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Antes De Que Sienta Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #6 De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #6 en una trepidante serie de misterio con Mackenzie White. En ANTES DE QUE SIENTA (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 6), la agente especial del FBI Mackenzie White se topa con un caso donde las víctimas no encajan con ninguno de los perfiles que ella haya conocido hasta ahora: sorprendentemente, todas las víctimas son ciegas. ¿Significa eso que el asesino también es ciego?Sumergida en la subcultura de los ciegos, Mackenzie se esfuerza por entender, encontrándose fuera de su elemento mientras transita por el estado, corriendo entre hogares comunitarios y casas privadas, entrevistando a cuidadores, bibliotecarias, expertos y psicólogos. Aun así, a pesar de contar con las mentes más capaces del país, Mackenzie parece incapaz de evitar la serie de asesinatos. ¿Acaso se ha encontrado por fin con su némesis?Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE SIENTA es el libro #6 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le dejará pasando páginas hasta altas horas de la noche. También de Blake Pierce, ya está disponible a la venta ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita! A N T E S D E Q U E S I E N T A (UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 6) B L A K E P I E R C E TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR ASUN HENARES Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDOS PRÓLOGO (#u7c0ffcee-3477-58c8-9a05-4747a156dc20) CAPÍTULO UNO (#u775cbdac-3d02-567d-bdb4-f73f54b3fce9) CAPÍTULO DOS (#udf9609d1-6013-5fda-b091-76da5147296c) CAPÍTULO TRES (#ua1a976c9-0348-5d76-9411-ce1b22bde666) CAPÍTULO CUATRO (#ua394ba5f-59a4-5dd8-987d-9b9d61d59071) CAPÍTULO CINCO (#u13312093-90e2-5123-81d2-ef5829d9a409) CAPÍTULO SEIS (#ue4641539-014b-58dc-9f18-d99fe20f4ddb) CAPÍTULO SIETE (#uab691d60-efa5-5de5-bd41-b810162b2ea4) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Ya había leído el libro doce veces por lo menos, pero no le importaba. Era un buen libro y hasta se las había arreglado para darle a cada personaje su propia voz. También ayudaba que se tratara de uno de sus libros favoritos— La Feria de las Tinieblas de Ray Bradbury. Para la mayoría, puede que pareciera un libro extraño que leer a los residentes de un hogar para ciegos, pero parecía que todos aquellos a los que se lo había leído estaban encantados. Se estaba acercando al final, y su último residente lo estaba devorando. Ellis, una mujer de cincuenta y siete años, le había contado que había nacido ciega y que había vivido en la residencia los últimos once años, después de que su hijo decidiera que ya no quería cargar con el peso de una madre ciega, y la llevara a la Residencia Wakeman para Invidentes. Parece que le cayó bien a Ellis de inmediato. Más adelante le dijo que no había hablado de él más que con unos cuantos residentes porque le gustaba tenerle para ella sola. Y eso le parecía bien. De hecho, eso resultaba realmente perfecto desde su punto de vista. Y lo que era incluso mejor, hace unas tres semanas ella había insistido en que salieran de los límites de la residencia; quería disfrutar de su cuentacuentos al aire libre, con la brisa dándole en la cara. Y a pesar de que no había mucha brisa el día de hoy—que hacía un calor aplastante—eso le parecía bien. Estaban sentados en un pequeño rosal que había como a media milla de la residencia. Se trataba, le dijo ella, de un lugar que visitaba con frecuencia. Le gustaba el olor de las rosas y el zumbido de las abejas. Y ahora, su voz, contándole la historia de Ray Bradbury. A él le encantaba caerle tan bien. Ella también le caía bien a él, la verdad. Ellis no interrumpía su lectura con cientos de preguntas como algunos otros hacían. Simplemente se sentaba allí, con la mirada enfocada en un espacio que no había visto nunca de verdad, y se quedaba colgada de cada una de sus palabras. Cuando llegó al final de un capítulo, miró su reloj de pulsera. Ya se había quedado diez minutos más de su tiempo habitual. No tenía más visitas planeadas para el día de hoy, pero tenía planes para más tarde por la noche. Colocó el marcapáginas dentro del libro, y dejó el libro a un lado. Sin la historia para distraerle, se dio cuenta de que el calor sureño le resultaba realmente abrumador. “¿Eso es todo por hoy?”., preguntó Ellis. Él sonrió ante su observación. No dejaba de sorprenderle lo bien que los demás sentidos venían a reemplazar la falta de visión. Ellis le había oído moverse en el banquito cerca del centro del jardín de rosas, y después el suave sonido que hizo al posar el libro en su pierna. “Sí, me temo que sí”, dijo él. “Ya he abusado de tu hospitalidad diez minutos de más”. “¿Cuánto queda?”., preguntó ella. “Unas cuarenta páginas, así que lo terminaremos la semana que viene. ¿Suena bien?”.. “Suena perfecto”, dijo ella. Entonces frunció ligeramente el ceño y añadió: “¿Te importa que te pida… en fin, ya sabes… es una tontería, pero…” “No, está bien, Ellis”. Se inclinó más cerca de ella y dejó que le tocara la cara. Ella le pasó las manos por el contorno de su rostro. Él entendía que lo necesitara (y Ellis no había sido la única mujer invidente que le había hecho esto) pero seguía resultándole de lo más incómodo. Una breve sonrisa apareció en los labios de Ellis mientras recorría su cabeza y retiraba las manos. “Gracias”, dijo ella. “Y gracias por leerme. Estaba preguntándome si tenías algunas ideas para el siguiente libro”. “Depende de lo que te apetezca”. “¿Un clásico, quizás?”. “Esto es Ray Bradbury”, dijo él. “Es lo más clásico que puedo llegar a ser. Creo que tengo El Señor de las Moscas tirado por alguna parte”. “Ese es sobre los niños que se quedan abandonados en la isla, ¿verdad?”. “En pocas palabras, sí”. “Suena bien, pero este… este de La Feria de las Tinieblas es estupendo. ¡Buena elección!”. “Sí, es uno de mis favoritos”. Él se sentía bastante satisfecho de que ella no pudiera ver la sonrisa malvada que se había dibujado en su rostro. Sin duda, se acerca la feria de las tinieblas, pensó. Recogió su libro, usado y machacado tras años de uso, que había abierto por primera vez hacía treinta años. Esperó a que ella se pusiera en pie junto a él, como una cita impaciente. Ellis tenía su bastón con ella, pero rara vez lo usaba. El camino de regreso a la Residencia Wakeman para Invidentes fue breve. A él le gustaba observar la expresión de concentración en su cara cuando se ponía a caminar. Se preguntaba cómo debe ser eso de confiar en todos los demás sentidos para moverse por el mundo. Debe de ser agotador maniobrar por un entorno sin ser capaz de verlo. Mientras estudiaba su cara, su esperanza era, principalmente, que Ellis hubiera disfrutado de la parte del libro que había escuchado. Sujetó su libro con fuerza, casi un poco decepcionado de que Ellis no fuera a averiguar jamás su final. * Ellis cayó en la cuenta de que estaba pensando en los jovencitos de La Feria de las Tinieblas. En el libro era el mes de octubre. A ella le gustaría que también fuera octubre aquí, pero no… era finales de julio en el sur de Virginia, y no creía que pudiera hacer más calor del que hacía. Incluso después de planear su paseo justo antes del crepúsculo, todavía tenían una temperatura cruel de 32 grados según Siri en su iPhone. Tristemente, se había hecho una experta en Siri. Era una manera excelente de pasar el tiempo, hablando con su estirada vocecita robótica, informándole de trivialidades, novedades sobre el tiempo, y resultados deportivos. Había unos cuantos expertos en tecnología en la residencia que se encargaban de que todas sus cosas en el ordenador estuvieran siempre actualizadas. Tenía un MacBook cargado con iTunes y una discoteca bastante importante. También tenía el último iPhone y hasta una aplicación de lujo que respondía a un dispositivo agregado que le permitía interactuar en Braille. Siri le acababa de decir que había treinta grados en el exterior. Eso parecía imposible, ahora que casi eran las 7:30 de la tarde. Oh, en fin, pensó. Un poco de sudor nunca le hizo daño a nadie. Pensó en olvidarse de su paseo por hoy. Era un paseo que daba al menos cinco veces por semana, y ya lo había recorrido hoy para reunirse con el hombre que venía a leerle. No es que necesitara el ejercicio, pero… en fin, tenía ciertos rituales y rutinas. Le hacían sentirse como una persona normal. Le hacían sentir en sus cabales. Además, había algo especial en el sonido de la tarde cuando se estaba poniendo el sol. Podía sentir cómo caía el sol y escuchar algo parecido a un zumbido eléctrico en el aire mientras el mundo se quedaba en silencio, atrayendo el crepúsculo con la noche pisándole los talones. Por tanto, decidió ir a dar un paseo. Dos personas dentro de la residencia le dijeron adiós, dos voces familiares—una de ellas sonaba aburrida, la otra con un júbilo apagado. Agradeció la sensación del aire fresco en su cara cuando salió al jardín principal. “¿A dónde demonios vas, Ellis?”.. Era otra voz conocida, el director de Wakeman, un hombre jovial llamado Randall Jones. “A dar mi paseo habitual”, le respondió. “¡Pero es que hace tanto calor! Date prisa con ello. ¡No quiero que te desmayes!”