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Antes de que Mate Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #1 De la mano de Blake Pierce, el autor número 1 en éxitos de ventas, llega una nueva serie de misterio que hará que se acelere su corazón. Se encuentra el cadáver de una mujer en los maizales de Nebraska, atado a un poste, víctima de un asesino perturbado. No pasa mucho tiempo antes de que la policía caiga en la cuenta de que hay un asesino en serie que está suelto – y que la matanza no ha hecho más que empezar. A la detective Mackenzie White, joven, decidida, más preparada que los hombres chapados a la antigua de su comisaría local, le encargan con cierta reticencia su resolución. Por mucho que los demás agentes odien admitirlo, necesitan de sus ideas jóvenes y originales, que ya han logrado solucionar casos sin resolver que les han dejado sin palabras. No obstante, este caso demuestra ser un rompecabezas imposible hasta para Mackenzie, algo con lo que ni ella – ni la policía local – se ha topado jamás. Cuando llaman al FBI, comienza una gran persecución conjunta. Mackenzie, sacudida por su propio oscuro pasado, sus relaciones fallidas, y la innegable atracción que siente por el nuevo agente del FBI, se enfrenta a sus propios demonios al tiempo que la persecución del asesino le lleva hasta los recesos más oscuros de su mente. A medida que se adentra en la mente del asesino, llegando a obsesionarse con su psicología perturbada, se da cuenta de que el mal, sin duda, existe. Solo espera que no sea demasiado tarde como para librarse de él, mientras toda su vida se desmorona a su alrededor. Cuando aparecen más cadáveres y, a consecuencia de ello, comienza una frenética carrera contra el reloj, no hay otra salida más que encontrarle antes de que mate de nuevo. Un oscuro thriller psicológico con un suspense que acelera el corazón, ANTES DE QUE MATE marca el debut de una nueva y excitante serie – con un nuevo y apreciado personaje – que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. El Libro #2 de la serie de misterio Mackenzie White saldrá a la venta muy pronto. A N T E S D E Q U E M A T E (UN MISTERIO DE MACKENZIE WHITE—LIBRO 1) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que incluye los thriller de suspenso y misterio UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), UNA VEZ TOMADO (Libro #2) y UNA VEZ ANHELADO (Libro #3). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE. Lector incansable y aficionado desde siempre a los géneros de misterio y de suspense, a Blake le encanta saber de sus lectores, así que no dude en visitar www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para enterarse de más y estar en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. CONTENIDOS PRÓLOGO (#u39427de5-4ff0-55ac-aa65-8f704b07b162) CAPÍTULO UNO (#u99ad01ba-514b-55e9-b4e9-0ad5cf693129) CAPÍTULO DOS (#u4984f95f-8cff-58de-8922-13d8ddf19712) CAPÍTULO TRES (#uce39a5e4-e394-5c1f-b822-da58a328109a) CAPÍTULO CUATRO (#u9899ec19-727d-5323-b29f-0511b2586227) CAPÍTULO CINCO (#ulink_b27e0b15-dc66-5d31-87e5-6cf4e1231377) CAPÍTULO SEIS (#u29d5d315-abfe-5d44-b547-2e2ae7e94f75) CAPÍTULO SIETE (#u4906d89b-ce4c-5d6e-bfb9-1881a0dbc013) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) PRÓLOGO En cualquier otro momento, la primera claridad del alba sobre las copas de los tallos de maíz le hubiera parecido algo hermoso. Divisó cómo la primera luz del día danzaba sobre los tallos, creando un color dorado apagado, y trató con todas sus fuerzas de encontrar la belleza de la situación. Tenía que distraerse o de lo contrario el dolor se haría insoportable. Ella estaba amarrada a un poste alargado de madera que se extendía a lo largo de su espalda y terminaba a medio metro por encima de su cabeza. Le habían inmovilizado las manos por detrás, uniéndolas por detrás del poste. Solo llevaba puesta su ropa interior de encaje y un corpiño que acercaba y elevaba sus ya generosos senos. El corpiño era lo que le conseguía la mayoría de las propinas en el club, lo que hacía que sus senos todavía parecieran ser los de una chica de veinte años y no los de una mujer de treinta y cuatro años con dos hijos. El poste rozaba su espalda desnuda, despellejándole la piel. Y eso ni siquiera era tan terrible como el dolor que el hombre de voz oscura, espeluznante, había estado repartiendo. Se puso tensa cuando le escuchó caminar por detrás de ella, sus pisadas cayendo suavemente en el claro del maizal. Hubo otro sonido, más débil. Estaba arrastrando algo. El látigo, cayó en la cuenta, el que había estado utilizando para azotarla. Debía de tener alguna clase de púas y tenía una cola en forma de abanico. Solo lo había visto en una ocasión –y eso había sido más que suficiente. Su espalda ardía por las docenas de latigazos, y solo con escuchar cómo se arrastraba aquello por el suelo le entró una ola de pánico. Dejó soltar un grito –que parecía ser el centésimo de la noche- que sonó mudo y plano en el maizal. Al principio, sus gritos habían sido sollozos pidiendo ayuda, esperando que alguien la oyera. Pero con el tiempo, se habían convertido en aullidos ahogados de angustia, los aullidos de alguien que sabía que nadie iba a venir en su ayuda. “Consideraré dejarte marchar,” dijo el hombre. Tenía la voz de alguien que fumaba o gritaba mucho. También tenía algún tipo de deje extraño en la voz. “Pero primero, debes confesar tus crímenes.” Le había dicho esto cuatro veces. Rebuscó en su mente de nuevo, preguntándose. No tenía crímenes que confesar. Había sido buena persona con todos los que conocía, una buena madre –no tan buena como le hubiera gustado- pero lo había intentado. ¿Qué quería de ella? Gritó de nuevo y trató de doblar la espalda contra el poste. Cuando lo hizo, sintió un brevísimo alivio en las cuerdas que rodeaban sus muñecas. También sintió su sangre espesa encharcando la soga. “Confiesa tus crímenes,” repitió. “¡No sé de qué me hablas!” se lamentó ella. “Ya te acordarás,” dijo él. Ya había dicho eso antes también. Y lo había dicho justo antes de cada— Se oyó un sonido susurrante cuando el látigo se arqueó en el aire. Ella gritó y se acurrucó contra el poste cuando la golpeó. Sangre fresca fluyó de su nueva herida, pero apenas la sintió. En vez de eso, se concentró en sus muñecas. La sangre que se había estado acumulando allí durante la última hora se mezclaba con su sudor. Podía sentir el espacio vacío entre la cuerda y sus muñecas y pensó que quizá pudiera escaparse. Sintió que su mente trataba de divagar, de desconectarse de la situación. ¡Crack! Aquello le golpeó directamente en el hombro y ella soltó un rugido. “Por favor,” le dijo. “¡Haré lo que tú quieras! ¡Solo deja que me vaya!” “Confiesa tus—” Tiró lo más fuerte que pudo, moviendo los brazos hacia delante. Sus hombros chirriaron de agonía, pero se liberó al instante. Tenía una ligera quemadura ya que la soga había atrapado la parte superior de su mano, pero eso no era nada comparado con el dolor que le laceraba la espalda. Se lanzó hacia delante con tal fuerza que casi se cayó de rodillas, lo que arruinaría su huida. Pero la necesidad primitiva de supervivencia se hizo con el control de sus músculos y antes de que supiera lo que estaba haciendo, se echó a correr. Corrió a toda velocidad, asombrada de estar libre de verdad, asombrada de que le funcionaran las piernas después de estar atada tanto tiempo. No se iba a parar a preguntarse el porqué. Iba chocándose con el maíz mientras las copas la abofeteaban. Las hojas y las ramas parecían acercarse ella, cepillando su espalda lacerada como viejos dedos arrugados. Respiraba a duras penas y se concentraba en poner un pie delante del otro. Sabía que la autopista se encontraba por allí cerca. Solo tenía que seguir corriendo y hacer caso omiso del dolor. Por detrás de ella, el hombre empezó a reírse a carcajadas. Su voz retumbaba como si el sonido de su risa proviniera de un monstruo que se había estado ocultando en el maizal durante siglos. Ella gimió y siguió corriendo. Sus pies descalzos golpeaban el suelo y su cuerpo prácticamente desnudo torcía los tallos de maíz. Sus senos saltaban de arriba abajo de un modo ridículo, y el izquierdo se le salía del corpiño. Se prometió a sí misma en ese instante que si salía viva de esto, no volvería a hacer striptease. Encontraría un trabajo mejor, una manera mejor de proveer para sus hijos. Eso renovó su confianza, y corrió más rápido aún, chocándose con el maíz. Corrió tanto como pudo. Se iba a librar de él si seguía corriendo. La autopista tenía que estar a la vuelta de la esquina. ¿O no? Quizás. Aun así, no había garantías de que hubiera alguien en ella. Todavía no eran ni las seis de la mañana y las autopistas de Nebraska solían estar bastante desoladas a esta hora del día. Por delante suyo, los tallos se detenían. La luz turbia del amanecer se derramó sobre ella, y le dio un salto al corazón al ver la autopista. Cruzó de un salto, y al hacerlo, para su incredulidad escuchó el ruido de un motor que se acercaba. Se levantó llena de esperanza. Vio el resplandor de las luces que se aproximaban y corrió todavía más rápido, tan cerca que podía oler el asfalto empapado de calor. Llegó al lindero del maizal justamente cuando una camioneta roja pasaba por allí. Gritó y agitó sus brazos frenéticamente. “POR FAVOR!” gritó. Para horror suyo, el camión pasó rugiendo de largo. Agitó sus brazos, llorando, por si acaso el conductor echaba un vistazo por su espejo retrovisor… ¡Crack! Un dolor agudo y punzante estalló detrás de su rodilla izquierda, y se cayó al suelo. Gritó y trato de incorporarse, pero sintió como una mano firme le agarraba la melena por detrás, y no tardó en arrastrarla de vuelta al maizal. Intentó moverse para liberarse, pero esta vez, no pudo hacerlo. Entonces llegó el último golpe del látigo antes de que finalmente, por suerte, perdiera el conocimiento. Pronto, sabía ella, todo se terminaría: el ruido, el látigo, el dolor—junto con su breve vida, plagada de sufrimientos. CAPÍTULO UNO La Detective Mackenzie White se preparó para lo peor a medida que caminaba a través del maizal aquella tarde. El sonido de los tallos de maíz le ponía nerviosa cuando pasaba entre ellos, un sonido apagado, que rozaba su chaqueta al pasar de una fila a otra. Parecía que el claro que estaba buscando estuviera a kilómetros de distancia. Por fin llegó a él, y cuando lo hizo se quedó petrificada, deseando estar en cualquier otra parte antes que allí. Tenía allí el cuerpo sin vida, mayormente desnudo, de una mujer de treinta y tantos años, atada a un poste, con el rostro congelado en una expresión de angustia. Era una expresión que Mackenzie deseaba no haber visto jamás— y que sabía que no iba a olvidar nunca. Cinco policías se movían por el claro, sin hacer nada en particular. Trataban de parecer ocupados pero ella sabía que solo estaban intentando entender lo que había sucedido. Estaba convencida de que ninguno de ellos había