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Una Razón Para Rescatar Blake Pierce Un Misterio de Avery Black #5 Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre ‘Una vez desaparecido’) Del autor exitoso de misterio Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico: UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Un misterio de Avery Black, Libro 5), la última entrega de la serie de Avery Black. En el gran final de la serie de Avery Black, el asesino en serie Howard Randall ha escapado, y toda la ciudad de Boston está tensa. Mujeres están apareciendo horriblemente asesinadas, y todo el mundo sospecha que Howard está asesinando de nuevo. Cuando la detective de homicidios más brillante y controvertida de Boston, Avery Black, comienza a ser acechada y las personas cercanas a ella comienzan a ser brutalmente asesinadas, parece que los peores temores de la ciudad fueron confirmados. Pero Avery no está tan segura. Los asesinatos la recuerdan a algo que vio en el pasado. La recuerdan a algo demasiado personal, a algo que tenía que ver con un secreto que creía haber enterrado hace mucho tiempo.. El libro más fascinante e impactante de la serie, un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA RAZÓN PARA RESCATAR es el final que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Una obra maestra del thriller y el misterio. Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) U N A R A Z Ó N P A R A R E S C A T A R (UN MISTERIO DE AVERY BLACK – LIBRO 5) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Adam Machovsky, utilizada bajo licencia de shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Book #1) EL TIPO PERFECTO (Book #2) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE Al LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#uf1a01df0-4472-5a5a-baea-1b0c505babcb) CAPÍTULO UNO (#u30848079-de6a-59cf-92c1-fe972145c651) CAPÍTULO DOS (#u952ec922-c99f-5642-9662-f7e53f241ec6) CAPÍTULO TRES (#u19fccc7b-ddb3-5b1e-8415-d8d84e1859e5) CAPÍTULO CUATRO (#uc8993593-5409-57a9-b8d1-e37b0a9138d0) CAPÍTULO CINCO (#ufd207b30-8270-54bd-8956-ed361887fe62) CAPÍTULO SEIS (#u2b7b30d6-b7e8-5fa2-92a8-f56f819e06f5) CAPÍTULO SIETE (#u30a46857-4fc1-5f04-af0a-345b571a661f) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Kirsten se preparó para el frío de Bostón, ajustándose la bufanda alrededor de su cuello antes de la caminata de cuatro calles que le esperaba. Pasó todos los bares cerrados, se dio cuenta de que era demasiado tarde para caminar y sintió una punzada de miedo repentino. Miró de nuevo a la puerta del complejo de apartamentos del que acababa de salir y consideró cambiar de opinión. Tal vez debió haberse quedado en casa de su amiga. Amy le había insistido en que se quedara, que ya era demasiado tarde y había mucho frío afuera. Y aunque ambas cosas eran ciertas, Amy las había dicho con su cara acurrucada en el cuello de un hombre que había conocido en el bar. Y las manos del hombre habían estado en otro lugar. Y, honestamente, Kirsten no quería dormir en el sofá de Amy y escuchar a su mejor amiga y un tipo follar toda la noche. Honestamente, ella tampoco quería estar allí en la mañana para ayudar a Amy a idear una razón inteligente para sacar al tipo de su casa. Además, solo eran cuatro calles. Y en comparación con el frío despiadado que había arrasado a Boston hace aproximadamente un mes, esta noche parecía de primavera. Eran casi las tres de la mañana. Ella y Amy habían salido con la intención de embriagarse y hacer lo que sus cerebros de primates ebrios les sugirieran. Después de todo, sus sueños se habían hecho realidad este último año en la universidad. De alguna manera, a pesar de todo, ambas habían sido seleccionadas de su clase de fotoperiodismo, dos de los ocho candidatos, para pasar el verano en España. Estarían trabajando para una revista de naturaleza que atendía específicamente a los mercados educativos... y se les pagaría más dinero por una asignación que todo el dinero que la madre de Kirsten ganaba en un año. “Y eso la callará de una vez por todas”, pensó Kirsten. Amaba a su madre, pero estaba muy cansada de escucharla decir que una carrera como fotógrafa era un sueño imposible, una pérdida de tiempo. Llegó al final de la primera calle, miró el paso de peatones, lo encontró muerto y luego siguió adelante. El frío empezaba a molestarla. Lo sentía en su nariz como una presencia real, comenzando a pellizcarla. Se preguntó si Amy y su chico ya estaban desnudos. Se preguntó si el hombre era bueno para el sexo o si estaría impedido por la gran cantidad de licor que había ingerido. Ella no la había pasado muy bien. Había cenado en el bar en el que habían pasado toda la noche. No estaba segura si fueron los nachos que habían compartido o la pizza, pero su estómago no se sentía nada bien. Después de cuatro cervezas, sabía que su noche había terminado, que no haría más que hacerle compañía a Amy mientras se aniquilaba a sí misma trago tras trago. Sabía que Amy le contaría todos los detalles morbosos mañana. Y pensando en esos detalles morbosos, así como también en lo mucho que disfrutarían de sus vacaciones de verano en España, Kirsten apenas notó el sonido detrás de ella. Pasos. Los pelos de su cuello se le pusieron de punta, pero no se atrevió a voltearse. Aceleró el paso. Solo faltaban dos calles. Y ahora el frío realmente estaba apretando. De repente, los pasos estaban justo detrás de ella, y un hombre se le puso al lado. Parecía estar borracho y, cuando Kirsten dio un salto del susto, el hombre se echó a reír, claramente entretenido. “Lo siento”, dijo. “No fue mi intención asustarte. Solo estaba... bueno, ¿puedes ayudarme? Estaba bebiendo con unos amigos y... tenía que encontrarme con ellos en algún lugar después del bar, pero no recuerdo dónde. Soy de Nueva York... es mi primera vez en Boston. No tengo ni la menor idea dónde estoy”. Kirsten no se atrevió a mirarlo mientras negaba con la cabeza. Era algo más que estar incómoda cerca de un hombre borracho extraño a estas horas de la noche. Era saber que estaba tan cerca de estar en casa y solo quería que la noche terminara. “No, lo siento”, dijo ella. “¿En serio?”, dijo el hombre. De repente no parecía tan borracho. Curiosamente, sonaba entretenido por el hecho de que alguien estaría tan a la defensiva por algo tan inocente como ayudar a un chico perdido en una ciudad con la que no estaba familiarizado. Eso le pareció extraño cuando empezó a darse la vuelta, con la intención de acelerar el paso. Pero un pequeño movimiento le llamó la atención y la hizo vacilar. El hombre estaba agarrándose el estómago, como si fuera a vomitar. El brazo había estado allí todo el tiempo, pero Kirsten estaba bastante segura de que era por otra cosa. Se metió la mano en la chaqueta y fue entonces cuando vio que estaba sosteniendo algo. “Un arma”, pensó su mente aterrada. Sus músculos le exigieron que corriera. Miró su cara por primera vez y vio que algo estaba mal. Había estado fingiendo. Este no era un hombre borracho y perdido en absoluto. Sus ojos se veían demasiado sobrios y, ahora que estaba entrando en pánico, también un poco dementes. Lo que parecía un arma se acercó a ella rápidamente. Abrió la boca para gritar y pedir ayuda a lo que se dio la vuelta para correr. Pero entonces sintió algo golpearla por detrás, en el lado de su cabeza, justo debajo de la oreja, agudo e inmediato. Ella tropezó y cayó. Probó sangre en su boca y luego sintió unas manos encima. Sintió otra sensación punzante en su cabeza, pequeña pero estruendosa al mismo tiempo. El dolor era inmenso, pero no fue capaz de experimentarlo bien ya que todo pareció oscurecerse. La calle se desvaneció, al igual que la cara del hombre, y luego todo se puso negro. Su último pensamiento fue que su vida había resultado ser bastante corta, y que el viaje que cambiaría todo jamás tendría lugar. CAPÍTULO UNO Avery se sentía como si hubiera pasado las últimas dos semanas en alguna extraña cámara de aislamiento. Había entrado en ella por voluntad propia porque, francamente, no había ningún otro lugar en el que quería estar, salvo en las paredes estériles de la habitación de hospital en el que Ramírez aún se aferraba a la vida por los pelos. Su teléfono sonaba cada cierto tiempo con llamadas o mensajes de texto, pero rara vez los miraba. Su soledad solo era interrumpida por las enfermeras, los médicos y Rose. Avery sabía que probablemente estaba asustando a su hija. A decir verdad, también estaba empezando a asustarse a sí misma. Había estado deprimida antes, durante sus años de adolescencia y después de su divorcio, pero esto era algo nuevo. Esto iba más allá de la depresión, a un lugar en el que se la pasaba preguntándose si la vida que estaba viviendo en realidad seguía siendo suya. Sucedió hace dos semanas, más bien trece días, para ser exactos. Ese día Ramírez empeoró después de una cirugía para reparar los daños causados por una herida de bala que estuvo a meros centímetros de perforar su corazón. Los médicos dijeron que ahora tenía insuficiencia cardíaca. La situación era delicada; podría llegar a recuperarse totalmente en cualquier momento o podría fallecer cuando menos se lo esperaban. No había forma de saberlo con certeza. Había perdido mucha sangre en el tiroteo, técnicamente estuvo