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Si Ella Supiera Blake Pierce Un Misterio Kate Wise #1 Una obra maestra de misterio y suspenso. Blake Pierce hizo un magnífico trabajo desarrollando personajes con un mundo psicológico tan bien descrito que es como un acceso directo al interior de sus mentes, para seguirlos en sus temores y aplaudirlos en sus triunfos. Lleno de giros, este libro le mantendrá despierto hasta la última página. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (re Once Gone) SI ELLA SUPIERA (Un Misterio Kate Wise) es el libro #1 en una nueva serie de suspenso psicológico del exitoso autor Blake Pierce, cuyo bestseller #1 Una vez ido (Libro #1) (descarga gratis) ha recibido más de 1000 reseñas de cinco estrellas. Kate Wise – recién jubilada agente del FBI, de 55 años de edad, y sin hijos en casa – es sacada de su tranquila vida suburbana cuando una amiga implora por su ayuda; una amiga cuya hija recién casada ha sido asesinada por alguien que ha irrumpido en el hogar. Kate pensaba que había dejado atrás una carrera de 30 años en el FBI, siendo la mejor agente, respetada por su brillante inteligencia, implacables habilidades de campo y un raro talento para atrapar a asesinos en serie. Pero Kate, aburrida con la tranquilidad de la ciudad, y en una encrucijada de su vida, es llamada ahora por una amiga a la que no se puede negar. Al ir tras el asesino, Kate pronto se encuentra al frente de una cacería humana, en tanto más cuerpos aparecen – todas madres suburbanas con matrimonios perfectos –, y se vuelve evidente que un asesino en serie asedia a esta tranquila comunidad. Saca a la luz secretos de la comunidad de los que hubiese preferido no enterarse, descubriendo que no todo es lo que parece en esta imagen de calles y vecinos modelo. Aventuras y engaños proliferan, y Kate debe separar el grano de la paja en las habladurías de la comunidad si pretende impedir que el asesino ataque de nuevo. Solo que este asesino va un paso adelante, y podría resultar que sea Kate la que al final se vea en peligro. Una historia de suspenso y acción que acelera el corazón, SI ELLA SUPIERA es el libro #1 en una nueva y trepidante serie que te pondrá a leer hasta bien entrada la noche. ¡El libro #2 en la serie de misterio KATE WISE pronto estará disponible! si ella supiera (un misterio kate wise —libro 1) b l a k e p i e r c e Blake Pierce Blake Pierce es autor de la exitosa serie de misterio RILEY PAGE, que abarca doce libros (hasta la fecha). Blake Pierce es también el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, compuesta por ocho libros; de la serie de misterio AVERY BLACK, con seis libros; de la serie de misterio KERI LOCKE, compuesta por cinco libros; de la serie de misterio LOS INICIOS DE RILEY PAIGE, con dos libros (hasta la fecha); y de la serie de misterio KATE WISE, compuesta por dos libros (y contando). Ávido lector y fan de toda la vida de los géneros del misterio y del suspenso, a Blake le encantaría saber de ti, así que siéntete libre de visitar www.blakepierceauthor.com para saber más y estar en contacto. Copyright © 2018 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright Elena Belskaya, usada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS DE BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO KATE WISE SI SUPIERA (Libro #1) SI VIERA (Libro #2) SERIE LOS INICIOS DE RILEY PAIGE OBSERVANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) SERIE DE MISTERIO RILEY PAIGE UNA VEZ IDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ SEDUCIDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ ASIGNADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ FRÍO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE TOME (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE HAGA PRESA (Libro #9) SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK MOTIVO PARA MATAR (Libro #1) MOTIVO PARA CORRER (Libro #2) MOTIVO PARA ESCONDER (Libro #3) MOTIVO PARA TEMER (Libro #4) MOTIVO PARA SALVAR (Libro #5) MOTIVO PARA SENTIR TERROR (Libro #6) SERIE DE MISTERIO KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#ub8d9e132-77d3-529c-b79f-cdf87277e556) CAPÍTULO UNO (#uaf022116-83c8-5ffb-9300-89a0df36aca5) CAPÍTULO DOS (#ufdea20bc-55c3-50c8-a91c-98cdc14fba07) CAPÍTULO TRES (#u925ceafc-f8e8-5cac-b662-e2ea3099cb13) CAPÍTULO CUATRO (#u220b983d-74da-574b-9823-800b66e5bb54) CAPÍTULO CINCO (#u9d7678b4-8c91-5ee0-bcb4-8bb649963a75) CAPÍTULO SEIS (#ufbfbf5b9-6909-5697-8dc8-ac55062054e2) CAPÍTULO SIETE (#u6627a4a3-1b10-5b71-9329-fd5cb38022e3) CAPÍTULO OCHO (#u25a399ef-d1e6-5576-9a98-7b549682fcbd) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo) PRÓLOGO No vio a nadie observándolo mientras se deslizaba de noche por la silenciosa calle suburbana. Era la una de la madrugada de una noche a mitad de semana, y era la clase de vecindario donde las personas se iban a la cama a una hora decente, y bebían unos cuantos vasos de vino mientras contemplabanThe Bachelor. Era la clase de lugar que despreciaba. Pagaban religiosamente sus cuotas de la asociación de propietarios, echaban los excrementos de sus mascotas en pequeñas bolsas plásticas para no ofender a sus vecinos, y lo más seguro es que sus hijos no practicarían deporte en las modestas ligas de la escuela secundaria sino en las ligas privadas del condado. La ostra donde habitaban era su mundo. Se sentían seguros. Sin duda, le echaban el cerrojo a sus puertas y activaban sus alarmas, pero en última instancia, se sentían seguros. Eso estaba a punto de cambiar. Caminó por un césped en particular. Lo más probable es que ella estuviese en casa ahora. Su marido estaba en Dallas en viaje de negocios. Sabía cuál de las ventanas era la de su dormitorio. Y también sabía que la alarma en la parte trasera de la casa fallaba cada vez que llovía. Cambió de dirección y le tranquilizó sentir el cuchillo, metido a la altura de la parte baja de la espalda, entre el elástico de sus bóxers y sus jeans. Se mantuvo pegado al costado de la casa, mientras abría la botella de agua que traía. Cuando llegó a la parte trasera de la casa, se detuvo. Una luz verde brillaba en la pequeña caja del sistema de seguridad. Sabía que si intentaba dañarla, la alarma se activaría. Sabía que si intentaba abrir o empujar la puerta, la alarma se activaría. Pero también sabía que se dañaba con la lluvia. Era algo que tenía que ver con la humedad, aunque se suponía que este tipo de sistema era cien por ciento a prueba de agua. Con ello en mente, levantó la botella de agua y la vertió. Observó cómo titilaba la pequeña luz verde a medida que se volvía más tenue. Con una sonrisa, caminó por un pequeño sendero del patio trasero. Subió las escalinatas del porche trasero. Usar el cuchillo para forzar la puerta mosquitera fue fácil; hizo muy poco ruido en medio del silencio de la noche. Cruzó en dirección a la silla de mimbre que estaba en el rincón, levantó el cojín, y encontró la llave debajo del mismo. La tomó con su mano enguantada, fue hasta la puerta trasera, deslizó la llave en la cerradura, la abrió, y pasó adentro. Una pequeña lámpara estaba encendida en el estrecho corredor que se extendía desde la cocina. Recorrió este pasillo hasta llegar a la escalera, y por ella comenzó a subir. La ansiedad se agitaba en sus entrañas. Se estaba excitando —no de una manera sexual, sino de la manera que solía excitarse cuando se subía a una montaña rusa, la emoción de la anticipación a medida que ascendía, traqueteando por los rieles de la colina más alta. Apretó la empuñadura del cuchillo, que todavía tenía en la mano luego de haber abierto la puerta mosquitera. En la parte alta de las escaleras se tomó un instante para apreciar la emoción del momento. Aspiró en medio de la pulcritud de un hogar suburbano de clase alta y eso le hizo sentirse un poco mal. Era demasiado familiar, demasiado privado. Lo odiaba. Empuñando el cuchillo, caminó hasta el dormitorio que se hallaba al final del corredor. Allí estaba ella, acostada en la cama. Estaba durmiendo de costado, con sus rodillas ligeramente flexionadas. Tenía puesta una camiseta y unos shorts deportivos, lo que no era de sorprender considerando que su marido no estaba. Caminó hasta la cama y por un momento la contempló mientras dormía. Le maravillaba la naturaleza de la vida. Lo frágil que era. Levantó entonces el cuchillo y lo hizo descender casi con naturalidad, como si simplemente estuviera pintando o dándole un manotazo a una mosca. Ella gritó, pero solo por un instante —antes de que él hiciera descender el cuchillo otra vez. Y otra vez. CAPÍTULO UNO De las muchas lecciones de vida que su primer año completo de jubilación le había enseñado a Kate Wise, la más importante era esta: sin un plan sólido, el retiro podía volverse aburrido con mucha rapidez. Ella había escuchado historias de mujeres que se habían retirado y abocado a otros intereses. Algunas habían abierto pequeñas tiendas en línea Etsy. Otras habían incursionado en la pintura y el crochet. Algunas más habían intentado escribir una novela. Kate pensaba que todas estas eran agradables maneras de pasar el tiempo, pero ninguna le llamaba la atención. Para alguien que había pasado más de treinta años de su vida con una pistola en su costado, hallar maneras de estar felizmente ocupada era difícil. Tejer no iba a reemplazar la emoción de la persecución a pie de un asesino. La jardinería no iba generar la adrenalina necesaria para irrumpir en una residencia, sin saber qué habría al otro lado de la puerta. Como nada de lo que intentaba ni siquiera se acercaba a rozar el disfrute sentido como agente del FBI, dejó de buscar al cabo de un par de meses. La única cosa que se acercaba eran sus idas al polígono de tiro, dos veces por semana. Hubiera ido más a menudo, si no temiera que los miembros más jóvenes del polígono pudieran comenzar a pensar que ella no era más que una agente retirada, que estaba tratando de revivir un instante del tiempo en que había sido grandiosa. Era un temor razonable. Después de todo, suponía que eso era exactamente lo que estaba haciendo. Era martes, justo pasadas las dos de la tarde, cuando esta realidad la impactó como una bala entre sus ojos. Acababa de regresar del polígono y guardado de nuevo su pistola M1911 en la mesita de noche cuando su corazón se confesó sin previo aviso. Treintiún años. Había pasado treintiún años con los federales. Había formado parte de más de cien redadas y en veintiséis ocasiones había trabajado como parte de una unidad especial para casos de alto perfil. Había llegado a ser conocida por su velocidad, su rápido y con frecuencia agudo intelecto, y su proverbial