visto antes algo como esto. A Mackenzie no le llevó ni cinco segundos de ver a la mujer rubia atada al poste de madera para saber que había algo mucho más grave en esta historia. Algo que no se parecía a nada con que ella se hubiera topado jamás. Esto no era lo que pasaba en los maizales de Nebraska. Mackenzie se acercó al cuerpo y caminó alrededor suyo lentamente. Mientras lo hacía, sintió cómo le observaban los demás agentes. Sabía que a algunos de ellos les parecía que se tomaba su trabajo demasiado en serio. Se enfrentaba a las cosas con demasiada meticulosidad, buscaba pistas y conexiones de una naturaleza casi abstracta. Era la mujer joven que había llegado al puesto de detective demasiado rápido según el parecer de muchos de los hombres en la comisaría, y ella lo sabía. Era una chica ambiciosa y todos asumían que tendría mayores aspiraciones que ser una detective con las autoridades de una pequeña localidad de Nebraska. Mackenzie los ignoró. Se concentró solamente en el cuerpo, espantando a las moscas que salieron volando en todas direcciones. Revoloteaban espasmódicamente alrededor del cadáver de la mujer, creando una pequeña nube oscura, y el calor no le estaba haciendo ningún favor al cadáver. Había hecho calor todo el verano y parecía que se hubiera recogido todo ese calor del maizal y se hubiera traído justamente aquí. Mackenzie se acercó a ella y la estudió, tratando de reprimir una sensación de náusea y una ola de tristeza. La espalda de la mujer estaba cubierta de cortes. Parecían de naturaleza uniforme, probablemente colocados allí por el mismo instrumento. Su espalda estaba cubierta de sangre, en su mayor parte seca y pegajosa. La parte de atrás de su tanga también estaba cubierta de sangre. Cuando Mackenzie terminó de dar la vuelta alrededor del cadáver, un policía bajito pero robusto se acercó a ella. Le conocía de sobra, aunque no le caía especialmente bien. “Qué hay, Detective White,” preguntó el Jefe Nelson. “Jefe,” le contestó ella. “¿Dónde está Porter?” A pesar de que no había nada de condescendencia en su voz, ella la percibió. Este endurecido jefe de policía local de cincuenta y tantos años no quería a una mujer de veinticinco ayudando a solucionar este caso. Walter Porter, su compañero de cincuenta y cinco años, sería más indicado para el trabajo. “Atrás en la autopista,” dijo Mackenzie. “Está charlando con el granjero que descubrió el cadáver. Llegará enseguida.” “Está bien,” dijo Nelson, claramente algo más cómodo. “¿Qué te parece esto?” Mackenzie no estaba segura de cómo responder a eso. Sabía que él le estaba poniendo a prueba. Lo hacía de vez en cuando, hasta con cosas sin importancia en la comisaría. No se lo hacía a ninguno de los demás agentes o detectives, y ella tenía bastante claro que solo se lo hacía a ella porque era joven y mujer. Su instinto le decía que esto era algo más que un asesinato teatral. ¿Serían los incontables latigazos en su espalda? ¿Era el hecho de que la mujer tuviera un cuerpo digno de una pin-up? Sus senos eran claramente postizos y si Mackenzie tuviera que adivinar, la parte de atrás también había pasado por el bisturí. Llevaba puesto mucho maquillaje, y en algunas zonas se le había extendido debido a las lágrimas. “Creo,” dijo Mackenzie, respondiendo por fin a la pregunta de Nelson, “que esto fue un crimen meramente violento. Creo que el análisis del forense no mostrará abusos sexuales. La mayoría de los hombres que secuestran a una mujer por razones sexuales rara vez maltratan tanto a sus víctimas, incluso aunque planeen matarlas después. También creo que el estilo de ropa interior que lleva puesto sugiere que era una mujer de carácter provocativo. Si le soy franca, a juzgar por su peinado y el enorme tamaño de sus senos, empezaría a hacer llamadas a los clubs de striptease en Omaha para ver si saben de alguna bailarina que haya desaparecido anoche.” “Todo eso ya se ha hecho,” le contestó Nelson con chulería. “La difunta es Hailey Lizbrook, de treinta y cuatro años, madre de dos chicos y bailarina de nivel medio en el Runway de Omaha.” Recitó estos datos como si estuviera leyendo un manual de instrucciones. Mackenzie asumió que había estado suficiente tiempo en su puesto como para que las víctimas de asesinato ya no fueran personas, sino simplemente un misterio que resolver. Mackenzie, que solo llevaba unos pocos años en su profesión, no era tan dura y carente de corazón. Estudió a la mujer con la intención de figurarse lo que había ocurrido, pero también la veía como a una mujer que dejaba solos a dos chicos, unos chicos que iban a vivir sin una madre durante el resto de sus vidas. Para que una madre con dos hijos fuera una bailarina, Mackenzie asumió que había problemas de dinero en su vida y que ella estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa en el mundo por atender las necesidades de sus hijos. Pero ahora aquí estaba, amarrada a un poste y parcialmente golpeada por algún hombre sin rostro que… Fue interrumpida por el crujido de los tallos detrás de ella. Se dio la vuelta para ver a Walter Porter acercarse a través del maizal. Parecía disgustado al entrar en el claro, sacudiendo tierra y seda de maíz de su abrigo. Miró a su alrededor por un momento antes de que sus ojos se posaran en el cadáver de Hailey Lizbrook en el poste. Una mueca de sorpresa le cruzó el rostro, su bigote encanecido inclinándose a la derecha en un ángulo duro. Entonces miró a Mackenzie y a Nelson y se acercó de inmediato. “Porter,” dijo el Jefe Nelson. “White ya está solucionando esto. Es bastante espabilada.” “Puede que lo sea,” dijo Porter con desdén. Siempre era así. Nelson no le estaba haciendo un cumplido de verdad. Estaba, de hecho, burlándose de Porter por estar atrapado con la guapa jovencita que había surgido de la nada y se había hecho con el puesto de detective, la guapa jovencita a la que pocos hombres en la comisaría mayores de treinta años tomaban en serio. Y cómo odiaba eso Porter. A pesar de que ella disfrutaba viendo como Porter se retorcía ante las burlas, no merecía la pena sentirse inadecuada y despreciada. Una y otra vez ella había resuelto casos que los demás hombres no podían solucionar y esto, lo sabía de sobra, les intimidaba. Solo tenía veinticinco años, demasiado joven para empezar a sentirse quemada en una profesión que en su día adoraba. Sin embargo, ahora, atrapada con Porter, y con esta fuerza, empezaba a odiarla. Porter hizo un esfuerzo para situarse entre Nelson y Mackenzie, haciéndole saber que este era su show. Mackenzie sintió como empezaba a sentirse furiosa, pero no dio muestras de ello. Se llevaba tragando su furia durante los últimos tres meses, desde que le habían asignado a trabajar con él. Desde el primer día, Porter no se había guardado su antipatía por ella. Después de todo, ella había venido a reemplazar al compañero de Porter de veinticinco años que había sido retirado del cuerpo, en opinión de Porter, para hacerle un hueco a una jovencita. Mackenzie ignoró su evidente falta de respeto, negándose a que afectara su ética laboral. Sin decir una palabra, regresó al cadáver. Lo estudió con detenimiento. Dolía examinarlo y a pesar de ello, en lo que a ella se refería, no habría un cadáver que la afectaría tanto como el primero que había visto. Casi había llegado al punto en que ya no veía el cadáver de su padre cuando entraba en la escena de un crimen. Pero todavía no. Tenía siete años cuando entró al dormitorio y lo vio medio tendido en la cama, en un charco de sangre. Y no había dejado de verlo desde entonces. Mackenzie buscó pistas de que este asesinato no tenía que ver con el sexo. No vio signo de moratones o de arañazos en sus pechos o glúteos, ni hemorragia externa alrededor de la vagina. Entonces miró las manos y los pies de la mujer, preguntándose si podría haber una motivación religiosa; señales de perforación a lo largo de las palmas, los tobillos, y pies podían denotar una referencia a la crucifixión, pero tampoco había señales de eso. Por el breve informe que les habían dado a Porter y a ella, sabía que no se había localizado la ropa de la víctima. Mackenzie pensó que seguramente esto significaba que el asesino la tenía consigo, o que se había deshecho de ella. Esto indicaba que él era cauteloso, o que sufría de un trastorno límite obsesivo. Si a eso añadimos que casi con toda seguridad su motivación la noche anterior no había sido sexual, todo apuntaba a un asesino calculador y potencialmente evasivo. Mackenzie regresó al lindero del claro y admiró la escena al completo. Porter le dio una ojeada de refilón y después la ignoró completamente, continuando su charla con Nelson. Ella notó que los demás policías la estaban observando. Algunos de ellos, al menos, estaban observando su trabajo. Había ascendido a detective con una reputación de ser extremadamente brillante y considerada en alta estima por la mayoría de los instructores en la academia de policía, y de vez en cuando había policías más jóvenes—tanto hombres como mujeres—que le hacían preguntas honestas o le pedían su opinión. Por otro lado, sabía que algunos de los hombres que compartían el claro con ella podían estar lanzándole miradas lascivas. No sabía qué era peor: los hombres que le miraban el trasero cuando pasaba de largo o los que se reían a sus espaldas de que fuera una niñita tratando de interpretar el papel de detective dura. Mientras estudiaba la escena, le asaltó de nuevo la molesta sospecha de que algo andaba muy mal en todo esto. Le pareció que estaba abriendo un libro, leyendo la primera página de una historia que sabía contenía algunos pasajes muy difíciles más adelante. Esto no es más que el principio, pensó. Miró al suelo alrededor del poste y vio unas cuantas marcas de botas desgastadas, pero nada que pudiera servir como huella. También había una serie de formas en el suelo que parecían casi serpentinas. Se agachó para echarles un vistazo de cerca y vio que varias de las formas formaban cercos paralelos, circulando alrededor del poste de madera de manera irregular, como si lo que los hubiera hecho hubiera dado la vuelta alrededor del poste en varias ocasiones. Entonces miró la espalda de la mujer y se dio cuenta de que los cortes en sus carnes tenían más o menos la misma forma que las marcas en el suelo. “Porter,” dijo. “¿Qué pasa?” preguntó, claramente disgustado porque le había interrumpido. “Creo que tengo huellas del arma aquí.” Porter titubeó un segundo y después caminó hacia donde Mackenzie estaba acurrucada en el suelo. Cuando se agachó junto a ella, gimió ligeramente y ella pudo oír cómo crujía su cinturón. Tenía unos veinticinco kilos de sobrepeso y se notaba cada vez más a medida que se acercaba a los cincuenta y cinco. “¿Algún tipo de látigo?” preguntó él. “Eso parece.” Ella examinó el suelo, siguiendo las marcas en la arena hasta que alcanzaban el poste—y al hacerlo, percibió algo más. Se trataba de algo minúsculo, tan pequeño que casi no lo notó. Caminó