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Antes De Que Se Lleve Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #4 De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un éxito de ventas #1 con más de 800 críticas de 5 estrellas), llega el libro #4 en la excitante serie de misterio Mackenzie White. En ANTES DE QUE SE LLEVE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 4), la recién graduada agente del FBI Mackenzie White recibe órdenes para encargarse de un nuevo y angustioso caso. En los campos de Iowa están desapareciendo mujeres, y empieza a surgir una pauta. Se teme que haya un asesino en serie haciendo de las suyas, con un ritmo ascendente. Dados sus orígenes en el Medio Oeste, Mackenzie es elegida como la candidata ideal. No obstante, Mackenzie se resiste a regresar al Medio Oeste, en esta ocasión a un escenario seriamente rural que le recuerda demasiado a su propia infancia, a sus propios fantasmas del pasado. También busca al asesino de su propio padre, encontrándose con que la oscuridad le quiere invadir en cada recodo de su viaje. Sumergida de lleno en un mundo de granjas, graneros, y mataderos, de largas distancias de autopistas vacías, a Mackenzie le da la impresión de que está recayendo en los recesos de su propia alma, y en las pesadillas que siempre tuvo miedo de enfrentar. En el mortal juego del gato y el ratón, por fin se da cuenta de la psicosis del asesino al que se enfrenta, y acaba dándose cuenta de que la tierra en la que creció oculta horrores incluso más oscuros y retorcidos que los que ella podía imaginar. Un oscuro thriller psicológico lleno de suspense y emoción, ANTES DE QUE SE LLEVE es el libro #4 de una nueva serie – con una nueva y adorable protagonista – que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. El Libro #5 de la serie de misterio Mackenzie White estará pronto disponible a la venta. También está disponible el libro de Blake Pierce ONCE GONE (Un misterio con Riley Paige – Libro #1), un éxito de ventas #1 con más de 800 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita! A N T E S D E Q U E S E L L E V E (UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 4) B L A K E P I E R C E TRAducido al español por Asun Henares Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDOS PRÓLOGO (#ufa41689c-042f-5cc4-b094-e4b0457edeaf) CAPÍTULO UNO (#ucc558270-7625-5800-9c59-4365b62a6429) CAPÍTULO DOS (#uce2652f4-5bfa-5dd0-a011-61039445098e) CAPÍTULO TRES (#ub41ccd5d-a0ec-599b-a804-8624fcf1f8cd) CAPÍTULO CUATRO (#u988d5094-a98f-5884-bf1b-2be5e0916f55) CAPÍTULO CINCO (#u40a4837f-e3cf-5644-9b4e-217ddaba9909) CAPÍTULO SEIS (#u3d4e2c98-9e23-5944-a315-385379eafa7c) CAPÍTULO SIETE (#u7e441b5d-f5f2-5623-b11a-ca027ca4f197) CAPÍTULO OCHO (#u01d9be54-4680-59d1-8fe1-437aa658d7f1) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Esta iba a ser la última vez que promocionaba uno de sus libros en un pueblo ínfimo del que nadie había oído hablar jamás. Tenía que hablar con su director de publicidad y decirle que solo porque un pueblo contara con una librería, eso no lo convertía en una metrópolis. Puede que pedir tal cosa le hiciera parecer una diva llena de exigencias, pero lo cierto es que no le importaba. Eran las 10:35 de la noche y Delores Manning iba conduciendo por una carretera de doble sentido en algún lugar de Iowa dejado de la mano de Dios. Era perfectamente consciente de que había tomado una curva equivocada unas diez millas atrás porque había sucedido poco tiempo después de que su GPS le hubiera dejado tirada. No había ninguna señal. Por supuesto. Era la guinda en el pastel de lo que había sido un fin de semana terrible. Delores había permanecido en este tramo de carretera al menos diez minutos. No había visto ninguna señal de parada, ni casas, nada de nada. Solamente árboles y un cielo nocturno sorprendentemente hermoso encima de su cabeza. Estaba pensando seriamente en pararse en medio de la carretera y darse la vuelta. Cuanto más pensaba en ello, mejor idea le parecía. Estaba a punto de pisar el freno para detenerse cuando el sonido de un reventón invadió el coche. Delores chilló de miedo y sorpresa, pero su grito fue apagado por el repentino paf del coche cuando descendió varias pulgadas y se viró hacia la izquierda bruscamente. Se las arregló para más o menos enderezar el rumbo del coche pero se dio cuenta de que no podía luchar contra ello—el coche se quedaba atrás. Renunciando a la lucha, se las arregló para dirigir el coche a un lado de la carretera, aparcando más de la mitad del coche fuera del asfalto. Encendió sus luces intermitentes y dejó salir un hondo suspiro. “Mierda,” dijo. Eso sonaba como un neumático, pensó para sí. Y si es así… diablos, ni siquiera recuerdo si tengo uno de repuesto en el maletero. Esto me pasa por ir a todas partes en esta trampa mortal de coche. Estás a punto de convertirte en una escritora importante, chica. Puedes gastarte algo de dinero en aviones y coches de alquiler de vez en cuando, ¿no? Desbloqueó la puerta del maletero, abrió su portezuela, y salió del coche en medio de la noche. Había un frescor en el ambiente, ya que el invierno se cernía sobre el Medio Oeste, entrando a hurtadillas tras el otoño. Se ciñó el abrigo alrededor del cuerpo y después sacó su teléfono móvil. No le sorprendió lo más mínimo encontrarse con que no tenía cobertura; había visto el mismo mensaje durante los últimos veinte minutos más o menos, desde el momento en que su GPS había dejado de funcionar. Echó una ojeada a sus neumáticos y vio que los neumáticos delantero y trasero del lado del conductor habían pinchado. Es más, estaban aplastados. Divisó algo que centelleaba en el neumático delantero y se agachó para ver de qué se trataba. Cristal, pensó. ¿En serio? ¿Cómo es posible que un cristal me pinchara los neumáticos? Miró a la rueda de atrás y vio que había varias esquirlas de cristal sobresaliendo de ella. Volvió la vista hacia la carretera y no vio señales de nada, claro que eso no significaba gran cosa porque la luna estaba más bien oculta detrás de las copas de los árboles y la noche era oscura como el carbón. Se fue hacia el maletero, sabiendo de sobra que daría igual lo que se pudiera encontrar. Hasta en el caso de que allí atrás hubiera un neumático de reemplazo, necesitaba dos. Furiosa y un tanto asustada, dio un portazo al maletero, sin molestarse en mirar. Agarró su teléfono y, sintiéndose como una idiota, se encaramó sobre el maletero. Elevó el teléfono con el brazo, con la esperanza de que mostrara al menos una barra de cobertura. Nada. Que no te entre el pánico, pensó. Es cierto, estás en medio de ninguna parte, pero alguien aparecerá en algún momento. Todos los caminos llevan a algún lugar, ¿no es cierto? Incapaz de creer cómo había transcurrido este fin de semana, regresó al interior de su coche, donde la calefacción todavía seguía realizando su tarea. Posicionó su espejo retrovisor para poder ver las luces de unos focos aproximándose por detrás y entonces miró hacia delante para estar al tanto de los que pudieran venir por delante. Mientras reflexionaba sobre la fallida promoción de su libro, la leve confusión del departamento de publicidad, y su problema más reciente de los dos neumáticos pinchados a un lado de la carretera, divisó unos focos que se aproximaban por delante de ella. Solo había estado esperando siete minutos, así que se dio por afortunada. Abrió su portezuela, y encendió la luz de techo para que se uniera a las luces intermitentes de emergencia. Salió del coche y se quedó cerca de él, haciendo señales con las manos al camión que se acercaba para que se detuviera. Se sintió aliviada de inmediato cuando vio que se estaba deteniendo. Se desvió hacia su carril y aparcó con el morro frente al morro de su coche. El conductor encendió sus luces de emergencia y entonces salió del vehículo. “Qué hay,” dijo el hombre de cuarenta y tantos años que se había bajado del camión. “Hola,” dijo Delores. Ella le examinó, todavía demasiado molesta por la situación como para tomar precauciones frente a un desconocido cualquiera que se había detenido para ayudarle a estas horas de la noche. “¿Problemas con el coche?” preguntó él. “Millones de ellos,” dijo Delores, señalando a sus neumáticos. “Dos ruedas pinchadas a la vez. ¿Puede creerlo?” “Oh, eso es terrible,” dijo él. “¿Ya ha llamado a Triple A o a un taller o algo así?” “No tengo cobertura,” dijo ella. Estuvo a punto de añadir No es que sea exactamente de por aquí, pero decidió no hacerlo. “Bueno, puede utilizar el mío,” dijo él. “Aquí por lo general tengo al menos dos barras.” El dio un paso hacia delante, buscando el teléfono en su bolsillo. Solo que no fue un teléfono lo que sacó. Ella estaba realmente muy confundida por lo que tenía delante de sus ojos. No tenía sentido. No se podía imaginar de qué se trataba y— De repente, venía hacia su rostro, a toda velocidad. Una décima de segundo antes de que le golpeara, pudo ver la forma y el brillo de lo que se había puesto encima de sus dedos. Manoplas de hierro. Escuchó el sonido que hicieron al golpearle en la frente, sintió una punzada de dolor, al instante le fallaron las rodillas, y sintió como se derrumbaba en el duro asfalto. Lo último de lo que fue consciente fue de cómo el hombre extendía su mano hacia ella casi con afecto, con los faros todavía cegando su vista, antes de que el mundo ennegreciera del todo. CAPÍTULO UNO Mackenzie White estaba en pie debajo un paraguas mientras observaba cómo colocaban el ataúd en la fosa y la lluvia arreciaba hasta convertirse en una llovizna constante. Los sollozos de los participantes estaban casi enmudecidos por las gotas de lluvia que caían en el cementerio y en las lápidas cercanas. Lo observó con una punzada de dolor mientras su antiguo compañero pasaba sus últimos momentos en el mundo de los vivos. El ataúd penetraba en la tumba sobre los raíles de acero en los que había estado apoyado durante la ceremonia mientras los seres más cercanos a Bryers lo presenciaban. La mayor parte de la procesión se había dispersado tras las palabras finales del pastor, pero los más cercanos a él se habían quedado. Mackenzie permaneció de pie a un lado, a dos filas de distancia. Le dio por pensar que a pesar de que Bryers y ella hubieran confiado sus vidas el uno al otro en varias ocasiones, realmente no le había conocido demasiado bien. Lo probaba el hecho de que no tuviera ni idea de quiénes eran las personas que se habían quedado para ver cómo le metían a la tumba. Había un hombre que parecía tener treinta y tantos años, y dos mujeres arrimadas bajo la lona negra, disfrutando de su último momento con él. Cuando Mackenzie se dio la vuelta, notó la presencia de una mujer mayor que estaba de pie una fila más atrás, sujetando su propio paraguas. Iba completamente vestida de negro y parecía bastante atractiva de pie bajo la lluvia. Tenía el pelo totalmente canoso, atado en un moño, pero de algún modo tenía un aspecto juvenil. Mackenzie le asintió con la cabeza cuando pasó a su lado. “¿Conocía a Jimmy?” preguntó la mujer de repente. ¿Jimmy? Tardó un momento en darse cuenta de que la mujer estaba hablando de Bryers. Mackenzie solo había escuchado su nombre de pila en una o dos ocasiones. Para ella, siempre había sido solamente Bryers. Quizá no fuéramos tan íntimos como yo pensaba. “Así es,” dijo Mackenzie. “Hemos trabajado juntos. ¿Qué hay de usted?” “Ex-mujer,” dijo ella. Con un suspiro tembloroso, añadió: “Era un hombre muy bueno.” ¿Ex-mujer? Dios, la verdad es que no le conocía. Aun así, en las bambalinas