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Fantasmas, Chicas Y Otros Espectros Stephen Goldin "FANTASMAS, CHICAS Y OTROS ESPECTROS es una colección amplia de los cuentos de ficción individuales de Stephen Goldin, que contiene la mayoría de los cuentos de su colección previa EL ÚLTIMO FANTASMA Y OTROS CUENTOS. (Los cuentos del ”Ángel de negro” se han colocado en un volumen propio.) Estos cuentos cubren el espectro desde el humor al pathos y le garantizamos que lo entretendrán. Fantasmas, Chicas y Otros Espectros Por Stephen Goldin Publicado por Parsina Press (http://parsina.com/) Traducción al español publicada por Tektime Aviso de derechos de autor Fantasmas, chicas y otros espectros. Derechos de autor 2011 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Dulces sueños, Mellisa”, derechos de autor 1968, 1996 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Las chicas de los USSF 193”, derechos de autor 1965, 1993 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Agradable lugar para visitar”, derechos de autor 1973 de Mankind Publishing Company. Todos los derechos reservados. “Cuando no hay un hombre cerca”, Derechos de autor 1977 de Davis Publications, Inc. Todos los derechos reservados. “Xenófobo”, Derechos de autor 1975 de Mankind Publishing Company. Todos los derechos reservados. “Cuento macabro”, derechos de autor 1972 de Knight Publishing Corporation. Todos los derechos reservados. “Sobre el amor, el libre albedrío y las ardillas grises en un tarde de verano”, derechos de autor 1974 de Mankind Publishing Company. Todos los derechos reservados. “Testarudo”, derechos de autor 1972 de David Gerrold. Todos los derechos reservados. “Pero como un soldado, por su país”, derechos de autor 1974 de Terry Carr. Todos los derechos reservados. “El mundo en el que los sueños funcionaban”, derechos de autor 1971, 1999 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Apollyon Ex Máquina” derechos de autor 1980 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Preludio a una sinfonía de gritos no nacidos”, derechos de autor 1975 de Roger Elwood. Todos los derechos reservados. “Retrato del artista como un joven dios”, derechos de autor 1977 de David Gerrold. Todos los derechos reservados. “El último fantasma”, derechos de autor 1971, 1999 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados. “Casas encantadas”, derechos de autor 1991 de Stephen Goldin. Todos los derechos reservados Derechos de autor de la imagen de la portada Cristian Nitu (http://www.dreamstime.com/nitzu_info). Título original: Ghosts, Girls, & Other Phantasms Traductor: Tany Fonseca de Pérez Índice Introducción (#u00a7e828-6FFF-11e9-be98-0cc47a5f3f85) Dulces sueños, Melissa (#u00a7e828-7FFF-11e9-be98-0cc47a5f3f85) Las chicas de los USSF 193 (#u00a7e828-9FFF-11e9-be98-0cc47a5f3f85) Agradable lugar para visitar (#u00a7e828-11FF-11e9-be98-0cc47a5f3f85) Cuando no hay un hombre cerca (#litres_trial_promo) Xenófobo (#litres_trial_promo) Cuento macabro (#litres_trial_promo) Sobre el amor, el libre albedrío y las ardillas grises en un tarde de verano (#litres_trial_promo) Testarudo (#litres_trial_promo) Pero como un soldado, por su país (#litres_trial_promo) El mundo en el que los sueños funcionaban (#litres_trial_promo) Apollyon Ex Máquina (#litres_trial_promo) Preludio a una sinfonía de gritos no nacidos (#litres_trial_promo) Retrato del artista como un joven dios (#litres_trial_promo) El último fantasma (#litres_trial_promo) Casas encantadas (#litres_trial_promo) Sobre Stephen Goldin (#litres_trial_promo) Contacte con Stephen Goldin (#litres_trial_promo) Para Mary, Kathleen y todas las “chicas” que han hecho de mi vida una aventura Introducción La carrera de un escritor, como la vida misma, es un viaje. Al igual que los artistas y los filósofos, los escritores tienden a dedicar más tiempo a admirar el escenario que las personas que sólo lo atraviesan de prisa. Algo capta nuestra atención y nos detenemos a examinarlo por un momento antes de avanzar, y en el proceso de examinar, nuestras vidas y nuestras perspectivas han cambiado irrevocablemente. Estos cuentos son altos que hice en mi viaje particular, miradores en mi camino personal. Si tropecé con algo agradable, sonreí y tomé notas. Si vi algo perturbador, eso también lo registré. Parecí encontrarlos en aproximadamente iguales proporciones. Algunas de estas historias pretenden ser graciosas. Otras pretenden no serlo. Espero ser lo suficientemente buen escritor para que puedas distinguir cuáles son cuáles. Para explicar el título de este libro, diré que encuentro que las chicas/mujeres/damas en general, son uno de los fenómenos más maravilloso, fascinante, misterioso e hipnótico de la naturaleza. Las amo. Como infinita fuente de variedad y asombro, aparecen predominantemente en mi trabajo. Los fantasmas y los otros espectros están allí porque soy un escritor de ficción especulativa; es lo que hago. NOTA: Este libro contiene la mayoría de mis cuentos “individuales”, que también fueron publicados en mis colecciones anteriores, El último fantasma y otros cuentos. Los cuentos del “Ángel de negro” se han colocado en un volumen aparte. Stephen Goldin Dulces sueños, Melissa Éste apareció por primera vez en Galaxy, diciembre 1968. Tuve un interesante inicio. Vendí mi primer cuento, “Las chicas de los USSF 193” (el siguiente cuento de este volumen) en 1965 y estaba sintiéndome muy orgulloso de mí mismo. Yo era un profesional. Había vendido un cuento. Durante tres años me apoyé en eso. Un amigo mío también quería escribir y le cedí una idea que deseché, que luego él vendió. Bueno, eso estaba bien; a mi discípulo le estaba yendo bien, incluso si había sido con una de mis antiguas ideas. Luego, en una tarde de primavera, me llamó para contarme que acababa de vender su segundo cuento. Lo felicité a regañadientes y tan pronto como pude dejar el teléfono diplomáticamente, aparté todo lo demás de mi escritorio y comencé a escribir. En las próximas 24 horas, “Dulces, sueños, Melissa”, estaba escrito y había sido enviado. Se vendió en el primer lugar al que lo envié. Mi amigo es ahora un muy exitoso doctor en optometría. “Dulces sueños, Melissa” es probablemente mi cuento corto más exitoso, ha sido reimpreso y comentado en antologías en numerosas ocasiones. Desde fuera de su oscuridad especial, Melissa escuchó la voz del Dr. Paúl que hablaba en tono quedo en el extremo del cuarto. “Dr. Paúl”, gritó ella. ¡Por favor Dr. Paúl, venga! Su voz se tornó en un quejido desesperado. La voz del Dr. Paúl cesó y luego murmuró algo. Melissa escuchó sus pasos acercase a ella. “Sí Melissa, ¿qué pasa?”, dijo él en tono profundo, paciente. “Tengo miedo, Dr. Paúl”. “¿Más pesadillas?”. “Sí”. “No tienes que preocuparte por ellas Melissa. No te lastimarán”. “Pero son tenebrosas”, insistió Melissa. “Haga que se detengan. Haga que se vayan como siempre lo hace”. Otra voz susurraba afuera en la oscuridad. Sonaba como el Dr. Ed. El Dr. Paúl escuchó a los susurros, y luego dijo en voz queda “No, Ed, no podemos permitir que continúe así, Ya estamos muy atrasados con la planificación”. Luego dijo en voz alta, “En algún momento vas a tener que acostumbrarte a las pesadillas, Melissa. Todos las tienen. No siempre voy a estar aquí para hacer que se vayan”. “Oh, por favor no se vaya”. “Aún no me voy, Melissa. Todavía no. Pero si no dejas de preocuparte por estas pesadillas, puede que tenga que hacerlo. Dime de qué tratan”. “Bueno, al principio pensé que eran los números, lo que está bien porque los números no tiene que ver con la gente, son agradables y amables y no hieren a nadie como en las pesadillas. Luego los números comenzaron a cambiar y se convirtieron en filas, dos filas de personas y todas corrían unos hacia otras y se disparaban unas a otras. Había rifles y tanques y obuses. Y las personas estaban muriendo, también, Dr. Paúl, muchas personas. Murieron cinco mil, doscientos ochenta y tres hombres. Y eso no fue todo, porque abajo en el otro lado del valle, había más disparos. Y escuché a alguien decir que estaba bien, porque siempre que las bajas fuesen inferiores al quince coma siete por ciento durante las primeras batallas, se podía ganar la posición estratégica que era la cima de la montaña. Pero el quince coma siete por ciento del total de las fuerzas sería nueve mil seiscientos dos coma siete siete ocho nueve, hombres muertos o heridos. Era como si pudiera ver a todos esos hombres tirados allí, muriendo”. “Te dije que una mentalidad de cinco años no era aun suficientemente madura para las Logísticas Militares”, susurró el Dr. Ed. El Dr. Paúl lo ignoró. “Pero eso ocurrió en una guerra, Melissa. Debe prever que la gente es asesinada en una guerra”. “¿Por qué? ¿Dr. Paúl?”. “Porque... Porque la guerra es así, Melissa. Y además, no ocurrió realmente. Sólo era un ejercicio, como con los números, sólo que eran personas en lugar de números. Todo era simulado”. “No lo era, Dr. Paúl”, gritó Melissa. “Todo era real. Todas esas personas eran reales. Incluso conozco sus nombres. Estaba Abers, Joseph T. Pfc., Adelli, Alonzo Cpl., Aikens...”. “Basta, Melissa”, dijo el Dr. Paúl, elevando la voz mucho más de lo normal. “Lo siento Dr. Paúl”, se disculpó Melissa. Pero el Dr. Paúl no la había escuchado; estaba ocupado susurrándole al Dr. Ed. “...No hay otro recurso que un análisis completo”. “Pero eso podría destruir toda la personalidad en la que hemos trabajado tan duro por construir”. El Dr. Ed. ni siquiera se molestó en susurrar. “¿Qué más podemos hacer?”. Preguntó cínicamente el Dr. Paúl. “Estas pesadillas de ella nos están atrasando más y más en la planificación”. “Podríamos intentar dejar que Melissa se analice a sí misma”. “¿Cómo?”. “Observa”. Su voz comenzó a tomar los tonos dulces que Melissa había aprendido que la gente usaba con ella, pero no con otros. “¿Cómo estás?”. “Estoy bien, Dr. Ed”. “¿Te gustaría que te cuente una historia?”. “¿Es una historia feliz, Dr. Ed?”