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Antes De Que Necesite Blake Pierce Un Misterio con Mackenzie White #5 De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un éxito de ventas #1 con más de 900 críticas de 5 estrellas), llega el libro #5 en la excitante serie de misterio Mackenzie White. En ANTES DE QUE NECESITE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 5), llaman a la agente especial del FBI Mackenzie White para que resuelva un caso con el que jamás se ha encontrado antes: la víctima no es ni un hombre ni una mujer, sino una pareja. La tercera pareja que encuentran muerta en su casa en lo que va de mes. A medida que Mackenzie y el FBI tratan de averiguar quién querría asesinar a unas parejas felizmente casadas, su investigación le lleva hasta el fondo de un mundo y una subcultura perturbadores. Cae en la cuenta con rapidez de que no todo es lo que parece detrás de las vallas blancas de los hogares perfectamente suburbanos – y de que la oscuridad acecha en los límites de las familias más felices. Cuando su investigación se transforma en un juego letal del gato y el ratón, Mackenzie, que sigue tratando de encontrar al asesino de su propio padre, cae en la cuenta de que puede que esté metida en un buen lío – y que puede que el asesino al que busca sea el más elusivo de todos: sorprendentemente normal. Un oscuro thriller psicológico lleno de suspense y emoción, ANTES DE QUE NECESITE es el libro #5 de una nueva serie – con una nueva y adorable protagonista – que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. El Libro #6 de la serie de misterio Mackenzie White estará pronto disponible a la venta. También está disponible el libro de Blake Pierce ONCE GONE (Un misterio con Riley Paige – Libro #1), un éxito de ventas #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita! A N T E S DE Q U E N E C E S I T E (UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 5) B L A K E P I E R C E Traducido al español por Asun henares Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1) EL TIPO PERFECTO (Libro #2) LA CASA PERFECTA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE AL LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ AÑORADO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE MATE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3) ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDOS PRÓLOGO (#u5b76b8d4-f4d2-5f46-a7b8-fa5a32f27975) CAPÍTULO UNO (#u526f2d29-63a6-5bbc-8b27-6b0d0d4afde4) CAPÍTULO DOS (#u436dc28d-9c2c-5a40-b7de-9726bf358cf3) CAPÍTULO TRES (#ucc4d346e-d566-5ac6-b22f-154345ac4e9b) CAPÍTULO CUATRO (#u13e97815-9cef-5f75-a780-3909d6745823) CHAPTER FIVE (#ub57d2db3-4e9d-5178-acb3-c9c2c18a1573) CAPÍTULO SEIS (#u66277b21-a55b-535b-a0b9-481f62cdcd37) CAPÍTULO SIETE (#ufea894db-d05e-55ef-9a6e-da201a828bf7) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Joey Nestler sabía que algún día sería un buen policía. Su padre había sido policía y su abuelo también. De hecho, al abuelo de Joey le habían disparado en el pecho en el 68, gracias a lo que se había ganado la jubilación anticipada. Joey llevaba en la sangre lo de ser policía y aunque solo tuviera veintiocho años y le estuvieran asignando tareas sin importancia, sabía que un día ascendería hasta lo más alto. Sin embargo, hoy no era ese día. Le habían asignado otra de esas estúpidas tareas de gato y ratón—trabajo pesado. Joey sabía que le quedaban al menos otros seis meses haciendo estas tareas tan soporíferas. Y eso le parecía bien. Circular por Miami en un coche patrulla al final de la primavera resultaba bastante agradable. Las chicas estaban deseando probarse sus ínfimos pantaloncitos cortos y sus bikinis ahora que el clima era más cálido, y era más fácil prestar atención y disfrutar de estas cosas cuando estaba al cargo de tareas insignificantes. Volvería a examinar las calles en busca de tales bellezas en cuanto terminara con la tarea que le acababan de encomendar. Aparcó delante de las mansiones de lujo, en una zona en que cada nuevo conjunto de casas estaba bordeado por una línea pretenciosamente bien conservada de palmeras. Salió del coche patrulla sin mucha prisa, bastante seguro de que iba a encontrarse con un caso de una simple discusión doméstica. A pesar de ello, tenía que admitir que los detalles de la tarea habían despertado su curiosidad. Una mujer había llamado a comisaría por la mañana temprano, diciendo que su hermana no respondía a sus llamadas de teléfono ni a sus emails. Por lo general, eso no despertaría mucho interés, pero cuando comprobaron la dirección de la hermana, estaba justo al lado de una mansión de la que habían llamado para quejarse de ruidos la noche anterior. Por lo visto, un perro había estado ladrando furiosamente toda la noche. Las llamadas de teléfono y los golpes en la puerta para hacer que los dueños se callaran habían resultado infructuosos. Y cuando la policía llamó de vuelta a la mujer para preguntar por su hermana, les confirmó que, sin duda, su hermana tenía un perro. Y aquí estamos ahora, pensó Joey a medida que subía por las escaleras hacia la puerta delantera. Ya había pasado por la oficina del casero para conseguir una llave, y solo eso ya hacía de esta tarea algo un poquito más interesante que sus tareas típicas de fisgón. Aun así, se sentía subutilizado y un poco idiota mientras llamaba a la puerta. Teniendo en cuenta todo lo que sabía sobre el caso, ni siquiera esperaba una respuesta. Golpeó una y otra vez, mientras le sudaba la cabeza bajo la gorra al sol. Después de dos minutos, todavía seguía sin obtener respuesta. No le sorprendió. Joey sacó la llave y abrió la puerta. La entreabrió un poco y gritó hacia el interior. “¿Hola? Soy el agente Nestler del departamento de policía de Miami. Estoy entrando a la casa y—” Los ladridos de un perrito le interrumpieron mientras el can venía corriendo hacia él. Era un terrier Jack Russell y aunque hacía lo que podía por intimidar al desconocido en la puerta, también parecía estar algo asustado. Le temblaban las patas de atrás. “Eh, amigo,” dijo Joey mientras pasaba al interior. “¿Dónde están papá y mamá?” El perrito gimió. Joey se adentró más en la casa. Había dado dos pasos en el pequeño recibidor, dirigiéndose hacia la sala de estar, cuando percibió el terrible hedor. Bajó la mirada hacia el perro y frunció el ceño. “Nadie te ha dejado salir en algún tiempo, ¿no es cierto?” El perro dejó la cabeza colgando, como si hubiera entendido perfectamente la pregunta y estuviera avergonzado de lo que había hecho. Joey entró a la sala, todavía llamando a los dueños. “¿Hola? Estoy buscando al señor o la señora Kurtz. De nuevo, soy el agente Nestler de la policía de Miami.” Sin embargo, no obtuvo ninguna respuesta, y supo con certeza que no la tendría. Atravesó la sala de estar, y vio que estaba impoluta. Entonces entró a la cocina adyacente y colocó su mano sobre su rostro para cubrirse la boca y la nariz. La cocina era el lugar que el perro había elegido como cuarto de baño; había charcos de orín por todo el suelo y dos montones de excrementos delante del frigorífico. Había cuencos vacíos de comida y agua al otro lado de la cocina. Sintiéndose mal por el perro, Nestler llenó uno de los cuencos con agua en el fregadero. El perro comenzó a saltar ávidamente sobre él mientras Nestler salía de la cocina. Entonces se dirigió al tramo de escaleras que había a la salida de la sala de estar y se encaminó hacia el piso de arriba. Cuando llegó al pasillo de arriba, Joey Nestler sintió por primera vez en su vida profesional lo que su padre había llamado el instinto visceral del policía. Supo de inmediato que aquí algo andaba mal. Sabía que se iba a encontrar algo malo, algo que no se había estado esperando. Sacó su arma, sintiéndose un poco estúpido mientras descendía por el pasillo. Pasó un cuarto de baño (donde encontró otro charco con la orina del perro), y un pequeño despacho. El despacho estaba un tanto desordenado, pero no había señales de pelea ni nada que despertara sus sospechas. Al final del pasillo, una tercera y última puerta estaba abierta de par en par, dejando ver el dormitorio principal. Nestler se detuvo en la entrada, con la sangre congelándose en sus venas. Miró fijamente durante cinco segundos enteros antes de pasar al interior. Un hombre y una mujer—supuestamente el señor y la señora Kurtz—yacían sin vida sobre la cama. Supo que no estaban durmiendo por la cantidad de sangre que había sobre las sábanas, las paredes y la alfombra. Joey dio dos pasos hacia el interior, pero se detuvo. Esto no era para él. Tenía que llamar a comisaría para informar de ello antes de hacer nada más. Además, podía ver todo lo que necesitaba ver desde donde se encontraba. Al señor Kurtz le habían apuñalado en el pecho. A la señora Kurtz le habían cortado la garganta de oreja a oreja. Joey no había visto tanta sangre en toda su vida. Se sentía casi mareado solo de mirarla. Salió del dormitorio, sin pensar en su padre o en su abuelo, sin pensar en el gran policía que llegaría a ser algún día. Salió afuera como un rayo, bajó a toda prisa las escaleras, y reprimió una intensa oleada de náuseas. Mientras tanteaba en busca del micrófono de su uniforme en el hombro, vio que el Jack Russell salía corriendo de la casa, pero no le importó en absoluto. El perrito y él permanecieron en pie delante de la casa mientras Nestler llamaba a comisaría; el perro aullaba hacia el cielo como si de alguna manera eso fuera a cambiar los horrores que yacían en el interior. CAPÍTULO UNO Mackenzie White estaba sentada en su cubículo y pasaba su dedo índice de manera inconsciente por los bordes de una tarjeta de visita. Era una tarjeta de visita en la que había estado enfocada ya durante unos cuantos meses, una tarjeta que, de alguna manera, estaba vinculada a su pasado. O, más concretamente, al asesinato de su padre. Volvía a ella cada vez que cerraba un caso, preguntándose cuando se permitiría tomarse un descanso de su trabajo real como agente para poder regresar a Nebraska y ver la escena de la muerte