hacia el poste, con cuidado de no tocar el cadáver antes de que llegaran los forenses. Se acurrucó de nuevo y cuando lo hizo, sintió todo el peso del calor de la tarde presionándola. Sin inmutarse, acercó su cabeza al poste, tanto que casi lo tocaba con la frente. “¿Qué demonios estás haciendo?” preguntó Nelson. “Hay algo tallado aquí,” dijo ella. “Parecen unos números.” Porter se acercó para investigar, pero hizo todo lo que pudo para no agacharse de nuevo. “White, ese trozo de madera tiene por lo menos veinte años,” dijo. “Esa talla parece igual de antigua.” “Quizás,” dijo Mackenzie. Pero le daba la impresión de que no era así. Desinteresado de antemano en el descubrimiento, Porter regresó para hablar con Nelson, comparando las anotaciones sobre la información que había conseguido del granjero que había encontrado el cadáver. Mackenzie sacó su teléfono y tomó una fotografía de los números. Amplió la imagen y los números se hicieron algo más nítidos. Al verlos con tal detalle de nuevo le pareció como si esto fuera el principio de algo mucho más grande. N511/J202 Los números no le decían nada. Quizá Porter tenía razón, quizá no significaran absolutamente nada. Quizá un leñador los había tallado cuando creó el poste. Quizá algún chiquillo aburrido los había esculpido en algún momento a lo largo de los años. Pero había algo que andaba mal. Nada de esto parecía normal. Y supo, en su fuero interno, que esto no era más que el principio. CAPÍTULO DOS Mackenzie sintió un nudo en el estómago cuando miró fuera del coche y vio las furgonetas de la prensa amontonadas y los periodistas peleándose por la mejor posición para atacarla a ella y a Porter mientras llegaban a la comisaría. Mientras Porter aparcaba, vio cómo se acercaban varios presentadores de informativos, corriendo por el césped de la comisaría con sus camarógrafos cargados siguiéndoles el ritmo por detrás. Mackenzie vio que Nelson ya estaba en la puerta de entrada, haciendo lo que podía para apaciguarles. Parecía incómodo y agitado. Hasta desde aquí podía ver el sudor brillando en su frente. Cuando salieron, Porter se acercó a ella, asegurándose de que no fuera la primera detective que vieran los medios. Cuando pasó junto a ella, le dijo, “No digas nada a estos vampiros.” Ella sintió una ráfaga de indignación ante su comentario condescendiente. “Ya lo sé, Porter.” La multitud de periodistas y cámaras les alcanzó. Había al menos una docena de micrófonos en su cara que salían de la muchedumbre mientras pasaban de largo. Las preguntas les llegaban como un zumbido de insectos. “¿Ya se ha notificado a los hijos de la víctima?” “¿Cuál fue la reacción del granjero al encontrar el cadáver?” “¿Es este un caso de ataque sexual?” “¿Es buena idea que se asigne una mujer a un caso como este?” La última pregunta molestó un poco a Mackenzie. Ya sabía que solo estaban intentando obtener una respuesta, con la esperanza de conseguir un jugoso espacio de veinte segundos en las noticias de la tarde. Solo eran las cuatro; si actuaban deprisa, puede que tuvieran una joya que ofrecer a las noticias de las seis. Mientras se hacía camino a través de las puertas hacia dentro, la última pregunta retumbaba en su cabeza. ¿Es buena idea que se asigne una mujer a un caso como este? Recordó la carencia de emoción con la que Nelson había leído la información sobre Hailey Lizbrook. Por supuesto que lo es, pensó Mackenzie. De hecho, es crucial. Finalmente, entraron a la comisaría y las puertas se cerraron detrás de ellos. Mackenzie respiró aliviada de estar en silencio. “Malditos parásitos,” dijo Porter. Ya se había desecho de la bravuconería en su caminar ahora que ya no estaba frente a las cámaras. Caminó despacio pasando de largo el escritorio de la recepcionista hacia el pasillo que llevaba a las salas de conferencias y a las oficinas que formaban la comisaría. Parecía cansado, listo para ir a casa, listo para terminar con este caso de una vez. Mackenzie entró primero a la sala de conferencias. Había varios agentes sentados a una mesa alargada, algunos en uniforme y otros en ropa de paisano. Dada su presencia y la repentina aparición de las furgonetas de la prensa, Mackenzie imaginó que la historia se había filtrado en todo tipo de direcciones durante las dos horas y media que habían pasado desde que salió de la oficina, fue al maizal y regresó. Era algo más que un espeluznante asesinato al azar; ahora se había convertido en un espectáculo. Mackenzie agarró una taza de café y tomó asiento. Alguien había colocado carpetas alrededor de la mesa con la poca información que ya se había reunido sobre el caso. Mientras la ojeaba, empezó a llegar más gente a la sala. En cierto momento entró Porter, tomando asiento al otro extremo. Mackenzie tomó un momento para mirar su teléfono y vio que tenía ocho llamadas perdidas, cinco mensajes en el buzón de voz, y una docena de mensajes en su cuenta de correo electrónico. Era un duro recordatorio de que ya tenía suficientes casos antes de que la enviaran al maizal esta mañana. La triste ironía era que, aunque sus compañeros más mayores se pasaran mucho tiempo degradándola y lanzándole sutiles insultos, también se daban cuenta de que tenía talento. A consecuencia de ello, llevaba una de las carpetas de casos más grandes del cuerpo. Hasta la fecha, sin embargo, nunca se había quedado atrás y tenía un porcentaje estelar de casos cerrados. Pensó en responder algunos de sus correos electrónicos mientras esperaba, pero el Jefe Nelson entró antes de que tuviera oportunidad y cerró rápidamente la puerta de la sala de conferencias detrás de sí. “No sé cómo se ha enterado tan rápido la prensa de esto,” gruñó, “pero si descubro que alguien en esta sala es el responsable, va a tener mucho por lo que responder.” La sala enmudeció. Unos cuantos agentes y personal relacionado comenzaron a mirar nerviosamente el contenido de las carpetas que tenían delante de ellos. Aunque Nelson no le caía demasiado bien a Mackenzie, nadie podía negar que la presencia y la voz del hombre se hacían con el mando de una sala sin apenas ningún esfuerzo. “Esto es lo que sabemos,” dijo Nelson. “La víctima es Hailey Lizbrook, una bailarina de striptease de Omaha. Treinta y cuatro años, dos hijos, de nueve y quince años. Por lo que hemos averiguado, fue secuestrada antes de fichar en el trabajo, ya que su jefe dice que no apareció la noche previa en absoluto. El video de seguridad del Runway, su lugar de trabajo, no muestra nada. Por tanto, estamos operando con la suposición de que se la llevaron en algún lugar entre su apartamento y el Runway. Eso es una zona de siete millas y media—una zona en la que en este momento tenemos unos cuantos agentes investigando con el departamento de policía de Omaha.” Entonces miró a Porter como si fuera su alumno preferido y dijo: “Porter, ¿por qué no describes la escena del crimen?” Por supuesto, tenía que elegir a Porter. Porter se puso en pie y oteó la sala como para asegurarse de que todo el mundo estaba prestando la máxima atención. “La víctima estaba amarrada a un poste de madera con las manos atadas por detrás. El avistamiento de su muerte tuvo lugar en un claro de un maizal, a poco menos de una milla de la autopista. Tenía la espalda cubierta de lo que parecían ser marcas de latigazos, realizados por algún tipo de látigo. Notamos huellas en la tierra que eran de la misma forma y tamaño que los latigazos. Aunque no lo sabremos con certeza hasta después del informe del forense, estamos bastante seguros de que esto no fue un ataque sexual, a pesar de que habían desnudado a la víctima hasta dejarla en paños menores y el resto de su ropa no estaba por ningún lado.” “Gracias, Porter,” dijo Nelson. “Hablando del forense, estuve hablando con él por teléfono hace unos veinte minutos. Dice que, aunque no lo sabrá con seguridad hasta que realice la autopsia, probablemente la causa de la muerte va a ser pérdida de sangre o algún tipo de trauma—posiblemente en la cabeza o el corazón.” Sus ojos se volvieron a Mackenzie y había muy poco interés en ellos cuando le preguntó: “¿Alguna otra cosa que añadir, White?” “Los números,” dijo ella. Nelson volteó los ojos delante de toda la sala. Su falta de respeto era obvia, pero ella la pasó por alto, decidida a contárselo a todos los presentes antes de que le pudieran interrumpir. “Descubrí lo que parecían ser dos números, separados por una barra, tallados en la parte inferior del poste.” “¿Qué números eran?” preguntó uno de los agentes más jóvenes sentado a la mesa. “Números y letras en realidad,” dijo Mackenzie. “N 511 y J 202. Tengo una fotografía en mi teléfono.” “Habrá más fotografías aquí enseguida, en cuanto Nancy las imprima,” dijo Nelson. Habló rápida y contundentemente, dejando saber a la sala que la cuestión de estos números estaba cerrada. Mackenzie escuchó a Nelson mientras hablaba de las tareas que había que llevar a cabo para cubrir la zona de siete millas y media entre la casa de Hailey Lizbrook y el Runway. Aunque solo estaba escuchando a medias, realmente. Su mente no dejaba de regresar a la forma en que el cuerpo de la mujer había sido atado. Algo relativo a la exhibición del cuerpo entero le había resultado familiar casi de inmediato, y todavía continuaba con ella cuando se sentó en la sala de conferencias. Repasó las notas del informe en la carpeta, esperando que algún detalle menor pudiera despertar algo en su memoria. Repasó las cuatro páginas del informe, esperando que revelaran algo. Ya sabía todo lo que había en la carpeta, pero escaneó los detalles de todos modos. Mujer de treinta y cuatro años, presuntamente asesinada la noche anterior. Latigazos, cortes, varias laceraciones en su espalda, atada a un viejo poste de madera. Se asume que la causa de la muerte sea pérdida de sangre o posible trauma al corazón. El método empleado para atarla sugiere posibles connotaciones religiosas mientras que el tipo de cuerpo de la mujer apunta a una motivación sexual. Mientras lo leía, algo encajó. Se distrajo por un momento, dejando que su mente fuera donde tenía que ir sin ninguna interferencia de su entorno. Al tiempo que ella enlazaba los hechos, y se le ocurría una conexión que esperaba fuera equivocada, Nelson comenzó a relajarse. “… y como es demasiado tarde para que los controles de carreteras sean eficaces, vamos a tener que apoyarnos principalmente en el testimonio de los testigos, hasta en los detalles más minúsculos y aparentemente inútiles. Bueno, ¿alguien tiene algo que añadir?” “Una cosa, señor,” dijo Mackenzie. Podía darse cuenta de que Nelson estaba conteniendo un suspiro. Desde el otro extremo de la mesa, oyó como Porter hacía un leve sonido medio riéndose. Ignoró todo ello y esperó a ver cómo le replicaba Nelson. “¿Sí, White?” preguntó él. “Me estoy acordando de un caso de 1987 que era similar a este. Estoy bastante segura de que fue justo a las afueras de Roseland. Las ataduras eran las mismas, el tipo de mujer era el mismo. Estoy bastante