. “O que me salte ese ridículo toque de queda”, dijo ella. “Sí, o eso”, dijo Randall con algo de ironía. Continuó con su paseo, sintiendo como la presencia acechante de la residencia se alejaba tras ella. Sintió un espacio abierto por delante, y el jardín que la esperaba. Más allá estaba el pavimento y, media milla más adelante, el jardín de rosas. Ellis odiaba la idea de que tuviera casi sesenta años y le impusieran un toque de queda. Lo entendía, pero le hacía sentir como una niña. Aun así, aparte de su falta de visión, la verdad es que tenía un buen arreglo en la Residencia Wakeman para Invidentes. Hasta contaba con ese agradable hombre que venía a leerle una vez a la semana—en ocasiones dos. Sabía que también leía para algunos más, pero se trataba de gente que estaba en otras residencias. Aquí en Wakeman, ella era la única a la que leía. Le hacía sentir que era su preferida. Él se había quejado de que a la mayoría de los demás les gustaban las novelas románticas o esos éxitos de ventas para besugos. No obstante, con Ellis, podía leer cosas que le gustaban. Hace dos semanas, habían terminado con Cujo de Stephen King. Y ahora estaban con este libro de Bradbury y— Hizo una pausa en su paseo, y elevó la cabeza ligeramente. Pensó que había escuchado algo cerca de ella, pero después de detenerse, no lo volvió a oír. Seguramente no es más que un animal que está atravesando el bosque a mi derecha, pensó. Después de todo, estamos al sur de Virginia… y hay muchos bosques y montones de bichos que viven en ellos. Dio unos golpecitos con su bastón por delante de ella, sintiéndose extrañamente reconfortada por el familiar clic-clic que hacía al golpear el pavimento. A pesar de que, obviamente, no había visto jamás el pavimento ni la carretera que la bordeaba, se los habían descrito en varias ocasiones. Además, se había hecho una especia de fotografía mental, conectando olores con las descripciones de las flores y los árboles que le habían proporcionado algunos de los asistentes y cuidadores de la residencia. En menos de cinco minutos, ya podía oler las rosas que había unos metros más adelante. Podía escuchar a las abejas zumbando a su alrededor. A veces, pensaba que hasta podía oler a las abejas, cubiertas de polen y de la miel que estaban produciendo en alguna otra parte. Conocía tan bien el sendero que llevaba al jardín de rosas que hubiera podido recorrerlo sin necesidad de usar el bastón. Lo había recorrido al menos mil veces durante los once años que había estado en la residencia. Venía aquí para reflexionar sobre su existencia, sobre cómo se habían hecho tan difíciles las cosas que su marido le había dejado hacía quince años y después su hijo hacía ya más de once. No echaba de menos al cabrón de su marido para nada, pero echaba en falta la sensación de unas manos masculinas en su piel. Si era honesta consigo misma, esa era una de las razones por las que disfrutaba de tocar el rostro del hombre que le leía. Tenía una barbilla saliente, pómulos altos, y una de esas voces con acento sureño que resultaban adictivas. Podría haberle estado leyendo la guía telefónica que ella lo hubiera disfrutado igualmente. Estaba pensando en él cuando se dio cuenta de que estaba entrando al perímetro familiar del jardín. El cemento estaba endurecido y nuevecito bajo sus pies, pero todo lo demás delante de ella parecía suave y atrayente. Se detuvo por un momento y descubrió que, como solía ser habitual por las tardes, tenía todo el espacio para ella sola. No había nadie más allí. Una vez más, se detuvo. Oyó algo por detrás suyo. Lo sentí, también, pensó. “¿Quién anda ahí?”., preguntó. No obtuvo respuesta. Había salido así de tarde porque sabía que el jardín estaría vacío. Muy pocos salían después de las seis de la tarde porque la localidad de Stateton, donde se encontraba la Residencia Wakeman para Invidentes, era un lugar diminuto. Cuando había salido a la calle quince minutos antes, había afinado el oído por si había algún movimiento de alguna otra persona en el jardín de la entrada y no había oído a nadie. Tampoco había oído a nadie por el pavimento mientras bajaba al jardín. Cabía la posibilidad de que pudiera haber alguien afuera con la intención de acercársele por detrás y asustarle, pero eso podría resultar arriesgado. En este pueblo, ese comportamiento tenía repercusiones, y había leyes impuestas por un cuerpo de policía tradicionalmente sureño que no se andaba con chiquitas en lo que se refería a adolescentes y abusones locales que trataran de meterse con los discapacitados. Y, sin embargo, ahí estaba de nuevo. Escuchó el ruido, y ahora la sensación de que había alguien allí se hizo más intensa. Olió a alguien. No era un mal olor en absoluto. De hecho, le resultaba familiar. El miedo le recorrió por dentro, y abrió la boca para gritar. Antes de que pudiera hacerlo, por sorpresa, sintió una presión enorme alrededor de su garganta. También sintió algo más, que emanaba de la persona en cuestión como si fuera calor. Odio. Se atragantó, incapaz de chillar, de hablar, de respirar, y sintió cómo se caía de rodillas. La presión se intensificó alrededor de su cuello y ese sentimiento de odio pareció penetrarle cuando el dolor se expandió por todo el cuerpo y, por primera vez, Ellis se sintió aliviada de estar ciega. Mientras sentía como se le escapaba la vida, se sintió aliviada de no tener que posar la vista en el rostro del mal. En vez de ello, lo único que tenía para darle la bienvenida a lo que fuera que le esperara después de esta vida era esa oscuridad demasiado familiar detrás de sus ojos. CAPÍTULO UNO Mackenzie White, siempre en movimiento, estaba encantada de la vida de estar confinada a su pequeño cubículo. Todavía se sintió más feliz cuando, hacía tres semanas, McGrath le había llamado y le había dicho que había un despacho vacío gracias a una ronda de despidos del gobierno, y que era suyo si lo quería. Mackenzie había esperado unos cuantos días, y cuando nadie más se lo quedó, decidió mudarse. Estaba mínimamente decorado, y solo contaba con su escritorio, una lámpara de mesa, una pequeña estantería, y dos sillas al otro lado de su escritorio. Había un calendario de borrado en seco colgado de la pared. Estaba mirando al calendario mientras se tomaba un descanso entre responder a sus emails y realizar llamadas para averiguar detalles sobre un caso en particular. Era un caso antiguo… un caso vinculado a la única tarjeta de visita que había sobre el calendario de borrado en seco, pegada con un imán: Antigüedades Barker Se trataba del nombre de una compañía que, por lo visto, no había existido jamás. Todas las líneas de investigación que surgían solían ser descartadas de inmediato. Lo más cerca que habían estado de llegar a alguna parte había sucedido cuando el agente Harrison había descubierto un lugar en New York que podía tener cierta conexión, pero no había resultado ser más que un hombre que vendía antigüedades de saldo desde su garaje en los años 80. A pesar de ello, tenía la sensación de que estaba a punto de encontrar algún hilo que le llevaría hasta las respuestas que había estado buscando—respuestas relativas a la muerte de su padre y al asesinato aparentemente relacionado que había tenido lugar este mismo año, solo seis meses atrás. Intentó agarrarse a esa sensación de que había algo ahí afuera, columpiándose sin ser visto a la vez que estaba delante de sus narices. Tenía que hacerlo en días como el de hoy en que había visto cómo tres posibles pistas se agotaban por el camino entre llamadas de teléfono y mensajes de correo electrónico. Para Mackenzie, la tarjeta de visita se había convertido en una pieza de rompecabezas. La miraba fijamente todos los días, tratando de imaginar un enfoque al que todavía no le hubiera dado una oportunidad. Estaba tan entretenida con ella cuando alguien llamó a la puerta de su despacho, que le hizo dar un leve salto. Miró a la puerta y vio a Ellington allí de pie. Asomó su cabeza y echó un vistazo. “Sí, el entorno de oficina sigue sin pegar contigo”. “Ya lo sé”, dijo Mackenzie. “Me siento como toda una impostora. Entra”. “Oh, no tengo mucho tiempo”, dijo él. “Solo me preguntaba si querrías salir a comer algo”. “Puedo hacerlo”, dijo ella. “Nos vemos abajo como en media hora y…” Sonó el teléfono sobre su escritorio, interrumpiéndole. Leyó la pantalla y vio que provenía de la extensión de McGrath. “Un segundo”, dijo. “Es McGrath”. Ellington asintió y asumió una expresión juguetonamente seria. “Aquí la agente White”, dijo Mackenzie. “White, soy McGrath. Necesito verte en mi oficina cuanto antes respecto a un nuevo caso. Agarra a Ellington y traételo contigo”. Ella abrió la boca para decir Sí, señor, pero McGrath terminó la llamada antes de que ella tuviera siquiera tiempo de respirar. “Parece que el almuerzo tendrá que esperar”, dijo ella. “McGrath quiere vernos”. Intercambiaron una mirada incómoda mientras la misma idea cruzó sus mentes. Con frecuencia, se habían preguntado cuánto tiempo serían capaces de mantener su relación sentimental en secreto delante de sus colegas, sobre todo de McGrath. “¿Crees que lo sabe?”., preguntó Ellington. Mackenzie se encogió de hombros. “No lo sé, pero dijo que tiene que vernos para hablarnos de un caso. Así que, si lo sabe, por lo visto esa no es la razón de que hiciera la llamada”. “Vayamos y averigüémoslo”, dijo Ellington. Mackenzie bloqueó su ordenador y se unió a Ellington para dirigirse a la oficina de McGrath al otro lado del edificio. Trató de decirse a sí misma que lo cierto es que no le importaba que McGrath supiera lo suyo. No es que fuera razón para suspenderles ni nada por el estilo, pero seguramente, si lo acababa descubriendo, no les permitiría trabajar juntos de nuevo. Así que, aunque hacía lo posible porque no le importara, también sentía cierta preocupación. Hizo lo que pudo para reprimirla mientras se aproximaban al despacho de McGrath al tiempo que caminaba intencionalmente lo más lejos de Ellington que le era posible. *** McGrath los miró con desconfianza cuando tomaron asiento en las dos butacas delante de su escritorio. Era un asiento al que Mackenzie se estaba acostumbrando; se sentaba aquí para que McGrath le echara un sermón o le cantara sus alabanzas. Se preguntó cuál de las dos sería hoy antes de que les entregara su tarea. “Entonces, hagamos las tareas de casa primero”, dijo McGrath. “Me parece que está bastante claro que algo está pasando entre vosotros dos. No sé si se trata de amor o solo de una historia pasajera o qué… y, sinceramente, no me importa. No obstante, esta es vuestra primera y única advertencia. Si interfiere con vuestro trabajo, no os volverán a emparejar. Y eso sería una auténtica pena porque trabajáis realmente bien juntos. ¿Me explico?”.. Mackenzie no veía ningún sentido en negarlo. “Sí señor”. Ellington imitó su respuesta y Mackenzie sonrió con malicia cuando vio que parecía avergonzado. Se imaginó que no era la clase de agente que estaba acostumbrado a que sus superiores le echaran la bronca. “Ahora que ya nos hemos encargado de eso, vayamos al caso”, dijo McGrath. “Recibimos una llamada del alguacil de una pequeña localidad sureña llamada Stateton. Hay una residencia para ciegos allí—y eso es todo lo que hay, por lo que he podido averiguar. Anoche, mataron a una mujer ciega extremadamente cerca de su edificio. Y aunque eso ya sea bastante trágico, es el segundo asesinato de una persona ciega en el estado de Virginia en diez días. En ambos casos, parece que hay heridas en el cuello que indican estrangulación, además de irritación alrededor de los ojos”. “¿También era la primera víctima miembro de una residencia?”