de su mente, podía recordar una conversación durante uno de sus largos trayectos en coche en que había mencionado que había estado casado en el pasado. “Sí que lo era,” dijo Mackenzie. Quería contarle a la mujer todas las veces que Bryers le había guiado en su carrera profesional y que hasta le había salvado la vida, pero imaginó que debía de haber una razón para que la mujer se hubiera distanciado de las tres siluetas apiñadas bajo la lona. “¿Eras íntima amiga suya?” preguntó la ex mujer. Pensaba que lo era, dijo Mackenzie, mirando a la tumba de nuevo con arrepentimiento. Sin embargo, su respuesta fue más simple. “No mucho.” Entonces se dio la vuelta tras sonreír con pesadumbre a la mujer y se dirigió hacia su coche. Pensó en Bryers… su sonrisa taciturna, la manera en que apenas se reía pero cuando lo hacía, era casi explosivo. Entonces pensó en cómo iba a cambiar el trabajo ahora. Sin duda, era egoísta por su parte, pero no podía evitar preguntarse cómo iba a ser alterado su entorno laboral ahora que su compañero, el hombre que esencialmente le había acogido bajo su protección, estaba muerto. ¿Tendría un nuevo compañero? ¿Cambiaría su posición y la pondrían detrás de un escritorio o en algún otro trabajo cutre sin un propósito genuino? Cielos, deja de pensar en ti misma, pensó. La lluvia seguía golpeteando el paraguas. Era tan ensordecedora que Mackenzie casi no escuchó cómo sonaba su teléfono dentro del bolsillo de su abrigo. Lo sacó diestramente de su bolsillo mientras abría la portezuela del coche, dejaba dentro el paraguas, y entraba para protegerse de la lluvia. “Al habla White.” “White, soy McGrath. ¿Estás en la ceremonia en el cementerio?” “Saliendo en este momento,” dijo ella. “Lo siento de verdad por Bryers. Era un buen hombre. Y un agente increíble también. “Sí que lo era,” dijo Mackenzie. Mas cuando miró una vez más a través de la lluvia hacia la tumba, le pareció que realmente no había conocido a Bryers en absoluto. “Odio interrumpir, pero te necesito de vuelta aquí. Pásate por mi oficina, ¿de acuerdo?” Su corazón pareció detenerse por un instante. Sonaba a algo serio. “¿De qué se trata?” preguntó ella. Él hizo una pausa, como si estuviera debatiendo consigo mismo si era buena idea decírselo, y finalmente dijo: “Un nuevo caso.” *** Cuando llegó al recibidor de la oficina de McGrath, Mackenzie vio a Lee Harrison sentado en la zona de espera. Le recordaba como el agente que le habían asignado como compañero temporal cuando Bryers se puso enfermo. Se habían estado conociendo durante las últimas semanas pero realmente no habían tenido aun la oportunidad de trabajar juntos. Él parecía un agente decente—quizá un poco precavido de más para el gusto de Mackenzie. “¿También te llamó a ti?” preguntó Mackenzie. “Sí,” dijo él. “Parece que puede que tengamos nuestro primer caso juntos. Pensé en esperar a que llegaras antes de llamar a la puerta.” Mackenzie no estaba segura de si había hecho eso por respeto hacia ella o por miedo a McGrath. Fuera como fuera, pensaba que había sido una decisión sabia. Ella llamó a la puerta y fue respondida con un rápido “Entrad” desde el otro lado. Hizo una señal a Harrison para que se acercara y entraron juntos al despacho. McGrath estaba sentado detrás de su escritorio, tecleando algo en su portátil. Había dos carpetas colocadas a la izquierda, como si estuvieran esperando a que las reclamaran. “Tomen asiento, agentes,” dijo él. Mackenzie y Harrison se sentaron en las dos sillas que había delante del escritorio de McGrath. Mackenzie vio que Harrison estaba sentado bien rígido y que sus ojos estaban abiertos de par en par… no llenos de temor del todo pero sin duda llenos de nerviosismo y emoción. “Tenemos un caso en la Iowa rural,” comenzó él. “Como es el lugar donde creciste, pensé que serías ideal para este caso, White.” Ella se aclaró la garganta, incómoda. “Crecí en Nebraska, señor,” le corrigió. “Es todo lo mismo, ¿no es cierto?” dijo él. Ella sacudió la cabeza; estaba claro que los que no eran del Medio Oeste jamás lo entenderían. Iowa, pensó. Sin duda, no era Nebraska, pero estaba lo bastante cerca, y la sola idea de regresar a aquellos lares le hacía sentir incómoda. Sabía que no había razón para temer al lugar; después de todo, había llegado a Quantico y se había convertido en alguien. Había logrado su sueño de conseguir un puesto en el FBI. Entonces ¿por qué le alteraba con tal rapidez la idea de regresar allí por un caso? Porque todo lo malo que ha habido en tu vida está allí, pensó. Tu infancia, tus antiguos compañeros de trabajo, los misterios que rodeaban la muerte de su padre… “Ha habido una serie de desapariciones, todas mujeres,” continuó McGrath. “Y por el momento parece que se las están llevando de la misma carretera en estos tramos solitarios de la autopista. Anoche se llevaron la última. Encontraron su coche en la cuneta junto a la carretera con dos ruedas pinchadas. Había una cantidad exagerada de cristal en la carretera, lo que hizo que el departamento de policía local asumiera que había habido complicaciones.” Deslizó una de las carpetas hacia donde estaba Mackenzie y ella le echó un vistazo. Había varias fotos del coche, sobre todo de los neumáticos. También vio que el tramo de carretera estaba sin duda aislado, rodeado de árboles alargados por ambos lados. Una de las fotografías también mostraba los contenidos del coche de la última víctima. Dentro había un abrigo, una pequeña caja de herramientas atornillada a un lateral, y una caja de libros. “¿Por qué tantos libros?” preguntó Mackenzie. “La última víctima era una escritora. Delores Manning. Google me cuenta que acaba de publicar su segundo libro. Una de esas novelas de basura romántica. No es una autora conocida en absoluto, así que no deberíamos tener interferencias de los periódicos… por el momento. El departamento de transportes estatal ha cortado la carretera y ha establecido desvíos. Por tanto, White, necesito que te montes en un avión cuanto antes sea posible para salir de aquí. Rural o no, obviamente el estado no quiere mantener esa carretera cerrada por mucho tiempo.” Entonces McGrath redirigió su atención a Harrison. “Agente Harrison, hay algo que quiero que entiendas. La Agente White tiene vínculos con el Medio Oeste, así que en este caso no hubo mucho que pensar. Y a pesar de que te he nombrado como su compañero, en este caso quiero que te quedes aquí. Quiero que estés en la central trabajando detrás del telón. Si la Agente White te llama para pedirte que investigues algo, quiero que te encargues de ello. Además, Delores Manning tiene una agente y un publicista y todo eso. Si no solucionamos esto deprisa, los periódicos se nos echarán encima. Quiero que te encargues de esa faceta del asunto. Mantén la calma y la discreción en la central si las cosas se ponen feas. No es por ofender, pero quiero a una agente con más experiencia en esto.” Harrison asintió, pero era imposible no ver la decepción en su mirada. “No es ninguna ofensa, señor. Estaré encantado de ayudar en lo que pueda.” Oh no, pensó Mackenzie. No un pelota. “¿Entonces voy a hacer esto sola?” preguntó Mackenzie. McGrath le sonrió y sacudió la cabeza. Era casi un gesto lúdico que le demostraba lo lejos que había llegado con McGrath desde sus primeras reuniones incómodas que bordeaban la hostilidad. “De ninguna manera te voy a enviar allí a ti sola,” dijo él. “He organizado las cosas para que el Agente Ellington trabaje en este caso contigo.” “Oh,” dijo ella, algo conmocionada. No estaba segura de cómo sentirse al respecto. Había una extraña química entre Ellington y ella—siempre la había habido desde la primera vez que le conoció mientras trabajaba como detective en los campos de Nebraska. Le había gustado trabajar con él durante ese breve periodo pero ahora que las cosas habían cambiado… en fin, sería cuando menos un caso interesante. La verdad es que no había nada de qué preocuparse. Tenía la confianza de que podría separar con facilidad cualquier sentimiento personal que tuviera por él de los meramente profesionales. “¿Puedo preguntar por qué?” preguntó Mackenzie. “Tiene un breve historial de trabajar con los agentes de campo locales de la zona, como ya sabes. También tiene un historial impresionante en lo que se refiere a casos de desapariciones. ¿Por qué?” “Solo por preguntar, señor,” dijo ella, recordando con facilidad la primera vez que Ellington y ella se habían conocido cuando él había venido para ayudar con el caso del Asesino del Espantapájaros mientras ella todavía trabajaba para el departamento de policía. “¿Acaso él… en fin, le pidió trabajar conmigo en esto?” “No,” dijo McGrath. “Se trata simplemente de que ambos sois perfectos para este caso—él por sus conexiones y tú por tu pasado.” McGrath se levantó de su silla, con lo que dio por terminada la conversación. “Deberías recibir los emails sobre tu vuelo en unos pocos minutos,” dijo McGrath. “Creo que estarás despegando a las once cincuenta y cinco.” “Pero eso es solo en una hora y media,” dijo ella. “Entonces sugiero que empieces a moverte.” Salió a toda prisa de la oficina, mirando atrás solo una vez para ver al Agente Harrison todavía sentado en su silla como un cachorro perdido, inseguro de qué hacer o adónde ir. Pero ahora no tenía tiempo de preocuparse por su orgullo herido. Tenía que pensar en cómo iba a hacer la maleta y llegar al aeropuerto en menos de hora y media. Y además de eso, tenía que pensar por qué le aterraba la idea de trabajar con Ellington en un caso. CAPÍTULO DOS Mackenzie llegó al aeropuerto corriendo, con apenas suficiente tiempo para llegar a su puerta de embarque. Embarcó en el avión apresuradamente cinco minutos después de que hubieran comenzado el embarque y se movió por el pasillo ligeramente ahogada, frustrada y descentrada. Por un momento se preguntó si Ellington habría llegado a tiempo pero, para ser sinceros, ya estaba contenta de no haberse perdido el vuelo. Ellington ya era un chico mayor y podía cuidar de sí mismo. Su pregunta fue respondida cuando localizó su asiento. Ellington ya estaba dentro del avión, cómodamente sentado en el asiento contiguo al suyo. Le sonrió desde su posición en el asiento junto a la ventana, haciendo un pequeño gesto con la mano. Ella sacudió la cabeza y suspiró con pesadumbre. “¿Mal día?” preguntó él. “Veamos… empezó con un funeral y después tuve una reunión con McGrath,” dijo Mackenzie. “Después tuve que irme a casa a toda prisa para hacer la maleta y recorrer Dulles a todo correr para tomar el vuelo por los pelos. Y ni siquiera es mediodía aún.” “Así que las cosas solo pueden mejorar,” bromeó Ellington. Mientras presionaba su bolsa de mano dentro del compartimento para equipajes, Mackenzie dijo: “Ya veremos. Oye, ¿no tienen aviones privados en el FBI?” “Sí, pero solo para los casos verdaderamente urgentes. Y para agentes super estrella. Este caso no es urgente y nosotros sin duda alguna no somos agentes super estrella.” Cuando por fin se acomodó en su asiento, se tomó un momento para relajarse. Echó una ojeada a Ellington y vio que estaba hojeando una carpeta que era idéntica a la que había visto en el despacho de McGrath. “¿Qué piensas de este caso?” preguntó Ellington. “Creo que es demasiado pronto como para especular,” dijo ella. Él le volteó la mirada y le frunció el ceño con actitud juguetona. “Tienes que tener algún tipo de reacción inicial. ¿Cuál es?” Aunque no quería compartir sus pensamientos para acabar estando equivocada más tarde, apreciaba el esfuerzo por no perder ni un segundo en atacar el asunto. Eso