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Una Vez Tomado Blake Pierce Un Misterio de Riley Paige #2 Mujeres están siendo asesinadas en el norte del estado de Nueva York, sus cuerpos encontrados misteriosamente colgando en cadenas. El FBI está en el caso. Dada la naturaleza bizarra de los asesinatos y la falta de pistas, sólo hay una agente a la que pueden recurrir – la Agente Especial Riley Paige. Riley, recuperándose de su último caso, se muestra renuente a tomar uno nuevo, ya que todavía está convencida de que un ex asesino en serie sigue por ahí, acechándola. Sin embargo, sabe que su habilidad para entrar en la mente de un asesino en serie y su carácter obsesivo es lo que se necesita para resolver este caso, y simplemente no puede negarse – incluso si la llevará al extremo. La búsqueda de Riley la lleva a las profundidades de la mente engañada de un asesino y a orfanatos, manicomios y prisiones en un esfuerzo para entender su psicosis. Sabe que el asesino atacará pronto, luego de entrar en cuenta que se está enfrentando a un verdadero psicópata. Pero con su propio trabajo en riesgo, su propia familia un blanco y su frágil psique descomponiéndose, quizás sea demasiado para ella – y también demasiado tarde. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ TOMADO es el libro #2 de una nueva serie fascinante – con un nuevo personaje querido – que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #3 en la serie de Riley Paige estará disponible pronto. U N A V E Z T O M A D O (UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 2) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que incluye los thriller de suspenso y misterio Una Vez Desaparecido (Libro #1), Una Vez Tomado (Libro #2) y Una Vez Anhelado (#3). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE. Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este eBook está disponible sólo para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado sólo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo duro de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la terraza de GoingTo, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) CONTENIDO Prólogo (#u0e40a77f-a786-5a55-a6bf-0c63972dad7c) Capítulo 1 (#udd1d357d-2562-59dc-bba4-f6c9874739fe) Capítulo 2 (#u09dc49cf-1c2f-5b81-9a83-996454258931) Capítulo 3 (#ucb5ca72e-518d-5946-ae91-d3f720ced484) Capítulo 4 (#ufc002c9c-4863-51e6-bf17-211c3836f4e3) Capítulo 5 (#ucf9aa028-8e69-518c-ace1-69153a495068) Capítulo 6 (#uae1bfe97-a410-5df0-a0a2-6b95b76461a5) Capítulo 7 (#udaf44fa4-08b1-5a92-b46f-0f7131e1898f) Capítulo 8 (#ue004f4ae-472c-5294-857c-95e544e79ab4) Capítulo 9 (#u32c612f0-657f-54dd-b3b0-bcd6d832d58a) Capítulo 10 (#litres_trial_promo) Capítulo 11 (#litres_trial_promo) Capítulo 12 (#litres_trial_promo) Capítulo 13 (#litres_trial_promo) Capítulo 14 (#litres_trial_promo) Capítulo 15 (#litres_trial_promo) Capítulo 16 (#litres_trial_promo) Capítulo 17 (#litres_trial_promo) Capítulo 18 (#litres_trial_promo) Capítulo 19 (#litres_trial_promo) Capítulo 20 (#litres_trial_promo) Capítulo 21 (#litres_trial_promo) Capítulo 22 (#litres_trial_promo) Capítulo 23 (#litres_trial_promo) Capítulo 24 (#litres_trial_promo) Capítulo 25 (#litres_trial_promo) Capítulo 26 (#litres_trial_promo) Capítulo 27 (#litres_trial_promo) Capítulo 28 (#litres_trial_promo) Capítulo 29 (#litres_trial_promo) Capítulo 30 (#litres_trial_promo) Capítulo 31 (#litres_trial_promo) Capítulo 32 (#litres_trial_promo) Capítulo 33 (#litres_trial_promo) Capítulo 34 (#litres_trial_promo) Capítulo 35 (#litres_trial_promo) Capítulo 36 (#litres_trial_promo) Capítulo 37 (#litres_trial_promo) Capítulo 38 (#litres_trial_promo) Capítulo 39 (#litres_trial_promo) Capítulo 40 (#litres_trial_promo) Prólogo El Capitán Jimmy Cole acababa de terminar de contarles a sus pasajeros una vieja historia de fantasmas del Río Hudson. Era un buena historia, sobre un asesino con hacha vestido con un abrigo largo y oscuro, perfecta para una noche neblinosa como esta. Se reclinó en su silla y descansó sus rodillas, demasiado frágiles de las muchas cirugías a las que las había sometido, y reflexionó sobre su retiro por enésima vez. Había visto casi todas las aldeas de Hudson, y uno de estos días, incluso un barco de pesca pequeño como el suyo, Suzy, lo derrotaría. Ya terminadas sus labores de esa noche, dirigió su barco a la orilla y, mientras resoplaba constantemente rumbo al muelle en Reedsport, uno de sus pasajeros gritó, sacudiéndolo de su ensoñación. “Oiga, Capitán, ¿no es ese su fantasma?”. Jimmy no se molestó en mirar. Sus cuatro pasajeros, las dos parejas que estaban de vacaciones, estaban bastante borrachos. Uno de los chicos estaba tratando de asustar a las chicas, estaba seguro de ello. Pero, en ese momento, una de las mujeres agregó: “Yo también lo veo. ¿No es extraño?”. Jimmy se volvió hacia sus pasajeros. Pinches borrachos. Esta sería la última vez que alquilaría su barco a estas horas de la noche. El segundo hombre señaló. “Está por allá”, dijo. Su esposa se cubrió sus ojos. “¡Ay, mejor ni miro!”, dijo con una risa nerviosa y avergonzada. Jimmy, exasperado, dándose cuenta de que no iba a descansar, finalmente se volvió y miró el lugar que el hombre señalaba. Algo llamó su atención en un espacio entre los árboles de la orilla. Le pareció que brillaba, que tenía una forma vagamente humana y que parecía flotar sobre el suelo. Pero ya estaba demasiado lejos, así que no pudo distinguirlo bien. Antes de que Jimmy pudiera alcanzar sus binoculares, el objeto desapareció detrás de los árboles a lo largo de la orilla. La verdad es que Jimmy también se había tomado unas cuantas cervezas. A él no le parecía un problema. Conocía bien este río. Y le gustaba su trabajo. Especialmente disfrutaba estar en el Hudson a estas horas de la noche cuando el agua estaba así de tranquila. Muy pocas cosas podían romper su sensación de calma en este lugar. Redujo la velocidad y navegó a Suzy cuidadosamente contra las defensas al llegar al muelle. Orgulloso de sí mismo por el atraje suave, apagó el motor y ató el barco a las cornamusas. Los pasajeros se bajaron del barco entre risas. Tambalearon por el muelle a la orilla y se dirigieron a su posada. A Jimmy le alegró el hecho de que habían pagado por adelantado. Pero no podía dejar de pensar en ese extraño objeto que había visto. Estaba por la costa y era imposible de ver desde allí. ¿Quién o qué podría ser? Irritado por ello, sabía que no descansaría hasta que descubriera lo que era. Así era él. Jimmy suspiró profundamente, sintiéndose más molesto, y partió a pie, caminando a lo largo de la orilla del río, siguiendo las vías ferroviarias que rodeaban el agua. Las vías habían estado en uso unos cien años atrás, cuando Reedsport estaba lleno principalmente de burdeles y casas de juegos. Ahora eran sólo otra reliquia de una época pasada. Jimmy finalmente pasó una curva y se acercó a un viejo almacén cerca de las vías. Unas lámparas de seguridad del edificio arrojaban una luz tenue, y luego la vio: una forma humana reluciente que parecía estar flotando en el aire. La forma estaba suspendida en uno de los travesaños de un poste eléctrico. Un escalofrío corrió por su columna vertebral a lo que se acercó y le echó un buen vistazo. La forma era verdaderamente humana. Sin embargo, no mostraba ninguna señal de vida. El cuerpo estaba mirando hacia el otro lado, atado con una especie de tela y envuelto con cadenas pesadas que se entrelazaban más allá de la necesidad de retener a un prisionero. Las cadenas brillaban en la luz. Ay Dios mío, ¡otra vez no! Jimmy no pudo evitar recordar un asesinato espantoso que había estremecido a toda la zona hace varios años. Jimmy caminó hacia el otro lado del cuerpo y sintió sus rodillas debilitarse. Se acercó lo suficiente para poder ver su rostro, y casi se cae a las vías del impacto. La reconocía. Era una mujer local, una enfermera y amiga de muchos años. Su garganta estaba rajada y su boca estaba amordazada con una cadena que rodeaba su cabeza. Jimmy jadeó, sintiéndose horrorizado. El asesino había vuelto. Capítulo 1 La Agente Especial Riley Paige se quedó estática, mirando fijamente, conmocionada. El puñado de piedritas en su cama no debería estar allí. Alguien había ingresado a su casa y los había colocado, una persona que quería hacerle daño. Supo inmediatamente que las piedritas eran un mensaje, y que el mensaje era de un viejo enemigo. Le estaba diciendo que no lo había matado después de todo. Peterson está vivo. Sintió su cuerpo temblar ante la idea. Tenía mucho tiempo sospechándolo, y ahora estaba absolutamente segura. Lo peor era que había estado dentro de su casa. El pensamiento le dio nauseas. ¿Todavía estaba en su casa? Su respiración se volvió lenta del miedo. Riley sabía que sus recursos físicos eran limitados. Justo ese día había sobrevivido a un mortal encuentro con un asesino sádico, y su cabeza todavía estaba vendada y su cuerpo estaba herido. ¿Estaría dispuesta a enfrentarse a él si estuviera dentro de su casa? Riley sacó su arma de su funda inmediatamente. Con manos temblorosas, caminó a su armario y lo abrió. No había nadie allí. Revisó debajo de su cama. Nadie. Riley se detuvo, obligándose a sí misma a pensar con claridad. ¿Había estado en su dormitorio desde el momento en el que llegó a su casa? Sí, porque había puesto su pistolera sobre el tocador junto a la puerta. Pero no había encendido la luz y ni siquiera había mirado dentro de la habitación. Simplemente había colocado su arma sobre el tocador y se había ido. Se había puesto su camisón en el baño. ¿Su némesis había estado en su casa todo este tiempo? Después de que ella y April habían llegado a casa, las dos habían hablado y visto TV hasta bien pasada la noche. Luego April se había ido a dormir. En una casa pequeña como la suya, permanecer oculto requería un sigilo sorprendente. Pero no podía descartar la posibilidad. En ese momento sintió un nuevo temor. ¡April! Riley arrebató la linterna que mantenía en su mesa lateral. Con la pistola en su mano derecha y la linterna en su izquierda, salió de su habitación y encendió la luz del pasillo. Cuando no oyó nada raro, rápidamente hizo su camino a la habitación de April y abrió la puerta con fuerza. La habitación estaba negra como boca de lobo. Riley prendió las luces del techo. Su hija ya estaba en su cama. “¿Qué pasa, Mamá?”, le preguntó April, entrecerrando los ojos con sorpresa. Riley entró en la habitación. “No te levantes de la cama”, dijo. “Quédate allí donde estás”. “Mamá, me estás asustando”, dijo April, su voz temblorosa. Eso le parecía bien ya que estaba bastante asustada, y su hija tenía todo el derecho de estar tan asustada como ella. Fue al closet de April, alumbró su linterna adentro y vio que no había nadie allí. No había nadie debajo de la cama de April tampoco. ¿Qué debería hacer ahora? Tenía que revisar cada rincón y esquina del resto de la casa. Riley sabía lo que diría su compañero, Bill Jeffreys. Coño, Riley, pide ayuda. Su antigua tendencia de hacer las cosas solas siempre había enfurecido a Bill. Pero esta vez le haría caso. Con April en casa, Riley no iba a correr ningún riesgo. “Ponte una bata de baño y unos zapatos”, le dijo a su hija. “Pero no salgas de la habitación — todavía