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Una Vez Enterrado Blake Pierce Un Misterio de Riley Paige #11 ¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ ENTERRADO es el libro #11 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas! Un asesino en serie está cobrando las vidas de muchas víctimas a diestra y siniestra, y en cada escena del crimen deja una firma inusual: un reloj de arena. Su arena está diseñada para caer durante 24 horas. Aparece una nueva víctima cada vez que el reloj se vacía. En medio de la presión intensa de los medios de comunicación, y en una carrera frenética contra el tiempo, la agente especial del FBI Riley Paige es convocada, junto con su nueva compañera, para resolver el caso. Riley está totalmente ocupada, ya que se encuentra recuperándose de las secuelas de su relación con Shane, tratando de ordenar su vida familiar y ayudando a Bill a sobrellevar su TEPT. Y cuando entra en los canales más oscuros de la mente de este asesino retorcido, se da cuenta de que quizá este sea el caso que finalmente logre quebrantarla. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ENTERRADO es el libro #11 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #12 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto. U N A V E Z E N T E R R A D O (UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 11) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de anuruk perai, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Book #1) EL TIPO PERFECTO (Book #2) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE Al LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#u0982f909-f233-5741-9e53-a37c9cbe8acd) CAPÍTULO UNO (#u8531abf6-7bd4-50fa-b610-27afc185ff13) CAPÍTULO DOS (#ufc21bc04-7766-5e77-95db-fce2dcea3246) CAPÍTULO TRES (#u0267acbe-7ec0-5bb5-96fc-7b8902d98cf0) CAPÍTULO CUATRO (#ucf2d76d3-420c-536e-af65-269d918e294d) CAPÍTULO CINCO (#u3e76de22-45a7-5a9c-9291-1c0af299f9b8) CAPÍTULO SEIS (#u69a93588-0b6e-5c71-b33e-dd7942182973) CAPÍTULO SIETE (#uf6e8181a-aa48-55af-850a-3980085bc47b) CAPÍTULO OCHO (#uf39375dc-c9cd-5737-a5f5-8dd8fe3c43a8) CAPÍTULO NUEVE (#ub849fb2f-78c1-5b93-bf4a-5c0ee2755c65) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Courtney Wallace sintió un ardor familiar en sus pulmones y muslos. Dejó de trotar y comenzó a caminar, luego se detuvo, se inclinó con las manos sobre las rodillas, y jadeó mientras recuperaba el aliento. Era una buena sensación, una forma mucho mejor de despertarse que una taza de café caliente, aunque en poco tiempo se tomaría una taza de café con su desayuno. Todavía tenía un montón de tiempo para ducharse y comer antes de tener que irse al trabajo. Courtney amaba el resplandor de la luz del sol por la mañana entre los árboles y la humedad del rocío de la mañana que persistía en el aire. Pronto sería un día caluroso de mayo, pero ahora la temperatura estaba perfecta, sobre todo aquí en la magnífica Reserva Natural Belle Terre. También le gustaba la soledad. Rara vez se había encontrado a otra persona trotando en este camino, y nunca a estas horas de la mañana. A pesar de lo bien que se sentía en este entorno, comenzó a sentirse desilusionada mientras lograba normalizar su respiración. Su novio, Duncan, vivía con ella y le había prometido una vez más que la acompañaría a trotar, y una vez más se había negado a despertarse. Probablemente no se levantaría hasta mucho después de que ella se había ido a trabajar en su propio trabajo de oficina, tal vez no hasta la tarde. “¿Cuándo superará esa etapa?”, se preguntó. ¿Y cuándo iba a conseguir otro trabajo? Se echó a trotar con la esperanza de librarse de sus pensamientos negativos. Pronto empezó a correr, y ese ardor estimulante en sus pulmones y piernas pareció arrasar con su preocupación y desilusión. Luego sus piernas cedieron bajo sus pies. Estaba cayendo, era una sensación extraña y suspendida que de alguna manera se sentía terriblemente lenta. Se estrelló con un golpe brutal. La luz del sol se había ido, y sus ojos se tuvieron que acostumbrar a la oscuridad. “¿Dónde estoy?”, se preguntó. Ella vio que estaba en el fondo de un hoyo estrecho. Pero ¿cómo había llegado allí? Sintió un terrible dolor punzante en su pierna derecha. Bajó la mirada y vio que su tobillo estaba doblado en un ángulo antinatural. Trató de mover su pierna. El dolor se intensificó y ella gritó. Trató de ponerse de pie, pero su pierna cedió ante su peso. Sentía los huesos rotos chocando entre sí. Sintió náuseas y casi perdió el conocimiento. Sabía que necesitaba ayuda y se metió la mano en el bolsillo para buscar su teléfono celular. ¡No estaba allí! Debió haberse caído. Tenía que estar en alguna parte. Tanteó para tratar de encontrarlo. Pero estaba medio enredada en una especie de manta áspera y pesada junto con tierra y hojas. No pudo encontrar su teléfono celular. Comenzó a darse cuenta de que había caído en una trampa, en un hoyo tapado con una manta cubierta de desechos. ¿Era una broma? Si era así, no le parecía nada graciosa. Y ¿cómo saldría de aquí? Las paredes del hoyo eran rectas, y no había puntos de apoyo ni asideros. Incapaz incluso de ponerse de pie, nunca sería capaz de salirse de aquí por su cuenta. Y era probable que nadie pasaría por este camino pronto, tal vez no en algunas horas. Entonces oyó una voz directamente sobre ella. “¡Oye! ¿Tuviste un accidente?”. Ella respiró de alivio a lo que oyó esa voz. Levantó la mirada y vio que un hombre estaba de pie sobre ella. Su figura se perfilaba contra la luz pálida, por lo que no podía distinguir su rostro. Aun así, apenas podía creer su suerte. Después de tantas mañanas no viendo a nadie en este camino, resultó que esta mañana alguien había pasado cuando necesitaba ayuda. “Creo que me fracturé el tobillo”, le dijo al hombre. “Y perdí mi teléfono”. “Qué mal”, dijo el hombre. “¿Cómo sucedió?”. “¿Qué pregunta es esa?”, se preguntó. Aunque parecía ser amigable, Courtney deseaba poder ver su rostro. Ella dijo: “Yo estaba trotando, y... había un hoyo, y...”. “¿Y qué?”. Courtney se estaba impacientando. Ella dijo: “Bueno, obviamente caí en el hoyo”. El hombre se quedó en silencio por un momento. Luego dijo: “Es un hoyo grande. ¿No lo viste?”. Courtney soltó un gemido de exasperación. “Mira, solo necesito ayuda para salir de aquí, ¿de acuerdo?”. El hombre negó con la cabeza. “No deberías trotar en lugares extraños donde no conoces el camino”. “¡Conozco este camino!”, gritó Courtney. “Entonces ¿cómo caíste en el hoyo?”. Courtney estaba estupefacta. O bien el hombre era un idiota o estaba jugando con ella. “¿Eres el idiota que cavó este hoyo?”, espetó ella. “Si es así, no es nada gracioso. ¡Sácame de aquí!”. Le sorprendió darse cuenta de que estaba llorando. “¿Cómo?”, preguntó el hombre. Courtney se estiró, extendiendo su brazo lo más que pudo. “Toma mi mano y jálame”. “No creo que pueda alcanzarte”. “Claro que sí puedes”. El hombre se echó a reír. Tenía una risa agradable y amable. Aun así, Courtney deseaba poder ver su rostro. “Yo me encargo de todo”, dijo él, alejándose del hoyo. Ya no podía verlo. Luego oyó metal y chirridos detrás, y sintió un gran peso sobre ella. Jadeó y escupió hasta que comprendió que el hombre había vertido tierra sobre ella. Sintió sus manos y piernas enfriarse, una señal de pánico. “No te asustes”, se dijo a sí misma. Aunque no entendía lo que estaba pasando, tenía que mantener la calma. Ella vio que el hombre estaba de pie con una carretilla inclinada sobre el hoyo. Un poco de tierra restante cayó de la carretilla sobre su cabeza. “¿Qué estás haciendo?”, gritó. “Relájate”, dijo el hombre. “Como dije, yo me encargo de todo”. Se llevó la carretilla. Entonces oyó un golpeteo sordo. Era el sonido del hombre echando más tierra en la carretilla. Ella cerró los ojos, respiró profundo, abrió la boca y dejó escapar un grito largo y agudo. “¡Ayuda!”. Entonces sintió un puñado de tierra pesado directamente en su cara. Un poco de tierra entró en su boca, y ella se atragantó y la escupió. Su voz aún amable, el hombre dijo... “Me temo que vas a tener que gritar mucho más fuerte que eso”. Luego, con una risita, agregó... “Apenas puedo oírte”. Ella soltó otro grito, sorprendida por la intensidad de su propia voz. Entonces el hombre vertió la nueva carretilla llena de tierra sobre ella. No pudo volver a gritar. Su garganta estaba obstruida por la tierra. Fue inundada por una sensación extraña de deja vu. Había experimentado esto antes, esta incapacidad para huir del peligro o incluso gritar. Pero esas experiencias solo habían sido pesadillas. Y siempre había despertado de ellas. Sin duda, esto no era más que otra pesadilla. “Despierta”, se dijo a sí misma una y otra vez. “Despierta, despierta, despierta...”. Pero no podía despertar. Esto no era un sueño. Esto era real. CAPÍTULO UNO La agente especial Riley Paige estaba trabajando en su escritorio en el edificio de la UAC en Quántico cuando un recuerdo no deseado le llegó de golpe... Un hombre de piel oscura estaba mirándola fijamente con ojos vidriosos. Tenía una herida de bala en el hombro, y una herida mucho más peligrosa en el abdomen. Con una voz débil y amarga, le dijo a Riley... “Te ordeno que me mates”. La mano de Riley estaba sobre su arma. Debería matarlo. Tenía buenas razones para hacerlo. Aun así, ella no sabía qué hacer... La voz de una mujer sacó a Riley de su ensoñación. “Parece que tienes algo en mente”. Riley levantó la mirada de su escritorio y vio a una mujer afroamericana joven con cabello corto y lacio de pie en la puerta de su oficina. Era Jenn Roston, quien había sido la nueva compañera de Riley en su caso más reciente. Riley se sacudió un poco. “No es nada”, dijo. Los ojos de color marrón oscuro de Jenn estaban llenos de preocupación. Ella dijo: “Estoy bastante segura de que no es nada”. Cuando Riley no respondió, Jenn dijo: “Estás pensando en Shane Hatcher, ¿verdad?”