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Una Vez Atrapado Blake Pierce Un Misterio de Riley Paige #13 ¡Una obra maestra del género del thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido) UNA VEZ ATRAPADO es el libro #13 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con el bestseller UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas! En este thriller psicológico oscuro, un esposo rico aparece muerto, y su esposa abusada es acusada del crimen. Ella llama a Riley en busca de ayuda, pero parece evidente que es culpable. Pero luego llaman al FBI cuando otro esposo rico y abusivo aparece muerto, y la agente especial del FBI Riley Paige se pregunta si todo el asunto es una coincidencia, o si podría ser obra de un asesino en serie. Riley comienza a jugar al gato y al ratón y se da cuenta de que se está enfrentando a un asesino brillante e impredecible, uno sin un móvil evidente, y uno decidido a seguir matando hasta ser atrapado. Un thriller lleno de acción con suspenso emocionante, UNA VEZ ATRAPADO es el libro #13 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #14 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto. U N A V E Z A T R A P A D O (UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 13) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regresa a Smashwords.com y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son o bien productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de GrandDuc, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT LA ESPOSA PERFECTA (Libro #1) LA CUADRA PERFECTA (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#u2b38bbcc-3a75-5758-bcaf-542c6ed5909b) CAPÍTULO UNO (#ub8457e7a-1a64-5dce-832c-71d6733d587c) CAPÍTULO DOS (#u2a831f37-bced-50a0-b155-d9161df722ed) CAPÍTULO TRES (#u4b5011e2-c0ab-57ad-b7dd-68e35127ba38) CAPÍTULO CUATRO (#ucf544739-7838-5802-820f-567d2f002a95) CAPÍTULO CINCO (#ub4e6e224-dd2e-5a42-8f31-aa9783f64b7c) CAPÍTULO SEIS (#u7944a15d-75ad-5843-bfba-555ededa03ff) CAPÍTULO SIETE (#u44c5ce3a-a9f2-5ab1-80ae-5c810cd5be3c) CAPÍTULO OCHO (#uf3a06e95-6fd2-55d5-8d14-ecfda741cf20) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Morgan Farrell no tenía idea de dónde estaba o de dónde acababa de venir. Se sentía como si estuviera saliendo de una niebla profunda y espesa. Algo o alguien estaba delante de ella. Se inclinó hacia delante y vio la cara de una mujer mirándola. La mujer parecía igual de perdida y confundida como Morgan se sentía. —¿Quién eres tú? —le preguntó a la mujer. La cara articuló las palabras al unísono con ella, lo cual hizo a Morgan darse cuenta: «Es mi reflejo.» Estaba mirándose en un espejo. Se sentía estúpida por no haberse reconocido de inmediato, pero no completamente sorprendida. «Es mi reflejo», volvió a pensar. Aunque sabía que estaba mirándose en un espejo, se sentía como si estuviera mirando a una extraña. Esta era la cara que siempre había tenido, la cara que la gente llamaba elegante y bella. Ahora parecía artificial. La cara en el espejo no parecía… viva. Por unos momentos, Morgan se preguntó si había muerto. Pero sentía su respiración ligeramente entrecortada. También sentía que su corazón latía rápido. No, no estaba muerta. Pero parecía estar perdida. Trató de poner sus ideas en orden. «¿Dónde estoy? ¿Qué estaba haciendo antes de llegar aquí?», se preguntó. Raro como se sentía por no saber, este era un problema familiar. Esta no era la primera vez que se había encontrado en alguna parte de la enorme casa sin saber cómo había llegado allí. Su sonambulismo era causado ​​por los múltiples tranquilizantes que el médico le había recetado, además de demasiado whisky. Morgan solo sabía que no podía permitir que Andrew la viera así. No tenía maquillaje, y su cabello era un desastre. Levantó una mano para alejar un mechón de cabello de su frente y luego vio: «Mi mano. Está roja. Está cubierta de sangre.» Observó como la boca en la cara reflejada se abrió por la sorpresa. Luego levantó la otra mano. También estaba roja de sangre. Con un estremecimiento, se limpió las manos con su ropa instintivamente. Luego se horrorizó más. Acababa de mancharse su camisón de seda extremadamente caro de sangre. Andrew se pondría furioso si se enterara. Pero ¿con qué podría limpiarse? Miró a su alrededor, y luego alcanzó una toalla de mano que colgaba al lado del espejo. Mientras trataba de limpiarse las manos con ella, vio el monograma: AF. Esta era la toalla de su esposo. Se obligó a centrarse en su entorno… las toallas con monogramas… las paredes brillantes de color dorado. Estaba en el baño de su esposo. Morgan suspiró de desesperación. Sus andanzas nocturnas la habían llevado varias veces al dormitorio de su esposo. Cuando lo despertaba, se ponía furioso con ella por violar su privacidad. Y esta vez había violentado hasta su baño contiguo. Morgan se estremeció. Los castigos de su esposo siempre eran crueles. «¿Qué me hará esta vez?», pensó. Morgan negó con la cabeza, tratando de desaturdirse. Le dolía mucho la cabeza y tenía náuseas. Obviamente había bebido mucho… y también había ingerido tranquilizantes. Y no solo había manchado una de las toallas preciosas de Andrew. También se dio cuenta de que había dejado huellas ensangrentadas por todo el mostrador blanco. Incluso había sangre en el piso de mármol. «¿De dónde vino toda esta sangre?», se preguntó. En ese momento, se le ocurrió una extraña posibilidad: «¿Intenté suicidarme?» Aunque no lo recordaba, definitivamente parecía posible. Había contemplado el suicidio más de una vez desde que había estado casada con Andrew. No sería la primera en suicidarse en esta casa. Mimi, la primera esposa de Andrew, se había suicidado aquí. También su hijo Kirk, apenas el pasado noviembre. Pensó con ironía, sonriendo mientras lo hacía: «¿Acabo de intentar continuar la tradición familiar?» Dio un paso atrás para mirarse mejor. Toda esa sangre… Pero no parecía estar herida. Entonces, ¿de dónde había venido la sangre? Se dio la vuelta y vio que la puerta que conducía al dormitorio de Andrew estaba abierta. «¿Está ahí?», se preguntó. ¿No se había dado cuenta de lo que había sucedido? Respiró más tranquila ante la posibilidad. Si estaba durmiendo profundamente, tal vez podría salir de su dormitorio sin que siquiera se diera cuenta. Pero luego contuvo un gemido cuando cayó en cuenta de que no sería tan fácil. Todavía tenía que lidiar con toda la sangre. Si Andrew entraba en su baño y encontraba todo este desastre, obviamente sabría que ella era culpable de alguna forma. Para él, ella siempre era la culpable de todo. Cada vez sintiendo más pánico, empezó a limpiar el mostrador con la toalla. Pero no sirvió de nada. Lo único que estaba haciendo era regar la sangre por todas partes. Necesitaba limpiar la sangre con agua. Cuando estuvo a punto de abrir el grifo, se dio cuenta de que el sonido del agua corriendo seguramente despertaría a Andrew. Pensó que tal vez podría cerrar la puerta del baño sin hacer ruido y dejar correr el agua lo más silenciosamente que pudiera. Caminó de puntillas hacia la puerta. Cuando llegó allí, se asomó con cautela al dormitorio. Jadeó ante lo que vio. Aunque las luces estaban tenues, no había duda de que Andrew estaba tendido en la cama. Estaba cubierto de sangre. Las sábanas estaban cubiertas de sangre. Incluso había sangre en el piso alfombrado. Morgan corrió hacia la cama. Los ojos de su esposo estaban abiertos en una expresión aterrorizada. «Está muerto», se dio cuenta Morgan. Ella no había muerto, pero Andrew sí. ¿Se había suicidado? No, eso era imposible. Andrew despreciaba las personas que se quitaban la vida, incluyendo a su esposa e hijo. —No son gente seria —había dicho a menudo de ellos. Y Andrew siempre se había enorgullecido de ser una persona seria. De hecho, le había preguntado a Morgan varias veces: —¿Tú eres una persona seria? Al estudiar cuidadosamente, se dio cuenta de que Andrew tenía varias heridas. Y entre las sábanas empapadas de sangre, vio un cuchillo de cocina grande. «¿Quién pudo haber hecho esto?», se preguntó Morgan. Luego una calma eufórica y extraña se apoderó de ella a lo que se dio cuenta: «Finalmente lo hice. Lo maté.» Lo había hecho en sus sueños muchas veces. Y ahora por fin lo había hecho de verdad. Ella sonrió y le dijo en voz alta al cadáver: —¿Quién es una persona seria ahora? Pero sabía que no debía disfrutar de esta sensación cálida y agradable. Asesinato era asesinato, y sabía que tenía que aceptar las consecuencias de sus actos. Pero en lugar de sentir miedo o culpa, se sintió muy contenta. Era un hombre terrible. Y ahora estaba muerto. No importaba lo que pasara, ya que valdría la pena. Ella cogió el teléfono junto a la cama con la mano pegajosa. Estuvo a punto de marcar el 911 antes de pensar: «No. Hay alguien a quien quiero decírselo primero.» Era una buena mujer quien había mostrado preocupación por su bienestar hace algún tiempo. Antes de hacer cualquier otra cosa, tenía que llamar a esa mujer y decirle que más nunca tendría que preocuparse por Morgan. Al fin todo estaba bien. CAPÍTULO UNO Riley se dio cuenta de que Jilly se retorciendo un poco mientras dormía. La niña de catorce años de edad estaba en el asiento contiguo con su cabeza apoyada en el hombro de Riley. Ya llevaban tres horas de vuelo, y aún faltaban aproximadamente dos horas para llegar a Phoenix. «¿Está soñando?», se preguntó Riley. En caso afirmativo, Riley esperaba que no estuviera teniendo pesadillas. Jilly había vivido cosas terribles en su corta vida, razón por la cual aún tenía un montón de pesadillas. Había estado muy ansiosa desde la llegada de la carta de servicios sociales de Phoenix, informándoles de que el padre de Jilly quería a su hija de vuelta. Ahora estaban volando a Phoenix para asistir a una audiencia que resolvería el asunto de una vez por todas. Riley tampoco podía evitar sentirse preocupada. ¿Qué sería de Jilly si el juez no le permitía que se quedara con Riley? La trabajadora social le había dicho que no esperaba que eso ocurriera. «¿Y si está equivocada?», se preguntó Riley. En ese momento, todo el cuerpo de Jilly comenzó a retorcerse más. Luego gimió por lo bajo. Riley la sacudió suavemente y le dijo: —Despierta, corazón. Estás teniendo una pesadilla. Jilly se sentó de golpe y se quedó mirando hacia el frente por un momento. Luego se echó a llorar. Riley puso su brazo alrededor de Jilly y rebuscó un pañuelo en su bolso. Luego le preguntó: —¿Qué pasa? ¿Qué estabas soñando? Jilly sollozó sin decir