le demostraba que él era sin duda el trabajador concienzudo y comprometido del que McGrath hablaba siempre—el mismo tipo de trabajador que hasta ella había esperado que fuera. “Creo que el hecho de que les estén llamando desapariciones en vez de asesinatos nos da algo de esperanza,” dijo ella. “Pero teniendo en cuenta que se han llevado a las víctimas de carreteras rurales también indica que este tipo es de aquí y conoce el terreno al dedillo. Podría estar secuestrando a las mujeres y matándolas después, ocultando sus cadáveres en alguna parte del bosque o en cualquier otro escondite que solo conoce él.” “¿Ya leíste esto a fondo?” preguntó, asintiendo hacia la carpeta. “No. No tuve tiempo.” “Adelante,” dijo Ellington, pasándosela. Mackenzie leyó la escasa información mientras las azafatas de vuelo repasaban las instrucciones de seguridad. Seguía estudiándola unos momentos después cuando el avión despegó con destino a Des Moines. No había mucha información en el archivo, pero sí la suficiente como para que Mackenzie diseñara el enfoque a tomar cuando llegaran allí. Delores Manning era la tercera mujer cuya desaparición se había denunciado en los últimos nueve días. La primera mujer era una habitante local y su hija había denunciado su desaparición. Naomi Nyles, de cuarenta y siete años de edad, también abducida de una cuneta en la carretera. La segunda era una mujer de Des Moines llamada Crystal Hall. Tenía cierto historial, mayormente relacionado con asuntos de promiscuidad durante su juventud, pero nada serio. Cuando fue secuestrada, había estado visitando una granja de ganado local en la zona. El primer caso no había dejado ni rastro de juego sucio—solamente un coche abandonado en la cuneta. El segundo vehículo abandonado era una pequeña camioneta con un neumático pinchado. Habían descubierto la camioneta en medio de un cambio de neumáticos, con el gato todavía debajo del eje y la rueda pinchada apoyada contra el lateral de la camioneta. Los tres sucesos parecían haber tenido lugar durante la noche, en algún momento entre las 10 de la noche y las 3 de la mañana. Hasta el momento, nueve días después de que se diera el primer secuestro, no había ni un solo rastro de pruebas y absolutamente cero pistas. Como hacía usualmente, Mackenzie repasó la información en varias ocasiones, haciendo lo que podía por memorizarla. No era difícil en este caso, ya que no había gran cosa que memorizar. Seguía regresando a las fotografías de los parajes rurales—las carreteras secundarias que serpenteaban a través de los bosques como una enorme culebra sin ningún lugar al que ir. También se permitió adentrarse en la mente del asesino utilizando esas carreteras y la noche como refugio. Tenía que ser paciente. Y debido a la oscuridad, tenía que estar acostumbrado a estar a solas. La oscuridad no le preocuparía. Quizá hasta prefería trabajar en la oscuridad, no solo por el refugio que le proporcionaba sino por la sensación de soledad y aislamiento. Seguramente este tipo era una especie de lobo solitario. Se las estaba llevando de la carretera, aparentemente de distintas situaciones de estrés. La reparación de un coche, ruedas pinchadas. Eso significaba que probablemente él no estaba metido en esto por el deporte de matar. Simplemente quería a las mujeres, pero… ¿por qué? ¿Y qué había de la última víctima, Delores Manning? Quizá fuera una habitante del pueblo que había vivido antes en la zona, pensó Mackenzie. Se trataba de eso o la mujer era realmente valiente para conducir por esas carreteras secundarias a esas horas… No me importa lo bueno que sea un atajo, eso es bastante arriesgado. Esperaba que así fuera. Esperaba que la mujer fuera realmente valiente. Porque con frecuencia el valor, da igual cómo se interprete, ayuda a la gente a lidiar con situaciones de tensión. Era más que una simple medalla de honor, era una característica profunda que ayudaba a la gente a enfrentarse a la vida. Trató de imaginarse a Delores Manning, la escritora del momento, conduciendo por esas carreteras de noche. Valiente o no, la verdad es que no era una imagen bonita. Cuando Mackenzie terminó, le devolvió la carpeta a Ellington. Entonces miró más allá de él y de la ventana a los mechones de nubes blancas que pasaban a la deriva. Cerró los ojos por un momento y regresó de vuelta al pasado, no a Iowa sino a la vecina Nebraska. Un lugar donde había campos abiertos y bosques altísimos en vez de tráfico congestionado y edificios elevados. La verdad es que no lo echaba en falta, pero descubrió que la idea de regresar allí, aunque fuera por razones de trabajo, le resultaba emocionante de una manera que no conseguía comprender del todo. “¿White?” Ella abrió los ojos al escuchar su nombre. Se dio la vuelta hacia Ellington, un tanto avergonzada de que le hubiera pillado en la inopia. “¿Sí?” “Te quedaste en blanco por un momento. ¿Estás bien?” “Sí,” dijo ella. Y lo más chocante es que estaba realmente bien. Las primeras seis horas del día habían sido física y emocionalmente agotadoras, pero ahora que estaba sentada, suspendida en el aire con un inverosímil compañero temporal, se encontraba bien. “Deja que te haga una pregunta,” dijo Mackenzie. “Dispara.” “¿Hiciste una solicitud para trabajar conmigo en este caso?” Ellington no le respondió de inmediato. Ella podía ver sus engranajes girando detrás de su mirada antes de responder y se preguntó por qué podría tener alguna razón para mentirle. “En fin, oí hablar del caso y, como ya sabes, tengo una relación laboral con la oficina de campo en Omaha. Y como esa es la oficina de campo más cercana a nuestro objetivo en Iowa, me presenté para la tarea. Cuando él me preguntó si me importaba trabajar contigo en este caso, no discutí.” Ella asintió, empezando a sentirse casi culpable por preguntarse si él tenía otras razones para querer el trabajo. A pesar de que ella había albergado algún tipo de sentimientos hacia él (que nunca había estado segura de si eran estrictamente físicos o en cierto modo emocionales), él nunca le había dado razones para asumir que él sentía lo mismo. Era demasiado fácil recordar cómo le había hecho una proposición la primera vez que se conocieron en Nebraska para después ser rechazada. Esperemos que él se haya olvidado de eso, pensó ella. Ahora soy una persona diferente, él está demasiado ocupado como para preocuparse de mí, y estamos trabajando juntos. Es agua pasada. “¿Y qué hay de ti?” preguntó ella. “¿Cuáles son tus primeras impresiones?” “Creo que no tiene intención de matar a las mujeres,” dijo Ellington. “No hay pistas, no es presuntuoso, y como tú, creo que tiene que tratarse de un habitante de la zona. Creo que quizá las esté coleccionando… con qué finalidad, no voy a especular, pero eso me preocupa si tengo razón.” También le preocupaba a Mackenzie. Si había alguien suelto secuestrando a mujeres, con el tiempo se le acabaría el espacio. Y quizá el interés… lo cual significaba que tendría que detenerse más tarde o más temprano. Y mientras que esto era en teoría algo positivo, también significaba que su rastro se enfriaría sin la existencia de más escenas donde pudiera dejar pruebas. “Creo que tienes razón sobre lo de coleccionarlas,” dijo ella. “Viene a por ellas cuando son vulnerables—mientras trajinan con coches o ruedas pinchadas. Significa que se aproxima discretamente en vez de afrontarlas directamente. Seguramente es tímido.” Él esbozó una sonrisa y dijo, “Bueno, esa es una buena observación.” Su esbozo se convirtió en una sonrisa de la que ella tuvo que alejar la vista, consciente de que habían desarrollado la costumbre de alargar las miradas entre ellos un poco de más. En vez de ello, volvió la mirada al cielo azul y a las nubes mientras el Medio Oeste se acercaba rápidamente por debajo de ellos. *** Con muy poco equipaje entre los dos, Mackenzie y Ellington atravesaron el aeropuerto sin ningún problema. Durante la parte final del vuelo, Ellington informó a Mackenzie de que ya se habían concertado ciertos planes (supuestamente mientras ella había ido a su apartamento a toda prisa para ir después al aeropuerto). Ellington y ella se iban a encontrar con dos agentes de campo locales y a trabajar con ellos para solucionar el caso tan rápido como fuera posible. Sin la necesidad de detenerse junto a la cinta transportadora de equipajes, pudieron encontrar a los agentes sin ninguna pega. Se reunieron en uno de los incontables Starbucks que había en el aeropuerto. Ella dejó que Ellington llevara la voz cantante porque era evidente que McGrath le veía a él como el agente encargado del caso. ¿Por qué otra razón dejaría a Ellington a cargo de saber dónde encontrarse con los agentes de campo? ¿Por qué otra razón le había dado a Ellington un aviso adecuado, con tiempo de sobra para llegar cómodamente a tomar su vuelo a tiempo? De ninguna manera el tipo tenía más de veinticuatro años. Su compañero parecía más endurecido y mayor—seguramente a punto de cumplir los cincuenta en cualquier momento. Ellington se dirigió directamente hacia ellos y Mackenzie le siguió. Ninguno de los agentes se levantó, pero el más mayor ofreció su mano a Ellington cuando se acercaron a la mesa. “¿Agentes Heideman y Thorsson, supongo?” preguntó Ellington. “Culpables,” dijo el hombre más maduro. “Soy Thorsson, y mi compañero es Heideman.” “Encantado de conoceros,” dijo Ellington. “Soy el Agente Especial Ellington y esta es mi compañera, la Agente White.” Todos se dieron las manos de una manera que casi se había hecho tediosa para Mackenzie desde que se uniera al Bureau. Era casi una formalidad, un asunto incómodo que tenía que hacerse para ponerse manos a la obra. Ella notó que cuando Heideman le dio la mano, su agarre era endeble y sudoroso. No parecía tan nervioso como a lo mejor algo tímido e introvertido. “¿Así que a qué distancia se encuentran las escenas?” preguntó Ellington. “La más cercana está como a una hora de distancia,” dijo Thorsson. “Las demás están a entre diez y quince minutos de distancia entre ellas.” “¿Ha habido alguna novedad desde primeras horas de la mañana?” preguntó Mackenzie. “Zero,” dijo Thorsson. “Esta es una de las razones por las que os llamamos a vosotros. Hasta el momento, este tipo se ha llevado tres mujeres y no podemos generar ni un amago de pista. Es tan terrible que el estado está pensando en usar cámaras a lo largo de la autopista. El obstáculo de eso, sin embargo, es que no es tan fácil poner bajo cámaras de vigilancia setenta y cinco kilómetros de carreteras secundarias.” “En fin, técnicamente se puede,” dijo Heideman. “Aunque son un montón de cámaras y un buen puñado de monedas. Por eso algunos agentes a nivel estatal solo lo consideran como un último recurso.” “¿Entonces podemos ponernos en marcha y ver la primera escena?” preguntó Ellington. “Sin duda,” dijo Thorsson. “¿Tenéis que encargaros primero de hoteles y cosas así?” “No,” dijo Mackenzie. “Pongámonos a trabajar por ahora. Si decís que hay tanta carretera que recorrer, no podemos perder el tiempo.” Mientras Thorsson y Heideman se levantaban, Ellington le miró de manera peculiar. Ella no estaba segura de si estaba impresionado con la dedicación que mostraba al querer ir a la primera escena tan rápido como fuera posible o si le parecía divertido que ella no le estuviera dejando tomar las riendas del todo en esto. Lo que ella esperaba que no pudiera percibir era que la idea de acercarse a un hotel con Ellington le hacía sentir demasiadas emociones a la vez. Salieron del Starbucks en algo parecido a una fila india. A Mackenzie le emocionó