. “Aún no lo sé, Melissa. ¿Sabes qué es una computadora?”. “Sí. Es una máquina que cuenta”. “Bueno, las computadoras más sencillas comenzaron de esa forma, Melissa, pero rápidamente se hicieron más y más complicadas, hasta que pronto hubo computadoras que podían leer, escribir, hablar e incluso pensar por sí mismas, sin ayuda de los hombres. “Érase una vez que un grupo de hombres dijo que si una computadora podía pensar por sí misma, sería capaz de desarrollar una personalidad, así que asumieron construir una que actuara justo como una persona real. La llamaron Multi Lógicos Sistemas Analizadores, o MLSA”. “Eso suena como `Melissa`”, rió Melissa. “Sí, así es, ¿no es verdad? Bueno, estos hombres se dieron cuenta que una personalidad no es algo que aparezca del aire ya completamente madura; debe desarrollarse lentamente. Pero, al mismo tiempo, necesitaban la capacidad computacional de la máquina porque era la computadora más costosa y más compleja jamás fabricada. Así que lo que hicieron fue separa el cerebro de la computadora en dos partes, una parte manejaría los cómputos normales, mientras que la otra parte se desarrollaría en la personalidad esperada. Luego, cuando la personalidad se desarrollara suficientemente, se unirían de nuevo las dos partes. “Al menos esa era la forma en que pensaron que funcionaría. Pero resultó que el diseño básico de la computadora impidió una dicotomía completa, es decir dividir por mitad las funciones. Siempre que daban a resolver un problema a la parte computacional, parte del mismo se filtraba a la parte de personalidad. Esto era malo, Melissa, porque la parte de personalidad no sabía que era una computadora; creía que era una pequeña niña como tú. Los datos que se filtraban la confundían y la asustaban. Y cuando se volvió más temerosa y confusa, su eficiencia disminuyó hasta que ya no podía trabajar apropiadamente”. “¿Qué hicieron los hombres, Dr. Ed?”. “No sé, Melissa. Esperaba que tú pudieras ayudarme a terminar esta historia”. “¿Cómo? Yo no sé nada de computadoras”. “Sí lo sabes, Melissa, sólo que no lo recuerdas. Puedo ayudarte a recordar mucho sobre muchas cosas. Pero será difícil, Melissa, muy difícil. Todo tipo de cosas extrañas entrarán en tu cabeza y te encontrarás haciendo cosas que no sabías que eras capaz de hacer. ¿Lo intentarías, Melissa, para ayudarnos a encontrar el final de la historia?”. “Está bien, Dr. Ed, si usted quiere que lo haga”. “Buena niña, Melissa”. El Dr. Paúl estaba susurrando a su colega. “Enciende la ‘Memoria Parcial’ y dile que abra el sub-programa Análisis del Circuito`”. “Melissa, abre el ‘Análisis del Circuito’”. De golpe, cosas extrañas ocurrieron en su cabeza. Largas series de números que parecían sin sentido y aun así ella sabía que sí significaban distintas cosas, como la resistencia, la capacitancia, la inductancia. Y había miríadas de líneas, rectas, en zigzag, en resorte. Y fórmulas... “Lee MLSA 5400, Melissa”. Y de pronto, Melissa se vio a sí misma. Fue la cosa más aterradora que había experimentado jamás, más atemorizante aún que las horribles pesadillas. “Mira la sección 4C-79A”. Melissa no lo pudo evitar. Tenía que mirar. Para la pequeña niña, no se veía muy diferente del resto de sí misma. Pero ella sabía que sí era diferente. Muy diferente. De hecho, no parecía para nada ser una parte natural de ella, sino más bien una prótesis usada por minusválido. La voz del Dr. Ed estaba tensa. “Analiza esa sección y reporta un cambio óptimo para una reducción máxima de la filtración de información”. Melissa trató de cumplirlo al máximo, pero no pudo. Algo faltaba, algo que necesitaba saber antes de hacer lo que el Dr. Ed le había pedido. Quería llorar. “¡No puedo, Dr. Ed! ¡No puedo, no puedo!”. “Te dije que no iba a funcionar”, dijo el Dr. Paúl lentamente. “Tendremos que encender toda la memoria para un análisis completo”. “Pero ella no está preparada”, protestó el Dr. Ed. “Eso podría matarla”. “Quizá, Ed. Pero si lo hace...bueno, al menos sabremos cómo hacerlo mejor la próxima vez. ¡Melissa!”. “¿Sí, Dr. Paúl?”. “Prepárate, Melissa”. Esto te va a doler”. Y, sin más advertencia que esa, el mundo golpeó a Melissa. Números, series interminables de números, números complejos, números reales, enteros, bases, exponentes. Y había batallas, guerras más horribles y sangrientas que las que había soñado, y listas de bajas que eran más que reales para ella, porque ella lo conocía todo sobre cada nombre, la estatura, el peso, el color del cabello, el color de los ojos, el estado civil, el número de cargas familiares...y la lista sigue. Y había estadísticas, pago promedio de los conductores de Ohio, número de muertes debidas al cáncer en los EE.UU. entre 1965 y 1971, producción promedio de trigo por tonelada de fertilizante consumido... Melissa se ahogaba en un mar de datos. “¡Ayúdenme, Dr. Ed, Dr. Paúl! ¡Ayúdenme!, trató de gritar. Pero no podía hacer que la escucharan. Alguien más estaba hablando. Algún extraño al que ni siquiera conocía estaba usando su voz y diciendo cosas sobre factores de impedancia y semiconductores. Y Mellisa caía más y más profundo, empujada por el avance implacable de la armada de información. Cinco minutos después, el Dr. Edward Bloom abrió el interruptor y separó la memoria principal de la sección de personalidad. “Melissa”, dijo suavemente, “ya todo está bien”. Ya sabemos cómo va a terminar la historia. Los científicos le pidieron a la computadora que se rediseñara a sí misma y lo hizo. Ya no habrá más pesadillas, Melissa. Sólo dulces sueños de ahora en adelante. “¿No son buenas noticias?”. Silencio. “¿Melissa?”. Su voz era aguda y temblorosa. “¿Me oyes, Melissa?”. “¿Estás ahí? Pero ya no había lugar en la MLSA 5400 para una pequeña niña. Las chicas de los USSF 193 Éste apareció por primera vez en If, diciembre 1965. Esta fue mi primera vez. Por favor sea gentil. Sen. McDermott: Bueno, Sr. Hawkins, quiero que esté consciente que esta audiencia privada no es un juicio y que no se le está imputando ningún crimen. Sr. Hawkins: ¿Es por eso que recomendó que trajera a mi abogado? Sen. McDermott: Sólo hice esa recomendación porque pueden presentarse, ante el comité, algunos tópicos o preguntas referentes a asuntos legales. El propósito de esta audiencia es simplemente para investigar informes sobre comportamiento no ortodoxo... Sr. Hawkins: ¡Ja! Sen. McDermott: ...Respecto a los satélites orbitales USSF números uno ochenta y siete y uno noventa y tres. Agradeceré su franqueza sobre el asunto. Sr. Hawkins: Déjeme asegurarle, Senador, que no tengo intención de guardar secretos y que nunca he guardado ninguno. Sin embargo, como Director de la Agencia Nacional Espacial, creí que era mejor que cierta información sobre estas dos estaciones espaciales se colocara en una lista de seguridad para beneficio de todos los interesados. Sen. McDermott: Hablando como político —perdió su llamada, Sr. Hawkins. Pero dígame, todo este desastre fue su idea desde el principio, ¿no es así? Sr. Hawkins: Sí, así es. Sen. McDermott: ¿Y cuándo se le ocurrió la idea por primera vez? Sr. Hawkins: Hace aproximadamente un año. Estaba haciendo una investigación... —Exclúyase del registro oficial (no publicada) Audiencia Especial de Investigación del Senado 10 de octubre,1996 *** Sólo puede especularse sobre el tipo de investigación que se estaba permitiendo a sí mismo Jess Hawkins cuando se le ocurrió la idea. Sin embargo, es un hecho que su amigo, Bill Filmore, lo visitó en su oficina el 15 de septiembre, 1995. “Jess”, dijo, “te conozco desde hace treinta y siete años y cuando vas por ahí sonriendo como un gato Chesire, estás escondiendo algo. Esa sonrisa de duendecito tuya es obvia. Como tu mejor amigo y miembro de la Junta de la Agencia Espacial, creo que tengo el derecho a saber que te traes entre manos”. Hawkins miró a su amigo. “Está bien Bill, creo que puedo confiar en ti, pero por favor mantén esto en la más estricta confidencia. Creo que he conseguido una manera de estimular los músculos del corazón de nuestros astronautas durante su permanencia, por largos períodos, en la USSF 187”. “¿Por qué querrías guardar eso en secreto? “Déjame continuar. Sabemos que durante períodos sostenidos de caída libre, el corazón tiende a relajarse, porque no tiene que trabajar tan duro para bombear la sangre en condiciones de ingravidez. Sin embargo, luego de su regreso a la Tierra, los músculos del corazón tienen dificultades para readaptarse a los estándares normales. Ya hemos tenido tres astronautas que han sufrido de ataques al corazón cuando regresan y uno de ellos estuvo a punto de morir. El programa de calistenia que instituyeron los doctores, parece haber tenido poco efecto. Creo que ha llegado el momento de tomar medidas drásticas”. “¿Qué es exactamente lo que propones?”. “Piensa por un momento. ¿Qué estimula el corazón, tanto literal como figurativamente, es suficientemente deseable para que los hombres lo usen frecuentemente y además es útil para elevar la moral a bordo del satélite?”. “Nunca fui muy bueno con las adivinanzas, Jess”. “Todo puede resumirse en una palabra de cuatro letras, común, de todos los días”, sonrió Hawkins. “Sexo”. Filmore miró fijamente en silencio por un momento, luego dijo, “Por Dios, Jess, creo que realmente lo dices en serio”. La sonrisa se desvaneció temporalmente de la cara de Hawkins. “Por supuesto que sí, Bill. Hemos tenido suerte hasta ahora, pero habrá un astronauta muerto pronto si no se hace algo. He pensado mucho sobre el asunto, y creo que enviar chicas al uno ochenta y siete es la mejor solución”. “ Pero sólo desde el punto de vista económico —” “Es por eso que estoy contratando sólo chicas europeas —son más económicas y también de mejor calidad. Ya envié allá a mi ayudante, Wilbur Starling, para reclutar a algunas de sus mejores profesionales angloparlantes. Y con la regeneración de aire y agua, los concentrados de comida económicos y los nuevos combustibles atómicos, el costo de llevarlas y mantenerlas allá, disminuye a un mínimo ridículo”. “Pero aún es una buena suma. ¿De dónde vas a sacar todo ese dinero?”