nada durante unos momentos. Luego dijo: —No fue nada. No te preocupes. Riley suspiró. Sabía que Jilly albergaba secretos de los que no le gustaba hablar. Riley acarició su cabello oscuro y le dijo: —Me puedes contar lo que sea, Jilly. Tú lo sabes. Jilly se secó los ojos, se sonó la nariz y finalmente dijo: —Estaba soñando algo que realmente sucedió hace unos años. Mi padre estaba borracho y me estaba culpando como de costumbre, por el hecho de que mi madre se fue, por el hecho de que no podía mantener un trabajo. Por todo. Me dijo que me quería fuera de su vida. Me arrastró por el brazo a un clóset, me metió dentro, cerró la puerta con llave y… Jilly se quedó callada y cerró los ojos. —Por favor, dime —dijo Riley. Jilly se sacudió un poco y dijo: —Al principio tenía miedo de gritar porque pensé que me golpearía. Pero solo me dejó allí, como si se hubiera olvidado de mí. Y luego… —Jilly ahogó un sollozo—. No sé cuántas horas pasaron, pero todo quedó en silencio. Pensé que tal vez se había quedado dormido o ido a su dormitorio. Pero pasó mucho tiempo. Finalmente me di cuenta de que tenía que haber salido de la casa. Hacía eso a veces. Pasaba muchos días fuera de casa y nunca sabía cuándo iba a volver, si es que iba a volver… Riley se estremeció mientras trataba de imaginar el miedo de la pobre muchacha. Jilly continuó: —Finalmente empecé a gritar y golpear la puerta, pero obviamente nadie podía oírme, y yo no podía salir. Estuve sola en ese clóset… no sé por cuánto tiempo. Varios días, probablemente. No tenía nada que comer, ni tampoco pude dormir por lo asustada y hambrienta que estaba. Incluso tuve que ir al baño allí y limpiar todo el desastre más tarde. Empecé a ver y oír cosas extrañas en la oscuridad, supongo que debieron haber sido alucinaciones. Supongo que me volví un poco loca. «No es de extrañar», pensó Riley horrorizada. Jilly dijo: —Cuando volví a oír ruidos en la casa, pensé que tal vez solo lo estaba imaginando. Grité, y en ese momento papá abrió el clóset. Estaba sobrio, y parecía sorprendido de verme. —¿Cómo entraste ahí? —me preguntó. Actuó muy molesto por todo el desastre del clóset y me trató bien por un tiempo después de eso. —Jilly, su voz ahora un susurro, añadió—: ¿Crees que obtendrá la custodia? Riley se tragó un nudo de ansiedad. ¿Debería compartir sus propios miedos con la chica que aún esperaba poder adoptar? No se atrevía a hacerlo. En su lugar, dijo: —Estoy segura de que no. —Eso espero —dijo Jilly—. Porque de lo contrario, me iré y no volveré jamás. Nadie me encontrará. Riley se estremeció al darse cuenta: «Lo dice en serio.» Jilly tenía un historial de fugarse de lugares que no le gustaban. Riley recordaba muy bien cómo había encontrado a Jilly la primera vez. Mientras Riley había estado trabajando en un caso relacionado con prostitutas muertas en Phoenix, había encontrado a Jilly en la cabina de un camión en un estacionamiento donde trabajaban prostitutas. Jilly había decidido convertirse en prostituta y vender su cuerpo al dueño del camión. «¿Volvería a hacer algo igual de desesperado?», Riley se preguntó. La idea la horrorizaba. Entretanto, Jilly se había calmado y estaba a punto de volverse a quedar dormida. Riley volvió a colocar su cabeza en su hombro. Trató de sacarse la audiencia de su mente. Pero no pudo sacudirse el miedo de perder a Jilly. ¿Jilly sobreviviría si eso ocurriera? Y si sobrevivía, ¿qué clase de vida tendría? * Cuando el avión aterrizó, Riley y Jilly se dieron cuenta de que cuatro personas estaban esperándolas. Una era una cara conocida: Brenda Fitch, la trabajadora social que había colocado a Jilly bajo el cuidado de Riley. Brenda era una mujer delgada y nerviosa con una sonrisa cálida y solidaria. Riley no reconocía a las otras tres personas. Brenda abrazó a Riley y Jilly y luego las presentó a un matrimonio de mediana edad robusto y sonriente. Brenda dijo: —Riley, creo que no conoces a Bonnie y Arnold Flaxman. Fueron los padres de acogida de Jilly por un poco tiempo después de que la rescataste. Riley asintió, recordando que Jilly se les había fugado. Jilly había decidido que no viviría con nadie más excepto Riley. Riley esperaba que los Flaxman no albergaran ningún resentimiento al respecto. Pero parecían amables y acogedores. Brenda luego presentó a Riley a un hombre alto con una cabeza larga de forma extraña y una sonrisa un tanto vacía. Brenda dijo: —Este es Delbert Kaul, nuestro abogado. Vamos a sentarnos en un lugar para hablar. El grupo se acercó a la cafetería más cercana. Los adultos pidieron café y Jilly un refresco. A lo que todos tomaron asiento, Riley recordó que el hermano de Bonnie Flaxman era Garrett Holbrook, un agente del FBI estacionado aquí en Phoenix. Riley preguntó: —¿Cómo está Garrett? Bonnie se encogió de hombros y sonrió: —Tú sabes. Garrett es Garrett. Riley asintió. Recordaba que era un hombre bastante taciturno y distante. Pero luego recordó que lo había conocido mejor mientras estuvo investigando el asesinato de su media hermana distanciada. Se había mostrado agradecido con ella cuando resolvió el asesinato y hasta había ayudado a colocar a Jilly bajo el cuidado de los Flaxman. Riley sabía que era un buen hombre a pesar de lo frío que parecía. Brenda le dijo a Riley: —Me alegro de que hayan podido venir tan rápido. Realmente esperaba que estaríamos finalizando la adopción para este momento, pero como te escribí en mi carta, nos hemos topado con un obstáculo. El padre de Jilly afirma que tomó la decisión de renunciar a Jilly bajo coacción. No solo está disputando la adopción, sino que está amenazando con acusarte de secuestro, y a mí de cómplice. Ojeando algunos documentos legales, Delbert Kaul añadió: —Aunque su caso es bastante débil, está siendo muy molesto. Pero no te preocupes por eso. Estoy seguro de que podremos arreglar todo esto mañana. La sonrisa de Kaul no le pareció tranquilizadora. Había algo débil e incierto sobre él. Se encontró preguntándose cómo había sido asignado al caso. Riley se dio cuenta de que Brenda y Kaul parecían estar compenetrados. No parecían una pareja romántica, pero sí buenos amigos. Tal vez esa era la razón por la que Brenda lo había contratado. «Esa no es necesariamente una buena razón», pensó Riley. —¿Quién es el juez? le preguntó Riley. La sonrisa de Kaul se desvaneció un poco cuando dijo: —Owen Heller. No es exactamente mi primera opción, pero el mejor que pudimos conseguir dadas las circunstancias. Riley contuvo un suspiro. Cada vez se sentía menos y menos segura. Ella esperaba que Jilly no se estuviera sintiendo igual. Kaul luego discutió lo que el grupo debía esperar en la audiencia. Bonnie y Arnold Flaxman declararían sobre su propia experiencia con Jilly. Hablarían de lo mucho que la chica necesitaba un entorno familiar estable, el cual jamás podría tener con su padre. Kaul dijo que había querido que el hermano mayor de Jilly declarara, pero que no lo había podido localizar. Riley tenía que declarar sobre la vida que era capaz de brindarle a Jilly. Había llegado a Phoenix armada con todo tipo de documentación para respaldar su declaración, incluyendo información financiera. Kaul dio unos golpecitos con el lápiz y añadió: —Jilly, tú no tienes que testificar… Jilly interrumpió: —Quiero hacerlo. Voy a hacerlo. Kaul parecía un poco sorprendido por la determinación en la voz de Jilly. Riley deseaba que el abogado pareciera tan decidido como Jilly. —Bueno —dijo Kaul—, ya está decidido. Cuando terminó la reunión, Brenda, Kaul y los Flaxman se fueron juntos. Riley y Jilly fueron a alquilar un auto y luego se dirigieron a un hotel cercano y reservaron una habitación. * Una vez que estaban instaladas en su habitación de hotel, Riley y Jilly pidieron una pizza. La televisión estaba trasmitiendo una película que ambas ya habían visto, así que no le prestaron mucha atención. Para el alivio de Riley, Jilly no parecía nada ansiosa ahora. Charlaron gratamente sobre pequeñeces como el próximo año escolar, ropa y zapatos y las celebridades en las noticias. A Riley le resultó difícil creer que Jilly había estado en su vida por tan poco tiempo. Las cosas parecían tan naturales y fáciles entre ellas. «Como si ha sido mi hija desde siempre», pensó Riley. Se dio cuenta de que así exactamente se sentía, lo cual la puso un poco ansiosa. ¿Todo terminaría mañana? Riley no pudo obligarse a siquiera considerar cómo se sentiría si eso pasaba. Casi habían terminado su pizza cuando fueron interrumpidas por una notificación ruidosa del portátil de Riley. —¡Esa debe ser April! —dijo Jilly—. Prometió que me haría una videollamada. Riley sonrió y dejó a Jilly atender la llamada de su hija mayor. Riley escuchó desde el otro lado de la habitación mientras las dos chicas charlaban como las hermanas en las que se habían convertido. Cuando las chicas terminaron de hablar, Riley se sentó en la portátil para hablar con April mientras que Jilly se acostó en la cama para ver televisión. April parecía seria y preocupada. Ella preguntó: —¿Cómo crees que saldrá todo? Mirando hacia el otro lado de la habitación, Riley vio que Jilly parecía bastante interesada en la película. Riley no creía que estaba escuchando lo que ella y April estaban hablando, pero igual decidió tener cuidado con lo que decía. —Ya veremos —dijo Riley. April dijo en voz baja para que Jilly no oyera: —Te ves preocupada, mamá. —Supongo que sí —dijo Riley, también en voz baja. —Puedes hacerlo, mamá. Sé que puedes. Riley tragó grueso y dijo: —Eso espero. Aún en voz baja, la voz de April tembló de emoción: —No podemos perderla, mamá. No puede volver a su antigua vida. —Lo sé —dijo Riley—. No te preocupes. Riley y April se miraron en silencio durante unos momentos. Riley de repente se sintió profundamente conmovida por lo madura que su hija de quince años de edad parecía en este momento. «Está creciendo», pensó Riley con orgullo. April finalmente dijo: —Adiós, mamá. Llámame tan pronto tengas noticias. —Sí, eso haré —dijo Riley. Finalizó la videollamada y regresó a la cama con Jilly. El teléfono sonó a pocos minutos de terminarse la película. Riley sintió otra oleada de preocupación. Las llamadas telefónicas que había recibido últimamente no habían traído buenas noticias. Ella cogió el teléfono y escuchó la voz de una mujer: —Agente Paige, estoy llamando de la centralita de Quantico. Acabamos de recibir una llamada de una mujer en Atlanta y… bueno, no estoy segura de cómo manejar esto, pero quiere hablar directamente con usted. —¿Atlanta? —preguntó