de su padre con una mirada fresca que no estuviera regida por una mentalidad del FBI. Últimamente, el trabajo le estaba quemando y con cada caso que descifraba, crecía la atracción del misterio que rodeaba a su padre. Se estaba haciendo tan intensa que estaba teniendo una sensación menor de satisfacción cuando cerraba un caso. El más reciente había consistido en detener a dos hombres que estaban organizando una trama para introducir cocaína en una escuela de Baltimore. El trabajo había durado tres días y todo había salido tan bien que ni siquiera le había parecido trabajo de verdad. Había tenido más que su cuota de casos importantes desde que llegara a Quantico y le habían empujado a través de la jerarquía en un remolino de acción, acuerdos secretos y decisiones de vida o muerte. Había perdido a un compañero, se las había arreglado para enervar a casi todos los supervisores que había tenido, y se había ganado una reputación. Lo que no tenía era un amigo. Claro, estaba Ellington, pero había algún tipo de química estancada entre ellos que dificultaba la formación de una amistad. Y, de todos modos, ella le había dado oficialmente por perdido. Él ya le había rechazado dos veces—por distintas razones en cada ocasión—y no iba a dejar que le pusieran en ridículo una vez más. Estaba contenta con el hecho de que su relación laboral fuera el único lazo que les uniera. Durante las últimas semanas, también había estado conociendo a su nuevo compañero—un novato torpe pero entusiasta llamado Lee Harrison. Le habían encargado de una combinación de papeleo, tareas intensas, e investigación, pero estaba haciendo un trabajo estupendo. Ella sabía que el director McGrath simplemente estaba observando cómo manejaría estar inundado de trabajo. Y hasta el momento, Harrison estaba convenciendo a todo el mundo. Pensó ligeramente en Harrison al tiempo que miraba la tarjeta de visita. Le había pedido en varias ocasiones que buscara cualquier negocio con el nombre de Antigüedades Barker. Y aunque él había obtenido mejores resultados que nadie más en los últimos meses, todas las pistas acabaron por ser callejones sin salida. Mientras pensaba en esto, escuchó pisadas suaves que se aproximaban a su cubículo. Mackenzie deslizó la tarjeta de visita debajo de un montón de papeles junto a su portátil y pretendió estar comprobando su email. “Eh, White,” dijo una familiar voz masculina. Este chico es tan bueno que prácticamente puede escucharme pensar en él, pensó. Rotó con su sillón giratorio y vio a Lee Harrison atisbando en su cubículo. “Nada de White” le dijo. “Llámame Mackenzie. Mac, si te sientes lo bastante valiente.” Él sonrió con incomodidad. Era evidente que Harrison todavía no se había figurado cómo hablarle o, en realidad, cómo actuar alrededor de ella. Y eso le parecía bien a Mackenzie. A veces se preguntaba si McGrath le había asignado como su compañero a tiempo parcial simplemente para que se acostumbrara a no tener jamás la certeza de cuál era su posición con sus compañeros de trabajo. Si era así, pensó, era una táctica genial. “Está bien… Mackenzie,” dijo él. “Solo quería que supieras que ya han terminado de procesar a los traficantes de esta mañana. Quieren saber si necesitas más información por su parte.” “No. Tengo lo que necesito,” dijo ella. Harrison asintió, pero antes de irse, le miró con el ceño fruncido en lo que ella empezaba a pensar que era uno de sus gestos característicos. “¿Puedo preguntarte algo?” preguntó él. “Desde luego.” “¿Estás… en fin, te sientes bien? Tienes aspecto de estar realmente cansada. Quizás un tanto sonrojada.” Podía haberle acorralado con facilidad por dicho comentario y haberle hecho sentir muy incómodo, pero decidió no hacerlo. Era un buen agente y ella no quería ser la clase de agente (siendo ella misma poco más que una novata también) que fastidiaba al chico nuevo. Así que, en vez de eso, dijo: “Sí, estoy bien. Es solo que no duermo mucho últimamente.” Harrison asintió. “Entiendo,” dijo. “En fin… buena suerte con el descanso.” Entonces frunció el ceño a su manera característica y se marchó, seguramente para ponerse manos a la obra con el trabajo entrometido que McGrath le hubiera puesto por delante. Distraída de la tarjeta de visita y de los incontables misterios sin resolver que presentaba, Mackenzie se permitió dejarla de lado. Se puso al día con sus emails y archivó algunos de los documentos que se habían empezado a acumular en su escritorio. No tenía muchas oportunidades de experimentar estos momentos no tan elegantes y, la verdad sea dicha, lo agradecía. Cuando sonó su teléfono en medio de todo ello, lo agarró con ansiedad. Lo que sea con tal de alejarme de este escritorio. “Al habla Mackenzie White,” respondió. “White, soy McGrath.” Dejó que la sonrisa más breve se dibujara en su rostro. Aunque McGrath estaba lejos de ser su persona favorita, sabía que cada vez que le llamaba o se acercaba por su cubículo, generalmente se trataba de una tarea de alguna clase. Parecía que esa era la razón por la que estaba llamando. Mackenzie no tuvo siquiera tiempo de decir hola antes de que él se pusiera a hablar de nuevo, en su habitual estilo trepidante de comunicación. “Quiero que vengas de inmediato a mi oficina,” dijo. “Y trae a Harrison contigo.” Tampoco ahora tuvo Mackenzie posibilidad de responder. La línea estaba muerta antes de que una palabra pudiera salir de sus labios. Pero eso le parecía bien. Por lo visto, McGrath tenía un nuevo caso para ella. Quizá le afilara la mente y le diera ese último momento de claridad antes de que se retirara durante un tiempo para concentrarse en el asunto del antiguo caso de su padre. Con un entusiasmo burbujeante empujándola, se levantó de la silla y se fue a buscar a Lee Harrison. *** Observar la manera en que Harrison se comportaba en el despacho de McGrath fue una manera excelente de centrarse. Observó cómo se sentaba rígidamente al borde de su asiento mientras McGrath empezaba a hablarles. El agente más joven estaba claramente nervioso y deseoso de complacer. Mackenzie sabía que era un perfeccionista y que tenía algo muy parecido a una memoria fotográfica. Se preguntó cómo funcionaría su memoria—si a lo mejor estaba absorbiendo cada palabra que salía de los labios de McGrath como una esponja. Me recuerda un poco a mí, pensó mientras también ella se concentraba en McGrath. “Aquí está lo que tengo para vosotros dos,” dijo McGrath. “Ayer por la mañana, la policía estatal de Miami nos llamó y nos informó sobre una serie de asesinatos que han tenido lugar allí. En ambos casos, se trata de asesinatos de parejas casadas. Por tanto, tenemos cuatro víctimas. Los asesinatos han sido bastante brutales y sangrientos y hasta el momento, no parece que haya conexiones evidentes. El estilo brutal de los asesinatos, además del hecho de que fueran parejas casadas, asesinadas en la cama, ha hecho que el departamento de policía de allí empiece a pensar que se trata de un asesino en serie. Personalmente, creo que es demasiado pronto para afirmar tal cosa.” “¿Cree que se puede tratar de una coincidencia?” preguntó Mackenzie. “Creo que hay una posibilidad de que así sea,” dijo él. “Sea como sea, han solicitado nuestra ayuda y quiero enviaros a vosotros dos. Harrison, esta sería una gran oportunidad de estrenarte en el campo y de adaptarte al trabajo. White, espero que le supervises, pero no que le des órdenes. ¿Entendido?” “Sí, señor,” dijo Mackenzie. “Haré que os envíen los detalles y los preparativos del vuelo en una hora. No creo que esto requiera más que uno o dos días. ¿Alguna pregunta?” Mackenzie sacudió la cabeza. Harrison soltó un breve “No, señor,” y Mackenzie pudo ver que estaba haciendo lo posible por controlar su entusiasmo. No le podía culpar por ello. Ella también lo sentía. A pesar de lo que pensaba McGrath, ella ya podía sentir que este caso sería todo menos rutinario. Parejas. Era su primera vez. Y no podía evitar sentir que este pequeño caso de “rutina” iba a ponerse mucho más feo. CAPÍTULO DOS Aunque Mackenzie sabía muy bien que uno de los estereotipos sobre el gobierno era que las cosas se movían despacio, también sabía que eso no era lo habitual cuando el FBI enviaba a sus agentes a solucionar un caso. Solo catorce horas después de que le llamaran al despacho de McGrath, Mackenzie estaba aparcando un coche de alquiler en una plaza libre delante de una hilera de mansiones. Aparcó junto a un coche patrulla y tomó nota del agente que estaba sentado dentro de él. Junto a ella, en el asiento del pasajero, Harrison repasaba las notas sobre el caso. Había permanecido en silencio la mayor parte del trayecto y Mackenzie casi había empezado a tratar de abrir las líneas de conversación. No estaba segura de si él estaba nervioso, se sentía intimidado, o un poco de ambas cosas. Pero antes de forzarle a que empezara a hablar con ella, pensó que sería mejor para su crecimiento que saliera por su cuenta de su concha—sobre todo si McGrath tenía planeado que trabajaran juntos durante el futuro inmediato. Mackenzie tomó un momento para procesar todo lo que sabía acerca del caso. Echó ligeramente la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y puso todo delante suyo. Su tendencia a obsesionarse sobre los detalles de los documentos de los casos le facilitaba la posibilidad de sumergirse en su propia mente y sortearlos como si tuviera un archivador mental dentro de su cráneo. Una pareja muerta, lo que hace que surjan ciertas preguntas de inmediato. ¿Por qué los dos? ¿Por qué no solo uno de ellos? Tengo que mantenerme alerta sobre cualquier cosa que parezca estará remotamente fuera de su lugar. Si los celos son el motivo de estos asesinatos, seguramente provienen de alguien que envidia sus vidas de algún modo. La entrada no fue forzada; la familia Kurtz dejó entrar al asesino voluntariamente. Abrió los ojos y después abrió la puerta. Podía especular todo lo que quisiera en base a lo que había visto en los archivos, pero nada de eso sería tan efectivo como poner el pie en la escena del crimen y echar un vistazo. Harrison