actitud de no importarle lo que pensaran los demás. También había llegado a ser conocida por su apariencia, algo que incluso ahora, a la edad de cincuenta y cinco, todavía la molestaba. Cuando se convirtió en agente a la edad de veintitrés, no pasó mucho tiempo antes de que le pusieran apodos como Piernas y Barbie —nombres que por estos días harían que los hombres fueran despedidos, pero que entonces, siendo ella más joven, era tristemente un lugar común para las agentes femeninas. Kate había roto narices en la oficina a hombres que agarraron su trasero. También había empujado a otro, en un ascensor en movimiento, luego que le hubo susurrado algo obsceno en su oído estando detrás de ella. Aunque los apodos se quedaron con ella hasta bien entrados los cuarenta, no fue así con los avances y las miradas insinuantes. Una vez se corrió la voz, sus compañeros masculinos fueron aprendiendo a respetarla y a mirar más allá de su cuerpo —un cuerpo que, bien lo sabía con cierto grado de callado orgullo, siempre había estado bien mantenido, y muchos hombres lo habrían calificado con un diez. Pero ahora, a los cincuenta y cinco, andaba extrañando incluso los apodos. No había pensado que el retiro sería así de duro. El polígono de tiro estaba bien, pero era solo un espectro sibilante de lo que había sido su pasado. Había intentado sepultar su nostalgia del pasado con la lectura. Había decidido que serían lecturas sobre armas, conque había leído innumerables libros acerca de la historia de las armas, su fabricación, la preferencia de los generales por ciertos modelos, cosas así. Por eso usaba ahora una M1911, debido a su rica historia en relación con las guerras en las que habían participado los Estados Unidos, siendo empleado uno de sus primeros modelos en conflictos tan lejanos en el tiempo como la Primera Guerra Mundial. Intentó leer ficción, pero no logró engancharse —aunque disfrutó con muchos libros relacionados con el cibercrimen. Aunque había releído los libros que adoró en su juventud, no pudo hallar nada interesante en las vidas de los personajes ficticios. Y como ella no quería convertirse en la triste y recién jubilada señora que pasaba todo su tiempo en la librería local, había ordenado en Amazon todos los libros que había leído en el último año. Tenia más de cien en el sótano, metidos en cajas. Suponía que algún día construiría una biblioteca y convertiría el espacio en un estudio. No parecía que tuviera nada más que hacer. Estremecida por la idea de que había pasado el último año de su vida sin hacer gran cosa, Kate Wise se sentó con calma en su cama. Permaneció allí durante varios minutos sin moverse. Miró hacia el escritorio que estaba en la habitación y vio el álbum de fotos. Había solo una foto familiar allí. En ella, su fallecido esposo, Michael, rodeaba con sus brazos a la hija de ambos, mientras Kate sonreía a su lado. Era una fotografía en la playa que no era muy buena pero siempre consolaba su corazón. Las otras fotos de esos álbumes, sin embargo, eran del trabajo: imágenes detrás de bastidores, fotos de fiestas de cumpleaños de gente de la oficina, de ella en su juventud dando brazadas en la piscina, en el polígono de tiro, corriendo en la pista, y así sucesivamente. Habia vivido el último año de su vida de la misma forma que el deportista que nunca dejó su pequeño pueblo: entreteniendo de ordinario a cualquiera que simulara escuchar su relato de todas las anotaciones que había hecho en el fútbol de la escuela secundaria hacía treinta años. Ella no lo estaba haciendo mejor. Con un ligero encogimiento de hombros, Kate se levantó y fue hasta los álbumes de fotos que estaban sobre su escritorio. Lenta y casi metódicamente miró los tres. Vio fotos de ella misma más joven, cambiando a través de los años hasta que cada siguiente foto se veía que había sido tomada con un teléfono. Se vio a sí misma y a gente que había conocido, personas que habían muerto a su lado en algún caso, y comenzó a darse cuenta que aunque estos momentos habían servido para hacerla crecer, no la habían definido completamente. Los artículos que había reunido y guardado en la parte de atrás del álbum contaban mejor la historia. Ella era el centro del relato en todos ellos. AGENTE CON DOS AÑOS DE SERVICIO ATRAPA A UN ASESINO PRÓFUGO rezaba un título; AGENTE FEMENINA ÚNICA SUPERVIVIENTE EN UN TIROTEO CON SALDO DE 11 MUERTOS. Y luego el que de verdad dio inicio a la leyenda: LUEGO DE 13 VÍCTIMAS, EL ASESINO DE LA LUNA HA SIDO ABATIDO POR LA AGENTE KATE WISE. Bajo todos los estándares razonables de salud, le quedaban al menos veinte años —cuarenta si realmente se proponía mantener a raya a la muerte. Incluso si sacaba el promedio y decía que le quedaban treinta años, estirando la pata a los ochenta y cinco... treinta años era bastante. Podía hacer mucho en treinta años, eso suponía. Durante unos diez de esos años, podría incluso tener algunos años muy buenos antes de que la vejez se instalara y comenzara a minar su salud. La cuestión era, por supuesto, qué podía hacer en esos años. Y a pesar de tener la reputación de ser uno de los agentes más inteligentes que habían pasado por el Buró en la última década, ella no tenía idea de por dónde empezar. *** Aparte del polígono de tiro y sus casi obsesivos hábitos de lectura, Kate también se las había arreglado para tener el hábito semanal de reunirse con otras tres mujeres para tomar café. Las cuatro se burlaban de sí mismas, al opinar que componían el club más triste que se hubiese visto; cuatro mujeres al inicio de su retiro sin idea alguna de qué hacer con la novedad de sus días libres. Al dia siguiente de su revelación, Kate condujo hasta su café preferido. Era un sitio propiedad de una familia donde no solo el café era mejor que el brebaje con sobreprecio de Starbucks: el lugar no estaba abarrotado con milenials y mamás de futbolistas. Entró, y antes de dirigirse al mostrador para hacer su pedido, miró su mesa acostumbrada al fondo. Dos de las otras tres mujeres ya estaban allí, saludándola con la mano. Kate tomó su preparado con avellanas y se sumó a sus amigas en la mesa. Tomó asiento junto a Jane Patterson, de cincuenta y siete, que tenía siete meses de haberse retirado de ir y venir entre una y otra compañía, como especialista de propuestas para una firma gubernamental de telecomunicaciones. Frente a ella estaba Clarissa James, con poco más de un año de jubilada luego de haber trabajado medio tiempo como instructora de criminología en el Buró. El cuarto miembro de su triste y pequeño club, una mujer recientemente retirada de cincuenta y cinco años llamada Debbie Meade, no había llegado todavía. Qué extraño, pensó Kate. Deb es por lo general la primera en llegar aquí. En el instante en que tomó asiento, Jane y Clarissa parecieron ponerse tensas. Esto era más extraño aún porque no era el modo de ser de Clarissa mostrarse de otra forma que no fuera efervescente. A diferencia de Kate, Clarissa había aprendido con rapidez a amar la jubilación. Kate suponía que ayudaba el que Clarissa estuviera casada con un hombre casi diez años más joven, que participaba en competiciones de natación en su tiempo libre. —¿Qué pasa con ustedes chicas? —preguntó Kate— Saben que vengo aquí para sentirme motivada con respecto a la jubilación, ¿correcto? Ustedes dos realmente se ven tristes. Jane y Clarissa intercambiaron una mirada que Kate ya habia visto innumerables veces. Durante su época de agente, la había visto en salas de recibo, salas de interrogación, y salas de espera de hospital. Era una mirada que encerraba una simple pregunta que no era necesario pronunciar: ¿Quién va a decirle? —¿Qué pasa? —preguntó. De pronto estaba plenamente consciente de la ausencia de Deb. —Es Deb —dijo Jane, confirmando sus temores. —Bueno, no es Deb exactamente —añadió Clarissa—. Es su hija, Julie. ¿Te encontraste con ella alguna vez? —Una vez, creo —dijo Kate—. ¿Qué pasó? —Está muerta —dijo Clarissa—. Asesinada. Hasta el momento, no tienen idea de quién lo hizo. —Oh, Dios mío —dijo Kate, entristecida en verdad por su amiga. Conocía a Deb desde hacía unos quince años, desde cuando estaban en Quantico. Kate había estado trabajando como instructora asistente para una nueva camada de agentes de campo, y Deb había estado trabajando con algunos de los talentos en tecnología en alguna clase de nuevo sistema de seguridad. Ambas de inmediato hicieron buenas migas que terminaron convirtiéndose en amistad. El hecho de que Deb no le hubiese llamado ni enviado un mensaje para transmitirle la noticia antes que a nadie mostraba lo rapido que las amistades podían cambiar con los años. —¿Cuándo sucedió? —preguntó Kate. —Ayer, no sé a qué hora —dijo Jane—. Me envió un mensaje esta mañana para decirme. —¿No tienen sospechosos? —preguntó Kate. Jane se encogió de hombros. —Solo dijo que ellos no saben quién es. No hay pistas, ni indicios, nada. Kate se sintió de inmediato metida en el rol de agente. Se imaginó que sería lo mismo que sentiría un atleta entrenado después de estar alejado de la pista por demasiado tiempo. Ella podría no tener cancha o una multitud que la adorara y le recordase cómo habían sido sus días de g!oria, pero tenía una mente afinada para resolver crímenes. —No te vayas por allí —dijo Clarissa, intentando poner su mejor sonrisa. —¿Ir adónde? —No seas ahora la Agente Wise —dijo Clarissa—. Ahora mismo, tan solo sé su amiga. Puedo ver cómo dan vuelta esos engranajes en tu cabeza. Jesús, mujer. ¿No tienes una hija embarazada? ¿No vas a ser abuela? —Qué manera de patearme cuando estoy por los suelos —dijo Kate con una sonrisa. Dejó que el comentario se desvaneciera y entonces preguntó—. La hija de Deb… ¿tenía un novio? —No tengo idea —dijo Jane. Un incómodo silencio se sentó a la mesa. A lo largo del año en que el pequeño grupo de amigas recién jubiladas se había estado reuniendo, la conversación había sido mayormente superficial. Este era el primer tema serio y no encajaba con la rutina del grupo. Kate, por supuesto, estaba acostumbrada al mismo. Su tiempo en la academia le había enseñado cómo manejar estas situaciones. Pero Clarissa tenía razón. Al escuchar las noticias, Kate había asumido con facilidad su rol de agente. Sabía que debería haber pensado primero como una amiga —pensar en la pérdida de Deb y su estado emocional. Pero la agente que había en ella era demasiado fuerte, los instintos estaban todavía al alcance de la mano luego de haber estado guardados en un anaquel durante un año. —Entonces, ¿qué podemos hacer para que se sienta mejor? —preguntó Jane. —Estaba pensando en un tren de comidas —dijo Clarissa—, conozco a otras señoras que podrían unirse. Es