no”. Riley volvió a su habitación y cogió su teléfono de la mesita. Marcó la Unidad de Análisis de Conducta automáticamente. Tan pronto como oyó una voz en la línea, dijo, “Habla la Agente Especial Riley Paige. Hubo un intruso en mi casa y todavía podría estar aquí. Necesito que envíen a alguien rápidamente”. Pensó por un segundo, y luego agregó, “Y envíen también un equipo de evidencias”. “Lo haremos de inmediato”, fue la respuesta. Riley finalizó la llamada y salió al pasillo de nuevo. A excepción de los dormitorios y el pasillo, la casa todavía estaba oscura. Podría estar en cualquier lugar al acecho, esperando el momento para atacar. Este hombre la había cogido desprevenida una vez, y casi había muerto en sus manos. Riley se movió eficientemente por la casa, encendiendo luces y manteniendo su pistola preparada. Alumbró su linterna dentro de todos los armarios y esquinas oscuras. Por último, miró el techo del pasillo. La puerta ubicada arriba daba al ático, con una escalera desplegable adentro. ¿Se atrevía a subir allí para echar un vistazo? En ese momento Riley escuchó las sirenas de la policía y dio un suspiro de alivio. Entró en cuenta que la agencia había llamado a la policía local, porque la sede de la UAC quedaba a más de media hora de distancia. Fue a su habitación y se colocó su bata de baño y unos zapatos y luego volvió a la habitación de April. “Ven conmigo”, dijo. “Quédate cerca”. Aun sosteniendo su arma, Riley envolvió su brazo izquierdo alrededor de los hombros de April. La pobre niña estaba temblando de miedo. Riley condujo a April a la puerta y la abrió justo cuando varios oficiales de policía uniformados llegaron corriendo por la acera. El oficial masculino a cargo entró en la casa, su arma desenvainada. “¿Cuál es el problema?”, preguntó. “Alguien estuvo en la casa”, dijo Riley. “Todavía podría estar aquí”. El oficial miró la pistola en su mano incómodamente. “Soy agente del FBI”, dijo Riley. “Pronto llegarán los agentes de la UAC. Ya registré toda la casa, excepto el ático. Hay una puerta en el techo sobre la sala”. El oficial gritó, “Bowers, Wright, vengan aquí y revisen el ático. Los demás revisen las afueras y el frente de la casa”. Bowers y Wright se dirigieron hacia el pasillo y bajaron la escalera. Ambos sacaron sus armas. Uno esperó en la parte inferior de la escalera mientras el otro subió y alumbró su linterna dentro del ático. El hombre desapareció en el ático en pocos momentos. Una voz gritó pronto, “No hay nadie aquí”. Riley quería sentirse aliviada. Pero la verdad era que ella deseaba que Peterson estuviera allí. Así podrían arrestarlo en este mismo momento o, mejor aún, dispararle. Estaba casi segura de que no iban a encontrarlo ni en el patio trasero, ni en el delantero. “¿Tienes un sótano?”, preguntó el oficial a cargo. “No, sólo un semisótano”, dijo Riley. “Benson, Pratt, verifiquen debajo de la casa”, dijo el oficial. April no soltaba a su madre por nada en el mundo. “¿Qué pasa, Mamá?”, preguntó. Riley vaciló. Por años había evitado decirle a April gran parte de la cruda verdad de su trabajo. Pero recientemente había entrado en cuenta que había sido demasiado protectora. Por eso le había contado a April sobre su traumático cautiverio en manos de Peterson—o al menos todo lo que había creído que podía soportar. También le había contado sobre sus dudas de que el hombre estuviera realmente muerto. Pero, ¿qué le diría a April ahora? No estaba segura. Antes de que Riley pudiera decidirse, April dijo, “Es Peterson, ¿verdad?”. Riley abrazó a su hija afectuosamente. Asintió con la cabeza, tratando de esconder el escalofrío que recorrió todo su cuerpo. “Está vivo”. Capítulo 2 La casa de Riley estaba llena de personas que llevaban uniformes o que tenían la insignia del FBI una hora más tarde. Agentes federales fuertemente armados y un equipo de evidencias trabajaban con la policía. “Coloca las piedritas que están sobre la cama en una bolsita”, dijo Craig Huang. “Necesitarán ser examinadas para ver si tienen huellas o ADN”. A Riley no le gustó ver que Huang estaba a cargo. Él era muy joven, y su experiencia previa trabajando con él no había sido la mejor. Pero ahora veía que estaba dando órdenes sólidas y que estaba organizando la escena eficazmente. Huang estaba mejorando en su trabajo. El equipo de evidencias ya estaba revisando cada pulgada de la casa y buscando huellas digitales. Otros agentes habían desaparecido en la oscuridad detrás de la casa, tratando de encontrar huellas vehiculares o algún indicio de un sendero por el bosque. Ahora que las cosas parecían estar desarrollándose con normalidad, Huang llevó a Riley a la cocina. Se sentaron en la mesa. April se unió a ellos, aún muy conmovida. “¿Qué piensas?”, le preguntó Huang a Riley. “¿Existe alguna posibilidad de que lo encontremos?”. Riley suspiró con desaliento. “No, me temo que se fue hace mucho. Lo más probable es que estuvo aquí temprano, antes de que mi hija y yo llegáramos a casa”. En ese momento una agente entró por la parte trasera de la casa. Tenía cabello oscuro, ojos oscuros y una tez morena, e incluso parecía ser más joven que Huang. “Agente Huang, encontré algo”, dijo la mujer. “Rasguños en la cerradura de la puerta trasera. Parece que alguien la forzó”. “Buen trabajo, Vargas”, dijo Huang. “Ahora sabemos cómo entró. ¿Podrías quedarte con Riley y su hija por un ratito?”. La cara de la joven se iluminó de alegría. “Me encantaría”, dijo. Se sentó en la mesa, y Huang salió de la cocina para reunirse con los demás. “Agente Paige, soy la Agente María de la Luz Vargas Ramírez”. Luego sonrió. “Lo sé, es tremendo trabalenguas. Es una costumbre mexicana. Todos me llaman Lucy Vargas”. “Me alegra que estés aquí, Agente Vargas”, dijo Riley. “Llámame Lucy”. La joven se quedó callada por un momento, contemplando a Riley. Finalmente dijo, “Agente Paige, espero no parecer impertinente con esto pero... es un verdadero honor conocerte. He estado siguiendo tu trabajo desde que entré en formación. Tus registros son increíbles”. “Gracias”, dijo Riley. Lucy sonrió con admiración. “Digo, la forma en que concluiste el caso Peterson— toda la historia me asombra”. Riley negó con la cabeza. “Desearía que las cosas fueran así de simples”, dijo. “No está muerto. Él fue el intruso”. Lucy la miró fijamente, estupefacta. “Pero todo el mundo dice—”, Lucy comenzó. Riley la interrumpió. “Alguien más pensaba que estaba vivo. Marie, la mujer que rescaté. Estaba segura que todavía la estaba acechando. Ella...”. Riley hizo una pausa, recordando dolorosamente la imagen del cuerpo de Marie en su propio dormitorio. “Ella se suicidó”, dijo Riley. Lucy se veía horrorizada y sorprendida. “Lo siento”, dijo. En ese momento, Riley oyó una voz familiar llamar su nombre. “¿Riley? ¿Estás bien?”. Ella se volvió y vio a un Bill Jeffreys ansioso parado en el arco de la cocina. El UAC debió haberlo alertado sobre la situación y había venido a su casa por su cuenta. “Estoy bien, Bill”, dijo. “April también está bien. “Siéntate”. Bill se sentó en la mesa con Riley, April y Lucy. Lucy lo miró fijamente, aparentemente asombrada por estar conociendo al ex compañero de Riley, otra leyenda del FBI. Huang entró de nuevo a la cocina. “Nadie está adentro de la casa, ni en los alrededores”, le dijo a Riley. “Mis agentes han recopilado toda la evidencia que pudieron encontrar. Dicen que no tienen mucho. Corresponde a los técnicos de laboratorio ver qué pueden hacer con lo que encontraron”. “Justo lo que me temía”, dijo Riley. “Parece que es momento de que finalicemos”, dijo Huang. Luego salió de la cocina para darles a sus agentes sus órdenes finales. Riley se volvió hacia su hija. “April, te quedarás en casa de tu padre esta noche”. Los ojos de April se abrieron. “No te dejaré aquí”, dijo April. “Y de seguro no quiero quedarme con Papá”. “Tienes que hacerlo”, dijo Riley. “Podrías no estar segura aquí”. “Pero Mamá—”. Riley la interrumpió. “April, todavía hay cosas que no te he dicho acerca de este hombre. Cosas terribles. Estarás a salvo con tu padre. Te buscaré mañana después de clases”. Lucy habló antes de que April pudiera protestar más. “Tu madre tiene razón, April. Créeme. De hecho, considéralo una orden de mi parte. Escogeré a unos agentes para que te lleven. Agente Paige, con tu permiso, llamaré a tu ex marido y le diré lo que está sucediendo”. La oferta de Lucy sorprendió a Riley y también la contentó. Resultaba casi extraño el hecho de que Lucy pareciera entender que le sería difícil hacer esa llamada. Ryan se tomaría esta noticia más seriamente de cualquier otro agente que no fuera Riley. Lucy también había tratado bien a April. No sólo se había percatado de la cerradura forzada, sino que también había demostrado empatía. La empatía era una excelente cualidad en un agente UAC, y dicha cualidad se desgastaba a menudo por el estrés del trabajo. Esta mujer es buena, pensó Riley. “Ven”, le dijo Lucy a April. “Vamos a llamar a tu papá”. April le tiró dagas a Riley con su mirada. Aun así, se levantó de la mesa y siguió a Lucy a la sala de estar, donde comenzaron a hacer la llamada. Riley y Bill se quedaron solos en la mesa de la cocina. A pesar de que parecía no haber más nada que hacer, a Riley le pareció adecuado el hecho de que Bill estuviera allí. Habían trabajado juntos durante años y siempre había considerado que eran un buen par, ambos tenían cuarenta años con unas cuantas canas en sus pelos oscuros. Ambos eran dedicados en sus trabajos y tenían problemas en sus matrimonios. Bill era sólido en estructura y temperamento. “Fue Peterson”, dijo Riley. “Estuvo aquí”. Bill no le respondió. No se veía convencido. “¿No me crees?”, dijo Riley. “Habían piedritas en mi cama. Debió haberlas colocado allí. No pudieron haber llegado allí de otra manera”. Bill negó con la cabeza. “Riley, estoy seguro de que realmente hubo un intruso”, dijo. “No te estabas imaginando esa parte. ¿Pero Peterson? Lo dudo mucho”. La ira de Riley iba en aumento. “Bill, escúchame. Oí golpeteos contra la puerta una de estas noches y encontré piedritas cuando revisé las afueras de la casa. Marie oyó a alguien tirar piedras a la ventana de su dormitorio. ¿Quién más podría ser?”