Сетевая библиотекаСетевая библиотека
Antes De Que Cace Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #8 De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como UNA VEZ DESAPARECIDO (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #8 en la trepidante serie de misterio con Mackenzie White como protagonista. En ANTES DE QUE CACE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 8), están apareciendo víctimas asesinadas en el estado natal de la agente especial del FBI Mackenzie White – todas ellas de un tiro en la nuca, y todas con la tarjeta de visita de Antigüedades Barker al lado. La misma tarjeta que el asesino de su padre dejó sobre su cadáver hace ya años. Con una repentina urgencia en el momento presente, por fin ha llegado el momento de que Mackenzie se enfrente a sus fantasmas, para encarar su pasado más oscuro, y encontrar al asesino de su padre. Pero puede que su viaje al callejón de los recuerdos le lleve hasta lugares que preferiría no tener que ver, y a descubrimientos que preferiría no hacer. Mackenzie se encuentra en medio de un juego del gato y el ratón con un asesino más siniestro de lo que se podía imaginar, y con su mente frágil a punto de colapsar, este caso, entre todos los casos, puede resultar siendo el que acabe con ella. Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE CACE es el libro #8 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le verá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También escrito por Blake Pierce, UNA VEZ DESAPARECIDO (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita! BLAKE PIERCE ANTES DE QUE CACE Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CAPÍTULO UNO El avión le estaba llevando de vuelta a Nebraska. Mackenzie pestañeó, incapaz de sacudirse el pensamiento de la mente. En general, no tenía problema para quedarse dormida en un avión, aunque este vuelo era diferente. Le daba la impresión de que hubiera algo al oeste que estuviera literalmente tirando del avión hacia sí como si se tratara de un imán. Y no iba a regresar a Washington DC hasta que hubiera resuelto un caso actual que estaba vinculado con asuntos que pasaron hace casi veinte años—apuntando a la muerte de su padre. Se trataba de un caso que llevaba años esperándola. Había hecho lo imposible para probarse a sí misma, y por fin McGrath le estaba dejando que se encargara de ello. Ya no se trataba solamente del asesinato de su padre hacía diecisiete años; ahora estaban teniendo lugar asesinatos similares, todos ellos conectados por una misteriosa pista que nadie había descifrado todavía. Tarjetas de visita presentando a un negocio que no existía con el nombre de Antigüedades Barker. Mackenzie pensaba en esas tarjetas de visita mientras miraba por la ventanilla. El cielo de la tarde estaba despejado. Más allá de un conjunto disperso de nubes blancas y esponjosas, apenas podía divisar la estructura de aspecto venoso de las carreteras que labraban el Medio Oeste que tenía por debajo. Nebraska ya estaba cerca, sus maizales y sus largas llanuras empezarían a asomarse en unos cuarenta y cinco minutos más. “¿Todo bien?” Mackenzie pestañeó y desvió la mirada de la ventanilla, girándose hacia su derecha. Ellington ocupaba el asiento junto al suyo. Ella sabía que él también estaba nervioso. Ellington sabía lo que este caso significaba para ella y se estaba presionando de manera innecesaria. Incluso ahora, estaba rompiendo pedacitos de la tapa de la taza de cartón de la que había bebido un ginger ale hacía diez minutos. “Sí, todo bien,” dijo ella. “Si te soy sincera, estoy deseando empezar.” “¿Tienes algún plan en mente?” le preguntó él. “Así es,” dijo ella. A medida que Mackenzie esbozaba su plan de ataque, se daba cuenta de que esta era una de las razones por las que se había enamorado de él. Ellington podía percibir que ella necesitaba hablar a corazón abierto de todo ello pero que se bloquearía si se lo preguntaba directamente. Así que, en vez de preguntarle por su estado emocional, utilizaba la fachada del trabajo para indagar. Ella se daba cuenta del truco, pero le parecía bien. Él sabía cómo operar alrededor de sus defensas de una manera que resultaba encantadora y cariñosa. Así que Mackenzie le explicó su plan de ataque. Todo empezaba por reunirse con la policía local y con el pequeño equipo de agentes del FBI que había estado trabajando en el caso. Mackenzie también tenía pensado implicar a Kirk Peterson, el detective privado que había trabajado en el caso durante un tiempo, centrándose en ello. A pesar de que se encontraba en un estado penoso la última vez que lo había visto, tenía más ideas que ofrecer que nadie. A partir de ahí, quería encontrar y hablar con un hombre llamado Dennis Parks. Habían encontrado sus huellas dactilares en Gabriel Hambry, un hombre al que habían utilizado estratégicamente como maniobra de distracción hacía una semana. Era perfectamente consciente de que Parks podría no ser más que otra táctica de distracción, pero el hecho de que Dennis Parks fuera un viejo conocido de su padre lo hacía más interesante. La conexión era débil—tenían un conocido en común ya que Parks había trabajado como agente de policía durante un año antes de dejarlo y meterse en el negocio de los bienes raíces. Su padre, después de todo, parecía ser la primera víctima en una cadena de asesinatos aparentemente desconectados que se habían extendido a lo largo de casi dos décadas. Después de reunirse con Dennis Parks, quería reunirse con la familia de un hombre al que habían matado hacía varios meses—un hombre llamado Jimmy Scotts. Scotts había muerto de una manera casi idéntica a la de su padre y había sido el asesinato que había acabado provocando la reapertura del caso de su padre. Detuvo ahí el relato de sus planes, aunque sabía que había más en todo ello, porque se trataba de algo con lo que todavía no podía enfrentarse—mucho menos verbalizarlo delante de Ellington. En algún momento, iba a tener que enfrentarse con su pasado. Había estado antes allí, caminando de puntillas por la casa donde pasó su infancia, aunque había sido pasajero. En el momento no se había dado cuenta, pero le había aterrorizado. Era como caminar voluntariamente dentro de una casa donde uno sabe que le van a acosar los fantasmas, encerrarse dentro de ella, y después arrojar la llave muy lejos. Tendría que enfrentarse con ello en esta ocasión. Ya era bastante duro admitírselo a si misma sin preguntarse lo que podría pensar Ellington al respecto. Él asintió en todos los momentos correctos mientras Mackenzie le contaba los detalles de su enfoque paso por paso. Habían hablado brevemente de sus respectivos papeles en una reunión con McGrath mientras reservaban su viaje a Nebraska. Un elemento añadido a este caso de múltiples niveles era el asesinato reciente de varios vagabundos. El recuento de cadáveres llegaba ya hasta cuatro, cada uno de ellos con una de esas tarjetas de visita de Antigüedades Barker. Ellington se había ofrecido voluntario para hacer lo que le fuera posible por poner en orden esa parte del caso mientras que Mackenzie se quedaría más cerca del centro del asunto—las muertes de su padre y de Jimmy Scotts, y la muerte más reciente de Gabriel Hambry. “Sabes una cosa,” le dijo Ellington cuando terminó. “Si podemos solucionar esto, creo que tu carrera en DC puede llegar hasta la estratosfera. Ya eres una de las mejores agentes de campo que tiene el bureau. Espero que te guste manejar todas esas patrañas burocráticas y sentarte detrás de un escritorio, porque eso es lo que te consigue un historial estelar en el bureau. “¿Es eso cierto?” preguntó ella. “Entonces, ¿por qué no estás tú apostado detrás de un escritorio?” Ellington le sonrió con sarcasmo. “Eso duele, White.” Extendió el brazo y tomó su mano. Aunque Mackenzie podía sentir la tensión en su apretón, también estaba allí el grado habitual de consuelo que tenía su tacto. Ella estaba agradecida de que él estuviera aquí con ella. Aunque en general no tuviera problema en afrontar las cosas por su cuenta, hasta ella debía admitir que iba a necesitar el apoyo moral y emocional que solo Ellington le podía ofrecer si tenía la más mínima esperanza de solucionar este caso. Se agarró a su mano mientras el Medio Oeste continuaba rodando por debajo de ellos. Nebraska se acercaba cada vez más, y el avión era atraído por ese tirón magnético que el pasado de Mackenzie parecía ejercer sobre ella. CAPÍTULO DOS La oficina de campo de Omaha era agradable a la vista. Era más pequeña que las oficinas centrales en DC, lo que significaba que había menos parloteo. Tampoco había esa sensación de tensión como si siempre estuviera a punto de pasar algo importante, una característica que, por lo general, impregnaba las oficinas de DC. Este lugar estaba calmado. Mientras estaban registrándose en recepción, Mackenzie notó que un hombre se dirigía directamente hacia ellos. Caminaba con determinación, y una leve sonrisa en su rostro. Su cara resultaba familiar pero no se le ocurría ni de lejos cuál podría ser su nombre. “Agente White, me alegro de verte de nuevo,” dijo el hombre a medida que se aproximaba. Medía cerca de uno noventa y tenía una buena planta. Era bastante delgado, pero, aun así, conservaba un aspecto intimidante. Su sofisticado cabello negro peinado hacia atrás le hacía parecer algo más mayor de lo que probablemente era. “Igualmente,” dijo ella, estrechando la mano que le estaban extendiendo. Agradeció que Ellington se acordara de su nombre, y que lo utilizara cuando los dos hombres se saludaron. “Agente Penbrook,” dijo él. “Encantado de verle.” Entonces se acordó; el agente Darren Penbrook había estado al cargo del caso cuando ella voló hasta aquí con la esperanza de arrestar a Gabriel Hambry—para acabar descubriendo en menos de una hora que le habían asesinado. “Venid conmigo,” dijo Penbrook. “No es que vayamos a tener una reunión formal, pero hay unos cuantos detalles de los que creo que deberíais estar al tanto… algunos de ellos bastante recientes.” “¿Cómo de recientes?” preguntó Mackenzie. “De las últimas veinticuatro horas.” Mackenzie ya sabía cómo funcionaban las cosas en la mayoría de los niveles del bureau y asumió que no serían tan diferentes en Omaha de lo que lo eran en DC. No serviría de nada hacer preguntas en ese momento. Por eso, durante el trayecto en el ascensor hasta la segunda planta y un breve paseo por un pasillo que llevaba a una sala de conferencias sin salida, los tres se pasaron el tiempo hablando de cosas irrelevantes: el vuelo, el clima, el ajetreo que siempre había en DC. No obstante, se deshicieron de todas esas formalidades en el momento que Penbrook les llevó a la sala de conferencias. Cerró la puerta detrás suyo, y se quedaron los tres en la amplia sala con una mesa de conferencias elegante y delicadamente abrillantada. Ya estaba preparado el proyector, listo para ser utilizado en el centro de la mesa. “¿Y a qué clase de novedades te estabas refiriendo?” preguntó Mackenzie. “Pues bien, ya sabéis lo del cuarto vagabundo asesinado, ¿no es cierto?” les preguntó. “Sí. Sucedió ayer, ¿verdad? ¿En algún momento por la tarde?” “Así es,” dijo Penbrook. “Le mataron con el mismo modelo de arma con