Riley—. ¿Quién es? —Su nombre es Morgan Farrell. Riley sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Recordaba a la mujer de un caso en el que había trabajado en febrero. El esposo adinerado de Morgan, Andrew, había sido un sospechoso en un caso de asesinato. Riley y su compañero, Bill Jeffreys, habían entrevistado a Andrew Farrell en su casa y habían determinado que él no era el asesino que estaban buscando. Sin embargo, Riley había detectado señales de que estaba abusando de su esposa. Había logrado entregarle a Morgan una tarjeta del FBI en silencio, pero nunca se había comunicado con Riley. «Supongo que por fin quiere ayuda», pensó Riley, imaginando la mujer delgada, elegante y tímida que había visto en la mansión de Andrew Farrell. Pero Riley se preguntó qué podría hacer por ella en estos momentos, dadas las circunstancias personales en las que se encontraba. De hecho, lo último que Riley necesitaba en este momento era otro problema que resolver. La operadora en espera preguntó: —¿Quiere que comunique la llamada? Riley vaciló un segundo y luego dijo: —Sí, por favor. Después de un momento, oyó el sonido de la voz de una mujer: —Hola, ¿habla la agente especial Riley Paige? Ahora recordaba que Morgan no le había dicho ni una sola palabra durante su visita a su casa. Había parecido demasiado aterrada de su esposo como para siquiera hablar. Pero ahora no sonaba aterrada. De hecho, sonaba muy feliz. «¿Esta es solo una llamada social?», se preguntó Riley. —Sí, habla Riley Paige —dijo Riley. —Bueno, le debía una llamada. Fue muy amable conmigo cuando visitó nuestra casa, y me dejó su tarjeta, y pareció estar realmente preocupada por mí. Solo quería hacerle saber que ya no tiene que preocuparse por mí. Todo va a estar bien ahora. Riley respiró más tranquila y le dijo a la mujer: —Eso me alegra mucho. ¿Lo dejó? ¿Se divorciarán? —No —dijo Morgan alegremente—. Maté al bastardo. CAPÍTULO DOS Riley se sentó en la silla más cercana, su mente dando vueltas mientras las palabras de la mujer resonaron en su mente. —Maté al bastardo. ¿Morgan realmente acababa de decir eso? Luego Morgan preguntó: —Agente Paige, ¿está ahí? —Todavía estoy aquí —dijo Riley—. Dígame lo que pasó. Morgan todavía parecía extrañamente tranquila: —Lo que pasa es que no estoy segura. He estado bastante ida últimamente, y tiendo a no recordar las cosas que hago. Pero lo maté sin duda. Estoy mirando su cuerpo tendido en la cama. Tiene cuchilladas por todas partes y sangró mucho. Parece que lo hice con un cuchillo de cocina afilado. El cuchillo está a su lado. Riley intentó darle sentido a lo que estaba oyendo. Recordó lo enfermizamente delgada que Morgan había parecido. Riley había estado segura de que era anoréxica. Riley sabía mejor que muchos lo difícil que era asesinar a alguien a puñaladas. ¿Morgan era físicamente capaz de hacer algo así? Oyó a Morgan suspirar. —Odio molestar, pero sinceramente no sé qué hacer ahora. Me preguntaba si podría ayudarme. —¿Le ha contado esto a alguien más? ¿Llamó a la policía? —No. Riley tartamudeó: —Me… me encargaré de eso. —Muchas gracias. Riley estaba a punto de decirle a Morgan que no colgara mientras hacía una llamada aparte en su propio teléfono celular. Pero Morgan colgó. Riley se quedó mirando al horizonte por un tiempo. Oyó a Jilly preguntar: —Mamá, ¿pasó algo? Riley miró a Jilly y notó que parecía muy preocupada. Ella dijo: —No hay nada de qué preocuparse, cariño. Luego cogió su teléfono celular y llamó a la policía de Atlanta. * El oficial Jared Ruhl se sentía aburrido e inquieto mientras viajaba en el asiento del pasajero junto al sargento Dylan Petrie. Era de noche, y estaban patrullando uno de los vecindarios más ricos de Atlanta, un área donde casi nunca había actividad criminal. Ruhl era nuevo, y ansiaba acción. Respetaba mucho a su compañero y mentor afroamericano. El sargento Petrie llevaba aproximadamente veinte años en la fuerza, y era uno de los policías más experimentados. «Entonces, ¿por qué nos están malgastando en esto?», se preguntó Ruhl. Como en respuesta a su pregunta no formulada, una voz femenina dijo por la radio policial: —Cuatro-Frank-trece, ¿me copian? Los sentidos de Ruhl se agudizaron al oír la identificación de su propio vehículo. Petrie respondió: —Sí, adelante. La operadora vaciló, como si no creía lo que estaba a punto de decir. Luego dijo, —Tenemos una posible ciento ochenta y siete en la residencia Farrell. Diríjanse a la escena. Ruhl quedó boquiabierto y vio los ojos de Petrie abrirse de par en par. Ruhl sabía que 187 era el código de homicidio. «¿En la casa de Andrew Farrell?», se preguntó Ruhl. No lo podía creer, y parecía que Petrie tampoco. —Repita, por favor —dijo Petrie. —Un posible 187 en la residencia Farrell. ¿Pueden dirigirse a la escena? Ruhl vio a Petrie entrecerrar los ojos. —Sí —dijo Petrie—. ¿Quién es el sospechoso? La operadora volvió a vacilar y luego dijo: —La señora Farrell. Petrie jadeó en voz alta y negó con la cabeza. —¿Es una broma? —dijo. —No es broma. —¿Quién reportó el crimen? —preguntó Petrie. La operadora respondió: —Una agente de la UAC desde Phoenix, Arizona. Yo sé lo raro que parece eso, pero… La voz de la operadora se quebró. Petrie dijo: —¿Respuesta código tres? Ruhl sabía que Petrie estaba preguntando si debían utilizar luces intermitentes y una sirena. La operadora preguntó: —¿Qué tan cerca están de la escena? —Estamos a menos de un minuto —dijo Petrie. —Entonces es mejor que no hagan ruido. Todo esto es… Su voz se volvió a quebrar. Ruhl supuso que no quería que llamaran mucho la atención. Lo que fuera que estaba pasando en este vecindario lujoso y privilegiado, sin duda lo mejor era mantener a la prensa alejada por el mayor tiempo posible. Finalmente, la operadora dijo: —Solo echen un vistazo, ¿de acuerdo? —Copiado —dijo Petrie—. Estamos en camino. Petrie empujó el acelerador y aceleró por la calle tranquila. Ruhl miró la mansión Farrell con asombro a la distancia. Nunca había estado tan cerca de ella. La casa se extendía en todas las direcciones, y le parecía más un club de campo que una casa. El exterior estaba cuidadosamente iluminado, por protección, sin duda, pero también para mostrar sus grandes arcos, columnas y ventanas. Petrie estacionó el auto en la entrada circular y apagó el motor. Él y Ruhl se salieron y se acercaron a la enorme entrada principal. Petrie sonó el timbre. Después de unos momentos, un hombre alto y delgado abrió la puerta. Ruhl supuso por su esmoquin elegante y su expresión rígida que era el mayordomo de la familia. Parecía sorprendido de ver dos oficiales de policía… y para nada contento. —¿Puedo preguntar de qué trata todo esto? El mayordomo no parecía tener ni idea de que algo había pasado dentro de la mansión. Petrie miró a Ruhl, quien percibió lo que su mentor estaba pensando… «Solo una falsa alarma. Probablemente una broma telefónica.» Petrie le dijo al mayordomo: —¿Podríamos hablar con el señor Farrell, por favor? El mayordomo sonrió de una forma arrogante y dijo: —Me temo que eso es imposible. Está profundamente dormido, y tengo órdenes estrictas de… Petrie interrumpió: —Tenemos razones para estar preocupados por su seguridad. El mayordomo frunció el ceño y dijo: —¿En serio? Ya que insiste, le echaré un vistazo. Trataré de no despertarlo. Le aseguro que se molestará si lo hago. Petrie no le preguntó al mayordomo si podían pasar a la casa. La casa era enorme, con hileras de columnas de mármol que eventualmente conducían a una escalera alfombrada con pasamanos curvos y elegantes. A Ruhl le resultaba cada vez más difícil creer que alguien en realidad vivía allí. Parecía más un plató de cine. Ruhl y Petrie siguieron el mayordomo por las escaleras y un amplio pasillo a un par de puertas dobles. —El dormitorio principal —dijo el mayordomo—. Esperen un momento. El mayordomo entró al dormitorio. Luego lo escucharon gritar aterrorizado desde adentro. Ruhl y Petrie entraron a toda prisa a una sala de estar y desde allí a un enorme dormitorio. El mayordomo ya había encendido las luces. Los ojos de Ruhl se tuvieron que acostumbrar al brillo del enorme dormitorio. Entonces sus ojos se posaron sobre una cama con dosel. Como todo en la casa, también era enorme, como algo salido de una película. Pero pese a su tamaño, parecía pequeña en comparación al resto del dormitorio. Todo en el dormitorio principal era dorado y negro, a excepción de la sangre por toda la cama. CAPÍTULO TRES El mayordomo estaba desplomado contra la pared, una expresión distante en su cara. Ruhl también se sentía un poco mareado. En la cama yacía el rico y famoso Andrew Farrell, muerto y ensangrentado. Ruhl lo reconoció de las muchas veces que lo había visto en la televisión. Ruhl nunca había visto un cadáver. Nunca había esperado que pareciera tan extraño e irreal. Lo que hizo que esta escena fuera especialmente bizarra era la mujer sentada en una silla tapizada justo al lado de la cama. Ruhl también la reconoció. Era Morgan Farrell, anteriormente Morgan Chartier, una famosa modelo ahora retirada. El muerto había convertido su matrimonio en un evento mediático, y le gustaba desfilarla en público. Llevaba un camisón de aspecto caro que estaba manchado de sangre. Estaba inmóvil, sosteniendo un cuchillo grande. Su hoja estaba ensangrentada, así como también su mano. —Mierda —murmuró Petrie en voz aturdida. Luego Petrie habló por su micrófono: —Operadora, habla cuatro Frank trece desde la residencia Farrell. Tenemos un ciento ochenta y siete. Envíe tres unidades, incluyendo una unidad de homicidios. También comuníquese con el médico forense. Mejor dígale al jefe Stiles que venga también. Petrie escuchó a la operadora por su auricular, luego pareció pensar algo por un momento. —No, no lo convierta en un código tres. Es mejor mantener esto bajo cuerdas durante el mayor tiempo posible. Durante este intercambio, Ruhl no pudo quitarle los ojos de encima a la mujer. Le había parecido hermosa en la televisión. Extrañamente, ahora parecía igual de hermosa. Incluso con un cuchillo ensangrentado en la mano, parecía tan delicada y frágil como una muñeca de porcelana. También estaba tan inmóvil como una muñeca de porcelana, tan inmóvil como el cadáver… y aparentemente inconsciente de que alguien había entrado en el dormitorio. Ni sus ojos se movían mientras seguía mirando el cuchillo en su mano. Mientras Ruhl siguió a Petrie hacia la mujer, pensó que la escena ya no le recordaba a un plató de cine. «Es más como una exposición en un museo de