sólo para asegurar que ella no tenga que cocinar para su familia en las próximas semanas mientras lidia con todo esto. En los siguientes diez minutos, las tres mujeres planificaron la manera más efectiva de poner en marcha un tren de comidas para la amiga alcanzada por la desgracia. Pero para Kate, la conversación se quedó en la superficie. Su mente estaba en otra parte, intentando pensar en los chismes y detalles ocultos sobre Deb y su familia, tratando de encontrar un caso donde quizás no lo había. O quizás sí, pensó Kate.Y presumo que solo hay una manera de averiguarlo. CAPÍTULO DOS Luego de su jubilación, Kate habia regresado a Richmond, Virginia. Había crecido en el pequeño pueblo de Amelia, como a cuarenta minutos de Richmond, pero había asistido a la universidad justo cerca del centro de la ciudad. Había pasado sus años de pregrado en VCU, queriendo en principio aprender de todo. Llevaba tres años allí cuando descubrió que sentía pasión por la justicia penal, a través de uno de sus cursos electivos en psicología. Había sido un camino sinuoso e irregular el que la había conducido a Quantico y a los treinta años ininterrumpidos de una ilustre carrera. Ahora mismo conducía por algunas de esas calles de Richmond, tan familiares para ella. Había estado solo una vez en la casa de Debbie Meade, pero sabía exactamente dónde estaba ubicada. Sabía donde estaba porque envidiaba la ubicación, una de esas edificaciones de aspecto antiguo en una de las calles cercanas al centro de la ciudad, con filas de árboles en lugar de postes de iluminación y edificios elevados. La calle de Deb estaba en esos momentos inundada con las hojas caídas de los olmos que bordeaban la calle. Tuvo que estacionar tres casas más allá porque la familia y los amigos habían comenzado a llenar los espacios delante de la casa de Deb. Caminó por la acera, intentando convencerse de que no era una mala idea. Sí, ella planeaba entrar a la casa solo como una amiga —a pesar de que Jane y Clarissa habían decidido dejarlo hasta bien entrada la tarde a fin de darle a Deb algo de espacio. Pero había también algo más profundo. Ella había estado buscando algo que hacer en estos meses, algo mejor y más significativo para llenar su tiempo. En ocasiones había soñado con que de alguna manera pudiera hacer un trabajo freelance para el Buró, quizás solo unas sencillas tareas de investigación. Incluso las más pequeñas alusiones a su trabajo la excitaban. Por ejemplo, debía asistir a la corte en el transcurso de la semana para testificar en una audiencia de libertad bajo palabra. No era que ansiara encarar de nuevo al criminal sino que el solo poder sumergirse otra vez en su trabajo, al menos por un rato, era algo bienvenido. Pero eso sería en el transcurso de la semana —y ahora mismo lucía como para dentro de unos siglos. Alzó la vista hacia el porche delantero de Debbie Meade. Sabía por qué realmente estaba allí. Quería encontrar respuestas para las preguntas que bullían en su mente. Eso la hacía sentirse egoísta: estaba usando la pérdida de su amiga como una excusa para mojarse de nuevo los tobillos en aguas que no había frecuentado hacía más de un año. Esta situación involucraba a una amiga, lo que lo hacía complicado. Pero la vieja agente que había en ella aspiraba a que la misma pudiera convertirse en algo más. La amiga que había en ella, sin embargo, pensaba que podría ser riesgoso. Y en conjunto, esas partes de ella se preguntaban si simplemente no se estaría dejando llevar de manera fanatica por la idea de regresar al trabajo. Quizás eso es exactamente lo que estoy haciendo, pensó Kate mientras subía los escalones de la residencia Meade. Y honestamente, no estaba muy segura de qué pensar acerca de eso. Tocó a la puerta con suavidad y de inmediato fue atendida por una mujer de edad a quien Kate no conocía. —¿Es de la familia? —preguntó la mujer. —No —contestó Kate—, solo una amiga muy cercana. La mujer la examinó por un instante antes de franquearle el paso. Kate entró y caminó por el pasillo, pasando por delante de un área de recibo repleta de caras que rodeaban a una persona sentada en una poltrona. La persona de la poltrona era Debbie Meade. Kate reconoció a Jim, el marido, en el hombre parado junto a ella que estaba conversando con otra persona. Entró con cierta torpeza en la habitación y fue directo hacia Deb. Sin darle tiempo a Deb para que se levantara de la silla, Kate se inclinó y la abrazó. —Lo siento tanto, Deb —dijo. Deb estaba sin duda agotada de tanto llorar, por lo que solo pudo asentir sobre el hombro de Kate. —Gracias por venir —musitó Deb en su oído—. ¿Podrías verme en la cocina en unos minutos? —Por supuesto. Kate se separó e inclinó la cabeza ante los pocos rostros que pudo reconocer. Sintiéndose fuera de lugar, caminó hasta el final del corredor que desembocaba en la cocina. No había nadie pero sí platos y vasos vacíos, por lo que no hacía mucho que la gente había estado allí. Había tartas en el mostrador junto a rollos de jamón y otros canapés. Kate se dispuso a limpiar un poco, acercándose al fregadero para comenzar a lavar los platos. Unos momentos después, Jim Meade entró a la cocina. —No tienes que hacer eso —dijo. Kate se volvió hacia él y vio que lucía agotado y triste a más no poder. —Lo sé —dijo—, vine a mostrar mi apoyo. Parecía que las cosas estaban bastante difíciles en la sala de recibo cuando entré, así que los apoyo a ustedes lavando los platos. Él asintió, como si no pudiera hacer otra cosa. —Una de nuestras amigas nos dijo hace unos minutos que vio entrar a una mujer. Me alegra que seas tú, Kate. Kate vio entrar a otra persona a espaldas de él, luciendo igual de exhausta y destrozada. Los ojos de Deb Meade estaban hinchados y enrojecidos de tanto llorar. Sus cabellos estaban desordenados, y cuando miró a Kate y trató de esbozar una sonrisa, esta no logró dibujarse en su cara. Kate dejó el plato que estaba lavando, secándose rápidamente sus manos con una toalla de mano que estaba junto al fregadero, y se aproximó a su amiga. Kate no era muy inclinada al contacto físico, pero sabía cuando un abrazo era necesario. Esperaba que Deb comenzara a sollozar al ser abrazada pero no hubo nada de eso, sino que solo se recargó sobre ella. Probablemente ya ha llorado bastante, pensó Kate. —Apenas lo supe esta mañana —dijo Kate—. Lo siento tanto, Deb. Por ambos —dijo, poniendo sus ojos en Jim. Jim asintió en respuesta y miró hacia el pasillo. Al ver que nadie merodeaba por allí, y que solo llegaba hasta ellos el suave murmullo de las visitas que estaban en la sala de recibo, se acercó a Kate en el instante en que Deb ponía fin al abrazo. —Kate, necesitamos preguntarte algo —dijo Jim casi susurrando. —Y por favor —dijo Deb, tomando su mano—, déjanos exponerlo todo antes de que nos critiques —Kate sintió un ligero temblor en la mano de Deb y su corazón se conmovió un poco. —Seguro —dijo Kate. Los ojos suplicantes de su amiga y todo el peso de su pena se colocó encima de su cabeza como un yunque que fuese a caer en cualquier momento. — La policía no tiene idea de quién lo hizo —dijo Deb. De repente, su agotamiento se transformó en algo que pareció más cercano a la cólera—. Basándose en algunas cosas que dijimos y algunos textos que hallaron en el teléfono de Julie, la.policía arrestó de inmediato a su ex-novio. Pero solo lo detuvieron por menos de tres horas y lo dejaron ir. Tal cual. Pero Kate… Yo sé que él lo hizo.Tiene que ser él. Kate había visto esta percepción muchas veces mientras fue agente. Los dolientes querían que se hiciese justicia de inmediato. Pasaban por encima de toda lógica y una sólida investigación con tal de que alguna especie de venganza se produjera lo más pronto posible. Y si esos resultados no se daban con rapidez, los dolientes asumían que había incompetencia de parte de la policía o del FBI. —Deb… si lo dejaron ir tan rápido, es porque debe haber habido una evidencia muy fuerte. Después de todo... ¿cuánto tiempo ha pasado desde que salieron en una cita? —Trece años. Pero él ha intentado entrar en contacto con ella durante años, incluso después de que ella se casó. Ella tuvo una vez que conseguir una orden de alejamiento. —Aun así… la policía tuvo que tener una buena coartada para dejarlo en libertad con tanta rapidez. —Bueno, si la había, ellos no me lo han dicho —dijo Deb. —Deb… escucha —dijo Kate, mientras le daba un suave apretón a la mano de su amiga—. La pérdida es demasiado reciente. Deja que pasen unos días y comenzarás a pensar de una manera racional. Lo he visto cientos de veces. Deb meneó la cabeza. —Yo estoy segura de eso, Kate. Ellos estuvieron saliendo durante tres años y nunca confié en el. Nosotros estamos casi seguros de que él le pegó al menos en dos ocasiones, pero Julie nunca se sinceró y no lo dijo. El tenía un mal carácter. Incluso él te hubiera dicho eso. —Estoy segura de que la policía está... —Esto es un favor —la interrumpió Deb—. Quiero que tú veas eso. Quiero que te involucres en el caso. —Deb, estoy retirada. Tú bien lo sabes. —Lo sé. Y también sé lo mucho que extrañas tu trabajo. Kate… el hombre que asesinó a mi hija solo recibió un pequeño susto y un rato en la sala de interrogación. Y ahora está en casa, sentado muy cómodamente, mientras yo tengo que hacer los arreglos para enterrar a mi hija. Eso no es justo, Kate. Por favor... ¿mirarás eso? Sé que no lo puedes hacer de manera oficial, pero... apreciaría cualquier cosa que pudieras hacer. Habia tanto dolor en los ojos de Deb que Kate pudo sentir cómo esa pesadumbre las envolvía. Todo en su interior le decía que se mantuviera firme —que no permitiera que ninguna falsa esperanza hiciera un nicho en la pena de Deb. Pero al mismo tiempo, Deb tenía razón. Ella había extrañado su trabajo. E incluso si lo que le estaban proponiendo era que hiciera unas sencillas llamadas al Departamento de Policía Richmond o incluso a sus ex-compañeros del Buró, eso sería algo. Sería ciertamente mejor que contemplar de manera obsesiva su pasada carrera con idas solitarias al polígono de tiro. —Esto es lo que puedo hacer —dijo Kate—. Cuando me retiré, perdí toda mi influencia. Es cierto que me llaman para pedirme una que otra opinión, pero no tengo autoridad. Encima de eso, incluso estando activa, este caso estaría fuera de mi jurisdicción. Pero haré unas llamadas a mis viejos contactos y verificaré que la evidencia que encontraron para dejarlo salir libre era fuerte. Honestamente, Deb, es lo más que puedo hacer. Deb y Jim mostraron su gratitud de inmediato. Deb la abrazó de nuevo, y esta vez sollozó. —Gracias. —No hay problema —dijo Kate—, pero en verdad no puedo prometer nada. —Lo