que mataron a los demás. Esta vez, sin embargo, el asesino había colocado la tarjeta de visita entre los labios de la víctima. Hicimos que examinaran la tarjeta y no había huellas dactilares. El vagabundo no era de por aquí. La última dirección que tenemos de él es de California y eso fue hace cuatro años. La búsqueda de familiares o de otra gente que haya trabajado con él no ha dado más resultados que una caza del fantasma. Y así ha sucedido con la mayoría de estos vagabundos. Lo que si hicimos, no obstante, es encontrar a su hermano. También es un vagabundo y según sus informes, puede que esté ligeramente delirante.” “¿Algo más?” preguntó Ellington. “Sí, y esto es realmente jodido. Lo cierto es que nos ha puesto a dar vueltas y en este momento, es donde el caso está atascado. Recordáis las huellas que conseguimos en el cuerpo de Gabriel Hambry, ¿verdad?” “Sí,” dijo Mackenzie. “Pertenecían a un hombre llamado Dennis Parks—un hombre que tenía un historial con mi padre.” “Exactamente. Sonaba a pista prometedora, ¿a que sí?” “¿Entiendo que la pista resultó fallida?” preguntó Mackenzie. “No había nada que hacer. Encontraron a Dennis Parks muerto en su cama esta mañana. De un tiro en la nuca. A su mujer también la mataron. Por lo que podemos decir, también la mataron en la cama, pero trasladaron su cuerpo al sofá.” Tanto Penbrook como Ellington miraron en dirección a Mackenzie. Sabía lo que estaban pensando. El asesino lo preparó todo para que fuera exactamente igual a la escena del asesinato de Jimmy Scotts… igual que el asesinato de mi padre. Penbrook aprovechó este momento para mostrarles una diapositiva de la escena del crimen. Era una foto de Dennis Parks, tumbado boca abajo sobre la cama con la nuca desgarrada. Su posición resultaba casi escalofriante para Mackenzie. Si no llega a saber la identidad de la víctima, podría haber pensado sin ningún problema que estaba mirando a una foto de la escena del crimen de su padre hacía todos esos años. Entonces la diapositiva dio lugar a una imagen de la esposa. Estaba en el sofá, con su mirada muerta fija en el techo. Había sangre reseca a un lado de su cara. “¿Había una tarjeta de visita en la escena?” preguntó Mackenzie. “Sí,” respondió Penbrook. “En la mesita de noche. Y, para que entiendas el alcance de todo ello, aquí tienes una foto de la última escena con un vagabundo.” Cambió de diapositiva y ahora Mackenzie vio a un hombre tumbado sobre el pavimento de una ciudad. El lateral de su cabeza estaba totalmente ensangrentado, en casi perfecto contraste con la tarjeta de visita blanca que le habían medio metido a la fuerza entre los labios. “Parece como si el asesino estuviera divirtiéndose a estas alturas,” dijo Ellington. “Es de locos.” Tenía razón. Mackenzie estaba convencida de que había algo de carácter casi lúdico en la manera en que habían colocado la tarjeta en la boca de la víctima. Añade eso al hecho de que el asesino parecía estar colocando huellas dactilares en las tarjetas y otras víctimas para llevarles a callejones sin salida y eso quería decir que te las estabas viendo con un asesino decidido, inteligente y macabro. Se cree muy gracioso, pensó Mackenzie mientras miraba la fotografía de la víctima. “¿Entonces por qué está escogiendo matar a vagabundos?” preguntó Mackenzie. “Si ha regresado para matar a más después de tanto tiempo tras matar a mi padre, ¿por qué los sin techo? ¿Y hay alguna conexión entre estos vagabundos y Jimmy Scotts o Gabriel Hambry?” “Ninguna que hayamos encontrado,” dijo Penbrook. “Así que quizá solo nos lo esté restregando por las narices,” dijo Mackenzie. “Quizá sepa que las muertes de los vagabundos no van a tener el mismo nivel de prioridad que si estuviera matando a ciudadanos de los de siempre. Y, si ese es el caso, entonces realmente está haciendo esto casi como un acto lúdico.” “Eso sobre la comunidad de vagabundos,” dijo Ellington. “Si hacemos unas preguntas por ahí, ¿crees que podríamos obtener alguna clase de información de los demás vagabundos de la zona?” “Oh, ya lo intentamos,” dijo Penbrook. “Pero no quieren hablar. Tienen miedo de que quienquiera que sea el autor de la matanza vendrá a por ellos a la próxima si dicen algo.” “Necesitamos hablar con el hermano de la última víctima,” dijo Mackenzie. “¿Alguna idea sobre dónde puede estar? ¿Vive en los alrededores?” “Algo así,” dijo Penbrook. “al igual que su hermano, está viviendo en las calles. Bueno, estaba. En este momento, está en una instalación correccional. No consigo recordar debido a qué, pero quizá por intoxicación en público. Su historial está repleto de pequeños delitos que le llevan a la cárcel durante una o dos semanas cada vez. Sucede a menudo, saben. Algunos de ellos solo lo hacen para tener un techo gratis durante unos cuantos días.” “¿Tienes algún problema en que vayamos a verle?” preguntó Mackenzie. “En absoluto,” dijo Penbrook. “Haré que alguien les llame para decirles que vais para allá.” “Gracias.” “Creo que soy yo el que debería daros las gracias,” dijo Penbrook. “Estamos emocionados de que por fin estés aquí trabajando en este asunto.” Por fin, pensó Mackenzie. Sin embargo, no dijo nada y lo dejó estar ahí. Porque lo cierto era que ella también estaba emocionada. Estaba emocionada de tener por fin la oportunidad de solventar un caso realmente extraño que estaba removiendo cosas de su infancia y que apuntaba directamente de vuelta a su padre. CAPÍTULO TRES La Instalación Correccional Delcroix estaba escondida a la salida de la autopista en un terreno que era soso y sin carácter. Era el único edificio en una franja de unos quinientos acres de terrenos—no una cárcel en sí misma, pero sin duda tampoco era un lugar en que cualquier persona regular de la calle querría pasar ninguna cantidad importante de su tiempo. Desde el puesto de seguridad que había a la entrada, les hicieron gestos a Mackenzie y Ellington para dirigirles a que aparcaran en la zona de personal al extremo trasero de la propiedad. Desde allí, les registraron en la recepción principal de seguridad y les escoltaron a una pequeña zona de espera donde ya había una mujer esperándoles. “¿Agentes White y Ellington?” preguntó. Mackenzie estrechó su mano en primer lugar cuando hicieron las presentaciones. El nombre de la mujer era Mel Kellerman. Era bastante bajita y ligeramente regordeta, pero, aun así, tenía los ademanes de una mujer que las había pasado moradas y se había reído de sus tribulaciones. Mientras Kellerman les guiaba afuera de la zona de espera, les hizo un breve resumen sobre el lugar. “Trabajo como Administradora de Seguridad,” dijo. “Como tal, puedo deciros que el hombre al que habéis venido a ver no supone ninguna amenaza. Se llama Bryan Taylor. Tiene cincuenta años y es un adicto a la heroína en recuperación. A veces tiene conversaciones con gente que no está presente. Su historial es menor, pero le tenemos vigilado porque este es el cuarto delito menor que ha cometido este año. Creemos que solo lo hace para conseguir una habitación y comida gratis.” “¿Y cuál fue su último delito?” preguntó Mackenzie. “Se puso a mear en el neumático trasero de un autobús urbano a plena luz del día.” Ellington se echó a reír. “¿Estaba ebrio?” “Para nada,” dijo Kellerman. “Solo dijo que tenía que ponerse a evacuar.” Les guió por un pequeño recibidor y después por un pasillo todavía más estrecho. Al final, llegaron a una puerta que Kellerman abrió para ellos. La sala solo contenía una mesa y cinco sillas. Un hombre de aspecto desaliñado ocupaba una de las sillas mientras que un hombre vestido con un uniforme de seguridad ocupaba otra. El guarda se giró cuando entraron y se levantó de su asiento de inmediato. “¿Os está dando algún problema el señor Taylor?” preguntó Kellerman al guarda. “No, pero está de perorata. Otra vez con los rusos y Trump.” “Ah, una de mis favoritas,” dijo Kellerman. Se giró hacia Mackenzie y Ellington. “Estaré en la habitación de al lado si me necesitáis. Aunque creo que no tendréis problemas.” Dicho esto, Kellerman y el otro guarda salieron de la sala, dejándoles a solas con Bryan Taylor. “Hola, Taylor,” dijo Mackenzie mientras tomaba asiento al otro lado de la mesa. “¿Te dijeron por qué veníamos a verte?” Taylor asintió con tristeza. “Claro. Queréis saber algo sobre mi hermano—sobre cómo murió.” “Eso es correcto,” dijo Mackenzie. “Lamento mucho tu pérdida.” Taylor solo se encogió de hombros. Estaba tamborileando sus dedos sobre la mesa y alternaba la mirada entre Mackenzie y Ellington. “Bueno, yo soy la agente White y este es mi compañero, el agente Ellington,” dijo Mackenzie. “Claro, ya lo sé. Del FBI.” Volvió la vista al cielo al decir esto. “Taylor… dime… ¿Tenía algún enemigo tu hermano? ¿Alguna gente que pudiera tener algo en contra de él?” Taylor apenas pensó en ello antes de responder. “No. Solo nuestra madre, y ya lleva muerta siete años.” “¿Tenías confianza con tu hermano?” “No éramos los mejores amigos del mundo ni nada por el estilo,” dijo Taylor. “Pero supongo que nos llevábamos bien. Aunque él andaba con algunos cabrones de mala reputación. Relacionados con los Illuminati. Lo cierto es que no me sorprendió enterarme de que había muerto. Esos monstruos Illuminati tienen algo en contra de los sin techo. Los famosos, también. Saben que mataron a Kennedy, ¿verdad?” “Algo de eso escuché,” dijo Ellington, sin poder contener una sonrisa sarcástica. Mackenzie le piso el pie por debajo de la mesa e hizo lo que pudo para seguir avanzando. “¿Tienes algún otro amigo que haya sido asesinado hace poco?” preguntó. “Creo que no, pero la verdad es que no ando con la misma gente con frecuencia. En las calles, tener más amigos solo significa más gente que te puede timar.” “Solo otra pregunta, Taylor,” dijo Mackenzie. “¿Has oído hablar alguna vez de una empresa llamada Antigüedades Barker?” Tampoco se pensó mucho la respuesta. “No. No puedo decir que así sea. Nunca puse el pie en una tienda de antigüedades. No tengo el dinero como para gastarlo en viejas reliquias polvorientas. Gente rica de mierda lleva sitios como ese. Compran allí, también.” Mackenzie asintió y soltó un leve suspiro. “Bueno, gracias por tu tiempo y tu cooperación, Taylor. Por favor, te pido que si se te ocurre algo más sobre tu hermano que pueda ayudarnos a entender quién le ha podido matar, se lo digas a alguien que trabaja aquí para que nos puedan pasar la información.” “Oh, claro. Sabes… podías ir a Nevada. Apuesto a que hay algunas respuestas allí.” “¿Nevada?” preguntó Mackenzie. “¿Por qué allí?” “Área 51. Groom Lake. No son los Illuminati, pero todo el mundo sabe que esos lugares de alto secreto del gobierno han estado echando el guante a los sin techo durante siglos. Hacen experimentos y pruebas con ellos allí en el desierto.” Mackenzie se dio la vuelta antes de que Taylor pudiera ver su sonrisa de duda. Basada en lo que sabía sobre él, sabía que no podía evitarlo—que le faltaban unos cuantos tornillos. Ellington, por otra parte, no fue capaz de mantener tan bien la profesionalidad. “Buen consejo, Taylor. Sin duda lo investigaremos.” Mientras llegaban hasta la salida, Mackenzie le dio un codazo y se inclinó lo bastante cerca de él como para susurrar. “Eso rayó en la crueldad,” dijo