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Una Vez Inactivo Blake Pierce Un Misterio de Riley Paige #14 ¡Una obra maestra del género del thriller y misterio! Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido) UNA VEZ INACTIVO es el libro #14 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con el bestseller UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas! Después de permanecer inactivo durante 10 años, un asesino en serie escurridizo ataca de nuevo, dejando pocas pistas. La única forma en que la agente especial del FBI Riley Paige podrá atraparlo es resolviendo enigmas del pasado. Varias mujeres están apareciendo muertas, y en este thriller psicológico oscuro, Riley Paige se da cuenta de que está en una carrera contra el tiempo. Los asesinatos del pasado eran demasiado desconcertantes como para ser resueltos en aquel entonces. ¿Podrá Riley resolverlos ahora, que llevan 10 años enfriados? ¿Y atar cabos para resolver los crímenes del presente?Cuando Riley encuentra su vida personal en crisis, jugar al gato y al ratón con un brillante psicópata quizá sea demasiado para ella. Sobre todo porque algo anda mal en este caso…Un thriller lleno de acción con suspenso emocionante, UNA VEZ INACTIVO es el libro #14 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #15 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto. Blake Pierce UNA VEZ INACTIVO Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regresa a Smashwords.com y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor.   Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son o bien productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Pavel Chagochkin, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ INACTIVO (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) PRÓLOGO Gareth Ogden se encontraba en una gran playa con vistas al Golfo de México. La marea estaba baja y el Golfo estaba quieto, no había ni una sola ola. Vio unas cuantas gaviotas en el cielo oscuro y oyó sus graznidos cansados sobre el sonido de las olas. Tomó una fumada de su cigarrillo y pensó con una sonrisa amarga: «Al parecer las gaviotas también odian este clima.» No estaba seguro de por qué se había molestado en venir hasta aquí. Solía disfrutar de los sonidos y los olores de la playa de noche. Tal vez era porque se estaba poniendo viejo, pero ahora le resultaba difícil disfrutar de nada en este calor. Los veranos cada vez eran más calientes. Incluso ahora que ya había atardecido, la brisa no refrescaba nada, y la humedad era sofocante. Se terminó su cigarrillo y lo pisó en la arena. Luego se dio la vuelta para caminar de regreso por el paseo marítimo en dirección a su casa, una estructura curtida que daba a la antigua carretera y la playa desierta. Mientras avanzaba por la arena, Gareth pensó en todas las reparaciones que había tenido que hacerle a su casa después del último huracán que había tenido lugar hace solo unos años. Había tenido que reconstruir el gran porche y los escalones, y reemplazar una gran cantidad de revestimiento del techo y algunas tejas, pero había tenido suerte de que su casa no había sufrido daños estructurales graves. Amos Crites, el dueño de las casas a ambos lados de la de Gareth, había tenido que reconstruirlas casi por completo. «Esa maldita tormenta», pensó mientras mataba un mosquito. Los valores inmobiliarios habían caído mucho desde entonces. Deseaba poder vender la casa y salir corriendo de Rushville, pero nadie pagaría lo suficiente por ella. Aunque Gareth había vivido toda su vida en este pueblo, no sentía que realmente pertenecía. Para él, Rushville había decaído desde hace mucho tiempo, al menos desde que la interestatal había sido construida. Solía ser un pequeño pueblo turístico de verano, pero esos días habían quedado muy atrás. Gareth se abrió paso entre una abertura en la valla de madera y llegó a la calle frente a la playa. Cuando sintió las suelas de sus zapatos absorber el calor del pavimento, levantó la mirada hacia su casa. El primer piso estaba iluminado. «Casi como si alguien viviera allí», pensó. Aunque «vivir» no parecía la palabra correcta, dado que no se sentía vivo. Y pensar en épocas más felices, cuando su esposa, Kay, todavía estaba viva y estaban criando a su hija, Cathy, solo lo hacía sentirse más deprimido. Mientras caminaba por la acera que conducía a su casa, Gareth vislumbró algo a través de la puerta mosquitera, una sombra que se movía adentro. «¿Quién podría ser?», se preguntó. No le sorprendía que algún visitante había entrado. La puerta principal siempre estaba abierta, así como también la puerta mosquitera. Los amigos de Gareth iban y venían como les placía. —Es un país libre —les gustaba decirles. Mientras subía los escalones torcidos hasta el porche, Gareth pensó que el visitante podría ser Amos Crites. Tal vez Amos había venido para revisar sus propiedades de playa. Gareth sabía que nadie las había alquilado para el mes de agosto, un mes notoriamente caliente y pegajoso en esta área. «Sí, apuesto a que es Amos», pensó Gareth mientras cruzaba el porche. Amos a menudo pasaba por su casa a hablar y quejarse de cualquier cosa, lo cual Gareth también hacía con él. Se supone que tal vez Amos y él eran una mala influencia el uno para el otro… «Bueno, ¿para qué son los amigos?», pensó. Gareth estaba al otro lado de la puerta, sacudiéndose arena de las sandalias. –Hola, Amos —dijo en voz alta—. Agarra una cerveza de la nevera. Esperó que Amos le dijera: —Ya la tengo. Pero nadie respondió. Gareth supuso que tal vez Amos estaba en la cocina, agarrando una cerveza. O tal vez estaba más molesto que de costumbre. Eso no le molestaba a Gareth en absoluto, dado que los miserables quieren compañía. Gareth abrió la puerta mosquitera y entró. –Hola, Amos, ¿cómo estás? —dijo en voz alta. Vio un destello de movimiento. Se volvió y vislumbró una sombra recortada cerca de la lámpara de la sala de estar. Quienquiera que fuese se precipitó sobre Gareth demasiado rápido como para darle tiempo de hacer ninguna pregunta. La figura levantó un brazo y Gareth vislumbró un destello de acero. Algo duro golpeó su frente, y luego sintió una explosión de dolor. Y después de eso, nada. CAPÍTULO UNO La luz solar brillaba sobre las olas mientras Samantha Kuehling conducía la patrulla por la costa. Sentado a su lado en el asiento del pasajero, su compañero Dominic Wolfe dijo: —Lo creeré cuando lo vea. Sam no respondió. Ni ella ni Dominic sabían exactamente qué verían. Pero la verdad era que en estos momentos creería lo que sea. Había conocido al niño de catorce años, Wyatt Hitt, toda su vida. Podía ser intratable, al igual que cualquier niño de esa edad, pero no era mentiroso. Y había parecido histérico cuando llamó a la comisaría hace un rato. Había dejado algo muy en claro: —Algo le pasó a Gareth Ogden.Algo malo. Más allá de eso, Sam no sabía nada más. Y Dominic tampoco. Mientras estacionó el auto delante de la casa de Gareth, vio que Wyatt estaba sentado al final de los escalones que daban al porche. A su lado había una bolsa de tela de periódicos no entregados. Cuando Sam y Dominic se salieron del auto y se acercaron a él, el chico con cabello claro ni siquiera los miró. Solo siguió mirando al frente. La cara de Wyatt estaba aún más pálida de lo habitual, y estaba temblando, a pesar de que la mañana ya estaba bastante caliente. «Está en shock», se dio cuenta Sam. Dominic le dijo: —Dinos lo que pasó. Wyatt se incorporó al oír el sonido de la voz de Dominic y lo miró con ojos vidriosos. Luego balbuceó en una voz ronca y asustada agravada por la adolescencia: —Está ahí, en la casa. El Sr. Ogden… Luego miró fijamente el Golfo de nuevo. Sam y Dominic se miraron. Sabía por la expresión alarmada de Dominic que esto estaba volviéndose real para él. Sam se estremeció al pensar: «Tengo la sensación de que está a punto de volverse muy real para ambos.» Ella y Dominic subieron los escalones y cruzaron el porche. Cuando miraron a través de la puerta mosquitera, vieron a Gareth Ogden. Dominic se tambaleó hacia atrás. –¡Dios mío! —gritó. Ogden estaba tumbado de espaldas en el piso, con los ojos y la boca abierta. Tenía una herida abierta y sangrante en la frente. Luego Dominic giró de espaldas hacia los escalones y le gritó a Wyatt: —¿Qué demonios pasó? ¿Qué hiciste? Sintiéndose un poco sorprendida de no compartir el pánico de Dominic, Sam tocó su brazo y le dijo en voz baja: —No hizo nada, Dom. Es solo un chico. Es solo un chico que reparte periódicos. Dominic sacudió su mano y bajó los escalones. Arrastró al pobre Wyatt a sus pies. –¡Dime! —gritó Dominic—. ¿Qué hiciste? ¿Por qué lo hiciste? Sam bajó corriendo los escalones detrás de Dominic. Agarró al policía histérico y tiró de él hacia el césped con fuerza. –Déjalo en paz, Dom —dijo Sam—. Yo me encargo de esto, ¿de acuerdo? La cara de Dominic parecía tan pálida como la de Wyatt, y él también estaba temblando de la impresión. Dominic se limitó a asentir, y Sam se dirigió de nuevo hacia Wyatt y lo ayudó a sentarse. Se agachó delante de él y le tocó en el hombro. Luego le dijo: —Todo va a estar bien, Wyatt. Solo respira profundo. El pobre Wyatt no podía seguir sus instrucciones. En cambio, parecía estar hiperventilando y llorando al mismo tiempo. Wyatt logró decir entre sus sollozos: —Vine a entregar su periódico y lo encontré así. Sam entrecerró los ojos, tratando de darle sentido a esto. –¿Por qué subiste hasta el porche del Sr. Ogden? —preguntó—. ¿Por qué no simplemente tiraste el periódico al patio? Wyatt se encogió de hombros y dijo: —Se molestaba cuando hacía eso. Me decía que hacía demasiado ruido, que lo despertaba. Por eso me dijo que tenía que subir hasta el porche y dejar el periódico entre la puerta mosquitera y la puerta principal. Me dijo que de lo contrario se volaría. Por eso subí y estuve a punto de abrir la puerta mosquitera hasta que vi… —Wyatt jadeó y luego añadió—. Así que te llamé al celular. Sam le dio una palmada en el hombro y luego le dijo: —Todo va a estar bien. Hiciste lo correcto al llamar a la policía. Ahora espera aquí. Wyatt miró su bolsa y dijo: —Pero aún tengo que repartir estos periódicos. «Pobre chico», pensó Sam. Obviamente estaba confundido. Además de eso, parecía que se sentía culpable. Sam