sabemos —dijo Jim—. Pero al menos ahora sabemos que alguien competente está velando por nosotros. A Kate le incomodaba la idea de que ellos la miraran como una fuerza de infiltración que les sirviera de ayuda, y tampoco le gustaba que supusieran que la policía no tenía sus respaldos. De nuevo, sabía que todo tenía que ver con la pena que sentían, y de cómo los estaba cegando en su búsqueda de respuestas. Así que por ahora, lo dejó pasar. Pensó en lo cansada que había estado hacia el final de su carrera —no físicamente cansada sino emocionalmente agotada. Siempre había amado su trabajo, pero con cuánta frecuencia había llegado al final de un caso pensando: Hay que ver lo cansada que estoy de esta mierda... Había pasado cada vez con mayor frecuencia en los últimos años. Pero en este momento no se trataba de ella. Se estrechó con su amiga, mientras pensaba que sin importar cuánto se esforzaran las personas por dejar atrás su pasado —ya fuesen relaciones o carreras—, este de alguna manera se las arreglaba para seguirlas a paso lento, pero sin rezagarse demasiado. CAPÍTULO TRES Kate no perdió tiempo. Regresó a casa y por un instante se quedó sentada en el escritorio de su pequeño estudio. Miró por la ventana, hacia su pequeño patio. El sol entraba por el vano, dibujando un rectángulo de luz en su piso de madera. El piso, al igual que los del resto de su casa, mostraba rayones y arañazos acumulados desde la construcción de la misma en la década de los años 20. Ubicada en la zona de Carytown, en Richmond, Kate a veces se sentía fuera de lugar. Carytown era una pequeña sección en auge de la ciudad, así que sabía que muy pronto terminaría por mudarse a algún otro lado. Tenía dinero suficiente para conseguir una casa donde quisiera pero la sola idea de mudarse la agotaba. Era la clase de falta de motivación que quizás había hecho de su jubilación algo duro. Eso y el rehusarse a dejar atrás la memoria de aquellos con los que había compartido en el Buró a lo largo de esos treinta años. Cuando esos dos sentimientos chocaban, a menudo se sentía desmotivada y sin ninguna verdadera perspectiva. Pero tenía ahora la solicitud de Deb y Jim Meade. Sí, era una solicitud inadecuada pero Kate no veía nada malo en hacer al menos unas llamadas. Si no salía nada, al menos podría llamar a Deb para hacerle saber que había hecho su mejor intento. Su primera llamada fue para el Subcomisionado de la Policía Estatal de Virginia, un hombre llamado Clarence Greene. Había trabajado estrechamente con él en varios casos a lo largo de la última década de su carrera y se tenían un mutuo respeto. Esperaba que el año transcurrido no hubiese anulado esa relación. Sabiendo que Clarence nunca estaba en su despacho, optó por desestimar el teléfono fijo y lo llamó al celular. Justo cuando pensaba que la llamada no iba a ser contestada, una voz familiar la saludó. Por un momento, Kate se sintió como si no hubiera dejado el trabajo. —Agente Wise —dijo Clarence—, ¿cómo diablos le va? —Bien —dijo—, ¿y a ti? —Como siempre. Tengo que admitir, sin embargo... que pensaba que ya no iba a ver aparecer tu nombre en mi teléfono. —Sí, en cuanto a eso —dijo Kate—, odio acudir a ti con algo como esto después de más de un año de silencio, pero tengo una amiga que acaba de perder a su hija. Le di mi palabra de que me informaría sobre la investigación. —Entonces, ¿qué quieres de mí? —preguntó Clarence. —Bueno, el principal sospechoso era el ex-novio de la hija. Parece que fue arrestado y luego dejado ir al cabo de unas tres horas. Como es natural, los padres se están preguntando por qué. —Oh —dijo Clarence—, mira... Wise, realmente no puedo decírtelo. Y con todo el debido respeto, tú ya deberías saber eso. —No estoy tratando de interferir con el caso —dijo Kate—. Solo me preguntaba porqué no se le ha dado a los padres una razón concreta para dejar ir al sospechoso. Ella es una madre adolorida que busca respuestas y... —De nuevo, déjame ponerte un alto —dijo Clarence—. Como bien sabes, yo trato con mucha regularidad con madres, viudas y padres adoloridos. Solo porque tú ahora mismo me lo pidas no significa que yo puedo romper el protocolo o mirar hacia otro lado. —Habiendo trabajado conmigo de manera tan cercana, sabes que procuro solo lo mejor. —Oh, estoy seguro de que lo haces. Pero la última cosa que necesito es a una agente jubilada del FBI husmeando en torno a un caso abierto, sin importar la distancia que parezca poner. Tú tienes que comprender eso, ¿correcto? Lo molesto de eso era que ella lo comprendía. Aún así, tenía que intentarlo por última vez. —Lo consideraría un favor personal. —Seguro que sí —dijo Clarence, con una pizca de condescendencia—, pero la respuesta es no, Agente Wise. Ahora, tendrás que excusarme, estoy a punto de dirigirme a la corte para hablarle a una de esas viudas adoloridas de las que acabo de hablarte. Siento no haber podido ayudarte. Finalizó la llamada sin decir adiós, dejando a Kate contemplando en el piso de madera el cambiante rectángulo de luz solar. Meditó su próximo paso, advirtiendo que el Subcomisionado Greene acababa de revelarle que estaba a punto de salir para la corte. Suponía que el paso más inteligente sería tomar la negativa a ayudarla como una derrota. Pero su falta de disposición a ayudarla solo la hacia desear continuar indagando con mayor ahínco. Siempre me dijeron que tenia fama de testaruda como agente, pensó mientras se levantaba. Es bueno ver que algunas cosas no han cambiado. *** Media hora después, Kate aparcaba su auto en el estacionamiento adyacente a la Estación Policial del Tercer Precinto. Basándose en el lugar donde había sucedido el homicidio de Julie Meade —de casada Julie Hicks—, Kate sabía que esta sería la mejor fuente de información. El único problema era que aparte del Subcomisionado Greene, ella en realidad no conocía a nadie más dentro del departamento, mucho menos en el Tercer Precinto. Entró a la oficina con confianza. Sabía que había ciertas cosas acerca de su situación actual que un oficial observador notaría. Primero que nada, no llevaba un arma al costado. Tenía un permiso para llevar una oculta, pero considerando lo que la ocupaba en ese momento, supuso que podría causarle mas problemas que beneficios si era descubierta siendo deshonesta, incluso en cosas muy pequeñas. Y la deshonestidad era realmente algo que ella no se podía permitir. Retirada o no, su reputación estaba en juego —una reputación que había construido con esmero a lo largo de más de treinta años. Iba a tener que caminar por una línea muy fina en los próximos minutos, y eso le agradaba. No había estado así de ansiosa en todo el año que había pasado como jubilada. Se acercó a la recepción, un área brillantemente iluminada separada de la sala central por un panel de vidrio. Una mujer uniformada estaba sentada ante el escritorio, sellando un libro de novedades mientras Kate se aproximaba. Levantó la vista hacia Kate con una cara que lucía como si una sonrisa no la hubiera iluminado en varios días. —¿Que puedo hacer por usted? —preguntó la recepcionista. —Soy una agente retirada del FBI, y busco información sobre un asesinato reciente. Me gustaría conocer los nombres de los oficiales a cargo del caso. —¿Tiene una identificación? —preguntó la mujer. Kate sacó su licencia de conducir y la deslizó por la abertura de la división de vidrio. La mujer la miró por todo un segundo y la deslizó de regreso. —Voy a necesitar su identificación del Buró. —Bueno, como dije, estoy retirada. —¿Y quién la envió? Necesitaré su nombre e información de contacto y luego ellos tendrán que hacer una solicitud para poder facilitarle la información. —En realidad esperaba saltarme los requerimientos legales. —No puedo ayudarla entonces —dijo la mujer. Kate se preguntó qué tanto más podría insistir. Si iba demasiado lejos, alguien seguramente notificaría a Clarence Greene y eso podría ser malo. Se devanó los sesos, tratando de pensar en otro curso de acción. Solo se le ocurrió una cosa y era más arriesgada que lo que estaba intentando. Con un suspiro, Kate dijo secamente: —Bueno, gracias de todas formas. Se dio la vuelta y salió de la oficina. Estaba un poco avergonzada. ¿Qué diablos había estado pensando? Incluso si ella todavía tuviera su identificación del Buró, sería ilegal para el Departamento de Policía de Richmond darle alguna información sin la aprobación de un supervisor en Washington. Era más allá de la humillación caminar de regreso a su auto con una sensación tan tremenda —la sensación de ser una simple civil. Pero una civil que odia recibir un no por respuesta. Sacó su teléfono y llamó a Deb Meade. Cuando esta respondió, aún sonaba agotada y ausente. —Siento tener que molestarte, Deb —dijo—, pero, ¿tienes el nombre y la dirección del ex-novio? Resultó que Deb tenía ambos datos. CAPÍTULO CUATRO Aunque que Kate no tenía su vieja identificación del Buró, tenía todavía la última placa que le había pertenecido. Estaba colocada sobre un mantel en la chimenea como una reliquia de otra época, nada distinta de una fotografía en sepia. Al abandonar la estación del Tercer Precinto, regresó a casa y la tomó. Caviló larga y profundamente en torno a la idea de llevar su arma de costado. Miró largamente la M1911, pero la dejó donde estaba en su mesita de noche. Llevarla consigo para lo que planeaba era atraerse un problema. Decidió tomar las esposas que guardaba en una caja de zapatos debajo de su cama junto otros tesoros de su carrera. Por si acaso. Salió de la casa y se encaminó a la dirección que Deb le había dado. Era un lugar en Shockoe Bottom, a veinte minutos en auto desde su casa. No se sentía nerviosa mientras conducía pero la embargaba la excitación. Sabía que no debería estar haciendo esto, pero al mismo tiempo, le sentaba bien salir al campo de nuevo —incluso aunque fuera en secreto. En cuanto llegó a la dirección del ex-novio de Julie Hicks, un sujeto llamado Brian Neilbolt, Kate pensó en su marido. Aparecía en su mente de tiempo en tiempo, pero a veces aparecía y se quedaba durante un rato. Sucedió cuando dobló la esquina para entrar en la calle de llegada. Podía verlo meneando la cabeza. Kate, sabes que no deberías estar haciendo esto, parecía decir Sonrió levemente. En ocasiones extrañaba con locura a su marido, algo que contrastaba con el hecho de que a veces sentía que se las había arreglado para superar su muerte de una manera más bien rapida. Se sacudió las telarañas de esos recuerdos mientras estacionaba su auto frente a la dirección que Deb le había dado. Era una casa más bien bonita, dividida en dos apartamentos con porches separando las propiedades. Cuando se bajó del