ella. “¿Lo crees así? Solo trataba de hacerle sentir que había hecho una contribución legítima a la investigación.” “Vas a ir al infierno,” le dijo ella, sonriendo. “Oh, ya lo sé. Junto con todos los Illuminati, sin duda alguna.” *** Mientras regresaban al coche, Mackenzie ya había empezado a figurarse su siguiente paso. Parecía sólido, y al mismo tiempo, podía entender por qué era una avenida que el bureau todavía no había explorado apropiadamente. “Sabes una cosa, Taylor dijo una cosa que tenía sentido,” dijo Mackenzie. “¿Sí?” preguntó Ellington. “Debo de habérmela perdido.” “Habló de cómo algunas de esas comunidades de los sin techo están bastante unidas. Creo que el bureau ha estado tan preocupado pensando en cómo estaban conectados los vagabundos entre sí que no han considerado seriamente cómo podían estar conectados con ellos Jimmy Scotts y Gabriel Hambry.” Se montaron en el coche, y esta vez Ellington optó por sentarse al volante. “Ya, pero eso no es verdad. Se ha contactado con las casas de acogida y los comedores comunitarios para ver si alguno de esos hombres tenía alguna afiliación con ese tipo de lugares.” “Exactamente,” dijo Mackenzie. “Se asumió que habían estado conectados con los vagabundos de manera que les enfocó totalmente en investigar a los vagabundos. Quizá haya algo más ahí.” “¿Cómo qué? ¿Crees que Scotts y Hambry pueden haber sido personas sin techo en algún momento?” “NI idea, pero digamos que lo han sido. Eso nos da una conexión suficientemente buena y nos diría que este tipo está, por alguna u otra razón, yendo solo a por vagabundos.” “Merece la pena considerarlo,” dijo Ellington. “Claro que eso deja a un lado una pregunta muy importante: ¿Por qué?” “Bien, primero, asegurémonos de que no me estoy pasando demasiado de lista.” “¿Cómo?” “Por lo que he leído en los informes, Gabriel Hambry no tiene ningún familiar. La única familia que ha dejado son un par de abuelos que viven en Maine. Pero Jimmy Scotts tiene una mujer y dos hijos en Lincoln.” “¿Y quieres ir hacia allá?” preguntó Ellington. “Bueno, teniendo en cuenta que el lugar al que quiero ir después está a seis horas de distancia, claro… creo que deberíamos empezar por allí.” “¿Seis horas de distancia? ¿Dónde diablos quieres ir? ¿Al otro lado del estado?” “Lo cierto es que sí. Al condado de Morrill. Una pequeña localidad llamada Belton.” “¿Y qué hay allí?” Suprimiendo un escalofrío, Mackenzie contestó: “Mi pasado.” CAPÍTULO CUATRO Se pasaron todo el trayecto hasta Lincoln comparando diferentes teorías posibles. ¿Por qué matar a vagabundos? ¿Por qué matar a Ben White, el padre de Mackenzie? ¿Hubo otros antes de Ben White que simplemente no habían sido hallados? Había demasiadas preguntas y básicamente, cero respuestas. Y aunque por lo general, a Mackenzie no le gustaba especular, en ocasiones era la única herramienta que se podía utilizar cuando el mundo real no te ofrecía nada más. Parecía incluso más necesario ahora que estaba de regreso en Nebraska. Era un estado mucho más grande de lo que parecía a simple vista y sin pistas sólidas que seguir, la especulación era todo lo que tenían por el momento. Bueno, había una pista, pero parecía ser un fantasma: unas tarjetas de visita con el nombre de una compañía que no existía escrito en ellas. Lo que no les servía de gran cosa. Mackenzie siguió pensando en la tarjeta de visita mientras se acercaban a Lincoln. Tenía que tener algún sentido, incluso aunque no fuera más que un rompecabezas elaborado que el asesino les estaba pidiendo que montaran. Sabía que había unas cuantas personas en DC que habían estado tratando de descifrar dicho código (si realmente había uno que descifrar) de manera consistente pero que no habían obtenido ningún resultado hasta el momento. Las tarjetas de visita en todos los cadáveres que habían aparecido hasta el momento apuntaban a una conclusión provocativa: el asesino quería que supieran que cada uno de esos asesinatos era obra suya. Quería que las autoridades llevaran la cuenta, que supieran de qué era responsable. Esto indicaba un asesino que se enorgullecía no solo de lo que estaba haciendo, sino del hecho de que estaba mareando al FBI mientras trataban de encontrarle. Esta frustración ocupaba la mente de Mackenzie mientras Ellington aparcaba delante de la residencia de los Scotts. Vivían en una casa de clase media alta en el tipo de vecindario donde todas las casas se habían construido para que se parecieran las unas a las otras. Los céspedes delanteros estaban perfectamente mantenidos, y hasta mientras se apeaban del coche y se dirigían a la puerta frontal de los Scotts, Mackenzie divisó a dos personas paseando a sus perros mientras repasaban el contenido de sus teléfonos al hacerlo. En base a los archivos del caso, Mackenzie sabía lo esencial sobre la esposa de Jimmy Scotts, Kim. Trabajaba desde casa como editora técnica para una compañía de software y sus hijos iban a la escuela cada día hasta las 3:45. Se había mudado a Lincoln un mes después de la muerte de Jimmy, declarando que todo lo que rodeaba al condado de Morrill no era más que un devastador recordatorio de la vida que en su día había vivido con su marido. Eran las 3:07 cuando Mackenzie llamó a la puerta. Le encantaría poder hacer lo que tenía que hacer sin tener que hacer pasar a los niños por una conversación llena de recuerdos de su padre fallecido. Según los informes, la mayor de las dos chicas, una novicia prometedora en la escuela secundaria, se había tomado especialmente mal la muerte de su padre. Una mujer de mediana edad sorprendentemente hermosa respondió a la puerta. Parecía confundida al principio, pero entonces, quizá después de comprobar su atuendo, pareció entender quién estaba en su puerta y por qué estaban aquí. Frunció ligeramente el ceño antes de preguntar: “¿Puedo ayudarles?” “Soy la agente White, y este es el agente Ellington, del FBI,” dijo Mackenzie. “Discúlpeme, pero esperábamos que pudiera responder a unas cuantas preguntas sobre su marido.” “¿En serio?” preguntó Kim Scotts. “He dejado todo eso atrás. También lo han hecho mis hijas. Lo cierto es que preferiría no volver a hablar de ese asunto si pudiera evitarlo. Así que gracias, pero no.” Comenzó a cerrarles la puerta en las narices, pero Mackenzie extendió el brazo, impidiendo que les cerrara la puerta, aunque sin emplear mucha fuerza. “Entiendo que ha estado haciendo lo posible por dejar esto atrás,” dijo. “Desgraciadamente, el asesino no lo ha hecho. Al menos ha matado ya a otras cinco personas desde que asesinara a su marido.” Casi incluye el hecho de que había muchas posibilidades de que el asesino también hubiera matado a su padre hace casi veinte años, pero decidió guardárselo para sus adentros. Kim Scotts volvió a abrir la puerta. No obstante, en vez de invitarles a pasar al interior, salió al porche. Mackenzie ya había visto este enfoque antes. Kim estaba eligiendo mantener toda conversación sobre su marido fallecido fuera de las cuatro paredes de su casa. “¿Entonces qué es lo que creen que les pueda ofrecer?” preguntó Kim. “Ya repasé esto al menos tres veces después de que muriera Jimmy. No tengo ninguna información nueva.” “Bueno, el bureau sí,” dijo Mackenzie. “Para empezar, después de su marido y otro hombre más, el asesino parece haber tomado un interés por los vagabundos. Ya ha matado a cuatro que nosotros sepamos. ¿Sabe si había alguna conexión que Jimmy pudiera tener con la comunidad de los sin techo?” La pregunta pareció dejarla perpleja. La expresión en su rostro era de confusión y disgusto. “No. Lo más cerca que ha podido estar de los sin techo fue cuando llevaba la ropa de la que se había cansado al Ejército de Salvación. Lo hacemos dos veces al año para hacer espacio en los armarios.” “¿Y qué hay de la gente con la que trabajaba? ¿Sabe si alguno de ellos pudiera haber tenido alguna conexión con gente sin techo o quizá solo con los más necesitados?” “Lo dudo. Estaba solamente él con otros dos hombres dirigiendo una pequeña compañía de marketing. No se equivoque… Jimmy siempre fue un hombre compasivo, pero él nunca—ninguno de los dos, para ser honestos, llegamos a implicarnos en servicios comunitarios.” Mackenzie buscó y rebuscó en pos de su siguiente pregunta, pero no le venía a la mente. Ahora ya estaba bastante segura de que Jimmy Scotts había sido un objetivo al azar. Ni razón, ni motivo, solo la mala pata de haber sido visto y aparentemente seguido por el asesino. Esto también le hizo pensar que quizá las muertes de Gabriel Hambry, Dennis Parks, y de su padre también lo fueran. En fin, quizá no. Hay una conexión entre mi padre y Dennis Parks. Así que, si sus muertes no fueron fortuitas, ¿por qué lo serían las demás? “¿Qué hay de sus hijas?” preguntó Ellington, retomando el hilo de la conversación. “¿Participan ellas en algún proyecto de compromiso con la comunidad de la escuela o algo así? “No,” dijo Kim. El aspecto de su cara dejaba claro que no le gustaba nada en absoluto pensar en que sus hijas pudieran estar relacionadas de ninguna manera con este asesino. “Ha mencionado que su marido trabajaba con unos cuantos amigos en una empresa de marketing. ¿Sabe si alguna vez tuvieron clientes que pudieran haber estado vinculados con algún tipo de compromiso con la comunidad?” “Eso no lo sé. De ser cierto, se hubiera tratado de un proyecto pequeño. Jimmy solo me hablaba de los grandes proyectos. Claro que, si quieren, tengo copias de todos los albaranes. No sé cómo acabaron llegando a mis manos cuando murió. Los puedo traer para que los vean si lo desean.” “Eso sería útil,” dijo Mackenzie. “Un momento, por favor,” dijo Kim. Regresó al interior de la casa, cerrando la puerta al hacerlo y sin invitarles todavía a pasar. “Buena idea lo de los clientes,” dijo Ellington. “¿Crees que saldrá algo de todo ello?” Mackenzie se encogió de hombros. “No vendrá mal.” “Podría requerir mucha investigación,” señaló Ellington. “Sin duda, pero eso nos dará algo que hacer durante ese trayecto de seis horas hasta el condado de Morrill.” “Genial.” Kim volvió a salir al porche con cinco carpetas enormes apiladas y sostenidas en su sitio con unas anillas y una goma enorme. “Sinceramente,” dijo ella, “me alegro de deshacerme de ello. Pero, si no es mucho pedir, ¿podrían decirme algo si encuentran alguna cosa? Puede que haya intentado poner esta muerte a mis espaldas, pero eso no significa que el misterio de todo este asunto no me vuelva loca a veces.” “Sin duda alguna,” dijo Mackenzie. “Señora Scotts, gracias por su tiempo y su cooperación.” Kim les lanzó un breve gesto de asentimiento y se quedó allí de pie mientras ellos descendían por los escalones y se dirigían de vuelta al coche. Mackenzie podía sentir la mirada de la viuda sobre ella, asegurándose de que no se hiciera mención de su marido muerto dentro de su casa. Kim no relajó la postura hasta que tanto Mackenzie como Ellington estuvieron dentro del coche. “Pobre mujer,” dijo Ellington. “¿Crees que realmente ha dejado esto atrás?” “Quizás. Dice que lo ha dejado atrás pero no estaba por la labor de dejarnos entrar a su casa. No quería que se mencionara su muerte allí dentro.” “Pero, al mismo tiempo,” dijo Ellington, levantando las carpetas que les