muerto durante cuarenta y dos segundos después de la insuficiencia cardíaca, y las cosas no se veían bien. Todo eso había sido seguido por las otras noticias terribles que recibió tan solo veinte minutos después de hablar con el médico. Howard Randall se había escapado de prisión. Y ahora, dos semanas después, aún no había sido capturado. Y si necesitaba un recordatorio de ese hecho terrible (que realmente no era el caso), lo veía por televisión cada vez que se dignaba a encenderlo. Se quedaba sentada como un zombi en la habitación de Ramírez viendo las noticias. Incluso cuando el escape de Howard no era el titular, aparecía en el teletipo dinámico en la parte inferior de la pantalla. Howard Randall sigue prófugo. Las autoridades no tienen respuestas. Toda la ciudad de Boston estaba nerviosa. Era como estar al borde de la guerra con otro país sin nombre y estar esperando que las bombas comenzaran a caer. Finley había intentado llamarla varias veces y O’Malley incluso había asomado su cabeza en la habitación en dos ocasiones. Incluso Connelly parecía estar preocupado por su bienestar, expresándolo en un mensaje de texto simple que todavía miraba con una especie de apreciación muda. Tómate tu tiempo. Llama si necesitas algo. Le estaban dando espacio y tiempo para hacer el luto. Ella lo sabía y se sentía un poco tonta debido al hecho de que Ramírez aún no estaba muerto. Pero este tiempo también era para permitirle procesar el trauma de lo que le había sucedido durante el último caso. Aún sentía escalofríos al pensarlo, al recordar la sensación de casi haberse muerto de frío en dos ocasiones separadas, adentro de un congelador industrial y por caer en aguas casi congeladas. Pero también le atormentaba el hecho de que Howard Randall estaba prófugo. Se había escapado de alguna manera, promoviendo aún más su imagen ya enigmática. Había visto en las noticias que personas de mala reputación estaban elogiando a Howard por sus habilidades de escaparse de la cárcel sin dejar rastro. Avery pensó en todo esto sentada en uno de los sillones reclinables que una enfermera amable había colocado en la habitación al darse cuenta de que pasaría allí un buen rato. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un ring de su teléfono. Era el único sonido que permitía últimamente, una señal de que Rose quería comunicarse con ella. Avery miró su teléfono y vio que su hija le había enviado un mensaje de texto. ¿Cómo estás, mamá? ¿Sigues en el hospital? Ya no puedes seguir así. Sal a tomarte un trago con tu hija. Por deber más que por cualquier otra cosa, Avery le respondió. Tú no tienes 21. La respuesta llegó de inmediato: Ay mamá, qué tierno. Hay muchas cosas que no sabes de mí. Y quizás te cuente algunos de esos secretos si sales conmigo. Solo una noche. Él estará bien sin ti. Avery colocó su teléfono a un lado. Sabía que Rose tenía razón, aunque no pudo evitar sentirse atormentada por la posibilidad de que Ramírez podría despertar mientras que ella estaba ausente. Y nadie estaría allí para darle la bienvenida, para tomar su mano y explicarle lo que había sucedido. Se bajó del sillón reclinable y se acercó a él. Había superado el hecho de que se veía débil, conectado a máquinas y con un tubo delgado que recorría su garganta. Cuando recordaba por qué estaba allí, cuando recordaba que había recibido un disparo que quizás la habría alcanzado a ella, se veía más fuerte que nunca. Pasó sus manos por su cabello y le besó la frente. Luego tomó su mano y se sentó en el borde de la cama. Aunque jamás se lo diría a nadie, le había hablado varias veces, con la esperanza de que pudiera oírla. Lo estaba haciendo ahora, sintiéndose un poco tonta al principio, como de costumbre, pero acostumbrándose poco después. “Mira, no he salido del hospital en tres días. Necesito ducharme. Quiero comerme algo decente y tomarme una taza de buen café. Voy a salir un rato, ¿de acuerdo?”, le dijo. Ella le apretó la mano, su corazón rompiéndose un poco cuando se dio cuenta de que estaba esperando ingenuamente que él le apretara la suya. Le dio una mirada suplicante, suspiró y luego cogió su teléfono. Miró el televisor antes de salir de la habitación. Agarró el control remoto para apagarlo y vio un rostro que había pasado las últimas dos semanas tratando de sacarse de la mente. Howard Randall la miraba, su foto policial en el medio de la pantalla mientras que un presentador de noticias serio leía algo de un teleprompter. Avery apagó el televisor con disgusto y salió de la habitación rápidamente, como si la imagen de Howard en la pantalla hubiera sido un fantasma que quería atormentarla. *** Saber que Ramírez había estado a punto de mudarse con ella (y, según el anillo que había sido descubierto en su bolsillo, también a punto de pedirle que se casara con él) hacía que regresar a su apartamento fuera lúgubre. Observó los alrededores a lo que entró. El lugar se veía muerto. Se sentía como si nadie hubiera vivido allí en mucho tiempo, un lugar que estaba esperando ser despojado, repintado y alquilado a otra persona. Pensó en llamar a Rose. Podrían pasar el rato y pedir una pizza. Pero sabía que Rose querría hablar de lo que estaba pasando y Avery todavía no estaba preparada para eso. Por lo general procesaba las cosas bastante rápido, pero esto era diferente. El hecho de que Ramírez estaba en peligro y que Howard Randall había escapado... era demasiado para ella. Aunque el lugar realmente ya no se sentía como su casa, anhelaba estirarse en ese sofá. Y su cama estaba llamando su nombre. “Sigue siendo mi hogar”, pensó. “Solo porque Ramírez no sobreviva y no termine aquí contigo no significa que este no sigue siendo tu hogar. No seas tan dramática”. Y allí estaba, tan claro como el agua. Hasta ahora había logrado proteger sus pensamientos contra esa realidad pero, ahora que había pensado en ello, era un poco más asombroso de lo que había supuesto. Con los hombros caídos, se dirigió al baño. Se desnudó, se metió en la bañera, cerró la cortina y abrió el agua caliente. Se quedó allí durante varios minutos antes de tocar el jabón o champú, dejando que el agua relajara sus músculos. Cerró la ducha cuando termino de asearse, metió el tapón en la bañera y dejó que la bañera comenzara a llenarse con agua caliente. Se sentó a lo que se llenó, permitiéndose a sí misma relajarse un poco. Cuando el agua estaba en el borde, cerró el grifo con la punta del pie y luego cerró los ojos. El único sonido en el apartamento era el goteo lento y rítmico del exceso de agua del grifo y el sonido de su propia respiración. Y poco después, un tercer sonido: el llanto de Avery. Había logrado mantenerse calmada, no queriendo mostrar ese lado de sí misma en el hospital y no queriendo que Ramírez lo escuchara, si es que podía escuchar en absoluto. Aunque se había metido en el baño de su habitación unas cuantas veces para llorar un poco, esta era la primera vez que se desahogaba bien. Lloró en la bañera y, justo cuando la idea de que Ramírez posiblemente no sobreviviría finalmente pasó por su mente, su llanto se intensificó un poco. Siguió llorando y no salió de la bañera hasta que el agua se volvió tibia y sus pies y manos estaban arrugados. Cuando por fin salió, oliendo como un ser humano normal y habiéndose desahogado un poco, se sintió mucho mejor. Después de vestirse, incluso se tomó el tiempo para ponerse un poco de maquillaje y logró arreglarse el cabello. Luego se aventuró a la cocina, se sirvió un plato de cereal como una merienda vespertina y revisó su teléfono, que había dejado sobre la encimera de la cocina. Tenía tres mensajes de voz y ocho mensajes de texto. Todos eran de números que conocía. Dos eran de la comisaría. Los otros eran de Finley y O’Malley. Uno de los mensajes de texto era de Connelly. Fue el último que le había llegado, hace siete minutos, y no fue nada sutil. El mensaje de texto decía: Avery, ¡más te vale que contestes tu maldito teléfono si valoras tu trabajo! Sabía que solo quería asustarla, pero el hecho de que Connelly le había enviado un mensaje de texto significaba que algo pasaba. Connelly rara vez enviaba mensajes. Algo grave tenía que estar pasando. No se molestó en comprobar los mensajes de voz. En vez decidió llamar a O’Malley. No quería hablar con Finley porque solía portarse extraño en situaciones incómodas. Y no quería hablar con Connelly ya que de seguro estaba de mal humor. O’Malley respondió casi de inmediato. “Avery. Dios... ¿dónde demonios has estado?”. “En la bañera”. “¿Estás en tu apartamento?”. “Sí. ¿Hay algún problema? Vi que Connelly me envió un mensaje de texto. ¡Un mensaje de texto! ¿Qué pasa?”. “Pasó algo grave y... si te sientes preparada, queremos que trabajes en ello. En realidad... incluso si no te sientes preparada, Connelly te quiere aquí”. “¿Por qué?”, preguntó, intrigada. “¿Qué pasó?”