. Riley asintió sin decir nada. Había tenido muchos recuerdos últimamente, recuerdos de su terrible enfrentamiento con el hombre herido en la cabaña de su padre muerto. La relación de Riley con el preso fugado se había arraigado en un vínculo extraño y retorcido de lealtad. Pasó cinco meses prófugo, y ella ni siquiera había tratado de restringir su libertad, no hasta que empezó a asesinar a personas inocentes. Ahora era difícil para Riley creer que ella lo había dejado en libertad durante tanto tiempo. Su relación había sido inquietante y muy oscura. De todas las personas que Riley conocía, Jenn era la que más sabía cuán oscura había sido. Finalmente, Riley dijo: “No dejo de pensar... que debí haberlo matado en ese mismo momento”. Jenn dijo: “Estaba herido, Riley. No supuso una amenaza para ti”. “Yo sé”, dijo Riley. “Pero no puedo sacarme de la cabeza que dejo que mi lealtad se interponga en el camino de mi juicio”. Jenn negó con la cabeza. “Riley, ya hemos hablado de esto. Ya sabes lo que pienso al respecto. Hiciste lo correcto. Y no tienes que creerme. Todos aquí también lo creen”. Riley sabía que eso era verdad. Sus colegas y superiores la habían felicitado por haber aprehendido a Hatcher vivo. Su benevolencia le parecía un buen cambio. Mientras que Riley fue la esclava de Hatcher, todo el mundo había sospechado de ella, y con razón. Ahora que todos confiaban en ella, las caras de sus colegas volvieron a ser amables, y era recibida con un respeto renovado. Riley verdaderamente se sentía a gusto aquí de nuevo. Entonces Jenn sonrió y agregó: “Demonios, incluso hiciste las cosas a rajatabla por primera vez en tu vida”. Riley se rio entre dientes. Ciertamente había seguido el procedimiento en la forma en que había aprehendido a Hatcher, totalmente opuesto a cómo había actuado en el caso que ella y Jenn acababan de resolver juntas. Riley dijo: “Sí, supongo que recibiste un curso intensivo sobre mis métodos no convencionales…”. “Ciertamente”. Riley soltó una risita incómoda. Había ignorado incluso más reglas de lo habitual. Jenn la había encubierto con lealtad, aun cuando irrumpió en la casa de un sospechoso sin orden judicial. Jenn pudo haberla denunciado si hubiera querido. Y Riley quizá hubiera sido despedida por eso. “Jenn, realmente agradezco…”. “Ni lo menciones”, dijo Jenn. “Todo eso quedó atrás. Lo único que importa es el presente y el futuro”. La sonrisa de Jenn se ensanchó cuando agregó: “Y no espero que te comportes como una mojigata. Y ni se te ocurra esperar lo mismo de mí tampoco”. Riley se echó a reír de nuevo, más cómoda esta vez. Le parecía difícil de creer que ella había desconfiado de Jenn hace poco, que hasta la había considerado una verdadera némesis. Después de todo, Jenn había hecho mucho, mucho más por Riley que ser discreta acerca de sus acciones. “¿Te he dado las gracias por haberme salvado la vida?”, preguntó Riley. Jenn sonrió. “Ya perdí la cuenta de todas las veces que lo has hecho”, dijo. “Bueno, gracias de nuevo”. Jenn se quedó callada. Su sonrisa se desvaneció. Una mirada lejana se apoderó de su rostro. “¿Necesitabas algo, Jenn?”, preguntó Riley. “Digo, ¿por qué viniste a mi oficina?”. Jenn siguió mirando hacia el pasillo por un momento. Finalmente dijo: “Riley, no sé si deba decirte…”. Su voz se quebró. Era muy evidente para Riley que algo la preocupaba. Ella quería tranquilizarla, decirle algo así como... “Puedes decirme lo que sea”. Pero eso podría ser impertinente. Finalmente Jenn pareció estremecerse un poco. “No tiene importancia”, dijo. “Nada de qué preocuparse”. “¿Estás segura?”. “Sí, estoy segura”. Sin decir una palabra, Jenn desapareció por el pasillo, dejando a Riley un poco inquieta. Hace mucho sospechaba que Jenn albergaba secretos propios, quizás unos muy oscuros. “¿Por qué no confía en mí?”, se preguntó Riley. Parecía que una de ellas siempre desconfiaba de la otra. Eso no era nada nuevo… Pero no había nada que Riley pudiera hacer al respecto, al menos no todavía. Miró su reloj. Estaba a punto de llegar tarde a una cita con su compañero de hace mucho tiempo, Bill Jeffreys. El pobre Bill estaba de licencia, sufriendo de TEPT después de un terrible incidente durante su último caso juntos. Riley sintió una punzada de tristeza al recordarlo. Ella y Bill habían estado trabajando junto con una agente joven prometedora llamada Lucy Vargas. Pero Lucy había muerto en el cumplimiento de su deber. La extrañaba todos los días. Pero al menos no se sentía culpable por su muerte, a diferencia de Bill. Esta mañana, Bill la había llamado para pedirle que se reuniera con él en la base de la Marina que componía la mayor parte de las instalaciones de Quántico. No le había dicho la razón por la cual quería que se reunieran, y eso la tenía preocupada. Ella esperaba que no fuera nada serio. Riley se levantó de su escritorio con ansiedad y salió del edificio de la UAC. CAPÍTULO DOS Bill sintió un cosquilleo de preocupación mientras conducía a Riley hacia el rango objetivo de la Marina. “¿Estoy preparado para esto?”, se preguntó. Parecía una pregunta estúpida. Después de todo, solo eran ejercicios de tiro al blanco. Pero no eran ejercicios de tiro al blanco comunes y corrientes. Al igual que él, Riley llevaba un uniforme de camuflaje y un rifle M16-A4 cargado con munición real. Pero a diferencia de Bill, Riley no tenía ni la menor idea de lo que estaban a punto de hacer. “Quisiera que me dijeras de qué trata todo esto”, dijo Riley. “Será una nueva experiencia para ambos”, dijo. Nunca había probado este tipo de ejercicios de tiro al blanco antes. Pero Mike Nevins, el psiquiatra que lo había estado ayudando con su trastorno de estrés postraumático, le había recomendado que lo intentara. “Será una buena terapia”, le había dicho Mike. Bill esperaba que Mike tuviera razón. Y esperaba que intentarlo con Riley calmara sus nervios un poco. Bill y Riley se posicionaron uno al lado del otro entre postes de madera verticales, frente a una zona pavimentada. En el pavimento había barreras verticales marcadas con agujeros de bala. Hace unos momentos, Bill había hablado con un hombre en la cabina de control y ya todo debería estar listo. Ahora hablaba con ese mismo tipo a través de un pequeño micrófono delante de sus labios. “Blancos aleatorios. Adelante”. De repente, figuras humanas aparecieron desde detrás de las barreras, todas ellas moviéndose en la zona pavimentada. Llevaban los uniformes de combatientes ISIS y parecían estar armadas. “¡Hostiles!”, le gritó Bill a Riley. “¡Dispara! ¡Dispara!”. Riley estaba demasiado sobresaltada como para disparar, pero Bill disparó y no conectó. Luego disparó otro tiro que alcanzó una de las figuras. La figura se inclinó por completo y dejó de moverse. Las otras figuras se volvieron para evitar los disparos, algunas de ellas se movieron más rápido, otras se ocultaron detrás de las barreras. Riley dijo: “¿Qué demonios?”. Todavía no había disparado. Bill se echó a reír. “Alto”, dijo en el micrófono. De repente, todas las figuras dejaron de moverse. “¿Le dispararemos a gente falsa sobre ruedas?”, le preguntó Riley con una risita. Bill explicó: “Son robots autónomos, montados en scooters Segway. Ese tipo con el que hablé en la cabina hace un minuto está ingresando comandos. Pero él no controla todos sus movimientos. De hecho, en realidad no los controla en absoluto. Ellos ‘saben’ lo que tienen que hacer. Tienen escáneres láser y algoritmos de navegación para que puedan evitar chocarse entre sí y chocar las barreras”. Los ojos de Riley se abrieron de asombro. “Sí”, dijo Bill. “Y saben qué hacer cuando comienzan los disparos: correr, ocultarse, o ambas cosas”. “¿Quieres intentarlo de nuevo?”, preguntó Bill. Riley asintió, viéndose entusiasmada. Una vez más, Bill dijo en el micrófono: “Blancos aleatorios. Adelante”. Las figuras comenzaron a moverse como antes, y Riley y Bill dispararon. Bill alcanzó uno de los robots, y Riley también. Ambos robots se detuvieron y se inclinaron. Los otros robots se dispersaron, algunos deslizándose caprichosamente, otros escondiéndose detrás de las barreras. Riley y Bill siguieron disparando, pero disparar se estaba haciendo cada vez más difícil. Los robots que seguían moviéndose lo estaban haciendo en patrones impredecibles a velocidades variables. Los que se habían ocultado detrás de las barreras se asomaban cada cierto tiempo, provocando a Riley y Bill para que les dispararan. Era imposible saber de qué lado de la barrera podrían aparecer. Luego volvían a andar por la intemperie o se ocultaban de nuevo. A pesar de todo este caos aparente, solo tomó medio minuto para que Riley y Bill acabaran con los ocho robots. Todos estaban inclinados e inmóviles entre las barreras. Riley y Bill bajaron sus armas. “Eso fue raro”, dijo Riley. “¿No quieres seguir?”, preguntó Bill. Riley se rio entre dientes. “¿Estás bromeando? Claro que quiero seguir. ¿Ahora qué?”. Bill tragó, sintiéndose repentinamente nervioso. “Se supone que ahora debemos acabar con los hostiles sin matar a ningún civil”, dijo. Riley lo miró compasivamente. Él comprendía su preocupación. Sabía perfectamente bien por qué este nuevo ejercicio lo inquietaba. Lo recordaba al joven inocente al que había herido accidentalmente el mes pasado. El muchacho se había recuperado de su herida, pero Bill aún se sentía culpable. Bill también estaba atormentado porque una joven y brillante agente llamada Lucy Vargas había muerto en el mismo incidente. “Si tan solo hubiera sido capaz de salvarla”, pensó de nuevo. Bill había estado de baja desde entonces, preguntándose si alguna vez sería capaz de volver al trabajo. Se había quebrantado por completo, cayendo en el alcohol e incluso contemplando el suicidio. Riley lo había ayudado. De hecho, probablemente hasta le salvó la vida. Bill se sentía bastante mejor. Pero ¿estaba preparado para esto? Riley seguía mirándolo con preocupación. “¿Estás seguro de que esto es una buena idea?”, preguntó. Una vez más, Bill recordó lo que Mike Nevins le había dicho. “Será una buena terapia”. Bill le asintió a Riley. “Creo que sí”, dijo. Retomaron sus posiciones y levantaron sus armas. Bill habló por el micrófono. “Hostiles y civiles”. Las mismas acciones que antes comenzaron a desarrollarse, solo que, esta vez, una de las figuras era una mujer envuelta en un velo azul. Ciertamente no era difícil distinguirla entre los hostiles en sus trajes verde militar. Pero ella estaba moviéndose entre los otros en patrones aparentemente aleatorios. Riley y Bill comenzaron a derribar a los hostiles. Algunas de las figuras masculinas esquivaron las balas, mientras que otras se refugiaron detrás de las barreras, solo para asomarse en momentos impredecibles. La figura femenina también se movió como si estuviera asustada por los disparos, corriendo de aquí para allá frenéticamente, pero de alguna manera nunca molestándose en ocultarse detrás de una barrera. Su pánico simulado solo hacía más difícil no dispararle accidentalmente. Bill sintió sudor frío formándose en su frente mientras disparaba una ronda tras otra. En poco tiempo, Riley y él habían acabado con todos los hostiles, y la mujer en el velo quedó sola, ilesa. Bill dio un suspiro de alivio y bajó el arma. “¿Cómo estás?”, preguntó Riley. Bill notó la preocupación en su voz. “Bastante bien, supongo”, dijo Bill. Pero sus palmas estaban húmedas, y ​estaba temblando un poco. “Tal vez ya sea suficiente”, dijo Riley. Bill negó con la cabeza. “No”, dijo él. “Tenemos que probar el siguiente programa”, dijo. “¿Cuál?”. Bill tragó grueso. “Es una situación de toma de rehenes. El civil será asesinado a menos que tú y yo derribemos a dos hostiles al mismo tiempo”. Riley lo miró con recelo. “Bill, no sé...”