supuso que era una reacción natural. –No tienes que hacer nada —le dijo—. No estás en problemas. Todo va a estar bien. Ahora solo espera aquí, como te dije. Se levantó del escalón y buscó a Dominic, quien estaba de pie en el patio con la boca abierta. Sam estaba empezando a enojarse. «No se está comportando como un policía», pensó. Ella le dijo: —Dom, vamos. Tenemos que echarle un vistazo. Dom se quedó allí como si fuera sordo y no sabía que le había hablado. Así que Sam le dijo bruscamente: —Dominic, ven conmigo, maldita sea. Dominic asintió y luego la siguió por los escalones hasta la casa. Gareth Ogden yacía explayado en el piso, usando sandalias, shorts y una camiseta. La herida en su frente parecía extrañamente precisa y simétrica. Sam se agachó para echarle un mejor vistazo. Aún de pie, Dominic tartamudeó: —N… no toques nada. Sam estuvo a punto de gruñir: —¿Qué crees que soy, una idiota? ¿Qué policía no sabía que debía tener cuidado en este tipo de escenas del crimen? Pero en su lugar, levantó la mirada hacia Dominic y vio que aún estaba pálido y tembloroso. «¿Y si se desmaya?», pensó. Sam señaló un sillón cercano y dijo: —Siéntate, Dom. Dominic hizo lo que le dijo sin decir nada. Sam se preguntó: «¿Es primera vez que ve un cadáver?» Su propia experiencia con cadáveres estaba limitada a los funerales de ataúd abierto de sus abuelos. Por supuesto, esto era completamente diferente. Aun así, Sam se sentía extrañamente tranquila y bajo control, casi como si se hubiera estado preparando para enfrentar algo así durante mucho tiempo. Dominic obviamente no se sentía igual. Miró la herida en la frente de Ogden de cerca. Parecía la gran dolina que se había derrumbado bajo una carretera rural cerca de Rushville el año pasado, una gran cavidad abierta rara que no pertenecía allí. Más extraño aún, su piel parecía intacta, no desgarrada, pero sí estirada por el objeto que la había golpeado. Solo le tomó a Sam un momento darse cuenta del objeto que había sido utilizado para matar a Ogden. Le dijo a Dominic: —Alguien lo golpeó con un martillo. Al parecer sintiéndose menos aprensivo ahora, Dominic se levantó del sillón, se arrodilló junto a Sam y observó el cadáver con atención. –¿Cómo sabes que fue un martillo? —preguntó. Dándose cuenta de que se trataba de un chiste de mal gusto, Sam dijo: —Sé mucho de herramientas. Estaba diciendo la verdad. De niña, su padre le enseñó más sobre herramientas que la mayoría de los chicos del pueblo aprendían en toda su vida. Y la hendidura en la frente de Ogden era igual que la punta redonda de un martillo común y corriente. La herida era demasiado grande para ser hecha por un martillo de bola. Además, solo un martillo más pesado habría podido dar un golpe tan mortal. «Un martillo de orejas o un martillo de geólogo —pensó—. Uno o el otro.» Le dijo a Dominic: —Me pregunto cómo entró el asesino. –Sé cómo —dijo Dominic—. Ogden no se molestaba en cerrar su puerta principal con llave, ni siquiera cuando salía. A veces la dejaba abierta de noche. Sabes cómo son las personas que viven aquí en la costa, estúpidas y confiadas. A Sam le pareció difícil escuchar las palabras «estúpidas» y «confiadas» en la misma oración. La gente debería poder dejar sus casas abiertas en un pueblo como Rushville. No había habido ningún delito violento aquí durante años. «Bueno, ya no serán tan confiadas», pensó. Sam dijo: —La pregunta es, ¿quién hizo esto? Dominic se encogió de hombros y dijo: —No lo sé, pero parece que Ogden fue tomado por sorpresa. Estudiando la expresión salvaje en el rostro del cadáver, Sam asintió. Dominic añadió: —Mi conjetura es que el asesino es un completo extraño, no alguien de por aquí. Digo, Ogden era malo, pero nadie en el pueblo lo odiaba tanto. Y nadie por aquí tiene dotes de asesino. Probablemente fue un vagabundo. Nos resultará difícil atraparlo. La idea la hizo estremecerse. No podían dejar que algo como esto volviera a pasar aquí en Rushville. «Simplemente no podemos», pensó. Además, sospechaba que Dominic estaba equivocado. El asesino no era un vagabundo. Ogden había sido asesinado por alguien que vivía aquí. Por un lado, Sam sabía a ciencia cierta que esta no era la primera vez que algo así pasaba en Rushville. Pero también sabía que ahora no era el momento de empezar a especular. Ella le dijo a Dominic: —Tú llama al jefe Crane. Yo llamaré al médico forense del condado. Dominic asintió y sacó su teléfono celular. Antes de alcanzar el suyo, Sam se limpió el sudor de su frente. La mañana ya estaba bastante caliente… «Y se pondrá mucho más caliente», pensó. CAPÍTULO DOS Riley Paige tomó una gran bocanada de aire fresco. Estaba sentada en el porche alto de la casa de playa en la que ella, su novio Blaine, y sus tres hijas adolescentes ya habían pasado una semana. Abajo en la playa, había más veraneantes, y otros más en el agua. Riley vio a April, Jilly y Crystal jugando en las olas. Aunque había un salvavidas, Riley se alegró de que tenía una buena vista de las chicas. Blaine estaba sentado en el sillón de mimbre junto a ella. Le dijo: —¿Estás contenta de que aceptaste mi invitación para venir aquí? Riley apretó su mano y le dijo: —Sí, demasiado. Realmente podría acostumbrarme a esto. –Eso espero —dijo Blaine, apretando su mano—. ¿Cuándo fue la última vez que tomaste unas vacaciones como esta? La pregunta cogió a Riley por sorpresa. –Realmente no tengo idea —dijo—. Años, supongo. –Bueno, tienes mucho tiempo perdido por recuperar. Riley sonrió y pensó: «Sí, qué bueno que aún queda una semana de vacaciones.» Todos la habían pasado muy bien hasta ahora. Un amigo adinerado de Blaine le había ofrecido su casa en Sandbridge durante dos semanas en agosto. Cuando Blaine las invitó, Riley se había dado cuenta de que les debía unas vacaciones a April y Jilly. Ahora pensó: «También a mí misma.» Tal vez si practicaba lo suficiente este verano, se acostumbraría a consentirse. El primer día de vacaciones, Riley había estado sorprendida por lo elegante que era la casa atractiva levantada sobre pilotes con una maravillosa vista de la playa. Incluso tenía una piscina al aire libre en la parte trasera. Habían llegado justo a tiempo para celebrar el decimosexto cumpleaños de April. Riley y las chicas habían pasado ese día de compras a unos veinticuatro kilómetros de distancia, en Virginia Beach, y también habían visitado el acuario de ese pueblo. Y aunque apenas habían salido de la casa desde entonces, las chicas no parecían nada aburridas. Blaine soltó la mano de Riley y se levantó de su sillón. Riley le preguntó: —Oye ¿adónde crees que vas? –A terminar de preparar la cena —dijo Blaine, antes de añadir con una sonrisa traviesa—: A menos que prefieras salir a comer. Riley se echó a reír. Blaine era dueño de un restaurante en Fredericksburg y también era un excelente chef. Había estado preparando cenas de mariscos desde su llegada. –Eso está fuera de discusión —dijo Riley—. Ahora vete a la cocina y ponte a trabajar. –Está bien, jefa —dijo Blaine, dándole un beso antes de entrar a la casa. Riley observó a las chicas jugando en las olas por unos momentos, y luego comenzó a sentirse un poco inquieta y consideró entrar para ayudar a Blaine con la cena. Pero sabía que solo le diría que le dejara la cocina a él y que regresara afuera. Así que Riley agarró la novela de espionaje que había estado leyendo. Aunque estaba demasiado mentalmente agotada ahora mismo como para darle sentido a la trama, igual la disfrutaría. Después de un rato, sintió todo su cuerpo temblar, y se dio cuenta de que había dejado caer el libro a su lado. Se había quedado dormida durante unos minutos… ¿o por más tiempo? Aunque realmente no importaba… Se dio cuenta de que el sol se estaba poniendo y que la marea estaba más alta. El agua se veía un poco más amenazante ahora. Aunque había un salvavidas de servicio, Riley se sintió incómoda. Estuvo a punto de ponerse de pie para decirles a las chicas que ya era hora de salir del agua, pero parecía que ellas habían llegado a la misma conclusión por su cuenta. Estaban en la playa haciendo un castillo de arena. Riley respiró un poco más tranquila por su buen juicio. En momentos como este, cuando el océano parecía más siniestro, Riley pensó que este realmente no era un lugar donde los humanos pertenecían. Algunas criaturas de las profundidades eran capaces de violencia terrible, por lo menos tan brutal y cruel como los monstruos humanos que cazaba como investigadora de la UAC. Riley se estremeció al recordar las veces en que había tenido que proteger a su familia contra monstruos humanos suficientemente formidables. Sabía que jamás podría con los monstruos de las profundidades. En el último caso en el que Riley había trabajado hace un mes, tuvo que lidiar con apuñalamientos violentos de hombres ricos y poderosos perpetrados en casas elegantes en Georgia. Desde entonces, su vida profesional había sido inusualmente tranquila… y un poco aburrida, a decir verdad. Había estado actualizando registros, asistiendo a reuniones y hablándoles a otros agentes sobre sus casos. Pero había disfrutado de las conferencias que les había dado a estudiantes de la Academia del FBI. Como investigadora experimentada y célebre, Riley era una conferenciante popular, al menos cuando estaba disponible. Ver esas caras jóvenes y aspirantes le recordaba a su propio idealismo en sus días como estudiante de la UAC. En esa época, se había sentido optimista ante la posibilidad de liberar al mundo de malhechores. Aunque ahora no sentía el mismo optimismo, aún daba lo mejor de sí. «¿Qué más puedo hacer?» se preguntó. Era el único trabajo que conocía, y sabía que era muy buena. Oyó la voz de Blaine diciendo: —Riley, la cena está lista. Llama a las chicas. Riley se puso de pie y les gritó a las chicas: —La cena está lista. Las chicas se alejaron de su castillo de arena, el cual ya estaba bastante grande, y corrieron hacia la casa. Corrieron por debajo del porche donde Riley estaba sentada y hasta la parte trasera, donde se podrían dar una ducha rápida por la piscina. Antes de entrar a la casa, Riley se puso de pie junto a la barandilla y vio que la marea ya se estaba llevando el castillo de arena de las chicas. Aunque Riley no pudo evitar sentirse un poco triste al respecto, se recordó a sí