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Sangre Pirata Federico Renzi TEKTIME S.R.L.S. UNIPERSONALE Eugenio Pochini La era dorada de la piratería. Johnny pasa su infancia en Port Royal. Sus callejuelas están repletas de aventureros, bravucones y prostitutas: todos buscan suerte entre tabernas y muelles. Un día el muchacho descubre la existencia de un misterioso tesoro ... y todo cambia repentinamente. Obligado a alistarse en la tripulación del temible pirata Barbanegra, Johnny tendrá que enfrentarse a mil escollos, entre violentos abordajes, perturbadoras tribus indígenas y predicciones oscuras, poniendo en peligro su vida e intentando cumplir su destino. Eugenio Pochini Indice dei contenuti NOTA DEL TRADUCTOR (#u8592ce3c-d4c6-5185-b125-274e3b7e6620) PRÓLOGO (#uccc5538a-521b-55a1-9a48-448d5f721a88) PRIMERA PARTE (#u36754499-1c36-533d-8421-0af649070ccb) PRIMER CAPITULO (#u90636725-7bfe-555a-b1f4-c6a4ddaf016b) SEGUNDO CAPÍTULO (#ub6929a76-f61c-553f-9db3-f9fc5441e367) CAPÍTULO TRES (#u84c58185-7d36-549f-9df5-0a83e97090b4) CAPÍTULO CUATRO (#u8fc9f92d-45a0-518b-8d2e-7b0f0cd341db) CAPÍTULO CINCO (#litres_trial_promo) SEGUNDA PARTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) TERCERA PARTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) EPÍLOGO (#litres_trial_promo) GLOSARIO (#litres_trial_promo) NOTAS DEL AUTOR (#litres_trial_promo) AGRADECIMIENTOS (#litres_trial_promo) Note (#litres_trial_promo) Título original: Sangue Pirata Autor: Eugenio Pochini Imagen de la portada: Paolo Martorano Traductor: Federico Renzi La reproducción, incluso parcial, de acuerdo con la ley está prohibida. Esta es una historia de fantasía. Los personajes, nombres y situaciones son el resultado de la imaginación del autor. Cualquier referencia a hestos o personas reales es pura coincidencia. A Chiara G. Mantuve mi promesa. NOTA DEL TRADUCTOR Tengo que ser honesto, traducir el trabajo de Eugenio Pochini fue al mismo tiempo una tarea cautivadora y complicada. Cautivadora en cuánto, desde las primeras páginas, la novela te envuelve, transportándote en las emociones de la vida y en las aventuras de los piratas. Al no ser yo hijo de las modernas tecnologías tuve la suerte de crecer soñando con ser un filibustero y de encontrar un día, algún tesoro, a lo mejor navegando por lugares exóticos y fascinantes, y precisamente eso hace la obra de Eugenio. Tiene esa extraordinaria habilidad de acompañar al lector paso a paso para revivir y fantasear sobre las emocionantes historias de corsarios, tribus indígenas, tesoros y monstruos marinos. Muy rápidamente llegamos a encariñarnos del brusco Barbanegra, y de igual manera odiaremos al malvado Hardraker. No ha sido sencillo traducir los términos técnico-marítimos en el idioma español: traté de hacerlo lo mejor posible, con la esperanza de que el lector pueda perdonar cualquier error de traducción. Por último solo quiero agradecerle a Eugenio para darme la posibilidad de trabajar en su novela y permitir que muchos países hispano-hablantes puedan llegar a conocer y amar a los diversos protagonistas de esta aventura bien escrita y lista para ser "devorada" por cualquier buen lector digno de respeto. Pero debo ser honesto: la traducción de Sangre Pirata nunca se hubiera podido llevar a cabo sin la ayuda de una persona muy importante, que se encargó de controlar y revisar cada detalle desde el punto de vista de la traducción y de la edición, asegurándose de que la versión en español fuera lo más correcta posible. Un gran agradecimiento va por ella, mi novia y compañera de trabajo, Brenda Liliana Gonzalez Dávila, sin cuya ayuda tan importante nunca hubiera podido completar este trabajo. Finalmente, espero que usted también puedan enamorarse de esta historia, como hice yo, y leyendo las páginas de este hermoso libro todos nos sentiremos parte de la tripulación de la Queen Anne's Revenge. Saludos a todos, Federico Renzi PRÓLOGO Cuando se camina por el arco de entrada al templo de los sueños, allí, justo allí, está el mar … LUIS SEPULVEDA La lluvia caía violentamente, martilleando la cubierta del barco y retumbando en contra de las velas, para luego infiltrarse entre las grietas del casco. Era así desde que habían superado las costas de la Florida. De repente Samuel Bellamy empezó a maldecir. Se tocó el bigote negro, mirando afuera de la ventana de la cabina. Apenas podía ver el océano, envuelto en una densa niebla. No era lo que se había esperado encontrar cuando Emanuel Wynne se había presentado a él en esa pequeña posada del puerto de Nassau. Le había gustado mucho la fuerza de carácter y la excentricidad de ese francés, incluso cuando había contado la historia de la isla que Barbanegra estaba buscando. Se había reído, habían bebido una gota de ron... y casi se estaban despidiendo cuando Wynne se había quitado algunos mechones de su largo pelo de la frente. El ojo izquierdo había emitido un brillo sombrío, y Bellamy estaba convencido de que el pirata no estaba tan loco como parecía. La salida se había organizado en unos diez días, gracias a la intervención económica del gobernador de Jamaica. A lo largo de la ruta no habían encontrado buques enemigos o mal tiempo que pudiera poner a riesgo la tripulación. ¡Pero ahora esa lluvia! Eterna e incesante. Sin mencionar la niebla. Todo se agitaba en contra de él, como si el mismo océano le advirtiera que se regresara. «Esta historia me pone nervioso» dijo Bellamy, hablando con el contramaestre. «Si te creo» contestó el otro. Estaba consultando algunas cartas náuticas con gran interés. «La tripulación comienza a estar nerviosa.» El hombre levantó su mirada y observó el mal tiempo que seguía afuera de la ventana. «Creo que tomaste demasiado en serio las palabras de ese francés. Después de todo creo no sea digno de confianza. Los traidores no gozan de ninguna simpatía, ni siquiera entre nosotros.» «Confianza o no» contestó Bellamy, «ahora ya no hay vuelta atrás.» Luego, mentalmente, añadió: “Si tú también hubieras visto su ojo, tendrías otra opinión sobre las verdaderas intenciones de Wynne. Navegué por todo el Caribe y nunca me encontré con nada de eso…” Extraordinario, hubiera querido decir, pero fue interrumpido por los gritos que provenían del puente. Eran tan poderosos de parecer más fuertes del mismo ruido de la tormenta. «Si sigue así la centinela se destruirá la garganta» observó el contramaestre, sin preocuparse demasiado de la confusión . «Cállate» le ordenó Bellamy y abrió la puerta. Grandes gotas de lluvia mojaron su cabeza y sus hombros. Cerró sus manos alrededor de su rostro, tratando de repararse y concentrarse en la situación: la tripulación se había reunido alrededor del árbol maestro, mirando hacia arriba, esperando espasmódicamente. «¡Tierra!» continuaba gritando el hombre arriba de la cofa. «¡Derecho de proa!» Todos se lanzaron hacia adelante, amontonándose a proa como un ejército dispuesto a atacar. Los más valientes se asomaron a las paredes, aferrándose fuertemente a las jarcias para evitar el peligro del viento y el rollo del barco. Bellamy se hizo espacio entre ellos, dando órdenes y empujando a los hombres. Cuando llegó, cerró los ojos y volvió a cubrirse la cara. Nada. A distancia no se veía tierra alguna. «Me pregunto cómo logra ver algo con un clima como este.» La voz del contramaestre resonó débil detrás de él. Lo había seguido sin que se diera cuenta. El capitán estaba a punto de contestar. El recuerdo del primer encuentro con Wynne apareció claro en la mente, como el reflejo del sol sobre un agua inmóvil. «No le tienes que comentar a nadie mi secreto» le había explicado. «Si no vas a terminar como Edward Teach.» «¿Qué le pasó?» había preguntado Bellamy, mucho más que sospechoso. La respuesta había llegado con una sola palabra: amotinamiento. De todos los crímenes que un filibustero podía cometer ese era considerado el más grave . «¿Donde?» gritó Bellamy, hablando con el centinela. «No veo nada, Emanuel. ¿Estás seguro?» El tipo sobre la cofia estaba haciendo señas de ver algo adelante de él. Su pelo movido por el viento y su excesiva delgadez lo hacían parecer a un monstruo de pesadilla, de aquellos que dominaban las historias de los viejos marineros. «Derecho a proa» repitió Wynne. «¡Miren!» Bellamy notó que también algunos compañeros estaban observando el punto indicado por el francés. También él lo intentó y, poco después, pudo ver más allá de la tormenta, más allá de la bruma, las laderas escarpadas de la isla. Pero había algo más. Al lado del primer perfil vio un segundo. Por un momento pensó que podría ser el objetivo. «¡Allí está!» comentó, con gran satisfacción. Había vuelto a contemplar el paisaje, preguntándose cuales dioses celestiales lo hicieron tan irreal. Luego volvió su atención hacia Wynne. Se quedó asombrado al ver que se estaba bajando de la cofia, aferrándose a las jarcias como un mono que se está escapando de un depredador. Y se sorprendió aún más cuando lo vio correr a popa, gritando como un loco. «¡Capitán!» El contramaestre lo sacudió violentamente por los hombros. Él se volvió rápidamente, preocupado más por la vacilación que había oído en su voz que por el gesto en sí mismo. La silueta que había visto se deslizaba a través de la bruma y parecía estar más cerca. Sin embargo, el buque no navegaba a toda velocidad, cómplice del viento que estaba soplando en la dirección opuesta y los puentes pesados a causa de la lluvia. Entonces sucedió algo que lo dejó sorprendido. La imagen borrosa que sus ojos habían visto se hundió con espantoso gorgoteo en las oscuras profundidades de ese mar tempestuoso. «¡A estribor!» gritó alguien. Bellamy se apresuró hacia el punto indicado, tratando de averiguar qué estaba pasando. El agua hervía a unos kilómetros de distancia, y debajo de ella un objeto de forma indefinible se dirigía directamente hacia el barco, dejando tras de sí una larga línea espumosa. «¡Nos va a embestir!» gritó y en ese momento supo que tenía que tomar el control del barco, seguro de que el timonel no se había dado cuenta de nada. Con el tiempo tan tremendo era imposible para cualquier persona ver a una palma de su nariz. Cuando llegó al puente de mando, agarró el timón un momento antes de que la Whydah Gally temblara bajo unos golpes violentos. Trató de girar hacia la izquierda, pero se vio arrojado en contra del capodibanda y se quedó boquiabierto sin aire. El resto de la tripulación corría por todas partes en el barco, gritando y pidiendo perdón. Samuel Bellamy se levantó justo cuando un enorme muro de agua se levantaba a lo largo de la pared derecha, rugiendo y tronando como la tormenta donde se encontraban en ese momento. Hubo un nuevo rebote y la quilla crujió. Los ejes explotaron. El árbol maestro se inclinó hacia un lado. Las cimas se rompieron. Con el terror que le estaba prácticamente quemando el espíritu, se asomó al parapeto: el barco se elevaba perpendicularmente por encima de su eje, impulsado por una enorme fuerza. El océano abajo borboteaba y se agitaba en un continuo remolino. Lo que pasó después, pasó muy rápidamente. El Whydah Gally rebotó antes de romperse en dos partes. La cubierta principal se abrió como si fuera una boca gigantesca, tragando a los pobres marineros que se encontraban allí. Luego la sección de proa se separó del cuerpo central y cayó en el agua. Fue un ruido seco, parcialmente limitado por un ruido sordo en el fondo. La popa empezó a moverse hacia el lado opuesto. Bellamy se aferró a una cima y se encontró colgando muy cerca del pendón del barco. Trató de subir hacia el árbol del mirador. La cuerda, resbaladiza por la lluvia, le desollaba los palmos de las manos. En realidad, no le importaba. Una vez en la cumbre, tuvo el tiempo suficiente para elegir si tirarse al mar, teniendo en cuenta que, casi seguramente ese salto, iba a ser fatal para él. Peor, el remolino causado por el barco que se estaba hundiendo hubiera podido arrastrarlo directamente bajo el agua. Sus especulaciones tuvieron vida corta: abrió los ojos mientras que su corazón se detenía repentinamente. A través de la pared líquida que abrumaba el barco, pudo ver una forma ciclópea que sobresalía sobre los restos de lo que alguna vez fue el Whydah Gally. El ruido que había acompañado el colapso de la proa se hizo más fuerte, y él reconoció ese refunfuñar amenazante. Luego el gruñido se convirtió en un rechinar de dientes y el rechinar de dientes se convirtió en un rugido. Entonces distinguió claramente un iris color ocre en el cuyo centro se podía ver una pupila de color rojo sangre. Y esa lo estaba mirando fijamente. Era increíblemente enorme. En el último momento de su vida, Bellamy permaneció en la contemplación de ese horrible espectáculo. Bajo sus pies el barco terminaba de desmoronarse, tragado para siempre por uno de los misterios que poblaban las profundidades del Triángulo del Diablo. PRIMERA PARTE Nosotros pretendemos que la vida debe tener un significado: pero la vida tiene exactamente el significado que nosotros mismos estamos dispuestos a atribuirle. HERMANN HESSE PRIMER CAPITULO PORT ROYAL Jonathan Underwood abrió sus párpados, a pesar del sueño que todavía entumecía su cuerpo. Los pensamientos comenzaron a deslizarse lentos, como gotas en la superficie de un cristal opaco. Desde la única ventana de su habitación, vio los rayos del sol caer oblicuos sobre el piso, levantando nubes de polvo. Junto con su madre vivía en la habitación del segundo piso de un edificio en pésimo estado, como había muchos en la parte baja de la ciudad. Abajo de ellos, la posada el Pássaro do Mar había recibido clientes hasta muy noche, tanto que se había quedado dormido escuchando las risas y los gritos de los clientes. Sin embargo, como seguido le pasaba cuando se encontraba en esa fase intermedia entre el sueño y el despertar, reflexionaba sobre el hecho que no eran tanto esos ruidos para mantenerlo despierto como la curiosidad de las historias contadas por los huéspedes. Había nacido y crecido en esa ciudad que muchos consideraban como la más rica y peor del mundo. Anne no perdía la oportunidad de recordárselo. Él nunca había estado en serios problemas. Unas pocas bravuconerías... bastante normal para uno de su edad. Pero escuchando su madre el mundo era peligroso y Port Royal lo era todavía más. “Esa también es la civilización” le había explicado una vez su padre. “Solamente que aquí se vive de una forma diferente. Y tú deberás aprender a vivirla de esa forma, Jhonny.” Decidió levantarse. Caminó hacia la ventana, quedándose por un momento en el centro de la habitación para arreglar las medias que se deslizaban sobre sus piernas desnudas. Abrió las contraventanas, incrustadas por la sal del mar. Una ola de luz le golpeó la cara. Instintivamente levantó una mano para protegerse y pacientemente esperara que la molestia pasara. Luego, una vez que ya se había acostumbrado, quedó encantado por el esplendor del paisaje. La bahía estaba cubierta por un gran espejo de agua cristalina. Paredes rocosas, cubiertas de vegetación, la rodeaban en un semicírculo desordenado. Olas espumosas chocaban suavemente contra la costa, empujadas por el viento canalizado en el estrecho callejón que unía el arroyo con el mar abierto. La parte más occidental de la playa se hacía más sutil hasta convertirse en una línea de arena hueca en forma de hierro de caballo, donde se hallaba el Fuerte Charles. Sobre el torreón de la fortaleza se agitaba con orgullo la bandera inglesa. Johnny estaba contemplando esa maravilla. Distinguía las casas, los almacenes y los muelles donde los barcos se quedaban para darle tiempo de bajar a las tripulaciones. Las gaviotas volaban entre las banderas, graznando en coro. «John, ¿estás despierto?» La voz de su madre lo alcanzó detrás de la puerta. «Sí» contestó. «Ya voy.» Para él era un hábito dormir en compañía de Anne, también porque no podían hacer otra cosa. Con lo poco que podían ganar, era un milagro que pudiera pagar el alquiler a Bartolomé, el dueño de la posada. Anne trabajaba por él. «¡Date prisa!» gritó otra vez ella, desde el otro lado de la puerta. «Avery te estará esperando. Vas a llegar tarde, como siempre.» Johnny percibió la clásica nota de reproche que conocía bien, seguido un momento después por un golpe de tos. Volteó sus ojos. Eran algunos días que estaba enferma. Y no había necesidad de consultar a un médico para entenderlo. Sólo una vez se había tomado el riesgo de comentar algo pero ella lo había advertido, agregando que era solamente un problema de cansancio. «Eres como tu padre» agregó la mujer, esforzándose de controlar los espasmos. “Siempre con la cabeza entre las nubes” pensó Johnny. El motivo detrás de las reprimendas constantes de Anne tenía que ver exactamente con Stephen Underwood. Nunca le había perdonado de haberla llevado a Port Royal. Gracias a la empresa de negocios que había fundado, Stephen había podido acreditarse una pequeña parte del transporte de mercancías que llegaban desde Inglaterra hacia el Mar Caribe. Al principio todo había funcionado perfectamente. Posteriormente, debido al monopolio de la Compañía de las Indias, la situación se había desplomado. Y como si no fuera suficiente, algunos acreedores a quienes el hombre había pedido ayuda, lo habían forzado a cerrar el negocio y a declararse en bancarrota. Ante la insistencia continua de su esposa, él había contestado que se iba a marchar pronto para ver de resolver la situación y poder liquidar sus deudas. Anne había confiado en él, como de costumbre. Ciertamente no podía imaginarse que nunca más lo volvería a ver. Stephen Underwood se había ido a bordo de una nave holandesa. Los rumores que habían circulado después de su desaparición eran muchos. Había quien decía que era toda culpa de unos piratas que lo habían atacado y otros que afirmaban haber visto su barco inundarse a lo largo de las costas de Aruba, a la merced de una tormenta. A pesar de esto, Anne había perdido todo, obligada a modificar totalmente sus costumbres de una vida rica: había tenido que encontrar un trabajo en el único lugar que más odiaba en el mundo. El lugar que le había quitado a su esposo. Y sus sueños. Cada vez que su madre lo atormentaba con esta historia, Johnny guardaba silencio y escuchaba. No se atrevía a contradecirla por temor que sufriera todavía más. Varias noches la había oído llorar a su lado y se preguntaba por qué la familia Davies no iba a Port Royal a ayudarlos. Había descubierto la verdad una vez que había alcanzado a la adolescencia. William Joseph Davies nunca había accedido a que su hija se hubiera ido a una parte del globo donde el concepto de civilización era demasiado relativo. Anne había permanecido como quiera en contacto con la familia, al menos hasta la desaparición de su marido. Luego había dejado de contestar a las cartas que llegaban desde Londres. Johnny había pensado que iba a ser solamente un periodo, en espera de tiempos mejores. Pero cuando sorprendió a su madre quemar esas cartas, se dio cuenta de que cada vínculo con el pasado estaba totalmente cortado. Esa mañana se vistió con prisa. Se acomodó los rizos marrones frente a un espejo con los bordes oxidados y abrió y cerró la boca un par de veces. La cicatriz que tenía en la mejilla se hizo más sutil hasta convertirse en una línea casi imperceptible. Sobre sus dientes habían aparecido puntos oscuros de suciedad: puso un dedo en una vasija cercana y se los frotó con fuerza. Cuando terminó, bajó las escaleras justo un poco después de su madre; pensaba de encontrarla en el rellano que coincidía con la parte trasera del Pássaro do Mar, en su trabajo de limpieza. De hecho, estaba allí. Estaba cantando una canción. La saludó rápidamente; poco después escuchó la voz de Bartolomeu que le estaba llamando. «Anne, ven aquí» dijo con ese extraño acento portugués. Aunque era un tipo excéntrico, había sido el único a ofrecerle un lugar donde poder quedarse y algo parecido a un trabajo. Siempre él había insistido con Bennet Avery a emplear a un aprendiz en su tienda. Johnny abrió la puerta y se fue por el callejón que cruzaba la posada, inmerso en la agitada vida de Port Royal. *** Un conjunto de personas estaba atestado en la calle. Paseaban entre los banquetes de los vendedores o charlaban en voz alta bajo las ventanas de las casas. Había prácticamente de todo, desde las prostitutas coquetas delante de las tabernas hasta los lobos de mar que bromeaban alegremente entre ellos y los soldados de la marina inglesa que empujaban sin vergüenza a cualquiera que estuviera delante de ellos. Secándose la frente sudorosa, Johnny volteó por un camino lateral que bajaba hacia el puerto. Al hacerlo, habría evitado