., preguntó Mackenzie. “Sí, aunque de una mucho más pequeña por lo que tengo entendido. Al principio se especuló con que el asesino era un pariente, pero tardaron menos de una semana en descartar a todos. Con un segundo cadáver y lo que parece ser un conjunto muy específico de víctimas, seguramente no se trata de una coincidencia. Por tanto, espero que podáis comprender lo urgente de la situación. Sinceramente, tengo una sensación terrible, como de pueblo pequeño. No hay mucha gente por allí, así que debería de ser más fácil encontrar un sospechoso con rapidez. Os estoy encargando el caso a vosotros dos porque espero con toda confianza que lo solucionéis en cuarenta y ocho horas. Si es menos que eso, todavía mejor”. “¿No va a participar el agente Harrison en este caso?”., preguntó Mackenzie. Como llevaba sin hablar con él desde que murió su madre, se sentía casi culpable. A pesar de que nunca le hubiera parecido un compañero de verdad, sentía respeto por él. “Al agente Harrison le han asignado a otro lado”, dijo McGrath. “En este caso, será un recurso para vosotros… investigación, información inmediata, y cosas por el estilo. ¿Estás incómoda trabajando con el Agente Ellington?”.. “Para nada, señor”, dijo Mackenzie, arrepintiéndose de haber dicho nada para empezar. “Muy bien. Haré que los de recursos humanos reserven una habitación en Stateton para vosotros. No soy imbécil… así que solo he solicitado una habitación. Si no acaba saliendo nada de este pequeño romance entre vosotros dos, al menos le ahorrará dinero al Bureau en gastos de alojamiento”. Mackenzie no estaba segura de si esto era un intento de McGrath de hacerse el gracioso. Era algo difícil de decir porque el hombre parecía no sonreír ni por equivocación. Cuando se levantaron para salir en pos del caso, Mackenzie pensó en lo vaga que había sido la respuesta de McGrath al preguntarle sobre Harrison. Le han asignado a otro lado, pensó Mackenzie. ¿Qué se supone que significa eso? No obstante, esa no era una preocupación legítima para Mackenzie. En vez de eso, le acababan de asignar un caso que McGrath esperaba que solucionaran con rapidez. Desde este preciso momento, ya podía sentir el reto surgiendo dentro de ella, empujándole a que se pusiera manos a la obra de inmediato. CAPÍTULO DOS Mackenzie sintió cómo le recorría el cuerpo un escalofrío mientras Ellington conducía por la ruta estatal 47, adentrándose en el corazón de la Virginia rural. Por aquí y por allá surgían unos cuantos maizales, que venían a romper la monotonía de los vastos campos y bosques. La cantidad de maizales no estaba a la altura de los que ella conocía tan bien en Nebraska, pero solo con verlos, le hacían sentir un poco incómoda. Afortunadamente, cuanto más se acercaban a Stateton, menos maizales veían. Les reemplazaban hectáreas de terrenos donde una serie de empresas madereras locales acababan de talar todos los árboles. En el curso de sus investigaciones sobre la zona durante el trayecto de cuatro horas y media para llegar hasta aquí, Mackenzie había visto que la localidad vecina contaba con una distribuidora de madera bastante grande. No obstante, en lo que se refería a la localidad de Stateton, solamente contaba con la Residencia Wakeman para Invidentes, unas cuantas tiendas de antigüedades y poco más. “¿Te dicen esos archivos del caso alguna cosa de la que todavía no me he enterado? Es difícil leer el constante flujo de emails desde el asiento del conductor”. “La verdad es que nada”, dijo ella. “Parece que vamos a tener que proceder como hacemos habitualmente. Visitar a las familias, la residencia para ciegos, cosas así”. “Visitar a las familias… eso debería resultar sencillo en un pueblecito como este donde se casan entre parientes, ¿eh?”.. Mackenzie se sorprendió al principio, pero después lo dejó pasar. Durante las pocas semanas que habían pasado juntos como lo que suponía podía denominarse “una pareja”, ya se había dado cuenta de que Ellington tenía un sentido del humor relativamente activo; aunque, en ocasiones, podía ser bastante negro. “¿Has pasado alguna vez mucho tiempo en un sitio como este?”., preguntó Mackenzie. “En campamentos de verano”, dijo Ellington. “Es un periodo de mi adolescencia que prefiero olvidar. ¿Y tú? ¿Alguna vez fue así de malo en Nebraska?”.. “No como esto, pero a veces resultaba inhóspito. Hay veces que creo que prefiero la tranquilidad que hay aquí, en lugares como este, antes que el caos de tráfico y de gente en lugares como DC”. “Claro, creo que puedo entender eso”. A Mackenzie le resultaba divertido poder conocer mejor a Ellington sin las restricciones de una relación sexual tradicional. En vez de conocerse el uno al otro durante cenas en restaurantes de lujo o largos paseos por el parque, se habían conocido durante trayectos en coche y durante el tiempo que habían pasado en los despachos y las salas de conferencias del FBI. Y lo cierto es que había disfrutado cada minuto de todo ello. A veces se preguntaba si en algún momento se llegaría a cansar de conocerle cada vez más. Por el momento, no estaba muy convencida de que eso fuera posible. Por delante suyo, una pequeña señal a un lado de la carretera les dio la bienvenida a Stateton, Virginia. Un camino de dos carriles les llevó a través de otra arboleda. Había unas cuantas casas con sus jardines que rompían la monotonía del bosque durante una milla más o menos antes de que les sustituyera algún signo que indicara la presencia de un pueblo. Pasaron junto a un restaurante de comidas económicas, una barbería, dos tiendas de antigüedades, una tienda de suministros para granjeros, dos tiendas de comestibles, una oficina de correos, y entonces, como a unas dos millas más allá de todo ello, un edificio perfectamente cuadrangular de ladrillo justo a la salida de la carretera principal. Una señal muy militar que había en la parte delantera leía Departamento de Policía y Penitenciaría de Stateton. “¿Has visto algo como esto antes?”., preguntó Ellington. “¿Un departamento de policía y la cárcel del condado en el mismo edificio?”.. “Unas cuantas veces en Nebraska”, dijo Mackenzie. “Creo que es bastante habitual en lugares como este. La cárcel de verdad más cercana a Stateton está en Petersburg, y eso está como a unas ochenta millas, creo recordar”. “Por Dios, este sitio es realmente pequeño. Deberíamos solucionar este asunto bastante rápido”. Mackenzie asintió mientras Ellington se metía al aparcamiento del edificio grande de ladrillo que parecía estar plantado literalmente en medio de ninguna parte. Y lo que le recorría la mente, aunque no lo dijera, era: Espero que no nos hayas acabado de gafar. *** Mackenzie olió el aroma de café y de algo parecido al Febreeze cuando entraron a la pequeña recepción delante del edificio. Tenía bastante buen aspecto por dentro, pero se trataba de un edificio antiguo. Se podía ver que tenía solera en las grietas que había en el techo y en la evidente necesidad de una nueva moqueta en el recibidor. Había un escritorio enorme contra la pared y a pesar de tener el mismo aspecto envejecido del resto del edificio, parecía bien conservado. Había una mujer madura sentada detrás del escritorio, revolviendo dentro de un archivador grande. Cuando oyó entrar a Mackenzie y a Ellington, levantó la vista con una amplia sonrisa. Era una sonrisa hermosa, aunque también dejaba ver su edad. Mackenzie adivinó que estaría a punto de cumplir los setenta años. “¿Son ustedes los agentes del FBI?”., preguntó la anciana dama. “Sí señora”, dijo Mackenzie. “Yo soy la agente White y este es mi compañero el agente Ellington. ¿Está por aquí el alguacil?”.. “Así es”, dijo ella. “De hecho, me ha pedido que os envíe directamente a su despacho. Está realmente ocupado respondiendo a llamadas acerca de esta última muerte tan horrible. Iros al pasillo de la izquierda, su despacho es la última puerta a la derecha”. Siguieron sus instrucciones y mientras iban de camino por el largo pasillo que llevaba a la parte de atrás del edificio, Mackenzie se sintió conmocionada por el silencio del lugar. En medio de un caso de asesinato, hubiera podido esperar que el lugar estuviera hirviendo de actividad, a pesar de que se encontrara en medio de ninguna parte. Mientras ser dirigían a la parte de atrás del pasillo, Mackenzie notó unos cuantos signos que habían pegado en las paredes. Uno de ellos decía: El Acceso a la Cárcel Requiere una Llave. Otro decía: ¡Todas las Visitas a la Cárcel Deben ser Permitidas por Oficiales del Condado! ¡Ha de Presentarse el Permiso al Hacer la Visita! Su mente empezó a acelerarse con ideas sobre el mantenimiento y la normativa que debían observarse en un lugar donde la cárcel y el departamento de policía compartían el mismo espacio. Le resultaba de lo más fascinante, pero antes de que su cabeza pudiera avanzar más, llegaron al despacho que había al final del pasillo. Se habían pintado unas letras doradas en la porción de cristal en la parte superior de la puerta, que decían Alguacil Clarke. La puerta estaba medio abierta, así que Mackenzie la abrió del todo lentamente para escuchar una voz fuerte de hombre. Cuando atisbó al interior, vio a un hombre corpulento sentado detrás del escritorio, hablando en voz muy alta por el teléfono que reposaba sobre la mesa. Había otro hombre sentado en una silla en un rincón, tecleando con furia en su teléfono móvil. El hombre detrás del escritorio—el alguacil Clarke, supuso Mackenzie—se interrumpió a sí mismo cuando ella abrió la puerta. “Un minuto, Randall”, dijo. Entonces cubrió el auricular y alternó la mirada entre Mackenzie y Ellington. “¿Sois del Bureau?”., preguntó. “Lo somos”, dijo Ellington. “Gracias a Dios”, suspiró. “Dadme un segundo.” Entonces destapó el auricular y continuó con su otra conversación. “Mira, Randall, acaba de llegar la caballería. ¿Estarás disponible en quince minutos? ¿Sí? De acuerdo, muy bien. Nos vemos luego”. El hombre corpulento colgó el teléfono y dio la vuelta a su escritorio. Les tendió una mano rechoncha, acercándose primero a Ellington. “Encantado de conoceros”, dijo. “Soy el alguacil Robert Clarke. Este,” dijo, asintiendo con la cabeza hacia el hombre que estaba sentado en el rincón, “es el agente Keith Lambert. Mi asistente se encuentra patrullando las calles en este momento, haciendo lo que puede por encontrar alguna clase de pista en medio de este torbellino en rápida expansión”. Casi se olvida de Mackenzie una vez terminó de estrecharle la mano a Ellington, y se la acabó tendiendo casi como si se acabara de dar cuenta de su presencia. Cuando Mackenzie le estrechó la mano, hizo las presentaciones, con la esperanza de que eso le diera a entender que ella era tan capaz de liderar esta investigación como los hombres que había en el despacho. Al instante, los viejos fantasmas de Nebraska empezaron a remover las cadenas en su mente. “Alguacil Clarke, soy la Agente White y este es el agente Ellington. ¿Va a ser nuestra conexión en Stateton?”