. “Solo... solo vente a la comisaría”. Ella suspiró, dándose cuenta de que la idea de volver a trabajar realmente la hacía sentirse bien. Tal vez le daría un poco de energía. Tal vez lograría sacarla de esta depresión terrible en la que había estado durante las últimas dos semanas. “¿Qué es tan importante?”, preguntó. “Tenemos un asesinato”, dijo O’Malley. “Y estamos seguros de que fue obra de Howard Randall”. CAPÍTULO DOS Avery se sintió más atemorizada cuando llegó a la comisaría. Había furgonetas de noticias por todas partes, con un montón de presentadores de noticias compitiendo por la mejor posición. Había tanta conmoción en el estacionamiento y en el césped que había agentes uniformados en las puertas delanteras, manteniéndolos a raya. Avery condujo a la otra entrada, lejos de la calle, y vio que había unas cuantas furgonetas estacionadas allí también. Vio a Finley entre los pocos oficiales en la parte posterior del edificio que estaban posicionados para mantener la paz. Cuando vio su auto, salió de la multitud y le hizo un gesto para que se acercara a él. Al parecer, Connelly lo había enviado para servir como guardia y asegurarse de que fuera capaz de entrar a pesar de toda la locura. Estacionó su auto y se fue tan rápido como pudo a la entrada trasera. Finley se colocó a su lado enseguida. Debido a su historial como abogado, así como por los casos de alta repercusión mediática en los que había trabajado como detective, Avery sabía que algunos de los reporteros reconocían su rostro. Afortunadamente, gracias a Finley, nadie pudo verla bien. “¿Qué diablos está pasando? ¿Atrapamos a Randall?”, preguntó Avery. “Me encantaría contarte lo que sucedió”, dijo Finley. “Pero Connelly me dijo que no te dijera nada. Quiere ser el primero en hablar contigo”. “Eso es justo, supongo”. “¿Cómo estás, Avery?”, preguntó Finley mientras caminaban rápidamente a la sala de conferencias cerca de la parte trasera de la sede de la A1. “Digo, ¿con todo esto de Ramírez?”. Trató de no darle mucha importancia a todo. “Estoy bien. Lidiando con todo”. Finley percibió que no quería seguir hablando de eso, así que no le hizo más preguntas. Caminaron el resto del camino a la sala de conferencias en silencio. Esperaba que la sala de conferencias estuviera igual de llena como el estacionamiento. Supuso que algo relacionado con Howard Randall tendría a todo oficial disponible en la sala. En cambio, cuando entró con Finley, solo vio a Connelly y O’Malley sentados en la mesa de conferencias. Los dos hombres que ya estaban en la habitación tenían expresiones opuestas en sus rostros; la mirada de O’Malley era una de preocupación, mientras que la expresión de Connelly parecía decir: “¿Qué demonios se supone que voy a hacer contigo ahora?”. Cuando tomó asiento se sintió como un niño que había sido enviado a la oficina del director. “Gracias por venir tan rápido”, dijo Connelly. “Sé que estás pasando por algo muy terrible. Y créeme... solo te quiero aquí porque supuse que querrías estar involucrada en lo que está pasando”. “¿Howard mató a alguien?”, preguntó. “¿Cómo lo saben? ¿Lo atraparon?”. Los tres hombres compartieron una mirada incómoda. “No, no exactamente”, dijo Finley. “Sucedió anoche”, dijo Connelly. Avery suspiró. De hecho, había estado esperando escuchar algo como esto en las noticias o por medio de un mensaje de texto de la A1. Sin embargo... el hombre al que había llegado a conocer desde el otro lado de una mesa en la cárcel no parecía capaz de cometer asesinatos. Era extraño... ella lo conocía bien de su pasado como abogada y sabía que era capaz de asesinar. Lo había hecho en numerosas ocasiones; once asesinatos estuvieron conectados a su archivo cuando fue a la cárcel y se especuló que había muchos más que podrían atribuirse a él más adelante con más pruebas. Pero algo acerca de la noticia la sorprendió a pesar de que sonaba completamente normal. “¿Estamos seguros de que es él?”, preguntó Avery. Connelly se puso incómodo al instante. Dejó escapar un suspiro y se levantó de la silla, comenzando a caminar de un lado a otro. “No tenemos pruebas contundentes. Pero era una chica universitaria y el asesinato fue lo suficientemente horrible como para hacernos pensar que fue Randall”. “¿Ya armaron un archivo?”, preguntó. “Estamos en eso ahora mismo y...”. “¿Puedo verlo?”. Connelly y O’Malley compartieron otra mirada. “No necesitamos que te adentres demasiado en el caso”, dijo Connelly. “Te consultamos porque conoces muy bien al desgraciado. Esta no es una invitación para que te metas a lleno en el caso. Estás lidiando con demasiado en este momento”. “Aprecio eso. ¿Hay fotos de la escena del crimen?”. “Sí”, dijo O’Malley. “Pero son bastante espantosas”. Avery no dijo nada. Se sentía un poco molesta por el hecho de que la trataran así a pesar de haberla llamado con tanta urgencia. “Finley, ¿podrías correr a mi oficina y agarrar el material que tenemos?”, preguntó Connelly. Finley se levantó, tan obediente como siempre. Al verlo irse, Avery se dio cuenta de que las dos semanas que había pasado en un estado de duelo incierto parecían mucho más que eso. Amaba su trabajo y había extrañado mucho este lugar. Se sentía mejor solo por estar alrededor de la máquina bien engrasada, aunque fuera solo para ser un recurso para O’Malley y Connelly. “¿Cómo está Ramírez?”, preguntó Connelly. “La última actualización que obtuve fue hace dos días, y que sigue igual”. “Sigue igual”, dijo con una sonrisa cansada. “No hay malas noticias, no hay buenas noticias”. Casi les contó sobre el anillo que las enfermeras habían encontrado en su bolsillo, el anillo de compromiso que Ramírez había estado preparado para ofrecerle. Tal vez eso los ayudaría a entender por qué había decidido quedarse a su lado todo este tiempo. Antes de que la conversación pudiera avanzar, Finley volvió a entrar en la sala con una carpeta de archivos que no contenía mucho. La colocó frente a ella, obteniendo una señal de aprobación de Connelly. Avery abrió las imágenes y las examinó. Había siete en total. O’Malley no había exagerado. Las imágenes eran bastante alarmantes. Había sangre por todas partes. La niña había sido arrastrada a un callejón y despojada de su ropa. Su brazo derecho parecía estar roto. Tenía el cabello rubio, aunque la mayor parte estaba manchada de sangre. Avery buscó heridas de bala o de arma blanca, pero no vio ninguna. No fue hasta que llegó a la quinta imagen que un primer plano de la cara de la chica reveló el método de matar. “¿Clavos?”, preguntó. “Sí”, dijo O’Malley. “Y por lo que vemos, fueron colocados con tanta precisión y fuerza que el asesino tuvo que haberlo hecho con una de esas pistolas de clavos. El equipo de ciencias forenses está trabajando en ello, así que solo podemos especular por los momentos. Creemos que el primer disparo fue el que la alcanzó detrás de la oreja izquierda. Debió haber sido disparado desde lejos porque no perforó por completo. Perforó el cráneo, pero eso es lo único que sabemos hasta ahora”. “Y si ese no fue el que la mató”, dijo Connelly, “el que entró por debajo de su mandíbula desde luego lo hizo. Desgarró la parte inferior de su boca, perforó su paladar y entró por su fosa nasal hasta llegar al cerebro”. “Parece obra de Howard Randall”, pensó Avery. “Eso no se puede negar”. Sin embargo, había otras cosas en la imagen que no se alineaban con lo que sabía sobre Howard Randall. Estudió las imágenes, descubriendo que, de todos los casos en los que había trabajado, estas imágenes estaban entre las más sangrientas e inquietantes. “Entonces, ¿qué es exactamente lo que necesitan de mí?”. “Como ya dije... conoces a este tipo bastante bien. Basándote en lo que sabes, yo quiero saber dónde podría estarse quedando. Me atrevo a decir que se quedó aquí en la ciudad basándome en este asesinato”. “¿No es peligroso asumir que esta es la obra de Howard Randall?”. “¿Dos semanas después de que se escapó de la cárcel?”, preguntó Connelly. “No. Más bien me dice a gritos que fue Howard Randall. ¿Necesitas volver a revisar las fotos de las escenas de los crímenes de sus casos?”. “No”, dijo Avery enrabietada. “No es necesario”. “¿Qué puedes decirnos entonces? Hemos estado buscándolo durante dos semanas y hasta los momentos no tenemos nada”. “Pensé que no me querías en el caso”. “Necesito tu consejo y ayuda”, dijo Connelly. Le pareció un insulto, pero no quiso discutir. Además, le daría a su mente algo en qué centrarse aparte de la condición de Ramírez. “Nunca me daba respuestas directas cuando hablaba con él. Siempre me hablaba en acertijos. Lo hizo para meterse conmigo, para hacerme trabajar por la respuesta. También lo hizo simplemente para divertirse. Creo que me consideraba una conocida. No una amiga, pero alguien con quien podía hablar de cosas intelectuales”. “¿Y no estaba resentido por todo ese drama que vivió contigo?”. “¿Por qué lo estaría?”, preguntó ella. “Yo logré que saliera en libertad. Recuerden que, en esencia, él mismo fue el que se entregó después. Volvió a matar solo para mostrar lo incompetente que yo era”. “Pero estas pequeñas visitas en la cárcel... ¿le agradaban?”. “Sí. Y, honestamente, nunca lo entendí. Creo que se trataba del respeto. Y aunque suene muy tonto, creo que hay una parte de él que siempre lamentó el último asesinato, de haberme hecho quedar mal en el proceso”. “¿Y te habló alguna vez de tratar de escapar?”, preguntó O’Malley. “No. En todo caso, se sentía cómodo allí. Nadie se metía con él. Todo el mundo lo respetaba. También lo temían. Pero era básicamente el rey de ese lugar”. “Entonces ¿por qué se escapó?”, preguntó Connelly. Avery sabía a qué quería llegar, lo que estaba tratando de hacerla decir. Y lo peor de todo era que tenía sentido. “Howard solo se escaparía si tuviera algo que hacer afuera. Algún asunto pendiente. O tal vez solo estaba aburrido”, pensó. “Es un hombre inteligente”, dijo Avery. “Muy inteligente. Tal vez quería ser desafiado de nuevo”. “O tal vez quería volver a matar”, dijo Connelly con disgusto, señalando las imágenes. “Posiblemente”, concedió ella. Luego miró las fotos. “¿Cuándo fue encontrada?”