. “Vamos”, dijo Bill. “Es solo un juego. Intentémoslo”. Riley se encogió de hombros y levantó su arma. Bill dijo por el micrófono: “Situación de toma de rehenes. Adelante”. Los robots volvieron a la vida. La figura femenina se quedó a la intemperie, mientras que los hostiles desaparecieron detrás de las barreras. Luego dos hostiles aparecieron desde detrás de las barreras, cerniéndose amenazadoramente alrededor de la figura femenina, la cual se tambaleaba hacia atrás y adelante con ansiedad. Bill sabía que el truco era que Riley y él le dispararan a ambos hostiles justo cuando consiguieran un tiro limpio. A él le tocaba decidir cuándo dispararían. Mientras Riley y él apuntaban sus armas con cuidado, Bill dijo... “Yo acabaré con el de la izquierda, tú con el de la derecha. Dispara cuando diga ‘Adelante’”. “Listo”, dijo Riley en voz baja. Bill vigiló cuidadosamente los movimientos y las posiciones de los dos hostiles. Se dio cuenta de que esto sería difícil, mucho más difícil de lo que había esperado. El mismo segundo en que uno de los hostiles se alejaba, el otro se hostil se posicionaba peligrosamente cerca de la rehén. “¿Cuándo podremos disparar?”, se preguntó. Entonces, por un momento fugaz, los dos hostiles se alejaron en direcciones opuestas del rehén. “¡Adelante!”, espetó Bill. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, fue inundado por una ráfaga de imágenes... Estaba caminando hacia un edificio abandonado cuando escuchó un disparo. Sacó su arma y corrió adentro, donde vio a Lucy tumbada boca abajo en el suelo. Vio a un hombre joven moviéndose hacia ella. Instintivamente, Bill le disparó al hombre y lo alcanzó. El hombre dio una vuelta antes de caerse, y en ese entonces vio que sus manos estaban vacías. Estaba desarmado. El hombre solo había estado tratando de ayudar a Lucy. Mortalmente herida, Lucy se apoyó en su codo y le disparó seis rondas a su verdadero atacante... ...el hombre al que Bill debió haber disparado. Un disparo del arma de Riley regresó a Bill al presente. Las imágenes habían ido y venido en un instante. Uno de los hostiles estaba inclinado, muerto por el disparo de Riley. Sin embargo, Bill estaba congelado. No podía apretar el gatillo. El hostil que quedaba se volvió amenazantemente hacia la mujer, y un tiro resonó por los altavoces. La mujer se dobló y dejó de moverse. Bill finalmente disparó su arma y alcanzó el hostil, pero ya era demasiado tarde para el rehén, que ya estaba muerta. Por un momento, la situación pareció terriblemente real. “Dios mío”, dijo. “Dios mío, ¿cómo dejé que esto sucediera?”. Bill dio un paso al frente, casi como si quisiera correr para ayudar a la mujer. Riley se colocó delante de él. “Bill, ¡no pasa nada! ¡Es solo un juego! ¡No es real!”. Bill se detuvo en seco, temblando y tratando de calmarse. “Riley, lo siento, es solo que... todo regresó por unos segundos y...”. “Yo sé”, dijo Riley reconfortantemente. “Comprendo”. Bill se desplomó y negó con la cabeza. “Tal vez no estoy preparado para esto”, dijo. “Tal vez sea suficiente por hoy”. Riley le dio una palmadita en el hombro. “No”, dijo. “Creo que deberías terminar”. Bill respiró profunda y lentamente. Sabía que Riley tenía razón. Él y Riley retomaron sus posiciones, y Bill volvió a decir por el micrófono... “Situación de toma de rehenes. Adelante”. La misma acción se reanudó, con dos hostiles acechando peligrosamente al rehén. Bill respiró lentamente mientras miraba por su mirilla. “Es solo un juego”, se dijo a sí mismo. “Es solo un juego”. Finalmente llegó el momento que habían estado esperando. Ambos hostiles se habían alejado un poco del rehén. Todavía era un disparo peligroso, pero Bill y Riley tenían que intentarlo. “¡Adelante!”, dijo. Esta vez disparó al instante, y oyó el sonido del disparo de Riley una fracción de segundo más tarde. Ambos hostiles se desplomaron y dejaron de moverse. Bill bajó su arma. Riley le dio una palmadita en la espalda. “Lo hiciste, Bill”, dijo Riley. “Estoy disfrutando de esto. ¿Qué más podemos hacer con estos robots?”. Bill dijo: “Hay un programa en el que podemos acercarnos a ellos mientras disparamos”. “Intentémoslo”. Bill habló por el micrófono. “A poca distancia”. Los ocho hostiles comenzaron a moverse, y Bill y Riley avanzaron hacia ellos paso a paso, disparando en pequeñas ráfagas. Dos robots cayeron y los otros se movieron de un lado a lado, por lo que se hizo más difícil alcanzarlos. Mientras Bill disparaba, se dio cuenta de que algo faltaba en esta simulación. “Los robots no disparan”, pensó. Además, su alivio por salvar al rehén no se sentía genuino. Después de todo, él y Riley habían salvado la vida de un robot. No cambiaba la realidad de lo que había sucedido el mes pasado. Y ciertamente no resucitaría a Lucy. La culpa todavía lo atormentaba. ¿Alguna vez sería capaz de no sentirse así? ¿Y alguna vez sería capaz de volver a trabajar? CAPÍTULO TRES Después de sus ejercicios de tiro al blanco, Riley todavía estaba preocupada por Bill. Es cierto que se había recuperado rápidamente después de su momento de shock. Y en realidad pareció haber disfrutado de los disparos a corta distancia. Hasta se había visto alegre justo antes de partir a su apartamento. Sin embargo, no era el mismo Bill que había sido su compañero durante tantos años, y quien hacía mucho tiempo se había convertido en su mejor amigo. Ella sabía lo que más le preocupaba. A Bill le asustaba el hecho de que jamás sería capaz de volver a trabajar. Ella deseaba poder tranquilizarlo con palabras simples y amables, algo así como... “Solo estás pasando por una mala racha. Nos sucede a todos. Lo superarás más temprano que tarde”. Pero garantías simplistas no eran lo que Bill necesitaba en este momento. Y la verdad era que Riley no sabía si eso era cierto o no. Ella también había sufrido de TEPT y sabía lo difícil que era recuperarse de eso. Solo tendría que ayudar a Bill durante ese terrible proceso. Aunque Riley volvió a su oficina, en realidad tenía poco que hacer en la UAC. No estaba asignada a ningún caso, y acogía estos días lentos con beneplácito después de la intensidad del último caso en Iowa. Terminó lo poco que tenía pendiente y se fue. Mientras Riley conducía a casa, se sintió contenta ante la idea de cenar con su familia. Se sintió especialmente contenta ya que había invitado a Blaine Hildreth y su hija a cenar con ellos esta noche. Riley estaba encantada por el hecho de que Blaine formaba parte de su vida. Era un hombre guapo y encantador. Y, como ella, se había divorciado hace relativamente poco tiempo. También era un hombre muy valiente. Fue Blaine el que le disparó a Shane Hatcher cuando amenazó a la familia de Riley. Riley siempre estaría agradecida con él por eso. Había pasado una noche con Blaine hasta ahora, en su casa. Habían sido bastante discretos al respecto. Su hija, Crystal, había estado ausente visitando a sus primos durante las vacaciones de primavera. Riley sonrió ante el recuerdo de su sexo apasionado. ¿Esta noche terminaría de la misma forma? * El ama de llaves de Riley, Gabriela, había preparado una deliciosa cena de chiles rellenos, una receta familiar que ella había traído consigo de Guatemala. Todo el mundo estaba disfrutando de los pimientos rellenos deliciosos. Riley sintió una profunda satisfacción ante la deliciosa cena y maravillosa compañía. “¿No están muy picantes?”, preguntó Gabriela. No estaban tan picantes, y Riley estaba segura de que Gabriela lo sabía. Gabriela siempre restringía sus recetas centroamericanas originales. Era evidente que estaba cazando cumplidos, los cuales llegaron fácilmente. “No, están perfectos”, dijo la hija de quince años de edad de Riley, April. “Demasiado sabrosos”, dijo Jilly, la niña de trece años de edad que Riley estaba en el proceso de adoptar. “Simplemente increíble”, dijo Crystal, la mejor amiga de April. El padre de Crystal, Blaine Hildreth, no dijo nada de inmediato. Pero Riley sabía por su expresión que estaba encantado con el plato. También sabía que la apreciación de Blaine era en parte profesional. Blaine era el dueño de un restaurante lujoso pero informal en Fredericksburg. “¿Cómo los preparas, Gabriela?”, preguntó después de unos bocados. “Es un secreto”, dijo Gabriela con una sonrisa traviesa. “Un secreto, ¿eh?”, dijo Blaine. ¿Qué tipo de queso utilizaste? No lo distingo. Sé que no es Monterey Jack o Chihuahua. Manchego, ¿tal vez?”. Gabriela negó con la cabeza. “Nunca te lo diré”, dijo con una sonrisa. Mientras Blaine y Gabriela siguieron hablando de la receta en inglés y en español, Riley se quedó pensando si ella y Blaine... Se sonrojó un poco ante la idea. “No, no va a pasar esta noche”. Sería difícil hacerlo con todos aquí. Sin embargo, eso no era nada malo. Estar rodeada de gente que amaba era placer suficiente para esta noche en particular. Pero al ver a su familia y amigos pasándola bien, una nueva preocupación comenzó a inundar su mente. Una persona en la mesa casi ni había hablado en toda la noche. Liam, el recién llegado a la familia de Riley. Tenía la misma edad de April, y los dos adolescentes fueron novios durante un tiempo. Riley había rescatado al chico alto y desgarbado de un padre abusivo y borracho. Había necesitado un lugar para vivir y eso significaba que estaba durmiendo en el sofá cama de la sala familiar de Riley. Liam normalmente era hablador y extrovertido. Pero algo parecía estar molestándolo esta noche. Riley preguntó: “¿Te pasa algo, Liam?”. Parecía que ni la había escuchado. Riley habló un poco más fuerte. “Liam”. Liam levantó la mirada de su comida, la que apenas había tocado. “¿Eh?”, dijo. “¿Te pasa algo?”. “No. ¿Por qué?”. Riley lo miró con inquietud. Algo definitivamente andaba mal. Liam rara vez hablaba en monosílabas. “Solo me preguntaba”, dijo. Tomó nota de hablar con Liam a solas más tarde. * Gabriela cerró la cena con broche de oro: un delicioso postre de flan. Riley y Blaine disfrutaron de unos tragos después de la cena mientras que los cuatro niños se entretuvieron en la sala familiar. Después de un largo rato, Blaine y su hija se fueron a casa. Riley esperó hasta que April y Jilly se fueron a sus habitaciones. Luego se fue sola a la sala familiar. Liam estaba sentado en el sofá todavía cerrado con la mirada perdida. “Liam, sé que algo anda mal. Quisiera que me contaras qué te pasa”. “No pasa nada”, dijo Liam. Riley se cruzó de brazos y no dijo nada. Sabía por su experiencia con las chicas que a veces lo mejor era esperar que hablaran. Luego, Liam dijo: “No quiero hablar del tema”. A Riley le sorprendió eso. Estaba acostumbrada al mal humor de adolescentes de April y Jilly, al menos de vez en cuando. Pero esto no era propio de Liam en absoluto. Siempre era agradable y servicial. También era un estudiante dedicado, y Riley apreciaba su influencia sobre April. Riley siguió esperando en silencio. Finalmente Liam dijo: “Mi papá me llamó hoy”. Riley sintió un vacío en la boca del estómago. No pudo evitar recordar ese día terrible cuando corrió a la casa de Liam para salvarlo de ser golpeado por su padre. Sabía que esto no debería sorprenderla. Pero no sabía qué decir. Liam dijo: “Me dijo que lamenta todo lo que pasó. Me dijo que me echa de menos”. La preocupación de Riley se intensificó. No tenía la custodia legal sobre Liam. En este momento, estaba actuando como una especie de madre adoptiva improvisada, y no tenía idea de exactamente cuál papel desempeñaría en su vida a futuro. “¿Quiere que vuelvas a casa?”, preguntó Riley. Liam asintió. Riley no pudo obligarse a hacer la pregunta obvia... “¿Qué quieres hacer?”