ligeramente que Ellington la esperara, asegurándose de que no se quedara la última de la fila. “Sabéis,” dijo Thorsson, mirando por encima de su hombro. “Me alegro de que queráis salir a la escena de inmediato. Hay un mal presentimiento circulando sobre todo este asunto. Se puede sentir cuando hablas con las fuerzas de policía locales y está empezando a afectarnos también a nosotros.” “¿Qué tipo de presentimiento?” preguntó Mackenzie. Thorsson y Heideman intercambiaron una mirada de aprensión antes de que los hombros de Thorsson descendieran un poco y respondiera: “De que no va a solucionarse. Jamás he visto algo como esto. No hay ni una sola pista para empezar. El tipo es como un fantasma.” “Bien, esperamos poder ayudar con eso,” dijo Ellington. “Eso espero,” dijo Thorsson. “Porque por el momento, el sentimiento generalizado entre todos los que trabajan en el caso es que puede que nunca encontremos a este tipo.” CAPÍTULO TRES Mackenzie estaba bastante sorprendida de que la oficina local hubiera provisto a Thorsson y Heideman con un todoterreno. Comparado con su propia chatarra de coche y los coches de alquiler ordinarios con los que había estado funcionando los últimos meses, le parecía que estaba viajando a todo lujo desde el asiento de atrás junto a Ellington. Sin embargo, para cuando llegaron a la primera escena una hora y diez minutos más tarde, casi se alegró de salir del vehículo. No estaba acostumbrada a tales privilegios con su posición y le hacía sentir un poco incómoda. Thorsson aparcó junto a la cuneta de la Ruta Estatal 14, una carretera básica de dos carriles que se adentraba serpenteando en los bosques de la Iowa rural. La carretera estaba bordeada de árboles a ambos lados. Durante las pocas millas que habían discurrido por esta carretera, Mackenzie había visto unas cuantas carreteras que parecían estar olvidadas de la mano de Dios, y que estaban bloqueadas por un cable atado a dos postes a los lados de las pistas. Además de esas pequeñas aperturas, no había nada más que árboles. Thorsson y Heideman les hicieron pasar junto a unos cuantos policías locales que les saludaron con gestos manuales mecánicos mientras pasaban. Delante de los dos coches patrulla aparcados, había un pequeño Subaru rojo. Las dos ruedas del lado del conductor estaban totalmente pinchadas. “¿Cómo es el cuerpo de policía por aquí?” preguntó Mackenzie. “Pequeño,” dijo Thorsson. “La localidad más cercana a aquí es un pequeño lugar llamado Bent Creek. Con una población de unos novecientos. El cuerpo de policía consiste de un alguacil—que está allí atrás con esos dos tipos—dos ayudantes, y siete oficiales. Llegaron unos cuantos de traje de Des Moines, pero cuando aparecimos nosotros, se retiraron del asunto. Ahora es un problema del FBI. Ese tipo de cosas.” “¿Así que, en otras palabras, se alegran de que estemos aquí?” preguntó Ellington. “Oh, sin ninguna duda,” dijo Thorsson. Se acercaron al coche y lo rodearon entre todos por un momento. Mackenzie volvió la mirada hacia los oficiales. Solo uno de ellos parecía legítimamente interesado en lo que estaban haciendo los agentes del FBI que habían llegado de visita. Por lo que a ella concernía, eso le parecía bien. Le había tocado tratar con unos cuantos agentes de policía local entrometidos que hacían las cosas más difíciles de lo que tenían que ser. Estaría bien realizar un trabajo sin tener que andar de puntillas para no herir las sensibilidades y el orgullo de la policía local. “¿Ya han espolvoreado el coche en busca de huellas?” preguntó Mackenzie. “Sí, esta mañana temprano,” dijo Heideman. “Adelante.” Mackenzie abrió la portezuela del copiloto. Un breve vistazo le dijo que, aunque hubieran espolvoreado el coche en busca de huellas, no se habían llevado nada para etiquetarlo como prueba. Todavía había un teléfono móvil en el asiento del copiloto. Había un paquete de chicles sobre unas cuantas cuartillas de papel dobladas que estaban esparcidas por el salpicadero. “Este es el coche de la escritora, ¿correcto?” preguntó Mackenzie. “Así es,” dijo Thorsson. “Delores Manning.” Mackenzie continuó con su examen del coche. Encontró las gafas de sol de Manning, una agenda de direcciones básicamente vacía, unas cuantas copias de La Casa de Hojalata esparcidas por el asiento de atrás, y unas cuantas monedas por aquí y por allá. El maletero solo contenía una caja con libros. Había dieciocho copias de un libro llamado Amor Bloqueado escrito por Delores Manning. “¿Comprobaron todo esto de atrás en busca de huellas?” preguntó Mackenzie. “No, creo que no,” dijo Heideman. “No es más que una caja con libros, ¿no es cierto? “Sí, pero faltan algunos.” “Ella venía de una promoción,” dijo Thorsson. “Hay bastantes posibilidades de que vendiera o regalara unos cuantos.” No era nada que mereciera la pena discutir así que lo pasó por alto. Aun así, Mackenzie hojeó dos de los libros. Ambos habían sido firmados por Manning en la página del título. Colocó los libros de vuelta en la caja y después empezó a estudiar la carretera. Caminó junto a la cuneta, en busca de cualquier marca donde se hubiera preparado algo para pinchar las ruedas. Miró hacia Ellington y le complació ver que ya estaba examinando las ruedas pinchadas. Desde donde ella estaba de pie, podía ver las esquirlas centelleantes de cristal sobresaliendo de los neumáticos. Había más cristal adelante en la carretera. El asomo de luz natural que se las arreglaba para penetrar a través de las ramas de los árboles por encima de sus cabezas se reflejaba sobre ellos de un modo que era escalofriantemente bello. Caminó hacia allí y se agachó para echar una ojeada. Era obvio que el cristal se había colocado allí a propósito. Se encontraba principalmente junto a la línea amarilla intermitente en el centro de la carretera. Estaba esparcido por aquí y por allá como arena, pero la principal concentración había sido diseminada para garantizar que cualquiera que condujera por allí pasara directamente por encima. Unas cuantas esquirlas grandes permanecían en la carretera; aparentemente, el coche se las había saltado, porque no las había pulverizado. Recogió una de esas piezas más grandes y la estudió. A primera vista, el cristal era oscuro, pero cuando Mackenzie echó un vistazo con más cuidado, vio que lo habían pintado de negro. Para evitar que brille cuando se aproximan los focos delanteros de un coche, pensó. Alguien que viniera conduciendo de noche vería el cristal con sus focos… pero no si estuviera pintado de negro. Seleccionó unas cuantas piezas de los restos y se puso a rascar unos cuantos trozos grandes con la uña. El cristal que había debajo era de dos colores diferentes: la mayoría era transparente, pero parte de él tenía un tinte ligeramente verde. Era demasiado grueso como para provenir de alguna botella de bebida o frasco común. Tenía la consistencia de algo que un ceramista pudiera construir. Una parte de ello parecía medir fácilmente hasta cuatro centímetros de ancho incluso después de haber sido pulverizado por el coche de Delores Manning. “¿Alguien se dio cuenta de que este cristal ha sido rociado de pintura?” preguntó. A lo largo de la cuneta, los oficiales se miraron entre ellos confundidos. Hasta Thorsson y Heideman intercambiaron una mirada de perplejidad. “Eso significa que no,” dijo Thorsson. “¿Ya han metido algo de esto en bolsas y lo han analizado?” preguntó Mackenzie. “Meterlo en bolsas, sí,” dijo Thorsson. “Analizarlo, no, pero hay un equipo haciéndolo ahora mismo. Deberíamos obtener algunos resultados en unas cuantas horas. Supongo que nos hubieran acabado diciendo lo del spray de pintura.” “Y este cristal no estaba en ninguna de las otras escenas, ¿correcto?” “Sí, así es.” Mackenzie se puso en pie, mirando al cristal mientras empezaba a pintar una imagen del tipo de sospechoso que podían estar buscando. No había cristal en las escenas anteriores, pensó. Eso quiere decir que el sospechoso tenía intención de atrapar a esta mujer en concreto. ¿Por qué? Quizá las dos primeras desapariciones fueran mera coincidencia. Quizá el sospechoso simplemente hubiera estado en el lugar adecuado en el momento justo. Y si así era, se trataba sin duda de un habitante local—un asesino rural y no uno urbano. Es inteligente y calculador. No está realizando sus tareas de una manera improvisada. Ellington se acercó a ella e inspeccionó el cristal por sí mismo. Sin mirar hacia ella, le preguntó: “¿Alguna impresión inicial?” “Unas cuantas.” “¿Cómo qué?” “Se trata de un tipo rural. Probablemente un habitante de la zona, como ya pensamos. También creo que este fue planeado. Las ruedas pinchadas… lo hizo a propósito. Si no había presencia de cristal en las otras escenas, él lo preparó solo en esta ocasión. Me hace pensar que no tenía control sobre las otras dos. Fue solo cuestión de suerte. Pero en este caso… tuvo que esforzarse por ello.” “¿Crees que merece la pena hablar con la familia?” preguntó Ellington. Ella no podía asegurar si la estaba cuestionando de alguna manera extraña como había hecho Bryers en su día o si estaba auténticamente interesado en su metodología y enfoque. “Puede que sea la manera más rápida de conseguir respuestas por ahora,” dijo ella. “Incluso si no conseguimos nada, es una tarea completada.” “Suenas como un robot parlante,” dijo Ellington con una sonrisa. Ignorándole, Mackenzie caminó de vuelta al coche donde Thorsson y Heideman les habían estado observando. “¿Sabemos dónde vive Delores Manning?” preguntó ella. “Sí, vive en Búfalo, New York,” dijo Thorsson. “Pero tiene familia cerca de Sigourney.” “Eso está también en Iowa, ¿no es cierto?” “Así es,” dijo Thorsson. “Su madre vive a unos diez minutos a las afueras del pueblo. El padre ha fallecido. Nadie les ha informado todavía sobre la desaparición. Por lo que podemos decir, solo ha estado desaparecida unas veintiséis horas más o menos. Y aunque no podemos confirmarlo, no podemos evitar preguntarnos si hizo una visita a la familia mientras estaba tan cerca debido a la promoción de su libro en Cedar Rapids.” “Creo que seguramente deberían ser informados,” dijo Mackenzie. “Lo mismo digo,” dijo Ellington, uniéndose a ellos. “Adelante, pues,” bromeó Thorsson. “Sigourney está como a una hora y quince minutos de distancia. Nos encantaría acompañaros,” añadió sarcásticamente, “pero eso no formaba parte de nuestras instrucciones.” Cuando dijo esto, se les unió uno de los policías. La placa que llevaba puesta indicaba que era el alguacil de la zona. “¿Necesitáis que nos quedemos para algo?” preguntó. “No,” dijo Ellington. “Quizá solo para darnos el nombre de un hotel decente en la zona.” “Solamente hay uno en Bent Creek,” dijo el alguacil. “Así que es el único que realmente puedo recomendar.” “En fin, entonces supongo que tomaremos tu recomendación. Y también necesitamos otra para un alquiler de coches en Bent Creek.” “Puedo arreglar eso,” dijo el alguacil, dejándolo estar. Con la ligera impresión de que le habían dejado de lado, Mackenzie regresó de vuelta al todoterreno y tomó su asiento en la parte de atrás. Mientras los otros tres agentes se montaban en el coche, Mackenzie empezó a pensar en esas pistas de tierra que salían de la Ruta Estatal 14. ¿Quién era el dueño de esa propiedad? ¿A dónde llevaba los senderos? A medida que se dirigían a Bent Creek, las carreteras rurales parecían plantear cada vez más preguntas en la mente de Mackenzie… algunas eran irrelevantes, pero otras parecían más urgentes. Las memorizó todas mientras pensaba en el cristal roto en la carretera. Intentó imaginarse a alguien