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Antes de que Codicie Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #3 De la mano de Blake Pierce, el autor del éxito de ventas ONCE GONE (un #1 en ventas con más de 600 críticas de cinco estrellas), llega el libro #3 en la emocionante serie de misterio Mackenzie White. En ANTES DE QUE CODICIE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 3), una Mackenzie White recién entrenada como agente del FBI se gradúa de la Academia del FBI en Quantico para encontrarse metida de lleno en un caso urgente de asesinatos en serie. Están apareciendo muertas una serie de mujeres mientras acampan en un parque nacional en un lugar remoto de West Virginia. El parque es extenso, y no se puede encontrar ninguna conexión entre ellas. Al mismo tiempo, Mackenzie recibe una llamada de Nebraska para que regrese a casa con urgencia. Después de muchos años, ha aparecido una pista sobre el asesinato de su padre. Se ha vuelto a reabrir el caso, y Mackenzie necesita desesperadamente ayudar a resolverlo. Pero el asesino del FBI va en aumento, y no hay tiempo para la distracción ya que desaparecen más mujeres en el juego psicológico del gato y el ratón en que se ven implicados. Este asesino es más diabólico – e inteligente – de lo que Mackenzie se hubiera imaginado. A medida que desciende por un sendero que teme recorrer – hacia las profundidades de su propia mente – dará con un par de sorpresas que ni ella misma se podía imaginar. Un oscuro thriller psicológico de suspense que acelera el corazón, ANTES DE QUE CODICIE es el libro #3 de una excitante serie nueva – con un nuevo y querido personaje – que le mantendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. El Libro #4 de la serie de misterio Mackenzie White saldrá pronto a la venta. También está disponible el libro de Blake Pierce ONCE GONE (Un misterio con Riley Paige – Libro #1), y #1 en ventas – ¡y descarga gratuita! A N T E S D E Q U E C O D I C I E (UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 3) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie de misterio éxito de ventas RILEY PAGE, que está compuesta de seis libros (y sigue creciendo). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, compuesta de tres libros (que sigue creciendo); de la serie de misterio AVERY BLACK, compuesta de tres libros (que sigue creciendo); y de la nueva serie de misterio KERI LOCKE Lector incansable y aficionado desde siempre a los géneros de misterio y de suspense, a Blake le encanta saber de sus lectores, así que no dude en visitar www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para enterarse de más y estar en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ CONGELADO (Libro #8) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) CAUSA PARA CORRER (Libro #2) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) CONTENIDOS PRÓLOGO (#ulink_bae0c493-d614-5967-9a90-ed95eb3d9796) CAPÍTULO UNO (#u10affed6-3be2-584a-8a1a-69cc9df1ef33) CAPÍTULO DOS (#u9f6602ea-920b-53b8-b208-f72bcc0b3535) CAPÍTULO TRES (#u2de2b2fb-feb7-51ae-9abc-da793bfba830) CAPÍTULO CUATRO (#uf6d8165e-5ac4-5517-a39e-d4244959fb25) CAPÍTULO CINCO (#ucc80d0ac-b4e1-54c8-9aa6-4bda1fa6d7ad) CAPÍTULO SEIS (#u4e8ca4c0-0026-539f-ac14-738746fc8081) CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Pam se sentó sobre el tronco caído que había al extremo del camping y encendió un cigarrillo, sintiéndose llena de energía tras el sexo. Detrás suyo, estaba plantada la tienda de Hunter con su forma de cúpula dentada. Podía escuchar cómo él roncaba suavemente desde adentro. Hasta aquí en el bosque, era lo de siempre: ahí estaba ella, despierta y con renovada vitalidad tras hacer el amor, mientras que él se había quedado dormido como un tronco. No obstante, aquí en el bosque, no le importaba demasiado. Excavó un pequeño hueco en la tierra para echar las cenizas del cigarrillo, completamente consciente de que fumar en el bosque durante el que había sido un otoño sin lluvias era bastante arriesgado. Miró hacia las alturas, observando las estrellas. Era una noche bastante fresca porque el otoño ya había llegado a la Costa Este a hacer de las suyas, haciendo descender las temperaturas de manera significativa, y se abrazó los hombros para protegerse del frío. Le hubiera gustado que la tienda de Hunter tuviera uno de esos techos de redecilla para ver las estrellas, pero no hubo suerte. Aun así, había tenido algo de romántico, salir de casa, y pasar la noche a solas en el bosque. Era lo más parecido a vivir juntos que ella le iba a permitir hasta que el idiota de él le propusiera matrimonio. Considerando el cielo estrellado, el clima perfecto, y la increíble química que había entre ellos, había sido una de las noches más felices de su vida. Pensó en regresar adentro, para entrar en calor junto a él, pero primero tenía que ir al servicio. Se dirigió hacia el bosque y se tomó un momento para percatarse de dónde estaba. Era difícil adivinar hacia dónde se dirigía en medio de la oscuridad; la luz de las estrellas y de la media luna daban algo de luz, pero no suficiente. Examinó la disposición del terreno a su alrededor y se sintió bastante segura de que solo necesitaba dirigirse hacia la izquierda en línea recta para encontrar el área de descanso. Arrastró los pies unos cuantos metros más y caminó en esa dirección durante unos treinta segundos. Cuando se dio la vuelta, ya no podía ver la tienda. “Maldita sea,” suspiró, empezando a entrar en pánico. Cálmate, se dijo a sí misma mientras seguía caminando. La tienda está justo allí atrás y— Su pie izquierdo se enganchó con algo, y antes de que pudiera entender lo que había pasado, se cayó al suelo. Consiguió extender las manos en el último instante, evitando así que su rostro diera con el pavimento. Dejó salir una respiración profunda y se empujó hacia arriba para levantarse, aturdida. Volvió a mirar al tronco con el que había tropezado, enfadada con él de una manera casi infantil. En la oscuridad, la silueta parecía extraña y casi abstracta. Sin embargo, sabía algo con certeza. No se trataba de un tronco. Debía de ser la noche que estaba jugándole una mala pasada. Tenía que tratarse de algún juego peculiar que hacían las sombras en la oscuridad. A medida que un miedo frío le invadía de la cabeza a los pies, supo sin ninguna duda de qué trataba. No había manera de negarlo. Una pierna humana. Y por lo que ella podía ver, eso era todo lo que había. No parecía que hubiera un cuerpo con el que emparejarla. Yacía en el suelo, parcialmente oculta por el ramaje y otros residuos del bosque. El pie estaba cubierto con una playera deportiva y un calcetín empapado de sangre. Pam soltó un grito. Y mientras se daba la vuelta y corría de regreso a la negrura de la noche, no dejó de gritar ni un momento. CAPÍTULO UNO Mackenzie iba sentada en el asiento del copiloto de un sedán del FBI con un Glock reglamentario en su mano—un arma que ya le resultaba tan familiar como la sensación de su propia piel. Hoy, sin embargo, parecía diferente. Después de hoy, todo sería diferente. Solo la voz de Bryers consiguió sacarle de su mini-trance. Iba sentado en el asiento del conductor, mirándola de un modo que a Mackenzie le resultó similar a la mirada de un padre decepcionado. “Sabes qué… no tienes por qué hacer esto,” dijo Bryers. “Nadie va a tenerte en menos consideración si te lo saltas.” “Creo que tengo que hacerlo. Creo que me lo debo a mí misma.” Bryers suspiró y miró a través del parabrisas. Delante suyo, había un amplio aparcamiento iluminado durante la noche por unas farolas decrépitas que estaban dispuestas a lo largo de su perímetro y su zona central. Además, había tres coches y Mackenzie podía divisar las siluetas de tres hombres, caminando ansiosamente de un lado para otro. Mackenzie extendió la mano y abrió la puerta lateral del coche. “No va a pasar nada,” dijo. “Lo sé,” dijo Bryers. “Solo que… ten cuidado, te lo ruego. Si te pasa algo esta noche y se enteran las malas lenguas de que estaba aquí contigo—” Ella no se entretuvo. Salió del coche y cerró la puerta. Sostenía el Glock bajo en la mano, caminando casualmente hacia el aparcamiento donde estaban parados los tres hombres junto a sus coches. Aunque sabía que no había razón para ponerse nerviosa, lo cierto es que lo estaba de todos modos. Hasta cuando vio el rostro de Harry Dougan entre ellos, todavía tenía los nervios de punta. “¿Tenías que hacer que te trajera Bryers?” preguntó uno de los hombres. “Está cuidando de mí,” dijo ella. “No siente un aprecio especial por ninguno de vosotros tres.” Los tres hombres se echaron a reír y después miraron al coche del que Mackenzie acababa de bajarse. Saludaron a Bryers con las manos en perfecta sincronía. Como respuesta, Bryers les lanzó una sonrisa falsa y les mostró su dedo anular. “Todavía no le caigo nada bien, ¿verdad?” preguntó Harry. “No. Lo siento.” Los otros dos hombres miraron a Harry y a Mackenzie con la misma resignación a la que se habían acostumbrado las últimas semanas. Aunque no eran una pareja de hecho, estaban juntos lo suficiente como para causar una mínima tensión entre sus compañeros. El más bajito de los tres era un chico llamado Shawn Roberts y el otro, un hombre gigantesco que medía más de dos metros, era Trent Cousins. Cousins lanzó un gesto afirmativo al Glock en la mano de Mackenzie y después desenfundó el suyo de su cintura. “¿Entonces vamos a hacer esto?” “Claro, seguro que no tenemos tanto tiempo,” dijo Harry. Entonces, todos otearon el aparcamiento con un aire de complicidad. Una ráfaga de excitación empezó a llenar el aire entre ellos y al hacerlo, Mackenzie se dio cuenta de algo de repente: lo cierto es que se estaba divirtiendo. Por primera vez desde su etapa infantil, estaba emocionada con razón por algo. “A la de tres,” dijo Shawn Roberts. Todos ellos empezaron a balancearse y saltar de un lado a otro mientras Harry daba comienzo a la cuenta atrás. “Uno… dos… ¡tres!” En un instante, los cuatro salieron disparados. Mackenzie tiró hacia la izquierda, hacia uno de los tres coches. Detrás suyo, ya podía escuchar el suave sonido de los disparos que salían de las armas de los demás. Claro que estas armas eran de broma… armas que disparaban pintura creadas para parecerse lo más posible a las de verdad. Esta no era la primera vez que Mackenzie había operado en un entorno de munición simulada, pero era la primera vez que había pasado por uno sin un instructor —o almohadillas de ninguna clase. A su derecha, explotó en el suelo un chorro de pintura roja, a menos de quince centímetros de su pie. Se agachó detrás del coche y se deslizó rápidamente hasta la parte delantera del mismo. Se puso a cuatro patas y vio dos pares distintos de pies separándose por delante de ella, uno de ellos metiéndose detrás de otro coche. Mackenzie había estado figurándose las reglas del terreno mientras estaban todos juntos. Sabía que el mejor lugar donde estar en el aparcamiento iba a ser en la base del pilar de piedra que sostenía la farola en el centro del aparcamiento. Como el resto del Callejón de Hogan, este aparcamiento había sido