auto, enseguida tuvo la certeza de que alguien estaba en casa, porque podía escuchar a alguien adentro hablando en voz alta. Al subir las escalinatas del porche, sintió como si hubiera retrocedido en el tiempo, a un año antes. Se sentía de nuevo como una agente, a pesar de la falta de un arma en su cadera. Aún así, considerando que en la actualidad era una agente retirada, no tenía idea de lo que diría después de tocar la puerta. Pero no dejó que eso la detuviera. Tocó la puerta con la misma autoridad que hubiese tenido hacia un año. Al escuchar las voces que hablaban adentro, asumió que se apegaría a la verdad. Mentir en una situación de la que ya se suponía que ella no formaba parte solo empeoraria las cosas si la atrapaban. El hombre que vino a la puerta pilló a Kate algo desprevenida. Medía unos uno noventa y estaba totalmente drogado. Sus hombros por sí solos mostraban que iba al gimnasio. Con facilidad podía haber pasado por un luchador profesional. La única cosa que desmentía esa apariencia era la ira en sus ojos. —¿Sí? —preguntó— ¿Quién eres? Ella hizo entonces un movimiento que había estado extrañando mucho. Le mostró su placa. Esperaba que la vista de la misma le añadiera algo de peso a su presentación. —Mi nombre es Kate Wise. Soy una agente retirada del FBI. Espero que pueda conversar un rato conmigo. —¿Sobre qué? —preguntó con brusquedad. —¿Es usted Brian Neilbolt? —preguntó ella. —Lo soy. —¿Entonces su ex-novia era Julie Hicks, correcto? ¿Conocida antes como Julie Meade? —Mierda, ¿de nuevo con eso? Mire, los jodidos policías ya me llevaron y me interrogaron. ¿Ahora también los federales? —Duerma tranquilo, no estoy aquí para interrogarlo. Solo quería hacerle unas preguntas. —A mí me suena como un interrogatorio —dijo—. Además, dijo que estaba retirada. Lo más seguro es que eso significa que yo no tengo que hacer nada de lo que me pida. Ella simuló sentirse herida por esto, apartando la mirada de él. En realidad, sin embargo, estaba mirando por encima de sus enormes hombros hacia el espacio que había detrás de él. Vio un maletín y dos morrales recostados de la pared. Vio una hoja de papel sobre el maletín. El logo la identificaba como la impresión de un recibo de Orbitz. Aparentemente, Brian Neilbolt dejaba la ciudad por un tiempo. No era el mejor escenario cuando tu ex-novia ha sido asesinada, y tú has sido arrestado y luego inmediatamente soltado por la policía. —¿Adónde se dirige? —preguntó Kate. —No es de su incumbencia. —¿A quién le hablaba por teléfono dando voces antes de que yo tocara? —De nuevo, no es de su incumbencia. Ahora, si me perdona... Se dispuso a cerrar la puerta, pero Kate insistió. Dio un paso adelante y plantó su zapato entre la puerta y el dintel. —Sr. Neilbolt, solo le estoy pidiendo cinco minutos de su tiempo. Una oleada de furia pasó por sus ojos pero luego pareció aplacarse. Bajó la cabeza por un momento, y ella pensó que se veía triste. Era similar a la mirada que había visto en las caras de los Meades. —Dijo que es una agente retirada, ¿correcto? —preguntó Neilbolt. —Eso es correcto —confirmó ella. —Retirada —dijo—. Entonces lárguese de mi porche. Ella permaneció incólume, para que quedara claro que no tenía intención de ir a ninguna parte. —Dije, ¡larguese de mi porche! Él meneó la cabeza y extendió el brazo para empujarla. Ella sintió la fuerza de sus manos cuando chocaron contra su hombro y actuó lo más rápido que pudo. Al punto, se sorprendió con la rapidez de sus reflejos y su memoria muscular. Mientras se tambaleaba hacia atrás, rodeó con ambos brazos el brazo derecho de Neilbolt. Al mismo tiempo, puso una rodilla en el suelo para frenar la caída hacia atrás. Entonces hizo lo mejor que pudo para hacerlo caer, pero su corpulencia era difícil de dominar. Cuando se dio cuenta de lo que ella estaba tratando de hacer, él lanzó un codazo a sus costillas. El pecho de Kate se quedó sin aire, pero al lanzar el codazo, él perdió ventaja. Esta vez cuando intentó hacerlo caer, funcionó. Y como lo hizo con todo lo que tenía, funcionó demasiado bien. Neilbolt se fue de bruces por el porche. Al aterrizar, golpeó los dos escalones inferiores. Gritó de dolor e intentó volver a ponerse de pie de inmediato. La miró consternado, intentando determinar qué había sucedido. Impulsado por la rabia y la sorpresa, subió renqueando los escalones en dirección a ella, claramente mareado. Ella hizo una finta con la rodilla derecha dirigida a su cara cuando ya alcanzaba el escalón más alto. Ya él se disponía a esquivarla, cuando ella lo alcanzó en un costado de su cabeza y de nuevo se puso de rodillas. Golpeó con fuerza la cabeza de él con el porche mientras sus brazos y sus piernas se agitaban buscando apoyo en los escalones. Ella sacó las esposas del interior de su chaqueta y las colocó con una rapidez y una facilidad que solo treinta años de experiencia podían brindar. Se separó de Brian Neilbolt y lo miró. No luchaba con las esposas; se veía más bien aturdido, de hecho. Kate buscó su teléfono con la intención de llamar a los policías y se dio cuenta de que su mano estaba temblando. Estaba excitada, llena de adrenalina. Se dio cuenta de que había una sonrisa en su rostro. Dios, yo extrañaba esto. Las rodillas, sin embargo, le dolían en verdad —mucho más sin duda de lo que hubieran dolido hacía cinco o seis años. ¿Acaso por entonces le habían dolido de esa manera las articulaciones de sus rodillas tras una escaramuza? Se concedió a si misma un momento para recordarse en lo que había hecho, y entonces se las arregló para finalmente hacer una llamada a los policías. Entretanto, Brian Neilbolt seguía mareado a sus pies, preguntándose quizás cómo una mujer veinte años al menos mayor qué el se las había arreglado para tumbarlo por completo. CAPÍTULO CINCO Honestamente, Kate había esperado hasta cierto punto un tiro salido por la culata por lo que había hecho, pero nada que se pareciera a lo que experimentó cuando llegó a la Estación del Tercer Precinto. Ella sabía que algo venía cuando vio las miradas de los policías que pasaban en medio de los trajines de la oficina. Algunas de las miradas eran de asombro en tanto que otras eran de burla. Kate las dejó resbalar por su espalda. Estaba todavía demasiado irritada con la confrontación en el porche de Neilbolt como para que eso le importara. Tras esperar varios minutos en el lobby, un oficial de aspecto nervioso se acercó a ella. —Es usted la Sra. Wise, ¿correcto? —preguntó. —Así es. Un destello indicando que la reconocía brilló en sus ojos. Era una mirada de la que otrora había sido objeto todo el tiempo, cuando los oficiales o agentes que solo habían oido hablar de su historial se encontraban con ella por primera vez. Extrañaba esa mirada. —Al Jefe Budd le gustaría hablar con usted. Francamente estaba bastante sorprendida. Había tenido la esperanza de poder hablar con alguien más en la línea del Subcomisionado Greene. Aunque por teléfono pudiera haber sido un tipo estricto, ella sabía que podía convencerlo con mayor facilidad en una reunión cara a cara. El Jefe Randall Budd, sin embargo, era un hombre totalmente racional. Vagamente recordaba las circunstancias en las que anteriormente había hecho contacto, lo cierto es que Budd le había dejado la.impresión de ser alguien determinado y estrictamente profesional. Aun así, Kate no quería para nada parecer intimidada o preocupada. De modo que se levantó y siguió al oficial para salir del área de espera, de regreso al recinto principal. Pasaron junto a varios escritorios donde fue objeto de miradas indescifrables antes de que el oficial la condujera por el corredor. A mitad del mismo ingresaron a la oficina de Randall Budd. La puerta estaba abierta, como si él la hubiera estado esperando por algún tiempo. El oficial no tuvo que decir nada; una vez que la hizo pasar por la entrada, se dio la vuelta y se marchó. Kate miró hacia el interior de la oficina y vio al Jefe Budd haciéndole señas de que entrara. —Vamos, entra —dijo—. No voy a mentirte. No estoy feliz contigo, pero no muerdo. Cierra la puerta, ¿quieres? Kate pasó adentro e hizo lo que le pidieron. Tomó entonces una de las tres sillas que se hallaban en el lado opuesto del escritorio de Budd. El escritorio estaba ocupado más bien con efectos personales que con objetos relacionados con el trabajo: fotografías de su familia, un pelota de béisbol autografiada, una taza de café personalizada, y un casquillo que a modo de recuerdo sentimental estaba colocado sobre una placa. —Déjame comenzar diciendo que estoy muy al tanto de tu historial —dijo Budd—. Más de cien arrestos en tu carrera. En el tope de tu clase en la academia. Medallas de oro y de plata en ocho torneos consecutivos de kickboxing en adición al entrenamiento estándar del Buró, donde también pateaste traseros. Tu nombre se dio a conocer mientras estabas al frente de las cosas y la mayoría de la gente aquí en el Departamento de Policía del Estado de Virginia te tiene un tremendo respeto. —¿Pero? —dijo Kate. No lo dijo por intentar parecer graciosa. Simplemente le estaba dejando saber que ella estaba más que dispuesta a recibir una reprimenda… aunque honestamente no creía que la mereciera totalmente. —Pero a pesar de todo eso, no tienes derecho a andar por allí asaltando a las personas solo porque crees que pudieran haber estado involucradas en la muerte de la hija de una de tus amigas. —No lo visité con la intención de asaltarlo —dijo Kate—. Lo visité para hacerle unas preguntas. Cuando quiso ponerme la mano encima, simplemente me defendí. —Él le dijo a mis hombres que tú lo tiraste por los escalones del porche y golpeaste su cabeza contra el piso. —No me pueden culpar por ser más fuerte que él, ¿o sí? —preguntó. Budd la miró atentamente, escrutándola. —No puedo asegurar si estás tratando de ser graciosa, si estás tomándote esto a la ligera, o si esta es tu actitud cotidiana. —Jefe, comprendo su posición y cómo una jubilada de cincuenta y cinco, que golpea a alguien a quien sus hombres habían interrogado brevemente, podría causarle un dolor de cabeza. Pero por favor, comprenda... Yo solo visité a Brian Neilbolt porque mi amiga me lo pidió. Y honestamente, cuando supe algo más acerca de él, pensé que no podía ser una mala idea. —¿Asi que simplemente asumiste que mis hombres no hicieron un trabajo adecuado? —preguntó Budd. —No dije tal cosa. Budd puso sus ojos en blanco y suspiró. —Mira, no estoy tratando de armar una discusión sobre eso. Honestamente, nada me encantaría más que dejes mi oficina en unos minutos y que una vez que terminemos de hablar de este asunto, ahi quede. Necesito que comprendas, sin embargo, que cruzaste una línea