la multitud turbulenta de todos aquellos que se dirigían al mercado. Sólo tenía que cruzar el antiguo barrio español, luego… “¡Maldición!” pensó. Sin darse cuenta se mordió los labios. La última persona que quería encontrar era Alejandro Naranjo Blanco. Junto con algunos otros muchachos, había formado una pandilla que atormentaba a cualquiera que fuera a pasar por allí. Nadie les caía bien. Especialmente a los ingleses. Esto se debe a que Port Royal había sido una fortificación española antes de la dominación británica. Sus problemas habían comenzado cuando a Avery le había sido comisionado una espada. Además de ser un gran carpintero, era un herrero de reconocida habilidad. Había ordenado a Johnny de entregarla, y él, sin pensarlo demasiado, se había ido por el Barrio Español. La pandilla de Alejandro la había atacado de inmediato. El chico había intentado defenderse, pero el mismo Alejandro se había arrojado sobre él, sacando un cuchillo y dejándole un recuerdo en la mejilla derecha. Mientras se encontraba en medio de la estrecha calle, Johnny sintió esa sensación ardiente de calor líquido que probó inmediatamente después de recibir el corte. Se tocó su cicatriz, empezando por el pómulo y bajando hasta sus labios. En ese momento, le pareció casi poder oír las palabras de su madre: “Este lugar es peligroso, ¡por eso me preocupo tanto por ti! ¿Ahora andas peleándote también con los muchachos de tu edad?” «Cállate» dijo entre sí mismo. «¿Con quién estás hablando, amigo?» Alejandro lo estaba esperando algunos pasos atrás. Ni había entrado en la colonia que ya lo había alcanzado. «Déjame ir, gordo» respondió Johnny. Sabía que decirle gordo a Alejandro no era una buena idea. Sin embargo, solamente con el verlo, podía darse cuenta de cómo su sangre hervía en sus venas. «Este todavía no es tu barrio privado. Puedo regresarme y tomar otro camino.» «Claro que sí.» El español no parecía molesto para la ofensa que había recibido. «Pero, como quiera es por aquí donde estabas caminado.» «¿Estás buscando un pretexto para pelear?» «Puede ser.» Johnny se movió con cautela hacia adelante. « Es exactamente eso que no me gusta de ti. Por favor no me provoques.» La sonrisa de Alejandro se hizo todavía más profunda, tanto que su cara gordita pareció dividirse en dos partes. «¿Cómo está tu padre?» le preguntó. Los pies de Johnny se negaban a moverse. Apretó los puños. Ese bastardo sabía muy bien qué argumentos utilizar para molestarlo. «¿Intentaron buscarlo en el estómago de algún tiburón?» continuó. «O a lo mejor se ha largado junto con una puta que conoció en algún lugar. Puede ser que se había cansado de tu mamá. Y de ti. ¿Dime qué opinas, pendejo?» Él tenía unas increíbles ganas de atacarlo, de resolver el asunto de inmediato. Pero obligó a todas las fibras de su cuerpo a desistir . «Te lo voy a repetir por una última vez» dijo rápidamente. «No tengo ganas de…» Casi ni pudo terminar la frase. Algo pasó volando junto a él. Era una piedra. Él miró a sus espaldas, aunque el cerebro le respondió de antemano. El querer tomarlo por sorpresa solamente había sido un pretexto para permitir a los miembros de la pandilla de ponerle una trampa. John vio a tres muchachos correr hacia él. «Esta vez estoy preparado» contestó. Su tono traicionó una fría seguridad, ya que Alejandro cambió su expresión. La sonrisa había cambiado en una mueca de incertidumbre. Luego sacó un cuchillo de punta plana, que recordaba vagamente la navaja de un barbero. Uno de los muchachos intentó golpearlo con un palo. Johnny lo oyó siseando cerca de sus oídos. Trató de acercarse, con la intención de golpearlo. No tuvo éxito. El oponente pegaba siempre más rápido. De repente, Alejandro lo empujó por detrás, haciéndole terminar contra el tipo que lo había atacado primero. «¡ Hijo de puta!» gritó y lo golpeó con un codazo en la cara. Johnny no se dejó sorprender. Instintivamente hundió el cuchillo en el muslo. El muchacho cayó al suelo, gritando por el dolor. Otra vez Alejandro volvió a atacarlo, sacó el cuchillo y trató de apuñalarlo. Él se dio cuenta y logró moverse a tiempo. El golpe alcanzó al joven que había arrojado la piedra hiriéndolo en el hombro. Inmediatamente los dos comenzaron a insultarse uno al otro, olvidando la pelea. El último de la banda se quedó observándolos con una expresión desorientada. Fue entonces cuando comprendió. Era el momento de vengarse. «Te voy a regresar el favor, gordo » comentó e hirió al español a la altura de la ceja. Vio un destello de sangre derramándose sobre su ojo, borrando la vista. Decidió aprovechar de esa situación para retirarse. Giró sobre sus talones y corrió rápido en la dirección por donde había venido, dejando atrás los gritos llenos de odio de sus agresores. *** «Estoy retrasado» se disculpó, abriendo de repente la puerta de la tienda. Tenía el aliento corto, su pecho estaba bailando bajo su vestido. El codazo que había recibido hacia que su tono de voz se escuchara muy nasal. «Me doy cuenta» contestó Avery. Estaba sentado sobre un taburete, en un rincón en las sombras. Desde la pipa que colgaba de sus labios, salían olas de humo de color azul. Daban vueltas hacia las vigas del techo, donde yacían en una nube opaca. El rostro lleno de arrugas no revelaba ningún tipo de emoción. Se levantó lentamente y cruzó el arco de piedra que dividía la tienda en dos áreas distintas. Llegó a la fragua. Con tranquilidad empezó a estudiar el yunque. Daba la impresión de que nunca lo había visto antes en su vida. «Déjame explicarte…» intentó decir Johnny. Avery se movió con una rapidez casi impensable para un hombre de su edad. Estiró su mano rugosa y agarró su antebrazo, entrecerrándolo con fuerza. «¡En serio que ya no sé qué hacer contigo!» Desde su boca casi sin dientes salían brotes de saliva. «Llegas tardes y te vas cuando tú quieres. ¡Eres un irresponsable! Si no era por Bartolomeu nunca hubiera aceptado contratarte para trabajar conmigo.» Luego modificó su expresión. «¿Que te pasó?» Johnny titubeó. Vio en los ojos ardientes de su interlocutor una vaga sensación de duda. ¿O se trataba de compasión? Habría preferido escuchar el regaño de siempre en lugar que tener que contar su encuentro con Alejandro. «No es tu problema, viejo» contestó con rencor el joven. El rostro arrugado de Avery pareció relajarse. Lo Soltó y se rascó el cráneo pelado, cruzado solamente por dos mechones de pelo gris sobre sus orejas. «Tuviste problemas con el gordo español, ¿verdad?» preguntó. El joven volvió su mirada. «Está bien» continuó diciendo el hombre. «Haz como quieras. No es necesario decir nada más. Ahora es importante averiguar si tienes o no la nariz rota. Luego veremos de encontrar una excusa que podremos usar con tu mamá. Le podemos comentar que te lastimaste aquí. Esa mujer se preocupa demasiado por ti. Un día le romperás el corazón.» «¿Y tú qué sabes?» contestó Johnny. «Tú de mí no conoces muchas cosas.» Y eso era verdad. Prácticamente no sabía nada de Bennet Avery. Algunos rumores decían que había sido protagonista de algunos asaltos llevados a cabo en contra del barco Queen Anne’s Revenge, el barco del pirata Barbanegra. Por supuesto, según lo que comentaba el viejo hombre eran puras mentiras que la gente decía para crearle problemas. Pero Johnny seguía dudando. A veces se había preguntado si no era su imaginación que hablaba: tal vez no era una buena idea dejarla ir así a brida suelta. Y sin embargo, las perplejidades sobre el pasado del anciano lo llenaban de curiosidad. En varias ocasiones, lo había escuchado contar algunas partes de su vida, a menudo acompañados por un par de copas de ron. Como conocido de Bartolomeu, la suya era una presencia constante en el Passaro do Mar. Sin embargo, sus historias siempre tenían algo que no encajaba. Parecía, de hecho, que voluntariamente omitiera siempre ciertos detalles. «Acércate» le dijo Avery, listo a pasarle un balde lleno de agua, «por favor, antes de empezar a trabajar, límpiate.» Sin decir una palabra, Johnny obedeció. Puso el balde sobre un barril y metió la cabeza en su interior. El agua fresca le dio un ligero escalofrío. Aguantó la respiración un rato. Luego volvió a emerger, inhalando aire fresco en sus pulmones. Sus dedos involuntariamente subieron hasta la punta de la nariz. «¿Entonces?» preguntó nuevamente el anciano hombre. «El dolor ha disminuido» comentó Johnny. No podía creerlo. «Si tu nariz estuviera rota ahora estarías llorando como el mocoso que eres. Tuviste suerte.» «Me fue mejor que a ellos» añadió Jhonny mostrando el cuchillo con la punta plana. Le dio vuelta entre sus manos. Sobre la lama estaba una mancha de sangre seca. Avery lo miró con una sonrisa satisfecha. «Ahora ya deja de pavonearte, mocoso. Ve a darte una arregladita. Hay mucho trabajo que te está esperando.» *** En el instante en que Johnny luchaba con Alejandro, el capitán Woodes Rogers observaba pensativo el horizonte desde una de las ventanas de la villa del gobernador. Su imagen opaca se reflejaba en el vidrio como la de un fantasma, su corto cabello castaño y su amplia frente le daban un aire de solemne austeridad, mitigado por una pequeña estatura. La boca, reducida a un corte apenas perceptible, resaltaba un sentimiento de incertidumbre. Pero tal vez la característica que lo hacía parecer como una persona tan rígida era la espesa telaraña de cicatrices que le arruinaba el lado izquierdo de la cara. En su corazón esperaba que la reunión con Henry Morgan durara lo menos posible. Nunca había aceptado su ascenso político, sobre todo después de ese afortunado asalto a Panamá. Seguramente le tenía mucha envidia. Siempre había sostenido que había poco que confiar en un pirata que había elegido cazar a sus semejantes, sólo para complacer a la familia real. Ceremonias y banquetes formaban parte de un estilo de vida que a él mismo le hubiera gustado hacer, aunque si lo que consideraba más importante era descubrir por qué lo había convocado nuevamente. «Su tarea es sencilla» le había comentado durante la última reunión. «Tiene que capturar monsieur Wynne. Dado que es un pirata no necesita de más motivaciones. No se podrá escapar por siempre a ser ahorcado. Como gobernador de Jamaica y vocero de la voluntad del Rey Jorge, tenemos la obligación moral de darle esa orden. Espero que usted pueda comprender.» “Claro que sí”, había pensado. “Maldito idiota vanidoso”. Y seguía pensándolo ahora, cuando un soldado entró en la habitación. Se detuvo en el umbral y se puso firme en espera. «Capitán Rogers» le dijo este. «Su excelencia sir Henry Morgan lo está esperando.» Él le dirigió un gesto distraído con la mano y se dejó conducir en el estrecho pasillo que conducía a la antecámara, hecho aún más angosto por la multitud de obras de arte que la llenaban, un signo obvio de opulencia de las cuales el gobernador amaba rodearse. «La ejecución tendrá lugar mañana por la mañana, mi capitán.» El soldado se paró frente a una puerta blindada con barras de hierro. «El gobernador quiere poner un alto a la piratería. Espero que usted también pueda estar presente.» “Tu hipocresía es asombrosa, Henry” pensó Rogers. “Has encontrado una máscara más respetable para usar. Si no hubiera sido por tus amistades, tú también estarías esperando tu merecido ahorcamiento.” Mientras tanto, el militar estaba golpeando los nudillos sobre la puerta. La voz de Morgan resonó en el otro lado, invitándolos a entrar, seguida de una risa de barítono que provocó en Rogers una nueva ola de desdén. «Todavía se ríe como un pirata» pensó entre sí. Agarró la manija de la puerta y la cerró detrás de él, dejando al soldado solo. Inmediatamente fue invadido por el intenso olor del incienso que estaba quemando, un aroma penetrante de hierbas secas. La luz se filtraba por las ventanas y las cortinas de terciopelo temblaban en el aliento de una brisa marina. Sin embargo, no había rastro del gobernador. Ni de él ni de nadie más. Avanzó con cuidado hasta encontrarse adelante de una gran mesa cubierta de mapas. «¿Algo está mal?» le preguntó de repente Morgan. Woodes Rogers se dio la vuelta y tuvo miedo de tropezar. Se sentía tremendamente vulnerable. Y lento. Cuando el sentido de desconcierto desapareció, se encontró en presencia de un hombre imponente y con un vientre pronunciado. Había salido de detrás de una separación, trayendo puesto un vestido brillante con amplias de encaje. Sobre su cabeza llevaba una larga peluca empolvada que no se acompañaba por nada con su bigote rojo y espeso. «Usted es demasiado tenso, mi capitan.» Morgan se rio otra vez. «Según nuestra opinión debería aprender a gozar de las cosas buenas que la vida le puede ofrecer.» «Los placeres son un lujo que no puedo permitirme» replicó Rogers. «Que lastima, en serio.» «¿Por qué me mandó a llamar excelencia?» Morgan lo miró con atención de arriba a abajo. Luego estiró los músculos faciales, con una expresión divertida y reluciente. «Nos gustaría platicar con usted de una cuestión muy importante. Conocemos bien sus inclinaciones. Sabemos que usted no es una persona que ama perder el tiempo.» «Entonces podemos ir directo al grano» dijo rápidamente el corsario. «Hace más de veinte días usted me envió a buscar a Emanuel Wynne, un pirata de poco valor que…» «Fue más que nada una casualidad» lo interrumpió el gobernador. Seguía sonriendo. «Haberlo encontrado a la deriva, no lejos de Nassau, ha sido extremadamente providencial. Ha transformado su caza en una misión de rescate.» «De hecho se trató de pura suerte.» «¿Y eso para usted es un problema?» «De ninguna forma» mintió Rogers. Tuvo que esforzarse para quedarse tranquilo. Henry Morgan se dio cuenta que le había adivinado. Se había embarcado en el Delicia para ir a cazar a un pirata para, finalmente encontrarlo a pocos kilómetros del puerto. «Intento captar el lado positivo de las cosas. He evitado innecesarios días de viaje. Pero aún no ha respondido a mi pregunta. ¿Por qué me mandó a llamar?» Morgan se le acercó. Apoyó ambas manos sobre sus hombros y apretó ligeramente. Rogers llegó a pensar que quería aplastarlo. Casi hubiera leído sus pensamientos, el otro inmediatamente dejó su agarre y lo sobrepasó con unos pocos pasos. Cogió de la mesa uno de los mapas y comenzó a estudiarlo. «Yo pensaba que usted era una persona muy atenta a ciertos detalles» dijo, con tono burlesco. «Así nos decepciona, capitán. La contestación está exactamente bajo sus ojos.» Rogers levantó las cejas. No parecía entender. Entonces un recuerdo brilló en su mente, frío y despiadado como un relámpago. Miró el objeto que Morgan tenía en sus manos. «Solamente es un mapa, su señoría» comentó. «Usted tiene toda la razón» asintió él y pasó el cilindro al corsario. «Como quiera le insto a que lo mire mejor. Es lo único que Wynne tenía con él cuando lo sacaron del mar.» Rogers sentía que se estaban burlando de él. El tono de suficiencia con que fue interrumpido solamente lo hacía sentir aún más inquieto. Recordaba perfectamente la botella con el papel adentro que el pirata tenía con él cuando lo habían encontrado. Él no le había dado peso. Debería haberlo hecho. ¿Por qué un hombre agonizante se tomaría la molestia de proteger un mapa? Lo extendió frente a él. Bajo la punta de sus dedos podía sentir el crujido del papel mohoso. Las líneas y curvas se intersecan entre sí, formando signos fuertes, bien derechos. Luego, pero se veían más inciertos, arriesgados. Además no había ninguna ruta a la cual hacer referencia, como si Wynne se hubiera perdido. «Se estaba dirigiendo hacia esta isla» analizó Rogers, muy concentrado en el dibujo. «Pero no logro entender en qué tipo de mar se encontraba.» Bajó la mirada hacia la esquina inferior del mapa. Luego frunció el ceño. En esa área estaban algunos escritos. Los leyó y sus pupilas se dilataron por la sorpresa. Y luego llegó la ira. «¿Ustedes creen que yo sea un tonto?» estalló. «¿Se trata de algún tipo de broma?» Henry Morgan sostuvo su mirada con una dureza que no dejaba filtrar ninguna emoción. «Ninguna broma» contestó. «¡Es imposible! Wynne no puede haber dibujado este mapa. Estaba completamente fuera de si cuando lo encontramos. No había comido ni bebido durante varios días. Farfullaba palabras sin sentido.» «Y las farfullas todavía ahora.» Rogers no se rindió. Reinició a estudiar el mapa, sus ojos se movían frenéticos en las órbitas. «¡Repito que no puede haberlo dibujado simplemente porque este lugar no existe!» «¡El Triángulo del Diablo existe, se lo puedo asegurar!» exclamó Morgan. Casi parecía que hubiera dejado de respirar. «Wynne estuvo allí, no tenemos dudas. Y no lo demuestra solamente ese pedazo de que usted tiene en su mano, sino también el hecho de que nosotros sabíamos que se estaba preparando para dirigirse hacia esos mares.» *** Saliendo de la villa algunos soldados se le acercaron, con la intención de acompañarlo hasta su carruaje. Rogers había insistido en que Morgan le dejara ver al prisionero. Todavía no podía creer la historia que le había contado. «Adelante, su señoría dijo, de repente, uno de los guardias, abriendo la puerta del carruaje que los llevaría a las cárceles. El carruaje su fue por una franja de tierra que se encontraba cerca de la playa. El chofer se vio obligado a disminuir la velocidad debido a la gente que ocupaba el camino. Morgan aprovechó para saludar a los colonos. Muchos contestaron con una reverencia. Un poco más adelante, la costa formaba un ligero arroyo, considerado el corazón verdadero de la bahía. En el ancladero se encontraban una docena de naves. «Llegamos, su señoría» gritó a un cierto punto el chofer. El camino que estaban recorriendo estaba lleno de rocas esparcidas por todas partes, que se hacían más y más compactas hasta formar un pavimento que terminaba frente a la entrada del fuerte. La embocadura estaba hecha de un arco de ladrillos en la cortina principal. Desde la cornisa superior, coronada por un enorme almenaje, se podían ver las grises bocas de los cañones. Una vez dentro de Fort Charles se bajaron en el centro de la plaza octogonal. Luego fueron conducidos hasta las celdas por un pasillo de piedra, cuyas paredes eran iluminadas con algunas antorchas. En la penumbra vieron llegar a un hombre robusto y con aire repugnante. Estaba batallando a respirar y su rostro estaba mojado de sudor. Llevaba puesto un vestido sin adornos y manchado en varios puntos. Rogers reconoció rastros de sangre tanto en las mangas como en el cuello. Fue entonces cuando sintió la desagradable sensación de estar en presencia del mismísimo verdugo. «Su señoría» saludó el hombre. «Lo saludamos, maestro Kane» contestó Morgan. «Le quiero presentar el capitán Woodes Rogers, corsario a las dependencias de Su Majestad.» «¿Cómo puedo ayudarle?» «Estamos aquí para ver al prisionero Emanuel Wynne.» El verdugo asintió con determinación, cogió una de las antorchas que estaban colgadas en la pared y los acompañó por un segundo pasillo, donde las celdas se alternaban. Cuando llegaron al final, tomaron una escalera. A mitad de camino, la bajada se hizo más empinada y se vieron obligados a agacharse, dado que el techo se bajaba gradualmente. Pronto se encontrarían bajo tierra. «Antes de entrar les quiero hacer una pregunta» dijo Rogers al gobernador. «Usted ya reservó la ejecución para mañana. ¿Porque tiene tanta prisa?» «Wynne es un pirata y por eso debe pagar por sus crímenes» contestó el otro. “¿Sin derecho a ser procesado?” Esos pensamientos crecieron en la mente del Corsario en forma siempre más evidente. “¿Realmente crees que yo sea tan estúpido, Henry? Me trajiste hasta aquí por una razón más importante. ¿Por qué te estás esperando tanto?” Envuelto por esas conjeturas, se encontró de frente a una celda, sin siquiera darse cuenta. El interior, primero sumergido en la oscuridad, fue iluminado por la antorcha de Kane. Inmediatamente lo vio trabajar con un pesado anillo de bronce que contenía una docena de llaves. Puso una en la cerradura y la giró, emitiendo un sonido chillón. Los virotes se abrieron evidenciando una habitación pobre, sencilla, cuyo único mobiliario era un camastro de paja. Al estar bajo tierra no había ventanas de ningún tipo, ni siquiera simples ranuras. En todas partes había un fuerte olor a moho, heces y orina. Morgan parecía muy interesado en la figura que yacía sobre el camastro de paja. Estaba inmóvil y envuelto por una manta sucia. «¿Seguro no ha exagerado, maestro Kane? Queremos que este hombre sea colgado delante de una muchedumbre exultante, no que se muera aquí como una rata de alcantarilla.» «No se preocupe» garantizó el verdugo y avanzó hacia Wynne. Luego le dio una patada en el costado. El pirata se puso de pie muy rápidamente, chillando. En