dispuesto tan arbitrariamente como había sido posible, pero con la intención de educar a los estudiantes de la academia. Teniendo esto en consideración, Mackenzie sabía que siempre había un lugar óptimo para salir victoriosa en cada escenario. En este aparcamiento, era esa columna de la farola. No había podido llegar a ella de inmediato porque dos de ellos ya estaban de pie delante de ella cuando Harry terminó la cuenta atrás. Sin embargo, ahora se le tenía que ocurrir la manera de correr hasta ella sin que le dieran. Perdería el juego cuando le dieran un tiro. Y había quinientos dólares en juego. Se preguntó cuánto tiempo hacía que se llevaba a cabo este pequeño ritual previo a la graduación entre los estudiantes y cómo se había convertido en una leyenda oculta entre los mejores de cada promoción. Mientras le recorrían la mente estos pensamientos, notó que Harry y Cousins se habían enzarzado en un pequeño tiroteo al otro lado del aparcamiento. Cousins estaba detrás de uno de los coches y Harry estaba pegado al lateral de un contenedor de basuras. Con una sonrisa, Mackenzie apuntó a Cousins. Estaba bien escondido y no podía dispararle desde donde se encontraba, pero podía asustarle. Apuntó a la esquina superior del coche y disparó. Un chorro de pintura azul explotó cuando su disparo aterrizó en la diana. Vio como Cousins se tambaleaba un poco, distraído de Harry. Mientras tanto, Harry se aprovechó de la situación y disparó dos veces. Ella esperó que él estuviera llevando la cuenta. El objetivo de su pequeño ejercicio nocturno no autorizado era salir de allí siendo el único que no hubiera recibido un disparo. Todos los participantes tenían la misma arma—un arma que disparaba perdigones de pintura—y solo tenían permitido el número reglamentario de balas que venían en el tipo de Glock imitado por sus pistolas de pintura. Eso quería decir que cada uno tenía solamente quince tiros. A Mackenzie le quedaban catorce ahora y estaba bastante segura de que los tres hombres habían disparado al menos tres o cuatro por cabeza. Con Harry y Cousins ocupados, solo quedaba lidiar con Shawn, pero no tenía ni idea de donde estaba. Para ser tan malditamente grande, se las arreglaba muy bien para ser sigiloso. Se puso cuidadosamente de rodillas y levantó la cabeza asomando por el lateral del coche, buscando a Shawn. No le vio, pero escuchó el pequeño sonido apagado de un arma que se disparaba cerca de allí. Se echó hacia atrás en el mismo instante que un perdigón de pintura golpeó el extremo del parachoques. Algo de la pintura verde se esparció por su mano mientras se echaba hacia atrás pero eso no contaba como un disparo. Para que te eliminaran, te tenían que disparar en el brazo, la pierna, la espalda o el pecho. Lo único que se salía de las reglas eran los disparos a la cabeza. A pesar de que los perdigones eran pequeños y hechos de plástico fino, había habido casos de traumatismo cerebral. Y si uno te daba en un ojo, te podía dejar ciego para siempre. Esa era una de las principales razones por las que el Bureau no veía este pequeño ejercicio con buenos ojos. Sabían que tenía lugar todos los años pero por lo general dejaban que sus graduados tuvieran su diversión en secreto, haciendo la vista gorda. No obstante, el disparo le dio a Mackenzie una idea bastante clara de donde se estaba escondiendo Shawn. Estaba agachado detrás del poste de hormigón. Y, de la misma manera que ella lo había planeado para sí misma, él tenía prácticamente a todos a tiro. Le dio la espalda a Mackenzie y le lanzó un disparo rápido a Harry. El tiro no acertó, dándole a la parte superior del contenedor de basura a pocas pulgadas de la cabeza de Harry. Se tiró al suelo cuando tanto Cousins como Shawn empezaron a dispararle. Mackenzie intentó darle a Shawn y casi le dio en el hombro. Él se agachó justo cuando ella disparaba, y el tiro salió por la tangente. Al mismo tiempo, ella escuchó a Cousins gritar de frustración y de dolor. “Estoy eliminado,” dijo Cousins, caminando lentamente hacia el extremo del aparcamiento. Se sentó en un banco, donde los que se iban eliminando tenían que sentarse en silencio. Mackenzie divisó un manchón de pintura amarilla en el lugar en su tobillo donde Harry le había acertado. Harry se aprovechó de esta distracción y salió disparado de su escondite detrás del contenedor de basura. Iba de cabeza hacia el tercer coche aparcado a su velocidad habitual. Mientras corría, Shawn salió rodando de su escondite. Primero disparó a Mackenzie para que se mantuviera escondida y después se giró para atrapar a Harry. Le disparó otro tiro a Harry que dio en el suelo a unos cinco centímetros del pie izquierdo de Harry en el instante que él saltaba detrás del coche. Mackenzie aprovechó ese momento para moverse hacia la parte trasera del coche, pensando que podría hacer salir a Shawn. Disparó a la izquierda del pilar de hormigón, el mismo lugar al que había apuntado cuando estaba en la parte delantera del coche. Cuando explotó el perdigón de pintura allí, él esperó un momento y entonces se dio la vuelta con su mirada en la parte delantera del coche. Al hacer esto, Mackenzie salió disparada de la parte trasera y avanzó rápida y silenciosamente. Cuando tuvo el ángulo perfecto, disparó un tiro que le dio directamente en la cadera. Una pintura verde explotó en sus pantalones y su camisa. Estaba tan confundido por el ataque que se cayó hacia atrás. “Estoy eliminado,” gritó Shawn, lanzándole una mirada de fastidio a Mackenzie. En cuando comenzó a caminar hacia el extremo del aparcamiento para unirse a Cousins, Mackenzie vio un atisbo de movimiento a su izquierda. Cabrón astuto, pensó. Se tiró al suelo y se puso en cuclillas detrás del poste de hormigón. La luz brillaba con intensidad sobre su cabeza, como un foco. Pero ella sabía que esto podía jugar a su favor cuando su agresor estaba en las sombras. Puede que la luz fuera demasiado intensa, desviando su puntería apenas unos milímetros. Al tiempo que apoyaba su espalda sobre el hormigón, escuchó un perdigón de pintura golpear la parte trasera del poste. En el silencio que siguió, escuchó a Cousins y Shawn riéndose en el banco. “Ver esto va a ser divertido,” dijo Cousins. “Tú dirás divertido,” dijo Shawn. “Yo digo doloroso.” Con sus risas entrecortadas, Mackenzie no pudo evitar sonreír ante la situación. Sabía que Harry le dispararía; no tenían la clase de relación en que él haría lo que fuera por quedar bien con ella y la dejaría ganar. Estaban en el mismo barco—ambos se graduaban mañana como nuevos agentes. Sin embargo, habían pasado mucho tiempo juntos en situaciones tanto académicas como informales. Mackenzie le conocía bien y sabía lo que tenía que hacer para ganarle. Casi sintiéndose mal por hacerlo, Mackenzie se inclinó lentamente y disparó, dando a la rueda del coche detrás del cual él estaba escondido. Salió de su escondite de inmediato, asomando la cabeza por encima del capó. Ella hizo un amago hacia la derecha, como si fuera a regresar detrás del poste. Como era de predecir, ahí es cuando él disparó. Mackenzie cambió de dirección y rodó hacia su izquierda. Se balanceó sobre su abdomen, elevó el arma y disparó. El tiro le dio a Harry en el lado derecho del tórax. La pintura amarilla era casi tan brillante como el sol en las sombras donde estaba escondido. Harry dejó caer los hombros y tiró su arma al suelo del aparcamiento. Salió del otro lado del coche, sacudiendo la cabeza, sorprendido. “Estoy eliminado.” Mackenzie se puso en pie e inclinó su cabeza, frunciéndole el ceño. “¿Enfadado?” preguntó en tono jocoso. “En absoluto. Esa maniobra fue genial.” Detrás suyo, Cousins y Shawn aplaudían. Más atrás de ellos, Bryers salió de su coche y se unió a ellos. Mackenzie sabía que había estado preocupado por ella pero también sabía que se había sentido honrado de acompañarla. Parte de la tradición de este ejercicio es que un agente con experiencia tenía que venir en caso de que algo saliera mal. De vez en cuando, sucedía. Por lo que Mackenzie había oído, un chico se había golpeado en la parte de atrás de la rodilla en el 99. Se tuvo que graduar en muletas. Bryers se les unió al tiempo que ellos se reunían junto al banco. Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó los quinientos dólares que había estado guardando por ellos—un dinero que habían puesto entre todos. Se lo entregó a Mackenzie y dijo: “¿Acaso teníais alguna duda, chicos?” “Buen trabajo, Mac,“ dijo Cousins. “Prefiero que hayas sido tú la que me haya eliminado antes que uno de estos payasos.” “Gracias, supongo,” dijo Mackenzie. “Siento sonar como un viejo aburrido,” dijo Bryers, “pero casi es la una de la madrugada. Iros a casa y descansad. Todos vosotros. Por favor, no vengáis a la graduación cansados y sin ganas.” Esa extraña sensación de felicidad invadió de nuevo a Mackenzie. Este era su grupo de amigos—un grupo de amigos al que había acabado por conocer bien desde que había regresado a una vida más o menos normal después del pequeño experimento que McGrath había hecho con ella hacia nueve semanas. Mañana, todos se graduarían de la academia y, si todo salía de la manera que se suponía, todos ellos serían agentes la próxima semana. Mientras que Harry, Cousins y Shawn no se hacían ilusiones de comenzar sus carreras con casos ilustres, Mackenzie tenía más expectativas de… en concreto, unirse al grupo de agentes especiales que McGrath le había mencionado en los días posteriores a su último e inesperado caso. Ella todavía no tenía ni idea de lo que eso implicaba, pero estaba emocionada al respecto de todos modos. Mientras su pequeño grupo se separaba y todos se iban por su camino, Mackenzie sintió otra cosa que no había sentido en algún tiempo. Era la sensación de que el futuro estaba todavía por delante, todavía en crecimiento y a su alcance. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió a los mandos respecto a la dirección por la que se encarrilaba. *** Mackenzie miró el moratón en el pecho de Harry y, aunque sabía que su primera emoción debería haber sido la compasión, no pudo evitar reírse. El punto en el que le había acertado estaba al rojo vivo, la irritación se extendía como unos cinco centímetros en todas las direcciones. Tenía el aspecto de una picadura de abeja y, sabía muy bien que dolía aun más. Estaban parados en su cocina mientras ella envolvía una bolsa de hielo en un trapo de cocina para él. Se la entregó y él la sostuvo sobre su moratón, de manera cómica. Era obvio que estaba avergonzado pero también halagado de que le hubiera invitado a volver a casa con ella para asegurarse de que se encontraba bien. “Lo siento,” dijo ella con sinceridad. “En fin, quizá te pueda invitar a un café con las ganancias.” “Ese debe ser un café increíble,” dijo Harry. Alejó la bolsa de hielo de su pecho y arrugó la nariz al tiempo que miraba la zona. Mientras Mackenzie le observaba, se dio cuenta de que a pesar de que él había estado en su apartamento más de diez veces y de que se habían besado en algunas ocasiones, esta era la primera vez que se quitaba la camisa en su casa. También era la primera vez desde Zack que había visto a un hombre parcialmente desnudo tan de cerca. Quizá fuera la adrenalina de ganar la competición o la graduación de mañana, pero lo cierto es que le gustaba. Ella dio un paso adelante y colocó su mano en el lateral sano de su pecho, sobre el corazón. “¿Todavía te duele?” preguntó ella, acercándose todavía más. “Ahora mismo no,” dijo él, sonriendo con nerviosismo. Lentamente, deslizó su mano hasta la marca y la tocó con cuidado. Entonces, operando solo con los instintos femeninos que hacía tiempo que había suprimido para sustituirlos por obligaciones y aburrimiento, se inclinó hacia delante y le dio un beso en la marca. Sintió como él se ponía tenso de inmediato. Entonces su mano se apoyó en su lateral, acercándole hacia ella. Ella le besó en la clavícula, después la base del hombro, y después el cuello. Él suspiró y la acercó todavía más hacia sí. Como solía ser el caso con ellos, ya se estaban besando antes de que ninguno de los dos supiera cómo había ocurrido. Solo había sucedido en cuatro ocasiones previas pero cada vez, había ocurrido como si fuera una fuerza de la naturaleza, algo que no estaba planeado y sin ninguna expectativa. En menos de diez segundos, él ya la tenía presionada ligeramente contra el mostrador de la cocina. Las manos de ella exploraban su tórax mientras que la mano izquierda de él comenzó a trepar por la camisa de ella. A Mackenzie le tamborileaba el corazón en el pecho y cada músculo de su cuerpo le comunicaba el deseo que sentía por él, y que ella estaba lista para esto. Ya habían estado cerca antes—dos veces, de hecho. Sin embargo, en ambas ocasiones, lo habían interrumpido. De hecho, ella lo había detenido. La primera vez, ella lo había terminado justo cuando él empezaba a juguetear torpemente con el botón de sus pantalones. La segunda vez, él estaba bastante borracho y ella demasiado sobria. Ninguno de los dos lo había afirmado claramente, pero las dudas sobre acostarse provenían del mutuo respeto que se tenían y de una incertidumbre sobre el futuro. Además, ella tenía en demasiada estima a Harry como para utilizarle simplemente para el sexo por deporte. A ella le estaba atrayendo cada vez más, pero el sexo siempre había sido un asunto íntimo. Antes de Zack, solo había habido dos hombres, y uno de ellos había sido básicamente un caso de agresión más que de consentimiento mutuo. Mientras le pasaba todo esto por la mente mientras besaba a Harry, se dio cuenta de que ahora sus manos se habían alejado de su pecho. Parecía que él también se había dado cuenta de eso; se tensó de nuevo y tomó una aspiración profunda. Ella alejó sus manos de repente e interrumpió el beso. Entonces se quedó mirando al suelo, temiéndose la mirada de decepción que vería en sus ojos. “Espera,” dijo ella. “Harry… Lo siento… No puedo—” “Lo sé,” dijo él, claramente un tanto frustrado y confundido. “Ya sé que es—” Mackenzie tomó una respiración honda para recomponerse y se alejó de su lado. Se dio la vuelta, incapaz de lidiar con la confusión y el dolor en la mirada de él. “No podemos. Yo no puedo. Lo siento.” “Está bien,” dijo él, todavía claramente frustrado. “Mañana es un gran día y ya es tarde. Así que me voy a largar antes de que me de tiempo a preocuparme de que me han derribado de un tiro otra vez.” Ella se volvió para mirarle de frente y asintió. No le importaban los comentarios afilados. En cierto modo, se los merecía. “Puede que eso sea lo mejor,” dijo ella. Harry se puso la camisa de nuevo, incluida la pintura que la cubría, y se dirigió lentamente hacia la puerta. “Buen trabajo esta noche,” dijo mientras salía. ”No había ninguna duda de que ibas a salir ganando.” “Gracias,” dijo Mackenzie, sin mucha expresividad. “Y Harry… de veras, lo siento. No sé qué es lo que me detiene.” Él se encogió de hombros mientras abría la puerta. “Está bien,” dijo él. “Es que… no puedo seguir haciendo esto mucho más tiempo.” “Lo sé,” dijo ella con tristeza. “Buenas noches, Mac.” Él cerró la puerta y Mackenzie se quedó a solas. Se quedó parada en la cocina, mirando al reloj. Era la 1:15 y no estaba ni remotamente cansada. Quizá el pequeño ejercicio en el Callejón de Hogan había bombeado demasiada adrenalina dentro su flujo sanguíneo. Aún así, intentó irse a dormir pero se pasó la mayor parte de la noche dando vueltas. En un estado semi-consciente, tuvo sueños que apenas recordaba, pero lo único consistente en todos ellos era el rostro de su padre, sonriendo, orgulloso de ella y de que hubiera llegado tan lejos—de que se estuviera graduando de la academia mañana. No obstante, a pesar de esa sonrisa, había otra cosa consistente en los sueños, algo a lo que se había acabado acostumbrando hacía mucho tiempo como un frecuente desasosiego que sobrevenía al apagar las luces y antes de quedarse dormida: la mirada de muerte en sus ojos y toda la sangre. CAPÍTULO DOS A pesar de que Mackenzie había programado su alarma para las ocho de la mañana, la vibración de su teléfono móvil a las 6:45 le sacó de su sueño de manera abrupta. Gruñó al despertarse. Si es Harry, disculpándose por algo que ni siquiera ha hecho, le voy a matar, pensó. Todavía adormilada, cogió su teléfono y leyó la pantalla con la mirada borrosa. Se sintió aliviada al ver que no se trataba de Harry, sino de Colby. Confundida, respondió al teléfono. Colby no era en principio de las que se levantaba temprano y no habían hablado durante más de una semana. Siendo anal retentiva hasta la médula, seguramente Colby estaba entrando en pánico por la graduación y la incertidumbre del futuro. Colby era la única amiga del mismo sexo que Mackenzie tenía en Quantico, así que había hecho todo lo posible para que la amistad entre ellas prosperara—incluso aunque eso significara responder al teléfono la mañana de la graduación, después de que solo hubiera conseguido cuatro horas y media de sueño agitado la noche anterior. “Hola, Colby,” dijo. “¿Qué pasa?” “¿Estabas dormida?” preguntó Colby. “Sí.” “Oh Dios mío. Lo siento. Me imaginé que te levantarías al amanecer esta mañana, con todo lo que tenemos previsto.” “Solo se trata de una graduación,” dijo Mackenzie. “¡Ya! Ojalá se tratara solo de eso,” dijo Colby con una voz ligeramente histérica. “¿Te encuentras bien?” preguntó Mackenzie, sentándose lentamente en la cama. “Lo estaré,” dijo Colby. “Oye… ¿crees que podríamos vernos en el Starbucks de la Quinta? “¿Cuándo?” “En cuanto puedas llegar allí. Yo ya salgo hacia allá.” Mackenzie no quería ir—lo cierto es que ni siquiera quería salir de la cama. Pero nunca había escuchado a Colby así antes. Y en un día tan importante, se imaginó que debía estar disponible para su amiga. “Dame unos veinte minutos,” dijo Mackenzie. Con un suspiro, Mackenzie salió de la cama y se ocupó de lo mínimo en cuestión de preparativos. Se cepilló los dientes, se puso una sudadera con capucha y unos pantalones de entrenar, colocó su melena en una cola de caballo improvisada, y salió de casa. Mientras caminaba las seis manzanas hasta la Quinta, comenzó a caer en la cuenta de la importancia del día. Hoy se graduaba de la academia del FBI, justo antes del mediodía, entre el mejor cinco por ciento de su promoción. A diferencia de la mayoría de los graduados que había conocido a lo largo de las últimas veinte semanas más o menos, ella no esperaba nadie de su familia entre los presentes para ayudarle a celebrar este logro. Ella estaría sola, como lo había estado la mayor parte de su vida, desde los dieciséis años. Estaba haciendo todo lo posible para convencerse a sí misma de que no le importaba, pero no era cierto. No es que creara tristeza en ella, sino una extraña clase de angustia que era ya tan antigua que sus bordes estaban desgastados. Cuando llegó al Starbucks, hasta notó que el tráfico era algo más intenso de lo habitual—probablemente debido a los familiares y amigos de los demás graduados. Dejó que eso le resbalara completamente. Se había pasado los últimos diez años de su vida tratando de que no le importara un bledo lo que su madre y su hermana pensaban acerca de ella, así que ¿por qué empezar ahora? Cuando entró al Starbucks, vio que Colby ya estaba allí. Tomaba sorbitos de una taza y miraba a través de la ventana, contemplativa. Había otra taza delante suyo; Mackenzie asumió que era para ella. Se sentó al otro lado de Colby, dramatizando sobre lo cansada que estaba, achinando los ojos de manera malhumorada mientras tomaba asiento. “¿Esto es para mí?” preguntó Mackenzie, agarrando la segunda taza. “Sí,” dijo Colby. Tenía aspecto cansado, triste y en general malhumorado. “¿Y qué es lo que pasa?” preguntó Mackenzie, saltándose cualquier intento por parte de Colby de andarse por las ramas. “Que no me gradúo,” dijo Colby. “¿Qué?” preguntó Mackenzie, genuinamente sorprendida. “Pensé que habías aprobado todo con buenas notas.” “Así es. Es solo… no lo sé. Estar en la Academia acabó con mi motivación.” “Colby… no puedes hablar en serio.” Le había salido un tono algo intenso pero le daba igual. Esto no era típico de Colby en absoluto. Una decisión como esta tenía que ser consecuencia de alguna reflexión interior. No era un capricho, ni el último aliento lleno de drama de una mujer atacada de los nervios. ¿Cómo podía dejarlo sin más? “Sí que hablo en serio,” dijo Colby. “No me he sentido realmente motivada al respecto durante las últimas tres semanas más o menos. Algunos días me iba a casa y lloraba en soledad porque me sentía atrapada. Es que ya no quiero hacerlo.” Mackenzie se había quedado de piedra; apenas sabía qué decir. “En fin, el día de la graduación es un día muy apropiado para tomar esta decisión.” Colby se encogió de hombros y volvió a mirar a través de la ventana. Parecía abatida. Derrotada. “Colby…no puedes dejarlo. No lo hagas.” Lo que tenía en la punta de la lengua pero no le dijo era: Si lo dejas ahora, estas últimas veinte semanas no significan nada. También te convierte en una de esas personas que abandonan. “Ah, pero no lo voy a dejar realmente,” dijo Colby. “Iré a la graduación hoy. Tengo que hacerlo, la verdad. Mis padres han venido de Florida así que tengo que ir. Pero después de hoy, se acabó.” Cuando Mackenzie había empezado en la academia, los instructores le habían advertido de que la tasa de abandono entre los agentes potenciales durante la sesión de clases de veinte semanas era de un veinte por ciento—y que había alcanzado hasta el treinta por ciento en el pasado. Pero pensar que Colby iba a formar parte de esos números no tenía ningún sentido. Colby era demasiado fuerte—demasiado decidida. ¿Cómo diablos podía estar tomando una decisión como esta con tanta facilidad? “¿Qué vas a hacer?” preguntó Mackenzie. “Si de veras dejas todo esto, ¿qué piensas hacer para ganarte la vida?” “No lo sé,” dijo ella. “Quizá algo relativo a la prevención de la trata de blancas. Investigación y recursos o algo parecido. Quiero decir, no tengo por qué ser una agente, ¿verdad? Hay muchas otras opciones. Solo sé que no quiero ser una agente.” “Realmente lo dices en serio,” dijo Mackenzie con sequedad. “Sí. Solo quería decírtelo ahora porque después de la graduación, mis padres estarán babeando conmigo.” Oh, pobre