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Antes De Que Atrape Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #9 De Blake Pierce, el autor de best-sellers como UNA VEZ DESAPARECIDO (un éxito de ventas #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega ANTES DE QUE RECE, el libro #9 de la trepidante serie de misterio Mackenzie White. La agente especial del FBI Mackenzie White está boquiabierta. Están apareciendo víctimas muertas, irreconocibles, después de que sus cuerpos sean arrojados desde las alturas más vertiginosas. Un asesino en serie trastornado, obsesionado con las alturas, está matando a sus víctimas desde los lugares más elevados. La pauta parece ser casual. Pero ¿acaso lo es?Solo adentrándose en los canales más oscuros de la mente del asesino puede Mackenzie empezar a entender cuál es su motivación – y dónde atacará de nuevo. En una caza mortal del gato y el ratón, Mackenzie se fuerza hasta el límite para detenerle – y hasta entonces, puede que resulte demasiado tarde. Un thriller psicológico oscuro de suspense estremecedor, ANTES DE QUE RECE es el libro #9 en esta fascinante nueva serie – con un nuevo personaje entrañable – que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la madrugada. Entre otros libros de Blake Pierce, también está disponible a la venta UNA VEZ DESAPARECIDO (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un éxito de ventas #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita! BLAKE PIERCE ANTES DE QUE ATRAPE Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) PRÓLOGO En una ocasión, cuando era una niña, Malory Thomas había venido a este puente con un chico. Era la noche de Halloween y ella tenía catorce años. Habían estado mirando hacia el fondo del agua a sesenta metros más abajo, en busca de los fantasmas de los que se habían suicidado tirándose desde el puente. Era una historia de fantasmas que había circulado por su escuela, una historia que Malory había oído toda la vida. Dejó que ese chico le besara esa noche, pero alejó su mano cuando se la metió debajo de la camisa. Ahora, trece años después, pensaba en aquel gesto inocente mientras colgaba del mismo puente. Se llamaba el Puente de Miller Moon y era conocido por dos cosas: porque era un lugar escondido e increíble para que los adolescentes se enrollaran, y por ser el lugar más popular para suicidarse de todo el condado—quizá de todo el estado de Virginia por lo que ella sabía. En ese momento, sin embargo, a Malory Thomas no le importaban los suicidios. Lo único en lo que podía pensar era en sujetarse al borde del puente como si le fuera la vida en ello. Estaba colgada de un lado con ambas manos, sus dedos enroscados en el borde de madera áspera del lateral. No podía agarrarse con firmeza con la mano derecha debido al tornillo enorme que atravesaba la madera, fijando la viga del lateral a los raíles de hierro que había por debajo. Intentó mover la mano derecha para agarrarse mejor, pero tenía la mano demasiado húmeda por el sudor. Le parecía que solo con moverla una pulgada, podía perder su agarre y caerse hasta el fondo del agua. Y no había mucha agua allí. Lo único que le esperaba debajo eran rocas puntiagudas y un montón de monedas que los chiquillos estúpidos habían tirado desde el lateral del puente para pedir deseos insulsos. Miró hacia arriba a los raíles junto al extremo del puente, raíles de caballete oxidados que parecían antigüedades en la oscuridad de la medianoche. Vio la silueta del hombre que le había traído hasta allí—a años luz de aquel valiente adolescente de hacía trece años. No… este hombre era detestable y tenebroso. No le conocía bien pero sí lo suficiente como para saber con certeza que algo andaba mal con él. Estaba enfermo, no tenía la cabeza del todo en su sitio, no estaba bien. “Suéltate ya,” le dijo el hombre. Tenía una voz que daba miedo, como entre Batman y un demonio. “Por favor,” dijo Malory. “Por favor… ayuda.” Ni siquiera le importaba estar desnuda, con su trasero al aire colgando del extremo del Puente de Miller Moon. Le había desnudado del todo y había tenido miedo de que la fuera a violar, pero no lo había hecho. Solamente se le había quedado mirando, pasándole la mano por algunos puntos, y después le había obligado a que se colgara del bordillo del puente. Pensó con desconsuelo en la ropa esparcida por las vigas de madera que había por detrás de él, y tuvo la certeza algo enfermiza de que nunca se las volvería a poner. Con esa certeza, se le tensó la mano derecha mientras trataba de acostumbrarse a la forma del tornillo que tenía debajo de ella. Gritó y sintió cómo todo su peso pasaba a la mano izquierda—la mano que se sentía bastante más débil. El hombre se agachó, poniéndose de rodillas y mirándola. Era como si supiera lo que venía a continuación. Incluso antes de que ella supiera que había llegado el final, él ya lo sabía. Apenas podía distinguir sus ojos en la oscuridad, pero podía ver lo suficiente como para saber que estaba contento. Quizá hasta emocionado. “Está bien,” le dijo con esa extraña voz. Y como si los músculos en sus dedos le estuvieran obedeciendo, su mano derecha cedió. Malory sintió una tirantez que le recorrió todo el antebrazo mientras su mano izquierda trataba de sostener sus sesenta y cinco kilos. Y así sin más, ya no estaba colgando del puente. Estaba cayendo al vacío. Su estómago le dio una voltereta y sus ojos parecieron sacudirse en sus cuencas mientras intentaba encontrarle el sentido a lo rápido que se alejaba el puente de ella. Por un momento, el viento que pasó velozmente junto a ella le pareció hasta agradable. Intentó enfocarse todo lo que pudo en ello mientras se retorcía en busca de algún tipo de plegaria que pronunciar en sus momentos finales. Solo se las arregló para decir unas pocas palabras—Padre Nuestro, que estás…—y entonces Malory Thomas sintió como la vida salía de su cuerpo con un golpe agudo y devastador al tiempo que se estrellaba contra las rocas del fondo. CAPÍTULO UNO Mackenzie White se había adentrado en algo parecido a una rutina. Esto no le sentaba especialmente bien ya que no era la clase de mujer a la que le la rutina gustara demasiado. Si las cosas se mantenían sin cambios demasiado tiempo, le parecía que necesitaba sacudirlas un poco. Solo unos pocos días después de finalmente cerrar el largo y miserable capítulo del asesinato de su padre, había regresado a su apartamento y había caído en la cuenta de que, ahora, Ellington y ella vivían juntos. No tenía ninguna pega al respecto; había estado deseándolo, a decir verdad. Sin embargo, hubo algunas noches durante esas primeras semanas en las que perdió algunas horas de sueño cuando cayó en la cuenta de que ahora su futuro parecía estable. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una razón genuina para dedicarse a nada en particular con todas sus fuerzas. Antes había sido el caso de su padre, reconcomiéndole desde el primer momento que tuvo una placa y un arma en Nebraska. Ahora eso estaba resuelto. También había sido la incertidumbre de saber hacia dónde se dirigía su relación con Ellington. Ahora estaban viviendo juntos y casi enfermizamente felices. Estaba triunfando en el trabajo, ganándose el respeto de prácticamente todo el mundo en el FBI. Hasta McGrath parecía finalmente estar convencido de su valía. Todo parecía inmóvil. Y en lo que se refería a Mackenzie, no podía evitar preguntarse si solo se trataba de la calma antes de la tormenta. Si el tiempo que había pasado como detective en Nebraska y como agente del FBI le había enseñado algo, era que la vida tenía la costumbre de arrebatarle cualquier tipo de comodidad o seguridad sin mucho aviso previo. Aun así, la rutina no estaba tan mal. Después de que Ellington se hubiera recuperado de sus heridas tras cerrar el caso que había llevado ante la justicia al asesino de su padre, le habían ordenado que se quedara en casa y descansara. Le atendió lo mejor que pudo, descubriendo que podía ser de lo más maternal cuando tenía que serlo. Cuando Ellington se recuperó del todo, sus días se hicieron bastante regulares. Eran hasta agradables a pesar del horroroso grado de domesticación que sentía. Iba al trabajo y se detenía en el campo de tiro antes de regresar a casa. Cuando llegaba a casa, una de dos cosas tenía lugar: o Ellington había preparado ya la cena y comían juntos como un viejo matrimonio, o se iban directamente al dormitorio, como una pareja de recién casados. Todo esto le pasaba por la mente mientras Ellington y ella se preparaban para irse a la cama. Mackenzie estaba en su lado de la cama, leyendo un libro sin muchas ganas. Ellington estaba en su lado de la cama, escribiendo un email sobre un caso en el que había estado trabajando. Habían pasado siete semanas desde que cerraron el caso de Nebraska. Ellington había acabado de empezar a trabajar de nuevo y la rutina de la vida estaba comenzando a convertirse en una dura realidad para ella. “Voy a preguntarte algo,” dijo Mackenzie. “Y quiero que seas honesto.” “Muy bien,” dijo él. Terminó de escribir la frase en la que se encontraba y se detuvo, prestándole su máxima atención. “¿Alguna vez te has encontrado en este tipo de rutina?” preguntó Mackenzie. “¿Qué rutina?” Ella se encogió de hombros, poniendo el libro a un lado. “La de estar domesticado. Estar atado. Ir al trabajo, volver a casa, cenar, ver algo de televisión, quizá a veces hacer el amor, y después irnos a dormir.” “Si eso es una rutina, me parece bastante genial. Sin embargo, quizá no pongas el a veces delante de la parte del sexo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te molesta la rutina?” “No es que me moleste,” dijo ella. “Es solo que… resulta extraño. Hace que sienta que no estoy haciendo lo que me corresponde. Como que estoy siendo vaga o pasiva sobre… en fin, sobre algo que no puedo definir demasiado bien.” “¿Crees que esto se debe al hecho de que por fin hayas terminado con el caso de tu padre?” le preguntó. “Probablemente.” Había algo más, pero no se trataba de algo que le pudiera contar. Sabía que era bastante difícil herirle emocionalmente pero no quería arriesgarse. La idea que se reservó era que ahora que se habían mudado juntos y eran felices y lo estaban manejando de maravilla, realmente solo quedaba un paso más que dar. No era un paso del que hubieran hablado y, honestamente, no era un paso del que Mackenzie quisiera hablar. El matrimonio. Esperaba que Ellington tampoco estuviera todavía pensando en ello, la verdad. Y no es que no le quisiera, pero después de ese paso… en fin, ¿qué más había? “Deja que te haga una pregunta,” dijo Ellington. “¿Eres feliz? Quiero decir ahora, en este preciso momento, sabiendo que mañana puede ser un duplicado exacto de hoy. ¿Eres feliz?” La respuesta era simple pero aun así le incomodaba. “Sí,” dijo. “Entonces ¿por qué cuestionarlo?” Ella asintió. Tenía toda la razón y lo cierto es que hizo que se