.. “Cielito, voy a ser vuestro casi todo mientras estéis aquí”, dijo. “El cuerpo de policía para todo el condado cuenta con la cifra extraordinaria de doce personas. Trece si contamos a Frances en la recepción y el servicio de emergencia. Con esta serie de asesinatos que están sucediendo, todos estamos desempeñando demasiadas tareas”. “Bueno, veamos qué podemos hacer para aligerar su carga”, dijo Mackenzie. “Ojalá fuera tan sencillo”, dijo él. “Aunque resolvamos este maldito caso hoy mismo, voy a tener a la mitad del comité de supervisores del condado dándome problemas”. “¿Y eso por qué?”., preguntó Ellington. “En fin, porque los periódicos locales se acaban de enterar de quién era la víctima. Ellis Ridgeway. La madre de un politiquillo despreciable de mierda que está en ascenso. Algunos hasta dicen que puede que llegue al Senado en otros cinco años más”. “¿Y de quién se trata?”., preguntó Mackenzie. “Se llama Langston Ridgeway. Tiene veintiocho años y se cree que es el maldito John F. Kennedy”. “Ah, ¿sí?”., dijo Mackenzie, un tanto sorprendida de que no se hubiera incluido eso en los informes. “Sí. Y no tengo ni idea de cómo se enteró de eso el periódico local. Esos imbéciles no pueden ni deletrear correctamente la mitad del tiempo, pero se han enterado de esto”. “Vi las señales de la Residencia Wakeman para Invidentes mientras veníamos de camino,” dijo Mackenzie. “Solo está a seis millas de aquí, ¿no es cierto?”. . “Exactamente”, dijo Clarke. “Ahora estaba hablando con Randall Jones, el director de la residencia. Estaba hablando por teléfono con él cuando llegasteis hace un minuto. Y está allí ahora mismo para responder cualquier pregunta que tengáis. Cuanto antes, mejor. Tiene a los de la prensa y a los peces gordos del condado llamándole y volviéndole loco”. “Muy bien, pues vayamos allí”, dijo Mackenzie. “¿Vas a venir con nosotros?”.. “De ninguna manera, cielo. Estoy hasta las orejas con lo que tengo aquí. Pero os ruego que regreséis cuando acabéis con Randall. Os ayudaré de cualquier manera que pueda, pero sinceramente… me encantaría que agarrarais esta pelota y os pusierais a jugar vosotros con ella”. “No hay problema”, dijo Mackenzie. No sabía muy bien cómo manejar a Clarke. Era directo y brutalmente honesto, lo cual estaba muy bien. También parecía encantarle lo de soltar profanidades. También pensó que, cuando le llamaba cielito, no le estaba insultando realmente. Era solo esa clase de encanto sureño tan peculiar. Además, el hombre estaba increíblemente estresado. “Regresaremos de inmediato cuando terminemos en la residencia,” dijo Mackenzie. “Por favor, llámanos si oyes cualquier cosa entre ahora y entonces”. “Por supuesto”, dijo Clarke. En el rincón, todavía tecleando en su teléfono, el agente Lambert gruñó para mostrar que estaba de acuerdo. Tras pasar menos de tres minutos en el despacho del alguacil Clarke, Mackenzie y Ellington descendieron por el pasillo de nuevo y salieron por la puerta principal tras atravesar la recepción. La señora mayor, que Mackenzie asumió era la Frances que había mencionado Clarke, les saludó precipitadamente mientras salían de la comisaría. “En fin, eso fue… interesante”, dijo Ellington. “El hombre está hasta arriba de trabajo”, dijo Mackenzie. “Ten compasión”. “A ti solo te cae bien porque te llama cielito”, dijo Ellington. “¿Y?”., dijo ella con una sonrisa. “Eh, yo también puedo empezar a llamarte cielito”. “No, te lo ruego”, le dijo ella mientras se montaban en el coche. Ellington condujo durante un kilómetro por la autopista 47 y después giró a la izquierda para meterse en una carretera secundaria. De inmediato, vieron el letrero de la Residencia Wakeman para Invidentes. A medida que se aproximaban a la propiedad, Mackenzie empezó a preguntarse por qué habría elegido alguien una ubicación tan arbitraria y aislada para una residencia para ciegos. Seguramente había algún tipo de significado psicológico en todo ello. Quizá lo de estar ubicados en medio de ninguna parte les ayudara a relajarse, al estar alejados de los constantes ruidos y zumbidos de una ciudad más grande. Lo único que sabía con certeza era que, a medida que se espesaba el bosque a su alrededor, se empezaba a sentir más separada del resto del mundo. Y por primera vez en largo tiempo, casi anheló las visiones familiares de esos maizales de su juventud. CAPÍTULO TRES La Residencia Wakeman para Invidentes no tenía el aspecto que Mackenzie había esperado. En contraste con el Departamento de Policía y la Penitenciaría de Stateton, la Residencia Wakeman para Invidentes parecía una maravilla del diseño y la edificación contemporáneos—y esa era una opinión a la que Mackenzie había llegado sin siquiera haber puesto el pie en su interior. La parte frontal del edificio consistía en ventanales enormes de cristal que parecían cubrir la mayoría de las paredes. A mitad de camino por la acera que llevaba hasta la puerta principal, Mackenzie ya podía ver el interior. Vio un amplio recibidor que parecía haber salido de alguna clase de balneario. Tenía un aspecto hospitalario y amigable. Era una sensación que no hizo sino intensificarse cuando pasaron al interior. Todo estaba pulcramente limpio y parecía nuevo. En la investigación que había llevado a cabo de camino a Stateton, había descubierto que la Residencia Wakeman para Invidentes había sido construida en el 2007. Cuando la construyeron, hubo un leve regocijo en el condado de Stateton, ya que vino a crear puestos de trabajo y más comercio. Ahora, sin embargo, a pesar de que todavía era uno de los edificios más prominentes del condado, la emoción se había extinguido y la residencia parecía haber sido devorada por su entorno rural. Había una joven sentada detrás de un mostrador curvado junto a la pared trasera. Les saludó con una sonrisa, aunque era evidente que estaba preocupada. Mackenzie y Ellington se acercaron a ella, se presentaron, y ella les pidió rápidamente que tomaran asiento en la sala de espera mientras Randall Jones salía a reunirse con ellos. Y, por lo visto, Randall Jones estaba realmente ansioso de conocerles. Mackenzie no lleva sentada ni diez segundos antes de que se abriera un par de puertas dobles que llevaban a la parte de atrás del edificio al otro lado de la sala de espera. Entró un hombre alto que llevaba una camisa abotonada y unos caquis. Trató de sonreír mientras se presentaba, pero, al igual que la recepcionista, no podía ocultar el hecho de que estaba exhausto y muy preocupado. “Me alegro de que hayan llegado tan rápido”, dijo Jones. “Cuanto antes podamos solucionar esto, mejor. El nivel de rumores en el pueblo está al rojo vivo”. “A nosotros también nos gustaría solventarlo cuando antes sea posible”, dijo Mackenzie. “¿Sabe con exactitud dónde hallaron el cadáver?”.. “Sí. Es un jardín de rosas que hay como a un kilómetro de distancia. En principio, iba a ser el terreno para Wakeman, pero unas cuantas normativas del condado sobre sectorización le dieron la vuelta a todo”. “¿Podría llevarnos allí?”., preguntó Mackenzie. “Por supuesto, cualquier cosa que necesitéis. Venid conmigo”. Jones les llevó a través de las puertas dobles por las que había salido. Al otro lado, había una pequeña alcoba que daba directamente a la residencia. Las primeras puertas que pasaron de largo eran despachos y almacenes. Estaban separados de las habitaciones de los residentes por una zona de oficina abierta donde estaban sentados un hombre y una mujer detrás de un mostrador que se parecía mucho al de un pabellón de hospital. A medida que pasaban las habitaciones de largo, Mackenzie echó un vistazo a una que estaba abierta. Las habitaciones eran bastante amplias y estaban amuebladas con buen gusto. También vio unos ordenadores portátiles y unas tablets en unas cuantas habitaciones. A pesar de encontrarse en medio de ninguna parte, por lo visto no hay falta de fondos para mantener el lugar en funcionamiento, pensó Mackenzie. “¿Cuántos residentes viven aquí?”., preguntó Mackenzie. “Veintiséis”, dijo él. “Y provienen de todo el país. Tenemos a un hombre mayor que vino desde California debido al servicio y la calidad de vida excepcionales que ofrecemos”. “Perdone si es una pregunta de ignorante”, dijo Mackenzie, “pero ¿qué clase de cosas hacen?”.. “Bueno, pues tenemos clases que abarcan una amplia variedad de intereses. La mayor parte tiene que ser adaptada a sus necesidades, por supuesto. Tenemos clases de cocina, programas de ejercicio, un club de juegos de mesa, clubs de Trivial, clases de jardinería, cosas así. Además, unas cuantas veces al año, organizamos excursiones para dejar que hagan senderismo o que naden. Hasta contamos con dos almas valientes que han empezado a pasear en canoa siempre que salimos”. Escuchar todo eso hizo que Mackenzie se sintiera insensible y contenta a la vez. No tenía ni idea de que las personas que son completamente ciegas pudieran aficionarse a cosas como los paseos en kayak o la natación. Casi al final del pasillo, Jones les llevó hasta un ascensor. Cuando pasaron a su interior y empezaron a descender, Jones se apoyó contra la pared, claramente exhausto. “Señor Jones”, dijo Mackenzie, “¿tiene alguna idea de cómo se han podido enterar tan rápidamente los periódicos del asesinato?”.. “Ni idea”, dijo él. “Esa es una de las razones por las que estoy tan cansado. He estado interrogando a mi personal de manera exhaustiva, pero todos han pasado la prueba. Sin duda, tenemos una filtración, pero no tengo ni idea de dónde proviene”. Mackenzie asintió. No es que sea una gran preocupación, pensó. Una filtración en un pueblo como este está casi asegurada. No obstante, no debería interferir con la investigación. El ascensor se detuvo y salieron a una especie de pequeño sótano pulido. Había unas cuantas sillas diseminadas por aquí y por allá, pero Jones les dirigió a una puerta que había justo enfrente de ellos. Salieron afuera y Mackenzie se dio cuenta de que se encontraba en la parte trasera del edificio, delante de un aparcamiento para empleados. Randall les llevó hasta su coche y cuando se montaron, no perdieron ni un segundo para encender el aire acondicionado. El interior del coche era como una caldera, pero el aire comenzó a hacer su trabajo de inmediato. “¿Cómo llegó la señora Ridgeway hasta el jardín?”