salió con ella del coche al sol resplandeciente de Miami. Ella podía oler el océano en el aire, salado y con los matices más leves de un olor a pescado que no resultaba del todo desagradable. Cuando Harrison y ella cerraron sus portezuelas, el agente en el coche de policía aparcado junto a ellos también salió. Este, asumió Mackenzie, era el agente al que habían asignado la tarea de reunirse con ellos. De unos cuarenta años, la agente tenía buen aspecto de una manera sencilla, su cabello rubio corto atrapaba el resplandor del sol. “¿Agentes White y Harrison?” preguntó la agente. “Somos nosotros,” dijo Mackenzie. La mujer les tendió la mano mientras se presentaba. “Soy la agente Dagney,” dijo ella. “Cualquier cosa que necesitéis, solo tenéis que decírmelo. Hemos limpiado el lugar, claro está, pero tengo un archivo lleno de las fotos que se tomaron cuando la escena estaba fresca.” “Gracias,” dijo Mackenzie. “Para empezar, creo que primero me gustaría echar una ojeada adentro.” “Desde luego,” dijo Dagney, subiendo las escaleras y sacando una llave de su bolsillo. Desbloqueó la puerta e hizo un gesto a Mackenzie y a Harrison para que entraran delante de ella. Mackenzie olió la lejía o algún otro tipo de detergente de inmediato. Recordaba el informe que decía que un perro se había quedado atrapado dentro de la casa durante al menos dos días y había ido al servicio unas cuantas veces. “La lejía,” dijo Harrison. “¿Es eso de limpiar la peste que dejó el perro?” “Sí,” dijo Dagney. “Eso se hizo anoche. Intentamos dejarlo como estaba hasta que vosotros llegarais, pero el hedor era simplemente—era terrible.” “No debería ser problema,” dijo Mackenzie. “El dormitorio está arriba, ¿correcto?” Dagney asintió y les llevó hacia las escaleras. “Lo único que se ha cambiado aquí arriba es que los cadáveres y la sábana superior han sido retirados,” explicó. “La sábana todavía está allí, en el suelo y colocada sobre una lámina de plástico. Claro que la tuvieron que mover, simplemente para sacar los cuerpos de la cama. La sangre estaba… en fin, ya verás.” Mackenzie notó que Harrison ralentizaba sus pasos un poco, quedándose a salvo detrás suyo. Mackenzie siguió a Dagney a la entrada del dormitorio, notando cómo se quedaba en el pasillo y hacía todo lo posible por no mirar a su interior. Una vez dentro de la habitación, Mackenzie comprobó que Dagney no había exagerado, ni tampoco los informes que había leído. Había mucha sangre—mucha más de la que ella había visto jamás en una sola escena. Y por un momento espeluznante, estuvo de pie en una habitación en Nebraska—una habitación en una casa que sabía estaba ahora abandonada. Estaba mirando a una cama empapada de sangre que contenía el cuerpo de su padre. Se sacudió la imagen de inmediato al sonido de las pisadas de Harrison aproximándose lentamente por detrás suyo. “¿Estás bien?” le preguntó ella. “Sí,” dijo él, aunque su voz sonaba algo jadeante. Mackenzie notó que la mayoría de la sangre estaba sobre la cama, como era de esperar. La sábana que habían retirado de la cama y que habían estirado en el suelo había sido en su día de un color crema. Ahora estaba principalmente cubierta de sangre reseca, tornándose de un tono tostado de bermellón. Se acercó despacio a la cama, bastante segura de que no habría pruebas. Incluso aunque el asesino hubiera dejado accidentalmente un cabello o algo con su ADN, estaría enterrado entre toda esa sangre. Estudió las salpicaduras en la pared y en la moqueta. Miró en particular a la moqueta, buscando un lugar donde la salpicadura de sangre pudiera tener la forma de un zapato. Puede que haya rastros de algún tipo, pensó. Para matar a alguien de esta manera—para que haya tanta sangre en la escena—el asesino tendría que tener algo de sangre encima. Así que incluso si no hubiera huellas, quizá haya algo de sangre extraviada en alguna parte de la casa, sangre que él puede haberse dejado accidentalmente mientras salía de la casa. Además, ¿cómo pudo el asesino con los dos mientras estaban en la cama? Matando a uno, seguramente el otro se hubiera despertado. O el asesino es tan rápido o preparó la escena con los cuerpos en la cama después de cometer los asesinatos. “Esto es una desgracia, ¿eh?” dijo Harrison. “Lo es,” dijo Mackenzie. “Dime… ¿ves algo de inmediato que puedas considerar como una pista, una señal, o algo que investigar más a fondo?” Él sacudió la cabeza, mirando la cama fijamente. Mackenzie asintió, sabiendo que toda esa sangre iba a hacer muy difícil que encontraran alguna prueba. Hasta se puso de rodillas con las manos en el suelo, atisbando debajo de la cama para ver si había algo allí. No vio nada más que un par de zapatillas de andar por casa y un viejo álbum de fotos. Sacó el álbum y lo hojeó. Las primeras páginas mostraban una boda, desde el momento en que la novia descendía hasta el altar de una iglesia enorme hasta la feliz pareja cortando su pastel. Con el ceño fruncido, deslizó el álbum de vuelta a donde lo había encontrado. Entonces se giró hacia Dagney, que seguía de pie en la entrada al dormitorio, prácticamente dándole la espalda. “Dijiste que teníais archivos con fotos, ¿verdad?” “Así es. Dame un segundo y te los puedo traer todos.” Respondió rápidamente con cierta sensación de urgencia, obviamente ansiosa por volver al piso de abajo. Cuando Dagney ya se había ido, Harrison salió de nuevo al pasillo. Echó una ojeada al dormitorio y suspiró profundamente. “¿Alguna vez has visto una escena del crimen como esta?” “No con tanta sangre,” respondió Mackenzie. “He visto algunas escenas escalofriantes, pero esta se lleva la palma en cuestión de la cantidad de sangre.” Harrison parecía estar pensando intensamente en esto mientras Mackenzie salía de la habitación. Bajaron las escaleras juntos, entrando a la sala de estar en el momento que Dagney regresaba por la puerta principal. Se reunieron en la zona del bar que separaba la cocina de la sala de estar. Dagney colocó la carpeta sobre la barra y Mackenzie la abrió. De inmediato, la primera foto mostraba la misma cama de arriba, recubierta de sangre, solo que, en la foto, había dos cadáveres—los de un hombre y una mujer. El matrimonio Kurtz. Ambos estaban vestidos con lo que Mackenzie asumió era su ropa de cama. El señor Kurtz (Josh, según los informes) llevaba puesta una camiseta y un par de calzoncillos. La señora Kurtz, (Julie), llevaba puesto un top de tirantes finos y unos pantalones mínimos de hacer ejercicio. Había una serie de fotografías, algunas de ellas tomadas tan cerca de los cadáveres que a Mackenzie se le encogió el alma unas cuantas veces. La foto del cuello rebanado de la señora Kurtz era especialmente morbosa. “No encontré ninguna identificación positiva del arma del crimen en los informes,” dijo Mackenzie. “Eso se debe a que nadie lo ha averiguado. Todos asumieron que era un cuchillo.” Un cuchillo muy grande, por cierto, pensó Mackenzie mientras desviaba la mirada del cuerpo de la señora Kurtz. Se dio cuenta de que, por lo visto, incluso a la hora de morir, la señora Kurtz había buscado el confort de su marido. Su mano derecha estaba colocada casi de manera indolente sobre el muslo de él. Había algo muy dulce en todo ello pero que también le rompía un poco el corazón. “¿Y qué hay de la primera pareja que fue asesinada?” preguntó Mackenzie. “Esos eran los Sterling,” dijo Dagney, sacando varias fotos y láminas de papel de la parte de atrás de la carpeta. Mackenzie miró las fotos y vio una escena similar a la que ya había visto en las fotos anteriores, además de arriba. Una pareja, tumbada en la cama, con sangre por todas partes. La única diferencia era que el marido en las fotos de los Sterling había estado o durmiendo desnudo o el asesino le había quitado la ropa. Estas escenas son demasiado similares, pensó Mackenzie. Es casi como si las hubieran preparado. Observó las similitudes, mirando las fotos de los Kurtz y las de los Sterling una y otra vez. El coraje y la voluntad de hierro para matar dos personas a la vez—y de una manera tan brutal. Este tipo está increíblemente motivado. Y, por lo visto, no se opone a la violencia extrema. “Corrígeme si me equivoco,” dijo Mackenzie, “pero el departamento de policía de Miami está operando con la suposición de que se trata de allanamientos de morada rutinarios, ¿correcto?” “Bueno, así era al principio,” dijo Dagney. “Pero por lo que podemos decir, no hay señales de robo o de saqueo. Y como esta es la segunda pareja asesinada la semana pasada, parece cada vez menos plausible que se tratara de simples allanamientos de morada.” “Estoy de acuerdo con eso,” dijo ella. “¿Y que hay de conexiones entre las dos parejas?” preguntó Mackenzie. “Hasta el momento no ha surgido nada, pero tenemos a un equipo trabajando en ello.” “Y en el caso de los Sterling, ¿había señales de lucha?” “No. Nada.” Mackenzie se puso a mirar las fotografías de nuevo y dos similitudes saltaron a la vista de inmediato. Una de ellas en particular le puso la piel de gallina. Mackenzie volvió a mirar las fotos de los Kurtz. Vio la mano de la mujer reposando inerte sobre el muslo de su marido. Y lo supo en ese instante: esto se trataba, sin duda alguna, de la obra de un asesino en serie. CAPÍTULO TRES Mackenzie conducía detrás de Dagney que les estaba guiando hacia la comisaría. Por el camino, notó que Harrison estaba garabateando unas notas en la carpeta con la que había estado prácticamente obsesionado durante la mayor parte del trayecto entre DC y Miami. En medio de sus notas, hizo una pausa y la miró con cara burlona. “Ya tienes una teoría, ¿no es cierto?” preguntó. “No. No tengo ninguna teoría, pero noté unas cuantas cosas en las imágenes que me parecieron un tanto extrañas.” “¿Quieres contármelo?” “No por el momento,” dijo Mackenzie. “Si tengo que repasarlo ahora y después otra vez con el departamento de policía, voy a analizar de más. Dame algo de tiempo para que piense todo un poco mejor.” Con una sonrisa, Harrison regresó a sus notas. No se quejó de que ella estuviera ocultándole las cosas (que no lo estaba) y no