preguntara si estaba complicando demasiado las cosas. En unas semanas cumpliría treinta años, así que quizá esto era lo que resultaba ser una vida normal. Una vez había enterrado todos los demonios y los fantasmas del pasado, quizá esto fuera lo que se suponía que tenía que ser la vida. Y eso estaba bien, suponía Mackenzie. Pero algo acerca de todo ello parecía estancado y hacía que se preguntara si alguna vez se permitiría realmente ser feliz. CAPÍTULO DOS El trabajo no estaba haciendo nada por la monotonía de lo que Mackenzie empezaba a denominar La Rutina—con L y R mayúsculas. En los casi dos meses que habían pasado desde los acontecimientos de Nebraska, la carpeta de casos de Mackenzie había consistido en vigilar a un grupo de hombres sospechosos de tráfico de personas—pasándose sus días sentada en un coche o en edificios abandonados, escuchando conversaciones bastante vulgares que acabaron por no dar ningún resultado. También había trabajado junto a Yardley y Harrison en un caso relacionado con una potencial célula terrorista en Iowa—que tampoco había dado ningún resultado. El día siguiente a su tensa conversación sobre la felicidad, Mackenzie se encontraba sentada ante su escritorio, investigando a uno de los hombres que había estado vigilando respecto al tráfico de personas con objetivos sexuales. No formaba parte de ningún complot de tráfico sexual, pero estaba implicado casi con certeza en algún tipo de chanchullo depravado relacionado con la prostitución. Era difícil de creer que estaba cualificada para llevar un arma, atrapar asesinos y salvar vidas. Se estaba empezando a sentir como una empleada de plástico, alguien que no servía ninguna función real. Frustrada, se levantó para hacerse una taza de café. Nunca había sido de las que deseaba nada malo a nadie, pero se estaba preguntando si las cosas en el país de verdad iban tan bien que sus servicios no pudieran necesitarse en alguna parte. Mientras caminaba hacia la pequeña zona de recepción donde se alojaban las cafeteras, divisó cómo Ellington le ponía la tapa a su propia taza. Él la vio acercarse y la esperó, aunque podía decir por su postura que iba con prisas. “Espero que tu día haya sido más emocionante que el mío,” dijo Mackenzie. “Quizás,” dijo él. “Pregúntamelo de nuevo en media hora. McGrath me acaba de llamar para que vaya a su despacho.” “¿Para qué?” preguntó Mackenzie. “Ni idea. ¿No te llamó también a ti?” “No,” dijo ella, preguntándose de qué se podía tratar. Aunque no había tenido lugar ninguna conversación directa al respecto con McGrath desde el caso de Nebraska, había asumido que Ellington y ella seguirían siendo compañeros. Se preguntó si a lo mejor el departamento había acabado por decidir separarles debido a su relación sentimental. Si era así, entendía la decisión, pero la idea no le gustaba en especial. “Me estoy hartando de estar sentada a mi escritorio,” dijo mientras se servía un café. “Hazme un favor y mira a ver si me puedes meter en lo que sea que te vaya a meter a ti.” “Lo haré encantado,” dijo él. “Te mantendré informada.” Regresó caminando a su oficina, preguntándose si acaso esta pequeña grieta en la normalidad era lo que había estado esperando—la apertura que empezaría a dilapidar los cimientos de la rutina que había estado sintiendo. No sucedía a menudo que McGrath convocara solo a uno de los dos a su despacho—al menos no recientemente. Le hizo plantearse si a lo mejor le estabas sometiendo a alguna clase de evaluación de la que no tenía conocimiento. ¿Estaba McGrath investigando más a fondo el último caso de Nebraska para asegurarse de que había seguido las normas en todo momento? Si así era, podría encontrarse con problemas porque no cabía duda de que no había seguido el protocolo en todo. Tristemente, preguntarse de qué se trataría la reunión entre Ellington y McGrath era lo más interesante que le había pasado en la última semana más o menos. Era lo que le ocupaba la mente mientras se sentó de nuevo delante de su ordenador, de nuevo sintiéndose como nada más que otro engranaje de la rueda. *** Escuchó unas pisadas quince minutos después. Esto no era nada nuevo: trabajaba con la puerta de su oficina abierta y veía a gente que pasaba de un lado a otro de arriba abajo del pasillo durante todo el día. Pero hoy era diferente. Esto sonaba como varios pares de pisadas que caminaban al unísono. También había una sensación de silencio—una tensión apagada como el ambiente que hay justo antes de una violenta tormenta de verano. Curiosa, Mackenzie elevó la vista de su portátil. A medida que las pisadas se hicieron más sonoras, vio a Ellington. Le echó una mirada rápida a través de la puerta, con el rostro tenso con una emoción que Mackenzie no podía ubicar del todo. Llevaba una caja en las manos y dos guardias de seguridad le seguían de cerca. ¿Qué diablos? Mackenzie se levantó de un salto de su escritorio y salió al pasillo. Justo en el momento en que estaba doblando la esquina, Ellington y los dos guardias se estaban metiendo al ascensor. Las puertas se cerraron y una vez más, Mackenzie apenas divisó esa expresión tensa en su rostro. Le han despedido, pensó Mackenzie. La idea era absolutamente ridícula por lo que a ella concernía, pero eso era lo que parecía. Echó a correr hacia la escalera, abriendo la puerta a toda prisa para descenderla. Bajó los escalones saltándolos de dos en dos, con la esperanza de salir afuera antes de que lo hicieran Ellington y los guardias. Bajó los tres tramos de escaleras sin pensar, y salió por el lateral del edificio directamente junto al aparcamiento. Mackenzie salió por la puerta al mismo tiempo que los guardias y Ellington salían del edificio. Echó a correr a través del césped para cortarles el paso. Los guardias parecían tensos cuando la vieron acercarse, uno de ellos se detuvo por un instante y la encaró como si se tratara de una potencial amenaza. “¿Qué es lo que pasa?” preguntó por encima del guardia, mirando a Ellington. Sacudió la cabeza. “Ahora no,” dijo él. “Por ahora… olvídate de ello.” “¿Qué está pasando?” le preguntó ella. “Los guardias… la caja… ¿te han despedido? ¿Qué diablos ha pasado?” Ellington volvió a sacudir la cabeza. No había ni rastro de desprecio o de crueldad en el gesto. Mackenzie pensó que sería lo mejor que podía hacer en esta situación. Quizá había pasado algo de lo que él no podía hablar. Y Ellington, leal hasta la médula, no hablaría si le habían pedido que mantuviera silencio. Odiaba hacerlo, pero dejó de presionarle. Si quería respuestas directas, solo había un lugar donde conseguirlas. Con esto en mente, echó a correr de vuelta al edificio. Esta vez tomó el ascensor, subiendo hasta el tercer piso y sin perder ni un segundo para dirigirse al final del pasillo al despacho de McGrath. Ni se molestó en saludar a la secretaria mientras se dirigía hacia su puerta. Escuchó cómo la mujer le llamaba por su nombre, tratando de detenerla, pero aun así Mackenzie pasó al interior. No llamó a la puerta, simplemente entró al despacho. McGrath estaba sentado a su escritorio, y era evidente que no le sorprendía lo más mínimo que Mackenzie estuviera allí. Se giró hacia ella y la calma en su rostro le puso furiosa. “Haz el favor de mantener la calma, agente White,” dijo. “¿Qué ha pasado?” preguntó ella. “¿Por qué acabo de ver a Ellington siendo escoltado del edificio con una caja con todas sus pertenencias?” “Porque ha sido relevado de su misión.” La simplicidad de la afirmación no consiguió que fuera más fácil de escuchar. Parte de ella seguía preguntándose si había habido algún error gigante. O si todo esto era alguna broma pesada enorme. “¿Por qué?” Entonces vio algo que no había visto hasta ahora: McGrath desvió la mirada, claramente incómodo. “Es un asunto privado,” dijo él. “Entiendo la relación que hay entre vosotros dos, pero esta es una información que legalmente no puedo divulgar debido a la naturaleza de la situación.” Durante todo el tiempo que llevaba trabajando para McGrath, nunca había escuchado tanta porquería legal saliendo de su boca al mismo tiempo. Se las arregló para aplacar su ira. Después de todo, esto no se trataba de ella. Por lo visto, algo pasaba con Ellington de lo que ella no tenía ningún conocimiento. “¿Anda todo bien?” preguntó. “¿Me puedes decir al menos eso?” “Me temo que no me corresponde a mí responder a esa pregunta,” dijo McGrath. “Ahora, si me disculpas, la verdad es que estoy bastante ocupado.” Mackenzie hizo un leve gesto con la cabeza y salió de la oficina, cerrando la puerta al salir. La secretaria desde detrás de su propio escritorio le lanzó una mirada desagradable que Mackenzie ignoró por completo. Regresó caminando a su despacho y comprobó su correo para reconfirmar que el resto de su día no era más que un lento vacío de nada. Entonces salió corriendo del edificio, haciendo lo que podía para que no diera la impresión de que algo le estaba molestando. Lo último que necesitaba era que la mitad del edificio se diera cuenta de que Ellington se había marchado y de que ella estaba corriendo detrás de él. Por fin se las había arreglado para superar las miradas punzantes y los rumores casi legendarios de su pasado en su lugar de trabajo y de ninguna manera iba a crear otra razón para que el ciclo comenzara de nuevo. *** Sabía con certeza que seguramente Ellington había regresado a su apartamento. Cuando se conocieron al principio, él era el tipo de hombre que quizá se fuera directamente a un bar en un intento de ahogar las penas. Sin embargo, había cambiado durante el último año más o menos—al igual que ella. Suponía que se debían eso el uno al otro. Era una idea que mantuvo en la mente mientras abría la puerta de su apartamento (el apartamento de los dos, se recordó a sí misma), esperando encontrarle en su interior. Y como pensaba, se lo encontró en el dormitorio secundario que utilizaban como oficina. Estaba sacando las cosas que tenía en su caja, esparciéndolas al azar por encima del escritorio que compartían. Levantó la vista cuando la vio entrar, pero la desvió enseguida. “Lo siento,” dijo con la cabeza hacia el otro lado. “No me pillas precisamente en mi mejor día.” Ella se acercó a él, pero se reprimió las ganas de ponerle la mano sobre el hombro o de extender un brazo alrededor de su espalda. Nunca le había visto tan disgustado. Le alarmó un poco, pero, más que nada, le hizo desear saber lo que podía hacer para ayudar. “¿Qué ha pasado?” le preguntó. “Parece bastante evidente, ¿verdad?” le preguntó él. “Me han suspendido indefinidamente.” “¿Por qué diablos?” Entonces pensó en McGrath y en lo incómodo que se había puesto cuando le había hecho esta misma pregunta. Por fin se giró de nuevo hacia ella y al hacerlo, pudo ver la vergüenza en su rostro. Cuando le respondió, le temblaba la voz. “Acoso sexual.” Durante un momento, las palabras no tuvieron mucho sentido. Esperó a que le sonriera y le dijera que solo estaba bromeando, pero