de ti, pensó Mackenzie, sarcásticamente. Eso debe de ser terrible. “No lo entiendo,” dijo Mackenzie. “No espero que lo hagas. A ti se te da genial todo esto. Te encanta. Creo que fuiste hecha para ello, ¿sabes? Pero yo… no lo sé. Supongo que me he quemado.” “Dios, Colby… lo siento.” “No tienes por qué,” dijo ella. “Cuando envíe de vuelta a mis padres a Florida, se habrá terminado la presión. Les diré que no estaba a la altura de la tarea de mierda que me iban a asignar para empezar. Y después haré lo que yo quiera, supongo. “En fin… buena suerte, supongo” dijo Mackenzie. “Nada de eso, por favor,” dijo Colby. “Hoy te vas a graduar dentro del mejor cinco por ciento. Ni se te ocurra dejar que mi drama te desaliente. Has sido una buena amiga, Mac. Quería que escucharas esto de mí ahora en vez de caer en la cuenta de que ya no andaba por aquí en unas cuantas semanas.” Mackenzie no trató de ocultar su decepción. Odiaba sentir que estaba utilizando tácticas infantiles, pero guardó silencio por un momento, tomando sorbitos a su café. “¿Qué hay de ti?” preguntó Colby. “¿Tienes familiares o amigos que vayan a venir?” “Nadie,” dijo Mackenzie. “Oh,” dijo Colby, un tanto avergonzada. “Lo siento. No lo sabía—” “No hay por qué disculparse,” dijo Mackenzie. Ahora le tocaba a ella mirar al vacío a través de la ventana cuando añadió: “Lo cierto es que me gusta que sea así.” *** Mackenzie se sentía muy poco impresionada con la graduación. Lo cierto es que no se trataba más que de una versión formalizada de su graduación de la secundaria y no era tan elegante y formal como su graduación de la universidad. Mientras esperaba a que dijeran su nombre, tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre aquellas graduaciones y sobre cómo su familia parecía haberse ido desvaneciendo a un segundo plano poco a poco con cada una de ellas. Podía recordar cómo casi había llorado mientras subía al escenario en la graduación de secundaria, entristecida por el hecho de que su padre no la vería crecer. Había sido consciente de ello durante sus años adolescentes pero era una verdad que le golpeaba como una piedra entre los ojos mientras ascendía al escenario a recibir su diploma. No fue algo que le revolviera tanto en la universidad. Cuando ascendió al pódium durante la graduación de la universidad, lo hizo sin ningún familiar entre la multitud. Ese fue, cayó en la cuenta durante la ceremonia en la academia, el momento crítico en su vida en que decidió de una vez por todas que prefería estar sola en la mayoría de los asuntos de la vida. Si su familia no tenía interés por ella, entonces ella no sentía interés por ellos. La ceremonia terminó sin muchos bríos y cuando concluyó, divisó a Colby haciéndose fotos con su madre y su padre al otro lado de la amplia recepción que los graduados y sus invitados pasaron a llenar a continuación. Por lo que Mackenzie podía ver, Colby estaba consiguiendo esconder su disgusto de sus padres a la perfección. Y mientras tanto, sus padres resplandecían de orgullo. Sintiéndose como un bicho raro y sin nada que hacer, Mackenzie empezó a preguntarse cuando sería lo más pronto que podría salir de la reunión, ir a casa y quitarse las ropas de graduación, y abrir la primera de las que acabarían siendo unas cuantas cervezas esa tarde. Cuando empezó a caminar hacia las puertas, escuchó una voz familiar detrás de ella, pronunciando su nombre. “Hola, Mackenzie,” dijo la voz masculina. Supo de quién se trataba de inmediato—no solo por la voz, sino porque había poca gente que le llamara Mackenzie en este entorno en vez de simplemente White. Era Ellington. Llevaba puesto un traje y parecía tan incómodo como Mackenzie se sentía. Aun así, la sonrisa que él le lanzó parecía demasiado cómoda. Aunque en ese preciso momento, no le importaba. “Hola, Agente Ellington.” “Creo que en una situación como esta, puedes llamarme Jared.” “Prefiero llamarte Ellington,” dijo ella con su propia sonrisa fugaz. “¿Cómo te sientes?” preguntó él. Ella se encogió de hombros, cayendo en la cuenta de las muchas ganas que tenía de largarse de allí. Podía contarse a sí misma todas las mentiras que quisiera, pero el hecho de que no tuviera familia, amigos, o seres queridos presentes en la ceremonia estaba empezando a resultarle pesado. “¿Solo eso?” preguntó Ellington. “En fin, ¿y cómo debería sentirme?” “Satisfecha. Orgullosa. Emocionada. Por decir unas pocas cosas.” “Y siento todas esas cosas,” dijo ella. “Es solo que… no sé. Todo el aspecto ceremonioso del asunto me resulta demasiado.” “Puedo entender eso,” dijo Ellington. “Dios, cómo odio llevar traje.” Mackenzie estaba a punto de responderle con un comentario—quizá acerca del hecho de que el traje le quedaba muy bien—cuando divisó a McGrath acercándoseles por detrás de Ellington. También le sonrió pero, a diferencia de Ellington, su sonrisa parecía casi forzada. Le extendió la mano y ella la estrechó, sorprendida de lo ligero de su apretón. “Me alegro de que lo consiguieras,” dijo McGrath. “Sé que tienes una carrera profesional brillante y prometedora por delante.” “¿Sin presiones ni nada, no?” dijo Ellington. “Dentro del mejor cinco por ciento” dijo McGrath, sin darle oportunidad a Mackenzie de que dijera una palabra. “Muy buen trabajo, White.” “Gracias, señor,” fue todo lo que se le ocurrió decir. McGrath se inclinó cerca de ella, pensando solo en trabajo. “Me gustaría que vinieras a mi oficina el lunes por la mañana a las ocho en punto. Quería meterte de lleno en los procedimientos internos tan pronto como sea posible. Ya tengo tu papeleo preparado—la verdad es que me encargué de eso hace mucho tiempo, para que estuviera listo cuando llegara este día. Tengo mucha confianza en ti, así que…no esperemos más. El lunes a las ocho. ¿Suena bien?” “Desde luego,” dijo ella, sorprendida ante tal muestra de apoyo incondicional. Él sonrió, le dio otro apretón de manos, y desapareció rápidamente entre la multitud. Una vez McGrath se hubo ido, Ellington le miró con cara de asombro y una amplia sonrisa. “Así que está de buen humor. Y puedo asegurarte que eso no sucede a menudo.” “Bueno, supongo que es un gran día para él,” dijo Mackenzie. “Todo un grupo de talentos entre los que escoger a los mejores.” “Eso es verdad,” dijo Ellington. “Pero bromas aparte, el hombre es realmente inteligente sobre cómo utiliza a los nuevos agentes. Ten esto en cuenta cuando te veas con él el lunes.” Un silencio incómodo se cernió entre ellos; era un silencio al que se habían acostumbrado y que se había convertido en uno de los signos habituales de su amistad—o de lo que fuera que había entre ellos. “En fin, mira,” dijo Ellington. “Solo quería felicitarte. Y quería decirte que siempre eres bienvenida si me quieres llamar cuando las cosas se pongan demasiado reales. Sé que suena a tontería pero en algún momento, hasta la famosa Mackenzie White—va a necesitar alguien con quien desahogarse. Te puede superar bastante rápido.” “Gracias,” dijo ella. Entonces, de pronto, quiso pedirle que viniera con ella—no de manera romántica, sino por tener un rostro familiar a su lado. Le conocía relativamente bien, y a pesar de que tuviera sentimientos enfrentados sobre él, le quería tener a su lado. Odiaba admitirlo, pero estaba empezando a sentir que tenía que hacer algo para celebrar este día y este momento de su vida. Incluso aunque solo se tratara de pasar unas cuantas horas incómodas con Ellington, sería mejor (y seguramente más productivo) que quedarse sentada en casa llena de autocompasión y bebiendo a solas. Sin embargo, no dijo nada. Y hasta si hubiera sido capaz de reunir el valor, no hubiera importado; Ellington le lanzó un gesto fugaz de afirmación y, como McGrath, regresó de vuelta a la multitud. Mackenzie permaneció allí de pie por un instante, haciendo lo que podía para sacudirse de encima la creciente sensación de que estaba completamente sola. CAPÍTULO TRES Cuando Mackenzie se presentó el lunes para su primer día en el trabajo, no podía dejar de escuchar las palabras de Ellington, atravesándole como si fueran un mantra: El hombre es realmente inteligente sobre cómo utiliza a los nuevos agentes. Ten esto en cuenta cuando te veas el lunes con él. Trató de utilizar eso para calmarse porque si era sincera, lo cierto es que estaba bastante nerviosa. No le había sido de gran ayuda el hecho de que su mañana comenzara con la aparición de uno de los hombres de McGrath, Walter Hasbrook, que era ahora el supervisor de su departamento, y que la hubiera acompañado como si se tratara de una niña a los ascensores. Walter parecía estar cerca de los sesenta y tenía como unos quince kilos de más. Carecía de personalidad y aunque Mackenzie no tuviera nada en contra de él, no le hacía gracia la manera en que él le explicaba las cosas como si fuera estúpida. Esto no cambió mientras él la llevó hasta el tercer piso, donde un laberinto de cubículos se extendía como un zoo. Había agentes apostados en cada cubículo, algunos ocupados al teléfono y otros escribiendo en sus ordenadores. “Y aquí está tu sitio,” dijo Hasbrook, señalando un cubículo en el centro de una de las filas exteriores. “Esta es la central de Investigación y Vigilancia. Encontrarás unos cuantos emails esperándote, que te darán acceso a los servidores y a una lista de contactos de todo el Bureau.” Entró a su cubículo, sintiéndose algo decepcionada pero todavía nerviosa. No, este no era el caso emocionante con el que ella había deseado comenzar su carrera profesional pero aun así, era el primer paso de un viaje hacia todo por lo que había trabajado desde que había salido del instituto. Tiró de la silla con ruedas hacia fuera y se sentó a su nuevo escritorio. El portátil que había delante de ella le pertenecía a partir de ahora. Era uno de los puntos concretos que Hasbrook había repasado con ella. El escritorio era suyo, el cubículo, todo ese espacio. No era exactamente elegante, pero era su espacio. “En tu email, encontrarás detalles sobre tu tarea,” dijo Hasbrook. “Si yo fuera tú, empezaría de inmediato. Vas a tener que llamar al agente que supervisa el caso para coordinaros, pero deberías estar metida de lleno en ello para el final del día.” “Entendido,” dijo ella, encendiendo el ordenador. Una parte de ella seguía enfadada por estar atascada en un trabajo de escritorio. Quería algo en la calle. Después de lo que le había dicho McGrath, eso era lo que se esperaba. Da igual lo bueno que sea tu historial, se dijo a sí misma, no puedes esperar empezar como toda una estrella. Quizás esta sea tu manera de pagar lo que debes—o la manera que tiene McGrath de enseñarte quién manda aquí y ponerte en tu sitio. Antes de que Mackenzie pudiera responder nada más a sus secas y monótonas instrucciones, Hasbrook ya se había largado. Se dirigió con rapidez hacia los ascensores, como si le alegrara haber dado por concluida la minúscula tarea del día. Cuando él ya se había ido y ella se quedó a solas en su cubículo, encendió el ordenador y se preguntó por qué parecía estar tan nerviosa. Es porque esto es lo que hay, pensó. Trabajé duro para llegar hasta aquí y finalmente lo conseguí. Ahora todas las