pintando ese cristal con la clara intención de provocar que el coche de alguien se averiara. Indicaba algo más que mera intención. Indicaba una cuidadosa planificación y un conocimiento del flujo del tráfico en la Ruta Estatal 14 a esa hora de la noche. Nuestro tipo es inteligente de una manera ciertamente peligrosa, pensó. También es un planificador y parece estar solo interesado en mujeres. Empezó a bosquejar un perfil para dicho sospechoso y de inmediato comenzó a sentir la presión… de la necesidad de moverse deprisa. Sintió que él estaba en alguna parte de este pequeño agujero rural de árboles y carreteras serpenteantes, rompiendo más cristales, rociándolos con pintura. Y planeando la captura de otra víctima. CAPÍTULO CUATRO Delores Manning estaba pensando en su madre cuando abrió los ojos. Su madre, que vivía en una porquería de parque para casas móviles a las afueras de Sigourney. La mujer era muy orgullosa, muy testaruda. El plan era que Delores iba a visitarla después de hacer la promoción de su libro en Cedar Rapids. Como acababa de firmar un contrato para escribir tres libros más con su editorial actual, Delores había firmado un cheque por 7000 dólares, esperando que su madre lo aceptara y lo usara con inteligencia. Quizá era algo pretencioso por su parte, pero Delores se sentía avergonzada de que su madre viviera de la beneficencia, de que tuviera que usar cupones de comida para hacer la compra. Había sido así desde que muriera su padre y— Los pensamientos difusos sobre su madre se alejaron mientras sus ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad en la que se encontraba. Estaba sentada con su espalda presionada contra algo que era muy duro y casi fresco al tacto. Lentamente, se puso de pie. Al hacerlo, se golpeó la cabeza con algo que parecía ser del mismo material que la superficie en la que se estaba apoyando. Confundida, levantó los brazos y no pudo extenderlos demasiado lejos. A medida que el pánico empezaba a atenazarla, sus ojos cayeron en la cuenta de que había unas pequeñas líneas de luz atravesando la oscuridad. Directamente enfrente de ella había tres barras rectangulares de luz. Y esas barras fueron las que le informaron de su situación. Estaba dentro de algún tipo de contenedor…. estaba bastante segura de que estaba hecho de acero o de algún otro tipo de metal. El contenedor tenía poco más de un metro de alto, con lo que no podía ponerse del todo en pie. Parecía tener algo más que un metro de profundidad y aproximadamente la misma anchura. Comenzó a tomar respiraciones rápidas, sintiéndose claustrofóbica al instante. Se apoyó con fuerza en la pared frontal del contenedor y aspiró aire fresco a través de las aperturas rectangulares. Cada apertura medía unos quince centímetros de alto y quizá unos ocho de ancho. Cuando aspiró el aire fresco por la nariz, detectó un olor a tierra y a algo dulce pero desagradable. En alguna parte más alejada, tan tenues que podían haber estado en otro mundo, pensó que podía escuchar algún tipo de chillidos. ¿Maquinaria? ¿Quizá algún tipo de animal? Sí, era un animal… pero no tenía ni idea de cuál. ¿Cerdos, quizás? Ahora que su respiración se estaba estabilizando, dio un paso atrás desde su posición en cuclillas y entonces miró a través de las aperturas. Afuera, vio lo que parecía ser el interior de un cobertizo o algún otro viejo edificio de madera. Como a unos siete metros por delante de ella, podía ver la puerta del cobertizo. La turbia luz natural entraba a través del marco deformado por donde la puerta no encajaba bien. Aunque no podía ver mucho, podía ver lo suficiente como para calcular que seguramente se encontraba en un lío muy serio. Era evidente en el extremo de la puerta atornillada que apenas podía vislumbrar a través de las aperturas en el contenedor. Se apalancó y empujó con fuerza la parte delantera del contenedor. No dio resultado—ni siquiera provocó un crujido. Sintió como el pánico le invadía de nuevo y entonces supo que tenía que echar mano de las pocas neuronas lógicas y calmadas que ahora poseía. Pasó las manos por la parte baja de la puerta del contenedor. Esperaba encontrar bisagras, quizá algo con tornillos o tuercas que pudiera aflojar con algo de tiempo. Ella no era demasiado fuerte, pero si uno de los tornillos estuviera suelto o torcido… Una vez más, no encontró nada. Intentó lo mismo en la parte trasera y tampoco allí encontró nada. En un acto de absoluta desesperación, le dio una patada a la puerta con toda la fuerza de la que fue capaz. Cuando eso no obtuvo resultados, se fue a la parte de atrás del contenedor y tomó carrerilla para lanzar su hombro derecho contra la puerta. Lo único que consiguió fue salir despedida y caerse hacia atrás. Se golpeó la cabeza con el lateral del contenedor y cayó bruscamente hacia atrás. Un grito surgió en su garganta, pero no estaba segura de que eso fuera la mejor idea. Podía recordar claramente al hombre de la camioneta en la carretera y cómo le había atacado. ¿De verdad quería que viniera corriendo hacia ella? No, la verdad es que no. Piensa, se dijo a sí misma. Utiliza ese cerebro creativo que tienes y busca la manera de salir de esta. Pero no conseguía que se le ocurriera nada. Así que, aunque fue capaz de ahogar el grito que quería salir, fue incapaz de aguantarse las lágrimas. Le dio patadas a la parte delantera del contenedor y después se cayó en la esquina trasera. Sollozó lo más silenciosamente que pudo, meciéndose de adelante hacia atrás desde su posición sentada y mirando a los rayos de luz polvorienta que se derramaban a través de las aperturas. Por ahora, era lo único que se le ocurría hacer. CAPÍTULO CINCO A Mackenzie no le hacía ninguna gracia que su mente conjurara docenas de estereotipos mientras Ellington y ella aparcaban en la entrada del Parque para Casas Móviles de Sigourney Oaks. Todas las casas móviles tenían el aspecto polvoriento de las que están en las últimas. Los vehículos aparcados enfrente de la mayoría de ellas estaban en el mismo estado. En el patio yermo de una de las caravanas que pasaron de largo, había dos hombres desnudos de cintura para arriba sentados en sillas de jardín. Había un frigorífico para cerveza colocado entre ellos, además de varias latas vacías y aplastadas… a las 4:35 de la tarde. La casa de Tammy Manning, la madre de Delores Manning, estaba justo en medio del parque. Ellington aparcó el coche de alquiler detrás de una vieja y magullada camioneta de reparto Chevy. El coche de alquiler tenía mejor aspecto que los vehículos del parque, pero no por mucho. La selección en Smith Brothers Auto era muy limitada y habían acabado seleccionando un Ford Fusion del 2008 que estaba pidiendo a gritos una mano de pintura y neumáticos nuevos. Mientras subían los escalones quejumbrosos que llevaban a la puerta principal, Mackenzie hizo un examen rápido del lugar. Había unos cuantos niños empujando coches de juguete por la tierra. Una niña de unos 10 años caminaba sin mirar sus pasos con los ojos pegados a su teléfono móvil, su tripa expuesta a través de la camisa sucia que llevaba puesta. Un hombre mayor dos caravanas más abajo estaba tumbado en el suelo, escudriñando debajo de una cortadora de césped con una llave en la mano y aceite en los pantalones. Ellington llamó a la puerta y la respondieron casi al instante. La mujer que abrió la puerta era hermosa de manera sencilla. Parecía tener unos cincuenta y tantos y los mechones de pelo gris en su pelo mayormente negro sobresalían de un modo que les hacían parecer decoración en vez de signos de vejez. Parecía cansada pero el aroma que salió de su boca cuando dijo “¿Quiénes son ustedes?” le dijo a Mackenzie con bastante certeza que había estado bebiendo. Ellington respondió, pero se aseguró de no ponerse delante de Mackenzie al hacerlo. “Soy el Agente Ellington y esta es la Agente White, del FBI,” dijo. “¿FBI?” preguntó ella. “¿Por qué diablos?” “¿Es usted Tammy Manning?” preguntó él. “Lo soy,” dijo ella. “¿Podemos pasar adentro?” preguntó Ellington. Tammy les miró de una manera que no indicaba desconfianza sino algo más cercano a la incredulidad. Asintió con la cabeza y dio un paso atrás, dejándoles pasar al interior. En el instante que pasaron adentro, el intenso olor del humo de tabaco les envolvió. El aire estaba lleno de él. Un cigarrillo solitario se consumía en un cenicero lleno de colillas apagadas sobre una vieja mesita de café. Había otra mujer sentada en el sofá al extremo opuesto de la mesita de café. Parecía estar algo incómoda. Mackenzie pensó que lo cierto es que parecía asqueada de estar sentada allí. “Si tiene compañía,” dijo Mackenzie, “quizá deberíamos hablar afuera.” “No es compañía,” dijo Tammy. “Es mi hija Rita.” “Hola,” dijo Rita, poniéndose en pie para estrecharles la mano. Era evidente que esta era la hermana menor de Delores Manning por unos tres o cuatro años. Tenía un aspecto muy similar al de la foto de Delores que Mackenzie había visto en la contraportada de Amor Bloqueado. “Oh, ya veo,” dijo Ellington. “Bueno, quizá sea buena cosa que tú también estés aquí, Rita.” “¿Por qué?” preguntó Tammy, acercándose a su hija más joven. Agarró el cigarrillo del cenicero y tomó una calada honda. “Anoche encontraron el coche de Delores Manning abandonado con dos ruedas pinchadas en la Ruta Estatal 14. Nadie la ha visto ni ha sabido de ella desde entonces. Ni su agente, ni sus amigos, nadie. Estábamos esperando que usted supiera dónde está.” Antes de que Ellington terminara, Mackenzie obtuvo su respuesta en la mirada conmocionada que había en la cara de Rita Manning. “Oh, Dios mío,” dijo Rita. “¿Está segura de que se trataba de su coche?” “Estamos seguros,” dijo Ellington. “Estaba completo con media caja de su última novela en el maletero. Acababa de salir de una sesión promocional en Cedar Rapids.” “Claro,” dijo Rita. “Estaba… seguramente de camino hacia aquí. Ese era el plan de todos modos. Cuando llegó la medianoche y no apareció, me imaginé que había decidido alojarse en un motel en alguna otra parte.” “¿Habían hecho planes para que pasara la noche aquí?” preguntó Mackenzie. Estaba mirando a Tammy mientras se lo preguntaba, pero Tammy parecía más interesada en disfrutar de su cigarrillo. “Más o menos,” dijo Tammy. “Me llamó la semana pasada y me dijo que iba a estar en Cedar Rapids. Dijo que quería venir a hacerme una visita, así que le dije que me parecía bien. Se lo dije a Rita y ella llegó aquí ayer después de comer. Como por sorpresa.” “Conduje todo el camino desde Texas A y M,” dijo Rita. “¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Delores?” le preguntó Ellington a Rita. “Hace unas tres semanas. Por lo general, nos las arreglamos bien para estar en contacto.” “¿Cuál era su estado de ánimo la última vez que hablasteis?” preguntó Mackenzie. “Oh, estaba por las nubes. Acababa de firmar un contrato para escribir otros tres libros más con su editorial. Hicimos planes para salir por el pueblo a tomar algo la próxima vez que pasara por Texas.” “¿Y tú eres una estudiante, supongo?” preguntó Ellington. “Sí, en el último año.” “Señora Manning,” dijo Mackenzie, asegurándose de que la madre supiera que le estaban hablando a ella y no a su hija, “espero que no le importe que se lo diga, pero no parece muy molesta por todo esto.” Ella se encogió de hombros, exhaló una bocanada de humo, y después aplastó la colilla en el cenicero a rebosar. “¿Supongo que alguien del FBI sabe más que yo sobre cómo debería sentirme acerca de algo como esto?” “No quería decir eso, señora,” dijo Mackenzie. “Mira… estamos