misma que eso era lo más normal del mundo. No había pasado mucho tiempo en la playa de joven. No había tenido ese tipo de infancia. Pero por lo mucho que había pasado observando a las chicas jugar durante los últimos días, sabía que parte de la diversión de construir castillos de arena era saber que serían destruidos por la marea. «Una lección de vida saludable, supongo», pensó. Se quedó mirando el castillo de arena desapareciendo en el agua durante unos momentos. Cuando oyó a las tres chicas subiendo las escaleras traseras, caminó por el porche alrededor de la casa para reunirse con ellas. Una era la hija de dieciséis años de edad de Blaine, Crystal, quien era la mejor amiga de April. Otra era la hija recientemente adoptada de catorce años de edad de Riley, Jilly. Mientras las tres chicas risueñas comenzaron a hacer un camino a su habitación para cambiarse sus trajes de baño, Riley notó un pequeño corte en el muslo de Jilly. Tomó a Jilly suavemente por el brazo y le dijo: —¿Cómo sucedió eso? Jilly le echó un vistazo al corte y le dijo: —No sé. A veces soy un poco torpe. Quizá me golpeé con una espina u otra cosa afilada. Riley se inclinó para examinar el corte. No era muy profundo, y ya estaba empezando a encostrarse. Aun así, le pareció un poco extraño. Recordaba que Jilly había tenido un corte similar en su antebrazo el día que habían llegado aquí. Jilly le había dicho que la gata de April, Marbles, la había arañado. April lo había negado. Jilly se apartó de ella defensivamente. –No es nada, mamá, ¿de acuerdo? Riley dijo: —Hay un botiquín de primeros auxilios en el baño. Úntate un poco de desinfectante antes de cenar. –De acuerdo —dijo Jilly. Riley vio a Jilly correr detrás de April y Crystal a la habitación. «Nada de qué preocuparse», se dijo Riley a sí misma. Pero le era difícil no preocuparse. Jilly había estado viviendo con ellas solo desde enero. Riley había rescatado a Jilly de circunstancias desesperadas cuando había estado trabajando en un caso en Arizona. Después de algunas luchas legales y personales, Riley finalmente había podido adoptar a Jilly hace apenas un mes, y Jilly parecía feliz con su nueva familia. Además… «Es solo un pequeño corte, nada de qué preocuparse», pensó. Riley fue a la cocina para ayudar a Blaine a poner la mesa y servir la cena. Las chicas pronto se unieron a ellos, y todos se sentaron a comer filetes fritos de platija servidos con salsa tártara. Todos estaban felices y riendo. Para cuando Blaine sirvió pastel de queso de postre, una sensación cálida y agradable se apoderó de Riley. «Parecemos una familia», pensó. O tal vez no… Tal vez… «Realmente somos una familia.» Hacía mucho tiempo que Riley no se sentía así. Cuando terminó su postre, pensó de nuevo: «Realmente podría acostumbrarme a esto.» * Después de cenar, las chicas volvieron a su habitación para jugar antes de irse a dormir. Riley y Blaine fueron al porche, donde bebieron copas de vino mientras caía la noche. Los dos guardaron silencio por un rato. Riley disfrutó de esa quietud y se dio cuenta de que Blaine también. No recordaba haber compartido muchos momentos silenciosos, fáciles y cómodos como este con su ex esposo, Ryan. Casi siempre hablaban… o no se hablaban por una razón u otra. Y cuando no se hablaban, simplemente habían habitado sus propios mundos separados. Pero Blaine se sentía una parte muy importante del mundo de Riley en este momento… «Y es un mundo muy hermoso», pensó. La luna era brillante, y mientras la noche se volvió más oscura, las estrellas fueron apareciendo en grandes grupos. Se veían increíblemente brillantes aquí, lejos de las luces de la ciudad. Las olas oscuras del Golfo reflejaron la luz de la luna y las estrellas. A lo lejos, el horizonte se volvió borroso y finalmente desapareció, de forma que el mar y el cielo parecían uno solo. Riley cerró los ojos y escuchó las olas. No había ningún otro ruido en absoluto, ni voces, ni televisión, ni el tráfico urbano. Riley suspiró de felicidad. Como contestando su suspiro, Blaine dijo: —Riley, me he estado preguntando… Se detuvo. Riley abrió los ojos y lo miró, sintiendo aprehensión. Luego Blaine continuó: —¿Sientes como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo o desde hace poco? Riley sonrió. Era una pregunta interesante. Se habían conocido hace un año, y llevaban tres meses saliendo. Durante ese tiempo, se habían acercado mucho. Ellos y sus familias también habían atravesado situaciones peligrosas juntos, donde Blaine había demostrado mucho ingenio y coraje. Riley se preocupaba por él, confiaba en él y lo admiraba. –Es difícil de decir —le dijo a Blaine—. Ambas, supongo. Parece que nos conocemos desde hace mucho por lo mucho que nos hemos acercado. Y también parece que nos conocemos hace poco porque… bueno, porque a veces me sorprende lo rápido que nos hemos acercado. Otro silencio cayó, un silencio que hizo a Riley entender que Blaine se sentía exactamente igual. Blaine finalmente dijo: —¿Qué crees que debe pasar ahora? Riley lo miró a los ojos. Su mirada era seria y curiosa. Riley sonrió y dijo lo primero que se le vino a la cabeza: —¿Blaine Hildreth… me estás pidiendo matrimonio? Blaine sonrió y dijo: —Vamos adentro. Tengo algo que mostrarte. CAPÍTULO TRES Riley se sentía sin aliento. Todo un mundo de posibilidades parecía estar abriéndose delante de ella, y no tenía idea de qué pensar. Como no sabía qué decir, solo cogió su copa de vino y siguió a Blaine hasta el comedor. Blaine fue a gabinete y sacó un gran rollo de papel. Cuando llegaron, Riley lo había visto sacando el rollo del auto junto con el resto del equipaje, pero no se había tomado la molestia de preguntarle qué era. Desenrolló el papel sobre la mesa del comedor, colocando copas en las esquinas para sujetarlo. Parecían planos de diseño. –¿Qué es esto? —preguntó Riley. –¿No la reconoces? —dijo Blaine—. Es mi casa. Riley miró los planos con más cuidado, sintiéndose un poco desconcertada. Ella dijo: —Eh… parece muy grande para ser tu casa. Blaine se echó a reír y dijo: —Eso es porque un ala entera aún no ha sido construida. Riley se sintió emocionada mientras Blaine comenzó a explicar los planos. Le mostró que la nueva ala incluiría dormitorios para April y Jilly. Y, por supuesto, habría un apartamento para Gabriela, el ama de llaves que vivía con Riley y las chicas, quien trabajaría para todos una vez que se terminara la construcción. El nuevo diseño incluso incluía una pequeña oficina para Riley. No había tenido una oficina desde que Jilly se había mudado y la había necesitado para su dormitorio. Riley estaba abrumada y emocionada a la vez. Cuando Blaine terminó de explicar, Riley dijo: —¿Esta es tu forma de pedirme que me case contigo? Blaine tartamudeó: —Si, supongo que sí. Sé que no es muy romántico. Ni siquiera tengo un anillo y aún no me he arrodillado. Riley se echó a reír y dijo: —Blaine, si te arrodillas te juro por Dios que me echaré a reír. Blaine la miró sorprendido. Pero Riley lo había dicho en serio. Tuvo un flashback al momento en que Ryan le pidió matrimonio hace mucho años, cuando ambos habían sido jóvenes y pobres; Ryan un abogado que apenas estaba empezando su carrera y Riley una pasante del FBI. Ryan se había adherido al ritual, arrodillándose y ofreciéndole un anillo que realmente no podía permitirse. Le había parecido muy romántico en ese entonces. Pero como las cosas habían salido tan mal para ellos, el recuerdo ahora le parecía un poco amargo. La propuesta nada tradicional de Blaine parecía perfecta en comparación. Blaine puso su brazo alrededor de los hombros de Riley y la besó en el cuello. –Sabes, casarnos tendría ventajas prácticas —le dijo—. No tendríamos que dormir en habitaciones separadas cuando las chicas estén en casa. Riley sintió un cosquilleo de deseo ante su beso y sugerencia. «Sí, eso sería una ventaja», pensó. No habían podido compartir muchos momentos íntimos. Los dos siempre estaban en habitaciones separadas… incluso en estas espectaculares vacaciones. Riley suspiró profundo y dijo: —Es mucho qué pensar, Blaine. Los dos tenemos mucho qué pensar. Blaine asintió. —Lo sé. Es por eso que no espero que saltes gritando «Sí, sí, sí» a todo pulmón. Solo quiero que sepas… que lo he estado pensando mucho. Espero que tú también. Riley sonrió y admitió: —Sí, lo he pensado. Se miraron a los ojos durante unos momentos. Una vez más, Riley disfrutó del silencio entre ellos. Pero, por supuesto, sabía que no podían dejar todas esas preguntas dando vueltas por su mente. Finalmente Riley dijo: —Volvamos afuera. Rellenaron sus copas, salieron al porche y se sentaron de nuevo. La noche se volvía más hermosa con cada minuto que pasaba. Blaine se acercó, tomó la mano de Riley y dijo: —Sé que es una gran decisión. Tenemos mucho en qué pensar. Por un lado, ambos hemos estado casados antes. Y… bueno, estamos envejeciendo. Riley pensó en silencio: «Razón de más para comprometernos.» Blaine continuó: —Tal vez deberíamos comenzar haciendo una lista de todas las razones por las que esto podría no ser una buena idea. Riley se echó a reír y dijo: —¿Tenemos que hacerlo, Blaine? Pero sabía perfectamente que tenía razón. «Y yo debo ser la que empiece la lista», decidió. Respiró profundo y dijo: —Para empezar, tenemos que pensar en nuestras hijas. Tenemos tres adolescentes que cuidar. Si nos casamos también seremos padrastros, yo de tu hija y tú de las mías. Eso es un gran compromiso. –Lo sé —dijo Blaine—. Me encanta la idea de ser un padre para April y Jilly. Riley sintió un nudo en la garganta ante la sinceridad en su voz. –Me siento igual respecto a Crystal —dijo Riley antes de añadir con una sonrisa—. Mis hijas tienen una gata y una perra. Espero no te moleste eso. Blaine dijo: —No, para nada. Ni siquiera pediré un depósito por mascotas. Su risa resonó en el aire de la noche. Luego Riley dijo: —De acuerdo, es tu turno. Blaine suspiró profundo y dijo: —Bueno, ambos tenemos un ex. Repitiendo su suspiro, Riley dijo: —Sí, eso es cierto. Se estremeció al recordar su único encuentro con la ex esposa de Blaine, Phoebe. La mujer borracha había estado físicamente atacando a la pobre de Crystal hasta que Riley se la quitó de encima. Blaine le había dicho a Riley que casarse con Phoebe había sido un error de su juventud, antes de que