., preguntó Ellington. “Bueno, como estamos en medio de la nada, les permitimos a nuestros residentes cierta cantidad de libertad. Tenemos un toque de queda a las nueve de la noche en verano—que se adelanta hasta las seis de la tarde en otoño e invierno cuando anochece más temprano. El jardín de rosas al que nos dirigimos es un lugar al que algunos residentes van para darse una vuelta. Como verán, es un paseo rápido sin ningún riesgo”. Randall sacó el coche del aparcamiento y se metió a la carretera. Iba en dirección opuesta a la que llevaba al departamento de policía, revelando un nuevo tramo de carretera a Mackenzie y a Ellington. La carretera era un tramo recto que penetraba hacia el interior del bosque. No obstante, en menos de treinta segundos, Mackenzie pudo ver la verja de hierro forjado que bordeaba el jardín de rosas. Randall aparcó en una estrecha franja de aparcamiento en la que solamente había otros tres coches aparcados. Uno de ellos era un coche patrulla de la policía sin ningún ocupante. “El alguacil Clarke y sus hombres han estado aquí la mayor parte de la noche pasada y de esta mañana”, dijo Randall. “Cuando se enteró de que veníais vosotros, hizo que lo dejaran. La verdad es que no quiere interferir con vuestra tarea, ¿sabéis?”.. “Sin duda lo agradecemos”, dijo Mackenzie, bajándose del coche de vuelta al calor aplastante. “Sabemos sin ninguna duda que este fue el último lugar que visitó Ellis Ridgeway”, dijo Randall. “Pasó a otros dos residentes de largo de camino hacia aquí, además de a mí. Se pueden ver más pruebas de esto en las cámaras de seguridad de la residencia. Dejan muy claro que está caminando en esta dirección—y todo el mundo en la casa sabe lo mucho que le gustaba darse un paseo al atardecer por aquí. Lo hacía al menos cuatro o cinco veces la mayoría de las semanas”. “¿Y no había nadie más aquí con ella?”., preguntó Mackenzie. “No había nadie de la residencia. Francamente, no hay mucha gente que venga hasta aquí en pleno verano. Estoy seguro de que ya os habéis dado cuenta de que estamos en medio de una ola de calor bastante intensa”. Cuando llegaron al lado oriental del jardín, Mackenzie se sintió casi abrumada con tantos olores. Podía sentir los efluvios de las rosas, las hortensias, y lo que creyó que era lavanda. Imaginó que debía ser una escapada agradable para los ciegos—una manera de disfrutar de verdad de sus demás sentidos. Cuando alcanzaron una curva en el sendero que llevaba todavía más hacia el este, Jones se dio la vuelta y señaló detrás de ellos. “Si miráis a través de ese claro en la arboleda al otro lado de la carretera, se puede ver la parte de atrás de Wakeman”, dijo con tristeza. “Estaba así de cerca de nosotros cuando murió”. Entonces salió del sendero y pasó de perfil entre dos macetas grandes que contenían rosas rojas. Mackenzie y Ellington le siguieron. Llegaron a una verja posterior que había permanecido prácticamente oculta por todas las flores, los árboles y la vegetación. Había un espacio como de un metro que estaba vacío, a excepción de algo de mala hierba. Mientras caminaban a través del mismo, Mackenzie pudo ver al instante que parecía el lugar perfecto para el ataque de un asesino paciente. Ya lo había dicho el mismo Randall Jones—nadie venía mucho por aquí cuando hacía tanto calor. Sin duda alguna, el asesino sabía esto y lo utilizó en su beneficio. “Aquí es donde la encontré”, dijo Jones, señalando al espacio vacío entre las macetas más grandes y la verja negra de hierro forjado. “Estaba tumbada boca abajo y doblada en una forma como de U”. “¿La encontró usted?”., preguntó Ellington. “Sí, casi a las diez menos cuarto de la noche. Cuando no regresó a su hora, me empecé a preocupar. Después de media hora, me imaginé que debía salir para ver si se había caído o se había asustado o algo así”. “¿Estaba toda su ropa en su lugar?”., preguntó Mackenzie. “Por lo que yo puedo decir”, dijo Randall, claramente sorprendido con la pregunta. “En ese momento, la verdad es que no estaba pensando de esa manera”. “¿Y no hay absolutamente nadie más en esa película de video en la residencia?”., preguntó Ellington. “¿Nadie que la siguiera?”.. “Nadie. Podéis ver el metraje vosotros mismos cuando regresemos”. Mientras regresaban por el jardín, Ellington planteó una pregunta que había estado cocinándose en la mente de Mackenzie. “Parece que hay mucho silencio hoy en la residencia. ¿Qué es lo que pasa?”.. “Supongo que se le puede llamar luto. Tenemos una comunidad muy unida en Wakeman y Ellis era muy querida. Muy pocos de nuestros residentes han salido de sus habitaciones en todo el día. También hemos hecho un anuncio por el sistema de megafonía de que iban a venir agentes de DC para investigar el asesinato de Ellis. Desde ese momento, casi nadie ha salido de sus habitaciones. Supongo que están atemorizados… asustados”. Eso, además del hecho de que nadie le siguiera al salir de la residencia, descarta que un residente sea el asesino, pensó Mackenzie. El raquítico archivo sobre la primera víctima afirmaba que el asesinato se había producido entre las once y las doce de la noche… y a una buena distancia de Stateton. “¿Sería posible que habláramos con algunos de sus residentes?”., preguntó Mackenzie. “No tengo el más mínimo problema en que lo hagáis”, dijo Jones. “Desde luego, si se sienten incómodos con ello, tendré que pediros que lo dejéis”. “Desde luego. Creo que podría…” Le interrumpió el sonido de su teléfono. Lo miró y vio un número desconocido en la pantalla”. “Un segundo”, dijo, tomando la llamada. Dando la espalda a Jones, respondió: “Aquí la agente White”. “Agente White, soy el alguacil Clarke. Mira, ya sé que os acabáis de ir, pero realmente agradecería que os dierais prisa en regresar tan pronto como os sea posible”. “Claro. ¿Anda todo bien?”.. “Ha estado mejor”, dijo. “Acaba de llegar por aquí ese desperdicio de espacio de Langston Ridgeway exigiendo hablar con vosotros sobre el caso de su madre y está empezando a montar un número”. Hasta en el quinto pino, no se puede uno escapar del politiqueo, pensó Mackenzie. Irritada, hizo lo que pudo por responder de una manera profesional. “Danos unos diez minutos,” dijo, antes de terminar la llamada. “Señor Jones, vamos a tener que regresar con el alguacil por el momento”, dijo. “¿Podría organizar que veamos ese metraje de seguridad cuando regresemos?”.. “Desde luego”, dijo Randall, llevándoles de nuevo hasta su coche. “Y entretanto”, añadió Mackenzie, “quiero que haga una lista de cualquiera que le despierte hasta la más leve sospecha. Hablo de residentes y de otros empleados. Gente que conozca el alcance de la cámara de seguridad en el jardín”. Jones asintió con seriedad. La expresión en su rostro le dijo a Mackenzie que esto era algo que él había considerado pero que no había osado creerse demasiado. Con esa misma expresión en su rostro, puso el coche en marcha y les llevó de vuelta a Wakeman. Por el camino, Mackenzie percibió de nuevo el silencio del pueblecito—no parecía tranquilo, sino más bien la calma antes de la tormenta. CAPÍTULO CUATRO El primer pensamiento que surgió en la mente de Mackenzie al ver a Langston Ridgeway fue que tenía el aspecto de una mantis religiosa. Era alto y muy delgado, y movía los brazos como si se trataran de unas pequeñas tenazas incómodas al hablar. No le ayudaba que sus ojos estuvieran henchidos de furia mientras gritaba a todo el que trataba de hablar con él. El alguacil Clarke les había acompañado a la pequeña sala de conferencias al final del pasillo—una sala que no era mucho más grande que su despacho. Aquí, a puertas cerradas, Langston Ridgeway estaba tan tieso como podía mientras Mackenzie y Ellington soportaban su ira. “Mi madre está muerta para siempre”, se quejaba, “y me inclino por culpar a la incompetencia del personal en la maldita residencia. Y ya que esta patética excusa de alguacil se niega a dejarme hablar en persona con Randall Jones, me gustaría saber lo que piensan hacer los payasos del FBI al respecto”. Mackenzie esperó un momento antes de responder. Estaba intentando calibrar el nivel de su pena. Con la manera en que se estaba comportando, era difícil decidir si su ira era una expresión de su pérdida o si realmente era un hombre insoportable al que le gustaba repartir órdenes a gritos. Por el momento, no lo tenía claro. “Con toda franqueza”, dijo Mackenzie, “estoy de acuerdo con el alguacil. Está enfadado y herido ahora mismo, y parece que está buscando culpar a alguien. Lamento mucho su pérdida, pero lo peor que puede hacer en este momento es enfrentarse con la dirección de la residencia”. “¿Culpa?”., preguntó Ridgeway, que obviamente no estaba acostumbrado a que la gente no se sometiera y mostrara su acuerdo con él al instante. “Si ese lugar es responsable de lo que le sucedió a mi madre, entonces yo…” “Ya hemos visitado la residencia y hemos hablado con el señor Jones”, dijo Mackenzie, interrumpiéndole. “Puedo asegurarle que lo que le ocurrió a su madre fue causado por fuentes externas. Y si fuera interno, entonces es evidente que el señor Jones no sabe nada de ello. Puedo decirle todo eso con absoluta confianza”. Mackenzie no estaba segura de si la expresión de sorpresa que barrió el rostro de Ridgeway era resultado de su desacuerdo con ella o si se debía a que le había interrumpido. “¿Y sabe todo eso después de solo una conversación?”., le preguntó, claramente escéptico. “Así es”, dijo ella. “Por supuesto, esta investigación todavía está en pañales así que no puedo estar segura de nada. Lo que sí le puedo decir es que es muy difícil llevar una investigación cuando recibo llamadas que me hacen dejar la escena de un crimen para escuchar a gente chillando y quejándose”. Casi podía sentir cómo salía la furia de él en este momento. “Acabo de perder a mi madre”, dijo, cada palabra como un susurro. “Quiero respuestas. Quiero justicia”. “Muy bien”, dijo Ellington. “Queremos lo mismo”. “Claro que para que lo consigamos”, dijo Mackenzie, “tiene que dejarnos trabajar. Entiendo que tiene autoridad por estos lares, pero con toda sinceridad, no me importa. Tenemos un trabajo que hacer y no podemos permitir que su ira, su pena o su arrogancia se interpongan en el camino”. Durante toda la conversación, el alguacil Clarke permaneció sentado a la mesa de conferencias. Estaba haciendo todo lo posible por contener una sonrisa. Ridgeway guardó silencio durante un momento. Alternó la mirada entre los agentes y el alguacil Clarke. Asintió y, cuando se deslizó una lágrima por su cara, Mackenzie pensó que podía ser de verdad, pero también seguía viendo la ira en sus ojos, a flor de piel. “Estoy seguro de que estás acostumbrada a repartir instrucciones entre policías de poca monta y sospechosos y lo que sea”, dijo Langston Ridgeway. “Pero deja que te diga una cosa… si perdéis los papeles en este caso, o me faltas al respeto de nuevo, haré una llamada a DC. Hablaré con tu supervisor y acabaré contigo”. Lo triste de todo es que piensa que es perfectamente capaz de hacer tal cosa, pensó Mackenzie. Pues no me cabe duda de que me encantaría ser una mosca en la pared cuando alguien como Langston Ridgeway empiece a ladrarle a McGrath. En vez de escalar la situación, Mackenzie decidió guardar silencio. Miró más allá de ella y vio cómo Ellington estaba apretando y relajando los puños… un truquito al que recurría cada vez que estaba a punto de ponerse irracionalmente enfadado. Al final, Mackenzie dijo: “Si nos deja hacer nuestro trabajo sin trabas, eso no será necesario”. Era evidente que Ridgeway estaba buscando algo más que decir. Lo único que hizo fue pronunciar un gruñido apagado. Le siguió a esto dándose la vuelta a toda prisa y saliendo de la sala. A Mackenzie le recordó mucho a un niño en medio de una rabieta. Tras unos segundos, el alguacil Clarke se inclinó hacia delante, suspirando. “Y ahora veis con lo que he tenido que pegarme. Ese chico piensa que el sol sale y se pone para darle el gusto a su culo mimado. Y puede hablar todo lo que quiera sobre perder a su madre. Lo único que le preocupa es que los periódicos en las ciudades más grandes descubran que abandonó a su madre en una residencia… aunque sea una muy agradable. Está preocupado de su propia imagen más que de ninguna otra cosa.” “Sí, yo tengo la misma sensación”, dijo Ellington. “¿Crees que podemos esperar más interferencias por su parte?”