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Vigilando Blake Pierce Las Vivencias de Riley Paige #1 ¡Una obra maestra del género del thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido) VIGILANDO (Las Vivencias de Riley Paige – Libro #1) es el libro #1 en una nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso Una vez desaparecido (Libro #1) ha recibido más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas. La estudiante de psicología y aspirante a agente del FBI de 22 años de edad, Riley Paige, se ve envuelta en una batalla por su vida cuando sus amigos más cercanos en el campus comienzan a ser secuestrados y asesinados por un asesino en serie. Ella siente que también está en la mira y que tiene que utilizar su mente brillante para detener al asesino y sobrevivir. Cuando el FBI llega a un callejón sin salida, se encuentran lo suficientemente impresionados por lo bien que Riley parece entender la mente del asesino que la dejan ayudar. Sin embargo, la mente del asesino es un lugar oscuro y retorcido, uno demasiado diabólico como para darle sentido, y uno que amenaza con quebrantar la frágil psique de Riley. ¿La joven Riley podrá salir ilesa de este juego mortal del gato y el ratón?Un thriller lleno de acción con suspenso emocionante, VIGILANDO es el libro #1 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Transporta a los lectores veinte años atrás, a los comienzos de la carrera de Riley, y es el complemento perfecto a la serie UNA VEZ DESAPARECIDO (Un Misterio de Riley Paige), que incluye 13 libros hasta los momentos. El libro #2 en la serie LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE estará disponible pronto. V I G I L A N D O (Las vivencias de Riley Paige—Libro #1) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que cuenta con doce libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con ocho libros), de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros) y de la nueva serie LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE, la cual comienza con VIGILANDO. Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Korionov, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ CONGELADO (Libro #8) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK CAUSA PARA MATAR (Libro #1) CAUSA PARA CORRER (Libro #2) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) CONTENIDO CAPÍTULO UNO (#u9d160d57-eed3-5f4c-ba2b-92f66a7fe323) CAPÍTULO DOS (#ue7ed9ff7-d439-5c42-a51b-8a6ee28dc99f) CAPÍTULO TRES (#ua0a39363-661e-57d2-b74b-4819304385f2) CAPÍTULO CUATRO (#ufb0793eb-8f57-5b37-87b6-2656ced25412) CAPÍTULO CINCO (#u74b0c5fd-0218-574e-bbf3-24de3cb4fdf2) CAPÍTULO SEIS (#ub54357b9-7509-5a86-9997-3282d2ca2e50) CAPÍTULO SIETE (#ubcfec5e8-0d7d-5358-be87-d3ebd7df0751) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO UNO Riley estaba jorobada en su cama ojeando su libro de psicología, pero no podía concentrarse por todo el ruido. La canción de Gloria Estefan «Don’t Let This Moment End» estaba sonando otra vez. ¿Cuántas veces había oído esa estúpida canción solo esta noche? Todo el mundo parecía estar escuchándola últimamente. Riley gritó sobre la música a su compañera de cuarto: —Trudy, ¡por favor quita esa canción! O solo mátame y ya. Trudy se echó a reír. Ella y su amiga Rhea estaban sentadas en la cama de Trudy al otro lado de la habitación. Acababan de terminar de arreglarse las uñas y ahora estaban agitando sus manos para que se secaran. Trudy gritó sobre la música: —Pues no. —Te estamos torturando —añadió Rhea—. No te dejaremos en paz hasta que salgas con nosotras. Riley dijo: —Es jueves. —¿Y? —dijo Trudy. —Y tengo que ir a clase en la mañana. Rhea dijo: —¿Desde cuándo necesitas dormir? —Rhea tiene razón —añadió Trudy—. Nunca he conocido a una persona tan noctámbula. Trudy era la mejor amiga de Riley, una rubia con una enorme sonrisa que hechizaba a casi todas las personas a las que conocía, especialmente a los chicos. Rhea era una morena, más linda que Trudy y un poco más reservada por naturaleza, aunque hacía todo lo posible por mantenerse a la par con Trudy. Riley soltó un gemido de desesperación. Se levantó de la cama y se acercó al reproductor de CD de Trudy y le bajó a la música, y luego se volvió a subir en su cama y cogió su libro de psicología. Y, por supuesto, Trudy se levantó y volvió a subirle a la música. No estaba tan fuerte como antes, pero igual no podía concentrarse en su lectura. Riley cerró su libro de golpe y dijo: —Me vas a obligar a recurrir a la violencia. Rhea se echó a reír y dijo: —Bueno, al menos eso te haría moverte. Si sigues sentada así como una jorobada, te quedarás así. Trudy añadió: —Y no nos digas que tienes que estudiar. Recuerda que yo también estoy en esa clase de psicología. Sé que estás bastante adelantada, quizás hasta semanas. Rhea soltó un jadeo, fingiendo estar horrorizada. —¿Estás adelantada en la lectura? ¿Eso no es ilegal? Porque debería serlo. Trudy le dijo un codazo a Rhea y dijo: —A Riley le gusta impresionar al profesor Hayman porque siente algo por él. Riley espetó: —¡No siento nada por él! Trudy dijo: —Lo siento, me equivoqué. ¿Por qué sentirías algo por él? Riley no pudo evitar pensar: «¿Porque es joven, lindo e inteligente? ¿Porque todas las chicas de la clase están enamoradas de él?» Pero se guardó ese pensamiento. Rhea tendió su mano y se miró las uñas. Luego le preguntó a Riley: —¿Desde cuándo no tienes sexo? Trudy le negó con la cabeza a Rhea y dijo: —Riley hizo un voto de castidad. Riley puso los ojos en blanco y se dijo a sí misma: «Eso ni siquiera vale la pena una respuesta.» Luego Trudy le dijo a Rhea: —Riley ni siquiera se está tomando la píldora. Los ojos de Riley se abrieron de par en par ante la indiscreción de Trudy. —¡Trudy! —exclamó. Trudy se encogió de hombros y dijo: —No me hiciste jurar guardar el secreto. Rhea estaba boquiabierta y parecía estar realmente horrorizada. —Riley. Di que no es verdad. Por favor, por favor, dime que Trudy está mintiendo. Riley gruñó por lo bajo y no dijo nada. «Si supieran», pensó. No le gustaba pensar en sus años adolescentes rebeldes, y mucho menos hablar de ellos. Había tenido suerte de no quedar embarazada o contraer una enfermedad. Se había enderezado un poco en la universidad, incluyendo en el sexo, a pesar de que siempre llevaba una caja de condones en su cartera por si acaso. Trudy volvió a subirle a la música intencionalmente. Riley suspiró y dijo: —Está bien, me rindo. ¿Adónde quieren ir? —A La Guarida del Centauro —dijo Rhea—. Quiero beber. —Sí ese es el mejor lugar —agregó Trudy. Riley se puso de pie y preguntó: —¿Estoy bien vestida? —¿Estás bromeando? —dijo Trudy. Rhea dijo: —La Guarida es mugrienta e informal, pero no tanto. Trudy se acercó al clóset y rebuscó entre la ropa de Riley antes de decir: —No puede ser que hasta tenga que comportarme como tu mamá y escogerte la ropa. Trudy sacó una camiseta corta y un buen par de jeans y se los entregó a Riley. Luego ella y Rhea salieron al pasillo para buscar a otras chicas de su piso para que las acompañaran. Riley se cambió de ropa, y luego se quedó mirándose en el espejo de cuerpo entero en la puerta del clóset. Tenía que admitir que lo que Trudy había escogido le quedaba muy bien. La camiseta halagaba su cuerpo esbelto y atlético. Con su cabello largo y oscuro y ojos castaños, parecía una chica fiestera más. Aun así, todo esto se sentía como un disfraz, nada parecido a ella. Pero sus amigas tenían razón, pasaba demasiado tiempo estudiando. Y seguramente se estaba sobrepasando. «Mucho trabajo y poca diversión», pensó. Se puso una chaqueta vaquera y se susurró a sí misma en el espejo: —Vamos, Riley, vive un poco. * Cuando ella y sus amigas abrieron la puerta de La Guarida del Centauro, Riley se sintió abrumada por el olor familiar y sofocante de humo de tabaco y el ruido igualmente sofocante de la música heavy metal. Ella vaciló. Tal vez esta salida había sido un error. ¿La música de Metallica era una mejoría a la monotonía adormecedora de Gloria Estefan? Pero Rhea y Trudy estaban detrás de ella, y la empujaron adentro. Otras tres chicas del dormitorio las siguieron y luego se dirigieron directamente a la barra. Riley vio unas caras conocidas a través del humo. Le sorprendió encontrar tantas aquí en una noche de semana. Casi todo el espacio estaba compuesto por una pista de baile, donde luces brillaban sobre los rostros que felizmente cantaban el coro de «Whiskey in the Jar». Trudy agarró a Riley y Rhea de las manos y exclamó: —Vamos, ¡bailemos! Era una táctica familiar. Las chicas bailaban juntas hasta que llamaban la atención de unos chicos. En poco tiempo estarían bailando con chicos… y bebiendo sin parar. Pero Riley no estaba de humor para eso, ni para el ruido. Sonriendo, negó con la cabeza y se soltó del agarre de Trudy. Trudy se vio momentáneamente herida, pero había demasiado ruido aquí como para discutir. Entonces le sacó la lengua a Riley y empujó a Rhea a la pista de baile. «Qué madura», pensó Riley. Se abrió paso entre la multitud hasta la barra y se compró una copa de vino tinto. Luego bajó las escaleras, donde mesas llenaban una sala completa. Encontró una mesa vacía y se sentó. A Riley le gustaba más estar aquí que allá arriba. Sí, había mucho más humo de tabaco, el suficiente como para que le ardieran los ojos. Pero no había tanto ruido, aunque todavía se sentía la música a través de las tablas del piso. Tomó un sorbo de vino, recordando lo mucho que había bebido de adolescente. Siempre se las arregló para comprar lo que quiso en el pueblito de Larned, aunque no tenía la edad suficiente. Whisky había sido su bebida preferida en esos días. «Pobres tío Deke y tía Ruth», pensó. Los había hecho pasar por muchas cosas debido a su ira y aburrimiento y siempre se decía a sí misma que tal vez algún día se los compensaría. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz masculina. —Hola. Riley levantó la mirada y vio a un hombre grande, musculoso y guapo que estaba sostenido una jarra de cerveza y mirándola con una sonrisa confiada. Riley entrecerró los ojos, una expresión que preguntaba en silencio: —¿Te conozco? Obviamente Riley sabía quién era el hombre. Era Harry Rampling, el mariscal de campo del equipo de fútbol americano universitario. Riley lo había visto acercarse a otras chicas de la misma forma, presentándose a sí mismo sin presentarse, porque daba por hecho que ya era conocido en todas partes como un regalo de Dios a todas las mujeres del campus. Riley sabía que esta táctica generalmente funcionaba. Lanton tenía un pésimo equipo de fútbol americano, ​​y era probable que Harry Rampling no terminara jugando profesionalmente, pero él era un héroe aquí en Lanton de todos modos, y las chicas siempre estaban encima de él. Se limitó a mirarlo con una expresión burlona, ​​como si no tuviera ni idea de quién podría ser. La sonrisa de Harry se desvaneció un poco. Era difícil de decir en la penumbra, pero Riley sospechaba que se había sonrojado. Luego se alejó, aparentemente avergonzado, pero reacio a rebajarse a la indignidad de presentarse de verdad. Riley tomó un sorbo de vino, disfrutando de su pequeña victoria y soledad, pero luego oyó otra voz masculina. —¿Cómo hiciste eso? Otro hombre estaba de pie al lado de su mesa con una cerveza en mano. Iba bien vestido, tenía buen cuerpo, era un poco mayor que ella, e inmediatamente le pareció más atractivo que Harry Rampling. —¿Cómo hice qué? —preguntó Riley. El chico se encogió de hombros y dijo: —Rechazar a Harry Rampling de esa forma. Te deshiciste de él sin decir ni una palabra, ni siquiera un ‘vete a la mierda’. No sabía que eso era posible. Riley se sintió extrañamente desarmada por este tipo. Ella dijo: —Me rocié con repelente de atletas antes de venir aquí. Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, pensó: «Por Dios, estoy siendo ocurrente con él.» ¿Qué demonios se creía que estaba haciendo? Él sonrió, disfrutando del chiste. Luego se sentó sin ser invitado en el asiento frente a Riley y le dijo: —Mi nombre es Ryan Paige, y no me conoces, y no te culparé si olvidas mi nombre en cinco minutos o incluso antes. Te aseguro que soy eminentemente olvidable. A Riley le sorprendió su audacia. «No te presentes», se dijo a sí misma. Pero dijo en voz alta: —Soy Riley Sweeney. Soy estudiante de psicología, en mi último año. Sentía que estaba sonrojada. Este tipo tenía bastante labia. Y su técnica era tan casual que no parecía ser una técnica en absoluto. «Fácil de olvidar, sí, seguro», pensó Riley. Ya estaba segura de que no olvidaría a Ryan Paige en el corto plazo. «Ten cuidado con él», se dijo a sí misma. Luego le dijo: —Eh, ¿eres un estudiante de Lanton? Él asintió con la cabeza y respondió: —Sí, de derecho. También estoy en mi último año. Lo dijo como si no hubiera ninguna razón para que ella se impresionara. Y, por supuesto, Riley estaba impresionada. Hablaron por un buen rato, no sabía cuánto tiempo exactamente. Cuando le preguntó qué pensaba hacer después de graduarse, Riley tuvo que admitir que no estaba segura. —Buscaré trabajo —le dijo a Ryan—. Supongo que tendré que encontrar una forma de hacer el posgrado si quiero trabajar en mi campo. Él asintió con la cabeza y dijo: —He estado investigando varios bufetes de abogados. Algunos parecen prometedores, pero tengo que pensar muy bien en mi siguiente paso. Mientras hablaban, Riley se dio cuenta de que sentía un cosquilleo cada vez que sus ojos se encontraban y se quedaban mirándose fijamente. ¿Él también lo sentía? Riley se había dado cuenta de que había apartado la mirada de repente un par de veces. Luego, durante una pausa en la conversación, Ryan se terminó la cerveza y le dijo: —Mira, lo siento, pero tengo una clase en la mañana y tengo que estudiar. Riley se quedó sin aliento. ¿Ni siquiera se le insinuaría? «No —pensó—. Él tiene demasiada clase para eso.» No es que él no estaba interesada en ella, porque estaba segura de que sí. Pero también sabía que no debía insinuársele tan rápido. «Impresionante», pensó. Se las arregló para responder: —Sí, yo también. Él esbozó una sonrisa sincera y le dijo: —Fue un placer conocerte, Riley Sweeney. Riley le devolvió la sonrisa y le dijo: —También fue un placer conocerte, Ryan Paige. Ryan se echó a reír y dijo: —Guau, recordaste mi nombre. Sin decir nada más, se levantó y se fue. Todo lo que había sucedido tenía a Riley desconcertada. No habían intercambiado números de teléfono, ella no había mencionado el dormitorio en el que vivía y tampoco tenía idea de dónde vivía él. Y él ni siquiera la había invitado a salir. Estaba segura de que él creía que tendrían una cita en el futuro, pero que hacía las cosas así porque era confiado. Él estaba seguro de que sus caminos se cruzarían de nuevo pronto, y que habría mucha química entre ellos. Y Riley creía que tenía razón. En ese momento, oyó la voz de Trudy: —¡Oye, Riley! ¿Quién era el guapo con el que andabas? Riley se dio la vuelta y vio a Trudy bajando las escaleras con una jarra llena de cerveza en una mano y un vaso en la otra. Las otras tres chicas de su dormitorio estaban detrás de ella. Se veían bastante borrachas. Riley no respondió a la pregunta de Trudy. Solo esperaba que Ryan ya estuviera fuera del alcance del oído. A lo que las chicas se acercaron a la mesa, Riley preguntó: —¿Dónde está Rhea? Trudy miró a su alrededor. —No sé —dijo, arrastrando las palabras—. ¿Dónde está Rhea? Una de las otras chicas dijo: —Rhea regresó al dormitorio. —¡Qué! —dijo Trudy—. ¿Se fue sin decirme nada? —Sí te lo dijo —dijo otra chica. Las chicas estaban a punto de sentarse en la mesa de Riley. En lugar de quedar atrapada allí con ellas, Riley se levantó de su asiento. —Deberíamos irnos a casa —dijo. Con una oleada de protestas, las chicas se sentaron entre risas, obviamente preparándose para una larga noche. Riley se dio por vencida. Ella subió las escaleras y salió por la puerta principal. Una vez afuera, respiró aire fresco. Era marzo y a veces hacía frío por las noches aquí en el Valle de Shenandoah de Virginia, pero el frío era bienvenido después del bar abarrotado y lleno de humo. Fue un paseo corto y bien iluminado de regreso al campus y su dormitorio. Sentía que le había ido bastante bien. Solo se había tomado una copa de vino, lo suficiente para relajarse, y también había conocido a ese chico… Ryan Paige. Riley sonrió. No, ella no había olvidado su nombre. * Riley estaba durmiendo profundamente cuando algo la despertó. «¿Qué pasa?», se preguntó. Al principio pensó que tal vez alguien le había sacudido el hombro. Pero no, no era eso. Mientras miraba la oscuridad de su dormitorio, volvió a oír el sonido. Un chillido. Una voz aterrorizada. Riley sabía que algo terrible había sucedido. CAPÍTULO DOS Riley se puso de pie inmediatamente, antes de estar completamente despierta. Ese sonido había sido horrible. ¿Qué había sido? Cuando encendió la luz junto a la cama, una voz familiar se quejó: —Riley, ¿qué pasa? Trudy estaba acostada en su cama totalmente vestida, tapándose los ojos por la luz. Era evidente que había colapsado en la cama bastante ebria. Riley ni siquiera la había sentido llegar. Pero ahora estaba bien despierta, al igual que otras personas en el dormitorio. Oía voces alarmadas llamando desde habitaciones cercanas. Riley se activó y se puso unas zapatillas, una bata y abrió la puerta de su habitación. Dio un paso hacia el pasillo. Otras puertas se estaban abriendo. Otras chicas estaban asomando sus cabezas, preguntando qué pasaba. Riley vio algo fuera de lugar. En medio del pasillo, una chica estaba sollozando de rodillas. Riley corrió hacia ella. «Heather Glover», se dio cuenta. Heather había estado con ellas en La Guarida del Centauro. Y se había quedado con las demás chicas luego de la partida de Riley. Ahora Riley sabía que era Heather la que había oído gritar. También recordó que Heather era la compañera de cuarto de Rhea. Riley alcanzó a la chica y se agachó junto a ella. —¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Heather, qué pasa? Sollozando y atragantándose, Heather señaló la puerta abierta a su lado. Se las arregló para jadear: —Es Rhea. Ella está… Heather vomitó de repente. Esquivando el chorro de vómito, Riley se levantó y se asomó en la puerta de la habitación. Por la luz del pasillo, veía un líquido oscuro en el piso. Al principio pensó que era un refresco que se había derramado. Luego se estremeció al darse cuenta de que era sangre. Había visto sangre acumulada antes. Eso era lo que era, no cabía duda. Entró en la puerta y vio rápidamente a Rhea tendida sobre su cama, completamente vestida y con los ojos bien abiertos. —¿Rhea? —dijo Riley. Miró más de cerca. Luego arqueó. Rhea estaba degollada. Estaba muerta, Riley sabía eso con certeza. No era la primera mujer asesinada que había visto en su vida. Entonces Riley oyó otro grito. Por un momento se preguntó si el grito podría ser suyo. Pero no, venía justo de detrás de ella. Riley se dio la vuelta y vio a Gina Formaro en la puerta. También había estado de fiesta en La Guardia del Centauro esa noche. Ahora tenía los ojos saltones y estaba temblando toda, pálida por la impresión. Riley se dio cuenta de que se sentía muy tranquila, y que no estaba asustada en absoluto. También sabía que probablemente era la única estudiante en todo el piso que no estaba en estado de pánico. Le correspondía a ella asegurarse de que las cosas no empeoraran. Riley tomó suavemente a Gina por el brazo y la sacó de la habitación. Heather aún estaba en el piso donde había vomitado, sollozando. Y otros estudiantes curiosos estaban haciendo su camino hacia la habitación. Riley cerró la puerta de la habitación y se paró delante de ella. —¡No se acerquen! —les gritó a las chicas—. ¡Manténganse alejadas! A Riley le sorprendió la fuerza y ​​la autoridad en su propia voz. Las chicas obedecieron, formando un semicírculo alrededor de la habitación. Riley volvió a gritar: —¡Alguien llame al 911! —¿Por qué? —preguntó una de las chicas. Aún agachada en el piso con el charco de vómito en frente de ella, Heather Glover logró decir: —Es Rhea. Fue asesinada. De repente se oyó una mezcla salvaje de voces en el pasillo, algunas gritando, algunas jadeando, algunas sollozando. Algunas de las chicas trataron de acercarse a la habitación de nuevo. —¡No se acerquen! —repitió Riley, aun bloqueando la puerta—. ¡Llamen al 911! Una de las chicas tenía un pequeño teléfono celular en su mano e hizo la llamada. Riley estaba preguntándose: «¿Qué hago ahora?» Solo sabía una cosa con certeza, que no podía permitir que ninguna de las chicas entrara en la habitación. Ya había suficiente pánico. Si más personas veían lo que había en esa habitación, todo empeoraría. También se sentía segura de que nadie debía estar caminando por… Por ¿qué? Por una escena del crimen. Esa habitación era una escena del crimen. Recordó, estaba segura que de películas o programas de televisión, que la policía desearía que nadie tocara la escena del crimen. Lo único que podía hacer era esperar, y mantener a todo el mundo afuera. Y hasta el momento estaba teniendo éxito. El semicírculo de estudiantes comenzó a desintegrarse, y las chicas comenzaron a formar grupos más pequeños, desapareciendo en habitaciones o formando pequeños grupos en el pasillo para hablar de lo sucedido. Todo el mundo estaba llorando. Estaban apareciendo otros teléfonos celulares, sus dueñas llamando a padres o amigos para contarles lo sucedido. Riley supuso que probablemente no era una buena idea, pero no tenía forma de detenerlas. Al menos se estaban manteniendo alejadas de la puerta. Y ahora ella estaba empezando a sentirse aterrorizada. Imágenes de su infancia inundaron su mente… Riley y mamá estaban en una tienda de dulces, ¡y mamá estaba mimando mucho a