las sombras se parecía a un espectro. El rostro esquelético estaba marcado por una barba afilada que marcaba sus mejillas desordenadamente. Su pelo largo y sucio caía frente a sus ojos y detrás de sus hombros. El gobernador mostró una sonrisa llena de falsedad. « Monsieur Wynne usted está algo tocado por lo que le ha sucedido. No necesitamos tratarlo así. Somos caballeros. Ahora, maestro Kane, tenga la amabilidad de dejarnos solos. Por favor salgase.» «Pero…» intentó contestar Kane. La mirada de Morgan se puso inmediatamente muy intensa. «Se puede ir» repitió, con falsa tranquilidad. El verdugo colgó la antorcha en la pared de una celda y se salió. «Wynne» le interrumpió Rogers. «¿Logra escucharme?» El corsario esperó, a que contestara. Pero cuando se dio cuenta de que eso podría durar para siempre, se inclinó sobre sus rodillas, a pocos centímetros del prisionero. «Mi barco los encontró afuera de Nassau, ¿se acuerda? Vine aquí para hablar sobre el mapa. ¿Qué le pasó?» Wynne levantó la cabeza, mirando a su interlocutor, pero no parecía verlo. Él pensó ver un resplandor verdoso procedente de uno de sus ojos. Contuvo la respiración. No podía estar seguro, ya que el pirata tenía el pelo presionado contra su rostro. Entonces se convenció que no era más que el reflejo de la antorcha que colgaba de la pared. «El Triángulo del Diablo» comentó en voz baja Wynne, después de unos minutos. «¿De verdad han navegado por esos mares?» preguntó Rogers. «No tenía que dejar mi lugar. Órdenes del capitán. Estará muy enojado.» «Sigue diciendo siempre lo mismo» comentó Morgan, con un cierto fastidio. «Solamente se preocupa de regresar con Bellamy. Ni siquiera los latigazos de Kane han logrado sacudirlo.» Al oír esas palabras, el pirata jadeó, murmurando como un pez fuera del agua y emitiendo ruidos sordos procedentes del fondo de su garganta . «¿Estaban bajo el mando de Samuel Bellamy?» Rogers movió sus dedos cuidadosamente, agarrando su brazo con delicadeza. Estaba claro que Wynne estaba intimidado por la presencia de Morgan. Si no hubiera sido capaz de calmarlo, se habría vuelto a cerrar en su mutismo. El hombrecito dejó escapar una expresión de sorpresa. «Nos perdimos.» «Por favor, explíquense con mayor claridad.» «La niebla… estaba en todas partes.» «¿Cual niebla?» insistió Rogers. «¿Que trata de decirme?» «Me tengo que quedar de centinela» Wynne cambió el tono de voz. Parecía más la de una persona que estaba buscando compartir secretos. «Órdenes del capitán.» Rogers se quedó en silencio, nuevamente en espera. «No hay nada que podemos hacer» confirmó Morgan. «Estamos perdiendo nuestro tiempo. Usted logró, capitán, que le dijera algunas cosas más. Eso hay que admitirlo. Pero…» «¡Es esto que ustedes no entienden!» exclamó el pirata. Parecía que una chispa de lucidez hubiera aparecido nuevamente en su cerebro. «Hay un precio a pagar por aquellos que buscan el tesoro. Un tesoro que puede cambiar el destino de quien lo encuentra.» «¿Cual tesoro?» preguntó de inmediato el gobernador. Wynne empezó a agitarse. Se liberó del agarre del corsario y terminó acurrucándose en el camastro de paja, en posición fetal. Desde ese ángulo, Rogers podía ver las marcas todavía frescas de los latigazos. «¡Wynne!» exclamó Morgan, con tono amenazante. «¿De cuál maldito tesoro está hablando? Conteste, ¡maldito!» El pirata expresó una serie de lamentos y ya no habló más. Ni los insultos del Gobernador tuvieron éxito . «¿Era esa la información que buscaba, su señoría?» Más que una pregunta la de Rogers era una afirmación. «¿Usted me usó para descubrir la posible existencia de un tesoro?» El rostro de Henry Morgan expresaba molestia. «Yo no me aproveché de usted, capitán. Tenía una tarea específica. Capturar a Wynne. Y lo logró de una forma excelente.» «Más que nada fue gracias al caso, como usted ya comentó.» «Obvio.» «¿Dígame Henry, usted está jugando conmigo?» El hombre lo miró con una expresión de asombro. «Usted me debe una explicación» siguió diciendo Rogers. «He cumplido con mi deber. Y pensé que así estaba bien. Pero ahora usted me está involucrado en esta historia.» Desde el final del pasillo se podían escuchar los tonos de unos pasos, acompañados por el ligero silbido de Kane. Obviamente habían permanecido en la celda durante demasiado tiempo y el verdugo regresaba para asegurarse que no hubiera pasado algo malo. «Es mejor no discutir este tema en este lugar, capitan» dijo en voz baja Morgan. «Yo al contrario creo que sea mejor discutirlo» contestó Rogers. «¿Que quiere saber?» «La verdad.» «De acuerdo» añadió el gobernador. «Al fin y al cabo usted es un hombre de confianza.» «¡Dese prisa!» «Bellamy vino personalmente a contarnos lo que estaba pensando hacer. Nuestro pasado no es un misterio, usted lo sabe muy bien. Así que no tiene que sorprenderse por nuestras amistades.» “De hecho no me sorprenden por nada” pensó Rogers. «Nos pidió un préstamo.» Morgan hablaba rápido y de vez en cuando se aseguraba que Kane no llegara de un momento a otro. «No tenía recursos suficientes para poder emprender un viaje tan peligroso. A cambio reclamamos la lista de los tripulantes. La experiencia nos ha enseñado que si gastamos dinero, a cambio queremos saber quién lo recibirá. Y el único nombre en la lista que conocíamos era el de Wynne.» «Así que me han enviado a buscarlo» comentó Rogers. «Exactamente. Cuando supimos que Bellamy había desaparecido no podríamos hacer lo contrario.» Sólo entonces el francés retomó la palabra. Había vuelto a sentarse sobre el camastro de paja, con las piernas cruzadas. «Me castigan por fomentar el motín. Pero no fue mi culpa. Puedo jurarlo. No confíe en el hombre con los dientes dorados.» No obstante tenía el rostro escondido por el pelo, era evidente que estaba sonriendo. «A parte yo era el único que podía ver bien. Por este motivo estaba de centinela. Tenía que observar, como el chamán nos había dicho.» Rogers se inclinó hacia delante otra vez. Estaba a punto de abrir la boca, con la intención de preguntarle a qué se refería. Pero el pirata lo anticipó. «¡Los ojos muchas veces nos engañan, capitán Rogers!» dijo. «¿Y el tesoro?» preguntó Morgan. No hubo otra contestación. Emanuel Wynne inclinó la cabeza hacia atrás y estalló en una risa obscena y poderosa, que contrastaba con la delgadez de su cuerpo. Siguió haciéndolo incluso cuando el verdugo volvió. El gobernador ordenó que lo azotaran una y otra vez, con la esperanza de obtener más informaciones. Cuanto más lo torturaba Kane, más el pirata se reía. Él siguió hasta que no se le rompieron las cuerdas vocales, y de la boca nada más empezaron a salir ruidos repugnantes, tanto que Rogers se vio obligado a taparse los oídos. SEGUNDO CAPÍTULO LA EJECUCIÓN A última hora de la tarde, Johnny se regresó a su casa. Recordando lo que había ocurrido en la mañana, decidió tomar la vuelta más larga. De este modo evitaría cortar por el barrio español. Seguramente su madre estaba en el trabajo, sumergida como siempre en el abrumador olor de las especias que apestaban la cocina del Pássaro do Mar. Así que no se iban a preocupar por él, en el caso hubiera llegado tarde. Caminó por la parte oriental del puerto, cruzando los muelles y las ensenadas. De vez en cuando miraba a los barcos amarrados. La mayoría de las tripulaciones habían desembarcado. A menudo sentía el deseo de embarcarse y abandonar Port Royal. ¿Pero cómo? No habría resistido ni siquiera una semana en el mar. En ese momento la voz de Anne regresó, tan poderosa como sólo ella era capaz de hacer, cuando lo acusaba de ser igualito a su padre. Recordó la historia concebida con la complicidad de Avery. “Tenía que pasarle una pinza” repasó mentalmente, buscando hasta convencerse a sí mismo. “Me dijo que me diera prisa, así que me di la vuelta. No me di cuenta de una viga inferior y terminé en contra de ella.” Podría ser una historia creíble, a pesar de que ya veía la mirada preocupada de su madre, sus ojos brillantes, su boca abierta. Seguramente lo iba a llenar con su habitual ola de reproches, sobre lo peligroso que era el mundo y todo lo demás. Obviamente, era de esperar que le pidiera al anciano que le explicara cómo habían pasado los hechos de verdad. Él le confirmaría todo esa misma noche tan pronto hubiera llegado a la taberna para tomar. “Esperando que no se emborrache” pensó. Más tarde, el terreno estaba como a forma de terraza, seguido por una escalera construida cerca del muro del puerto. Johnny trepó sin pensarlo demasiado. Conocía la zona como sus bolsillos. Cuando llegó a la cima, se detuvo para admirar la bahía. Había contemplado ese espectáculo varias veces, pero percibía ese día una emoción diferente, nunca experimentada. La luz del atardecer envolvía todo con pinceladas color morado. Por un momento tuvo la sensación que el mismo aire estaba saturado de electricidad, casi presagiando algún cambio. «El viento está cambiando.» Johnny frunció el ceño. Un hombre se le había acercado sin que él se diera cuenta y, al igual que él, tenía la mirada fija en la dirección del arroyo. Llevaba puesta una chaqueta azul y una camiseta abierta en la parte delantera, apretada en la cadera con un cinto verde. A sus pies llevaba botas altas hasta bajo las rodillas. El rostro marcado, como si hubiera sido picado por centenares de insectos voraces, estaba rodeado por un par de largas y gruesas patillas oscuras, que hacían que su rostro se viera largo como él de una faina. «¿Esta por pasar algo, verdad?» le preguntó, sin saber tampoco él porque le estaba dirigiendo la palabra. El hombre asintió. «Regrésate a tu casa, jovencito» le dijo. Puso sus manos a los lados y al hacerlo movió su indumentaria. Abajo apareció la empuñadura de una espada. «Muy pronto se desencadenará una tormenta. Mejor que no te encuentres por esa área cuando todo esto pasará.» Johnny no respondió. Se dio cuenta que ese hombre no le gustaba. Especialmente cuando sonrió: tenía los incisivos superiores hechos en oro. “Es un pirata” pensó, y mientras se alejaba le oyó sonreír. Era una risa desagradable y desagradable. Se volvió, empujado por el miedo que este pudiera perseguirlo. Al contrario, el pirata no le estaba prestando la mínima atención. Mientras tanto, la frenética vida de la colonia estaba bajando. Los caminos se vaciaron. El que no tenía un hogar a donde regresar eligió entrar en alguna cantina. Los encargados de las linternas habían comenzado su turno para encender las farolas y llenarlas de nuevo aceite. Extrañamente, no parecía haber ningún muerto tirado en el barro. Pero la noche aún era larga y todo podía suceder. Johnny caminó por la calle que lo separaba del Pássaro do Mar en un estado de agitación tan grande que no podía entender el porqué. Seguramente todo se debía al encuentro con ese hombre misterioso. Y continuó pensando en él incluso cuando llegó a uno de los muchos sitios de guardia esparcidos por todo el camino, donde un niño, de no más de doce, estaba clavando un aviso. Algunos soldados la rodearon, curiosos. «¡Por fin!» comentó uno de ellos. «Ya tenía miedo que el Gobernador hubiera perdido todo su valor» comentó otro. «Cállate» le ordenó una tercera persona. «¿No querrás acabar ahorcado tú, también?» La discusión continuó con poco interés. Para Johnny era diferente. Tan pronto como el niño terminó, decidió seguir adelante, atraído por las palabras que se podían leer por encima del anuncio. POR VOLUNTAD DE SU MAJESTAD REY JORGE DE INGLATERRA EL GOBERNADOR DE PORT ROYAL SIR HENRY MORGAN ORDENA LA EJECUCIÓN DEL PIRATA EMANUEL WYNNE A LAS PRIMERAS LUCES DEL ALBA Las observó durante mucho tiempo. Después de la declaración seguía una lista de crímenes cometidos por Wynne. Cuando terminó de leerlos, siguió caminando. Regresó con sus pensamientos a cuando su padre lo había acompañado por primera vez para asistir a una ejecución. Lo tenía cargado sobre sus hombros, para que pudiera ver más allá de la multitud. Johnny seguía sonriendo divertido, hasta que algo había cambiado. Su infantil emoción de asistir a ese espectáculo se había convertido en horror en el momento en que la cuerda había sido puesta alrededor del cuello del condenado. Por alguna razón no se esperaba de verlo colgar muerto en solo unos pocos segundos. Las lágrimas se habían apoderado de su rostro casi de inmediato. «¿Porque estás llorando?» le había preguntado su padre. «Ese hombre allá…» había contestado, apuntando el dedo hacia el cadáver que estaba colgado. «Era una persona mala.» Stephen Underwood había intentado tranquilizarlo. «Debía pagar por sus crímenes.» Johnny asintió, aunque no sabía exactamente qué quería decir con esas palabras su padre. El suyo había sido un gesto instintivo, debido al irreprimible impulso de irse de allí lo antes posible. «No te olvides que en la vida encontrarás a muchas personas» continuó diciendo Stephen. «Todo el mundo comete algún error. Algunos se arrepienten y eligen olvidar el pasado. Otros, sin embargo, los traen puestos con orgullo en su cara como si fueran máscaras. Por favor, no confíes en esos tipos de personas. Ellos continuarán cometiendo errores justificándose, argumentando que la culpa es tuya. Y lo peor es que realmente creen en lo que dicen. Exactamente como el hombre que fue ejecutado hoy.» Pensando en esa frase se dió cuenta que su padre le hacía mucha falta. *** A juzgar por el ruido proveniente del Pássaro do Mar, se dio cuenta de que los clientes habían abierto los bailes. Alguien también había comenzado a tocar, ya que a los gritos se agregaba el sonido estridente de un violín. Johnny permaneció un momento bajo el porche y se asomó a la única ventana, apretando las palmas contra el vidrio. Una gran sala era el cuerpo central de la posada, cuyas paredes estaban cubiertas de paneles agrietados, tanto que recordaban las paredes de un viejo velero. En la parte inferior había un mostrador y, justo a la izquierda, la boca sucia de una gran chimenea. A un lado estaba la puerta de la cocina. Decenas de velas estaban dispuestas a lo largo de las mesas y candelabros. Lo más agradable de ese lugar era exactamente eso: la luz. A diferencia de otras posadas de Port Royal, Bartolomeu se jactaba que la suya era la más luminosa. El muchacho lo vio trabajar duro entre las mesas, llevando platos y jarras de un lado a otro. Se esperaba de ver también su madre, pero no había rastro de ella. Por lo general, era Anne que se preocupaba de servir a los clientes. Dio un paso atrás en la calle y miró hacia la única ventana de la habitación del piso de arriba. Las ventanas estaban cerradas. Sin embargo, recordó que las había dejadas abiertas. “Puede ser que regresó y eligió cerrarlas” pensó. De inmediato una voz insistente penetró en su cabeza: “¿Y si acaso le pasó algo? Esa fea tos no le da paz. Empeora cada día que pasa.” Una dolorosa sensación ardiente envolvió su vientre. Era como si una rata hubiera prendido fuego, y, a pesar de eso, siguiera carcomiendo su estómago. Corrió por el callejón que atravesaba la posada, abrió la puerta de atrás y subió las escaleras. Los ruidos de los huéspedes se hicieron confundidos, lejanos. Era como atravesar un túnel excavado dentro de una montaña. Una galería en cuyo fondo brillaban los dientes dorados del pirata. «¿Madre?» gritó, tocando a la puerta del departamento. Del otro lado pero no llegó ninguna contestación. «Madre, soy yo. Estoy entrando.» La habitación estaba inmersa en la oscuridad más completa. En su interior sentía el acre olor del sudor, mezclado con algo que parecía hierro oxidado. Finalmente lo reconoció. Era sangre. En pánico, buscó la lámpara de aceite que estaba encima de una mesilla de noche adyacente a la entrada. La encontró en el segundo intento. A tientas nuevamente inspeccionó la superficie de los muebles. Cuando sus dedos tocaron el encendedor lo prendió. La lámpara brilló con una pequeña llama, y la luz comenzó a estirarse en el suelo hasta llegar a los pies de la cama. Fue entonces cuando notó algo. Un movimiento imperceptible. Alguien se había movido a la sombra. En ese momento escucho un extraño ruido, seguido de un golpe. Todo eso fue suficiente para convertir sus dudas en certezas. Anne estaba tumbada en la cama, con el pelo largo y oscuro desordenado sobre la almohada. Recordaba el cadáver de un pulpo llevado a la orilla por las corrientes. Johnny se acercó a ella y ella levantó ligeramente los párpados. Tenía una cara cerúlea, hinchada de sudor. Las esquinas de la boca manchadas de rojo. Una corriente de sangre se había derramado sobre su mejilla, terminando en la almohada donde había formado una mancha irregular y espesa. «John, ¿eres tú?» preguntó, la voz que era apenas un susurro. Su pecho bailaba con ritmos irregulares. «Sí» contestó él. «No puedo ver bien. Tengo la vista borrosa.» El chico se quedó pensando, sin saber qué comentar. Tenía miedo de que cualquier cosa que iba a decir no hubiera resultado muy convincente. «Vas a ver que no será nada grave» intentó minimizar, acariciando su frente. Estaba fría. «Mañana seguro te sentirás mejor.»«¿Tu cómo estás?»«No te preocupes por mí.» La mujer sonrió. Se quejó nuevamente y él tomó su mano. «Debes descansar» le dijo.«Si, tienes razón» admitió Anne. «¿Hay algo que pueda hacer?» «Tengo la garganta muy seca.» Johnny alcanzó el lavabo con el agua y sumergió una taza. Volvió con su madre. Suavemente se sentó a su lado, colocándole una mano detrás de su espalda para ayudarla a beber. La mujer tragó el líquido con voracidad. «Trabajaste muchos en estos días. Debes descansar. Dormir te hará sentir mejor.» «Tengo miedo» dijo ella cansada. «No hay nada que temer madre.» “¿Estoy intentando convencer a ella o a mí mismo?” se preguntó.«Ahora relájate» continuó diciendo el muchacho, intentando no externar su preocupación. «Ahora bajo y voy a hablar con Bartolomeu. Seguramente necesitará una mano en la cocina.» «No te vayas.» «Regreso enseguida.» Los ojos de Anne se pusieron brillantes. Una lágrima corrió por su cara. «Ya perdí a tu padre. Por favor, no me dejes sola.» «Está bien. Me quedo aquí contigo.» Johnny se quedó escuchando la respiración de la mujer que regresaba a la regularidad hasta que se quedó dormida. Él le apretó nuevamente la mano. Sólo entonces se concedió un poco de descanso. *** El carruaje del gobernador llevó a Rogers al puerto, siguiendo la ruta que había sugerido al chofer durante el viaje. Una extraña paranoia había empezado a surgir en él. La ciudad estaba llena de espías y lo último que quería era que algunos de las lacras de Morgan lo estuvieran siguiendo. Por supuesto, el chofer del carruaje iba a volver y podría contarlo todo... así que le lanzó una bolsa de monedas cuando bajó del coche. «Estamos de acuerdo, ¿verdad?» le dijo. «Claro como un cielo sin estrellas, mi capitán» contestó este. «Vuélveme a repetir lo que tienes que decir.» El chofer miró a su alrededor. «Si me preguntan, tengo que decir que acompañé al capitán en la intersección entre las antiguas murallas y la carretera principal. La que corre a un lado del promontorio hacia el sur. Lo vi entrar en un burdel, con la intención de gastar parte del dinero de su excelencia en dulce compañía.» El conductor estaba satisfecho. Hizo un gesto de acuerdo con el conductor, que se fue rápidamente dejando un rastro de polvo y piedra. Esperó ya no verlo, y luego siguió por un sendero que bajaba por los muelles. En los lados había no más de una docena de viejos edificios antiguos y todo estaba inmerso en un silencio espectral.