tuviera idea de que ella era bipolar y un peligro para sí misma y los demás. Adivinando los pensamientos de Riley, Blaine dijo: —Tengo tiempo sin saber de Phoebe. Ella vive con su hermano, Drew. Me comunico con Drew de vez en cuando. Dice que Phoebe está en rehabilitación y que está mucho mejor, pero ni siquiera piensa en Crystal y en mí. Estoy seguro de que más nunca volverá a formar parte de nuestras vidas. Riley tragó saliva y dijo: —Me gustaría poder decir lo mismo de Ryan. Blaine apretó la mano de Riley y dijo: —Bueno, él es el padre de April. Va a querer seguir siendo parte de sus vidas. De la de Jilly también. Lo entiendo. –Estás siendo demasiado justo con él —dijo Riley. –¿En serio? ¿Por qué? Riley pensó: «¿Cómo podré explicárselo?» El único intento de Ryan de reconciliarse con ella y regresar a casa había terminado desastrosamente, especialmente para Jilly y April, quienes aprendieron por las malas que no podían contar con su padre. Riley no tenía idea de cuántas novias había tenido. Tomó un sorbo de vino y dijo: —No creo que veremos mucho de Ryan. Y creo que eso es lo mejor. Riley y Blaine se quedaron en silencio durante unos momentos. Mientras miraban hacia la noche, sus preocupaciones sobre Phoebe y Ryan se esfumaron de su mente, y una vez más disfrutó de la maravillosa calidez y confort de la compañía de Blaine. El silencio fue interrumpido por los sonidos de pisadas y risas a lo que las chicas salieron corriendo de su habitación. Estaban haciendo algo en la cocina, Riley supuso que sirviéndose un aperitivo. Entretanto, Riley y Blaine empezaron a hablar en voz baja de diferentes temas, si sus carreras muy diferentes podrían encajar o no, que Riley tendría que vender la casa urbana que había comprado hace apenas un año, cómo manejarían sus finanzas y otras cosas por el estilo. Mientras hablaban, Riley se encontró pensando: «Empezamos tratando de enumerar razones por las que casarnos no sería una buena idea.» En cambio, parecía una excelente idea. Y lo verdaderamente hermoso era que ninguno de ellos tenía que decirlo en voz alta. «Debí haber dicho que sí», pensó. Sin duda se sentía como si se estuvieran comprometiendo para casarse. Y realmente le gustaba esa sensación. Su conversación fue interrumpida cuando April llegó corriendo al porche con el teléfono celular de Riley en la mano. Estaba sonando. Mientras le entregaba el teléfono a Riley, April dijo: —Oye, mamá, dejaste tu teléfono en la cocina. Tienes una llamada. Riley contuvo un suspiro. Sabía que no querría hablar con quienquiera que la estaba llamando. Efectivamente vio que la persona que la estaba llamando era el agente especial Brent Meredith. Se sintió terrible al darse cuenta de que la quería de vuelta en el trabajo. CAPÍTULO CUATRO Cuando Riley atendió la llamada, oyó la voz ronca conocida de Meredith. –¿Cómo te está yendo en tus vacaciones, agente Paige? Riley se contuvo para no decir: —Bien hasta ahora. En cambio respondió: —Excelente. Gracias. Se levantó de la silla y se alejó un poco por el porche. Meredith soltó un gruñido vacilante y luego dijo: —Mira, hemos estado recibiendo algunas llamadas telefónicas peculiares de una mujer policía en Mississippi, de un pueblito costero llamado Rushville. Está trabajando en un caso de asesinato. Un hombre local fue asesinado de un martillazo en la cabeza y… —Meredith se detuvo de nuevo y luego dijo—: Cree que se trata de un asesino en serie. –¿Por qué? —preguntó Riley. –Porque algo similar ocurrió en Rushville hace unos diez años. Riley entrecerró los ojos, sintiéndose sorprendida. Ella dijo: —Transcurrió mucho tiempo entre los asesinatos. –Sí, lo sé —dijo Meredith—. Hablé con su jefe, y él dijo que no le prestara atención. Que solo era una policía aburrida en busca de emoción. Sin embargo, ella sigue llamando y realmente no parece una loca, así que tal vez… Meredith se quedó callado de nuevo. Riley miró dentro de la casa y vio que Blaine estaba ayudando a las chicas a servirse algo de comida en la cocina. Se veían tan felices. Riley se sintió terrible ante la idea de tener que terminar estas vacaciones antes de tiempo. Entonces Meredith dijo: —Mira, supongo que estaba pensando que si estabas cansada de vacacionar y ansiosa de regresar al trabajo, tal vez podrías viajar a Mississippi y… Riley se sorprendió al oír su propia voz interrumpirlo bruscamente. –No. Otro silencio cayó, y Riley sintió el corazón en la garganta. «Dios mío —pensó—. Acabo de decirle que no a Brent Meredith.» Nunca había hecho eso antes. Se sabía que a Meredith no le gustaba esa palabra, especialmente cuando había trabajo que hacer. Riley se preparó para ser regañada. En cambio, oyó un suspiro. Meredith dijo: —Sí, debí haberlo sabido. Probablemente no es nada de todos modos. Siento haberte molestado. Sigue disfrutando de tus vacaciones. Meredith finalizó la llamada, y Riley se quedó en el porche mirando el teléfono. Las palabras de Meredith resonaron en su cabeza: —Siento haberte molestado. Eso no era propio de su jefe. No solía pedir disculpas. Entonces, ¿qué estaba pensando realmente? Riley tenía la sensación de que Meredith no creía lo que acababa de decir: —Probablemente no es nada de todos modos. Riley sospechaba que algo de la historia de la mujer policía había despertado el interés de Meredith, y que creía que había un asesino en serie en Mississippi. Pero como no tenía ninguna evidencia tangible, sentía que no podía ordenar a Riley a trabajar en el caso. Mientras Riley miraba su teléfono, se encontró pensando: «¿Debería llamarlo? ¿Debería ir a Mississippi a investigar?» Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de April: —¿Qué está pasando? ¿Se acabaron las vacaciones? Riley vio que su hija se encontraba cerca en el porche, mirándola con una expresión amarga. –¿Por qué piensas eso? —preguntó Riley. April suspiró y dijo: —Por favor, mamá. Vi quién te estaba llamando. Tienes que trabajar en otro caso, ¿verdad? Riley miró hacia la cocina y vio que Blaine y las otras dos niñas todavía estaban sirviendo aperitivos. Pero Jilly estaba mirando a Riley con inquietud. Riley se preguntó de repente: «¿En qué demonios estaba pensando?» Le sonrió a April y dijo: —No, no me iré a ninguna parte. De hecho… —Su sonrisa ensanchándose, añadió—: Le dije que no. Los ojos de April se abrieron de par en par. Luego regresó a la cocina gritando: —¡Oigan esto! ¡Mamá se negó a trabajar en un caso! Las otras dos chicas empezaron a gritar —¡Sí! y —¡Así se hace! mientras que Blaine contempló a Riley. Luego Jilly le dijo a su hermana en broma: —Te lo dije. Te lo dije que diría que no. April replicó: —No, no lo hiciste. Estabas aún más preocupada que yo. –Claro que no —dijo Jilly—. Me debes diez dólares. –¡Nunca apostamos! –¡Sí lo hicimos! Las dos chicas se golpearon en broma, riendo mientras discutían. Riley también se echó a reír dijo: —Ya, chicas. Sepárense. No discutan. No arruinen estas vacaciones perfectas. Vamos a comer. Riley se sentó a comer unos aperitivos con el grupo. Mientras comían, ella y Blaine siguieron mirándose el uno al otro de forma amorosa. Eran una pareja con tres hijas adolescentes que criar. Riley se preguntó: «¿Cuándo fue la última vez que tuve una noche tan maravillosa?» * Riley estaba caminando descalza por la playa, viendo la luz de la mañana brillar sobre las olas. Escuchaba los graznidos de las gaviotas y la brisa era fresca. «Será un hermoso día», pensó. Pero aun así, algo parecía estar muy mal. Tardó un momento en darse cuenta: «Estoy sola.» Buscó por la playa y no vio a nadie por ningún lado. «¿Dónde están?», se preguntó. ¿Dónde estaban April, Jilly y Crystal? ¿Y dónde estaba Blaine? Comenzó a sentir un temor extraño que la hizo pensar: «Tal vez lo soñé todo.» Sí, tal vez la noche anterior nunca sucedió… Los momentos amorosos con Blaine mientras planeaban su futuro juntos. La risa de sus dos hijas, y también de Crystal, quien estaba a punto de convertirse en su tercera hija. La sensación cálida y agradable de pertenencia, un sentimiento que había pasado toda su vida buscando y anhelando. Solo un sueño. Y ahora estaba sola, muy sola. Justo entonces oyó risas y voces detrás de ella. Se dio la vuelta y los vio… Blaine, Crystal, April y Jilly estaban corriendo y lanzando una pelota de playa entre sí. Riley respiró de alivio. «Por supuesto que fue real —pensó—.Por supuesto que no lo imaginé.» Riley se echó a reír y comenzó a correr para alcanzarlos. Pero entonces algo duro e invisible la detuvo en seco. Era una especie de barrera que la separaba de las personas que más amaba. Riley caminó a lo largo de la barrera, pasando sus manos por ella, pensando: «Tal vez hay una forma de cruzarla.» Entonces oyó una risita conocida. —Ríndete, niña —dijo una voz—. Esa vida no es para ti. Riley se dio la vuelta y vio a alguien a pocos pasos de ella. Era un hombre que llevaba el uniforme de gala de un coronel de la Marina. Era alto y desgarbado, con el rostro desgastado y arrugado por muchos años de ira y alcohol. Era el último ser humano en el mundo que Riley quería ver. —Papi —murmuró con desesperación. Su padre se echó a reír y le dijo: —Oye, no estés triste. Pensé que estarías contenta de volver a reunirte con tu propia carne y sangre. —Estás muerto —dijo Riley. Papá se encogió de hombros y dijo: —Bueno, como ya sabes, eso no me impide venir a verte cada cierto tiempo. Riley se dio cuenta de que eso era cierto. Esta no era la primera vez que había visto a su padre desde su muerte el año pasado. Y esta no era la primera vez que había sido sorprendida por su presencia. No entendía cómo podía estar hablando con un hombre muerto. Pero sabía algo con certeza. No quería tener nada que ver con él. Quería estar con personas que no la hacían odiarse a sí misma. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia Blaine y las chicas, quienes todavía estaban jugando con la pelota de playa. Una vez más fue detenida por la barrera invisible. Su padre se echó a reír y dijo: —¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No tienes nada que ver con ellos. Todo el cuerpo de Riley comenzó a temblar, aunque no sabía si era por rabia o angustia. Se volvió hacia su padre y gritó: —¡Déjame en paz! —¿Segura? —dijo su padre—. Soy todo lo que tienes. Soy todo lo que eres. Riley gruñó: —No me parezco en nada a ti. Sé lo que significa amar y ser amada. Su padre negó con la cabeza y arrastró los pies en la arena. Luego dijo: —Tu vida es una locura. Buscas hacer justicia para personas que ya están muertas, exactamente las personas que ya no necesitan justicia. Igual a lo que viví en Vietnam, una estúpida guerra que no había forma de ganar. Pero no tienes otra opción, y es el momento de hacer las paces con eso. Es una cazadora, como yo. Así te crié. Eso es todo lo que conocemos. Riley lo miró a los ojos, poniendo a prueba su voluntad. A veces lo hacía parpadear. Pero esta no fue una de esas veces. Ella parpadeó primero y apartó la mirada. Su padre esbozó una sonrisa maliciosa y le dijo: —Si quieres estar sola, adelante. Tampoco estoy disfrutando de tu compañía. Se dio la vuelta y se alejó por la playa. Riley se dio la vuelta, y esta vez los vio a todos alejándose. April y Jilly tomadas de la mano y Blaine y Crystal alejándose en otra dirección. Cuando empezaron a desaparecer, Riley golpeó la barrera y trató de gritar: —¡Regresen! ¡Regresen, por favor! ¡Los amo! Aunque sus labios se movían, no estaba emitiendo ningún sonido. * Los ojos de Riley se abrieron de golpe y se encontró tendida en la cama. «Un sueño —pensó—. Debí haber sabido que era un sueño.» A veces veía a su padre en sus sueños. Esa era la única forma de verlo, dado que estaba muerto. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba llorando. La soledad abrumadora, alejada de las personas que más amaba, las palabras de advertencia de su padre… —Eres una cazadora, como yo. No era de extrañar que había despertado tan angustiada. Alcanzó un pañuelo de papel y logró calmar su llanto. Pero incluso entonces, la sensación de soledad no desaparecía. Recordó que las chicas estaban durmiendo en otra habitación, y que Blaine estaba en otra. Pero le pareció difícil de creer. Sola en la oscuridad, se sintió como si los demás estaban muy lejos, al otro lado del mundo. Pensó en levantarse, andar de puntillas por el pasillo y entrar en la habitación de Blaine, pero luego pensó en las chicas. Se estaban alojando en habitaciones separadas por ellas. Trató de volver a dormir, pero no pudo evitar pensar: «Un martillazo. Alguien en Mississippi fue asesinado de un martillazo.» Se dijo a sí misma que no era su caso, que le había dicho que no a Brent Meredith. Pero incluso cuando finalmente volvió a dormirse, esos pensamientos no se fueron… «Hay un asesino suelto. Hay un caso que resolver.» CAPÍTULO CINCO Cuando entró en la comisaría de Rushville a primera hora de la mañana, Samantha tenía la sensación de que estaría en problemas. Ayer había hecho un par de llamadas que tal vez no debió haber hecho. «Tal vez debo aprender a no meterme donde no me llaman», pensó. Pero le resultaba difícil no meterse en asuntos ajenos. Siempre trataba de arreglar las cosas, cosas que a veces no tenían arreglo, o cosas que otras personas no querían que fueran arregladas. Como era habitual cuando se presentaba a trabajar, Sam no vio a ningún otro policía, solo la secretaria del jefe, Mary Ruckle. Sus compañeros la molestaban mucho por eso… —Sam, la confiable. Siempre la primera en llegar y la última en irse. Pero nunca lo decían de buena forma. Sin embargo, estaba acostumbrada a que la gente se burlara de ella. Era la policía más joven y nueva en la fuerza policial de Rushville. Tampoco era de ayuda que era la única mujer policía. Por un momento, Mary Ruckle no pareció notar la llegada de Sam. Estaba arreglándose las uñas, su ocupación habitual durante la mayor parte de su día de trabajo. Sam no entendía el atractivo de arreglarse las uñas. Siempre mantenía las suyas cortas y cuadradas, razón por la cual muchas personas creían que era poco femenina. Mary Ruckle no le parecía nada atractiva. Su cara era apretada y mezquina, como si estuviera pellizcada por una pinza de ropa. Sin embargo, Mary estaba casada y tenía tres hijos, y poca gente en Rushville previó ese tipo de vida para Sam. Sam ni siquiera sabía si quería ese tipo de vida para sí misma. Trataba de no pensar demasiado en el futuro. Tal vez por eso se centraba en todo lo que el presente le deparaba. En realidad no podía imaginarse un futuro para sí misma, al menos no entre las opciones que parecían estar disponibles. Mary se sopló las uñas, miró a Sam y dijo: —El jefe Crane quiere hablar contigo. Sam asintió con un suspiro. «Tal como esperaba», pensó. Hizo su camino a su oficina y encontró al jefe Carter Crane jugando al Tetris en su computadora. –Un minuto —dijo al escuchar a Sam entrar en la oficina. Probablemente distraído por la llegada de Sam, perdió el juego poco después. –Maldita sea —dijo Crane, mirando la pantalla. Sam se preparó. Probablemente estaba molesto con ella. Perder el juego de Tetris no mejoraría su estado de ánimo. El jefe se dio la vuelta en su silla giratoria y dijo: —Kuehling, siéntate. Sam se sentó obedientemente frente a su escritorio. El jefe Crane juntó las yemas de sus dedos y la miró por un momento, tratando, como de costumbre, de parecer al pez gordo que se creía ser. Y, como de costumbre, Sam no estaba impresionada. Crane tenía unos treinta años y era de aspecto agradable. Para Sam, parecía más un asegurador que un jefe de policía. En cambio, había escalado al puesto de jefe de policía debido al vacío de poder que el jefe Jason Swihart había dejado cuando se retiró de repente hace dos años. Swihart había sido un buen jefe y le había agradado a todo el mundo, incluyendo a Sam. Había sido ofrecido un gran trabajo con una empresa de seguridad en Silicon Valley, y comprensiblemente había pasado a pastos más verdes. Así que ahora Sam y los otros policías respondían al jefe Carter Crane. Para Sam, era un mediocre en un departamento lleno de mediocres. Sam nunca lo admitiría en voz alta, pero se sentía segura de que era más inteligente que Crane y el resto de los policías. «Sería bueno tener la oportunidad de demostrarlo», pensó. Finalmente Crane dijo: —Recibí una llamada telefónica interesante anoche, del agente especial Brent Meredith de Quantico. Nunca me creerías lo que me dijo. Aunque tal vez sí… Sam gruñó con disgusto y dijo: —Por favor, jefe. Vamos directo al grano. Llamé al FBI ayer por la tarde. Hablé con varias personas antes de que finalmente hablé con Meredith. Supuse que alguien debería llamar al FBI. Deberían estar aquí ayudándonos. Crane sonrió y dijo: —No me digas. Es porque todavía piensas que el asesinato de Gareth Ogden anteanoche fue obra de un asesino en serie que vive aquí en Rushville. Sam puso los ojos en blanco. –¿Tengo que explicarlo todo de nuevo? —dijo Sam—. Toda la familia Bonnett fue asesinada aquí hace diez años. Alguien los mató a todos a martillazos. El caso nunca fue resuelto. Crane asintió y dijo: —Y crees que el mismo asesino volvió a atacar diez años después. Sam se encogió de hombros y dijo: —Es bastante obvio que hay alguna conexión. El MO es idéntico. Crane levantó la voz un poco. –No hay conexión. Hablamos de esto ayer. El MO es solo una coincidencia. Para mí, Gareth Ogden fue asesinado por un vagabundo que pasaba por el pueblo. Estamos siguiendo todas las pistas posibles. Pero a menos que haga lo mismo en otro lugar, de seguro nunca lo atraparemos. Sam sintió una oleada de impaciencia. Ella dijo: —Si solo era un vagabundo, ¿por qué no se encontró ninguna señal de robo? Crane golpeó la mesa con la palma de su mano. –Maldita sea, tú no sabes rendirte. No sabemos que no hubo robo. Ogden era tan tonto que dejaba su puerta principal abierta. Tal vez también era lo suficientemente tonto como para dejar un fajo de billetes sobre su mesa de centro. Quizá el asesino lo vio y decidió robarlo, martillando la cabeza de Ogden en el proceso. —Acunando sus dedos de nuevo, Crane añadió—: No te parece eso más plausible que algún psicópata que ha pasado diez años… ¿haciendo qué, exactamente? ¿Hibernando, tal vez? Sam respiró profundo. «No te pongas a discutir con él de nuevo», se dijo a sí misma. No tenía sentido volver a explicar por qué esa teoría le parecía poco probable. Por un lado, ¿y qué del martillo? Se había dado cuenta de que los martillos de Ogden seguían en su caja de herramientas. ¿Entonces el asesino carga consigo un martillo por cada pueblo por el que pasa? Sí, era posible. Pero también le parecía un poco ridículo. Crane gruñó y añadió: —Le dije a Meredith que estabas aburrida y que eras demasiado imaginativa y que lo olvidara. Pero, francamente, toda la conversación fue vergonzosa. No me gusta cuando la gente pasa por encima de mí. No tenías ningún derecho a hacer esas llamadas telefónicas. Pedirle ayuda al FBI es mi trabajo, no el tuyo. Sam estaba moliendo los dientes, luchando por contener sus pensamientos. Alcanzó a decir en voz baja: —Sí, jefe. Crane dio un suspiro de aparente alivio y dijo: —Dejaré esto pasar, lo que significa que no tomaré ninguna medida disciplinaria. La verdad es que preferiría que nadie se enterara de que esto sucedió. ¿Le hablaste a alguien de lo que hiciste? –No, jefe. –Ni se te ocurra hacerlo —dijo Crane antes de volverse y comenzar un nuevo juego de Tetris mientras Sam salía de su oficina. Se dirigió a su escritorio, se sentó y meditó en silencio. «Explotaré si no puedo hablar con nadie de esto», pensó. Pero acababa de prometer que no tocaría el tema con los otros policías. Entonces, ¿con quién más podría hablar? En ese momento se le ocurrió una persona… el motivo por el que estaba aquí, tratando de hacer este trabajo… Mi papá. Había sido policía aquí cuando la familia Bonnett fue asesinada. El hecho de que el caso nunca se resolvió lo había atormentado durante años. «Tal vez papá pueda decirme algo —pensó—. Tal vez tenga buenas ideas.» Pero se le cayó el alma a los pies al darse cuenta de que no sería buena idea. Su padre estaba en un asilo y sufría de ataques de demencia. Tenía sus días buenos y sus días malos, pero hablarle de un caso de su pasado de seguro lo confundiría y molestaría. Sam no quería hacer eso. En este momento no tenía nada más que hacer hasta que su compañero, Dominic, se presentara a trabajar. Esperaba que llegara pronto para que pudieran hacer una ronda antes de que el calor se pusiera insoportable. Según el pronóstico del clima, hoy la temperatura batiría