Riley! Estaba comprándole muchos dulces. Las dos estaban riendo hasta que… Un hombre se acercó a ellas. Tenía un rostro extraño, chato y sin rasgos distintivos, como algo salido de una de las pesadillas de Riley. Le tomó a Riley un segundo darse cuenta de que llevaba una media de nailon sobre su cabeza, las mismas que mamá llevaba en sus piernas. Y él tenía una pistola. Empezó a gritarle a mamá: —¡Tu cartera! ¡Dame tu cartera! Su voz sonaba tan asustada como Riley se sentía. Riley miró a mamá, esperando que ella hiciera lo que el hombre había dicho. Pero mamá se había puesto pálida y estaba temblando toda. No parecía entender lo que estaba pasando. —¡Dame tu cartera! —volvió a gritar el hombre. Mamá se quedó allí parada, aferrada a su cartera. Riley quería decirle a mamá: —Haz lo que dijo el hombre, mami. Dale tu cartera. Pero, por alguna razón, ninguna palabra salió de su boca. Mami se tambaleó un poco, como si quisiera correr pero no podía hacer que sus piernas se movieran. Luego hubo un destello y un terrible ruido fuerte… … y mamá cayó al piso. Su pecho estaba chorreando algo de color rojo oscuro, y el color empapó su blusa y se extendió en un charco en el piso… Riley fue regresada al presente por el sonido de sirenas que se acercaban. Los policías locales estaban llegando. Le alivió que las autoridades ya habían llegado para tomar las riendas y hacer lo que fuera necesario. Ella vio que los chicos que vivían en el segundo piso estaban bajando y preguntándoles a las chicas lo que estaba pasando. Algunos llevaban camisa y jeans, pero otros estaban de pijamas y batas. Harry Rampling, el jugador de fútbol americano que se le había acercado a Riley en el bar, se dirigió hacia donde ella estaba parada en la puerta cerrada. Se abrió paso entre las chicas que aún estaba aglomeradas allí y se le quedó mirando por un momento. —¿Qué crees que estás haciendo? —espetó. Riley se quedó callada. No tenía sentido tratar de explicar, no con la policía a punto de aparecer en cualquier momento. Harry sonrió un poco y dio un paso amenazante hacia Riley. Obviamente había sido informado de que había una chica muerta adentro. —Quítate de en medio —dijo—. Quiero ver. Riley se quedó parada allí como una estatua. —No puedes entrar —dijo. Harry dijo: —¿Por qué no, niña? Riley le lanzó una mirada mortal, pero se preguntó: «¿Qué demonios estoy haciendo?» ¿Realmente creía que podría impedir que un atleta masculino entrara si eso es lo que quería? Por extraño que parezca, tenía la sensación de que probablemente sí podría. Ciertamente daría la batalla si llegara a eso. Afortunadamente, oyó el ruido de pasos, y luego la voz de un hombre gritando: —Dispérsense. Déjennos pasar. Todos los estudiantes se dispersaron. Alguien dijo: —Por ahí. Los tres policías uniformados se dirigieron hacia Riley. Los reconoció a todos. Eran caras conocidas aquí en Lanton. Dos de ellos eran hombres, los oficiales Steele y White. La otra era mujer, la oficial Frisbie. Un par de policías del campus también los estaban acompañando. Steele tenía sobrepeso y una cara rojiza que hacía a Riley sospechar que bebía demasiado. White era un tipo alto que caminaba con un aire gacho y cuya boca siempre parecía estar abierta. A Riley no le parecía muy brillante. La oficial Frisbie era una mujer alta y robusta que siempre le había parecido a Riley amigable y bondadosa. —Recibimos una llamada —dijo el oficial Steele—. ¿Qué demonios está pasando aquí? Riley se apartó de la puerta y la señaló. —Es Rhea Thorson —dijo Riley—. Ella está… Riley descubrió que no pudo terminar la frase. Todavía le estaba costando creer que Rhea estaba muerta, así que solo se hizo a un lado. El oficial Steele abrió la puerta y entró a la habitación. Luego se oyó un fuerte jadeo mientras exclamó: —¡Dios mío! Los oficiales de policía Frisbie y White entraron a toda prisa. Luego reapareció Steele y les dijo a los espectadores: —Necesito saber lo que pasó. Ahora mismo. Hubo un murmullo general de confusión alarmada. Luego Steele espetó una serie de preguntas. —¿Qué sabes sobre esto? ¿Esta chica estuvo en su habitación toda la noche? ¿Quién más estuvo aquí? Más confusión siguió, algunas de las chicas diciendo que Rhea no había salido del dormitorio, otras diciendo que había ido a la biblioteca, otras que había tenido una cita, y por supuesto, otras que había salido a tomar. Nadie había visto a nadie extraño aquí. No hasta que escucharon los gritos de Heather. Riley respiró para prepararse para gritar lo que sabía. Pero antes de que pudiera hablar, Harry Rampling señaló a Riley y dijo: —Esta chica ha estado actuando raro. Estaba parada allí cuando llegué. Como si tal vez acababa de salir de la habitación. Steele dio un paso hacia Riley y gruñó: —¿Ah sí? Tienes mucho que explicar. Empieza a hablar. Parecía estar alcanzando sus esposas. Por primera vez, Riley comenzó a sentir pánico. «¿Este tipo va a arrestarme?», se preguntó. No tenía idea de lo que podría pasar si lo hacía. Pero la mujer policía le dijo bruscamente al oficial Steele: —Déjala, Nat. ¿No entiendes lo que estaba haciendo? Ella estaba custodiando la habitación, asegurándose de que nadie más entrara. Gracias a ella la escena del crimen no se contaminó. El oficial de policía Steele retrocedió, viéndose resentido. La mujer les gritó a los espectadores: —Quiero que todos se queden exactamente dónde están. Que nadie se mueva. Y no hablen. El grupo asintió con la cabeza. Luego la mujer agarró a Riley por el brazo y empezó a alejarla de los demás. —Ven conmigo —le susurró bruscamente a Riley—. Tú y yo vamos a hablar. Riley tragó con ansiedad mientras la oficial Frisbie se la llevó. «¿Estoy en problemas?», se preguntó. CAPÍTULO TRES La oficial Frisbie mantuvo agarrado el brazo de Riley durante todo el camino por el pasillo. Pasaron por un par de puertas dobles y terminaron en las escaleras. La mujer finalmente la soltó. Riley se frotó el brazo porque le dolía un poco. La oficial Frisbie dijo: —Lamento haber sido ruda. Estamos apurados. Primero que todo, ¿cuál es tu nombre? —Riley Sweeney. —Te he visto por el pueblo. ¿En qué año estás? —En mi último año. La expresión severa de la mujer se suavizó un poco. —Bueno, primero que todo, quiero disculparme por la forma en la que el oficial Steele te habló hace un momento. Pobrecito, no puede evitarlo. Es solo que es… ¿Cuál es la palabra que usaría mi hija? Ah, sí. Un cretino. Riley estaba demasiado asustada como para reírse. De todos modos, la oficial Frisbie no estaba sonriendo. Ella continuó: —Me enorgullece tener unos instintos infalible, mejores que los de los tipos con los que tengo que trabajar. Y en este momento mis instintos me dicen que tú eres la única que podría decirme exactamente lo que necesito saber. Riley sintió otra oleada de pánico mientras la mujer seria sacó una libreta y se dispuso a escribir. Ella dijo: —Oficial Frisbie, realmente no tengo ni la menor idea… La mujer la interrumpió. —Te sorprenderías. Solo habla, cuéntame cómo estuvo tu noche. Riley estaba desconcertada. «¿Cómo estuvo mi noche?», pensó. ¿Eso qué tenía que ver con lo que había pasado? —Desde el principio —dijo Frisbie. Riley respondió lentamente: —Bueno, yo estaba sentada en mi habitación tratando de estudiar, porque tengo una clase mañana, pero mi compañera de cuarto, Trudy, y mi amiga Rhea… Riley se quedó muda de repente. Mi amiga Rhea. Recordó haber estado sentada en su cama mientras Trudy y Rhea habían estado arreglándose las uñas y escuchando la música de Gloria Estefan a todo volumen y causando molestias, tratando de hacer que Riley saliera con ellas. Rhea había estado tan animada, riéndose de forma traviesa. Más nunca. Más nunca volvería a escuchar la risa de Rhea ni tampoco vería su sonrisa. Por primera vez desde que esta cosa horrible había sucedido, Riley se sentía a punto de llorar. Ella se apoyó en la pared. «Ahora no», se dijo con severidad. Se enderezó, respiró profundo y continuó. —Trudy y Rhea me convencieron a ir a La Guarida del Centauro. La oficial Frisbie le asintió con la cabeza y dijo: —¿A qué hora fue eso? —Como a las nueve y media, creo. —¿Y solo salieron ustedes tres? —No —dijo Riley—. Trudy y Rhea animaron a otras chicas para que nos acompañaran. Éramos seis. La oficial de policía Frisbie estaba tomando notas rápidamente ahora. —Dime sus nombres —dijo. Riley no tuvo que detenerse para pensar. —Trudy Lanier, Rhea, por supuesto, Cassie DeBord, Gina Formaro, Heather Glover, la compañera de cuarto de Rhea, y yo. Se quedó en silencio por un momento. «Tiene que haber algo más», pensó. Seguramente podía recordar algo más que contarle a la policía. Pero su cerebro parecía estar atrapado en su grupo inmediato, y en la imagen de su amiga muerta en esa habitación. Riley estaba a punto de explicar que no había pasado mucho tiempo con las demás en La Guarida del Centauro. Pero antes de que pudiera decir algo más, la oficial Frisbie se guardó el lápiz y la librera en su bolsillo bruscamente. —Bien hecho —le dijo, sonando muy profesional—. Esto era exactamente lo que necesitaba saber. Ven. Mientras la oficial Frisbie la llevaba de regreso al pasillo, Riley se preguntó: «‘¿Bien hecho?’ ¿Qué fue lo que hice?» La situación no había cambiado. Todavía había una aglomeración de estudiantes aturdidos y horrorizados deambulando, mientras que el agente White los miraba. Pero había dos recién llegados. Uno de ellos era el decano Angus Trusler, un hombre meticuloso que se agitaba con facilidad que estaba mezclándose entre los estudiantes, logrando que algunos de ellos le dijeran lo que estaba pasando a pesar de las órdenes de no hablar. El otro recién llegado era un hombre mayor alto y de aspecto vigoroso que llevaba un uniforme. Riley le reconoció enseguida. Era el jefe de policía de Lanton, Allan Hintz. Riley se dio cuenta de que la oficial de policía Frisbie no parecía sorprendida de verlo, pero tampoco se veía nada contenta. Con sus brazos en jarras, le dijo a Frisbie: —¿Podrías decirnos por qué nos tienes aquí esperando, Frisbie? La oficial Frisbie lo miró con desprecio. Era obvio para Riley que no se llevaban muy bien. —Me alegra ver que te levantaste de la cama —dijo la oficial de policía Frisbie. El jefe Hintz frunció el ceño. Haciendo todo lo posible para verse lo más autoritario posible, el decano Trusler dio un paso adelante y le dijo a Hintz bruscamente: —Allan, no me gusta la forma en que están manejando esto. Estos pobres chicos ya están bastante aterrorizados, así que no necesitan ser mandados. ¿Qué es eso que les dijeron que se quedaran quietos y callados sin ninguna explicación? Algunos quieren volver a sus habitaciones para tratar de dormir un poco. Algunos quieren irse de Lanton y volver a casa con sus familias por un tiempo, ¿y quién puede culparlos? Algunos hasta se preguntan si tienen que contratar abogados. Es hora de que les digan lo que quieren de ellos. Seguramente