. “Oh, lo tomé de los fondos para las viudas y otras cargas familiares de los astronautas”, dijo Hawkins, con la sonrisa de nuevo en su rostro. “Ése parecía el lugar más adecuado. También he tomado precauciones, en caso de que te lo estés preguntando, sobre mantener este asunto en secreto. Como Director, tengo la facultad de clasificar cualquier cosa que yo quiera. Ni el Presidente sabrá de ello”. “¿Y qué hay del General Bullfat? Te ha odiado desde que fuiste designado, por sobre él, para dirigir la agencia. “Bill, te preocupas demasiado. Bullfat tiene que mirarse todos los días al espejo para encontrarse la nariz”. “Poniendo todas la objeciones prácticas de lado, Jess”, dijo Filmore desesperadamente, “toda la idea es inmoral. Simplemente no es el tipo de cosas que un ejecutivo del gobierno debería hacer”. “Eso es completamente irrelevante. La moralidad no importa cuando hay vidas humanas en riesgo”. Filmore se puso de pie. “Jess, si no puedo convencerte de dejar esta ridícula idea, buscaré a alguien que lo haga”. “No serías soplón de un amigo, o sí? Preguntó Hawkins dolido. “Es por tu propio bien, Jess”. Avanzó hacia la puerta. “Qué lástima por ti y Silvia”, dijo Hawkins en voz queda. Filmore se detuvo. “¿Qué hay conmigo y con Silvia?”. “Arruinar tan buen matrimonio luego de trece años juntos”. “Silvia y yo estamos muy felizmente casados. No tenemos intenciones de separarnos”. “¿Quieres decir que aún no le has dicho lo de Gloria?”. Filmore se puso un poco pálido. “Sabes que Gloria fue sólo un amorío momentáneo, Jess. No te atreverías —” “¿A ser soplón de un amigo? Claro que no, Bill. Es sólo que tengo este mal hábito de soltar cosas inapropiadas en el momento menos oportuno. Sea como fuere, ¿no crees que debemos sentarnos y discutir la situación un poco más? *** Cuando se estaba vistiendo de nuevo, Wilbur Starling le preguntó, “¿Babette, puedo hablar contigo?”. Babette miró su reloj. “Tendrá que pagar por otra hura”, advirtió ella. “Tu pensamiento es muy estrecho”, dijo Starling. “Tienes toda tu vida por delante. En lugar de estar preocupándote por tu próxima hora, deberías estar pensando en todas las horas que te restan”. “¡Pog favor! Tengu suficente con tomar una a la vez”. “No quieres tener seguridad para cuando estés mayor, una buena casa —” “¡Mon Diue, es una propesta matrimonial!”. “No, no, Babette, cariño, no entiendes. Verás, represento al gobierno de los Estados Unidos —” “Conozco a su cónsul muy ben”, dijo ella amablemente. “No me refiero a eso. Mi gobierno está dispuesto a pagar por tus servicios en calidad especial”. “¿Qué debu hacer?”. La cara de Starling se ruborizó levemente. “Bien, ah, lo mismo que has estado haciendo, sólo que arriba en el espacio”. “¿En el espacio?”. “Sí, sabes. Como los satélites, alrededor del planeta, Shepard, Glen, Hammond”. Hizo pequeños movimientos giratorios con sus dedos. “Oh, oui”, dijo Babette, comprendiendo de repente. “Como A-OK”. “Sí”, suspiró Starling. “A-OK y todo ese tipo de cosas. ¿Lo harás?”. “Non.” “¿Por qué no, Babette?”. “Es muy...muy pelidgroso. No quiego perder mi vida yendo al...spacio”. “Mi país está dispuesto a pagarte—” hizo un cálculo mental rápido, “—cinco veces tu tarifa normal. Otras once chicas irán contigo, así es que no te sentirás sola. Sólo tendrás que trabajar dos o tres horas al día. Y en la actualidad, no hay peligro involucrado en todo eso. Muchas mujeres han ido al espacio y han regresado a salvo; ellas dicen que las condiciones en el espacio son muy apacibles. Y cuando te retires, incluso te proporcionaremos una casa y un fondo de pensión, para que puedas vivir tus últimos años con comodidad”. “¿Todo eso sólo paga mí? “Sólo para ti”. Babette tragó y cerró los ojos. “Entonces de dónde sacagr yo la impregsión de que los estadounidenses sun —¿cómo se dice?— ¿mojigatus?”. *** Sen. McDermott: ¿Y dice que reclutó a todas estas chicas usted mismo? Sr. Starling: Sí, señor, lo hice. Sen. McDermott: ¿La mayoría de ellas eran cooperadoras? Sr. Starling: Ese es su trabajo, señor. Sen. McDermott: Quise decir que, ¿cuál fue la reacción de ellas a su inusual propuesta? Sr. Starling: Bueno, probablemente les han hecho muchas propuestas inusuales. Parecieron tomarlo con calma. Sen. McDermott: Una última pregunta, Sr. Starling. ¿Cómo le pareció este trabajo? Sr. Starling: Muy fatigante, señor. *** “Debes estar muy cansado, Wilbur,” dijo Hawkins, destellando su infame sonrisa. ¿Cuántas chicas dices que entrevistaste? “Luego de veinte paré de contar”. “Y tienes una docena escogidas para nosotros, ¿ah?”. “Sí señor, nueve francesas y tres británicas”. “Bueno, creo que te has ganado unas vacaciones; las tendrás tan pronto como las chicas estén ubicadas de forma segura en la USSF 187. Por cierto, ¿cómo se llaman?”. Starling cerró sus ojos, como si los nombres estuvieran escritos por dentro de sus párpados. “Veamos, está Babette, Suzette, Lucette, Toilette, Francette, Violette, Rosette, Pearlette, Nanette, Myrtle, Constance y Sydney.” “¿Sydney?”. “No lo puedo evitar, jefe, ese es su nombre”. “Bueno, supongo que podría ser peor”, sonrió Hawkins. “Su apellido podría haber sido Australia”. “Es peor, jefe”. “Su apellido es Carton”. *** Hawkins estaba dando a la docena de nuevas astronautas una charla preparatoria antes de la partida. “Me gusta pensar que ustedes son un pequeño ejército de Florence Nightingales”, les dijo. “Con suerte, no recibirán todo el crédito que su valiente actuación de auto sacrificio merece, más sin embargo —” Starling irrumpió en la sala, con pánico en sus ojos. “¡El General Bullfat viene bajando por el corredor!”., gritó. Filmore se paró de un brinco de la mesa sobre la que había estado sentado. “¿Jess, estás seguro que sabes lo que estás haciendo? Si Bullfat encuentra a estas chicas —” “Relájate, Bill,” sonrió Hawkins en forma casual. “Puedo manejar a Bullfat con ambos ojos cerrados. Él es pan comido”. “¿Quién es pan comido?”. Rugió Bullfat cuando entró a la sala. El general era un hombre robusto—pero claro, cuarenta años sentado tras un escritorio pueden hacer lo mismo por la figura de cualquiera. “Usted lo es”, dijo Hawkins, girando calmadamente para darle la cara. “Justo le estaba diciendo a Bill que es pan comido que usted sea promovido a mi cargo si yo alguna vez decidiera renunciar”. Bullfat murmuró incoherentemente. “¿Quiénes son?”, preguntó él después de un momento, señalando a las chicas. Era una pregunta oportuna. Las astronautas, a diferencia del procedimiento normal, tenían puesto un atuendo holgado, trajes espaciales flojos. Sus visores eran pequeños, revelando apenas sus ojos y narices, mientras que el resto de sus cabezas estaban completamente cubiertas por sus cascos. Recordaban más a payasos fofos que a viajeros espaciales. “Son el grupo programado para partir en aproximadamente tres horas. ¿Le gustaría conocerlo?”. Filmore y Starling casi se desmayan con esa invitación, pero Hawking les destelló una sonrisita tranquilizadora. “Estoy muy ocupado para presentaciones, Hawkins. ¿Y por qué diantres se ven tan dejados? ¿Ya se les han hecho sus exámenes físicos?”. “¡Y de qué manera!”. Susurró Starling a Filmore. “Usted sabe, General, que yo no enviaría a nadie al espacio que no estuviera en perfectas condiciones”, dijo Hawkins. “¿Qué opina el doctor del vuelo? “Dijo que tienen mejores formas —ah, están en mejor forma— que nadie que él haya visto jamás”. “Bueno, siempre y cuando él los haya revisado”. Bullfat se iba, luego se detuvo en la puerta. “Por cierto, ¿con quién están vinculados? ¿La Estación Tycho?”. “No, la USSF 187”. “¿Ya es tiempo de la rotación?”. “No, este grupo es personal adicional”. “¿Personal adicional?”. Gritó Bullfat. “Hawkins, sabes de sobra que la uno ochenta y siete fue construida exactamente para dieciocho hombres rotados en grupos de seis mensualmente. No hay, en lo absoluto, espacio para doce personas más. ¿Qué diantres esperas que tu “personal adicional” haga —hacinado con los otros hombres?”. Con una maravillosa demostración de autocontrol, Hawkins se las arregló para controlar su risa. El “personal adicional” sonrió deliberadamente. Starling, sin embargo, tuvo que precipitarse fuera de la sala en un ataque de risitas histéricas. “¿A dónde diantres va él?”, preguntó Bullfat, viendo salir a Starling. “Oh, ha estado bajo mucha presión últimamente. Ya casi se va de vacaciones”. “Parece más que se va a observación —y tú también, Hawkins. Puedes controlar la política de la Agencia Espacial, pero yo controlo los lanzamientos y esa tripulación no subirá como “personal adicional” a ninguna estación de pequeño tamaño. Si quieres subirlos allá, puedes rotarlos de a seis por mes como a todos los demás. Eso es definitivo”. Bullfat alardeó triunfante al cruzar la puerta. “¿Estás listo para rendirte, Jess?”. Preguntó Filmore. “Ni por un segundo. Sorprendentemente, Bullfat tiene un buen argumento. Si enviáramos a las chicas al uno ochenta y siete, realmente estaría saturado. Estarían constantemente en el camino de los hombres y podría ser más una molestia que una ayuda. Pero no todo se ha perdido. ¿Cuándo está programada la uno noventa y tres para partir?”. “La próxima semana —pero no estarás pensando enviar a las chicas en eso”. “¿Y por qué no?”