., preguntó Mackenzie. “No lo sé. Es impredecible. Hará lo que crea que pueda mejorar sus posibilidades de recibir la atención del público que más tarde se convertirá en votos para el mar contaminado por el que pelea”. “Pues bien, alguacil”, dijo Mackenzie, “si tienes unos cuantos minutos, ¿por qué no nos sentamos y repasamos lo que sabemos?”.. “Eso no llevará mucho tiempo”, dijo él. “Porque no hay gran cosa”. “Eso es mejor que nada”, dijo Ellington. Clarke asintió y se puso en pie. “Volvamos a mi despacho entonces”, dijo. Mientras bajaban el pequeño pasillo, tanto Mackenzie como Ellington se sobresaltaron un poco cuando Clarke gritó, “¡Eh, Frances! Prepara algo de café, ¿eh, cariño?”.. Mackenzie y Ellington intercambiaron una mirada de perplejidad. Mackenzie empezaba a tener una clara idea sobre el alguacil Clarke y la manera en que llevaba los asuntos. Y a pesar de que quizá era un tanto rústico, estaba dándose cuenta de que le caía bastante bien—excepto por el lenguaje profano y el machismo inconsciente. Ahora que la tarde iba poco a poco convirtiéndose en noche, Mackenzie y Ellington se sentaron junto al escritorio de Clarke y repasaron el material que tenían sobre el caso. CAPÍTULO CINCO Poco antes de que Frances trajera el café, regresó el agente Lambert. Ahora que ya no estaba tecleando en su teléfono, Mackenzie observó que era un hombre joven, de treinta y pocos años. Le resultó extraño que un agente estuviera haciendo de mano derecha de Clarke en vez de un ayudante, pero no le dio mucha importancia. Cosas de pueblo, pensó. Los cuatro se sentaron junto al escritorio de Clarke, repasando el material. Clarke parecía estar encantado de dejar a Mackenzie llevar la voz cantante. Y a ella le gustaba ver que él parecía haberse convencido tan deprisa… de aceptarla como algo más que una igual. “Empecemos con la más reciente”, dijo Mackenzie. “Ellis Ridgeway. Cincuenta y siete años de edad. Por lo que empiezo a entender, tiene un hijo muy arrogante que se cree Dios. Además del hecho de que obviamente era ciega, ¿qué más me puedes decir sobre ella?”.. “La verdad es que eso es todo”, dijo Clarke. “Era una dama muy agradable. Por lo que pude entender, todo el mundo en la residencia la adoraba. Lo que me asusta de toda esta situación es que el asesino debía de conocerla bien, ¿no es cierto? Tenía que saber que había salido de la residencia para ir a por ella de esa manera”. “Mi cerebro también quería ir por ese camino”, dijo Mackenzie. “Aunque, si estas muertes están conectadas—y sin duda parece que así es—eso quiere decir que, para que lo haya hecho alguien de la zona que la conoce, hubiera sido necesario viajar un buen rato. ¿La otra muerte sucedió a cuánto… dos horas y media de distancia?”.. “Casi tres”, dijo Clarke. “Exacto”, dijo Mackenzie. “Sabes, hasta me planteé durante un tiempo que podría haber sido otro residente, pero sé de buena tinta que, por lo que dijo Randall Jones, ayer no la siguió nadie. Por lo visto hay pruebas en video de todo esto que todavía no hemos visto, gracias a la interferencia de Langston Ridgeway. Y en lo que respecta a residentes o empleados que salieran de casa mientras la señora Ridgeway estaba ausente, no hay pruebas que confirmen que nadie salió durante ese periodo—ni residentes, ni empleados, nadie”. “Y, además, volviendo al primer asesinato”, dijo Ellington, “tenemos que ir a hablar con los familiares enseguida. ¿Qué puedes decirnos de la primera víctima, alguacil?”.. “En fin, ocurrió en otra residencia para ciegos”, dijo. “Y todo lo que sé sobre ello está en ese mismo archivo que tienes en la mano, estoy seguro. Como dije, está a casi tres horas de aquí, casi al oeste de Virginia. Un lugar bastante deteriorado por lo que tengo entendido. No es realmente una residencia, sino más bien una escuela, creo yo”. Le pasó una hoja de papel a Mackenzie donde pudo ver el breve informe policial sobre la primera víctima. Era en una ciudad llamada Treston, a unas veinticinco millas de Bluefield, en West Virginia. Kenneth Able, de treinta y ocho años, había sido estrangulado. Presentaba abrasiones leves alrededor de los ojos. Le habían encontrado metido en el armario de la habitación donde pasaba la mayoría del tiempo que estaba en la residencia. Los hechos eran muy robóticos, sin ningún detalle. Aunque había notas que mencionaban una investigación en curso, Mackenzie dudaba de que fuera nada muy serio. Apuesto a que ahora sí lo es, pensó. Esta última muerte era demasiado explícita como para negarlo. Las víctimas eran demasiado similares, así como las señales de abuso en los cuerpos. “Randall Jones está recopilando una lista de empleados o de otras personas asociadas con la residencia que pudieran ser en lo más mínimo potenciales asesinos”, dijo Mackenzie. “Creo que nuestro mejor enfoque ahora es ir a hablar con este lugar en Treston para ver si hay algún vínculo”. “La desventaja aquí es que Treston está muy lejos”, señaló Ellington. “Incluso aunque esto resulte ser un paseo de rosas, habrá que viajar bastante. Parece que puede que no tengamos todo bien atado tan rápidamente como le gustaría al ilustre señor Ridgeway”. “¿Cuándo habrá un informe forense completo sobre la señora Ridgeway?”. preguntó Mackenzie. “Espero saber algo en las próximas horas”, dijo Clarke. “Aunque la investigación preliminar no mostró nada obvio. No hay huellas digitales, no hay cabello visible ni otros materiales que se hayan encontrado”. Mackenzie asintió y volvió a revisar los archivos del caso. Cuando ya había empezado a meterse de lleno en ello, sonó su teléfono móvil. Lo agarró y respondió: “Aquí la agente White”. “Soy Randall Jones. Tengo una lista de nombres para vosotros, como me pedisteis. Aunque es corta y estoy bastante seguro de que no se trata de ninguno de ellos”. “¿Quiénes son?”. “Hay un tipo en el equipo de mantenimiento que no es muy responsable. Trabajó todo el día de ayer, y fichó su salida poco después de las cinco. He preguntado por aquí y nadie le vio volver de nuevo. Hay otro hombre que trabaja para un departamento especial de los servicios sociales. Viene a veces y echa una partida de juegos de mesa. Pasa un tiempo con ellos y gasta bromas. Hace alguna tarea voluntaria de limpieza o moviendo muebles de vez en cuando”. “¿Puedes enviarme sus nombres y cualquier información de contacto que tenga?”. “Eso está hecho”, dijo Jones, al que obviamente no le hacía ninguna gracia tener siquiera que considerar a alguno de sus hombres como sospechosos. Mackenzie terminó con la llamada y volvió la vista a los tres hombres que había en la sala. “Ese era Jones con tres posibles candidatos. Un trabajador de mantenimiento y alguien que viene como voluntario y pasa algún tiempo con los residentes. Alguacil, me va a enviar los nombres en cualquier momento. ¿Podrías echarles una ojeada y…” Su teléfono vibró al recibir el mensaje en cuestión. Le mostró los nombres al alguacil Clarke y él se encogió de hombros, derrotado. “El primer nombre, Mike Crews, es el de mantenimiento”, dijo. “Sé sin ninguna duda que ayer por la noche no estaba matando a nadie porque me tomé una cerveza con él en el Rock’s Bar. Eso fue después de que se pasara por casa de Mildred Cann para arreglarle el aire acondicionado gratuitamente. Te puedo decir desde ya mismo que Mike Crews no es vuestro hombre”. “¿Y qué hay del segundo nombre?”, preguntó Ellington. “Robbie Huston”, dijo. “Solamente le he visto de pasada. Estoy bastante seguro de que le envían de alguna clase de agencia de servicios sociales que hay en Lynchburg. Aunque, por lo que tengo entendido, le consideran un santo en la residencia. Les lee a los residentes, es realmente agradable. Como he dicho, está en Lynchburg. Eso está como a hora y media de aquí—en la misma ruta que lleva a Treston, de hecho”. Mackenzie volvió a mirar el mensaje de Jones y grabó el número que le había dado para Robbie Huston. Era una pista muy débil, pero al menos era un comienzo. Miró a su reloj y vio que estaban acercándose las seis de la tarde. “¿Cuándo tienen que volver a comisaría tu ayudante y los demás agentes?”, preguntó. “Enseguida, pero nadie me ha llamado para decirme nada todavía. Te mantendré informada si quieres salir afuera y empezar a orientarte”. “Eso suena bien”, dijo Mackenzie. Recogió los archivos del caso cuando se puso de pie. “Gracias por tu ayuda esta tarde”, dijo Mackenzie. “Por supuesto. Ojalá pudiera ser de más ayuda. Si quieres, podría volver a llamar a la policía estatal para que ayuden. Estuvieron aquí por la mañana, pero se largaron bastante deprisa. Creo que hasta es posible que unos cuantos se hayan quedado en el pueblo por un día más o menos”. “Si llegamos a necesitarlo, te lo diré”, dijo Mackenzie. “Buenas noches, caballeros”. Dicho eso, Ellington y ella salieron de la sala. Ahora la recepción estaba vacía. Por lo visto, Frances ya había fichado su salida por hoy. En el aparcamiento, Ellington titubeó por un momento mientras sacaba las llaves del coche. “¿Hotel o un viajecito a Lynchburg?”, preguntó. Mackenzie pensó en ello y, aunque la tentación de continuar la investigación hasta altas horas era intensa, pensó que, si trataba de contactar con Robbie Huston por teléfono, obtendría los mismos resultados que si viajara hasta Lynchburg. Además, estaba empezando