ninguno de nuestros estudiantes es sospechoso. Mientras el decano seguía hablando, Riley se preguntó cómo podía estar tan seguro de que el asesino no estaba aquí mismo entre ellos. Le parecía difícil imaginar a ninguna de las chicas cometiendo un crimen tan horrible. Pero ¿y qué de los chicos? ¿Qué tal un gran atleta como Harry Rampling? Ni él ni ninguno de los otros chicos se veía como si acababan de degollar a alguien. Pero tal vez después de una ducha y un cambio de ropa… «Cálmate —se dijo Riley a sí misma—. No te dejes llevar por tu imaginación. Pero si no fue un estudiante, entonces ¿quién pudo haber estado en la habitación de Rhea?» Luchó de nuevo para recordar si había visto a alguien con Rhea en La Guarida del Centauro. ¿Rhea había bailado con un chico? ¿Se había tomado una copa con alguien? Pero Riley no recordó más nada. De todos modos, preguntas como esa no parecían importar. El jefe Hintz no estaba escuchando nada de lo que el decano Trusler estaba diciendo. La oficial Frisbie le estaba susurrando y mostrándole las notas que había tomado de su charla con Riley. Cuando terminó, Hintz le dijo al grupo: —Bueno, escuchen. Quiero que cinco de ustedes vayan a la sala común. Recitó los nombres que Riley le había dado a la oficial Frisbie, incluyendo el suyo. Luego dijo: —Los demás pueden irse a sus habitaciones. Chicos, eso significa que tienen que volver a su piso. Todos quédense quietos esta noche. No salgan del edificio hasta que se les notifique que pueden hacerlo. Y ni se les ocurra irse del campus. Lo más probable es que tengamos preguntas para muchos de ustedes. —Se volvió hacia el decano y le dijo—: Asegúrate de que todos los estudiantes del edificio reciban el mismo mensaje. El decano estaba boquiabierto, pero se las arregló para asentir. La sala se llenó de murmullos de descontento mientras las chicas obedientemente se fueron a sus habitaciones y los chicos subieron al piso de arriba. El jefe Hintz y los oficiales Frisbie y White llevaron a Riley y sus cuatro amigas al final del pasillo. En el camino, Riley no pudo evitar mirar la habitación de Rhea. Vislumbró al oficial Steele examinando todo. No podía ver la cama donde había encontrado a Rhea, pero estaba segura de que su cuerpo todavía estaba allí. Eso no le parecía bien. «¿En cuánto tiempo se la llevarán?», se preguntó. Esperaba que al menos ya estuviera tapada, para así ocultar su garganta degollada y ojos bien abiertos. Pero supuso que los investigadores tenían cosas más importantes por hacer. Y tal vez todos estaban acostumbrados a ver ese tipo de cosas. Estaba segura de que nunca olvidaría la imagen de Rhea muerta y del charco de sangre en el piso. Riley y las demás entraron a la sala común bien amueblada y se sentaron en varias sillas y sofás. El jefe Hintz dijo: —La oficial Frisbie y yo hablaremos con cada una de ustedes individualmente. Mientras lo hacemos, no quiero que ninguna de ustedes hable entre sí. Ni una sola palabra. ¿Me entienden? Sin siquiera mirarse, las chicas asintieron con nerviosismo. —Y por ahora, ni siquiera usen sus teléfonos —agregó Hintz. Todas volvieron a asentir, luego se quedaron allí mirando sus manos, el piso, o al espacio. Hintz y Frisbie llevaron a Heather a la cocina contigua, mientras que el oficial de policía White se quedó vigilando a Riley, Trudy, Cassie y Gina. Después de unos momentos, Trudy rompió el silencio. —Riley, ¿qué demonios…? White interrumpió: —Silencio. Esas son las órdenes del jefe. Cayó un silencio, pero Riley vio que Trudy, Cassie y Gina la estaban mirando. Ella apartó la mirada. «Creen que es mi culpa que están aquí», se dio cuenta. Entonces pensó que tal vez era cierto, que tal vez no debería haber mencionado sus nombres. Pero ¿qué se suponía que hiciera, mentirle a un oficial de policía? Sin embargo, Riley odiaba lo desconfiadas que se veían sus amigas. Y no podía culparlas por sentirse así. «¿En qué lío estamos metidas? —se preguntó—. Solo por haber salido juntas…» Estaba especialmente preocupada por Heather, quien todavía estaba en la cocina respondiendo preguntas. La pobre muchacha había sido muy cercana a su compañera de cuarto, Rhea. Obviamente esto era una pesadilla para todo el mundo, pero Riley no podía imaginar lo difícil que debía ser para Heather. Pronto escucharon la voz del decano tartamudeando inquietamente por los altavoces del dormitorio. —Habla el decano Trusler. E-estoy seguro de que todos ustedes ya saben que algo terrible acaba de pasar en el piso de las chicas. Tienen órdenes del jefe de policía Hintz de permanecer en sus habitaciones esta noche y no salir del dormitorio. Un oficial de policía o un funcionario del campus quizá pase por sus habitaciones para hablar con ustedes. Asegúrense de contestar todas las preguntas. Por ahora, tampoco hagan planes de salir del campus mañana. Todos recibirán más instrucciones pronto. Riley recordó algo más que el jefe había dicho: —Lo más probable es que tengamos preguntas para muchos de ustedes. Estaba empezando con Riley y las otras cuatro chicas en este momento. Todo estaba empezando a tener sentido para ella. Después de todo, ellas habían estado con Rhea poco antes de su muerte. Pero ¿qué creía Hintz que las chicas podrían saber? «¿Qué cree que podría saber yo?», se preguntó. A Riley no se le ocurría nada. Heather por fin salió de la cocina, acompañada por la oficial Frisbie. Ella estaba pálida y se veía enferma, como si estuviera a punto de volver a vomitar. Riley se preguntó dónde Heather pasaría la noche. Obviamente no podía volver a la habitación que había compartido con Rhea. Como si estuviera oyendo los pensamientos de Riley, la oficial de policía Frisbie dijo: —Heather pasará el resto de la noche en la habitación de la AR. Heather salió de la sala común, todo su cuerpo temblando. A Riley le alegró ver que la asistente de residencia se encontró con ella en la puerta. La oficial de policía Frisbie llamó a Gina a la cocina, donde Hintz todavía estaba esperando. Gina se levantó y siguió a la mujer por la puerta giratoria, dejando a Riley, Trudy y Cassie sentadas en medio de un silencio incómodo. Parecía que el tiempo se había ralentizado mientras esperaban. Gina finalmente salió. Sin decir ni una palabra más a las otras, caminó por la sala común y salió por la otra puerta. Luego la oficial de policía Frisbie llamó a Cassie, quien se fue a la cocina. Ahora solo quedaban Riley y Trudy, sentadas una en frente de la otra. Mientras esperaban, Trudy miró a Riley con enojo y reproche. Riley deseaba poder explicarle lo que había dicho durante su breve conversación con la oficial de policía Frisbie. Lo único que había hecho era responder una pregunta. No había acusado a nadie de haber hecho algo malo. Pero el oficial White seguía vigilándolas, y Riley no podía decir ni una sola palabra. Cassie finalmente salió de la cocina y regresó a su habitación y Trudy fue la siguiente en ser llamada a la cocina. Riley quedó sola con el agente White, sintiéndose aislada y asustada. Sin nada que la distrajera, seguía viendo el cuerpo de Rhea en su mente, sus ojos bien abiertos y el charco de sangre. Ahora esas imágenes se estaban mezclando con los recuerdos de su propia madre muerta en el piso. Eso había sucedido hace mucho tiempo, pero la imagen era muy vívida en su mente. ¿Cómo podría estar pasando algo así en un dormitorio universitario? «Esto no puede ser real», pensó. No podía estar sentada aquí preparándose para responder preguntas. No podía ser cierto que una de sus mejores amigas acababa de ser asesinada. Casi se había convencido de la irrealidad del momento cuando la oficial de policía Frisbie apareció junto con Trudy. Con una expresión taciturna, Trudy salió de la sala común, sin ni siquiera mirar a Riley. La oficial de policía le asintió con la cabeza a Riley, quien se levantó y la siguió obedientemente a la cocina. «Esto no puede estar pasando», se repitió a sí misma. CAPÍTULO CUATRO Riley se sentó en la mesa de la cocina frente al jefe Hintz. El jefe se limitó a mirarla por un momento, sosteniendo su lápiz sobre una libreta. Riley se preguntó si debía decir algo. Levantó la mirada y vio que la oficial Frisbie se había puesto a un lado y que estaba apoyada en un mostrador. La mujer tenía una expresión bastante amarga en su cara, como si no estuviera muy contenta con las entrevistas. Riley se preguntó si Frisbie estaba molesta por las respuestas de las chicas o por la forma en que su jefe había estado haciendo las preguntas. El jefe dijo finalmente: —Primero que todo, ¿la víctima alguna vez te dio una razón para creer que temía por su seguridad? La palabra «víctima» alarmó a Riley. ¿Por qué no podía decir su nombre y ya? Pero tenía que responder a su pregunta. Su mente repasó conversaciones recientes, pero solo recordó intercambios inocentes como el que Trudy, Rhea y ella habían tenido esta noche respecto a si Riley estaba tomando la píldora. —No —dijo Riley. —¿Alguien le deseaba lo peor? ¿Alguien se había enojado con ella recientemente? La idea le pareció extraña a Riley. Rhea había sido tan agradable y amable que Riley no podía imaginar a nadie molesto con ella por más de unos minutos. Pero se preguntó si quizá se había perdido de algo. ¿Las otras chicas le habían dicho a Hintz algo que Riley no sabía? —No —dijo Riley—. Por lo que recuerdo, se llevaba muy bien con todo el mundo. Hintz se detuvo por un momento y luego dijo: —Dinos todo lo que pasó luego de que tú y tus amigas llegaron a La Guarida del Centauro. Riley fue inundada por una ráfaga de sensaciones, Rhea y Trudy empujándola físicamente por la puerta a la niebla de humo de cigarrillo y música ensordecedora… ¿Necesitaba explicar todo eso? No, Hintz solo quería oír hechos concretos. Ella dijo: —Cassie, Heather y Gina se fueron directamente a la barra. Trudy quería que bailara con ella y Rhea. Hintz estaba revisando las notas que había tomado de las otras chicas, quienes obviamente le habían dicho lo que sabían que Riley había hecho, incluyendo el hecho de que Riley las había dejado arriba solas. —Pero no bailaste con ellas —dijo. —No —dijo Riley. —¿Por qué no? Eso sobresaltó a Riley. ¿Por qué su renuencia a bailar podría resultar importante? Entonces vio a la oficial de policía Frisbie dándole una mirada compasiva y negando con la cabeza. Parecía evidente ahora que la mujer creía que Hintz estaba comportándose como un imbécil, pero en realidad no había nada que pudiera hacer al respecto. Riley dijo lentamente y con cuidado: —Es que… Bueno, no tenía muchas ganas. Había estado tratando de estudiar, y Rhea y Trudy prácticamente me arrastraron allí. Así que compré una copa de vino y bajé a planta baja. —¿Sola? —preguntó Hintz. —Sí, sola. Me senté en una mesa sola. Hintz hojeó sus notas. —¿Así que no hablaste con más nadie mientras estuviste en La Guarida del Centauro? Riley pensó por un momento y luego dijo: —Bueno, Harry Rampling