eso no sucedió. En vez de ello, se le quedó mirando fijamente a los ojos, esperando a su reacción. “¿Qué?” preguntó ella. “¿Cuándo sucedió esto?” “Hace unos tres años,” dijo Ellington. “Pero la mujer en cuestión hizo públicas sus acusaciones hace tres días.” “¿Y es esa acusación válida?” preguntó Mackenzie. Él asintió, sentándose al escritorio. “Mackenzie, lo siento. Era un hombre diferente en aquel entonces, ¿sabes?” Sintió ira durante unos instantes, pero no estaba segura de hacia quién iba dirigida: si hacia Ellington o hacia la mujer. “¿Qué tipo de acoso?” le preguntó. “Estaba entrenando a esta joven agente hace tres años,” dijo. “Lo estaba haciendo realmente bien así que, una noche, unos cuantos agentes la sacaron de fiesta a celebrar. Todos tomamos unos cuantos tragos y ella y yo fuimos los últimos que quedábamos. En ese momento, la idea de proponerle algo ni siquiera me había cruzado por la mente, pero me fui al cuarto de baño y cuando salí, estaba allí esperándome. Me besó y la cosa se puso caliente. Se echó hacia atrás—quizá al darse cuenta de que era un error. Y entonces intenté volver a la carga. Me gustaría creer que, de no haber estado bebiendo, al alejarse de mí yo lo hubiera dejado de intentar, pero no me detuve. Traté de besarla de nuevo y no me di cuenta de que ella no me estaba correspondiendo hasta que me alejó de un empujón. Me empujó para distanciarse y se me quedó mirando. Le dije que lo sentía—y lo decía de verdad—pero ella salió disparada. Y eso fue todo. Un triste encuentro entre cuartos de baño. Nadie forzó a nadie y no hubo nada de toqueteos ni otras malas conductas. Al día siguiente cuando llegué al trabajo, ella se había ido, con un traslado a Seattle, creo.” “¿Y por qué está sacando ahora esto a colación?” preguntó Mackenzie. “Porque es lo que está de moda en estos tiempos,” espetó Ellington. Entonces sacudió la cabeza y suspiró. “Lo siento. Eso fue un comentario asqueroso.” “Sí que lo fue. ¿Me estás contando la historia entera? ¿Eso es todo lo que pasó?” “Eso es todo,” dijo él. “Lo juro.” “Estabas casado, ¿verdad? ¿Cuándo sucedió?” Ellington asintió. “No es uno de mis mejores momentos.” Mackenzie pensó en la primera vez que había pasado una cantidad importante de tiempo con Ellington. Había sido durante el caso del Asesino del Espantapájaros en Nebraska. Básicamente se le había tirado encima mientras se encontraba en medio de uno de sus propios dramas personales. Podía haber asegurado que él estaba interesado, pero, al final, él había rechazado sus avances. Se preguntaba cuánto habría pesado en su mente el encuentro con esta mujer durante esa noche en que se le ofreció por primera vez. “¿De cuánto tiempo es la suspensión?” preguntó. Ellington se encogió de hombros. “Depende. Si ella decide no montar un lío enorme al respecto, podría ser solo de un mes. Pero si va a por todas, podría ser mucho más larga. Al final, podría llevar al despido definitivo.” Mackenzie se dio la vuelta en esta ocasión. No podía evitar sentirse un tanto egoísta. Sin duda, estaba disgustada de que un hombre al que quería profundamente estuviera atravesando por algo como esto, pero al fondo de todo ello, le preocupaba más perder a su compañero de trabajo. Odiaba que sus prioridades fueran tan tendenciosas, pero así era como se sentía en ese momento. Eso y unos intensos celos que detestaba. No era el tipo celoso para nada… entonces, ¿por qué estaba tan celosa de la mujer que había denunciado el supuesto acoso? Jamás había pensado en la mujer de Ellington con un gramo de celos, así que ¿por qué con esta mujer? Porque está haciendo que cambie todo, pensó. Esa rutina aburrida en la que me estaba metiendo y a la que me estaba acostumbrando está empezando a derrumbarse. “¿En qué piensas?” preguntó Ellington. Mackenzie sacudió la cabeza y miró a su reloj de pulsera. Solo era la una del mediodía. Enseguida, empezarían a notar su ausencia en el trabajo. “Estoy pensando que tengo que regresar al trabajo,” dijo. Y dicho esto, se dio la vuelta y salió caminando de la habitación. “Mackenzie,” gritó Ellington. “Espera.” “Está bien,” le gritó ella de vuelta. “Te veo en un rato.” Se fue sin decir adiós, sin un beso, ni un abrazo. Porque a pesar de que lo había dicho, nada estaba bien. Si las cosas estuvieran bien, no estaría reprimiendo las lágrimas que parecían haber surgido de la nada. Si las cosas estuvieran bien, no seguiría intentando alejar una ira que seguía intentando ascender por dentro de ella, diciéndole que era una idiota por pensar que la vida podía ir bien ahora, que finalmente le tocaba vivir una vida normal donde los fantasmas del pasado no influyeran en todo. Para cuando llegó al coche, se las había arreglado para detener las lágrimas del todo. Le sonó el móvil, y surgió el nombre de Ellington en su pantalla. Lo ignoró, dio marcha al coche, y se dirigió de vuelta a la oficina. CAPÍTULO TRES El trabajo solo le proporcionó distancia durante unas pocas horas más. Incluso a pesar de que Mackenzie charlara con Harrison para asegurarse de que no necesitaba de su asistencia en un pequeño caso de fraude de envíos en el que estaba trabajando, había salido del edificio para las seis. Cuando llegó de vuelta al apartamento a las 6:20, se encontró a Ellington delante de la cocina. No cocinaba a menudo y, cuando lo hacía, solía deberse a que no tenía nada entre manos ni nada mejor que hacer. “Hola,” le dijo él, elevando la vista de una cazuela con lo que parecía ser algún tipo de salteado de verduras. “Hola,” dijo ella como respuesta, dejando la bolsa de su portátil sobre el sofá y entrando a la cocina. “Lamento haberme ido de esa manera.” “No hay por qué disculparse,” dijo él. “Por supuesto que sí. Fue inmaduro. Y si te soy sincera, no sé por qué me disgusta tanto.  Estoy más preocupada por perderte como compañero que por lo que esto le pueda hacer a tu trayectoria profesional. ¿Está muy mal eso o no?” Ellington se encogió de hombros. “Tiene sentido.” “Debería tenerlo, pero no lo tiene,” dijo Mackenzie. “No puedo pensar en ti besando a otra mujer, especialmente no de esa manera. Incluso aunque estuvieras borracho y hasta si fue ella la que inició las cosas, no te puedo ver de esa manera. Y hace que quiera matar a esa mujer, ¿sabes?” “Lo siento de veras,” dijo él. “Es una de esas cosas de la vida que desearía poder rectificar. Una de esas cosas que pensé que formaban parte del pasado y que ya había terminado con ellas.” Mackenzie se acercó por detrás de él y titubeante, le rodeó la cintura con los brazos. “¿Estás bien?” le preguntó. “Solo enfadado. Y avergonzado.” Parte de Mackenzie se temía que estaba siendo deshonesto con ella. Había algo en su postura, algo en eso de que no le pudiera mirar directamente a ella cuando hablaba de ello. Quería pensar que simplemente se debía a que no era fácil ser acusado de algo como esto, que le recordaran a uno algo estúpido que había hecho en el pasado. Si era honesta, la verdad es que no sabía muy bien qué creer. Desde el momento que le había visto pasando por delante de la puerta de su oficina con la caja en las manos, sus pensamientos hacia él estaban mezclados y confusos. Estaba a punto de ofrecerse a ayudar con la cena, con la esperanza de que algo de normalidad les ayudara a volver al camino recto. Pero antes de que las palabras salieran de sus labios, sonó su teléfono móvil. Se sorprendió y se preocupó un poco al ver que era McGrath. “Lo siento,” le dijo a Ellington, mostrándole la pantalla. “Probablemente debería responder a esto.” “Seguramente quiera preguntarte si alguna vez te has sentido sexualmente acosada por mí,” le dijo sarcásticamente. “Ya tuvo oportunidad esta mañana,” dijo ella antes de alejarse de los chisporroteos de la cocina para responder al teléfono. “Al habla White,” dijo, hablando directamente y casi mecánicamente, como solía hacer cuando respondía a una llamada de McGrath. “White,” le dijo. “¿Ya estás en casa?” “Sí señor.” “Necesito que vuelvas a salir. Necesito hablar contigo en privado. Estaré en el aparcamiento. Nivel Dos, Fila D.” “Señor, ¿se trata de Ellington?” “Solo ven a reunirte conmigo, White. Llega tan rápido como te sea posible.” Dicho esto, terminó la llamada, dejando a Mackenzie con una línea apagada en la mano. Se metió el teléfono al bolsillo con lentitud, y volvió a mirar a Ellington. Estaba retirando la sartén del fuego, dirigiéndose a la mesa que había en el pequeño comedor. “Tengo que llevarme algo conmigo,” dijo. “Maldita sea. ¿Es sobre mí?” “No me dijo nada,” dijo Mackenzie. “Pero creo que no. Se trata de algo diferente. Está siendo de lo más discreto.” No sabía muy bien a qué se debía, pero se guardó las instrucciones de encontrarse con él en el aparcamiento. Si era honesta consigo misma, algo al respecto no le encajaba del todo. Aun así, agarró un cuenco de los armarios, se echó algo de la cena de Ellington dentro de él, y le dio un beso en la mejilla. Ambos podían ver que resultaba mecánico y forzado. “Mantenme informado,” dijo Ellington. “Y dime si necesitas algo.” “Por supuesto,” dijo ella. Cayendo en la cuenta de que ni siquiera se había quitado de encima la pistolera y el Glock, se dirigió derecha hacia la puerta. Y no fue hasta que estuvo de vuelta en el pasillo y en dirección a su coche que se dio cuenta de que la verdad es que se sentía bastante aliviada de que le hubieran sacado de casa. *** Debía de admitir que eso de subir lentamente por el nivel 2 del aparcamiento subterráneo enfrente de la central parecía un tanto estereotipado. Las reuniones en aparcamientos subterráneos eran cosas que pasaban en los dramas policiales de televisión de poca calidad. Y en esos dramas, las reuniones oscuras en esos aparcamientos solían desembocar en algún tipo de drama. Divisó el coche de McGrath y aparcó su propio coche a unos pocos espacios de distancia. Lo cerró y se acercó paseando hasta donde estaba McGrath esperándola. Sin ninguna invitación formal a que lo hiciera, caminó hasta la puerta del copiloto, la abrió, y se montó en el coche. “Muy bien,” dijo ella. “Tanto secreto me está matando. ¿Qué es lo que anda mal?” “Nada anda mal en concreto,” dijo McGrath. “Pero tenemos un caso como a una hora de distancia en un pueblecito llamado Kingsville. ¿Lo conoces?” “Me suena de algo, pero nunca he estado allí.” “Es tan rural como te puedas imaginar, apostado en medio de la nada antes del movimiento de las interestatales de DC,” dijo McGrath. “Lo cierto es que puede que no sea un caso en absoluto. Eso es lo que necesito que averigües.” “Está bien,” dijo ella. “¿Pero por qué no podíamos tener esta reunión en tu despacho?” “Porque la víctima es el sobrino del vicedirector. Veintidós años. Parece que alguien le tiró por un puente. El departamento de la policía local de Kingsville dice que probablemente no se trate más que de un suicidio, pero el vicedirector Wilmoth quiere asegurarse.” “¿Tiene alguna razón para pensar que ha sido