había entregado, “pareció contenta de librarse de todo esto.” “Quizá también quiera deshacerse de los recordatorios que haya en la casa de él,” dijo. Sacaron el coche de su aparcamiento, en dirección a la interestatal. Los dos guardaron silencio, un silencio casi respetuoso por la viuda doliente con la que acababan de hablar. *** Estaban de regreso en la oficina de campo justo en el momento que los oficinistas estaban disponiéndose a terminar su jornada. Mackenzie se preguntó cómo sería eso de que un reloj organizara tu tiempo en vez de que lo hicieran las preocupaciones acuciantes que solían llegar con los macabros casos que le solían asignar. No creía que pudiera manejarlo. Ellington y ella se reunieron con Penbrook en la misma sala de conferencias que habían visitado por la mañana. Había sido una larga jornada, que el vuelo tempranero desde DC había hecho comenzar muy temprano. No obstante, sabiendo cuál era el siguiente paso en el proceso, Mackenzie se sentía revitalizada y preparada para ponerse de nuevo en marcha. Pusieron al día a Penbrook contándole su conversación con Kim Scotts y les llevó algún tiempo revisar los albaranes que les había dado. Lo hicieron con rapidez, casi como un ejercicio obligado. “¿Qué hay por aquí en el frente local?” preguntó Ellington. “¿Alguna novedad?” “Ninguna,” dijo Penbrook. “Con toda honestidad, me encantaría escuchar lo que tenéis vosotros. Entiendo que este caso te toca de cerca, agente White. ¿Cuál es nuestro siguiente paso?” “Quiero ir al condado de Morrill. Allí es donde mataron tanto a mi padre como a Jimmy Scotts. Y como parece que la muerte de mi padre parecer haber sido la primera de esta serie, creo que es el mejor lugar por donde empezar.” “¿En busca de qué, exactamente?” preguntó Penbrook. “Todavía no lo sé.” “Pero no te dejes engañar por eso,” le dijo Ellington. “Consigue algunos de sus mejores resultados cuando entra a por ello sin ninguna idea de lo que está buscando.” Mackenzie le lanzó una sonrisa maliciosa y volvió su atención hacia Penbrook. “Crecí en un pueblo que se llama Belton. Voy a empezar por allí. Sabré cuál es el siguiente paso cuando se presente.” “Si eso es lo que quieres hacer, no intentaré disuadirte,” dijo Penbrook. “Pero el condado de Morrill está a cuánto… ¿seis horas de distancia?” “No me importa conducir,” dijo Mackenzie. “Estaré bien.” “¿Cuándo vas a salir hacia allá?” “Quizá pronto. Si puedo salir de aquí para las seis, eso me colocaría en Belton para la medianoche.” “En fin, feliz viaje entonces,” dijo Penbrook. Parecía decepcionado y un poco disgustado. Mackenzie asumió que eso se debía a que tenía la impresión de que Ellington y ella iban a estar a su lado hasta que se solucionara este caso. Sin pretender ocultar sus sentimientos en lo más mínimo, Penbrook se dirigió hacia la puerta. Mirando de soslayo por encima de su hombro a donde estaban ellos, les hizo un gesto mecánico. “Hacednos saber si necesitáis cualquier cosa.” Cuando Penbrook ya había cerrado la puerta al salir, Mackenzie soltó un suspiro. “Guau,” dijo. “No se tomó eso nada bien, ¿no es cierto?” Ellington se tomó un momento para pensar en una respuesta. Cuando por fin dijo algo, su tono de voz era bajo y comedido. “Creo que entiendo a lo que se refiere, la verdad.” “¿Cómo dices?” preguntó Mackenzie. “Todas las muertes más recientes han tenido lugar alrededor de Omaha. Irse hasta el otro extremo del estado parece una tarea innecesaria.” “Todo empezó allí,” dijo ella. “Simplemente tiene sentido.” Podía asegurar que él quería salir de su asiento y acercarse a ella—quizá para abrazarla o tomar sus manos entre las suyas. No obstante, él había trabajado de firme para trazar una línea entre lo profesional y su vida amorosa. Por tanto, se quedó en su asiento. “Mira,” dijo él. “Entiendo lo mucho que este caso significa para ti. Y te conozco lo suficiente como para saber que no te detendrás hasta que se acabe todo. Y si quieres ir hasta Belton, entonces creo que deberías hacerlo. Pero… creo que quizás necesite quedarme por aquí.” Mackenzie ni siquiera había considerado la posibilidad de ir ella sola a su pueblo natal. Lo había hecho hace poco más de un año, pero eso había sido distinto. Por aquel entonces, no había podido contar con el apoyo de Ellington. Aparentemente, su dolor y decepción se podían ver en su cara porque entonces Ellington salió de su asiento. Se acercó a ella y se puso directamente delante suyo. Tomó una de sus manos, apretándola ligeramente. “Quiero ir, de veras que sí, pero ya hemos cometido este error antes. Nos vamos de viaje a alguna parte que no es central en la investigación para acabar dándonos cuenta a nuestro regreso de que ha sucedido algo monumental. En este caso, no creo que podamos permitirnos hacer eso. Si te sientes impulsada a ir al condado de Morrill, entonces hazlo, pero creo que tengo que quedarme aquí en la oficina de campo. A riesgo de sonar como un imbécil… este caso no se trata solamente de tu padre. También hay varios cuerpos sin vida aquí en Omaha. Cuerpos recientes.” Y por supuesto que tiene razón, pensó Mackenzie. Pero, al mismo tiempo… ¿por qué abandonarme cuando más le necesito? Sin embargo, asintió. No iba a montarle todo un drama en este momento. O nunca, si podía evitarlo. Además… ¿por qué debería enfadarse con él por separar satisfactoriamente su relación profesional de la emocional? Sin duda, ella no lo estaba haciendo demasiado bien en este momento. “Eso tiene sentido,” dijo ella. “Quizá puedas empezar a peinar las calles y a hablar con los demás vagabundos.” “Yo estaba pensando lo mismo. Pero mira, Mac… si me quieres a tu lado…” “No,” dijo ella. “Estoy bien. Tienes razón. Hagámoslo a tu manera.” Odiaba el hecho de que se le notara la decepción en la voz. Sabía que él no dudaba de sus instintos y también sabía que su enfoque de trabajar por separado sería el más beneficioso para el caso. Claro que ella iba a regresar a su hogar natal para enfrentarse a unos demonios que solo había conseguido ignorar pero que nunca había superado del todo. Esta era la primera oportunidad de ponerse a la altura de las circunstancias y mostrarle el tipo de hombre que podía ser para ella. Sin embargo, él estaba optando por ser mejor agente que compañero sentimental. Mackenzie lo entendía y, cielos, hasta le hacía enamorarse de él un poquito más. “No soy estúpido, Mac,” le dijo. “Estás enfadada. Puedo ir contigo. No es para tanto.” “No estoy enfadada… no contigo. Es solo que odio la manera en que este caso consigue hacerme sentir como dos personas diferentes. Pero tú tienes razón. Necesitas quedarte aquí.” Le dio un besito al extremo de los labios y se dirigió hacia la puerta. “¿Y te vas así sin más?” “Es mejor que prolongarlo y disgustarme todavía más, ¿no es cierto? Te llamo cuando consiga una habitación.” “¿Estás segura de que esto es lo que quieres?” preguntó. No sé lo que quiero, pensó Mackenzie. Y ese es el problema. En vez de ello, solo dijo: “Sí, es la opción más inteligente y con mejores probabilidades. Hablo contigo alrededor de la medianoche.” Dicho eso, salió de la sala de conferencias. Le costó Dios y ayuda no darse la vuelta y explicarle que no tenía ni idea de por qué le molestaba tanto su sugerencia de trabajar por separado. En vez de ello, continuó hacia delante. Mantuvo la vista en el suelo, sin desear hablar con nadie, mientras se dirigía hasta el mostrador de AR para hacerse con un coche. CAPÍTULO CINCO En retrospectiva, Mackenzie acabó deseando que se hubiera quedado a pasar la noche en Omaha y que hubiera venido al condado de Morrill con la luz del nuevo día. Atravesar la pequeña localidad de Belton a las 12:05 de la medianoche le dejaba a uno sin aliento. Apenas había otro coche por la carretera y las únicas luces que se podían vislumbrar eran las farolas que había en la calle principal y unos cuantos signos de neón en los ventanales de los bares y el lugar que Mackenzie estaba buscando, el único motel del pueblo. Belton tenía una población de algo más de dos mil habitantes. Estaba formada principalmente de granjeros y trabajadores de una fábrica textil. Los negocios familiares eran la esencia del lugar porque no había empresas más grandes que se atrevieran a probar suerte en esta parte del estado. Cuando ella era niña, un McDonald’s, un Arby’s, y un Wendy’s intentaron hacer negocio en la calle principal, pero cada uno de ellos había desaparecido en menos de tres años. Consiguió una habitación de hotel tras recibir una mirada lujuriosa no demasiado sutil del brusco anciano que estaba empleado en la recepción. Una vez desempacó su única bolsa y cuando el día ya le había agotado, llamó a Ellington antes de apagar las luces. Como siempre atento, respondió al segundo tono. Sonaba tan cansado como se sentía. “Por fin llegué,” dijo ella, sin molestarse en decir ni hola. “Muy bien,” respondió Ellington. “¿Cómo te encuentras?” “Asustadísima. Supongo que es un lugar extraño que visitar de noche.” “¿Sigues pensando que esta fue la mejor manera de manejarlo?” “Claro. ¿Y tú?” “No lo sé. He tenido algo de tiempo para pensar en ello. Quizá hubiera debido ir contigo. Esto es más que un simple caso para ti. También estás intentando desprenderte de parte de tu pasado. Y si te quiero, y así es, debería estar allí en esta ocasión.” “Pero, primeramente, se trata de un caso,” dijo ella. “Antes de nada tienes que ser un buen agente.” “Claro, me digo eso a mí mismo una y otra vez. Suenas agotada, Mac. Duerme algo. Es decir, si todavía puedes dormir sola.” Mackenzie sonrió. Hacía casi tres meses desde que habían empezado a compartir una cama de manera habitual. “Habla por ti,” dijo ella. “Acabo de ser avasallada por la mirada de un empleado de recepción particularmente ajado.” “Utiliza protección,” dijo Ellington con una carcajada. “Buenas noches:” Mackenzie colgó el teléfono y se desnudó, quedándose en ropa interior. Durmió encima de las mantas, negándose a arriesgarse a dormir entre las sábanas de un motel en Belton. Pensó que le llevaría siglos quedarse dormida, pero antes de que la soledad y el silencio del pueblo al otro lado de la ventana tuvieran suficiente tiempo para aterrarla de verdad, le sobrevino el sueño y se la llevó hasta sus profundidades. *** Su alarma interna le despertó a las 5:45 pero la ignoró y volvió a cerrar los ojos. No tenía ninguna agenda que la presionara y, además de eso, no podía recordar la última vez que se había permitido quedarse remoloneando en la cama. Se la arregló para volver a quedarse dormida y cuando despertó de nuevo, eran las 7:28. Salió rodando de la cama, se duchó y se vistió. Ya estaba saliendo por la puerta para las ocho y, al instante, dedicada a la caza de un café. Pilló una taza junto con una galleta con salchicha en un pequeño restaurante de carretera que llevaba en pie más tiempo del que podía recordar. Lo había frecuentado con sus amigos cuando iba a la escuela secundaria, sorbiendo batidos de leche hasta que cerraba el garito a las nueve todas las noches. Ahora el lugar no parecía más que un vertedero grasiento, una mancha sobre cómo ella recordaba su adolescencia. No obstante, el café era intenso y delicioso, el tipo apropiado de combustible para empujarla por la Autopista 