«Mi capitán.» Rogers no tuvo necesidad de darse la vuelta. Recorcería esa voz tan catarral en todas partes. «Puedo ver con mucho gusto que estás cuidando de esa área, O’Hara. ¿Ha pasado algo durante mi ausencia?» «Nada importante.» «¿Y el resto de la tripulación?» «Duerme.» O’Hara salió de las tinieblas y apareció a su lado. «Te tardaste más de lo normal. ¿Algo salió mal?» «Mejor platicarlo en privado» dijo Rogers. Podía sentir sobre sí mismo los ojos de aquellos que los observaban desde atrás de las ventanas cerradas. Sin decir nada más, se dieron vuelta en una esquina. Caminaron por un estrecho y maloliente callejón hasta que oyeron el ruido del mar. Frente a ellos apareció un antiguo almacén abandonado, puesto casi sobre el muelle. «Deje de guardia a Husani» explicó O’Hara. El corsario sonrió, satisfecho. De todos los miembros de la tripulación habría confiado su vida en sólo dos personas. El primero era exactamente James O'Hara, conocido varios años antes en Cuba. Este tenía la reputación de ser un seguidor fiel y su voz característica se debía al hecho de que su garganta había sido cortada. Sus enemigos estaban seguros que había muerto pero sin comprobarlo. Él, sin embargo, quien sabe cómo, había sobrevivido. La segunda persona, respondía al nombre de Husani, era un hombresote grande y fuerte, esclavo de una plantación de algodón en Virginia. Había logrado escaparse y subirse a un barco. Rogers lo había conocido en Port Royal, donde se había quedado fascinado por la fuerza física que el africano había demostrado durante una pelea. Muchos lo criticaban por la elección de los hombres que formaban su tripulación. Pero a él no le importaba. Prefería trabajar con personajes tan peculiares, muy parecidos a los criminales que estaba cazando, en lugar de confiar en soldados elegantes sin experiencia. Después de haber tocado, se quedaron esperando a que Husani abriera la puerta. No tuvieron que esperar mucho. La puerta se abrió un poco, y en la abertura apareció una cara grande y oscura con una mirada sombría. «Buenas noches, mi capitán.» «Buenas noches a ti» contestó Rogers. El lugar estaba sucio. Un ronquido suave resonaba por todas partes. Husani tomó la pieza de una vela y acompañó a sus compañeros cerca de una mesa, teniendo cuidado de no aplastar el resto de la tripulación que estaba dormida en el suelo. Rogers se sentó y O’Hara se colocó frente a él. Bajo su barbilla se podía notar la blanca línea de una cicatriz. Husani se quedó en alerta, hasta cuando plantó la vela sobre un viejo dosel y llenó tres jarras con un líquido oscuro. «Entonces, ¿mi capitán?» le preguntó. Rogers buscó en uno de los bolsillos internos de su chaqueta. Sacó una segunda bolsa, mucho más voluminosa de la que había entregado al chofer. «Esta es la primera mitad» dijo. Y la tiró con tranquilidad al centro de la mesa. Las monedas que se encontraban adentro de la bolsa tintinearon dulcemente. «Lo que queda se las entregaré cuando habrán terminado el trabajo. Como siempre.» «¿Que tenemos que hacer?» quiso saber O’Hara. El corsario se quedó mirando fijamente la llama parpadeante de la vela. Pasó un poco de tiempo. Finalmente contestó en un tono distante. «Al principio pensé que Morgan se estaba burlando de mí. Luego me di cuenta de que no estaba bromeando por nada. Y tal vez ese fue el peor momento.» «Por favor, explícate mejor.» O’Hara había empezado a hacer estallar los nudillos. «Después de haber capturado a Wynne, ¿qué más quiere de nosotros?» «Es exactamente Wynne el problema» especificó Rogers. «El gobernador tenía sus buenos motivos para ordenarnos de buscarlo.» Hizo una pausa. «¿Todavía recuerdan que tenía en la mano cuando lo encontramos?» «Un mapa» contestó con decisión el africano. «Tienes una excelente memoria» lo felicitó Rogers. Buscó otra vez en sus bolsas, sacó el rollo que Morgan le había confiado y lo colocó delante de él. O’Hara dejó de lastimarse las articulaciones de sus manos. Tomó un aire inquisitivo. «¿A dónde nos llevara?» Rogers movió su mirada desde el mapa hacia dirigir sus ojos directo sobre él. Lo hizo sin prisa, tratando de ganar el tiempo suficiente para poder responder. «Hacia el Triángulo del Diablo» comentó finalmente. Hubo un momento de silencio, durante el cual el único ruido audible fue el incesante ronquido de la tripulación. Husani y O’Hara intercambiaron una rápida mirada de asombro. Luego este dobló su cabeza hacia atrás y emitió una pequeña risa, mostrando la cicatriz en toda su longitud. Era un ruido horrible, un chilló agudo parecido a lo que hace la lama de un cuchillo cuando rasca una superficie oxidada. «¿Te parece divertido todo eso?» preguntó Rogers, en tono muy serio. «No sabía que tenías un sentido del humor tan marcado» comentó el otro. «Ninguna ironía.» El capitán puso su índice sobre el mapa. «Parece que Wynne está convencido de lo que él diseñó. Y Morgan también lo cree. Mientras que el gobernador esté dispuesto a pagar, eso es suficiente para mí.» «¡Sangre de Judas!» exclamó Husani. «¿Por lo menos consideraste que podría tratarse de los delirios de un loco?» Él asintió y continuó contando en detalle cómo habían ocurrido los hechos, comenzando desde la reunión de la mañana con Henry Morgan, hasta la charla con Wynne . Por mientras Husani había agarrado una de las sillas y se había sentado. «¿Cómo crees poder convencer el resto de la tripulación?» «Por el momento no es importante que sepan la verdad» contestó Rogers. Y de inmediato regresó a su mente la advertencia que le había dado Wynne: “Él que está en busca del tesoro tiene que aceptar que hay que pagar un precio para encontrarlo.” Sentía crecer en él un fuerte estado de ansiedad, como si una espada de Damocles estuviera oscilando sobre su cabeza. Intentó no pensar en todo eso. No podía permitirse el lujo de aparentar ningún tipo de incertidumbre. En su ayuda llegó la oportuna intervención de O’Hara. «¿Qué garantías nos ofrece el Gobernador?» preguntó. Rogers sonrió. La parte arruinada de su rostro se contrajo en una mueca que haría temblar hasta el más valiente entre los hombres. «Esta misión se llevará a cabo en la más completa legalidad. Después de la ejecución, Morgan me entregará una nueva carta de compromiso.» «¡Dios proteja el Rey!» gritó Husani, en tono de burla. Algunos hombres dejaron de roncar, murmurando en su sueño palabras incomprensibles. Luego volvieron a dormir profundamente. «Nadie conoce las reales intenciones del gobernador» comentó Rogers. «Ni siquiera Su Majestad. Si Wynne dice la verdad, este mapa nos llevará a un tesoro inimaginable.» O’Hara levantó su jarra. No había tomado ni una gota de alcohol desde que habían comenzado a platicar. «Que la suerte nos acompañe.» «A la salud» dijo Rogers, imitándolo. También el gigante africano se unió al brindis. «Que el diablo te acompañe, ¡mi capitán!» Gran parte de la noche fue ocupada en varias charlas su cómo organizar el viaje. Acordaron que iban a necesitar por lo menos cinco días para preparar el Delicia. Efectivamente, había tiempo suficiente para planificar la expedición. Sin embargo, un vago presentimiento preocupaba el corazón de Rogers. A pesar de la atmósfera de aparente tranquilidad, el miedo que había probado durante casi toda la noche reapareció varias veces. En los oídos, además de las palabras del francés, se añadió la exclamación de Husani. “Que el diablo te acompañe, ¡mi capitán!” *** Las campanas de la única iglesia de Port Royal resonaron en un estruendo impresionante durante las primeras luces del amanecer. Johnny se despertó con ese ruido. Le dolía muchísimo la cabeza, esto era evidencia que estaba durmiendo poco y mal. Entrecerró los ojos. Justo enfrente de él, vislumbró una cara flotando en medio del aire. Al principio no la reconoció. La somnolienta figura de Anne cubría parcialmente su vista. Al final consiguió concentrarse y oyó a Bartolomeu saludarlo con su típico acento peculiar. «Mínimo intenta hablar un poco de inglés» le pidió. «No cerré ojo toda la noche. Me duele horrible la cabeza.» El otro se río. «Tienes toda la razón, una disculpa.» Johnny, batallando se puso de pie. Las piernas entumecidas amenazaban con rendirse. Logró evitar una caída ruinosa sólo porque el portugués fue muy rápido en intervenir. Lo agarró por los brazos y lo puso al pie de la cama. «Yo me encargo» dijo y fue a abrir las ventanas. Un soplo de aire fresco entró en la habitación. El sol entraba y los rasgos del hombre eran evidentes en las primeras luces de la madrugada. Tenía un rostro afilado, el pelo negro que mantenía atado en una cola de caballo. Ojos oscuros y profundos le daban una mirada amenazadora, acentuada por gruesas cejas negras que se unían entre sí. El labio superior estaba enmarcado un grueso bigote. «¿Cómo está tu madre?» preguntó. «Nada bien» contestó Johnny. Ambos miraron a Anne. Todavía estaba dormida. A pesar de su respiración relajada, seguramente tuvo una noche difícil. Podía verse por la expresión de sufrimiento que tenía su rostro. «Mejor dejarla descansar» admitió Bartolomeu. «No podemos hacer nada.» «Pero…» «Ningún pero» lo regañó él. «Ven conmigo. Tenemos que hablar.» El chico asintió, aunque no muy convencido. Bajó las escaleras, y luego se acomodó en un taburete detrás del mostrador. «Bennet estuvo aquí ayer en la noche.» Bartolomeu estaba intentando abrir una botella de ron llena de polvo. «A mí no me interesa lo que hacen ustedes dos, ni las mentiras que se tienen que inventar para que tu madre no se preocupe.» Después de los últimos acontecimientos se había olvidado de todo eso. Instintivamente se puso el dedo índice sobre la nariz. La hinchazón, así como el dolor, habían disminuido. Afortunadamente, Anne no parecía haberlo notado . “En ese estado como hubiera podido” pensó. «Es una mujer fuerte» subrayó el dueño de la posada. «Pero tú no tienes el derecho de permitirte esos tipo de tonterías. El muchacho que hoy te fastidia, será el borracho que te hará daño mañana.» «¿Es uno de tus refranes?» El portugués frunció el ceño. El tono burlón con el que acababa de ser insultado no parecía haberle gustado mucho. Empezó a beber el licor. «No» contestó con un guiño. «Me lo acabo de inventar.» Hasta ahora, Johnny temía deber soportar otra maldita reprimenda y estaba listo para irse. A él le importaba solamente su madre. Esa simple broma tuvo el poder de cambiar su actitud. «Ándale toma tú también» comentó Bartolomeu, luego. Y le pasó la botella. «¿Así? ¿En la mera mañana?» «Antes o después deberás convertirte en un hombre. Quiero ver si tienes el valor. ¡Ándale!» El olor fuerte del ron llegó a las fosas nasales de Johnny, que no pudo contener una mueca de asco. Puso suavemente sus labios en contacto con el cáliz e inclinó su cabeza hacia atrás. El líquido se deslizó caliente y dulce a lo largo de la garganta. Cuando llegó al estómago liberó toda su fuerza. «¡Quema!» comentó. Una serie de poderosos golpes de tos empezaron a sacudir su pecho. Siguió por un rato, bajo la mirada divertida de Bartolomeu, que ya no podía dejar de reír. *** Por su costumbre el gobernador era tempranero. Especialmente cuando tenía que asistir a una ejecución. En esos casos apenas podía dormir, esperando con impaciencia el momento de llegar al andamio. Esa vez fue diferente. Después de despedir a Rogers, había preferido retirarse a sus habitaciones sin tocar comida. Además de la tensión, había atribuido el insomnio a las comidas demasiado sazonadas. Suponiendo que no podía dormir en absoluto, le había ordenado a Fellner, su mayordomo personal, que le trajera a una de las sirvientes negras que trabajaban en las cocinas. «Usted es Abena, ¿verdad?» Comentó cuando llegó la sirviente que había pedido. La esclava se había limitado a hacer una reverencia y se había quedado cerca de la puerta, mirando a su alrededor con expresión perpleja. «No tenga miedo, querida. Por favor vengase aquí conmigo.» El gobernador había sacado su mejor sonrisa de depredador. «Póngase cómoda.» «¿Ahora, excelencia?» «Sí.» La motivación era muy sencilla, y Abena había comenzado a desnudarse. Morgan la había examinada con curiosidad, como un niño, cuando mira un fenómeno que le resulta extraño. Luego había empezado a desnudarse él también. La había poseído con fuerza y Abena había soportado con resignación. No duró mucho tiempo, pero pareció complacido de sí mismo. Después de eso se había quedado dormido. A la mañana siguiente, Fellner entró en la habitación llevando una bandeja con una copa de vino y todo lo necesario para el baño: una tina de agua fresca, y otra llena de harina de arroz, un conjunto de tarros que contenía el maquillaje y algunos paños perfumados. «Buenos días, excelencia» dijo. Morgan murmuró algo. Cogió su vaso y lo bebió, sin saborearlo. A pesar de ser reconocido como la autoridad más importante en Port Royal, muchos todavía lo consideraban un pirata por esos modales feos y maleducados. «Excelente día para llevar a cabo una ejecución» comentó Fellner. Movió las cortinas desde las ventanas y arregló arriba de un mueble en estilo barroco todo lo necesario para llevar a cabo el día. «¿Dónde está la muchacha?» preguntó de repente el gobernador. Había extendido su brazo seguro de encontrarla todavía dormida a su lado. Fellner no modificó su expresión. Recuperó la peluca y la empolvó con la harina de arroz. «Salió de las habitaciones de su excelencia sin siquiera preocuparse de pedir permiso. Uno de los jardineros la vio entrar en los alojamientos de los esclavos durante la noche. Estos negros son realmente impudentes. Lamento haberla llevado con usted.» «No hay problema» murmulló. Se levantó de la cama y alcanzó el pequeño mueble. «Que la lleven a las prisiones para que le den unos latigazos.» «Como usted desee, excelencia.» Morgan empezó a enjuagarse la cara. Cuando terminó, siguió observando su imagen reflejada en el espejo. «¿Ya interrogaron al chofer?» El mayordomo le pasó una toalla y le ayudó a secarse. «El capitán Rogers parece haber hecho una pequeña parada en un burdel. Quería gastar un poco del dinero que usted le dió.» «Mmmm puede ser.» «¿Usted confía en él?» La pregunta de Fellner le pareció indiscreta. Morgan siempre lo había considerado una persona diminuta, no sólo en su apariencia física sino también en carácter. Era raro que se dejara llevar por consideraciones personales. «Absolutamente no» contestó. «No obstante se trata del corsario más capaz del Mar de Caribe.» Abrió la tapa del tarro y se puso una gruesa capa de polvo en el cuello y en el rostro, creando una noble palidez. Luego aplicó el colorante rojo en las mejillas y en los labios. «¿Nuestro carruaje está listo?» «Claro que si» contestó Fellner. «Muy bien» comentó Morgan y comenzó a vestirse con la ropa más formal y elegante que poseía: una camisa de seda blanca y unas medias del mismo color. Todo acompañado por un chaleco azul. Para completar su vestimenta, la inevitable peluca, que cubriría su escaso pelo rojo. Una vez que terminó, dio un paso atrás para permitir que el mayordomo le diera una mirada. Fellner ajustó el cuello de su camisa y asintió satisfecho. «Se ve muy bien, excelencia» anunció. «Entonces démonos prisa.» Morgan salió de la habitación, dirigiéndose hacia la gran escalera de la entrada. «Este maldito farseto nos está haciendo morir de calor.» *** Johnny empezó a toser otra vez tan pronto como salió de la posada. Después de los problemas con el ron, Bartolomeu le había sugerido que bebiera un trago de hidromel, alegando que le ayudaría. No había sido así. Corrió detrás de un callejón, dobló las rodillas y cerró los brazos al pecho. Luego vomitó. El sabor ácido de los jugos gástricos le borró la vista, haciendo que los contornos se vieran indistintos. Tuvo que esperar en esa posición unos minutos antes de levantarse. «Qué asco» comentó, mientras que salía del pequeño callejón. «¡Quítate!» A gritarle, había sido la poderosa voz de un soldado. Junto con sus compañeros, estaba custodiando el cuerpo sin vida de una persona. Uno de ellos lo había agarrado por debajo de las axilas y lo estaba arrastrando por la calle en el silencio de aquella mañana tan bochornosa. “Hay algo que parece diferente”. Su pensamiento nació espontáneamente en su mente, pero no se trataba tanto de la vista del cadáver, sino de la ausencia del habitual apiñamiento que sofocaba la calle principal. De hecho, se sorprendió aún más cuando los comerciantes cerraron los puestos de ventas y se dirigieron hacia el puerto. Incluso las prostitutas habían desaparecido. «¡Pero claro!» exclamó. Le habló a una de las guardias, que se había quedado atrás con respecto a los demás. «¿Ya empezó la ejecución?» El soldado se quedó como dudoso, sin saber qué contestar, como se realmente no hubiera entendido que quería ese muchacho de él. «Todavía no» contestó finalmente. «Si te das prisa…» Johnny no escuchó el resto de la frase. Ya estaba corriendo, siguiendo la corriente de personas que estaba entrando en el lugar del evento. *** Una vez en el carruaje, Morgan se asombró en encontrar a Rogers sentado cómodamente entre las almohadas que llenaban los asientos. Parecía sereno, sin la sombra de ninguna preocupación. Y era esa seguridad suya que ponía tan nervioso el gobernador. «¿Usted que hace aquí?» preguntó sin poder ocultar su fastidio. «Pensé que le podría gustar un poco de compañía» contestó el corsario. «Usted es demasiado presumido, mi estimado capitán.» «Ándale. No sea tan rígido. Al final de todo es culpa de usted si me encuentro en esta situación.» Morgan se tomó el derecho de no replicar. Había pocos elementos en su vida que lo podían irritar. Uno de ellos estaba sentado justo frente a él. Nadie nunca había tenido el valor de burlarse de él tan abiertamente. «¿Cómo piensa proceder?» le preguntó. «No será una tarea sencilla» explicó el capitán. «El mapa no tiene puntos de referencias. Tendremos que navegar a ciegas.» «Estamos seguros que usted lo podrá lograr.» Rogers se encogió de hombros, casi para hacerle saber que el asunto no le interesaba. Desde que se habían puesto en marcha, no se había detenido ni por un momento de mirar afuera por la ventana. Por otra parte, el gobernador estaba inmerso en la evaluación de que Port Royal era una colonia sin duda rica, aunque sí, eso no era suficiente para hacerla agradable. Y lo mostraba claramente el área por donde estaban pasando. Los caminos se reducían a callejones estrechos, sumergidos en la suciedad. Los edificios, apoyados uno en contra del otro, eran mal construidos. Los colonos también tenían algo equivocado. Sin embargo, siendo una persona ansiosa y oportunista, había pensado de poder explotar la ciudad a su gusto. A final de cuenta ¿Qué diferencia había entre un pirata y un político? «Zarparemos en unos días» explicó Rogers. «La tripulación debe completar unos últimos preparativos. Por el momento no he dado demasiadas explicaciones sobre el viaje.» «Menos gente será implicada, mejor será para nosotros.» «Sin embargo, no podré mantener este secreto con la tripulación por demasiado tiempo, antes o después deberán saber lo que vamos a hacer o, me arriesgaría a un motín.» «Usted no arriesga nada, capitán» dijo Morgan. «Y aunque fuera, como quiera tendrá derecho a la cantidad de dinero que establecimos en la nueva carta de compromiso.» «¿No le preocupan las locuras de Wynne?» «Absolutamente no.» «¿Y porque?» «Aunque fueran los delirios de un loco, no tendríamos nada que perder.» El gobernador quitó una pequeña partícula de polvo desde su chaleco. «A esta hora el padre Mckenzie estará confesando el prisionero. Aunque de verdad no creo haga mucha diferencia.» «Todos somos pecadores» sentenció el corsario. «Este es un mundo cínico y cruel. Usted debería saberlo mejor que nosotros. No pensábamos que usted fuera un moralista. ¿Tiene ascendencia puritana?» «Mis ascendencias no son importantes.» «¿Entonces porque está clase de moraleja justo ahora?» «El mío no quería ser un reproche» aclaró Rogers, tranquilo. «Claro, claro» comentó Morgan. « Monsieur Wynne puede regresar su asquerosa alma al Creador sin más ceremonias. Supimos lo que queríamos saber. Si, a parte la reunión será numerosa, mejor. Esto nos permitirá reforzar nuestra posición con la población. Así se darán cuenta de que uno no puede escaparse del juicio de Dios.» El corsario gruño una aprobación sin el mínimo entusiasmo. «La ejecución de Wynne será un evento inolvidable.» Con este último comentario Morgan se quedó en silencio en espera de llegar en Fort Charles. *** La plaza estaba dividida en dos partes: la zona baja, donde se juntaba la multitud, y una más arriba donde se había construido la horca. Ambas se comunicaban por escalones de piedra, custodiados por decenas de soldados. Alrededor de la plaza habían sido construidos algunos cuarteles, que tenían función tanto de alojamiento cuanto de almacén de armas y municiones. Varias pasarelas conectaban el cuerpo central de la fortaleza a las murallas y cada una tenía su propia batería de cañón. El muro sur, al contrario, se asomaba al mar. Allí estaba la torre central. Tan pronto como Johnny pasó las puertas, se encontró adentro de una muchedumbre confusa, desordenada. Al principio tuvo la desagradable sensación de estar perdido, definitivamente fuera de lugar en un sitio tan desarmante. Desde donde estaba, apenas podía ver el andamio. Tenía que encontrar una manera de acercarse. La fortuna vino a su rescate tan pronto como el carruaje del gobernador hizo su entrada. La multitud se vio obligada a abrirse y él aprovechó de esa situación para acercarse lo más posible. Lo logró sin dificultad. Entonces una mano le agarró del hombro. Tragó saliva, temiendo que alguien estuviera enojado con él. Probablemente a un soldado no le había gustado lo que acababa de hacer. Se tardó mucho en darse la vuelta. «¿Que estás haciendo aquí?» le preguntó Avery, tomándolo totalmente por sorpresa. «Me espantaste» comentó