un asesinato?” preguntó ella. “Bueno, es el segundo cadáver que se ha hallado al fondo de ese puente en los últimos cuatro días. Seguramente sea un suicidio, si quieres saber mi opinión, pero me han hecho llegar la orden hace una hora, directamente del director Wilmoth. Quiere saberlo con certeza. También quiere que le informemos en cuanto sea posible y que se mantenga en secreto. De ahí la petición de reunirnos aquí en vez de en mi oficina. Si nos viera alguien a ti y a mí fuera de horas de trabajo, asumirían que se trata de lo que está pasando con Ellington o de que tengo alguna tarea especial para ti.” “Así que… ¿voy a Kingsville, averiguo si esto fue un suicidio o un asesinato, y te pongo al día?” “Sí. Y debido a los últimos acontecimientos respecto a Ellington, irás tú sola. Lo que no debería ser ningún problema porque espero que estés de vuelta esta misma noche diciéndome que fue un suicidio.” “Entendido. ¿Cuándo salgo para allí?” “Ahora mismo,” dijo él. “No hay momento como el presente, ¿verdad?” CAPÍTULO CUATRO Mackenzie descubrió que McGrath no había exagerado en lo más mínimo al describir Kingsville, Virginia, como un lugar en medio de la nada. Era un pueblecito que, en cuestión de identidad, se encontraba atrapado en alguna parte entre Deliverance y Amityville. Tenía un tenebroso ambiente rural, pero con ese encanto rústico de pueblecito que la mayoría de las personas se esperaba de los pueblos sureños. La noche ya había caído por completo para cuando llegó a la escena del crimen. EL puente apareció en lontananza lentamente mientras conducía su coche por una pista estrecha de gravilla. La carretera en sí misma no era una de las que mantenía el estado, aunque tampoco estuviera completamente cerrada al público. Sin embargo, cuando se acercó a menos de cincuenta metros del puente, vio que el departamento de policía de Kingsville había colocado una hilera de caballetes para evitar que nadie fuera más allá. Aparcó junto a unos cuantos coches de la policía local y después hizo pie dentro de la noche. Habían preparado unos cuantos focos, que alumbraban la empinada ribera que había a la derecha del puente. A medida que se acercaba al punto de la acción, un policía de aspecto juvenil salió de uno de los coches. “¿Eres la agente White?” preguntó el hombre, dejando que su acento sureño le atravesara el cuerpo como una cuchilla. “Lo soy,” respondió ella. “Muy bien. Puede que te resulte más fácil caminar al otro lado del puente y bajar por el otro lado de la ribera. Este lado está muy empinado.” Agradecida por el consejo, Mackenzie cruzó el puente. Tomó su pequeña linterna Maglite e inspeccionó la zona mientras la cruzaba. El puente era bastante antiguo, probablemente clausurado hacía ya tiempo para cualquier clase de finalidad práctica. Sabía que había gran número de puentes esparcidos por Virginia y Virginia Occidental que eran muy similares a este. Este puente, llamado Puente de Miller Moon según la rápida investigación que se había arreglado para realizar en las paradas de semáforos por el camino, había sido erigido en 1910 y se había cerrado al público en 1969. Y aunque esa fuera la única información que había sido capaz de obtener sobre el lugar, su investigación actual estaba revelando más detalles. No había mucho grafiti a lo largo del puente, pero sí que había una considerable cantidad de basura. Tirados por los extremos del puente había botes de cerveza, latas de refrescos, y bolsas vacías de patatas fritas, todas apiladas contra el borde metálico que sostenía los raíles de hierro. El puente no era muy largo tampoco; tenía unos veinticinco metros de largo, lo justo como para conectar las riberas empinadas y sobrepasar el río que había debajo. Resultaba robusto bajo los pies, pero su misma estructura era casi endeble de alguna manera. Era muy consciente de que estaba caminando sobre unos tableros de madera y unas vigas de soporte que se elevaban casi setenta metros en el aire. Caminó hasta el final del puente, donde comprobó que el oficial de policía tenía razón. El terreno era mucho más manejable a este otro lado. Con ayuda de su Maglite, vio un sendero pateado que se adentraba a través de hierbajos altos. La ribera descendía en un ángulo cercano a los noventa grados, pero había claros de tierra y rocas esparcidas por aquí y por allá que hacían bastante más fácil el descenso. “Espera un momento,” dijo una voz masculina por detrás suyo. Mackenzie miró hacia delante, hacia el brillo de los focos, y vio una sombra que surgía y se dirigía hacia ella. “¿Quién anda ahí?” preguntó el hombre. “Mackenzie White, del FBI,” dijo ella, buscando su placa. El dueño de la sombra se hizo visible unos momentos después. Era un hombre mayor con una enorme barba hirsuta. Llevaba un uniforme de policía, mientras que la placa sobre su pecho indicaba que se trataba del alguacil de Kingsville. Por detrás de él, podía ver las siluetas de otros cuatro agentes de policía. Uno de ellos estaba sacando fotos y moviéndose lentamente entre las sombras. “Oh, vaya,” dijo él. “Eso fue rápido.” Esperó a que Mackenzie se acercara más y entonces le extendió la mano. Le dio un firme apretón y dijo, “Soy el alguacil Tate. Encantado de conocerte.” “Igualmente,” dijo Mackenzie mientras llegaba al final de la ribera para encontrarse en un terreno llano. Se dio unos momentos para examinar la escena, perfectamente iluminada por los focos que se habían colocado a lo largo de las dos riberas del río. Lo primero que notó Mackenzie es que el río apenas lo era en absoluto—al menos no en este lugar debajo del Puente de Miller Moon. Había lo que parecían unos charcos serpenteantes de agua estancada abrazándose a los laterales y los bordes afilados de rocas y peñascos que ocupaban la zona por la que debería pasar el río. Uno de los peñascos entre los escombros era enorme, seguramente del tamaño de un par de coches. Estrellado sobre ese peñasco estaba el cadáver. El brazo derecho estaba claramente roto, doblado de manera imposible por debajo del resto del cuerpo. Una corriente de sangre descendía por el peñasco, mayormente seca pero todavía lo bastante húmeda como para que diera la impresión de que estaba circulando. “Menuda vista, ¿eh?” preguntó Tate, de pie detrás de ella. “La verdad es que sí. ¿Qué puedes decirme con certeza en este momento?” “Pues bien, la víctima es un hombre de veintidós años. Kenny Skinner. Por lo que tengo entendido, es familiar de alguien de arriba en tu jerarquía.” “Sí. El sobrino del vicedirector del FBI. ¿Cuántos hombres de los que están aquí en este momento saben eso?” “Solo yo y mi ayudante,” dijo Tate. “Ya hablamos con tus colegas en Washington. Sabemos que hay que mantener esto en secreto.” “Gracias,” dijo Mackenzie. “¿Tengo entendido que se descubrió otro cadáver aquí mismo hace unos cuantos días?” “Hace tres mañanas, sí,” dijo Tate. “Una mujer llamada Malory Thomas.” “¿Algún signo de ataque sexual?” “Bueno, estaba desnuda. Y encontramos su ropa allá arriba sobre el puente. Por lo demás, no había nada. Se asumió que se trataba de otro suicidio.” “¿Tienen muchos de esos por aquí?” “Sí,” dijo Tate con una sonrisa nerviosa. “Podría decirse que sí. Hace tres años, se mataron seis personas saltando de este maldito puente. Fue algún tipo de récord para el lugar en todo el estado de Virginia. Al año siguiente, hubo tres más. El año pasado, fueron cinco.” “¿Eran todos locales?” dijo Mackenzie. “No. De esos catorce, solo cuatro de ellos vivían en un radio de cincuenta millas.” “Y que usted sepa, ¿hay quizá algún tipo de leyenda urbana o de razonamiento para que esta gente se quitara la vida saltando de este puente?” “Oh, sin duda, hay historias de fantasmas,” dijo Tate. “Claro que hay alguna historia de fantasmas asociada con prácticamente cada puente clausurado del país. No sé. Yo culpo a esos dichosos abismos generacionales. Los chicos de hoy en día se sienten ofendidos por algo y creen que quitarse del medio es la respuesta. Es muy triste.” “¿Y qué me dice de homicidios?” preguntó Mackenzie. “¿Qué porcentaje tienen en Kingsville?” “El año pasado hubo dos. Y hasta el momento, solo uno este año. Es un pueblo tranquilo. Todo el mundo se conoce y si alguien no te cae bien, uno simplemente se mantiene alejado de esa persona. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te inclinas por el asesinato en este caso?” “Todavía no lo sé,” dijo Mackenzie. “Dos cadáveres en cuestión de cuatro días, en el mismo lugar. Creo que merece la pena investigarlo. ¿Sabe por casualidad si Kenny Skinner y Malory Thomas se conocían entre ellos?” “Probablemente. Pero no sé cómo de bien. Como ya he dicho… todo el mundo se conoce aquí en Kingsville. Pero si me estás preguntando si acaso Kenny se mató porque Malory lo hizo, lo dudo mucho. Hay una diferencia de cinco años de edad entre ellos y no andaban con la misma gente que yo sepa.” “¿Le importa que eche un vistazo?” preguntó Mackenzie. “Adelante,” dijo Tate, alejándose al instante de ella para unirse a los otros agentes que estaban estudiando la escena. Mackenzie se acercó al peñasco y al cadáver de Kenny Skinner con aprensión. Cuanto más se acercaba al cadáver, más consciente se hacía del daño que se había hecho. Había visto algunas cosas espeluznantes en su línea de trabajo, pero esta estaba entre las peores. El ribete de sangre provenía de una zona donde parecía que la cabeza de Kenny se había estrellado contra la roca. Ni se molestó en examinarlo de cerca porque el negro y el rojo iluminado por los focos no era algo que quería que le regresara a su imaginación más tarde. La fractura masiva en la parte de atrás de su cabeza afectó al resto del cráneo, distorsionando las facciones del rostro. También observó cómo su tórax y su tripa parecían haberse inflado desde dentro. Hizo lo que pudo para pasar esto por alto, examinando la ropa de Kenny y la piel a la vista en busca de signos de algo más depravado. Bajo la potente pero aun así ineficaz luz de los focos, era difícil estar segura pero después de varios minutos, Mackenzie no pudo encontrar nada. Cuando se alejó, sintió que empezaba a relajarse. Por lo visto, se había puesto tensa mientras observaba el cadáver. Regresó donde estaba el alguacil Tate, que estaba hablando con otro agente. Sonaban como si estuvieran haciendo planes para notificar a la familia. “Alguacil, ¿cree que podría encargarse de hacer que alguien reúna los historiales de esos catorces suicidios de los últimos tres años para mí?” “Claro, puedo hacer eso. Haré una llamada en un segundo y me aseguraré de que estén esperándote en comisaría. Y sabes qué… hay alguien a quien puede que quieras llamar. Hay una señora en el pueblo, trabaja desde casa como psiquiatra y profesora de niños con necesidades especiales. Me ha estado dando la lata el año pasado sobre cómo todos esos suicidios en Kingsville no pueden ser simplemente suicidios. Puede que te ofrezca algo que no encuentres