. Bill suspiró y negó con la cabeza. “Riley, estás cansada”, dijo. “Y cuando uno está cansado y tiene una idea fija en su cabeza, le es fácil creer casi cualquier cosa. Le puede pasar a cualquiera”. Riley se esforzó para no derramar sus lágrimas. En sus mejores días, Bill habría confiado en sus instintos sin duda. Pero esos días se acabaron. Y ella sabía el porqué. Hace unas noches, lo había llamado borracha y había sugerido que actuaran por la atracción mutua que sentían y que iniciaran un romance. Había sido horrible y ella lo sabía. No había bebido nada desde entonces. Aun así, las cosas no habían estado bien entre ella y Bill después de eso. “Sé de qué se trata esto, Bill”, dijo. “Es por esa estúpida llamada. Ya no confías en mí”. Ahora la voz de Bill se llenó de ira. “Coño, Riley, sólo estoy tratando de ser realista”. Riley estaba furiosa. “Sólo vete, Bill”. “Pero Riley—”. “O me crees o no me crees. Decídete de una buena vez. Pero en este momento quiero que te vayas”. Resignado, Bill se levantó de la mesa y se fue. Por la puerta de la cocina Riley vio que casi todo el mundo se había ido de su casa, incluyendo a April. Lucy entró de nuevo a la cocina. “El Agente Huang dejará a un par de agentes aquí”, dijo. “Vigilarán la casa desde una patrulla por el resto de la noche. No estoy segura de que sea buena idea que estés sola adentro de la casa. Sería un placer quedarme”. Riley lo pensó por un momento. Lo que quería, lo que necesitaba ahora mismo, era que alguien creyera que Peterson no estaba muerto. Dudaba que sería capaz ni de convencer a Lucy de eso. Todo parecía inútil. “Estaré bien, Lucy”, dijo Riley. Lucy asintió y salió de la cocina. Riley escuchó el sonido de los últimos agentes yéndose de su casa y cerrando la puerta. Riley se levantó y revisó la puerta principal y la trasera para asegurarse de que estaban cerradas con llave. Colocó dos sillas contra la puerta trasera. Harían bastante ruido si alguien forzaba la cerradura de nuevo. Luego entró a la sala de estar para echar un vistazo. La casa parecía extrañamente iluminada, ya que todas las luces estaban encendidas. Debería apagar algunas de las luces, pensó. Pero al acercarse al interruptor de luz de la sala de estar, sus dedos se congelaron. No podía hacerlo. Estaba paralizada de terror. Sabía que Peterson volvería por ella. Capítulo 3 Riley vaciló por un momento cuando entró al edificio de la UAC, preguntándose si realmente estaba preparada para encontrarse con todos. No había dormido en toda la noche y estaba extremadamente cansada. La sensación de terror que no la había dejado dormir la noche anterior había agotado toda su adrenalina. Ahora se sentía vacía. Riley respiró profundamente. Lo único que puedo hacer es afrontarlo. Juntó su coraje y entró en el laberinto de agentes, especialistas y personal de apoyo del FBI. Mientras caminó por la zona abierta, caras conocidas levantaron la mirada de sus computadoras. La mayoría sonrieron al verla y algunos levantaron su pulgar, dándole ánimo. Riley empezó a sentirse contenta por haber decidido venir a trabajar. Necesitaba algo que le levantara el ánimo. “Excelente trabajo con el Asesino de las Muñecas”, dijo un agente joven. Le tomó a Riley un par de segundos comprender lo que quería decir. Entonces entró en cuenta que el “Asesino de las Muñecas” debía ser el nuevo apodo para Dirk Monroe, el psicópata que acababa de derrotar. El nombre tenía sentido. Riley también notó que algunas personas la miraban cautelosamente. Sin duda habían oído sobre el incidente en su casa de la noche anterior, cuando todo un equipo había corrido a ayudarla luego de su llamada frenética. Probablemente se preguntarán si estoy fuera de mis cabales, pensó. Lo que sabía era que absolutamente nadie en la Agencia creía que Peterson todavía estaba vivo. Riley se detuvo en el escritorio de Sam Flores, un técnico de laboratorio con anteojos de montura negra, que estaba trabajando en su computadora. “¿Qué noticias tienes para mí, Sam?”, dijo Riley. Sam levantó la mirada de la pantalla. “Me estás hablando de tu entrada forzada, ¿cierto? Estoy ojeando algunos informes preliminares. Me temo que no habrá mucho. Los chicos de laboratorio no encontraron nada en las piedritas, ni ADN ni fibras. Tampoco encontraron huellas”. Riley suspiró con desaliento. “Hazme saber si cambia algo”, dijo Riley, dándole una palmadita en la espalda. “No te ilusiones”, dijo Flores. Riley continuó al área compartida por los agentes superiores. Cuando caminó por las pequeñas oficinas con paredes de cristal, vio que Bill no había llegado todavía. Realmente era un alivio, pero sabía que tarde o temprano tendrían que aclarar la incomodidad reciente que había entre ellos. Cuando entró en su oficina limpia y bien organizada, Riley notó inmediatamente que tenía un mensaje telefónico. Era de Mike Nevins, el psiquiatra forense de DC que a veces consultaba en ciertos casos de la UAC. A lo largo de los años, ella lo había considerado una fuente de intuición notable, y no sólo en los casos. Mike había ayudado a Riley a superar su propio TEPT después de su captura y tortura a manos de Peterson. Sabía que la estaba llamado para ver cómo estaba, como de costumbre. Estaba a punto de devolverle la llamada cuando la figura ancha del Agente Especial Brent Meredith apareció en su puerta. Las características negras y angulares del comandante de la unidad insinuaban su personalidad firme y sensata. Riley se sintió aliviada al verlo, su presencia siempre la tranquilizaba. “Bienvenida, Agente Paige”, dijo. Riley se puso de pie para estrechar su mano. “Gracias, Agente Meredith”. “Oí que tuviste otra pequeña aventura anoche. Espero que estés bien”. “Estoy bien, gracias”. Meredith la miró con preocupación genuina y Riley sabía que estaba tratando de evaluar qué tan preparada estaba para trabajar. “¿Quieres acompañarme al área de descanso para tomarnos un café?”, preguntó. “Gracias, pero hay algunos archivos que necesito revisar. En otra ocasión”. Meredith asintió y se quedó callado. Riley sabía que estaba esperando que hablara. Sin duda también había oído que ella creía que Peterson había sido el intruso. Le estaba dando una oportunidad de expresar su opinión. Pero estaba segura de que Meredith no estaría de acuerdo con ella, como los demás. “Bueno, mejor me voy”, dijo. “Me avisas cuando puedas tomarte un café o ir a almorzar conmigo”. “Lo haré”. Meredith hizo una pausa y se volvió hacia Riley. Lentamente y con cuidado, dijo, “Ten cuidado, Agente Paige”. Riley detectó un mundo de significado en esas dos palabras. Hace poco otro cabecilla de la Agencia la había suspendido por insubordinación. Había sido reintegrada, pero su cargo todavía podía estar en la cuerda floja. Riley sintió que Meredith le estaba dando una advertencia amistosa. No quería que se perjudicara a sí misma. Y armar un escándalo sobre Peterson podría causar problemas con los que dieron por cerrado el caso. Tan pronto como se encontró sola en su oficina, Riley fue a su archivador y sacó el archivo grueso sobre el caso de Peterson. Lo abrió en su escritorio y lo ojeó, refrescando su memoria acerca de su némesis. No encontró mucho de ayuda. La verdad es que el hombre seguía siendo un enigma. No había habido ningún registro de su existencia hasta que Bill y Riley finalmente lo rastrearon. Peterson quizás ni era su verdadero apellido, y habían encontrado diversos nombres de pila supuestamente conectados con él. Cuando Riley examinó el archivo, se encontró con fotografías de sus víctimas—mujeres que habían sido encontradas en tumbas poco profundas. Todas tenían cicatrices por quemaduras, y la causa de la muerte de todas había sido estrangulamiento manual. Riley se estremeció al recordar las manos grandes y poderosas que la habían capturado y enjaulado como un animal. Nadie sabía cuántas mujeres había matado. Quizás había más cadáveres que aún no habían sido encontrados. Nadie sabía del hecho que le gustaba atormentar a las mujeres en la oscuridad con una antorcha de propano hasta que Marie y Riley habían sido capturadas y vivieron para contarlo. Y nadie más estaba dispuesto a creer que Peterson todavía estaba vivo. Todo esto realmente la estaba desanimando. Riley se distinguía por su habilidad de entrar en la mente de los asesinos—una habilidad que a veces la asustaba. Aun así, nunca había sido capaz de entrar en la mente de Peterson. Y, en ese momento, sintió que lo entendía aún menos que antes. A Riley nunca le había parecido que era un psicópata organizado. El hecho de que abandonaba a sus víctimas en fosas poco profundas sugería todo lo contrario. No era perfeccionista. Aun así, era lo suficientemente meticuloso como para no dejar pistas. El hombre era realmente paradójico. Recordó algo que Marie le había dicho poco antes de suicidarse... “Tal vez es como un fantasma, Riley. Quizás eso fue lo que pasó durante la explosión. Mataste su cuerpo pero no mataste su maldad”. No era un fantasma, y Riley lo sabía. Estaba segura, más segura que nunca, que él estaba por ahí, y que ella era su próximo objetivo. Aun así, es como si fuera un fantasma en su opinión. Aparte de sí misma, nadie más creía que existía. “¿Dónde estás, bastardo?”, dijo en voz alta. Ella no lo sabía, y no tenía ninguna forma de averiguarlo. Estaba completamente obstaculizada. No tenía más remedio que abandonar la cuestión por ahora. Cerró la carpeta y la colocó de nuevo en su archivero. En ese momento sonó el teléfono de su oficina. Vio que la llamada venía de la línea compartida por todos los agentes especiales. Es la línea que el banco telefónico de la UAC utilizaba para reenviar las llamadas apropiadas a los agentes. Como regla general, cualquier agente que contestaba la llamada primero tomaría el caso. Riley miró a las otras oficinas. Nadie más parecía estar trabajando. Los otros agentes o estaban tomando un descanso o estaban trabajando en otros casos. Riley contestó el teléfono. “Agente Especial Riley Paige. ¿En qué puedo ayudarle?”. La voz en la línea sonaba agobiada. “Agente Paige, habla Raymond Alford, el Comisario de Reedsport, Nueva York. Tenemos un problema serio aquí. ¿Podemos hacer una videoconferencia? Creo que tal vez podría explicarlo mejor de esa manera. Y tengo unas imágenes que debes ver”. La curiosidad de Riley se despertó. “Claro”, dijo. Le dio a Alford su información de contacto. Estaba hablando con él cara a cara unos momentos más tarde. Era un hombre delgado y mayor que estaba quedándose calvo. En este momento se veía ansioso y cansado. “Hubo un asesinato aquí anoche”, le dijo Alford. “Uno verdaderamente feo. Déjame mostrarte”. Apareció una fotografía en la pantalla de la computadora de Riley. Mostró lo que parecía ser el cuerpo de una mujer colgando de una cadena sobre vías férreas. El cuerpo estaba envuelto en una multitud de cadenas, y parecía estar extrañamente vestido. “¿Qué lleva puesto la víctima?”, preguntó Riley. “Una camisa de fuerza”, dijo Alford. Riley se sobresaltó. En la fotografía vio que era cierto. Luego de que la imagen desapareciera, Riley se encontró cara a cara con Alford de nuevo. “Comisario Alford, aprecio tu inquietud. Pero, ¿qué te hace pensar que este es un caso para la Unidad de Análisis de Conducta?”