segura de que el método de la paliza fue el mismo.” “¿1987?” preguntó Nelson. “White, ¿acaso habías nacido ya?” Esto fue recibido con risas leves de más de la mitad de la sala. Mackenzie no prestó la mínima atención. Ya encontraría tiempo para sentirse avergonzada después. “No lo había hecho,” dijo, sin miedo de enfrentarse con él. “Pero sí que leí el informe.” “Se le olvida, señor,” dijo Porter. “Mackenzie se pasa sus horas libres leyendo archivos de casos sin resolver. Esta chica es como una enciclopedia andante en estas cuestiones.” Mackenzie se dio cuenta de inmediato de que Porter se había referido a ella por su nombre de pila y de que la había llamado una chica en vez de una mujer. Lo más triste es que ella no creía que él ni siquiera se diera cuenta de su falta de respeto. Nelson se rascó la cabeza y soltó por fin el suspiro tormentoso que había estado acumulando. “¿1987? ¿Estás segura?” “Casi del todo.” “¿Roseland?” “O el área circundante,” dijo ella. “Está bien,” dijo Nelson, mirando al extremo de la mesa donde estaba sentada una mujer de mediana edad, escuchando con atención. Tenía un ordenador portátil delante de ella, en el que había estado tecleando en silencio todo el tiempo. “Nancy, ¿puedes hacer una búsqueda sobre esto en la base de datos?” “Sí señor,” dijo ella. Comenzó a teclear algo en el servidor interno de la comisaría de inmediato. Nelson lanzó otra mirada reprobatoria a Mackenzie que básicamente se traducía como: Será mejor que tengas razón. Si no la tienes, acabas de hacerme perder veinte segundos de mi preciado tiempo. “De acuerdo, chicos y damas,” dijo Nelson. “Así es cómo vamos a dividir esto. En el momento que termine esta reunión, quiero que Smith y Berryhill se dirijan a Omaha para ayudar al departamento de policía local. A partir de ahí, si es necesario, rotaremos en pares. Porter y White, quiero que vosotros dos habléis con los hijos de la difunta y con su jefe. También estamos trabajando para conseguir la dirección de su hermana. “Perdone, señor,” dijo Nancy, elevando la vista de su ordenador. “¿Sí, Nancy?” “Parece que la detective White tenía razón. Octubre de 1987, se encontró a una prostituta muerta y atada a un poste de madera justo fuera de los límites de la ciudad de Roseland. El archivo que estoy mirando dice que la dejaron en su ropa interior y que fue gravemente azotada. No hay signos de abuso sexual y ningún motivo digno de mención.” La sala se volvió a quedar en silencio porque muchas preguntas condenatorias no fueron expresadas. Al final, Porter fue el que habló y aunque Mackenzie podía asegurar que estaba tratando de descartar el caso, pudo escuchar un toque de preocupación en su voz. “Eso fue casi hace treinta años,” dijo él. “Yo diría que es una conexión débil.” “No obstante, es una conexión,” dijo Mackenzie. Nelson golpeó el escritorio con su puño, su mirada encendida hacia Mackenzie. “Si hay una conexión aquí, ¿sabes lo que eso significa, verdad?” “Significa que puede que se trate de un asesino en serie,” dijo ella. “Y hasta la idea de que puede que se trate de un asesino en serie significa que tenemos que pensar en llamar al FBI.” “Ah, demonios, dijo Nelson. “Ahí te estás precipitando. Te estás precipitando mucho, de hecho.” “Con el debido respeto,” dijo Mackenzie, “merece la pena investigarlo.” “Y ahora que tu cerebro programado nos ha hecho prestar atención a ello, tenemos que hacerlo,” dijo Nelson. “Haré algunas llamadas y te pondré a trabajar en la investigación. Por ahora, dediquémonos a lo que es relevante y urgente. Eso es todo por ahora, gente. Poneos a trabajar.” El pequeño grupo sentado a la mesa de conferencias comenzó a dispersarse, llevándose sus carpetas con ellos. Cuando Mackenzie empezó a salir de la sala, Nancy le lanzó una sonrisa de reconocimiento. Era lo más alentador que Mackenzie había experimentado en el trabajo en más de dos semanas. Nancy es la recepcionista que en ocasiones comprueba datos en la comisaría. Que Mackenzie supiera, era uno de los pocos miembros de más edad en el cuerpo que no tenía ningún problema con ella. “Porter, White, esperad,” dijo Nelson. Ella percibió que ahora Nelson mostraba más de esa misma preocupación que había visto y oído en la intervención de Porter hacía apenas unos segundos. Parecía que le estuviera poniendo hasta enfermo. “Buena memoria con el caso del 87,” le dijo Nelson a Mackenzie. Daba la impresión de que le dolía físicamente tener que hacerle un cumplido. “Es un tiro a ciegas. Que hace que te preguntes…” “¿Te preguntes qué?” inquirió Porter. Mackenzie, que nunca había sido alguien con pelos en la lengua, respondió por Nelson. “Por qué ha decidido volver a la acción ahora,” dijo. Añadió después: “Y cuando matará de nuevo.” CAPÍTULO TRES Estaba sentado en su coche, disfrutando del silencio. Las farolas proyectaban un halo fantasmal sobre la calle. No es que hubiera muchos coches en la calle a esa hora tan tardía, lo que creaba un ambiente inquietante pero sereno. Sabía que lo más seguro es que cualquiera que estuviera en esta parte de la ciudad a estas horas estaría preocupado o llevando sus asuntos en secreto. Le hacía más fácil concentrarse en lo que se traía entre manos—la Buena Obra. Las aceras estaban oscuras excepto por el ocasional brillo de neón de establecimientos de mala reputación. La tosca figura de una mujer bien dotada resplandeció en la ventana del edificio que él estaba vigilando. Parpadeó como un faro en la mar agitada. Pero no había refugio en tales lugares— al menos no uno respetable. Sentado en su coche, tan lejos de las farolas como podía, pensaba en el repaso que había hecho en casa. Lo había estudiado con detenimiento antes de salir esta noche. Había restos de su obra en su pequeño escritorio: una cartera, un pendiente, un collar de oro, un mechón de pelo rubio dentro de un contenedor de plástico. Eran recordatorios, recordatorios de que se le había asignado esta tarea. Y que tenía más trabajo por hacer. Un hombre emergió del edificio en el lado opuesto de la calle, distanciándole de sus pensamientos. Vigilante, se quedó allí sentado esperando pacientemente. Había aprendido mucho sobre la paciencia con los años. Debido a ello, saber que debía operar a toda prisa le había puesto nervioso. ¿Y si no acertaba? No tenía muchas opciones. El asesinato de Hailey Lizbrook ya estaba en las noticias. Había gente buscándole—como si fuera él el que hubiera hecho algo malo. Ellos no lo entendían. Lo que él había dado a esa mujer había sido un regalo. Un acto de gracia. En el pasado, había dejado que pasara mucho tiempo entre sus actos sagrados. Pero ahora, sentía una urgencia. Había mucho por hacer. Siempre había mujeres por ahí—en esquinas, en anuncios personales, en la televisión. Al final, lo acabarían entendiendo. Lo entenderían y le darían las gracias. Le preguntarían cómo ser alguien puro, y él les abriría los ojos. Al cabo de unos momentos, la imagen de neón de la mujer en la ventana se ennegreció. El resplandor detrás de las ventanas se apagó. El lugar se había quedado a oscuras; sus luces se apagaban porque habían cerrado por esta noche. Sabía que eso significaba que las mujeres saldrían de la parte de atrás en cualquier momento, en dirección a sus coches y después a casa. Cambió de marcha y avanzó lentamente alrededor de la manzana. Las farolas parecían perseguirle, pero él sabía que no había ojos curiosos que le vieran. En esta parte de la ciudad, a nadie le importaba. En la parte trasera del edificio, la mayoría de los coches eran de lujo. Se hacía dinero exhibiendo el cuerpo. Aparcó en el lado opuesto del aparcamiento y esperó un poco más. Tras un buen rato, la puerta del personal finalmente se abrió. Salieron dos mujeres, acompañadas por un hombre que parecía que trabajara de seguridad en el lugar. Echó una ojeada al agente de seguridad, preguntándose si podría resultar un problema. Tenía un arma debajo del asiento que usaría si no tenía más remedio, pero prefería no tener que hacerlo. No había tenido que usarla aún. De hecho, él aborrecía las armas. Había algo impuro en ellas, algo casi indolente. Finalmente, todos se separaron, entraron en sus coches y se fueron. Vio más gente salir, y entonces se sentó con la espalda erguida. Podía sentir cómo le latía el corazón. Ahí estaba ella. Era bajita, de pelo rubio postizo que le caía en melena sobre los hombros. La vio entrar a su coche y no avanzó hasta que sus luces de cruce habían doblado la esquina. Rodeó el otro lado del edificio, para no llamar la atención. Siguió detrás de ella, y notó como su corazón empezaba a acelerarse. Instintivamente, metió la mano bajo su asiento y tocó la soga. Le calmó los nervios. Le calmó saber que, tras la persecución, llegaría el sacrificio. Sin duda, lo haría. CAPÍTULO CUATRO Mackenzie iba sentada en el asiento del copiloto con varios archivos en su regazo y con Porter al volante martilleando los dedos al ritmo de un tema de los Rolling Stones. Mantenía la radio sintonizada con la misma estación de rock clásico que siempre escuchaba mientras conducía, y Mackenzie levantó la vista, molesta, ya que al final le había hecho perder la concentración. Observó cómo las luces delanteras del coche trazaban surcos en la autopista a ochenta millas por hora, y se volvió hacia él. “¿Podrías bajar eso, por favor?” le replicó. Normalmente, le daba igual, pero estaba intentando acceder al estado mental adecuado, para entender el modus operandi del asesino. Con un suspiro y una sacudida de cabeza, Porter bajó el volumen de la radio. Él la miró con desdeño. “¿Qué esperas encontrar de todos modos?” preguntó él. “No espero encontrar nada,” dijo Mackenzie. “Estoy intentando solucionar el rompecabezas para entender mejor la personalidad del asesino. Si podemos pensar como él, tenemos muchas más posibilidades de encontrarle.” “O,” dijo Porter, “podías simplemente esperar a que lleguemos a Omaha y hablemos con los hijos y la hermana de la víctima como Nelson nos pidió.” Sin ni siquiera mirarle, Mackenzie podía apostar a que estaba esforzándose por hacer algún comentario inteligente. Tenía que darle algo de crédito, suponía. Cuando estaban solos los dos en la carretera o en la escena de un crimen, Porter mantenía sus bromas sarcásticas y su conducta degradante bajo mínimos. Ignoró a Porter por el momento y miró las notas en su regazo. Estaba comparando las notas del caso de 1987 y el asesinato de Hailey Lizbrook. Cuanto más las leía, más convencida estaba de que habían sido perpetrados por el mismo tipo. Lo que le seguía frustrando es que no había un motivo claro. Miró los documentos una y otra vez, pasando páginas y repasando la información. Comenzó a murmurarse a sí misma, haciéndose preguntas y afirmando hechos en voz alta. Era algo que había hecho desde la secundaria, una rareza que nunca se había acabado de quitar de encima. “No hay pruebas de abuso sexual en ninguno de los casos,” dijo en voz baja. “No hay conexiones obvias entre las víctimas más que