cera», pensó. Petrie tocó suavemente a la mujer en el hombro y le dijo: —Sra. Farrell… La mujer no parecía nada sobresaltada cuando levantó la mirada. Le sonrió y dijo: —Hola, oficial. Me preguntaba cuándo llegaría la policía. Petrie se puso un par de guantes de plástico. Ruhl no necesitó que le dijera que hiciera lo mismo. Entonces Petrie tomó el cuchillo de la mano de la mujer con delicadeza y se la dio a Ruhl, quien lo metió cuidadosamente en una bolsa de pruebas. Mientras estaban haciendo esto, Petrie le dijo a la mujer: —Por favor, dígame lo que pasó aquí. La mujer se echó a reír. —Bueno, esa es una pregunta tonta. Maté a Andrew. ¿No es obvio? Petrie se volvió a mirar a Ruhl, como si fuera a preguntarle: —¿Es obvio? Por un lado, no parecía haber ninguna otra explicación para esta extraña escena. Por otro lado… «Se ve tan débil e indefensa», pensó Ruhl. No podía imaginarla haciendo tal cosa. Petrie le dijo Ruhl: —Habla con el mayordomo. Averigua lo que sabe. Mientras Petrie examinó el cuerpo, Ruhl se acercó al mayordomo, quien todavía estaba en cuclillas contra la pared. Ruhl le dijo: —Señor, ¿podría decirme qué pasó aquí? El mayordomo abrió la boca, pero no dijo nada. —Señor —repitió Ruhl. El mayordomo entrecerró los ojos como si estuviera muy confundido. Luego dijo: —No sé. Ustedes llegaron y… Se quedó en silencio de nuevo. Ruhl se preguntó: «¿Realmente no sabe nada en absoluto?» Tal vez el mayordomo estaba fingiendo su sorpresa y perplejidad. Tal vez era el verdadero asesino. La posibilidad recordó a Ruhl del viejo cliché: —El mayordomo lo hizo. La idea hasta podría ser divertida en otras circunstancias. Pero ciertamente no ahora. Ruhl pensó rápido, tratando de decidir qué preguntas hacerle al hombre. Luego dijo: —¿Alguien más está aquí? El mayordomo respondió: —Solo los otros empleados. Seis sirvientes aparte de mí, tres mujeres y tres hombres. ¿Ciertamente no creen que…? Ruhl no tenía idea de qué pensar, al menos no todavía. Le preguntó al mayordomo: —¿Es posible que alguien más esté en la casa? ¿Un intruso, tal vez? El mayordomo negó con la cabeza. —No sé cómo —dijo—. Nuestro sistema de seguridad es de los mejores. «Eso no es un no», pensó Ruhl. De repente se sintió muy alarmado. Si el asesino era un intruso, ¿podría aún estar en algún lugar de la casa? ¿O podría estar escabulléndose en este mismo momento? Entonces Ruhl oyó a Petrie hablar por el micrófono, diciéndole a alguien cómo encontrar el dormitorio en la enorme mansión. En unos segundos, el dormitorio era un hervidero de policías. Entre ellos estaba el jefe Elmo Stiles, un hombre corpulento e imponente. Ruhl también se sorprendió al ver el fiscal de distrito, Seth Musil. El fiscal normalmente refinado parecía despeinado y desorientado, como si acababa de ser despertado. Ruhl supuso que el jefe había contactado al fiscal justo cuando se enteró, para luego recogerlo y traerlo aquí. Él jadeó ante lo que vio y corrió hacia la mujer. —¡Morgan! —exclamó. —Hola, Seth —dijo la mujer, como si estuviera gratamente sorprendida por su llegada. A Ruhl no le sorprendió que Morgan Farrell y un político de alto rango como el fiscal se conocían. La mujer aún no parecía estar consciente de la mayor parte de lo que estaba pasando a su alrededor. Sonriendo, la mujer le dijo a Musil: —Bueno, supongo que es obvio lo que sucedió. Y estoy segura de que no te sorprende que… Musil le interrumpió apresuradamente: —No, Morgan. No digas nada. Aún no. No hasta que consigas un abogado. Sargento Petrie ya estaba organizando las personas en el dormitorio. Le dijo al mayordomo: —Háblales de la distribución de la casa, de hasta el último rincón. Luego les dijo a los policías: —Quiero que registren toda la casa en búsqueda de algún intruso o señal de entrada forzada. Y hablen con los empleados. Asegúrense de que puedan rendir cuenta de sus acciones durante las últimas horas. Los policías se reunieron alrededor del mayordomo, quien estaba de pie ahora. El mayordomo les dio instrucciones, y los policías salieron del dormitorio. Sin saber qué más hacer, Ruhl se paró junto al sargento Petrie, mirando la espantosa escena. El fiscal se encontraba parado de manera protectora al lado de la mujer sonriente y llena de sangre. Ruhl todavía estaba luchando por entender todo lo que estaba viendo. Se recordó a sí mismo que este era su primer homicidio. Se preguntó: «¿Alguna vez trabajaré en uno más extraño que este?» También esperaba que los policías que estaban registrando la casa no volvieran con las manos vacías. Tal vez volverían con el verdadero culpable. Ruhl odiaba la posibilidad de que esta mujer delicada y hermosa era realmente capaz de asesinar. Los policías y el mayordomo regresaron varios minutos después. Dijeron que no habían encontrado a ningún intruso ni ninguna señal de entrada forzada. Habían encontrado a los empleados dormidos en sus camas y no había razón para pensar que cualquiera de ellos era responsable. El médico forense y su equipo llegaron y comenzaron a trabajar en el cadáver. El enorme dormitorio estaba bastante lleno ahora. La mujer manchada de sangre finalmente parecía estar consciente del bullicio de actividad. Se levantó de su silla y le dijo al mayordomo: —Maurice, ¿y tus modales? Pregúntales a estas buenas personas si quieren algo de comer o beber. Petrie caminó hacia ella, sacando sus esposas. Luego le dijo: —Eso es muy amable de su parte, señora, pero no será necesario. Luego, en un tono muy educado y considerado, empezó a leerle a Morgan Farrell sus derechos. CAPÍTULO CUATRO Riley no pudo evitar sentirse cada vez más preocupada mientras la audiencia avanzaba. Hasta el momento, todo había salido bien. Riley había declarado respecto al hogar que le brindaba a Jilly, y Bonnie y Arnold Flaxman habían declarado respecto a la gran necesidad de Jilly de pertenecer a una familia estable. Aun así, el padre de Jilly, Albert Scarlatti, la inquietaba. Esta era la primera vez que lo veía. A juzgar por lo que Jilly le había hablado de él, se lo había imaginado grotesco y malvado. Pero su aspecto verdadero la sorprendió. Su cabello negro estaba lleno de canas y, como había esperado, se veía muy desgastado por sus muchos años de alcoholismo. Aun así, parecía perfectamente sobrio en este momento. Estaba bien vestido, y era amable y encantador con todos. Riley también pensó en la mujer que estaba sentada al lado de Scarlatti, sosteniendo su mano. Ella también parecía que había vivido una vida muy dura. Su expresión era difícil de interpretar. «¿Quién es ella?», se preguntó Riley. Todo lo que Riley sabía sobre la esposa de Scarlatti y la madre de Jilly era que los había abandonado hace muchos años. Scarlatti le había dicho a Jilly varias veces que probablemente había muerto. Esta no podía ser ella después de todos estos años. Jilly ni siquiera la conocía. Entonces, ¿quién era? Ahora le tocaba a Jilly declarar. Riley apretó la mano de Jilly y luego la adolescente subió al estrado. Jilly parecía pequeña en el gran estrado. Sus ojos se movieron alrededor de la sala con nerviosismo, mirando al juez y luego haciendo contacto visual con su padre. El hombre sonrió con lo que parecía ser afecto sincero, pero Jilly apartó la mirada apresuradamente. El abogado de Riley, Delbert Kaul, le preguntó a Jilly cómo se sentía respecto a la adopción. Todo el cuerpo de Jilly se sacudió de emoción. —Nunca he deseado algo tanto en mi vida —dijo Jilly con voz temblorosa—. Me he sentido muy feliz viviendo con mamá… —Te refieres a la Sra. Paige —dijo Kaul, interrumpiendo. —Bueno, la siento mi madre, y así es como la llamo. Y su hija, April, es mi hermana mayor. Hasta que empecé a vivir con ellas, no tenía ni idea de lo que sería tener una verdadera familia que me amara y me cuidara. Jilly parecía estar conteniendo lágrimas. Riley no estaba segura de que ella sería capaz de hacerlo. Luego Kaul preguntó: —¿Puede hablarle al juez de cómo era vivir con su padre? Jilly miró a su padre. Luego miró al juez y dijo: —Fue horrible. Luego contó lo que le había contado a Riley ayer, de cuando su padre la encerró en un clóset durante días. Riley se estremeció mientras volvió a escuchar la historia. La mayoría de las personas en la sala parecía estar profundamente afectadas. Hasta su padre bajó la cabeza. Cuando Jilly terminó, sus ojos estaban llenos de lágrimas. —Hasta que mi nueva mamá entró en mi vida, todas las personas a las que amaba me terminaban abandonando tarde o temprano. No podían soportar vivir con papá porque era horrible con ellas. Mi madre, mi hermano mayor—hasta mi pequeña cachorra, Darby, se escapó. Riley sintió un nudo en la garganta. Recordaba que Jilly lloraba cada vez que hablaba de la cachorra que había perdido hace unos meses. Jilly todavía le preocupaba la cachorra y se preguntaba qué había sido de ella. —Por favor —le dijo al juez—. Por favor, no me obligue a volver a él. Estoy muy feliz con mi nueva familia. No me separe de ellas. Jilly luego bajó del estrado y volvió a tomar asiento al lado de Riley. Riley le apretó la mano y le susurró: —Lo hiciste muy bien. Estoy orgullosa de ti. Jilly asintió y se secó las lágrimas. Luego, el abogado de Riley, Delbert Kaul, le presentó al juez todos los documentos necesarios para finalizar la adopción. Estaba destacando la autorización firmada por el padre de Jilly. A Riley le pareció que Kaul estaba haciendo un buen trabajo con la presentación. Sin embargo, su voz y su actitud no eran muy inspiradoras, y el juez, un hombre fornido con el ceño fruncido y ojos pequeños, redondos y brillantes, no parecía estar tan impresionado. Por un momento, la mente de Riley divagó a la extraña llamada telefónica que había recibido ayer de Morgan Farrell. Riley obviamente había llamado a la policía de Atlanta de inmediato. Si lo que la mujer había dicho era cierto, entonces seguramente ya estaba detenida. Riley no pudo evitar preguntarse lo que realmente había pasado. ¿Era realmente posible que la frágil mujer que había conocido en Atlanta había cometido un asesinato? «Este no es un buen momento para pensar en eso», se recordó a sí misma. Cuando Kaul terminó su presentación, la abogada de Scarlatti se puso de pie. Jolene Paget era una mujer perspicaz de unos treinta años cuyos labios parecían siempre estar sonriendo con superioridad. Ella le dijo al juez: —Mi cliente desea impugnar esta adopción. El juez asintió y gruñó: —Lo sé, Sra. Paget. Más vale que su cliente tenga una buena razón por querer cambiar su propia decisión. Riley se dio cuenta de inmediato de