. “Porque pasó exactamente lo mismo no lejos de aquí hace cinco años”, dijo Alford. Apareció una imagen del cadáver de otra mujer. También estaba encadenado y atado en una camisa de fuerza. “En ese entonces se trató de una trabajadora de prisión a tiempo parcial, Marla Blainey. El modus operandi fue idéntico, excepto que sólo fue abandonada en la orilla del río, no fue colgada”. El rostro de Alford reapareció. “Esta vez se trató de Rosemary Pickens, una enfermera local”, dijo. “Nadie puede imaginarse un motivo, para ninguna de las mujeres. Ambas eran muy queridas”. Alford se desplomó y negó con la cabeza. “Agente Paige, esto sobrepasa nuestras habilidades. Este nuevo asesinato debe ser de un asesino en serie o de un imitador. El problema es que ninguno de los dos tiene sentido. Nunca tenemos este tipo de problemas en Reedsport. Este es sólo un pequeño pueblo turístico en el Río Hudson con unos siete mil habitantes. A veces tenemos que separar una pelea o sacar a un turista del río. Eso es lo único malo que suele suceder aquí”. Riley se puso a pensar. Este realmente parecía ser un caso para la UAC. Debería referir a Alford directamente a Meredith. Pero Riley miró hacia la oficina de Meredith y notó que no había regresado todavía. Tendría que hacérselo saber más tarde. Mientras tanto, tal vez podría ayudar un poco. “¿Cuáles fueron las causas de las muertes?”, preguntó. “Ambas fueron degolladas”. Riley intentó no demostrar su sorpresa. Las estrangulaciones y los traumatismos contundentes eran mucho más frecuentes que los degollamientos. Este parecía ser un asesino muy inusual. Aun así, era el tipo de psicópata que Riley conocía bien. Se especializaba en este tipo de casos. Era una lástima que no fuera capaz de utilizar sus habilidades en este caso particular. A raíz de su trauma reciente, no la asignarían a este caso. “¿Han retirado el cadáver?”, preguntó Riley. “Aún no”, dijo Alford. “Todavía está colgando allí”. “Entonces no lo hagan. Déjenlo allí por ahora. Esperen hasta que lleguen nuestros agentes”. Alford no se veía satisfecho. “Agente Paige, eso será un verdadero desafío. Está justo al lado de las vías del tren y puede verse desde el río. Y el pueblo no necesita este tipo de publicidad. Me están presionando para que lo retire”. “Déjenlo”, dijo Riley. “Sé que no es fácil, pero es importante. No pasará mucho más tiempo allí. Nuestros agentes llegarán esta tarde”. Alford asintió. “¿Tienes más fotos de la última víctima?”, preguntó Riley. “¿Unas de cerca?”. “Sí, ya te las coloco”. Riley se encontró mirando una serie de fotos detalladas del cadáver. La policía local había hecho un buen trabajo. Las fotos mostraban cómo las cadenas estaban firmemente y elaboradamente envueltas alrededor del cadáver. Finalmente vio una foto de cerca del rostro de la víctima. El corazón de Riley latió con fuerza. La víctima tenía los ojos saltones, y su boca estaba amordazada con una cadena. Pero eso no fue lo que sorprendió a Riley. La mujer se parecía mucho a Marie. Era mayor y más gruesa, pero aun así, Marie se hubiese parecido mucho a ella si hubiera vivido una década más. Ver la imagen fue un golpe emocional para Riley. Era como si Marie la estuviera llamando, demandando que atrapara a este asesino. Sabía que tenía que tomar este caso. Capítulo 4 Peterson dejó su carro ir en punto muerto, no demasiado rápido, no demasiado lento, sintiéndose bien porque al fin tenía a la chica de nuevo en la mira. Finalmente la había encontrado. Allí estaba la hija de Riley, caminando sola hacia su escuela secundaria, con ninguna idea de que él la estaba acechando. Que estaba punto de quitarle la vida. Mientras la observaba, ella se detuvo de repente y se volteó, como si sospechaba que alguien la estaba observando. Se quedó parada allí, como si estuviese indecisa. Otros estudiantes la pasaron y entraron en el edificio. Siguió dejando el carro ir en un punto muerto, esperando para ver qué haría ahora. No es que la chica le importara realmente. Su madre era el verdadero objetivo de su venganza. Su madre había frustrado sus planes gravemente y tenía que pagar por lo que había hecho. Ya lo había hecho de cierta forma, había llevado a Marie Sayles al suicidio. Pero ahora tenía que quitarle la chica que más le importaba. Para su deleite, la chica se dio la vuelta y se alejó de la escuela. Al parecer había decidido no ir a clase hoy. Su corazón latía con fuerza—quería abalanzarse sobre ella. Pero no podía hacerlo, todavía no. Tenía que ser paciente. Otras personas todavía estaban a la vista. Peterson condujo y le dio la vuelta a una calle, forzándose a ser paciente. Suprimió una sonrisa por la alegría que estaba por venir. Con lo que tenía en mente para su hija, Riley sufriría de maneras que no creía posible. Aunque seguía siendo desgarbada y torpe, la chica se parecía mucho su madre. Eso lo haría aún más satisfactorio. Mientras daba la vuelta, vio que la niña caminaba rápidamente por la calle. Detuvo el carro al lado de la acera y la miró durante unos minutos, hasta que se dio cuenta de que ella estaba tomando un camino que conducía fuera de la ciudad. Si se iba a casa sola, entonces este podría ser el momento perfecto para llevársela. Su corazón latiendo fuertemente, queriendo saborear la deliciosa anticipación, Peterson le dio la vuelta a otra calle. Peterson sabía que las personas debían aprender a posponer ciertos placeres para esperar el momento adecuado. La gratificación retrasada hacía que todo fuera más placentero. Había aprendido eso de años de crueldad deliciosa y prolongada. Hay tantas cosas que espero con ansias, pensó con satisfacción. Cuando regresó y la vio de nuevo, Peterson se rio en voz alta. ¡Estaba haciendo autoestop! Dios estaba sonriéndole este día. Estaba claramente destinado a quitarle la vida. Detuvo el carro a su lado y le dio su sonrisa más agradable. “¿Te doy un aventón?”. La chica le devolvió la sonrisa. “Gracias. Eso sería genial”. “¿A dónde vas?”, preguntó. “Vivo sólo un poco afuera de la ciudad”. La chica le dijo la dirección. Él dijo: “Voy justamente por esos lados. Móntate”. La chica se sentó en el asiento delantero. Observó que la chica hasta tenía los ojos color avellana de su madre y se sintió aún más satisfecho. Peterson presionó los botones para cerrar las puertas y ventanas. La chica ni siquiera se había dado cuenta por el retumbo del aire acondicionado. * April sintió una agradable ráfaga de adrenalina al colocarse el cinturón de seguridad. Nunca había hecho autoestop antes. A su madre le daría un ataque si se enterara. Se lo merece, pensó April. Hacerla quedarse en casa de su padre la noche anterior había estado muy mal, y todo por culpa de su loca idea que Peterson había estado en su casa. No era cierto, y April lo sabía. Los dos agentes que la habían llevado a casa de su padre se lo habían dicho. Por lo que habían hablado, parecía que toda la Agencia pensaba que Mamá estaba un poco loca. “¿Qué te trae a Fredericksburg?”, dijo el hombre. April se volvió y lo miró. Era un hombre que parecía agradable, con una gran mandíbula con cabello greñudo y una barba de varios días. Estaba sonriendo. “La escuela”, dijo April. “¿Una clase de verano?”, preguntó el hombre. “Sí”, dijo April. Ciertamente no iba a decirle que había decidido faltar a la clase. No es que parecía ser el tipo de persona que no lo entendería. Parecía ser genial. Tal vez le divirtiera ayudarla a desafiar la autoridad parental. Pensó que era mejor no arriesgarse. La sonrisa del hombre se volvió un poco traviesa. “¿Qué piensa tu madre del autoestop?”, le preguntó. April se ruborizó de vergüenza. “Ah, a ella no le molesta”, respondió. El hombre se echó a reír. No era un sonido agradable. Y algo se le ocurrió a April. Le había preguntado lo que su madre pensaba, no lo que sus padres pensaban. ¿Por qué lo había dicho de esa manera? El tráfico era bastante pesado a esta hora de la mañana por lo cerca que estaban a la escuela. Llegar a casa tomaría bastante tiempo. April tenía la esperanza que el hombre no tratara de entablar una conversación. Esto podría tornarse bastante incómodo. Pero después de un par de calles en silencio, April se sintió aún más incómoda. El hombre había dejado de sonreír, y su expresión le parecía bastante seria. Se dio cuenta de que todas las puertas estaban cerradas. Pasó sus dedos por el botón de la ventana del lado del pasajero a escondidas. No se movió. El carro se detuvo detrás de una fila de automóviles esperando que cambiara el semáforo. El hombre prendió su intermitente izquierdo. April sintió una ráfaga repentina de ansiedad. “Eh... tenemos que seguir derecho aquí”, dijo. El hombre no respondió. ¿Quizás no la había oído? De alguna manera, no pudo juntar el coraje para decirlo de nuevo. Además, tal vez planeaba tomar un camino diferente. Pero no, no se imaginaba cómo podría llevarla a su casa siguiendo esa ruta. April se preguntó qué debía hacer. ¿Debería pedir ayuda a gritos? ¿Alguien la escucharía? ¿Y si el hombre no había oído lo que ella había dicho y no quería hacerle daño? Todo eso sería terriblemente vergonzoso. Entonces vio a alguien familiar caminando por la acera, su morral colgando de su hombro. Era Brian, su casi novio. Golpeó fuertemente en la ventana. Abrió la boca con alivio cuando Brian miró a su alrededor y la vio. “¿Quieres un aventón?”, le artículo a Brian. Brian sonrió y asintió con la cabeza. “Ah, ese es mi novio”, dijo April. “¿Podemos detenernos a recogerlo, por favor? Va en camino a mi casa de todos modos”. Era una mentira. April realmente no tenía idea hacia dónde se dirigía Brian. El hombre frunció el ceño y resopló. Eso no le había gustado ni un poquito. ¿Se detendría? El corazón de April estaba latiendo fuertemente. Brian estaba hablando en su teléfono celular mientras estaba parado en la acera, esperando. Pero estaba mirando el carro y April estaba segura de que podía ver el conductor con claridad. Estaba contenta de tener un testigo potencial en caso de que el hombre tuviera algo feo en mente. El hombre estudió a Brian, y claramente lo vio hablando por su celular y cómo estaba sosteniendo su mirada. Sin decir una palabra, el hombre abrió las puertas. April le hizo señas a Brian para que se montara en el asiento trasero, y él abrió la puerta y se montó. Cerró la puerta justo cuando cambió el semáforo, y la fila de carros comenzó a moverse de nuevo. “Gracias por el aventón, señor”, dijo Brian alegremente. El hombre no dijo ni una palabra. Siguió frunciendo el ceño. “Nos llevará a mi casa, Brian”, dijo April. “Genial”, respondió Brian. April se sentía segura ahora. Si el hombre tenía malas intenciones, seguramente no los secuestraría a ambos. Seguramente los conduciría directamente a casa de Mamá. Pensando en el futuro, April se preguntó si debía contarle a su mamá sobre el hombre y las sospechas que sentía. Pero no, eso significaría admitir que faltó a su clase y que hizo autoestop. Mamá la castigaría de por vida. Además, pensó, el conductor no podía ser Peterson. Peterson era un asesino psicótico, no un hombre regular conduciendo un carro. Y Peterson estaba muerto, después de todo. Capítulo 5 La expresión sombría y tensa de Brent Meredith le decía a Riley que no le había gustado su petición en lo absoluto. “Es un caso obvio que debería tomar”, dijo. “Tengo más experiencia con este tipo de asesinos en serie pervertidos que los demás”. Acababa de describirle la llamada proveniente de Reedsport y su mandíbula estuvo tensa todo ese tiempo. Después de un largo silencio, Meredith finalmente suspiró. “Lo permitiré”, dijo a regañadientes. Riley dio un suspiro de alivio. “Gracias, señor”, dijo. “No me des las gracias”, gruñó. “Estoy haciendo esto en contra de mi buen juicio. Sólo lo aceptaré porque tienes las habilidades especiales para hacer frente a este caso. Tu experiencia con este tipo de asesinos es única. Te asignaré un compañero”. Riley sintió una sacudida de desaliento. Sabía que trabajar con Bill no era una opción en este momento, pero se preguntó si Meredith sabía la razón por la cual había tensión entre los compañeros. Le pareció más probable que Bill simplemente le había dicho a Meredith que quería quedarse cerca de casa por ahora. “Pero, señor—”, comenzó. “Nada de peros”, dijo Meredith. “Y no más de tus travesuras de lobo solitario. No es inteligente y va en contra de la política. Has logrado que casi te maten más de una vez. Las reglas son las reglas. Y estoy rompiendo bastante de ellas ahora mismo por no haberte puesto en licencia después de tus incidentes recientes”. “Sí, señor”, dijo Riley tranquilamente. Meredith frotó su barbilla, obviamente considerando todas las opciones. “La Agente Vargas irá contigo”, dijo. “¿Lucy Vargas?”, preguntó Riley. Meredith sólo asintió con la cabeza. A Riley no le gustó mucho la idea. “Ella estuvo en el equipo que se presentó en mi casa anoche”, dijo Riley. “Me impresionó y me cayó bien, pero es una novata. Estoy acostumbrada a trabajar con agentes más experimentados”. Meredith sonrió. “Sus notas en la Academia fueron ejemplares. Sí es joven. Es rara la vez que aceptan estudiantes recién graduados de la academia en la UAC. Pero ella es así de buena. Está lista para adquirir experiencia en el campo”. Riley sabía que no tenía otra opción. Meredith continuó, “¿Qué tan pronto puedes estar lista para arrancar?”