su profesión. No hay posibilidad real de motivaciones religiosas. ¿Por qué no decidirse por la crucifixión completa en vez de unos burdos postes si tienes una motivación religiosa? Los números estaban presentes en ambos casos, pero los números no muestran una clara correlación con los asesinatos.” “No te lo tomes a mal,” dijo Porter, “pero prefiero escuchar a los Stones.” Mackenzie dejó de hablar consigo misma y entonces se dio cuenta de que la luz de las notificaciones estaba parpadeando en su teléfono. Después de que Porter y ella se hubieran ido, le había enviado un correo electrónico a Nancy y le había pedido que hiciera unas búsquedas rápidas con las palabras poste, bailarina de striptease, prostituta, camarera, maíz, latigazos, y la secuencia con los números N511/J202 entre los casos de los últimos treinta años. Cuando Mackenzie miró su teléfono, vio que Nancy, como de costumbre, había actuado con rapidez. El correo que había enviado Nancy de vuelta decía: No hay gran cosa, me temo. No obstante, he adjuntado los informes de los pocos casos que encontré. ¡Buena suerte! Solo había cinco archivos adjuntos y Mackenzie pudo mirarlos bastante deprisa. Estaba claro que tres de ellos no tenían nada que ver con el asesinato de Lizbrook o el caso del 87. Pero los otros dos eran lo suficientemente interesantes como al menos tenerlos en cuenta. Uno de ellos era un caso de 1994 en que se había encontrado muerta a una mujer detrás de un granero abandonado en una zona rural a unas ochenta millas a las afueras de Omaha. La habían amarrado a un poste de madera y se creía que el cuerpo había estado allí al menos seis días antes de ser descubierto. Su cuerpo estaba rígido y unos cuantos animales del bosque, que se creía que eran gatos monteses, habían empezado a comerle las piernas. La mujer tenía un largo historial criminal que incluía dos arrestos por prostituirse en la calle. Aquí tampoco había señales claras de abuso sexual y aunque había latigazos en su espalda, no estaban tan extendidos como los que habían encontrado en Hailey Lizbrook. Sin embargo, el informe sobre el asesinato no decía nada sobre los números encontrados en el poste. El segundo archivo que quizá mantenía una relación con el caso trataba de una chica de diecinueve años a la que habían denunciado como secuestrada cuando no regresó a casa para las vacaciones de Navidad de su segundo año en la Universidad de Nebraska en 2009. Cuando se descubrió su cuerpo en un campo abierto tres meses después, parcialmente enterrado, había recibido latigazos en la espalda. Más tarde se filtraron las imágenes a la prensa, mostrando a la chica desnuda y participando de algún tipo de fiesta sexual violenta en una fraternidad. Se habían tomado las fotos una semana antes de que la denunciaran como desaparecida. El último caso era un tiro a ciegas, pero Mackenzie pensó que ambos podrían estar potencialmente conectados con el asesinato del 87 y el de Hailey Lizbrook. “¿Qué tienes ahí?” preguntó Porter. “Nancy me envió informes de algunos otros casos que pueden estar conectados.” “¿Hay algo bueno?” Ella titubeó, pero después le puso al día de las dos conexiones posibles. Cuando acabó, Porter asintió con la cabeza mientras miraba hacia la oscuridad de la noche. Pasaron una señal que les dijo que Omaha estaba a veintidós millas de distancia. “Creo que a veces te esfuerzas demasiado,” dijo Porter. “Te rompes el trasero trabajando y mucha gente se ha dado cuenta. Pero seamos honestos: da igual lo mucho que lo intentes, no todos los casos van a tener alguna conexión importante que vaya a crear un monstruo de caso para ti.” “Entonces dime,” dijo Mackenzie. “En este momento, ¿qué te dice tu instinto sobre este caso? ¿Con qué estamos tratando?” “Es un perpetrador común que tiene asuntos sin resolver con su mami,” dijo Porter con desdén. “Si hablamos con suficiente gente, le encontramos. Todo este análisis es una pérdida de tiempo. No se encuentra a la gente entrando en su cabeza. Les encuentras haciendo preguntas. Trabajo de calle. De puerta a puerta. De testigo a testigo.” Cuando se quedaron en silencio, Mackenzie comenzó a preocuparse al ver qué simplista era su percepción del mundo, qué blanca y negra. No dejaba ni un resquicio para los matices, para nada que no encajara con sus creencias predeterminadas. Ella pensaba que el psicópata con que estaban tratando era demasiado sofisticado para eso. “¿Qué piensas tú de nuestro asesino?” le preguntó finalmente. Podía detectar el resentimiento en su voz, como si realmente no hubiera querido preguntarle pero el silencio hubiera podido con él. “Creo que odia a las mujeres por lo que estas representan,” dijo en voz baja, resolviéndolo en su mente mientras hablaba. “Quizá sea un hombre virgen de cincuenta años que piensa que el sexo es vulgar—pero también existe esa necesidad de sexo en él. Matar a mujeres le hace sentir que está conquistando sus propios instintos, instintos que él considera vulgares e infrahumanos. Si puede eliminar el origen de donde parten esas necesidades sexuales, siente que está al mando. Los latigazos en la espalda indican que está casi castigándolas, seguramente por su carácter provocativo. Además, está el hecho de que no hay señales de abuso sexual. Me hace preguntarme si esto es algún tipo de intención de pureza a los ojos del asesino.” Porter sacudió la cabeza, casi como un padre decepcionado. “Eso es lo que quiero decir,” dijo él. “Una pérdida de tiempo. Te has metido ya tanto en esto que ya no sabes ni lo que piensas—y nada de eso nos va a servir de ayuda. Has perdido la perspectiva de conjunto.” Un silencio incómodo se cernió de nuevo sobre ellos. Cuando parecía que había terminado de hablar, Porter encendió la radio. Solamente duró unos minutos. A medida que se acercaban a Omaha, Porter bajó el volumen de la radio sin que se lo tuvieran que pedir esta vez. Porter habló y cuando lo hizo, sonó nervioso, pero Mackenzie también pudo escuchar el esfuerzo que estaba realizando para sonar como que él estaba al mando. “¿Alguna vez has entrevistado a unos chicos después de que pierdan a uno de sus padres?” preguntó Porter. “Una vez,” dijo ella. “Después de un tiroteo desde un coche. Un niño de once años.” “También yo tuve unos cuantos. No tiene ninguna gracia.” “No, no la tiene,” Mackenzie asintió. “Bueno, mira, estamos a punto de hacer preguntas sobre su madre muerta a dos chicos. Va a acabar por salir el tema de dónde trabajaba. Tenemos que manejar esto con guantes de seda.” Ella se enfureció. Él estaba haciendo eso de hablarle con condescendencia como si fuera una niña. “Deja que me encargue de todo. Puedes ofrecerles consuelo si se ponen a llorar. Nelson dice que la hermana también va a estar allí, pero no me puedo imaginar que sea ninguna fuente confiable de apoyo. Probablemente esté tan destrozada como los hijos.” La verdad es que Mackenzie no pensaba que esto fuera la mejor idea. También sabía que allí donde Porter y Nelson estuvieran implicados, tenía que escoger sus batallas con cuidado. Así que, si Porter quería encargarse de la tarea de preguntar a dos niños huérfanos por su difunta madre, le iba a dejar que se diera ese extraño placer. “Como quieras,” dijo ella con los dientes apretados. El coche enmudeció de nuevo. Esta vez, Porter dejó la radio apagada; Mackenzie pasando páginas en su regazo producía los únicos sonidos. Había una historia más amplia en esas páginas y en los documentos que había enviado Nancy; Mackenzie estaba segura de ello. Por supuesto, para que la historia estuviera completa, había que desvelar todos los personajes. Y por el momento, el personaje central estaba escondido entre las sombras. El coche bajó la marcha y Mackenzie elevó la cabeza cuando doblaron una manzana silenciosa. Sintió un vacío familiar en el estómago, y deseó estar en cualquier parte menos aquí. Estaban a punto de hablar con los hijos de una mujer que había muerto. CAPÍTULO CINCO Mackenzie se sorprendió al entrar al apartamento de Hailey Lizbrook; no era tal y como lo esperaba. Estaba ordenado y limpio, con los muebles colocados con buen gusto y libres de polvo. La decoración era sin duda la de una mujer domesticada; se veía hasta en las tazas de café con leyendas simpáticas y las cazuelas que colgaban de ganchos ornamentados junto al fogón. Era evidente que había manejado un presupuesto ajustado, hasta en los cortes de pelo y los pijamas de sus hijos. Se parecía bastante a la familia y el hogar con los que ella siempre había soñado. Mackenzie recordó por el informe que los chicos tenían nueve y quince años; el mayor era Kevin y el pequeño era Dalton. Cuando le conoció, estaba claro que Dalton había estado llorando de lo lindo; sus ojos azules estaban ribeteados de manchas rojizas y abultadas. Kevin, por otra parte, parecía más enfadado que otra cosa. Cuando se acomodaron y Porter tomó la palabra, fue perfectamente obvio que Porter trataba de hablarles en un tono que estaba a caballo entre la condescendencia y un maestro de preescolar esforzándose demasiado. Mackenzie se encogió por dentro mientras Porter hablaba. “Necesito saber si tu madre tenía amigos,” dijo Porter. Estaba en pie en el centro de la habitación con los chicos sentados en el sofá de la sala de estar. La hermana de Hailey, Jennifer, estaba de pie en la cocina contigua, fumando un cigarrillo junto al fogón con la campana extractora en funcionamiento. “¿Quiere decir como un novio?” preguntó Dalton. “Claro, eso podría ser un amigo,” dijo Porter. “Pero no quiero decir eso. Cualquier hombre con el que pueda haber hablado más de una vez. Incluso alguien como el cartero o alguien en la tienda de comestibles.” Ambos chicos miraban a Porter como si esperaran que realizara un truco de magia o quizá que entrara en proceso de combustión espontánea. Mackenzie hacía lo mismo. Nunca le había oído hablar en un tono tan suave. Era casi gracioso escuchar un tono tan apaciguador saliendo de su boca. “No, creo que no,” dijo Dalton. “No,” Kevin asintió. “Y tampoco tenía un novio. No que yo sepa.” Mackenzie y Porter miraron a Jennifer junto al fogón en busca de una respuesta. Ella se encogió de hombros. Mackenzie estaba bastante segura de que Jennifer había entrado en algún tipo de shock. Le hizo preguntarse si habría otro miembro de la familia que pudiera cuidar de los chicos un tiempo, ya que Jennifer no parecía una tutora apta en este momento. “Y bien, ¿qué hay de personas con las que vosotros y vuestra madre no os llevarais bien?” preguntó Porter. “¿Alguna vez la oísteis discutir con alguien?” Dalton simplemente sacudió la cabeza. Mackenzie estaba bastante segura de que el chico estaba a punto de echarse a llorar de nuevo. En cuanto a Kevin, miró directamente a Porter con desdén. “No,” dijo. “No somos imbéciles. Sabemos lo que está tratando de preguntarnos. Quiere saber si podemos pensar en alguien que pueda haber matado a nuestra madre. ¿Verdad?” Parecía que a Porter le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Echó