le presionó más. Estaba haciendo lo que podía para mantenerse obediente y eficaz al mismo tiempo y ella se lo agradecía. De camino a comisaría, Mackenzie empezó a atisbar el océano entre algunos de los edificios que pasaron de largo. Nunca había estado enamorada del mar de la manera que alguna gente lo estaba, pero podía entender su atracción. Hasta ahora, en medio de la caza de un asesino, podía percibir la sensación de libertad que representaba. Acentuado por las palmeras gigantescas y el sol impoluto de la tarde de Miami resultaba incluso más bello. Diez minutos después, Mackenzie siguió a Dagney al aparcamiento de un edificio de la policía enorme. Como casi todo lo demás en la ciudad, tenía un cierto aire playero. En el estrecho terreno ocupado por el césped delante del edificio, se erigían varias palmeras enormes. La arquitectura sencilla también se las arreglaba para transmitir una sensación relajada a la vez que refinada. Era un lugar hospitalario, una sensación que se confirmó incluso cuando Mackenzie y Harrison pasaron a su interior. “Solamente va a haber tres personas, incluyéndome a mí, en este asunto,” dijo Dagney mientras les guiaba por un pasillo amplio. “Ahora que vosotros estáis aquí, seguramente mi supervisor va a adoptar un enfoque muy relajado.” Genial, pensó Mackenzie. Cuantas menos discusiones y antagonismos, mejor. Dagney les escoltó hacia el interior de una pequeña sala de conferencias al final de pasillo. Dentro, había dos hombres sentados a la mesa. Uno de ellos estaba enchufando un proyector a un MacBook. El otro estaba tecleando furiosamente en una libreta digital. Ambos levantaron la vista cuando Dagney les introdujo en la sala. Al hacerlo, Mackenzie recibió la mirada habitual… una de la que se estaba cansando y a la que se estaba acostumbrando. Era una mirada que parecía decir: Oh, una mujer atractiva. No me esperaba algo así. Dagney hizo una ronda de presentaciones mientras Mackenzie y Harrison se sentaban a la mesa. El hombre con la libreta digital era el Jefe de Policía Rodríguez, un viejo canoso lleno de arrugas profundas en su tez morena. El otro hombre era un chico bastante novato, Joey Nestler. Resultaba que Nestler era el agente que había descubierto los cadáveres de los Kurtz. Cuando le presentaron, estaba terminando de enchufar la pantalla con el portátil. El proyector lanzaba una luz blanca brillante en una pequeña pantalla adherida a la pared al frente de la sala. “Gracias por venir hasta aquí,” dijo Rodríguez, poniendo su libreta a un lado. “Mirad, no voy a ser el típico policía local de mierda que se entromete en todo. Me decís lo que necesitáis y si es razonable, lo tendréis. Por vuestra parte, solo pido que ayudéis a solucionar esto deprisa y no convirtáis la ciudad en un circo mientras lo hacéis.” “Parece que queremos las mismas cosas, entonces,” dijo Mackenzie, “Pues bien, aquí Joey tiene todos los documentos existentes que tenemos sobre el caso,” dijo. “Los informes del forense acaban de llegar esta mañana y nos dijeron justo lo que nos esperábamos. A los Kurtz les acuchillaron y se desangraron. No había drogas en su organismo. Totalmente limpios. Hasta el momento no hemos hallado vínculos entre los dos crímenes. Así que, si tenéis algunas ideas, me encantaría escucharlas.” “Agente Nestler,” dijo Mackenzie, “¿tienes todas las fotos de las escenas de ambos crímenes?” “Sí,” dijo él. A Mackenzie le recordaba mucho a Harrison—ansioso, un tanto nervioso, y obviamente deseando complacer a sus superiores y a sus compañeros. “¿Podrías sacar las fotos de cuerpo entero y ponerlas juntas en la pantalla, por favor?” preguntó Mackenzie. Él se afanó y puso las imágenes en la pantalla del proyector, una junto a la otra, en menos de diez segundos. Ver las imágenes con una luz tan brillante en una sala en semi-oscuridad resultaba espeluznante. Como no quería que los presentes en la sala se enfocaran en la gravedad de las heridas y perdieran la concentración, Mackenzie fue directa al grano. “Creo que podemos afirmar con seguridad que estos asesinatos no fueron el resultado de un típico allanamiento de morada o invasión de propiedad. No se robó nada y, de hecho, no hay una clara indicación de un allanamiento de ninguna clase. Ni siquiera hay señales de lucha. Eso significa que, seguramente, quienquiera que les matara fue invitado a entrar o, al menos, tenía la llave. Y los asesinatos tuvieron que suceder deprisa. Además, la ausencia de sangre en cualquier otra parte de la casa da la impresión de que los asesinatos tuvieron lugar en el dormitorio—y que no pasó nada peculiar en ninguna otra parte de la casa.” Decirlo en voz alta le ayudó a entender lo extraño que parecía todo. Al tipo no solo le invitaron a entrar, sino que, por lo visto, le invitaron al dormitorio. Eso quiere decir que la posibilidad de que realmente le invitaran era muy leve. Tenía una llave. O sabía dónde encontrar una de repuesto. Continuó adelante antes de perder el hilo con nuevas ideas y proyecciones. “Quiero mirar estas fotos porque hay dos cuestiones extrañas que me llaman la atención. La primera… mirad cómo los cuatro están tumbados perfectamente sobre su espalda. Sus piernas están relajadas y en buena postura. Es casi como si lo hubieran preparado para que tuviera ese aspecto. Y entonces hay otra cosa—y si se trata de un asesino en serie, puede que esto sea lo más importante que notar. Mirad la mano derecha de la señora Kurtz.” Les dio a los otros cuatro presentes en la sala la oportunidad de mirar. Se preguntó si Harrison percibiría lo que quería decir y lo soltaría sin pensar. Les dio unos tres segundos y, cuando nadie dijo nada, continuó. “Su mano derecha está apoyada en la pierna derecha de su marido. Es la única parte de su cuerpo que no está totalmente alineada. Así que, o esto es una coincidencia, o el asesino fue quien colocó sus cuerpos en esta posición, moviendo su mano a propósito.” “¿Y qué si lo hizo?” preguntó Rodríguez. “¿Por qué importa?” “Bueno, ahora mirad a los Sterling. Mirad la mano izquierda del marido.” En esta ocasión, no llegó a los tres segundos. Dagney fue la que notó a que se refería. Y cuando respondió, su voz sonaba tensa y débil. “Está extendida y colocada sobre el muslo de su mujer,” dijo ella. “Exactamente,” dijo Mackenzie. “Si solo fuera una de las parejas, ni siquiera lo mencionaría. Pero ese mismo gesto está presente en ambas parejas, lo que hace bastante obvio que el asesino lo hizo con alguna intención.” “¿Pero para qué?” preguntó Rodríguez. “¿Simbolismo?” sugirió Harrison. “Podría ser,” dijo Mackenzie. “Pero eso no es gran cosa con la que continuar, ¿no es cierto?” preguntó Nestler. “En absoluto,” dijo Mackenzie. “Pero al menos es algo. Si es simbólico para el asesino, hay una razón para ello. Así que aquí es donde me gustaría empezar: me gustaría obtener una lista de sospechosos que hayan salido en libertad condicional hace poco por crímenes violentos vinculados a invasiones domiciliarias. Todavía sigo pensando que esto no se trata de una invasión propiamente dicha, pero es el lugar más lógico por el que empezar.” “Muy bien, podemos conseguirte eso,” dijo Rodríguez. “¿Alguna otra cosa?” “Nada más por el momento. Nuestra próxima línea de acción es hablar con la familia, amigos, y los vecinos de las parejas.” “Sí, hablamos con la familia más cercana de los Kurtz—un hermano, una hermana y los dos pares de padres. No tengo ninguna pega en que vuelvas a hablar con ellos, pero no es que nos proporcionaran gran cosa. El hermano de Josh Kurtz dijo que, por lo que él sabía, tenían un matrimonio excelente. La única ocasión en que se peleaban era durante la temporada de fútbol cuando los Seminoles jugaban con los Hurricanes.” “¿Qué hay de los vecinos?” preguntó Mackenzie. “También hablamos con ellos, pero brevemente. Principalmente acerca del problema del ruido que denunciaron por los aullidos del perro.” “Pues empezaremos por ahí,” dijo Mackenzie, mirando a Harrison. Y sin decir ni una palabra más, se pusieron en pie y salieron por la puerta. CAPÍTULO CUATRO A Mackenzie le resultó un tanto desasosegante revisitar las mansiones. Mientras se aproximaban a la casa de los vecinos, rodeados de ese clima delicioso, el hecho de saber que en la mansión de al lado había una cama cubierta de sangre le parecía surrealista. Mackenzie reprimió un escalofrío y desvió la mirada de la mansión de los Kurtz. Cuando Harrison y ella iban subiendo las escaleras a la puerta principal de los vecinos, sonó el teléfono de Mackenzie, informándola de que había recibido un mensaje de texto. Sacó su teléfono y vio que era un mensaje de Ellington. Entornó la mirada al leerlo. ¿Cómo te está resultando el novato? ¿Ya me echas de menos? Casi le responde, pero no quería animarle. Y tampoco quería parecer reservada o distraída delante de Harrison. Sabía que era un tanto pretencioso por su parte, pero estaba bastante segura de que él la consideraba como un ejemplo a emular. Teniendo esto en consideración, se metió el teléfono al bolsillo y caminó hasta la entrada principal. Dejó que Harrison llamara a la puerta y él lo hizo con mucha atención y delicadeza. Varios segundos después, una mujer de aspecto aturdido abrió la puerta. Parecía tener unos cuarenta y tantos años de edad. Llevaba puesta una camiseta sin mangas bastante amplia y un par de pantalones cortos que podían no ser más que un par de braguitas. Parecía ser una visitante habitual de la playa, y era obvio que había pasado por las manos de un cirujano plástico para hacerse la nariz y seguramente los senos. “¿Puedo ayudarles?” les preguntó. “¿Es usted Demi Stiller?” “Lo soy. ¿Por qué?” Mackenzie sacó su placa con la velocidad experta que cada vez le salía mejor. “Somos los agentes Harrison y White del FBI. Esperábamos poder hablar con usted sobre sus vecinos.” “Está bien, supongo,” dijo Demi. “Aunque ya hablamos con la policía.” “Lo sé,” dijo Mackenzie. “Esperaba poder profundizar un poco. Por lo que tengo entendido, hubo cierta frustración debido al perro de la casa de al lado cuando hablaron con