y que si resulta que sales de nuevo con algo parecido, es posible que tenga que ponerte bajo arresto. Había varias cosas que Kate quería decir en respuesta. Pero supuso que si Budd estaba dispuesto a hacer a un lado toda discusión, también ella podía. Ella sabía que estaba en su mano descargar el mazo sobre ella si así lo quisiera, así que decidió ser lo más civil que podía. —Comprendo —replicó. Budd pareció por un instante pensar en algo antes de entrecruzar sus manos sobre el escritorio como si estuviera tratando de centrarse. —Y como ya sabes, estamos seguros de que Brian Neilbolt no asesinó a Julie Hicks. Tenemos imágenes de él captadas por cámaras de seguridad fuera de un bar, la noche en que fue asesinada. Entró como a las diez y no salió hasta después de medianoche. Luego de eso tenemos el hilo de un mensaje de texto entre él y una aventura del momento que se extendió entre la una y las tres de la madrugada. Lo hemos verificado. Él no es el hombre. —Él había hecho maletas —observó Kate—, como si tuviera prisa por dejar la ciudad. —En el hilo de la conversación por mensajería, él y su aventura discutieron acerca de visitar Atlantic City. Se suponía que se irían esta tarde. —Ya veo —asintió Kate. No se sentía avergonzada per se, pero comenzó a lamentar haber actuado tan agresivamente en el porche de Neilbolt. —Hay una cosa más —dijo Budd—, y de nuevo, tienes que ver las cosas desde mi posición sobre esto. No me quedó otra opción que llamar a tus ex-supervisores en el FBI. Es el protocolo. Seguro que tú sabes eso. Ella lo sabía pero honestamente no había pensado en eso. Una leve pero molesta irritación comenzó a manifestarse en sus entrañas. —Lo sé —dijo. —Hablé con el Subdirector Durán. Él no estaba feliz, y quiere hablar contigo. Kate puso sus ojos en blanco y asintió. —Bien. Le llamaré y le haré saber que sigo tus instrucciones. —No, no comprendes —dijo Budd—, ellos quieren verte. En Washington. Y con eso, la irritación que estaba sintiendo rápidamente se transformó en algo que no había sentido hacía tiempo: una legítima preocupación. CAPÍTULO SEIS Tras su reunión con el Jefe Budd, Kate hizo las llamadas correspondientes para hacerle saber a sus antiguos supervisores que había recibido su convocatoria. No se le facilitó ninguna información por teléfono y en realidad no habló con nadie importante. Así que no le quedó sino dejar unos mensajes más bien bruscos con dos desafortunadas recepcionistas —un ejercicio que la ayudó a drenar parte de su estrés. Salió de Richmond a la mañana siguiente a las ocho en punto. Curiosamente estaba más excitada que nerviosa. Se imaginó que era como si un graduado universitario volviera a visitar su campus al cabo de un breve tiempo lejos de allí. Había extrañado muchísimo el Buró durante el año que había pasado y anhelaba estar de regreso en ese ambiente… incluso si era para ser reprendida. Se distrajo escuchando un oscuro podcast sobre películas —una sugerencia de su hija. A los cinco minutos, los comentaristas pasaron a un segundo plano y en su lugar Kate reflexionaba sobre los últimos años de su vida. En buena medida, ella no era una sentimental pero por alguna razón que nunca había comprendido, tendía a ponerse nostálgica y meditabunda siempre que pisaba la carretera. Asi que en lugar de concentrarse en el podcast, pensó en su hija —su hija embarazada, que daría a luz en unas cinco semanas. El bebé era una niña, llamada Michelle. El padre de la bebé era un buen hombre pero, a ojos de Kate, nunca había sido suficientemente bueno para Melissa Wise. Melissa, llamada Lissa por Kate desde que había empezado a gatear, vivía en Chesterfield, técnicamente dentro de Richmond pero considerada aparte por quienes vivian allí. Kate nunca se lo había dicho a Melissa, pero por eso era que había regresado a Richmond. No había sido sólo por sus lazos con la ciudad nacidos de su paso por la universidad, sino porque allí era donde estaba su familia —donde su primer nieto viviría. Un nieto, pensaba a menudo Kate. ¿Cuándo creció Melissa? Diablos, hablando de eso, ¿cuándo envejeci yo? Y cuando pensaba en Melissa, y en Michelle que estaba por nacer, Kate por lo general dirigia sus pensamientos a su fallecido esposo. Había sido asesinado hacía seis años, con un disparo dirigido a la parte trasera de la cabeza, mientras paseaba a su perro por la noche. Se llevaron su billetera y su teléfono y a ella la llamaron para que identificara el cuerpo menos de dos horas después de que salió de la casa con el perro. La herida estaba todavía fresca la mayor parte del tiempo, pero ella la escondía bien. Cuando se retiró del Buró, lo hizo ocho meses antes de la edad oficial de retiro. En realidad, había sido incapaz de ponerle todo el tiempo, la atención y la concentración a su trabajo, luego de finalmente haber esparcido las cenizas de Michael en un campo de béisbol abandonado, cerca de su hogar en Falls Church. Quizás era por eso que había pasado el último año tan deprimida por haber dejado el trabajo. Lo había dejado meses antes de la fecha que legalmente le correspondía. ¿Que podrían haberle ofrecido esos meses? ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer con su carrera? Siempre se había interrogado con respecto a estas cosas, pero nunca había caído en la lamentacion. Michael al menos había merecido toda su atención durante unos meses. En realidad él merecía mucho más, pero ella sabía que incluso en el más allá, no había manera de que él hubiera esperado que ella abandonara su trabajo por tanto tiempo. Él habría sabido que a ella le habría tomado algún trabajo llorarlo apropiadamente —y ese trabajo había significado literalmente trabajar en el Buró en tanto se lo permitió su estado emocional después de la muerte de él. Le aliviaba descubrir mientras se acercaba a Washington que no se sentía como si estuviera traicionando a Michael. Personalmente creía que la muerte no era el final; ella no sabía si eso significaba que el Cielo era real o que la reencarnación fuera posible; la verdad sea dicha para ella estaba bien no saberlo. Pero sabía que dondequiera que Michael pudiera estar, estaría feliz de verla dirigiéndose de regreso a Washington —incluso si solo era para ser severamente reprendida. Sea como fuere, lo más probable es que se estaría riendo a costa de ella. Esto hizo que Kate sonriera a pesar suyo. Detuvo el podcast y se concentró en el camino, en sus propios pensamientos, y en cómo, incluso si ella había metido la pata, la vida, en cierto modo, acababa pareciendo cíclica en su naturaleza. *** No se sintió emocionada cuando cruzó la puerta principal e ingresó al gran vestíbulo del cuartel general del FBI. En todo caso, estaba agudamente consciente de que ya no pertenecía a ese lugar —como si fuera una mujer que volvía a visitar su antigua escuela secundaria y descubría que los salones ahora la hacian sentirse triste y nostálgica. La sensación de familiaridad ayudaba, sin embargo. A pesar de sentirse fuera de lugar, también sentía como si en realidad, después de todo, no hubiera estado lejos por todo ese tiempo. Atravesó el vestíbulo, se registró al frente, y se dirigió a los ascensores como si hubiera estado allí la semana pasada. Incluso el espacio confinado del elevador se sentía confortable al pensar que la trasladaba a la oficina del Subdirector Durán. Al poner un pie fuera del ascensor e ingresar al área de espera de Durán, vio sentada ante el mismo escritorio a la misma recepcionista de hacía poco más de un año. Nunca en realidad se habían tratado por su nombre de pila, pero la recepcionista se levantó de su silla y corrió a darle un abrazo. —¡Kate! ¡Qué bueno volver a verte! Afortunadamente, el nombre de la recepcionista vino a su mente en el momento justo. —Lo mismo digo, Dana —dijo Kate. —Nunca pensé que te viniera bien el retiro —bromeó Dana. —Sí, ha sido una especie de gran bostezo. —Bueno, pasa adelante y entra —dijo Dana—, él te está esperando. Kate tocó la puerta cerrada de la oficina. Encontró que, incluso la especie de gruñido que recibió en respuesta desde el otro lado, la hizo sentir cómoda. —Está abierto —dijo la voz del Subdirector Vince Durán. Kate abrió la puerta y pasó adelante. Se había preparado a fondo para ver a Durán y estaba lista para ello. Lo que no había esperado, sin embargo, era ver el rostro de su viejo compañero. Logan Nash le sonrió de inmediato, levantándose de una de las sillas que se hallaban frente al escritorio de Durán. Durán pareció mirar a un lado para darle espacio al reencuentro. Kate y Logan Nash se fundieron en un abrazo de amigos junto a las sillas para visitantes. Ella había trabajado con Logan en los últimos ocho años de su carrera. Él era diez años menor que ella pero había ido armando con buen pie una distinguida carrera luego que ella se marchó. —Qué bueno verte, Kate —dijo suavemente en su oído mientras se abrazaban. —Eso digo yo de ti —replicó ella. Su corazón quedó henchido, y casi burlándose de sí misma, se dio cuenta que sin importar cuánto se esforzara por disfrazarlo, ella realmente había extrañado esta parte de su vida a lo largo del último año. Al separarse, tomaron asiento, con cierto embarazo, enfrente de Durán. Durante su tiempo juntos como compañeros, muchas veces se habían sentado en esos mismos lugares. Pero nunca había sido por asuntos de disciplina. Vince Durán respiró profundamente y suspiró. Kate no podía decir qué tan contrariado estaba. —Bueno, no sigamos dándole vueltas —dijo Durán—. Kate, sabes por qué estás aquí. Le he asegurado al Jefe Budd que manejaría la situación en una forma muy efectiva. Pareció conforme con eso y estoy bastante seguro de que todo el alboroto que armaste lanzando a un sospechoso desde su porche va a ser barrido bajo la alfombra. Lo que me gustaría saber, sin embargo, es cómo es que llegaste al porche de ese pobre hombre. Ella supo entonces que cualquier conversación desagradable que hubiese estado esperando no iba a suceder. Durán era un monstruo en términos de corpulencia, pesaba unos ciento diez kilos y la mayor parte era masa muscular. Había pasado un tiempo en Afganistán cuando tenía poco más de veinte años y aunque ella nunca se había enterado de todo lo que había hecho por allá, los rumores eran tremendos. Él había visto y hecho cosas bastante crudas que de algún modo se reflejaban en las arrugas de su rostro. Pero hoy, parecía estar de buen humor. Ella se preguntó si era porque ya no le estaba hablando como a alguien que trabajaba a sus órdenes. Casi se sentía como si se estuviera poniendo al día con una vieja amiga. Eso le facilitó a ella contarles acerca del asesinato de Julie Hicks —la hija de su buena amiga