en los informes.” “Eso estaría genial.” “Haré que incluyan su información de contacto en los informes. ¿Estás bien aquí?” “Por ahora, sí. ¿Me puedes dar tu número de teléfono para contactar más fácilmente?” “Claro, pero este maldito aparato me falla a veces, necesito actualizarme. Debería haberlo hecho hace unos cinco meses. Así que, si me llamas y la llamada va directamente al buzón de voz, no es que te esté ignorando. Te llamaré de inmediato. Odio los teléfonos móviles de todos modos.” Después de su perorata sobre la tecnología moderna, Tate le dio su número de móvil y Mackenzie lo guardó en su teléfono. “Te veo por ahí,” dijo Tate. “Por ahora, el forense está de camino. Estaré realmente contento cuando podamos mover ese cadáver.” Parecía algo insensible que decir, pero cuando Mackenzie volvió a mirarlo y vio el estado ensangrentado y fracturado del cadáver, no pudo evitar sentir que estaba totalmente de acuerdo. CAPÍTULO CINCO Eran las 10:10 cuando entró a la comisaría. El lugar estaba absolutamente muerto, el único movimiento provenía de una mujer de aspecto aburrido que estaba sentada a un escritorio—que Mackenzie asumió hacía las veces de servicios de emergencia del Departamento de Policía de Kingsville—y dos agentes que hablaban animadamente de política en un pasillo detrás del escritorio de la mujer. A pesar del aspecto dejado del lugar, parecía estar bien llevado. La mujer en el centro de servicios de emergencia ya había copiado los informes que había mencionado el alguacil Tate y los tenía en una carpeta esperando a que llegara Mackenzie. Mackenzie le dio las gracias y entonces le preguntó por algún hotel en la zona. Por lo visto, solo había un motel en Kingsville, a menos de dos millas de distancia del departamento de policía. Diez minutos después, Mackenzie estaba abriendo la puerta de su habitación en el Motel 6. Sin duda alguna, se había alojado en sitios peores durante su periodo como agente del FBI, pero no era probable que este fuera a recibir comentarios espectaculares en Yelp o en Google. Le prestó poca atención al estado minimalista de la habitación, dejando los archivos sobre la mesita que había junto a la cama individual y sin perder ni un minuto para ponerse a repasarlos. Hizo algunas anotaciones propias mientras leía los archivos. Lo primero y quizá más alarmante que descubrió fue que de los catorce suicidios que habían tenido lugar en los últimos tres años, once habían tenido lugar en el Puente de Miller Moon. Los otros tres incluían dos suicidios por arma de fuego y un solo caso de alguien que se había colgado de la viga de un ático. Mackenzie sabía lo bastante sobre pueblos pequeños como para entender el atractivo de un hito rural como el Puente de Miller Moon. Su historia y el misterio general de su abandono eran atrayentes, sobre todo para los adolescentes. Y, como mostraban los informes enfrente de ella, seis de los catorce suicidios habían sido de chicos menores de veintiún años. Echó una ojeada a los informes; aunque no eran tan detallados como le hubiera gustado, estaban por encima de lo que cabía esperar de los departamentos de policía locales de pueblos pequeños. Anotó varias cosas, creando una lista exhaustiva de detalles que le pudieran ayudar a llegar al fondo de las múltiples muertes que estaban asociadas con el Puente de Miller Moon. Tras una hora más o menos, tenía lo suficiente como para fundamentar algunas opiniones generales. En primer lugar, de los catorce suicidios, exactamente la mitad habían dejado notas. Las notas dejaban claro que habían tomado la decisión de terminar con sus vidas. Cada informe tenía una fotocopia de la carta y todas ellas expresaban lamentaciones de alguna u otra forma. Decían a sus seres queridos que los querían y expresaban desgracias que no habían podido superar. Los otros siete casi podían ser considerados como clásicos casos de sospecha de asesinato: cuerpos que se descubrieron de repente, en muy mal estado. Uno de los suicidios, una chica de diecisiete años, había mostrado pruebas de actividad sexual reciente. Cuando hallaron el DNA de su pareja en su cuerpo, él había proporcionado pruebas en forma de mensajes de texto de que ella había venido a su casa, habían tenido relaciones sexuales, y después se había marchado. Y por lo que parecía, ella se había tirado desde el Puente de Miller Moon unas tres horas después. El único caso de los catorce que podía entender que hubiera provocado algún tipo de investigación más a fondo era el triste y desafortunado suicidio de un chico de dieciséis años. Cuando le habían encontrado sobre esas rocas ensangrentadas debajo del puente, había moratones en su pecho que no encajaban con ninguna de las heridas que hubiera podido sufrir debido a la caída. En unos pocos días, la policía había descubierto que el chico había recibido palizas habituales de su padre alcohólico que, tristemente, había tratado de suicidarse tres días después del descubrimiento del cadáver de su hijo. Mackenzie terminó su sesión de investigación con el informe recién recopilado sobre Malory Thomas. Su caso destacaba un poco de los demás debido a que la habían encontrado desnuda. El informe mostraba que habían hallado sus ropas en una pila bien ordenada sobre el puente. No había signos de abusos, ni de actividad sexual reciente, o de juego sucio. Por una u otra razón, simplemente parecía que Malory Thomas había decidido dar ese salto como vino al mundo. Eso resulta raro, pensó Mackenzie. Fuera de lugar, la verdad. Si te vas a quitar la vida, ¿por qué querrías estar así de expuesta cuando encontraran tu cadáver? Lo consideró por un momento y entonces se acordó de la psiquiatra que había mencionado Tate. Claro que, como ya era casi medianoche, era demasiado tarde para llamarle por teléfono. Medianoche, pensó. Miró su teléfono, sorprendida de que Ellington no hubiera tratado de contactar con ella. Se imaginó que estaba actuando de manera inteligente—y que no quería molestarle hasta que creyera que se encontraba en un buen punto emocional. Y honestamente, ella no estaba segura de dónde se encontraba. Así que él había cometido un error en su vida mucho antes de conocerla… ¿por qué diablos debería enfadarse tanto por algo así? No estaba segura, pero sabía que lo estaba… y en ese momento, eso era todo lo que realmente importaba. Antes de prepararse para irse a dormir, miró la tarjeta de visita que la mujer de comisaría había colocado dentro del archivo. Tenía el nombre, el número, y la dirección de email de la psiquiatra local, la doctora Jan Haggerty. Con la intención de estar tan preparada como fuera posible, Mackenzie le envió un email, diciéndole a la doctora Haggerty que estaba en el pueblo, por qué estaba aquí, y pidiéndole que se reunieran en cuanto fuera posible. Mackenzie pensó que, si no había recibido una llamada de Haggerty para las nueve de la mañana, le llamaría ella misma. Antes de apagar las luces, pensó en llamar a Ellington, solo para ver cómo estaba. Le conocía muy bien; seguramente estaba dándose una fiesta de autocompasión, tomándose varias cervezas con planes de quedarse frito en el sofá. Pensar en él en este estado le facilitó mucho más la decisión. Apagó las luces y, en la oscuridad, empezó a sentir que se encontraba en un pueblo que era más tenebroso que los demás. El tipo de pueblo que escondía algunas cicatrices horrendas, condenadas a la oscuridad eterna no debido al ambiente rural sino gracias a cierto hito que había en una pista de gravilla a unas seis millas de donde reposaba su cabeza en este preciso instante. Y a pesar de que hizo lo que pudo para despejar la mente, se quedó dormida con imágenes de adolescentes suicidándose, saltando desde lo alto del Puente de Miller Moon. CAPÍTULO SEIS Mackenzie se despertó sobresaltada por el sonido de su teléfono móvil. El reloj de la mesita le informó de que eran las 6:40 cuando extendió la mano para agarrarlo. Vio el nombre de McGrath en la pantalla, tuvo solo el tiempo suficiente para desear que hubiera sido Ellington en vez de él, y entonces lo respondió. “Aquí la Agente White.” “White, ¿dónde estamos en lo que se refiere al caso del sobrino del director Wilmoth?” “Pues bien, en este momento parece que sea un suicidio bastante claro. Si todo sale como creo que va a salir, debería estar de regreso en DC esta tarde.” “¿Nada de juego sucio?” “Por lo que puedo ver, no. Si no le importa que le pregunte… ¿está buscando el director Wilmoth juego sucio?” “No, pero seamos realistas… un suicidio en la familia de un hombre de su posición no va a tener buena pinta. Solo quiere los detalles antes de que los obtenga el público.” “Mensaje recibido.” “White, ¿acaso te he despertado?” le preguntó bruscamente. “Por supuesto que no, señor.” “Mantenme informado sobre todo esto,” dijo antes de terminar la llamada. Maldita manera de despertarse, pensó Mackenzie mientras salía de la cama. Se fue a la ducha y cuando terminó, envuelta en una toalla, salió del cuarto de baño al escuchar que sonaba su teléfono de nuevo. No reconoció el número, así que lo respondió de inmediato. Con el pelo todavía húmedo, respondió: “Al habla la agente White.” “Agente White, soy Jan Haggerty,” dijo una voz de tono sombrío. “Acabo de leer su email.” “Gracias por responderme tan deprisa,” dijo Mackenzie. “Ya sé que es mucho pedir para alguien con su profesión, pero ¿hay alguna manera de que nos pudiéramos reunir para charlar en algún momento del día?” “Eso no es ningún problema,” dijo Haggerty. “Mi consulta está en mi casa y hoy no tengo mi primera cita hasta las nueve y media de la mañana. Si me da media hora más o menos para prepararme para el día, puedo verla esta misma mañana. Prepararé algo de café.” “Suena estupendo,” dijo Mackenzie. Haggerty le dio a Mackenzie su dirección y terminó la llamada. Con media hora por delante, Mackenzie decidió hacer lo más adulto y llamar a Ellington por teléfono. No les haría ningún bien a ninguno de los dos esconderse del asunto que tenían entre manos y simplemente esperar que el otro se olvidara de ello o que lo pudiera barrer debajo de la alfombra sin más. Cuando le respondió a la llamada, sonaba cansado. Mackenzie asumió que le había despertado, lo que no era del todo sorprendente ya que solía dormir hasta tarde cuando estaba libre. Pero también estaba bastante segura de que detectaba algo de esperanza en su voz. “Hola,” le dijo. “Buenos días,” dijo ella. “¿Cómo estás?” “No lo sé,” dijo Ellington casi al instante. “Malhumorado sería la mejor manera de describirlo, pero sobreviviré. Cuantas más vueltas le doy, más seguro estoy de que esto se acabará desvaneciendo. Tendré una pequeña mancha en mi historial, pero siempre y cuando pueda volver al trabajo, creo que me las arreglaré. ¿Qué hay de ti? ¿Cómo va tu caso super secreto?” “Prácticamente terminado, creo,” dijo ella. Cuando le había llamado la noche anterior de camino a Kingsville, no había compartido demasiada