el joven, sorprendido. «Yo pensaba que era una de las guardias.» El viejo se puso a reír mostrando los pocos dientes que le quedaban. «¿De casualidad tienes tu conciencia sucia, mocoso? ¿Tienes miedo de terminar ahorcado tú también?» y levantó flojamente su mano delante de él. Siguiendo su dedo huesudo, Johnny se asombró de lo sencillo que era la estructura que los soldados habían erigido: una viga, sostenida por una vertical, de la cual colgaba un lazo robusto. Todo eso colocado sobre un palco elevado a más de tres metros del suelo, accesible a través de una escalera. «¿Viste muchas ejecuciones por ahorcamiento?» preguntó. «Oh, sí.» La expresión de Avery se entristeció y su mirada se volvió inusualmente vacía. «A todas estas personas no le interesa el prisionero, si no escuchar el ruido de su cuello cuando se rompe. La experiencia me enseñó a ser insensible. Con el tiempo también tu aprenderás esta lección.» Johnny se quedó impactado. Había notado un increíble sufrimiento en el tono del viejo hombre, como si un recuerdo muy doloroso hubiera regresado de repente en su memoria. “Si es cierto que ha presenciado tantas ejecuciones, debería estar acostumbrado a estas. Entonces, ¿qué es lo que lo perturba?” Al contestarle de hecho fue su fantasía. “Bennet Avery es un pirata, John. ¿No lo has entendido todavía? Los rumores sobre él son ciertos. Estaba a bordo de la Queen Anne’s Revenge. ¡Tal vez hasta conoce al condenado!” Sus reflexiones fueron sofocadas por jolgorio de aclamación que venía directamente desde la multitud. Alguien estaba festejando la llegada del gobernador. Morgan bajó del carruaje seguido por una segunda persona. Los dos subieron los peldaños que conducían a la zona elevada de la plaza. «Ciertas personas nunca cambian» comentó Avery, disgustado. Johnny parecía no entender. «¿Qué quieres decir?» «Antes de entrar en política» comentó el otro, «el señor gobernador era un pirata sin escrúpulos.» La preocupación de antes fue sustituida por una expresión de odio. «No dudaba en matar a los miembros de su propia tripulación. Como nivel de crueldad se colocaba inmediatamente después de Edward Teach .» Al pronunciar ese nombre, fue sacudido por un escalofrío que el chico pudo apenas percibir. «El tipo detrás de él se llama Woodes Rogers. Es un corsario. Es conocido por ser uno de los más famosos cazadores de piratas.» «¿Entonces porque están juntos?» «El oro hace milagros.» «Pero todo eso no tiene sentido.» «Deberás entender eso también» comentó Avery, con tristeza. «Muchos hombres han perdido la vida en el desesperado intento de acumular riquezas. Es una enfermedad que no puede ser sanada.» Johnny asintió con la cabeza. Había entendido lo que quería decir, aunque nunca había tenido nada que ver con el dinero. Cuando su padre manejaba el negocio, él era demasiado pequeño para comprenderme la importancia. Ahora, las pocas monedas que lograba ahorrar, le parecían un tesoro de inmenso valor. «Ya van a empezar» comentó el anciano. «Ese es el verdugo.» Un hombre enorme había salido de las chozas, seguido por un joven que sostenía un tambor. Saludó al gobernador y a su anfitrión con un ligero gesto de la cabeza. Luego se subió cansadamente por la escalera. Un susurro se levantó entre la gente, como una ola creciente. El ruido de tambor comenzó, y desde un segundo edificio aparecieron tres soldados. El último acompañaba a un hombre con una apariencia demacrada, vestido de harapos. Caminaba cojeando, con los brazos atados atrás de la espalda, el cabello grasiento le cubría la cara. Gran parte del cuerpo estaba marcado por heridas profundas, algunas de las cuales eran sangrientas. La multitud comenzó a reír y gritar y alguien empezó a tirarle verduras. Un tipo incluso le arrojó una piedra, que golpeó al preso en su frente. Este vaciló, casi cayó, recuperó el equilibrio y levantó la cara cerca de la multitud. «¡Camina!» le gritó una guardia al prisionero. «¡Bastardo!» le gritaba la gente. Caminando lentamente, el detenido fue escoltado hasta abajo del andamio, donde se vio obligado a detenerse. El joven dejó de tocar el tambor. Uno de los soldados se puso en posición de saludo, desenrolló un pergamino y empezó a leer. «Por deseo de Su Majestad y del Gobernador de Jamaica, ser Henry Morgan, el presente Emanuel Wynne ha sido condenado a la pena de muerte por medio de ahorcamiento. Es acusado de robo, homicidio, secuestro y piratería.» La última palabra tuvo el poder de desencadenar un frenesí incontrolable entre los presentes, tanto que Johnny temió por su propia vida. Se dio cuenta de que la gente estaba como poseída por una furia de la que nunca había oído hablar. Todos gritaban sin distinción de sexo o edad. Muchos incluso buscaron llegar hasta el pirata para poder golpearlo personalmente. Los soldados se vieron obligados a sacar las armas y respingar los más violentos. “Eso era lo de que hablaba Avery” pensó. “Lo quieren ver muerto. Y pronto. Es lo único que le interesa.” «¿Usted cómo se declara?» le preguntó el soldado a Wynne. Una pregunta que representaba solamente un ritual, respuesta que no tenía ninguna importancia. El pirata no contestó. «Que Dios tenga piedad de su alma» concluyó el hombre. Envolvió nuevamente el pergamino y miró al gobernador, que contestó agitando perezosamente su mano. Sin perder tiempo, Wynne fue obligado a subir. Casi a la mitad de la escala sus piernas perdieron fuerza y casi casi se iba a caer de espalda. Desde la multitud surgieron gritos de protesta. Uno de los soldados lo agarró fuertemente y lo obligó a continuar. «Su destino ya está decidido» afirmó Johnny, con tristeza. «¿Porque lo odian tanto?» Esperó a que Avery le contestara algo, dando por sentado su participación. Cuando este no respondió, se volvió para mirarlo. Se quedó desorientada por lo que vio. El anciano tenía los ojos tan brillantes que casi podían reflejar la luz del sol. Se estaba conteniendo de llorar sólo porque no quería mostrarse en ese estado. Mientras tanto, Wynne había llegado al destino y estaba a completa disposición del verdugo. Decenas y decenas de voces gritaron nuevamente su desprecio, seguidas por un ruido de tambores más potentes. Kane colocó el condenado con cuidado sobre la trampilla y apretó el nudo alrededor de su cuello. Todo estaba inmóvil, incluso el aire. Incluso el lejano remolino de las olas se había detenido. Fue entonces cuando el francés sorprendió a los presentes. Se echó a reír en voz alta, tan alta que cubrió el mismo ruido de los tambores y la multitud abajo. Era como si un cañón estuviera disparando muy cerca de allí. «¡Así es como me agradecen por haber revelado el lugar donde se oculta el más grande tesoro que este mundo nunca haya visto!» gritó. Un silencio glacial cayó sobre Fort Charles. De la locura que animaba el cerebro del pirata pareció no quedar ningún rastro. Incluso Henry Morgan quedó sorprendido, con la boca abierta en una expresión idiota. «Gobernador» le gritó Wynne, «¿dígame donde ocultó el mapa que le dibujé para llegar al Triangulo del Diablo?» Un grito agitado surgió entre la gente. Como muchos otros, Johnny también se volvió para mirar a Morgan: bajo el blanco pálido del truco, era posible notar un rubor debido a la vergüenza y a la ira. Luego miró nuevamente a Avery. Antes de que sus ojos cruzaran los del viejo, se detuvieron sobre la figura de otra persona, no lejos de donde ellos estaban. Era el pirata con los dientes de oro. El chico se tambaleó, como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. El individuo estaba concentrado escuchando las palabras de Wynne. Durante una fracción de segundo estuvo convencido de verlo sonreír. «¿Porque vino aquí?» se preguntó. Ese sujeto le daba miedo y lo ponía increíblemente nervioso. «¿Que dijiste?» le preguntó Avery. «Allá…» Las palabras murieron en la garganta. El tipo había desaparecido. Lo buscó en todas partes, estudiando con cuidado los muchos rostros que lo rodeaban, pero no lo pudo ver en ningún lugar. Mientras tanto Wynne seguía gritando: «Si mi destino es de irme al infierno, ¡es mejor que se den prisa!» Morgan pareció recuperarse de su estado de indolencia. Gritó una serie de órdenes, sin que nadie pudiera hacer mucho. Wynne había concluido una segunda y más poderosa carcajada, al punto que la total confusión que había tomado posesión de la fortaleza estaba continuamente aumentando. «¡Kane!» gritó. «¡La escotilla! Abre esa maldita escotilla. ¡Estúpido idiota! ¿Qué estás esperando?» El verdugo agarró la palanca del mecanismo de apertura y la jaló. Siguieron una serie de ruidos en rápida sucesión. Entonces Wynne cayó en el vacío, flotando y colgando en el aire. A pesar de la violenta colisión, el cuello no se había roto. Y no solamente eso. Aunque se estaba ahogando, no dejaba de reír. Su cara empezó a hacerse de color morado y su lengua salió de su boca. Debido a los espasmos se la mordió hasta arrancársela. Un torrente de sangre ensució sus labios y las mejillas, como los pétalos de una flor rosada. «¡Que alguien lo detenga!» gritó Morgan, delirando como aquello que estaban presenciando a esa escena escalofriante. Solamente el hombre sentado a su lado eligió actuar. Subió al andamio y sacó la espada. Cuando llegó a la plataforma se escapó al agarre de Kane, quien, sorprendido de encontrarlo allí, instintivamente había tratado de detenerlo. Dió un corte muy fuerte a la cuerda, y el francés terminó por derrumbarse sobre el pavimento. El impacto generó un ruido desagradable, de huesos rotos. Rodó un par de veces, emitiendo unos versos agonizantes, y después su cuerpo permaneció inerte. Johnny vio todo esto con el corazón en la garganta. La imagen de Wynne estaba impresa en su retina como una marca de fuego. Ya no lo podía evitar. Podía distinguir cada detalle; desde la posición falsa del pirata, sus piernas quebradas y el busto doblado, hasta el rostro morado y sucio de la sangre que había vomitado. El desprecio de esa ejecución había sido revelado en todo su horror. «Ya vámonos, Johnny.» Bennet Avery le estaba hablando. «Escuché lo que quería escuchar. Aparte no me gusta nada toda esta confusión.» El muchacho asintió, aún más asombrado: el anciano rara vez se había dirigido hacia él llamándolo por su nombre. A parte había percibido algo obscuro en su actitud, una sensación que no le daba tranquilidad. La fantasía lo arrastró con la misma violencia que un río lleno, tanto que pudo disipar su indecisión: Avery sabía más de lo que dejaba entender y había llegado el momento de averiguar de qué se trataba. CAPÍTULO TRES LOS MUERTOS NO HABLAN «¡Rayos!» Poseído por un ansia incontrolable, Morgan tiró todos los objetos que llenaban su escritorio, incluyendo unas cartas náuticas, un sextante de excelente construcción y la carta de compromiso destinada a Rogers. «¡Maldito malcriado!» gritó. «¡Merecía sufrir cien veces más!» Frente a él, el corsario estaba sentado sobre un sofá de terciopelo, y parecía no preocuparse mucho del enojo del gobernador. «Si me permite…» intentó comentar. «¡Usted cállese!» lo interrumpió el gobernador. Siguió un largo y profundo silencio, sólo marcado por la respiración jadeante del hombre. Rogers prefirió no discutir. Habría sido mejor esperar a que él solo se tranquilizara, para lograr perseguir sus propios intereses. Las revelaciones de Wynne habían contribuido a empeorar la ya baja reputación de Morgan entre los colonos. La carrera política y las amistades de alto nivel no le habían servido de mucho. Y el hecho de observar un respeto compasivo hacia él escondía una etiqueta hecha de hipocresía y falsa educación. Como si eso no fuera suficiente, la noticia sobre el tesoro sin duda ya se conocía en toda Port Royal. No iba a tardar mucho en llegar hasta orejas indiscretas. “Cuando el Rey Jorge sepa que financias expediciones piratas por tu mero interés personal, estarás en problemas amigo mío” pensó Rogers. Su continua indiferencia no se debe equivocar con falta de interés. La situación era muy problemática, pero de todo eso seguramente él podía sacar unas ventajas. «¿Cómo logra estar tan tranquilo?» le preguntó Morgan cerrando los puños hasta poner blancos los nodillos de las manos. Él se puso de pie sin responder. Tenía la intención de considerar muy bien las palabras que iba a pronunciar para evitar que se enfureciera aún más, y al mismo tiempo, hacerle comprender que con personajes de ese tipo se debía tratar con la justa firmeza. Empezó a caminar adelante y hacia atrás por toda la habitación. «Si me permite» repitió, «creo que reaccionar de esta manera no le servirá de nada. Wynne ya reveló a todo mundo sus negocios secretos.» «¿Y le parece algo de poca importancia?» «Claro que no.» «¡Se burló abiertamente de todos nosotros!» ladró Morgan. «No es verdad» Rogers exhibió una teatral cuanto evidentemente falsa sonrisa. «Sólo se divirtió a burlarse de usted, excelencia. Así que gritar en contra de un hombre muerto no resolverá el problema. ¿Usted pensaba de tener la situación bajo control? ¡Bueno, siento decirle que estaba equivocado!» El gobernador se puso rojo, su boca se redujo a una línea muy sutil. El maquillaje derretido lo hacía parecer más grotesco de lo normal. Sus ojos parecían querer brincar fuera de las órbitas. Viéndolo en ese estado, Rogers tuvo que aguantar una sonrisa llena de satisfacción. «Siempre y cuando usted no esté listo a hacer una elección» sugirió. «Lo que quiero decir…» y deliberadamente cortó la frase. Fingió estar pensando, presionando el índice sobre sus labios. De alguna manera quería que su gesto pareciera como algo que pudiera ayudarlo a reflexionar. Y de hecho se puso a pensar: “Perdiste el control de la situación, Henry. Acéptalo. Ese pirata te jugó una buena broma. A lo mejor estaba loco de verdad. O a lo mejor no. ¿Quién puede decirlo?” «¡Entonces!» le preguntó Morgan, desesperado. Empezó a masajearse las sienes. «Puedo anticipar mi salida de un par de días» comentó Rogers. «Puede ayudarnos a ganar un poco de tiempo, aunque eso nos obligaría a modificar nuestros acuerdos. Casi seguramente la tripulación no estará nada contenta de esta decisión.» «Si el problema es el dinero…» comentó el gobernador. «El problema es el tesoro.» El corsario recogió del piso la carta de compromiso y la movió adelante de sus ojos, antes de ponérsela otra vez en la bolsa del pantalón. «¡Todo lo que usted quiera!» Morgan golpeó con ambas manos el escritorio. «Tenemos que llegar antes de los demás. Actuar rápidamente nos pudiera salvar de la humillación y evitar problemas con Su Majestad.» «No lo sabrá. Aunque la noticia llegue hasta él, no hay pruebas concretas. Aparte el Triángulo del Diablo siempre ha sido considerado como una leyenda.» «Si tiene toda la razón.» «E incluso si se esparciera el rumor de que usted pagó una tripulación de piratas, ¿qué culpa tendría usted para tal participación? El último miembro de la tripulación de Bellamy murió hace unas horas.» «¿Entonces?» «El precio que acordamos es justo.» La declaración de Rogers quería tener la doble función de calmar a su interlocutor y centrar su atención sobre lo que iba a decir. «Pero si quiere garantizada mi fidelidad y la de mis hombres pretendo ocho partes de cien.» «¡Usted está loco!» gritó Morgan, que parecía estar muy cerca de desmallarse. «Nunca me sentí mejor en mi vida.» «¡Este es un robo!» «Puede aceptar o no, usted elige.» «Cuatro partes de cien» contestó el gobernador. «Usted es un hombre muy avaro, su excelencia.» El corsario se encogió de hombros. «Usted hiere mi orgullo si cree que solamente valgo cuatro partes de cien. Recuerde: si la expedición será exitosa, ni siquiera se verá obligado a dividir el botín con el Rey.» «Cinco partes, capitán. Ya no quiero hablar de ese tema.» «Con sólo cinco partes no puedo garantizar que alguien no vaya contando esta historia por donde sea.» «Como ve seis, entonces.» «¡Siete!» Morgan permaneció inexpresivo, con los codos apoyados en la mesa y los dedos entretejidos delante de él. «Está bien» aceptó finalmente. «Siete.» «Usted es una persona muy sabía.» Rogers extendió el brazo y esperó a que el otro, aunque evasivo, respondiera al saludo. Cuando lo hizo, agarró su mano juntándola con la suya. «Con su permiso quisiera pedir algo más.» «¿Más?» «Después de todos los años dedicados a servir a la Corona, creo merecer algo más que una simple carta de compromiso. Así que quisiera ser recompensado con la asignación de algunas posesiones y de un título nobiliario reconocido por la soberanía del Rey.» «¿Un ascenso político, entonces?» «¡Exactamente!» «¿Independientemente si su expedición tendrá éxito?» Rogers asintió. «Como usted desea» aceptó Morgan, visiblemente cansado. «Veremos de interceder por usted en la Corte.» «Se lo agradezco.» El corsario dejó las manos del gobernador y se alejó de la mesa rápidamente. Antes de salir se detuvo un momento cerca de la puerta. «Cada promesa es como una deuda. Que nunca se le olvide, excelencia.» Después de haber dicho eso, se salió. *** Anne estaba sentada en la cama, la espalda apoyada contra la pared, mirando hacia la ventana. En sus manos tenía un plato de sopa. Sus cabellos ondulaban en la brisa que precedía a la puesta del sol, despeinados alrededor de su cabeza. Ya no parecía un calamar en putrefacción. Parecía más bien una gavilla de trigo arrastrada por el viento. Su rostro, aunque pálido, estaba recuperando un ligero enrojecimiento. Al menos por ahora la sombra de la enfermedad había desaparecido. «¿Cómo te sientes?» le preguntó Johnny que acababa de regresar. Todo el día había estado ansioso, excepto durante el ahorcamiento de Wynne. Asistir a su muerte lo había inundado de un horror que había alejado temporalmente sus preocupaciones sobre la salud de su madre. «Cansada» contestó ella, con un hilo de voz. «Durante tu ausencia Bartolomeu me ha cuidado. Se portó muy bien conmigo. Mira hasta me ha preparado la cena.» Queriendo demostrar quién sabe qué, movió el cucharón hasta sus labios con dificultad. «Déjame ayudarte.» El muchacho se sentó a su lado y empezó a embocarla. El olor de la sopa hizo que su estómago se quejara. «¿Comiste?» preguntó Anne. «Claro que si» mintió él. No tocaba comida desde la noche anterior. Peor aún: lo poco que había tragado había terminado en el callejón tras el ron ofrecido por el portugués. De vez en cuando limpiaba las esquinas de la boca de su mamá con una servilleta. Anne sonreía, tratando de tragar la sopa. Una vez terminado, le ayudó a acostarse. «No tengo ganas de dormir» protestó la mujer. «Tienes que descansar.» Johnny la miró de una forma que no admitía replicas. Ella apoyó tranquilamente la cabeza sobre la almohada. «¿No te parece algo raro? Hasta hoy fui siempre yo a ocuparme de ti.» «No hables ahora.» «Es desde hoy en la mañana que ya no tengo tos, ¿sabes?» Anne parecía no escucharlo. «Te vas a sentir mucho mejor, confía en mis palabras.» «Ojalá tengas razón.» Hubo un breve silencio entre ellos, durante el cual Johnny sintió un fuerte sentimiento de culpa. Como si estuviera prisionero en un cuerpo que no le pertenecía, se veía obligado a asistir impotente a la enfermedad de su madre. La observaba a través de un caleidoscopio multicolor, cuyas facetas reflejaban dolor y resignación. Entendió en ese momento que quería huir, correr lo más lejos posible para no verla reducida en ese estado. «Será mejor que descanses» dijo. Agarró el plato y la cuchara. «Bartolomeu seguramente me va a necesitar. ¿Puedo dejarte sola?» En su corazón tenía miedo que le rogara de quedarse. Anne lo sorprendió, contestándole con tranquilidad: «Ve y no te preocupes. Nos volveremos a ver cuándo habrás terminado.» «De acuerdo.» «Te quiero mucho, John.» «Yo también» contestó él. Luego se agachó para darle un beso en la frente. *** Durante la noche Johnny notó que Bartolomeu andaba muy preocupado. Había pronunciado solamente unas pocas palabras, y él se había dado cuenta de eso, sobre todo cuando entendió de que estaba esperando a alguien: seguía lanzando miradas discretas a la puerta y cada vez que esta se abría contenía la respiración, como agotado por la interminable espera. Sin embargo, prefirió no investigar, ocupado como estaba sirviendo a los clientes. Pudo escuchar algunas de sus conversaciones que inevitablemente atraían su atención. Y volvieron a prender su fantasía. Había quien comentaba de la horrible muerte de Wynne y quien afirmaba que un cierto capitán Rogers se estaba preparando para una misteriosa expedición. Una vez que el último cliente salió de la posada, Bartolomeu ordenó al muchacho de cerrarse en la cocina y limpiar los platos. Luego empezó a recorrer en el local, apagando una a una las velas. La habitación cayó en un crepúsculo