se acercó a mi mesa… Hintz sonrió un poco ante la mención del nombre de Harry. Riley se dio cuenta de que, al igual que casi toda la comunidad, el jefe probablemente lo tenía en muy buena estima. Él preguntó: —¿Se sentó contigo? —No —dijo Riley—. Lo ignoré. Hintz frunció el ceño con desaprobación, aparentemente molesto porque Riley había rechazado a un verdadero héroe. Riley estaba empezando a impacientarse. Su gusto en hombres no era de su incumbencia. ¿Qué tenía eso que ver con lo que le había pasado a Rhea? Hintz preguntó: —¿Hablaste con alguien más? Riley tragó grueso. Sí, ella había hablado con alguien más. Pero ¿metería al chico en problemas por mencionarlo? Ella dijo: —Eh… Un estudiante de derecho se acercó a mi mesa. Se sentó conmigo y hablamos por un rato. —¿Y luego? —preguntó Hintz. Riley se encogió de hombros y dijo: —Dijo que tenía que estudiar y luego se fue. Hintz estaba tomando notas. —¿Cuál era su nombre? —preguntó. Riley dijo: —Mira, no entiendo por qué él es importante. No era más que otro tipo en La Guardia del Centauro. No hay ninguna razón para que puedan creer que… —Solo responde mi pregunta. Riley tragó grueso y dijo: —Ryan Paige. —¿Lo conoces de antes? —No. —¿Sabes dónde vive? —No. A Riley le alegró por un momento que Ryan había logrado mantenerse tan misterioso, sin siquiera darle su dirección o número de teléfono. No vio ninguna razón por la que debía responder preguntas sobre él en absoluto, y de seguro no quería meterlo en problemas. Parecía casi un poco estúpido que Hintz estaba presionándola al respecto. Y Riley supo por la forma en la que la oficial Frisbie puso los ojos en blanco que ella pensaba lo mismo. Hintz golpeó la mesa con la goma de borrar de su lápiz y preguntó: —¿Viste a Rhea Thorson con alguien en particular en La Guarida del Centauro? ¿Aparte de las amigas con las que salieron? Riley estaba empezando a sentirse más frustrada que nerviosa. ¿Hintz no entendía nada de lo que había estado diciendo? —No —dijo ella—. Como dije, yo me fui por mi cuenta… No vi a Rhea después de eso. Hintz siguió dando golpecitos con su borrador, mirando sus notas. Él preguntó: —¿El nombre Rory Burdon significa algo para ti? Riley se puso a pensar. Rory… Sí, el nombre era familiar. Ella dijo: —Creo que Rhea estaba interesada en él. La vi bailar con él otras veces en La Guarida del Centauro. —¿Pero no esta noche? Riley luchó contra las ganas de suspirar. Ella quería decir: —¿Cuántas veces tengo que decirte que no volví a ver a Rhea después de que llegué? En su lugar, ella simplemente dijo: —No. Ella supuso que Rory también estuvo con las chicas esta noche, y que las otras chicas le habían dicho a Hintz que habían visto a Rhea con él. —¿Qué sabes de él? —preguntó Hintz. Riley se detuvo. Lo poco que sabían parecía demasiado insignificante para mencionar. Rory era un chico flaco y alto con anteojos gruesos, y todas las chicas excepto Riley se habían burlado de Rhea por estar interesada en él. Ella dijo: —No mucho, excepto que vive fuera de la escuela. Se dio cuenta de que Hintz estaba mirándola de nuevo, como si él esperaba que dijera algo más. «¿Hintz lo considera un sospechoso?», se preguntó. Riley estaba segura de que el jefe estaba muy equivocado si sospechaba de Rory. El chico le había parecido tímido y gentil, ni un poco agresivo. Estaba a punto de decírselo a Hintz, pero el jefe de policía le echó un vistazo a los papeles que tenía enfrente y siguió con sus preguntas. —¿A qué hora te fuiste de La Guarida del Centauro? —preguntó. Riley hizo la mejor suposición que pudo sobre la hora, había sido bastante tarde. Entonces Hintz dijo: —¿Viste a alguna de tus amigas antes de irte? Riley recordó a las chicas tambaleándose por las escaleras, y que Trudy había estado llevando la jarra de cerveza cuando le preguntó: —¡Oye, Riley! ¿Quién era el guapo con el que andabas? Riley dijo: —Trudy, Heather, Gina y Cassie bajaron las escaleras. Me dijeron que Rhea ya se había ido. Luego me fui. Mientras Hintz tomaba notas, la cabeza de Riley comenzó a llenarse de preguntas propias. Recordó haber preguntado dónde estaba Rhea, y Trudy había dicho: —No sé. ¿Dónde está Rhea? ... y luego Heather había respondido: —Rhea regresó al dormitorio. Riley se preguntó qué sabían las otras chicas de la partida de Rhea. ¿Sabían si ella se había ido sola o no? ¿Y qué le habían dicho a Hintz al respecto? Riley deseaba poder preguntarlo, pero sabía que esa no era una opción. —¿Te fuiste sola? —preguntó Hintz. —Sí —dijo Riley. —¿Y caminaste sola de regreso al dormitorio? —Sí. El ceño fruncido de Hintz se profundizó mientras la miraba. —¿Estás segura de que eso fue prudente? La escuela ofrece un servicio de acompañamiento para cruzar el campus de noche. ¿Por qué no lo solicitaste? Riley tragó grueso. Esa le pareció la primera buena pregunta que Hintz había hecho hasta ahora. Ella dijo: —Creo que siempre me sentí segura caminando por el campus de noche. Pero ahora… Su voz se quebró. «Ahora las cosas cambiaron», pensó. Hintz volvió a fruncir el ceño. —Bueno, espero que emplees el sentido común en el futuro. Especialmente cuando bebas mucho. Los ojos de Riley se abrieron de par en par y le respondió al jefe: —Solo me tomé una copa de vino. Hintz entrecerró los ojos. Supo por su expresión que creía que estaba mintiendo. Las otras chicas debieron haber admitido que bebieron mucho, y él asumía que Riley también lo había hecho. Le molestaba su actitud, pero se dijo rápidamente a sí misma que lo que Hintz pensaba de ella no importaba en este momento. Sería estúpido y mezquino de su parte enojarse por eso. Hintz siguió anotando y dijo: —Eso es todo por ahora. Debes obedecer las mismas reglas que todos los demás en el dormitorio. Quédate en tu habitación esta noche. Ni se te ocurra salir del campus hasta que se te notifique que puedes. Quizá necesitemos hacerte más preguntas. Riley estaba extrañamente sobresaltada. «¿Eso es todo?», se preguntó. ¿La entrevista se había acabado? Ella todavía tenía preguntas, incluso si Hintz no. Había tenido una pregunta en mente desde que había descubierto el cuerpo de Rhea. Recordó entrar en la habitación poco iluminada de Rhea y ver su garganta degollada y sus ojos bien abiertos, pero no se había detenido a mirar su cuerpo bien. En una voz entrecortada, le dijo a Hintz: —¿Podrías decirme…? ¿Sabes si…? De repente se dio cuenta de lo difícil que sería hacer la pregunta. Pero finalmente logró decir: —Antes de morir… Antes de su asesinato… ¿Rhea fue…? No podía decir la palabra violada. Por la expresión vacía de Hintz, Riley supo que no había entendido lo que ella estaba tratando de preguntar. Afortunadamente, la oficial de policía Frisbie sí entendió. Ella dijo: —No lo sé con certeza, el médico forense viene en camino. Pero no creo que fue agredida sexualmente. Su ropa estaba intacta. Respirando más tranquila, Riley miró a Frisbie con agradecimiento. La mujer asintió levemente, y Riley salió de la cocina. Mientras Riley salió de la sala común, se encontró preguntándose una vez más qué le habían dicho las otras chicas a Hintz, como si Rhea había salido del bar sola o no. ¿Sabían algo de lo que le había sucedido a Rhea que Riley no sabía? Después de todo, habían estado con ella hasta que decidió irse. Mientras Riley caminaba por el pasillo, vio a un par de policías del campus parados al lado de la puerta de la habitación de Rhea, la cual estaba acordonada con cinta policial. Se estremeció al pensar que el cuerpo de Rhea aún estaba allí, esperando la llegada del médico forense. A Riley le costó imaginar a otra persona volviendo a dormir en esa habitación, pero obviamente no estaría vacante para siempre. Riley abrió la puerta de su habitación, que estaba a oscuras excepto por alguna luz que entraba del pasillo. Vio a Trudy darse la vuelta en su cama para mirar a la pared. «Todavía está despierta», pensó Riley. Tal vez ahora podían hablar, y Riley podría obtener algunas respuestas a sus preguntas. Riley cerró la puerta, se sentó en su cama y dijo: —Trudy, me preguntaba si tal vez podríamos hablar de nuestras entrevistas. Aun mirando a la pared, Trudy respondió: —No podemos hablar de eso. A Riley le sorprendió el tono agudo y helado de la voz de Trudy. —Trudy, no creo que eso sea cierto, al menos ya no. Hintz no me dijo nada parecido. —Solo vete a dormir —dijo Trudy. Las palabras de Trudy fueron como una cachetada para Riley. Y, de repente y por primera vez, Riley sintió lágrimas en sus ojos y un sollozo en su garganta. Era terrible que Rhea había sido brutalmente asesinada. Y ahora su mejor amiga estaba enfadada con ella. Riley se metió bajo las sábanas. Lágrimas corrieron por sus mejillas cuando comenzó a entender algo… Su vida había cambiado para siempre. No podía siquiera imaginarse cuánto. CAPÍTULO CINCO A la mañana siguiente, Riley se encontraba sentada en el auditorio de la universidad junto con otros estudiantes. Aunque todos estaban deprimidos, tenía que preguntarse si alguien más se sentía tan miserable como ella. Creía que algunos se veían más molestos que tristes. Pocos parecían nerviosos, como si estuvieran asustados por cada movimiento a su alrededor. «¿Cómo superaremos esto?», se preguntó. Pero obviamente no todos habían sido cercanos a Rhea. No todos la habían conocido. Seguramente estarían horrorizados ante la idea de un asesinato en el campus, pero no sería personal para muchos de ellos. Era personal para Riley. No podía quitarse de encima el horror que había sentido al ver a Rhea… Ni siquiera se atrevía a pensar en las palabras. Aún no podía pensar en su amiga como cadáver, a pesar de lo que había visto la noche anterior. La reunión estudiantil de hoy parecía estar totalmente desconectada con lo sucedido. También parecía estar tomando demasiado tiempo, haciéndola sentir aún peor. El jefe Hintz acababa de dar una conferencia sobre la seguridad en el campus, prometiendo que el asesino sería detenido pronto, y ahora el decano Trusler estaba hablando a más no poder sobre cómo hacer que las cosas volvieran a la normalidad en la Universidad de Lanton. «Buena suerte con eso», pensó Riley. Trusler había dicho que las clases se reanudarían el lunes. También que entendía si algunos estudiantes podrían no sentirse listos para volver a clases tan pronto, y que algunos de ellos querrían volver casa para estar con sus familias durante unos días, y que los consejeros de la escuela estaban listos para ayudar a todos con este terrible trauma y… y… y… Riley se desconectó y contuvo un bostezo mientras el decano seguía hablando, no diciendo nada útil. Apenas había dormido en toda la noche. Estuvo a punto de quedarse dormida antes de que el equipo del médico forense llegara, volviéndola a despertar. Luego se había parado en la puerta, viendo horrorizada al equipo llevarse el cuerpo tapado con una sábana en una camilla. «Esa no puede ser la misma chica que estaba riendo y