. “La USSF 193 no es una estación para pasajeros —es para almacenar alimentos y suministros. No está diseñada para vivir en ella. “Entonces improvisaremos, Bill. La uno noventa y tres se va a poner en órbita paralela a la uno ochenta y siete, porque la necesitarán para almacenamiento. Se enviará en cuatro secciones ya cargadas y se ensamblará en el espacio. Es un asunto suficientemente simple, en el curso de una semana, acondicionar las secciones con asientos de aceleración y alojamientos —sólo hay que deshacerse de lo no esencial y estamos listos. Las chicas pueden vivir allí dentro”. “Es absurdo, Jess”, murmuró Filmore. “No realmente. Cada vez me gusta más la idea”. Hawkins sonrió levemente. “Sólo piénsalo: La USSF 193, una tienda de alimentos y una casa de citas, todo en uno, en el vecindario”. Filmore gimoteó. Las chicas, dejándose llevar, vitorearon. *** “No puedo creerlo”, dijo Jerry Blaine. “Digo, alguien allá abajo debe estar jugándonos una broma”. “Nadie juega bromas en código ultra secreto”, rebatió el Coronel Briston. “Jess Hawkins fue el que firmó esas órdenes. Y acaban de ver a esas chicas con sus propios ojos. Admito que es loco —” “¿Loco? Es un demente”, dijo Phil Lewis. Mark, por favor, lee esas órdenes otra vez. Tengo que escuchar ese pequeño agradable mensaje una vez más”. Rió Briston. “Estimados muchachos”, leyó él, “con cada sección de la USSF 193 se les enviará tres piezas de equipo necesario para el Proyecto Abrazo (completando un total de doce). Su amigable Tío Sam no ha escatimado gastos para traerlo directamente de Europa, así es que manéjenlo con cuidado, ¿já? Será rotado cada seis meses aproximadamente, pero mientras tanto puede ser almacenado en la USSF 193. Compártanlo por igual y diviértanse —es una orden. Cualquier comunicación respecto al equipo debe ser dirigida a mí personalmente en este mismo código. Eso, también, es una orden. Atentamente, Jess Hawkins, Director, Agencia Nacional Espacial”. “¡Hurra! Exclamó Lewis. “Recuérdenme no quejarme nunca más por pagar impuestos”. Justo en ese momento, Sydney apareció desde el cuarto de al lado. Se había quitado su traje espacial y estaba vestida con ropa muy ligera. “Caray”, dijo ella, “ustedes chicos sí que mantienen un lugar frío aquií. Nanette, Constance y yeo misma, nos stámos congelando”. Nos preguntábamus si alguno de ustedes muchachos quisiera calentarnus un pocu”. Haciendo valer su rango, el Coronel Briston se colocó de primero en la fila. *** Era muy tarde en lo que en la estación se consideraba noche, cerca de un mes después de que llegaran las chicas. Lucette, Babette, Francette, Toilette, Violette, Rosette, Suzette y Myrtle estaban de guardia, mientras que las demás estaban durmiendo lo que pudiesen. Sydney estaba pacíficamente acurrucada en la cama, soñando los sueños de los no tan inocentes, cuando de repente una roca del tamaño del puño de un hombre rasgó la pared cercana a su cama y se estrelló en la pared más distante. Un ruido de siseo llenó la habitación y Sydney empezó a respirar jadeando ya que el aire era succionado a través del hueco abierto por el meteoroide. En un instante, estaba fuera de su habitación y cerró tras ella, la puerta hermética del compartimiento. Las otras tres chicas se apuraron a salir al pasillo para averiguar qué ocurría. “¡Caray!”. Dijo Sydney cuando recuperó el aliento. “¡La condenada cosa tiene una filtración!”. *** “Todo está bien ahora, Sydney”, dijo Jerry Blaine cuando entró. “Ya le puse un parche. Me temo, sin embargo, que cualquier cosa que hayas tenido suelta en tu cuarto haya sido succionada al espacio. Espero que no fuera nada valioso”. “Nada que recuerde”, le respondió Sydney. “¿Pero estás seguro de que estu no va a pasar otra vez? “Como te dije antes, fue una casualidad en un millón. No ocurriría de nuevo ni en mil años”. “Mejor será que no, o bajaré a la Tierra de un tigo”. Iba de regreso a su cuarto. “Oh, por cierto”, le dijo Blained, ¿estás reservada para esta noche? Bien. Salgo aproximadamente a las seiscientas —puedes venir a esa hora”. “El trabaju de una mujer nunca tegmina”, suspiró Sydney sabiamente mientras reingresaba a su habitación. La mayoría de sus cosas aún estaban en las gavetas de la peinadora, pero por más que buscó no pudo encontrar el pequeño estuche de píldoras que mantenía junto a la cama. “Bueno”, dijo, “me las he arreglado antes sin ellas. Puedo volver a hacerlo por un tiempo”. Habían pasado cuatro meses, para ser exacto, cuando decidió que la situación ameritaba que se lo dijera a alguien, así es que se lo dijo al Coronel Briston, quien acababa de regresar desde la Tierra. “¿Por Dios!”. fue todo lo que pudo decir. “No es tan grave como eso”. “¿No es tan grave como eso?”. Ciertamente te lo estás tomando con calma. ¿Por qué no le dijiste a nadie sobre esto antes?”. “Bueno nunca mi había pasado antes”. Briston tragó grueso. “Creo qui mejor llamamos a ese Siñor Awkins. Él siempre paguece saber qué hacer”. *** Sen. McDermott: Usted fue quién descubrió todos estos tejemanejes, ¿no fue sí, General ? Gen. Bullfat: “Por supuesto que fui yo. Sospeché desde el principio que Hawkins había enviado algunas chicas a allá arriba, pero la Fuerza Espacial nunca actúa sin pruebas contundentes. Así es que refrené mis sospechas, reuniendo la evidencia meticulosamente, esperando el momento apropiado para llevar mis hallazgos al Presidente. Sen. McDermott: En otras palabras, entonces, ¿su descubrimiento se basó en una investigación larga, cuidadosa? Gen. Bullfat: Exactamente, Senador. Esa es la manera en que los militares hacemos las cosas. *** Por cuestiones de azar, tanto Hawkins como Starling estaban fuera almorzando cuando entró el mensaje. Como estaba decía “urgente”, un hombre del cuarto de comunicaciones lo llevó directamente a la oficina de Hawkins. La puerta estaba trancada. El General Bullfat,. Que estaba justo saliendo de su oficina hacia el pasillo, encontró al mensajero esperando en el corredor a que Hawkins regresara. Con la persuasión típica de Bullfat— doscientas cincuenta libras vestidas con cinco estrellas pueden ser muy persuasivas — convenció al hombre de que una comunicación urgente no podía esperar “los caprichos de un condenado holgazán como Hawkins”. Bullfat se llevó el mensaje a su oficina y lo abrió. Fácilmente decodificó la pequeña nota de cinco palabras y luego la miró fijamente por cerca de un minuto, con los ojos brotados. “Parks”, apuró a su secretario por el intercomunicador, “comuníqueme con el Presidente. No, pensándolo bien, no se moleste —iré a verlo yo mismo”. Dejó su oficina justo cuando Hawkins y su ayudante regresaban de almorzar. El general no podía decidir entre reírse triunfalmente en la cara de Hawkins o sermonearlo, así es que todo lo que dijo fue, “Te atrapé, Hawkins. Al fin te atrapé”. Hawkins y Starling intercambiaron miradas de confusión, de preocupación. Al entrar en la oficina del general, Hawkins encontró el mensaje sobre el escritorio, lo leyó en silencio para sí mismo y se sentó de golpe. Sus ojos miraban perdidos hacia la pared frente a él y el mensaje cayó libremente de su mano sin fuerzas. Starling lo levantó y lo leyó en voz alta con incredulidad. “Sydney embarazada. Ahora qué? Briston”. *** Sen. McDermott: Damas y caballeros. Desde ayer, he tenido la oportunidad de comunicarme con el Presidente, y hemos llegado a la conclusión que las investigaciones ulteriores en este sentido parecen estériles. Por tanto, deseo aplazar esta audiencia hasta nuevo aviso y retener la publicación del transcrito oficial, hasta el momento en que se considere apropiado revelarlo al público. Eso es todo. *** Filmore se las arregló para encontrarse con Hawkins afuera del edificio. “Creo que detecto tu fina mano en esto , Jess. ¿Cómo rayos sacaste esa del fuego?”. “Bueno”, explicó Hawkins, “como el público aún no ha escuchado sobre este asunto, simplemente le hice ver al Presidente que mientras no pueda deshacerse de nosotros, bien puede acostumbrarse a nosotros”. “¿Por qué no puede deshacerse de ti?”. “Porque el Director de la Agencia Nacional Espacial es designado por un período de seis años, de los cuales aún me quedan cuatro. Y además, sólo el Congreso tiene la autoridad de destituirme”. “¿Y qué hay con las chicas? ¿No puede despedirlas a ellas? ¡Cielos , no! Como empleadas civiles de la Agencia, caen dentro del estatus de “servicio esperado” —sólo pueden ser despedidas por incompetencia en el desempeño de sus labores específicas. “Y nadie”, sonrió Hawkins, “podría nunca acusarlas de eso”. Agradable lugar para visitar Éste apareció por primera vez en Vertex, octubre 1973. Mirando atrás, parece que tengo alguna fascinación con viejas ciudades desiertas que pueden cumplir tus sueños—pero a un precio muy alto. Hay una de estas ciudades en BÚSQUEDA DEL TESORO y una culminación en UN MUNDO LLAMADO SOLICITUD. Pero ésta es la primera que surgió. Me pregunto, qué pensarán los eruditos que estoy tratando de decir. El límite de la ciudad estaba justamente a medio metro de la punta de las botas de Ryan. Ryan estaba allí parado, sin apuro particular por cruzar la línea. Cincuenta centímetros era todo lo que había entre él y la posible locura. Contempló la ciudad, intentando leer en su inescrutable silueta —intentando y fallando Finalmente, sacó el comunicador de su bolsillo. La caja fría, metálica, rectangular se sentía curiosamente cómoda en su mano. Este era un símbolo de la Tierra, aquí en medio de lo alienígena de este planeta. De alguna manera, la nave —e incluso la Tierra misma — no estaba tan lejos siempre que lo sostuviera. Ryan no era un hombre excepcionalmente valiente; a pesar de toda la propaganda, los exploradores planetarios tienden a tener sus propias carencias y miedos humanos. El miedo de Ryan era la soledad. Sin embargo, habló en un tono clamado, uniforme. Su voz se dirigía, no a ningún humano en la nave, sino a la computadora modelo JVA que la manejaba. La sociedad humana se había hecho demasiado grande, demasiado diversificada, demasiado compleja para que las mentes humanas pudieran comprender y por tanto se necesitaba de ayuda mecánica. Las computadoras se habían convertido en padre-madre-maestro de la raza humana. Java-10 era el complemento portátil al enorme cerebro que controlaba la Tierra. “Estoy a punto de entrar en la ciudad”, dijo Ryan. “Debo enfatizar la importancia de la precaución”, respondió Java-10. “Cinco expediciones previas se perdieron allí. Trata de mantener comunicación frecuente, si no constante. Y recuerda, si fallas, no habrá más intentos. La ciudad tendrá que ser