sombreado, aún más obscura a causa de las pocas llamas que habían quedado. Johnny pasó una hora enjuagando un sin fin de platos y jarras. Debido al inconfundible olor a especias, tenía los ojos hinchados y la nariz tapada. Le daba miedo de desmallarse. Pero una vez acostumbrado, procedió más rápidamente. Estaba limpiando una jarra de barro, cuando la puerta del otro lado de la habitación se abrió con un ruido sordo. «Llegaste, por fin» oyó decir a Bartolomeu. «Estuve muy ocupado con algunos asuntos personales.» Reconoció la voz de Avery. Después del trabajo, le había confiado que no se sentía bien y que prefería irse a dormir temprano. Entonces, ¿por qué estaba allí? «¿Bart, estamos solos?» preguntó el anciano. «Tú no te preocupes» contestó el otro. «Mandé el muchacho a la cocina. Seguro tendrá bastante trabajo. Ahora siéntate y explícame porque querías hablar conmigo.» Hubo un ruido de sillas. Johnny caminó cautelosamente hacia la puerta que separaba la cocina de la habitación principal. La empujó lentamente, dejándola lo suficientemente abierta para escuchar a escondidas. «¿Cómo está Anne?» preguntó Avery. «No bien» contestó el portugués. «Son algunos días que parece haber mejorado. Esto me hace esperar. Pero sin la opinión de un médico, no podemos estar seguros.» «Es una verdadera lástima.» «Así es.» Johnny se impresionó. Escucharlos platicar con un tono tan preocupado sobre la condición en la que se encontraba su madre lo animó. Empujó aún más la puerta y siguió mirando. Desde la posición donde estaba era capaz de vislumbrar la espalda de Avery. El anciano comentó: «Sin embargo no quería platicar de eso, si no de lo que le pasó a Wynne. Fui a su ejecución.» «¿Lo conocías?» preguntó Bartolomeu. «Estábamos en el mismo barco.» Faltó muy poco a que el joven gritara por el asombro. ¿Así que los rumores sobre la vida de Avery eran verdad? ¿Era realmente un pirata? Tenía que encontrar una manera de averiguarlo. Se deslizó fuera de la cocina, empujando la puerta tan lentamente que se tardó una eternidad. Caminando gatoneando como un bebito llegó al largo mostrador y se detuvo para calmar los latidos de su corazón. Podía sentirlo palpitar hasta dentro de las sienes. En su mano derecha todavía sostenía la jarra de vino: se había olvidado que la tenía con él. La emoción era tan fuerte que ni siquiera notó que estaba apoyado en el estante lleno de botellas. El movimiento las hizo tintinear. Él levantó la vista, asustado. Durante una fracción de segundo, no sucedió nada. Luego oyó algunos pasos que se acercaban. Levantó la mirada. La mano callosa de Bartolomeu apareció por encima de su cabeza. Estaba a unas pocas pulgadas. Incluso podía oír el hedor de su aliento. Pronto le agarraría el pelo, lo sacaría y... al contrario, se inclinó sobre el estante y tomó una botella de ron, volviendo hacia Avery. «Esto no me explica porque quisiste verme» comentó mientras abría el corcho de la botella. «Ahora te lo explicó» contestó Avery. Se escuchó el eco de un segundo ruido de pasos, seguido por las jarras que venían dispuestas una junta de la otra. Johnny se inclinó sobre el borde del mostrador. Vio a los dos servirse de beber. «Wynne hizo muchas cosas malas en su vida» afirmó el anciano y se tomó su ron. «Pero era solamente un miserable. No merecía terminar su vida así.» «Mejor él que nosotros» declaró Bartolomeu. Avery asumió una expresión que era una mezcla entre incredulidad y resignación. «¿Tienes miedo que te descubran?» le preguntó el portugués. El no respondió. Empezó a mirar a su alrededor, sospechoso. Después de un rato añadió, con la voz reducida a un silbido apenas perceptible: «El problema tiene que ver con lo que dijo antes de ser ahorcado.» Todavía escondido detrás del mostrador, Johnny se estremeció. Se acordó del pirata mientras se agitaba colgando de la horca, las piernas moviéndose en el aire y el borbotón de sangre que le manchaba la cara. «¿Hablas del Triángulo del Diablo?» «Las noticias corren rápidamente, Bart.» «Son puras tonterías» comentó con fastidio el portugués. «¡Te puedo asegurar que ese lugar existe!» La mirada de Avery destilaba una seguridad palpable... y amenazante. «Incluso el más ingenuo entre los marineros de agua dulce conoce la leyenda. Pero yo puedo asegurarte que existe.» «¡Ya basta!» «¿Como ves si te cuento una pequeña historia?» El portugués murmuró algo, sin preocuparse. «Muy bien.» Avery volvió a beber. Los dedos temblaban visiblemente y algunas gotas de ron se vertieron a lo largo del cuello de la botella. «Todo empezó hace unos años. Con la tripulación con la cual trabajaba nos desembarcamos en una isla cerca de Antigua. Nos alojamos en el puerto durante varios días tratando de averiguar dónde estábamos realmente.» «El archipiélago de las Antillas es famoso por albergar islas que no aparecen en ninguna carta náutica» precisó Bartolomeu. «Ya lo sé» contestó el otro, con tono fastidiado. «Lo que ninguno de nosotros podía imaginar era que el lugar estaba habitado por una tribu de indígenas.» «¿Cuales?» «Los Kalinago.» Durante unos segundos Bartolomeu se quedó en silencio. Luego sacudió lentamente la cabeza, como si el asunto no le convenciera completamente. «¿Los comedores de muerte?» preguntó. «Exacto» replicó Avery. Estaba sonriendo. Evidentemente, ese recuerdo lo divertía. O lo ponía nervioso. Difícil de decir. «Déjame continuar.» Tragó la segunda copa llena de ron y se llenó una tercera. «El capitán decidió enviar una expedición para inspeccionar la isla. Los esperamos de regreso por varios días, en vano. Así que decidió ir él mismo, junto con otros de la tripulación. Incluyendo a Wynne y a mí. La tripulación estaba muy preocupada, aunque nadie se atrevía a discutir sus órdenes. Dejamos las chalupas en la playa y entramos adentro de la selva.» «Allí se encontraron con los Kalinago» afirmó Bartolomeu. «Fueron ellos que nos encontraron» dijo el anciano, resignado. «Nos capturaron tal como lo habían hecho con nuestros camaradas. Nunca olvidaré lo que vi. Son bestias, sin una pizca de piedad.» Tomó todo el líquido, haciendo que goteara sobre su barbilla y cuello. «Descuartizan sus víctimas cuando todavía están vivas, con una ferocidad sin precedentes.» La actitud de Bartolomeu estaba cambiando. A diferencia de su interlocutor, apenas había tocado el ron. Ahora tenía sus brazos extendidos sobre la mesa, sus dedos tan estrechamente entrelazados entre sí que los nudillos se habían puesto blancos. «Como quiera» comentó Avery, «nuestro capitán logró que el chamán lo recibiera. Pudimos evitar la muerte, pero a un precio demasiado alto.» Escondido detrás del mostrador, Johnny empezó a temblar. El asunto era muy interesante. Terriblemente interesante. Por otro lado, Avery era como dudoso, y se sirvió otra vez de beber. «El capitán pactó con él» explicó, lentamente. «Y este le contó de la existencia de un gran tesoro escondido en una isla al noreste de las Bahamas. Incluso mostró un viejo dibujo grabado en una tableta de arcilla. La ubicación de este lugar coincidía aproximadamente con el punto donde se supone se encuentre el Triángulo.» «Háblame de ese pacto.» «El capitán tenía que comprometerse a recuperar el tesoro. Podía quedarse con lo que quería para el mismo. El chamán, a cambio, tenía que traerle un amuleto.» «¿Un amuleto?» Avery asintió. «Sí. Un amuleto de jade.» «¿Porque?» insistió Bartolomeu. «No tengo la menor idea. Sólo se lo dijo a él y a sus hombres más confiados. A nosotros nos dejaron afuera de la cabaña. Después me enteré de que gracias al amuleto habría garantizado al capitán que este iba a poder recuperar lo que había perdido en el pasado.» Se quedó pensando. «Quien sabe de qué estaba hablando.» «¿Y luego?» «Tan pronto como lo expuso, este aceptó. Para sellar el pacto marcó a ambos con un tatuaje. Añadió luego que si uno de los dos no respetaba los acuerdos, ese signo lo llevaría a la muerte.» «Supersticiones» comentó el portugués. «Piensa como quieras Bart» insistió Avery. «¡Sé lo que he visto! Y eso me lleva de nuevo a Emanuel Wynne. Pero te lo explicaré más tarde.» Emitió un gemido, como si esos pensamientos todavía lo atormentaran. «Puedo jurar sobre mi propia vida que después de esa experiencia, el capitán estaba como enloquecido. Algunos decidieron amotinarse. Eran treinta, incluyéndome a mí. Obviamente el capitán no estuvo muy feliz con eso y nos abandonó en una isla deshabitada al este de Puerto Rico, con sólo una botella de ron por cabeza y sin comida. Pasaron algunas semanas, regresó por nosotros. Los sobrevivientes erábamos quince.» Bartolomeu abrió la boca en una mueca de asombro. Se pegó en la frente con el típico gesto de aquel que de repente se recuerda de algo importante. «Tú quieres que yo crea que…» «Exacto» lo anticipó Avery, mostrando una profunda incomodidad. «Yo estaba en la tripulación del Queen Anne’s Revenge, bajo el mando de Barbanegra.» A causa del asombro Johnny saltó hacia atrás, instintivamente puso las dos manos sobre el suelo, ignorando el hecho de que con una, sostenía la jarra. Perdió el equilibrio y se estrelló nuevamente contra del estante. Esta vez el impacto fue violento. Una punzada de dolor lo golpeó a las espaldas. Las botellas hicieron mucho ruido. Uno hasta se cayó rompiéndose al momento de golpear el pavimento. Partículas de vidrio brillaban por todas partes. El anciano brincó sobre su silla. «¿Qué pasó?» «Fue una rata» replicó Bartolomeu y se dirigió hacia la fuente del ruido. «Una rata muy grande.» El joven se quedó paralizado, los ojos brillantes, las pupilas dilatadas. Podía oír su corazón latir con fuerza. Sus latidos dolorosamente rebosaban en sus oídos, semejantes al ruido de un martillo, tanto que los pasos del portugués parecían venir de un mundo lejano y desconocido. “Tengo que hacer algo” pensó. “Me tengo que largar, ¡ahora mismo!” Lástima que el pánico se hubiera apoderado de él. Era como si estuviera al acecho en las arenas movedizas: cuanto más se movía, más se hundía. Finalmente, la sombra de Bartolomeu cayó amenazante sobre de él. «¿Qué haces aquí, mocoso?» quiso saber. Johnny sonrió, con una expresión bastante estúpida. Y se dio cuenta que estaba en serios problemas. *** Lo hicieron acomodar a la fuerza en el medio de los dos piratas. Las velas temblaron por un momento, movidas por un viento invisible, haciendo que los contornos de la habitación fueran vagamente distorsionados. «Tenemos un clandestino» dijo riéndose Avery. «¿Desde cuando estás escondido allí atrás?» Bartolomeu se sentó otra vez. En su comportamiento, ese sentimiento paternal expresado al principio de su conversación había desaparecido. Ahora sólo había resentimiento. «Te lo juro que yo no quería, Bart…» dijo con miedo el joven. Temblaba desde la cabeza hasta los pies. El portugués dio un puñetazo arriba de la mesa. «¡No me interesan tus escusas! Te pregunté desde cuando estabas escondido atrás del mueble. ¡Contéstame!» «Es suficiente mirarlo para darse cuenta que escuchó todo» intervino el anciano. Arrugó los labios, descubriendo sus encías. «Pero conozco un sistema para que empiece a confesar.» Después de haber dicho esto, sacó un enorme cuchillo desde abajo de su ropa y lo movió delante de Johnny. En un segundo este dejó de respirar. La hoja giraba con una lentitud inusual, fría y despiadada. Recordó el cuchillo que había hecho, el mismo utilizado para derrotar a Alejandro. Entre el suyo y este no había comparación. Avery lo podía descuartizar como un cerdo. «Estás exagerando, Bennet» le advirtió Bartolomeu. Sin embargo, no movió ni un músculo para impedir que hiciera lo que tenía en mente. «¡En situaciones extremas, se necesitan remedios extremos!» sentenció Avery, agarrando la mano de Johnny. La apretó en contra de la mesa y levantó su cuchillo. El chico emitió un gemido de miedo. El reflejo de la hoja lo traspasó con su cruel resplandor. Sabía que pronto la vería penetrar su carne. La idea de que Avery pudiera llevar a cabo un gesto similar lo espantaba más que el acto en sí mismo. Así que no lo pensó dos veces. Se echó a llorar. Entre un sollozo y el otro contó lo que había oído. Cuando termino, los dos piratas se miraron uno con el otro. Entonces los dos estallaron en risa. Johnny se quedó como embobado, sin darse cuenta de lo que estaba pasando. Y por fin entendió. «No tenía intención de lastimarme, ¿verdad?» dijo, probando una fuerte vergüenza. «Lo hiciste para obligarme a hablar.» «Exacto» admitió Avery. Lo dejo ir y guardó su cuchillo. «Es un viejo sistema que uso para obtener informaciones.» «La mejor defensa es atacar» añadió el portugués. Nuevamente los dos empezaron a reírse. Por alguna razón, Johnny se unió a ellos, sintiéndose envuelto en esa extraña complicidad. El hecho de que se habían burlado de él no le interesaba. En lugar del temor ahora sentía una satisfacción indescriptible. Un vago sentimiento de pertenencia. Como si hubiera regresado a casa después de un largo viaje y hubiera abrazado nuevamente a su familia. «Me vi obligado a portarme así» dijo Avery. «A ver si aprendes.» «El problema es otro» agregó Bartolomeu, muy serio. Liberó su cola de caballo y empezó a jugar con algunos mechones de su pelo obscuro. «Ahora que sabes la verdad sobre nosotros, ¿qué piensas hacer?» El joven los asombró. «Quiero saber más» afirmó. Durante un rato nadie dijo nada. Los dos lobos de mar permanecieron en silencio, estudiándose uno al otro. Su manera de comportarse parecía ocultar algún tipo de comunicación secreta. Fue el anciano que reanudó la plática. «Muy bien» comentó. «Tu seguridad me sorprende, así que si has escuchado nuestros discursos no se necesita agregar nada más. Además, también tú has presenciado la ejecución de Wynne.» Se sirvió otro vaso de ron. «Creo haya llegado el momento de explicarles algunas cosas sobre él. No estaba tan loco como quería que los demás pensaran. Y ha dejado un rastro sobre cómo llegar al Triángulo del Diablo.» «Recuerdo que habló de un mapa» dijo Johnny. «No estoy hablando de eso.» Avery sacó la pipa, llenó el depósito con una generosa cantidad de tabaco y se la metió en la boca. Hizo un gesto al muchacho, señalando la pieza de una vela. Él se la pasó. Una vez encendido la pipa, él comenzó a fumar de una forma lenta y ritmada. «Wynne tenía un ojo de vidrio. Había perdido el suyo durante un abordaje. Después del pacto entre Edward Teach y el chamán, este se ofreció de hacer un hechizo, que nos permitiera navegar por esas aguas.» El portugués sonrío, pero sin alegría. «Me estás hablando de brujería, ¿Bennet?» «Exactamente» contestó él, muy convencido. «No lo puedo creer» comentó Johnny. «Deberías.» Avery tenía una mirada emocionada y casi exaltada. «Y dado que nadie lo había pensado antes, elegí que debemos desenterrar el cadáver. Por eso llegué tarde. Estaba en el cementerio.» El portugués se hizo la seña de la cruz. «¡Tú estás loco, Bennet Avery! Hablo en serio.» «Gracias» replicó el anciano, moviendo su interés sobre Johnny. En el mirarlo, Avery sonreía como un halcón. «Y creo de haber encontrado a otro loco, que me pueda ayudar a desenterrar el cuerpo de Wynne. Un par de brazos robustos serán muy útiles a la causa.» *** A la base de las murallas de Fort Charles, una figura se movía sigilosamente. Sobre su espalda era visible el bulto de un saco. Siguiendo el perímetro de la fortaleza, dio la vuelta a un primer bastión, después a otro y a otro, hasta encontrarse en la ladera que caía sobre el mar. Se deslizó cautelosamente en la parte de la playa que se encontraba entre los arrecifes y el muro de la ciudad. Dio unos pasos y luego se detuvo. Unas voces se escuchaban arriba de él, inesperadas. Miró hacia arriba y vio a los soldados de la patrulla en su vuelta de ronda. Esperó que se alejaran. Luego se movió hasta alcanzar la primera batería de los cañones. Salían como si fueran postes de bronce sobre la superficie de piedra, alisada por las constantes tormentas que venían desde el sur. Escalar con las manos desnudas habría sido imposible. Afortunadamente, había preparado una cuerda robusta, cuyo extremo terminaba con un gancho. Abrió el saco: inmediatamente sacó la cuerda. Habían pasado veinte días desde su llegada a Port Royal. El pequeño bote utilizado para desembarcar no había sido tomado en cuenta y había sido suficiente sobornar al oficial local para asegurarse un pequeño muelle lejos de los ojos indiscretos. Antes de partir para esa misión, el capitán había sido muy claro: tenía que averiguar cualquier información sobre Wynne. Y él lo había conseguido. La ejecución del pirata le había permitido no sólo completar la tarea, sino también estudiar las defensas de la fortaleza. Hizo girar la cuerda y lanzó el gancho hacia la parte más alta de la pared. El metal golpeó la piedra, y un tintineo débil llegó a su oído. Dio un golpecito a la cuerda. El gancho cayó al suelo. Maldijo en silencio, deteniéndose para escuchar. Ningún ruido, nada que hiciera entender que alguien lo había escuchado. Lanzó la cuerda por una segunda vez, observando la trayectoria sobre las paredes. Una vez más tiró y en este caso tuvo que moverse para no ser golpeado por la pieza que se cayó nuevamente. “Me estoy tardando demasiado” pensó enojado. “Tengo que quedarme tranquilo… y darme prisa.” Miró hacia el mar abierto. La oscuridad de la noche se confundía con el color negro de las aguas profundas. Sabía que allí, en algún lugar, el barco lo estaba esperando. Probablemente el capitán lo estaba observando en ese preciso momento. Se lo podía imaginar parado en el suelo de popa, con el catalejo abierto y una sonrisa irónica impresa en su rostro. Eligió hacer un tercer intento y esta vez el gancho se atascó como debía. Unos momentos después oyó el parloteo de una segunda patrulla que avanzaba. Detuvo la respiración, esperando que los soldados no notaran la pieza de hierro puntiaguda insertada entre las piedras. Los vio alejarse como si nada. Entonces empezó a escalar. No fue una tarea fácil. La bolsa detrás de su espalda era muy pesada y dificultaba aún más la subida. Tuvo que ayudarse con los cañones que encontraba a lo largo de la subida, como si estuviera escalando entre las ramas de un árbol. Alcanzó el parapeto, se escondió y recuperó la cuerda. El fuerte Charles estaba inmerso en el silencio, excepto por el platicar tranquilo de algunas guardias. Viendo como actuaban parecía que algunos de ellos estaban borrachos, mientras que las cabañas alrededor de la plaza central no mostraban signos de movimiento. En silencio, envuelto en la oscuridad, se deslizó más allá de los almenajes. En la primera terraza los cañones apuntaban silenciosos hacia el mar abierto. Recordaba perfectamente que abajo de él se habían erigido tres pasadizos, cada uno con su propia batería lista para disparar. Y aún más abajo se encontraba el polvorín. Lo había notado durante la ejecución. Un par de soldados hacían la guardia a la cabaña con aire de tranquilidad. Luego, durante la confusión causada por la horrible muerte del pirata, había logrado acercarse: una de los guardias había abierto la puerta y él había visto unos cincuenta barriles llenos de pólvora. Incluso en esto, los británicos habrían hecho su trabajo más sencillo: haciéndolo explotar, la explosión habría destruido las terrazas, dañando los cañones. “Increíblemente sencillo” pensó. Avanzó, escondido por la familiaridad de las sombras. Se concedió algunas cortas paradas, sólo para evitar que alguien lo pudiera ver acercándose. Finalmente logró bajar las escaleras que lo llevaron hasta el patio. No había guardias por ningún lado. «A lo mejor estarán adentro» murmulló entre sí. Alcanzó el cobertizo y apoyó una oreja a la puerta. Un profundo ronquido salía desde su interior. Sin entrar en pánico, saco la daga que tenía dentro de la bota y entró. El interior estaba cubierto con placas de metal, una protección que servía para evitar accidentes. Iluminaba toda la habitación solamente un pequeño farol colgando del techo con un clavo curvo. Los barriles eran cuidadosamente ordenados en ambos lados. En la parte inferior, un soldado estaba durmiendo profundamente. Caminó sobre la punta de los pies para no hacer ruido. Fue muy rápido, con una mano le tapó la boca mientras con la otra le clavaba la daga en la garganta. La víctima abrió los ojos y comenzó a patear. La hoja penetró aún más profundamente, cortando la tráquea y la laringe. Entonces encontró algo duro, tal vez un hueso. El guardia emitió un solo sonido gorjeante. Finalmente inclinó la cabeza hacia un lado. «Excelente» dijo, sacando la daga. Rápidamente la limpió sobre la chaqueta y empezó a controlar la bolsa que tenía sobre su espalda. Extrajo diez velas de dinamitas que estaban amarradas