una mirada nerviosa a Mackenzie, pero se las arregló para recuperar la compostura bastante deprisa. “Bueno, pues sí,” dijo. “Ahí es donde quiero llegar, pero está claro que no tenéis ninguna información.” “¿Usted cree?” dijo Kevin. Hubo un momento de tensión en que Mackenzie tuvo la certeza de que Porter se iba a poner duro con el chico. Kevin miraba a Porter con dolor en su expresión, casi retando a Porter a que siguiera. “Bueno,” dijo Porter, “creo que ya os he molestado bastante, chicos. Gracias por vuestro tiempo.” “Espera,” dijo Mackenzie, con la objeción saliendo de su boca antes de que pudiera pensar en detenerla. Porter le echó una mirada que podía haber derretido una vela. Estaba claro que él creía que estaban perdiendo el tiempo hablando con estos dos hijos de luto, especialmente con el quinceañero que claramente tenía problemas con la autoridad. Mackenzie pasó por alto su expresión y se arrodilló hasta tener los ojos a la altura de Dalton. “Oye, ¿crees que podrías ir a la cocina con tu tía un momento?” “Sí,” dijo Dalton, con voz ronca y apagada. “Detective Porter, ¿por qué no va con él?” De nuevo, la mirada que Porter le dirigió estaba llena de odio. Mackenzie le miró de vuelta, imperturbable. Mantuvo su expresión hasta que pareció petrificada. Estaba determinada a mantenerse firme esta vez. Si él quería discutir, lo llevaría afuera. Estaba claro que hasta en una situación con dos chicos y una mujer casi catatónica, no quería sentir que le dejaban en ridículo. “Desde luego,” dijo él apretando los dientes. Mackenzie esperó a que Porter y Dalton entraran en la cocina. Mackenzie se puso otra vez de pie. Sabía que sobre los doce años de edad más o menos, la táctica de ponerse al nivel ocular con los niños dejaba de funcionar. Miró a Kevin y vio que la actitud desafiante que le había mostrado a Porter seguía allí. Mackenzie no tenía nada en contra de los adolescentes, pero sabía que con frecuencia eran difíciles de manejar—especialmente en medio de circunstancias trágicas. Pero había visto cómo había respondido Kevin a Porter y pensó que podía saber cómo llegar a él. “Sé franco conmigo, Kevin,” dijo ella. “¿Te parece que aparecimos demasiado pronto? ¿Crees que somos unos desconsiderados por haceros preguntas tan pronto después de que hayáis recibido la noticia sobre tu madre?” “Algo así,” dijo él. “¿Es que no te apetece hablar ahora mismo?” “No, no tengo problema en hablar,” dijo Kevin. “Pero ese tipo es un imbécil.” Mackenzie sabía que esta era su oportunidad. Podía adoptar un enfoque profesional y formal como haría normalmente, o podía utilizar esta oportunidad para establecer una conexión con un adolescente enfurecido. Sabía que lo que más valoraban los adolescentes era la honestidad. Podían ver a través de cualquier cosa cuando les dirigían sus emociones. “Tienes razón,” dijo ella. “Es un imbécil.” Kevin le miró fijamente, con los ojos abiertos de par en par. Le había sorprendido; sin duda, él no esperaba esa respuesta. “Claro que eso no cambia el hecho de que tenga que trabajar con él,” añadió ella, con la voz matizada por la simpatía y la comprensión. “Tampoco cambia el hecho de que estamos aquí para ayudarte. Queremos encontrar a quienquiera que hizo esto a tu madre. ¿Tú no?” Guardó silencio durante largo tiempo; y finalmente, asintió de vuelta. “¿Crees que puedes hablar conmigo entonces?” preguntó Mackenzie. “Solo unas cuantas preguntas rápidas y nos iremos de aquí.” “¿Y quién viene después de eso?” preguntó Kevin, receloso. “¿En serio?” Kevin asintió y ella se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Se preguntó si se las habría estado aguantando todo el tiempo, tratando de ser fuerte para su hermano y su tía. “Pues cuando nos vayamos, llamaremos con cualquier información que podamos obtener y después vendrán de servicios sociales para asegurarse de que tu tía Jennifer está capacitada para cuidar de vosotros mientras se realizan las últimas disposiciones sobre tu madre.” “Está bien la mayoría del tiempo,” dijo Kevin, mirando a Jennifer. “Pero mamá y ella se llevaban realmente bien. Eran las mejores amigas.” “Las hermanas pueden ser así,” dijo Mackenzie, sin tener ni idea de si era verdad o no. “Por ahora, tengo que ver si te puedes concentrar en mis preguntas. ¿Puedes hacer eso?” “Sí.” “Muy bien. Ahora, odio tener que preguntarte esto, pero es realmente esencial. ¿Sabes a qué se dedicaba tu madre? Kevin asintió mientras sus ojos se hundían en el suelo. “Sí,” dijo. “Y no sé cómo, pero los chicos en la escuela también lo saben. Seguro que el calenturiento del padre de alguno fue al club y la vio y la reconoció de una función de la escuela o algo así. Da asco. Me dan la lata con ello todo el tiempo.” Mackenzie no podía imaginarse ese tipo de tortura, pero también le hizo respetar a Hailey Lizbrook muchísimo más. Claro que se desnudaba por dinero por las noches, pero durante el día parece que era una madre que pasaba tiempo con sus hijos. “Vale,” dijo Mackenzie. “Si sabes sobre su trabajo, te puedes imaginar la clase de hombres que va a esos sitios, ¿verdad?” Kevin asintió, y Mackenzie vio cómo se deslizaba la primera lágrima por su mejilla izquierda. Casi se acerca y le toma la mano como señal de apoyo, pero no quería fastidiarle. “Necesito que pienses si tu madre vino alguna vez a casa realmente molesta o enfadada por algo. También necesito que pienses en cualquier hombre que pueda… en fin, cualquier hombre que pueda haber venido a casa con ella.” “Nadie venía a casa con ella jamás,” dijo él. “Y casi nunca vi a mamá enfadada o molesta por nada. La única vez que la vi enfadada fue cuando estaba lidiando con abogados el año pasado.” “¿Abogados?” dijo Mackenzie. “¿Sabes por qué estaba hablando con abogados?” “Más o menos. Sé que algo sucedió una noche en el trabajo y le hizo acabar por ir a hablar con algunos abogados. Escuché algo cuando hablaba por teléfono. Estoy bastante seguro de que estaba hablando con ellos de una orden de alejamiento.” “¿Y crees que eso era en relación con el sitio donde trabajaba?” “No lo sé seguro,” dijo Kevin. Parecía que se había animado un poco al darse cuenta de que había dicho algo que podía ser de ayuda. “Pero creo que sí.” “Eso es de gran ayuda, Kevin.” dijo Mackenzie. “¿Se te ocurre algo más? Sacudió su cabeza lentamente y después miró a Mackenzie a los ojos. Trataba de mantenerse fuerte, pero había tanta tristeza en los ojos del chico que Mackenzie no tenía ni idea de cómo no se había derrumbado todavía. “Mamá se avergonzaba de ello, ¿sabes?” dijo Kevin. “Trabajaba también desde casa durante el día. Era una especie de escritora técnica, para páginas web y cosas así. Pero no creo que estuviera haciendo mucho dinero. Hacía lo otro para hacer más dinero porque nuestro padre… bueno, se largó hace mucho tiempo. Ya no envía dinero nunca. Así que mamá… tuvo que aceptar este otro trabajo. Lo hizo por mí y por Dalton y…” “Lo sé,” dijo Mackenzie, y esta vez se acercó a tocarle. Colocó la mano en su hombro y él pareció agradecido. También podía asegurar que quería llorar con todas sus ganas, pero probablemente no iba a permitírselo delante de desconocidos. “Detective Porter,” dijo Mackenzie, mientras él surgía de la otra habitación, mirándola fijamente. “¿Tienes más preguntas?” Ella sacudió la cabeza con sutileza mientras hacía la pregunta, esperando que él le entendiera. “No, creo que ya hemos terminado aquí”, dijo Porter. “Muy bien,” dijo Mackenzie. “De nuevo, chicos, muchas gracias por vuestro tiempo.” “Sí, gracias,” dijo Porter, uniéndose a Mackenzie en la sala de estar. “Jennifer, tienes mi número así que si se te ocurre cualquier cosa que pueda ayudarnos, no dudes en llamarnos. Hasta el detalle más minúsculo podría ser útil.” Jennifer asintió y dejó escapar con una voz ronca, “Gracias.” Mackenzie y Porter salieron, descendiendo una serie de escalones de madera que daban al aparcamiento del edificio de apartamentos. Cuando se encontraban a una distancia sensata del apartamento, Mackenzie acortó la distancia entre ellos. Podía sentir la inmensa ira que emanaba de él como el calor pero la ignoró. “Tengo una pista,” dijo ella. “Kevin dice que su madre estaba preparándose para solicitar una orden de alejamiento contra alguien del trabajo el año pasado. Dijo que era la única vez que la había visto visiblemente enfadada o molesta por algo.” “Muy bien,” dijo Porter. “Eso quiere decir que algo bueno resultó de que socavaras mi autoridad.” “No socavé tu autoridad,” dijo Mackenzie. “Simplemente vi cómo se estropeaba la situación entre tú y el hijo mayor, así que intervine para resolverlo.” “Mentira,” dijo Porter. “Hiciste que pareciera débil e inferior delante de esos chicos y de su tía.” “Eso no es cierto,” dijo Mackenzie. “Incluso si lo fuera, ¿qué importa? Estabas hablando con esos chicos como si fueran idiotas que apenas podían entender inglés.” “Tus actos fueron una clara señal de falta de respeto,” dijo Porter. “Deja que te recuerde que he estado haciendo este trabajo más tiempo del que tú llevas con vida. Si necesito que intervengas para ayudarme, maldita sea, te lo haría saber.” “Tú lo dejaste, Porter,” replicó ella. “Ya habías terminado, ¿recuerdas? No quedaba ninguna autoridad que socavar. Estabas en la puerta. Esa era tu decisión. Y era la decisión equivocada.” Ya habían llegado al coche y mientras Porter lo desbloqueaba, miró por encima del techo, con sus ojos clavados en Mackenzie. “Cuando regresemos a la comisaría, voy a ir donde Nelson y le voy a entregar una solicitud para que me reasignen. Estoy harto de esta falta de respeto.” “Falta de respeto,” dijo Mackenzie, sacudiendo la cabeza. “Ni siquiera sabes lo que esa palabra significa. Por qué no empiezas por examinar detenidamente la manera en que me tratas a mí.” Porter dejó escapar un suspiro entrecortado y se montó en el coche, sin decir nada más. Decidida a no permitir que el estado de ánimo tenso de Porter pudiera con ella, Mackenzie también entró. Miró de nuevo al apartamento y se preguntó si Kevin se habría permitido aún echarse a llorar. En el esquema general de las cosas, el conflicto que existía entre Porter y ella no parecía tan importante. “¿Quieres llamar para comunicarlo?” preguntó Porter, claramente irritado porque se le habían sublevado. “Sí,” dijo ella, sacando el teléfono. Mientras buscaba el número de Nelson, no podía negar la creciente satisfacción que estaba surgiendo dentro de ella. Una orden de alejamiento emitida hace un año y ahora Hailey Lizbrook estaba muerta. Tenemos a ese cabrón, pensó. Pero al mismo tiempo, no podía evitar preguntarse si solucionar este asunto sería realmente tan fácil. CAPÍTULO SEIS Al final, Mackenzie llegó a su casa a las 10:45, exhausta. Había sido un día largo y agotador, pero sabía que no sería capaz de quedarse dormida durante algún tiempo. Su mente estaba demasiado concentrada en la pista que le había proporcionado Kevin Lizbrook. Le había comunicado la información a Nelson