Deb Meade. Pasó a referirles lo de su visita a la casa de los Meade, su conversación con ellos y lo seguros que parecían estar en cuanto a sus sospechas. Luego recreó la escena en el porche de Neilbolt, explicando cómo había comenzado, con solo el ánimo de defenderse, aunque reconocía que había llevado las cosas un poco lejos. Varias veces escuchó reír por lo bajo a Logan. Durán, entretanto, permaneció mayormente impasible. Cuando hubo terminado, esperó su reacción, y se sintió confundida al ver que todo lo que hizo fue encogerse de hombros. —Mira... por lo que a mí concierne —dijo— esto no es relevante. Aunque tú podrías haber estado metiendo tu nariz donde no debías, este tipo no tenía porqué ponerte las manos encima —sobre todo después que le dijiste que habias sido del FBI. Eso fue estúpido de su parte. La única cosa que me haría alzar la ceja es que le hayas puesto las esposas. —Como dije... admito que se me pasó un poco la mano. —¿A ti? —preguntó Logan en tono de falsa sorpresa— ¡No! —¿Qué sabes acerca del caso? —preguntó Durán. —Solo que fue asesinada en su casa mientras su esposo estaba en viaje de negocios. El ex-novio era la única pista real y los policías lo dejaron ir de forma bastante rápida. Descubrí más tarde que su coartada era sólida, sin embargo. —¿Nada más? —preguntó Durán. —Nada aparte de lo que ya dije. Durán asintió y se las arregló para ofrecer una sonrisa cordial. —Así que aparte de lanzar a hombres bien crecidos desde sus porches, ¿cómo te está tratando la jubilación? —Ha sido como un infierno —admitió—. Fue grandioso en las primeras semanas pero pasó rápido. Extraño mi trabajo. He llegado a leer una montaña de libros sobre crímenes reales. Estoy viendo demasiados programas de crimen en el Canal de Biografía. —Te sorprendería la frecuencia con la que escuchamos eso de los agentes en los primeros seis a doce meses que siguen a su retiro. Algunos de ellos suplican que les den alguna clase de trabajo. Cualquier cosa que tengamos. Incluso papeleo o inútiles escuchas telefónicas. Kate no dijo nada para indicar que podía identificarse con eso. —Pero aún así no llamaste —dijo Durán—. Para ser honesto, esperaba que lo hicieras. No creí que pudieras simplemente retirarte con tal facilidad, y este pequeño incidente lo prueba. —Con el debido respeto —dijo Kate—, ¿me llamaste para darme una palmada en la muñeca por este asunto, o para restregarme en la cara que no puedo dejar atrás mi antiguo trabajo? —Nada de eso —dijo Durán—. Estuve revisando tus archivos ayer luego de recibir la llamada de Richmond. Advertí que te han pedido que testifiques en una audiencia de libertad bajo palabra. ¿Es eso correcto? —Asi es. Es por el caso Mueller. Doble homicidio. —¿Es la primera vez que has sido contactada por un asunto de trabajo desde que te retiraste? —No —dijo, muy segura de que él ya sabía la respuesta—, el asistente de un agente me llamó como dos meses después que me jubilé para hacerme unas preguntas acerca de un caso antiguo en el que trabajé, en el 2005. También algunos de los chicos en archivo e investigación me han contactado algunas veces con respecto a mi metodología en algunos casos antiguos. Durán asintió y se medio reclinó en su silla. —Deberías también saber que tenemos instructores en la academia usando algunos de tus primeros casos como ejemplos para sus trabajos de curso. Dejaste tu huella en el Buró, Agente Wise. Y honestamente, yo más bien estaba esperando que fueras uno de esos agentes que comienzan a llamar para ver qué podrían hacer para ayudar. —¿Me estás diciendo entonces que quieres que comience a asistir en algunos casos? —preguntó Kate. Hizo lo que pudo para que no se notara el tono esperanzado de su voz. —Bueno, no es exactamente eso. Estábamos pensando en quizás traer un agente o dos con un excepcional récord para que trabaje en casos antiguos. Nada a tiempo completo, ya sabes. Y cuando lo discutimos, tu nombre fue el único en el que todos coincidieron. Ahora, antes de que te emociones demasiado, debes saber que esto no es inmediato. Todavía queremos que te relajes. Tómate un tiempo. Tiempo deverdad. —Puedo hacer eso —dijo Kate—. Gracias. —No me agradezcas todavía —dijo Durán—. Podrían ser unos pocos meses. Y me temo que voy a tener que revocar la oferta si regresas a casa y comienzas a golpear a hombres más jóvenes en sus porches. —Creo que puedo controlarme —dijo Kate. De nuevo, Logan no pudo evitar que se le saliera una risa apenas sofocada. Durán pareció igual de divertido al ponerse de pie. —Ahora... si realmente vas a ayudar, me temo que tendremos que volver a uno de los aspectos menos espectaculares del trabajo. Presumiendo que se refería al papeleo, Kate suspiró. —¿Formularios? ¿Documentos? —Oh no, nada de eso —dijo Durán—. He convocado una reunión para echar a andar esto. Imaginé que sería la mejor manera de poner a todos los canales al corriente. —Ah, odio las reuniones. —Oh, lo sé —dijo Durán—. Lo recuerdo. Pero hey… ¿qué mejor manera hay de darte de nuevo la bienvenida? Logan rió suavemente junto a ella mientras se ponían de pie y seguían a Durán para salir de la oficina. Para Kate, todo parecía inquietantemente familiar. *** En realidad, resultó que no fue una mala reunión después de todo. Había solo otras tres personas esperando por ellos en la pequeña sala de conferencias al final del corredor. Dos de ellas eran agentes, uno masculino, el otro femenino. Hasta donde Kate podía asegurar, nunca se había encontrado con ninguno de ellos antes. La tercera persona era Dunn. Mientras Durán cerraba la puerta, uno de los agentes se puso de pie y extendió su mano. —Agente Wise, encantado de conocerla —dijo. Ella tomó su mano con vacilación y la estrechó. Al hacerlo, el agente se dio cuenta que había atraído la atención sobre sí mismo. —Lo siento —dijo por lo bajo mientras volvía rápidamente a tomar asiento. —Esta bien, Agente Rose —dijo Durán mientras ocupaba un asiento en la cabecera de la mesa—. No es usted el primer agente que se siente abrumado por la presencia de la casi legendaria Agente Kate Wise —dijo esto con una pizca de sarcasmo para luego esbozar una sonrisa en dirección a Kate. El hombre que ella pensaba que se llamaba Dunn destacaba en comparación con los otros dos —ambos sin duda agentes más jóvenes. Era una especie de supervisor; todo lo pregonaba, desde su estoica expresión hasta su traje cuidadosamente planchado. —Agente Wise —dijo Durán—, estos dos agentes son el Agente Rose y la Agente DeMarco. Han sido compañeros durante los últimos siete meses, pero solo porque yo y el Director Adjunto Dunn hemos tenido problemas en hallar un lugar para ellos. Ambos vienen con su propio conjunto de fortalezas. Y si terminas asumiendo el liderazgo de este caso en Richmond, uno de ellos probablemente será asignado para trabajar contigo. El agente Rose se veía todavía avergonzado, pero se resistió a abandonar su actitud reconcentrada. Kate no podía recordar la última vez que alguien se había visto visiblemente sacudido al conocerla. Había sido poco antes del último año de su carrera cuando alguien de Quantico había terminado trabajando con ella por un día en los laboratorios. Fue abrumador pero también un poco desconcertante. —Debería añadir —dijo el Director Adjunto Dunn—, que el Subdirector Durán y yo somos los que hemos impulsado este programa que convoca a oficiales recientemente jubilados. No sé si él ya te lo ha dicho, pero tu nombre fue el primero que salió. —Si —convino Durán—, y es innecesario decirlo, pero en verdad apreciaríamos si lo mantienes en secreto por ahora. Y por supuesto, sácala del parque. —Daré lo mejor de mí —dijo Kate. Estaba comenzando a comprender que le estaban aplicando ahora una pizca de presión. Nada que la preocupara, la verdad. Ella trabajaba mejor bajo presión. —Grandioso —dijo Durán—, por ahora, ¿quieres repasar los detalles de este caso de acuerdo a lo que sabes? Kate asintió y de inmediato asumió su antiguo rol. Era como si no se hubiese perdido un día, mucho menos un año. Mientras les informaba sobre lo que estaba pasando en Richmond y cómo se había visto involucrada, el Agente Rose y la Agente DeMarco mantenían el contacto visual con sus ojos, quizás estudiándola para ver cómo podrían trabajar junto con ella. Pero ella no dejó que eso la distrajera. Mientras repasaba los detalles del caso, sentía como si hubiera retrocedido en el tiempo. Y era muy superior al presente en el que había estado viviendo. CAPÍTULO SIETE Tres horas después, Kate y Logan estaban sentados en una mesa en el exterior, bajo un toldo, en un pequeño restaurante italiano. Logan comía un submarino de carne en tanto que Kate hacía lo propio con una ensaladilla de pasta, y disfrutaba de una copa vino blanco. Ella no bebía a menudo y casi nunca antes de las cinco de la tarde, pero esta era una ocasión especial. La sola idea de una realidad donde ella podría volver a estar activa en el Buró era motivo de celebración hasta donde le concernia. —¿Y entonces en qué clase de casos estás trabajando ahora mismo? —preguntó Kate. —En todas las cosas que te aburrirían, eso es seguro —dijo. Pero ella sabía que él le contaría; él le contaría porque amaba el trabajo tanto como ella. —Estoy tratando de atrapar a unos estafadores que han estado manipulando principalmente cajeros automáticos. También estoy trabajando en una especie de equipo con otros agentes en lo que podría ser una pequeña red de prostitución salida de Georgetown, pero es todo. —Da náuseas —dijo Kate —Te lo dije. Es aburrido. —¿Conque bastante lejos de estos casos sin resolver que Durán mencionó? ¿Qué sabes de eso en todo caso? ¿Por cuánto tiempo se ha estado cocinando ese pequeño proyecto secundario? —Hace rato, creo. Me hicieron partícipe hace dos semanas. Durán y algunos de los otros tipos de bajo perfil estaban preguntando por algunos de los casos en los que hemos trabajado, pero que nunca fueron resueltos. No estaban interesados en los métodos o cosas como esas, solo preguntaban por detalles y archivos de casos no resueltos. —¿Y no te dieron una razón? —No. Y... espera, ¿por qué suenas suspicaz? Pensé que ibas a saltar ante esta oportunidad. —Oh, planeo hacerlo. Pero me hace preguntarme si hay un caso en particular sin resolver en el que estén más interesados. Algo tuvo que haber despertado este interés repentino en casos sin resolver. Dudo seriamente que sólo Durán pudiera encontrar alguna forma de traerme de regreso. —No sé —dijo Logan—, te sorprendería. Te han extrañado por aquí. Algunos de los nuevos agentes todavía hablan de ti como si fueras alguna especie de personaje mitológico. Ella ignoró el cumplido, todavía metida en sus