récords. Entretanto, no tenía ningún sentido preocuparse por cosas que se salían de sus manos, ni siquiera por la posibilidad de que había un asesino en serie en Rushville, preparándose para atacar de nuevo. «Trata de no pensar en eso», se dijo a sí misma. Luego se echó a reír y murmuró en voz alta: —Vamos… Sé que pasaré todo el día pensando en eso. CAPÍTULO SEIS El teléfono celular de Riley sonó mientras Blaine conducía de vuelta a Fredericksburg. Le sorprendió y alarmó ver quién la estaba llamando. «¿Es una emergencia?», se preguntó. Gabriela nunca la llamaba solo para charlar, y no había llamado ni una sola vez durante las dos semanas que habían pasado en la playa. Solo había enviado algunos mensajes de texto informando que todo estaba bien en casa. Riley se preocupó más cuando atendió la llamada y oyó la voz alarmada de Gabriela decir: —Señora Riley, ¿cuándo llega a casa? –En aproximadamente media hora —dijo Riley—. ¿Por qué? Oyó a Gabriela inhalar bruscamente. Luego dijo: —Él está aquí. –¿Quién está ahí? —preguntó Riley. Cuando Gabriela no respondió de inmediato, Riley entendió… –Dios mío —dijo—. ¿Ryan está ahí? –Sí —dijo Gabriela. –¿Qué es lo que quiere? —preguntó Riley. –No me lo ha dicho. Pero mencionó que es importante. Está esperándote. Riley estuvo a punto de pedirle a  Gabriela que la comunicara con Ryan. Pero entonces se le ocurrió que Ryan probablemente no querría decírselo por teléfono. No con todos los demás allí en el auto. En su lugar, Riley dijo: —Dile que estaré en casa pronto. –Eso haré —dijo Gabriela. Finalizaron la llamada y Riley se quedó mirando por la ventana del VUD. Después de un momento. Blaine dijo: —Eh… ¿Te oí decir algo sobre…? Riley asintió. Sentadas detrás de ellos escuchando música, las chicas no habían estado escuchando nada hasta ahora. –¿Qué? —preguntó April—. ¿Qué está pasando? Riley suspiró y dijo: —Es tu padre. Está en casa esperándonos. April y Jilly jadearon en voz alta. Luego Jilly dijo: —¿Por qué no le dijiste a Gabriela que lo hiciera irse? Riley se sintió tentada a decir que aunque eso es lo que había quería hacer, sabía que no debía dejarle esa tarea a Gabriela. En su lugar, dijo: —Sabes que no puedo hacer eso. April y Jilly gimieron con consternación. Riley entendía cómo se sentían sus hijas. La última visita no anunciada de Ryan a su casa había sido desagradable para todos, incluyendo Ryan. Su intento de engatusarlas le había salido por la culata. April había sido fría con él, y Jilly había sido muy grosera. Pero Riley no podía culparlas. Ryan las había ilusionado demasiadas veces para solo terminar decepcionándolas. Ahora las chicas no querían tener nada que ver con él. «¿Que es lo que quiere ahora?», se preguntó Riley, suspirando de nuevo. Fuera lo que fuese, esperaba que no amargara el recuerdo de estas vacaciones. Habían pasado dos semanas muy preciosas, a pesar del sueño de Riley sobre su padre. Desde entonces, había hecho todo lo posible para sacar la llamada del agente Meredith de su mente. Pero ahora el hecho de que Ryan había aparecido pareció desencadenar sus pensamientos oscuros de nuevo. «Un martillo —pensó—.  Alguien fue asesinado con un martillo.» Se recordó a sí misma que había hecho lo correcto al decirle que no al jefe Meredith. Además, no la había vuelto a llamar, lo que seguramente significaba que no estaba muy preocupado después de todo. «Probablemente no fue nada —pensó Riley—.  Solo un caso que la policía local debe resolver por su cuenta.» * Todos se sintieron muy ansiosos cuando Blaine detuvo su VUD frente a la casa adosada de Riley. Un Audi costoso estaba estacionado en el frente. Era el auto de Ryan, por supuesto, pero Riley no recordaba si era el mismo auto que había tenido la última vez que había venido aquí. Le gustaba tener el último modelo de auto, sin importar el precio. Una vez que se estacionaron, Blaine comenzó a temblar un poco. Quería ayudar a Riley y sus dos hijas a llevar su equipaje a la casa, pero… –¿Será extraño? —le preguntó Blaine a Riley. Riley contuvo un gemido. «Por supuesto», pensó. Blaine y Ryan se habían visto poco, pero esos encuentros apenas habían sido amables, al menos por parte de Ryan. Blaine había hecho todo lo posible para ser agradable, pero Ryan había sido hosco y hostil. Riley, April y Jilly fácilmente metieron todo su equipaje en la casa en un solo viaje. En realidad no necesitaban la ayuda de Blaine, y Riley no quería que Blaine se sintiera incómodo, y sin embargo… «¿Por qué demonios debería sentirse incómodo en mi propia casa?», pensó. Decirle a Blaine y Crystal que se fueran no era la forma de solucionar este problema. Riley le dijo a Blaine: —Pasen adelante. Gabriela los recibió a todos en la puerta, junto con la perrita orejona de Jilly, Darby. La perrita saltó alrededor de ellos con deleite, pero Gabriela no se veía nada feliz. A lo que colocaron el equipaje en la entrada, Riley vio a Ryan sentado en la sala de estar. Riley se alarmó al ver que estaba flanqueado por dos maletas… «¿Tiene pensado quedarse?», pensó. La gatita blanca y negra de April, Marbles, yacía cómodamente en su regazo. Ryan levantó la mirada y dejó de acariciar a Marbles. Sonrió débilmente y dijo en una voz bastante patética: —¡Una gatita y una perrita! ¡Vaya, todo esto sí que es nuevo! Con un suspiro de fastidio, April quitó a Marbles de su regazo. Eso pareció lastimar a Ryan. Pero Riley entendía cómo se sentía April. Mientras April y Jilly se dirigieron hacia las escaleras, Riley dijo: —Un momento, chicas. ¿No tienen algo que decirles a Blaine y Crystal? Pareciendo un poco avergonzadas por su falta de modales, April y Jilly les dieron las gracias a Blaine y Crystal por todo. Crystal abrazó a sus dos hijas y luego le dijo a April: —Te llamo mañana. –Ahora llévense sus cosas consigo —les dijo Riley a sus hijas. April y Jilly agarraron su equipaje obedientemente. Jilly recogió la mayor parte de las cosas, dado que April estaba cargando a Marbles. Luego ambas se dirigieron hacia las escaleras, y Darby correteó detrás de ellas. Segundos después oyó las puertas de sus dormitorios cerrarse de golpe detrás de ellas. Gabriela miró a Ryan con consternación y luego se dio la vuelta para dirigirse a su propio apartamento. Ryan miró a Blaine y dijo tímidamente: —Hola, Blaine. Espero que hayan tenido unas buenas vacaciones. Riley quedó boquiabierta. «Está tratando de ser educado», pensó. En ese momento supo que algo debía estar muy mal. Blaine saludó a Ryan con la mano y dijo: —La pasamos muy bien, Ryan. ¿Cómo has estado? Ryan se limitó a encogerse de hombros. Riley estaba decidida a no dejar que Ryan limitara su comportamiento. Besó a Blaine suavemente en los labios y dijo: —Gracias por las vacaciones. Blaine se sonrojó, obviamente avergonzado por la situación. –Gracias a ti, y también a las chicas —dijo. Crystal le dio la mano a Riley y le dio las gracias. Blaine le dijo a Riley: —Llámame más tarde. Riley le dijo que lo haría, y luego Blaine y su hija se dirigieron a su camioneta. Riley respiró profundo y se volvió hacia la única persona que quedaba en la sala de estar. Su ex esposo la miró con ojos suplicantes. «¿Qué es lo que quiere?», se preguntó de nuevo. Generalmente cuando Ryan pasaba por la casa, notaba de inmediato que aún era un hombre atractivo, un poco más alto, más viejo y más atlético que Blaine, y siempre perfectamente arreglado y vestido. Pero esta vez parecía distinto, arrugado, triste y solo. Nunca lo había visto así. Riley estaba a punto de preguntarle qué le pasaba cuando dijo: —¿Podríamos tomarnos un trago? Riley lo miró a la cara por un momento. Parecía derrotado. Ella se preguntó: «¿Ha estado bebiendo últimamente? ¿Se tomó un par de copas antes de venir aquí?» Consideró brevemente decirle que no, pero luego se dirigió a la cocina y sirvió whisky americano con hielo para ambos. Llevó las bebidas a la sala de estar y se sentó en una silla frente a él, esperando a que dijera algo. Finalmente, con los hombros encorvados, Ryan dijo en voz baja: —Riley, estoy arruinado. Riley quedó boquiabierta. «¿A qué se refiere?», se preguntó. CAPÍTULO SIETE Mientras Riley lo miraba, Ryan repitió las mismas palabras: —Estoy arruinado. Toda mi vida está arruinada. Riley estaba estupefacta. No recordaba la última vez que había hablado en un tono tan abatido. Solía ser más arrogante y seguro de sí mismo. –¿A qué te refieres? —preguntó. Soltó un largo suspiro y dijo: —Paul y Barrett me sacarán del bufete. Riley no podía creer lo que escuchaba. Paul Vernasco y Barrett Gaynor habían sido los socios de Ryan desde que los tres fundaron el bufete juntos. Más que eso, habían sido los amigos más solidarios de Ryan. Ella preguntó: —¿Qué diablos pasó? Ryan se encogió de hombros y dijo en voz reticente: —Dicen que soy un riesgo para el bufete. Solo le tomó a Riley un minuto adivinar la razón por la cual lo estaban sacando del bufete. –Acoso sexual —dijo. Ryan hizo una mueca ante las palabras y dijo: —Mira, todo fue un malentendido. Riley tuvo que morderse la lengua para no decir: —Sí, apuesto a que sí. Evitando la mirada de Riley, Ryan continuó: —Se llama Kyanne, y es una auxiliar, y es joven… A lo que su voz se quebró, Riley pensó: «Por supuesto que es joven. Siempre son jóvenes.» Ryan dijo: —Y yo pensaba que todo era mutuo. Lo digo en serio. Comenzó con un poco de coqueteo… mutuo, créeme. Luego se intensificó y… bueno, fue a quejarse con Paul Barrett de que el ambiente de trabajo era tóxico. Trataron de manejarlo con un acuerdo de confidencialidad, pero ella no quiso. No se conformó con menos que mi partida. Se quedó en silencio otra vez, y Riley trató de captar todo lo que no estaba diciendo. No le resultó difícil imaginarse un posible escenario. Una auxiliar bonita y vivaz, tal vez una joven ambiciosa con ganas de crecer, lo había cautivado. «¿Hasta dónde llegó Ryan?», se preguntó. Dudaba que le ofreció un ascenso a cambio de favores sexuales… «Él no es tan asqueroso», pensó. Y tal vez Ryan también estaba diciendo la verdad sobre la atracción mutua, al menos al principio. Tal vez incluso habían tenido una relación consensual. Pero en algún momento, a Kyanne dejó de gustarle lo que estaba pasando entre ellos. «Probablemente por una buena razón», pensó Riley. ¿Cómo podría Kyanne haber evitado pensar que su futuro