a creer que el alguacil Clarke sabía lo que hacía—y si él no tenía sospechas de verdad sobre Huston, se apoyaría en eso por el momento. Era una de las ventajas de trabajar en un caso en un pueblo pequeño—donde todo el mundo se conoce de manera casi íntima, las opiniones y los instintos de la policía con frecuencia podían ser seriamente tomadas en cuenta. Aun así, merece la pena llamarle una vez nos instalemos, pensó. “Hotel”, le dijo Mackenzie. “Si no puedo obtener lo que quiero de él con una conversación de teléfono esta noche, mañana nos pasaremos por Lynchburg”. “¿De camino a Treston? Me parece mucho tiempo al volante”. Mackenzie asintió. Iban a ser muchas idas y venidas. Puede que tuvieran más suerte si mañana se dividían. No obstante, podían hablar de su estrategia después de meterse a una habitación con los archivos del caso y el aire acondicionado funcionando a toda marcha junto a ellos. Para ella, que nunca había tenido debilidad por el lujo, la idea del aire acondicionado en medio de este calor oprimente era demasiado buena como para resistirse. Se metieron al coche, que estaba ardiendo, Ellington bajó las ventanillas, y se dirigieron hacia el oeste, hacia lo que hacía las veces del centro de Stateton. *** El único motel que había en Stateton era un cuadradito sorprendentemente bien cuidado llamado el Stateton County Inn. Solo consistía de doce habitaciones, de las que nueve estaban disponibles cuando Mackenzie entró a la recepción y pidió una habitación para pasar la noche. Ahora que McGrath sabía lo de su relación, Ellington y ella ya no tenían que preocuparse de reservar dos habitaciones solo por mantener las apariencias. Reservaron una sola habitación con una sola cama y, tras un día estresante de mucha carretera y mucho calor, hicieron buen uso de ella en cuanto cerraron la puerta al entrar. Después, mientras Mackenzie se daba una ducha, no pudo evitar agradecer la cálida sensación de saberse deseada. Aunque la verdad, era más que eso; el hecho de que hubieran empezado a desnudarse en el instante que se quedaron a solas y tuvieron acceso a una cama le hacía sentir unos diez años más joven. Era una sensación agradable, aunque una que intentaba mantener bajo control todo lo que podía. Sin duda, estaba disfrutando de todo con Ellington, y lo que fuera que estaba sucediendo entre ellos era una de las cosas más emocionantes y prometedoras que le habían sucedido en los últimos años, pero también sabía que, si no era cuidadosa, podría permitir que interfiriera con su trabajo. Le daba la sensación de que él también sabía esto. Ellington estaba poniendo en riesgo lo mismo que ella: reputación, ridículo y desilusión. Aunque últimamente, no estaba segura de que él estuviera muy preocupado por desilusionarse. A medida que le iba conociendo mejor, se convencía más de que Ellington no era la clase de hombre que se acostaba con todas las que podía o que trataba mal a las mujeres, pero también sabía que acababa de terminar un matrimonio fallido y que estaba siendo muy cauteloso con su relación—si así decidían llamarla. Mackenzie tenía la sensación de que Ellington no sufriría demasiado si terminara la relación que había entre ellos. Y en cuanto a ella… en fin, no estaba segura de cómo se lo podría tomar. Cuando salió de la ducha y se secó, Ellington estaba allí, en el cuarto de baño. Parecía que hubiera planeado unirse a ella en la ducha y que se le hubiera escapado la oportunidad. Le estaba echando una mirada que mostraba algo de su malicia habitual pero también algo concreto y estoico—algo que Mackenzie había empezado a pensar que era su “cara de trabajo”. “¿Sí?”, preguntó, juguetona. “Mañana…no es que quiera hacerlo, pero quizá sea mejor que nos separemos. Que uno de nosotros vaya a Treston mientras el otro se queda aquí y trabaja con el departamento de policía local y el forense”. Ella sonrió, cayendo en la cuenta de lo sincronizados que podían estar de vez en cuando. “Estaba pensando lo mismo”. “¿Tienes alguna preferencia?”, le preguntó Ellington. “La verdad es que no. Me quedaré con Lynchburg y Treston. No me importa conducir”. Pensó que él se lo discutiría, y que querría tomarse un tiempo en la carretera. Sabía que no le gustaba especialmente conducir, y que tampoco le agradaba la idea de que ella estuviera en la carretera a solas. “Suena bien”, dijo Ellington. “Si podemos terminar el día con nueva información de la residencia en Treston y con la información que obtengamos aquí del forense, quizá podamos concluir este asunto rápidamente como todo el mundo está esperando”. “Suena genial”, dijo ella. Le plantó un beso en los labios al pasarle de largo. Un pensamiento le cruzó la mente mientras se dirigía de vuelta a la habitación, una idea que casi le hizo sentir dolor de corazón pero que no podía ser negada. ¿Y si él no siente por mí lo mismo que yo siento por él? Había estado ligeramente distante la última semana más o menos, y aunque había hecho lo posible por ocultárselo, ella lo había percibido por aquí y por allá. Quizá él se dé cuenta de lo mucho que esto podría afectar nuestro trabajo. Era una buena razón—una razón en la que ella misma pensaba a menudo. No obstante, no podía preocuparse de eso en este momento. Con un informe forense a punto de ser entregado en cualquier momento, este caso tenía el potencial de ponerse en marcha bastante deprisa. Y sabía que, si su mente estaba ocupada con pensamientos sobre Ellington y sobre lo que significaban el uno para el otro, podría pasarle de largo por completo. CAPÍTULO SEIS Cuando tomaron sus caminos diferentes a la mañana siguiente, Mackenzie se sorprendió al notar que Ellington parecía especialmente triste al respecto. Le abrazó un poco más de lo habitual en la habitación de motel y pareció bastante deprimido cuando ella le dejó en el departamento de policía de Stateton. Tras hacer un gesto de despedida a través del parabrisas cuando él entró al recinto, Mackenzie regresó a la carretera principal, donde le esperaba un trayecto de dos horas y media en coche. Como estaba en el bosque, la señal del teléfono móvil iba y venía. No consiguió telefonear al segundo sospechoso potencial de Jones, Robbie Huston, hasta que estuvo como a unas diez millas de distancia de los límites de la ciudad de Stateton. Cuando por fin consiguió realizar la llamada, él respondió al segundo tono. “¿Hola?”. “¿Estoy hablando con Robbie Huston?”, le preguntó Mackenzie. “Así es. ¿Quién lo pregunta?”. “Soy la agente Mackenzie White del FBI. Me preguntaba si tendrías tiempo de charlar un rato hoy por la mañana”. “Mmm… ¿puedo preguntar sobre qué?”. Su confusión y su sorpresa eran auténticas. Podía decirlo incluso solo con hablar por teléfono. “Sobre un residente en la Residencia Wakeman para Invidentes que creo que conoces. No puedo decir nada más por teléfono. Si pudieras concederme solo cinco o diez minutos de tu tiempo, lo agradecería. Pasaré por Lynchburg como en una hora”. “Claro”, dijo él. “Trabajo desde casa, así que puede pasarse cuando quiera por mi apartamento”. Terminó la llamada después de conseguir su dirección. Conectó el teléfono con su GPS y se sintió aliviada al comprobar que, para llegar hasta su apartamento, solo tendría que añadir veinte minutos al viaje en coche. De camino a Lynchburg, observó que estaba demasiado distraída por los hechos del caso que tenía entre manos, abrumada por los cientos de preguntas por responder que rodeaban el antiguo caso de su padre y la muerte reciente que lo había vuelto a sacar todo a la luz. Por alguna razón, la misma gente que había matado a su padre también había matado a alguien más de un modo muy similar. Y una vez más, habían dejado una enigmática tarjeta de visita al marcharse. La pregunta era: ¿por qué? Se había pasado semanas enteras intentando resolverlo. Quizá simplemente el asesino era presuntuoso. O quizá las tarjetas tenían la misión de guiar a los investigadores a otra cosa… como en un juego retorcido del gato y el ratón. Sabía que Kirk Peterson seguía en el caso—un detective humilde y comprometido de Nebraska a quien no conocía lo suficiente como para confiar en él completamente. Aun así, el hecho de que alguien estuviera manteniendo el rastro lo más fresco posible le resultaba reconfortante. Le hacía sentir que puede que el rompecabezas estuviera casi cerrado para ella pero que alguien había sacado una pieza de la mesa y la estaba conservando, decidido a ponerla de nuevo en el último momento. No se había sentido así de derrotada por nada en toda su vida. Ya no era cuestión de si podía llevar al asesino de su padre ante la justicia, sino de enterrar de una vez un misterio de varias décadas de antigüedad. Con su mente ocupada en todo ello, empezó a sonar su teléfono. Vio el número del alguacil en la pantalla, y respondió esperando que le diera alguna pista para el caso que tenía entre manos. “Buenas, agente White”, dijo el alguacil Clarke al otro lado de la línea. “Mira, ya sabes que la cobertura en Stateton es una mierda. Tengo aquí al agente Ellington, que quiere hablar contigo un momento. Su móvil no conseguía realizar la llamada”. Escuchó cómo movía el teléfono al otro lado para pasárselo a Ellington. “Entonces”, dijo. “¿Ya te sientes perdida sin mí?”