6 hacia una franja de tierra donde en cierto momento había residido. A medida que se aproximaba, se dio cuenta de que podía recordar con facilidad la última vez que había pasado por aquí. Había venido en compañía de Kirk Peterson, el ahora amargado investigador privado que se había tropezado con el caso de su padre cuando habían matado a Jimmy Scotts. Por eso, cuando la casa apareció en su campo de visión al entrar al patio del garaje, no le sorprendió demasiado lo que vio. Un techo en deterioro parecía amenazar con tirar abajo toda la pared de atrás. Los hierbajos alrededor del lugar lo habían invadido todo y el porche delantero se parecía a algo que hubieran sacado de una película de miedo. La casa de los vecinos también estaba vacía. Parecía encajar que no hubiera otra cosa a los lados de las casas más que bosque. Quizá algún día el bosque acabara por penetrar más adentro y se tragara las viejas casas abandonadas. No me molestaría en absoluto, pensó Mackenzie. Aparcó su coche en el fantasma de patio del garaje y se apeó del coche al aire de la mañana. Con la autopista a sus espaldas y los bosques por delante, el lugar estaba en silencio y serenidad. Podía escuchar los cánticos de los pájaros en los árboles y el tintineo del motor de su coche mientras se enfriaba. Atravesó el silencio, hasta llegar a la puerta principal. Sonrió al ver que la habían tirado de una patada. Recordaba haberlo hecho cuando vino aquí con Peterson. También podía recordar la maliciosa clase de satisfacción que había obtenido del acto. En el interior, todo estaba igual que lo había encontrado hace poco más de un año. Sin muebles, ni pertenencias, ni gran cosa en absoluto. Grietas en las paredes, moho en la alfombra, el olor a viejo y a desidia. Aquí no había nada para ella. Nada nuevo. Entonces ¿por qué demonios estoy aquí? Sabía la respuesta. Sabía que era porque entendía que sería la última vez que la vería. Después de este viaje, jamás se volvería a permitir molestarse por esta maldita casa. Ni en sus recuerdos, ni en sus sueños, y sin duda alguna, tampoco en su futuro. Caminó con lentitud por la casa, echando una ojeada a cada habitación. La sala de estar, donde su hermana, Stephanie, y ella, habían visto Los Simpsons y habían acabado prácticamente obsesionadas con los Expedientes X. La cocina, donde su madre rara vez había servido nada que valiera la pena excepto por la lasaña de la que había encontrado la receta en un paquete de pasta. Su dormitorio, donde había besado a un chico por primera vez y había dejado a otro que le desnudara por primera vez. Había cuadrados en sus paredes que estaban ligeramente descoloridos respecto al resto de la pintura; ahí era donde habían estado colgados en su día sus posters de Nine Inch Nails, Nirvana, y PJ Harvey. El cuarto de baño, donde había llorado un poquito después de tener su primer periodo. El diminuto lavadero, donde había tratado de quitarse de la blusa el olor a cerveza derramada una noche que había vuelto muy tarde a casa cuando solo tenía quince años. Al final del pasillo estaba el dormitorio de sus padres—un dormitorio que le había estado acechando en sueños durante demasiado tiempo. La puerta estaba abierta, la habitación esperándola. No obstante, ni siquiera entró a la habitación. Se quedó de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho mientras miraba al interior. Con el sol de la mañana penetrando por las ventanas agrietadas y polvorientas, la habitación parecía tener una cualidad etérea. Era muy fácil imaginarse que el lugar estaba encantado o maldito, aunque ella sabía que nada de eso era cierto. Un hombre había muerto en esta habitación, su sangre seguía en la moqueta. Pero lo mismo se podía afirmar de muchas otras innumerables habitaciones por todo el mundo. Esta no era más especial que aquellas habitaciones. ¿Por qué debería tener tanto peso en su vida? Puedes pensar que eres dura y cabezota si quieres, habló alguna parte más sabia dentro de ella. Pero si no solucionas este caso en esta ocasión, esta habitación te perseguirá por siempre. Será mejor que te pegues al suelo y que levantes una verja de cárcel a su alrededor. Dejó ese umbral y salió afuera. Caminó alrededor de la casa hasta la parte trasera, donde estaba la única entrada a la bodega. Encontró la vieja puerta retorcida en su marco y fácil de abrir. Pasó al interior y casi grita cuando vio una serpiente verde deslizándose por una de las esquinas. Se rió de sus temores y entró al polvoriento espacio. Apestaba a tierra vieja y a cosas extrañas y amargas. Era un lugar olvidado con telas de araña y polvo acumulado por todas partes. Tierra, polvo, moho, óxido. Era difícil de imaginar que este era el mismo lugar donde en cierto momento se había sentido emocionada de aventurarse cuando llegaba la hora de sacar su bicicleta en primavera y de andar con ella por el patio. Había sido donde su padre guardaba la cortadora de césped y la desbrozadora, donde su madre guardaba todos los frascos de vidrio para hacer sus mermeladas y sus gelatinas. Abrumada por los recuerdos y el olor a rancio, Mackenzie volvió a salir afuera. Se puso de camino a su coche, pero fue incapaz de irse por el momento. Como un fantasma aburrido, volvió a entrar a acechar el espacio. Caminó hasta el final del pasillo, de vuelta a la habitación de sus padres. Se quedó mirando fijamente a la habitación, poco a poco comenzando a entender la ruta que había que tomar. Había estado más cerca de ella la noche anterior, cuando entraba con el coche a Belton y solo quería que se acabara el viaje. Esta vieja habitación vacía no guardaba para ella nada más que recuerdos macabros.  SI quería hacer progresos de verdad en el caso, iba a tener que hacer algo de espeleología. Iba a tener que lanzarse a las calles del pueblo del que, de adolescente, se había temido que jamás pudiera escapar. *** Se había mantenido tan alejada de Belton una vez consiguió un trabajo con la policía estatal a los veintitrés años que los años le habían sustraído el conocimiento. No tenía ni idea de qué negocios seguirían aún abiertos. Tampoco tenía ni idea de quién había muerto y quién se las había arreglado para llegar a sus años dorados de la vejez. Por supuesto, hacía menos de doce años que estaba alejada de Belton, pero un solo año tenía una manera curiosa de causar caos en un pueblecito—ya fueran las finanzas, los bienes raíces, o las muertes. Pero también sabía que los pueblecitos tendían a mantenerse arraigados en la tradición. Y esa es la razón de que Mackenzie condujera al almacén local de provisiones de granja al extremo oriental del pueblo. El lugar se llamaba Atkins Provisiones para Granjas y Tractores y en cierto momento, mucho antes de que hubiera nacido Mackenzie, había sido el centro de negocios del pueblo. Al menos esa era una de las historias que le había contado su padre. Ahora, la verdad, era un fantasma de su antiguo esplendor. Cuando Mackenzie era una niña, el lugar ofrecía prácticamente todos los cultivos que pudiera desear un granjero (especializándose en maíz como la mayoría de los lugares en Nebraska). También había vendido equipo de granja, accesorios, y mercancías para el hogar. Cuando entró a él quince minutos después de estar de pie en el umbral de la habitación en la que había muerto su padre, Mackenzie se sintió casi triste por los propietarios. La parte de atrás, que en su día albergara los cultivos y las provisiones de jardinería, había sido destripada completamente. Ahora había allí aposentada una mesa de billar llena de arañazos. En cuestión de la tienda en sí, todavía vendía cultivos, pero la selección no era gran cosa que mencionar. La sección más grande del lugar, de hecho, era una exhibición de semillas de plantas y flores. Un pequeño refrigerador en la parte de atrás conservaba el cebo para pesca (pescados y lombrices, según decía el letrero escrito a mano) mientras que la recepción frontal se erigía delante de una exhibición muy polvorienta de cañas y aparejos de pesca. Había dos viejos de pie detrás del mostrador. Uno estaba revolviendo una taza de café mientras el otro pasaba las páginas de un libro de proveedores. Mackenzie se acercó al mostrador, no muy segura de qué enfoque tomar: el de la habitante local que acaba de regresar tras una larga ausencia o el de la agente del FBI que estaba investigando los hechos de un caso antiguo. Pensó que tendría que ponerlo a prueba contándoselo a alguien. Ambos hombres le miraron al mismo tiempo, cuando ella ya estaba a un par de metros del mostrador. Reconoció a los dos hombres de los años en que había vivido en Belton, pero solo sabía el nombre del hombre que hojeaba el catálogo. “¿Señor Atkins?” preguntó, sabiendo al instante que podría ejercer los dos roles y obtener alguna información honesta—si acaso había alguna que obtener. El hombre con el catálogo en sus manos miró a Mackenzie. Wendell Atkins tenía doce años más que la última vez que le había visto Mackenzie, pero parecía que hubiera envejecido al menos veinte. Mackenzie asumió que tenía que tener al menos setenta años en la actualidad. Él le sonrió y señaló con la cabeza hacia un lado. “Pareces familiar, pero no sé si el nombre me va a venir a la mente,” dijo. “Va a ser mejor que me lo digas porque podría estar aquí intentando adivinarlo todo el día.” “Soy Mackenzie White. Viví en Belton toda la vida hasta que cumplí dieciocho años.” “White… ¿era tu madre Patricia?” “Sí, señor, esa soy yo.” “En fin, cielos” dijo Atkins. “No te he visto en mucho tiempo. Lo último que escuché era que estabas trabajando con la policía del estado o algo así, ¿verdad?” “Fui detective con ellos durante una temporada,” dijo ella. “Pero acabé en Washington, DC. Ahora trabajo para el FBI.” Mackenzie sonrió para sus adentros porque sabía que, en el momento que saliera de la tienda, Wendell Atkins le hablaría a todo el mundo en el pueblo de la visita que acaba de tener de Mackenzie White, la chiquilla que se fue a DC y se convirtió en agente federal. Y si se corría el rumor, se imaginaba que alguna gente podía empezar a hablar de lo que le sucedió a su padre. En los pueblos pequeños, así es como se pasaba la información entre la gente. “¿Es eso cierto?” dijo Atkins. Hasta su amigo elevó la vista de su café, con aspecto muy interesado. “Sí, señor. Y esa es la razón de que esté aquí. Tenía que venir a Belton a echar un vistazo a un viejo caso. El caso de mi padre, para hablar claro.” “Oh no,” dijo Atkins. “Es cierto… jamás hallaron a los que le hicieron eso, ¿verdad?” “No, no lo hicieron. Y últimamente, ha habido numerosos asesinatos en Omaha que creemos están vinculados con el de mi padre. Ahora, he venido aquí porque, francamente, recuerdo que papá venía aquí ocasionalmente cuando yo era pequeña. Era ese tipo de sitios donde los hombres tendían a sentarse a pasar el tiempo tomando café y hablando de sus cosas, ¿no es cierto?” “Eso es cierto… aunque no siempre era café lo que bebíamos,” dijo Wendell con una risita ronca. “Me preguntaba si podría decirme cualquier cosa que recuerde después de enterarse de que habían matado a mi padre. Incluso si piensa que eran rumores o cotilleos, me gustaría saberlo.” “En fin, agente White,” dijo con buen humor, “Odio decirte que parte de ello no es muy agradable.” “No espero que lo sea.” Atkins hizo un sonido incómodo dentro de su garganta mientras se inclinaba sobre el mostrador.  