. “Hace tres horas”. “¿Su cuerpo sigue allí?”. “Sí, acabamos de regresar de la escena. El médico forense llegará a la escena en unos quince minutos. El equipo de ciencias forenses se quedó allí con el cuerpo mientras llegaba”. “Llama al equipo, diles a todos que esperen. Que no toquen el cuerpo. Quiero ver la escena”. “Te dije que no estás en este caso”, dijo Connelly. “Eso es verdad. Pero si quieres que te diga en qué tipo de estado mental se encuentra Howard Randall, si es que cometió este asesinato, mirar las fotos no será suficiente. Y, a riesgo de sonar arrogante, sabes que soy la mejor investigadora de escenas del crimen”. Connelly maldijo por lo bajo. Sin decir nada más, se alejó de ella y sacó su teléfono celular. Tecleó el número y logró comunicarse con alguien unos segundos más tarde. “Es Connelly”, dijo. “Miren. No muevan el cuerpo. Avery Black está en camino”. CAPÍTULO TRES Por extraño que parezca, Connelly le encargó a Finley la tarea de dirigirse a la escena del crimen con ella. Finley no habló mucho en el camino, mirando por la ventana pensativamente. Sabía que Finley nunca se había metido en las profundidades de los casos de gran repercusión mediática. Sentía lástima por él si este era su primer caso. “Creo que se están preparando para lo peor, alguien necesita dar un paso adelante si Ramírez no sobrevive. Finley es tan bueno como cualquiera. Mejor, tal vez”, pensó. Cuando llegaron a la escena del crimen, era evidente que el equipo de ciencias forenses y los investigadores de la escena del crimen habían terminado sus labores. Estaban pasando el rato, la mayoría de ellos parados cerca de la cinta de la escena del crimen colocada alrededor de la entrada del callejón. Uno de ellos tenía una taza de café en la mano y eso hizo que Avery se diera cuenta de que ya era de día. Miró su reloj y vio que solo eran las 8:45. “Dios”, pensó. “He perdido toda noción del tiempo en estos días. Llegué a mi apartamento a las nueve anoche”. Esta idea la hizo sentirse cansada. Pero la echó a un lado mientras ella y Finley se acercaban a los investigadores reunidos. Mostró su placa y Finley asintió a su lado. “¿Estás segura de que estás lista para esto?”, preguntó Finley. Se limitó a asentir cuando entraron en el callejón, pasando por debajo de la cinta de la escena del crimen. Caminaron por el callejón y luego giraron a la izquierda en el lugar donde el callejón desembocaba en un área pequeña llena de polvo, suciedad y grafiti. Había unos contenedores de basura de la ciudad en una esquina. No muy lejos de ellos se encontraba la mujer que Avery había visto en las fotos de la escena del crimen. Esas fotos no la habían preparado completamente para verla en la vida real. La sangre, por su parte, era mucho peor ahora. Sin el acabado brillante de las fotos, se veía mortal. La naturaleza sorprendente del asesinato la devolvió a la realidad, alejando su mente por completo de la habitación de hospital de Ramírez. Dio un paso adelante con cuidado para no pisar la sangre y dejó que su mente hiciera lo suyo. “El sostén y las pantis que llevaba no son sensuales o provocativas en absoluto”, pensó. “Esta chica no había salido con intenciones de acostarse con nadie. Es muy probable que su atuendo tampoco es muy revelador”. Poco a poco le dio la vuelta al cuerpo, su mente analizando cada detalle. Vio la herida punzante donde el clavo había perforado la parte inferior de su mandíbula. Pero también vio otras heridas, todas exactamente iguales, todas infligidas con una pistola de clavos. Una entre sus ojos. Una justo por encima de su oreja izquierda. Una en cada rodilla, una en su pecho, una por la mandíbula y una en la parte posterior de su cabeza. El flujo de la sangre y la descripción breve que Connelly le había dado sugería que había heridas similares en la parte posterior del cuerpo de la chica, que se encontraba presionado contra la pared de ladrillos como una muñeca de trapo. Toda la escena era brutal, excesiva y violenta. La guinda del pastel era el hecho de que su mano izquierda estaba ausente. El muñón seguía sangrando, sugiriendo que su mano había sido cortada hace no más de seis horas. Llamó al puñado de investigadores por encima del hombro. “¿Alguna señal preliminar de violación?”. “Nada visible”, respondió uno de ellos. “No lo sabremos con certeza hasta que la saquemos de aquí”. El comentario sonó tajante, pero lo ignoró. Rodeó la mujer poco a poco. Finley la observaba desde una distancia segura, viéndose como si prefiriera estar en cualquier otra parte del mundo. Estudió el cuerpo, la naturaleza del mismo. Esto fue hecho por alguien que necesitaba demostrar algo. Eso era evidente. “Es por eso que quieren saltar directamente a Howard”, pensó. “Él acaba de escapar, fue encarcelado por sus crímenes y ahora quiere demostrar que sigue siendo peligroso, a sí mismo y a la policía”. Pero eso no le parecía correcto. Howard estaba demente, pero esto era casi brutal. No era digno de él. “A Howard no le importa matar, ni tampoco hacerlo de formas que capten la atención de los medios. Después de todo, dispersaba las partes de los cuerpos de sus víctimas por todo Harvard. Pero nada como esto. Esto es obsceno. Los asesinatos de Howard eran violentos, pero la evidencia sugiere que estranguló a sus víctimas antes de cortarlas. Pero los cortes fueron muy precisos”. Cuando finalmente se apartó de la escena, registrando todo en su cabeza, Finley dio un paso adelante. “¿Qué opinas?”, preguntó. “Tengo una idea”, dijo. “Pero sé que a Connelly no le gustará”. “¿Cuál es tu idea?”. “Howard Randall no tuvo nada que ver con esto”. “Mierda. ¿Y qué de la mano? ¿Qué nos apostamos a que está escondida en algún lugar en el campus de Harvard?”. Estaba haciendo una suposición justa, pero todavía no se lo creía. Empezaron a caminar de regreso al auto pero, antes de que pudieran llegar a la cinta de la escena del crimen, vio a un auto frenar bruscamente en la acera de la calle. No reconoció el auto, pero sí el rostro. Era el alcalde. “¿Qué está haciendo este cretino aquí?”, se preguntó. “¿Y por qué se ve tan molesto?”. El hombre se acercó a los investigadores restantes, todos los cuales comenzaron a abrirse paso para dejarlo pasar. Avery pasó por debajo de la cinta de la escena del crimen. Supuso que podría impedirle el paso antes de que metiera la nariz en el caos sangriento detrás de ella. La cara del alcalde Greenwald estaba roja de la rabia. “Avery Black, ¿qué demonios estás haciendo aquí?”, espetó. “Bueno, señor”, dijo ella, no del todo segura de qué respuesta inteligente le daría. A la final no importó. Otro auto frenó bruscamente a lo largo de la acera, casi chocando con el auto del alcalde. Avery sí reconocía este auto. Connelly salió del asiento del pasajero. O’Malley apagó el motor antes de bajarse, alcanzando a Connelly. “Alcalde Greenwald”, dijo Connelly. “Esto no es lo que cree”. “¿Qué fue lo que me dijiste esta mañana?”, dijo Greenwald. “Me dijiste que todas las señales apuntaban a que este asesinato fue obra de Howard Randall. Me aseguraste que manejarías el asunto con cuidado y que la escena del crimen podría ofrecer pistas sobre dónde se estaba escondiendo ese hijo de puta. ¿O no fue así?”. “Sí, señor, sí fue así”, dijo Connelly. “¿Y ahora me dices que involucrar a Avery Black en el caso es encargarse del asunto? ¿La misma detective que los medios de comunicación saben se reunía en privado con él?”. “Señor, le aseguro que ese no es el caso. La llamé solo para consultar con ella. Después de todo, ella conoce a Howard Randall mejor que cualquier otra persona en la fuerza”. “No me importa. Si los medios de comunicación se enteran de esto... si siquiera piensan que la detective Black es la encargada de este caso, vivirás para lamentarlo”. “Sí, entiendo, señor. Pero el...”. “Esta ciudad ya está aterrada por el hecho de que Randall está suelto”, continuó el alcalde. “Sabes tan bien como yo que estamos recibiendo al menos treinta llamadas al día de personas preocupadas que piensan que lo localizaron. Cuando se enteren de este asesinato, y seamos sinceros, solo es cuestión de tiempo, sabrán que fue él. Y si Avery Black está en el caso...”. “No importará”, dijo Avery, después de haber escuchado lo suficiente. “¿Qué dijiste?”, gritó el alcalde Greenwald. “Dije que no importará. Howard Randall no lo hizo”. “Avery...”, dijo O’Malley. Connelly y el alcalde Greenwald la miraron como si hubiera dicho una locura. “¿Estás hablando en serio?”, preguntó Greenwald. Y antes de que pudiera responder, Connelly se puso de su lado. “Black... sabes que esto es obra de Howard Randall. ¿Por qué diablos dices que no es así?”