que, a diferencia de su propio abogado, Paget ni siquiera miraba sus notas. También a diferencia de Kaul, su voz y su comportamiento exudaban confianza en sí misma. Ella dijo: —El Sr. Scarlatti tiene una muy buena razón, su Señoría. Dio su consentimiento bajo coacción. Estaba pasando por un momento bastante difícil y no tenía trabajo. Y sí, bebía en ese entonces. Y estaba deprimido. —Paget asintió con la cabeza hacia Brenda Fitch, quien también estaba sentada en la sala, y añadió—: Fue presa fácil de las presiones de los trabajadores sociales, en especial de esta mujer. Brenda Fitch amenazó con acusarlos por delitos totalmente inventados. Brenda jadeó de indignación y le dijo a Paget: —Eso no es cierto y lo sabes. La sonrisa de Paget se ensanchó cuando dijo: —Su señoría, ¿sería tan amable de decirle a la Sra. Fitch que no interrumpa? —Por favor guarde silencio, Sra. Fitch —dijo el juez. Paget añadió: —Mi cliente también desea acusar a la Sra. Paige de secuestro y a la Sra. Fitch de cómplice. Brenda soltó un gemido audible de disgusto, pero Riley se obligó a guardar silencio. Había sabido desde el principio que Paget plantearía eso. El juez dijo, —Sra. Paget, no ha presentado evidencia de secuestro. Tampoco ha presentado pruebas de la supuesta coacción y amenazas que ha mencionado. No dijo nada para persuadirme de que el consentimiento inicial de su cliente no debería seguir en pie. Albert Scarlatti se puso de pie en ese momento y preguntó: —¿Puedo decir algo, su señoría? Cuando el juez asintió con la cabeza, Riley sintió una nueva punzada de preocupación. Scarlatti bajó la cabeza y habló en voz baja y tranquila: —Sé que lo que Jilly dijo sobre lo que le hice parece horrible. Y Jilly, lo siento muchísimo. Pero la verdad es que eso no fue lo que pasó. Riley tuvo que contenerse para no interrumpirlo. Estaba segura de que Jilly no había mentido. Albert Scarlatti sonrió y dijo: —Jilly, tienes que reconocer que no has sido fácil. Eres un gran reto, hijita. Tienes mal genio, y te salías de manos a veces. Ese día, no supe qué hacer. Recuerdo que estaba desesperado cuando te metí en ese clóset. —Él se encogió de hombros y continuó—: Pero no pasó como tú dijiste. Nunca te haría pasar por algo así por varios días. Ni siquiera por unas horas. No estoy diciendo que estás mintiendo, sino que a veces te dejas llevar por tu imaginación. Y lo entiendo. —Luego Scarlatti dirigió su atención a los otros en la sala y dijo—: Muchas cosas han pasado desde que perdí a mi pequeña Jilly. Estoy sobrio. He estado en rehabilitación, asisto a reuniones de Alcohólicos Anónimos con regularidad y no he bebido en meses. Espero nunca volver a beber una copa de vino en mi vida. Y tengo un trabajo estable, nada impresionante, solo de conserjería, pero es un buen trabajo, y les puedo dar una referencia de mi empleador que lo estoy haciendo bien. —En ese momento, tocó el hombro de la misteriosa mujer que había estado sentada a su lado—. Pero ha habido otro gran cambio en mi vida. Conocí a Barbara Long, la mujer más maravillosa del mundo, y ella es lo mejor que me ha pasado. Nos vamos a casar a finales de este mes. La mujer le sonrió con los ojos brillantes. Scarlatti le habló directamente a Jilly ahora: —Así es, Jilly. Ya no seremos una familia monoparental. Tendrás un padre y una madre, una verdadera madre después de todos estos años. Riley se sintió como si alguien acababa de abofetearla. «Jilly acaba de decir que yo soy su verdadera madre», pensó. Pero ¿qué podía decir sobre las «familias monoparentales»? Se había divorciado de Ryan antes de encontrar a Jilly. Scarlatti luego dirigió su atención a Brenda Fitch. Dijo: —Sra. Fitch, mi abogado acaba de decir cosas bastantes serias de usted. Solo quiero que sepa que no le guardo rencor. Usted solo ha estado haciendo su trabajo, y lo sé. Solo quiero que sepa lo mucho que he cambiado. —Luego miró a Riley directamente a los ojos—. Sra. Paige, tampoco le guardo rencor. De hecho, estoy agradecido con usted por cuidar a Jilly mientras yo me recomponía. Sé que no pudo haber sido fácil, dado que es soltera. Y con su propia adolescente a quien cuidar. Riley abrió la boca para protestar, pero Albert siguió hablando. —Sé que se preocupa por ella, pero ya no tiene que hacerlo. Seré un buen padre para Jilly de ahora en adelante. Y quiero que siga siendo parte de su vida. Riley estaba estupefacta. Ahora entendía por qué su abogado había amenazado con acusarla de secuestro en primer lugar. Jolene Paget se había presentado a sí misma como una abogada despiadada dispuesta a hacer cualquier cosa por ganar su caso. De esa forma, había despejado el camino para que Scarlatti pareciera el tipo más agradable del mundo. Y era muy convincente. Riley no pudo evitar preguntarse: «¿Es realmente un buen tipo, después de todo? ¿Realmente solo pasó por un mal momento? ¿Fue un error separarlo de Jilly? ¿Solo estoy añadiendo traumas innecesarios a la vida de Jilly?» Finalmente, Scarlatti miró al juez de forma suplicante y dijo: —Su señoría, le ruego que me devuelva a mi hija. Es sangre de mi sangre. No se arrepentirá de su decisión. Lo prometo. Una lágrima rodó por su mejilla mientras tomó asiento. Su abogada se puso de pie, pareciendo más presumida y segura que nunca. Le dijo a Jilly con una sinceridad falsa: —Jilly, espero que entiendas que tu padre solo quiere lo mejor para ti. Yo sé que has tenido problemas con él en el pasado, ¿pero dime si ese no es un patrón en lo que a ti respecta? Jilly parecía desconcertada. Paget continuó: —Estoy segura de que no negarás que te escapaste de tu casa, y que así fue como Riley Paige te encontró en primer lugar. Jilly dijo: —Sí, pero eso fue porque… Paget interrumpió, señalando a los Flaxmans. —¿Y no es cierto que también te escapaste de la casa de esta bonita pareja cuando te acogieron? Los ojos de Jilly se abrieron de par en par y ella asintió en silencio. Riley tragó grueso. Sabía lo que Paget iba a decir a continuación. —¿Y no es cierto que hasta huiste de la Sra. Paige y su familia? Jilly asintió y bajó la cabeza miserablemente. Todo eso era cierto. Riley recordaba lo difícil que había sido para Jilly adaptarse a la vida en su casa, y especialmente cómo había luchado con sentimientos de indignidad. En un momento de gran debilidad, Jilly se había escapado a otra parada de camiones, pensando que solo servía para vender su cuerpo. —No soy nadie —le había dicho a Riley cuando la policía la trajo de vuelta. La abogada había investigado bien… pero Jilly había cambiado mucho desde entonces. Riley estaba segura de que esos días de inseguridad habían quedado en el pasado. Aún con un tono de profunda preocupación, Paget le dijo a Jilly: —Tarde o temprano, cariño, tendrás que aceptar la ayuda de personas que se preocupan por ti. Y en este momento, lo que tu padre quiere más que nada es darte una buena vida. Creo que le debes la oportunidad de intentarlo. —Volviéndose al juez, Paget añadió—: Su señoría, todo queda en sus manos. Por primera vez en toda la audiencia, el juez parecía estar realmente conmovido. Él dijo: —Sr. Scarlatti, sus comentarios elocuentes me han obligado a reconsiderar mi decisión. Riley jadeó en voz alta y pensó: «¿Esto está pasando?» El juez continuó: —La ley de Arizona es muy clara. La primera consideración es la idoneidad de los padres. La segunda es el interés superior del niño. Solo si el padre es considerado no apto puede ser abordaba la segunda consideración. —Se detuvo a pensar por un momento y luego continuó—: Hoy no se ha demostrado que el Sr. Scarlatti no es apto. Creo que más bien todo lo contrario. Parece estar haciendo todo lo posible para convertirse en un excelente padre. Alarmado, Kaul se puso de pie y dijo bruscamente: —Su señoría, protesto. El señor Scarlatti renunció a sus derechos de manera voluntaria, y esto es completamente inesperado. La agencia no tenía ninguna razón para encontrar pruebas para demostrar su incapacidad. El juez golpeó su mazo y dijo: —Entonces no tengo ninguna razón para considerar nada más. Se le concede la custodia al padre. Riley no pudo evitar jadear de desesperación. «Esto es real —pensó—. Perdí a Jilly.» CAPÍTULO CINCO Riley estaba hiperventilando mientras trataba de darle sentido a lo que acababa de pasar. «Seguramente puedo impugnar esta decisión», pensó. La agencia y el abogado podrían encontrar pruebas sólidas de la conducta abusiva de Scarlatti. Pero ¿qué sucedería en el ínterin? Jilly jamás se quedaría con su padre. Volvería a huir… y esta vez podría desaparecer para siempre. Quizá nunca la volvería a ver. Todavía sentado en el banco, el juez le dijo a Jilly: —Señorita, creo que deberías ir con tu padre. Para sorpresa de Riley, Jilly parecía completamente tranquila. Ella apretó la mano de Riley y susurró: —No te preocupes, mamá. Todo va a estar bien. Se acercó al lugar donde Scarlatti y su novia estaban ahora de pie. La sonrisa de Albert Scarlatti parecía cálida y acogedora. Justo cuando su padre le tendió los brazos para abrazarla, Jilly dijo: —Tengo algo que decirte. Scarlatti parecía curioso. Jilly dijo: —Tú mataste a mi hermano. —¿Q... qué? —tartamudeó Scarlatti—. Eso no es cierto y lo sabes. Tu hermano Norbert huyó. Te lo he dicho un montón de veces… Jilly lo interrumpió. —No, no estoy hablando de mi hermano mayor. Ni siquiera lo recuerdo. Estoy hablando de mi hermano menor. —Pero nunca tuviste… —No, nunca tuve un hermano menor. Porque lo mataste. Scarlatti quedó boquiabierto y su rostro enrojeció. Su voz temblando de ira, Jilly continuó: —Supongo que crees que no recuerdo a mi madre porque era muy pequeña cuando se fue. Pero sí la recuerdo. Recuerdo que estaba embarazada. Te recuerdo gritándole. La golpeaste en el estómago. Te vi hacerlo una y otra vez. Luego se enfermó. Y ya no estaba embarazada. Ella me dijo que era un niño, que habría sido mi hermano menor, pero tú lo mataste. Riley no podía creer lo que Jilly estaba diciendo. No tenía duda de que todo eso era cierto. «Ojalá me lo hubiera dicho», pensó. Pero, por supuesto, quizá era muy doloroso para ella—y solo ahora se había atrevido a hablar de eso. Jilly estaba sollozando ahora. Ella dijo: —Mami lloró mucho cuando me lo contó. Me dijo que tenía que irse porque si no la matarías. Y eso hizo. Y nunca la volví a ver. El rostro de Scarlatti se estaba retorciendo en una expresión fea. Era evidente para Riley que estaba luchando con su rabia. Gruñó: —Niña, no sabes de lo que hablas. Te lo imaginaste todo. Jilly dijo: —Ella llevaba su vestido azul bonito