bailando hace unas horas —pensó Riley—. Esa no puede ser Rhea.» Riley no se había podido quedar dormida después de eso. No pudo evitar envidiar a Trudy, quien pareció dormir profundamente toda la noche. Riley supuso que eso probablemente había sido por todo el alcohol que había tomado esa noche. Esta mañana, la asistente de residencia del dormitorio había anunciado esta reunión por el intercomunicador. Trudy todavía había estado acostada cuando Riley se fue. Cuando Riley llegó a la asamblea, no había visto a Trudy en el auditorio. Riley miró a su alrededor, pero no la vio. Tal vez todavía estaba dormida. «No se está perdiendo de mucho», pensó Riley. Tampoco vio a la compañera de cuarto de Rhea, Heather. Pero Gina y Cassie estaban sentadas unas filas delante de ella. Habían ignorado a Riley al entrar, al parecer todavía enojadas con ella por haberles dado sus nombres a la policía. Riley había entendido anoche por qué podrían sentirse así, pero ahora estaba empezando a parecer infantil. También era extremadamente hiriente. Se preguntó si alguna vez podrían enmendar sus amistades. En este momento, la “normalidad” de la que estaba hablando el decano parecía haber desaparecido para siempre. La reunión finalmente llegó a su fin. Los reporteros estaban esperando a los estudiantes afuera del edificio. De inmediato cayeron sobre Gina y Cassie, haciéndoles todo tipo de preguntas. Riley supuso que habían averiguado quiénes habían sido las compañeras de Rhea antes de ser asesinada. De ser así, probablemente también sabían de Riley. Pero hasta ahora no la habían visto. Tal vez fue cuestión de suerte que Gina y Cassie habían ignorado a Riley esta mañana. De lo contrario, estaría allí con ellas, obligada a responder preguntas imposibles. Riley apretó el paso para evitar a los reporteros, haciendo su camino entre los otros estudiantes. Mientras caminaba, escuchó a los reporteros haciéndoles la misma pregunta a Gina y Cassie… —¿Cómo te sientes? Riley sintió un cosquilleo de ira. «¿Qué pregunta es esa?», se preguntó. ¿Qué esperaban que Gina y Cassie dijeran en respuesta? Riley no tenía ni la menor idea de lo que ella respondería, excepto tal vez que la dejaran en paz. Estaba inundada de confusión, incredulidad, horror y muchas otras cosas terribles. El peor sentimiento de todos fue un alivio de que a ella no le había llegado a la hora aún, y eso la hacía sentirse culpable. ¿Cómo podría ella o sus amigas expresar tal cosa en palabras? Y eso no era problema de nadie. Riley se dirigió a la cafetería en el centro de estudiantes. No había desayunado aún, y estaba empezando a darse cuenta de que tenía hambre. Se sirvió tocino, huevos, un poco de jugo de naranja y café en el buffet. Luego buscó un lugar para sentarse. Sus ojos se posaron rápidamente en Trudy, quien estaba sentada sola en una mesa, de espaldas a los demás mientras se comía su desayuno. Riley tragó grueso. ¿Se atrevía a tratar de sentarse con Trudy? ¿Trudy siquiera le hablaría? No habían intercambiado ni una sola palabra desde la noche anterior, cuando Trudy le había dicho a Riley que se fuera a dormir con amargura. Riley se armó de valor e hizo su camino a la mesa de Trudy. Sin decir nada, colocó su bandeja sobre la mesa y se sentó junto a su compañera de cuarto. Trudy mantuvo la cabeza agachada durante unos momentos, como si ni siquiera se había dado cuenta de que Riley estaba allí. Finalmente, Trudy dijo: —Decidí saltarme la reunión. ¿Cómo estuvo? —Fue una mierda —dijo Riley—. Yo también debí habérmela saltado. —Ella pensó por un momento y luego añadió—: Tampoco vi a Heather en la reunión. —Sí, yo sé —dijo Trudy—. Me enteré de que sus padres llegaron esta mañana y se la llevaron a casa. Supongo que nadie sabe cuándo volverá a la escuela, o si siquiera volverá. —Trudy finalmente miró a Riley y le dijo—: ¿Te enteraste de lo que le pasó a Rory Burdon? Riley recordó que Hintz le había preguntado por Rory anoche. —No —dijo ella. —Los policías fueron a su apartamento anoche, golpeando su puerta con fuerza. Rory no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Ni siquiera sabía lo que le había pasado a Rhea. Estaba muy asustado, creía que sería arrestado y ni siquiera sabía por qué. Los policías lo interrogaron hasta que finalmente se dieron cuenta de que no era el asesino, y luego se fueron. —Trudy se encogió de hombros y añadió—: Pobrecito. No debí haberle mencionado su nombre al estúpido jefe de policía. Pero no dejaba de hacerme preguntas, y no supe qué más decir. Un silencio cayó entre ellas. Riley se encontró pensando en Ryan Paige y que le había mencionado su nombre a Hintz. ¿Los policías también habían visitado a Ryan anoche? No parecía poco probable, pero Riley esperaba que no. De todos modos, se sentía aliviada de que Trudy al menos estaba dispuesta a hablar con ella. Tal vez ahora Riley le podría dar una explicación. Ella dijo lentamente: —Trudy, cuando los policías, digo, cuando la mujer policía me preguntó qué sabía, no pude mentir. Tuve que decirle que habías salido con Rhea anoche. También tuve que mencionar a Cassie, Gina y Heather. Trudy asintió con la cabeza y dijo: —Lo entiendo, Riley. No tienes que darme explicaciones. Lo entiendo. Y lo siento… Lo siento por haberte tratado… De repente Trudy estaba sollozando, sus lágrimas cayendo en su bandeja. Después de un rato, dijo: —Riley, ¿fui culpable de lo que le pasó a Rhea? Riley no podía creer lo que estaba oyendo. —¿Qué dices, Trudy? Claro que no. ¿Cómo podrías ser la culpable? —Bueno, me comporté como una estúpida borracha anoche, y no presté atención a lo que estaba pasando, y ni siquiera recuerdo cuando Rhea se fue de La Guarida del Centauro. Las otras chicas dijeron que se fue sola. Tal vez si… La voz de Trudy se quebró, pero Riley sabía qué era lo que no estaba diciendo…. —… tal vez si hubiese acompañado a Rhea a casa… Y Riley también sintió una terrible punzada de culpabilidad. Después de todo, ella podría hacerse la misma pregunta. Si no se hubiera ido sola de La Guarida del Centauro, y si hubiera estado cuando Rhea se dispuso a irse, y si se hubiera ofrecido a acompañar a Rhea a casa… La palabra si la estaba atormentando. Trudy seguía llorando, y Riley no sabía qué hacer para que se sintiera mejor. Riley se preguntó por qué no estaba llorando también. Sí, había llorado en su cama anoche. Pero seguramente no había llorado lo suficiente, no lo suficiente para algo tan terrible. Sin duda le quedaba mucho por llorar. Se quedó allí escarbando en su desayuno mientras Trudy se secó los ojos, se sonó la nariz y se calmó un poco. Luego Trudy le dijo: —Riley, lo que me sigo preguntando es ¿por qué? ¿Por qué Rhea? ¿Fue personal? ¿Alguien la odiaba lo suficiente como para matarla? No veo cómo eso es posible. Nadie odiaba a Rhea. ¿Por qué alguien odiaría a Rhea? Riley no respondió, pero se había estado preguntando lo mismo. También se preguntó si la policía ya había averiguado algo. Trudy continuó: —¿Y el que la mató es alguien que conocemos? ¿Y si una de nosotras es la siguiente? Riley, tengo miedo. Riley siguió callada. Sin embargo, estaba segura de que Rhea había conocido a su asesino. No sabía por qué estaba segura de eso, ya que ella no era policía ni sabía nada de criminales. Pero sus instintos le decían que Rhea había conocido y confiado en su asesino, tanto así que ni le dio tiempo de salvarse a sí misma. Trudy miró a Riley fijamente y luego dijo: —Tú no pareces estar asustada. Eso sorprendió a Riley. Por primera vez, cayó en la cuenta: «No, no tengo miedo.» Ella había estado sintiendo casi todas las emociones terribles que existían: culpa, dolor, shock y sí, horror. Pero el horror que sentía era diferente, ya que no temía por su propia vida. El horror que sentía era por la propia Rhea, horror por esa cosa terrible que le había sucedido. Pero Riley no tenía miedo. Se preguntó si era por lo que le había pasado a su madre hace todos esos años, el sonido de ese disparo, toda esa sangre, la pérdida incomprensible que todavía le dolía. ¿Ese terrible trauma que había sufrido la había hecho más fuerte que otras personas? Por alguna razón, esperaba que ese no fuera el caso. No parecía correcto ser así de fuerte, fuerte de unas formas en que otras personas no eran. Simplemente no parecía muy… Le tomó a Riley unos segundos pensar en la palabra adecuada. Humano. Se estremeció un poco, y luego le dijo a Trudy: —Me voy al dormitorio. Necesito dormir. ¿Quieres venir conmigo? Trudy negó con la cabeza. —Solo quiero quedarme aquí un rato —dijo. Riley se levantó de su silla y le dio un abrazo a Trudy. Después vació su bandeja y salió del centro de estudiantes. No fue un largo camino de regreso al dormitorio, y se sintió aliviada de no ver a ningún reportero en el camino. Cuando llegó a la puerta principal del dormitorio, se detuvo por un momento. Ahora entendía por qué Trudy no había querido volver con ella. No estaba preparada para enfrentar el dormitorio. Mientras Riley estaba parada allí en la puerta, ella también se sintió rara. Sí, había pasado la noche allí. Sí, vivía allí. Pero después de haber pasado algún tiempo afuera, donde se había declarado que todo debía volver a la normalidad, ¿estaba lista para volver a entrar en el edificio donde Rhea había sido asesinada? Ella respiró profundo y finalmente entró por la puerta principal. Al principio pensó que se sentía bien. Pero mientras continuó por el pasillo, se sintió más extraña, como si estuviera caminando y moviéndose bajo el agua. Se dirigió directamente a su propia habitación y estuvo a punto de abrir la puerta cuando sus ojos se dirigieron hacia la habitación que Rhea y Heather habían compartido. Se acercó y vio que la puerta estaba cerrada y sellada con cinta policial. Riley se quedó allí, de repente sintiéndose terriblemente curiosa. ¿Cómo se veía en este momento? ¿Había sido limpiada? ¿O la sangre de Rhea seguía allí? Riley sintió una terrible tentación de ignorar esa cinta, abrir la puerta y entrar. Sabía que no debía caer en esa tentación. Y, por supuesto, la puerta estaría cerrada con llave. Pero igual… «¿Por qué me siento así?», pensó. Se quedó allí, tratando de entender este impulso misterioso. Ella comenzó a darse cuenta de que tenía algo que ver con el asesino en sí. No pudo evitar pensar: «Si abro la puerta, seré capaz de entrar en su mente.» Sí, definitivamente no tenía ningún sentido. Y entrar en una mente malvada era una idea realmente aterradora. «¿Por qué?», se preguntó a sí misma. ¿Por qué quería entender al asesino? ¿Por qué sentía esta curiosidad tan poco natural? Por primera vez desde que esto había pasado, Riley sintió mucho miedo… No temía por su vida. Más bien estaba asustada de sí misma. CAPÍTULO SEIS El siguiente lunes por la mañana, Riley se sintió muy incómoda a lo que se sentó en su asiento en la clase de psicología avanzada. Después de todo, era la primera clase a la que asistía desde el