miradas están posadas en mí así que no puedo hacer nada equivocado—aunque solo sea un trabajo cualquiera de escritorio. Comprobó su email y envió deprisa las respuestas necesarias para empezar con su tarea. En una hora, tenía todos los documentos y recursos necesarios. Estaba decidida a hacerlo lo mejor que pudiera, a darle a McGrath todas las razones para que viera que estaba desperdiciando su talento al ponerla detrás de un escritorio. Examinó mapas, registros de teléfonos móviles, y datos de GPS, trabajando para señalar la ubicación de dos potenciales sospechosos implicados en una mafia que traficaba con personas para su explotación sexual. Una hora después de sumergirse de lleno en el asunto, se sintió motivada al respecto. El hecho de que no estuviera en las calles trabajando para atrapar a hombres como estos no le molestaba en ese momento. Estaba concentrada y tenía una meta en mente; eso es todo lo que le hacía falta. Sí, era irrelevante y rayaba en lo aburrido, pero no iba a dejar que eso afectara su trabajo. Se detuvo para ir a comer y regresó a ello, trabajando con pasión y obteniendo resultados. Cuando el día tocaba a su fin, envió un email con sus resultados al supervisor del departamento y salió de allí. Nunca antes había tenido un trabajo de oficina pero esto era lo que le parecía tener entre manos. Lo único que faltaba era el reloj en el que fichar su tarjeta al salir. Para cuando llegó al coche, se permitió de nuevo regodearse en su decepción. Un trabajo de escritorio. Atascada detrás de un ordenador y atrapada entre paredes de cubículos. Esto no era lo que ella se había imaginado. A pesar de ello, estaba orgullosa de estar donde estaba. No iba a dejar que su ego o sus elevadas expectativas le desviaran del hecho de que ahora ya era una agente del FBI. Sin embargo, no podía evitar pensar en Colby. Se preguntó donde estaría Colby ahora mismo y qué tendría que decir si descubriera que a Mackenzie le habían asignado un trabajo de escritorio para comenzar su vida profesional. Y una pequeña parte de Mackenzie no podía evitar preguntarse si Colby, al tomar la decisión de dejarlo, había sido la más inteligente de las dos. ¿Estaría pegada a un escritorio durante años? *** Mackenzie apareció a la mañana siguiente decidida a tener un buen día. Había hecho grandes progresos en su caso el día anterior y tenía la sensación de que si podía mostrar resultados ágiles y eficientes, McGrath lo acabaría notando. De inmediato, descubrió que le habían metido en otro caso. Este tenía que ver con la falsificación de permisos de residencia. Los archivos adjuntos a los emails le proporcionaban más de trescientas páginas de testimonios, documentos gubernamentales, y jerga legal para utilizar como recursos. Le parecía increíblemente aburrido. Echando humo, Mackenzie miró el teléfono. Tenía acceso a los servidores, lo que significaba que podía conseguir el número de McGrath. Se preguntó cómo le respondería si le llamaba y le preguntaba por qué le estaba castigando de esta manera. Se convenció a sí misma para no hacerlo. En vez de ello, imprimió cada uno de los documentos y creó distintos montones con ellos sobre su escritorio. Tras veinte minutos realizando esta tarea tan soporífera, escuchó un leve golpe en la entrada a su cubículo. Cuando se dio la vuelta y vio a McGrath allí parado, se quedó congelada por un instante. McGrath le sonrió de la misma manera que cuando se había acercado a ella después de la graduación. Algo en su sonrisa le dejó claro que sinceramente, el no tenía ni idea de que ella se pudiera sentir despreciada porque le habían puesto en un cubículo. “Perdona que me haya llevado tanto tiempo hablar contigo,” dijo McGrath. “Quería pasar por aquí y ver cómo te las estás arreglando.” Ella reprimió las primeras respuestas que le vinieron a la mente. Solo se encogió de hombros sin ánimo y dijo: “Estoy arreglándomelas bien. Es solo… en fin, estoy algo confundida.” “¿Cómo así?” “Bueno, en unas cuantas ocasiones diferentes, me dijiste que no podías esperar a tenerme como agente en activo. Supongo que no pensé que eso implicaría estar sentada a un escritorio e imprimir documentos sobre tarjetas de residencia.” “Ah, lo sé, lo sé, pero confía en mí. Hay razones ocultas para todo ello. Mantén la discreción y sigue hacia delante. Llegará tu hora, White.” En su mente, ella escuchó la voz de Ellington de nuevo. El hombre es realmente inteligente sobre cómo utilizar a los nuevos agentes. Si tú lo dices, pensó ella. “Nos pondremos al día muy pronto,” dijo McGrath. “Hasta entonces, cuídate.” Igual que Hasbrook el día anterior, McGrath parecía tener mucha prisa para alejarse de los cubículos. Ella le observó marcharse, preguntándose qué tipo de lecciones o capacidades se suponía que tenía que estar aprendiendo. Odiaba sentirse especial, pero por Dios… Lo que Ellington le había dicho sobre McGrath… ¿realmente se suponía que tenía que creerlo? Pensando en Ellington, se preguntó si sabía qué tipo de tarea le habían asignado. Entonces pensó en Harry y se sintió culpable por no llamarle los últimos días. Harry había estado callado porque sabía lo poco que le gustaba sentirse presionada. Era una de las razones por las que continuaba viéndose con él. Ningún hombre había sido así de paciente con ella jamás. Hasta Zack tenía su punto de ebullición y la única razón por la que habían durado tanto tiempo juntos era porque se habían acomodado entre ellos y no querían molestarse con la incomodidad de tener que cambiar. Mackenzie terminó con la última pila de documentos para cuando llegó el mediodía. Antes de sumergirse en la locura que le aguardaba en los formularios y las notas, pensó en irse a comer y tomar una enorme taza de café. Caminó por el pasillo hacia los ascensores. Cuando llegó el ascensor y las puertas se abrieron de par en par, le sorprendió encontrarse a Bryers del otro lado. Parecía sorprendido de verla pero le sonrió abiertamente. “¿Qué estás haciendo aquí?” le preguntó ella. “La verdad es que venía a verte. Pensé que quizá quisieras salir a comer.” “A eso iba. Suena genial.” Bajaron juntos en el ascensor y se sentaron a una mesa de una pequeña delicatessen a una manzana de distancia. Cuando ya estaban sentados con sus bocadillos, Bryers le hizo una pregunta muy cargada. “¿Cómo va todo?” le preguntó. “Bueno… pues va sin más. Estar atascada detrás de un escritorio, atrapada en un cubículo, y leyendo un sinfín de hojas de papel no era precisamente lo que tenía en mente.” “Si eso proviniera de cualquier otro nuevo agente, podría sonar como alguien consentido,” dijo Bryers. “Pero la verdad es que estoy de acuerdo. Te están desperdiciando. Por eso estoy aquí: he venido a rescatarte.” Ella le miró de frente, tratando de adivinar de qué se trataba. “¿Qué tipo de rescate?” “Otro caso,” respondió Bryers. “Claro que si quieres seguir con tu actual grupo de tareas y seguir estudiando el fraude en inmigración, lo entenderé. Pero creo que tengo algo que será de mayor interés para ti.” El corazón de Mackenzie se empezó a acelerar. “¿Y puedes sacarme de esto así sin más?” preguntó ella con un aire de desconfianza. “Sin duda que puedo. A diferencia de la última vez, tienes el apoyo total de todos. Recibí la llamada de McGrath hace media hora. No es que a él le encante la idea de que pases directamente a la acción, pero le retorcí el brazo un poquito.” “¿De veras?” preguntó ella, sintiéndose aliviada y, como Bryers había indicado, un tanto consentida. “Te puedo mostrar mi historial de llamadas si quieres. Te iba a llamar para decírtelo él mismo pero le pedí el favor de ser yo el que te lo comunicara. Creo que sabía desde ayer que acabarías en esto pero queríamos asegurarnos de tener un caso sólido.” “¿Y es así?” preguntó ella. Una pequeña bola de emoción comenzó a crecer en la boca de su estómago. “Sí, así es. Encontramos un cadáver en un parque en Strasburg, Virginia. Se parece muchísimo a otro cadáver que encontramos en la misma zona hace cerca de dos años.” “¿Crees que están conectados?” Él pasó la pregunta por alto y le dio un bocado a su sándwich. “Te lo contaré por el camino. Por ahora, comamos. Disfruta del silencio mientras puedas.” Ella asintió y picoteó su sándwich, aunque de repente se le había pasado todo el hambre que tenía. Sentía emoción, pero también miedo, y tristeza. Alguien había sido asesinado. Y de ella iba a depender que todo fuera aclarado. CAPÍTULO CUATRO Salieron de Quantico en cuanto terminaron de comer. A medida que Bryers conducía, en dirección al suroeste, a Mackenzie le dio la impresión de que la estaban rescatando del aburrimiento, solo para ponerla en peligro certero. “¿Qué puedes decirme de este caso?” preguntó por fin. “Encontraron un cadáver en Strasburg, Virginia. El cadáver fue hallado en un parque estatal, en unas condiciones que son muy similares a las de un cadáver que se descubrió muy cerca de la misma zona hace dos años.” “¿Crees que están conectados?” “Lo tienen que estar, si quieres saber mi opinión. El mismo lugar, el mismo estilo brutal de asesinato. Tengo los archivos en mi bolsa en el asiento de atrás por si quieres echar un vistazo.” Extendió la mano al asiento de atrás y cogió el maletín que Bryers solía llevar consigo cuando iba a tener lugar cierta investigación. Sacó una sola carpeta del maletín, sin dejar de hacer preguntas mientras lo hacía. “¿Cuándo descubrieron el segundo cadáver?” preguntó ella. “El domingo. Hasta el momento, no tenemos ni rastro de algo que nos ponga en marcha. Aquí no hay un camino claro, como la última vez. Te necesitamos.” “¿Por qué a mí?” preguntó, curiosa. Él miró hacia atrás, también con curiosidad. “Ahora ya eres una agente—y una muy buena además,” dijo él. “La gente ya ha empezado a murmurar sobre ti, gente que no sabía quién eras cuando llegaste a Quantico por primera vez. Aunque no es habitual darle un caso como este a un nuevo agente, tampoco es que tú seas la agente habitual, ¿cierto o no?” “¿Es eso algo bueno o algo malo?” preguntó Mackenzie. “Eso depende de tu rendimiento, supongo,” dijo él. Ella dejó reposar la conversación en ese punto, devolviendo su atención a la carpeta. Bryers le echó unas cuantas ojeadas mientras ella repasaba los contenidos—para calibrar su reacción o para ver qué estaba mirando en ese momento. A medida que ella repasaba la carpeta, él le narró el caso. “Nos tomó solo unas cuantas horas antes de que estuviéramos bastante convencidos de que el asesinato está conectado a otro cadáver que se halló a unas treinta y cinco millas de distancia hace dos años. Las fotografías que ves en la carpeta son de ese cadáver.” “Hace dos años,” dijo Mackenzie con voz de desconfianza. En la fotografía, vio un cuerpo que había sido horriblemente mutilado. Era tan horrible, que tuvo que desviar la mirada por un instante. “¿Cómo conectaríais tan fácilmente los dos cadáveres con una distancia temporal tan grande entre ambos?” “Porque ambos cuerpos fueron hallados en el mismo parque estatal y en las mismas condiciones de mutilación. ¿Y ya sabes lo que decimos sobre las coincidencias en el Bureau, verdad?” “¿Qué no existen?” “Exacto.” “Strasburg,” dijo