usted.” “Sí, así es,” dijo Demi, invitándoles a pasar al interior de la casa y cerrando la puerta cuando lo hicieron. “Por supuesto, no tenía ni idea de que les habían asesinado cuando hice esa llamada.” “Desde luego,” dijo Mackenzie. “De todos modos, no estamos aquí por eso. Esperábamos que pudiera darnos alguna idea sobre sus vidas privadas. ¿Les conocía bien?” Demi les había llevado a la cocina, donde Mackenzie y Harrison tomaron asiento junto al mostrador. El lugar tenía la misma distribución que la residencia de los Kurtz. Mackenzie vio cómo Harrison miraba con escepticismo hacia las escaleras que ascendían desde la sala de estar adyacente. “No éramos amigos, si eso es lo que quiere saber,” dijo Demi. “Nos decíamos hola si nos veíamos, ¿sabe? Hicimos una barbacoa en el patio de atrás unas cuantas veces, pero eso fue todo.” “¿Cuánto tiempo hacía que eran sus vecinos?” preguntó Harrison. “Algo más de cuatro años, creo.” “¿Y les consideraba buenos vecinos?” continuó Mackenzie. Demi se encogió de hombros. “En general, sí. Tenían algunas reuniones ruidosas de vez en cuando durante la temporada de fútbol, pero no era para tanto. Francamente, casi no llamo a comisaría por lo del estúpido perro. La única razón por la que lo hice fue porque nadie respondió a la puerta cuando fui a llamar.” “Supongo que no sabe si tenían algunos invitados habituales, ¿verdad?” “Creo que no,” dijo Demi. “Los policías me hicieron la misma pregunta. Mi marido y yo lo estuvimos pensando y no recuerdo haber visto nunca ningún coche aparcado allí habitualmente excepto el suyo.” “En fin, ¿sabe si formaban parte de algo que pueda darnos alguna gente con la que hablar? ¿Algún tipo de club o de intereses peculiares?” “Que yo sepa, no,” dijo Demi. Al hablar, miraba hacia la pared, como si estuviera tratando de ver a través de ella la mansión de los Kurtz. Parecía un tanto triste, ya fuera por la pérdida de los Kurtz o simplemente por haber sido arrastrada hasta el medio de todo este asunto. “¿Está segura?” presionó Mackenzie. “Bastante segura, sí. Creo que el marido jugaba a racquetball. Le vi de camino unas cuantas veces, volviendo del gimnasio. Por lo que respecta a Julie, no lo sé. Sé que le gustaba dibujar, pero eso se debe a que me enseñó algo de lo que hacía una vez. Por lo demás… no. La verdad es que eran bastante reservados.” “¿Hay alguna otra cosa sobre ellos—cualquier cosa en absoluto—que le llamara la atención?” “Bueno,” dijo Demi, todavía mirando a la pared, “sé que es un tanto guarro, pero era obvio para mi marido y para mí que los Kurtz tenían una vida sexual activa. Por lo visto, las paredes son bastante delgadas por aquí—o los Kurtz eran muy ruidosos. Ni siquiera puedo decirles cuántas veces les escuchamos. A veces ni siquiera se trataba de sonidos amortiguados; no se cortaban ni un pelo, ¿me entiende?” “¿Algo violento?” preguntó Mackenzie. “No, nunca sonó como algo así,” dijo Demi, ahora con aspecto un tanto avergonzado. “Solo eran muy apasionados. Era algo de lo que siempre nos quisimos quejar, pero nunca lo hicimos. Resulta un tanto embarazoso sacarlo a colación, ¿sabe?” “Claro,” dijo Mackenzie. “Ha mencionado a su marido unas cuantas veces. ¿Dónde está?” “En el trabajo. Trabaja de nueve a cinco. Yo me quedo aquí y dirijo un servicio editorial a tiempo parcial, uno de esos trabajos desde casa.” “¿Haría el favor de hacerle las mismas preguntas que le acabamos de hacer para asegurarnos de que tenemos toda la información posible?” preguntó Mackenzie. “Sí, desde luego.” “Muchísimas gracias por su tiempo, señora Stiller. Puede que le llame un poco más tarde si surgen más preguntas.” “Está bien,” dijo Demi mientras les guiaba de vuelta a la puerta principal. Cuando ya estaban afuera y Demi Stiller había cerrado la puerta, Harrison miró de nuevo a la mansión que Josh y Julie Kurtz habían considerado en su día su hogar. “Así que ¿lo único que sacamos de esto fue que tenían una vida sexual estupenda?” preguntó él. “Eso parece,” dijo ella. “Pero eso nos indica que tenían un matrimonio fuerte, quizás. Añade eso a las declaraciones de la familia sobre su matrimonio aparentemente ideal y resulta todavía más difícil encontrar una razón para sus asesinatos. O, por otro lado, ahora podría resultar más fácil. Si tenían un buen matrimonio y no se metían en problemas, encontrar a alguien que tuviera algo en contra de ellos podría resultar más fácil. Ahora… echa un vistazo a tus notas. ¿Dónde elegirías ir a continuación?” Harrison pareció algo sorprendido de que le hubiera hecho esa pregunta, pero miró seriamente la libreta en la que apuntaba sus notas y guardaba sus documentos. “Tenemos que examinar la primera escena del crimen—la residencia de los Sterling. Los padres del marido viven a seis millas de la casa, con lo que puede que merezca la pena hacerles una visita.” “Eso suena bien,” dijo ella. “¿Tienes las direcciones?” Ella le lanzó las llaves del coche y se dirigió hacia la puerta del copiloto. Entonces se tomó un instante para admirar la mirada de sorpresa y de orgullo en la cara de Harrison ante el sencillo gesto mientras él atrapaba las llaves. “Entonces marca el camino,” dijo Mackenzie. CHAPTER FIVE La residencia de los Sterling estaba a once millas de distancia de la mansión de los Kurtz. Mackenzie no pudo evitar admirar el lugar mientras Harrison aparcaba en la alargada entrada al garaje de hormigón. La casa se asentaba a unos cincuenta metros de la carretera principal, bordeada por unas macetas preciosas y unos árboles altos y esbeltos. La casa propiamente dicha era muy moderna, principalmente compuesta de ventanales y de unas vigas envejecidas de madera. Parecía una casa idílica pero cara para una pareja acomodada. Lo único que acababa con esa ilusión era la cinta amarilla que se emplea en escenas del crimen y que atravesaba la puerta principal. Cuando comenzaron a caminar hacia la entrada, Mackenzie se dio cuenta de lo tranquilo que era el lugar. Estaba bloqueado de las otras mansiones vecinas por un bosquecillo, un exuberante vergel que parecía igual de bien mantenido y de caro que las casas que había en este sector de la ciudad. Aunque la propiedad no estaba en la playa, podía oír el murmullo del mar en algún punto en la distancia. Mackenzie pasó por debajo de la cinta amarilla y escarbó la llave de repuesto que le había dado Dagney, proveniente de la investigación original del departamento de policía de Miami. Entraron a un amplio recibidor y Mackenzie se sorprendió una vez más del silencio absoluto que le rodeaba. Echó un vistazo a la distribución de la casa. Había un pasillo que se extendía a su izquierda y acababa en una cocina. El resto de la casa era bastante abierto; una sala de estar y una zona con varios sofás conectados entre ellos, que llevaban hacia un área que quedaba fuera de la vista a un porche trasero separado por un ventanal. “¿Qué sabemos sobre lo que sucedió aquí?” preguntó Mackenzie a Harrison. Ella, claro está, ya lo sabía, pero quería dejarle exhibir su propia pericia y devoción, con la esperanza de que se sintiera cómodo enseguida, antes de que el caso cobrara vida. “Deb y Gerald Sterling,” dijo Harrison. “Él tenía treinta y seis años y ella, treinta y ocho. Asesinados en su dormitorio del mismo modo que los Kurtz, aunque estos asesinatos tuvieron lugar al menos tres días antes que el de los Kurtz. Sus cadáveres fueron hallados por el ama de llaves, poco después de las ocho de la mañana. Los informes del forense indican que les habían asesinado la noche anterior. Las investigaciones iniciales no consiguieron ninguna prueba de ningún tipo, aunque, en este momento, los forenses están analizando unas fibras de cabello que se encontraron colgando del marco de la puerta.” Mackenzie asintió mientras él recitaba los hechos. Estaba estudiando el piso de abajo, tratando de hacerse una idea sobre la clase de gente que eran los Sterling antes de subir a la habitación donde les habían asesinado. Pasó junto a una enorme librería empotrada entre la sala de estar y la zona de los sofás. La mayoría de los libros eran de ficción, mayormente de King, Grisham, Child, y Patterson. También había unos cuantos libros sobre arte. En otras palabras, libros básicos de relleno que no daban ninguna información sobre las vidas personales de los Sterling. Había un secreter decorativo apoyado contra la pared en la zona de los sofás. Mackenzie levantó la tapa y miró dentro pero no encontró nada de interés—solamente unos bolígrafos, papel, unas cuantas fotografías, y otros desechos domésticos. “Subamos arriba,” dijo Mackenzie. Harrison asintió y tomó una profunda, temblorosa respiración. “Está bien,” dijo Mackenzie. “La casa de los Kurtz también pudo conmigo, pero confía en mí… este tipo de situaciones se acaban por hacer más fáciles.” Sabes que eso no es necesariamente algo bueno, ¿no es cierto? pensó para sí misma. ¿A cuántas visiones espeluznantes te has desensibilizado desde que te encontraras con esa primera mujer en un poste en los maizales de Nebraska? Se deshizo de esa idea al instante mientras Harrison y ella llegaban al final de las escaleras. El piso de arriba consistía en un largo pasillo que contenía solamente las puertas de tres habitaciones. Había una oficina grande a la izquierda. Estaba ordenada hasta el punto de estar casi vacía, con vistas al bosquecillo que bordeaba la parte de atrás de la casa. El gigantesco cuarto de aseo constaba de lavabos para él y para ella, una ducha enorme, una bañera, y un armario para las sábanas que era tan grande como la cocina de Mackenzie. Igual que en el piso de abajo, no había nada que le ayudara a definir el carácter de los Sterling o por qué alguien querría matarles. Sin perder más tiempo, Mackenzie caminó hacia el final del pasillo donde la puerta del dormitorio estaba abierta. La iluminación del sol entraba a través de un enorme ventanal a la izquierda de la habitación. La luz cubría el extremo de la cama, transformando el anaranjado que había allí en un tono alarmante de rojo. De alguna manera, era perturbador entrar al dormitorio de