. “Solo busca los archivos”, dijo. Luego miró a Greenwald y agregó: “Usted también. Verifique los archivos de Howard Randall. Encuentre algo parecido a esto, tan exagerado y sangriento. El desmembramiento es una cosa. Pero esto es explotador. Howard primero estranguló a sus víctimas. Lo que estoy viendo con esta última muerte es totalmente distinto”. “Howard Randall aplastó la cabeza de una mujer con un maldito ladrillo”, dijo Greenwald. “Yo diría que eso es bastante sangriento y brutal”. “Es verdad. Sin embargo, esa señora fue golpeada dos veces y el informe muestra que fue el segundo golpe el que la mató, no el primero. Howard Randall no hace esto por emoción, violencia o explotación. Hubo poca sangre incluso cuando dispersó las partes del cuerpo. Casi como si él le huyera a la sangre, a pesar de sus acciones. Pero este asesinato... es demasiado. Es arbitrario. Y aunque es un monstruo y un asesino, Howard Randall no es arbitrario”. Observó un cambio en la expresión de Connelly. Al menos estaba considerándolo. Por otra parte, el alcalde Greenwald no le creía nada. “No. Esto es obra de Howard Randall y es ridículo pensar lo contrario. En lo que a mí respecta, este asesinato pendre un fuego debajo de toda la división de la A1, ¡más bien debajo de todos los oficiales de esta ciudad! Quiero a Howard Randall esposado o rodarán cabezas. Y quiero a Avery Black fuera de este caso inmediatamente. ¡No estará involucrada en ningún aspecto del caso!”. Con eso, Greenwald irrumpió de nuevo a su auto. Avery había sobrevivido otras reuniones con él en el pasado y estaba empezando a pensar que irrumpía en todas partes. Nunca lo había visto caminar como una persona normal. “Ya enrabietaste al alcalde y apenas acabas de regresar al trabajo”, dijo O’Malley. “No estoy trabajando”, señaló Avery. “¿Cómo se enteró que estaba aquí de todos modos?”. “Ni idea”, dijo Connelly. “Asumo que un equipo de noticias te vio salir de la comisaría y que alguien le avisó. Tratamos de llegar aquí antes que él, pero obviamente no pudimos”. Suspiró, recuperó el aliento, y agregó: “¿Qué tan segura estás de que Randall no cometió este asesinato? ¿Cien por ciento segura?”. “Obviamente no. Pero esto no encaja con ninguno de sus otros asesinatos. Este se siente diferente. Se ve diferente”. “¿Crees que podría ser un imitador?”, preguntó Connelly. “Supongo que sí. Pero ¿por qué? Y si está tratando de copiar a Randall, lo está haciendo muy mal”. “¿Qué tal un fanático a quien le gusta la cultura del crimen?”, preguntó Connelly. “Uno de estos perdedores que se puso duro cuando Randall escapó y finalmente se armó de valor para matar por primera vez”. “Me parece una exageración”. “También lo es no señalar a Howard Randall por un asesinato muy parecido a sus asesinatos anteriores”. “Señor, querías mi opinión”. “Bueno”, dijo Connelly, “ya oíste a Greenwald. No puedo permitir que nos ayudes en este caso. Aprecio que hayas venido esta mañana, pero... supongo que fue un error”. “Creo que tienes razón”, dijo ella, odiando la facilidad con la que Connelly se quebrantaba ante la presión ejercida por el alcalde. Era una costumbre y era una de las únicas razones por las que siempre se le había hecho difícil respetar a su capitán. “Lo siento”, le dijo O’Malley mientras se dirigían hacia el auto. Finley caminaba detrás de ellos después de haber visto todo el enfrentamiento incómodo. “Tal vez tiene razón. Incluso si el alcalde no hubiera presionado tanto, ¿realmente crees que deberías involucrarte en algo así ahora mismo? Solo han pasado dos semanas desde tu último gran caso... y estuviste al borde de la muerte. Y solo han pasado dos semanas desde que Ramírez...”. “O’Malley tiene razón”, dijo Connelly. “Tómate un poco más de tiempo libre. Unas semanas más. ¿Puedes hacerlo?”. “Es lo que es”, dijo ella, dirigiéndose al auto con Finley. “Buena suerte con este asesino. Ustedes lo encontrarán, estoy segura de eso”. “Black”, dijo Connelly. “No lo tomes personal”. Ella no respondió. Se metió en el auto y lo encendió rápidamente, dándole a Finley solo unos segundos para unirse a ella antes de alejarse de la acera y del cadáver de una chica que estaba casi segura que Howard Randall no había asesinado. CAPÍTULO CUATRO Avery estaba demasiado molesta y llena de adrenalina como para volver al hospital. En su lugar, después de dejar a Finley en la comisaría y meterse en su propio auto, se dirigió de nuevo a su apartamento. Había varias cajas en la parte posterior de su clóset que de repente sintió la necesidad de sacar y estudiar. Más que eso, con su mente un poco más activa y sintiendo la realidad del mundo a su alrededor, se dio cuenta de que también había alguien a quien tenía que llamar. Cuando Rose contestó su llamada, se mostró feliz por la invitación a venir más tarde para cenar y tomarse unas copas de vino, pasando por alto el hecho de que a Rose le faltaban seis meses para poder beber legalmente. Cuando llegó a su apartamento justo antes de las 10 de la mañana, preparó café y dos sándwiches. Aunque eran solo de jamón, queso y mayonesa en pan blanco, sabían mucho mejor que la comida de hospital que había estado comiendo recientemente. Se comió los sándwiches mientras se dirigía a su habitación. Luego abrió el armario y sacó las cajas que había empujado hacia la parte de atrás. Había dos cajas, una llena de diversos archivos de su breve carrera como abogada de éxito moderado. Tuvo la tentación de revisar los archivos, ya que ella representó a unas cuantas personas en casos de asesinato. En su lugar se dirigió a la caja que sabía le daría una percepción distinta de lo que había visto esta mañana. La segunda caja estaba llena de los archivos de Howard Randall. El caso tenía unos tres años de antigüedad, pero parecía lejano, algo que otra persona había vivido. Tal vez por eso le había parecido tan fácil y casi convencional buscar consejos de él; tal vez había logrado alejarse lo suficiente del caso y lo que le había hecho a su carrera de derecho. La pila de archivos contaba una historia que ella se sabía de memoria, pero tocar las páginas e imágenes era como regresar al pasado y mirar hacia atrás para aprender alguna lección que quizás se perdió antes. Los archivos contaban la historia de Howard Randall, que, de niño, había sido golpeado por una madre abusiva. La historia del mismo chico que sería abusado en un baño de la escuela secundaria por un maestro de educación física, un niño que creció hasta convertirse en un hombre que no solo exteriorizaría la rabia que se había desarrollado en su interior, sino que también la utilizaría para moldear y definir una mente brillante que nunca se molestó en usar durante la escuela. No, más bien guardó su inteligencia para la universidad, comenzando en un colegio comunitario para subir sus notas y luego impresionando al departamento de admisiones de Harvard. Asistió a Harvard, se graduó y eventualmente comenzó a dar clases allí. Pero su brillantez no se había detenido allí. Continuó a exhibirla, mostrándola de forma salvaje la primera vez que su mano agarró un cuchillo. Cobró la vida de su primera víctima con un cuchillo. Avery llegó a las fotos de la escena del crimen de esa la primera víctima, una mesera de veinte años de edad. Una estudiante universitaria, al igual que todas sus otras víctimas. Randall rajó su garganta de oreja a oreja. Nada más. La chica se desangró en la pequeña cocina del lugar en el que trabajaba. “Una sola raja”, pensó Avery mientras miraba la foto. “Una raja sorprendentemente limpia. Ningún indicio de abuso sexual. Simplemente una raja”. Llegó a la segunda foto y la miró. Y luego a la tercera y la cuarta. Llegó a la misma conclusión en cada una de ellas, marcándolas como una hoja de estadísticas de algún deporte demente. “Segunda víctima. Estudiante de primer año de dieciocho años de edad. Un corte en el costado que parecía accidental. Otra herida punzante directamente en su corazón. Tercera víctima. Estudiante de inglés de diecinueve años de edad que también trabajaba como stripper. Encontrada muerta en su auto, una sola herida de bala en la parte posterior de su cabeza. Se descubrió luego que él le había ofrecido quinientos dólares para que le hiciera sexo oral, así que ella lo invitó a su auto y él le disparó allí. En su testimonio, Howard confirmó que él la mató antes de que el acto se llevara a cabo. Cuarta víctima. Dieciocho años de edad. Golpeada en la cabeza con un ladrillo. Dos veces. El primer golpe no la mató. El segundo aplastó su cráneo y rasgó su cerebro. Quinta víctima. Otra degollada, una raja profunda de oreja a oreja. Sexta víctima. Estrangulada. Nada de huellas”, pensó. Y así sucesivamente. Matanzas limpias. Solo encontraron grandes cantidades de sangre en tres de las escenas, y fueron cuestiones de circunstancia, no espectáculos. “Digamos que Connelly y el alcalde están en lo cierto. Si Howard está matando de nuevo, ¿por qué cambiar sus métodos? No para probar nada, ya que probar un punto es una mierda machista indigna de él. Entonces ¿por qué lo haría?”, se preguntó. “Él no lo haría”, dijo en voz alta a la habitación vacía. Y aunque no era tan ingenua como para pensar que los tres años de prisión habían cambiado a Howard Randall y que ya no tenía interés en asesinar, creía que era demasiado inteligente como para empezar a asesinar aquí mismo en Boston. Si había tenido dudas antes, estas definitivamente desaparecieron luego de leer los archivos. “No fue él. Otra persona lo hizo. Y los pendejos a quienes les reporto van a ponerse a buscar al hombre equivocado”. *** Avery se sintió encantada y un poco preocupada a la vez por el hecho de que Rose no vaciló en beber delante de ella. Aceptó el vaso de vino blanco con agradecimiento, tomando un poco inmediatamente. Avery aparentemente había estado mirándola extraño porque Rose le sonrió y negó con la cabeza una vez que bajó su copa. “No es mi primera copa”, dijo. “Lamento arruinar tus sueños de tener una hija virgen y santa”. “El vino nunca me hará eso”, dijo Avery con una sonrisa. “Algunos de tus novios anteriores, por el contrario...”