información con él, diciéndole solo que no se trataba de un caso en el que ella corriera ningún peligro. También tuvo cuidado de no divulgar demasiada información por ahora. A veces esto solía pasar entre agentes cuando un caso estaba cerrado o a punto de concluirse. “Bien,” dijo él. “Porque no me gusta como terminaron las cosas entre nosotros cuando te fuiste. Yo… en fin, no sé por qué necesito disculparme. Pero sigo creyendo que te he hecho un flaco favor con todo este asunto.” “Es lo que hay,” dijo Mackenzie, odiando el sonido de un cliché como este saliendo de sus labios. “Debería estar de regreso esta noche. Podemos hablar de ello después.” “Suena bien. Ten cuidado.” “Tú también,” dijo ella con una risa forzada. Terminaron la llamada y aunque se sentía un poco mejor después de hablar con él, no podía negar la tensión que todavía sentía. Sin embargo, no se permitió tomarse un tiempo para considerarlo. Se dirigió hacia Kingsville en busca de algo que comer para pasar el tiempo que le quedaba antes de ir a casa de la doctora Haggerty. *** La doctora Haggerty vivía sola en una casa de dos plantas de estilo colonial. Estaba asentada en el centro de un hermoso jardín delantero. Un grupo frondoso de encinas y robles en el patio de atrás rodeaban la casa por detrás como si se tratara de una sombra provista por la propia naturaleza. La doctora Haggerty se encontró con Mackenzie en la puerta principal con una sonrisa y el aroma de café fuerte recién hecho que venía de la cocina. Parecía tener cincuenta y muchos, con una melena de cabello que todavía se las arreglaba para mantener la mayoría de su castaño claro. Sus ojos le escudriñaron a Mackenzie desde detrás de un par de pequeñas gafas. Cuando invitó a Mackenzie a pasar adentro, hizo gestos a través de la puerta con sus brazos raquíticos y una voz que apenas era más alta que un susurro. “Gracias de nuevo por quedar conmigo,” dijo Mackenzie. “Sé que le avisé con poco tiempo.” “No se preocupe en absoluto,” dijo ella. “Entre usted y yo, espero que podamos encontrar razones suficientes como para que hagamos que el alguacil Tate le dé la lata al condado para que derriben ese maldito puente.” Haggerty sirvió una taza de café a Mackenzie y las dos mujeres se sentaron a la mesita en un pintoresco rincón de desayuno adyacente a la cocina. Un ventanal al lado de la mesa daba a esos robles y encinas del patio de atrás. “¿Presumo que ya le han informado de las noticias de ayer por la tarde?” preguntó Mackenzie. “Así es,” dijo Haggerty. “Kenny Skinner. De veintidós años, ¿no es cierto?” Mackenzie asintió mientras le daba un sorbito al café. “Y también Malory Thomas varios días antes. Entonces… ¿puede decirme por qué ha estado dándole la lata al alguacil sobre ese puente?” “Bueno, Kingsville tiene muy poco que ofrecer. Y aunque nadie en los pueblos pequeños guste de admitirlo, lo cierto es que estos pueblos no ofrecen nada a los adolescentes y a los adultos jóvenes. Y cuando eso sucede, estos hitos morbosos como el Puente de Miller Moon se hacen icónicos. Si echa un vistazo a los historiales del pueblo, ha habido gente que se ha quitado la vida en ese puente desde 1956, cuando todavía estaba abierto al tránsito. Los chicos de hoy en día están expuestos a tanta negatividad y problemas de autoestima que algo tan icónico como ese puente se puede acabar convirtiendo en mucho más. Los niños que están buscando una salida del pueblo van al extremo y ya no se trata de escapar del pueblo… sino de escapar de la vida.” “Entonces… ¿usted cree que el puente les da a los niños suicidas una salida fácil?” “No una salida fácil,” dijo Haggerty. “Es casi como una luz para ellos. Y todos los que han saltado del puente previamente les han abierto el camino. Ese puente ya ni siquiera es un puente. Es una plataforma de suicidio.” “Anoche, el alguacil Tate también dijo que le parece difícil de creer que todos estos suicidios sean simplemente suicidios. ¿Me lo puede explicar mejor?” “Sí… y creo que puedo utilizar a Kenny Skinner como ejemplo. Kenny era un chico popular. Entre usted y yo, seguramente no iba a llegar a hacer nada extraordinario. Probablemente estaría perfectamente bien pasándose el resto de su vida aquí, trabajando en la Tienda de Repuestos de Tractores y Neumáticos de Kingsville. Pero tenía una buena vida aquí, ¿sabe? Por lo que yo sé, era un chico bastante popular con el sexo opuesto y en un pueblo como este—diablos, en un condado como este—eso prácticamente garantiza algunos fines de semana bastante divertidos. Hablé personalmente con Kenny el mes pasado cuando pasé con el coche por encima de una punta. Él lo arregló para mí. Era amable, estaba riéndose todo el tiempo, un chico con buenos modales. Me resulta difícil de creer que se matara de tal manera. Y si regresa a la lista de personas que han saltado de ese puente en los últimos tres años, hay al menos uno o dos que me resultan de lo más sospechoso… gente a la que jamás hubiera imaginado suicidándose.” “Así que ¿usted cree que hubo juego sucio en esos casos?” preguntó Mackenzie. Haggerty se tomó un momento antes de responder. “Es una sospecha que tengo, pero no me sentiría cómoda diciendo algo como eso con absoluta certeza.” “¿Y asumo que esa sensación se basa en su opinión profesional y no solo se trata de alguien apenado porque haya tantos suicidios en su pueblecito?” preguntó Mackenzie. “Eso es correcto,” dijo Haggerty, pero pareció hasta un tanto ofendida por la naturaleza de la pregunta. “Por casualidad, ¿acaso atendió en alguna ocasión a Kenny Skinner o a Malory Thomas como clientes?” “No. Ni a ninguna de las otras víctimas desde al menos 1996.” “Entonces, ¿ha conocido al menos a una de las personas que se han suicidado en el puente?” “Sí, en una ocasión. Y en ese caso, lo vi venir. Hice todo lo que pude para convencer a la familia de que ella necesitaba ayuda. Sin embargo, para cuando me las arreglé para conseguir que lo pensaran, se tiró del puente. Verá… en este pueblo, el Puente de Miller Moon es sinónimo con suicidio. Y por eso me gustaría que el condado lo derribara.” “¿Porque le parece que básicamente atrae a cualquiera que tenga pensamientos suicidas?” “Exactamente.” Mackenzie percibió que la conversación había terminado. Y eso le parecía bien. Podía decir de inmediato que la doctora Haggerty no era la clase de persona que exagerara las cosas solo para que le escucharan. Aunque había tratado de quitarle importancia por miedo a equivocarse, Mackenzie estaba bastante segura de que Haggerty creía firmemente que al menos algunos de los casos no eran suicidios. Y ese atisbo de escepticismo era todo lo que necesitaba Mackenzie. Si había incluso la más leve posibilidad de que cualquiera de los últimos dos cadáveres fueran asesinatos y no suicidios, quería saberlo con certeza antes de regresar a DC. Terminó con el café, le dio las gracias a la doctora Haggerty por su tiempo, y se dirigió de vuelta a la calle. De camino al coche, miró al bosque que bordeaba la mayor parte de Kingsville. Miró hacia el oeste, donde se escondía el Puente de Miller Moon al fondo de una serie de carreteras secundarias y una pista de gravilla que parecía indicar que todos los que la transitaban estaban llegando al final de algo. Mientras pensaba en esas rocas manchadas de sangre al fondo del puente, la comparación le provocó un escalofrío en el corazón. La alejó de sí, dando marcha al motor y sacando el teléfono móvil. Si iba a obtener una respuesta definitiva sobre todo esto, necesitaba tratarlo como si fuera un caso de asesinato. Y con esa mentalidad, se imaginó que necesitaba empezar a hablar con los familiares de los recientemente fallecidos. CAPÍTULO SIETE Antes de visitar a la familia de Kenny Skinner, Mackenzie telefoneó a McGrath para obtener permiso explícito. Su respuesta fue breve, clara y concisa: No me importa si tienes que hablar con alguien del maldito equipo de béisbol de la Liga Infantil, solo que averigües lo que pasa. Esa confirmación le empujó a la residencia de Pam y Vincent Skinner. Por lo que McGrath le había explicado, Pam Skinner solía llamarse Pam Wilmoth. Hermana mayor del director Wilmoth, trabajaba desde casa como especialista en propuestas para una agencia del medio ambiente. Por lo que se refería a Vincent Skinner, era el propietario de la Tienda de Repuestos de Tractores y Neumáticos de Kingsville, y había empleado a su hijo Kenny desde que tenía quince años. Cuando Mackenzie llamó a la puerta, ninguno de los Skinner salió a recibirla. En vez de ellos, salió el pastor de la Iglesia Presbiteriana de Kingsville. Cuando Mackenzie le mostró su placa y le dijo por qué estaba allí, la dejó pasar y le pidió que esperara en el recibidor. La familia Skinner vivía en una bonita casa en una esquina de lo que asumió se consideraba como el centro urbano de Kingsville. Podía oler a algo que se estaba cocinando, cuyo aroma salía de un largo pasillo. En alguna otra parte de la casa, podía escuchar cómo sonaba un teléfono móvil. También escuchaba la voz apagada del pastor, mientras les decía a Pam y a Vincent Skinner que había llegado una señora del FBI para hacerles unas cuantas preguntas sobre Kenny. Llevó unos cuantos minutos, pero finalmente, salió Pam Skinner a saludarla. La mujer tenía el rostro enrojecido de llorar y daba la impresión de que no había pegado ojo la noche anterior. “¿Es usted la agente White?” le preguntó. “Así es.” “Gracias por venir,” dijo Pam. “Mi hermano me dijo que vendría en algún momento.” “Si es demasiado pronto, puedo—” “No, no, quiero contárselo ahora,” dijo ella. “¿Está su marido en casa?” “Ha optado por quedarse en la sala de estar con el pastor. Vincent se lo tomó realmente mal. Se desmayó dos veces anoche y atraviesa estos momentos en que simplemente se niega a creer lo que ha pasado y—” Como si llegara de la nada, un enorme sollozo se escapó de la garganta de Pam y se apoyó contra la pared. Detuvo su respiración y reprimió lo que Mackenzie podía asegurar era su pena que trataba de salir a la superficie. “Señora Skinner… puedo volver más tarde.” “No. Ahora, por favor. Me he tenido que mantener entera toda la noche para Vincent. Puedo arreglármelas para hacerlo unos cuantos minutos más para usted. Pero… venga a la cocina.” Mackenzie siguió a Pam Skinner por el pasillo hasta la cocina, donde Mackenzie empezó a reconocer el aroma que había percibido antes. Por lo visto, Pam había metido unos bollos de canela al horno, quizá en un intento de seguir posponiendo su sufrimiento por su marido. Pam los echó un vistazo con pocas ganas mientras Mackenzie se sentaba en un taburete junto a la barra de la cocina. “Hablé con la doctora Haggerty por la mañana,” dijo Mackenzie. “Ha estado presionando para que derriben el Puente de Miller Moon. El nombre de su hijo surgió en la conversación, Dijo que le parece muy difícil de creer que Kenny se hubiera quitado la vida.” Pam asintió con firmeza. “Y tiene toda