. ¿Qué haría, qué podía hacer, si Liam le decía que quería volver a su casa? Riley sabía que Liam era un chico amable y misericordioso. Al igual que muchas víctimas de abuso, también era propenso a una profunda negación. Riley se sentó a su lado. Ella preguntó: “¿Te sientes feliz aquí?”. Liam jadeó un poco. Por primera vez desde el comienzo de su conversación, Riley vio que estaba a punto de llorar. “Ah, sí”, dijo él. “Esto ha sido... Me he sentido... tan feliz”. Riley sintió un nudo en la garganta. Quería decirle que podía quedarse aquí todo el tiempo que quisiera. Pero ¿qué podía hacer si su padre exigía que volviera? No podría evitar que eso sucediera. Una lágrima rodó por la mejilla de Liam. “Es solo que... desde que mamá se fue... soy lo único que tiene papá. O al menos hasta que me fui. Ahora está solo. Dice que ha dejado de beber. Dice que jamás me volverá a hacer daño”. Riley casi espetó... “No le creas. Jamás le creas cuando te diga eso”. En cambio, dijo: “Liam, debes saber que tu padre está muy enfermo”. “Lo sé”, dijo Liam. “Él tiene que buscar la ayuda que necesita. Pero hasta que lo haga… bueno, le será muy difícil cambiar”. Riley se quedó callada por unos instantes. Luego agregó: “Jamás olvides que esto no es tu culpa. Sabes eso, ¿verdad?”. Liam ahogó un sollozo y asintió. “¿No has vuelto a verlo?”, preguntó Riley. Liam negó con la cabeza sin decir nada. Riley le dio unas palmaditas en la mano. “Solo quiero que me prometas una cosa. Si quieres ir a verlo, no vayas solo. Quiero estar contigo. ¿Lo prometes?”. “Lo prometo”, dijo Liam. Riley alcanzó una caja cercana de pañuelos y le ofreció uno a Liam, quien se secó los ojos y se sonó la nariz. Luego los dos se quedaron sentados allí sin decir más por unos momentos. Finalmente Riley dijo: “¿Me necesitas para algo más?”. “No. Ya estoy bien. Gracias por… bueno, ya sabes”. Le sonrió débilmente. “Por todo”, agregó. “De nada”, dijo Riley, devolviéndole la sonrisa. Salió de la sala familiar, se dirigió a la sala de estar y se sentó sola en el sofá. De repente sintió un sollozo en su propia garganta, y se puso a llorar. Le sorprendió darse cuenta de lo mucho que su conversación con Liam la había afectado. Pero era bastante fácil entender el por qué. “Esto sobrepasa mis capacidades”, pensó. Después de todo, todavía estaba tratando de finalizar la adopción de Jilly. Había rescatado a la pobre chica de horrores propios. Riley había encontrado a Jilly tratando de vender su cuerpo por pura desesperación. Entonces ¿por qué Riley estaba haciendo esto, acogiendo a otro adolescente en su casa? De repente deseaba que Blaine aún estuviera aquí, tenía ganas de hablar con él. Blaine siempre parecía saber qué decir. Había disfrutado de la pausa entre los casos, pero poco a poco algunas preocupaciones comenzaron a invadir su mente, preocupaciones relacionadas con su familia más que todo, y hoy relacionadas con Bill. Estas no parecían unas vacaciones. Riley no pudo evitar preguntarse... “¿Qué diablos anda mal en mí?”. ¿Simplemente era incapaz de disfrutar de una vida tranquila? De todos modos, sabía algo con certeza. Este período de calma no duraría. En algún lugar, algún monstruo estaba cometiendo algún acto atroz, y ella tendría que detenerlo. CAPÍTULO CUATRO Riley fue despertada la mañana siguiente por el sonido de su teléfono vibrando. Se quejó en voz alta mientras se despertaba. “La calma ha terminado”, pensó. Miró su teléfono y vio que tenía razón. Era un mensaje de texto de su jefe de equipo en la UAC, Brent Meredith. Le decía que debía reunirse con él, y estaba escrito en su típico estilo conciso... UAC 8:00 Miró la hora y se dio cuenta de que tendría que darse prisa para poder llegar a la cita prevista a tiempo. Quántico solo quedaba a media hora de su casa, pero tendría que salir de aquí rápido. Le tomó a Riley solo unos minutos cepillarse los dientes, peinarse, vestirse y bajar las escaleras deprisa. Gabriela ya estaba preparando el desayuno en la cocina. “¿Ya el café está listo?”, preguntó Riley. “Sí”, dijo Gabriela antes de servirle una taza caliente. Riley se tomó el café rápidamente. “¿No te da tiempo de desayunar?”, le preguntó Gabriela. “Me temo que no”. Gabriela le entregó un panecillo. “Entonces llévate esto. Debes comer algo”. Riley le dio las gracias a Gabriela, bebió un poco más de café y se precipitó hacia su auto. Durante el corto viaje a Quántico, fue inundada por una sensación peculiar. Comenzó a sentirse mejor de como se había sentido durante los últimos días, hasta un poco eufórica. Era en parte una subida de adrenalina, por supuesto, ya que su cuerpo y mente estaban preparadas para un nuevo caso. Pero también era algo bastante inquietante, una sensación de que las cosas de alguna manera estaban volviendo a la normalidad. Riley suspiró al darse cuenta de eso. Se preguntó qué significaba el hecho de que cazar monstruos se sentía más normal para ella que pasar tiempo con la gente que amaba. “No puede ser... normal”, pensó. Peor aún, le recordó a algo que su padre, un oficial de la Marina brutal y amargado, le había dicho antes de morir. “Eres una cazadora. Te mataría si trataras de vivir mucho tiempo en aquello que las personas llaman normal”. Riley deseaba con todo su corazón que eso no fuera cierto. Pero en momentos como estos, no pudo evitar preocuparse. ¿Era imposible para ella desempeñar los papeles de esposa, madre y amiga? ¿Era inútil siquiera intentarlo? ¿“La caza” era lo único que realmente tenía en la vida? No, definitivamente no era lo único. Seguramente ni siquiera lo más importante en su vida. Con firmeza, se sacó la cuestión desagradable de su mente. Cuando llegó al edificio de la UAC, se estacionó, entró a toda prisa y se dirigió directamente a la oficina de Brent Meredith. Ella vio que Jenn ya estaba allí, viéndose bastante más despierta de lo que Riley se sentía. Riley sabía que Jenn, como Bill, tenían un apartamento en la ciudad de Quántico, así que no había estado tan apurada en llegar. Pero Riley también atribuyó parte de la frescura mañanera de Jenn a su juventud. Riley había sido igual a Jenn de joven, lista y ansiosa de entrar en acción en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche, y capaz de pasar mucho tiempo sin dormir si así lo exigía el trabajo en cuestión. ¿Esos días habían quedado atrás? No era un pensamiento agradable, y no hizo nada para mejorar el estado de ánimo ya inquieto de Riley. Sentado en su escritorio, Brent Meredith se veía tan formidable como siempre, con sus rasgos negros y angulosos y mirada severa. Riley se sentó, y Meredith fue directo al grano. “Hubo un asesinato esta mañana. Sucedió en la playa pública de la Reserva Natural Belle Terre. ¿Alguna de ustedes está familiarizada con el lugar?”. Jenn dijo: “He ido un par de veces. Un lugar estupendo para ir de excursión”. “Yo también he ido”, dijo Riley. Riley recordaba la reserva natural bastante bien. Quedaba en la Bahía de Chesapeake, a un poco más de dos horas en auto de Quántico. Tenía varios cientos de hectáreas de bosque y una gran playa pública en la bahía. Era una zona popular para los amantes del aire libre. Meredith tamborileó los dedos sobre su escritorio. “La víctima se llamaba Todd Brier, un pastor luterano de la ciudad cercana de Sattler. Fue enterrado vivo en la playa”. Riley se estremeció un poco. ¡Enterrado vivo! Había tenido pesadillas con eso, pero en realidad nunca había trabajado en un caso relacionado con este tipo de asesinato macabro. Meredith continuó: “Brier fue encontrado aproximadamente a las siete de las mañana, y parecía que solo llevaba muerto aproximadamente una hora”. Jenn preguntó: “¿Por qué es un caso del FBI?”. Meredith dijo: “Brier no es la primera víctima. Ayer fue encontrado otro cuerpo cerca, una joven llamada Courtney Wallace”. Riley contuvo un suspiro. “No me digas”, dijo. “También enterrada viva”. “Exacto”, dijo Meredith. “La mataron en una de las rutas de senderismo en la misma reserva natural, al parecer también temprano en la mañana. Fue descubierta más tarde ese día cuando un excursionista se encontró con el suelo movido y llamó a los servicios del parque”. Meredith se echó hacia atrás en su silla y la movió de un lado a otro. Dijo: “Hasta ahora, la policía local no tiene ningún sospechoso o testigo. Aparte de los lugares y el MO, no tienen casi nada. Ambas víctimas eran personas jóvenes y sanas. No ha habido tiempo para averiguar si estuvieron conectadas de alguna forma, aparte del hecho que ambas estuvieran allí temprano en la mañana”. Riley trató de darle sentido a lo que acababa de oír, pero no tenía casi información. Ella preguntó: “¿La policía local acordonó el área?”