en el bufete de alguna forma estaba vinculado a su relación con Ryan? Es un socio de pleno derecho, después de todo. Él tenía el poder en su relación. Sin embargo, algo no cuadraba… Ella dijo: —¿Entonces Paul y Barrett están obligándote a irte? ¿Esa es su solución? Ryan asintió, y Riley negó con la cabeza con incredulidad. Paul y Barrett no eran ningunos santos, y Riley había oído algunas conversaciones bastante obscenas entre los tres a lo largo de los años. Estaba segura de que su comportamiento no era mejor que el de Ryan, posiblemente hasta mucho peor. Ella dijo: —Ryan, dijiste que no quiso firmar un acuerdo de confidencialidad. Ryan asintió con la cabeza y tomó un sorbo de su trago. Con mucho cuidado, Riley preguntó: —¿Cuántos acuerdos de confidencialidad por acoso sexual has tenido que firmar a lo largo de los años? Cuando Ryan se volvió a encoger de hombros, Riley sabía que había dado en el clavo. Riley añadió: —¿Cuántos acuerdos de confidencialidad han tenido que firmar Paul y Barrett? Ryan comenzó, —Riley, prefiero no entrar en detalles… –No, obviamente no —interrumpió Riley—. Ryan, te están usando. Sabes eso, ¿verdad? Paul y Barrett están tratando de limpiar la imagen del bufete, hacer que parezca que tienen una política de tolerancia cero hacia el acoso. Deshacerse de ti es su forma de hacerlo. Ryan se encogió de hombros y dijo: —Lo sé. Pero ¿qué puedo hacer? Riley ciertamente no sabía qué decirle. No quería compadecerse de él. Llevaba años excavando este agujero en el que se encontraba. Aun así, odiaba lo que sus socios le habían hecho. Pero sabía que no había nada que Ryan pudiera hacer al respecto ahora. Además, algo más le preocupaba. Señalando las maletas, Riley le preguntó: —¿Para qué son? Ryan miró las maletas por un momento. Luego dijo con voz entrecortada: —Riley, no puedo ir a casa. Riley jadeó en voz alta. –¿A qué te refieres? —preguntó—. ¿Perdiste tu casa? –No, aún no. Es solo que… —La voz de Ryan se quebró, y luego dijo—: No puedo enfrentar esto solo. No puedo vivir en esa casa solo. Sigo recordando momentos felices contigo y April. Sigo pensando en cómo arruiné todo. La casa me rompe el corazón, Riley. Sacó su pañuelo y se secó los ojos. Riley estaba impactada. Rara vez había visto a Ryan llorar. Ella también sentía ganas de llorar. Pero sabía que tenía un problema serio que resolver en este momento. Ella dijo con voz suave: —Ryan, no puedes quedarte aquí. Ryan se encogió. Aunque Riley no quería herirlo, tenía que ser honesta. –Tengo mi propia vida ahora… una vida muy buena —dijo—. Tengo dos hijas que criar. Blaine y yo tenemos una relación muy seria. De hecho… Estuvo a punto de hablarle de los planes de Blaine de construir otra ala en su casa. Pero no, eso sería demasiado en este momento. En lugar de eso, dijo: —Puedes vender nuestra antigua casa. –Lo sé —dijo Ryan, aun llorando en silencio—. Planeo hacerlo. Pero entretanto… simplemente no puedo vivir allí. Riley quería hacer algo para consolarlo, darle la mano, darle un abrazo, o algún otro gesto físico de consuelo. Era tentador, y sentía sus antiguos sentimientos por él trepando hasta la superficie… «No lo hagas —se dijo a sí misma—. Mantén la calma. Piensa en Blaine. Piensa en las chicas.» Ryan estaba sollozando patéticamente ahora. En una voz verdaderamente frenética, dijo: —Riley, lo siento. Quiero empezar de nuevo. Quiero ser un buen esposo y un buen padre. Ciertamente puedo hacerlo si… lo intentamos de nuevo. Manteniendo el espacio físico entre ellos, Riley dijo: —Ryan, no, no podemos. Es demasiado tarde para eso. –Nunca es demasiado tarde —dijo Ryan entre sollozos—. Vámonos lejos tú y yo, arreglemos las cosas. Riley se estremeció. «No sabe lo que está diciendo —pensó—. Está teniendo un ataque de nervios.» También se sentía bastante segura de que había bebido bastante hoy. Con una risa nerviosa, Ryan dijo: —¡Ya sé! ¡Vamos a la cabaña de tu padre! Nunca he ido, ¿puedes creerlo? Ni una sola vez en todos estos años. Podemos pasar unos días allí y… Riley lo interrumpió bruscamente: —Ryan, no. Ryan la miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Con voz más suave, Riley dijo: —Vendí la cabaña, Ryan. E incluso si no lo hubiera hecho… —Se quedó callada por un momento y luego dijo—: Ryan, tienes que salir de esta tú mismo. Quisiera poder ayudarte, pero no puedo. Los hombros de Ryan se hundieron. Parecía estar entendiendo. Ella dijo: —Eres un hombre fuerte, inteligente e ingenioso. Saldrás adelante. Sé que sí. Pero yo no puedo hacer nada por ti. No sería bueno para mí, y sabes en el fondo que tampoco sería bueno para ti. Ryan asintió miserablemente. —Tienes razón —dijo, su voz más firme ahora—. Es mi desastre para arreglar. Siento haberte molestado. Me iré a casa ahora. Mientras se puso de pie, Riley dijo: —Espera un minuto. No estás en condiciones de conducir a casa. Yo te llevo. Puedes venir a buscar tu auto cuando te sientas mejor. Ryan asintió de nuevo. Riley se sintió aliviada de que no discutirían por eso, y que no tendría que quitarle las llaves a la fuerza. Riley finalmente se atrevió a tomarlo por el brazo para llevarlo a su auto. Realmente parecía necesitar su apoyo físico. Ninguno de los dos habló durante el viaje. Cuando llegaron a la hermosa casa que compartieron hace un tiempo, dijo: —Riley, hay algo que he querido decirte. Creo que lo has hecho muy bien. Y te deseo toda la felicidad del mundo. Riley sintió un nudo en la garganta. –Oh, Ryan… —comenzó. –No, escúchame por favor, porque esto es importante. Te admiro. Has hecho cosas maravillosas. Has sido una gran madre para April, y adoptaste a Jilly y tienes una relación con un buen tipo. Y al mismo tiempo has estado haciendo tu trabajo, atrapando a tipos malos y salvando vidas. No sé cómo lo has hecho. Tu vida es completa. Riley estaba muy sorprendida… y muy perturbada. ¿Cuándo fue la última vez que Ryan le dijo algo así? Simplemente no tenía idea de qué decir. Para su alivio, Ryan se salió del auto sin decir una palabra más. Riley se quedó mirando la casa mientras Ryan entraba. Se sentía mal por él. No podía imaginarse enfrentar esa casa sola, no con todos los buenos y malos recuerdos que albergaba. Y esas palabras que había dicho… —Tu vida es completa. Suspiró y murmuró en voz alta: –No es verdad. Todavía le resultaba difícil criar a dos chicas mientras hacía su trabajo absorbente y a veces peligroso. Tenía demasiado de qué ocuparse, y aún no había aprendido a manejarlo todo. ¿Siempre sería así? ¿Y cómo encajaría Blaine en todo eso? ¿Un matrimonio exitoso incluso era posible para ella? Se estremeció ante la idea de que tal vez estaría en el lugar de Ryan un día. Luego se alejó de la casa donde había vivido y condujo de vuelta a su hogar. CAPÍTULO OCHO Riley estaba caminando de un lado a otro en su sala de estar. Se dijo a sí misma que solo debería relajarse, que había aprendido a hacerlo en sus recientes vacaciones. Pero cuando lo pensaba, se encontraba recordando lo que su padre le había dicho en su pesadilla: —Eres una cazadora, como yo. Definitivamente no se sentía como una cazadora en este momento. «Más como un animal enjaulado», pensó. Acababa de llegar a casa después de llevar a las chicas a su primer día de clases. Jilly estaba encantada de finalmente estar en la misma escuela que su hermana. Los nuevos estudiantes y sus padres asistieron a la ceremonia de bienvenida en el auditorio y luego hicieron un breve recorrido por las aulas. April había podido hacer el recorrido con Riley y Jilly. Aunque Riley no tuvo la oportunidad de hablar largo y tendido con cada maestro, había logrado presentarse como la madre de Jilly y a April como su hermana. Algunos de los nuevos maestros de Jilly le habían dado clases a April en años anteriores y dijeron muchas cosas lindas de ella. Cuando Riley quiso quedarse después de la orientación, las dos chicas la molestaron. —¿Y hacer qué? —le había preguntado April—. ¿Ir a todas las clases de Jilly? Riley había dicho que tal vez lo haría, provocando un gemido de desesperación de Jilly. —¡Mamá! ¡Eso sería muy mala onda! April se echó a reír y dijo: —Mamá, no seas sobreprotectora. Por esa razón, Riley había decidido respetar el orgullo de Jilly y venir a casa, donde se encontraba ahora. Gabriela había ido a almorzar con una de sus primas y luego iría a comprar comestibles. Así que Riley estaba sola en la casa, a excepción de una perra y una gata que no parecían tener ningún interés en ella. «Reacciona», pensó. Riley fue a la cocina y se sirvió un aperitivo. Luego se obligó a sentarse en la sala de estar y encendió el televisor. Las noticias eran deprimentes, por lo que colocó una telenovela diurna. No tenía idea de lo que estaba pasando, pero al menos la distrajo por un rato. Pronto se encontró pensando en lo que Ryan le había dicho durante su visita… —No puedo enfrentarla solo. No puedo vivir en esa casa solo. En este momento, Riley entendió cómo se sentía. ¿Ella y su ex esposo eran más parecidos de lo que quería admitir? Trató de convencerse de lo contrario. A diferencia de Ryan, ella cuidaba de su familia. Las chicas y Gabriela llegarían a casa más tarde y todas cenarían juntas. Tal vez este fin de semana se reunirían con Blaine y Crystal. Ese pensamiento recordó a Riley que Blaine había sido un poco reservado con ella desde lo que había pasado con Ryan. Riley entendía por qué. Riley no había querido hablar con Blaine sobre la visita, dado que parecía demasiado íntima y personal, y era natural que Blaine se había sentido incómodo al respecto. Sintió ganas de llamarlo en este momento, pero sabía que Blaine estaba trabajando mucho para ponerse al día con todo en el restaurante ahora que sus vacaciones habían terminado. Riley se estaba sintiendo muy sola. «Al igual que Ryan», pensó. No entendía por qué, pero no pudo evitar sentirse culpable. Nada de lo que estaba saliendo mal en la vida de Ryan era su culpa. Aun así, sintió ganas de llamarlo, saber cómo estaba, tal vez consolarlo un poco. Pero, por supuesto, esa era una terrible idea. Lo último cosa que quería hacer era darle señales falsas de que algún día podrían volver. Mientras los personajes de la telenovela pelearon, lloraron y se abofetearon entre sí, algo se le ocurrió a Riley. A veces su propia vida familiar y sus relaciones no