asesinato de Rhea hace cuatro días. También era la clase para la que había estado tratando de estudiar antes de que ella y sus amigas se fueran a La Guarida del Centauro. No había mucha gente, ya que muchos estudiantes no se sentían preparados para volver a clase. Trudy también estaba aquí, pero Riley sabía que su compañera de cuarto también se sentía incómoda con esta prisa por volver a la «normalidad». Los otros estudiantes tomaron sus asientos en silencio. Ver al profesor Brant Hayman entrar en el salón tranquilizó a Riley un poco. Era joven y bastante guapo. Recordó a Trudy decirle a Rhea: —A Riley le gusta impresionar al profesor Hayman porque siente algo por él. Riley se estremeció ante el recuerdo. Desde luego no quería pensar que «sentía» algo por él. Era solo que había tenido clases con él desde su primer año en la universidad. Sin embargo, para ese entonces solo había sido un asistente graduado. Desde ese entonces le había parecido un profesor maravilloso: informativo, entusiasta y a veces entretenido. La expresión del Dr. Hayman era seria mientras colocó su maletín sobre el escritorio y miró a los estudiantes. Riley se dio cuenta de que iría directo al grano. Él dijo: —Miren, hay un elefante en el aula. Todos sabemos qué es. Tenemos que calmar las aguas. Tenemos que discutirlo abiertamente. Riley contuvo el aliento. Ella estaba segura de que no le iba a gustar lo que pasaría ahora. Entonces Hayman dijo: —¿Alguien aquí conocía a Rhea Thorson? No solo como conocida, no solo como alguien que a veces te encontrabas en el campus. Me refiero a los que la conocían muy bien. Como amiga. Riley levantó la mano, y lo mismo hizo Trudy. Nadie más en el aula lo hizo. Hayman preguntó: —¿Qué han estado sintiendo desde su asesinato? Riley se estremeció. Después de todo, era la misma pregunta que había oído a esos reporteros hacerles a Cassie y Gina el viernes. Riley había logrado evitar esos reporteros, pero ¿tendría que responder a la pregunta ahora? Recordó que esta era una clase de psicología. Estaban aquí para enfrentar este tipo de preguntas. Y, sin embargo, Riley se preguntó: «¿Por dónde empiezo?» Se sintió aliviada cuando Trudy habló. —Culpable. Pude haber evitado que sucediera. Yo estuve con ella en La Guarida del Centauro antes de lo que pasó. Ni siquiera me di cuenta cuando se fue. Si tan solo la hubiera acompañado a casa… La voz de Trudy se quebró. Riley se armó del valor suficiente para hablar. —Yo me siento igual —dijo—. Yo me fui a sentar sola cuando todas llegamos a La Guarida, y ni le presté atención a Rhea. Tal vez si hubiera… —Riley hizo una pausa, y luego añadió—: Así que también me siento culpable. Y egoísta. Porque quería estar sola. El Dr. Hayman asintió. Con una sonrisa compasiva, dijo: —Así que ninguna de ustedes acompañó a Rhea a casa. —Después de una pausa, añadió—: Un pecado de omisión. La frase sorprendió a Riley un poco. Parecía inadecuada para lo que Riley y Trudy no habían hecho. Sonaba demasiado benigna, no tan grave, apenas una cuestión de vida o muerte. Pero, sí, era cierta. Hayman miró al resto de la clase. —¿Y qué de ustedes? ¿Alguna vez han hecho, o dejado de hacer, lo mismo en una situación similar? ¿Alguna vez, por así decirlo, dejaron a una amiga caminar sola por la noche a algún lugar cuando realmente debieron haberla acompañado a su casa? ¿O tal vez simplemente dejaron de hacer algo que pudo haber sido importante para la seguridad de otra persona? ¿Como no quitarle las llaves a alguien que se tomó unas copas de más? ¿Como ignorar una situación que pudo haber resultado en una lesión o incluso en la muerte? Los estudiantes comenzaron a murmurar, evidentemente confundidos. Riley se dio cuenta de que realmente era una pregunta difícil. Después de todo, si Rhea no hubiera muerto, ni Riley ni Trudy habrían pensado en su «pecado de omisión». Lo habrían olvidado por completo. No era una sorpresa que al menos a algunos de los estudiantes les costó responder la pregunta. Y la verdad era que a Riley tampoco se le ocurrió mucho. ¿Había habido otros momentos en los que había descuidado la seguridad de alguien? ¿Pudo haber sido responsable de la muerte de otros si no hubiera sido por suerte? Después de unos momentos, varios estudiantes levantaron las manos. Luego Hayman dijo: —¿Y qué del resto? ¿Cuántos de ustedes simplemente no recuerdan? Casi todo el resto de los estudiantes levantaron la mano. Hayman asintió y dijo: —Está bien. La mayoría de ustedes también cometieron el mismo error en algún momento. Entonces, ¿cuántas personas aquí se sienten culpables por la forma en que actuaron o por lo que probablemente debieron haber hecho pero no hicieron? Hubo murmullos más confusos e incluso algunos jadeos. —¿Qué?— preguntó Hayman—. ¿Ninguno de ustedes? ¿Por qué no? Una chica levantó la mano y balbuceó: —Bueno… Fue diferente porque… porque… supongo porque nadie murió. Hubo un murmullo general de acuerdo. Riley vio que hombre había entrado en el aula. Era el Dr. Dexter Zimmerman, el presidente del departamento de psicología. Zimmerman parecía haber estado parado en la puerta escuchando la discusión. Había tenido una clase con él hace dos semestres: psicología social. Era un hombre viejo, arrugado y amable. Riley sabía que el Dr. Hayman lo consideraba un mentor, que casi lo idolatraba. Muchos estudiantes también lo idolatraban. Riley no sabía cómo se sentía respecto al profesor Zimmerman. Había sido un profesor inspirador, pero de alguna manera no sentía una conexión con él como muchos otros. No estaba segura del por qué. Hayman le explicó a la clase: —Le pedí al Dr. Zimmerman que pasara por aquí para participar en la discusión de hoy. Podría ayudarnos. Es el hombre más perspicaz que he conocido en mi vida. Zimmerman se sonrojó y se echó a reír. Hayman le preguntó: —Entonces, ¿qué opinas de lo que acaba de oír de mis estudiantes? Zimmerman inclinó su cabeza y se quedó pensando por un momento. Luego dijo: —Bueno, al menos algunos de sus estudiantes parecen creer que hay algún tipo de diferencia moral aquí. Si no ayudas a alguien y se lastiman o mueren, está mal, pero no pasa nada si no hay malas consecuencias. Pero yo no veo la diferencia. Los comportamientos son idénticos. Diferentes consecuencias realmente no cambian el hecho de que están bien o mal. Un silencio cayó sobre el aula mientras todos comenzaron a entender el punto de Zimmerman. Hayman le preguntó a Zimmerman: —¿Dices que todos deberían sentirse culpables como Riley y Trudy? Zimmerman se encogió de hombros. —Tal vez todo lo contrario. ¿Sentirse culpable hace un bien? ¿Eso la traerá de vuelta? Tal vez deberíamos estar sintiendo otra cosa. —Zimmerman se colocó enfrente del escritorio e hizo contacto visual con los estudiantes—. Los que no fueron muy cercanos a Rhea, díganme ¿cómo se sienten respecto a sus amigas, Riley y Trudy? Todos se quedaron callados por un momento. Luego a Riley le sorprendió escuchar unos sollozos en el aula. Una chica dijo con voz entrecortada: —Ay, me siento tan mal por ellas. Otro dijo: —Riley y Trudy, desearía que no se sintieran culpables. No deberían sentirse así. Lo que le pasó a Rhea fue suficientemente terrible. No me imagino el dolor que están sintiendo en este momento. Otros estudiantes expresaron su acuerdo. Zimmerman le sonrió a la clase y dijo: —Supongo que la mayoría de ustedes saben que mi especialidad es la patología criminal. El trabajo de mi vida se trata de tratar de comprender la mente de un criminal. Y estos últimos tres días he tratado de darle sentido a este crimen. Hasta el momento, solo estoy realmente seguro de una cosa. Esto fue personal. El asesino conocía a Rhea y la quería muerta. Una vez más, a Riley le costó comprender lo incomprensible: «¿Alguien odiaba a Rhea lo suficiente como para matarla?» Luego Zimmerman añadió: —Aunque eso suena terrible, les aseguro una cosa. No volverá a matar. Rhea era su único blanco. Y estoy seguro de que la policía lo encontrará muy pronto. —Se apoyó en el borde de la mesa y añadió—: Les aseguro otra cosa. Dondequiera que esté el asesino este momento, independientemente de lo que esté haciendo, él no está sintiendo lo que todos ustedes parecen estar sintiendo. Es incapaz de sentir compasión por el sufrimiento de otra persona, y mucho menos de sentir la empatía real que siento en esta aula. Él escribió las palabras «compasión» y «empatía» en la gran pizarra. Él preguntó: —¿Alguien podría decirme cuál es la diferencia entre ambas palabras? A Riley le sorprendió que Trudy levantó la mano. Trudy dijo: —Compasión es cuando te importa lo que otro está sintiendo. Empatía es cuando realmente compartes los sentimientos de otra persona. Zimmerman asintió con la cabeza y anotó las definiciones de Trudy. —Exactamente —dijo—. Así que sugiero que todos nosotros echemos a un lado nuestros sentimientos de culpa. Sugiero que nos centremos en nuestra capacidad de empatía. Esa capacidad es la que nos diferencia de los monstruos más terribles. Es valiosa, especialmente en un momento como este. Hayman parecía estar satisfecho con las observaciones de Zimmerman. Él dijo: —Si a todos les parece bien, creo que deberíamos acabar la clase ya. Ha sido muy intensa, pero espero que haya sido de ayuda. Solo recuerden que todos están procesando unos sentimientos muy poderosos en este momento, incluso aquellos de ustedes que no eran cercanos a Rhea. No esperen que el dolor, el shock y el horror desaparezcan pronto. Dejen que sigan su curso. Son parte del proceso de sanación. No teman acudir a los consejeros en busca de ayuda. O acudir el uno al otro. O a mí o al Dr. Zimmerman. Mientras los estudiantes se levantaron de sus escritorios para irse, Zimmerman dijo: —Antes de salir, denles abrazos a Riley y Trudy. Los necesitan. Por primera vez durante la clase, Riley se sintió molesta. «¿Qué le hace creer que necesito un abrazo?», pensó. La verdad era que eso era lo último que quería en este momento. De repente recordó que esto era lo que la había molestado cuando había asistido a su clase. Él era demasiado mimoso para su gusto, y era demasiado sentimental respecto a muchas cosas, y le gustaba decirles a los estudiantes que se abrazaran. Eso era un poco raro para un psicólogo especializado en patología criminal. También parecía extraño para un hombre que se jactaba de su capacidad de empatía. Después de todo, ¿cómo sabía si ella y Trudy querían ser abrazadas o no? Ni siquiera se había molestado en preguntar. «Eso no me parece empático», pensó. Para Riley, el tipo era un falso. Sin embargo, se quedó allí mientras los estudiantes la abrazaban. Algunos de ellos estaban llorando. Y vio que esto no molestaba a Trudy en absoluto. Trudy siguió sonriendo a pesar de sus propias lágrimas con cada abrazo. «Tal vez soy yo», pensó Riley. ¿Algo andaba mal en ella? Tal vez ella no tenía los mismos sentimientos que otras personas. Pronto los abrazos se acabaron