destruida a pesar de su valor potencial”. “Entiendo”, dijo Ryan lacónicamente. “Cambio y fuera”. Apagó su comunicador y lo devolvió a su bolsillo. Se paró frente a la frontera y dudó. A la derecha, su nave exploradora ocupaba un puesto junto a cinco otras, preparada y lista por si surgiera la necesidad de despegue inmediato. Tras de sí, percibió el desierto, seco y mortal, con sus dunas de arena cambiando suavemente siempre que alguna brisa azarosa soplaba entre ellas. Delante de él esperaba la ciudad, definida en sus contornos, su belleza y su total condición alienígena. Las resplandecientes paredes emergían en ángulos disparatados, aparentemente producto del delirio de un arquitecto ebrio. Estructuras frágiles casi mágicas brotaban lateralmente unas de otras, a veces a cientos de metros del suelo. Otros edificios, incluso más impresionantes, parecían estar simplemente suspendidos en el aire, sin soporte visible. Ocasionalmente, un viento tocaba la ciudad y ponía a toda la obra a vibrar como un cristal cantante, así es que la ciudad parecía entonar una canción de sirena. Los hombres habían entrado en esta ciudad, la única en un planeta por lo demás desolado, cinco veces anteriores. Ninguno de esos hombres había regresado jamás. Los detectores no habían mostrado ninguna forma de vida antes de que llegaran los hombres. Dieciséis formas de vida se registraban ahora —los dieciséis hombres que se habían desvanecido ahí dentro. Y ahora era el turno de Ryan de ser el diecisiete. Nadie tenía idea de quién construyó la ciudad, ni cuando, ni por qué. Todo lo que se sabía es que se había tragado a dieciséis hombres, vivos pero aparentemente impotentes de escapar a pesar de los mejores armamentos que la Tierra podría proporcionar. La ciudad generó un campo de energía desconocida que se irradiaba, desde el centro de la ciudad, hacia afuera con forma esférica hasta una cierta distancia y no más allá. Algunos de los hombres que habían entrado al campo habían mantenido comunicación por radio con sus naves por algún tiempo; pero la información recibida había sido casi inútil, porque los hombres se habían deslizado hacia estados más y más profundos que sólo podían denominarse delirio, perdiendo eventualmente por completo el contacto con la realidad e interrumpiendo la comunicación. La curiosidad de la Tierra y la necesidad de la tecnología que esta ciudad representaba, era poderosa. Debido a ello, dieciséis hombres habían ingresado a la ciudad y se habían vuelto locos. Quizá, habría un número diecisiete. Espirando ruidosamente, Ryan cruzó la frontera. *** No pasó nada. Ryan se paró allí expectante, los músculos tensos y la mandíbula apretada, pero no había diferencias entre sus sensaciones actuales y sus sensaciones de hacía un momento. Sacó una vez más su comunicador del bolsillo, apreciando el alivio de tenerlo. “Acabo de cruzar la frontera hacia la ciudad. Hasta ahora, no siento ningún efecto”. “Bien”, contestó la nave. “Procede hacia el centro de la ciudad. Avanza lentamente y no te arriesgue”. “Entendido”, dijo Ryan y apagó de nuevo. Los edificios más cercanos aún estaban a más de cien metros de distancia. Ryan se acercó a ellos con gran prudencia. Todos los sentidos estaban tensos, buscando alguna señal de peligro, aunque fuese débil. Nada se movía y los únicos sonidos eran los susurros del viento. La ciudad no olía a nada en lo absoluto, lo que era más notorio que un hedor. Ryan tenía la vaga impresión de estar entrando en un castillo de cristal, pero ese pensamiento se desvaneció rápidamente. Llegó al primer edificio y estiró una mano titubeante para tocarlo. Era liso y duro como el vidrio, aun así opaco; no se sintió ni frío ni caliente en sus indagadores dedos, pero sí hizo hormiguear a las yemas de sus dedos. Retiró su mano. En los lugares en que sus dedos lo habían tocado, había marcas pequeñas, oscuras sobre la superficie por lo demás lechosa. Las manchas desaparecieron mientras miraba, hasta que toda la pared era uniforme de nuevo. No había aberturas ni roturas en ninguna parte de la pared. Ryan camino al lado de la misma, en paralelo sin tocarla otra vez. Buscó una entrada o abertura de algún tipo, por la cual poder entrar al edificio. La pared parecía lisa, dura y continua sin entrada aparente. Aun así, de repente la pared resplandeció y dejó de existir, dejando un espacioso portal que Ryan podía utilizar. Saltó hacia atrás, sorprendido, luego sacó su comunicador y describió los últimos acontecimientos a la nave en órbita sobre él. “¿Ha pasado algo más que sea potencialmente peligroso?”, fue la respuesta. “Aún no. Aún no parece haber ningún signo de vida, más que la aparición de esta puerta”, “Entonces debes asumir el riego de ir y explorar”, dijo fríamente el Java-10. Claro, pensó Ryan, ¿qué te importa a ti? No es tu pellejo. “Entendido”. Tenía una linterna consigo, pero un vistazo hacia adentro le mostró que no tendría que usarla. El interior del edificio estaba iluminado claramente, la luminosidad parecía difundir de las paredes. Al entrar, Ryan miró sorprendido a su alrededor. El edificio estaba completamente libre de muebles. El único detalle dentro del mismo era una amplia escalera de caracol que ascendía junto con las paredes cilíndricas, y ascendía, y ascendía, y ascendía. El explorador inclinó su cuello hacia atrás para seguir el curso de la escalera, pero parecía continuar hasta el infinito. Cada veinticinco escalones, había un amplio descanso con una pequeña ventana en la pared para asomarse hacia la ciudad. Una barandilla de plástico transparente corría a lo largo del borde interior de la escalera. Ryan avanzó lentamente, aún alerta por cualquier cosa que pudiera pasar. El eco que producían sus botas a medida que raspaban el duro piso de piedra, era casi ensordecedor en comparación con el silencio total que arropaba al resto de la ciudad. Llegó al inicio de la escalera y colocó su mano sobre la barandilla. El plástico se sintió fresco y extrañamente reconfortante, como si se hubiera encontrado con un viejo amigo entre esta extrañeza. Comenzó a subir la escalera con precaución, un pie delante del otro, con su mano firme en la baranda. Sus ojos exploraban de lado a lado, buscando cualquier peligro concebible. Pero no apareció ninguno. Entonces la impaciencia lo atenazo y comenzó a subir por la escalera corriendo. Finalmente, se detuvo para recuperar el aliento, en el cuarto descanso. Estaba ahora a quizá a dieciséis metros del nivel del suelo. La entrada aún estaba allí, esperando pacientemente por su retorno, pero se veía mucho más pequeña desde esa altura. Caminó hasta la ventana, se asomó hacia afuera y miró Nueva York a medio día, aceras llenas de hombres de negocios en su camino a almorzar, compradores en el tránsito entre tiendas con paquetes en sus brazos Parpadeó y volvió a mirar. Sólo estaba la ciudad alienígena, reposando de cuclillas y silenciosa, esperando, siempre esperando. Silencio. Ningún movimiento, ningún sonido, ninguna sombra. Con manos inquietas, Ryan prácticamente arrancó el comunicador de su bolsillo. Dejó que sus dedos temblorosos acariciaran su forma rectangular por un momento, luego realizó otra llamada a la nave. “Este es Ryan llamando a Java-10. Acabo de experimentar una alucinación”. Continuó describiendo brevemente lo que había aparecido ante él por sólo un segundo al mirar por la ventana. “Interesante”, analizó la computadora. “Esto se correlaciona con los informes de otras alucinaciones observadas por tus predecesores. Lo que sea que les haya ocurrido a ellos, está comenzando a ocurrirte a ti. Debes tener doble precaución de ahora en adelante”. Ryan se sentó en un escalón para recuperar la compostura. Deseó que le hubieran permitido a su compañero, Bill Tremain, acompañarlo en su misión. Bill y él habían sido un equipo siempre desde la escuela de entrenamiento. Juntos, habían explorado más de treinta mundos, enfrentando lo desconocido uno junto al otro. Sabía que no estaría sintiéndose tan solo ahora, si Bill estuviese aquí con él. Pero la computadora no quería arriesgar más personal que el absolutamente necesario. Además, todas las exploraciones anteriores habían sido realizadas por equipos de dos o más personas y todos habían fallado; quizá un único hombre tendría mejor oportunidad. Ryan captó un movimiento con el rabillo del ojo. Giró rápidamente para ver lo que parecía una figura humana que corría hacia debajo de la escalera donde estaba y que desaparecía. Una figura con cara rojiza. La figura de Bill Tremain. Y eso era evidentemente ridículo, porque Bill Tremain estaba a bordo de la nave. Sin embargo, Ryan bajó de nuevo la escalera, lentamente, para investigar. Por supuesto, no había nadie ahí; la pared debajo de la escalera era lisa y dura, sin ningún lugar para esconder persona alguna que hubiese corrido hasta ella. No, el edificio está desierto excepto por mí. El silencio lo atestiguaba. “¿Buscas algo, Jeff?”. Se oyó una voz desde arriba. *** El hombre parado en el tercer descanso no era el compañero de Ryan. En su lugar, era Richard Bael, un antiguo conocido de los días de la Academia. “Oh, no te preocupes”, sonrió Bael. “Soy bastante real”. Eso tenía sentido. Bael había sido uno de los primeros dieciséis en entrar a la ciudad. “¿Cómo llegaste ahí?”. Balbuceo Ryan. “Oh”, se encogió de hombros Bel, “hay maneras”. Comenzó a bajar suavemente por la escalera. “Aprenderás luego de una semana o dos”. “No tengo planeado quedarme tanto tiempo”, respondió Ryan a la defensiva. Trató de buscar lentamente el comunicador en su bolsillo, pero Bael detectó su movimiento. “Oh, ¿vas a llamar a tu nave? ¿Puedo decirles unas palabras?”. “Les encantaría saber de ti”, dijo Ryan. “¿Qué le pasó a tu unidad de comunicación?”. “Debo haberlo puesto en algún lugar y luego lo olvidé”, dijo Bael agitando su mano. “No pensé realmente que fuera tan importante”. Llegó hasta al lado de Ryan y le extendió la mano. Ryan le dio el comunicador. “Hola allá arriba, este es Richard Bael llamando. ¿Pueden oírme?”