. Meredith asintió. “Cerraron la zona boscosa cerca de ese sendero y la mitad de la playa al público. Les dije que no movieran el cuerpo en la playa hasta que mi gente llegara”. “¿Y el cuerpo de la mujer?”, preguntó Jenn. “Está en la morgue de Sattler, la ciudad más cercana. El médico forense del distrito Tidewater está en la playa en este momento. Quiero que ustedes se vayan para allá lo antes posible. Llévense un vehículo del FBI, algo que llame la atención. Tengo la esperanza de que si al menos el FBI está visible en la escena, eso desacelere al asesino. Mi conjetura es que estos no serán sus últimos asesinatos”. Meredith miró a Riley y Jenn. “¿Alguna pregunta?”, preguntó. Riley tenía una pregunta, pero no sabía si debía hacerla. Finalmente dijo: “Señor, quiero hacer una petición”. “¿Qué?”, dijo Meredith, reclinándose en su silla de nuevo. “Quiero que el agente especial Jeffreys sea asignado a este caso”. Los ojos de Meredith se abrieron. “El agente Jeffreys está de licencia”, dijo. “Estoy seguro de que la agente Roston y tú pueden manejar este caso perfectamente bien”. “Eso no lo dudo”, dijo Riley. “Pero…”. Ella vaciló. “Pero ¿qué?”, preguntó Meredith. Riley tragó grueso. Sabía que a Meredith no le gustaba cuando los agentes pedían favores personales. Ella dijo: “Creo que tiene que volver al trabajo, señor. Creo que le haría bien”. Meredith frunció el ceño y no dijo nada por un momento. Luego dijo: “No lo asignaré oficialmente al caso. Pero si quieres que trabaje con ustedes de manera informal, no me opondré”. Riley le dio las gracias, tratando de no ser demasiado efusiva para que no cambiara de parecer. Luego ella y Jenn requisaron un VUD oficial del FBI. A lo que Jenn comenzó a conducir hacia el sur, Riley sacó su teléfono celular y le envió un mensaje de texto a Bill. Estoy trabajando en un nuevo caso con Roston. El jefe dice que puedes trabajar con nosotras. Quiero que trabajes con nosotras. Riley esperó unos momentos. Su corazón latió con un poco más de fuerza cuando el mensaje fue marcado como “leído”. Luego escribió... ¿Podemos contar contigo? Una vez más, el mensaje fue marcado como “leído”, pero no hubo respuesta. El ánimo de Riley se hundió. “Tal vez esto no es una buena idea”, pensó. “Tal vez todavía es demasiado pronto”. Deseaba que Bill le respondiera, aunque solo para decirle que no. CAPÍTULO CINCO Mientras Jenn conducía la camioneta al sur hacia su destino, Riley siguió mirando los mensajes de texto que había enviado desde su teléfono celular. Bill todavía no había respondido. Finalmente decidió llamarlo. Marcó su número. Para su frustración, solo oyó su correo de voz. Ante el pitido, ella simplemente dijo: “Bill, llámame. Ahora mismo”. A lo que Riley colocó su teléfono en su regazo, Jenn la miró desde detrás del volante. “¿Pasa algo?”, preguntó Jenn. “No lo sé”, dijo Riley. “Espero que no”. Su preocupación siguió en aumento mientras Jenn conducía. Recordó un mensaje de texto que había recibido de Bill mientras había estado trabajando en su caso más reciente en Iowa... Solo para que sepas. Llevo rato sentado aquí con una pistola en mi boca. Riley se estremeció ante el mero recuerdo de la llamada telefónica desesperada que había venido después, cuando logró disuadirlo de suicidarse. ¿Estaba pasando lo mismo? Si era así, ¿qué podía hacer Riley al respecto? Un ruido agudo y repentino alejó estos pensamientos de la mente de Riley. Le tomó un segundo darse cuenta de que Jenn había encendido la sirena después de encontrarse con tráfico lento. La sirena sirvió como un gran recordatorio para Riley. “Tengo que mantenerme enfocada en el trabajo en cuestión”. * Riley y Jenn llegaron a la Reserva Natural Belle Terre a eso de las diez y media. Siguieron un camino a la playa hasta que encontraron un par de patrullas y la furgoneta de un médico forense. Más allá de los vehículos, en una zona herbosa, había una barrera de cinta policial para mantener al público alejado de la playa. No vieron la playa de inmediato a lo que se bajaron de la camioneta. Pero Riley vio gaviotas volando sobre su cabeza, sintió una brisa fresca en su cara, el aire olía a sal y oyó el sonido de las olas. A Riley le consternaba, más no le sorprendía, el hecho de que un pequeño grupo de periodistas ya se habían aglomerado en la zona de estacionamiento más allá de la escena del crimen. Se amontonaron alrededor de Riley y Jenn, haciéndoles preguntas. “Hubo dos asesinatos en dos días. ¿Esto es obra de un asesino en serie?”. “Dieron a conocer el nombre de la víctima de ayer. ¿Ya identificaron a la nueva víctima?”. “¿Se comunicaron con la familia de la víctima?”. “¿Es cierto que las dos víctimas fueron enterradas vivas?”. Riley se encogió ante la última pregunta. Obviamente no le sorprendía el hecho de que ya se sabía cómo habían muerto las víctimas. Los reporteros probablemente se habían enterado de eso escuchando a los escáneres de la policía local. Pero no tenía ninguna duda de que los medios de comunicación caerían en el sensacionalismo respecto a estos asesinatos. Riley y Jenn se abrieron paso entre los reporteros sin decir nada. Luego fueron recibidas por un par de policías locales, quienes las acompañaron más allá de la cinta policial y la zona herbosa hacia la playa. Riley sintió la arena metiéndose en sus zapatos mientras caminaba. En un momento vieron la escena del crimen. Varios hombres rodeaban un hoyo cavado en la arena donde el cuerpo aún permanecía. Dos de ellos se dirigieron hacia Riley y Jenn a medida que se aproximaban. Uno de ellos era un hombre robusto y pelirrojo con uniforme. El otro, un hombre delgado con pelo negro rizado, llevaba una camisa blanca. “Me alegra que llegaran tan rápido”, dijo el hombre pelirrojo cuando Riley y Jenn se presentaron. “Soy Parker Belt, el jefe de policía de Sattler. Este es Zane Terzis, el médico forense del distrito Tidewater”. El jefe Belt llevó a Riley y Jenn hacia el hoyo y bajaron la mirada al cuerpo medio descubierto. Riley estaba más que acostumbrada a ver cadáveres en varios estados de mutilación y descomposición. A pesar de ello, este la sacudió con una especie única de terror. Era un hombre rubio, de unos treinta años de edad, y llevaba ropa para correr adecuada para una caminata fresca de mañana de verano por la playa. Sus brazos permanecían tendidos en rigor mortis de sus intentos desesperados de desenterrarse. Sus ojos estaban bien cerrados, y su boca abierta estaba llena de arena. El jefe Belt se detuvo junto a Riley y Jenn. Belt dijo: “El asesino no se llevó su cartera, la cual tenía un montón de identificación. Aunque no la necesitamos. Lo reconocí justo cuando Terzis y sus hombres descubrieron su rostro. Su nombre es Todd Brier, y él era un pastor luterano en Sattler. Yo no asistía a su iglesia, soy metodista. Pero lo conocía. Éramos buenos amigos. Fuimos a pescar juntos varias veces”. La voz de Belt estaba llena de tristeza y conmoción. “¿Cómo fue encontrado el cuerpo?”, preguntó Riley. “Un tipo pasó caminando con su perro”, dijo Belt. “El perro se detuvo aquí, oliendo y haciendo ruido, y luego comenzó a cavar, y apareció una mano de inmediato”. “¿El tipo que encontró el cuerpo sigue aquí?”, preguntó Riley. Belt negó con la cabeza. “Lo enviamos a casa. Estaba bastante conmovido. Pero le dijimos que tenía que estar disponible por si teníamos preguntas. Te puedo comunicar con él”. Riley levantó la mirada del cuerpo al agua, que estaba a unos quince metros de distancia. Las aguas de la Bahía de Chesapeake eran de color azul oscuro, sus olas alcanzando la arena suavemente. Riley veía que la marea estaba en bajante. Riley preguntó: “¿Este fue el segundo asesinato?”. “Sí”, respondió Belt tristemente. “¿Ha sucedido algo como esto antes?”. “¿Aquí en Belle Terre?”, dijo Belt. “No, para nada. Esta es una reserva pacífica para aves y vida silvestre. La gente local utiliza esta playa, en su mayoría familias. De vez en cuando tenemos que detener a algún cazador furtivo o resolver una discusión entre visitantes. También tenemos que ahuyentar a vagabundos de vez en cuando. Eso es lo más grave que sucede aquí”. Riley caminó alrededor del hoyo para mirar el cuerpo desde un ángulo diferente. Ella vio una mancha de sangre en la parte posterior de la cabeza de la víctima. “¿Qué piensas de esta herida?”, le preguntó a Terzis. “Parece que fue golpeado por un objeto duro”, dijo el forense. “La estudiaré mejor cuando tenga el cuerpo en la morgue. Pero por su aspecto, diría que probablemente fue suficiente para aturdirlo, solo el tiempo suficiente para que no pudiera pelear mientras que el asesino lo estaba enterrando. Dudo que estaba totalmente inconsciente. Es bastante obvio que luchó mucho”. Riley se estremeció. Sí, eso era evidente. Ella le dijo a Jenn: “Toma fotos y envíamelas”. Jenn inmediatamente sacó su teléfono celular y comenzó a sacar fotos del hoyo y el cadáver. Mientras tanto, Riley caminó lentamente alrededor del hoyo, mirando la playa desde todas las direcciones. El asesino no había dejado muchas pistas. La arena alrededor del hoyo obviamente había sido movida por el asesino cuando cavó, y había un rastro de huellas por donde se había acercado el trotador. El asesino tampoco había dejado muchas huellas. La arena seca no tenía la forma de un zapato. Pero Riley veía donde las yerbas pantanosas por las que había llegado habían sido movidas por otra persona. Ella señaló y le dijo a Belt: “Haz que tus chicos recorran la hierba cuidadosamente para ver si alguna fibra quedó atrapada allí”. El jefe asintió con la cabeza. Riley comenzó a sentir una sensación familiar, una sensación que a veces la inundaba en una escena del crimen. No la había sentido mucho durante sus casos más recientes. Pero era una sensación bienvenida, una que sabía que podía utilizar como una herramienta. Era una sensación extraña del asesino en sí. Si permitía que esa sensación la inundara por completo, probablemente obtendría alguna idea sobre lo que había ocurrido aquí. Riley se alejó unos pasos del grupo reunido en la escena. Miró a Jenn y vio que su compañera la estaba observando. Riley sabía que Jenn estaba al tanto de su reputación de entrar en las mentes de los asesinos. Riley asintió, y vio a Jenn entrar en acción, haciendo preguntas propias, distrayendo a los demás en la escena y dándole a Riley unos momentos para concentrar sus habilidades. Riley cerró los ojos y trató de imaginarse la escena en el momento del asesinato. Imágenes y sonidos la asaltaron con bastante facilidad. Estaba un poco oscuro, y la playa estaba tenebrosa, pero había rastros de luz en el cielo al otro lado del agua, desde donde el sol saldría más tarde, y al menos se podía ver. La marea estaba alta, y el agua probablemente solo estaba a un tiro de piedra de distancia, por lo que el sonido de las olas era fuerte. “Lo suficientemente fuerte como para apenas poder oírse a sí mismo cavar”, se dio cuenta Riley. En ese momento, a Riley no le costó entrar en una mente extraña… Sí, él estaba cavando, y ella sentía la tensión de sus músculos mientras echaba paladas de arena, sentía la mezcla de sudor y bruma en su rostro. Cavar no era una tarea fácil. De hecho, era un poco frustrante. No era fácil cavar un hoyo en arena de playa como esta. La arena tenía una forma de volver a llenar parcialmente el espacio donde cavaba. Él estaba pensando… “No será muy profundo. Pero no tiene que ser profundo”. No dejaba de mirar hacia la playa, en busca de su presa. Y, por supuesto, no tardó en aparecer, corriendo por ahí con satisfacción. Y en el momento perfecto, ya que el hoyo estaba lo suficientemente profundo. El asesino empujó la pala en la arena, levantó las manos y saludó. “¡Ven aquí!”, le gritó al trotador. Aunque no importaba lo que gritara. Sobre el sonido de las olas, el trotador no sería capaz de distinguir sus palabras, solo un grito ahogado. El trotador se detuvo ante el sonido y miró en su dirección. Luego se acercó al asesino. El trotador estaba sonriendo mientras se acercaba, y el asesino le devolvió la sonrisa. En poco tiempo estuvieron al alcance del oído del otro. “¿Qué pasa?”, gritó el trotador sobre las olas. “Ven aquí, te lo mostraré”, le gritó el asesino. El trotador se acercó al lugar donde se encontraba el asesino. “Mira ahí abajo”, dijo el asesino. “Mira muy de cerca”. El trotador se agachó y, con un movimiento rápido y hábil, el asesino cogió la pala y lo golpeó en la parte posterior de su cabeza, haciéndolo caer en el hoyo… Riley fue sacada de su ensoñación por el sonido de la voz del jefe Belt. “¿Agente Paige?”