hablando de Delores aquí. Tiene la cabeza sobre los hombros. Estoy segura de que llamó a Triple A o a cualquier otro cuando se le pincharon las ruedas. Seguramente ya está a mitad de camino a New York en estos momentos. Ganando dinero, viajando por el país. Si estuviera en algún tipo de apuro, hubiera llamado.” “¿Así que no le hubiera dado vergüenza llamar para pedirle su ayuda?” Tammy pensó en esto durante un minuto. “Seguramente no. Hubiera llamado pidiendo ayuda y después se hubiera puesto como loca cuando le hiciera incluso una pregunta. Así es como es ella.” El resentimiento en su voz era casi tan grueso como el humo que llenaba el aire de la pequeña caravana. “¿Así que no tiene ni idea de dónde puede estar?” preguntó Ellington. “Ninguna. Donde sea que esté, no se molestó en llamarme para informarme sobre ello. Aunque eso no me resulte sorprendente. Nunca me cuenta mucho de todas maneras.” “Ya veo,” dijo Ellington. Miró alrededor de la habitación con el ceño fruncido. Mackenzie podía adivinar que estaba pensando lo mismo que ella: Este viaje de hora y diez minutos ha sido tiempo perdido. Mackenzie miró directamente hacia Rita, que en este momento estaba algo molesta por la falta de colaboración de Tammy. “Tenemos al departamento de policía de Bent Creek trabajando en ello, además de agentes de dos oficinas distintas. Por lo que sabemos, ha estado desaparecida unas veintinueve horas. Nos pondremos en contacto en el momento que descubramos algo.” Rita respondió con un gesto de afirmación y un débil “Gracias.” Tanto Mackenzie como Ellington hicieron una breve pausa para darle a Tammy la oportunidad de añadir cualquier cosa. Cuando ella no hizo más que encender otro cigarrillo y buscar el control remoto de la televisión sobre la mesita de café, Mackenzie se puso a caminar hacia la puerta. Cuando llegó afuera, respiró profundamente el aire fresco y caminó directamente al coche. Ya estaba abriendo la portezuela del copiloto cuando Ellington acababa de bajar los escalones. “¿Estás bien?” le preguntó mientras se acercaba al coche. “Estoy bien,” dijo ella. “Simplemente no puedo tragar a la gente que no siente ninguna preocupación en absoluto por la seguridad de sus propios hijos.” Estaba a punto de entrar al coche cuando se abrió la puerta principal de la caravana de Tammy Manning. Ambos observaron cómo Rita bajaba por las escaleras a la carrerilla. Se acercó al coche y soltó un suspiro tembloroso. “Oh Dios mío, siento muchísimo todo eso,” dijo. Mackenzie vio que también Rita parecía respirar con mucha más facilidad ahora que estaba fuera. “Las cosas entre mamá y Delores no han estado muy bien desde que murió papá. Y después cuando Delores se convirtió en esta escritora próspera, algo acerca de ello casi ofendió a mamá.” “No tienes por qué explicar problemas personales,” dijo Ellington. “Lo vemos de vez en cuando.” “Sed honestos conmigo… este asunto con Delores… ¿cree que la encontrarán? ¿Creen que pueda estar muerta en alguna parte?” “Es demasiado pronto como para decirlo,” dijo Mackenzie. “¿Hubo… en fin, hubo algún tipo de juego sucio?” Mackenzie se acordó del cristal rociado de pintura. Estaba bastante segura de que todavía conservaba algunas de las virutas de pintura negra debajo de las uñas. Pero era demasiado pronto en la progresión de acontecimientos para dar tal información a los parientes—no hasta que se pudiera obtener más información. “Una vez más, todavía no podemos saber con certeza,” dijo ella. Rita asintió. “En fin, gracias por decírnoslo. Cuando descubran algo, llámenme directamente. Olvídense de mamá por ahora. No sé cuál es su problema. Ella está… no lo sé. Es una mujer envejecida que dejó que la vida le diera una paliza y no tuvo las agallas para volverse a levantar.” Les dio su número y después subió lentamente las escaleras. Les hizo un gesto de despedida con la mano mientras Ellington sacaba el coche del aparcamiento y volvía a atravesar el parque para caravanas. “¿Qué te parece?” preguntó Ellington. “¿Fue este viaje una pérdida de tiempo?” “No. Creo que ahora sabemos lo bastante acerca de Delores como para tener la certeza de que hubiera llamado si sus planes fueran alterados y pudiera haber llamado.” “¿Cómo sabes eso con certeza?” “No lo sé con certeza. Pero por lo que he entendido hablando con Tammy y Rita, Delores estaba tratando de reconectar con su familia. Rita dijo que tenían una relación tensa. No creo que Delores se hubiera molestado en llamar para preguntar si podía venir de visita si no hubiera esperanza de reconciliación. Y si ese es el caso, seguramente hubiera llamado si sus planes hubieran cambiado.” “Quizá cambio de opinión.” “Lo dudo. Hijas y madres… cuando se enfadan… es duro. Delores no hubiera tomado la decisión de llamar para luego echarse atrás.” “Estás analizando esto como un psiquiatra,” dijo Ellington. “Es impresionante.” Mackenzie apenas notó el cumplido. Estaba pensando en su propia madre—una mujer con la que no había hablado en largo tiempo. Era fácil estropear una relación que se suponía había de ser tan crucial en la vida de toda mujer. Tenía su experiencia personal de madres que dejan abandonados a sus hijos, por lo que se sentía identificada con Delores. Se preguntó si Delores Manning estaba pensando en su madre en su momento de desesperación. Eso, claro está, si Delores Manning seguía todavía con vida. CAPÍTULO SEIS Mackenzie sabía que la oficina de campo más cercana a Bent Creek estaba en Omaha, Nebraska. La idea de volver a Nebraska en capacidad oficial resultaba intimidante, aunque al mismo tiempo era casi adecuado. Aun así, se sintió más que aliviada cuando Heideman les llamó para decirles que la actual base de operaciones para el caso estaba en la comisaría de policía de Bent Creek. Ellington y Mackenzie llegaron poco más de las seis de la tarde. Mientras caminaba hacia la puerta principal de la comisaria con Ellington, le invadieron sensaciones de cuando trabajaba como una mujer en las fuerzas de seguridad del Medio Oeste. Estaban en la manera casi misógina en que le miraban algunos de los hombres de uniforme. Por lo visto, el cambio de atuendo y el título no habían cambiado nada. Los hombres todavía la iban a considerar como un ser inferior. La única diferencia ahora era que a ella le importaba un bledo ofender a alguien o herir sus sentimientos. Venía aquí enviada por el Bureau para ayudar a una fuerza policial pequeña y enclenque a averiguar quién podía estar secuestrando mujeres de sus carreteras secundarias. Y no le iban a tratar de la misma manera que le habían tratado la primera vez que trabajara en el Medio Oeste como detective para la Policía Estatal de Nebraska. Descubrió rápidamente que parte de sus suposiciones al entrar a comisaría estaban equivocadas. Quizá el cambio de título y de estatura significaran algo después de todo. Cuando les escoltaron de vuelta a la sala de conferencias, vio que la policía local había pedido comida china para ellos. Estaba esparcida por una pequeña barra americana al fondo de la sala, junto con unas cuantas botellas de dos litros de refrescos y algunos aperitivos. Thorsson y Heideman ya estaban dando cuenta de la cena de cortesía, sirviéndose porciones de fideos mein y pollo a la naranja en sus platos. Ellington se encogió de hombros y le miró con aspecto de preguntarse ¿qué le vamos a hacer? Mientras se dirigía también hacia la mesa. Ella hizo lo mismo mientras unas cuantas personas más entraban y salían de la habitación. Mientras estaba sentada a la mesa de conferencias con una porción de pollo al sésamo y un cangrejo rangoon, uno de los agentes que había visto en la cuneta de la Ruta Estatal 14 se acercó a ella y extendió su mano. Una vez más, ella vio su placa y le reconoció como el alguacil. “Agente White, ¿verdad?” preguntó él. “Lo soy.” “Encantado de conocerte. Soy el alguacil Bateman. Me han dicho que tú y tu compañero habéis subido a Sigourney para hablar con la madre de la víctima más reciente. ¿Ningún resultado?” “Nada. Solo es una fuente potencial de información que podemos borrar de la lista. Y una confirmación bastante firme de que esto no se trata de una hija que simplemente decidió no llamar a su madre cuando cambiaron sus planes.” Claramente decepcionado con ello, Bateman asintió y se giró hacia la parte delantera de la sala donde dos agentes mantenían una conversación. Cuando Ellington tomó asiento junto a Mackenzie, ambos miraron al frente de la sala. Un hombre que se había identificado con anterioridad como el ayudante del alguacil Wickline estaba colocando fotografías y hojas impresas en una pizarra de borrado en seco con la ayuda de imanes. Otra agente—la única otra agente femenina en la sala—escribía una serie de notas a lo largo del otro extremo de la pizarra. “Parece que está todo bajo control por aquí,” dijo Ellington. Ella había estado pensando en la misma cosa. Ella había entrado asumiendo que sería algo como un circo que se monta de manera chapucera igual que había sido con el departamento de policía de Nebraska cuando ella había trabajado allí. Pero hasta el momento, estaba impresionada por la organización del asunto por parte del departamento de policía de Bent Creek. Varios minutos después, el Alguacil Bateman intercambió unas palabras con los agentes en la pizarra y les escoltó hasta la puerta de salida. La agente se quedó y se sentó a la mesa. Bateman cerró la puerta y se fue a la parte frontal de la sala. Miró alrededor a los cuatro agentes del FBI y los tres agentes que se habían quedado en la sala. “Pedimos algo de cenar porque no tenemos ni idea de cuánto tiempo vamos a estar aquí,” dijo. “Por lo general, no recibimos muchas visitas del Bureau en Bent Creek así que esto es nuevo para mí. Por tanto, agentes, decidme si hay algo que podamos hacer para facilitaros las cosas. Por ahora, dejaré que os encarguéis de esto.” Tomó asiento, dejando que Ellington y Thorsson intercambiaran una rauda mirada de perplejidad. Thorsson esbozó una sonrisa y gesticuló hacia el frente de la sala, pasándoles la responsabilidad a los agentes de DC. Ellington golpeó ligeramente a Mackenzie por debajo de la mesa mientras decía: “Sí, así que la Agente White nos hará un repaso de la información que tenemos hasta el momento, además de las teorías actuales que tenemos.” Sabía que él estaba tratando de picarla al ponerle en un aprieto de esa manera, pero no le importaba. De hecho, una pequeña parte egoísta de ella deseaba estar al frente de la sala. Quizás había algo de fantasía vengativa de chiquilla en regresar a esta parte del país y dirigir una conferencia de una manera que jamás se le había permitido hacer en Nebraska. Fuera por la razón que fuera, se fue al frente de la sala y echó un rápido vistazo a la pizarra de borrado en seco que habían estado preparando. “El trabajo que hicieron sus agentes aquí,” dijo ella, señalando a la pizarra, “sirve muy bien para contar la historia. La primera víctima era una residente de Bent Creek. Naomi Nyles, de cuarenta y siete años de edad. Su hija denunció su desaparición y se la vio por última vez hace dos semanas. Se encontró su coche en la cuneta de una carretera sin ningún signo aparente de estar averiado. Creo que algunos agentes de este mismo edificio pudieron arrancar el coche sin problemas y traerlo de vuelta a comisaría.” “Eso es correcto,” dijo el ayudante del alguacil Wickline. “El coche sigue en el aparcamiento del depósito municipal, de hecho.” “La segunda persona desaparecida fue Crystal Hall de veintiséis años. Trabaja para Wrangler Beef en Des Moines y han