. Riley pensó en todas las preparaciones necesarias. Hablar con su hija ocupaba el primer puesto en la lista. ¿Y qué más? Su kit de viajes no estaba aquí en su oficina. Tendría que conducir a Fredericksburg, ir a su casa, luego asegurarse de que April se quedaría en casa de su padre y conducir de regreso a Quántico. “Dame tres horas”, dijo. “Programaré un avión”, dijo Meredith. “Le haré saber al Comisario de Reedsport que un equipo va en camino. Asegúrate de estar en la pista de aterrizaje en exactamente tres horas. Si llegas tarde, las vas a pagar”. Riley se levantó nerviosamente de su silla. “Lo entiendo, señor”, dijo. Casi le dio las gracias de nuevo, pero recordó su orden de no hacerlo. Salió de su oficina sin decir otra palabra. * Riley llegó a casa en media hora, se estacionó afuera y corrió a la puerta. Tenía que coger su kit de viajes, una pequeña maleta que siempre mantenía llena de artículos de tocador, una túnica y un cambio de ropa. Tenía que conseguirla súper rápido y luego ir a la ciudad, donde le explicaría las cosas a April y a Ryan. No anhelaba esa parte en lo absoluto, pero necesitaba asegurarse de que April estaría a salvo. Cuando introdujo la llave en la puerta, descubrió que ya estaba abierta. Sabía que la había cerrado con llave esta mañana. Siempre lo hacía. Todos los sentidos de Riley se pusieron en estado de alerta. Sacó su arma y caminó adentro. Mientras se movía sigilosamente por la casa, mirando en cada rincón y esquina, notó un sonido largo y continuo. Parecía venir de las afueras de la casa, del patio trasero. Era música, música muy alta. ¿Qué demonios? Todavía atenta a cualquier intruso, pasó por la cocina. La puerta trasera estaba entreabierta y una canción pop estaba sonando a todo volumen. Olió un aroma familiar. “Ay, Dios, otra vez no”, se murmuró a sí misma. Colocó su pistola en su funda y caminó al patio. Efectivamente, allí estaba April, sentada en la mesa para picnic con un chico delgado de su edad. La música venía de unos altavoces colocados sobre la mesa para picnic. Al ver a su madre, los ojos de April se llenaron de pánico. Colocó su mano debajo de la mesa para picnic para apagar el porro, obviamente tratando de hacerlo desaparecer. “No te molestes en ocultarlo”, dijo Riley, caminando hacia la mesa. “Sé lo que estás haciendo”. Apenas podía hacerse escuchar sobre la música. Se acercó al reproductor y lo apagó. “Esto no es lo que parece, Mamá”, dijo April. “Esto es exactamente lo que parece”, dijo Riley. “Dame el resto”. Poniendo sus ojos en blanco, April le entregó una bolsa de plástico con una pequeña cantidad de marihuana. “Pensé que estabas trabajando”, dijo April, como si eso explicaba todo. Riley no sabía si sentirse más furiosa o decepcionada. Había cogido a April fumando marihuana sólo una vez. Pero las cosas habían mejorado entre ellas, y pensó que esos días habían quedado en el pasado. Riley miró al chico fijamente. “Mamá, este es Brian”, dijo April. “Es un amigo de la escuela”. El muchacho trató de estrechar la mano de Riley con una sonrisa vacante y ojos vidriosos. “Mucho gusto, Srta. Paige”, dijo. Riley mantuvo sus manos en sus lados. “¿Qué estás haciendo aquí?”, le preguntó Riley a April. “Aquí vivo”, dijo April, encogiéndose de hombros. “Sabes a lo que me refiero. Se supone que debes estar en casa de tu padre”. April no respondió. Riley miró su reloj. El tiempo se agotaba. Tenía que resolver esta situación rápidamente. “Cuéntame lo que sucedió”, dijo Riley. April estaba empezando a verse avergonzada. Realmente no estaba preparada para esta situación. “Caminé a la escuela de la casa de Papá esta mañana”, dijo. “Me encontré con Brian enfrente de la escuela. Decidimos faltar a clase hoy. No pasa nada si falto de vez en cuando. Tengo buenas notas. El examen final es el viernes”. Brian dejó escapar una risa nerviosa y tonta. “Sí, a April le está yendo muy bien en esa clase, Srta. Paige”, dijo. “Ella es impresionante”. “¿Cómo llegaron aquí?”, preguntó Riley. April alejó la mirada. Riley adivinó fácilmente por qué estaba renuente a decirle la verdad. “Ay, Dios mío, hicieron autoestop hasta aquí, ¿verdad?”, dijo Riley. “El conductor fue muy agradable, muy tranquilo”, dijo April. “Brian estuvo conmigo todo ese tiempo. Estábamos seguros”. Riley luchó para mantener sus nervios y su voz firme. “¿Cómo sabes que estuvieron seguros? April, nunca debes aceptar aventones de extraños. Y, ¿por qué vendrías aquí después del susto de anoche? Eso fue sumamente imprudente. ¿Y si Peterson todavía anda por ahí?”. April sonrió como si lo supiera todo. “Vamos, Mamá. Te preocupas demasiado. Los otros agentes lo dicen. Oí a dos de ellos hablando sobre eso—los que me llevaron a casa de Papá anoche. Dijeron que Peterson definitivamente estaba muerto, y que simplemente no puedes aceptarlo. Dijo que la persona que dejó las piedras probablemente lo hizo como una broma”. Riley estaba furiosa. Deseaba poder ponerles las manos encima a esos agentes. Tuvieron la desfachatez de contradecir a Riley al alcance del oído de su hija. Pensó en preguntar sus nombres, pero le pareció mejor dejarlo ir. “Escúchame, April”, dijo Riley. “Tengo que salir de la ciudad por mi trabajo por unos días. Tengo que irme ahora mismo. Te llevaré a la casa de tu padre. Necesito que te quedes allí”. “¿Por qué no puedo ir contigo?”, preguntó April. Riley se preguntó cómo los adolescentes podrían ser tan estúpidos sobre algunas cosas. “Porque tienes que terminar esta clase”, dijo. “Tienes que pasar esta clase o te atrasarás en la escuela. El inglés es un requisito y lo echaste a perder sin razón. Y además, estoy trabajando. Estar cerca mientras estoy trabajando no es siempre seguro. Deberías saber eso a estas alturas”. April no respondió. “Entren a la casa”, dijo Riley. “Sólo tenemos unos pocos minutos. Necesito arreglar unas cosas, y tú también. Luego te llevaré a la casa de tu padre”. Volviéndose a Brian, Riley añadió, “Y te llevaré a tu casa”. “Puedo hacer autoestop”, dijo Brian. Riley lo miró con furia. “Está bien”, dijo Brian, viéndose algo intimidado. April y él se pusieron de pie y siguieron a Riley a la casa. “Móntense en el carro”, dijo ella. Los chicos obedientemente salieron de la casa. Cerró el cerrojo deslizante que le había agregado a la puerta de atrás y fue de una habitación a otra, asegurándose de que todas las ventanas estuvieran cerradas. En su propio dormitorio, tomó su maleta de viajes y se aseguró que todo lo que necesitaba todavía estaba adentro. Al salir, miró nerviosamente a su cama como si las piedritas pudiesen haber vuelto. Por un momento, se preguntó por qué se estaba dirigiendo a otro estado en lugar de quedarse aquí y tratar de rastrear al asesino que las había puesto allí para provocarla. Además, esta artimaña de April la había asustado. ¿Podría confiar que su hija se mantendría a salvo en Fredericksburg? Había pensado que sí antes, pero ahora tenía sus dudas. Aun así, no podía hacer nada para cambiar las cosas. Se había comprometido al nuevo caso y tenía que irse. Mientras caminaba hacia el carro, miró el bosque espeso y oscuro, escaneándolo para detectar cualquier señal de Peterson. Pero no había ninguna. Capítulo 6 Riley miró el reloj de su carro mientras llevaba a los chicos a una parte exclusiva de Fredericksburg y se estremeció al ver el poco tiempo que le quedaba. Las palabras de Meredith se le vinieron a la mente. Si llegas tarde, las vas a pagar. Tal vez, sólo tal vez, llegaría a la pista de aterrizaje a tiempo. Había planeado sólo llegar a casa para agarrar su maleta, y ahora las cosas se estaban complicando. Se preguntaba si debería llamar a Meredith y advertirle que quizás llegaría tarde debido a problemas familiares. No, mejor no, su jefe ya había estado bastante reacio. No podía esperar que fuera tolerante con ella. Por suerte, la casa de Brian quedaba en el camino a la casa de Ryan. Cuando Riley detuvo su carro frente a un gran patio delantero, dijo, “Debería entrar y decirle a tus padres lo que sucedió”. “No están en casa”, dijo Brian, encogiéndose de hombros. “Papá se fue de la casa, y Mamá casi nunca está”. Se bajó del carro y luego se volvió y dijo, “Gracias por el aventón”. Mientras caminaba hacia su casa, Riley se preguntaba qué tipo de padres dejarían a un chico como él a solas. ¿No saben el tipo de problemas en los que pueden meterse los adolescentes? Pero tal vez su mamá no tiene otra opción, Riley pensó miserablemente. ¿Quién soy yo para juzgar? Tan pronto como Brian entró a su casa, Riley empezó a conducir. April no había dicho nada en todo el viaje, y no parecía estar de humor para hablar ahora. Riley no pudo descifrar si ese silencio era debido al malhumor o a la vergüenza. Entró en cuenta que parecía haber mucho que no sabía acerca de su propia hija. Riley se sentía molesta con April y también consigo misma. Justo ayer parecían estar llevándose bien. Había pensado que April estaba empezando a entender las presiones que sentía un agente del FBI. Pero Riley había insistido que April se fuera a casa de su padre anoche, y hoy April se estaba revelando por el hecho de haber sido obligada a hacerlo. Riley se recordó a sí misma que debía ser mucho más compasiva. Ella siempre había sido una rebelde, también. Y Riley sabía lo que era perder a una madre y tener a un padre distante. Probablemente April temía que lo mismo le sucediera a ella. Teme por mi seguridad, Riley descubrió. Durante los últimos meses, April había visto a su madre sufrir lesiones físicas y emocionales. Después del susto del intruso de la noche anterior, seguramente April estaba muy preocupada. Riley se recordó a sí misma que tenía que prestar mayor atención a cómo pudiera estarse sintiendo su hija. A cualquier persona de cualquier edad le pudiera costar lidiar con las complicaciones de la vida de Riley. Riley se detuvo delante de la casa que una vez había compartido con Ryan. Era una casa grande y hermosa con un pórtico en la puerta lateral, o porte-cochère, como le decía Ryan. Estos días, Riley decidía estacionarse en la calle en vez de la entrada. Nunca se había sentido en casa aquí. De alguna manera, vivir en un vecindario suburbano respetable nunca había sido lo adecuado para ella. Su matrimonio, la casa, el vecindario, todos habían representado muchas expectativas que nunca se había sentido capaz de satisfacer. A lo largo