la razón. Kenny nunca se hubiera quitado la vida. La idea es absolutamente ridícula.” “¿Tiene alguna razón válida y contundente para sospechar que alguien quisiera hacerle daño a su hijo?” Pam sacudió la cabeza, tan furiosamente como había asentido hacía unos instantes. “He pensado en ello toda la noche. Y me trajo a la mente algunas verdades desagradables sobre Kenny, por supuesto. Hay unos cuantos chicos que no le aprecian demasiado porque Kenny solía quitarles la novias a muchos de ellos. Pero nunca llegó a nada serio.” “Y las últimas semanas, ¿no le ha oído decir algo a Kenny o quizá le ha visto actuar de cierta manera que pudiera indicar que estaba teniendo pensamientos de hacerse daño?” “No. Nada de eso. Incluso cuando Kenny estaba de mal humor, se las arreglaba para iluminar una habitación. Rara vez se enfadaba por nada. No era un chico perfecto, pero por Dios santo, no creo que hubiera ni una onza de odio o de ira dentro de él. Simplemente me resulta más allá de lo comprensible pensar que se haya quitado la vida.” Se le escapó otro sollozo de la garganta entre las palabras quitado y la vida. “¿Sabe si tenía algún tipo de vínculo con ese puente?” preguntó Mackenzie. “No más que otros adolescentes y adultos jóvenes del pueblo. Estoy segura de que en ocasiones bebió o flirteó allá abajo, pero nada fuera de lo normal.” Mackenzie podía percibir cómo el dique estaba a punto de romperse dentro de Pam Skinner. Un minuto o dos más y ella se derrumbaría. “Una pregunta más, y por favor sepa que he de hacerla. ¿Cómo de segura está de que conocía bien a su hijo? ¿Cree que pueda haber alguna clase de secretos de una vida oculta que estuviera manteniendo a escondidas de usted y de su marido?” Se quedó pensativa por un instante mientras le corrían las lágrimas por las mejillas. Lentamente, dijo: “Supongo que todo es posible, pero si Kenny estaba escondiendo una segunda vida de nosotros, lo estaba haciendo con la pericia de un espía. Y aunque era un gran chico, no se comprometía mucho con las cosas. Que hubiera escondido algo como esto…” “La entiendo,” dijo Mackenzie. “Le voy a dejar para que procese esto ahora, pero por favor, si se le ocurre cualquier otra cosa en los próximos días, llámeme de inmediato.” Dicho eso, Mackenzie se puso en pie y colocó su tarjeta de visita sobre el mostrador. “Lamento muchísimo su pérdida, señora Skinner.” Mackenzie salió deprisa pero no de manera grosera. Podía sentir el peso de la pérdida familiar hasta que estuvo afuera, con la puerta cerrada detrás suyo. Incluso entonces, de camino al coche, podía escuchar los sonidos de Pam Skinner finalmente entregándose a su pesar. Era increíblemente abrumador y le rompió un poco el corazón a Mackenzie. Hasta cuando ya estaba en la salida a la carretera, el ruido de los sollozos de Pam Skinner le recorría la mente como una brisa de otoño azotando las hojas muertas en una calle abandonada. CAPÍTULO OCHO No había un solo forense en todo el condado. Lo que es más, la oficina del examinador médico se encontraba a una hora y media de Kingsville, en Arlington. En vez de conducir de regreso a DC para probablemente acabar regresando a Kingsville, Mackenzie volvió a su habitación de motel y realizó una serie de llamadas. Diez minutos más tarde, estaba llamando para comenzar una sesión en Skype con el forense que había supervisado los cadáveres de Malory Thomas y Kenny Skinner. El cadáver de Kenny Skinner todavía no estaba completamente preparado y listo para ser evaluado lo cual dificultaba las cosas todavía más. Aun así, Mackenzie comenzó la llamada y esperó a la respuesta. El hombre que le respondió era alguien con quien Mackenzie había trabajado unas pocas veces en otros casos, un hombre de mediana edad con pelo canoso enervado llamado Barry Burke. Era agradable ver un rostro familiar después de la mañana que había pasado. Todavía no se había quitado del todo de encima los sonidos de la pérdida que habían salido de Pam Skinner mientras ella dejaba la casa. “Hola, agente White,” dijo Burke. “Hola. Me dicen que todavía no hay gran cosa que podamos decir del cadáver de Kenny Skinner, ¿no es cierto?” “Me temo que sí. A riesgo de sonar algo bestia, es algo realmente horrible. Si me dices lo que estás buscando lo puedo poner a la cabeza de la lista de prioridades.” “Cualquier arañazo o moratón reciente. Cualquier signo de que pudiera haberse metido en una pelea.” “Muy bien, lo haré. Y entonces… entiendo que necesitas saber lo mismo sobre Malory Thomas, ¿verdad?” “Así es. ¿Tienes alguna cosa?” “Pues mira por donde, puede que sí. Odio decirlo, pero cuando recibimos un cadáver qué obviamente es de alguien que se ha suicidado, hay ciertas cosas que al instante van al fondo de nuestra lista de prioridades. Y sí…  encontramos algo en Malory Thomas que, honestamente, podría no tratarse de nada, pero si estás buscando arañazos…” “¿Qué es lo que tienes?” “Dame un segundo y te envío una foto,” le dijo. Él pulsó unas cuantas veces y entonces surgió el icono del sujetapapeles en la ventana de Skype. Mackenzie hizo clic en él y se abrió un JPEG en su pantalla. Estaba mirando la parte inferior de la mano derecha de Malory Thomas. Mackenzie amplió la foto y al instante vio a lo que se refería Burke. Entre el primero y el segundo nudillo de 3 de sus dedos había cortes y laceraciones muy claras. Los cortes eran de aspecto desigual y aunque no estaban ensangrentados resultaban espeluznantes y crudos. Había dos arañazos muy grandes en la parte superior de la palma de su mano que también parecían ser bastante recientes. Por último, parecía haber algún tipo de muesca leve en la carne de la mano, justo por encima de la palma en forma de un pequeño semicírculo. Por alguna razón, esta destacaba entre todas las demás. Resultaba extraña, y por lo general eso quería decir que se trataba de la pista que andaba buscando. “¿Te ayuda esto en algo?”  dijo Burke. “Todavía no lo sé,” dijo Mackenzie. “Pero es más de lo que tenía hace un minuto.” “También puede que esto sea importante…  un segundo.” Burke se alejó de su escritorio durante unos 10 segundos y entonces regresó de nuevo frente a la pantalla. Llevaba en la mano una pequeña bolsa de plástico. Dentro de ella había lo que parecía ser un trozo de corteza de árbol. Lo sostuvo frente a la cámara. Mackenzie vio un pedazo de madera de una pulgada de ancho y pulgada y media de largo. “Esto estaba en su cabello,” dijo Burke. “Y la única razón por la que nos resultó interesante es porque fue la única pieza que encontramos en su cabello. Normalmente, cuando se encuentra algo así en un cadáver, hay una gran cantidad. Esquirlas de madera, gravilla cosas así, pero este era el único trozo.” “Pregunta extraña para ti,” dijo Mackenzie. “¿Puedes tomar una foto de eso y enviármela por email?” “Uf, esa es una de las peticiones menos extrañas que he recibido esta semana. Privilegios de la profesión ya sabes.” “Gracias por la reunión,” dijo Mackenzie. “¿Tienes idea de cuándo vas a poder echar un vistazo más a fondo a Kenny Skinner?” “Espero que en unas pocas horas.” “Espero estar de regreso en DC esta noche. Te llamaré cuando regrese y ojalá pueda pasarme por allí.” Tras acordar estos planes, concluyeron la llamada. Mackenzie envió por email la foto de la mano de Malory Thomas a su teléfono móvil y entonces salió de casa. Pensaba en los arañazos y en esa muesca apenas visible en la mano de la mujer, además de la pieza de madera. Sin duda alguna, todo esto significaba algo… podía sentir como trataba de encajar dentro de su cabeza. En vez de devanarse los sesos en el motel, pensó que no habría mejor lugar para repasarlo que la misma escena del supuesto crimen. Su única esperanza era que el puente de Miller Moon fuera menos sombrío y siniestro a la luz del día. *** Cuando llego al desvío que llegaba a la pista de gravilla que acababa en el Puente de Miller Moon, se alegró de ver un coche de la policía del condado aparcado al volver del puente. El agente de aspecto aburrido levantó la vista cuando ella aparcó su coche. Le mostró su placa y él le hizo una señal con la mano después de hacer un esfuerzo para mirarla de lejos. Después de unos 400 metros se encontró con una señal que decía: FIN DE MANTENIMIENTO ESTATAL. Era en ese punto en que la pista se hacía poco más que un camino de gravilla. Se lo tomó con calma, escuchando los crujidos de los pedruscos debajo del coche que iba levantando polvo a su paso. Después de otra milla, se hicieron visibles los puntales blancos del Puente de Miller Moon, que se elevaban ligeramente en el aire en ángulo diagonal. Dobló una curva y entonces vio el puente entero que se expandía por encima del abismo debajo del cual corría un lecho de río muy seco. Aunque no parecía tan escalofriante a la luz del día, sin duda alguna la estructura mostraba su antigüedad. Aparcó a varios metros de distancia de donde comenzaban los tablones de madera. Trató de imaginarse cómo hubiera sido conducir un coche hasta el otro lado de este puente hace 30 o 40 años y el mero pensamiento le aterrorizó.  Cuando puso el pie en los tableros miró hacia el otro lado. Había dos barreras de cemento que serían de poco más de un metro de largo entre el final del puente y el principio de una carretera que claramente ya no estaba en uso. Parecía literalmente que estuviera poniendo el pie en el mismísimo fin del mundo donde todo llegaba a su final. Mientras caminaba lentamente por el puente, buscó la foto de la mano de Malory. También abrió el archivo adjunto que le había enviado Burke por email después de su conversación en Skype. Abrió la imagen de la pieza de madera, para tener las dos a la vista. No tenía ni idea de lo que estaba buscando, pero sentía la confianza de que sabría lo que era cuando sus ojos lo vieran. Y resulta que no tardó mucho en hacerlo. Caminó como unos tres metros por el puente cuando notó la disposición de las vigas y los puntales que recorrían los laterales del puente. Por supuesto, todos ellos iban por debajo para hacer de soporte, pero al otro lado de los raíles blancos que separaban el puente del espacio abierto que le seguía, había un puntal de hierro que sobresalía unos 60 centímetros del puente. Era lo bastante ancho como para que alguien se pusiera allí de pie. Echó un vistazo al resto del puente y contó tres puntales distintos. Se acercó al raíl y se agachó para echar un vistazo más de cerca. El puntal que había delante de ella soportaba otros 5 puntales más pequeños que pasaban por debajo del puente. Los más pequeños estaban unidos a los más grandes con tornillos grandes, y los tornillos estaban cubiertos de lo que parecían ser unas cubiertas de metal lisas, gastadas y oxidadas por el tiempo. Mackenzie miró la foto de la palma de la mano de Malory, ampliando la muesca que había en la piel. Ligeramente circulares, las curvas se asemejaban mucho a la circunferencia de las cubiertas metálicas en los puntales. Pasó el dedo