entre sí con una mecha larga y sutil. Las puso cuidadosamente en el suelo. Sonrió. En el resplandor de la lámpara, dos dientes de oro brillaron malvadamente. *** Johnny se sorprendió al descubrir que Avery tenía la intención de terminar el trabajo esa misma noche. Bartolomeu había tratado de hacerlo razonar, sin éxito. «Ahora tenemos tiempo» comentó el anciano, oyendo un trueno estallar a la distancia, seguido por otro y por el ruido de la lluvia. «No encontraremos a nadie que nos moleste. Y el suelo será más suave y fácil de cavar.» Así que decidieron salirse. El portugués habría cubierto al muchacho hasta su regreso; si Anne hubiera sospechado algo, eso sería una tragedia. «Con cuidado» susurró. «Por el amor de Dios.» Como había anticipado al anciano, no encontraron a nadie. Johnny estaba contento. La idea de ser descubierto allí lo ponía nervioso. Cruzaron una serie de casas hasta recorrer un camino aislado. El último ramo de esa carretera giraba de repente a la izquierda; al otro lado se veía el cementerio, además de un torrente donde se encontraba un puente. «Es el momento de la verdad» dijo Avery empezó a caminar sobre el pequeño puente. «¡Date prisa! Tenemos un trabajo que completar.» Un portón de hierro se encontraba frente a ellos, delimitando los límites del cementerio. La puerta había sido arrancada, así que entraron sin dificultad. Toscas cruces de madera estaban agrupadas a lo largo de un camino que se extendía hasta llegar a una capilla, construida con esa forma tan austera por la cual los colonos eran famosos. Avery indicó la construcción. «Tenemos que entrar allí.» «Los piratas son arrojados en fosas comunes» observó en voz baja el muchacho. «Tienes razón, pero antes tengo que hacer algo.» Llegaron al pequeño templo. Un grabado en latín se encontraba por encima de la entrada. Johnny se detuvo por un momento, cubriéndose la frente de la lluvia y tratando de entender lo que estaba escrito. Fue interrumpido por el anciano, que lo invitó a que lo siguiera. La puerta hizo un ruido infernal y la oscuridad en la cual estaban avanzando era total. Después de un tiempo una llama rompió la oscuridad. «Agarra eso, mocoso.» Avery le pasó una antorcha. Guardó su encendedor y su pedernal y se agachó detrás de algunos ataúdes apilados uno sobre el otro. Sacó un paño de terciopelo. «Traje todas las herramientas para cavar. Yo sabía que aquí estarían a salvo.» Johnny vio dos palas salir de dentro la toalla. «El verdadero problema será encontrar la tumba del pirata» comentó. «No te preocupes. El gobernador ordenó que el cadáver fuera colocado en una sola tumba. La encontré casi de inmediato.» «No lo creía tan bondadoso.» El otro movió la cabeza y se cargó el pesado material sobre sus hombros. «Lo hizo para mostrar misericordia después de lo que pasó. Además quiso protegerse a sí mismo. En realidad no es por nada magnánimo.» Cuando salieron, se dirigieron hacia el grupo escaso de árboles que crecían cerca de la capilla. El aire parecía hecho de plomo mientras caminaban entre las intrincadas ramas y raíces; era un aire pesado, lleno de obscuros presagios. Después de un poco, el suelo bajaba suavemente y la vegetación desapareció. Las cruces habían desaparecido, dejando el lugar a lápidas sencillas plantadas en el suelo. «¡Allí está!» Avery se detuvo de repente, señalando a un montículo a pocos metros de distancia de ellos. Sin perder más tiempo en conversaciones empezaron a trabajar. El trabajo era incómodo; la tierra era un fango frío y granular, tanto que estaban sumergidos en el lodo hasta los tobillos. La excavación tomó mucho tiempo. Hubo un momento donde Avery tuvo que parar. Batallaba en respirar. «Síguele tu» dijo, sentándose en el borde lodoso de la fosa. El muchacho continuó. Más hundía la pala, más sentía los latidos de su corazón acelerar. Varios minutos después también comenzaron a dolerle las manos. Trató de no rendirse. La absurda exaltación que estaba probando lo empujaba a continuar. Luego, de repente, se detuvo. La pala ya no estaba sacando más tierra. Producía un sonido chispeante, como garras que rascan bajo el suelo. La imagen lo llenó de miedo: ¿y si el cadáver se hubiera salido de la fosa para arrastrarlo con él? «Desde ahora yo me encargo» anunció de forma providencial Avery. Desde su bolsa hizo aparecer una herramienta parecida a una cuchilla metálica. Una de sus extremidades era puntiaguda y ligeramente curva. Johnny, aliviado, se salió de la fosa, y se sentó en el borde, al lado de la antorcha plantada allí cerca para dar luz: la madera humedecida iba a quemar todavía por poco tiempo. Tenían que darse prisa. El anciano bajó, con cuidado de no resbalarse. Al llegar al fondo, movió otro poquito el suelo, del cual aparecieron los toscos ejes del cofre. Se inclinó, estudiando el espesor con la punta del índice. Parecía que estaba estudiando la situación, o tal vez, estaba rindiendo homenaje a Wynne. Cuando pareció satisfecho, alargó las piernas, plantó las botas sobre ambos lados del sepulterío y clavó la punta del pestillo entre las tablas. Empezó a quitarlas. El estallido de la madera era tremendo: recordaba el ruido de huesos rotos. La cubierta se quitó gradualmente hasta cuando ya se pudo entrever el cadáver. Estaba rígido, apoyado en el féretro, con los brazos apretados contra los lados y el cuello torcido. El largo y manchado pelo estaba sucio de lodo y le cubría una parte de su rostro. La piel estaba tirada como papel viejo, músculos y tendones se podían notar debajo de ella. Sus dedos eran como verdaderas garras. Cuando los vio, Johnny sintió un renovado sentimiento de terror. Eran los mismos que creía oír mientras cavaba. Todavía estaba pensando en ese ruido cuando se vio obligado a girar la cabeza al otro lado. Un hedor insoportable lo atacó, el inconfundible rastro ácido de la putrefacción. Se forzó a no vomitar: tenía el intestino en agitación, como si alguien lo estuviera meneando con un palo. Avery también sobresaltó. Levantó la chaqueta para cubrirse la cara. «¿Cómo te va, mi estimado?» preguntó directo a Wynne. La voz salió nasal, casi divertida en ese contexto. En respuesta, la mandíbula del pirata comenzó a moverse a través de la confusa masa de pelo, casi como si se estuviera esforzando por hablar. Johnny abrió bien los ojos. “Oh, ¡Dios mío! Todavía está vivo…” Desde la boca no salió ninguna palabra, sino una rata. Antes vieron la cola, luego la mandíbula se abrió en gran bostezo y la bestia dio un paso atrás con sus patas. Retrocedió de unos pocos pasos, sin preocuparse de los humanos. Movió sus pequeños ojos negros, obviamente aturdido por la molestia de haber tenido que abandonar la guarida, para luego desaparecer en un agujero que se encontraba en el fondo del ataúd, donde la madera estaba podrida. El anciano se quedó tranquilo. Johnny, al contrario, estaba muy agitado y preocupado. «¿Qué hacemos?» preguntó. El palito dentro de su abdomen se había convertido en una viga. Tenía miedo de que Avery le ordenara que volviera adentro de la fosa. Al contrario, él se quedó en silencio, pasando una mano sobre su mentón áspero, pensando. Los mechones de pelo gris caían a los lados de la cabeza y los arroyuelos de lluvia se deslizaban a lo largo del cráneo pelado. «Pásame la antorcha, antes de que se apague» ordenó de repente al muchacho. Johnny hizo lo que le pidió el anciano. Vio a Avery agarrar el cabello del muerto y arrancarlo con furor, su cabeza cambió de angulación y, aunque el cuello no se había roto, envió una serie de sonidos crujientes. Su rostro seguía sonriendo, la boca abierta y distorsionada, de donde había salido el ratón, era reducida a un pozo sin fondo. La ausencia de la lengua le permitía al roedor poder quedarse adentro de su boca sin ningún problema. Todavía había rastros de sangre seca alrededor de los labios. «¡Ven aquí!» le dijo Avery. Sumergió la antorcha en el suelo. La luz amarillenta y agonizante proyectaba su sombra contra un lado de la fosa, estrechándola en una forma de medialuna. Sin mucho entusiasmo, Johnny volvió a bajar. Por un momento perdió de vista el cadáver: Avery se había inclinado tanto que le cubría la vista. Parecía que estaba manipulando algo. Finalmente, soltó el cuerpo y Wynne cayó pesadamente en el ataúd. «¿Entonces?» preguntó el joven. El anciano se volvió para mirarlo, con la palma de la mano abierta y temblorosa. Entre sus dedos todavía tenía algunas partes del pelo grasiento de Wynne. El ojo artificial del pirata se destacaba sobre la piel de la mano muy arrugada de Avery. Era una esfera casi perfecta, a excepción de un ligero corte en un lado. Parecía mirarlo con un odio encadenado. Luego movió la palma de la mano cerca de la antorcha, de modo que la luz se filtrara a través de ella. Un resplandor verdoso brillaba dentro del bulbo ocular. Si antes parecía una llama sutil, bajo el calor de la llama ahora estalló como un pequeño sol incandescente. «Oh, ¡Dios mío!» exclamó Johnny, la boca abierta por el asombro. «Ya ves, ¿ahora me crees?» Dijo Avery. Luego movió los labios, continuando a hablar, pero el muchacho no escuchó el resto de la oración. Sin ningún previo aviso, un estruendo ensordecedor explotó cerca de la bahía, seguido de una columna de fuego, que se elevó en el cielo como el tentáculo gigante de un calamar. Y casi de inmediato se empezaron a escuchar terribles gritos de dolor. CAPÍTULO CUATRO BARBANEGRA Cuando se escuchó la detonación, Rogers estaba dormido. Después de reunirse con el gobernador, había pasado el resto de la noche encerrado en su cabina. Se había acostado sobre su catre, intentando seguir el hipnótico balanceo de la linterna que colgaba sobre su cabeza, movida por la resaca que hacia ondear al barco. Lentamente se había quedado dormido, gracias también al ruido de la lluvia contra los vidrios de las ventanas. Cuando el estruendo lo despertó, abrió los ojos y se levantó rápidamente, justo en tiempo para ver la puerta de su cabina que se estaba abriendo. Husani estaba a la entrada, casi no podía respirar. «¡Mi capitán!» exclamó, todo sudado. «¡Nos están atacando!» «¿Nos están atacando?» repitió él. «Apareció una embarcación, en alta mar. Luego escuchamos un estruendo desde Fort Charles. Hay llamas en todas partes.» «¿Qué tipo de embarcación?» El gigante negro tuvo un momento de indecisión. «Velas negras, mi capitán. No estoy totalmente seguro… pero parece…» «¡Habla!» gritó el corsario, mientras se arreglaba como mejor podía la camisa adentro de las mallas. «¿Quieres hacerme perder más tiempo?» A pesar de la notable diferencia física entre los dos, Husani dio unos pasos por atrás, aparentemente asustado por esa reacción brutal y repentina. «Bueno… tengo miedo que pueda ser… el Queen Anne’s Revenge.» Como si tuviera al diablo en los talones, Rogers agarró las botas y salió corriendo descalzo afuera de la cabina. Salió al puente, el resto de la tripulación estaba corriendo por todos lados como tantas hormigas enloquecidas. O’Hara se le acercó y trató de preguntarle qué estaba sucediendo. Él lo ignoró: se inclinó hacia afuera, en la parte del barco que daba frente a la ensenada. Lo que vio lo dejó congelado. Desde Fort Charles salía un denso, humo aceitoso. La pared sur estaba totalmente envuelta en llamas y amenazaba con colapsar. Los cañones eran inutilizables, destruidos o inútiles, ardientes a causa del fuego que los envolvía. También la torre estaba empezando a ser envuelta por las llamas. «¡Capitán!» Alguien indicó algo que se encontraba lejos. «¡Mire allá!» Rogers volvió la mirada y sobresaltó. A pesar del mal tiempo, sobre la superficie negra del mar se podía ver claramente un barco que se movía como una sombra entre las sombras. Parecía inmóvil, no había ninguna linterna encendida que permitiera ver alguna maniobra. La única fuente de luz provenía del resplandor pálido de la luna y desde los cañones posicionados entre el puente de cubierta y los que estaban más abajo. No necesitaba contarlos: sabía que la Queen Anne’s Revenge tenía unos cuarenta por lado. Una cifra impresionante, en comparación con la mitad que poseía la Delicia. «Teach» dijo, haciendo una sonrisa sarcástica y llevando su mano hasta la mejilla desfigurada. Se escucharon otras explosiones. En el viento, las bolas de cañón silbaban, detonando cerca de la costa. Algunas terminaron en el agua, elevando grandes salpicaduras en el cielo. Luego vino un fugaz silencio, después una segunda lluvia de balas de cañón cayó esta vez cerca de la fortaleza. “Están arreglando el tiro” pensó Rogers. «¡Adelante!» gritó después. «Tráeme el catalejo.» Detrás de él apareció un marinero, llevando el instrumento con él. Se lo arrancó de las manos y comenzó a mirar hacia el horizonte. De no haber sido por los cañones, podría pensar que el barco estaba desierto. En el puente vio figuras diminutas que aparecían y desaparecían como fantasmas, siguiendo el relámpago. Buscó tanto en popa como en proa. No había rastro de Barbanegra. Una duda lo atacó. Giró el telescopio hacia abajo y vio varias líneas en el agua, una señal del paso de algunas chalupas. Y allí estaban mientras viajaban en silencio, dirigiéndose al este del fuerte, donde la costa era baja y arenosa y más cercana a la ciudad. «Bajen los botes» ordenó, corriendo a babor. «¡Con prisa, malditos idiotas!» Una bola llegó muy cerca a la Delicia, estrellándose contra una pared rocosa cercana. Se extendió un polvo alrededor y el mismo aire pareció vibrar. “Se están moviendo” pensó con horror Rogers. “Quieren bloquear la bahía y hacer fuego sobre la dársena.” «Cuáles son las ordenes, ¡mi capitán!» gritó un marinero. «Bajen las chalupas, les dije» insistió él. «Nos están disparando» contestó el otro. «Aquí estaremos más seguros.» Rogers no estaba acostumbrado a tener miedo, pero en ese momento tuvo que aceptarlo. «Si saliéramos al mar, nos harían pedazos. La entrada es demasiado estrecha para realizar maniobras evasivas.» Inmediatamente un gran caos comenzó a animar el barco. Las chalupas se deslizaron fuera de la borda. El corsario se puso sus botas y subió al frente, continuando dando órdenes por todas partes. O’Hara estaba con él. «Escúchame» dijo hablando con Husani, que se había quedado sobre el puente, «afloja las velas pero mantén el ancla en el mar. Debemos estar listos para perseguir la Queen Anne’s Revenge, si es necesario.» El africano asintió. Las chalupas se alejaron rápidamente. Rogers estaba sentado en la proa y animaba a los remeros para que hicieran ir la embarcación lo más rápido posible. «¿Según tu porque vino?» le preguntó de repente O’Hara. «Teach nunca atacaría Port Royal» contestó él. «Es un riesgo muy grande.» Titubeó por un momento, los pensamientos se amontonaban entre ellos frenéticamente. «Si eligió venir hasta aquí seguramente hay un buen motivo. A lo mejor supo de Wynne.» Las chalupas atravesaron el pañuelo de tierra donde se encontraba la fortaleza. En ese punto, la bahía formaba un ángulo agudo, cubierto de rocas puntiagudas. «Hacía allá» ordenó Rogers. «Vamos a correr el riesgo de estrellarnos, mi capitán» comentó uno de los remeros. «La corriente es demasiado fuerte. Nos va a arrastrar.» «Eso es exactamente lo que quiero. Usaremos el flujo para tomar velocidad y desembarcar en ese punto.» Movió un dedo siguiendo la costa. «Cortaremos a través de los muelles. Las chalupas de Barbanegra ya estarán allí. No podemos perder más tiempo.» «¿Una vez que desembarquemos que piensas hacer?» le preguntó O’Hara. «Encontrar a ese bastardo y regresarle el favor.» Rogers se tocó una vez más el conjunto de cicatrices que dominaban su cara. Tenía una sonrisa extraña impresa en su rostro. Como había ordenado, las chalupas dirigieron la proa hasta el punto establecido. La tripulación estaba a la merced de la corriente, a pesar de eso, los remeros lograron mantener el equilibrio. A su alrededor continuaban silbando los proyectiles. Bajo el fuego enemigo, el fuerte inerme, no se podía defender: la orilla de un bastión fue golpeada y destrozada. Luego tocó a la puerta principal. Explotó en una tormenta de piedras y parte de los escombros cayeron al mar. «¡Harás que nos maten!» gritó O’Hara. Rogers estaba demasiado concentrado para escucharlo. Ahora ya no tenía dudas: la Queen Anne’s Revenge actuaba para capturar su atención. Con su ataque de fuego, permitiría a los piratas de Barbanegra de actuar sin algún problema. ¿Pero con qué fin? «¡Cuidado!» gritó un remero. Otro conjunto de proyectiles había golpeado a Fort Charles. Un trozo de la torre cayó por debajo, rodando sobre su eje. Se estrelló contra una de las chalupas, rompiéndola en dos, y los marineros a bordo desaparecieron bajo el agua, arrastrados por la corriente. Un silencio absoluto se apoderó de los presentes, evidenciado por el sonido de las explosiones y de los gritos. Una vez que llegaron hasta la ensenada bajaron al suelo. El espectáculo que se presentó a sus ojos era de un terror absoluto: la gente corría hasta los muelles, buscando refugio en los botes que se encontraban en el puerto. Los soldados intentaban contenerlos en vano: algunos fueron atacados y empujados al mar. La zona del puerto cerca de la fortaleza estaba ardiendo. «Saquen las armas» Rogers agarró su espada. «Seguramente querrán secuestrar al gobernador.» Miró a su alrededor, señalando un callejón cercano. Quería llegar a la residencia lo antes posible. «¡Por acá!» Corrieron por las tortuosas calles del puerto. Dondequiera se veían multitudes de desesperados que estaban intentando huir. Los soldados también estaban muy asustados: probablemente no se esperaban un ataque tan preciso y violento. Cuando llegaron a una intersección, se encontraron en una placita, llena de lodo a causa de la lluvia. A pocos pasos de ellos se encontraba la iglesia, una estructura austera hecha completamente de madera. Si el fuego la hubiera alcanzado las llamas, habrían envuelto el área circundante devorando toda la ciudad en unas pocas horas. Sin embargo, no era eso que le preocupaba a Rogers. Con un gesto de la mano, ordenó a sus hombres de tomar reparo a la vuelta de la esquina de una casa. «¿Qué pasa, mi capitán?» preguntó un hombre de la tripulación. «Miren» contestó él apuntando su dedo hacia adelante. La puerta de la iglesia estaba abierta. Un puñado de hombres estaba saliendo de ese lugar sagrado. Tenían en sus manos espadas, cuchillos, hachas y pistolas. Estaban escoltando un grupo de civiles y media docena de soldados, todos desarmados. «¿Alguna idea?» preguntó O’Hara. «Habrán tomado un atajo por el mercado» opinó Rogers. «Alguien se habrá quedado atrás para saquear las tiendas en busca de suministros. Pelear cara a cara es demasiado peligroso. Nos arriesgamos a estar rodeados. Vamos a ver.» Algunos bucaneros miraban a los rehenes con aire indiferente; otros, al contrario, estaban, señalando y sonriendo. Los obligaron a ponerse de rodillas, en el centro de la placita. Desde el grupo, salió un tipo tan pequeño que parecía un enano. «¡Sáquenlo!» gritó. Desde adentro salió un murmullo de dolor. Un hombre vestido como sacerdote fue arrastrado hacia afuera. Rogers no lo conocía bien, pero sabía que el único sacerdote de la colonia era el padre Mckenzie, el que había confesado a Wynne antes de la ejecución. «Si no empiezas a hablar, tendremos que lastimar a este rebaño de ovejas perdidas.» El hombrecito comenzó a caminar nerviosamente sobre sus piernas cortas y regordetes. «Un hombre con su gran sentido moral no puede permitir que eso pase, ¿no es verdad?» Los piratas empezaron a reír. «Por eso» continuó, «¿Por qué no nos cuentas lo que Emanuel Wynne te ha confiado? Estoy seguro de que una persona a punto de morir tenga muchas cosas que decir.» «Ya les explique…» intentó decir Mckenzie. Hubo un disparo y uno de los soldados se dobló sobre sí mismo, terminando en un charco. Parte de su cráneo había desaparecido. En su lugar, palpitaba una masa sanguinolenta de materia cerebral. «Esta era justo una advertencia» admitió el enano, con gran satisfacción. «Mi paciencia tiene un límite.» «¡Estaba loco!» gritó el sacerdote, victima seguramente de una crisis histérica. «Por amor de Dios, ¡ya paren ese masacre!» El hombrecito no le prestó atención y llamó a uno de sus compadres. Murmuró algo. El segundo pirata asintió y alcanzó a los prisioneros. Comenzó a caminar en medio de ellos hasta que vio a un niño, abrazado en el cuello de la madre. Una sonrisa famélica le apareció en la cara. Lo agarró, dando una patada a la mujer. El enano se precipitó hacia ellos y sacudió el niño. Paradójicamente era solamente un poco más alto que él. «Debido a su terquedad, usted será responsable de la muerte de un pobre inocente, padre. ¿Está listo para soportar