. “Qué réplica tan ingeniosa, mamá”. Acababan de terminar una cena sencilla de pollo Alfredo y una ensalada griega que habían preparado juntas. Había música suave en el fondo, pop terrible que a Rose le gustaba. Sin embargo, la música no arruinó el momento. Había frío esa noche, las farolas brillando y el ruido suave del tráfico en la calle un ruido blanco en el fondo. “Esto era exactamente lo que necesitaba”, pensó Avery. “¿Por qué estaba tratando de alejarla de nuevo?”. “Entonces ¿no vamos a hablar de Ramírez?”, preguntó Rose. Avery sonrió. Era extraño oír su nombre de la boca de Rose... especialmente solo su apellido, como si lo hubiera conocido del trabajo también. “Simplemente no quiero pasar toda la noche sollozando”, dijo Avery. “En una situación como esta, no tiene nada de malo quebrantarse un poco. Solo que no sé si lo mejor es que te la vivas encerrada en una habitación de hospital. Es un poco deprimente”. “A veces”, admitió Avery. “Pero quisiera creer que alguien haría lo mismo por mí si yo estuviera luchando por mi vida”. “Sí, creo que haría lo mismo por ti. Y obviamente yo también estuviera allí. Pero, al mismo tiempo, sabes que él te regañaría si supiera lo que estabas haciendo”. “Probablemente”. “¿Ya...”, comenzó a preguntar Rose, pero luego se detuvo como si no le parecía buena idea preguntar lo que estuvo a punto de salir de su boca. “Está bien”, dijo Avery. “Me puedes preguntar lo que sea”. “¿Ya has tenido un presentimiento de eso? Digo... ¿tus instintos te han dicho si va a sobrevivir o no?”. Era una pregunta difícil de responder. En realidad no lo sabía. Y tal vez por eso es que todo este asunto la estaba afectando tanto. No sabía nada con seguridad. No sentía ningún impulso instintivo que le decía si iba a sobrevivir o no. “No, aún no”. “Una última pregunta”, dijo Rose. “¿Lo amas?”. La pregunta fue tan inesperada que, por un momento, Avery no estaba segura de cómo responder. Era una pregunta que ella misma se había hecho varias veces en el pasado, una pregunta para la que finalmente tenía una respuesta clara y definida. “Si, lo amo”. Rose escondió su sonrisa detrás de su copa de vino. “¿Cree que él lo sepa?”. “Creo que sí. Pero no es algo que...”. Fue interrumpida por el sonido de vidrio rompiéndose. Fue tan repentino e inesperado que le tomó a Avery aproximadamente dos segundos ponerse de pie y analizar la situación. Mientras lo hacía, Rose dejó escapar un pequeño chillido. Se había levantado del sofá de un salto y estaba retrocediendo hacia la cocina. La ventana de la pared opuesta a la izquierda del sofá había sido destrozada. Una ráfaga de aire frío inundó el apartamento. El instrumento utilizado para romper la ventana estaba tumbado en el suelo. Había un viejo ladrillo en el suelo, pero Avery solo lo vio después del gato muerto. El gato parecía ser un callejero delgado y desnutrido. Había sido atado al ladrillo con algún tipo de correa de caucho, como el tipo utilizado para atar marquesinas o toldos. Fragmentos de vidrio roto brillaban junto a él. “¿Mamá?”, preguntó Rose. “Está bien”, dijo Avery mientras corría a la ventana rota. Su apartamento estaba en el segundo piso, así que era posible que alguien alcanzara su ventana. No vio a nadie en la calle directamente debajo. Pensó en salir y bajar las escaleras, pero la persona que había tirado el ladrillo y el gato ya estaría muy adelantada. Y con el ajetreo del tráfico y los peatones de Boston a estas horas de la noche (solo eran las 9:35), de seguro ya había escapado. Dio un paso hacia el gato, con cuidado de no pisar el vidrio con sus pies descalzos. Había un pequeño pedazo de papel entre el gato y la correa de caucho. Se agachó para agarrar la nota, haciendo una mueca al sentir el cuerpo frío y rígido del gato. “Mamá, ¿qué demonios?”, preguntó Rose. “Hay una nota”. “¿Quién haría algo así?”. “No sé”, respondió ella mientras sacó la nota y la desenrolló. Había sido escrita en una hoja de papel para notas. La nota era muy simple, pero envió escalofríos por todo su cuerpo. ¡Soy LIBRE! ¡Y estoy LOCO por volverte a ver! “Mierda”, pensó. “Howard. Tiene que ser él”. Este fue el primer pensamiento que pasó por su cabeza y se encontró tratando de echarlo a un lado enseguida. Al igual que la brutalidad del asesinato con la pistola de clavos, algo sobre una declaración tan descarada como tirar un gato muerto por la ventana de un apartamento con una nota amenazadora no parecía algo que Howard Randall haría. “¿Qué dice?”, preguntó Rose, acercándose un poco. Parecía estar al borde del llanto. “Es solo una amenaza ridícula”. “¿De quién?”. En lugar de responderle a Rose, agarró su teléfono celular del sofá y llamó a O’Malley. “¿De quién?”, le había preguntado Rose. Y cuando el teléfono empezó a sonar en el oído de Avery, al parecer solo había una respuesta plausible. Howard Randall. CAPÍTULO CINCO Bastantes cosas sucedieron en los doce minutos que le tomó a O’Malley llegar a su casa. Para empezar, la patrulla de la A1 no fue el primer vehículo en llegar. Una furgoneta de noticias frenó bruscamente en frente del edificio de apartamentos de Avery. Vio a tres personas acercarse a su ventana rota: un reportero, un camarógrafo y un tipo que cargaba un cable que salía de la parte trasera de la furgoneta. “Mierda”, dijo Avery. El equipo de noticias estaba casi listo cuando O’Malley llegó. Otro auto se detuvo detrás del suyo, casi chocando contra la furgoneta de noticias. No le sorprendió cuando vio a Finley bajarse. Connelly aparentemente estaba posicionando a Finley para ascender, tal vez incluso para ocupar el lugar de Ramírez. Ella frunció el ceño a la furgoneta de noticias mientras observaba a Finley pegarle gritos al reportero. Hubo una breve disputa entre ellos antes de que Finley y O’Malley se alejaran de la vista, caminando hacia las escaleras que los llevarían al apartamento de Avery. Avery les abrió la puerta cuando tocaron y no les dio la oportunidad de decir nada antes de dejar escapar sus preocupaciones y frustraciones. “O’Malley, ¿qué diablos? Te llamé directamente en lugar de llamar a la comisaría para evitar los equipos de noticias. ¿Qué diablos les pasa?”. “Tienen la boca hecha agua con el escape de Howard Randall. Y saben que eres un rostro conocido en su historia. Así que te están vigilando. Supongo que este equipo en particular tiene un escáner”. “¿De llamadas telefónicas?”, preguntó Avery. “No. Mira, he tenido que informar de esto a la comisaría. Es demasiado importante. Supongo que se enteraron por eso”. Avery quería estar furiosa, pero sabía lo difícil que era comunicarse de forma encubierta cuando medios de comunicación frenéticos estaban trabajando duro para anunciar una historia. Miró al equipo de noticias, quienes estaban filmando un segmento. Mientras miraba, otro vehículo de noticias se detuvo detrás de los demás autos, esta vez un pequeño VUD. O’Malley y Finley miraron el ladrillo, el gato y los vidrios rotos. Avery había dejado la nota en el suelo ya que no quiso colocar un papel que había estado en el cadáver de un gato sobre su mesa de cocina o mesa de centro. “No me gusta decirlo”, dijo Finley, “pero esto se ve académico. Digo... ¿soy libre? ¿Quién más podría ser, Avery?”. “No lo sé. Pero... sé que es posible que les cueste creer esto, pero simplemente no me parece algo que Howard haría”. “El viejo Howard Randall, tal vez”, dijo O’Malley. “Pero, ¿quién sabe cómo cambió en la cárcel?”. “Espera”, dijo Rose. “No entiendo. Mamá hizo que este tipo saliera en libertad. ¿Por qué vendría por ella? ¿No debería estar agradecido?”. “Debería”, dijo O’Malley. “Pero así no funciona una mente criminal”. “Tiene razón”, dijo Avery. “Alguien como Howard consideraría a todas las personas que estuvieron involucradas en el proceso amenazas, incluso a mí, la abogada que logró ponerlo en libertad. Pero Howard... él no es así. En las pocas veces que fui a pedirle ayuda fue... no sé... sociable. Si albergaba rabia en mi contra, lo ocultaba excepcionalmente bien”. “Por supuesto que lo hizo”, dijo O’Malley. “¿Crees que su escape fue un accidente? Te apuesto a que este asqueroso llevaba meses planeándolo. Tal vez incluso desde su primer día allí. Y si planeó escaparse y venir tras de ti o por lo menos involucrarte en un plan desquiciado, ¿por qué diablos te lo haría saber?”. Avery quería discutir, pero entendía su punto. Tenía muchas razones para pensar que esta nota era de Howard. Y también sabía que el miedo inherente de la ciudad a su fuga le hacía fácil a él y a Connelly culpar a Howard por el asesinato con la pistola de clavos. “Mira, pongamos a Howard Randall de lado por un momento”, dijo. “Alguien tiró esto por mi ventana. Solo pensé que sería mejor acudir a los canales apropiados, ya que está claro que Connelly me quiere tan lejos de cualquier cosa que pueda estar relacionada con Howard como sea posible”. “Entiendo eso”, dijo Finley. “Hablé con él antes de venir. Está ocupado con el alcalde y la prensa en este momento”. “¿Por Howard Randall?”