confirmado que la enviaron a una granja de ganado a las afueras de Bent Creek. El granjero confirma que Crystal apareció para una reunión planeada y que salió de la propiedad poco después de las cinco de la tarde. Su historial de la tarjeta de crédito muestra que cenó algo en el Subway de Bent Creek a las cinco y cincuenta y dos minutos.” Apuntó al lugar en el que uno de los agentes ya había anotado la información en la pizarra. “La pregunta que se plantea,” dijo Bateman, “es cuándo fue secuestrada. No descubrieron su coche hasta la una y media de la madrugada. Para que nadie viera su coche o al menos informara de ello, incluso en la Ruta Estatal 14, significa que hay muchas posibilidades de que estuviera en alguna otra parte del pueblo antes de dirigirse de vuelta a casa. Dudo seriamente de que alguien tuviera las agallas de atraparla entre las seis y media y las siete y media. Y si fueron tan audaces…” Cayó en el silencio al decir esto, como si no le gustara la manera en que tenía que terminar el comentario. Así que Mackenzie se tomó la libertad de terminarlo en su lugar. “Entonces significa que sería alguien familiarizado con la zona,” dijo ella. “En especial con las pautas del tráfico en la Ruta Estatal 14. Sin embargo, el perfil para este tipo de hombre no encaja con lo de ser audaz. No hay nada evidente sobre este tipo.” Bateman asintió a esto, con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa en su rostro. Ella ya había visto esa mirada antes. Era la mirada de un hombre que no solo estaba impresionado con su manera de pensar, sino que la apreciaba. Vio la misma mirada en el rostro del agente femenino y de un hombre con exceso de peso al final de la mesa, que seguía disfrutando de la cena gratuita. El ayudante Wickline estaba asintiendo ante su comentario, garabateando unas notas en un bloc de oficio. “Alguacil,” dijo Ellington, “¿tenemos alguna idea de la cantidad media de tráfico que circula por esa ruta a esas horas del día?” “Un informe de 2012 de un monitor de tráfico aprobado por el estado estima que, entre las seis de la tarde y la medianoche, hay una media de unos ochenta vehículos que pasan por la Ruta Estatal 14. Realmente no es una carretera muy transitada. Pero tened en cuenta que las únicas que se han llevado de la 14 han sido a la escritora y a Crystal Hall. La primera persona desaparecida; Naomi Nyles, fue secuestrada de la carretera del condado 664.” “¿Y cómo es el tráfico por allí a esas horas del día?” preguntó Mackenzie. “Casi inexistente,” dijo Bateman. “Creo que el número exacto ronda los veinte o treinta vehículos. Ayudante Wickline, ¿sabes si no es así?” “A mí eso me suena bien,” dijo Wickline. “Y hablando de la escritora,” continuó Mackenzie. “Delores Manning, treinta y dos años de edad. Vive en Búfalo, pero tiene familia a las afueras de Sigourney. Sus ruedas fueron pinchadas por fragmentos de cristal que había en la carretera. El cristal es bastante grueso y había sido parcialmente pintado de negro para evitar el resplandor que provocarían los focos delanteros al aproximarse. Su agente la denunció como desaparecida una media hora después de que su coche fuera descubierto por un camión que pasaba por allí a las dos de la mañana. El Agente Ellington y yo hablamos hoy con su madre y su hermana y no pudieron proporcionar pistas sólidas. De hecho, parece que no hay pistas sólidas en absoluto en ninguna de estas desapariciones. Y desgraciadamente, eso es todo lo que tenemos.” “Gracias, Agente White,” dijo Bateman. “¿Entonces cuál es nuestro siguiente paso?” Mackenzie sonrió con cierto sarcasmo y asintió mirando la comida china en la mesa de atrás. “Bueno, está bien que hayáis planeado con antelación. Creo que el mejor lugar por el que podemos empezar es repasando todas las desapariciones sin resolver en un radio de cien millas a la redonda de los últimos diez años.” Nadie se opuso, pero las miradas en las caras de Bateman, Wickline, y los demás agentes eran todo un poema. La agente se encogió de hombros con aire de derrota y levantó la mano como una niña obediente. “Puedo ir al archivo y conseguir todo eso,” dijo. “Eso suena muy bien, Roberts,” dijo Bateman. “¿puedes obtener resultados para nosotros en una hora? Llévate algunos de los que están sentados a la mesa ahí delante para que te ayuden.” Roberts se levantó y salió de la sala de conferencias. Mackenzie notó que Bateman la miraba un poco más a ella que a los otros hombres en la sala. “Agente White,” dijo Bateman. “¿Por casualidad tienes algunas ideas sobre el tipo de sospechoso al que deberíamos buscar? En un pueblo tan pequeño como Bent Creek, cuanto antes podamos descartar a la gente, más rápidamente podemos indicarle el tipo de persona que está buscando.” “Sin ningún tipo de pistas, sería difícil de definir,” dijo Mackenzie. “Pero por el momento, hay ciertas cosas que podemos dar por sentadas. Agente Ellington, ¿te gustaría tomar el relevo para esta parte?” Él la sonrió mientras le daba un bocado a un rollo de primavera. “Por favor, sigue adelante. Lo estás haciendo perfectamente.” Era un extraño toma y daca entre ellos que ella esperaba que no fuera demasiado obvio para los demás en la sala. Había intentado mostrar respeto—mostrarle que no estaba intentando liderar el caso. Pero él, por su parte, lo había ignorado. Por el momento, parecía que casi agradecía que ella estuviera tomando las riendas. “En primer lugar,” dijo ella, haciendo todo lo que podía por no perder el hilo, “el sospechoso es casi con certeza un habitante local. Su capacidad para estudiar las pautas de tráfico de esas carreteras secundarias muestra una clase rigurosa de paciencia que nos facilita en cierto modo la creación de un perfil. Si el sospechoso se ha tomado tantas molestias para secuestrar a esas mujeres, entonces los casos antiguos de secuestro y rapto sugieren que no se lleva a esas mujeres para matarlas. Como he dicho, parece que es precavido. Todo lo que sabemos sobre él—que las ataca cuando son vulnerables y están a oscuras, y aparentemente planeando sus actos—señalan a un hombre que no tiene tendencias violentas. Después de todo, ¿qué sentido tiene tramar un rapto al detalle para acabar matando a la víctima unos minutos después? Esto indica que colecciona estas mujeres, por falta de un término más apropiado.” “Sí,” dijo Roberts, la mujer policía. “¿Pero coleccionándolas para qué, exactamente?” “¿Es terrible asumir que se trata de algo sexual?” preguntó el Ayudante Wickline. “En absoluto,” dijo Mackenzie. “De hecho, si nuestro sospechoso es tímido, esa es una caja más que marcamos en el perfil. Por lo general, los hombres tímidos que atacan a las mujeres de esa manera son demasiado retraídos o socialmente ansiosos como para conquistar a las mujeres. Suele ser el caso con los violadores que hacen todo lo que pueden para no hacer daño a las mujeres.” Recibió unas cuantas miradas más de admiración por toda la sala. Claro que teniendo en cuenta el tema que estaban tratando, no lo pudo agradecer. “¿Pero no podemos saberlo con certeza?” preguntó Bateman. “No,” dijo Mackenzie. “Y ahí está la presión que tenemos encima. Este no es solo un asesino que esperamos que no ataque de nuevo. Este hombre es psicótico y peligroso. Cuanto más tardemos en encontrarle, más tiempo tendrá para hacer lo que le venga en gana con esas mujeres.” CAPÍTULO SIETE Saciados con la comida china y la plétora de información sobre las tres mujeres raptadas, Mackenzie y Ellington se marcharon del departamento de policía de Bent Creek a las 9:15. El único motel en el pueblo—un Motel 6 que parecía que no habían pintado, redecorado o contemplado dos veces desde los años 80—estaba a cinco minutos. No les sorprendió encontrar dos habitaciones libres, que reservaron para pasar la noche. Cuando salieron de comisaría y se adentraron de nuevo en la oscuridad de la noche, Mackenzie echó una ojeada al aparcamiento. Bent Creek era un pueblo pequeño de verdad. Esto se hacía evidente en el hecho de que hubiera un pequeño bar al otro lado del aparcamiento del Motel 6. Tenía sentido, pensó Mackenzie. Era probable que cualquiera que tuviera que quedarse en un motel en Bent Creek quisiera tomar un trago. Sin duda, ella podría tomarse algo. Ellington le dio una palmada en la espalda y empezó a caminar en esa dirección. “Yo invito,” dijo. A ella le estaba empezando a hacer gracia el humor negro y bastante básico que había entre ellos. Ambos sabían que había una incomodidad cambiante entre ellos, pero la habían enterrado. Para superarla, habían creado una amistad tentativa basada en sus trabajos—que insistían en que pensaran con lógica y enfocaran los asuntos con una actitud sensata. Hasta el momento, estaba funcionando bastante bien. Ella se unió a él mientras cruzaban el aparcamiento y cuando entraron al bar—no muy originalmente nombrado Bar Bent Creek—la oscuridad de la noche fue sustituida por un crepúsculo humeante y húmedo que solamente existía en los bares de los pueblos y en los tugurios de mala muerte. Una antigua canción de Travis Tritt sonaba en una polvorienta gramola que había en un rincón mientras ellos tomaban asiento al final de la barra. Los dos pidieron cerveza y, como si esa rutina de la visita al bar hubiera sido su señal, Ellington volvió de inmediato a su postura profesional. “Creo que merece la pena investigar esas carreteras que salen de la Ruta Estatal 14,” dijo. “Lo mismo digo,” dijo ella. “Me parece extraño que no lo mencionaran en las abundantes notas que la policía puso en esa pizarra.” “Quizá simplemente conozcan la geografía del lugar mejor que nosotros,” sugirió Ellington. “Por lo que sabemos, podría tratarse de simples pistas de tierra que no llevan a ninguna parte. ¿Hay alguna razón por la que no les preguntaste sobre ello cuando estabas dirigiendo la sala de conferencias?” “Estuve a punto de hacerlo,” dijo ella. “Pero lo habían colocado todo tan bien… que no quería fastidiar a nadie. Todo este asunto de contar con un departamento de policía colaborativo que hace todo lo posible por nosotros es algo nuevo para mí. Lo haré mañana. Si fuera crucial o importante, ellos ya las hubieran investigado o al menos nos las hubieran mencionado.” Ellington asintió y dio un buen trago a su cerveza. “Diablos, casi se me olvida,” dijo. “Lo sentí de veras cuando escuché lo de Bryers. Solo trabajé con él en unas cuantas ocasiones y no de manera muy íntima, pero parecía ser un buen hombre de verdad. Y un agente de primera, también, por lo que tengo oído.” “Sí, era bastante increíble,” dijo Mackenzie. “No sé si querrás saber esto o no,” dijo Ellington, “pero hubo algo de controversia sobre emparejarte con él cuando llegaste. Bryers era como un producto de lujo. Uno de los mejores. Pero cuando le dieron la idea, él se entusiasmó con ello. Creo que, en el fondo, siempre quiso ser un mentor. Y creo que consiguió hacerlo muy bien para ser su primera vez.” “Gracias,” dijo ella. “Pero no me parece que todavía me haya probado a mí misma.” “¿Por qué no?” “En fin… no lo sé. Quizá me llegue cuando pueda solucionar un caso sin que McGrath acabe furioso conmigo por algún u otro detalle.” “Solo lo hace porque espera mucho de ti. Cuando llegaste, era como si fueras un detonador en una barra de dinamita que ya han encendido.” “¿Es por eso que me ha emparejado contigo ahora?” “No. Creo que solo me quería en esto debido a mi conexión con la oficina de campo en Omaha. Y entre tú y yo y nadie más, quiere que triunfes en este caso. Quiere que lo saques adelante. Conmigo a bordo, no podrás recurrir a uno de esos finales