Su amigo pareció percibir que se avecinaba una conversación delicada; agarró su taza de café y desapareció por detrás de las filas de inventario y de aparejos de pesca que había detrás del mostrador. “Algunos dicen que fue tu madre,” dijo Atkins. “Y solo te digo esto porque me lo has preguntado. De lo contrario, no me atrevería a comentar algo así.” “Está bien, señor Atkins.” “Cuenta la leyenda que ella lo preparó todo para que pareciera un asesinato. El hecho de que ella… en fin, que más o menos tuviera un ataque de nervios después de lo sucedido, le pareció demasiado conveniente a alguna gente.” Mackenzie ni siquiera podía enfadarse ante tal acusación. Ella misma se había planteado esa teoría, pero simplemente no encajaba. También significaría que ella era responsable por las muertes de los vagabundos, de Gabriel Hambry, y de Jimmy Scotts. Y su madre podía ser muchas cosas, pero no era una asesina en serie. “Otra historieta cuenta que tu padre estaba liado con algunos hombres malos de México. Un cártel de drogas de alguna clase. Un trato salió mal o tu padre les sacó la pasta de alguna manera y ahí se acabó todo.” Esta era otra teoría con la que se había especulado mucho tiempo. El hecho de que, Jimmy Scotts también había estado supuestamente implicado con un cártel de drogas—el suyo en Nuevo México—proporcionaba un enlace, pero, como había comprobado una larga investigación, no había conexión alguna. Claro que el padre de Mackenzie había sido policía y era del domino público que había detenido a unos cuantos traficantes de drogas locales, con lo que esa suposición era fácil de hacer. “¿Algo más?” preguntó. “No. Cree lo que tú quieras, pero francamente, yo no fisgo demasiado. Odio el cotilleo. Ojalá tuviera más que contarte.” “Está bien. Gracias señor Atkins.” “Sabes,” dijo él, “puede que quieras hablar con Amy Lucas. ¿Te acuerdas de ella?” Mackenzie trató de escarbar en su memoria, pero no le vino nada a la mente. “El nombre me suena un poco, pero no… no la recuerdo.” “Vive allá en la calle Dublín… la casa blanca con el viejo Cadillac encima de unos bloques en el patio del garaje. Ese maldito bulto lleva ahí desde siempre.” Tristemente, ese era todo el recordatorio que necesitaba Mackenzie. Aunque ella no conociera personalmente a Amy Lucas, sí que recordaba la casa. El Cadillac en cuestión era de los años 60. Llevaba colocado encima de unos bloques ni Dios sabía cuánto tiempo, Mackenzie se acordaba de haberlo visto durante la época que pasó en Belton. “¿Qué hay de ella?” preguntó Mackenzie. “Tu madre y ella fueron como uña y carne durante una temporada. Amy perdió a su marido por un cáncer hace tres años. No es que se le haya visto mucho por el pueblo como de costumbre desde aquello. Pero me acuerdo de ella con tu madre, siempre saliendo juntas. Siempre estaban en el bar, o jugando a las cartas en el porche frontal de Amy.” “Como si el señor Atkins hubiera tocado un interruptor en alguna parte, Mackenzie se acordó de pronto de más que lo que había recordado hasta ahora. Apenas podía ver el rostro de Amy Lucas, resaltado por un cigarrillo que le colgaba de entre los labios. Esa es la amiga por la que mamá y papá tenían tantas discusiones, pensó Mackenzie. Las noches que mamá venía borracha a casa o que no andaba por allí un sábado, estaba con Amy. Yo era demasiado joven como para pensar ni un minuto sobre ello. “¿Sabe dónde trabaja?” preguntó Mackenzie. “En ninguna parte. Te apuesto lo que sea a que está en su casa ahora mismo. Cuando murió su marido, le dejó con un bonito nido lleno de huevos. Se queda sentada en su casa y camina arriba abajo todo el día. Pero por favor, si vas a verla, por amor de todo lo más sagrado, no le digas que yo te envié allí.” “No lo haré. Gracias de nuevo, señor Atkins.” “Claro, espero que encuentres lo que sea que estés buscando.” “Yo también.” Volvió a salir afuera y caminó hasta su coche. Miró arriba y abajo al tranquilo tramo de la calle principal y se empezó a preguntar: ¿Qué es exactamente lo que estoy buscando?” Se montó al coche y empezó a circular hacia la calle Dublín, esperando encontrar allí algo parecido a una respuesta. CAPÍTULO SEIS La calle Dublín era un tramo asfaltado de dos carriles que serpenteaba a través del bosque. Coronada por árboles a ambos lados de la carretera, Mackenzie fue escoltada hasta la residencia de Amy Lucas. Sentía cómo si le estuvieran transportando a través del tiempo, especialmente cuando llegó a la casa y divisó ese viejo Cadillac, apostado sobre unos bloques de cemento al extremo opuesto del patio de gravilla del garaje. Aparcó detrás del único otro coche que había allí, un Honda mucho más actual, y se bajó. Mientras entraba al porche, pensó en Atkins hablándole de su madre y de Amy jugando a las cartas en este mismo espacio. Hacerse consciente de que su madre había ocupado este porche en otro tiempo le provocó un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. Mackenzie llamó a la puerta y la respondieron de inmediato. La mujer que estaba en pie al otro lado era un fantasma del recuerdo que tenía Mackenzie. Amy Lucas parecía tener unos cincuenta y tantos años y el tipo de mirada que siempre parece estar sintiendo desconfianza de alguien. La mayor parte de su cabello castaño había encanecido. Estaba peinado hacia atrás con firmeza para revelar una frente llena de viejas cicatrices de acné. Tenía un cigarrillo entre los dedos de su mano derecha, y el humo se deslizaba de vuelta al interior de la casa. “¿Señora Lucas?” preguntó Mackenzie. “¿Amy Lucas?” “Esa soy yo,” dijo ella. “¿Y quién eres tú?” Mackenzie mostró su placa y repasó la misma rutina de siempre. “Mackenzie White, del FBI. Esperaba poder preguntarle—” “¡Mac!¡Madre mía! ¿Qué estás haciendo en el pueblo?” El hecho de que esta mujer pareciera recordarle desequilibró un poco a Mackenzie, pero se las arregló para conservar la compostura. “Lo cierto es que estoy trabajando en un caso y esperaba que pudieras ser de alguna ayuda.” “¿Yo?” Entonces se echó a reír con el tipo de carcajada que ya hacía tiempo que se había convertido en el sonido de incontables cigarrillos trabajando en contra de sus pulmones. “Bueno, se trata del caso de mi padre. Y con toda franqueza, mamá y yo ya no tenemos la mejor relación del mundo. Esperaba que pudieras ayudarme a arrojar algo de luz sobre unas cuantas cosas.” Esa mirada desconfiada se achinó durante un momento antes de que Amy asintiera con la cabeza y se echara a un lado. “Pasa adentro,” dijo. Mackenzie pasó al interior y le recibió como una bofetada la peste a humo de cigarrillo. Era casi como una nube visible colgando de la casa. Amy le guió a través de un pequeño recibidor hacia el interior de la sala de estar, donde tomó asiento en una vieja butaca deshilachada. Mientras Mackenzie se sentaba al extremo de un sofá en la pared más alejada, hizo lo que pudo para ocultar el hecho de que estaba intentando no toser debido a todo el humo de cigarrillos. “Me enteré de lo de su marido,” dijo Mackenzie. “Le acompaño en el sentimiento.” “Sí, fue un día triste, pero sabíamos que estaba de camino. El cáncer puede ser muy cabrón. Pero… él ya estaba listo para irse. El dolor fue terrible casi al final. “ No había manera de hacer una transición sencilla y, como Mackenzie nunca había considerado el arte de la conversación como su punto más fuerte, hizo lo que pudo por ir al grano sin parecer grosera. “Por eso he regresado al pueblo, para intentar encontrar más detalles sobre el asesinato de mi padre. El caso se quedó paralizado durante muchísimo tiempo, pero otra serie de asesinatos en otra parte del estado nos han hecho volver a abrirlo. Quería hablar contigo porque parece que eras buena amiga de mi madre. Me preguntaba si hay algo que me puedas decir sobre el estado en el que pudiera haber estado los días justo antes y después de la muerte de mi padre.” Amy le dio una calada a su cigarrillo y se volvió a sentar en su sillón. Ya no tenía aspecto desconfiado, sino bastante triste. “Maldita sea, echo en falta a tu madre. ¿Cómo anda ella?” “No lo sé,” dijo Mackenzie. “No hemos hablado en más de un año. Hay algunos asuntos por resolver entre nosotras, como puedes imaginar.” Amy asintió. “¿Llegó a salir alguna vez de esa… residencia?” Quiere decir del pabellón psiquiátrico, pensó Mackenzie. “Sí. Y entonces se buscó un apartamento en alguna parte y empezó a vivir su vida por su cuenta. Como que nos dejó a Stephanie y a mí de lado.” “Cuando murió tu padre, fue muy duro para ella,” dijo Amy. “El hecho de que ella estuviera allí mismo, en el sofá, cuando sucedió todo—pudo con ella.” Sí, también me dejó bastante hecha polvo a mí, pensó Mackenzie. “Sí, todos pasamos por eso. ¿Alguna vez te dijo mamá algo sobre aquella noche? ¿Quizá cosas que vio o que escuchó?” “No que yo recuerde. Sé que le acosaba la idea de que la puerta debía haber estado abierta—que la persona que entró y mató a tu padre entró sin problemas a la casa. Le asustaba muchísimo lo que hubiera podido sucederte a ti o a tu hermana.” “Y así fue,” dijo Mackenzie. “Todos los demás estábamos sanos y salvos. El asesino solo quería a mi padre. ¿Alguna vez compartió mi madre contigo cosas acerca de mi padre que pensaste que eran extrañas? ¿Quizá razones por las que alguien quisiera verle muerto?” “Francamente, tu madre solamente hablaba de lo guapo que estaba vestido con el uniforme de policía. Le hicieron un detective casi al final, ¿verdad?” “Así es. Entonces… ¿a mamá le gustaba el hecho de que fuera un policía o le ponía incómoda?” “Un poco de ambas cosas, creo yo. Estaba muy orgullosa de él, pero siempre estaba preocupada. Es la razón de que bebiera tanto. Siempre estaba preocupada de que le iban a hacer daño y la bebida era su manera de manejar el estrés.” “Ya veo…” “Mira, ya sé que algunos de los rumores que corren por el pueblo no son muy bonitos, pero lo cierto es que tu madre amaba a tu padre. Le quería mucho. Él se desvivió por apoyarla. Al principio cuando se hizo policía y apenas les daba para pagar gastos, consiguió un préstamo y compró este diminuto edificio de apartamentos fuera del pueblo. Trató de ser un casero durante unos dos años y aquello no era para él. Aunque los ingresos eran suficientes como para mantenerles a flote.” “¿Cuándo fue esto?” preguntó. “Antes de que llegaras tú, desde luego,” dijo Amy. “Éramos todos tan jóvenes entonces. Dios, no puedo creer que se me olviden algunas de esas cosas con tanta facilidad…” Mackenzie no pudo evitar sonreír. Así sin más, se acababa de enterar de algo nuevo sobre su padre. Sin duda, quizá él y su madre habían mencionado esta pequeña actividad de casero de pasada, pero si lo habían hecho, ella nunca se había dado por enterada. “Amy, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con mi madre?” “El día antes de que se marchara a esa residencia. No es por restregarlo, pero hasta entonces creo que ya estaba enfadada contigo, aunque nunca me diera una buena razón del por qué.” “¿Y dijo algo acerca de mi padre?” “Dijo que sucedió como en una pesadilla. Dijo