. Finley asintió. “Dios mío”, dijo Avery. “Esto se está poniendo ridículo”. “Bueno, entonces no te gustará lo que me ordenó hacer”, dijo O’Malley. Ella esperó a que O’Malley se lo dijera. Veía que se sentía incómodo, que preferiría tener a Connelly aquí para que él mismo diera la orden. Finalmente suspiró y dijo: “Él quiere que te reubiquemos durante unos días. Incluso si Randall no lanzó este ladrillo, es evidente que eres el blanco de alguien, y que esa persona te está amenazando. Y sí... es probablemente porque él se escapó. Odio decirte eso, pero esto no pinta bien. Lo pusiste en libertad... y luego él comenzó a matar a gente como loco. Muchas personas...”. “Eso es muy ridículo”, espetó Rose. “¿La gente cree que mi madre tuvo algo que ver con su fuga?”. “Hay algunos que lo han llevado a esos extremos, sí”, admitió O’Malley. “Afortunadamente, solo ha habido rumores de eso en las noticias. ¿No los has escuchado?”, preguntó, mirando a Avery. Pensó en los momentos que pasó en las nubes en la habitación de Ramírez. La televisión había estado encendida y había visto la cara de Howard. Pero nunca había visto su nombre, no había esperado hacerlo. Finalmente negó con la cabeza en respuesta a la pregunta de O’Malley. “Bueno, no sé cómo te parezca a ti, pero creo que tiene toda la razón. Es necesario que te reubiques hasta que esto se esfume. Digamos que la persona que arrojó este ladrillo no es Howard. Eso significa que algún ciudadano desconocido lo arrojó. Algún idiota descontento que piensa que eres responsable de que un asesino esté prófugo. ¿Adónde quieres ir? Piénsalo mientras empacas. Finley y yo estaremos encantados de llevarte”. “No necesito pensar”, dijo. “Ya tengo un lugar en mente”. *** Llegaron al apartamento de Ramírez media hora más tarde. Avery había tardado menos de diez minutos para empacar lo esencial. Rose también había venido, por la insistencia de Avery y O’Malley. Después de una breve discusión, Rose había cedido, afirmando que se quedaría con su madre por solo uno o dos días... para asegurarse de que estuviera bien. Cuando los cuatro entraron en el apartamento de Ramírez, se sintió un poco espeluznante. Aunque Ramírez técnicamente había acordado mudarse al apartamento de Avery, no tuvo la oportunidad de hacerlo. Todas sus cosas seguían allí, esperando a que volviera a casa. Avery se movió por el apartamento, fingiendo no estar afectada. Había estado aquí varias veces y siempre le había parecido acogedor. No debería ser diferente ahora. “¿Estás segura de esto?”, dijo Finley. “Perdón por decirlo, pero parece un poco triste”. “Sí, pero es más triste que se quede en la habitación de hospital”, dijo Rose. Avery quería sentirse cómoda en el lugar antes de decidir qué más hacer. O’Malley estaba hablando por teléfono cuando entraron, organizando la vigilancia del apartamento de Avery, así como el de Ramírez. Habían sido muy cuidadosos de no ser seguidos en el camino, pero ciertamente no querían correr ningún riesgo. A lo que Avery colocó su equipaje en el suelo de la sala de estar de Ramírez, O’Malley finalizó su llamada. Se tomó un momento, suspiró profundamente y miró por la ventana. Las calles estaban un poco menos concurridas a esta hora. “Bueno, Black”, dijo O’Malley. “Durante los próximos tres días, tendrás vigilantes estacionados en la calle. Estarán en vehículos civiles, pero todos pertenecen a la A1”. “Eso no es necesario”, dijo Avery. Sentía que todo esto se estaba descontrolando. “Creo que sí lo es”, respondió O’Malley. “Llevas un buen rato sola. Se está poniendo feo. Hay justicieros en las calles buscando a Randall. La gente está empezando a profundizar en su historia y saben de ti”. “Que sigan adelante”, pensó. “Saben que soy la abogada que logró entregarle su libertad, la libertad que utilizó para matar a otra persona. Eso es lo que realmente quieres decir”. Pero no lo hizo. En lugar de ello, se quedó mirando por la ventana. “Los dos primeros serán Sawyer y Denison. Estarán aquí dentro de media hora. Hasta entonces... parece que somos Finley y yo”. Rose miró a los dos oficiales y luego a su madre. “¿Esto es realmente tan grave? ¿Necesitamos protección?”. “No”, dijo Avery. “Esto es una exageración”. “Es para la protección de tu madre. Y la tuya también. Dependiendo de quién es el culpable del asesinato con la pistola de clavos y de haber lanzado el ladrillo y el gato por la ventana, tú también podrías estar en peligro. Depende de lo mucho que esa persona quiera vengarse de tu mamá”. “Dejemos tanto drama”, dijo Avery, con veneno en su voz. “No asusten a mi hija”. “Lo siento, mamá”, dijo Rose. “Pero acabo de ver a alguien arrojar un gato muerto por tu ventana con una nota amenazadora atado a él. Ahora estoy lejos de tu apartamento. Me acaban de ofrecer protección policial durante las veinticuatro horas del día. Obviamente estoy asustada”. CAPÍTULO SEIS Su noche tranquila había llegado a su fin. Cuando O’Malley y Finley se despidieron, el apartamento quedó en silencio. Rose se había estacionado en el sofá de Ramírez. Estaba viendo las redes sociales y enviándoles mensajes de texto a sus amigos. “Creo que se sabes que no debes decirle a nadie lo que pasó”, dijo Avery. “Lo sé”, dijo Rose, un poco resentida. “Espera... ¿y papá? ¿Debemos decirle?”. Avery pensó por un momento, sopesando las opciones. Si fuera solo ella, Jack no tendría que saberlo. Pero las cosas cambiaban ahora que Rose estaba involucrada. Aun así... podría ser arriesgado. “No”, respondió Avery. “Todavía no”. Rose solo asintió en respuesta. “Rose, no sé qué decirte. Esto es una mierda. Sí. Estoy de acuerdo. Esto apesta. Y lamento que tengas que lidiar con esto. No es exactamente fácil para mí”. “Lo sé”, dijo Rose, colocando su teléfono a un lado y mirando a su madre a los ojos. “Ni siquiera me molesta la incomodidad. No, no es eso. Mamá... no tenía idea de que las cosas se habían vuelto tan peligrosas para ti. ¿Siempre es así?”. Avery soltó una risita. “No, no siempre. Es solo que esta cosa con Howard Randall tiene a todos mirando por encima de sus hombros. Toda la ciudad está asustada y necesitan un culpable mientras buscan respuestas y una manera de sentirse seguros”. “Mamá, ¿vamos a estar bien?”. “Sí, creo que sí”. “¿En serio? Entonces, ¿quién tiró ese ladrillo? ¿Fue Howard Randall?”. “No lo sé. Personalmente, lo dudo”. “Pero hay algo raro... algo entre ustedes dos, ¿cierto?”. “Rose...”. “No, quiero saberlo. ¿Cómo puedes estar tan segura?”. Avery no vio ninguna razón para mentirle, sobre todo ahora que formaba parte de esto. “Porque tirar un gato muerto por una ventana es demasiado obvio. Es demasiado extravagante. Y a pesar de lo que puedan decir los métodos de sus asesinatos, Howard Randall no haría eso. Un gato muerto... es casi cómico. Y no es algo que él haría. Tienes que confiar en mí, Rose”. Avery miró por la ventana al auto Ford Focus que estaba estacionado a lo largo del borde opuesto de la calle. Podía ver la forma básica del hombro izquierdo de Denison mientras estaba sentado en el asiento del conductor. Sawyer estaría a su lado, probablemente comiendo semillas de girasol, como era conocido por hacer. Pensando en el ladrillo y el gato, comenzó a volver a su pasado. Entre su carrera como abogada y los pocos años que había pasado como detective, la rueda de nombres y caras en su cabeza era larga. Trató de pensar en quién más podría tener razones para lanzar el ladrillo y el gato por la ventana, pero era demasiado, demasiadas caras, demasiada historia. “Dios, pudo haber sido cualquiera...”. Se volvió de nuevo al apartamento y trató de imaginarse la última vez que Ramírez había estado aquí. Caminó lentamente por la sala y la cocina, habiendo estado allí antes pero viendo todo como si fuera nuevo. Era un lugar pequeño, pero muy bien decorado. Todo estaba limpio y organizado, cada cosa en su lugar designado. Su nevera estaba decorada con varias fotos y postales, la mayoría de familiares que Avery no conocía, pero de los cuales había oído hablar. “¿Cuántos de ellos saben lo que pasó?”, se preguntó. Durante su estancia en el hospital, solo dos familiares habían ido a visitarlo. Sabía que la familia de Ramírez no era muy cercana, pero le parecía triste que su familia no había ido a verlo, a pesar de que lo más probable es que sucediera lo mismo si algo le pasara a ella. Se apartó de la nevera, las imágenes de esos extraños de repente demasiado para ella. En la sala de estar, había fotos de su vida: una de él y Finley en una barbacoa jugando herraduras; una de Ramírez terminando un maratón; una foto de él con su hermana cuando eran mucho más jóvenes, pescando a lo largo de la orilla de un estanque. “No puedo”, dijo en voz baja. Se volvió a Rose, con la esperanza de que no había oído su negativa audible. Lo que vio fue a Rose dormida en el sofá. Al parecer se había quedado dormida durante los momentos que Avery había pasado mirando las fotografías. Avery estudió a su hija por un momento, sintiendo los primeros indicios de culpabilidad. Rose no debería estar aquí... no debería estar involucrada en todo esto. “Tal vez estaría mejor si jamás la hubieses buscado para arreglar las cosas”, pensó. No era un pensamiento pasajero, de verdad se lo preguntaba a veces. Y ahora que estaban bajo vigilancia y que las personas estaban amenazándola por los pecados de su pasado, era peor. “Tal vez no estoy siendo amenazada por los pecados de mi pasado”, pensó. “Tal vez fue Howard. Tal vez está trastornado”. No podía simplemente descartar la posibilidad de que Howard había matado a esa pobre chica con una pistola de clavos y luego, la noche siguiente, había arrojado un gato muerto con un mensaje amenazador por su ventana. No tenía ninguna evidencia que respaldaba que no lo había hecho, así que era lógico que sería un sospechoso. “Lo conozco demasiado”, pensó. “He llegado a conocerlo de una forma que me hace tenerlo en alta estima. ¿Hizo eso a propósito?”