pensamientos. —Además, ¿por qué me llamaría para después despedirme diciéndome que quería que me tomara algo más de tiempo antes de comenzar? Me hace preguntarme si cualquiera que sea la verdadera razón detrás del mismo no pudiera ser revelada todavía. —Bueno, tú sabes —dijo Logan—. Basándome en la manera cómo le metes cabeza a todo este asunto, quizás él tenga razón. Relájate, Kate. Como él dijo... hay toneladas de agentes retirados que morirían por esta oportunidad. Así que sí, ve a casa. Relájate. No hagas nada en lo absoluto. —Tú me conoces lo suficiente para saber que así no soy yo —dijo. Tomó un sorbo de su vino, pensando que quizás él tenía razón. Quizás debería simplemente deleitarse con el gozo de regresar al trabajo... o algo así. —El retiro no cambió eso, ¿eh? —preguntó Logan. —No. Si lo hizo, fue para peor. No puedo soportar estar quieta. Detesto un cerebro inactivo. Los juegos de palabras y el tejido no van a atraerme. Quizás, muy en el fondo Durán sabía que soy demasiado joven como para que me pongan a pastar. Logan sonrió y meneó su cabeza. —Sí, pero ese pasto es bastante exuberante y verde. —Si, hay mierda de vaca por todas partes. Logan suspiró al tiempo que le daba un último mordisco a su almuerzo. —Okey —dijo—, algunos de nosotros necesitamos regresar al trabajo. —Golpe bajo —dijo ella, tomando el último sorbo de su vino. —Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó el— ¿Te diriges de regreso a casa? Honestamente ella todavía no estaba segura. Una parte de ella quería permanecer en Washington por puro gusto. Quizás podía ir de compras o acercarse a su sitio favorito en el National Mall y simplemente sentarse a reflexionar. Ciertamente era un día fabuloso para ello. Pero de nuevo, quería estar también regreso en casa. Aunque había errado por lo que concernía a Brian Neilbolt, persistía el hecho de que alguien habia asesinado a Julie Meade. Y parecía que la policía hasta ahora no tenía idea. —No estoy segura —dijo—. Puede que me quede un rato en la ciudad, pero lo más probable es que retorne a casa antes de que caiga la noche. —Si cambias de idea, llámame. Fue realmente lindo verte, Kate. Pagaron sus cuentas y dejaron la mesa tras un corto abrazo. Incluso antes de irse, la mente de Kate pareció quedarse enganchada en un pensamiento en particular, uno salido de la nada, al parecer. Julie fue asesinada en su casa, mientras su esposo estaba fuera de la ciudad. Si forzaron la entrada de alguna manera, nadie me lo mencionó. Ni la policía mientras me explicaban, ni tampoco Debbie o Jim. Si hubieran forzado la entrada lo habrían mencionado. Eso le hizo preguntarse… ¿entró el asesino en la casa porque fue invitado? ¿O sabían al menos dónde estaba oculta una llave de repuesto? Esas preguntas se quedaron instaladas allí. Una vez que le hubiese dado suficiente tiempo a su copa de vino para que se asentara, conduciría de regreso a Richmond. Le había prometido al Subdirector Durán que no golpearía a más nadie por allá. Pero ella no había dicho nada acerca de no investigar. Por supuesto, el funeral era primero. Ella daría sus condolencias y haría lo posible por estar junto a Deb mañana. Y después de eso, regresaría a su rol —quizás un poco más excitada de lo que estaba dispuesta a admitir. CAPÍTULO OCHO La tarde siguiente, Kate estaba de pie junto a otros dolientes, congregados en el cementerio, detrás de la familia Meade y sus amigos más cercanos. Estaba de pie junto al pequeño personal que había preparado los desayunos —Clarissa y Jane vestidas de negro y luciendo genuinamente apesadumbradas —y que así, muy temprano en la mañana, se las habían arreglado para mostrar su amor por Debbie. Esta parecía conducirse mejor que el día en que le pidió a Kate que indagara sobre el asesinato. Lloraba abiertamente y dejó escapar un angustioso gemido lleno de tristeza, pero aún así no estaba ausente. Jim, por su parte, se veía como un hombre roto. Un hombre que iría a casa y pensaría largo y tendido sobre como a veces, la vida no era jodidamente justa. Kate no pudo evitar pensar en su propia hija. Sabía que tendría que llamar a Melissa en cuanto concluyera el funeral. No había conocido mucho a Julie Meade, pero basándose en las conversaciones que había sostenido con Debbie, Kate supuso que tendría aproximadamente la misma edad que Melissa, poco más poco menos. Escuchó al predicador mientras leía los familiares pasajes bíblicos. Aunque sus pensamientos estaban en buena medida con Debbie, también estaba ligeramente obsesionada sobre cómo pudo haber pasado esto. Desde que había llegado de Washington, mantenía los oídos a la escucha. Había notado que tanto Jane como Clarissa no habían mencionado algo al respecto. Y eso era extraño porque Clarissa de algún modo tenía un don para saberlo todo gracias a su olfato para las habladurías. Miró a Debbie y Jim, advirtiendo que había un hombre alto parado junto a este. Era relativamente joven y gallardo gracias a su bien cuidada apariencia. Tocó ligeramente con los nudillos a Jane que estaba a su lado y le preguntó: —El hombre alto que está junto a Jim. ¿Es el marido de Julie? —Sí. Tyler es su nombre. No llevaban mucho tiempo casados. Menos de un año, creo. Kate pensó que quizás en su pequeña banda de desayunos ninguna conocía al resto muy bien después de todo. Por supuesto que lo sabían todo acerca de sus empleos anteriores, bebidas con cafeína favoritas, sueños y aspiraciones para sus días de retiro. Pero nunca habían profundizado mucho más. Había sido una suerte de mutuo silencio acordado. En raras ocasiones habían hablado de sus familias, manteniendo la conversación a un nivel superficial, para su diversión y entretenimiento. No había nada malo en ello, por supuesto, pero dejaba a Kate sabiendo muy poco acerca de la familia Meade. Todo lo que sabía era que Julie había sido su única hija... de la misma forma que Melissa era su única hija. Y aunque ella y Melissa no eran tan íntimamente cercanas como alguna vez lo habían sido, de todas formas dolía el solo pensamiento de perderla. Una vez que el servicio hubo concluido y la multitud comenzó a dispersarse en medio de una maraña de abrazos e incómodos apretones de mano, Kate y su pequeño grupo de café hicieron lo mismo. Kate, sin embargo, se quedó atrás cerca de unas personas que de alguna manera se habían ocultado para poder fumar un cigarrillo. Aunque ella no era una fumadora (pensaba que era un hábito desagradable), quería pasar un rato fuera de la vista de los demás. Recorrió con la mirada a la multitud y se topó con la figura de Tyler Hicks. Estaba hablando a una pareja de ancianos que sollozaban abiertamente. Tyler, sin embargo, parecía estar haciendo su mejor esfuerzo para conservar la calma. Cuando la pareja de ancianos se hubo marchado, Kate fue hasta él. Tyler se dirigía hacia una mujer de mediana edad junto con sus dos hijos, pero Kate puso empeño en llegar hasta él primero. —Perdona —dijo, cruzándose en su camino—, eres Tyler, ¿cierto? —Lo soy —dijo. Al girar el rostro, ella pudo ver el dolor que se reflejaba en el mismo. Estaba agotado, y se veía como si nada le quedara en su interior—, ¿te conozco? —En realidad, no —dijo—. Soy amiga de la madre de Julie. Mi nombre es Kate Wise. En sus ojos apareció un destello de reconocimiento. Hizo que su rostro cobrara vida por un segundo. —Sí, escuché a Debbie mencionarte. Eres una agente del FBI o algo así, ¿correcto? —Bueno, recientemente jubilada. Pero sí, eso soy en esencia. —Siento que ella te haya puesto a averiguar lo que le pasó a Julie. Imagino que eso habrá dado pie a una situación incómoda. —No necesitas disculparte —dijo Kate—. No puedo siquiera imaginar lo que ella ha pasado. Pero, mira... haré esto rápido. No quiero quitarte demasiado tiempo. Sé que Debbie quería que indagara acerca del ex-novio y aunque no he podido hablar con ella sobre eso, él está limpio. —Sra. Wise, no tiene que hacer esto por ella. —Lo sé —dijo—, pero me estaba preguntando si tú me podrías contestar unas preguntas muy sencillas. Al principio pareció ofendido, pero luego se resignó. Una curiosa y triste mirada cruzó su rostro al preguntar: —¿Piensas que hay preguntas que vale la pena hacer? —Quizás. —Entonces, sí, contestaré unas pocas. Rápido, por favor. —Por supuesto. Me preguntaba si habías visto algo alrededor de la casa, cuando regresaste, que pudiera haberte parecido extraño o fuera de lugar. Quizás algo que no pareciera gran cosa considerando lo sucedido a Julie. Quizás algo que pensaste que mirarías después, cuando las cosas se calmaran un poco. Él meneó la cabeza lentamente, mirando atrás, hacia el lugar donde su esposa sería colocada en la.siguiente hora. —Nada me viene a la mente. —¿Ninguna señal de una entrada forzosa? Su atención volvió hacia ella y ahora se veía un poco asustado. —Sabes, comencé a preguntarme eso mismo —dijo—. Todas las puertas estaban cerradas con llave cuando llegué a casa al día siguiente. Toqué el timbre porque mis llaves estaban en uno de mis bolsos y no quería rebuscar allí. Pero Julie nunca contestó. No me molesté siquiera en pensar en eso hasta ayer, cuando estaba tratando de dormirme. Alguien entró fácilmente, sin forzar nada. Y luego cerraron con llave cuando se fueron. Así que sabían cómo entrar. Pero eso no tiene sentido. —¿Y por qué no? —Porque hay un código para el sistema de seguridad que solo Julie, yo, y la señora que hace la limpieza conocemos. La cambiamos cada dos meses. —¿Alguna sospecha con respecto a la señora de la limpieza o su familia? —Bueno, ella tiene casi sesenta y no conocemos a su familia. La policía indagó pero no encontró nada. —Bueno, ¿qué hay de ti? —preguntó Kate— ¿Hay alguien que creas que pudo haber considerado hacer esto? El sacudió su cabeza sin pensarlo mucho. —He pasado cada momento de vigilia desde que llegué a casa y encontré su cuerpo tratando de pensar en alguien que tuviera alguna razón para matarla, para siquiera estarfurioso con esa persona. Y no se me ocurre nada —hizo una pausa y la miró escéptico—. Dijiste que estás retirada. Entonces, ¿por qué estás tan interesada en este caso? Ella dio la unica respuesta que sería aceptable. —Solo quería hacer todo lo que pudiera para apaciguar la mente de Debbie. Ella sabía que había una verdad más profunda, sin embargo. Y era algo egoísta. Porque tener una pequeña participación en este caso es lo más me ha dado sentido de propósito desde que me retiré hace un año. —Bueno, aprecio tu ayuda —dijo Tyler—.Y si necesitas alguna otra cosa, házmelo saber. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693847&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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