que fue su culpa y que debería haber sido capaz de detenerlo. Me imaginé que solo se trataba de culpabilidad por haber estado dormida y no despertarse cuando por lo visto alguien entró a la casa con un arma.” “¿Alguna otra cosa más en la que puedas pensar?” preguntó Mackenzie. Hasta mientras Amy consideraba su respuesta, Mackenzie se había quedado pegada a una cosa que había dicho Amy. Debería haber sido capaz de detenerlo. Parece algo extraño que decir a la luz de lo que sucedió. Sabe algo. Siempre lo ha sabido y yo he estado demasiado asustada como para preguntarle… Mierda. Tengo que llamarla. Finalmente, Amy le respondió: “No, nada que pueda recordar, pero ahora has revuelto mis recuerdos del pasado. Si se me ocurre cualquier otra cosa, no dudes que te lo haré saber.” “Te lo agradecería,” dijo Mackenzie, entregando a Amy una de sus tarjetas de visita. Salió de la casa, perfectamente feliz de poder volver a respirar el aire fresco. Se dirigió de vuelta a su coche, consciente de que apestaba a humo de cigarrillos, pero todavía contemplando el nuevo pedazo de información que había obtenido acerca de su padre. Un casero, pensó. ¡No me encaja para nada! Me pregunto si Stephanie lo sabía… Pero a la cola de este, había otro pensamiento. Voy a tener que visitar a mi madre. No puedo retrasarlo más. Este reconocimiento le puso nerviosa al instante. Mientras sacaba el coche de nuevo a la calle Dublín, el mero pensamiento de ver a su madre le puso a la defensiva. Parecía como si un peso se estuviera asentando en su estómago de camino al pueblo, intentando pensar en algo que pudiera hacer para retrasar la inevitable visita a su madre. CAPÍTULO SIETE Tenía otra tarea legítima que llevar a cabo antes de atormentarse con más pensamientos sobre su madre. Echó una ojeada a los archivos del caso y sacó la información sobre la autopsia de su padre. Encontró el nombre del forense que había escrito el informe original y se dispuso a localizarle. Fue bastante fácil. Aunque el forense en cuestión se hubiera jubilado hacía dos años, el condado de Morrill era el tipo del lugar que parecía un agujero negro. Era imposible escaparse de él. Esa era la razón de que hubiera tantas caras familiares en las calles. A nadie se le había ocurrido largarse, irse a algún otro lugar para ver qué les tenía preparado la vida. Llamó por teléfono al agente Harrison en DC para conseguir la dirección de Jack Waggoner, el forense que había trabajado en el caso de su padre. Obtuvo la dirección en unos cuantos minutos y se puso a conducir hasta otro pueblecito llamado Denbrough. Denbrough estaba a cuarenta millas de Belton, dos puntitos en el mapa de lo que era el Condado de Morrill. Jack Waggoner vivía en una casa que se encontraba junto a un prado. Postes de vallas viejas derruidas y cables de púas indicaban que, en su día, aquí se habían dedicado a la crianza de caballos. Cuando aparcó su coche en el patio del garaje de una hermosa mansión colonial de dos plantas, vio a una mujer quitando las malas hierbas de un jardín de flores que bordeaba todo el porche. La mujer la divisó desde el momento que Mackenzie entró al callejón con su coche hasta que lo aparcó. “Hola,” dijo Mackenzie, deseando interactuar con la mujer cuanto antes posible antes de que su mirada insistente empezara a irritarle. “Qué hay,” dijo la mujer. “¿Y quién puedes ser tú?” Mackenzie le mostró su placa y se presentó de la manera más agradable que pudo. De inmediato, los ojos de la mujer se iluminaron, y le dejó de mirar con desconfianza. “¿Y qué trae al FBI hasta Denbrough?” preguntó la mujer. “Esperaba poder hablar con el señor Waggoner,” dijo Mackenzie. “Jack Waggoner. ¿Está en casa?” “Así es,” dijo la mujer. “Yo me llamo Bernice, por cierto. Su esposa desde hace treinta y un años. A veces recibe llamadas del gobierno, siempre sobre gente muerta a la que examinó en el pasado.” “Sí, esa es la razón de que haya venido. ¿Podría decirle que estoy aquí?” “Te llevaré donde él está,” dijo Bernice. “Está en medio de un proyecto.” Bernice invitó a Mackenzie a entrar en la casa. Estaba limpia y parcamente decorada, lo que la hacía parecer mucho más grande de lo que era en realidad. La disposición del lugar le hizo pensar de nuevo en que el enorme campo que había fuera había albergado ganado en otro tiempo—un ganado que había ayudado a pagar por esta casa. Bernice le hizo descender hasta un sótano remodelado. Cuando llegaron al final de las escaleras, lo primero que vio Mackenzie fue una cabeza de ciervo en la pared. Entonces, cuando doblaron la esquina, vio a un perrito embalsamado—un perro de verdad que habían embalsamado después de muerto. Estaba apoyado en el rincón sobre una plataforma algo extraña. En la esquina opuesta del sótano, había un hombre inclinado sobre una mesa de trabajo. Una lámpara de mesa iluminaba algo en lo que estaba trabajando, algo que estaba oculto por los hombros y la espalda encorvados del hombre. “¿Jack?” dijo Bernice. “Tienes una visita.” Jack Waggoner se dio la vuelta y escudriñó a Mackenzie desde detrás de un par de gafas gruesas. Se las quitó, parpadeó de manera casi cómica, y se levantó lentamente de su sillón. Cuando se movió, Mackenzie pudo ver en qué estaba trabajando. Vio el cuerpo de lo que parecía ser un pequeño lince. Taxidermia, pensó. Parece que no pudo alejarse de los cadáveres después de retirarse. “No creo que nos conozcamos,” dijo Jack. “No nos conocemos,” dijo ella. “Soy Mackenzie White del FBI. Esperaba hablar con usted sobre un cadáver que usted examinó y con el que ayudó hace unos diecisiete años.” Jack silbó y se encogió de hombros. “Demonios, apenas puedo recordar los cadáveres que examiné durante mi último año—y eso que solo fue hace dos años. Diecisiete años puede ser demasiado pedir.” “Fue un caso bastante prioritario,” dijo. “Un policía… un detective, para ser exactos. Un hombre llamado Benjamin White. Era mi padre. Le dispararon a quema—” “A quemarropa en la nuca,” dijo Jack. “Con una Beretta 92, si la memoria no me falla.” “Así fue.” “Claro, ese sí que lo recuerdo. Y… en fin, supongo que encantado de conocerte. Lamento lo de tu padre, por supuesto.” Bernice suspiró y se puso a caminar hacia las escaleras. Le lanzó a Mackenzie una sonrisita y un gesto de la mano como disculpándose y se retiró. Jack le sonrió a su mujer a medida que se dirigía hacia las escaleras. Cuando sus pisadas se silenciaron, Jack volvió a mirar a la mesa de trabajo. “Te daría la mano, pero… en fin, no sé si querrás que lo haga.” “La taxidermia parece una afición apropiada para un hombre con su historial laboral,” dijo Mackenzie. “Me ayuda a pasar el tiempo. Y los ingresos adicionales no vienen mal tampoco. De todas maneras… me estoy yendo por las ramas. ¿Qué puedo responder acerca del caso de Ben White?” “Francamente, solo estoy buscando cualquier cosa fuera de lo normal. He leído los informes del caso más de cincuenta veces, sin duda. Me los sé de arriba abajo. No obstante, también soy consciente de que suele haber detalles mínimos que solo son percibidos por una o dos personas—detalles que en el momento no parece que merezcan la pena ser incluidos—que no acaban en el informe oficial. Estoy buscando cosas de esas.” Jack se tomó un momento para pensar en ello, pero Mackenzie podía asegurar por la mirada de decepción en sus ojos que no se le estaba ocurriendo nada. Tras unos momentos, él sacudió la cabeza. “Lo siento, pero en lo que se refiere al cadáver, no había nada fuera de lo normal. Obviamente, el medio que causó la muerte estaba claro. Por lo demás, sin embargo, su cuerpo había estado en buena forma.” “Entonces, ¿por qué lo recuerda tan bien?” “Debido a la propia naturaleza del caso. Siempre me resultó de lo más sospechoso. Tu padre era un policía de buena reputación. Alguien entró a tu casa, le disparó en la nuca, y se las arregló para salir sin que nadie viera quién lo hizo. No es que una Beretta 92 sea increíblemente ruidosa, pero sí lo suficiente como para despertar a una casa.” “Me despertó a mí,” dijo Mackenzie. “Mi habitación estaba directamente junto a la suya. Lo escuché, pero no estaba segura de qué se trataba. Entonces escuché pisadas cuando alguien pasó junto a mi habitación. La puerta de mi dormitorio estaba cerrada, algo que yo nunca hacía de niña. Siempre la dejaba un poco entreabierta. Pero alguien la había cerrado, El mismo alguien, asumo, que disparó a mi padre.” “Eso es correcto. Le encontraste tú, ¿verdad?” Mackenzie asintió. “Y no podían haber pasado más de dos o tres minutos tras el disparo. En todo ese tiempo, no se me ocurrió que algo andaba mal. Entonces fue cuando salí de la cama y fui a ver qué pasaba a la habitación de mis padres.” “Ya te digo… me gustaría tener algo más para ti. Y te ruego que me perdones por decirlo, pero hay algo de la historia oficial que no encaja. ¿Has hablado con tu madre sobre algo de esto?” “No. No en profundidad. No es que seamos las mejores amigas.” “Estaba hecha un desastre los días antes del funeral. Nadie le podía decir ni una palabra. Pasaba de llorar desconsoladamente a ataques de rabia en un abrir y cerrar de ojos.” Mackenzie asintió, pero guardó silencio. Podía recordar perfectamente los ataques de rabia de su madre. Fue uno de los factores cruciales para que la ingresaran en un hospital psiquiátrico más adelante. “¿Hubo algún tipo de confidencialidad cuando llegó el cadáver a la morgue?” preguntó. “No por lo que puedo recordar. Ningún asunto sospechoso por lo que yo sé. Solo se trataba de otro cuerpo rutinario que llegaba. Aunque sabes… recuerdo a un policía que siempre andaba por allí. Estaba con ellos cuando entregaron el cadáver y se quedó en la oficina del forense un rato, como si estuviera esperando por algo. Estoy bastante seguro de que también le divisé en el funeral. Pero, en fin, Benjamin White era un hombre muy respetado… especialmente por los demás agentes del cuerpo. Claro que este agente… estaba allí todo el tiempo. Si la memoria no me traiciona, creo que se quedó por allí después del funeral, como si necesitara de algún tiempo a solas para procesar las cosas o algo así. Pero esto fue hace mil años, entiéndeme. Diecisiete años es mucho tiempo. Los recuerdos empiezan a disiparse cuando llegas a mi edad.” “¿Por casualidad sabe cuál es el nombre de ese policía?” preguntó Mackenzie. “No lo sé, aunque estoy bastante seguro de que firmó algunos papeles en algún momento. ¿A lo mejor puedes echar mano de los archivos del caso original?” “Quizás,” dijo Mackenzie. Está diciendo la verdad y siente lástima por mí, pensó Mackenzie. No hay nada más que conseguir aquí… excepto quizá adquirir alguna formación en taxidermia. “Gracias por su tiempo, señor Waggoner,” dijo ella. “Por supuesto,” dijo él, escoltándola de vuelta al piso superior. “Realmente espero que puedas solucionar este caso. Siempre pensé que había algo extraño en ello. Y aunque no conocía a tu padre demasiado bien, no escuché más que cosas buenas sobre él.” “Se lo agradezco,” dijo Mackenzie. Dándole las gracias por última vez, Mackenzie se dirigió de vuelta a la calle con Jack a su lado. Le saludó a Bernice, que había regresado a sus malas hierbas en el jardín de flores, y se montó en el coche. Eran las tres