. Riley abrió los ojos y vio que Belt la miraba con una expresión curiosa. No había sido distraído por las preguntas de Jenn. Él dijo: “Creo que te nos fuiste por unos momentos”. Riley oyó a Jenn reírse. “Ella hace eso a veces”, le dijo Jenn al jefe. “No te preocupes, está trabajando”. Riley analizó lo que había visto en su mente rápidamente, todo muy hipotético, por supuesto, y apenas una sensación de todo lo que había sucedido. Pero se sentía muy segura de un detalle: que el trotador se había acercado porque el asesino lo había llamado y que lo había hecho sin miedo. Este era un detalle pequeño, pero crucial. Riley le dijo al jefe de policía: “El asesino es encantador, simpático. Las personas confían en él”. Los ojos del jefe se abrieron de par en par. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó. Riley oyó la risa de alguien que se acercaba detrás de ella. “Créeme, ella sabe lo que está haciendo”. Se dio la vuelta ante el sonido de la voz. Se sintió muy alegre ante lo que vio. CAPÍTULO SEIS El jefe Belt dio un paso hacia el hombre que se acercaba. Le dijo: “Señor, esta área está cerrada. ¿No vio la cinta policial?”. “Está bien”, dijo Riley. “Este es el agente especial Bill Jeffreys. Él está con nosotras”. Riley corrió hacia Bill y lo alejó lo suficiente como para no ser escuchados por los demás. “¿Qué pasó?”, preguntó. ¿Por qué no respondiste mis mensajes de texto?”. Bill sonrió con timidez. “Me comporté como un idiota. Yo…”. Su voz se quebró y él apartó la mirada. Riley esperó su respuesta. Finalmente, dijo: “Cuando recibí tus mensajes de texto, no sabía si estaba preparado para esto o no. Llamé a Meredith para que me diera más detalles, pero todavía no sabía si estaba listo. Caray, no sabía si estaba listo cuando empecé a conducir hasta aquí. No sabía si estaba listo hasta ahora mismo cuando vi…”. Señaló el cuerpo. Y agregó: “Ahora lo sé. Estoy listo para volver al trabajo. Cuenta conmigo”. Su voz era firme y su expresión le decía que iba en serio. Riley dio un gran suspiro de alivio. Llevó a Bill de nuevo a los funcionarios agrupados alrededor del cuerpo en el hoyo. Lo introdujo al jefe de policía y al médico forense. Jenn ya conocía a Bill y se veía contenta de verlo, y esto agradó a Riley. Lo último que necesitaba era que Jenn se sintiera marginada o resentida. Riley y los demás le dijeron a Bill lo poco que sabían hasta ahora y Bill escuchó con gran interés. Finalmente, Bill le dijo al forense: “Creo que ya pueden llevarse el cuerpo, si la agente Paige está de acuerdo”. “Estoy de acuerdo”, respondió Riley. Le alegraba el hecho de que Bill parecía el mismo de siempre, con ganas de afirmar su autoridad. Mientras el equipo del forense comenzó a sacar el cuerpo del hoyo, Bill estudió el área. Le preguntó a Riley: “¿Revisaste el área del otro asesinato?”. “Todavía no”, respondió ella. “Entonces deberíamos ir a hacer eso”, dijo. Riley le dijo al jefe Belt: “Vamos a echarle un vistazo a la otra escena del crimen”. El jefe asintió con la cabeza. “Queda a unos tres kilómetros dentro de la reserva natural”, agregó. Todos ellos lograron abrirse paso por los reporteros de nuevo sin hacer comentarios. Riley, Bill y Jenn se metieron en la camioneta del FBI y el jefe se llevó otro auto. El jefe los alejó de la playa, a lo largo de un camino de arena a una zona boscosa. Estacionaron sus autos cuando llegaron al final del camino. Riley y sus colegas siguieron a los dos funcionarios a pie por un sendero entre árboles. El jefe mantuvo al grupo a un lado del camino, señalando unas huellas distintas aquí en la tierra firme. “Tenis deportivas comunes y corrientes”, comentó Bill. Riley asintió. Veía las huellas en ambas direcciones. Pero se sintió segura de que no les ofrecerían mucha información, excepto la talla de zapato del asesino. Sin embargo, algunas marcas interesantes se intercalaban con las huellas. Dos líneas movidas fueron excavadas en el suelo. “¿Qué opinas de esas líneas?”, le preguntó Riley a Bill. “Huellas de una carretilla, yendo y viniendo”, dijo Bill. Miró por encima del hombro hacia el camino y agregó: “Mi conjetura es que el asesino se estacionó cerca de donde nos estacionamos nosotros y llevó sus herramientas por este camino”. “Eso es lo que dedujimos nosotros también”, concordó Belt. “Y se fue también por este camino”. En poco tiempo llegaron a un lugar donde el camino se cruzaba con uno más estrecho. En medio de este camino más pequeño había un hoyo largo y profundo. Era aproximadamente igual de ancho que el camino en sí. El jefe Belt señaló el lugar donde el nuevo camino salía de los árboles circundantes. “Parece que la otra víctima llegó trotando de esa dirección”, dijo. “El hoyo estaba camuflado, y cayó adentro”. Terzis agregó: “Su tobillo estaba muy fracturado, probablemente de la caída. Así que no pudo hacer nada cuando el asesino empezó a echarle tierra”. Riley volvió a estremecerse al pensar en esa muerte horrible. Jenn dijo: “Y todo esto sucedió ayer”. Terzis asintió y dijo: “Estoy seguro de que el momento del fallecimiento fue idéntico al del asesinato en la playa, probablemente a las seis de la mañana”. “Antes del amanecer”, agregó Belt. “Habría estado bastante oscuro. Un trotador que pasó por aquí después del amanecer vio que la tierra había sido movida y nos llamó”. Mientras Jenn comenzó a tomar más fotos, Riley estudió la zona. Se fijó en unos matorrales aplastados que habían sido atravesados por la carretilla. Veía el lugar donde el asesino había amontonado tierra a unos cuatro metros del sendero. Había bastantes árboles por esos senderos, así que la trotadora no vio ni el asesino ni la tierra. Ahora el hoyo había sido re-excavado por los policías, quienes habían amontonado la tierra a un lado. Riley recordó que Meredith había mencionado el nombre de la víctima en Quántico, pero no podía recordarlo en este momento, Ella le dijo al jefe Belt: “Supongo que pudieron identificar a la víctima”. “Así es”, dijo Belt. “Tenía su identificación encima, al igual que Todd Brier. Su nombre era Courtney Wallace. Ella vivía en Sattler, pero no la conocía personalmente. Así que no puedo decirles nada más de ella por los momentos, excepto que era joven, probablemente veinteañera”. Riley se arrodilló junto al hoyo y miró dentro. De inmediato vio cómo el asesino había tendido la trampa. En el fondo del hoyo había una manta pesada con hojas y desechos enredados en ella. Había sido extendida sobre el hoyo, imperceptible para un trotador incauto, especialmente en la luz antes del amanecer. Hizo una nota mental para llamar al equipo forense de la UAC para que revisaran ambas escenas del crimen. Tal vez podrían rastrear el origen de la manta. Mientras tanto, Riley estaba sintiendo la misma sensación que había sentido en la playa, de poder meterse en la mente del asesino. La sensación no era tan vívida esta vez. Pero podía imaginar al asesino posado donde ella estaba de rodillas en este momento, mirando a su presa indefensa. Entonces ¿qué hizo en esos momentos antes de empezar a enterrarla viva? Recordó su impresión de antes, que el asesino era encantador y agradable. Probablemente fingió sorpresa al encontrar a la joven en el fondo de este hoyó al principio. Es posible que incluso le haya dado la impresión a la mujer de que la ayudaría a salir. “Ella confió en él”, pensó Riley. “Aunque solo por un momento”. Luego empezó a burlarse de ella. Y, después de poco, comenzó a verter carretillas llenas de tierra sobre ella. Debió haber gritado cuando finalmente se dio cuenta de lo que sucedía. ¿Cómo respondió al sonido de sus gritos? Riley sintió que su crueldad emergió por completo. Se detuvo para verter una sola palada de tierra en su rostro, no tanto para que dejara de gritar, sino para atormentarla. Todo el cuerpo de Riley se estremeció. Sintió alivio cuando esa sensación de conexión comenzó a desvanecerse. Ahora podía volver a analizar la escena del crimen con una opinión más objetiva. La forma del hoyo le parecía extraña. El extremo donde ella estaba parada había sido cavado en forma de cuña afilada. El otro extremo reflejaba la misma forma, solamente invertida. Parecía que el asesino se había esforzado por hacer esa forma. “Pero ¿por qué?”, se preguntó Riley. “¿Qué podría significar?”. En ese momento, oyó la voz de Bill desde algún lugar detrás de ella. “Encontré algo. Vengan a echarle un vistazo”. CAPÍTULO SIETE Riley se dio la vuelta para ver lo que Bill había encontrado. Su voz venía desde detrás de los árboles a un lado del camino. “¿Qué es?”, dijo el jefe Belt. “¿Qué encontraste?”, dijo Terzis. “Solo vengan”, gritó Bill. Riley se puso de pie y se dirigió hacia él. Veía el arbusto por donde se había alejado del camino. “¿Ya vienen?”, preguntó Bill, comenzando a sonar un poco impaciente. Riley sabía por su tono de voz que hablaba en serio. Seguida de Belt y Terzis, se abrió paso entre el matorral hasta que llegó al pequeño espacio abierto donde Bill estaba parado, mirando el suelo. Definitivamente había encontrado algo. Había otro pedazo de tela en el suelo, sostenido en su lugar por pequeñas estacas en las esquinas. “Dios mío”, murmuró Terzis. “Espero no sea otro cuerpo”, dijo Belt. Pero Riley sabía que tenía que ser algo diferente. Por una parte, el hoyo era mucho más pequeño que el otro, y era cuadrado. Bill estaba colocándose guantes de plástico para evitar dejar huellas dactilares en lo que estaba a punto de descubrir. Luego se arrodilló y tiró suavemente de la tela. Lo único que Riley vio fue una pieza circular de madera oscura y pulida. Bill tomó el círculo de madera cuidadosamente con las dos manos y tiró de él hacia arriba. Todos excepto Bill jadearon ante lo que sacó lentamente del hoyo. “¡Un reloj de arena!”, dijo el jefe Belt. “El más grande que jamás he visto”, agregó Terzis. Y era cierto, el reloj de arena era de casi un metro de alto. “¿Seguro que no es una trampa?”, advirtió Riley. Bill se puso en pie con el objeto, manteniéndolo perpendicular, manejándolo con la misma delicadeza con la que podría manejar un artefacto explosivo. Lo colocó en posición vertical en el suelo al lado del hoyo. Riley se arrodilló y lo examinó de cerca. La cosa no parecía tener ningún cable o resorte. Pero ¿había ocultado algo debajo de la arena? Inclinó la cosa a un lado y no vio nada extraño. “Es solo un gran reloj de arena”, murmuró. “Y escondido al igual que la trampa en el sendero”. “No es un reloj de arena, exactamente”, dijo Bill. “Estoy bastante seguro de que mide un período de tiempo superior a una hora”. El objeto le pareció a Riley sorprendentemente hermoso. Los dos receptáculos de vidrio tenían una forma hermosa y estaban conectados entre sí por una estrecha abertura. Las piezas de madera redondas estaban conectadas por tres varillas de madera, talladas en patrones decorativos. La parte superior fue tallada en un patrón ondulado. La madera era oscura y estaba bien pulida. Riley los había visto antes, versiones más pequeñas para cocinar que contaban tres, cinco o veinte minutos. Este era mucho, mucho más grande, medía casi un metro de alto. El receptáculo inferior estaba parcialmente lleno de arena de color tostado. No había arena en el globo superior. El jefe Belt le preguntó a Bill: “¿Cómo supiste que algo estaba aquí?”