en solitario típicos de ti a los que tienes tanta tendencia.” Ella quería discutir ese punto, aunque sabía que él tenía toda la razón. En vez de ello, dio un trago a su cerveza. Desde la gramola sonaba una canción de Bryan Adams y de algún modo, se vio pidiendo una segunda cerveza. “Así que dime,” dijo Mackenzie. “Si yo no estuviera contigo en esto, ¿cómo lo estarías manejando? ¿Con qué enfoques?” “Los mismos que tú. Trabajar de cerca con el departamento de policía y tratar de hacer amigos. Tomando notas, diseñando teorías.” “¿Y tienes alguna?” preguntó ella. “Ninguna que tú no hayas explicado ya en esa sala de conferencias. Creo que tenemos algo… pensar en este tipo como en una especie de coleccionista. Un solitario vergonzoso. Creo estar bastante seguro de que no está llevándose a estas mujeres simplemente para matarlas. Creo que tienes toda la razón en todos esos puntos.” “Lo que me tiene preocupada,” dice Mackenzie, “es pensar en todas las demás razones por las que está secuestrando y coleccionando mujeres.” “¿Notaste que el alguacil Bateman mantuvo a esa mujer agente en la sala todo el tiempo?” preguntó Ellington. “Claro. Roberts. Supuse que era para mantener la conversación centrada en los hechos y no en especulaciones. Especulaciones acerca de por qué estaría el sospechoso conservando a las mujeres. Hablar de violación y de abusos sexuales es algo más fácil cuando no hay una mujer presente.” “¿Te molestan ese tipo de cosas?” preguntó Ellington. “Lo solían hacer. Tristemente, me he vuelto casi insensible a ello. Ya no me molesta.” Esto no era del todo cierto, pero no quería que Ellington lo supiera. Lo cierto del asunto es que a menudo eran cosas como estas las que le motivaban para dar lo mejor posible de sí misma. “Es un fastidio, ¿no es cierto?” preguntó él. “Esa parte de tu humanidad que se vuelve impasible ante cosas como esta?” “Sí que lo es,” dijo ella. Se ocultó detrás de su cerveza durante un instante, algo sorprendida de que Ellington hubiera dado tal paso. Había sido un pequeño paso para él, pero también mostraba un grado de vulnerabilidad. Terminó su cerveza y la deslizó hacia el extremo de la barra. Cuando se acercó el camarero, ella le hizo un gesto para que le dejara en paz. “Estoy bien,” dijo. Entonces, volviéndose hacia Ellington, dijo: “Dijiste que pagabas tú, ¿no es cierto?” “Sí, me encargo yo. Espera un momento y te acompaño hasta tu habitación.” La ligera emoción que sintió al oír ese comentario le resultó embarazosa. Para detenerlo del todo antes de siquiera planteárselo, sacudió la cabeza. “No es necesario,” dijo ella. “Puedo cuidar de mí misma.” “Ya sé que puedes,” dijo él, deslizando su propio vaso hacia el extremo de la barra. “Otra para mí,” le dijo al camarero. Mackenzie le saludó con la mano al salir. A medida que caminaba por el aparcamiento, esa pequeña y entusiasmada parte de ella no pudo evitar preguntarse cómo sería volver al motel con Ellington junto a su lado, sintiéndose empujados hacia delante por la incertidumbre que les esperaba una vez se cerraran las puertas y se bajaran las persianas. *** Tardó menos de veinte minutos en conseguir que se disipara el pinchazo de la lujuria. Como de costumbre, utilizó el trabajo para distraerse de tales tentaciones. Abrió su ordenador portátil y se fue derecha a su email. Allí se encontró con varios mensajes que le había enviado el departamento de policía de Bent Creek en la última mitad del día—otra de las maneras en que estaban empezando a consentirle, la verdad. Le habían enviado mapas de la zona, los informes sobre las únicas cuatro personas desaparecidas en la zona en los últimos diez años, el análisis de tráfico realizado por el estado de Iowa en 2012, y hasta una lista de todos los arrestos realizados en los últimos cinco años que estuvieran relacionados con sujetos con un historial de agresión. Mackenzie examinó todo ello, tomándose algo de tiempo extra para repasar los cuatro casos de personas desaparecidas. Se había dado por sentado que dos de ellos se trataban de personas que se habían escapado de casa y tras leer los informes, Mackenzie estaba de acuerdo. Podrían utilizarse como modelo de adolescente angustiado que estaba harto de la vida de pueblo, y que se había ido de casa antes de lo que hubieran deseado sus padres. Una de ellas era una chica de catorce años que de hecho se había puesto en contacto con su familia hacía dos años para decirles que estaba viviendo con bastante comodidad en Los Angeles. Sin embargo, los otros dos eran algo más difíciles de entender. Uno de los casos se refería a un chico de diez años que habían raptado del patio de juego de una iglesia. Estuvo desaparecido durante tres horas antes de que alguien sospechara que pasaba algo. Los chismorreos del pueblo apuntaban a que la abuela se lo había llevado debido a una situación familiar difícil. El drama familiar, más el género y edad de la víctima, hicieron que Mackenzie dudara de que hubiera ninguna conexión con los secuestros actuales. El cuarto caso era más prometedor, pero todavía parecía endeble. La primera señal de alarma era que tenía que ver con un accidente de coche. En el 2009, Sam y Vicki McCauley se salieron de la carretera durante una tormenta de granizo. Cuando llegaron la policía y la ambulancia, la vida de Sam colgaba de un hilo y acabó muriendo de camino al hospital. Él les había rogado para saber cómo estaba su mujer. Por lo que podían decir, Vicki McCauley había salido despedida del vehículo, pero nunca encontraron su cuerpo. Mackenzie repasó el informe dos veces y no pudo encontrar ninguna descripción de lo que había provocado que el coche se saliera de la carretera. Se utilizaba en varias ocasiones el término heladas en la carretera y aunque esta fuera una buena razón, Mackenzie pensó que sería buena idea profundizar un poco más. Repasó el informe varias veces y después releyó el informe sobre Delores Manning. El hecho de que hubiera un accidente de coche de algún tipo parecía ser la única conexión entre ambos casos. Entonces cambió de táctica y trató de meter a las tres víctimas actuales en esas situaciones. Sin embargo, era casi imposible. Se daba por sentado que los dos casos sin resolver eran jóvenes que se habían escapado de cada y a pesar de que ambas eran chicas, dejaba demasiadas opciones abiertas. Además, las tres víctimas actuales fueron raptadas de sus coches. Quizá porque quedarse tirado en la carretera era un suceso bastante frecuente. Estaba muy lejos de echarle el guante a un adolescente que se había escapado de casa. Simplemente no encajaba. Este tipo no quería adolescentes problemáticos que habían salido corriendo para darles un disgusto a papá y mamá. Va a por mujeres. Mujeres que, por una razón u otra, están en sus coches por la noche. Quizá se da cuenta de la esperanza que inspira el desconocido amable en la gente—especialmente en las mujeres. La otra cara de esa moneda, sin embargo, era el hecho de que ella sabía que la mayoría de las mujeres asumirían lo peor de un hombre desconocido en la cuneta de una carretera. Sobre todo, cuando era de noche y sus coches se habían averiado. Quizá le conozcan, entonces… Eso también requería demasiada imaginación. Por la información que habían recopilado de Tammy y Rita Manning, era probable que Delores no conociera a nadie en Bent Creek. Regresó al caso de los McCauley, principalmente porque era el único con el más mínimo asomo de similitud. Abrió su cuenta de email y pulsó en el email más reciente que le habían enviado de la comisaría de Bent Creek. Ella respondió y escribió: Muchas gracias por la ayuda. Me preguntaba si podría conseguir unas cuantas cosas más en cuanto sea posible. Me gustaría obtener una lista de los parientes de los McCauleys que vivan en un radio de cincuenta millas, junto con sus detalles de contacto. Si tenéis el número de la agente de Delores Manning, también estaría muy bien. Se sintió casi indolente al solicitar la información de tal manera. Pero si le estaban ofreciendo su ayuda con tanto gusto, quería utilizar al departamento de policía de Bent Creek como recurso todo lo que pudiera. Cuando terminó con esto, Mackenzie abrió otro archivo… un archivo que se las había arreglado para dejar de lado y para que no le obsesionara durante casi tres semanas. Lo abrió, circuló a través de los documentos, y sacó una sola fotografía. Se trataba de una tarjeta de visita con el nombre de su padre garabateado en la parte de atrás. En el otro lado, exhibido en otra foto, estaba el nombre de la empresa en negrita: Antigüedades Barker: Objetos de Colección Antiguos o Raros. Y eso era todo. Ya sabía que dicho lugar no existía—al menos por lo que ella y el FBI pudieran decir—lo que hacía todo mucho más frustrante. Echó un vistazo a la tarjeta y sintió un tirón en el corazón. Se encontraba a dos horas y media del lugar en que había muerto su padre y quizá a tres horas de donde se había hallado la tarjeta de visita en la fotografía—casi veinte años después de la muerte de su padre. No era su caso… realmente no. McGrath le había concedido algo así como un pase de extranjis para ayudar en lo que pudiera, pero por el momento, el caso seguía estando frío. Pensó en Kirk Peterson, el detective que había descubierto las nuevas pistas que habían servido para reabrir el caso de su padre. Estuvo a punto de llamarle, pero se dio cuenta de que le habían dado las 11:45. Y, además, ¿de qué iban a hablar más que del silencio relativo a los casos actuales y reabiertos? Aun así, tenía que llamarle. Quizá después de este caso, cuando pudiera prestarle a Peterson y al caso su atención completa. Ya iba siendo hora de que se quitara ese mono de encima. Se preparó para irse a dormir, cepillándose los dientes y poniéndose un par de pantalones de deporte finos y una camiseta. Justo antes de que se metiera a la cama, miró su teléfono una vez más para comprobar si había llegado algún otro email tardío. Vio que la solicitud que había hecho por email a la comisaría de Bent Creek ya había sido respondida, y que había llegado en solo diecisiete minutos después de que ella la enviara. Anotó la información en sus archivos y diseñó un horario mentalmente para el día siguiente. Finalmente se permitió apagar las luces e irse a dormir. No le gustaba terminar el día y apagar las luces con preguntas sin responder. Era una sensación desasosegante a la que suponía que nunca se acostumbraría. Pero se había adaptado hacía mucho tiempo, encontrando la manera de dormir unas cuantas horas en condiciones al tiempo que dejaba que sus preguntas pulularan en la oscuridad de la noche, a una distancia cómodamente fuera de su alcance. CAPÍTULO OCHO Cuando Mackenzie acababa de vestirse, alguien llamó a la puerta de su habitación de motel. Echó un vistazo a través de la mirilla y vio a Ellington de pie al otro lado. Sostenía una cajita de cartón con dos tazas de café encima de ella. Abrió la puerta para dejarle pasar, sin saber muy bien cómo sentirse respecto al hecho de que él estuviera listo para empezar el día antes que ella. Lo cierto es que siempre se había enorgullecido de su sentido de la urgencia y de su tendencia a llegar temprano. Ahora parecía que iba a tener algo de competencia en ese aspecto. “¿Estoy interrumpiendo el complicado proceso matutino de una mujer arreglándose?” bromeó mientras colocaba la caja y los cafés en la mesita junto a su cama ya hecha. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693671&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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