de los años, Riley había entendido que era mejor en su trabajo que en vivir una vida normal. Finalmente había dejado el matrimonio, la casa y el vecindario, y eso la hacía estar aún más decidida de estar a la altura de las expectativas de ser una madre para su hija adolescente. Cuando April comenzó a abrir la puerta del carro, Riley dijo, “Espera”. April se volvió y la miró con expectación. Sin siquiera detenerse a pensar, Riley dijo, “Lo entiendo. Lo entiendo”. April la miró fijamente, pasmada. Por un momento, parecía estar a punto de llorar. Riley se sentía casi tan sorprendida como su hija. No sabía lo que le había pasado. Sólo sabía que ahora no era el momento para un sermón parental, incluso si tuviera tiempo para uno. Su instinto le decía que había dicho lo correcto. Se bajaron del carro y caminaron juntas a la casa. No sabía si tener la esperanza de que Ryan estuviera en casa o no. No quería discutir con él, y ya había decidido no contarle sobre el incidente de la marihuana. Sabía que debía hacerlo, pero simplemente no había tiempo para lidiar con sus reacciones. Aun así, realmente tenía que explicarle que iba a estar ausente unos días. Gabriela, la mujer guatemalteca de mediana edad que había trabajado durante años como la criada de la familia, recibió a Riley y a April en la puerta. Los ojos de Gabriela estaban llenos de preocupación. “Hija, ¿dónde has estado?”, preguntó con un acento pronunciado. “Lo siento, Gabriela”, dijo April dócilmente. Gabriela la miró el rostro de April de cerca. Riley vio por su expresión que detectó que April había estado fumando marihuana. “¡Tonta!”, dijo Gabriela bruscamente. “Lo siento mucho”, dijo April, sonando realmente arrepentida. “Vente conmigo”, dijo Gabriela. Al llevarse a April, se volvió y le dio a Riley una mirada de desaprobación. Riley se debilitó bajo esa mirada. Gabriela era una de las pocas personas en el mundo que verdaderamente la intimidaban. La mujer también trataba a April maravillosamente y en estos momentos parecía estar haciendo un mejor trabajo de crianza que Riley. “¿Está Ryan?”, le preguntó a Gabriela. Mientras se alejaba, Gabriela respondió, “Sí”. Luego dijo, “Señor Paige, su hija volvió”. Ryan apareció en el pasillo, vestido y peinado para salir. Estaba sorprendido de ver a Riley. “¿Qué estás haciendo aquí?”, preguntó. “¿Dónde estaba April?”. “Ella estaba en mi casa”. “¿Qué? ¿La llevaste a tu casa después de todo lo que pasó anoche?”. Riley apretó su mandíbula con exasperación. “No lo hice”, dijo. “Pregúntaselo a ella, si quieres saber cómo llegó allí. No puedo evitar el hecho de que no quiera vivir contigo. Eres el único que puede arreglar eso”. “Todo esto es tu culpa, Riley. La has dejado salirse de control”. Por una fracción de segundo, Riley se enfureció. Pero su furia dio paso a una sensación de que quizás tenía razón. No era justo, pero él realmente sabía cómo provocarla. Riley respiró profundamente y dijo, “Mira, estaré fuera de la ciudad por unos días. Tengo un caso en el norte de Nueva York. April tiene que quedarse aquí y tiene que quedarse quieta. Por favor explícale la situación a Gabriela”. “Tú explícale la situación a Gabriela”, espetó Ryan. “Tengo que verme con un cliente. Ahora mismo”. “Y yo tengo que tomar un avión. Ahora mismo”. Se quedaron mirándose el uno al otro por un momento. Su pelea había llegado a un punto muerto. Mirándolo a los ojos, Riley recordó que una vez lo amó. Y parecía que él también la había amado de la misma manera. Eso había sido cuando ambos eran jóvenes y pobres, antes de que él se convirtiera en un abogado exitoso y ella se convirtiera en una agente del FBI. No pudo evitar observar que todavía era un hombre muy apuesto. Hacía mucho para verse así y pasaba bastantes horas en el gimnasio. Riley también sabía que él tenía muchas mujeres en su vida. Ese era parte del problema—estaba disfrutando de su libertad como soltero demasiado como para preocuparse por la crianza de April. Tampoco es que yo estoy haciendo un mejor trabajo, pensó. Luego Ryan dijo, “Siempre es tu trabajo”. Riley se tragó su ira. Habían discutido este tema demasiado. Su trabajo era demasiado peligroso y demasiado trivial. Su trabajo era todo lo que importaba, porque él ganaba mucho más dinero, y porque él decía que estaba haciendo una diferencia en el mundo. Como si manejar las demandas de sus clientes adinerados era más importante que la guerra interminable de Riley contra el mal. Pero no se dejaría arrastrar por este viejo argumento cansado en este momento. Ninguno de ellos ganaba de todos modos. “Hablaremos cuando vuelva”, dijo. Se volteó y salió de la casa. Escuchó a Ryan cerrar la puerta detrás de ella. Riley entró en su carro y comenzó a conducir. Tenía menos de una hora para volver a Quántico. Su cabeza daba vueltas. Estaban sucediendo muchas cosas en poco tiempo. Justo hace un rato había decidido tomar un nuevo caso. Ahora se estaba preguntando si había sido lo correcto. No sólo le estaba costando a su hija afrontar toda esta situación, también estaba segura que Peterson estaba de vuelta en su vida. Pero de una manera tenía sentido. Si April se quedaba con su padre, estaría segura de las garras de Peterson. Y Peterson no tomaría otras víctimas durante la ausencia de Riley. Aunque le parecía enigmático, Riley estaba segura de una cosa. Ella era su objetivo de venganza. Ella era su próxima víctima prevista y nadie más. Y se sentiría bien estar lejos de él por un tiempo. También se recordó a sí misma una dura lección que había aprendido durante su último caso—no enfrentarse a todo el mal en el mundo al mismo tiempo. Todo se resumía a un lema simple: Un monstruo a la vez. Y ahora iba a perseguir a uno particularmente despiadado, a un hombre que sabía que pronto cobraría su próxima víctima. Capítulo 7 El hombre comenzó a extender longitudes de cadenas en la mesa de trabajo larga en su sótano. Estaba oscuro afuera, pero todos esos enlaces de acero inoxidable brillaban bajo la luz de una bombilla. Jaló completamente una de las cadenas. Los sonidos estrepitosos le traían recuerdos de estar encadenado, enjaulado y siendo atormentado con cadenas como estas. Pero se seguía diciendo a sí mismo: Tengo que enfrentar mis miedos. Y para hacerlo tenía que demostrar su maestría sobre las cadenas. En el pasado, las cadenas lo habían dominado. Es una lástima que alguien tuviera que sufrir a causa de esto. Durante cinco años, pensó que dejaría todo esto en el pasado. Había ayudado mucho el hecho de que la iglesia lo contratara como vigilante nocturno. Le había gustado ese trabajo, se sentía orgulloso de la autoridad que lo acompañaba. Le gustaba sentirse fuerte y útil. Pero le quitaron ese trabajo el mes pasado. Le habían dicho que necesitaban a alguien con conocimientos de seguridad y mejores credenciales—alguien más grande y más fuerte. Prometieron mantenerlo trabajando en el jardín. Todavía se estaría ganando el dinero suficiente para pagar el alquiler de esta casita pequeña. Aun así, perder ese trabajo y esa autoridad que le daba lo había alterado y lo había hecho sentirse indefenso. Esas ansias se desataron de nuevo—esa desesperación de no estar indefenso, esa necesidad frenética de afirmar su dominio sobre las cadenas para que no pudieran dominarlo de nuevo. Había intentado dejar esas ansias atrás, como si pudiera dejar su oscuridad interior aquí en su sótano. Esta última vez, había conducido hasta Reedsport, tratando de escapar de ellas. Pero no pudo hacerlo. No sabía por qué no podía hacerlo. Era un buen hombre con un buen corazón, y le gustaba hacer favores. Pero tarde o temprano, su bondad siempre terminaba perjudicándolo. Cuando ayudó a esa mujer, a esa enfermera, a llevar sus productos a su carro en Reedsport, ella le sonrió y dijo: “¡Qué buen muchacho!”. Hizo un gesto de dolor al recordar esa sonrisa y esas palabras. “¡Qué buen muchacho!”. Su madre sonreía y le decía cosas así, aun cuando le dejaba una cadena demasiado corta en su pierna que no lo dejaba alcanzar comida, ni mirar hacia afuera. Y las monjas también le habían sonreído y le habían dicho cosas así cuando lo miraban por el pequeño hueco de la puerta de su pequeña cárcel. “¡Qué buen muchacho!”. Él sabía que no todas las personas eran crueles. La mayoría de las personas no querían hacerle daño, especialmente en este pequeño pueblo donde se había instalado hace años. Incluso les caía bien. Pero, ¿por qué todos lo veían como un niño, como un niño discapacitado? Tenía veintisiete años y sabía que era excepcionalmente brillante. Su mente estaba llena de pensamientos brillantes y casi nunca se encontraba con un problema que no podía resolver. Pero sabía por qué la gente lo veía de esa manera. Era porque apenas podía hablar. Había tartamudeado irremediablemente toda su vida, y casi nunca trataba de hablar, aunque entendía todo lo que los demás decían. Y era pequeño y débil, y sus rasgos eran cortos e infantiles, como los de personas que habían nacido con algún defecto congénito. Había una mente extraordinaria enjaulada en ese cráneo ligeramente deformado, frustrada por su deseo de hacer cosas brillantes en el mundo. Pero nadie lo sabía. Ni una sola persona. Ni los médicos en el hospital psiquiátrico lo habían sabido. Era irónico. Las personas pensaban que ni siquiera se sabía palabras como irónico. Pero sí se las sabía. Ahora se encontró tocando un botón en su mano nerviosamente. Lo había arrancado de la blusa de la enfermera cuando la había colgado. Recordándola, miró al catre donde la había dejado encadenada por más de una semana. Deseaba poder hablarle, explicarle que él no quería ser cruel, sólo que se parecía mucho a su madre y a las monjas, especialmente con su uniforme de enfermera. Verla en ese uniforme lo había confundido. Era lo mismo con la mujer de hace cinco años, la guardia de prisión. De alguna manera ambas mujeres se habían fusionado en su mente con su madre y las monjas y los trabajadores del hospital. Luchaba una batalla perdida cuando trataba de diferenciarlas. Era un alivio haber terminado con ella. Mantenerla atada así, darle agua y escuchar sus gemidos a través de la cadena que había utilizado para amordazarla era una terrible responsabilidad. Sólo le quitaba la mordaza de vez en cuando para colocar una pajita en su boca para poder darle agua. Pero luego intentaba gritar. Si sólo hubiese podido explicarle que no debía gritar, que había vecinos en la calle que no debían escuchar. Si sólo pudiera habérselo dicho, tal vez habría entendido. Pero no se lo pudo explicar, no con su tartamudeo. En su lugar, la amenazó con una navaja recta mudamente. A la larga, ni la amenaza funcionó. En ese momento tuvo que degollarla. Luego la llevó de nuevo a Reedsport y la colgó para que todos la vieran. No estaba seguro de la razón. Quizás era una advertencia. Si sólo las personas pudieran entender. Si pudieran hacerlo, él no tendría que ser tan cruel. Tal vez también era su forma de decirle al mundo lo mucho que lo lamentaba. Porque sí lo lamentaba. Iría a la floristería mañana y le compraría a su familia un ramo pequeño y barato. No podía hablar con el florista, pero podía escribir instrucciones sencillas. El regalo sería anónimo. Y si encontraba un buen sitio para esconderse, se pararía cerca de su tumba cuando la