ese día. El único que le gustaba. Para que veas, sí lo recuerdo. Lo vi todo. Matas a todo y a todos tarde o temprano. No lo puedes evitar. Apuesto a que también me mentiste cuando me dijiste que mi cachorra huyó. Probablemente también mataste a Darby. Scarlatti estaba temblando. —Mi madre hizo lo correcto al marcharse y espero que sea feliz, dondequiera que esté. Y si está muerta, bueno, igual está mejor de lo que estaría contigo. Scarlatti gritó de furia: —¡Cállate, perra! Luego agarró a Jilly por el hombro con una mano y la abofeteó con la otra. Jilly gritó y trató de apartarse de él. Riley corrió hacia Scarlatti. Antes de que llegara, dos oficiales de seguridad habían agarrado al hombre por los brazos. Jilly se liberó y corrió hacia Riley. El juez golpeó su mazo y todo quedó en silencio. Miró alrededor de la sala, como si no podía creer lo que acababa de suceder. Por un momento, se quedó allí respirando fuerte. Luego miró a Riley y le dijo: —Sra. Paige, creo que le debo una disculpa. Tomé la decisión equivocada, y la anulo. —Miró a Scarlatti y añadió: —Una palabra más y lo tendré que arrestar. —Mirando a los demás en la sala, el juez dijo con firmeza—: No habrá más audiencias. Esta es mi determinación final sobre esta adopción. Se concede la custodia a la madre adoptiva. Volvió a golpear su mazo, se levantó y abandonó la sala sin decir nada más. Riley se volvió y miró a Scarlatti. Sus ojos oscuros estaban furiosos, pero los dos oficiales de seguridad seguían a su lado. Miró a su prometida, quien estaba mirándola horrorizada. Luego Scarlatti bajó la cabeza y se quedó allí sin decir nada. Jilly se lanzó a los brazos de Riley, sollozando. Riley la abrazó y le dijo: —Eres una niña valiente, Jilly. Nunca te dejaré ir, no importa lo que pase. Cuenta conmigo. * La mejilla de Jilly seguía ardiendo mientras Riley se encargaba de algunos detalles con Brenda y el abogado. Pero era un dolor agradable que sabía que pronto desaparecería. Había dicho la verdad sobre algo que se había reservado por demasiado tiempo. Como resultado, se había librado de su padre. Riley, su nueva mamá, las regresó a su habitación de hotel, donde empacaron rápidamente y se dirigieron al aeropuerto. Llegaron con tiempo de sobra para tomar su vuelo a casa y registrar sus maletas para que no tuvieran que cargarlas. Luego se fueron juntas a un baño. Jilly se quedó mirándose en un espejo mientras su madre estaba en un baño cercano. Un pequeño hematoma se estaba formando en el lado de su rostro donde su padre le había pegado. Pero iba a estar bien ahora. Su padre nunca volvería a hacerle daño. Y solo porque había dicho la verdad sobre el hermano menor que había perdido. Eso había cambiado las cosas. Sonrió un poco al recordar a mamá diciéndole: —Eres una niña valiente, Jilly. «Sí —pensó Jilly—. Creo que soy muy valiente.» CAPÍTULO SEIS Cuando Riley salió del baño, no vio a Jilly por ningún lugar. Lo primero que sintió fue un destello de ira. Recordó haberle dicho a Jilly claramente: —Espérame justo al otro lado de la puerta. No vayas a ninguna parte. Y ahora no la veía por ningún lado. «Qué niña», pensó Riley. No le preocupaba perder su vuelo. Tenían un montón de tiempo para abordar. Pero había querido tomarse las cosas con calma después de un día tan difícil. Había planeado pasar por seguridad, encontrar su puerta de embarque y luego encontrar un buen lugar para comer. Riley suspiró con desaliento. Incluso después de la valentía de Jilly en la sala del tribunal, Riley no pudo evitar sentirse decepcionada por esta nueva muestra de inmadurez. Sabía que si se disponía a buscar a Jilly en el gran terminal, probablemente jamás la encontraría. Por esa razón, buscó un lugar para sentarse y esperar a que Jilly volviera, lo cual seguramente haría tarde o temprano. Pero mientras Riley miraba alrededor del gran terminal, vio a Jilly pasando por una de las puertas de cristal que daba al exterior. O al menos pensó que era Jilly, dado que era difícil estar segura de dónde Riley estaba de pie. ¿Y quién era esa mujer con la que la niña parecía estar? Parecía Barbara Long, la prometida de Albert Scarlatti. Pero las dos personas desaparecieron rápidamente entre los viajeros. Riley sintió un escalofrío de temor. ¿Sus ojos le habían jugado una mala pasada? No, ahora estaba bastante segura de lo que había visto. Pero ¿qué estaba pasando? ¿Por qué Jilly iría a cualquier lado con esa mujer? Riley se puso en movimiento. Sabía que no tenía tiempo para darle sentido. Se echó a trotar e instintivamente metió la mano debajo de su chaqueta y palmeó la pistola que llevaba en su pistolera. Fue detenida por un guardia uniformado que se puso frente a ella. Dijo con una voz profesional: —¿Está sacando un arma, señora? Riley soltó un gemido de frustración y dijo: —Señor, no tengo tiempo para esto. Supo por la expresión del guardia que eso había confirmado sus sospechas. Sacó su propia arma y se acercó a ella. Por el rabillo del ojo, Riley vio que otro guardia había detectado la actividad y también se aproximaba. —Déjeme pasar —espetó Riley, mostrando ambas manos—. Soy agente del FBI. El guardia con el arma no respondió. Riley supuso que no le creía. Y ella sabía que estaba entrenado para no creerle. Solo estaba haciendo su trabajo. El segundo guardia parecía que estaba a punto de cachearla. Riley estaba perdiendo valioso tiempo. Dada su formación, sabía que probablemente podría desarmar al guardia con el arma antes de que pudiera disparar. Pero lo último que necesitaba era pelear con guardias de seguridad bien intencionados. Obligándose a detenerse, dijo: —Déjeme mostrarle mi placa. Los dos guardias se miraron con recelo. —De acuerdo —dijo el guardia con el arma—. Pero despacito. Riley sacó su placa cuidadosamente y se las mostró. Ambos quedaron boquiabiertos. —Estoy apurada —dijo Riley. El guardia delante de ella asintió y enfundó su arma. Riley se echó a correr por el terminal y salió por las puertas de cristal. Riley miró a su alrededor. Ni Jilly ni la mujer estaban a la vista. Pero luego vio la cara de su hija en la ventanilla trasera de un VUD. Jilly parecía alarmada, y sus manos estaban presionadas contra el cristal. Peor aún, el vehículo estaba empezando a alejarse. Riley se echó a correr. Por suerte, el VUD se detuvo. El vehículo que estaba delante se había detenido para dejar a los peatones pasar y el VUD estaba atrapado detrás de él. Riley llegó al lado del conductor antes de que el VUD pudiera alejarse. Vio a Albert Scarlatti en el asiento del conductor. Sacó su arma y la apuntó a la ventana, directamente a su cabeza. —Se acabó, Scarlatti —gritó a todo pulmón. Pero Scarlatti abrió la puerta abierta inesperadamente, golpeándola con ella. La pistola cayó de su mano y al pavimento. Riley estaba furiosa ahora, no solo con Scarlatti, sino con consigo misma por calcular mal la distancia entre ella y la puerta. Aunque se había dejado llevar por el pánico, logró calmarse para pensar. Este hombre no se iría con Jilly. Antes de que Scarlatti pudiera volver a cerrar la puerta, Riley metió su brazo adentro para bloquearla. Aunque la puerta golpeó su brazo dolorosamente, no cerraba. Riley abrió la puerta de par en par y vio que Scarlatti no se había molestado en abrocharse el cinturón de seguridad. Lo agarró por el brazo y lo arrastró fuera del auto. Era un hombre grande y más fuerte de lo que esperaba. Él se logró soltar y levantó el puño para pegarle en la cara. Pero Riley fue más rápida. Lo golpeó con fuerza en el plexo solar y escuchó el viento salir de golpe de sus pulmones mientras se dobló hacia adelante. Luego lo golpeó en la nuca. Se cayó de bruces sobre el pavimento. Riley encontró su arma y la enfundó. Para entonces, varios guardias de seguridad estaban a su alrededor. Afortunadamente, uno de ellos era el hombre al que se había enfrentado en la terminal. —No pasa nada —les gritó el hombre a los otros guardias—. Ella es del FBI. Los guardias preocupados obedientemente mantuvieron la distancia. En ese momento, Riley oyó a Jilly gritar desde dentro del auto: —¡Mamá! ¡Abre la puerta! Cuando Riley se acercó al vehículo, vio que la mujer, Barbara Long, estaba sentada en el asiento del copiloto y parecía aterrada. Sin decir una palabra, Riley tocó el interruptor de desbloqueo que controlaba todas las puertas. Jilly abrió la puerta y salió del auto. Barbara Long abrió la puerta de su lado, como si tuviera la intención de escabullirse. Pero uno de los guardias la detuvo antes de que pudiera dar dos pasos. Pareciendo completamente derrotado, Scarlatti estaba tratando de ponerse de pie. Riley se preguntó: «¿Qué debo hacer con este tipo? ¿Arrestarlo? ¿Y qué de la mujer?» Parecía una pérdida de tiempo y energía. Además, si lo acusaba, ella y Jilly estarían atrapadas en Phoenix por varios días. Mientras estaba tratando de decidirse, oyó la voz de Jilly detrás de ella: —¡Mamá, mira! Riley se dio la vuelta y vio a Jilly sosteniendo una perrita con orejas grandes en sus brazos. —Podrías dejar ir a mi ex-padre —dijo Jilly, con una sonrisa maliciosa— Después de todo, trajo de vuelta a mi perrita. Qué amable de su parte. —Es… —espetó Riley asombrada, tratando de recordar el nombre de la cachorra de la que Jilly había hablado. —Ella es Darby —dijo Jilly con orgullo—. Ahora se puede ir a casa con nosotras. Riley vaciló por un momento, y luego sintió una sonrisa formándose en sus labios. Miró a los guardias y dijo: —Encárguense de él como quieran. Y de su prometida también. Mi hija y yo tenemos que coger un avión. Riley alejó a Jilly y a la perrita de los guardias perplejos. —Vamos —le dijo a Jilly—. Tenemos que encontrar una jaula. Y explicarle esto a la aerolínea. CAPÍTULO SIETE Mientras el avión descendía hacia DC, Riley tenía a Jilly acurrucada contra su hombro, tomando una siesta. Incluso la cachorra, nerviosa y llorona al inicio del vuelo, estaba tranquila ahora. Darby estaba durmiendo tranquilamente en la jaula que habían comprado a toda prisa. Jilly le había explicado a Riley que Barbara se le había acercado afuera del baño y convencido a ir con ella para buscar a Darby, alegando que ella odiaba los perros y que quería que Jilly la tuviera. Cuando llegó al auto, Barbara la metió dentro y cerró las puertas, y el auto se puso en marcha. Ahora que todo el calvario había terminado, Riley se encontró pensando de nuevo en la extraña llamada telefónica de Morgan Farrell. —Maté al bastardo —le había dicho Morgan. Riley había llamado a la policía de Atlanta de inmediato, pero no había