una casa impecable para ver toda esa sangre en la cama. El suelo era de madera firme, pero Mackenzie podía ver salpicaduras de sangre por aquí y por allá. No había tanta sangre en las paredes como la que habían visto en la residencia de los Kurtz, pero había algunas gotas sueltas que daban la impresión de una morbosa pintura abstracta. Había un leve olor a cobre en el aire, el aroma de la sangre derramada que se había resecado. Era leve, pero parecía llenar la habitación. Mackenzie caminó alrededor del borde de la cama, observando las sábanas de color gris claro, profundamente manchadas de rojo. Vio una sola marca en la sábana superior que podía ser un corte que se había realizado con un cuchillo. Lo miró más de cerca y descubrió que eso era exactamente lo que estaba mirando. Con una sola vuelta alrededor de la cama, Mackenzie supo con certeza que no había nada aquí que sirviera para avanzar el caso. Miró por todos lados alrededor de la habitación—las mesitas de noche, los cajones del vestidor, y el pequeño centro de entretenimiento—buscando hasta los detalles más pequeños. Vio una ligera hendidura en la pared, que no sería más grande que una moneda de veinticinco centavos, pero que tenía salpicaduras de sangre a su alrededor. Había más sangre debajo de ella, un leve garabato que se había resecado en la pared y la más mínima mota de ella en la moqueta que había debajo de la hendidura. Se acercó a la hendidura en la pared y la miró de cerca. Era de una forma peculiar, y el hecho de que hubiera sangre centrada alrededor de ella le hizo pensar que una era el resultado de la otra. Se puso de pie y examinó la alineación del pequeño agujero con su cuerpo. Elevó ligeramente su brazo y lo flexionó. Al hacerlo, su codo se alineó con el agujero casi a la perfección. “¿Qué has encontrado?” preguntó Harrison. “Signos de pelea, creo” respondió ella. Se unió a ella y tomó nota de la hendidura. “No es gran cosa con la que seguir adelante, ¿no es cierto?” “No, la verdad es que no, pero la presencia de sangre hace que sea notable. Eso y el hecho de que la casa esté en una condición impecable me hacen pensar que el asesino hizo todo lo que pudo para ocultar cualquier signo de lucha. Casi preparó la escena en la casa, en cierto modo, pero no fue capaz de ocultar este signo de pelea.” Examinó la pequeña mancha de sangre en la moqueta. Estaba descolorida y hasta había unos restos muy leves de rojo a su alrededor. “Ves,” dijo ella, señalando. “Justamente aquí, parece como si alguien hubiera intentando limpiarlo, pero o andaba con prisa o esta pequeña mancha no salía de ninguna manera.” “Entonces quizá debiéramos comprobar de nuevo la casa de los Kurtz.” “Quizá,” asintió Mackenzie, aunque tenía la seguridad de que había examinado por completo el lugar. Se alejó de la pared y se dirigió a la enorme habitación que hacía las veces de armario. Miró a su interior y vio más orden. Vio la única cosa de toda la casa que hubiera podido considerarse como desorden. Había una camisa y unos pantalones arrugados, casi estrujados contra la pared de atrás del armario. Separó la camisa de los pantalones y se dio cuenta de que se trataba de ropa de hombre—quizá el último atuendo que había utilizado Gerald Sterling. Probando su suerte, metió la mano en los dos bolsillos delanteros. En uno de ellos, se encontró con diecisiete centavos en monedas. En el otro, halló un recibo arrugado. Lo abrió para leerlo y vio que era de un supermercado hacia cinco días… el último día de su vida. Miró al recibo y empezó a pensar. ¿De qué otro modo podemos averiguar lo que hicieron en sus últimos días de vida? ¿O la semana pasada, o el mes pasado? “Harrison, en esos informes, no declaraba la policía de Miami haber revisado los teléfonos de los fallecidos en busca de señales de alarma?” “Eso es correcto,” dijo Harrison al tiempo que circunvalaba cuidadosamente la cama ensangrentada. “Contactos, llamadas recibidas y realizadas, emails, descargas, todo.” “¿Y no había nada sobre el historial de búsqueda en Internet o algo así? “No, que yo recuerde, no.” Colocando el recibo de nuevo dentro de los pantalones vaqueros, Mackenzie salió del armario y después del dormitorio. Se dirigió de vuelta al piso de abajo, consciente de que Harrison le seguía por detrás. “¿Qué pasa?” preguntó Harrison. “Una corazonada,” dijo ella. “A lo mejor, una esperanza.” Regresó al lugar donde descansaba el secreter en la sala de estar y lo abrió de nuevo. En la parte de atrás, había una cestita. Sobresalían unos cuantos bolígrafos, así como un bloc de notas personal. Si mantienen su casa tan ordenada, supongo que su cuenta corriente estará en las mismas condiciones. Sacó la libreta del banco y comprobó que tenía razón. Se habían realizado las anotaciones con cautela meticulosa. Cada transacción estaba anotada de manera legible y con todo el detalle posible. Hasta anotaban las veces que sacaban dinero del cajero automático. Tardó unos veinte segundos en darse cuenta de que esta libreta era la de una cuenta secundaria que no formaba parte de las finanzas primordiales de los Sterling. En el momento de su muerte, la cuenta guardaba algo más de siete mil dólares. Repasó el historial de transacciones en busca de cualquier cosa que le pudiera dar una pista, pero no halló nada que le llamara la atención. Sin embargo, vio unas cuantas abreviaturas que no reconoció. La mayoría de las transacciones para estas entradas eran por cantidades de entre sesenta y doscientos dólares. Una de las entradas que no reconoció era una anotación por dos mil dólares. Aunque nada en el historial resultaba peculiar a primera vista, se quedó pensando en las abreviaturas y las iniciales que no le sonaban de nada. Capturó unas cuantas fotografías de esas entradas con el teléfono y después regresó a la libreta de la cuenta. “¿Tienes una idea o algo así?” preguntó Harrison. “Quizá,” dijo ella. “¿Podrías llamar por teléfono a Dagney y pedirle que encargue a alguien la tarea de investigar los historiales financieros de los Sterling del año pasado? Cuentas corrientes, tarjetas de crédito, hasta PayPal, si lo utilizaban.” “Por supuesto,” dijo Harrison. Al momento, sacó su teléfono para completar la tarea. Puede que no me importe tanto trabajar con él después de todo, pensó Mackenzie. Escuchó cómo Harrison hablaba con Dagney mientras ella cerraba el secreter y volvía la vista hacia las escaleras. Alguien subió esas escaleras hace cuatro noches y asesinó a un matrimonio, pensó, intentando visualizarlo. ¿Pero por qué? Y de nuevo, ¿por qué no había señales de entrada forzada?” La respuesta era sencilla: igual que en el caso de los Kurtz, habían invitado a entrar al asesino. Y eso quería decir que o conocían al asesino y le invitaron a pasar o que el asesino estaba representando algún rol… actuando como alguien que ellos conocían o alguien en apuros. Aunque la teoría parecía endeble, sabía que había algo que sacar de ella. Por lo menos, creaba un vínculo frágil entre las dos parejas. Y por el momento, era una conexión lo bastante importante como para investigarla a continuación. CAPÍTULO SEIS A pesar de que estaba deseando evitar tener que hablar con los familiares de los recién fallecidos, Mackenzie se percató de que estaba terminando con su lista de tareas más rápido de lo que se había esperado. Cuando dejaron atrás el domicilio de los Sterling, el siguiente paso natural donde ir en busca de más respuestas era con los familiares más íntimos de los matrimonios. En el caso de los Sterling, su familia más cercana era una hermana que vivía a menos de diez millas de la mansión de los Kurtz. El resto de la familia vivía en Alabama. Por otra parte, los Kurtz tenían bastante familia en sus cercanías. Josh Kurtz no se había mudado muy lejos de su primer domicilio, y vivía a veinte millas no solo de sus padres, sino también de su hermana. Y ya que el departamento de policía de Miami ya había hablado en profundidad con los Kurtz por la mañana, Mackenzie optó por visitar a la hermana de Julie Kurtz. Sara Lewis no tuvo ningún reparo en quedar con ellos, y a pesar de que las noticias de la muerte de su hermana tuvieran menos de dos días, parecía haberlas aceptado todo lo bien que cabía esperar de una chica de veintidós años. Sara les invitó a que pasaran por su casa en Overtown, una casa de planta baja bastante pintoresca que era algo más grande que un apartamento pequeño. Estaba escasamente decorada y albergaba ese tipo de silencio tenso que Mackenzie había sentido en tantas otras casas en las que se estaba lidiando con una pérdida cercana. Sara estaba sentada al extremo del sofá, acariciando una taza de té con ambas manos. Era obvio que había estado llorando lo suyo últimamente; también tenía aspecto de no haber dormido demasiado. “Supongo que, si han implicado al FBI,” dijo, “¿eso significa que ha habido más asesinatos?” “Sí, los ha habido,” dijo Harrison por detrás de Mackenzie. Ella frunció brevemente el ceño, deseando que él no hubiera divulgado esa información con tantas ganas. “No obstante,” dijo Mackenzie, interponiéndose antes de que Harrison pudiera continuar, “sin duda alguna, somos incapaces de afirmar nada sólido sobre un vínculo sin que primero haya una investigación exhaustiva. Y esa es la razón por la que nos han llamado.” “Ayudaré en lo que pueda,” dijo Sara Lewis. “Pero ya respondí a las preguntas de la policía.” “Sí, entiendo, y se lo agradezco,” dijo Mackenzie. “Solo quiero repasar unas cuantas cosas que se les pueden haber pasado por alto. Por ejemplo, ¿tiene alguna idea de cuál era la situación financiera de su hermana y su cuñado?” Era obvio que Sara pensaba que era una pregunta extraña, pero a pesar de ello, hizo todo lo que pudo por responderla. “Era buena, supongo. Josh tenía un buen trabajo y la verdad es que no gastaban mucho dinero. En ocasiones, Julie hasta me regañaba por gastar con demasiada frivolidad. En fin, ciertamente no estaban forrados… no por lo que yo sé, pero les iba bastante bien.” “Y bien, la vecina nos dijo que a Julie le gustaba dibujar. ¿Solamente se trataba