. Bill estaba en cuclillas al lado del reloj de arena, examinándolo atentamente. Él preguntó: “¿Alguien más notó algo extraño en la forma del hoyo en el sendero?”. “Sí, yo sí”, dijo Riley. “Los extremos del hoyo habían sido cavados de forma extraña”. Bill asintió. “Era más o menos la forma de una flecha. La flecha señalaba al lugar donde el camino se curvaba y algunos de los arbustos estaban descompuestos. Así que me fui al lugar que estaba señalando”. El jefe Belt todavía estaba mirando el reloj de arena con asombro. “Bueno, qué suerte que lo hayas encontrado”, dijo. “El asesino quería que buscáramos aquí”, murmuró Riley. “Quería que descubriéramos esto”. Riley miró a Bill, y luego a Jenn. Sabían que estaban pensando justo lo que ella estaba pensando. La arena se había vaciado. De algún modo, de alguna forma que no entendían todavía, eso significaba que no habían tenido suerte en absoluto. Riley miró a Belt y le preguntó: “¿Alguno de tus hombres encontró un reloj de arena como este en la playa?”. Belt negó la cabeza y dijo: “No”. Riley sintió un cosquilleo de intuición. “Entonces no buscaron lo suficientemente bien”, dijo. Ni Belt ni Terzis hablaron por un momento. Parecían no poder creer lo que estaban oyendo. Luego Belt dijo: “Mira, algo como esto seguramente habría sobresalido. Estoy seguro de que no había nada parecido en la zona”. Riley frunció el ceño. Esta cosa que había sido colocada tan cuidadosamente tenía que ser importante. Estaba segura de que los policías habían pasado por alto algún otro reloj de arena. De hecho, Bill, Jenn y ella también tuvieron que haberlo pasado por alto en la playa. ¿Dónde podría estar? “Tenemos que volver para buscar”, dijo Riley. Bill llevó el enorme reloj de arena a la camioneta. Jenn abrió la parte de atrás, y ella y Bill colocaron el objeto adentro, asegurándose de que estuviera estabilizado por si había algún movimiento repentino o brusco. Lo cubrieron con una manta que estaba en la camioneta. Riley, Bill y Jenn se subieron a la camioneta y siguieron la patrulla del jefe de policía de vuelta a la playa. El número de periodistas reunidos en la zona de estacionamiento había aumentado, y cada vez estaban más agresivos. A lo que Riley y sus colegas se abrieron paso entre ellos y más allá de la cinta amarilla, se preguntó cuánto tiempo más serían capaces de ignorar sus preguntas. Cuando llegaron a la playa, el cuerpo ya no estaba en el hoyo. El equipo del médico forense ya lo había cargado en la furgoneta. Los policías locales todavía estaban revisando la zona en busca de pistas. Belt llamó a sus hombres, quienes se acercaron a él. “¿Alguien ha visto un reloj de arena por aquí?”, preguntó. “Un reloj de arena gigante, al menos de un metro de alto”. Los policías quedaron perplejos por la pregunta. Ellos movieron la cabeza y dijeron que no. Riley estaba empezando a impacientarse. “Tiene que estar por aquí”, pensó. Subió a la cima de una elevación cubierta de hierba y miró a su alrededor. Pero no veía ningún reloj de arena, ni siquiera arena perturbada que indicaría algo recién enterrado. ¿Su intuición estaba jugándole una mala pasada? Eso pasaba a veces. “No esta vez”, pensó. Estaba segura de ello en sus entrañas. Ella volvió y se quedó mirando dentro del hoyo. Era muy diferente al del bosque. Era más superficial, y no tenía forma. El asesino no pudo haber formado la arena seca de la playa en un puntero si lo hubiera intentado. Se dio la vuelta y observó en todas las direcciones. Lo único que vio fue arena y olas. La marea estaba baja. El asesino podría haber hecho una especie de flecha húmeda en la arena, pero habría sido vista de inmediato. Si no hubiera sido destruida, todavía estaría visible. Le preguntó a los demás: “¿Han visto a otra persona cerca de aquí, aparte del hombre con el perro que encontró el cuerpo?”. Los policías se encogieron de hombros y se miraron. Uno de ellos dijo: “Nadie, excepto Rags Tucker”. Los ojos de Riley se abrieron. “¿Quién es él?”, preguntó ella. “Solo un viejo y excéntrico vagabundo de playa”, dijo el jefe Belt. “Vive en una pequeña tienda india por allá”. Belt señaló por la playa, donde la costa se curvaba lejos de la zona donde se encontraban. Riley estaba un poco enfadada. “¿Por qué nadie lo había mencionado?”, espetó ella. “No tenía sentido hacerlo”, dijo Belt. “Hablamos con él justo cuando llegamos. No vio nada que tuviera que ver con el asesinato. Dijo que estaba dormido cuando sucedió”. Riley soltó un gemido de irritación. “Vamos a visitar a este tipo”, dijo. Seguida por Bill, Jenn y el jefe Belt, ella comenzó a caminar por la arena. Mientras caminaban, Riley le dijo a Belt: “Creí que habías cerrado la playa”. “Lo hicimos”, dijo Belt. “Entonces ¿por qué diablos sigue alguien aquí?”, preguntó Riley. “Bueno, como te dije, Rags vive aquí”, dijo Belt. “No tenía sentido echarlo. Además, no tiene otro lugar adonde ir”. Después de doblar la curva, Belt los llevó al otro lado de la arena a una elevación herbosa. El grupo se abrió paso entre la suave arena y hierba alta a la cima de la subida. Desde ahí Riley vio una pequeña choza improvisada a unos noventa metros de distancia. “Esa es la casa del viejo Rags”, dijo Belt. A medida que se acercaban, Riley vio que estaba cubierta con bolsas de plástico y mantas. Aquí detrás de la subida la marea no la alcanzaba. La tienda india estaba rodeada de mantas cubiertas con lo que parecía ser un surtido de objetos locos. Riley le dijo a Belt: “Háblame de este personaje Rags Tucker. ¿Belle Terre no tiene reglas en contra de la vagancia?”. Belt se echó a reír. Él dijo: “Bueno, sí, pero Rags no es exactamente un vagabundo. Es colorido, y le agrada a la gente, especialmente a los visitantes. Y no es un sospechoso, créeme. Él es el tipo más inofensivo del mundo”. Belt señaló las cosas en la manta. “Tiene una especie de negocio con todas estas cosas. Él recoge basura de la playa, y la gente acude a él para comprarle cosas, o para intercambiar cosas que ya no quieren. En gran parte es solo una excusa para que la gente se quede a hablar con él. Lo hace todo el verano, durante el tiempo que el clima es tolerable. Se las arregla para reunir el dinero suficiente para alquilar un pequeño apartamento barato en Sattler para el invierno. Luego regresa cuando el clima se vuelve a poner agradable”. A medida que se acercaban, Riley pudo ver los objetos con mayor claridad. Realmente era una extraña colección que incluía trozos de madera, conchas y otros objetos naturales, pero también tostadoras viejas, televisores rotos, lámparas antiguas y otros artículos que los visitantes, sin duda, le habían traído. Cuando llegaron a la orilla de las mantas extendidas, Belt dijo: “Hola, Rags. Me pregunto si podríamos hablar un poco más”. Una voz ronca respondió desde adentro de la tienda india. “Ya te dije que no vi a nadie. ¿No han atrapado al asqueroso? No me gusta la idea de un asesino en mi playa. Si supiera algo, ya te lo hubiera dicho”. Riley dio un paso hacia la tienda india y dijo: “Rags, necesito hablar con usted”. “¿Quién eres tú?”. “FBI. Me pregunto si tal vez se encontró un reloj de arena gigante”. No hubo respuesta por unos momentos. Luego una mano dentro de la tienda india echó a un lado una sábana que cubría la abertura. Adentro había un hombre flaco sentado con las piernas cruzadas, sus ojos grandes mirándola. Y justo delante de él había un reloj de arena enorme. CAPÍTULO OCHO El hombre de la tienda india se limitó a mirar a Riley con ojos grises grandes. Riley miró el vagabundo y el gran reloj de arena delante de él. Le pareció difícil decidir qué era lo más sorprendente. Rags Tucker tenía cabello gris largo y una barba que le llegaba hasta la cintura. Su ropa suelta hecha jirones complementaba el look. Naturalmente, se preguntó... “¿Este tipo es un sospechoso?”. Le pareció difícil de creer. Sus extremidades eran flacas y larguiruchas, y no parecía lo suficientemente robusto como para haber llevado a cabo cualquiera de estos asesinatos. Parecía bastante inofensivo. Riley también sospechaba que su aspecto desaliñado era una pantalla. No olía mal, al menos desde donde estaba, y su ropa se veía limpia, a pesar del desgaste. En cuanto al reloj de arena, se parecía mucho al que ellos habían encontrado en el camino. Era más de un metro de alto, con ondas talladas en la parte superior y tres varillas hábilmente talladas que sostenían todo. Sin embargo, no era idéntico al otro. Por un lado, la madera no era tan oscura, más bien de un color marrón rojizo. Aunque los patrones tallados eran similares, no parecían réplicas exactas de los diseños que habían visto en el primer reloj de arena. Pero esas pequeñas variaciones no eran las diferencias más importantes entre los dos. El mayor contraste era la arena que marcaba el paso del tiempo. En el reloj de arena que Bill había encontrado entre los árboles, toda la arena estaba en el receptáculo inferior. Pero en este reloj de arena, la mayor parte de la arena todavía estaba en el receptáculo superior. Esta arena estaba en movimiento, vaciándose lentamente en el otro receptáculo. Riley estaba segura de una cosa: que el asesino había querido que encontraran este reloj de arena, tan cierto como que había querido que encontraran el otro. Tucker finalmente habló. “¿Cómo sabías que lo tenía?”, le preguntó a Riley. Riley sacó su placa. “Yo haré las preguntas, si no le molesta”, dijo en una voz no amenazante. “¿Cómo lo consiguió?”. Tucker se encogió de hombros. “Fue un regalo”, dijo. “¿De quién?”, preguntó Riley. “De los dioses, tal vez. Prácticamente cayó del cielo. Cuando salí esta mañana, lo vi de inmediato, allá en las mantas con mis otras cosas. Lo metí a la tienda y me volví a dormir. Entonces me volví a despertar, y he estado aquí sentado mirándolo por un tiempo”. Se quedó mirando el reloj de arena fijamente. “Nunca había visto al tiempo pasar”, dijo. “Es una experiencia única. Se siente como si el tiempo pasara lento y rápido al mismo tiempo. Y hay una sensación de inevitabilidad al respecto. Como dicen, no se puede volver atrás en el tiempo”. Riley le preguntó a Tucker: “¿La arena estaba corriendo así cuando lo encontró, o usted le dio la vuelta?”