Mackenzie. “No me suena de nada. Es un pueblo pequeño, ¿no es cierto?” “Eh, cerca del tamaño medio. Con una población de unos seis mil. Una de esas localidades sureñas que sigue aferrada a la guerra Civil.” “¿Y hay un parque estatal allí?” “Eso parece,” dijo Bryers. “También fue algo nuevo para mí. Bastante grande, además. Parque Estatal Little Hill. Unas setenta millas de terrenos en total. Casi llega hasta Kentucky. Es popular para ir de pesca, de camping, y a hacer senderismo. Un montón de bosque sin explorar. Ese tipo de parque estatal.” “¿Cómo se descubrieron los cadáveres?” preguntó Mackenzie. “Un campista encontró el último el sábado por la noche,” dijo Bryers. “El cuerpo que encontraron hace dos años era una escena espantosa. Se descubrió el cuerpo semanas después del asesinato. Había factor de descomposición y algunas fieras le habían dado unos bocados, como puedes ver en las fotografías.” “¿Alguna indicación clara sobre cómo fueron asesinados?” “Ninguna que podamos identificar. Los cuerpos fueron mutilados de manera bastante salvaje. El primero, hace dos años, había sido decapitado casi por completo, los diez dedos de las manos habían sido cortados y no se encontraron jamás, y faltaba la pierna derecha de la rodilla hacia abajo. El más reciente estaba como esparcido por toda la zona. Se encontró la pierna izquierda a setenta metros del resto del cuerpo. Le habían cortado la mano derecha y todavía tienen que encontrarla.” Mackenzie suspiró, abrumada por un instante por toda la maldad en el mundo. “Eso es brutal,” dijo ella en voz baja. Él asintió. “Lo es.” “Tienes razón,” dijo ella. “Las similitudes son demasiado escalofriantes como para ignorarlas.” Él se detuvo aquí y dejó salir una tos profunda, que cubrió con el interior de su codo. Era una tos honda, una de esas toses secas y largas que a menudo llegan directamente después de tener un mal catarro. “¿Te encuentras bien?” preguntó ella. “Sí, estoy bien. El otoño está al caer. Mis estúpidas alergias vuelven a la vida en esta época. ¿Pero qué hay de ti? ¿Te encuentras bien? La graduación ya pasó, eres oficialmente una agente, y el mundo entero es tu ostra. ¿Te emociona o te aterroriza?” “Un poco de ambos,” dijo ella con sinceridad. “¿Vino alguien de la familia a verte el sábado?” “No,” dijo ella. Y antes de que él tuviera tiempo de poner una cara tristona o expresar sus condolencias, añadió: “Pero está bien. Mi familia nunca ha estado muy cerca de mí.” “Te entiendo,” dijo él. “Es lo mismo conmigo. Mis padres eran buenas personas pero entonces me convertí en un adolescente y empecé a actuar como un adolescente y ahí empezaron a pasar de mí. No era lo suficientemente cristiano para ellos. Me gustaban demasiado las chicas. Esa clase de cosas.” Mackenzie guardó silencio porque estaba realmente sorprendida. Esto era lo máximo que él le había contado sobre sí mismo desde que se conocían—y todo ello había llegado en una ráfaga repentina, inesperada, de doce segundos. Entonces, antes de que fuera consciente siquiera de que lo estaba haciendo, ella habló de nuevo. Y cuando las palabras salieron de sus labios, casi sintió como si hubiera vomitado. “Mi madre me hizo algo parecido,” dijo ella. “Me hice mayor y entonces vio que ya no me controlaba como antes. Y si no podía controlarme, no quería tener nada que ver conmigo. Pero cuando perdió ese control sobre mí, también perdió el control sobre casi todo lo demás.” “Ah, los padres, ¿no son geniales?” dijo Bryers. “A su manera especial.” “¿Qué hay de tu padre?” preguntó Bryers. La pregunta era como un aguijón en su corazón pero de nuevo se sorprendió a sí misma al responder: “Está muerto,” con un tono cortante en su voz. Aun así, parte de ella quería contarle todo sobre la muerte de su padre y sobre cómo había encontrado el cadáver. Aunque el tiempo que habían pasado separados parecía haber mejorado su relación laboral, todavía no se sentía del todo preparada para compartir esas heridas con Bryers. Aun así, a pesar de su fría respuesta, Bryers parecía estar ahora mucho más hablador, abierto y dispuesto a relacionarse. Ella se preguntó si eso se debería a que ahora estaba trabajando con ella con la confianza y la aprobación de los que les supervisaban. “Lamento oír eso,” dijo él, comentando de tal manera que le dejaba claro que había captado su falta de disposición para hablar del tema. “Mis viejos… no entendían que quisiera hacer esto como trabajo. Por supuesto, eran unos cristianos muy estrictos. Cuando les dije que no creía en Dios con diecisiete años, básicamente me dieron por perdido. Desde entonces, ambos han acabado en el camposanto. Mi padre aguantó unos seis años después de que muriera mi madre. Mi padre y yo medio hicimos las paces después de la muerte de mi madre. Nos reconciliamos antes de que muriera de cáncer de pulmón en 2013.” “Al menos tuviste la oportunidad de arreglar las cosas,” dijo Mackenzie. “Cierto,” dijo él. “¿Alguna vez te casaste? ¿Tienes hijos?” “Estuve casado siete años. Tengo dos hijas de aquello. Una de ellas está en la universidad en Texas en este momento. La otra está en alguna parte de California. Me dejó de hablar hace diez años, en el momento que salió de la secundaria, se quedó embarazada y se comprometió con un chico de veintiséis años.” Ella asintió, sintiendo que la conversación se había puesto demasiado incómoda como para continuar. Era raro que él se estuviera abriendo de tal manera con ella, pero lo apreciaba. Sin embargo, algo de lo que le había dicho tenía sentido. Bryers era un hombre bastante solitario, y eso encajaba con la tensa relación que había mantenido con sus padres. No obstante, la información sobre las dos hijas con las que raramente hablaba—eso había sido una enorme revelación. En cierto modo, eso venía a encajar con el hecho de que se abriera de esa manera con ella y de que pareciera disfrutar trabajando con ella. Llenaron las dos horas siguientes con una escasa conversación, principalmente sobre el caso entre manos y el tiempo que Mackenzie había pasado en la academia. Era agradable tener a alguien con el que hablar de esas cosas y le hizo sentir un tanto culpable por haberle parado los pies cuando le había preguntado por su padre. Pasaron otra hora y quince minutos antes de que Mackenzie comenzara a ver las señales anunciando la salida para Strasburg. Mackenzie podía prácticamente palpar como el aire dentro del coche cambiaba cuando ellos cambiaron de marcha, concluyendo con los asuntos personales para concentrarse solamente en el trabajo que tenían entre manos. Seis minutos después, Bryers giró el sedán hacia la salida a Strasburg. Cuando entraron a la ciudad, Mackenzie sintió como se tensaba su cuerpo. Era una tensión buena—la misma clase de tensión que había sentido cuando entraba al aparcamiento antes de la graduación con el arma de perdigones de pintura en la mano. Ya había llegado. No solo a Strasburg, sino a una etapa de su vida con la que había estado soñando desde que había aceptado su primer trabajo degradante de escritorio en Nebraska antes de que le dieran una oportunidad de verdad. Dios mío, pensó. ¿Y eso fue hace tan solo cinco años y medio?” Sí, así era. Y ahora que la estaban conduciendo literalmente hacia la realización de todos esos sueños, los cinco años que separaban el trabajo de escritorio del momento actual en el asiento del copiloto del coche de Bryers parecían una barricada que separaba esos dos lados de sí misma. Y por lo que a Mackenzie concernía, eso estaba muy bien. Su pasado no había hecho más que detenerla, y ahora que por fin parecía haberlo superado, le alegraba poder dejarlo atrás, muerto y en descomposición. Vio la señal para el Parque Estatal Little Hill, y mientras él detenía el coche, su corazón se aceleró. Aquí estaba. Su primer caso como agente oficial del FBI. Era consciente de que todas las miradas estaban sobre ella. Había llegado su hora. CAPÍTULO CINCO Cuando Mackenzie se apeó del coche en el aparcamiento del Parque Estatal Little Hill, se preparó mentalmente, sintiendo de inmediato la tensión del asesinato en el ambiente. No entendía por qué podía sentirlo, pero así era. Era una especie de sexto sentido que ella tenía que a veces deseaba no tener. Ningún otro compañero de trabajo con el que había coincidido parecía tenerlo. En cierto modo, pensaba que tenían suerte. Era una suerte, pero también una maldición. Atravesaron el aparcamiento, dirigiéndose hacia el centro para visitantes. A pesar de que el otoño todavía no había envuelto a Virginia, estaba haciéndose sentir con cierto adelanto. Las hojas que les rodeaban empezaban a amarillear, mostrando una gama de rojos, amarillos y dorados. Había una cabina de seguridad detrás del centro, y una mujer de aspecto aburrido les saludó desde la cabina con la mano. El centro para visitantes era como mucho una trampa para turistas sin ningún atractivo. Unas cuantas hileras de ropa exhibían camisetas y botellas de agua. Una baldita en el lado derecho contenía mapas de la zona y unos cuantos folletos con consejos para la pesca. En medio de todo ello, había una sola anciana, que había pasado la edad de jubilación, sonriéndoles desde el otro lado del mostrador. “¿Son del FBI, no es cierto?” preguntó la mujer. “Así es,” dijo Mackenzie. La mujer asintió rápidamente y tomó el teléfono fijo que había detrás del mostrador. Marcó un número que copió de un trozo de papel junto al teléfono. Mientras esperaba, Mackenzie se dio la vuelta y Bryers le siguió. “¿Dices que no has hablado directamente con el departamento de policía de Strasburg, ¿no es cierto?” preguntó ella. Bryers sacudió la cabeza. “¿Llegamos como amigos o como un obstáculo?” “Supongo que tendremos que verlo.” Mackenzie asintió mientras se daban la vuelta para volver al mostrador. La mujer acababa de colgar el teléfono y les estaba mirando de nuevo. “El Sheriff Clements estará aquí en unos diez minutos. Quiere que os encontréis con él en la cabina del guarda que hay fuera.” Salieron a la calle y se dirigieron a la cabina del guarda. De nuevo, Mackenzie se sintió casi hipnotizada por los colores que reverberaban en los árboles. Caminaba despacio, admirándolo todo. “¿Eh, White?” dijo Bryers. “¿Te encuentras bien?” “Sí, ¿por qué lo preguntas?” “Estás temblando. Un poco pálida. Como agente experimentado del FBI, mi corazonada es que estás nerviosa—muy nerviosa.” Ella apretó sus manos con fuerza, consciente del ligero temblor en ellas. Sí, claro que estaba nerviosa pero esperaba estar ocultándolo. Por lo visto, no lo estaba haciendo demasiado bien. “Mira, ahora todo va en serio. Puedes estar nerviosa, pero trabaja con ello. No te pelees o lo escondas. Ya sé que no suena nada lógico pero tienes que confiar en lo que te digo.” Ella asintió, un poco avergonzada. Continuaron sin decir otra palabra, mientras los colores salvajes de los árboles que les rodeaban parecían asentarse. Mackenzie miró hacia delante a la cabina del guarda, ojeando la barra que colgaba de la cabina y cruzaba la carretera. Por tonto que pudiera parecer, no pudo evitar la sensación de que su futuro le estaba esperando al otro lado de aquella barra y se