enterraran, inclinando su cabeza como cualquier otro doliente. Tensó otra cadena sobre su mesa de trabajo, apretando sus extremos tan fuertemente como pudo, aplicando todas sus fuerzas, silenciando su traqueteo. Pero en lo profundo de su ser sabía que eso no sería suficiente para hacerlo el maestro de las cadenas. Para eso, tendría que usar las cadenas de nuevo. Y usaría una de las camisas de fuerza que le quedaban. Tenía que atar a alguien como él había sido atado. Alguien más tendría que sufrir y morir. Capítulo 8 Tan pronto como Riley y Lucy desembarcaron del avión del FBI, un policía uniformado joven vino corriendo hacia ellas por la pista. “Estoy muy feliz de verlas”, dijo. “El Comisario Alford está que echa chispas. Si alguien no baja el cuerpo de Rosemary, tendrá un derrame cerebral. Los reporteros están encima de lo que pasó. Soy Tim Boyden”. Riley sintió un vacío cuando ella y Lucy se presentaron. Que los medios de comunicación estén en una escena tan rápidamente era una señal de problemas. El caso había empezado mal. “¿Puedo ayudarles a cargar su equipaje?”, preguntó el Oficial Boyden. “Estamos bien”, dijo Riley. Sólo tenían un par de maletas pequeñas. El Oficial Boyden señaló al otro lado de la pista. “El carro está por allá”, dijo. Los tres caminaron rápidamente al carro. Riley se sentó en el lado del copiloto, mientras que Lucy tomó el asiento trasero. “Estamos a sólo un par de minutos del pueblo”, dijo Boyden cuando empezó a conducir. “No puedo creer lo que está sucediendo. Pobre Rosemary. Todos las querían bastante. Siempre ayudaba a otras personas. Cuando desapareció hace un par de semanas, todos temíamos lo peor. Pero no podíamos habernos imaginado...”. Su voz se quebró y sacudió la cabeza con incredulidad. Lucy se inclinó hacia adelante desde el asiento trasero. “Entiendo que hubo un asesinato como este antes”, dijo. “Sí, cuando todavía estaba en la escuela secundaria”, dijo Boyden. “Aunque no fue aquí en Reedsport. Fue cerca de Eubanks, más al sur por el río. Un cuerpo en cadenas, igual que Rosemary. Llevaba también una camisa de fuerza. ¿Tiene razón el Comisario? ¿Tenemos un asesino en serie?”. “No lo sabemos todavía”, dijo Riley. La verdad es que pensaba que el Comisario tenía razón. Pero el joven oficial parecía estar bastante molesto. No tenía sentido alarmarlo más. “No puedo creerlo”, dijo Boyden, sacudiendo su cabeza de nuevo. “Un pueblo pequeño y agradable como el nuestro. Una señora agradable como Rosemary. No puedo creerlo”. Mientras condujeron la ciudad, Riley vio un par de camionetas con equipos de noticias de TV en su calle principal. Un helicóptero con un logotipo de una estación de TV volaba en circuito sobre el pueblo. Boyden condujo a una barricada donde se habían reunido un pequeño grupo de reporteros. Un oficial dejó pasar el carro. Pocos segundos después, Boyden detuvo el carro junto a un tramo de vías de tren. Allí estaba el cuerpo, colgado de un poste eléctrico. Varios policías uniformados estaban parados a pocos metros del cuerpo. A lo que Riley se bajó del carro, reconoció al Comisario Raymond Alford que estaba acercándose a ella. No se veía nada alegre. “Espero que hayas tenido una muy buena razón para dejar el cuerpo colgando así”, dijo. “Esto ha sido una pesadilla. El alcalde está amenazando con quitarme mi placa”. Riley y Lucy lo siguieron al cuerpo. A la luz vespertina, se veía aún más extraño que en las fotos que Riley había visto en su computadora. Las cadenas de acero inoxidable brillaban en la luz. “Me imagino que acordonaste la escena”, le dijo Riley a Alford. “Hemos hecho lo mejor que hemos podido”, dijo Alford. “Bloqueamos el área lo suficiente para que nadie pudiera ver el cuerpo excepto desde el río. Redireccionamos los trenes para que rodeen el pueblo. Eso los está retrasando y está causando estragos en sus horarios. Así debe ser cómo los canales de noticias de Albany descubrieron que algo estaba pasando. Obviamente ninguno de nuestros agentes se los dijo”. Alfred no se escuchaba mucho por el sonido del helicóptero de TV que volaba directamente sobre ellos. Se dio por vencido en tratar de decir lo quería decir. Riley podría leer las maldiciones en sus labios mientras miraba el helicóptero. Sin elevarse, el helicóptero se movía en círculos. Obviamente, el piloto pretendía regresarse a esta zona. Alford sacó su teléfono celular. Cuando pudo comunicarse con alguien, gritó, “Te dije que mantuvieras a tu maldito helicóptero lejos de la escena. Ahora dile a tu piloto que mantenga a esa cosa a unos quinientos pies de distancia. Es la ley”. Por la expresión de Alford, Riley sospechaba que la persona se estaba resistiendo. Finalmente, Alford dijo, “Si no lo alejas de aquí ahora mismo, les prohibiré a tus reporteros a que estén en la rueda de prensa que daré esta tarde”. Su rostro se relajó un poco. Levantó la mirada y esperó. Efectivamente, después de unos momentos el helicóptero ascendió a una altura más razonable. El ruido del motor todavía llenaba el aire con un zumbido fuerte y constante. “Dios, espero que esto no siga por mucho más”, gruñó Alfred. “Tal vez cuando bajemos el cuerpo habrá menos que los atraiga. Aun así, en el corto plazo, supongo que esto tiene su lado positivo. Los hoteles y las posadas están recibiendo más clientes. Los restaurantes también—los periodistas tienen que comer. ¿Pero a la larga? Es malo si esto ahuyenta a los turistas de Reedsport”. “Has hecho un buen trabajo de mantenerlos alejados de la escena”, dijo Riley. “Supongo que es algo”, dijo Alford. “Vengan, terminemos con esto de una buena vez”. Alford acercó a Riley y a Lucy al cuerpo suspendido. El cuerpo estaba dentro de un arnés de cadenas improvisado que lo envolvía completamente. El arnés estaba atado a una cuerda pesada que se enlazaba a través de una polea de acero que estaba atada a un travesaño alto. El resto de la cuerda descendía a la tierra en un ángulo agudo. Riley podía ver el rostro de la mujer ahora. Una vez más, su parecido a Marie la atravesó como una descarga eléctrica, el mismo dolor silencioso y angustia que el rostro de su amiga había mostrado después de haberse ahorcado. Los ojos saltones y la cadena que la amordazaba hacían que toda la imagen fuera aún más inquietante. Riley miró a su nueva compañera para ver cómo estaba reaccionando. Para sorpresa suya, vio que Lucy ya estaba tomando notas. “¿Es esta tu primera escena del crimen?”, le preguntó Riley. Lucy simplemente asintió con la cabeza mientras escribía y observaba. Riley pensó que estaba tomando esto de ver el cadáver bastante bien. Muchos novatos estarían vomitando en los arbustos ahora mismo. Por el contrario, Alford se veía bastante mareado. No se había acostumbrado a ello, incluso después de tantos años. Riley esperaba que nunca tuviera que hacerlo, por su bien. “No hiede mucho todavía”, dijo Alford. “Todavía no”, dijo Riley. “Todavía está en un estado de autolisis, más que todo una descomposición interna de sus células. No hay una temperatura lo suficientemente caliente como para acelerar el proceso de putrefacción. El cuerpo no ha comenzado a derretirse por dentro. Allí es cuando el olor empeora bastante”. Alford empalideció más luego de esas palabras. “¿Y el rigor mortis?”, preguntó Lucy. “Está en pleno rigor, estoy segura de eso”, dijo Riley. “Probablemente lo estará por otras doce horas”. Lucy no se veía ni un poco perturbada. Sólo seguía tomando notas. “¿Descubrieron cómo el asesino logró colgarla allí?”, le preguntó Lucy a Alford. “Tenemos una idea bastante buena”, dijo Alford. “Se subió y ató la polea en su lugar. Luego subió el cuerpo. Pueden ver cómo está sujetado”. Alford señaló a un conjunto de pesas de hierro que estaban al lado de las vías. La cuerda pasaba por los orificios en las pesas, anudadas cuidadosamente para que no se soltaran. Las pesas eran del tipo que pueden encontrarse en las máquinas de pesas de un gimnasio. Lucy se inclinó y miró las pesas más de cerca. “Hay casi el peso suficiente para contrarrestar totalmente el cuerpo”, dijo Lucy. “Lo extraño es que arrastró todo este material pesado con él. Pensarías que simplemente ataría la cuerda al poste”. “¿Qué te dice eso?”, preguntó Riley. Lucy pensó por un momento. “Es pequeño y no muy fuerte”, dijo Lucy. “La polea no le dio el impulso suficiente. Necesitó a las pesas para que lo ayudaran”. “Muy bien”, dijo Riley. Luego señaló al otro lado de las vías del tren. Por un breve tramo, unas pistas de neumático parciales se desviaban del pavimento a la tierra. “Y, por lo que se puede ver, detuvo su carro muy cerca de aquí. Tuvo que hacerlo. No podía arrastrar el cuerpo tan lejos por su cuenta”. Riley examinó la tierra cerca del poste eléctrico y encontró hendiduras. “Parece que utilizó una escalera”, dijo. “Sí, y la encontramos”, dijo Alford. “Vengan para mostrársela”. Alford guio a Riley y a Lucy al otro lado de las pistas, a un almacén deteriorado de acero corrugado. Había una cerradura rota colgando del cerrojo de la puerta. “Se puede ver cómo entró a la fuerza”, dijo Alford. “Se le hizo bastante fácil, unas corta cadenas probablemente lo hicieron posible. Este almacén no se utiliza mucho, más que todo para almacenamiento a largo plazo, así que no es muy seguro”. Alford abrió la puerta y encendió las luces fluorescentes. El lugar estaba casi vacío, excepto por unos contenedores llenos de telarañas. Alford señaló a una escalera alta que estaba apoyada contra la pared que estaba al lado de la puerta. “Allí está la escalera”, dijo. “Encontramos tierra fresca en los peldaños. Probablemente es de aquí y el asesino sabía que estaba adentro. Entró a la fuerza, la sacó y se subió en ella para atar la polea en su lugar. Una vez que colocó el cuerpo donde él lo quiso, arrastró la escalera a su lugar. Y luego se fue”. “Tal vez encontró la polea dentro el almacén también”, sugirió Lucy. “El frente de este almacén está alumbrado de noche”, dijo Alford. “Así que es audaz, y apuesto a que es bastante rápido, aunque no es muy fuerte”. En ese momento escucharon un chasquido agudo afuera. “¿Qué diablos?”, gritó Alford. Riley supo inmediatamente que había sido un disparo. Capítulo 9 Alford sacó su pistola y salió rápidamente del almacén. Riley y Lucy lo siguieron con sus manos en sus propias armas. Algo estaba haciendo círculos sobre el poste en donde colgaba el cuerpo. Hacía un zumbido constante. El Oficial Boyden tenía su pistola afuera. Acababa de dispararle al pequeño drone que estaba rodeando el cuerpo y se estaba preparando para hacerlo de nuevo. “Boyden, ¡guarda esa maldita pistola!”, gritó Alford mientras guardaba su propia arma. Boyden se volvió hacia Alford, sorprendido. Justo cuando estaba guardando su arma, el drone se elevó y se fue volando. El Comisario estaba enfurecido. “¿En qué diablos pensabas al disparar tu arma de esa manera?,” le preguntó a Boyden. “Protegiendo la escena”, dijo Boyden. “Es probablemente algún blogger tomando fotos”. “Probablemente”, dijo Alford. “A mí tampoco me gusta eso. Pero derribar esas cosas es ilegal. Además, esta es una zona poblada. Deberías ser más inteligente que esto”. Boyden agachó la cabeza avergonzadamente. “Lo lamento, señor”, dijo. Alford se volvió hacia Riley. “¡Diablos, ahora son drones!”, dijo. “De veras que odio el siglo