de un hobby o estaba ganando dinero con ello?” “Más bien era un hobby,” dijo Julie. “Lo hacía bastante bien, pero ella ya sabía que no era nada del otro mundo, ¿entiende?” “¿Qué hay de ex novios? ¿O quizá ex novias que pudiera tener Josh?” “Julie tiene unos cuantos, pero ninguno de ellos se lo tomó muy a mal. Además, todos vivían en la otra punta del país. Eran una pareja realmente buena. Eran tan lindos juntos—hasta asquerosamente dulces en público. Ese tipo de pareja.” La visita había resultado demasiado breve como para concluir, pero a Mackenzie solo le quedaba otra ruta que seguir y no estaba del todo segura de cómo referirse a ella sin repetirse. Pensó de nuevo en esas anotaciones extrañas en la libreta del banco de los Sterling, y seguía sin entender lo que significaban. Seguramente no sea nada, pensó. La gente anota sus libretas de maneras distintas, nada más. Aun así, merece la pena investigarlo. Pensando en las abreviaturas que había visto en la libreta de los Sterling, Mackenzie continuó. En el instante que abrió los labios para hablar, escuchó cómo le sonaba el teléfono en el bolsillo a Harrison. Él lo miró brevemente y después ignoró la llamada. “Lo siento,” dijo. Ignorando la interrupción, Mackenzie preguntó: “¿Sabría por casualidad si Julie o Josh eran miembros de alguna organización o incluso de algún club o gimnasio? ¿El tipo de sitio al que se paga una tarifa de manera rutinaria?” Sara pensó en ello durante un momento, pero sacudió la cabeza. “Que yo sepa, no. Como ya les he dicho… la verdad es que no gastaban mucho dinero. El único pago mensual del que puedo hablar que Julie tuviera además de sus recibos habituales era a su cuenta de Spotify, y solo son diez dólares.” “¿Y ya se ha puesto alguien en contacto con usted, como un abogado, para hablar de lo que va a pasar con sus finanzas?” preguntó Mackenzie. “Lamento muchísimo tener que preguntarlo, pero podría ser urgente.” “No, todavía no,” dijo ella. “Eran tan jóvenes, que ni siquiera creo que tuvieran un testamento redactado. Mierda… supongo que ahora tengo todo eso por delante, ¿no es cierto?” Mackenzie se puso de pie, incapaz de responder a la pregunta. “Una vez más, gracias por hablar con nosotros. Por favor, si piensa en cualquier otra cosa en relación con las preguntas que le he hecho, le agradecería que me llamara.” Dicho eso, entregó a Sara su tarjeta de visita. Sara la aceptó y se la metió al bolsillo mientras les guiaba hacia la entrada. No estaba siendo grosera, pero era obvio que quería que le dejaran en paz lo más rápido que fuera posible. Con la puerta ya cerrada detrás de ellos, Mackenzie se quedó parada en el porche de Sara con Harrison. Pensó en corregirle por decirle tan deprisa a Sara que había habido más asesinatos que podían estar relacionados con el de su hermana. Pero había sido un error honesto, uno que ella también había cometido en sus comienzos. Así que lo dejó pasar. “¿Puedo preguntarte algo?” preguntó Harrison. “Claro,” dijo Mackenzie, “¿Por qué estabas tan enfocada en las finanzas? ¿Tenía algo que ver con lo que viste en la casa de los Sterling?” “Sí. Por ahora no es más que una corazonada, pero algunas de las transacciones eran—” El teléfono de Harrison comenzó a vibrar de nuevo. Lo rebuscó en su bolsillo con una mirada de vergüenza en su rostro. Miró la pantalla, casi la ignora, pero decidió dejarlo fuera mientras regresaban al coche. “Lo siento, pero tengo que atender esto,” dijo. “Es mi hermana. También llamó cuando estábamos dentro. Y es de lo más raro.” Mackenzie no le presto mucha atención mientras se montaban en el coche. Apenas escuchaba el lado de Harrison de la conversación cuando él empezó a hablar. Sin embargo, para el momento en que había sacado el coche de vuelta a la calle, podía percibir en su tono de voz que algo andaba muy mal. Cuando concluyó la llamada, había una expresión de sorpresa en su cara. Su labio superior tenía una especia de bucle, entre la sonrisa forzada y el ceño fruncido. “¿Harrison?” “Mi madre murió por la mañana,” dijo él. “Oh Dios mío,” dijo Mackenzie. “Ataque al corazón… así, sin más. Está—” Mackenzie podía ver que estaba reprimiéndose para no romper a llorar. Volvió la cabeza hacia el otro lado, mirando por la ventana del copiloto, y comenzó a soltarlo. “Lo siento mucho, Harrison,” dijo Mackenzie. “Vamos a enviarte a casa. Organizaré el vuelo enseguida. ¿Hay algo más que necesites?” Él no hizo más que sacudir la cabeza brevemente, todavía mirando a la distancia mientras lloraba un poco más obviamente. En primer lugar, Mackenzie llamó a Quantico. No pudo conseguir a McGrath así que dejó un mensaje con su recepcionista, diciéndole lo que había sucedido y que Harrison volaría de vuelta a DC tan pronto como fuera posible. Entonces llamó a la aerolínea y reservó el primer vuelo disponible, que despegaba en tres horas y media. En el momento que el vuelo estuvo reservado y concluyó la llamada, sonó su teléfono. Mirando a Harrison con compasión, lo respondió. Le parecía terrible regresar a la mentalidad del trabajo después de las noticias que había recibido Harrison, pero tenía un trabajo que hacer—y seguían sin tener pistas sólidas. “Al habla la Agente White,” dijo. “Agente White, soy la agente Dagney. Pensé que querrías saber que tenemos una pista potencial.” “¿Potencial?” dijo ella. “En fin, sin duda encaja con el perfil. Es un tipo que detuvimos en varias invasiones domiciliarias, y en dos de los casos hubo violencia y agresión sexual.” “¿En la misma zona que los Kurtz y los Sterling?” “Ahí es donde se pone prometedor,” dijo Dagney. “Una de las ocasiones en que hubo agresión sexual sucedió en el mismo conjunto de mansiones en que vivían los Kurtz.” “¿Tenemos una dirección para encontrar a este tipo?” “Sí. Trabaja en un taller de reparación de coches. Uno pequeño. Y tenemos la confirmación de que está allí en este momento. Se llama Mike Nell.” “Envíame la dirección y pasaré para charlar con él. ¿Y sabes algo sobre los historiales financieros que solicitó Harrison?” preguntó Mackenzie. “Todavía no, aunque tenemos a algunos agentes investigándolo. No debería llevar mucho más tiempo.” Mackenzie terminó la llamada e hizo lo que pudo para conceder a Harrison un tiempo para sus penas. Ya no estaba llorando, pero estaba claro que estaba esforzándose para mantenerse bajo control. “Gracias,” dijo Harrison, secándose una lágrima furtiva de la cara. “¿Por qué?” preguntó Mackenzie. Él solo se encogió de hombros. “Por llamar a McGrath y al aeropuerto. Lamento que esto sea un fastidio en medio del caso.” “No lo es,” dijo ella. “Harrison, lamento mucho tu pérdida.” Después de eso, el coche cayó en el silencio y, le gustara o no, la mente de Mackenzie regresó de nuevo a su trabajo. Había un asesino suelto en alguna parte, por lo visto con la necesidad de representar algún tipo de venganza extraña con parejas felices. Y puede que le estuviera esperando a ella en este preciso instante. Mackenzie apenas podía contener las ganas de conocerle. CAPÍTULO SIETE Dejar a Harrison en el motel le resultó algo agridulce. Le hubiera gustado poder hacer algo más por él, o, cuando menos, ofrecerle algunas palabras de consuelo. No obstante, al final, solo le saludó con pocas ganas mientras él se iba hacia su habitación a hacer la maleta y a llamar a un taxi para que le llevara al aeropuerto. Cuando él cerró su puerta al entrar, Mackenzie pegó la dirección que le había enviado Dagney en su GPS. El taller para Coches Lipton estaba exactamente a diecisiete minutos del motel, una distancia que se puso a recorrer de inmediato. Le resultaba extraño estar sola en el coche, pero consiguió distraerse de nuevo con el paisaje de Miami. Era distinto de otras ciudades orientadas a la vida playera en las que había estado. Mientras que las poblaciones de playa más pequeñas resultaban un tanto arenosas y casi desgastadas, todo lo que había en Miami parecía resplandecer y brillar a pesar de la cercana arena y de la brisa salada que llegaba del océano. Por aquí y por allá, veía algún edificio que parecía estar fuera de lugar, abandonado y desolado, como recordatorio de que todo tenía sus taras. Llegó al taller antes de lo que se esperaba, después de dejarse distraer por las vistas de la ciudad. Aparcó en un aparcamiento que estaba abarrotado de coches averiados y de camiones que estaban siendo obviamente saqueados en busca de piezas de repuesto. Parecía la clase de operación que permanecía constantemente en una situación cercana a la bancarrota. Antes de entrar, echó un vistazo rápido al lugar. Había una oficina frontal destartalada que, en este momento, no estaba atendida. El taller adosado tenía tres dársenas, de las cuales solamente una contenía un coche; estaba encaramado a una tarima, pero no parecía que le estuvieran haciendo nada en particular. En el taller, había un hombre revolviendo en una caja de herramientas en forma de concha marina. Había otro en el extremo trasero del taller, de pie sobre una pequeña escalera y revolviendo entre unas cajas viejas de cartón. Mackenzie se acercó al hombre que estaba más cerca de ella, el que estaba buscando algo en la caja de herramientas. Parecía que tenía cerca de unos cuarenta años, con cabello largo y grasiento que le caía sobre los hombros. La perilla que tenía en la cara no podía llamarse barba. Cuando elevó la vista al ver que ella se aproximaba, le sonrió abiertamente. “Hola, preciosa,” dijo él con un acento un tanto sureño. “¿En qué te puedo ayudar hoy?” Mackenzie le mostró su placa. “Puedes empezar por dejar de llamarme preciosa. Y después me puedes decir si eres Mike Nell.” “Sí, ese soy yo,” dijo él. Estaba mirando a su identificación con algo parecido al miedo. Entonces volvió a mirarle a la cara, como si estuviera decidiendo si todo esto se trataba de alguna broma pesada. “Señor Nell, me gustaría que—” Él se revolvió rápidamente y la empujó. Con fuerza. Se tambaleó hacia atrás y sus pies dieron con un neumático que estaba por el suelo. Cuando perdió el equilibrio y se fue al suelo de espaldas, pudo ver cómo Nell salía