con cuidado por la cubierta metálica. Sin duda, estaba alisada—y seguramente la habían colocado allí para ocultar el borde más áspero del tornillo industrial que habían utilizado para enganchar los puntales—pero los extremos de las cubiertas estaban ásperos en los bordes. Mackenzie se puso de pie y lentamente caminó un poco más allá del fondo. Vio la misma disposición, una y otra vez. Cinco tornillos, cuyos extremos estaban cubiertos por esas cubiertas lisas de hierro. Entonces había una apertura en la disposición de las cubiertas y después había otras cinco. Contó 3 grupos de 5 en el primer puntal de hierro, y después 5 en el siguiente. Sin embargo, no llegó al tercer puntal de hierro de la última parte del puente. Cuando estaba a mitad de camino por el puente, llegó junto a donde la base de madera del marco del puente sobresalía solamente un poquito por debajo del puntal de hierro. No demasiado… quizás 3 pulgadas, pero esto fue suficiente para que Mackenzie se diera cuenta de que las vigas y los puntales por debajo del puente estaban parcialmente hechos de madera—quizás se tratara solamente del marco original o de una construcción adicional. Se puso de nuevo de rodillas y se inclinó un poco sobre los raíles de seguridad. Pasó su mano por el trozo de madera que estaba a la vista. Era viejo y estaba descascarillado, pero resultaba bastante duro. Comparó el color y la textura de la madera con la pieza que Burke le había mostrado. Incluso con el brillo de su teléfono, podía afirmar que se trataba de los mismos. Claro que, si ella saltó, ¿cómo diablos llegó a su cabello? Estaba bastante segura de que la foto de la palma de la mano de Malory respondería a esa pregunta. Y si la marca de una de esas cubiertas estaba en la palma de su mano, es porque ella no saltó. Estaba colgada del puente… quizá tratando de salvarse a sí misma. Y el trozo de madera en su cabello… si estaba colgada de este mismo punto, no es difícil de creer que un pequeño trozo de esta madera tan vieja hubiera acabado en su cabello mientras ella trataba de agarrarse con más fuerza. Deslizó su dedo sobre las 5 cubiertas en el puntal que tenía delante, una por una. Cuando llegó a la penúltima, notó una aspereza en el borde de la cubierta. Sin duda era lo bastante como para hacer esas marcas tan leves en la mano de Malory. Con el corazón saltándole en el pecho, Mackenzie miró por encima de los raíles. Las rocas que habían acabado matando a Malory Thomas y Kenny Skinner aguardaban allí abajo. Hasta desde esta altura, podía ver la descoloración donde había habido sangre hacía menos de 12 horas. Estoy justo donde ellos estuvieron, pensó Mackenzie. Estuvieron aquí mismo de pie unos momentos antes de morir. Entonces volvió a mirar la foto de la muesca en la palma de la mano de Malory, y volvió a mirar las cubiertas de los tornillos. Y corrigió ese pensamiento: Estuvieron aquí mismo de pie unos momentos antes de ser asesinados. CAPÍTULO NUEVE Mackenzie no tenía recepción en el teléfono hasta que regresó a la pista de gravilla, por lo que no pudo llamar a McGrath para darle las noticias hasta diez minutos después. Su secretaria le dijo que se encontraba fuera de su despacho y que no respondía al teléfono. Decidió no dejarle ningún mensaje y, en vez de ello, llamó al alguacil Tate. Tate tampoco le respondió, pero cuando le salió el buzón de voz, se acordó de que le había dicho que su teléfono desfasado estaba comportándose mal. Colgó, frustrada, pero antes de que le diera tiempo a enfadarse, Tate le llamó directamente de vuelta. “Ya te lo dije,” dijo él. “Este maldito teléfono. De todos modos, ¿qué puedo hacer por ti, agente White?” “¿Con que rapidez nos podemos encontrar en la comisaría con algunos de tus mejores hombres?” “Estoy en la comisaría ahora mismo. Y si se refiere a Kenny Skinner, entonces la única otra persona que lo sabe es mi ayudante, como te dije anoche. Puedo hacer que regrese aquí en unos veinte minutos. ¿Por qué? ¿Qué pasa?” “Hay unas cuantas cosas de las que te quiero informar.” “¿Encontraste algo?” le preguntó, con curiosidad instantánea. También sonaba un tanto excitado y Mackenzie no supo muy bien cómo tomárselo. “La verdad es que prefiero esperar hasta que nos veamos allí. A propósito… ¿tienes alguna manera de que pueda llamar a DC?” “Solo tenemos un viejo teléfono de botones. Podemos poner una conferencia con alguien si hace falta.” Se sintió un poco consentida cuando esto le decepcionó. Sin embargo, le dio las gracias y terminó la llamada. Se encontraba a cinco minutos de distancia de la comisaría de Kingsville cuando le llamó McGrath de vuelta. Después de repasar los detalles de lo que había descubierto, él se quedó en silencio un momento. Finalmente, en el momento en que estaba a punto de meterse al aparcamiento de la comisaría, le habló. “¿Estás segura de eso?” le preguntó, “Estoy lo bastante segura como para afirmar que sin duda se merece una investigación.” “Con eso me basta. Encuentra la manera de tenerme en esa reunión que estás a punto de tener. Quiero mantenerme cerca en este caso.” “Así lo haré. Dame unos cuantos minutos.” Aparcó y entró a la comisaría. El alguacil Tate estaba sentado detrás de la zona de patio, esperándola. Cuando entró a la recepción, él se acercó rápidamente para saludarla. Mientras la escoltaba hacia la parte de atrás del pequeño edificio, le habló en susurros. “Me las arreglé para que uno de mis chicos se figurara la manera de que pudieras realizar una llamada de video desde uno de nuestros portátiles. Estoy seguro que no será de la misma calidad técnica a la que estás acostumbrada en DC, pero es todo lo que tenemos aquí.” “Está bien, eso debería ser suficiente.” Tate le guió a la sala de conferencias donde había un MacBook bastante antiguo sobre una mesa de madera. Había otro hombre sentado al final de la mesa, que le saludó con la mano cuando entró. Entonces se puso de pie y le ofreció su mano. “Ayudante Andrews,” le dijo. “Encantado de conocerte, agente White.” Se trataba de un hombre bajito y fornido, más bien gordito, con esa clase de duro encanto sureño que podía resultar encantador o un tanto desagradable. Por el momento, Mackenzie no podía decidirse por cuál de ambos encajaba con Andrews. “En fin, esto es lo mejor que podemos hacer,” dijo Tate, girando el MacBook en dirección a ella. “Mi colega se acaba de asegurar de que podamos utilizar FaceTime con él. Esto, para Kingsville, es alta tecnología.” Sacó el número de McGrath de su lista de contactos y lo introdujo. Al realizar la llamada, tardó unos momentos en conectarse. Cuando apareció el rostro de McGrath en la pantalla, Tate y Andrews se colocaron detrás de Mackenzie. Hicieron una rápida ronda de presentaciones—mera formalidad, para ser honestos, ya que estaba segura de que a McGrath le interesaban muy poco los agentes de la policía de Kingsville. “Para asegurarme de que estamos todos al día,” dijo Mackenzie. “Voy a repasarlo una vez más. Había unas laceraciones muy leves en la mano izquierda de Malory Thomas. Además, había una ligera muesca, como si se hubiera estado agarrando a algo momentos antes de su muerte. Tras visitar el Puente de Miller Moon por la mañana, fui capaz de determinar que la muesca tenía exactamente la misma forma que las cubiertas que hay sobre los tornillos a lo largo de los puntales al extremo del puente. “Adicionalmente, se encontró un pedazo de madera en su cabello—que al forense le resultó extraño porque era el único pedazo. Resulta que la madera en su cabello es exactamente la misma que tienen los soportes de madera a lo largo y por debajo del puente, hasta del mismo tono y textura. Si a eso le añadimos el hecho de que estaba desnuda y que se encontró su ropa sobre el puente, me hace pensar que no saltó. Más bien parece que estaba colgada del extremo del puente. Con bastante fuerza, puedo añadir, a juzgar por esa muesca. Y si se iba a quitar a vida, ¿por qué se esforzaría por sujetarse del borde?” “Tiene sentido, creo yo,” dijo Tate. “Sí que lo tiene,” dijo McGrath. “Pero entonces esto nos lleva a más preguntas. ¿Fue solamente Malory la que puede que haya sido asesinada? ¿Podemos también añadir a Skinner en el mismo barco? Y si es así, ¿por qué no a todos los demás que han saltado desde ese puente?” “Estuve hablando con la doctora Jan Haggerty, una psiquiatra que vive en el pueblo. Me dijo que, en base a lo que sabía sobre Skinner, no hay manera de que se suicidara. Y sin duda, su madre también está de acuerdo con eso. Y si miramos las fechas de los suicidios, han pasado casi dos años desde que se encontrara un cadáver en las rocas que hay debajo del puente. Ahora, dos años después, tenemos a dos en cuestión de cuatro días. Creo que podemos asumir con certeza que también merece la pena investigar la muerte de Kenny Skinner como un posible asesinato. Las fechas son demasiado cercanas como para que se trate de una coincidencia.” “Alguacil Tate, ya hemos hablado de la importancia del chico de Skinner,” dijo McGrath. “Le pido que en los próximos días tenga la consideración de proporcionarle a la agente White cualquier cosa que necesite. Y le ruego que le deje liderar este caso. Es una de mis mejores agentes y confío en ella por completo. ¿Puede hacer esto por mí?” “Sin duda alguna. No tienes más que decirme en qué te podemos ayudar.” “Agente White, ¿tienes alguna pista que investigar en este momento?” “Nada robusto todavía,” dijo ella. “Pero supongo que no debe de ser difícil encontrar a alguna gente con la que hablar sobre las vidas de las víctimas. Me están diciendo continuamente que este es uno de esos pueblos donde todo el mundo se conoce entre sí. Cuando hablé con la madre de Kenny Skinner, se me ocurrieron algunas ideas.” “Muy bien. Ponte a ello, y mantenme informado. Alguacil Tate, gracias de nuevo por su cooperación.” “Sin prob—” Pero McGrath ya había colgado. La pantalla titiló por un momento y entonces se terminó la conexión. “No te lo tomes personalmente,” dijo Mackenzie. “A mí me lo hace todo el tiempo.” Con un gesto de indiferencia, Tate preguntó, “Y entonces, ¿qué necesitas de nosotros?” Mackenzie lo pensó por un momento, intentando determinar el mejor curso de acción. “¿Puedes conseguirme los informes policiales de algunas de las personas que se han suicidado en ese puente durante los últimos cinco años más o menos? “Puedo hacer eso por ti,” dijo Tate. “Aunque no creo que haya mucho que mirar.” “Está bien, solo—” Le sonó el teléfono, interrumpiéndola. Lo respondió y escuchó la voz sombría de Pam Skinner al otro lado. “¿Agente White? ¿Todavía sigue en Kingsville?” “Así es.” “¿Cree que podría pasarse de nuevo por mi casa? Finalmente, mi marido se ha calmado un poco y quiere hablar con usted.” “Desde luego. Deme unos cuantos minutos.” Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693647&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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