y él le había asegurado que haría que alguien llamara al club de striptease y a la firma de abogados con la que Hailey Lizbrook había estado trabajando para conseguirle una orden de alejamiento. Con su mente disparándose en miles de direcciones distintas, Mackenzie puso algo de música, agarró una cerveza del frigorífico, y comenzó a prepararse un baño. Normalmente no le gustaba darse baños, pero esta noche todos los músculos de su cuerpo estaban completamente tensos. Mientras la bañera se llenaba de agua, caminó por la casa y la ordenó desde el punto en que parecía que Zack había estado esperando hasta el último minuto para volver al trabajo. Zack y ella se habían mudado juntos hace poco más de un año, intentando tomar todos los pasos posibles en una relación que pudieran evitar el matrimonio durante el mayor tiempo posible. A Mackenzie le parecía que estaba lista para casarse, pero a Zack esa idea parecía aterrarle. Ya habían estado juntos tres años y aunque los dos primeros años habían sido fabulosos, la última etapa de su relación se había basado en la monotonía y en el temor de Zack a quedarse solo y a casarse. Si pudiera quedarse en un punto medio entre esos dos, con Mackenzie haciendo de amortiguador, estaría contento. Pero mientras recogía dos platos sucios de la mesa de café y pisaba sin querer un CD de la Xbox en el suelo, Mackenzie se planteó que quizá ya estaba harta de hacer de amortiguador. Además, ni siquiera estaba segura de que se casaría con Zack si se lo pidiera mañana. Le conocía demasiado bien; había visto una imagen de lo que sería estar casada con él y, con toda sinceridad, no prometía gran cosa. Estaba atascada en una relación sin futuro, con un compañero que no la apreciaba. De la misma manera, se daba cuenta de que estaba atascada en un trabajo con unos compañeros que no la apreciaban. Toda su vida parecía estar atascada. Sabía que era necesario hacer cambios, pero le resultaban demasiado intimidantes. Y dado su nivel de cansancio, ni siquiera contaba con la energía necesaria. Mackenzie se retiró al cuarto de baño y cerró el agua. Olas de vapor ascendieron desde la parte superior de la bañera, a modo de invitación. Se quitó la ropa, mirándose a sí misma en el espejo y cayendo todavía más en la cuenta de que había desperdiciado tres años de su vida con un hombre que no tenía un deseo genuino de comprometerse con ella. Le parecía que era atractiva de una manera sencilla. Tenía un rostro bonito (quizá más cuando llevaba el pelo en cola de caballo) y tenía una figura sólida, si bien algo delgada y muscular. Su estómago estaba plano y firme—tanto que a veces Zack bromeaba diciendo que sus abdominales resultaban algo intimidantes. Se deslizó dentro de la bañera, con la cerveza apoyada en la mesita de las toallas a su lado. Dejó escapar un profundo suspiro y dejó que el agua caliente hiciera su trabajo. Cerró los ojos y se relajó lo mejor que pudo, pero la imagen de los ojos de Kevin Lizbrook regresaba a su mente de manera cíclica. La enorme tristeza que había en ellos había sido casi insoportable, y hablaban de un dolor que la misma Mackenzie había conocido en su día pero que había conseguido empujar hasta el fondo de su corazón. Cerró los ojos y se quedó dormida, con la imagen acosándola todo el tiempo. Sentía una presencia palpable, como si Hailey Lizbrook estuviera con ella en la habitación ahora mismo, instándole a que resolviera su asesinato. * Zack regresó a casa una hora más tarde, en cuanto terminó un turno de doce horas en la planta textil de la zona. Cada vez que Mackenzie olía los olores de la suciedad, el sudor y la grasa en él, le recordaban la poca ambición que tenía Zack. Mackenzie no tenía ninguna pega sobre el trabajo en sí; era un trabajo respetable para hombres que estaban hechos para el trabajo duro y la dedicación. Sin embargo, Zack tenía una licenciatura que había pensado utilizar para conseguir una plaza en un Masters y hacerse profesor. Ese plan había acabado hace cinco años y desde entonces se había quedado atascado en el rol de jefe de turno en la planta textil. Mackenzie estaba tomando su segunda cerveza cuando él llegó, sentada en la cama y leyendo un libro. Pensó que trataría de quedarse dormida sobre las tres, para conseguir cinco horas sólidas de sueño antes de irse a trabajar a las nueve de la mañana siguiente. Siempre le dio igual dormir y había descubierto que cuando conseguía dormir más de seis horas por las noches, se sentía letárgica y confundida al día siguiente. Zack entró a la habitación con su ropa sucia del trabajo. Se quitó los zapatos junto a la cama mientras la miraba de arriba abajo. Ella llevaba una camiseta ajustada y un culote. “Hola, chica,” le dijo, con una mirada de admiración. “Vaya, es un placer encontrar esto al volver a casa.” “¿Cómo te fue el día?” preguntó ella, sin apenas levantar la vista de su libro. “Estuvo bien,” dijo él. “Entonces regresé a casa y te vi así y se puso mucho mejor.” Dicho eso, se encaramó a la cama poniéndose a su lado. Su mano se dirigió a un lado de su cara mientras se inclinaba para darle un beso. Dejó caer su libro y se retiró al mismo tiempo. “Zack, ¿te has vuelto loco?” le preguntó. “¿Qué?” dijo él, claramente confundido. “Estás completamente sucio. Y no solo es que me haya dado un baño, es que estás dejando suciedad y grasa y Dios sabe qué más en las sábanas.” “Oh, Dios,” dijo Zack, disgustado. Rodó por la cama, cubriendo a propósito todo lo que podía de las sábanas. “¿Por qué eres tan estrecha?” “No soy una estrecha,” dijo ella. “Solo prefiero no vivir en una pocilga. A propósito, gracias por limpiar lo que utilizaste antes de irte a trabajar.” “Oh, es tan agradable estar en casa,” dijo Zack de manera burlona, entrando al cuarto de baño y cerrando la puerta detrás de él. Mackenzie suspiró y se tomó el resto de la cerveza de un trago. Entonces miró al otro lado de la habitación donde aún estaban las botas sucias de Zack en el suelo—donde estarían hasta que se las pusiera mañana de nuevo. También sabía que cuando se levantara por la mañana y fuera al cuarto de baño a prepararse, encontraría su ropa sucia en una pila en el suelo. Al diablo con ello, pensó, volviendo a su lectura. Leyó solo unas pocas páginas mientras escuchaba el agua de la ducha de Zack en el baño. Entonces puso el libro a un lado y regresó a la sala de estar. Recogió su maletín, lo trajo al dormitorio, y sacó los archivos más actualizados sobre el asesinato de Lizbrook que había obtenido en la comisaría antes de regresar a casa. Por mucho que quisiera descansar, aunque solo fuera por unas horas, no podía hacerlo. Repasó los archivos, buscando cualquier detalle que se les hubiera podido pasar por alto. Cuando estuvo segura de que habían cubierto todo, vio de nuevo los ojos llenos de lágrimas de Kevin y eso le incitó a mirar de nuevo. Mackenzie estaba tan ensimismada con los archivos que no se dio cuenta de que Zack había vuelto a la habitación. Ahora olía mucho mejor, y, vestido solamente con una toalla alrededor de la cintura, también tenía mucho mejor aspecto. “Siento lo de las sábanas,” dijo Zack casi distraído mientras se deshacía de la toalla y se ponía un par de calzoncillos. “Es que yo… no sé… no recuerdo la última vez que me prestaste alguna atención.” “¿Quieres decir sexo?” preguntó ella. Para sorpresa suya, se dio cuenta de que realmente le apetecía tener sexo. Puede que fuera justo lo que necesitaba para relajarse del todo y conseguir dormir. “No solo sexo,” dijo Zack. “Quiero decir cualquier tipo de atención. Llego a casa y estás ya durmiendo o repasando tus casos.” “Bueno, eso es después de que haya recogido tu basura de todo el día,” dijo ella. “Vives como un crío que espera que su mami venga a limpiar detrás suyo. Así que ya ves, a veces vuelvo al trabajo para olvidar lo frustrante que puedes ser.” “¿Así que volvemos de nuevo a esto?” preguntó él. “¿Volvemos a qué?” “Volvemos a que tú utilizas el trabajo como una manera de ignorarme.” “No lo utilizo como una manera de ignorarte, Zack. Ahora mismo estoy más preocupada de descubrir quién asesinó brutalmente a la madre de dos chicos que de asegurarme de que recibes la atención que necesitas.” “Eso es exactamente,” dijo Zack, “esa es la razón por la que no tengo prisa en casarme. Tú ya estás casada con tu trabajo.” Había unas mil respuestas que podía haberle escupido de vuelta, pero Mackenzie sabía que no tenía sentido. Sabía que, en cierto modo, él tenía razón. Casi todas las noches, los casos que se traía a casa le parecían más interesantes que Zack. Todavía le quería, sin duda alguna, pero no había nada nuevo en él, nada que le retara. “Buenas noches,” dijo agriamente mientras se metía a la cama. Miró su espalda desnuda y se preguntó si, de algún modo, era su responsabilidad prestarle atención. ¿Le convertiría eso en una buena novia? ¿Haría de ella una mejor inversión para un hombre al que aterraba el matrimonio? Ahora que la idea del sexo era un impulso que había caído en el olvido, Mackenzie se encogió de hombros y volvió a mirar los archivos. Si su vida personal tenía que diluirse hasta pasar a un segundo plano, que así fuera. De todos modos, esta vida, la vida dentro del caso, le parecía más real. * Mackenzie entró al dormitorio de sus padres, y antes de que cruzara el umbral, olió algo que revolvió su estómago de siete años. Era un olor ácido, que le recordaba a la parte interior de su hucha—un olor como el cobre de los centavos. Entró a la habitación y vio el pie de la cama, una cama en la que su madre no había dormido durante un año más o menos—una cama que parecía demasiado grande solo para su padre. Le vio allí, con las piernas colgando del lado de la cama, los brazos extendidos como si estuviera tratando de volar. Había sangre por todas partes: en la cama, en la pared, hasta había algo de sangre en el techo. Tenía la cabeza girada hacia la derecha, como si estuviera alejando la mirada de ella. Ella supo que estaba muerto al instante. Se acercó a él con sus pies descalzos pisoteando un charco de sangre; no quería acercarse, pero tenía que hacerlo. “Papi,” susurró ella, que ya se había echado a llorar. Se acercó, aterrorizada, pero atraída como un imán. De repente, él se dio la vuelta y la miró fijamente, todavía muerto. Mackenzie gritó. Mackenzie abrió los ojos y miró la habitación que le rodeaba, con aire confundido. Los archivos del caso estaban en su regazo, esparcidos. Zack estaba dormido a su lado, todavía dándole la espalda. Respiró hondo, limpiándose el sudor de sus cejas. Solo había sido un sueño. Y entonces oyó el crujido. Mackenzie se quedó petrificada. Miró hacia la puerta del dormitorio y salió despacio de la cama. Acababa de escuchar cómo crujía la débil tarima del piso de la sala de estar, un sonido que solo había escuchado cuando alguien caminaba por la sala. Claro que estaba dormida y en medio de una pesadilla, pero ella lo había oído. ¿O no? Salió de la cama y cogió la pistola de servicio