corriendo. Estaba saliendo del taller, corriendo y mirando por encima del hombro. Eso escaló bastante rápido, pensó. No me cabe duda de que es culpable de algo. Su instinto le decía que agarrara su arma, pero eso montaría todo un número, así que se puso de pie y empezó a perseguirle. No obstante, cuando se dio impulso para ponerse de pie, su mano cayó sobre otra cosa que habían dejado en el suelo. Era una llave de cruz—posiblemente la que habían sacado del neumático sobre el que había caído. Lo recogió y se puso rápidamente de pie. Se lanzó a la parte delantera del taller y vio a Nell en la acera, a punto de cruzar la calle. Mackenzie miró rápidamente en ambas direcciones, vio que no había coches en unos cuantos metros, y echó su brazo hacia atrás. Lanzó la llave de cruz a través del aire con tanta fuerza como pudo. Navegó por los cinco metros más o menos que le separaban de Nell, y le dio directamente en la espalda. Él soltó un grito de sorpresa y de dolor antes de tambalearse hacia delante y caer de rodillas, casi dando con su rostro en el borde de la acera. Mackenzie echó a correr tras él, clavándole una rodilla en su espalda antes de que siquiera pudiera pensar en intentar volver a ponerse de pie. Le sujetó los brazos a la espalda y le empujó hacia abajo. Él trataba de librarse, pero pronto se dio cuenta de que escaparse solo iba a causarle más dolor debido a que sus hombros estaban estirados hacia atrás. Con una velocidad que llevaba meses practicando, sacó su par de esposas de su cinturón y se las colocó en las muñecas. “Eso fue una tontería,” dijo Mackenzie. “Solo quería hacerte unas preguntas… y me diste la respuesta que andaba buscando.” Nell no dijo nada, pero aceptó por fin que no iba a poder escaparse de ella. Mientras pasaban varios coches, el otro hombre del taller llegó apresuradamente. “¿Qué demonios es esto?” preguntó. “El señor Nell acaba de atacar a una agente del FBI,” dijo Mackenzie. “Me temo que no podrá terminar su jornada en el taller.” *** Mackenzie observaba a Mike Nell desde el otro lado del espejo falso de la sala de observación. Parecía estar molesto y avergonzado—con un gesto de fastidio que había permanecido en su rostro desde el momento en que Mackenzie le había puesto en pie para esposarle delante de su jefe. Se mordía el labio nerviosamente, lo que indicaba que, seguramente, se estaba muriendo por fumar un cigarrillo o tomar algo de beber. Mackenzie desvió la mirada de él para examinar el documento que tenía en las manos. Contaba la breve, aunque tormentosa, historia de Mike Nell, un adolescente que se había escapado de casa con dieciséis años, al que habían detenido por primera vez por robo menor con asalto a mano armada a los dieciocho años. Los últimos doce años de su vida describían el retrato de un perdedor atormentado—asaltos, robos, allanamiento de morada, además de unas cuantas temporadas a la sombra. Además de Mackenzie, Dagney y el Jefe Rodríguez miraban a Nell con algo parecido al desprecio. “Tengo la impresión de que le habéis visto a menudo en el pasado, ¿no es cierto?” preguntó Mackenzie. “Así es,” dijo Rodríguez. “Y por alguna razón, los jueces no hacen más que darle una palmadita en la muñeca y eso es todo. La pena más larga que ha cumplido era la misma de la que le acaban de dar la condicional, y era una sentencia de solo un año. Si resulta que este desgraciado es responsable de esos asesinatos, los jueces se van tener que meter el rabo entre las piernas.” Mackenzie entregó el informe a Dagney y caminó hacia la puerta. “Muy bien, veamos lo que tiene que contar,” dijo Mackenzie. Salió de la sala y permaneció en pie en el pasillo durante un momento antes de irse a interrogar a Mike Nell. Sacó su teléfono, mirando por si había recibido un mensaje de Harrison. Asumía que para ahora ya estaría en el aeropuerto, quizá tras hablar con otros familiares para hacerse una mejor idea de lo que estaba pasando en su hogar natal. Lo sentía de verdad por él y a pesar de que no le conocía muy bien, deseaba que hubiera algo que ella pudiera hacer al respecto. Dejando por un momento sus emociones de lado, se metió el teléfono al bolsillo y entró a la sala de interrogatorios. Mike Nell elevó la vista hacia ella y no se molestó en ocultar una mirada de desprecio. Aunque ahora había algo más en ella. No trató de esconder el hecho de que la estaba mirando de arriba abajo, dejando que su mirada se entretuviera algo más de lo necesario en sus caderas. “¿Ves algo que te guste, Nell?” preguntó ella mientras tomaba asiento. Obviamente perplejo ante esa pregunta, Nell se echó a reír con nerviosismo y dijo, “Supongo.” “Supongo que ya sabes que estás metido en problemas por ponerle las manos encima a una agente del FBI, aunque no fuera más que un empujón.” “¿Y qué pasa con tu numerito de la llave?” le preguntó él. “¿Hubieras preferido mi arma? ¿Un tiro a través de tu pierna o tu hombro para que fueras más lento?” Nell no tenía respuesta para eso. “Está claro que no nos vamos a hacer los mejores amigos del mundo,” dijo Mackenzie, “así que vamos a saltarnos la charla de cortesía. Me gustaría saber todos los lugares en los que has estado durante el transcurso de la semana pasada.” “Esa es una lista muy larga,” dijo Nell, desafiante. “Claro, estoy segura de que un hombre de tu carácter sale por todas partes. Vamos a empezar por hace dos noches. ¿Dónde estuviste entre las 6 de la tarde y las 6 de la mañana?” “¿Hace dos noches? Salí con un amigo. Jugué algo a las cartas, tomé unos tragos. Nada serio.” “¿Hay alguien además de tu amigo que pueda confirmar eso?” Nell se encogió de hombros. Había unos cuantos tipos más jugando a las cartas con nosotros. ¿De qué demonios estamos hablando de todas maneras?” Mackenzie no veía razones en alargarlo más de lo necesario. Si no estuviera tan distraída por lo que estaba sucediendo con Harrison, puede que le hubiera interrogado todavía más antes de ir directamente al grano, esperando que él cayera en su propia trampa si era de hecho culpable. “Encontraron a una pareja asesinada en su mansión hace dos noches. Da la casualidad de que es una mansión ubicada en la misma urbanización de mansiones donde te detuvieron por intento de robo y asalto a mano armada. Pon esas dos cosas juntas, además del hecho de que te han dado la condicional hace menos de un mes, y eso te pone entre los primeros puestos de gente a la que interrogar.” “Eso es mentira,” dijo Nell. “No, eso es lógica, algo con lo que asumo no eres muy familiar, dado tu historial delictivo.” Podía ver cómo él le quería devolver el comentario mordaz, pero se detuvo, eligiendo de nuevo morderse el labio superior. “No he vuelto a pasar por ese lugar desde que salí,” dijo. “¿Qué diablos de sentido tendría eso?” Mackenzie le observó con escepticismo por un instante y le preguntó: “¿Y qué hay de tus amigos? ¿Son otros tipos que conociste en la cárcel?” “Uno de ellos sí lo es.” “¿Alguno de tus amigos está metido en robos y asaltos también?” “No,” le espetó él. “Uno de los tipos tiene una acusación por allanamiento de morada de cuando era un adolescente, pero no… no matarían a nadie. Ni tampoco yo lo haría.” “Pero el allanamiento de morada o darle una paliza a alguien ¿están bien?” “Nunca he matado a nadie,” dijo de nuevo. Estaba claramente frustrado y mostrando un gran nivel de control para no ponerse agresivo con ella. Y eso era exactamente lo que ella andaba buscando. Si era culpable de los asesinatos, la posibilidad de que se pusiera defensivo y que se enfadara al instante era mucho mayor. El hecho de que estuviera haciendo lo posible por no meterse en problemas, incluso por ponerse agresivo verbalmente con una agente del FBI, indicaba que, seguramente, no estaba conectado en absoluto con los asesinatos. “Muy bien, digamos que no estás conectado con estos asesinatos. ¿De qué eres culpable? Doy por sentado que estás haciendo algo que no deberías. ¿Por qué otra razón me darías un empujón, tratándose de una agente del FBI, y tratarías de huir?” “No voy a decir nada,” dijo entonces. “No antes de ver a un abogado.” “Ah, olvidé que ahora ya eres todo un experto en este juego. Pues muy bien… te conseguiremos un abogado, pero asumo que también sabes cómo funciona la policía. Sabemos que eres culpable de algo, y vamos a averiguar de qué se trata, así que dímelo ahora y ahórranos las molestias.” Los cincos segundos consecutivos de silencio que guardó indicaron que no tenía intención de hacer tal cosa. “Voy a necesitar los nombres y los números de contacto de los hombres con los que dices que estabas hace dos noches. Dámelos y si tu coartada es buena, serás libre de irte.” “Está bien,” gruñó Nell. Su reacción ante esto era otra señal más de que seguramente era inocente de los asesinatos. No había un alivio instantáneo en su cara, solo algo así como una fastidiosa irritación ante el hecho de que se encontraba una vez más en una sala de interrogatorios. Mackenzie apuntó los nombres de los hombres y envió una nota para que Dagney o quienquiera que estaba a cargo de esas cosas repasara el teléfono de Nell en busca de sus números de contacto. Salió de la sala de interrogatorios y regresó a la sala de observación. “¿Y bien?” dijo Rodríguez. “No es nuestro hombre,” dijo Mackenzie. “Pero, aunque solo sea por seguir protocolo, aquí tienes una lista de amigos con los que dice que estaba cuando asesinaron a los Kurtz.” “¿Estás segura de eso?” Ella asintió. “No mostró un alivio genuino cuando le dije que seguramente podría marcharse cuando comprobáramos su coartada. Y traté de enervarle, para que cayera en su propia trampa. Sencillamente, su conducta no indica que se sienta culpable. Pero como ya dije, deberíamos comprobar su coartada para asegurarnos. No me cabe duda alguna de que Nell es culpable de algo. Tengo una espalda dolorida tras una caída para demostrarlo. ¿Crees que tus hombres pueden averiguar de qué se trata?” Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693615&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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