dio cuenta de que se sentía tan ansiosa como intimidada al cruzarla. En cuestión de segundos, ambos escucharon el ruido del pequeño motor. Casi de inmediato, un carrito de golf hizo aparición, doblando la curva. Parecía estar yendo a toda velocidad y el hombre al volante estaba prácticamente agazapado sobre él, como si quisiera que el carrito fuera aun más rápido. El carrito aceleró hacia delante y Mackenzie obtuvo su primer atisbo del hombre que asumió era el Sheriff Clements. Era un tipo duro de cuarenta y tantos años. Tenía la mirada glacial del que ha recibido una mala mano en la vida. Su pelo oscuro estaba empezando a blanquear sobre las sienes y tenía ese tipo de sombra bordeando su rostro que parecía estar siempre allí. Clements aparcó el carrito, apenas miró al guarda en la cabina, y rodeó la barra para verse con Mackenzie y Bryers. “Agentes White y Bryers,” dijo Mackenzie, ofreciéndole la mano. Clements la estrechó de manera pasiva. Hizo lo mismo con Bryers antes de devolver su atención al sendero pavimentado por el que acababa de descender. “Si les soy sincero,” dijo Clements, “aunque sin duda aprecio el interés del bureau, no estoy tan seguro de que necesitemos su ayuda.” “Bueno, ya que estamos aquí, deja que veamos si os podemos echar una mano,” dijo Bryers, de la manera más amigable que le fue posible. “Está bien, montad en el carrito y veamos,” dijo Clements. Mackenzie estaba haciendo lo que podía para examinarle mientras se montaban en el carrito. Su principal preocupación desde el principio fue la de decidir si Clements estaba simplemente bajo un enorme estrés o si era tan imbécil por naturaleza. Ella se montó junto a Clements en la parte delantera del carrito mientras que Bryers se quedó en la de atrás. Clements no dijo ni una palabra. De hecho, parecía que estuviera haciendo lo posible para que se enteraran de que se sentía molesto de tener que hacer de guía para ellos. Tras un minuto más o menos, Clements giró el carrito hacia la derecha en el lugar en que la carretera asfaltada se bifurcaba. Aquí se acababa el pavimento y se convertía en un sendero todavía más estrecho que era apenas suficiente para el ancho del carrito. “¿Así que cuáles son las instrucciones que le han dado al guarda en la cabina?” preguntó Mackenzie. “Que no entra nadie,” dijo Clements. “Ni siquiera cuidadores del parque o policías a menos que tengan mi permiso por adelantado. Ya tenemos suficiente gente tirándose pedos por ahí, haciendo las cosas más difíciles de lo que tienen que ser.” Mackenzie tomó su no tan sutil indirecta y se deshizo de ella. No estaba por la labor de entrar en una discusión con Clements antes de que Bryers y ella hubieran tenido tiempo de examinar la escena del crimen. Aproximadamente cinco minutos después, Clements pisó los frenos. Saltó del carrito incluso antes de que este se hubiera detenido por completo. “Vamos,” dijo, como si estuviera hablando con un crío. “Por aquí.” Mackenzie y Bryers se bajaron del carrito. Alrededor de ellos, el bosque se elevaba por encima de sus cabezas. Era hermoso pero estaba lleno de un silencio pesado que Mackenzie había empezado a reconocer como cierto tipo de presagio—una señal de que había antagonismo y problemas en el aire. Clements les guió por el interior del bosque, caminando deprisa por delante de ellos. No había un sendero real de por sí. Aquí y allá Mackenzie podía ver señales de viejas huellas serpenteando entre el follaje y alrededor de los árboles pero eso era todo. Sin darse cuenta de que lo hacía, se puso por delante de Bryers al tratar de seguirle el ritmo a Clements. De vez en cuando, tenía que apartar una rama que colgaba de un árbol o quitarse hilos sueltos de telarañas del rostro. Tras caminar unos dos o tres minutos, comenzó a escuchar varias voces entremezcladas. Los sonidos de movimiento se elevaron y empezó a comprender de qué hablaba Clements: incluso sin haber visto la escena, Mackenzie ya podía decir que iba a estar abarrotada de gente. Tuvo la prueba de ello en menos de un minuto cuando la escena hizo su aparición. Se había acordonado la escena del crimen y se habían dispuesto unas banderitas limítrofes alrededor de una forma triangular en el bosque. Entre el cordón amarillo y las banderas rojas, Mackenzie contó ocho personas, incluyendo a Clements. Con Bryers y ella serían diez. “¿Entiendes lo que te digo?” preguntó Clements. Bryers se acercó por detrás de Mackenzie y suspiró. “Menudo lío que hay aquí.” Antes de dar un paso adelante, Mackenzie hizo todo lo que pudo para examinar la escena. De los ocho hombres, cuatro eran del departamento de policía local, fáciles de identificar por sus uniformes. Había otros dos en uniformes de una clase diferente, que Mackenzie asumió serían de la policía estatal. Por lo demás, examinó la escena propiamente dicha en vez de dejar que las discusiones le distrajeran. La ubicación parecía arbitraria. No había puntos de interés, ni artículos que pudieran ser considerados simbólicos. Era como cualquier otro sector de esos bosques por lo que podía ver Mackenzie. Adivinó que se encontraban como a una milla de distancia del sendero central. Aunque aquí los árboles no fueran especialmente frondosos, había un aire de aislamiento a su alrededor. Una vez hubo examinado la escena por completo, miró a los hombres discutiendo. Unos cuantos parecían agitados y uno o dos parecían enfadados. Dos de ellos no llevaban ningún tipo de uniforme o traje que denotara su profesión. “¿Quiénes son los tipos que no van de uniforme?” preguntó Mackenzie. “No estoy seguro,” dijo Bryers. Clements se giró hacia ellos con un gesto de desprecio en el rostro. “Guardabosques,” dijo. “Joe Andrews y Charlie Holt. Sucede algo como esto y se creen que son policías.” Uno de los guardabosques miró hacia ellos con una mirada llena de veneno. Mackenzie estaba bastante segura de que Clements había asentido en dirección a este hombre al decir Joe Andrews. “Cuida tus maneras, Clements. Esto es un parque estatal,” dijo Andrews. “Tienes tanta autoridad aquí como un mosquito.” “Puede que sea así, “ dijo Clements. “Pero sabes tan bien como yo que lo único que tengo que hacer es realizar una sola llamada a comisaría y poner algunas ruedas en marcha. Os puedo echar de aquí en una hora, así que haz lo que sea que tengas que hacer y saca tu trasero de aquí.” “Maldito arrogante ca—” “Venga,” dijo un tercer hombre. Este era uno de la estatal. El hombre tenía la presencia de una montaña y llevaba unas gafas de sol que le hacían parecer el malo de una peli de acción de los 80. “Tengo la autoridad para echaros a los dos de aquí. Así que dejad de actuar como niños y haced vuestro trabajo.” Este hombre se dio cuenta de la presencia de Mackenzie y de Bryers por primera vez. Caminó hacia donde estaban y sacudió la cabeza como disculpándose. “Siento que tengáis que escuchar todas estas tonterías,” dijo mientras se acercaba. “Soy Roger Smith de la policía estatal. Menuda escena que tenemos aquí, ¿eh?” “Estamos aquí para examinarla,” dijo Bryers. Smith se dio la vuelta hacia los otros siete hombres y con voz resonante dijo: “Salid de aquí y dejad que los federales hagan sus cosas.” “¿Y qué hay de nuestras cosas?” preguntó el otro guardabosques. Charlie Holt, recordó Mackenzie. Miraba a Mackenzie y a Bryers con desconfianza. Mackenzie pensó que hasta parecía algo tímido y asustado a su alrededor. Cuando Mackenzie miró en su dirección, él miró al suelo, doblándose hacia delante para recoger una bellota. Entonces se pasó la bellota de una mano a la otra, y después empezó a arrancar pedacitos de ella. “Habéis tenido el tiempo suficiente,” dijo Smith. “Retiraos por un momento, ¿os importa?” Todos hicieron lo que les habían pedido. Los guardabosques en especial parecían insatisfechos con ello. Haciendo todo lo que podía para suavizar la situación, Mackenzie se imaginó que ayudaría si trataba de implicar a los guardabosques cuanto le fuera posible de modo que no estallara la tormenta. “¿Qué tipo de información suelen tener que sacar los guardabosques de algo como esto?” preguntó a los guardabosques mientras se agachaba debajo del cordón policial y empezaba a mirar alrededor. Vio un marcador donde se había encontrado la pierna, marcada como tal en un pequeño tablero. A una buena distancia, vio el otro marcador donde se había descubierto el resto del cuerpo. “Necesitamos saber cuánto tiempo vamos a mantener el parque cerrado, para empezar,” dijo Andrews. “Por egoísta que pueda parecer, este parque supone una buena cantidad de los ingresos por turismo.” “Tienes razón,” Clements contestó. “Eso suena realmente egoísta.” “En fin, creo que tenemos permitido ser egoístas de vez en cuando,” dijo Charlie Holt con voz bastante defensiva. Entonces miró a Mackenzie y a Bryers con aire de desprecio. “¿A qué se debe eso?” preguntó Mackenzie. “¿Alguno de vosotros sabe el tipo de mierda con el que tenemos que tratar por estos lares?” preguntó Holt. “La verdad es que no,” respondió Bryers. “Adolescentes haciendo el amor,” dijo Holt. “Orgías completas de vez en cuando. Prácticas extrañas de Wicca. Hasta he atrapado a algún tipo borracho poniéndose caliente con un tocón, y quiero decir con los pantalones bajados hasta los pies. Estas son las historias de las que se ríen los de la policía estatal y que los de la local utilizan como munición para bromas los fines de semana.” Se inclinó y agarró otra bellota, arrancándole pedacitos como había hecho con la primera. “Oh,” añadió Joe Andrews. “Y también está lo de atrapar a un padre en el acto de abusar sexualmente de su hija de ocho años justo a la salida de un sendero de pesca y tener que detenerle. ¿Y qué recibo como agradecimiento? La niña chillando para que dejara en paz a su padre y una advertencia firme de la policía estatal y local para que no seamos tan duros la próxima vez. Así que sin duda… podemos ser egoístas con nuestra autoridad de vez en cuando.” El bosque enmudeció, el silencio solo fue quebrado cuando uno de los otros policías locales se rió de manera condescendiente y dijo: “Sí. Autoridad. Claro.” Los dos guardabosques lanzaron una mirada de odio al hombre. Andrews dio un paso adelante, con aspecto de estar a punto de explotar de ira. “Que te jodan,” dijo sin más. “Dije que ya valía de tonterías,” dijo el Oficial Smith. “Una más y todos y cada uno de vosotros os largáis de aquí. ¿Entendido?” Por lo visto, lo habían hecho. El bosque se quedó de nuevo en silencio. Bryers entró al otro lado del cordón con Mackenzie y cuando todos los demás se ocuparon en otras cosas detrás de ellos, se inclinó hacia ella. Ella pudo sentir cómo le miraba Charlie Holt, y le hizo desear darle un puñetazo. “Esto se puede poner feo,” dijo Bryers en voz baja. “Hagamos lo que podamos para salir de aquí cuanto antes, ¿qué dices?” Ella se puso a trabajar, peinando la zona y tomando notas mentalmente. Bryers había salido de la escena del crimen y estaba reposando en un árbol cuando tosió en su brazo. Ella hizo lo que pudo para que esto no le distrajera. Mantuvo la vista en el suelo, estudiando el follaje, la tierra, y los árboles. Lo que no tenía mucho sentido