. Era un pensamiento aterrador, pero Howard era brillante. Y sabía lo mucho que le gustaban los juegos mentales. ¿La había manipulado de una forma que todavía no entendía? Recogió sus cosas y las llevó a la habitación de Ramírez. Había metido lo esencial de la caja de expedientes de Howard Randall en una de sus maletas antes de salir de su apartamento. Sacó los archivos y los esparció por la cama. Esta vez no perdió tiempo mirando las fotografías. Solo necesitaba los hechos. Y los hechos decían que, érase una vez, Avery Black fue una abogada que representó a un hombre que fue acusado de asesinato. Sospechó que él cometió el acto, pero no había evidencia y el caso fue derrotado en la corte. Ella ganó a la final. Howard Randall fue puesto en libertad. En el transcurso de los próximos tres meses, universitarias de dieciocho a veintiún años de edad fueron asesinadas de formas espeluznantes. A la final, Howard Randall fue capturado. No solo eso, sino que confesó haber cometido los crímenes abiertamente. Avery había visto todo en la televisión. También había dejado su trabajo como abogada y se había sentido motivada por empezar a trabajar como detective, una carrera que casi todo el mundo le dijo estaba fuera de su alcance. Era una mujer que se sentía perseguida por el fantasma de Howard Randall antes de sus asesinatos. Tenía demasiado bagaje. Nunca lo lograría. “Pero aquí estoy”, pensó, pasando por alto los detalles. “Tal vez por eso es que siempre estuvo tan abierto a hablar conmigo en la cárcel. Tal vez también pensaba que era una causa perdida por tratar de convertirme en detective. Cuando me convertí en una, en una muy buena, tal vez me gané su respeto”. Y tristemente esperaba que ese fuera el caso. Le gustaría pensar que no le importaba si Howard Randall la respetaba o no, pero eso era mentira. Tal vez era su intelecto o el simple hecho de que nadie la había desafiado como él. Pensó en esas reuniones mientras estudió los expedientes minuciosamente y todo se conectó en su mente. “Pareció alegrarle cada visita, con la excepción de una sola cuando pensó que estaba aprovechándome de él. Tenía conexiones en la prisión, capaz de enterarse de lo que ocurría afuera. ¿Esa información le reveló algo? ¿Le dio alguna razón para escapar? Y ¿qué hizo después? ¿Qué tipo de hombre es ahora? ¿Es probable que se fue a vivir como un hombre libre muy lejos de aquí? ¿O es más probable que empezó a matar de nuevo? Se ha dicho que una vez que alguien comete un asesinato y supera el shock inicial, el segundo asesinato es más fácil. Y luego el tercero es casi natural. Pero Howard no parece ser el tipo de hombre que se dejaría llevar por sus instintos animales. Todos los asesinatos originales fueron limpios y simples. La última víctima fue asesinada grotescamente... como si el asesino estuviera tratando de demostrar algo. ¿Howard tiene algo que demostrar?”. Y podía verlo en su mente, sentado en una mesa frente a ella en la prisión con una sonrisa siempre en su rostro. Confiado. Casi orgulloso. “Tengo que encontrarlo”, pensó. “O al menos averiguar si él es el asesino. Y debo comenzar hablando con aquellos que lo conocen igual que yo. Voy a tener que hablar con las personas con las que trabajó, con los otros profesores de Harvard”. Su plan no era bueno, pero al menos era algo. Connelly no la quería en el caso, pero no tenía que enterarse de lo que estaba haciendo. Miró su teléfono y vio que ya era medianoche. Con un profundo suspiro, colocó los archivos en una pila sobre la mesita de noche de Ramírez. Cuando se desnudó para irse a dormir recordó la última vez que estuvo en esta habitación quitándose la ropa. Cuando se metió en la cama, optó por dejar la luz encendida. No creía en la actividad paranormal, pero sentía... algo. Durante un breve momento, pensó que sentía a Ramírez en la habitación con ella. Y aunque Avery sabía que no era posible, aún no quería enfrentarse a la oscuridad. Así que dejó la luz encendida y logró conciliar el sueño con bastante rapidez. CAPÍTULO SIETE Sin acceso a los recursos de la comisaría, Avery tuvo que recurrir a las mismas herramientas básicas que cualquier otra persona en el planeta. Comenzó a buscar en Google con una taza de café y unos bollos rancios que encontró en la despensa de Ramírez. Por los expedientes que había traído consigo, sabía los nombres de los tres profesores que habían trabajado en estrecha colaboración con Howard durante su tiempo en la Universidad de Harvard. Uno de ellos falleció el año pasado, dejando solo dos fuentes potenciales. Tecleó sus nombres en Google, hizo clic hasta llegar a las páginas adecuadas y guardó sus números en su teléfono. Mientras trabajaba, Rose entró a la cocina. Se dirigió a la cafetera. “Café. Excelente”. “¿Cómo dormiste?”, preguntó Avery. “Malísimo. Son las siete... y mírate. No estás de servicio, entonces ¿qué haces despierta?”. Avery se encogió de hombros. “No estoy trabajando… técnicamente”. “¿Lo que estás haciendo te meterá en problemas con tu jefe?”. “No si no se entera. Saldré un rato. Puedo dejarte donde quieras”. “En mi apartamento”, dijo Rose. “Como voy a pasar unos días metida aquí contigo en el apartamento de otra persona, quiero buscar algo de ropa y mi cepillo de dientes”. Avery consideró esto por un momento. Sabía que Sawyer y Denison todavía estaban afuera y que serían sustituidos por otro dúo pronto. Probablemente estaban trabajando en turnos de doce horas. La seguirían por todas partes para asegurarse de que se mantuviera a salvo. Eso podría complicar las cosas. Pero ya estaba ideando un plan en su mente. “Rose, ¿dónde estacionaste tu auto?”. “A una calle de tu apartamento”. Sawyer y Denison automáticamente llamarían a O’Malley o Connelly si se dirigía de nuevo a su apartamento. Pero si se dirigía a otro lugar, sería más fácil. “Está bien”, dijo Avery. “Nos iremos a tu apartamento. Tengo que hacer una llamada y luego veré si Sawyer y Denison nos pueden dar un aventón a tu casa”. “Está bien”, dijo Rose, obviamente escéptica, como si supiera que Avery estaba tramando algo. Antes de llamar a Sawyer y Denison para pedir un aventón como si estuviera obedeciendo órdenes para mantenerse a salvo, llamó una compañía de taxis y pidió que el conductor la recogiera en la parte trasera del edificio de apartamentos de Rose en media hora. *** Fue demasiado fácil. Y no era que Sawyer y Denison no eran buenos policías. Simplemente no tenían ninguna razón para pensar que Avery desobedecería. Había matado a dos pájaros de un tiro. Al haberse escapado sin ser vista, tenía unas horas de libertad para hacer lo que quisiera, sin temor a lo que Connelly pensaría, mientras que Rose seguía bajo vigilancia policial. Era una situación ganar-ganar. El hecho de que ella había llamado para solicitar que las llevaran al apartamento de Rose había sido la guinda del pastel. El taxi la dejó en el campus de la Universidad de Harvard poco después de las nueve de la mañana. Había llamado a los dos profesores, Henry Osborne y Diana Carver, en camino a la universidad. Osborne no había contestado, pero pudo hablar con Carver, quien le dijo podría recibirla a las diez de la mañana. Buscó un poco más en Google y logró encontrar la ubicación de la oficina de Osborne. Trataría de buscarlo en esa hora libre que tenía antes de su reunión con Carver. Mientras hizo su camino a través del campus, comprobando el mapa del campus en su teléfono cada cierto tiempo, se tomó unos minutos para apreciar la arquitectura. Debido a que la mayoría de la gente en el área de Boston estaba tan acostumbrada a la presencia de la universidad, a menudo olvidaban la historia del lugar. Avery podía verla en la mayoría de los edificios, así como también en el ambiente histórico del lugar, el césped impecable, el ladrillo, madera y lugares emblemáticos. Se concentró en estas cosas mientras se acercaba al edificio de Estudios Filosóficos. Henry Osborne era profesor en la escuela de filosofía, cuya especialización era ética aplicada y la filosofía del lenguaje. Cuando entró en el edificio, vio algunos estudiantes caminando con prisa, al parecer un poco atrasados para su clase de las nueve. Según el horario de Osborne, no tenía clases hasta las 9:45 y debería estar disponible en su oficina hasta entonces. Encontró su oficina en el otro extremo del segundo pasillo. La puerta estaba entreabierta y, cuando ella asomó la cabeza, vio a un hombre mayor sentado en un escritorio, inclinado sobre una pila de papeles. 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