de la parte superior de su vestidor donde estaba junto a su placa y un pequeño bolso. Se inclinó sigilosamente junto al umbral de la puerta y salió al pasillo. El tenue brillo de las farolas se filtraba a través de las persianas de la sala de estar, revelando una habitación vacía. Entró a la sala, sosteniendo el arma en posición de ataque. Todos sus instintos le decían que no había nadie allí, pero todavía estaba temblando. Ella sabía que había oído crujir la tarima. Caminó a esa parte de la sala, justo enfrente de la mesa de café, y la oyó crujir. Sin saber cómo, la imagen de Hailey Lizbrook cruzó su mente. Vio los latigazos en la espalda de la mujer y las huellas en la tierra. Se estremeció. Se quedó mirando el arma en sus manos y trató de recordar la última vez que un caso le había afectado tanto. ¿Qué demonios estaba pensando? ¿Que el asesino estaba en su sala de estar, espiándola? Irritada, Mackenzie regresó al dormitorio. Colocó el arma de vuelta en el vestidor con sigilo y se fue a su lado de la cama. Todavía sobresaltada y con los restos del sueño aún flotando en su cabeza, Mackenzie se volvió a tumbar. Cerró los ojos e intentó conciliar el sueño de nuevo. Sin embargo, sabía que tardaría en llegar. Sabía que le estaban acosando tanto los vivos como los muertos. CAPÍTULO SIETE Mackenzie no podía recordar ningún momento en que la comisaría hubiera estado tan caótica. Lo primero que vio al cruzar la puerta principal fue a Nancy corriendo por el pasillo hacia la oficina de alguien. Jamás había visto a Nancy moverse tan deprisa. Además de eso, había miradas ansiosas en los rostros de cada agente que se cruzó de camino a la sala de conferencias. Parecía que iba a ser una mañana llena de acontecimientos. Había una tensión en el ambiente que le recordaba a la pesadez de la atmósfera justo antes de una mala tormenta de verano. Ella había sentido parte de esa tensión en sí misma, incluso antes de salir de casa. Había recibido la primera llamada a las 7:30, informándole de que actuarían sobre la pista en cuestión de horas. Aparentemente, mientras ella había estado durmiendo, la pista que ella se las había arreglado para sonsacarle a Kevin había resultado ser muy prometedora. Se había obtenido una orden de arresto y se estaba llevando a cabo un plan. Sin embargo, algo ya se había establecido: Nelson quería que Porter y ella trajeran al sospechoso a la comisaría. Los diez minutos que pasó en comisaría fueron como un torbellino. Mientras se servía una taza de café, Nelson ladraba órdenes a todo el mundo mientras Porter se sentaba solemnemente en una silla delante de la mesa de conferencias. Porter tenía el aspecto de un niño quejumbroso en busca de cualquier atención que pudiera conseguir. Ella sabía que el hecho de que esta pista proviniera de un chico con el que Mackenzie había estado hablando—un chico del que él había estado dispuesto a alejarse—debía de estar carcomiéndole por dentro. Pusieron a Mackenzie y Porter al frente, y otros dos coches fueron asignados para seguirles y ayudarles en caso de que fuera necesario. Era la cuarta vez en su carrera que le habían asignado una carga como esta, y la ráfaga de adrenalina nunca envejecía. A pesar de la corriente de energía que le estaba atravesando, Mackenzie permaneció calmada y en control. Salió de la sala de conferencias con dignidad y confianza, empezando a sentir que ahora se trataba de su caso, sin que importara cuánto lo quisiera Porter. Mientras salía de la sala, Nelson se acercó a ella y la agarró con suavidad por el brazo. “White, permite que te hable un momento, ¿te parece?” La llevó hacia un lado, guiándola a la sala de la copiadora antes de que pudiera responder. Miró a su alrededor con aire conspiratorio, asegurándose de que no había nadie más que les pudiera escuchar. Cuando estuvo seguro de que estaban a salvo, él la miró de tal manera que le hizo preguntarse si había hecho algo malo. “Mira,” dijo Nelson, “Porter me visitó anoche y me pidió que le reasignara otro agente. Le dije que no de entrada. También le dije que sería una estupidez por su parte abandonar este caso ahora mismo. ¿Sabes por qué quería que le asignara un nuevo compañero? “Cree que me sublevé anoche,” dijo Mackenzie. “No obstante, estaba claro que los chicos no le estaban respondiendo y que él no iba a hacer todo lo posible para conectar con ellos.” “Oh, no tienes que explicármelo,” dijo Nelson. “Creo que hiciste un trabajo de miedo con ese chico mayor. El chico acabó contándoles a los demás agentes que aparecieron—incluso a los de servicios sociales—que le caíste muy bien. Solo quería que supieras que hoy Porter está en pie de guerra. Si te fastidia de alguna manera, dímelo. Pero no creo que lo haga. Aunque no es tu mayor admirador, me acabó diciendo que te respeta enormemente, pero esto queda entre tú y yo. ¿Entendido?” “Sí, señor,” dijo Mackenzie, sorprendida por el repentino apoyo y los ánimos. “Está bien,” dijo Nelson, dándole una palmadita en la espalda. “Atrapa a ese tipo.” Con esto, Mackenzie se dirigió al aparcamiento donde Porter ya estaba sentado al volante de su coche. Le lanzó una mirada que venía a decir “qué demonios te retrasó tanto” mientras ella se apresuraba a montarse en el coche. En el momento que entró, Porter salió pitando del aparcamiento antes de que Mackenzie hubiera cerrado la puerta del todo. “¿Imagino que recibiste el informe completo sobre nuestro hombre esta mañana?” preguntó Porter mientras entraba a la autopista. Otros dos coches les siguieron, transportando a Nelson y a cuatro agentes más como respaldo en caso de que fuera necesario. “Así es,” dijo Mackenzie. “Clive Traylor, delincuente sexual registrado de cuarenta y un años. Pasó seis meses en la cárcel por agresión a una mujer en el 2006. En la actualidad, trabaja en una farmacia local pero también hace algunos trabajos de carpintería desde el pequeño cobertizo que hay en su propiedad.” “Ah, debes de haberte perdido la última nota que envió Nancy,” dijo Porter. “Ah, ¿sí?” dijo ella. “¿Qué me he perdido?” “El cabrón tiene varios postes de madera detrás de su cobertizo. La información muestra que son más o menos del mismo tamaño que el que encontramos en ese maizal.” Mackenzie dio un repaso a sus correos electrónicos en su teléfono y vio que Nancy había enviado esa nota hacía menos de diez minutos. “Suena como nuestro hombre, entonces,” dijo ella. “Sí, maldita sea,” dijo Porter. Hablaba como un robot, como si hubiera sido programado para decir ciertas cosas. No la miró ni una sola vez. Estaba claro que estaba molesto, pero eso no le preocupaba a Mackenzie. Mientras dedicara esa ira y determinación a derrotar al sospechoso, a ella le daba exactamente igual. “Me adelantaré y terminaré con esta tensión,” dijo Porter. “Me molestó de verdad cuando tomaste el mando anoche, pero que me cuelguen si no es cierto que realizaste algún tipo de milagro con ese chico. Eres más inteligente de lo que suelo reconocer. Lo admito. Pero la falta de respeto…” Se quedó en silencio, como si no estuviera seguro de cómo terminar la frase. Mackenzie no dijo nada por respuesta. Simplemente miró hacia delante e intentó digerir el hecho de que acababa de recibir lo que se podía considerar como cumplidos de dos fuentes muy poco probables en los últimos quince minutos. De repente le pareció que este podía ser un muy buen día. Esperaba que, para el final del día, hubieran detenido al responsable de la muerte de Hailey Lizbrook y de varios otros casos de asesinato sin resolver durante los últimos veinte años. Si esa era la recompensa, no cabía duda de que ella podía tolerar el mal humor de Porter. * Mackenzie miró hacia fuera y se sintió deprimida al ver cómo los barrios cambiaban delante de sus ojos a medida que Porter se dirigía a los distritos más abandonados de Omaha. Los subsectores más acomodados dieron paso a complejos de apartamentos de renta controlada que después desaparecieron para dar lugar a los barrios de peor reputación. Enseguida llegaron al barrio donde vivía Clive Traylor, que estaba formado de casas para los que tienen pocos ingresos asentadas en céspedes más bien sin vida, salpicado con buzones de correo retorcidos a lo largo de la calle. Las hileras continuas de casas parecían no tener fin, cada una con un aspecto todavía más descuidado que la de al lado. No sabía que le resultaba más deprimente, su estado de abandono, o la monotonía que le entumecía. El bloque donde vivía Clive estaba en silencio, y al doblar la esquina hacia él, Mackenzie reconoció la familiar ráfaga de adrenalina. Se sentó inconscientemente, preparándose para enfrentar a un asesino. Según el equipo de vigilancia que había estado observando la propiedad desde las 3 de la madrugada, Traylor todavía estaba en casa. No tenía que fichar de nuevo en el trabajo hasta la una. Porter desaceleró el coche mientras subía la calle y aparcó directamente enfrente de la casa de Traylor. Entonces miró a Mackenzie por primera vez en toda la mañana. Parecía algo nervioso. Se dio cuenta de que seguramente ella lo parecía también. Y a pesar de sus diferencias, Mackenzie todavía se sentía a salvo entrando en una situación de peligro potencial con él. Ya fuera un machista de verdad o no, el hombre tenía una experiencia de muchos años y sabía lo que estaba haciendo la mayor parte del tiempo. “¿Lista?” le preguntó Porter. Ella asintió y sacó el micrófono de la unidad de radio en el salpicadero del coche. “Al habla White,” dijo al micrófono. “Estamos listos para entrar cuando nos lo digas.” “A por ello,” llegó la respuesta simple de Nelson. Mackenzie y Porter salieron despacio del coche, para evitar crear en Traylor cualquier razón para alarmarse si le daba por mirar por la ventana para ver a dos desconocidos caminando por su jardín. Porter tomó la delantera a medida que subían los destartalados escalones del porche. El porche estaba cubierto de pintura blanca en forma de copos y de los restos de miles de insectos muertos. Mackenzie sintió como se ponía tensa, preparándose. ¿Qué haría cuando viera la cara del hombre que había matado a esas mujeres? Porter abrió la endeble portezuela de tela metálica y llamó a la puerta principal. Mackenzie estaba de pie a su lado, esperando, con el corazón acelerado. Podía sentir cómo le empezaban a sudar las palmas. Pasaron unos instantes antes de que escuchara pasos acercándose. A eso le siguió el chasquido de una cerradura desbloqueándose. La puerta se abrió un poco más que un tragaluz, y Clive Traylor les miró. Parecía confundido—y después, muy alarmado. “¿Puedo ayudarles?” preguntó Traylor. “Señor Traylor,” dijo Porter, “Soy el Detective Porter y ella es la Detective White. Si tiene un minuto, nos gustaría hablar con usted.” “¿En relación con qué?” preguntó Traylor, que se puso a la defensiva de inmediato. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693679&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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