tal peso? ¿Qué le dice su conciencia?» «Ya basta, ¡Crook!» El orden inmediato, que se parecía al estallido de una bomba, hizo palidecer a Rogers. Sintió como si su estómago estuviera apretado en una presa de consternación. Cada fibra de su cuerpo fue atravesada por descargas de adrenalina. Miró abajo hacia sus manos. Estaba temblando. “Esa voz”, pensó. “La podría reconocer a donde sea.” «¿Mi Capitán?» O’Hara le estaba hablando. Enfocó nuevamente su atención a la entrada de la iglesia, a tiempo para ver algo cruzar la oscuridad que dominaba el interior. Las sombras, que vibraban como el aire caliente durante un día bochornoso, tomaron la forma de una figura cuyos contornos se podían evidenciar cada vez más claramente. «Nosotros también tenemos a nuestra dignidad» comentó el hombre que había aparecido en el umbral. Su tono de voz parecía venir directamente del fondo del Infierno . Era alto, impresionante, casi regio en su aspecto amenazante. Llevaba un largo abrigo de color negro, apretado por una chaqueta color carmesí. Alrededor de sus hombros tenía una banda de cuero donde colgaban tres pares de pistolas. Una barba larga y obscura como brea enmarcaba su rostro, parcialmente ocultado por una nube de humo que se desarrollaba a partir de unas mechas prendidas bajo el tricornio, coronado por un conjunto de plumas negras como las de un cuervo. Debajo de la cortina brillaban unos ojos brillantes como el hielo caliente. En su mano derecha sostenía un sable. Barbanegra por fin había llegado. *** La situación estaba empeorando y Johnny lo entendió mirando la expresión preocupada del viejo: una palidez mortal lo había convertido en una especie de fantasma y el efecto estaba subrayado por sus cejas fruncidas. Desde donde se encontraba no lograba distinguir claramente la bahía, pero el resplandor rojo que serpeaba sobre ella no dejaba ninguna duda. Lentamente sintió crecer un miedo oscuro, un temor sordo. «¡Tenemos que largarnos de aquí!» Avery lo agarró violentamente por un brazo. «Ya no estamos seguros.» Él empezó a mirarlo fijamente, sin darse cuenta realmente de lo que estaba hablando: cientos de imágenes se superponían en su mente, un coacervo indistinto que tenía el sabor de la muerte. Entre todos surgía un único, fundamental pensamiento. «¡Tengo que regresar con mi madre!» gritó. Se liberó del agarre y desapareció entre los árboles. Un par de veces se tropezó entre las raíces, con el riesgo de caerse en el lodo. Con la fuerza de la desesperación, encontró el equilibrio y se puso de pie. Tenía que correr. Solamente correr. Era lo único verdaderamente importante. Pasó la capilla y salió del cementerio, dirigiéndose hacia el puente. Llegando a la mitad, empezó a dudar. Se sentía perdido ¿Qué creía poder hacer? “No puedo abandonarla” pensó. Esa sensación de estar perdido lo había asustado, como si viera todo a través de una lente deformante. «¡Espera!» atrás de él Avery le estaba hablando. Johnny pareció reanimarse. Se volvió y lo vio correr hacia él. Esperó que lo alcanzara. Luego, lo abrazó y empezó a llorar. Después de un momento sintió que alguien tocaba sus antebrazos. Durante unos segundos, su mirada cruzó únicamente el pecho delgado del anciano. «Es demasiado peligroso regresar» dijo. Tenía un tono muy decidido. «Te lo ruego.» El muchacho alzó la cabeza, dudando, con las mejillas mojadas por las lágrimas. Movía la boca como si estuviera rumiando. «Tengo que regresar por ella. Déjame ir.» «No puedo hacerlo.» «Tú no entiendes.» «Claro que sí.» «¡No!» gritó él, desesperado. Distorsionó sus facciones en una mueca de ira e intentó escapar nuevamente del agarre. «¡Ya basta!» le gritó Avery y le dio una bofetada, dejando marcas rojas sobre sus mejillas. Johnny abrió la boca, mirándolo nuevamente, alternando sentimientos de odio e incredulidad. «Si te llegara a pasar algo nunca me lo podría perdonar.» Su tono se había modificado, ahora tenía como un aire más protector. «Es una promesa que le hice a tu mamá.» A él le hubiera gustado replicar, pero no tenía fuerzas. Esa revelación lo petrificó. Acusó un fuerte dolor en el estómago, el latido de su corazón era muy acelerado y las extremidades parecían derretidas como la cera de una vela. «Unos dos meses después de la desaparición de tu padre» siguió contando el anciano, «Anne vino a verme. Dijo que Bart le había contado toda la verdad sobre nuestro pasado. Me rogó que cuidara de ti, si llegara a ser necesario.» Las lágrimas de Johnny empezaron a salir más rápidamente. «¿Porque nunca me lo dijeron?» Otra vez el mismo tono suave de antes. «El mundo no es un lugar agradable, créeme. He visto demasiadas cosas para pensar de manera diferente. No estás listo para enfrentarlo. Desde que te conocí, he visto en ti un dolor y una ira listos para explotar en cualquier momento. Si quieres sobrevivir, tendrás que aprender a usarlas ambas.» «¿Y tú qué sabes de lo que son mis sentimientos?» gritó el joven. «¡Las tuyas son puras escusas!» «Siento mucho que tú puedas pensar eso.» «Entonces dime, ¿qué debería hacer?» Avery intentó con su mano acariciarle la mejilla, pero él quitó la cabeza con desdén. «Para ti llegó el momento de convertirte en un hombre. Debes…» Luego frunció el ceño. Un conjunto profundo de arrugas cubrió su piel morena. Él comenzó a hurgar en sus bolsillos. «¿Que estás haciendo?» preguntó Johnny, intentando mantener un poco de auto control. «Cualquier cosa que llegue a sucederte, debes mantenerlo en un lugar seguro» contestó el otro y dejó caer el ojo de vidrio de Wynne entre sus manos. «Yo…» El muchacho se quedó sorprendido al ver una luz adentro, inmóvil como si fuera agua estancada. «¡Prométemelo!» exclamó el anciano. De repente, trató de doblar una rodilla, las articulaciones crujientes, para pararse frente a su rostro. «Si algo sale mal, tendrás que esconderlo. Cuando esa historia termine, volveremos a buscar a tu madre. Bart es un buen tipo. Estoy seguro de que la cuidará.» Johnny asintió, sin entender bien el por qué. Le parecía de haber sido lanzado adentro de la existencia de otra persona. Su mirada se perdía en la palpitante luz verdosa. Parecía que esa luz lo estaba llamando, atrayéndolo con vagas promesas de cosas que no podía entender. *** Después de un rato, dejó de llover. Rogers apenas se dio cuenta. Su atención estaba dirigida en Teach: estaba recorriendo la distancia que lo separaba del sacerdote con pasos lentos y tranquilos, como si intentara fortalecer la solemnidad de su forma de andar. «La Fe es llena de luz, padre» sentenció, una vez que llegó cerca del hombre. «Pero hay tinieblas que pueden cegar.» «En nombre de Dios» gritó Mckenzie. «Tengan piedad.» «Piedad es mi segundo nombre» contestó sarcásticamente el pirata. «Y se lo quiero demostrar salvando la vida de ese niño. Como mencionaba anteriormente, también tenemos nuestro propio código de buena conducta.» Hizo un ligero asentimiento con la cabeza y el enano liberó al rehén, que se regresó rápidamente en los brazos de su madre. «Pero ahora usted me debe un gran favor, por este acto de clemencia.» “¡Maldito perro!” Rogers estuvo a un nada de gritar en voz alta esa oración. Una nueva sensación de enojo lo invadió. Lo más detestable de Teach era exactamente eso: el gusto que obtenía con esos infames jueguitos psicológicos en contra de sus víctimas. O'Hara lo agarró por el brazo. «Debes mantener la calma» susurró. «No llegamos hasta aquí para que después nos maten.» El corsario asintió. Salir a campo abierto sería desastroso. Habría perdido el control de la situación, con el riesgo de ser aniquilado por la tripulación de Barbanegra. Tenía que idear un plan. Por mientras Mckenzie no dejaba de llorar. «Wynne no me dijo nada. ¡Es la verdad!» Esa última palabra salió en un grito desesperado. «Quiero creerle» contestó Teach. «Además, no creo sea usted tan estúpido como para arriesgar todas estas vidas inocentes.» De forma casi teatral abrió los brazos como si quisiera abrazar a toda la multitud. «¡Larga vida al capitán!» gritó alguien y el resto de la tripulación empezó a reírse. Barbanera enseñó una risa sarcástica. «Es para ese motivo que elegí liberar a los civiles.» Los miró uno por uno, enigmático, con los ojos ardiendo bajo la manta de humo que rodeaba su cabeza. «Se pueden ir.» Los presentes intercambiaron entre ellos miradas de terror puro. Rogers pensó que el pirata podía mentir. Después de todo, era una eventualidad de tomar en cuenta. Desde un personaje así había que esperarse de todo. Edward Teach sacudió su cabeza, parodiando de alguna manera la actitud decepcionada de quien no se espera tal comportamiento. Tomó una de las pistolas y apuntó al azar en contra de los prisioneros. «¡No lo quiero repetir!» exclamó. La placita estaba llena de sonidos agudos, no eran de terror ni de gratitud. Las mujeres gritaban, los niños lloraban y los hombres maldecían, empujándose en busca de una salida. «Le repito nuevamente que nosotros también tenemos dignidad» afirmó Barbanegra, otra vez sarcástico. Luego se dirigió nuevamente a Mckenzie. «Miren al contrario sus feligrés» y con su pistola apuntó a un tal. En el tentativo de salvarse, no había dudado en golpear a una mujer, dejándola caer en el barro. Ella pedía ayuda, aunque nadie la estaba ayudando. «Los cobardes no los soporto.» Las gritas de los presentes fueron ahogadas por un disparo. La bala golpeó al tipo casi en el centro de la espalda, levantándolo hacia adelante de alrededor de un metro. Cayendo este gesticuló un par de veces, rascando el aire en busca de dónde agarrarse. Teach se le acercó, guardando el arma. Silbaba tranquilo. Una vez que alcanzó el hombre lo traspasó con su sable. «¡Esta es la ira de Dios!» dijo gritando el pirata. Mckenzie entrecerró los ojos y bajó la cabeza. Sus hombros se levantaban y bajaban, siguiendo el ritmo irregular de su llanto. «Le ruego de parar con todo eso» borboteó. Era como escuchar alguien que tenía la boca llena de comida. «Estoy seguro que Dios tendrá piedad de usted.» Rogers sintió como un escalofrío. Aunque había sido educado en un ambiente de bueno principios, había preferido dejarlo todo para pasar su vida en el mar. Sin embargo, no pudo ocultar su desprecio por la actitud ultrajante de Teach. «Ha llegado el momento de actuar» dijo mirando a sus hombres. O’Hara asintió. «¿Qué piensas hacer?» le preguntó. Él señaló tres callejones en el lado opuesto de donde se encontraba ahora: dos de estos estaban a un lado de la iglesia; el tercero, al contrario, estaba ligeramente más distante. «Los vamos a rodear» contestó. «Barbanegra nos ha dado una gran ventaja alejando a los prisioneros. Al menos no estarán molestando al momento de enfrentarnos.» Volvió a estudiar la situación. Casi en el centro de la plaza, las guardias estaban todavía de rodillas, bajo el control de los piratas. «Por lo que tiene que ver los soldados, juraron de morir por la patria. Entonces no es nuestro problema. Divídanse en tres grupos y den la vuelta a las casas. Yo me quedaré aquí.» Su observación fue muy fría, sin posibilidad de réplica. O’Hara parecía no estar de acuerdo. «Es muy riesgoso que te quedes solo. Sería mejor si yo me quedara contigo.» El corsario lo miró pensativo por un momento. «Preferiría que tu alcanzaras la calle aislada. Es una excelente vía de escape. Si llegaran a escaparse podríamos alcanzarlos con facilidad.» Un renovado grito de terror los distrajo de sus discursos. Rogers tuvo el tiempo de ver a su tripulación alejarse en tres direcciones diferentes. Luego volvió a mirar la escena: Teach había regresado con Mckenzie y tenía la cabeza del sacerdote entre sus manos. Quién sabe por qué estaba convencido de que podía aplastarla como si fuera una uva. Un pensamiento gracioso, realidad que lo llenó de un terror inaudito. «¿Que quiere de mí?» El sacerdote estaba mirando su verdugo con los ojos muy grandes sin poder creer lo que le estaba pasando. «Quiero hacer un juego» contestó Teach. La sombra de una sonrisa surgió en sus labios. «No entiendo.» «Déjeme explicárselo.» El pirata soltó la cabeza del sacerdote y empezó a caminar tranquilamente, reduciendo el espacio entre el religioso y el grupo de los soldados. «Estaba hablando en serio cuando dije que estaba seguro que Wynne no le había contado nada.» Mckenzie pareció ponerse más tranquilo. «Pero creo que usted pueda ser muy útil como quiera» comentó. «Usted lo confesó y lo absolvió. Entonces, seguramente, sabe dónde fue enterrado.» La solicitud de Barbanegra catapultó a Rogers en un estado de profundo asombro. Su llegada a Port Royal estaba relacionada con la ejecución del francés. Sobre esto, no había duda. Si era el mapa que estaba buscando, ciertamente no lo iba a encontrar sobre un cadáver. Se preguntó para qué le podía servir esa información. Con movimientos lentos y cuidadosos se deslizó detrás de un barril. Hacerse descubrir quería decir ser condenado a muerte. Apoyó la espalda contra los listones y prestó más atención. «Adelante, padre» le insistió otra vez Teach. «Aunque la noche es muy larga, no tengo tiempo para controlar cada tumba.» Mckenzie desvió la mirada, y esto fue suficiente para que el pirata estallara en una risa ruidosa. «Está bien» dijo. «Mientras que usted piensa, yo les explicaré las reglas de este juego.» Ordenó a la tripulación de cerrarse alrededor de los soldados. Luego agregó: «De hecho, las reglas son bastante simples. Tienes tres minutos de tiempo, a partir de ahora.» Sacó un reloj de bolsillo y lo miró con avidez. «Si me dirá dónde está enterrado Wynne, mis hombres les dispararán a los soldados. De lo contrario, yo le dispararé a usted. ¿Qué elije hacer? ¿Salvar las vidas de estas personas, sacrificando la suya? O…» «Usted es un monstruo» el sacerdote, llorando tuvo el valor de interrumpirlo. «Más que nada podemos decir que soy un hombre práctico» contestó él. «Y como quiera, tiene solamente dos minutos a su disposición.» Los guardias comenzaron a gritar en contra de Mckenzie, argumentando que tenía la obligación de salvar sus vidas. El cura estaba llorando, y se veía muy pequeño en su traje oscuro. Parecía una cucaracha a punto de ser aplastada. Sobre todos dominaba la imponente figura de Barbanegra. «Un minuto» declaró el pirata. “¿Dónde están?” Rogers empezó a morderse los labios. La tensión lo estaba matando. Por un momento incluso pensó de intervenir directamente él mismo. «El tiempo se está acabando» avisó Teach. Otra vez, el pánico. Un soldado intentó escapar. Logró moverse unos pasos, pero fue alcanzado por la parte trasera de un mosquete. Se derrumbó en el piso. De nada sirvieron sus suplicas. Alguien le disparó. El ruido fue extrañamente ensordecedor y el desgraciado se quedó inmóvil en un enorme charco de sangre que se alargaba debajo de él. «Quedan treinta segundos, padre» confirmó Barbanegra y comenzó a contar hacia atrás, pronunciando cada número solamente, para aumentar la tensión que ya impregnaba la situación. «¡Hay un túmulo de piedras!» confesó Mckenzie, de repente. «Allí está enterrado, enseguida de la capilla.» Indicó temblando, el fondo de un callejón. «El cementerio se encuentra por allá.» El público se quedó en silencio. Incluso Rogers contuvo el aliento. Solo Teach había cambiado su expresión: las mechas atadas a su tricornio se estaban apagando, reduciendo la niebla. En su rostro se podía notar una mirada famélica. «Muy bien» comentó y empezó a mirar a los hombres de su tripulación. La orden fue llevada a cabo sin necesidad de agregar nada más. Una lluvia de balas centró a los soldados, acribillándolos como si fueran palmeras bajo la rabia de una tormenta violenta. El aire se impregnó con el aroma intenso de la pólvora, un olor penetrante y muy agudo que contrastaba completamente con el perfume húmedo de la lluvia. «Por lo que tiene que ver con usted» continuó diciendo Barbanegra, moviendo su dedo con un gesto pedante, «No se olvide que yo siempre cumplo mis promesas. El único problema es que usted prefirió sacrificar la vida de otras personas, nada más para salvar la suya. Y usted sabe muy bien cuánto odio a los cobardes.» Mckenzie se encontró con la pistola del pirata a pocos centímetros de su cara. Empezó a temblar moviendo la boca como si fuera un pescado. «Que tenga un excelente viaje» sentenció Edward Teach y oprimió el gatillo. El cráneo del religioso explotó como un frasco de arcilla, cientos de fragmentos rodaron en el aire desde el involucro que antes había sido su cabeza. Se envolvió sobre sí mismo, todavía mirando a Barbanegra con una expresión llena de incredulidad. «En serio eres un hombre con un gran sentido del honor, mi capitán.» El comentario sarcástico surgió de repente desde un desconocido, escondido en la penumbra que dominaba un espacio entre dos casas. Los piratas se movieron rápidamente, sacando las armas. Incluso Rogers se quedó sorprendido: esa voz cristalina lo había tomado totalmente desprevenido. «¡Hardraker!» exclamó Barbanegra. «¡Caramba! Regresaste del mundo de los muertos.» Al momento de escuchar su nombre, el hombre apareció bajo la luz de un poste que estaba allí cerca. Estaba sonriendo El resplandor dorado de un par de dientes brilló a través de sus labios estrechos. «No ha sido sencillo salir de Fort Charles» comenzó a explicar. Movió los brazos de arriba hasta abajo, enfatizando sus condiciones físicas. Un corte vertical cruzaba la manga izquierda de su chaqueta, apretada por una venda debajo de su codo. A través de la venda se podía notar una mancha de sangre seca. Una de las botas tenía la punta destruida. Desde el agujero, se veía el dedo gordo. «Los soldados de Port Royal son el orgullo de la Armada británica, estaban demasiado ocupados a domar el fuego para preocuparse de mí.» Todos empezaron a reírse. Teach, al contrario, guardó su pistola todavía caliente y se dirigió hacia el recién llegado. «Llévate algunos hombres y corre al cementerio. Encuentra la tumba de Wynne.» Luego comentó, con tono muy serio: «Quiero que me traigas su ojo. Por mientras yo regresaré sobre la Queen Anne’s Revenge. Tengo que planear la ruta para la isla de los Kalinago.» Puso su brazo alrededor de los hombros de su compañero y se rio. «Esta vez es la buena, mi estimado Victor.» “Ese debe ser el primero oficial” evaluó Rogers. Lo había deducido del tono confidencial con el que Barbanera se dirigía a él. Desafortunadamente ese intercambio de bromas, no disipaba las demasiadas cuestiones que no lograba entender. ¿Por qué Teach quería saber la ubicación de la tumba de Wynne? ¿Para qué le servía el ojo de un hombre muerto? Por un momento creyó de haber entendido mal, pero cuando vio ese tal Hardraker desaparecer en la dirección indicada por Mckenzie, se dio cuenta de que la situación estaba cambiando demasiado rápido. Se dio cuenta que ya no podía esperar. Sus sentidos eran tan agudos que aún podía sentir el penetrante aroma de la pólvora. A esto se sumaba el ritmo de su aliento y el murmullo continuo de la sangre en sus venas. Una vez, alguien le había dicho que incluso la batalla más corta parecía ser muy larga para los que participaban en ella. El tiempo se volvía elástico; se estiraba hasta desaparecer. No recordaba quién se lo había comentado, no había entendido exactamente a qué se refería. Tuvo que esperar unos años para aprender la lección. Al mando de una fragata, había recibido la orden de vigilar las rutas de los buques comerciales británicos frente a las costas de Cuba. Durante un día particularmente bochornoso había interceptado el Queen Anne’s Revenge. A esto había seguido un abordaje. Emocionado por el frenesí de la pelea, se había lanzado sobre el puente del barco enemigo con un solo objetivo: eliminar a Barbanegra. Los dos se habían enfrentado en un duelo que le pareció infinito. Al contrario, solo pasaron unos minutos. Al final, Teach le había disparado en la cara. Solo el instinto natural de Rogers lo había salvado de una muerte segura. Se había movido unos pocos centímetros de la trayectoria de la bala, pero como quiera lo había alcanzado, destruyéndole una gran porción de mejilla. Se acordaba muy bien del dolor, el enojo, el miedo… y también ahora esas eran las únicas emociones que lograba probar. «Edward Teach!» gritó, saliendo detrás de un bote. «En nombre de Su Majestad, estás bajo arresto. Tira las armas y ríndete.» En la plaza había alrededor de unos veinte hombres. La intervención inesperada de Rogers los paralizó. Nadie dijo nada, todavía demasiado sorprendidos como para poder reaccionar. El único que dijo algo fue Barbanegra. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=40210215&lfrom=334617187) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.
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