tenido noticias desde entonces, y tampoco había tenido tiempo de llamar para averiguar lo que había sucedido. Se preguntó si Morgan le había dicho la verdad o si Riley había llamado para nada. ¿Morgan estaba en custodia? A Riley le parecía difícil de creer que la mujer de aspecto frágil había matado a nadie. Pero Morgan había sido muy insistente. Riley la recordó diciendo: —Estoy mirando su cuerpo tendido en la cama. Tiene cuchilladas por todas partes y sangró mucho. Riley sabía muy bien que incluso las personas menos sospechosas podrían ser conducidas a extremos violentos. Por lo general ocurría por algo reprimido y oculto que estallaba bajo circunstancias extremas, haciéndolas cometer actos aparentemente inhumanos. Morgan también le había dicho: —He estado bastante ida últimamente, y tiendo a no recordar las cosas que hago. Tal vez Morgan había fantaseado o alucinado todo el asunto. Riley se recordó a sí misma: «Lo que fuera que sucedió, no es de mi incumbencia.» Era hora de que se centrara en su propia familia, la cual ahora incluía dos hijas y, para su sorpresa, una perra. Y ya era hora de volver al trabajo. Pero Riley no pudo evitar pensar que después de la audiencia de hoy y lo que había pasado en el aeropuerto, tal vez se merecía un buen descanso. ¿No debería tomarse otro día de licencia antes de volver a Quantico? Riley suspiró cuando cayó en cuenta: «Probablemente no.» Su trabajo era importante para ella. Quizá era importante para el bien común. Pero pensar de esa forma la preocupaba. ¿Qué clase de madre trabajaba día tras día para atrapar a los monstruos más feroces, a veces encontrando monstruosidad en sí misma en el proceso? Sabía que a veces no podía evitar traer su trabajo sombrío a casa, a veces incluso de la forma más extrema posible. Sus casos habían puesto las vidas de las personas que amaba en peligro. «Pero es lo que hago», pensó. Y en el fondo, sabía que su trabajo era bueno. De alguna manera, se lo debía a sus hijas seguir haciéndolo, no solo para protegerlas de monstruos, sino para demostrarles que los monstruos podían ser derrotados. Necesitaba seguir siendo un ejemplo para ellas. «Es mejor así», pensó. Cuando el avión se detuvo en la explanada, Riley sacudió a Jilly. —Despierta, dormilona —le dijo—. Ya llegamos. Jilly se quejó un poco, y luego esbozó una sonrisa cuando vio a la perra en su jaula. Darby acababa de despertarse y estaba mirando a Jilly y moviendo la cola alegremente. Luego Jilly miró a Riley con alegría en sus ojos. —Realmente lo logramos, mamá —dijo—. Ganamos. Riley la abrazó fuertemente y dijo: —Claro que sí, cariño. Ahora realmente eres mi hija, y yo tu mamá. Y nada podrá cambiar eso. * Cuando Riley, Jilly y la perra llegaron a su casa adosada, April estaba esperándolas en la puerta. Adentro estaba Blaine, el novio divorciado de Riley, y su hija de quince años de edad, Crystal, quien también era la mejor amiga de April. El ama de llaves guatemalteca de la familia, Gabriela, estaba mirando desde cerca. Riley y Jilly habían reportado las buenas noticias desde Phoenix y habían llamado de nuevo al aterrizar para avisar que estaban de regreso, pero no habían mencionado a la cachorra. Todos estaban allí para recibir a Jilly, pero después de un momento, April se inclinó para mirar la jaula que Riley había colocado en el suelo. —¿Qué es eso?—preguntó. Jilly simplemente se echó a reír. —Es algo vivo —dijo Crystal. Jilly abrió la jaula para que Darby saliera. Tenía los ojos bien abiertos y parecía un poco preocupada. —¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó Crystal. —¡Tenemos una perrita! —chilló April—. ¡Tenemos una perrita! Riley se echó a reír al recordar cuán tranquila y serena había parecido April cuando hablaron la noche anterior. Ahora toda esa madurez adulta había desaparecido repentinamente, y April se estaba comportando como una adolescente otra vez. Era maravilloso. Jilly tomó a Darby en sus brazos. No le tomó a la perra mucho tiempo comenzar a disfrutar de toda la atención. Mientras las chicas continuaron hablando ruidosamente de la perra, Blaine le preguntó a Riley: —¿Cómo salió todo? ¿Ya está todo resuelto? —Sí —le dijo Riley, sonriendo—. Se acabó. Jilly es legalmente mía. Todos los demás estaban demasiado entusiasmados con la perra como para hablar de la adopción. —¿Cuál es su nombre? —dijo April, sosteniendo la perra. —Darby —le dijo Jilly a April. —¿De dónde la sacaste? preguntó Crystal. Riley se echó a reír y dijo: —Bueno, eso es toda una historia. Danos unos minutos para instalarnos y la contaremos. —¿Qué raza es? —preguntó April. —Parte Chihuahua, creo —dijo Jilly. Gabriela tomó la perra de las manos de April y la examinó cuidadosamente. —Sí, es parte Chihuahua, y también otras razas —dijo la mujer robusta—. Es una perra mestiza. Los perros mestizos son los mejores. Aunque le falta un poco por crecer, se quedará pequeña. ¡Bienvenida, Darby! ¡Nuestra casa es tuya también! —Le entregó la cachorra a Jilly y le dijo—: Necesitará agua y comida después de que todo se calme. Tengo unos restos de pollo que podemos darle más tarde, pero vamos a tener que comprar comida para perros pronto. Siguiendo las instrucciones de Gabriela respecto a Darby, las chicas subieron las escaleras a toda prisa al cuarto de Jilly para hacerle una cama y dejar periódicos viejos en caso de que tuviera que ir al baño durante la noche. Entretanto, Gabriela sirvió la comida, un delicioso plato guatemalteco llamado pollo encebollado. Pronto todos se sentaron a comer. Blaine, quien era chef y dueño de un restaurante, elogió la comida y le hizo un montón de preguntas a Gabriela sobre la misma. Luego la conversación giró en torno hacia todo lo que había pasado en Phoenix. Jilly insistió en contar toda la historia. Blaine, Crystal, April y Gabriela escucharon boquiabiertos la escena salvaje en la sala de tribunal, y luego la aventura aún más salvaje en el aeropuerto. Y, por supuesto, todo el mundo estaba encantado de escuchar sobre la nueva perra que había entrado en sus vidas. «Somos una familia ahora —pensó Riley—. Y es genial estar en casa.» También sería genial volver al trabajo mañana. Después del postre, Blaine y Crystal se fueron a casa, y April y Jilly fueron a la cocina para alimentar a Darby. Riley se sirvió una copa y se sentó en la sala de estar. Se sintió relajarse más con cada minuto que pasaba. Aunque había sido un día de locos, ya se había acabado. En ese momento, su teléfono sonó, y vio que la llamada era de Atlanta. Eso sorprendió a Riley. ¿Podría ser Morgan de nuevo? ¿Quién más la estaría llamando desde Atlanta? Ella cogió el teléfono y escuchó la voz de una mujer. —¿Agente Paige? Mi nombre es Jared Ruhl. Soy un oficial de policía aquí en Atlanta. La centralita de Quantico me dio tu número. —¿Qué puedo hacer por ti, oficial Ruhl? —dijo Riley. Con voz vacilante, Ruhl dijo: —Bueno, supongo que sabes que arrestamos a una mujer por el asesinato de Andrew Farrell anoche. Su esposa, Morgan. De hecho, ¿tú no eres la persona que lo reportó? Riley se sintió inquieta. —Sí —dijo. —También he oído que Morgan Farrell te llamó justo después del asesinato, antes de llamar a nadie más. —Eso es correcto. En ese momento cayó un silencio. Riley percibía que Ruhl estaba luchando con lo que quería decir. Finalmente dijo: —Agente Paige, ¿qué sabes sobre Morgan Farrell? Riley entrecerró los ojos con preocupación y dijo: —Oficial Ruhl, creo que no debo hacer ningún comentario. Realmente no sé nada de lo sucedido, y no es un caso del FBI. —Entiendo. Lo siento, supongo que no debí haberte llamado… —Su voz se quebró y luego añadió—: Pero agente Paige, no creo que Morgan Farrell mató a su esposo. Soy nuevo, y sé que tengo mucho que aprender… pero no me parece una asesina. Esas palabras sobresaltaron a Riley. Morgan Farrell tampoco le había parecido una asesina. Pero tenía que tener cuidado con lo que le decía a Ruhl. No estaba del todo segura de que debería estar teniendo esta conversación en absoluto. Ella le preguntó a Ruhl: —¿Ha confesado? —Me dicen que sí. Y todo el mundo cree en su confesión. Mi compañero, el jefe de la policía, el fiscal—absolutamente todos. Excepto yo. Y no puedo evitar preguntarme si… No terminó su frase, pero Riley sabía qué se estaba preguntando. Quería saber si Riley creía a Morgan capaz de asesinato. Lentamente y con cautela, dijo: —Oficial Ruhl, aprecio su preocupación. Pero no es apropiado especular sobre el asunto. Supongo que es un caso local, y a menos que se le solicite al FBI ayudar en la investigación, bueno… francamente, no es asunto mío. —Por supuesto, disculpa —dijo Ruhl educadamente—. Debí haberlo sabido. De todos modos, gracias por atender mi llamada. No te volveré a molestar. Finalizó la llamada, y Riley se quedó mirando el teléfono mientras bebía de su vaso. Las chicas le pasaron por el lado, seguidas de cerca por la cachorra. Estaban de camino a la sala de estar para jugar, y Darby parecía muy feliz. Riley las vio pasar con una profunda sensación de satisfacción. Pero entonces los recuerdos de Morgan Farrell comenzaron a invadir su mente. Ella y su compañero, Bill Jeffreys, habían ido a la mansión de los Farrell para entrevistar al esposo de Morgan en relación con la muerte de su propio hijo. Recordó que Morgan había parecido casi demasiado débil como para estar de pie, apoyándose contra el pasamano de la escalera mientras su esposo la miraba como si fuera un trofeo. Recordó la mirada distante y aterrada de la mujer. También recordó lo que Andrew Farrell había dicho de ella tan pronto como estuvo fuera del alcance del oído: —Una modelo muy famosa, tal vez la han visto en portadas de revistas. Y con respecto a lo mucho menor que era Morgan, había añadido: —Una madrastra nunca debe ser mayor que el hijo mayor de su esposo. Me aseguré de eso con todas mis esposas. Riley ahora sentía la misma frialdad que había sentido en aquel entonces. Para Andrew Farrell, Morgan obviamente no había sido nada más que una baratija costosa para mostrar en público, no un ser humano. Finalmente Riley recordó lo que le había pasado a la esposa anterior de Andrew Farrell. Se había suicidado. Riley le entregó su tarjeta del FBI a Morgan FBI dado que le había preocupado que la mujer pudiera correr la misma suerte o morir en otras circunstancias siniestras. Lo último que había imaginado era que Morgan mataría a su esposo, o a cualquier otra persona. Riley comenzó a sentir un cosquilleo familiar—el cosquilleo que sentía cuando sus instintos le decían que las