para ella era cómo se había descubierto aquí un cuerpo en tan malas condiciones. Era difícil adivinar cuánto tiempo había pasado desde el asesinato o desde que lo abandonaron en el bosque: la tierra no mostraba señales de que el brutal acto hubiera sido llevado a cabo aquí. Notó la ubicación de los carteles que marcaban los puntos en que se habían encontrado las partes del cadáver. Estaban demasiado distantes para que hubiera sido por accidente. Si alguien se deshacía de un cadáver y colocaba sus partes tan lejos unas de otras, eso indicaba intencionalidad. “Oficial Smith, ¿sabe si había alguna marca de mordiscos de supuestos animales salvajes en el cadáver?” preguntó. “Si los había, eran tan diminutos que un examen básico no los reveló. Desde luego, sabremos más cuando llegue el resultado de la autopsia.” “¿Y nadie en su equipo o con la policía local movió el cadáver o los miembros cortados?” “No.” “Lo mismo digo,” dijo Clements. “Guardas, ¿qué hay de vosotros?” “No,” dijo Holt con un tono malicioso en su voz. En este momento, parecía sentirse ofendido por casi cualquier cosa. “¿Puedo preguntar qué importancia tiene eso para averiguar quién lo hizo?” le preguntó Smith. “Bien, si el asesino hubiera llevado a cabo aquí sus asuntos, habría sangre por todas partes,” explicó Mackenzie. “Incluso aunque hubiera sucedido hace mucho tiempo, habría al menos cantidades mínimas esparcidas por la zona. Y no veo nada. La otra posibilidad es que quizá tiró el cadáver aquí. No obstante, si así fue, ¿por qué estaría la pierna amputada tan lejos del resto del cuerpo?” “No te sigo,” dijo Smith. Detrás de él, vio que Clements también le estaba escuchando atentamente pero tratando de que no se le notara. “Me hace pensar que el asesino arrojó aquí el cadáver pero que colocó las partes a esta distancia a propósito.” “¿Por qué?” preguntó Clements, incapaz de seguir pretendiendo que no estaba escuchando. “Podría haber varias razones,” dijo ella. “Puede que haya sido algo tan morboso como simplemente divertirse con el cadáver, esparciéndolo por todas partes como si se tratara de unos juguetes con los que él estaba jugando. Queriendo llamar nuestra atención. O podría haber algún tipo de razones calculadas para ello—para la distancia, el hecho de que fuera una pierna, y así sucesivamente.” “Ya veo,” dijo Smith. “Bueno, algunos de mis hombres ya escribieron un informe que contiene la distancia entre el cadáver y la pierna. Y todas las medidas que se te puedan ocurrir.” Mackenzie echó otra mirada alrededor—al grupo de hombres reunidos y el bosque aparentemente en paz—y se detuvo por un momento. No había una razón clara para elegir este lugar. Eso le hacía pensar que el lugar era arbitrario. Aun así, el hecho de que estuviera tan lejos del sendero trillado indicaba algo más. Indicaba que el asesino conocía estos bosques—quizá hasta el parque mismo—bastante bien. Comenzó a caminar alrededor de la escena, buscando de cerca la más mínima cantidad de sangre seca. Allí no había nada. Con cada momento que pasaba, se sentía mas convencida de su teoría. “Guardas,” dijo. “¿Hay alguna forma de conseguir los nombres de las personas que frecuentan el parque? Estoy pensando en gente que viene mucho por aquí y conoce la zona al dedillo.” “Realmente no,” dijo Joe Andrews. “Lo mejor que podemos hacer es proporcionarte la lista de los patrocinadores.” “Eso no es necesario,” dijo ella. “¿Tienes una teoría que poner a prueba?” le preguntó Smith. “El asesinato propiamente dicho tuvo lugar en otra parte y se arrojó el cuerpo aquí,” dijo, casi hablando consigo misma. “¿Pero por qué aquí? Estamos a casi una milla del sendero central y no parece que haya nada de significativo en este lugar. Y eso me lleva a pensar que quien sea que esté detrás de esto, conoce el terreno del parque bastante bien.” Obtuvo unos cuantos gestos afirmativos mientras explicaba las cosas pero le dio la impresión general de que o dudaban de ella o simplemente les traía sin cuidado. Mackenzie miró hacia Bryers. “¿Estás bien ahí?” preguntó. Él asintió. “Gracias, caballeros.” Todos le miraron en silencio. Clements parecía estar intentando comprender de qué estaba hecha. “Bien, vamos entonces,” dijo por fin Clements. “Os llevaré de vuelta a vuestro coche.” “No, está bien,” dijo Mackenzie con cierta rudeza. “Creo que prefiero caminar.” Mackenzie y Bryers comenzaron a salir, de vuelta a través del bosque y hacia el sendero para peatones por el que les había traído Clements. A medida que desaparecieron hacia el interior del bosque, dejando atrás las miradas de la policía estatal, Clements, sus hombres, y los guardabosques, Mackenzie no pudo evitar apreciar la enorme extensión del bosque. Era escalofriante pensar en lo infinito de las posibilidades que existían ahí afuera. Pensó en lo que había dicho el guardabosques, en los delitos incontables que tenían lugar en estos bosques, y algo al respecto envió un escalofrío helado a través de todo su cuerpo. Si alguien tenía intenciones de asesinar a gente como la persona que habían encontrado dentro de este triángulo acordonado y tenía un conocimiento bastante decente de estos bosques, virtualmente no había límites al nivel de amenaza que podía causar. Y supo con certeza que volvería a atacar. CAPÍTULO SEIS Mackenzie llegó a su oficina pasadas las seis de la tarde, agotada tras el largo día y ordenando sus notas para prepararse para la puesta en común que había solicitado mientras venía de Strasburg. Alguien llamó a su puerta y cuando elevó la vista se encontró con Bryers, con aspecto de estar tan cansado como ella, sujetando una carpeta y una taza de café. Parecía estar haciendo todo lo posible para ocultar su agotamiento y entonces se le ocurrió pensar en que él había dejado todo en sus manos en el parque estatal, permitiéndole que ella llevara la voz cantante con Clements, Smith, Holt y los demás hombres egocéntricos en el bosque. Eso, además de su tos, le hizo preguntarse si a lo mejor se estaba poniendo enfermo. “La puesta en común está lista para empezar,” dijo él. Mackenzie se puso de pie y le siguió a la sala de conferencias al final de pasillo. Cuando entró, echó una mirada a los diversos agentes y expertos que constituían el equipo del caso de Little Hill. Había siete personas en total y, aunque personalmente creía que era demasiada gente trabajando en un caso en su etapa temprana, no le correspondía a ella decirlo. Este asunto le pertenecía a Bryers y ella se alegraba de poder acompañarle. Era mucho mejor que leer leyes sobre inmigración y ahogarse en papeleo. “Tenemos un día muy ocupado por delante,” dijo Bryers. “Así que vamos a empezar con un resumen rápido.” Si él se había sentido cansado al llegar, había conseguido sacarse el cansancio de encima. Mackenzie observó y escuchó con total atención mientras Bryers informaba a las siete personas en la sala sobre lo que Mackenzie y él habían descubierto en los bosques del Parque Estatal Little Hill ese día. Los presentes en la sala tomaron notas, algunos garabateando en cuadernos, otros escribiendo en los teclados de sus tablets o smartphones. “Una cosa que añadir,” dijo uno de los otros agentes. “Recibí un soplo hace quince minutos. El caso ha llegado oficialmente a los periódicos estatales. Ya han empezado a llamar a este tipo el Asesino del Campamento.” Por un momento, el silencio se extendió sobre la sala, y Mackenzie suspiró para sus adentros. Esto iba a hacerles las cosas mucho más difíciles a todos. “Demonios, no tardaron nada,” dijo Bryers. “Malditos periodistas. ¿Cómo diablos le echaron sus garras a esto tan deprisa?” Nadie le respondió, pero Mackenzie creyó saber la respuesta. Una pequeña localidad como Strasburg estaba llena de gente a la que le encantaba ver el nombre de su pueblo en los periódicos—aunque fuera debido a malas noticias. Se le ocurría pensar en un par de guardabosques o policías locales que pudieran encajar en esa categoría. “De todas maneras,” continuó Bryers, impasible, “la última pieza de información que recibimos llegó de la policía estatal. Entregaron detalles de la escena del crimen al equipo forense. Ahora sabemos que la pierna cortada y el cuerpo del que formaba parte previamente estaban a exactamente 100 centímetros de distancia. Obviamente, no sabemos si eso tiene ningún significado, pero lo vamos a investigar. Además—” Un golpe a la puerta le interrumpió. Otro agente entró a la sala deprisa y le entregó una carpeta a Bryers. Susurró algo al oído de Bryers y después salió de allí. “El informe del forense sobre el cadáver más reciente,” dijo Bryers, abriendo la carpeta para mirar sus contenidos. La escaneó a toda prisa y comenzó a pasar las tres páginas al resto del equipo. “Como podéis ver, no había marcas de fieras hambrientas en el cuerpo, aunque había ligeros moratones en la espalda y los hombros. Se cree que las manos izquierda y derecha fueron amputadas con un cuchillo bastante desafilado o alguna otra cuchilla grande. Los huesos tienen aspecto de haber sido rotos más que serrados. Esto difiere del caso de hace dos años pero, por supuesto, eso podía deberse a que el asesino no cuide de sus herramientas o armas.” Bryers les dio un minuto para que leyeran el informe. Mackenzie apenas lo repasó por encima, perfectamente dispuesta a confiar en el análisis de Bryers. Ya había llegado a confiar en él, y aunque supiera el valor de los archivos y los informes, no había nada que superara un informe verbal directo, por lo que a ella respectaba. “También sabemos ahora el nombre del fallecido: Jon Torrence, de veintidós años de edad. Desapareció hace unas cuatro semanas y fue visto por última vez en un bar de Strasburg. Algunos de vosotros tendréis el desafortunado deber de hablar hoy con sus familiares. También hemos escarbado algo de información sobre la víctima de hace dos años. Agente White, ¿te importaría informar al equipo sobre esa víctima?” Mackenzie había leído los detalles en un documento que habían enviado el Oficial Smith y su equipo de la estatal durante su camino entre Strasburg y Quantico. Había memorizado los detalles en menos de diez minutos, y así, fue capaz de comunicárselos al equipo con confianza. “El primer cadáver pertenecía a Marjorie Leinhart. La cabeza había sido amputada casi por entero. El asesino amputó todos sus dedos y su pierna derecha de la rodilla para abajo. Nunca se encontraron las partes amputadas. En el momento de su muerte, tenía veintisiete años. Su madre era el único familiar con vida que le quedaba ya que Marjorie era hija única y su padre había fallecido durante una misión en Afganistán en el 2006. Pero su madre se suicidó una semana después del descubrimiento del cadáver de su hija. Investigaciones intensas revelaron otro único familiar—un tío lejano que vivía en Londres—y que no sabe nada acerca de la familia. No había novios y los pocos amigos íntimos que fueron interrogados tenían coartadas. Así que no hay literalmente nadie que interrogar en este asunto.” Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693663&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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