. “No le hice nada”, dijo Tucker. “¿Crees que me atrevería a cambiar el flujo del tiempo? No me meto con asuntos cósmicos como ese. No soy tan estúpido”. “No, no es estúpido en absoluto”, pensó Riley. Ella sentía que estaba empezando a entender a Rags Tucker mejor con cada momento que conversaban. Cultivaba con cuidado este personaje vagabundo para el entretenimiento de los visitantes. Se había convertido en una atracción local aquí en Belle Terre. Y por lo que el jefe Belt había hablado de él, Riley sabía que se ganaba una vida modesta con ello. Se había establecido como un adorno local y tenía un permiso tácito para vivir exactamente donde quería. Rags Tucker estaba aquí para entretener y ser entretenido. Riley se dio cuenta de que esta era una situación delicada. Necesitaba quitarle el reloj de arena. Quería hacerlo rápido y sin alboroto. Pero ¿estaría dispuesto a renunciar al reloj? Aunque conocía las leyes de registro y confiscaciones perfectamente bien, no estaba del todo segura acerca de cómo aplicaban a un vagabundo que vivía en una tienda india en propiedad pública. Preferiría lidiar con esto sin tener que obtener una orden judicial. Pero tenía que proceder con cuidado. Ella le dijo a Tucker: “Creemos que pudo haber sido dejado aquí por la persona que cometió los dos asesinatos”. Los ojos de Tucker se abrieron de par en par. Luego Riley dijo: “Tenemos que llevarnos este reloj de arena. Podría ser una prueba importante”. Tucker negó con la cabeza lentamente. Él dijo: “Está olvidando la ley de la playa”. “¿Cuál es esa?”, dijo Riley. “‘El que se lo encuentra se lo queda’. Además, si esto realmente es un regalo de los dioses, no creo que deba separarme de él. No quiero violentar la voluntad del cosmos”. Riley estudió su expresión. Se dio cuenta de que no estaba loco ni delirante, aunque a veces podría actuar como tal. Eso formaba parte del espectáculo. No, este vagabundo en particular sabía exactamente lo que estaba haciendo y diciendo. “Este es su negocio”, pensó Riley. Riley abrió su cartera, sacó un billete de veinte dólares y se lo ofreció. Ella dijo: “Tal vez esto ayudará a aclarar las cosas con el cosmos”. Tucker esbozó una pequeña sonrisa. “No sé”, dijo. “El universo está muy caro”. Riley sentía que estaba entendiendo al hombre, así como también cómo seguirle el juego. Ella dijo: “Siempre en expansión, ¿eh?”. “Sí, desde el Big Bang”, dijo Tucker. Se frotó los dedos y agregó: “Y me enteré que está atravesando una nueva fase inflacionaria”. Riley no pudo evitar admirar la astucia y la creatividad del hombre. Supuso que lo mejor sería cerrar un trato con él antes de que la conversación se profundizara más, hasta el punto de que no llegara a entender nada. Sacó otro billete de veinte dólares de su cartera. Tucker arrebató ambos billetes de veinte de su mano. “Es suyo”, dijo. “Cuídelo mucho. Tengo la sensación de que esa cosa es muy poderosa”. Riley se encontró pensando que tenía razón, probablemente más razón de la que creía. Con una sonrisa, Rags Tucker agregó: “Creo que puede con eso”. Bill se puso los guantes de nuevo y se acercó al reloj de arena para tomarlo. Riley le dijo: “Ten cuidado, muévelo lo menos que puedas. No queremos interferir con la rapidez con la que se está moviendo”. A lo que Bill tomó el reloj de arena, Riley le dijo a Tucker: “Gracias por su ayuda. Quizá volvamos a hacerle más preguntas. Espero esté disponible”. Tucker se encogió de hombros y dijo: “Aquí estaré”. A lo que se dieron la vuelta para irse, el jefe Belt le preguntó a Riley: “¿En cuánto tiempo crees que toda la arena se vacíe en la parte inferior?”. Riley recordó que el médico forense había dicho que ambos asesinatos habían tenido lugar aproximadamente a las seis de la mañana. Riley miró su reloj. Ahora eran casi las once. Hizo unos cálculos en su mente. Riley le dijo a Belt: “La arena se agotará aproximadamente en diecinueve horas”. “¿Que pasará en ese entonces?”, preguntó Bill. “Alguien morirá”, dijo Riley. CAPÍTULO NUEVE Riley no podía sacarse las palabras de Rags Tucker de su mente. “Y hay una sensación de inevitabilidad al respecto”. Ella y sus colegas estaban haciendo su camino de regreso por la playa hacia la escena del crimen. Bill llevaba el reloj de arena, y Jenn y el jefe Belt lo flanqueaban para ayudarlo a mantenerlo estable. Estaban tratando de no afectar el flujo de arena. Y, por supuesto, de esa arena fue que la Rags había hablado. Inevitabilidad. Aunque se estremeció ante la idea, se dio cuenta de que era exactamente el efecto que el asesino tenía en mente. Los quería hacer sentir que su próximo asesinato era inevitable. Era su forma de ponerlos nerviosos. Riley sabía que no debían agitarse demasiado, pero le preocupaba que eso no sería fácil. Mientras caminaba por la arena, sacó su celular y llamó a Brent Meredith. Cuando contestó, ella dijo: “Señor, tenemos una situación grave en nuestras manos”. “¿Qué pasa?”, preguntó Meredith. “Nuestro asesino atacará cada veinticuatro horas”. “Dios mío”, dijo Meredith. “¿Cómo lo sabes?”. Riley estaba a punto de explicarle todo, pero cambió de opinión. Sería mejor si él realmente pudiera ver ambos relojes de arena. “Ya vamos de regreso a la camioneta”, dijo Riley. “Te llamaré por video cuando estemos allí”. Riley finalizó la llamada justo cuando llegaron a la escena del crimen. Los policías de Belt seguían en las yerbas pantanosas en busca de pistas. Quedaron boquiabiertos a lo que vieron a Bill cargando el enorme reloj de arena. “¿Qué demonios es eso?”, preguntó uno de los policías. “Evidencia”, dijo Belt. Se le ocurrió a Riley que lo último que quería en este momento era que los reporteros lograran echarle un vistazo al reloj de arena. Si eso ocurría, se correría aún más la voz, empeorando esta situación ya caótica. Y seguramente habría reporteros al acecho en la zona de estacionamiento. Ellos ya sabían que dos personas habían sido enterradas vivas. Jamás se rendirían hasta tener su historia. Se volvió hacia el jefe Belt y le preguntó: “¿Me puedes prestar tu chaqueta?”. Belt se quitó la chaqueta y se la entregó. Riley la usó para cubrir el reloj de arena con cuidado. “Vamos”, les dijo Riley a Bill y Jenn. “Tratemos de meter esto en nuestro vehículo sin atraer demasiada atención”. Sin embargo, cuando ella y sus dos colegas salieron de la cinta policial, Riley vio que habían llegado más reporteros. Se amontonaron alrededor de Bill, exigiendo saber lo que llevaba. Riley sintió una sacudida de alarma mientras apretaban a Bill, quien estaba tratando de mantener el reloj de arena lo más estable posible. Los empujones por sí solos podrían ser suficientes para interferir con el flujo de arena. Peor aún, alguien podría hacerlo caer de sus manos. Ella le dijo a Jenn: “Tenemos que alejarlos de Bill”. Ella y Jenn se abrieron paso entre los reporteros, ordenándolos a retroceder. Los reporteros obedecieron sin mucho alboroto y se quedaron mirando embobados. Riley se dio cuenta rápidamente... “Probablemente piensan que es una bomba”. Después de todo, esa posibilidad se le había ocurrido a ella y sus colegas en el bosque cuando Bill descubrió el primer reloj de arena. Riley se encogió ante la idea de los titulares que pronto podrían aparecer, y el pánico que eso podría conllevar. Le dijo bruscamente a los reporteros: “No es un artefacto explosivo. Solo es evidencia. Evidencia delicada”. Fue respondida por un coro de voces preguntándole qué era. Riley negó con la cabeza y se alejó de ellos. Bill había hecho su camino a la camioneta, así que ella y Jenn corrieron hacia él. Se metieron y aseguraron cuidadosamente el nuevo reloj de arena al lado del otro, el cual estaba sujetado en su lugar y cubierto con una manta. Los reporteros se reagruparon rápidamente y rodearon la camioneta, gritando preguntas de nuevo. Riley soltó un gemido de frustración. Nunca podrían trabajar con todo este gentío. Riley se puso al volante y comenzó a conducir. Un reportero especialmente determinado trató de bloquear su camino, colocándose directamente en frente del vehículo. Prendió las sirenas, y el reportero sobresaltado se echó a un lado. Comenzó a conducir, dejando a la manada de reporteros atrás. Después de conducir un kilómetro, Riley encontró un lugar bastante aislado donde podía estacionar el vehículo. Luego le dijo a Jenn y Bill: “Lo primero es lo primero. Hay que desempolvar los relojes de arena para ver si encontramos huellas dactilares”. Bill asintió y dijo: “Hay un kit en la guantera”. Mientras Jenn y Bill trabajaban, Riley sacó su tableta y llamó a Brent Meredith por video. Para su sorpresa, Meredith no fue el único rostro que apareció en su pantalla. Había ochos rostros más, incluyendo un rostro infantil y pecoso que Riley no quería ver en absoluto. Era el agente especial encargado Carl Walder, el jefe de Meredith en la UAC. Riley contuvo un gemido de desánimo. Ellos no habían estado de acuerdo en muchas cosas. De hecho, la había suspendido e incluso despedido en varias ocasiones. Pero ¿por qué estaba participando en esta llamada? Con un gruñido apenas disimulado, Meredith dijo: “Agente Paige, el jefe Walder ha tenido la amabilidad de participar en esta conversación. Y formó un equipo para ayudarnos en este caso”. Cuando Riley vio la expresión molesta en el rostro de Meredith, ella entendió perfectamente la situación. Carl Walder había estado monitoreando el caso durante toda la mañana. Justo cuando se enteró de que Riley había solicitado una videoconferencia con Meredith, había convocado a su propio grupo de agentes para que también participaran en ella. En este momento todos estaban sentados en sus oficinas y cubículos en la UAC, sus computadoras configuradas para videoconferencias. Riley no pudo evitar fruncir el ceño. El pobre Brent Meredith debió haber sentido que le habían tendido una emboscada. Riley estaba segura de que Walder estaba presumiendo, como de costumbre. Y al hacer que su propio equipo participara, estaba dando a conocer descaradamente su falta de confianza en el profesionalismo de Riley. Afortunadamente, ella había trabajado con algunas de las personas que Walder había convocado y confiaba en ellas. Ella vio a Sam Flores, un técnico de laboratorio brillante, y a Craig Huang, un agente de campo joven y prometedor. Aun así, lo último que necesitaba en ese momento era un equipo de personas a las cuales administrar y organizar. Ella sabía que funcionaría mejor trabajando solo con Bill y Jenn. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693743&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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