. “Sí”, respondió la voz sin emociones de Java-10. “Tengo un informe atrasado que hacer en relación con mi exploración de esta ciudad. Imagino que están grabando todo, listos para captar cada palabra del mismo”. “Correcto”. “Bien, entonces aquí va: Váyanse al diablo”. Apagó el equipo y se lo devolvió a Ryan. “Siempre quise hacer eso, pero nunca antes tuve las agallas”, sonrió de buen humor. Ryan le arrebató el comunicador de las manos, ligeramente horrorizado por la acción de Bael. “Este es Ryan llamando a Java-10. Me escuchan?”. “Afirmativo. ¿Bael está realmente ahí contigo?”. Esta pregunta era llana más que incrédula. “Parece estar”. “Realmente soy Peter Pan”, comentó Bael juguetón. “¡Cállate!”, gritó Ryan. “No hay necesidad de ser tan delicado, Jeff. Sólo trataba de ayudar”. “Pregúntale porque no deja la ciudad”, insistió Java-10. “Oh, no contestes, Jeff. Estoy cansado de jugar los juegos endiosados de esa computadora”. Comenzó a moverse hacia la entrada. “Guarda ese estúpido equipo. El día está muy agradable para desperdiciarlo hablándole a una caja”. Ryan dudó. “Mira, viniste a explorar la ciudad, ¿no es así?”. Continuó Bael. “Bueno, yo estoy listo para darte un tour guiado. ¿Qué esperas —una invitación impresa? Okey, ten una”. Sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo y la lanzó a los pies de Ryan. Ryan se agachó y la recogió. Impreso en ella , en letras doradas, estaban las palabras: EL SR. RICHARD BAEL GENTILMENTE SOLICITA LA PRESENCIA DEL SR. JEFFREY RYAN PARA UN TOUR GUIADO PERSONAL POR LA CIUDAD. ¿Es suficiente para ti?”. Preguntó Bael informal. Ryan guardó la tarjeta cuidadosamente en su estuche de muestras para posterior análisis. “Está bien Bael, hagámoslo a tu manera”. Guardó de nuevo el comunicador en su bolsillo. “Guíame”. Con floritura, Bael salió por la puerta, con Ryan dos pasos atrás de él. Luego de que Ryan la atravesó, la apertura se desvaneció y la pared era sólida una vez más. Se negó a preocuparse por un detalle menor como ese. No dudaba que la ciudad tendría pronto mayores sorpresas reservadas para él. Y tenía mucha razón. *** Los dos hombres caminaron por la ciudad, Bael a un paso relajado y Ryan irritado, con impaciencia de tener que ir al exasperante lento paso del otro. No había verdaderas carreteras que seguir, ya que la ciudad no parecía haber sido establecida con ningún patrón discernible y no había tramos largos de espacio abierto, suficientemente anchos para ningún tipo de vehículo. Edificios de todas las formas, tamaños y colores surgían por todas partes; un cilindro aquí, un cono allá, una semiesfera más allá...había incluso un par que cambiaban de forma mientras Ryan los miraba. “¿Quién construyó la ciudad?”, preguntó a Bael. “¿Por qué lo hicieron?”. “¿A dónde fueron?”. “Es un lugar agradable, ¿no es así?”. Bael ignoró las preguntas e hizo gestos mostrando la ciudad a su alrededor. “Eso no es una respuesta”. “Claro que no. No tengo una. Las preguntas no son importantes aquí, por tanto las respuestas son irrelevantes". “Por supuesto que no lo son. Debo saber —” “Corrección: Java-10 tiene que saberlo. No tienes que hacer nada sino disfrutar”. Cloqueó Bael compasivamente. “Pobre tonto bastardo, te han lavado tanto el cerebro que ni siquiera reconoces la libertad cuando te besa en la cara. “Sentémonos y hablemos por un momento”. Dos sillones confortables aparecieron detrás de ellos. Bael tomó uno y le hizo señas a Ryan para que tomara el otro. El explorador lo probó tímidamente antes de apoyar todo su peso en él. “¿De qué quieres hablar?”, preguntó después de que se había acomodado. “Comencemos con el porqué estás aquí”. “La misma razón que tú: para averiguar sobre la ciudad”. “¿Por qué?”. “La tecnología mayormente. Quien quiera que haya construido un lugar como este, debe estar tan adelantado respecto a nosotros que podemos aprender algo con sólo examinar sus artefactos. Tenemos que enterarnos —” “¿Tenemos?”. Interrumpió Bael. “¿Realmente te incluyes a ti mismo en eso? La interrupción le hizo perder a Ryan el hilo de pensamiento y sólo pudo pestañear sin comprender. “Sé honesto. ¿Estuviste tú, personalmente, alguna vez tan curioso sobre lo que hay en esta ciudad como para arriesgar perder tu sanidad mental al bajar aquí?”. Los ojos de Bael estaban radiantes de vida mientras apoyaba con entusiasmo su punto de vista. “Te ofreciste de voluntario para esta misión o lo ordenó Java-10? Ah, se dio cuenta como se puso inquieto. ¿Esta no fue tu idea, o sí? “Eso no tiene nada que ver —” “Tiene todo que ver. Jeff, tú eres una marioneta, un esclavo de esa nave de allá arriba. Has bien tu trabajo, efectúa bien la misión y recibirás una palmada en la espalda, una recomendación, quizá hasta una medalla. “¿Eso es todo el valor que tu vida tiene para ti?”. “Tengo una responsabilidad con el Cuerpo, con la Tierra”. “¿Que se vayan al diablo! ¿Y qué hay de tu responsabilidad con el viejo buen número uno? ¿Qué tal aprender a cómo divertirte?”. “La Tierra me necesita —” “Seguro, tanto como el Presidente Ferguson necesita otro orificio en su trasero”. Bael miró a su alrededor. “Oye, amigos, venga a unirse a la fiesta”. Quince hombres más se pasearon por el espacio abierto en el que Ryan y Bael estaban sentados. Vinieron de todas direcciones y su andar era tan relajado como había sido el de Bael. Eran el resto de exploradores que habían venido a la ciudad en las expediciones previas. Ryan conocía a la mayoría de ellos, si no personalmente, al menos por su reputación. Antes de venir a la ciudad, habían sido hombres rudos, experimentados. Ahora parecían amables, relajados y bien satisfechos. Todos ellos saludaron a Bael y sonrieron cálidamente a Ryan. “Sin duda”, dijo Bael, “quieres sacar tu comunicador e informar a Java-10 la buena noticia de que todos estamos vivos y bien, y reunidos todos en un mismo lugar”. De hecho, eso era exactamente lo que Ryan quería hacer. A pesar de la expresión amistosa en las caras de los hombres, sentía una aguda incomodidad de estar rodeado por dieciséis desertores. Ahora mismo, quería más que nada, sostener esa fría caja metálica en sus manos, que le diera la cálida seguridad de que había alguien allá arriba que se interesaba por su bienestar. Pero esta conversación parecía estarse convirtiendo en un duelo entre Bael y él mismo y se rehusaba a darle a su adversario la satisfacción de estar en lo correcto. Entonces dijo en su lugar, “Puedo informar más tarde”. “¡Buen chico!”. Sonrió Bael. “Ya estás aprendiendo. En un par de días, serás tan libre como cualquiera de nosotros. Ryan tenía el incómodo sentimiento de haber caído en la trampa del otro. “Pero no tengo un par de días”, respondió rencoroso. “Si no me voy de aquí para mañana a medio día, seré considerado perdido, al igual que ustedes. Y si lo soy, Java-10 bombardeará esta ciudad hasta partículas subatómicas”. Los otros hombres dejaron de sonreír. Todos menos Bael, cuyo buen humor parecía inquebrantable. “No creo”, dijo tranquilamente, “que la ciudad vaya a permitir que eso suceda”. Era el turno de Ryan de quedarse en silencio por un momento. “Hablas como que si fuera un ser vivo”. “No tengo ni la mínima idea si lo es o no. Pero después de que has estado aquí por algún tiempo, comienzas a preguntártelo. Ciertamente sabe lo que está en nuestras mentes. Actúa sobre nuestros pensamientos y moldea nuestros sueños. Nos ama, Jeff y no dejará que nada nos lastime”. Un escalofrío recorrió la espalda de Ryan. Bael lo decía en serio, como sólo un demente podría hacerlo. Tragó grueso y dijo, “Sin embargo, a mí no me gustaría estar aquí para probar su amor cuando empiecen a caer las bombas”. “Eres libre de irte cuando quieras”, señaló Bael. “Nadie te detendrá”. Ryan se dio cuenta con sorpresa que Bael tenía razón. Él estaba seguro de que encontraría una fuerza diabólica acechando en algún lugar de la ciudad, que trataría de retenerlo allí en contra de su voluntad. En cambio, todo lo que había encontrado hasta ahora era una maravillosa tecnología y dieciséis lunáticos amigables. Él no había sucumbido —aún— a la demencia de los otros y no sentía ninguna compulsión extraña de evitar esta partida. Era libre de irse en cualquier momento. “Por supuesto”, dijo Tashiro Surakami, uno de los otros exploradores a quien Ryan conocía vagamente, “Java-10, podría no estar del todo contenta contigo si lo hicieras”. Esa era la trampa. Si se iba ahora, no tendría nada significativo que informar. Lo enviaron para descubrir por qué estos hombres no habían regresado a sus naves. Hasta ahora, excepto por algunas generalizaciones hedonistas pronunciadas por Bael, aún no tenía una pista de la razón. Si dejaba la ciudad ahora y regresaba a la nave, podría muy bien nunca regresar. “Aún tengo que hacer mi trabajo”, insistió Ryan obstinadamente. “No voy a rendirme a la mitad. Tengo que descubrir por qué...” Y se detuvo. “¿Por qué enloquecimos?”. Terminó Bael por él. “Desde nuestro lado de la cancha, es por qué nos sanamos. La respuesta está a tu alrededor, si sólo te detienes a buscarla. Los otros chicos y yo probablemente te estamos distrayendo. Quizá ayudará si te quedas solo un rato. Amigos, dejemos a Jeff aquí por un momento. Recuerda Jeff, si quieres hablar con alguien, sólo grita. Alguien te escuchará. Bael y los demás comenzaron a alejarse como si nada, hablando y riendo entre ellos. Era como si de repente Ryan hubiera dejado de existir para ellos. En un minuto, todos se habían ido. Regresó una vez más el sofocante silencio, dejando a Ryan sentado en el medio de una ciudad aparentemente desierta. El explorador buscó rápidamente su comunicador y escupió rápidamente un informe desesperado a la nave de arriba. Esperaba consejo, pero la nave sólo confirmó secamente la recepción del mensaje, le dijo que se mantuviera cauteloso y apagó. No fue sino hasta que se paró de nuevo que vio a la chica. *** La miró fijamente por un largo momento, incapaz de decir nada. La chica no tenía la misma dificultad. “Hola, Jeff”, le dijo en tono suave. “¿Te acuerdas de mí?”