veintiuno. Agente Paige, por favor dime que podemos bajar el cuerpo ahora”. “¿Tienes más fotos de las que ya he visto?”, preguntó Riley. “Muchas de ellas, mostrando cada pequeño detalle”, dijo Alford. “Puedes verlas en mi oficina”. Riley asintió. “He visto lo que necesitaba ver aquí. Y has hecho un buen trabajo de mantener la escena bajo control. Pueden bajar el cuerpo”. “Llama al médico forense del condado”, le dijo Alford a Boyden. Dile que ya puede dejar de comerse las uñas de tanto esperar”. “Listo, Comisario”, dijo Boyden, sacando su teléfono celular. “Vamos”, le dijo Alford a Riley y a Lucy. Las llevó a su patrulla. Cuando entraron y empezaron su camino, un policía permitió que el carro pasara la barricada para llegar a la calle principal. Riley trató de tomar una nota mental de la ruta. El asesino tendría que haber usado la misma ruta que usó Boyden y Alford para entrar y salir. No había otra manera de entrar al área entre el almacén y las vías del tren. Parecía probable que alguien hubiera visto el carro del asesino, aunque probablemente no le hubiera parecido inusual. El Departamento de Policía de Reedsport no era más que una estructura de ladrillos en la calle principal del pueblo. Alford, Riley y Lucy entraron y se sentaron en la oficina del Comisario. Alford colocó una pila de carpetas en su escritorio. “Esto es todo lo que tenemos”, dijo. “El expediente completo del caso antiguo de hace cinco años y todo lo que sabemos del asesinato de anoche”. Cada una tomó una carpeta y comenzó a leer. Las fotos del primer caso llamaron la atención de Riley. Las dos mujeres tenían casi la misma edad. La primera trabajaba en una prisión, lo que la ponía en cierto grado de riesgo de una victimización posible. Pero la segunda sería considerada una víctima de menor riesgo. Y no había ningún indicio de que ninguna de ellas frecuentara bares u otros lugares que las hicieran más vulnerables. En ambos casos, las personas que conocían a las mujeres las habían descrito como amables, serviciales y convencionales. Ahora bien, tuvo que haber algún factor que atrajo al asesino a estas mujeres particulares. “¿Avanzaron en el caso del asesinato de Marla Blainey?”, le preguntó Riley a Alford. “Estaba bajo la jurisdicción de la policía de Eubanks. El Capitán Lawson. Pero trabajé con él en ese caso. No encontramos nada útil. Las cadenas eran perfectamente normales. El asesino pudo haberlas comprado en cualquier ferretería”. Lucy se inclinó hacia Riley para ver las mismas fotos. “Aun así, compró muchas de ellas”, dijo Lucy. “Pensarías que algún empleado habría notado a alguien que estuviera comprando tantas cadenas”. Alford asintió con la cabeza, estando de acuerdo. “Sí, eso es lo que pensamos en el momento. Pero contactamos las ferreterías de la zona. Ninguno de los empleados se percató de ninguna venta inusual como esa. Quizás compró unas pocas por aquí y por allá, sin atraer mucha atención. Cuando llegó el momento del asesinato, ya tenía unas cuantas a mano. Tal vez todavía las tiene”. Riley miró la camisa de fuerza que llevaba la mujer de cerca. Parecía idéntica a la que había sido utilizada para atar a la víctima de anoche. “¿Y qué hay de la camisa de fuerza?”, preguntó Riley. Alford se encogió de hombros. “Crees que algo así sería fácil de rastrear. Pero no encontramos nada. Es estándar en los hospitales psiquiátricos. Verificamos todos los hospitales del estado, incluyendo el que queda muy cerca de aquí. Nadie notó que faltaban ningunas camisas de fuerzas, ni que habían sido robadas”. Cayó un silencio mientras Riley y Lucy siguieron viendo los informes y las fotos. Los cuerpos habían sido dejados dentro de diez millas de cada uno. Eso indicaba que el asesino probablemente no vivía muy lejos. Pero el cadáver de la primera mujer había sido vertido bruscamente en la orilla del río. Durante los cinco años entre los asesinatos, la actitud del asesino había cambiado de alguna manera. “¿Qué piensas de este tipo?”, preguntó Alford. “¿Por qué la camisa de fuerza y todas las cadenas? ¿No parece una exageración?”. Riley lo pensó por un momento. “No en su mente”, dijo. “Se trata de poder. Quiere restringir a sus víctimas no sólo físicamente, sino simbólicamente. Va mucho más allá de lo práctico. Se trata de quitarle el poder de la víctima. El asesino quiere decir algo importante con eso”. “¿Pero por qué mujeres?”, preguntó Lucy. “Si quiere debilitar a sus víctimas, ¿no sería más dramático hacérselo a hombres?”. “Es una buena pregunta”, respondió Riley. Pensó en la escena del crimen, cómo el cuerpo había sido tan cuidadosamente contrapesado. “Pero recuerda que no es muy fuerte”, dijo Riley. “En parte podría ser una cuestión de elegir blancos más fáciles. Las mujeres de mediana edad como estas probablemente no pelearían mucho. Pero también pueden representar algo en su mente. No fueron seleccionadas como individuos, sino como mujeres, y lo que sea que las mujeres representan para él”. Alford dejó escapar un gruñido cínico. “Así que estás diciendo que no fue personal”, dijo. “No es que estas mujeres hicieron algo para que las atrapara y las asesinara. No es que el asesino pensaba que se lo merecían”. “A menudo es así”, dijo Riley. “En mi último caso, el asesino persiguió a mujeres que compraron muñecas. No le importaba quienes eran. Todo lo que importaba es que él las vio comprar una muñeca”. Vino otro silencio. Alford miró su reloj. “Tengo una conferencia de prensa en una media hora”, dijo. “¿Hay algo más que tengamos que discutir antes de eso?”. Riley dijo: “Bueno, cuanto antes la Agente Vargas y yo podamos entrevistar a la familia de la víctima, mejor. Esta noche, si es posible”. Alford se tocó la ceja con preocupación. “No lo creo”, dijo. “Su marido murió cuando era joven, quizás hace unos quince años. Todo lo que tiene es un par de hijos adultos, un hijo y una hija, ambos con sus propias familias. Viven aquí en el pueblo. Mis agentes han estado entrevistándolos todo el día. Realmente están cansados y consternados. Mejor los volvemos a someter a eso mañana”. Riley vio que Lucy estaba a punto de oponerse, así que la detuvo con un gesto silencioso. Era inteligente de Lucy querer entrevistar a la familia inmediatamente. Pero Riley también sabía que era mejor no causar problemas con las autoridades locales, especialmente si parecían ser tan competentes como Alford y su equipo. “Entiendo”, dijo Riley. “Lo intentaremos mañana en la mañana. ¿Y la familia de la primera mujer?”. “Creo que todavía quedan algunos familiares en Eubanks”, dijo Alford. “Lo investigaré. No nos precipitemos. El asesino no tiene prisa, después de todo. Su último asesinato ocurrió hace cinco años, y no es responsable actuar pronto. Tomémonos el tiempo y hagamos las cosas bien”. Alford se levantó de su silla. “Mejor me preparo para la conferencia de prensa”, dijo. “¿Desean ser parte de ella? ¿Tienen que hacer algún tipo de declaración?”. Riley lo pensó. “No, no lo creo”, dijo. “Es mejor si el FBI mantiene un perfil bajo por el momento. No queremos que el asesino sienta que está atrayendo mucha publicidad. Estaría más propenso a actuar si piensa que no está recibiendo la atención que merece. Por ahora es mejor que el público vea tu cara”. “Bueno, entonces tienen tiempo para instalarse”, dijo Alford. “Reservé unas habitaciones en una posada local para ustedes. También hay un carro en el frente que pueden utilizar”. Deslizó del formulario de reserva de habitación y un juego de llaves de carro por su escritorio a Riley. Ella y Lucy salieron de la estación. * Más tarde esa misma noche, Riley se encontraba sentada en un mirador, observando la calle principal de Reedsport. Había caído la noche y las farolas se estaban encendiendo. El aire de la noche era cálido y agradable y todo estaba tranquilo, no había reporteros a la vista. Alford había reservado dos habitaciones de segundo piso en la posada para Riley y Lucy. La dueña del lugar les había servido una cena deliciosa. Luego Riley y Lucy habían pasado más o menos una hora en la sala principal en la planta baja, haciendo planes para el día siguiente. Reedsport realmente era un pueblo pintoresco y encantador. Bajo diferentes circunstancias, sería un buen lugar para tomar unas vacaciones. Pero ahora que Riley estaba lejos de todo lo del asesinato del día anterior, su mente volvió a preocupaciones más familiares. No había pensado en Peterson durante todo el día hasta ahora. Estaba ahí afuera y ella lo sabía, pero nadie más le creía. ¿Había sido prudente dejar las cosas así? ¿Debió haberse esforzado más en convencer a alguien? Le dio escalofríos el pensar que dos asesinos, Peterson y quien había matado a las dos mujeres aquí, estaban viviendo sus vidas de lo más normal. ¿Cuántos más había por ahí, en algún lugar del estado, en algún lugar del país? ¿Por qué estaba plagada nuestra cultura de estos seres humanos retorcidos? ¿Qué podrían estar haciendo? ¿Estaban conspirando en alguna parte en aislamiento, o estaban pasando tiempo con amigos y familiares, personas inocentes y desprevenidas que no tenían ni idea del mal que estaba en medio de ellos? Por el momento, Riley no tenía ninguna manera de saberlo. Pero era su trabajo averiguarlo. También se encontró pensando ansiosamente en April. No le había parecido correcto simplemente dejarla con su padre. Pero, ¿qué más podía hacer? Riley sabía que, aunque no hubiera tomado este caso, otro hubiese venido pronto. Simplemente estaba demasiado involucrada en su trabajo como para ocuparse de una adolescente rebelde. Pero no estaba en casa. Sacó su celular y envío un mensaje de texto de forma impulsiva. Hola April. ¿Cómo estás? Después de unos segundos, llegó la respuesta: Estoy bien, Mamá. ¿Cómo estás? ¿Ya lo resolviste? Le tomó a Riley un momento para darse cuenta que April estaba hablando del caso nuevo. Todavía no, escribió. April respondió, Lo resolverás pronto. Riley sonrió por lo que sonaba como un voto de confianza. ¿Quieres hablar?, escribió. Puedo llamarte ahora mismo. Esperó la respuesta de April por unos momentos. No en este momento. Estoy bien. Riley no entendió exactamente lo que quería decir. Su corazón se hundió un poco. OK, escribió. Buenas noches. Te amo. Terminó el chat y se quedó sentada allí, mirando la noche profunda. Sonrió con nostalgia al recordar la pregunta de April... “¿Ya lo resolviste?”. “Lo” podría significar cualquiera de las miles de cosas en la vida de Riley. Y sentía que todavía faltaba mucho para resolverlas. Riley se quedó observando la noche de nuevo. Mientras miraba la calle principal, se imaginó al asesino conduciendo por la ciudad en camino a las vías de tren. Había sido un movimiento audaz. Pero no tan audaz como tomarse el tiempo para colgar el cuerpo de un poste de electricidad donde sería visible en la luz del almacén. Esa parte de su MO había cambiado drásticamente en los últimos cinco años, de tirar descuidadamente un cuerpo por el río a colgar este para que todos lo vieran. Esto no le pareció a Riley como particularmente organizado, pero se estaba volviendo más obsesivo. Algo en su vida debió haber cambiado. ¿Qué era? Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693815&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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