás no fue Cave en lo absoluto. Mencionaste que Anderson te dijo que hay un topo en la unidad, ¿correcto? Quizás alguien más no quiere que esa información se descubra. —Supongo que es posible —admitió Keri, aunque esa parte la dijo con la voz tan baja que casi no podía escucharse—. Pero es difícil imaginar que eso suceda en un recinto lleno de cámaras, donde cualquiera puede ser captado. Para ser honesta, todavía tengo problemas para procesar esa parte de la información. —Sí, yo también —convino Ray—. Entonces, ¿qué hacemos a partir de ahora, Keri? Yo me quedé un par de horas más en esa sala de conferencias junto con Mags, pero no averiguamos nada nuevo. No sé cómo continuar. —Creo que voy a seguir el consejo de Anderson —replicó. —¿Qué, hablas de ver a Cave? —preguntó, incrédulo—. Mañana es sábado. ¿Simplemente vas a aparecerte en la puerta principal de su casa? —No creo tener otra opción. —¿Qué te hace pensar que eso vaya a aportar algo bueno? —preguntó. —Nada me lo hace pensar. Pero Anderson está en lo correcto. A menos que algo reviente pronto, no quedan opciones, Ray. ¡Evie va a ser asesinada frente a una cámara de circuito cerrado en veinticuatro horas! Si hablar con Jackson Cave —para suplicarle por la vida de mi hija— tiene alguna posibilidad de que resulte, entonces voy a intentarlo. Ray asintió, tomó la mano de ella en la suya, pasando sus enormes brazos alrededor de sus hombros. Lo hizo con delicadeza, pero ella no pudo evitar gemir de dolor. —Lo siento —musitó—. Por supuesto que haremos lo que sea necesario. Pero voy contigo. —Ray, no albergo muchas esperanzas de que esto funcione. Pero definitivamente él no dirá nada si tú estás parado junto a mí. Tengo que hacer esto sola. —Pero él podría haber intentado matarte esta noche. —Probablemente solo me habría mutilado —dijo sonriendo débilmente, tratando de enfriar las cosas—. Además, él no lo hará si me presento en su casa. Él no me va a estar esperando. Y sería demasiado riesgoso. ¿Qué clase de coartada tendría si algo me sucede mientras estoy en su casa? Quizás se engaña a sí mismo, pero no es estúpido. —Bien —aceptó Ray—. No iré contigo a la casa. Pero puedes estar segura de que estaré cerca. —Qué buen novio —dijo Keri, acurrucándose junto a él, a pesar de la molestia causada por ese movimiento—. Apuesto a que tienes una patrulla dando vueltas por el vecindario para asegurarte de que tu mujercita duerma segura esta noche. —¿Por qué no dos? —dijo— No dejaré que nada te suceda. —Mi caballero de brillante armadura —dijo Keri, bostezando a pesar suyo—. Todavía puedo recordar los días cuando era profesora de criminología en Loyola Marymount, y tú venías y le hablabas a mis estudiantes. —Tiempos menos complicados —dijo Ray en voz baja. —Y también recuerdo los días oscuros luego que se llevaron a Evie, cuando comencé a beber escocés en lugar de agua, cuando Stephen se divorció de mí porque me acostaba con todo lo que se moviera, y la universidad me despidió por corromper a uno de mis estudiantes. —No tenemos que repasar toda la cinta de recuerdos, Keri. —Solo digo, ¿quién fue el que me sacó de ese pozo de autocompasión, me sacudió el polvo, e hizo que me inscribiera en la academia de policía? —Sería yo —musitó Ray suavemente. —Correcto —coincidió Keri con un murmullo—. ¿Ves? Caballero en brillante armadura. Ella descansó su cabeza sobre su pecho, permitiéndose relajarse al ritmo de la respiración al inhalar y exhalar. Mientras sus párpados se hacían más pesados y se iba quedando dormida, un último pensamiento cruzó por su cabeza: Ray en verdad había ordenado que dos patrullas circularan por el vecindario. Más temprano, había mirado por la ventana mientras se estaba cambiando y había contado al menos cuatro unidades. Y esas fueron las que ella pudo ver. Esperaba que fuera suficiente. CAPÍTULO NUEVE Keri agarró con fuerza el volante, tratando de que las pronunciadas curvas del camino de la montaña no la pusieran más nerviosa de lo que ya estaba. Eran las 7:45 a.m., poco más de dieciséis horas antes de que su hija fuese supuestamente a ser sacrificada delante de docenas de acaudalados pedófilos. Conducía a través de las sinuosas colinas de Malibú en una fría, pero despejada y soleada mañana de sábado, en el mes de enero, hasta la casa de Jackson Cave. Esperaba convencerlo de que le regresara a su hija sana y salva. Si no lo lograba, este sería el último día de la vida de Evie Locke. Keri y Ray se habían levantado temprano, justo después de las 6 a.m. Ella no había tenido mucha hambre, pero Ray había insistido en que se obligara a comer unos huevos revueltos y tostadas junto a dos tazas de café. A las siete ya habían salido del apartamento. Afuera, Ray habló brevemente con uno de los oficiales de patrulla, quien dijo que ninguna de las unidades había reportado ninguna actividad sospechosa durante la noche. Se los agradeció y los despidió. Entonces él y Keri se subieron a sus autos y condujeron por separado hasta Malibú. A esa hora de un sábado por la mañana, las habitualmente abarrotadas rutas de Los Ángeles estaban prácticamente vacías. En veinte minutos, estaban en la Pacific Coast Highway, recibiendo los restos del amanecer en las Montañas Santa Mónica. Para cuando Keri, con los nudillos en blanco, ascendía por Tuna Canyon Road hasta arriba, en las colinas de Malibú, el esplendor de la mañana había dado paso a la cruda realidad de lo que tenía que hacer. Su GPS indicaba que estaba cerca de la casa de Cave, así que se detuvo. Ray, que estaba detrás de ella, se adelantó hasta ponerse junto a ella. —Creo que está justo después de la próxima curva —dijo a través de la ventanilla abierta del auto—. ¿Por qué no te adelantas y te colocas un poco más allá? Él es la clase de tipo que tendrá cámaras de seguridad por todas partes, así que no querríamos llegar hasta allá conduciendo juntos. —Okey —convino Ray—. El servicio de telefonía celular es realmente intermitente acá arriba, así que una vez termines simplemente te seguiré bajando la colina, y luego intercambiamos información en esa cafetería que pasamos junto a la salida de Pacific. ¿Te suena bien? —Suena como un plan. Deséame suerte, pareja. —Buena suerte, Keri —dijo sinceramente—. Realmente espero que esto funcione. Ella asintió, no siendo capaz de pensar en ese momento en una respuesta significativa. Ray le regaló una pequeña sonrisa y siguió para adelantarse. Keri esperó otro minuto, luego oprimió el acelerador y remontó la última curva antes de la casa de Cave. Cuando la tuvo a la vista, le sorprendió descubrir que se veía modesta en comparación con otras casas de la zona, al menos en esa calle. El lugar tenía una apariencia de bungalow, casi como una versión elaborada de algo que uno podría encontrar en un resort de los mares del Sur. Entonces, comprendió que esta no era siquiera la residencia principal de Cave en Los Ángeles. Él tenía una mansión en Hollywood Hills, localizada —de manera mucho más conveniente— cerca de su oficina, que estaba en una torre del centro. Pero era bien sabido que a él le gustaba pasar los fines de semana en su "retiro" de Malibú y ella había verificado para asegurarse de que allí era donde estaría esa mañana. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». 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