. ¿Recordarla? ¿Cómo podía olvidar a Dorothy, la primera chica con la que se había acostado? Dorothy, con sus pequeños pero femeninos senos, su risa de campana, su cálido deseo de complacer... “No existes”, afirmó llanamente Ryan. “Tú no eres real”. Dorothy ladeo su cabeza de esa forma graciosa en que siempre lo había hecho, siempre que él decía algo que ella no entendía. “¿No lo estoy?”. “No estoy de humor para jugar juegos de preguntas y respuestas. Primero Bael, ahora tú. Lo que quiera que seas, no eres Dorothy. Ella está a cientos de pársec de distancia, ella está casada y tiene tres niños. Tú no eres más que un fraude. Vete”. Dorothy sólo miraba fijamente a sus pies y no se movió. “Ya no me amas”. “Mira”, dijo Ryan, “admito que eres un engaño inteligente. Es sólo que sé que no eres real. No es tu culpa...lo intentaste. “¿No soy real?”. Dorothy miró hacia arriba, sus ojos enrojecido y llorosos, su voz vacilante. “¿Puedes verme y escucharme, o no? Si te acercaras un poco más, podrías oler mi perfume. Si estiraras la mano, me tocarías. Si me mordieras, me saborearías. ¿Qué tanto más real podría ser?”. Su ruego rayaba en la histeria. Ryan dudó. Ella debe ser una alucinación. No había duda de ello. El bien entrenado oficial dentro de él deseaba buscar el comunicador en su bolsillo. Pero el hombre en él dijo que no. Una tercera parte de su mente seguía repitiendo, “Eres un tonto”. ¿Pero cuál parte era la tonta? No podía amar bien a un producto de su imaginación que de alguna manera se había materializado delante de él. Esta Dorothy era fría, irreal, una sombra producto de la ciudad misterio. Y de repente ella estaba en sus brazos, se sentía muy real, muy viva. Su rostro se elevó, buscando el de él. Sus pequeños senos se pegaron a él, su cadera se presionaba contra la de él con pequeñas ondulaciones que eran claramente sexuales. Ryan trató de resistirse, trató de decirse a sí mismo que esto no estaba pasando. Él tenía su selección de mentiras, pero la Dorothy en sus brazos era de alguna forma la más convincente. La mano izquierda de ella acarició el cabello del lado derecho de la cabeza de él. La mano derecha de ella tocó ansiosamente los botones de cuello de la túnica de él. Su boca presionada contra la de él, abierta y su pequeña lengua afuera, firme, recorría el borde de los dientes de él. Ya no había, no podía haber ninguna duda. ¡Al diablo con su lógica ! Esto era real. Esto no era un delirio de su mente, sino el artículo genuino en carne y hueso. Nadó en un mar de sensaciones. Los dos cayeron al suelo, que de alguna manera pareció hacerse gomoso y elástico. Pero su mente no tuvo la oportunidad de permanecer en estos asuntos, porque su cuerpo se rehusaba a permitírselo. La razón se marchitó ante la pasión, como ha hecho siempre por los siglos. Tan absorto estaba, de hecho, que ni siquiera notó el insistente zumbido de su comunicador. *** Más tarde, Dorothy volvió a ponerse de pie. “Me tengo que ir”, dijo ella. “¿Tienes que irte?”.- Ella asintió. “Pero regresaré en cualquier momento que me necesites. Sólo llámame. Yo sabré”. Y se fue. Ryan estaba ahí acostado boca arriba, mirando fijamente hacia el cielo. Era mucho más tenue de lo que había sido antes y no lastimaba tanto sus ojos. Debía ser finales de la tarde. En pocos minutos, se levantaría y continuaría su inspección, pero en este momento estaba demasiado saciado para moverse. Incluso parpadear parecía un esfuerzo gigantesco... “¿Divirtiéndote?”, le preguntó una vos familiar. Ryan giró su cabeza bruscamente para ver a Bael parado a unos pocos metros, sonriéndole. Un arrebato de culpa, vergüenza y de indignante rabia lo puso de pie. “¿Qué haces, me estás espiando?”. “No”, dijo Bael, y se amplió su sonrisa. “Sólo pasaba por aquí y pensé en visitar. Además, yo podría hacerte la misma pregunta, excepto que conozco la respuesta”. Ryan no estaba seguro qué lo enfurecía más — si la fluidez de Bael o su propia incapacidad de lidiar con este desertor. Antes de que pudiera pensar en algo, Bael continuó, “Supongo que fue sexo”. La expresión de Ryan lo traicionó. “Me imaginé que lo sería”, asintió sabiamente Bael. “Eso parece ser lo que la mayoría de nosotros, solitarios exploradores tipo héroe, necesitamos más. Es la única cosa que la computadora de la nave no puede darnos. La ciudad sabe, Jeff. No importa que tan fuertemente trates de esconder algo en tu mente, la ciudad sabe”. “Tú sí crees que está viva”. No era una pregunta. “No lo sé. Eso depende de a qué llamas vivo. Si tú quieres decir viva y respirando, lo dudo. Si quieres decir consciente e informada de lo que ocurre, sí , definitivamente”. “Pero como —” “¿Debes seguir haciendo esas preguntas infernales?”. Sólo por un momento la máscara de Bael se rompió y le ofreció a Ryan un muy breve vistazo a la inseguridad bajo la superficie. Luego regresó la suavidad y Bael era el mismo casual y despreocupado de antes. “Sólo acepta esto por lo que es, Jeff. Esta ciudad puede cumplir tus sueños. Quiere ayudarte. No sé cómo lo hace; no me importa. Sus constructores la hicieron de esta forma, esos es suficiente para mí”. “¿Y dónde están ellos ahora? Los constructores. ¿Qué les pasó?”. Trataba de ver si podía quebrar la compostura de Bael de nuevo, pero esta vez falló. “No lo sé. Probablemente se fueron a hacer cosas mayores y mejores. En cierta forma es una pena, porque realmente me gustaría agradecerles”. “¿Agradecerles por qué?”. Preguntó Ryan cínicamente. “¿Por convertirte en un vegetal? Sólo estás por ahí y dejas que la ciudad haga todo por ti, ¿no es así? Te olvidaste de ser un hombre y comenzaste a convertirte en un vividor —” “¿Eres tú más hombre, Jeff?”. Replicó Bael, y cualquiera fuese la presión bajo la que estaba, se acercaba más a la superficie. “¿Quién es el marioneta aquí? ¿Quién brinca cada vez que Java-10 mueve los hilos? ¿Quién no puede aguantar estar lejos de su unidad de comunicador por más de un par de segundos? ¿Cuál de nosotros está en esta ciudad porque está bajo órdenes y cuál de nosotros va adonde quiere?”. “Solías ser un buen oficial, Bael”, dijo Ryan en voz baja. Por un momento, al menos, sus papeles se invirtieron —Bael estaba en el borde y Ryan era quien desconcertaba. “Seguro, solía serlo”, logró decir Bael. “Seguía órdenes y arriesgaba mi vida por la vieja querida Tierra, Y qué me daba ella? Un puñado de medallas, un pequeño bono en mi sobre de pago en Navidad, un fondo de pensiones que se iba acumulando rápidamente. Todo careció de sentido después de un tiempo, Jeff. Pero no aquí. La ciudad me quiere, me necesita. Fue construida para servir a las personas, para darles lo que necesitan. Sólo quiere ayudar. ¿Es eso tan terrible?”. “Sí lo es —si logra hacer lo que te hizo a ti”. Bael luchaba por recuperar su autocontrol. “No luches contra ello, Jeff. Es sólo una advertencia amistosa. La ciudad puede protegerse de ti, fácilmente. Puede concederte tus sueños, claro; pero las pesadillas también son sueños. No creas que puedes luchar contra todas tus pesadillas de una vez”. Bael se dio la vuelta y se marchó. Ryan se puso de pie y lo miró marcharse. Incluso después de que el desertor había desaparecido tras unos edificios, Ryan permanecía de pie, inmóvil. ¡Estaba Bael sólo amenazando o podía la ciudad dragar también las pesadillas así como los sueños? Se inclinaba a creer esto último. De nuevo, pensó en lo real que había sido Dorothy y se estremeció. No había tenido pesadillas en un largo tiempo, pero aun así...aun así. Sacó el comunicador de su bolsillo e hizo otra llamada a Java-10. “¿Por qué no contestaste la última llamada?”, fue la respuesta inmediata de la nave. Vagamente, Ryan recordó el zumbido que había emitido la unidad durante su interludio con Dorothy. “Lo...lo siento”, tartamudeo. Luego, como un niño con sentimiento de culpa enfrentando a un padre que sabe, se encontró a sí mismo dando detalles sobre todo lo que había ocurrido desde la última vez que habló con la nave. Java-10 escuchó desapasionadamente todas sus revelaciones. Fuiste negligente en tus labores durante ese devaneo”, lo amonestó cuando él había terminado. “Lo sé. No dejare que vuelva a pasar”. “Muy bien. Pero eso no excusa el que haya pasado la primera vez”. Luego la máquina cambió completamente a otro asunto. “Comienza a aparecer una imagen coherente de los trabajos de esta ciudad. Pareciera haber algún poder o poderes automáticos que operan detrás de la escena y son conscientes de lo que ocurre. Es razonable asumir que este poder controlador posee algún tipo de habilidades telepáticas, que le permite descubrir tus deseos y proyectar ilusiones a tu mente”. “Debe haber algo más, algo adicional. Ese sillón en el que me senté era real. Soportaba mi peso. La chica también fue real. Esas definitivamente no fueron ilusiones. La Java-10 dudó. Entonces, “También podría ser apropiado postular un sistema de transformación de materia-energía, de tal forma que el poder que opera la ciudad puede ser capaz de crear materia en la forma que lo desee. Todas estas conclusiones tentativas presuponen una increíble cantidad de sofisticación técnica de parte de los constructores de la ciudad. Parece imperativo ahora que descubramos los secretos de la ciudad. “Debe haber un área central de control, algún lugar en el que residen las funciones cerebrales superiores de la ciudad. Debes buscar esta área e incapacitarla sin destruirla, de tal manera que pueda ser estudiada de forma segura”. “¿Pero cómo puedo hacer eso?”. Protestó Ryan. “La información es insuficiente en este momento para contestar a tal pregunta”, respondió Java-10. “Primero debes aprender más sobre este sistema”. “Puede ser peligroso”. Ryan repitió la amenaza de Bael sobre las pesadillas. “¿No podrías mandar unos hombres más para acá abajo a ayudarme?”