y la mayoría de los estudiantes salieron del aula, incluyendo Trudy y el Dr. Zimmerman. A Riley le contentó la oportunidad de tener un momento a solas con el Dr. Hayman. Ella se acercó a él y le dijo: —Gracias por la charla sobre culpabilidad y responsabilidad. Necesitaba escuchar eso. Él le sonrió y respondió: —Me alegra ser de ayuda. Sé que esto debe ser muy difícil para ti. Riley bajó la cabeza por un momento, armándose de valor para decir algo que quería decir. Finalmente dijo: —Dr. Hayman, probablemente no lo recuerde, pero yo estuve en su curso de introducción a la psicología en mi primer año. —Sí recuerdo —dijo. Riley se tragó su nerviosismo y dijo: —Bueno, siempre he querido decirle que me inspiró a especializarme en psicología. Hayman se veía un poco asombrado ahora. —Guau —dijo—. Es agradable escuchar eso. Gracias. Se quedaron mirándose el uno al otro durante un momento incómodo. Riley esperaba que no estuviera haciendo el ridículo. Finalmente Hayman dijo: —Mira, he estado prestándote atención en clase… Los ensayos que escribes, las preguntas que haces, las ideas que compartes con todos. Tienes una buena mente. Y tengo la sensación de que tienes preguntas sobre lo que le pasó a tu amiga que la mayoría de los otros chicos no piensan, tal vez ni quieran pensar. Riley volvió a tragar grueso. Tenía razón, por supuesto. «Esto sí que es empatía», pensó. Recordó la noche del asesinato, cuando estuvo afuera de la habitación de Rhea deseando poder entrar, sintiéndose como si descubriría algo importante si lo hiciera. Pero había perdido esa oportunidad. Cuando Riley finalmente logró entrar, vio que la habitación estaba totalmente limpia, como si nada hubiera pasado allí. Dijo lentamente: —Quiero entender el por qué. Quiero saber… Su voz se quebró. ¿Se atrevía a decirle a Hayman, o a cualquier otra persona, la verdad? ¿Que quería entender la mente del hombre que había matado a su amiga? ¿Que quería empatizar con él? Se sintió aliviada cuando Hayman asintió, pareciendo entender. —Sé cómo te sientes. Yo solía sentirme igual. —Abrió un cajón de su escritorio, sacó un libro y se lo entregó—. Te prestaré este libro. Es un buen comienzo. El libro se llamaba: Mentes oscuras: La personalidad asesina A Riley le sorprendió ver que el mismísimo Dr. Dexter Zimmerman era el autor. Hayman dijo: —El hombre es un genio. Ni te imaginas las cosas que revela en este libro. Tienes que leerlo. Podría cambiar tu vida. Desde luego cambió la mía. Riley se sintió abrumada por el gesto de Hayman. —Gracias —dijo dócilmente. —De nada —dijo Hayman con una sonrisa. Riley salió del aula y se echó a correr a la biblioteca, ansiosa por sentarse a leer el libro. Sintió una punzada de temor a la vez. —Podría cambiar tu vida —le había dicho Hayman. ¿Sería para bien o para mal? CAPÍTULO SIETE Riley se sentó en un escritorio en la biblioteca de la universidad. Colocó el libro sobre la mesa y se quedó mirando el título: Mentes oscuras: La personalidad asesina, por el Dr. Dexter Zimmerman. No estaba segura del por qué, pero le alegró haber elegido empezar a leer el libro aquí en vez de en su dormitorio. Tal vez simplemente no quería ser interrumpida ni que nadie le preguntara qué estaba leyendo y por qué. O tal vez era algo más. Tocó la cubierta y sintió un cosquilleo extraño… ¿Miedo? No, eso no era. ¿Por qué le asustaría un libro? Sin embargo, se sentía ansiosa, como si estuviera a punto de hacer algo prohibido. Ella abrió el libro y sus ojos se posaron en la primera frase: Mucho antes de cometer un asesinato, el asesino tiene el potencial para cometer ese asesinato. Mientras leía las explicaciones del autor para esta declaración, se sintió sumirse en un mundo oscuro y terrible… Un mundo desconocido, pero que se sentía misteriosamente destinada a explorar y tratar de entender. Mientras pasaba las páginas, fue introducida a un monstruo asesino tras otro. Conoció a Ted Kaczynski, conocido como el «Unabomber», quien utilizó explosivos para matar a tres personas y herir a otras veintitrés. Y luego conoció a John Wayne Gacy, a quien le gustaba vestirse como payaso y entretener a niños en fiestas y eventos de caridad. Era querido y respetado en su comunidad. Agredió sexualmente y asesinó a treinta y tres niños y hombres jóvenes, muchos de cuyos cuerpos escondió en el sótano de su casa. A Riley le fascinó Ted Bundy, quien finalmente confesó a treinta asesinatos, aunque quizá asesinó a muchas más personas. Guapo y carismático, se había acercado a sus víctimas femeninas en lugares públicos y ganado su confianza con facilidad. Se describía a sí mismo como «el hijo de puta más duro que jamás han conocido». Pero las mujeres que asesinó no se percataron de su crueldad hasta que fue demasiado tarde. El libro estaba lleno de información sobre este tipo de asesinos. Bundy y Gacy habían sido notablemente inteligentes y Kaczynski había sido un niño prodigio. Tanto Bundy como Gacy habían sido criados por hombres violentos y crueles y habían sido víctimas de abuso sexual de jóvenes. Pero Riley se preguntó qué es lo que los había convertido en asesinos. Un montón de personas que habían sido traumatizadas en sus infancias no asesinaban. Ella escudriñó el texto del Dr. Zimmerman en busca de respuestas. Según su evaluación, los delincuentes homicidas sabían distinguir el bien del mal y también eran conscientes de las posibles consecuencias de sus acciones. Pero eran los únicos capaces de echar todo eso a un lado para cometer sus crímenes. Zimmerman también escribió lo que había dicho en clase: que los asesinos no eran capaces de empatía. Pero eran excelentes impostores que podían fingir empatía y otros sentimientos normales, haciéndolos difíciles de detectar y a menudo simpáticos y encantadores. Sin embargo, a veces había señales de advertencia visibles. Por ejemplo, un psicópata suele amar el poder y el control. Espera ser capaz de alcanzar metas grandiosas y poco realistas sin mucho esfuerzo, como si el éxito es simplemente lo que se merece. Haría lo que fuera para alcanzar dichos objetivos. Nada estaba fuera de juego, incluyendo lo cruel y criminal. Suele culpar a otros por sus fracasos, y miente fácilmente y con frecuencia… La mente de Riley estaba perpleja por la gran cantidad de información e ideas contenidas en el libro de Zimmerman. Pero mientras leía, seguía pensando en la primera frase del libro... Mucho antes de cometer un asesinato, el asesino tiene el potencial para cometer ese asesinato. Aunque los asesinos eran diferentes en muchos aspectos, Zimmerman parecía estar diciendo que había un cierto tipo de persona que estaba destinada a matar. Riley se preguntó por qué tales personas no eran descubiertas y detenidas antes de que pudieran empezar a asesinar. Riley estaba ansiosa por seguir leyendo y averiguar si Zimmerman tenía alguna respuesta a esa pregunta. Pero miró su reloj y se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo leyendo. Tenía que irse ahora o llegaría tarde a su siguiente clase. Ella salió de la biblioteca y cruzó el campus, sosteniendo el libro del Dr. Zimmerman con fuerza mientras caminaba. A mitad de camino a su clase, no pudo resistirse a la atracción del libro, y ella lo abrió y ojeó partes del texto mientras caminaba. Entonces oyó una voz masculina decir: —Oye, ¡cuidado! Riley se detuvo en seco y levantó la mirada de su libro. Ryan Paige estaba de pie en la acera justo en frente de ella, sonriéndole. Parecía entretenerle lo distraída que estaba Riley. Él dijo: —Guau, el libro que estás leyendo debe ser bien bueno. Estuviste a punto de chocarme. ¿Puedo echarle un vistazo? Muy avergonzada ahora, Riley le entregó el libro. —Estoy impresionado —dijo Ryan, hojeando unas páginas—. Dexter Zimmerman es un genio. No me especializaré en derecho penal, pero tomé unas clases con él como estudiante de pregrado. Realmente me impactó. He leído algunos de sus libros, pero no este. ¿Es tan bueno como supongo que es? Riley se limitó a asentir. La sonrisa de Ryan se desvaneció. Él dijo: —Qué terrible lo que le pasó a esa chica la noche del jueves. ¿La conocías, por casualidad? Riley asintió de nuevo y dijo: —Rhea y yo vivíamos en el mismo dormitorio, en Gettier. Ryan se veía conmocionado. —Vaya, lo siento mucho. Debió haber sido terrible para ti. Por un momento Riley recordó el grito que la despertó esa terrible noche, ver a Heather derrumbada y vomitando en el pasillo, la sangre en el piso del cuarto del dormitorio, Rhea degollada con los ojos bien abiertos… Se estremeció y pensó: «No tiene ni la menor idea.» Ryan negó con la cabeza y dijo: —Todo el campus está nervioso desde que pasó. Los policías hasta fueron a mi casa esa noche. Me despertaron y me hicieron todo tipo de preguntas. ¿Puedes creerlo? Riley se estremeció. Por supuesto que lo podía creer. Después de todo, ella les había dado el nombre de Ryan. ¿Debería admitirlo? ¿Debería disculparse? Mientras estaba tratando de decidir, Ryan se encogió de hombros y dijo: —Bueno, supongo que debieron haber hablado con un montón de chicos. Me enteré que la chica estuvo en La Guarida del Centauro esa noche, y obviamente yo también estuve allí. Estaban haciendo su trabajo. Lo entiendo. Y obviamente espero que atrapen al bastardo que hizo esto. De todos modos, lo que me pasó no es gran cosa, no en comparación con lo que debe ser esto para ti. Como dije, lo siento mucho. —Gracias —dijo Riley, mirando su reloj. Odiaba ser grosera. De hecho, había estado esperando volverse a encontrar con este chico guapo. Pero iba a llegar tarde a clase y además no estaba de ánimos para disfrutar de su compañía. Ryan le devolvió el libro, como si comprendiera. Luego arrancó un trozo de papel de un cuaderno y anotó algo. Dijo con timidez: —Mira, espero que no pienses que me estoy pasando de la raya, pero aquí tienes mi número de teléfono. Por si quieres hablar conmigo. O no. Tú decides. —Le entregó el trozo de papel y añadió—: También escribí mi nombre por si lo habías olvidado. —Ryan Paige —dijo Riley—. No lo había olvidado. Ella le recitó su propio número de teléfono. Le preocupaba que debió haber parecido brusco de su parte decirle su número en lugar de anotárselo. La verdad era que le alegraba el pensar que podría volverlo a ver. Le estaba costando ser amable con personas nuevas en este momento. —Gracias —dijo Riley, metiéndose el papel en el bolsillo. Nos vemos. Riley pasó por al lado de Ryan y se dirigió hacia su clase. Ella oyó a Ryan decir detrás de ella: —Eso espero. * Riley leyó fragmentos del libro de Zimmerman cada vez que tenía la oportunidad durante el resto del día. No pudo evitar preguntarse si el asesino de Rhea podría ser como Ted Bundy, un hombre encantador que había logrado ganarse la confianza de Rhea. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693599&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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