cosas no eran lo que parecían. Normalmente, ese cosquilleo era una señal que le indicaba que debía investigar más. ¿Pero ahora? «No, no es de mi incumbencia», se dijo a sí misma. ¿O sí lo era? Mientras que estaba pensando en todo eso, su teléfono volvió a sonar. Esta vez vio que la llamada era de Bill. Ella había enviado un mensaje de texto hace un rato diciéndole que todo estaba bien y que estaría en casa esta noche. —Hola, Riley —dijo cuando atendió—. Solo llamo para ver cómo están las cosas. ¿Les fue bien en Phoenix? —Gracias por llamar, Bill —respondió Riley—. Sí, se finalizó la adopción. —Espero que no haya habido ningún incidente —dijo Bill. Riley no pudo evitar reírse. —De hecho, hubo cierta violencia. Y una perra. Oyó a Bill reírse. —¿Violencia y una perra? ¡Estoy intrigado! ¡Cuéntame más! —Lo haré cuando nos veamos —dijo Riley—. Mejor te lo cuento todo cara a cara. —Lo ansío. Bueno, supongo que nos vemos mañana en Quantico. Riley se quedó en silencio mientras sopesaba una extraña decisión. Le dijo a Bill: —No creo. Creo que tomaré unos días más de descanso. —Bueno, ciertamente lo mereces. Felicidades de nuevo. Cuando finalizaron la llamada, Riley subió las escaleras a su dormitorio. Encendió su computadora y luego reservó un vuelo a Atlanta para mañana por la mañana. CAPÍTULO OCHO Para la tarde del día siguiente, Riley estaba sentada en la oficina del jefe de policía de Atlanta, Elmo Stiles. El hombre grande y rudo no parecía nada contento con lo que Riley le había estado diciendo. Finalmente gruñó: —A ver si lo entiendo bien, agente Paige. Vino hasta aquí desde Quantico para entrevistar a Morgan Farrell, a quien tenemos en custodia por el asesinato de su esposo. Pero no solicitamos la ayuda del FBI. De hecho, el caso ya está cerrado. La esposa confesó. Morgan es culpable y eso es todo. Entonces, ¿qué haces aquí? Riley trató de proyectar un aire de confianza y dijo: —Ya te lo dije. Necesito hablar con ella sobre otra cuestión, un caso completamente diferente. Stiles la miró con escepticismo y dijo: —Un caso diferente del cual no me puedes hablar. —Eso es correcto —dijo Riley. Era mentira, por supuesto. Por enésima vez desde que había volado desde DC esta mañana, se preguntó qué demonios estaba haciendo. Estaba acostumbrada a romper las reglas, pero estaba cruzando una línea pretendiendo estar aquí por un caso del FBI inexistente. ¿Por qué había creído que esto podría ser buena idea? —¿Y si digo que no? —dijo Stiles. Riley sabía perfectamente bien que estaba en todo su derecho de hacerlo, y que tendría que irse si eso pasaba. Pero no quería decirlo. No le quedaba de otra que seguir mintiendo…y muy bien. Ella dijo: —Jefe Stiles, créeme que no estaría aquí si no fuera sumamente importante y urgente. Simplemente no puedo decirte de qué se trata. El jefe Stiles tamborileó los dedos sobre la mesa por unos momentos. Luego dijo: —Tu reputación te precede, agente Paige. Riley se encogió un poco por dentro. «Eso podría ser bueno o malo», pensó. Era muy conocida y respetada por sus buenos instintos, su capacidad para entrar en la mente de asesinos y su habilidad para resolver casos aparentemente imposibles de resolver. También era conocida por ser a veces una molestia y un tanto impredecible, y a menudo no les agradaba a las autoridades locales que tenían que trabajar con ella. No sabía a cuál de esas reputaciones podría estar refiriéndose el jefe Stiles. Deseaba poder leer sus gestos, pero tenía una de esas caras que probablemente nunca parecían satisfechas con nada. Lo que Riley realmente temía en este momento era la posibilidad de que Stiles podría hacer lo más lógico: coger el teléfono y llamar a Quantico para confirmar que estaba aquí por un caso del FBI. Si lo hacía, nadie en Quantico la cubriría. De hecho, se metería en muchos problemas. «Bueno, no sería la primera vez», pensó. El jefe Stiles finalmente dejó de tamborilear con los dedos, se levantó de su escritorio y dijo: —Bueno, no soy quien para interponerme en el camino del FBI. Te llevaré a la celda de Morgan Farrell. Conteniendo un suspiro de alivio, Riley se levantó y siguió a Stiles fuera de su oficina. Mientras la conducía a través de la comisaría abarrotada de actividad, Riley se preguntó si alguno de los policías a su alrededor podría ser Jared Ruhl, el oficial que la había llamado la noche anterior. No lo reconocería si lo viera. Pero ¿él sabía quién era ella? Riley esperaba que no fuera así, por su bien y el suyo. Recordó diciéndole por teléfono respecto a la muerte de Andrew Farrell: —Eso no es asunto mío. Había dicho lo correcto, y sería mejor para Ruhl si creía que Riley se mantendría firme con su decisión. Se podría meter en muchos problemas si el jefe Stiles descubría que la había consultado respecto al caso. Mientras Stiles la condujo hasta la cárcel, Riley estaba casi ensordecida por el ruido. Los prisioneros estaban golpeando las barras de las celdas y discutiendo entre ellos en voz alta. También estaban gritándole a Riley mientras pasaba por sus celdas. Stiles finalmente le ordenó a un guardia abrir la celda ocupada por Morgan Farrell y Riley entró. La mujer estaba sentada en la cama mirando el piso, aparentemente inconsciente de que alguien había llegado. Su apariencia impactó a Riley. Riley recordaba a Morgan como una mujer extremadamente delgada y de aspecto frágil. Se veía aún más delgada y frágil ahora, vestida con un mono naranja que parecía demasiado grande para ella. También parecía estar muy agotada. La última vez que Riley la había visto, había estado completamente maquillada, pareciendo la modelo que había sido antes de casarse con Andrew Farrell. Sin maquillaje, parecía sorprendentemente desaliñada. Riley pensó que alguien que no la conocía podría creer que era una persona sin hogar. En un tono bastante educado, el jefe Stiles le dijo a Morgan: —Señora, tiene una visita. La agente especial Riley Paige del FBI. Morgan levantó la mirada y miró a Riley fijamente, como si no estaba segura de si podría estar soñando. El jefe Stiles luego se volvió a Riley y le dijo: —Ven a hablar conmigo cuando termines. Stiles salió de la celda y le dijo al guardia que cerrara la puerta detrás de él. Riley miró a su alrededor en búsqueda de cualquier vigilancia. No se sorprendió al ver una cámara. Esperaba que no hubiera ningún dispositivo de audio. Lo último que quería era que Stiles o cualquier otra persona escuchara su conversación con Morgan Farrell. Pero ahora que estaba aquí, tenía que correr ese riesgo. Mientras Riley se sentó en la cama junto a ella, Morgan continuó mirándola con incredulidad. Con voz cansada, dijo: —Agente Paige. No la esperaba. Es amable de su parte que haya venido a verme, pero en realidad no fue necesario. Riley dijo: —Solo quería… Su voz se quebró y se encontró preguntándose: «¿Qué quiero exactamente?» ¿Qué estaba haciendo aquí? Finalmente Riley dijo: —¿Podría decirme qué pasó? Morgan suspiró profundamente. —No hay mucho que contar. Maté a mi esposo. Y no lo lamento, créame. Pero ahora que lo hice… bueno, quisiera irme a casa. Sus palabras impactaron a Riley. ¿La mujer no entendía la gravedad de su situación? ¿No sabía que en Georgia había pena de muerte? Morgan parecía estar costándole mantener la cabeza erguida. Se estremeció ante el sonido de los gritos estridentes de una mujer en una celda cercana. Ella dijo: —Pensé que sería capaz de dormir aquí en la cárcel. ¡Pero escuche todo ese ruido! Es así todo el tiempo, veinticuatro horas al día. Riley estudió la cara cansada de la mujer y le preguntó: —No ha dormido mucho, ¿verdad? ¿Desde hace mucho tiempo? Morgan negó con la cabeza. —Llevo dos o tres semanas sin dormir. Andrew tuvo uno de sus estados de ánimo sádicos y decidió que no me dejaría sola ni me dejaría dormir. Es fácil para él… —Se detuvo, al parecer dándose cuenta de su error, y luego dijo—: Fue fácil para él hacerlo. Tenía una energía increíble. Tres o cuatro horas de sueño eran suficientes para él. Y últimamente pasaba mucho tiempo en casa. Así que me acosaba por todas partes, no me daba privacidad, entraba en mi dormitorio a todas horas, me obligaba a hacer… todo tipo de cosas… Riley se sintió un poco enferma ante la idea de lo que podrían ser esas «cosas». Estaba segura de que Andrew había atormentado a Morgan sexualmente. Morgan se encogió de hombros y dijo: —Supongo que finalmente exploté. Y lo maté. Por lo que he oído, lo apuñalé doce o trece veces. —¿Por lo que ha oído? —preguntó Riley—. ¿No lo recuerda? Morgan soltó un gemido de desesperación. —¿Tenemos que hablar de lo que recuerdo y no recuerdo? Bebí y tomé pastillas antes de que ocurriera y todo está borroso. Los policías me hicieron preguntas que solo me confundieron más. Si desea saber los detalles, estoy segura de que le permitirán leer mi confesión. Riley sintió un cosquilleo extraño ante esas palabras. Aún no estaba segura de por qué. —Quisiera que usted me lo dijera —dijo Riley. Morgan frunció el ceño por un momento y luego dijo: —Supongo que decidí que… tenía que hacer algo. Esperé hasta que se fue a su dormitorio esa noche. Incluso entonces, no estaba segura de si estaba dormido o no. Llamé a su puerta, y no respondió. Abrí la puerta y lo vi en su cama, durmiendo. —Hizo una pausa para pensar y luego continuó—: Supongo que busqué algo para matarlo. Supongo que no encontré nada. Así que supongo que fui a la cocina y tomé el cuchillo. Luego volví y, bueno, supongo que me volví un poco loca apuñalándolo, porque terminé llena de sangre. Riley tomó nota de la frecuencia con la que estaba diciendo la palabra «supongo». Luego Morgan soltó un suspiro de fastidio. —¡Dejé un gran desastre! Espero que los empleados hayan limpiado todo. Traté de hacerlo yo misma, pero obviamente no soy buena para ese tipo de cosas, ni siquiera en las mejores circunstancias. —Luego Morgan respiró profundo y dijo—: Y luego la llamé. Y usted llamó a la policía. Gracias por encargarse de eso por mí. —Luego le sonrió con curiosidad a Riley y añadió—: Y gracias de nuevo por venir a verme. Fue muy dulce de su parte. Sin embargo, todavía no entiendo de qué trata todo esto. Riley se estaba sintiendo cada vez más preocupada por la descripción de Morgan de sus propias acciones. «Algo no está bien», pensó. Riley se detuvo a pensar por un momento y luego preguntó: —Morgan, ¿qué tipo de cuchillo era? Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693759&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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