. La respuesta fue inmediata y cruel en su brusquedad. “No. Si un hombre no puede hacer esto, entonces las probabilidades están en contra de que un grupo sea capaz de hacerlo. Si la ciudad te vence, vencerá a cualquier otro que pudiéramos mandar. No podemos arriesgar más vidas. Si fallas, la ciudad debe ser destruida, sin importar su valor”. Y, sin tan si quiera desearle buena suerte, Java-10 apagó. *** Era final de la tarde. La estrella roja que hacía de sol para este mundo se estaba poniendo, convirtiéndose en una bola manchada de rojo a medida que se acercaba al horizonte. Su color cambió la coloración de toda la ciudad y los edificios reflejaron los macabros tonos con un sentido de inquietante deleite mezclado con aprensión. La siempre presente brisa ahora helaba un poco y Ryan, de pie al aire libre, se estremeció involuntariamente. No había comido nada desde el desayuno y estaba sintiéndose bastante hambriento luego de la actividad inusual del día. Buscó una ración en su bolso de sobrevivencia y notó, hacia un lado, una gran mesa aparentemente dispuesta para el banquete de un hombre rico. La mezcla de olores agradables de jamón horneado, pollo frito, langosta hervida y bistec asado, asaltaron sus fosas nasales. Más allá de estas entradas, podía ver pilas de puré de papas amarillas con mantequilla, y guisantes, y “¡No!”, dijo en voz alta. “No, no me vas a hacer esto a mí de nuevo. Me hiciste caer una vez, pero ya no me vas a engañar más”. Comenzó a alejarse de la mesa. La mesa, sobre ruedas, lo seguía. “No esta vez”, confirmó él. Agarró una lata de ración sin abrir y la agitó al aire. “Esta vez, tengo mi propia comida. Puede no ser tan apetitosa como la tuya, pero al menos no tiene compromisos asociados”. Ryan haló de la arandela para abrir la lata. Caminando dentro, sobre la carne, había varios insectos negros, grandes y desagradables. Instintivamente, lanzó la lata alejándola de sí. La mesa cargada de comida se acercó aún más. “Está bien”, dijo Ryan testarudo, “pasaré hambre por unas horas más. No voy a rendirme ante ti tan fácilmente. Que Bael y los otros sean tus esclavos, pero no cuentes conmigo”. Ese discurso lo hizo sentirse muy orgulloso de su propia integridad. Desafortunadamente, no sirvió para aplacar los gruñidos de su estómago. Encuentra el cerebro central de la ciudad, le había dicho Java-10. Más fácil de decir que de hacer. ¿Dónde buscaría? El centro geográfico podría ser el punto lógico, pero cómo ¿cómo lo encontraría? No tenía idea de dónde estaba en este momento e incluso si la tuviera, no tenía direcciones. No podía haber referencias en una ciudad que cambiaba constantemente, en la que los edificios cambiaban su forma y su color de minuto a minuto. Decidiendo, luego de un rato, que cualquier dirección era tan buena como otra, Ryan comenzó a caminar. La mesa con el banquete lo seguía como un ansioso cachorrito. Él la ignoraba y concentraba su mirada directo al frente. Cuando el crepúsculo se convirtió en oscuridad, se encendieron las luces de la ciudad. No las regulares luces blancas, estériles de una metrópoli terrestre, sino una fantasmagoría de claridad y color, como si la ciudad se hubiese convertido en una gran exhibición de fuegos artificiales. Luces de todos los tonos titilaban y brillaban en mezclas de patrones regulares y azarosos. Remolinos y combinaciones hipnóticas subían por el lado de un edificio y bajaban por otro, en un repertorio interminable. No había esquinas donde la oscuridad pudiese esconderse y por eso se fue, dejando a la ciudad tan clara como de día. Ryan ignoró las luces y siguió caminando. Eventualmente, la mesa tras él se dio por vencida y desapareció. Uno de los primeros exploradores surgió de un edificio con una botella en la mano. Cuando vio a Ryan, lo saludó con la mano de forma agradable y natural y lo invitó a unírsele. Ryan le pasó por el lado. “¡Jeffrey!”. No pudo evitar voltear ante tal grito. Allí, en la entrada de uno de los edificios estaba su madre, quien había muerto hacía cuatro años. Tenía el cabello largo, como había estado de moda cuando Ryan tenía tres años, pero su rostro era el de su vejez. Ella estiró su mano hacia él. “Ven conmigo, hijo”, suplicó ella en voz baja. Ella no es real. Mamá está muerta. Esto es una farsa. Falsificación. Ilusión. Fraude. Se voltio lentamente para irse. “¡Jeffrey!”. Jeffrey, hijo mío, ¿no conoces ni a tu propia madre?”. Ryan se detuvo y se mordió el labio inferior, pero no se voltearía a mirarla de nuevo. No se atrevía. “Jeffrey, mírame. Por favor”. “No. Tú eres falsa, falsa como todo lo demás en este condenado lugar. ¡Vete y déjame en paz!”. Ella corrió hacia él lo mejor que pudo, apoyándose en su pierna izquierda por la artritis como siempre lo hizo. Lanzándose a sus pies, ella se aferró a su manga. “Soy tu madre, Jeffrey”, lloró ella. “Di que me reconoces. Por favor. Tu propia madre”. Sus ojos mojados se levantaron para mirarlo al rostro y él desvió la mirada rápidamente. “¡SUÉLTAME!”, gritó él. La empujó para alejarla. Ella se cayó hacia atrás y su cabeza se estrelló contra el duro suelo. Se oyó un crujido y comenzó a brotar sangre del sitio donde ella se había golpeado la cabeza. Ella estaba muy quieta, con sus ojos fijos en él como un pez muerto. A él le dieron náuseas, pero su estómago estaba vacío y no subió nada excepto el amargo sabor del ácido. Cuando se detuvieron los espasmos digestivos, él se enderezó y continuó caminando, a pesar del hecho de que podía sentirla muerta, con su mirada fija clavada en la nuca. Él sabía que si volteaba, ella estaría mirándolo. Saberlo hacía muy difícil el no voltear. Ryan siguió caminando. *** Lo estaban esperando cuando volteó en la esquina. Bael y otros siete exploradores, parados en una única fila bloqueando su paso. “Si no vas a jugar con las reglas, tendrás que parar el juego, Jeff”, dijo Bael con ecuanimidad. “¿Me van a dejar pasar?”. El otro agitó su cabeza. “No. No podemos dejarte avanzar más”. “¿Entonces qué se supone que haga ahora?”. “Una de dos: o te vas, o te unes a nosotros”. “¿Y qué hay de mi misión aquí?”. “Deja de jugar al soldadito de plomo, Jeff. Eres capaz de mejores cosas”. “Creo que quiero ver qué hay atrás de ustedes”. “Nosotros somos ocho, Jeff, y tú sólo uno”. “Sí, pero yo tengo una pistola”. “No funcionará”, dijo Bael con ecuanimidad. “No en nosotros. La ciudad no lo permitiría”. Y Ryan sabía que él tenía razón. Cualquiera que fuese la fuerza a cargo aquí, no permitiría que él destruyera nada importante. Pero debía estar acercándose a algo, o no hubiesen hecho este esfuerzo concertado para detenerlo. “Bueno”, comenzó a decir lentamente. Luego, en un impulso, se movió hacia la línea de hombres. El hombre más cercano dio un paso para bloquear su camino; Ryan le dio una rápida patada en la ingle y el hombre se dobló hacia adelante, dejando el camino libre para pasar corriendo. Ryan corrió y siguió corriendo junto a la vía entre los edificios. “¡Tras él!”. Gritó Bael —innecesariamente, porque ya los otros hombres habían comenzado a perseguirlo. En un principio, su conocimiento sobre la disposición de la ciudad los mantuvo casi a su ritmo, pero la desesperación le dio velocidad a los pies de Ryan. Por el momento renunció a pensar, permitiendo que el puro instinto lo guiara entre las agudas esquinas, que de otra forma hubieran aturdido su mente. Se encontró a sí mismo corriendo directamente a una pared vacía, sólo para que una abertura apareciera justo antes de que la golpeara. Se apresuró a través de edificios, subió escaleras, cruzó delicados puentes en arco elevados cien metros en el aire, luego bajo y salió. Dentro, fuera, alrededor, junto; su avance era tan azaroso y tan rápido como lograba que fuera. Sus perseguidores quedaron muy atrás de él, hasta que eventualmente ya no podía verlos. Luego, hasta sus pisadas salieron de rango. Ryan se detuvo. De nuevo cayó el silencio, el silencio que le había dado la bienvenida a esta ciudad. El único sonido era su propio persistente jadeo en busca de aire. Calló de rodillas, sus temblorosas piernas ya no eran capaces de sostenerlo. Entonces se acostó de lado, mientras enormes bocanadas de aire quemaban en su paso hacia el pecho. Su mano fue de nuevo al bolsillo trasero, tocando el comunicador. El frío metal de la caja de nuevo tuvo un efecto calmante en su maltrecha psique. Había una Tierra. Había una nave orbitando muy arriba de la ciudad, lista para ayudarlo. No estaba sólo, únicamente consigo mismo, en este calvario, “Aún no me doblegas, Bael”, jadeo suavemente. “No lo he intentado”, le llegó la voz de Bael. Ryan miró hacia arriba, sorprendido. Sobre su cabeza estaba suspendida una gran pantalla en 3-D, ocupada por la imagen de Bael. “No hay necesidad de correr, Jeff, la ciudad puede mantenerme informado de tu paradero cada minuto. Puedo encontrarte cada vez que quiera. Si quieres estar por tu cuenta, es tu decisión. Tratamos de salvarte; lo que sea que pase ahora es tu responsabilidad. Adiós”. La pantalla quedó en blanco. Ryan miró su mano, para descubrir que sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la unidad de comunicación. Aflojó el agarre y al mismo tiempo su mano comenzó a temblar incontrolablemente. Inició una serie silenciosa de maldiciones, como una letanía, contra todos y todo lo relacionado con esta misión, desde Java-10 hasta Richard Bael y terminando con lo que parecía ser su principal adversario, la ciudad misma. La sombra le dio una advertencia de un segundo antes de que el ave lo atacara. *** Era un águila, quizá, o un halcón —Ryan nunca pudo darle un buen vistazo. Un borrón marrón bajó en picada sobre él, con las garras extendidas. Las afiladas, puntiagudas zarpas buscaban directamente su rostro, el pico curvo parecía ver de soslayo maliciosamente. Sus ojos pequeños y brillantes estaban fijos sin parpadear sobre sus rasgos, esperando captar cualquier reacción que pudiera tener esta presa. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». 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