de la tarde, pero le daba la impresión de que fuera mucho más tarde. Imaginó que el vuelo de DC a Nebraska, seguido casi de inmediato de un trayecto en coche de seis horas, le estaba empezando a pasar factura. No obstante, era demasiado pronto para dar el día por terminado. Se imaginó que podía terminar su día visitando el lugar donde siempre creyó que acabaría, pero en el que jamás había pisado antes: la comisaría de policía de Belton. CAPÍTULO OCHO La comisaría de policía de Belton le recordaba un poco de más a la comisaría en la que se había pasado tanto tiempo como agente y detective en el sur de Nebraska antes de que el bureau viniera a darle un toque. Era más pequeña, pero parecía tener la misma clase de aire sofocante. Literalmente, era como dar un gigantesco paso atrás hacia su pasado. Después de que una mujer en el mostrador de recepción le respondiera al timbre y le dejara pasar al área principal, Mackenzie caminó a una salita en la parte trasera del edificio. Un letrero junto al marco de la puerta decía REGISTROS. Resultaba casi devastador ver lo abúlico de todo el proceso. Le había mostrado la placa a la mujer en la recepción frontal. Había hecho una llamada, recibido luz verde, y entonces le habían dejado pasar. Y eso era todo. De camino a la sala de registros, dos agentes que caminaban por los pasillos le hicieron un gesto de asentimiento y le echaron unas miradas algo extrañas, pero eso fue todo. Nadie le detuvo ni le preguntó qué se traía entre manos. Francamente, eso le parecía bien. Cuantas menos distracciones, más rápidamente podría salir de aquí. La sala de registros consistía de una pequeña mesa de roble en el centro de la sala, enmarcada por dos sillas a los extremos. El resto de la sala estaba llena de armarios que cubrían las paredes, entre los que había algunos que parecían antiguos y desgastados, mientras que otros parecían mucho más nuevos. A Mackenzie le sorprendió lo organizado de los archivos en este lugar, los armarios más antiguos albergaban archivos que databan hasta 1951. Por pura curiosidad y por su agradecimiento por los registros y archivos bien conservados, abrió uno de estos cajones y echó un vistazo al interior. En su interior, páginas bien desgastadas, carpetas, y otros materiales descansaban en orden, aunque era evidente debido al aroma a papel viejo y al tufillo a polvo que nadie los había hojeado en muchísimo tiempo. Cerró el cajón y entonces examinó las etiquetas delante de los otros armarios hasta que encontró el que necesitaba. Sacó el cajón y lo abrió y empezó a hojear entre los archivos. Lo bueno de ser una agente de policía en un lugar tan pequeño era que, por lo general, no se daban muchos casos que mereciera la pena registrar. Cuando empezó a investigar el caso de su padre, Mackenzie descubrió que el año que él había muerto solo había habido dos homicidios en todo Belton. Debido a esto, le resultó muy sencillo encontrar el archivo de su padre. Lo sacó de su lugar, frunciendo el ceño al ver lo delgadito de la carpeta. Hasta volvió a mirar de nuevo en el cajón para comprobar que no se había pasado ningún archivo por alto, pero no había nada más. Resignada a la única y delgada carpeta, Mackenzie se sentó a la mesita que había en el centro de la sala y comenzó a repasar los contenidos de la carpeta. Había varias fotografías de la escena del crimen, y ya las había visto todas. También volvió a leer las notas sobre el caso. También las había visto antes; hasta tenía fotocopias de ellas en su propia colección de registros del caso. Claro que, ver los documentos originales—tenerlos en la mano—parecía que, de alguna manera, le diera más realidad a todo. Había unos cuantos documentos en el archivo de los que Mackenzie no tenía copias personales. Entre ellos estaba una copia del informe del forense, completo con el nombre de Jack Waggoner y su firma en la parte inferior. La repasó, consideró que tanto el trabajo como las notas eran satisfactorias, y continuó a la siguiente página. No estaba segura de lo que estaba buscando, pero no había nada nuevo que ver. Sin embargo, cuando llegó a la parte de atrás del archivo, se encontró con la página dos del informe final, donde una nota afirmaba que el caso quedaba por resolver. En la parte inferior, había dos firmas garabateadas, junto con el nombre impreso de ambos. Uno de ellos era Dan Smith. El otro era Reggie Thompson. Mackenzie volvió a hojear el informe del forense para ver los nombres de los agentes que también habían firmado allí. Solamente había un nombre allí: Reggie Thompson. El nombre de Thompson en ambos documentos era una buena indicación de que este era el agente que parecía haber estado manteniéndose al tanto del caso, hasta en la oficina del forense. Hojeó los archivos una vez más para asegurarse de que no se había perdido nada. Como había sospechado, no había nada. Colocó el archivo de vuelta en el armario y salió de la sala. Cuando caminó de regreso al pasillo, se tomó su tiempo. Miró los letreros que cubrían las paredes junto a cada entrada. La mayoría de las puertas estaban abiertas, y no había nadie ocupando los escritorios adentro. No fue hasta que llegó al final de pasillo, casi de regreso a la pequeña área de corralillo y el mostrador de recepción junto al mismo, que encontró una oficina desocupada. Llamó a la puerta parcialmente abierta y le respondieron con un alegre “Adelante.” Mackenzie entró a la oficina donde le saludó una mujer regordeta que estaba sentada detrás de un escritorio. Estaba tecleando algo en su ordenador, sin detenerse incluso cuando elevó la vista hacia Mackenzie. “¿Puedo ayudarle?” le preguntó la señora. “Estoy buscando a un agente llamado Reggie Thompson,” dijo Mackenzie. Esto pareció ganarse la atención de la mujer. Dejó de teclear y elevó la vista hacia Mackenzie con el ceño fruncido. Sabiendo lo que se avecinaba, Mackenzie le mostró su placa a la señora y le dijo su nombre. “Ah, ya veo,” dijo la señora. “En ese caso, lamento decir que el agente Thompson se retiró el año pasado. Aguantó todo lo que pudo, pero en cierto momento tuvo que dejarlo. Le diagnosticaron con cáncer de próstata. Por lo que tengo oído, lo está combatiendo, pero le ha pasado factura.” “¿Sabe si le apetecerá que le hagan visitas? Esperaba poder hacerle unas cuantas preguntas acerca de un caso en el que trabajó hace tiempo.” “Estoy bastante segura de que eso le encantaría, la verdad. Nos llama al menos una vez por semana solo para ponerse al día… para ver qué clase de casos se está perdiendo. Pero, si yo fuera usted, esperaría hasta mañana.  Por lo que me cuenta su mujer, se excede en sus actividades por las mañanas y al principio de las tardes, con lo que está acabado para las dos o las tres de la tarde.” “Entonces, esperaré hasta mañana,” dijo Mackenzie. “Gracias por su ayuda.” Mackenzie dejó la comisaría con el mismo nivel de actividad del que había experimentado al entrar. En total, había pasado allí una media hora y aunque todavía le quedaba una pequeña parte de la tarde a su disposición, estaba cansada. Y como Reggie Thompson prefería cuidar de sus asuntos por la mañana, eso no le dejaba con ninguna opción. Salió de la comisaría y regresó al motel. Por el camino, le sonó el teléfono y se alegró al ver que se trataba de Ellington. Aunque no estuvieran técnicamente en medio de una pelea, le seguía resultando extraño que estuvieran malhumorados. Está haciendo lo correcto, se dijo a sí misma. Deja respirar al pobre hombre. Respondió a la llamada con un rápido: “Hola. ¿Cómo estás?” “Hoy ya he hablado al menos con una docena de vagabundos distintos. Tengo toda una nueva perspectiva y un gran aprecio por lo que tienen que atravesar, pero también he llegado a la conclusión de que no son las fuentes más confiables del mundo. ¿Qué hay de ti?” “Haciendo progresos,” dijo ella, aunque le sonara a mentira. “He hablado con unos cuantos de los lugareños que me dieron algunas nociones sobre el caso—cotilleos de pueblo pequeño, la verdad, aunque, por lo general, suele haber algún grano de verdad entre tanto enredo. Hablé con el forense que trató con el cadáver de mi padre y después me pasé por la comisaría local para mirar los archivos. Conseguí el nombre de un agente que parece estar conectado con el caso y voy a hablar mañana con él.” “Sin duda alguna, hiciste bastante más que yo,” dijo Ellington. “¿Cuánto tiempo más crees que vas a estar por allí?” “No lo sé. Depende de lo que pase mañana—tanto aquí como en Omaha. ¿Cuál es el estado de ánimo general por allí?” Ellington titubeó antes de responder. “Si te digo la verdad, está tenso. Penbrook está disgustado de que decidieras darte un viajecito al oeste tan casualmente. Me está ayudando en todo lo que puede, pero me está diciendo en términos muy claros que no está contento.” “¿Y tú?” “Lo mismo de anoche. Ojalá estuviera allí contigo… y estuvieras tú aquí conmigo. Pero lo de dividir para conquistar fue la mejor estrategia. Creo que hasta Penbrook se da cuenta de ello. Pero, si te soy honesto, el consenso general aquí en Omaha es que estás utilizando esto como una visita a tu localidad natal para revisitar el pasado.” “Ese consenso es estúpido,” dijo ella. Odiaba que lo de su regreso a casa sonara tan pueril. “Tienes que entender lo que parece a simple vista,” le discutió él. “Estuviste aquí menos de un día y saliste corriendo hacia el condado de Morrill, por tu cuenta. Así es cómo lo están considerando de todas maneras.” “Esto no es una visita lúdica a mi localidad natal. No obtengo ningún tipo de placer de nada de esto.” “Lo sé, pero Penbrook y sus colegas no te conocen tan bien como yo. Entienden que sea personal, pero no lo entienden.” Hizo una pausa aquí y añadió: “No me vengas con bobadas, Mac. ¿Cómo lo estás llevando?” “Estoy cansada y ansiosa, y francamente, desearía que algún pirómano le hubiera prendido fuego a la casa de mi infancia hace ya mucho tiempo.” “Si enciendes la cerilla, no se lo diré a nadie.” “No me tientes. Hablamos más tarde.” Terminó la llamada, soltó un suspiro tembloroso, y tiró el teléfono sobre el asiento del copiloto. Condujo a través de Belton, recordando cómo había sido lo de ser la típica adolescente angustiada, enfadada con su madre, su hermana, con la policía por no encontrar al asesino de su padre—por lo visto, con todo el mundo. Y a pesar de que había crecido significativamente desde aquel entonces, había una parte de ella que entendía que un lugar como Belton pudiera provocar el crecimiento y la fermentación de ese tipo de angustia. Solamente había iglesias, bares, y tiendas de ultramarinos. Oh, y árboles y maíz, y enormes extensiones de terreno que parecían no tener final. Mackenzie estaba volviendo a sentir esa angustia de nuevo mientras entraba al aparcamiento del motel y aparcaba su coche. Y lo más triste es que la echaba de menos. Ya fuera por el pueblo, por estar tan cerca del caso de su padre de nuevo, o una combinación de las dos cosas, Mackenzie podía sentir cómo se enfadaba cada vez más sin ninguna razón en particular y cómo se permitía acoger la experiencia. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693639&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
КУПИТЬ И СКАЧАТЬ ЗА: 399.00 руб.