. “A duras penas”, dijo ella. “Voy a reunirme con Robbie Huston en poco más de una hora”. “¡Ah, progreso! Por cierto, hablando de ello, estoy revisando el informe del forense en este momento. Recién salido del horno. Te diré si me encuentro con algo. Randall Jones también va a venir enseguida. Veré si me deja hablar con unos cuantos residentes”. “Suena bien. Yo estaré pasando de largo prados de vacas y campos vacíos durante las tres próximas horas”. “Ah, algunas tienen suerte”, dijo él. “Llámame si necesitas cualquier cosa”. Y con esto, terminó la llamada. Así era cómo se tiraban puntillas el uno al otro todo el tiempo. Le hizo sentir un poco tonta por preocuparse la noche anterior sobre lo que él estaba sintiendo respecto a lo que fuera que estaba desarrollándose entre los dos. Ahora que la llamada telefónica había terminado con los pensamientos que estaba teniendo sobre el viejo caso de su padre, pudo enfocarse mejor en el caso que tenía entre manos. El termómetro digital en el salpicadero de su coche le indicaba que ya había ochenta y ocho grados afuera… y ni siquiera eran las nueve de la mañana. La arboleda a ambos lados de la carretera era increíblemente frondosa, y colgaba por encima de la carretera como si fuera un toldo. Y aunque había algo enigmáticamente bello en ella a la pálida luz de la mañana sureña, estaba deseando ver las extensiones más anchas de las autopistas principales y los cuatro carriles que le llevarían hacia Lynchburg y Treston. *** Robbie Huston vivía en un moderno complejo de apartamentos que había cerca del centro neurálgico de Lynchburg. Estaba rodeado de librerías pertenecientes a la universidad y de cafeterías que seguramente prosperaban debido a la universidad cristiana privada que se dejaba sentir en la mayor parte de la ciudad. Cuando llamó a su puerta a las 9:52, él vino a abrirla casi de inmediato. Parecía tener unos veintipocos años—con el cabello áspero, sin peinar, y el tipo de complexión blandengue que hacía pensar a Mackenzie que todo el trabajo que había hecho en su vida había tenido lugar detrás de un escritorio. Era atractivo al estilo de los miembros de una fraternidad y estaba al borde de la excitación o del nerviosismo por el hecho de tener una agente del FBI de verdad llamando a su puerta. Le invitó a pasar adentro y Mackenzie vio que el resto del apartamento era tan agradable y moderno como el exterior del edificio. La sala de estar, la cocina y el estudio formaban una habitación amplia, separada por pequeños divisores ornamentales e inundada por la luz natural que entraba por los dos enormes ventanales que ocupaban paredes opuestas. “Mmm… ¿puedo ofrecerte café o algo?”, le preguntó. “Todavía queda algo del que hice por la mañana”. “Un café estaría muy bien, la verdad”, dijo ella. Le siguió a la cocina donde él le sirvió una taza de café y se la entregó. “¿Crema? ¿Azúcar?”. “No gracias”, dijo ella. Dio un sorbo, le pareció bastante bueno, y fue directa al grano. “Dime una cosa, vas con frecuencia como voluntario a la Residencia Wakeman para Invidentes, ¿no es cierto?”. “Sí”. “¿Con qué frecuencia?”. “Depende del trabajo que tenga, la verdad. A veces solo puedo bajar una o dos veces al mes, aunque ha habido meses en los que pude ir una vez por semana”. “¿Cómo ha sido últimamente?”, preguntó Mackenzie. “Bueno, esta semana estuve allí el lunes. La semana pasada, fue el miércoles y la semana anterior a esa estuve allí el lunes y el viernes, creo. Puedo enseñarle mi agenda”. “Quizá más tarde”, dijo ella. “Cuando hablé con Randall Jones, me enteré de que vas a echar partidas de juegos de mesa y quizá a mover muebles y a limpiar. ¿Es eso correcto?”. “Sí, eso es correcto. De vez en cuando también leo para ellos”. “¿Ellos? ¿A qué residentes en concreto les has leído o con quiénes has echado partidas en las últimas dos semanas?”. “Unos cuantos. Hay un señor mayor que se llama Percy y juego a emparejamientos con él. Tiene que participar por lo menos un cuidador… para susurrarle al oído lo que dicen las cartas. Y la semana pasada, hablé un buen rato de música con Ellis Ridgeway. También le leí durante un rato”. “¿Sabes cuándo pasaste ese tiempo con Ellis?”. “Las dos últimas ocasiones que pasé por allí. El lunes, le puse música de Brian Eno. Hablamos de música clásica y le leí un artículo online acerca de algunas de las maneras en que se utiliza la música clásica para estimular el cerebro”. Mackenzie asintió, sabiendo que era hora de sacar la cuestión más crucial a colación. “Bueno, pues odio tener que decirte esto, pero hallaron a Ellis asesinada el martes por la noche. Estamos intentando descubrir quién lo hizo, y como estoy segura de que puedes entender, tenemos que investigar a todos los que hayan pasado algo de tiempo con ella recientemente. Sobre todo, a los voluntarios que no están siempre en la residencia”. “Oh Dios mío”, dijo Robbie, poniéndose cada vez más pálido. “Antes de la señora Ridgeway, hubo otro asesinato en una residencia en Treston, Virginia. ¿Has estado allí alguna vez?”. Robbie asintió. “Sí, aunque solo en dos ocasiones. Una de ellas fue debido a una especia de servicio de comunidad que hacemos a través de Liberty, mi alma mater. Ayudé a remodelar su cocina y también hice algo de jardinería. Regresé como uno o dos meses después para ayudar en lo que pudiera. Fue básicamente para desarrollar relaciones”. “¿Hace cuánto que fue esto?”. Pensó en ello, todavía conmocionado por las noticias sobre los dos asesinatos. “Diría que unos cuatro años. Quizá más bien cuatro y medio”. “¿Recuerdas conocer a un hombre llamado Kenneth Able mientras estuviste allí? También le asesinaron hace poco tiempo”. De nuevo, pareció perdido en sus pensamientos. Sus ojos parecían estar casi paralizados. “El nombre no me resulta familiar, aunque eso no quiere decir que no haya hablado con él cuando estuve allí”. Mackenzie asintió, sintiéndose cada vez más convencida de que Robbie Huston no era ni de lejos su asesino. No podía estar segura, pero pensó que podía ver cómo resplandecían sus ojos de las lágrimas mientras ella se tomaba un poco más del café que le había dado. Nunca se puede ser demasiado cauto, pensó. “Huston, sabemos con certeza que la señora Ridgeway fue asesinada a media milla de los terrenos de Wakeman en algún momento entre las siete y cinco y las diez menos veinte de la noche del martes. ¿Tienes algún tipo de coartada para ese periodo de tiempo?”. Vio esa mirada por tercera vez mientras buscaba la respuesta en su interior, pero entonces empezó a asentir lentamente. “Estaba aquí, en el apartamento. Estaba en una conferencia con tres chicos más. Estamos empezando con esta pequeña organización para ayudar a los sin techo en el centro y en las ciudades circundantes”. “¿Alguna prueba?”. “Podría enseñarte dónde me conecté. Además, creo que otro de los chicos conserva notas bastante decentes de las llamadas. Habrá toda clase de hilos de mensajes con marca de hora, ediciones de notas, y cosas así”. Ya estaba yendo en busca de su portátil, que estaba sobre un escritorio delante de uno de los ventanales. “Aquí, te lo puedo mostrar si quieres”. Ahora ya estaba segura de que Robbie Huston era inocente, pero quería llegar hasta el final. Dado lo mucho que le habían afectado las noticias, también quería que Robbie sintiera que había contribuido con algo al caso. Así que miró por encima del hombro mientras él entraba a la página de la plataforma para la conferencia, accedía a ella, y recuperaba su historial no ya de los últimos días, sino también de las últimas semanas. Comprobó que le había dicho la verdad: había participado en una llamada en grupo y una sesión de planificación entre las 6:45 y las 10:04 de la noche del martes. El proceso completo le llevó menos de cinco minutos, para mostrarle las notas y las correcciones, además del momento en que entró y salió de la página. “Muchas gracias por su ayuda, señor Huston”, le dijo. Él asintió mientras le llevaba hasta la puerta. “Dos ciegos…” dijo él, intentando encontrarle algún sentido. “¿Por qué haría alguien algo así?”. “Eso es lo que yo también intento averiguar”, dijo. “Por favor, llámame si piensas en cualquier cosa que pueda ayudar”, añadió, ofreciéndole una de sus tarjetas. Él la tomó, le hizo un gesto de despedida parsimonioso, y después de que ella saliera, cerró la puerta. Mackenzie se sentía casi como si acabara de darles la noticia de los asesinatos a los familiares de las víctimas y no a un chico de gran corazón que parecía estar realmente interesado por los dos fallecidos. Casi lo envidiaba… sentir remordimiento genuino por unos desconocidos. Últimamente, no había visto a los muertos como nada más que cadáveres—como cuerpos sin nombre, llenos de pistas potenciales. Sabía que no era la mejor manera de vivir la vida. No podía permitir que su trabajo acabara con su sentido de la compasión. O con su humanidad. CAPÍTULO SIETE Mackenzie aparcó su coche delante de la Residencia Treston para Invidentes a las 11:46, logrando llegar en menos tiempo de lo que había estimado su GPS. Aunque lo cierto es que, una vez hubo aparcado delante del edificio, tuvo que volver a comprobar la dirección que le había dado Clarke. La residencia parecía muy pequeña, no más grande que una fachada de una tienda normal. Estaba ubicada al extremo occidental de la localidad de Treston, que, aunque era mucho más grande que Stateton, tampoco tenía nada de lo que presumir. Aunque la ciudad estaba a mucha distancia de la desidia rural de Stateton, solo contaba con dos semáforos. Lo único que la hacía un poco más urbana era el McDonald’s que había en la calle mayor. Convencida de que tenía la dirección correcta—lo que fue confirmado cuando vio el letrero que había delante de la propiedad en estado de deterioro—Mackenzie salió del coche y subió por el pavimento agrietado. La puerta principal solo estaba separada del pavimento por tres escalones de hormigón que parecía que nadie hubiera barrido en años. Pasó al interior, entrando al área que hacía las veces de recepción y sala de espera. Había una mujer sentada detrás del mostrador junto a la pared frontal, hablando por teléfono. La pared que tenía detrás estaba pintada de un tono de blanco que resultaba deslumbrante. Había una pizarra de borrado en seco a su izquierda que contenía unas cuantas anotaciones. Por lo demás, la pared era sosa y sin ningún atractivo. Mackenzie tuvo que caminar hasta el mostrador y quedarse allí de pie, apoyándose contra él y haciendo lo que podía para mostrar que necesitaba asistencia. La mujer que estaba sentada detrás del mostrador dio la impresión de sentirse terriblemente irritada por ello y terminó su llamada telefónica a regañadientes. Finalmente, miró hacia Mackenzie y le preguntó: “¿Puedo ayudarle?”. “Estoy aquí para hablar con el director”, dijo ella. “¿Y usted es…?”. “Agente Mackenzie White, del FBI”. La mujer se detuvo por un instante, como si no creyera a Mackenzie. Esta vez, le tocaba a Mackenzie mirarle con aspecto irritado. Le mostró su placa y entonces vio cómo la mujer se ponía en movimiento. Agarró el teléfono, marcó una extensión, y habló con alguien brevemente. Evitó hacer contacto ocular con Mackenzie todo el tiempo. Cuando la mujer ya había terminado, volvió a mirar a Mackenzie. Era evidente que se sentía avergonzada, pero Mackenzie hizo todo lo que pudo para no regodearse demasiado en ello. “La señora Talbot le verá de inmediato”, dijo la mujer. “Vaya hacia la parte de atrás. Su oficina es la primera puerta que se va a encontrar”. Mackenzie atravesó la única otra puerta que había en el recibidor y entró a un pasillo. El pasillo era bastante corto, y contenía solo tres puertas. Al final del pasillo, había un par de puertas dobles que estaban cerradas. Asumió que la residencia propiamente dicha estaría detrás de esas puertas, esperando que las habitaciones estuvieran en bastante mejor estado que el resto del edificio. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693623&lfrom=334617187) на ЛитРес. 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