parecían más reales que lo que estaba viendo en la televisión. La presencia real de sus seres queridos tendía a distraerla de lo verdaderamente aislada que se sentía. Pero unas horas en su casa vacía fueron suficientes para recordarle de lo sola que se sentía. Había un lugar vacío en su interior que solo podía ser llenado por… ¿Qué, exactamente? «Por mi trabajo», se dio cuenta finalmente. Pero ¿cuán significativo era su trabajo, para sí misma o cualquier otra persona? Una vez más recordó algo que su padre le había dicho en la pesadilla: —Tu vida es una locura. Buscas hacer justicia para personas que ya están muertas, exactamente las personas que ya no necesitan justicia. Ella se preguntó: «¿Eso es cierto? ¿Lo que hago es realmente inútil?» Estaba segura de que no, dado que detenía asesinos que sin duda habrían vuelto a matar. Salvaba muchas vidas. Y, sin embargo, para que ella pudiera tener un trabajo que hacer, alguien tenía que matar… y alguien tenía que morir… «Siempre comienza con muerte», pensó. Y sus casos la atormentaban a menudo, incluso después de que los resolvía, después de que los asesinos eran muertos o llevados ante la justicia. Apagó la televisión, la cual solo la estaba irritando. Luego se echó hacia atrás, cerró los ojos y pensó en su caso más reciente, el de un asesino en serie en Georgia. «Pobre Morgan», pensó. Morgan Farrell había estado casada con un hombre rico y abusivo. Cuando fue brutalmente asesinado a puñaladas mientras dormía, Morgan había estado segura de que ella lo había matado, aunque no podía recordar haberlo hecho. Estaba segura de que lo había olvidado debido a la gran cantidad de pastillas y alcohol que consumía. Y había estado orgullosa de lo que creía había hecho. Incluso había llamado a Riley por teléfono para decírselo: —Maté al bastardo. Finalmente se comprobó que Morgan había sido inocente. Otra mujer trastornada había matado al esposo de Morgan, así como también a varios otros esposos igualmente abusivos. La mujer, quien había sufrido a manos de su propio difunto esposo, había decidido librar a otras mujeres de ese sufrimiento. Riley la detuvo justo antes de que matara por error a un hombre que no era culpable de nada excepto amar a su esposa perturbada y delirante. Riley repitió la escena en su mente, después de que había luchado contra la mujer y la estaba esposando: —Adrienne McKinney, queda arrestada. Pero ahora Riley se preguntó: «¿Y si todo hubiera terminado de otra forma?» ¿Y si Riley hubiera sido capaz de salvar al hombre inocente, explicarle a la mujer el error que había cometido y luego simplemente dejado ir? «Habría seguido matando —pensó Riley—. Y los hombres que habría matado habrían merecido morir.» ¿Qué tipo de justicia realmente había hecho en ese momento? Riley se sintió terrible y recordó de nuevo las palabras de su padre: —Tu vida es inútil, una locura. Por un lado, estaba tratando desesperadamente de vivir la vida de una madre criando a dos hijas, la vida de una mujer enamorada del hombre con el que esperaba casarse. A veces parecía que lo estaba haciendo bien, y sabía que nunca dejaría de esforzarse. Pero tan pronto como se encontraba sola, esa vida común y corriente parecía irreal. Por otra parte, luchaba contra todo pronóstico para acabar con monstruos. Su trabajo era realmente importante para ella, a pesar de que muy a menudo comenzaba y terminaba con futilidad. Riley se sentía miserable ahora. Aunque era temprano, se sintió tentada a servirse un trago. Mientras se resistía a esa tentación, su teléfono sonó. Cuando vio quién era la persona que la estaba llamando, dio un gran suspiro de alivio. Tenía trabajo que hacer. CAPÍTULO NUEVE Durante su viaje al edificio de la UAC, Riley se dio cuenta de que tenía sentimientos encontrados respecto a volver al trabajo. Cuando Meredith la había llamado, había sabido por su tono de voz que no estaba de buen humor. No le había dado ningún detalle. Solo le había dicho que tenía que asistir a una reunión del equipo en donde se enteraría de nuevos desarrollos. La había aliviado tener una razón para salir de la casa y dirigirse a Quantico. Ahora se encontraba preguntándose por qué Meredith estaba molesto. Aproximadamente hace semana y media, le había sugerido que fuera a Rushville, Mississippi para investigar un asesinato que acababa de suceder allí. Riley se había negado a hacerlo. Pero no había parecido enfadado con ella entonces. De hecho, hasta le había pedido disculpas por molestarla. —Siento haberte molestado —le había dicho—. Sigue disfrutando de tus vacaciones. Algo había cambiado desde entonces. Fuera lo que fuera, probablemente significaba que tenía un trabajo que hacer. Riley se animó a lo que se detuvo frente al gran edificio blanco de la Unidad de Análisis de Conducta. Se dio cuenta de que sentía que estaba volviendo a casa. Mientras estacionó su auto, Riley abrió el maletero y sacó su bolso de viaje, el cual siempre mantenía listo. Sabía que era bastante probable que se iría a trabajar en un nuevo caso. Cuando entró en la sala de conferencias, vio que la reunión apenas estaba comenzando. Los dos compañeros de Riley, Bill Jeffreys y Jenn Roston, estaban sentados al otro lado de la mesa con el agente especial Brent Meredith, el jefe del equipo. Como siempre, la presencia de Meredith era intimidante, sus facciones negras y angulares y su gran contextura. Pero hoy parecía más intimidante que de costumbre. Le frunció el ceño a Riley mientras se sentó a la mesa. Luego le espetó: —¿Cómo estuvieron tus vacaciones, agente Paige? Sus palabras hirieron a Riley. En lugar de responder a la pregunta de Meredith, le devolvió la mirada y dijo con firmeza: —Estoy lista para volver al trabajo. Meredith asintió con la cabeza y dijo: —Ahora que todos estamos aquí, empecemos. Me quedé pensando en el asesinato que ocurrió en Rushville, Mississippi, sobre el cual la policía local me llamó. Le pedí al agente Jeffreys que investigara. Lo hizo, y ahora cree que todos debemos trabajar en él. ¿Podrías explicar, agente Jeffreys? –Por supuesto —dijo Bill mientras se acercaba a la pantalla en el frente de la sala. Bill había sido el compañero y amigo cercano de Riley durante muchos años, y Riley estaba feliz de verlo aquí. Tenía su misma edad y era un hombre llamativo cuyo cabello oscuro tenía varias canas. Bill hizo clic en un control remoto y un par de fotos aparecieron en la pantalla. Una era de un hombre de aspecto taciturno de unos cincuenta años. El otro era el cadáver del mismo hombre tendido en un piso de madera con una sola herida profunda y redondeada en su frente. Apuntando a las fotos, Bill explicó: —Gareth Ogden fue asesinado en su casa en Rushville hace once días. El asesinato tuvo lugar a las ocho y media de la noche. Fue muerto por un solo martillazo en la frente. Mirando a Riley y Jenn, Meredith añadió: —Este fue el asesinato por el que la policía local llamó a la UAC. Fue muy insistente, razón por la cual terminé hablando con ella personalmente. Estaba preocupada por la semejanza de la muerte de Ogden a los asesinatos sin resolver de una familia de Rushville hace diez años. –Eso es correcto —dijo Bill—. Empecé a investigar, y esto fue lo que encontré. Bill hizo clic en el control remoto de nuevo, y un nuevo conjunto de fotos aparecieron. Un hombre y una mujer yacían en una cama empapada de sangre, sus cráneos literalmente pulverizados. Las otras dos víctimas, asesinadas de forma idéntica, yacían en sus propias camas. Uno era un adolescente y la otra una niña que parecía tener unos diez o doce años de edad. Bill explicó: —Mientras que la familia Bonnett dormía, un intruso entró en su casa. Primero asesinó a la hija, Lisa, en su dormitorio. Después de eso, entró a la habitación de su hermano, Martin, y también lo mató mientras dormía. Finalmente se dirigió a la habitación de los padres. Golpeó la cabeza de Leona Bonnett mientras dormía. Su esposo, Cosmo, al parecer despertó, razón por la cual se produjo un breve forcejeo antes de que se finalmente se convirtió en la última víctima. Jenn Roston miró la pantalla y dijo: —Es impactante. Pero no veo ninguna conexión entre el asesinato de la familia y la muerte de Ogden, aparte del arma utilizada. Riley asintió con la cabeza. Jenn era una joven afroamericana quien ya había demostrado ser una agente muy competente durante el poco tiempo que tenía en la UAC. Riley y Jenn habían trabajado juntas en varios casos. Aunque su relación había sido difícil al principio, ahora confiaban mucho la una en la otra. Meredith dijo: —Explícate, agente Roston. Jenn señaló las fotos espeluznantes en la pantalla y dijo: —Los asesinatos Bonnett fueron notablemente brutales. Parece que cada una de sus cabezas fue golpeada en repetidas ocasiones, un golpe tras otro. El asesino tenía rabia, tal vez tenía algo en contra de la familia. Agente Jeffreys, ¿podrías mostrarnos las otras fotos de nuevo? Bill hizo clic en el control remoto y las fotos de Ogden aparecieron. Jenn señaló la foto de su cadáver y dijo: —El asesinato de Ogden fue rápido y limpio en comparación. Murió a causa de lo que parece ser un solo martillazo. El asesino no parece haber tenido rabia. Este asesinato fue a sangre fría y… ¿cuál es la palabra que estoy buscando? Casi quirúrgico. Riley estaba intrigada, dado que lo que Jenn estaba diciendo tenía sentido. –Sí, y los asesinatos con martillos son bastante comunes —dijo Riley—. Podría ser solo una coincidencia. Meredith le preguntó a Bill: —¿Qué tan grande es el pueblo de Rushville? Bill dijo: —Es un pueblito en la costa del Golfo, con una población aproximada de 6500 personas. Eso es parte de lo que me molesta. Normalmente no hay crímenes violentos allí, solo algunos asaltos a mano armada, robo y hurto y autos robados. Entonces si es una coincidencia, es una muy rara; un nuevo asesinato cometido con un martillo en un pueblo en el que usualmente nada pasa. Jenn se rascó la barbilla y dijo: —¿Entonces crees que el asesino ha estado inactivo durante todo este tiempo? Me parece difícil de creer. –A mí no —dijo Bill—. ¿Estás familiarizada con el llamado «Asesino ATM»? Jenn negó con la cabeza. Riley sí sabía del asesino al que Bill se refería, y estaba interesada en escuchar lo que plantearía. 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